CUANDO SARMIENTO VISITÓ SAN MARTIN Por Revisionismo Historico Argentino EN FRANCIA, 1846 En 1846, en su residencia de Grand Bourg, Francia, San Martín recibió a Sarmiento. El encuentro se produjo pocos meses después de la Vuelta de Obligado, el 20 de noviembre de 1845, en pleno bloqueo anglo-francés al Río de la Plata. La conversación fue cordial en las formas, pero intensa en el contenido. San Martín, ya anciano, seguía con atención lo que ocurría en su patria. Para él, la intervención de las potencias europeas no era un episodio secundario sino una amenaza concreta a la soberanía conquistada décadas antes. No analizaba el conflicto como una mera disputa entre unitarios y federales, sino como un problema de Independencia nacional. LA DISCUSIÓN SOBRE ROSAS Cuando la charla derivó hacia Juan Manuel de Rosas, San Martín fue claro. Sostuvo que si un hombre podía mantenerse tantos años en el poder en un pueblo "tan viril", no debía ser exactamente como lo describían sus enemigos. Reconoció que hacía años que no vivía en el país, pero insinuó que los juicios podían estar exagerados. Recordó a los generales unitarios que había conocido —Paz, Lavalle, Lamadrid— y razonó que si ellos no habían logrado derribar al gobernador era porque una parte considerable del país consideraba necesario un gobierno fuerte para evitar el regreso del caos posterior a 1820. Lo que más valoraba, sin embargo, era la defensa del pabellón nacional frente a la escuadra extranjera. Sarmiento reaccionó con vehemencia. Argumentó que los hombres más capaces estaban en el exilio y que la duración en el poder no legitimaba un régimen. Llegó a plantear la pregunta incisiva: ¿de qué servía la Independencia si no había libertades? EL NÚCLEO DEL DESACUERDO Allí quedó expuesta la diferencia esencial. Para San Martín, la Independencia era el fundamento. Sin soberanía no había nación posible ni marco para ninguna libertad. Su experiencia vital —las invasiones, la guerra emancipadora, las campañas continentales— lo llevaba a colocar la defensa exterior como prioridad absoluta. Sarmiento, en cambio, pertenecía a otra generación. Formado en las guerras civiles, veía en la organización institucional, la educación y el progreso material la clave del futuro argentino. Desde esa perspectiva, el problema central no era la amenaza externa sino el atraso interno. LA CONFIRMACIÓN EN EL TESTAMENTO La posición de San Martín no fue una frase circunstancial en una conversación de 1846. En su testamento, redactado en 1844 y vigente al momento de su muerte el 17 de agosto de 1850, dejó su sable a Rosas "como prueba de la satisfacción que como argentino he tenido al ver la firmeza con que ha sostenido el honor de la República contra las injustas pretensiones de los extranjeros". Ese gesto fue una definición política consciente. No se trataba de simpatía personal sino de reconocimiento a la defensa de la soberanía frente a potencias europeas. Sarmiento, por su parte, en carta del 4 de septiembre de 1846 a Antonio Aberastain, describió al Libertador como "el ariete desmontado", hombre noble pero ofuscado que veía en Rosas al defensor de una Independencia amenazada. Intentó presentar aquella postura como fruto de la vejez y de "fantasmas extranjeros". Sin embargo, el testamento demuestra coherencia antes que extravío. EL SIGNIFICADO HISTÓRICO El encuentro de 1846 no fue una anécdota menor. Fue el choque entre dos jerarquías políticas distintas. De un lado, la prioridad absoluta de la soberanía nacional frente a las potencias. Del otro, la urgencia de reorganizar el país bajo un modelo de civilización e instituciones modernas. Aquel diálogo anticipó una discusión que atravesaría toda la segunda mitad del siglo XIX argentino. No fue simplemente una diferencia personal entre un anciano Libertador y un joven intelectual en ascenso. Fue la confrontación entre Independencia como valor supremo o civilización como prioridad política. Y esa tensión marcaría el rumbo del país durante décadas.