"Escribiendo con una microcomputadora" por Jerry Pournelle Fuente: Revista "OnComputing: Guía de informática personal", Verano de 1979 https://archive.org/details/197907OnComputingPremiereIssue/ Traducción: ~peron para texto-plano.xyz "Oye", dijo mi excéntrico amigo Mac Lean. "Me acabo de comprar una microcomputadora". De esto pasaron varios años. En algún momento u otro Mac Lean pasó por todo: magia, recolección de minerales, química orgánica, joyería; tiene en su sótano tanto una prensa offset como una tipográfica, ninguna de las cuales ha usado en años desde que aprendió el arte de la impresión; en su ático guarda equipos de costura profesionales sin usar, suficiente material escénico para equipar una compañía teatral itinerante, equipos de radioaficionado y, solo Dios sabe qué más. Así que no le presté mucha atención. Una etapa, una moda pasajera; ciertamente nada que fuera a cambiar mi vida. Después de todo, Marilyn Niven -la esposa de mi socio- tenía una Altair con la que jugaba de vez en cuando, pero Larry Niven nunca la tocaba, salvo para jugar a STAR TREK, HAMMURABI y cosas por el estilo. Las computadoras hogareñas no servían para nada; simplemente ocupaban tiempo. Por supuesto, sabía que David Gerrold -colega escritor de ciencia ficción- empleaba una máquina de escribir Selectric controlada por cinta para redactar sus libros y parecía estar encantado con ella; pero cuando lo veía usarla, no veía qué utilidad podría tener para mí. David, debido a su vinculación con *Star Trek*, tenía mucha más correspondencia de la que ocuparse que yo, y el sistema parecía más adecuado para eso que para mis necesidades. Pasó un año y sucedieron dos cosas a la vez. Primero, recibí una oferta muy buena por dos libros que había escrito hacía 12 años; estaban descatalogados y los derechos habían vuelto a mí. El único problema era que requerían algunas revisiones. No muchas, pero sí revisiones; cada página, casi cada párrafo, necesitaba un retoque aquí y allá. Eso significaba que habría que volver a mecanografiarlos desde cero y, para colmo, ya ni siquiera conservaba los manuscritos originales; tendría que trabajar a partir de las ediciones impresas. ¿No sería maravilloso —pensé— si esos libros estuvieran en algún formato legible electrónicamente, de modo que pudiera hacer el trabajo de "cortar y pegar" sin tener que volver a mecanografiar tanto? En segundo lugar, Computer Power and Light (COMPAL) anunció unos sistemas de procesamiento de textos por menos de 6000 dólares; y otro amigo -ingeniero de sistemas de una gran empresa informática- me envió una copia del anuncio de COMPAL junto con una carta que había escrito con su propio procesador de textos (un programa que él mismo había creado). Su programa permitía cambiar los nombres de los personajes, corregir la ortografía y todo eso... Computer Power and Light tenía una tienda a una milla de mi casa. Fui a ver una demostración. Me llevó media hora acostumbrarme al sistema. Mis únicas experiencias con computadoras pertenecían a la "edad oscura": una visita a la ILLIAC en los años cincuenta y algo de programación en lenguaje máquina para la IBM 650 a finales de esa misma década. Cuando trabajé en el sector aeroespacial, los ordenadores eran cajas negras en guarda del departamento de ciencias matemáticas. Los programadores tomaban tus ecuaciones y por arte de magia te traían las respuestas. Ni siquiera sabía qué era una tecla de control. Me lo enseñaron. La demostración fue tan buena que casi compro el sistema de Computer Power and Light en ese mismo instante. Todo era maravilloso: escribías en una pantalla, sobrescribías si te equivocabas, le decías a la máquina qué palabras habías escrito mal y dejabas que las encontrara y corrigiera; increíble. Pero ¿de qué sirve conocer a expertos si no los consultas? Pensé en mi excéntrico amigo Mac Lean. Al cabo de un año, no había perdido el interés. De hecho, pasaba cada vez más tiempo con su ordenador, llegando a estar días sin comunicarse con seres humanos. Yo me preguntaba por qué no lo había visto. —Podemos armarte algo mejor —dijo él. —¿Pero hará lo que me mostraron? —pregunté. —Claro. Eso es lo que hace Electric Pencil. Puedes comprar el programa. De hecho, hay una versión más reciente que la que viste. ¿Qué más quieres que haga la máquina? Esa, por supuesto, es una pregunta clave; y para un completo aficionado como yo, difícil de responder. ¿Qué pueden hacer estas máquinas? Sabía que podían servir para jugar, pero eso era un aspecto negativo: no necesitaba nada más que me quitara tiempo. "Impuestos —dije—. Un sistema de contabilidad. Algo para llevar mis cuentas". "Las máquinas pueden hacerlo, pero es posible que tengas que escribir el programa", advirtió. Aterrador. Pero me imaginaba escribiendo en la máquina y, al fin y al cabo, si vendían programas de edición de texto, seguro que podría comprar un sistema de contabilidad. Además, me aseguraron que las máquinas hablaban BASIC y FORTRAN; ninguno de los dos es un lenguaje difícil, me dijeron. Con BASIC y FORTRAN podría introducir directamente en el ordenador mis ecuaciones de diseño de planetas (parece que los escritores de ciencia ficción tenemos problemas particulares), mi modelo del sistema solar y mis ecuaciones de cohetes; todo aquello con lo que trabajaba entonces en mi calculadora TI-59. Así que repasé todas las cosas que se me ocurrían para las que podría querer un ordenador. Una lista breve porque -como ya he dicho- no sabía entonces de lo que eran capaces; pero me pareció bastante completa. Llevar el control de mis archivos y correspondencia, inventariar mi biblioteca, controlar los contratos y sus fechas de vencimiento. Seguí añadiendo cosas a la lista, esperando que MacLean me dijera que había pedido algo excesivo. Cuando terminé, él comentó que cualquier buen microordenador podría hacer todo eso. Así que la cuestión era cuál elegir. Y había muchísimos. ¿Cómo decidirse? En primer lugar, descartamos cualquier sistema especializado; existe una gran cantidad de software disponible —parte a la venta, parte de dominio público—, pero para utilizarlo se necesita un sistema de propósito general. Esto dejó fuera de juego al procesador de textos de Digital Equipment Corporation basado en la DEC PDP-8, que habría sido magnífico para trabajar con textos, pero no servía para gestionar impuestos ni crear modelos planetarios. A continuación -dada la enorme disponibilidad de hardware compatible- nos decantamos por el procesador Z-80 y el bus S-100 de Altair; tal vez no fuera el sistema más elegante ni avanzado del mercado, pero sí fiable y respaldado por una gran cantidad de software y hardware. Por último, acudí a Proteus Engineering, una pequeña empresa dirigida por Tony Pietsch —graduado en Caltech—, para solicitar un presupuesto del coste total del sistema. En todo momento, mi filosofía fue que yo no me dedico al desarrollo de sistemas. No tengo ningún interés en experimentar con ordenadores. Lo que busco es una máquina fiable que haga lo que yo quiero y que no me dé problemas a las cuatro de la mañana (mi hora más productiva). Por eso consulté a ingenieros que se encargaron de montar todo el equipo y que están disponibles para realizar el mantenimiento del sistema (aunque no ha hecho falta mucho mantenimiento; pero ya hablaremos de eso). "Ten cuidado", me advirtieron mis asesores. "Las cosas no son lo que parecen. Tendrás problemas. Y cuando el sistema haga todo lo que esperabas de él no te sentirás satisfecho: querrás que haga más cosas, y eso provocará nuevos problemas". No les hice caso. Iba a tener UN ORDENADOR: una máquina con más potencia que el ILLIAC —aquel monstruo que visité en su día—, una máquina que me ofrecía más capacidad de cálculo de la que tenía el gobierno hace unos años. Y estaría en mi despacho, a mi entera disposición. Increíble. Extendí un cheque como pago inicial. Descripción del sistema El sistema que eligieron —con mi consentimiento, aunque sin estar muy bien informado al respecto— fue un procesador Z-80 de Cromemco, alojado en la carcasa de Cromemco conocida como "ladrillo negro". Le pagué a Proteus Engineering el precio de lista por el equipo ya ensamblado y probado. También se incluyó una tarifa muy razonable por la integración del sistema. Ellos compraron los kits y los montaron, incorporando sus propias modificaciones, como un ventilador más grande, conectores distintos y —creo recordar— disipadores de calor de mayor tamaño. Hubo bastante debate sobre los paneles frontales. Como a la mayoría de los aficionados, me atraía la idea de las luces parpadeantes, y me costó convencerme de que estas causan problemas sin resolver ninguno (a menos que a uno le interese el desarrollo de sistemas, que ciertamente no es mi caso). Me persuadieron para optar por el modelo "ladrillo negro"; ha resultado ser sumamente silencioso y fiable, aunque echo de menos las luces parpadeantes. Suspiro. La memoria consta de cuatro tarjetas de 16 KB de Industrial Microsystems. El sistema incluye una tarjeta de casete Tarbell, un módulo de visualización de vídeo, una tarjeta de entrada/salida (E/S) para vídeo y una tarjeta de E/S de conexión serie. También dispongo de dos monitores de vídeo de 15 pulgadas adoptados mediante conmutadores coaxiales, lo que permite conectar cualquiera de las tarjetas al módulo de visualización o a la tarjeta de E/S según convenga. El sistema de disco es una unidad doble iCOM para diskettes de 8 pulgadas. Discutimos bastante sobre esto; tras leer artículos en varias revistas, me atraían los sistemas de unidad con motor de bobina móvil. Pietsch y Mac Lean señalaron que eran una novedad: podían ser excelentes, pero ¿me interesaba participar en un experimento de pruebas de control de calidad? Las grandes unidades iCOM son lo suficientemente pesadas como para servir de anclas, y sabemos que son fiables. Siguiendo ese consejo, elegí las iCOM y, desde luego, no tengo ninguna queja; nunca me han dado problemas. De vez en cuando emiten un chirrido molesto que, según iCOM (que puso a un ingeniero experto al teléfono con gran rapidez cuando llamé), es inofensivo y se debe a un resorte de la puesta a tierra; sin embargo, el ruido no ha sido lo suficientemente grave como para justificar la apertura de la carcasa e insertar un casquillo de papel, tal como recomendó iCOM. Quedaba el asunto de los teclados. Estoy acostumbrado a la máquina de escribir IBM Selectric. Me niego rotundamente a utilizar una máquina que tenga las comillas en la misma posición que los números -usándola con la tecla mayúsculas-, ya que los escritores de ficción utilizamos las comillas con mucha frecuencia. No obstante, no existían muchos teclados disponibles con la disposición de teclas tipo Selectric. Dado que iba a adquirir una impresora Diablo para lograr las copias impresas, naturalmente podría haber recurrido a su teclado (tal como hace Computer Power and Light con su sistema de menos de 6000 dólares); sin embargo, es un aparato enorme que presenta problemas de alimentación de papel si se coloca directamente sobre el escritorio. Optamos por una solución intermedia. Probé varios teclados y finalmente me quedé con uno de la marca Memorex (procedente de un excedente de inventario), que Proetus modificó para ofrecer salida en serie. Ahora, con solo accionar un interruptor, puedo cambiar la disposición de las teclas entre la distribución de Teletipo y la de Selectric, según prefiera. Aunque yo nunca utilizo la opción Teletipo, sí lo hacen algunos visitantes dedicados a la programación. Creé etiquetas de papel para cubrir las teclas y las fijé con cinta Scotch; sorprendentemente, han resistido durante meses, y 3M (fabricante de Scotch) podría utilizar este caso como testimonio de la resistencia y transparencia de su cinta en cualquier momento. Para la salida de datos, elegimos una impresora Diablo 1620. Por un momento consideré una Spinwriter, pero eran modelos nuevos cuya fiabilidad aún se desconocía, mientras que las empresas que usan Diablo, me dijeron que sus impresoras nunca habían dejado de funcionar tras varios años de uso; y un escritor necesita tener la copia impresa exactamente a tiempo. La Diablo 1620 viene con un teclado que pensé que guardaría como repuesto. Fue un error. Nunca he usado el teclado salvo para ajustar los márgenes, y este añade casi un pie (unos 30 cm) al tamaño total de una máquina que ya de por sí es enorme. Si tuviera que hacerlo de nuevo, compraría una Diablo sin teclado para ahorrar espacio en mi oficina, ya suficientemente abarrotada. Eso constituía el sistema básico. Entre el equipo y los gastos, el coste total rondaba los 12.000 dólares; un poco más de lo previsto, pero no excesivamente. Esperaba su llegada con impaciencia. Mientras tanto, leí *Instant Basic* de Brown, un libro maravilloso. ¡Sistema instalado! El sistema incluía bastante software que habían adquirido para mí: Electric Pencil, FDOS III y CP/M (con millones de programas del CP/M User’s Group), FORTRAN y, por supuesto, BASIC. También traía algo especial: XMON, de Proteus Engineering. Naturalmente, yo no tenía ni idea de qué hace un monitor, por qué es necesario o qué problemas tan graves pueden surgir si no se cuenta con uno bueno. Afortunadamente, nunca tendré que aprenderlo. El XMON de Tony Pietsch lo hace todo, y lo hace de forma silenciosa y discreta. Fue más tarde -al visitar a otras personas y observar sus complicaciones- cuando comprendí lo bueno que es XMON. Puedo inspeccionar e insertar datos en cualquier posición de memoria, asignar cualquier combinación de dispositivos de E/S (entrada/salida) para que actúen como consola o como dispositivo de salida —por ejemplo, la tarjeta de vídeo de 80 caracteres y la pantalla pueden servir como dispositivo de salida para probar formatos antes de imprimir en papel— y puedo mantener el directorio del disco y los comandos del sistema en una pantalla mientras escribo texto con Electric Pencil en la otra. (De hecho, XMON admite hasta 26 dispositivos de E/S y 26 controladores de formato en cualquier combinación deseada). En fin: ¡ya tenía ordenador! ¿Podría escribir libros con él? El uso del sistema Primero tuve que aprender a usarlo: estaba ansioso por poner en marcha el Electric Pencil, pero Mac Lean y Pietsch sugirieron que comenzara con algunos programas en BASIC. Introducirlos en el sistema y lograr que funcionaran me enseñó que las computadoras son muy estrictas con la sintaxis; existe una enorme diferencia entre un punto y coma y dos puntos, y no hay ningún corrector de pruebas en la oficina del editor para detectar tus errores. Lo que implementé fue un programa de base de datos. Tenía una lógica enrevesada, pero funcionaba; el día que operó correctamente (aproximadamente una semana después de empezar), descorchamos champán. Desde entonces lo he modificado hasta inutilizarlo y he aprendido algo sobre los apaños chapuceros: no hay que usarlos. Es más fácil empezar de cero. Ahora estoy atrapado con nombres de variables y tipos de datos que no tienen sentido y ralentizan el programa; afortunadamente, sé lo suficiente como para reconstruir esa maldita cosa desde los cimientos. A continuación, el Electric Pencil: la prueba de fuego para el sistema. Los programas de base de datos están muy bien, pero Ezekial (¿acaso no tienen nombre todas las computadoras?) estaba destinado a escribir libros, no a realizar tareas para las que podría contratar a una secretaria. Logramos que el Electric Pencil funcionara en una hora; aprendí a usarlo en otra. Mis experimentos con programas en BASIC me enseñaron principios generales sobre el funcionamiento de las computadoras, pero, por lo demás, carecía totalmente de experiencia. Pulsaba la tecla de retorno de carro al final de cada línea. Olvidaba pulsar la de avance de línea al final de un párrafo. Grité. Chillué. Maldije todo el maldito sistema, a Hollerith y a sus antepasados, al desconocido griego que construyó el mecanismo de Anticitera, al inventor del transistor y a cualquiera que hubiera tenido algo que ver con desatar a estos monstruos sobre un mundo desprevenido. ¿Cómo podían hacerme esto? ¿Formaba parte de alguna conspiración gigantesca? Pero estaba decidido. Había invertido demasiado dinero en ello. Además, escribo ciencia ficción. Otras personas usan estas máquinas. ¿Son más inteligentes que yo? ¿Puedo permitirme admitir que lo son? De vuelta al trabajo. Nada de presionar retorno de carro. Construía cada párrafo laboriosamente, y pulsaba la tecla de avance de línea con un grito de triunfo al terminar un párrafo. Es una forma lenta de escribir libros, pero lograré domar a este monstruo. Sin embargo, había ventajas. Si pulsabas la tecla equivocada, bastaba con retroceder y escribir encima. Es cierto que Electric Pencil no reconoce la tecla de retroceso y hay que usar *Shift* + *Supr*, pero seguro que se puede aprender algo tan sencillo. Y luego están todas esas otras funciones: borrar hasta final de línea, eliminar párrafos, insertar letras y palabras, cambiar nombres y corregir la ortografía... Al cabo de un par de días me di cuenta: funcionaba. Ya no requería un esfuerzo consciente; simplemente usaba la máquina. Una semana después intenté utilizar mi máquina de escribir Selectric II. A la mañana siguiente la trasladé al escritorio de mi secretaria. Resultaba demasiado incómoda. En pocas palabras: me había enganchado. La prueba llegó cuando nuestro agente nos pidió un tratamiento de guion para finales de esa misma semana. Larry y yo trabajamos a nuestra manera habitual —sentados con abundante café y brandy, hablando mucho— y luego yo me ponía a teclear el resultado en la máquina. Le llevé una copia a Larry y él vino con sus comentarios. En una sola tarde —cuatro horas— habíamos incorporado sus cambios, producido un manuscrito limpio, revisado, incorporado las modificaciones y obtenido una versión final. En otra ocasión, escribimos una novela corta de 15.000 palabras en tres días: tres días desde la concepción hasta el borrador final, incluyendo todos los cambios necesarios. Fue entonces cuando Larry decidió probar mi máquina. Sin experiencia alguna, se vio escribiendo texto. Es cierto que tuvo problemas con lo del retorno de carro y el avance de línea, pero son detalles insignificantes comparados con la posibilidad de insertar texto, reescribir y obtener una copia limpia. Al día siguiente, entregó un depósito a Proteus Engineering. Ahora tendremos sistemas idénticos, lo que nos permitirá intercambiar discos. Problemas Ha habido algunos. En primer lugar, Electric Pencil es un programa delicado; tiende a aceptar diversos caracteres de control. Gran parte de esto se debe -estoy seguro- al teclado, que genera caracteres de control espurios cuando se presionan demasiadas teclas a la vez; pero otra parte se debe al propio programa, que parece incapaz de recuperarse de los yerros y que se vende sin el código fuente, impidiendo así que los expertos puedan modificarlo para adaptarlo a mi sistema y a mi monitor. Presenta otros problemas. Al llegar al final de una línea, el texto se reorganiza correctamente, pero a menudo se pierden caracteres: o bien carece de búfer, o el búfer de línea es demasiado pequeño. Sin acceso al código fuente, no hay nada que pueda hacer al respecto. De hecho, la falta del código fuente de Pencil supone un obstáculo insalvable. UCSD Pascal requiere un sistema de 56 KB -configuración que yo podría implementar fácilmente-. El problema es que Electric Pencil exige un módulo de visualización de vídeo en la dirección hexadecimal CC00 y -aun tras desensamblar el programa- no encontramos una forma sencilla de modificarlo para reubicar dicha dirección. Habría que cambiar unos 50 bytes de código. Electric Pencil utiliza sus propios controladores y no se comunica con el monitor (de hecho, acceder al monitor puede provocar que el programa se sobrescriba a sí mismo). La persona que diseñó el sistema no responde a las llamadas telefónicas. Es frustrante, porque nos gustaría implementar Pascal, pero Electric Pencil está programado de tal manera que no creo que sea posible hacerlo. Sin embargo, ya se vislumbran soluciones. Uno de mis colaboradores —el ejecutivo de la empresa informática que me introdujo en COMPAL— ha creado por pura afición un procesador de textos para el chip 6800; ahora estamos intentando convencerlo para que escriba uno en código estructurado para el Z-80. Tendremos acceso al código fuente completo de su programa, el cual se comunicará con el monitor y utilizará los controladores de XMON. Por otro lado, el cambio a teclados de Digital Equipment Corp con tecnología *n-key rollover* (que permite registrar múltiples pulsaciones simultáneas) eliminará del sistema los caracteres de control erróneos. Cuando sepamos exactamente qué buscamos en un procesador de textos, encargaremos la fabricación de teclados con teclas específicas para comandos concretos; obviamente, es más sencillo pulsar una tecla que diga "insertar línea" que presionar simultáneamente las teclas Control y G, además de que facilitará enormemente la formación de mi secretaria en su uso. Por otra parte, siempre hay software a la venta: si mi colaborador no termina a tiempo el programa de procesamiento de textos, estoy seguro de que alguien ofrecerá uno que incluya el código fuente, permitiendo así corregir esos molestos fallos (ahora mismo estoy escribiendo rápido y *Electric Pencil* pierde letras cada vez que se reajusta la línea, lo cual resulta sumamente irritante). Existe otro problema: para evitar tener que teclear yo mismo los libros que requieren revisión, quiero que esa tarea la realice mi asistente; sin embargo, me he vuelto tan dependiente de la máquina que la necesito la mayor parte del tiempo, impidiendo que John pueda utilizarla. Necesito encontrar un sistema relativamente económico capaz de crear archivos compatibles con *Electric Pencil* (o con el nuevo procesador de textos). Podría instalar ese equipo más sencillo en otra habitación para uso exclusivo de mi asistente. No necesita tener una impresora Diablo y es posible que baste que con él pueda guardar el texto en cinta para luego transferirlo al sistema principal y grabarlo en disco. Admito que es un lujo, pero uno que merece la pena, y estoy estudiando la posibilidad de hacerlo realidad. Sin embargo, a pesar de los bugs, la velocidad de trabajo es incomparablemente superior a la de una máquina de escribir; calculo que me ahorra varios meses al año, tiempo que puedo dedicar a viajar, a leer o simplemente a no hacer nada. Antes de tener el sistema, en un buen día podía producir diez páginas; he hecho más, pero no a menudo. El ordenador me permite generar texto a más del doble de esa velocidad. No entorpece la escritura: no hay que cambiar papel, ni hacer borrones o tachaduras, ni usar líquido corrector (solía ser un experto en líquido corrector, llegando a coleccionar marcas y épocas distintas); y lo mejor de todo es que cada borrador queda limpio, pero resulta tan sencillo generar otro borrador limpio que no se duda a la hora de reescribir. (Es un mal común entre los escritores: no querer estropear un borrador limpio. La parte mecánica de la escritura resulta tan desalentadora como el esfuerzo creativo). En mi mejor día desde que tengo a Ezekial, produje diez páginas por hora durante varias horas seguidas. ¡Una maravilla! Eso es el procesamiento de textos. ¿Qué más? Planetas, impuestos y archivos No fue difícil poner en marcha mis programas de diseño de planetas, sistemas solares y otras aplicaciones científicas. La mayoría los programé en BASIC porque es más sencillo que lo que yo utilizo; pero los estoy pasando a FORTRAN porque es más fpacil de ejecutar y considerablemente más rápido (una vez que comprenda a fondo las temidas sentencias FORMAT y COMMON). Los problemas surgieron con la contabilidad y los impuestos. Todo el mundo anuncia programas de libro mayor. Ninguno de esos malditos programas que he visto funciona o, si lo hace, genera algo que un contador aceptaría tan sólo estando completamente borracho. Por ejemplo, una empresa ofrece toda una línea de programas en BASIC; cada uno viene en un libro a la venta por un precio de entre 10 y 50 dólares. Si compras el costoso paquete de gestión empresarial, te informan (aunque no de entrada ni de forma visible) de que el libro no incluye todo el código necesario para poner en marcha los programas del libro mayor. Pero poco de eso importa, porque, nadie -de todos modos- querría usar lo que esos programas producen. Existen sistemas de contabilidad para pequeñas empresas muy costosos que, presumiblemente, funcionan bien; pero si hay alguno por menos de 1000 dólares que funcione y genere lo que un contable llamaría libros contables, esoy aún por verlo. La mayoría tan sólo generan "informes especiales" que no conservan ningún rastro de auditoría y que no son más que un sistema de suma glorificado. Así que tuve que escribir el mío propio. Mi programa de libro diario y libro mayor se basa en *Fundamentals of Accounting* de MacKenzie y *Accounting for Non-Accountants* de Meyer; está diseñado para generar libros diarios con el mismo aspecto que los que aparecen en esos libros, y libros mayores que también se asemejan a los originales, incluyendo referencias a los asientos del diario. Resultó ser una tarea ardua, pero valió la pena. Además, no supuso mucho más trabajo del que habría dedicado a preparar mis impuestos; y, una vez terminado, ¡hacer la declaración de impuestos solo me llevó un día! Simplemente introduzco el plan de cuentas (número y título de página del libro mayor, organizados de modo que el rango 0-100 corresponda a activos, 101-200 a pasivos, 201-300 a capital, etc.) y luego utilizo los talones de la chequera y los recibos de tarjetas de crédito para registrar los asientos siguiendo los formatos y métodos recomendados por MacKenzie. No sé nada de contabilidad, pero el programa imprime toda la información necesaria y en el formato recomendado en los manuales. Otro programa registra todo eso en los asientos del libro mayor, un tercero cierra los libros y transfiere los saldos a una cuenta de pérdidas y ganancias, y un cuarto genera estados de resultados. En todo momento acompañan al asiento la referencia del libro diario, la fecha, el número de cheque (si ha sido pagado con cheque) y el tipo de tarjeta de crédito (si se usa tarjeta), de modo que incluso el libro mayor resulta legible. En ese sentido, creo que mi programa genera mejor información que el método recomendado por MacKenzie o el empleado en el sistema de contabilidad Wilmer que solía utilizar. Pero, sea mejor o no, sin duda conserva toda la información y su uso no requiere esfuerzo. Un asiento del libro diario consta de un número de cheque (que se introduce automáticamente, si así se desea) y la fecha; el destinatario; el concepto del pago; y la página del libro mayor donde se debe cargar (débito). La página correspondiente de la cuenta corriente en el libro mayor (crédito), se abona automáticamente. Al imprimir el libro diario, se muestran tanto los números como los títulos de las páginas del libro mayor, con la sangría que prefieren los contables, y aparecen como explicación los datos del destinatario y el concepto (siguiendo también el formato contable estándar). Esta información ya puede registrarse -por ejemplo, a nombre de Southern California Gas Company- y otro programa resumirá los asientos del libro mayor (asignando las páginas 505, 507 y 509 a la categoría de "servicios públicos", por citar un caso), si así se desea; todo ello ocurre de forma rápida y fiable, verificando la suma de débitos y créditos en cada etapa y permitiendo realizar otras comprobaciones. Ya he mostrado suficiente entusiasmo por mis propios programas. Admito sentir cierto orgullo por mi sistema contable, aunque me pregunto por qué nadie más lo hizo antes. Mi amigo "loco" dice que se debe a que los programadores no son contables y los contables no son programadores. Me parece bien, pero yo no soy ninguna de las dos cosas. Simplemente me gano la vida fingiendo que lo sé todo. Mac Lean también intenta convencerme de que venda los programas empresariales que he escrito, y supongo que lo haré si logro dejar claro que no ofrezco ninguna garantía al respecto: a mí me funcionan y generan documentos que los contadores entienden, pero desde luego no enseñan a ser contador, y no tengo ni la más remota idea de si funcionarían en sistemas disferentes al CP/M con disco Microsoft BASIC. El gestor de archivos funciona a las mil maravillas: bastaron dos días para enseñar a mi ayudante (que nunca había visto un ordenador fuera del cine) y otros dos para que introdujeran todo el papeleo en el sistema. Ahora puedo localizar cualquier registro por su título, categoría (datos, contrato, pruebas de imprenta, etc.) o ubicación. Podemos encontrar cualquier cosa en cuestión de minutos, incluso si está archivada, y puedo revisar los archivos de datos en cualquier momento. En resumen ¿Recomendaría mi sistema a otras personas? Por supuesto: no intenté disuadir a Larry Niven de comprar uno, y es tanto amigo como socio. Frank Herbert ha considerado la idea, al igual que Joe Haldeman; supongo que no pasará mucho tiempo antes de que muchos escritores de ciencia ficción utilicen procesadores de texto informáticos. Sin embargo, para el propietario de una pequeña empresa o el escritor (y los escritores a tiempo completo son propietarios de pequeñas empresas, lo sepan o no), hay problemas. Resolví los problemas más espinosos encargando el montaje, la integración y el mantenimiento de mi sistema a una empresa de consultoría de ingeniería; creo que resolví otro al elegir Proteus y a Tony Pietsch, ya que eso me proporcionó XMON y —al ver a otros informáticos sudar y maldecir ante sus equipos— sospecho que tal vez poseo el monitor más sofisticado que existe. Por ejemplo: en uno de mis programas de contabilidad, BASIC tenía la exasperante costumbre de insertar la palabra AUTO en una instrucción. Yo editaba la instrucción y la reescribía, pero allí aparecía de nuevo esa palabra no deseada ni solicitada. Con XMON puedes acceder al monitor sin abandonar la tarea que estás realizando: simplemente se suspende la operación al pulsar la combinación de teclas Control y barra invertida. Eso hice y ejecuté una prueba de memoria no destructiva; descubrí que una celda de memoria estaba defectuosa. Volví a la tarea, guardé el programa (con la instrucción errónea y todo), regresé al monitor, ejecuté una comprobación completa de la memoria (ambas pruebas forman parte de XMON) y localicé exactamente dónde estaba el problema. Una llamada telefónica a medianoche a Tony Pietsch permitió que mi sistema volviera a funcionar con una pérdida mínima de tiempo y esfuerzo. XMON me ha permitido recuperarme de algunos de los fallos a los que es propenso el programa Electric Pencil; no sé si estaría tan satisfecho con mi sistema si XMON no facilitara tanto esa tarea. También aconsejaría a todos aquellos que no estén totalmente familiarizados con los sistemas informáticos que hagan lo mismo que yo: no compren lo último —y posiblemente lo mejor— del mercado, sino que opten por equipos cuya fiabilidad esté demostrada. Al fin y al cabo, el coste del ordenador puede amortizarse en un periodo de tres años (o más, si se prefiere); y espero actualizar y mejorar el equipo algún día, pero solo con hardware que se sepa que funciona. No me dedico al desarrollo de sistemas ni tengo intención de hacerlo nunca. Pero, vaya, ¡qué mucho ha facilitado esta máquina la escritura de ciencia ficción!* --- Jerry Pournelle, expresidente de la asociación Science Fiction Writers of America, trabajó durante 15 años en el sector aeroespacial antes de dedicarse a la escritura a tiempo completo. Fue director de los Laboratorios de Factores Humanos de Boeing y participó en los proyectos Mercury, Gemini y Apolo, así como en sistemas espaciales militares. Pournelle posee títulos en ingeniería, psicología y ciencias políticas, y sucedió al difunto Willy Ley como editor de ciencia de la revista *Galaxy Science Fiction Magazine*, donde su columna "A Step Farther Out" gozaba de gran popularidad. Junto con Larry Niven, fue coautor de las novelas superventas **Lucifer’s Hammer** (Fawcett, 1978) y **The Mote in God’s Eye** (Pocket Books; 10.ª reimpresión en 1978). Asimismo, ha escrito una docena de novelas propias —entre ellas **The Mercenary**, **Birth of Fire** y **West of Honor**, todas publicadas por Pocket Books—, además de diversas obras de menor extensión. Fue el primer ganador del premio John W. Campbell Memorial.