Author Name: ProPublica This story was originally published by ProPublica. [1] Anatomía De Una Masacre Date: 03, 2021 José Juan Morales, coordinador de investigadores, Subprocuraduría de Personas Desaparecidas en el estado de Coahuila: Tenemos testimonios de personas que afirman que participaron en el crimen. Se hablaba de alrededor de 50 camionetas que llegaron a Allende con gente vinculada al cartel. Ingresaron a domicilios, los saquearon, quemaron. Después de saquearlos, llevaron a las personas que vivían en los domicilios a un rancho a las salidas de Allende. Primero los mataron y luego los metieron a una bodega donde había pastura, los rociaron con diésel y les prendieron fuego. Estuvieron alimentando el fuego horas y horas. José Juan Morales Coordinador de investigadores, Subprocuraduría de Personas Desaparecidas en el estado de Coahuila Los indicios de que algo innombrable pasó en Allende son contundentes. Cuadras enteras, en algunas de las calles más transitadas del pueblo, yacen en ruinas. Mansiones que fueron ostentosas hoy son cascarones desmoronados, con enormes agujeros en las paredes, techos carbonizados, mostradores de mármol agrietados y columnas colapsadas. Esparcidos entre los escombros quedan los vestigios raídos y enlodados de vidas destrozadas: zapatos, invitaciones a bodas, medicamentos, televisores, juguetes. En marzo de 2011, el tranquilo pueblo ganadero, de unos 23 000 habitantes y a solo 40 minutos en auto de la frontera con Texas, fue atacado. Sicarios del cartel de los Zetas, una de las organizaciones de narcotráfico más violentas del mundo, arrasaron Allende y pueblos aledaños como una inundación repentina; demolieron casas y comercios, secuestraron y mataron a docenas, posiblemente a cientos, de hombres, mujeres y niños. La destrucción y las desapariciones se sucedieron erráticamente por semanas. Solo unos pocos familiares de las víctimas — en su mayoría los que no vivían en Allende o habían huido — se atrevieron a buscar ayuda. “Quisiera aclarar que Allende parece zona de guerra” se lee en un informe acerca de una persona desaparecida. La mayoría de las personas a las que les pregunté por mis familiares respondió que no debería seguir buscándolos, porque a los de afuera no los querían y los desaparecían”. Quién Exige Responsabilidades a la DEA Cuando sus Misiones Cuestan Vidas? En 2011, un operativo de la DEA dió origen a una masacre en un pueblo mexicano, pero la agencia nunca investigó qué salió mal. Lee la historia. Noticias por Correo Electrónico Inscríbase para recibir las investigaciones más importantes de ProPublica por correo electrónico. Pero, a diferencia de la mayoría de los lugares en México destrozados por la guerra contra las drogas, lo que pasó en Allende no se originó en México. Comenzó en Estados Unidos, cuando la Administración para el Control de Drogas (DEA) logró un triunfo inesperado. Un agente persuadió a un importante miembro de los Zetas para que le entregara los números de identificación rastreables de los teléfonos celulares que pertenecían a dos de los capos más buscados del cartel, Miguel Ángel Treviño y su hermano Omar. Entonces, la DEA se la jugó. Compartió la información con una unidad de la policía mexicana que, por mucho tiempo, ha tenido problemas con filtraciones de información, aunque sus miembros habían sido entrenados y aprobados por la DEA. Casi de inmediato, los Treviño se enteraron de que habían sido traicionados. Los hermanos planearon vengarse de los presuntos delatores, de sus familias y de cualquiera que tuviera un vínculo remoto con ellos. La atrocidad en Allende fue particularmente sorprendente, porque los Treviño no solo habían basado algunas de sus operaciones en las cercanías — con movimientos de decenas de millones de dólares en drogas y armas por la zona cada mes — sino que también habían hecho del pueblo su casa. Durante años después de la matanza, las autoridades mexicanas solamente hicieron esfuerzos inconsistentes para investigar. Erigieron un monumento en Allende para honrar a las víctimas, sin determinar por completo lo que había sido de ellas ni castigar a los responsables. Al final, autoridades estadounidenses ayudaron a México a capturar a los Treviño, pero nunca reconocieron el costo devastador de ello. En Allende, la gente sufrió, sobre todo en silencio, porque estaban demasiado asustados para hablar públicamente. Hace un año, ProPublica y National Geographic emprendieron la labor de juntar las piezas de lo que pasó en este pueblo del estado de Coahuila: dejar a los que sufrieron la mayor parte del ataque, y a los que tuvieron algún papel en él, que contaran la historia en sus propias palabras, con frecuencia con gran riesgo para sus vidas. Voces como estas rara vez se han escuchado durante la lucha contra el narcotráfico: funcionarios locales que abandonaron sus puestos, familias asediadas por el cartel y por sus propios vecinos, operarios del cartel que cooperaron con la DEA y vieron asesinados a sus amigos y familias, el fiscal estadounidense que supervisó el caso y el agente de la DEA que lideró la investigación y quien, como la mayoría de la gente en esta historia, tiene vínculos familiares en ambos lados de la frontera. Cuando le preguntaron durante una entrevista sobre su papel en el caso, el agente, Richard Martinez se desplomó en su silla, con lágrimas en los ojos. “¿Cómo me hizo sentir el hecho de que la información se hubiera filtrado? Prefiero no decirlo, para ser honesto con usted. Me gustaría dejarlo así. Prefiero no decirlo”. La Masacre Mientras caía la tarde del viernes 18 de marzo de 2011, hordas de sicarios del cartel de los Zetas empezaron a entrar en Allende. Guadalupe García Funcionaria jubilada Estábamos comiendo en Los Compadres y entraron dos hombres. Se notaba que no eran de aquí. Tenían un aspecto distinto. Eran unos huercos, entre 18 y 20 años. Pidieron 50 hamburguesas para llevar. Fue entonces cuando nos dimos cuenta de que algo pasaba y decidimos que era mejor irnos a casa. Martín Márquez Vendedor de hot dogs Empezaron a suceder cosas en la tarde. Llegaron hombres armados. Fueron casa por casa buscando a las familias de quienes los habían traicionado. A las 11:00 de la noche ya no había movimiento de autos en la calle. No había movimiento de ningún tipo. Etelvina Rodríguez Maestra de secundaria y esposa de la víctima Everardo Elizondo Por lo regular, mi marido, Everardo, llegaba a las 7 o 7:30 de la tarde. Yo lo esperaba en mi casa. Dieron las 7, 7:30, 8, 9. Y empecé a marcarle. El teléfono estaba fuera de servicio. Pensé que a lo mejor estaba en casa de su mamá y se le descargó la pila. Le llamé a su mamá. Me dijo que no lo había visto y que a lo mejor andaba por ahí con algunos amigos. Pero no tenía sentido. Él me hubiera avisado. Me salí a buscarlo en el auto. Se sentía un ambiente tenso. Eran las 9 de la noche, no tan tarde para ser viernes. El pueblo estaba completamente solo. A pocos kilómetros a las afueras del pueblo, los sicarios bajaron en varios ranchos vecinos a lo largo de una carretera de dos carriles pobremente alumbrada. Las propiedades pertenecían a uno de los clanes más antiguos de Allende, los Garza. La familia se dedicaba principalmente a la ganadería y realizaba trabajos diversos, entre ellos la minería de carbón. Pero, de acuerdo con miembros de la familia, algunos de ellos también trabajaban para el cartel. Ahora, estos nexos resultaban mortíferos. Entre aquellos de quienes los Zetas sospechaban que eran soplones — de manera equivocada, se supo más tarde — estaba José Luis Garza, Jr., un miembro del cartel de rango relativamente bajo. Cuando las camionetas llenas de sicarios invadieron Allende, uno de sus primeros destinos fue un rancho que pertenecía al padre de Garza, Luis, a pocos kilómetros del pueblo, junto a una carretera de dos carriles mal iluminada. Era el día de pago y varios trabajadores habían ido al rancho por su dinero. Cuando aparecieron los sicarios, tomaron como rehén a todo aquel que encontraron. Al anochecer, las llamas empezaron a alzarse desde uno de los grandes almacenes de bloques de cemento del rancho, donde el cartel quemó los cuerpos de los muertos. Sarah Angelita Lira Farmacéutica y esposa de la víctima Rodolfo Garza, Jr. Llegó mi marido, Rodolfo. Me dijo: ‘Me duele muchísimo la cabeza, me voy a bañar’. Estaba totalmente cubierto de polvo porque estaba abriendo una nueva mina de carbón. Después de un rato empezó a sonar su teléfono. Yo pensaba que había ido a acostarse, pero salió del dormitorio, totalmente vestido, y me miró a los ojos de una forma que nunca había visto antes. ‘No salgas de la casa — me dijo. Está sucediendo algo. No sé qué es, pero no salgas de la casa. Voy y vuelvo.’ Poco después, me llamó: ‘Sal de la casa — dijo. Y no te vayas en nuestra camioneta.’ Me dijo que le pidiera a mi primo que nos llevara a casa de mi madre a nuestra hija, Sofía, y a mí. El rancho de su tío Luis estaba en llamas. Y había muchos hombres armados en la entrada. Su hermana no contestaba su teléfono. Su padre tampoco contestaba. Rodolfo mandó a uno de sus obreros, Pilo, al portón a ver qué pasaba. Pilo había sido militar. Los hombres abrieron. Pilo entró, pero nunca salió. Rodolfo estaba inconsolable. No encontraba a sus padres. No encontraba a su hermana. Y ahora su mejor empleado había desaparecido. Me dijo que iba a intentar entrar al rancho por la parte trasera. Unos minutos más tarde, llamó otra vez. Hablaba tan bajo que casi no podía oírlo. Me dijo: ‘Sálganse de Allende. Dile a tu prima que te lleve a Eagle Pass. No hagas maletas. Váyanse nomás.’ Evaristo Treviño (sin relación con los jefes de los Zetas) Ex jefe de bomberos Oficiales a mi cargo respondieron a reportes de un incendio en uno de los ranchos de los Garza. Hablamos de menos de tres kilómetros desde Allende. Aparentemente se celebraba un convivio de la familia Garza. Entre los primeros que acudieron al lugar había bomberos con una máquina de apoyo. Se percataron de que había personas conectadas con el crimen organizado, las cuales les indicaron, de forma muy vulgar y a punta de pistola, que se retiraran. Dijeron que iba a haber muchos incidentes. Que íbamos a recibir muchas llamadas de emergencia sobre balaceras, incendios y cosas así. Nos dijeron que no teníamos autorización para responder. En mi papel como jefe de bomberos, lo que hice fue avisar a mi superior, quien, en este caso, era el alcalde. Le dije que encarábamos una situación imposible y que lo único que podíamos hacer era mantenernos al margen por la amenaza que también enfrentábamos. Había demasiados hombres armados. Temíamos por nuestras vidas. No podíamos responder a las balas con agua. Desde Allende, los sicarios avanzaron hacia el norte a lo largo de un paisaje llano y seco, acorralando a gente mientras cubrían los 55 kilómetros hasta la ciudad de Piedras Negras, una extensión mugrienta de fábricas ensambladoras sobre el río Bravo. Los atacantes condujeron a muchas de sus víctimas hasta el rancho de los Garza, incluyendo a Gerardo Heath, jugador de futbol de secundaria de 15 años, y Édgar Ávila, de 36 años e ingeniero en una fábrica. Ninguno de los dos tenía nada que ver con el cartel o con la gente que el cartel creía que trabajaba con la DEA. Solo estaban ahí. Claudia Sánchez Directora de asuntos culturales y madre de la víctima Gerardo Heath Estaba empacando porque nos íbamos a San Antonio a las cinco de la mañana para ir a un partido de futbol. Gerardo iba a jugar, así que teníamos que estar ahí temprano. Gerardo y su hermana hacían tonterías afuera. Me asomé por la ventana y vi que llegaban dos amigos de Gerardo en coche. Eran nuestros vecinos. Gerardo entró y me preguntó si podía ir con sus amigos. Le contesté: ‘No, Gerardo. Tenemos que empacar.’ Lo siguiente que supe fue que Gerardo traía puesta la ropa que le habíamos comprado por su cumpleaños. Acababa de cumplir 15. Su camisa era azul y hacía juego con sus ojos. Me dijo: ‘Anda, mamá. No me tardo.’ Le dije: ‘Está bien, Gerardo. No tardes.’ Alrededor de las 10 de aquella noche, mi marido llamó al celular de Gerardo para saber a qué hora volvería a casa. Gerardo no respondió. Mi marido llamó otra vez. Nada. Poco después tocaron a la puerta. Eran amigos de Gerardo, de la escuela. Parecían aterrorizados. Les pregunté: ‘¿Qué pasa? ¿Dónde está Gerardo?’ Los muchachos dijeron: ‘Se lo llevaron.’ Pregunté: ‘¿De qué están hablando? ¿Quién se lo llevó?.’ Los muchachos dijeron que vieron a Gerardo y a nuestros vecinos frente a la casa de ellos. Llegó una camioneta llena de hombres armados. Los hombres subieron a los vecinos y a Gerardo a la camioneta y se fueron. Los muchachos no reconocieron a los hombres. Y, como tenían armas, no se atrevieron a decir nada. Unos minutos después llamamos al alcalde de Piedras Negras. Estaba en una boda. Nos dijo que se sentía terrible por lo que nos había pasado, pero que no había nada que él pudiera hacer. Ni una sola patrulla llegó. Gerardo Heath, un jugador de futbol de la escuela secundaria de 15 años de Piedras Negras, fue una de las víctimas. Estaba pasando un rato con amigos cuando los Zetas se los llevaron a él, a dos amigos y a sus padres. Se presume que están muertos. El número que Heath llevaba en su malla de futbol, 55, cubre los escaparates de comercios y los parachoques de vehículos en su pueblo natal, un símbolo de la indignación que ha despertado su asesinato. Como muchas de las personas que fueron asesinadas durante la matanza, Heath no tenía nada que ver con el narcotráfico. María Eugenia Vela Abogada y esposa de la víctima Édgar Ávila Estaba en el trabajo, esperando a que el juez firmara unos proyectos de sentencia que yo había escrito, cuando me habló Édgar para decirme que Toño, su amigo, lo había invitado a ver un partido de futbol. Yo estaba embarazada y, cuando llegué a casa, me sentía muy cansada. Édgar le había dado de cenar a nuestra hija y la bañó. Le pedí que me comprara empanadas antes de irse. Me las trajo y me dio un beso. No fue sino hasta que me desperté, a las 2 de la mañana, que me di cuenta de que no estaba Édgar. No entraba ninguna de mis llamadas. Me dije: ‘Qué raro que Édgar no me haya hablado.’ Édgar siempre me hablaba. Me quedé en un sillón esperándolo el resto de la noche, hasta alrededor de las 6:30 de la mañana. Entonces llamé a mi hermana. Le dije que Édgar no había llegado a casa. Entonces ella vino a mi casa y, en pijama, fui con ella y mi cuñado a casa de Toño. No había nadie, pero había signos de violencia. Estaba todo tirado. A la mañana siguiente, sábado 19 de marzo, los sicarios llamaron a varios operarios de maquinaria pesada y les ordenaron demoler docenas de casas y comercios en toda la zona. Muchas de las propiedades fueron saqueadas a plena luz del día, en colonias prósperas y transitadas, a la vista no solo de transeúntes, sino cerca de oficinas gubernamentales, jefaturas de policía y puestos militares. Los sicarios invitaron a la gente del pueblo a tomar lo que quisiera, desencadenando una ola de saqueos. Los registros del gobierno obtenidos por ProPublica y National Geographic indican que a las autoridades estatales encargadas de responder ante emergencias les llovieron unas 250 llamadas de personas que reportaban disturbios, incendios, riñas e “invasiones a hogares” por toda la zona. Los entrevistados señalaron que nadie acudió a ayudar. Rodríguez Esposa de una de las víctimas Escucha El sábado empezó todo. Empiezan a tronar casas. Empieza a entrar la gente, a saquear, y todo lo que yo podía pensar era dónde podría estar Everardo. Todo el sábado lo pasé buscándolo y llamando a la gente para preguntar: ‘¿Qué has sabido?.’ Una persona me dijo: ‘Vi a hombres armados.’ Otra me dijo: ‘Las bodegas se siguen quemando. El humo es muy negro, es como si estuvieran quemando llantas. Es un humo muy negro, espantoso.’ Recibí una llamada de un hombre que trabajaba con mi marido. Mi marido criaba gallos de pelea. En esta región, las peleas de gallos son muy populares. Él trabajaba para José Luis Garza, pero no de tiempo completo. Solo iba en las mañanas y en las tardes a alimentar a los animales. El hombre me dijo: ‘Las cosas están muy feas ahí en el rancho. No sabemos qué pasó con toda la gente.’ Yo pregunté: ‘¿Cómo que qué pasó con la gente? ¿Cuál gente?.’ Dijo que varios de los que trabajaban con mi marido no habían llegado a sus casas en la noche. Uno andaba con el tractor. Otro andaba regando. Y nadie regresó a sus casas. Le pregunté: ‘¿Pues qué hacemos? Vamos a buscarlos.’ Me dijo: ‘Ni te acerques para allá, porque te llevan a ti también.’ Pasó algo que se me quedó aquí, esa imagen de cómo la gente entró a las forrajeras y sacaban los costales de alimento para los animales, hasta los pericos, traían las jaulas. Traían lámparas y juegos de comedor. A mí, la imagen que se me quedó muy grabada fue de una motocicleta pequeña en la que, atrás del que manejaba, iba una señora. La mujer había convertido una sábana en morral. La traía así como tipo Santa Claus, a un lado, llena de cosas. Y del otro lado, en la mano llevaba una lámpara. Y así iban en la moto, no podían equilibrarse, parecía que se iban a caer, pero ellos felices, porque ya llevaban no sé qué tantas cosas. Márquez Vendedor de hot dogs Escucha Dos amigos míos se dedicaban a recolectar y vender chatarra. Se dieron cuenta de que el rancho estaba en llamas y los dueños ya se habían ido. Así que fueron — el papá y su hijo — para ver si había algo de valor para cargar. Vieron una freeza [un congelador] al lado de la carretera, una freeza grande. Y la quisieron mover. Pero estaba muy pesada. Y el padre dijo: ‘Ven ayúdame, vamos a echarla pa’rriba.’ La abrieron y había dos cuerpos ahí adentro. Huyeron. Evaristo Rodríguez Veterinario y vicealcalde de Allende en aquella época Se reunió todo el consejo municipal, no formalmente, solo estábamos reunidos: el alcalde, todos los regidores, el director de seguridad pública también. Y pues sí, había muchas preguntas. Lo principal: ‘¿Qué está pasando?.’ Pero todo el mundo quería saber, sobre todo, el porqué de las cosas. Ya todos sabíamos que había una balacera y algunos casos de desaparecidos y muertos. Sí se preguntó mucho qué hacíamos, pero nadie quería hacerse cargo. Uno de los regidores incluso dijo: ‘Oye, pues vámonos de aquí, de la presidencia, no vaya a ser que vengan por nosotros.’ No me quería sentir héroe, pero sí quería que al menos nos quedáramos en nuestras oficinas para que la gente viera que no la habíamos abandonado. Pero todos los funcionarios querían irse. Todos se enfocaron en sus propias familias. Con todo lo que estábamos viviendo, desconfiábamos de todos. Nos dábamos cuenta de que había una situación de doble gobierno; no sé si me explico: el gobierno oficial de Coahuila y lo que es la delincuencia, que tenía el mando. Sabíamos que la policía ya estaba infiltrada. El director de seguridad pública nos comentó: ‘Es algo entre ellos.’ No dijo nada más. No hacía falta. Yo entendí: ‘No investiguen y no se metan, o ya verán.’ A la vista de transeúntes y no lejos de la estación de policía, el departamento de los bomberos y un recinto militar, los Zetas demolieron casas y comercios en Allende. El hombre que era alcalde durante la masacre todavía vive al otro lado de la calle frente a esta casa. Inicialmente, reportó que no había visto ningún indicio de violencia. Lira Esposa de una de las víctimas La última llamada con Rodolfo fue al cuarto para las 12. Sonaba agotado. Todavía no sabía nada de sus padres. Le dije que había hecho todo lo que podía por ellos y que ahora era tiempo de pensar en Sofía y en mí. Le rogué que viniera a Eagle Pass con nosotros. Él dijo: ‘Bueno, ahí voy.’ Nunca más escuché de él. Sánchez Madre de una de las víctimas No hay un manual que te diga cómo actuar cuando alguien te arrebata un hijo. No hay un primer paso. Te vuelves loca. Quieres correr, pero no sabes adónde. Quieres gritar, pero no sabes si alguien está escuchando. Uno de mis primos sugirió que lo pusiera en Facebook. Así que escribí: ‘Devuélvanme a mi hijo. Si alguien sabe dónde está, tráiganmelo de vuelta.’ Vela Esposa de una de las víctimas ¿Cómo puedo explicar lo que sentí? Era como si aquel día me hubieran secuestrado a mí también. De alguna manera, yo también morí. Mataron el futuro que teníamos, los planes, los sueños, las ilusiones, la paz, todo. En aquella época había vivido más tiempo con Édgar del que había vivido sin él. Solamente piense usted en esto. Además, estaba embarazada, no podía tomar ni un tranquilizante. Tenía que intentar mantenerme ecuánime, muy tranquila, pero llegaba a mi casa y sentía que se me caía encima. No encontraba dónde sentarme sin sentir que las paredes se me caían. No alcanzaba a comprender. Fíjese, a pesar de ser abogada, no alcanzaba a comprender qué había pasado. Muchas de las víctimas fueron traídas a un rancho en las afueras de Allende, propiedad de la familia Garza. Se acusa al cartel de convertir este almacén, que contenía enseres y comida para animales, en un incinerador de cadáveres. Cenizas, un rosario, y lo que parecen ser hebillas de cinturones descansan en el carbonizado suelo de concreto. El Operativo Unos meses antes, en las afueras de Dallas, la DEA había lanzado el operativo Too Legit to Quit [Demasiado Legítimo para Rendirse], después de unas redadas que tuvieron resultados sorprendentes. En una, la policía había encontrado 802,000 dólares en efectivo, empacados al vacío y escondidos en el tanque de gasolina de una camioneta. El conductor dijo que trabajaba para un tipo al que solo conocía como El Diablo. Después de más detenciones, el agente Richard Martinez, de la DEA, y el fiscal federal adjunto Ernest Gonzalez identificaron a El Diablo como Jose Vasquez, Jr., de 30 años, un nativo de Dallas que había empezado a vender droga cuando estaba en la secundaria y que entonces era el distribuidor de cocaína más importante de los Zetas en el este de Texas, donde movía camiones llenos de drogas, armas y dinero cada mes.