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Ha vuelto a llegar ese momento del año en el que la religión se confabula con la antropología para revivir una vieja tradición en Calzada de Calatrava. Ni los más viejos de cuando era yo niño recordaban nada del origen de la única fiesta profana que se celebra en la muy católica Semana Santa de este lugar de la provincia de Ciudad Real. Hay, empero, una excusa divina. Según el Evangelio de San Juan, los soldados romanos que se repartieron las ropas de Jesús tras su crucifixión decidieron jugarse su túnica.Lo harían, seguramente, a los dados. Pero en Calzada la reinterpretación popular es distinta. Para empezar, nadie se juega la ropa —aunque sea posible perderla en metáfora—, sino dinero. Un corro de apostantes se concentra alrededor de un baratero, que organiza el juego entre estos y la banca. La banca es alguien o álguienes con mucha pasta. En cada turno, los apostantes ponen cada uno una cantidad, que el baratero va sumando para asegurarse de que puede casar con los fondos de los que dispone la banca. Cuando nadie más apuesta, se preparan dos monedas de perra gorda, diez céntimos, de la época de Alfonso XII. Esto da una pista acerca del origen de la tradición. Confirmaría que la inmensa mayoría de ellas viene del siglo XIX.Con estudiado estilo, quien hace el papel de banca lanza las dos monedas juntas al centro del corro. Si caen distintas, cara y cruz, se repite la tirada. Si caen ambas caras, la banca se queda con todo el dinero. Si caen cruces, cada apostante recibe el doble de lo que puso. Y se vuelve a empezar. Mucha gente acude desde el único lugar de España que importa, e incluso de otros que importan menos, a este que importa bastante poco para jugarse cantidades de dinero que los romanos del cuento habrían considerado absurdas. El gentío que se reúne sirve como repelente muy efectivo para los no amantes de semejantes aglomeraciones, como el que aquí suscribe. Conozco todo esto porque nadie mayor que yo de mi familia ha dejado de jugar alguna vez, y de contar cómo le fue con todo detalle después.Uno puede criticar la oportunidad de celebrar una historia triste con el ejercicio vicioso del juego, pero en realidad no es algo raro en una cultura, la católica, que hizo de la conmemoración de una ficticia masacre de bebés la excusa para gastar bromas urbi et orbe. Sin embargo, este juego tiene una característica positiva: es estrictamente justo, en un sentido matemático. Prácticamente todos los juegos de azar en los que se apuesta dinero están sesgados, poco o mucho, para mayor beneficio de la banca. Por eso los casinos son negocios tan buenos y es tan difícil quebrarlos, aunque Donald Trump lo lograra al menos cuatro veces con los suyos.La justicia implícita en el juego de las caras hace imposible que se reproduzca en un contexto comercial. Es decir: las caras son lo más parecido a un juego sin ánimo de lucro que sea posible encontrar. Para un número suficientemente grande de apuestas iguales, el resultado tenderá a que el apostante se quede como estaba al principio. Algo que, naturalmente, no ocurre salvo casualidad. La gente pierde. O gana y vuelve a apostar hasta que pierde. O, con menos frecuencia, gana y se va a pavonearse con los amigos. Que solo se juegue durante la mañana del Viernes Santo entre dos procesiones que ocupan todo el espacio público ayuda a que el resultado del juego sea una redistribución aleatoria de papel moneda en los corros.Pero esta interesante característica hace posible adaptar al juego de las caras una técnica proveniente de otro juego similar: la ruleta, cuando se juega a apuestas casi binarias como par e impar, o rojo y negro. Naturalmente, la existencia de una casilla cero, que no se considera par ni impar y no es roja ni negra, sesga el juego a favor del casino. Más a favor de las caras entonces, porque esta técnica funciona aún mejor.En primer lugar, necesitaréis una cantidad obscena de dinero. Si es en la práctica infinita, será posible asegurar que salís del corro habiendo ganado lo que quiera que hayáis jugado de partida. En una primera apuesta, poned una cantidad que os parezca razonable. Si ganáis, dejad de jugar inmediatamente: ya está todo hecho. Pero si perdéis, hay que seguir jugando. En una segunda apuesta, tenéis que poner el doble de lo perdido. Si ganáis, doblaréis ese dinero y, haciendo cuentas, descubriréis que habéis gastado tres veces el valor de la primera apuesta, para recuperar cuatro veces ese valor. Es decir, que habréis logrado hacer en dos apuestas lo mismo que si hubierais ganado al principio.¿Y si también perdéis la segunda vez? No importa. Apostáis de nuevo, otra vez por el doble de la cantidad anterior. Si ganáis, las cuentas están igual, aunque con números más grandes: habéis puesto siete veces la apuesta inicial y la habéis recuperado multiplicada por ocho. ¿Y si volvéis a perder? Ahora entendéis lo de la cantidad obscena de dinero que decía al principio. La probabilidad a priori de perder nn veces seguidas a las caras es 2−n2^{-n}, un número que se va haciendo muy pequeño para valores crecientes de nn. Pero el valor total de la apuesta necesaria para doblar una inversión inicial de valor aa en nn intentos es (2n−1)a(2^n-1)a, algo que crece muy deprisa para apuestas sucesivas. Visto de otro modo, si pretendéis ganar cien euros a las caras y consideráis que os podéis arriesgar a perder siete veces seguidas, ganando en la octava tirada —un lance con probabilidad a priori de una entre 256—, tenéis que comparecer al juego llevando 25500 euros en el bolsillo. Si quien lleva la banca tira las monedas de esa forma peculiar que solo él conoce y termináis perdiendo también en la octava tirada, os habréis dejado una morterada de pasta para nada. Alguien más rico que vosotros podría haber soportado semejante racha de mala suerte. A partir de aquí, deducir que para determinados niveles de megarriqueza es virtualmente imposible perder, ya es de una trivialidad que espanta. Pensar también que la vida es una sucesión de apuestas más o menos explícitas y más o menos justas que esta de las caras es algo perfectamente comprensible. Como lo es también extraer de todo este cuento la enseñanza de que el destino de los milmillonarios solo puede ser uno: seguir siéndolo. Acrecentar con el tiempo su patrimonio a nuestra costa. Arriesgarse cada vez menos a que una racha de mala fortuna o decisiones de estupidez inconcebible les hagan caer de su estatus privilegiado Por esto hace falta un impuesto confiscatorio a la megarriqueza. Para ayer.
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«Eso no es volar, es caer con estilo», le decía Woody a Buzz Lightyear en Toy Story —la primera, la mítica—. Ese estilo en la caída, por gallináceo que sea, es mucho para un juguete en mitad de una aventura inverosímil cuando volar de verdad es algo todavía más impensable. También es una característica de diseño exigible para muchos aparatos que vuelan de verdad. Un avión de pasajeros puede perder un motor y continuar volando con el otro, con un rendimiento muy reducido y estando obligado a aterrizar de emergencia a la primera oportunidad viable. O incluso perder los dos y planear hasta donde se pueda con la esperanza de hallar una zona lo suficientemente llana y despejada donde aterrizar de la manera menos catastrófica que se pueda. Probablemente recordéis la clase magistral sobre la materia que el piloto Chesley «Sully» Sullenberger ofreció sobre el río Hudson en 2009.«Caer con estilo» es también el nombre que tiene en mi cabeza un principio fundamental del diseño técnico al que los manuales llaman más comúnmente «degradación gradual» o, en ese inglés del que no podemos despegarnos los que tratamos habitualmente con tecnología, graceful degradation. La degradación gradual es una técnica englobada en los métodos de diseño para la tolerancia a fallos. Consiste en proteger la función principal de tu aparato, a expensas de otras secundarias. A veces ese «a expensas» es relativamente barato. Un ejemplo: ningún diseñador de páginas web que se precie haría depender el diseño de su página del ancho de banda disponible o del usuario y su equipo concreto. El contenido estará ahí, claramente separado de la decoración; si hay que escoger, se enseñará lo mollar. La funcionalidad deberá tener en cuenta que no todo el mundo tiene el ordenador o el móvil más moderno, o ve u oye tan bien como probablemente lo haga el propio diseñador; la página simplemente cumplirá su función, sin más florituras.Imagen: how-i-experience-web-today.com.… ¿Seguro? La verdad es que cuesta encontrar páginas que medio funcionen para personas con visión reducida, o que estén navegando con una Blackberry de hace veinte años por lo que sea. Y no, no es vuestro problema como usuarios justificar por qué os atrevéis a navegar por la web con un aparato u otro, o peor aún, mientras sois invidentes. No es un gran ejemplo. Busquemos otro: ¿qué ingeniero en su sano juicio comercializaría un electrodoméstico con funciones «inteligentes» que pudieran, bajo algún conjunto concebible de circunstancias, degradar la funcionalidad del aparato? Imagen: Computers & IT Tech Support Help and Questions / Facebook.Probablemente hayáis oído hablar del «brickeo», del inglés to brick, «hacer que un aparato deje de funcionar de forma definitiva o casi definitiva a través de su software». Existe un cierto riesgo de que esto ocurra cuando una actualización del sistema operativo de un cacharro no finaliza con éxito. Si estamos hablando de un teléfono móvil, es un fastidio. Pero si hablamos de un frigorífico inteligente con pantalla, ¿es aceptable que una actualización fallida del sistema deje al electrodoméstico sin capacidad de enfriado?Esta claro que diseñar para la degradación gradual no es algo muy querido ni en el mundo de la web, ni en el de los electrodomésticos conectados. Quién sabe, quizá los ingenieros competentes se hayan marchado a algún otro sector. El del automóvil, sin duda, necesita de mucha más atención debido al riesgo intrínseco que tiene un vehículo moviéndose a velocidades elevadas por una carretera. Este ejemplo quizá pueda servir: ningún fabricante de automóviles diseñaría su coche de modo que un choque que afectara a la batería auxiliar de 12 voltios impidiera la apertura de puertas.Imagen: Jalopnik.com.… ¿Ninguno? Tesla siempre encuentra formas de sorprenderte. Un choque lo suficientemente violento como para desconectar la batería secundaria de 12 voltios, la que mantiene el estado del vehículo entre encendidos, puede provocar que las manillas de las puertas, eléctricas, queden bloqueadas. Suelen existir formas manuales de desbloquear las puertas, pero no son obvias sin haber leído antes los manuales. Incluso algunas series de los modelos 3 e Y no los han montado para las puertas traseras. Si el bloqueo ocurre a la vez que un incendio, el resultado podría ser espantoso.Diseñar un sistema para que caiga con estilo no es trivial, pero se puede conseguir. En el mundo ferroviario, los sistemas de balizas ERTMS/ETCS de nivel 1 o 2 permiten ubicar un tren a la vez que le comunican una velocidad objetivo y una curva de frenado. Si la comunicación del vehículo con las balizas de tierra se interrumpe, se entra en un modo de funcionalidad degradada en el que un sistema de señalización preexistente, ASFA Digital, pasa automáticamente a primer plano. La ubicación del tren es algo menos precisa al depender de los circuitos de vía, y la velocidad máxima a la que se puede operar con seguridad disminuye de 300 a 200 kilómetros por hora.La degradación gradual es un objetivo alcanzable a la hora de diseñar un sistema tecnológico, pero que esté al alcance no significa que se haga efectivo. Hemos visto tres ejemplos en los que la cultura corporativa trabaja en contra de su consecución. La industria de la programación para internet opera bajo unos condicionantes de costes que hacen difícil que se asignen recursos a una funcionalidad que no va a ser evidente para una mayoría de usuarios, la mayor parte del tiempo. En el caso de las plataformas públicas, la legislación vigente —el Real Decreto 1112/2018— obliga a mantener un nivel suficiente de accesibilidad para garantizar que todos los usuarios, con independencia de su posible diversidad funcional, puedan utilizarlas. Sin embargo, las sanciones por incumplimiento no son nada frecuentes, debido a motivos complejos que se salen del ámbito de este artículo.El mundo de los electrodomésticos «inteligentes» parece estar dominado por la búsqueda de mayores márgenes en las ventas. Para ello, las nuevas características tienen que ser tan baratas de desarrollar como sea posible. Eso no favorece la implantación de una cultura responsable de diseño. Además, un fabricante de electrodomésticos puede no tener el conocimiento institucional necesario para gestionar el ciclo de vida del software, que no va a coincidir con el de los equipos que fabrica. Si, además, externaliza la programación a otra empresa, los incentivos económicos favorecen que se pague lo mínimo posible por el desarrollo, a expensas de su calidad.Y respecto de Tesla, qué decir de la cultura de seguridad de una empresa cuyo dueño «desaconseja» el uso del color amarillo reflectante en las ropas de trabajo de los empleados de sus compañías «porque no le gustan los colores brillantes».