Toman
los franceses
el arrabal.

A las siete de la tarde caminó el enemigo al asalto en tres trozos: contra el baluarte de Orleans, el de San Carlos, y el lado de la marina; llevaba todas sus reservas.

No obstante una vigorosa resistencia, se metieron los franceses en el baluarte de Orleans, deteniéndolos buen rato en la gola los españoles, de los que muchos fueron allí pasados por la espada. Y sin vengarse cual pudieran, no habiendo encendido a tiempo dos hornillos ya cargados. Se apoderaron también los enemigos de los demás puntos, hasta del fuerte Real, por escalada, estando aún la brecha poco practicable. Hacia la marina rechazó Velasco los primeros ataques, sostúvose con notable esfuerzo, y no se retiró sino cuando avanzaron por el flanco los franceses que venían de los baluartes de San Carlos y de Orleans. Contreras, puesto en lo alto del muro de la ciudad, tomó precauciones para evitar cualquiera sorpresa de aquel segundo recinto, y logró que Velasco y los suyos se salvasen entrando por la puerta de San Juan. Dispararon los ingleses andanadas de todos sus buques, que no hicieron gran mella en el enemigo. Nosotros perdimos 500 hombres, no pocos se ocultaron, y a la deshilada se guarecieron sucesivamente en la ciudad. Mataron los acometedores a muchos vecinos del arrabal, sin distinción de sexo. Quemaron almacenes en el puerto y, dueños del muelle, incomodaron en breve el embarcadero del Milagro que ahora servía para las comunicaciones de mar. Ufanos los franceses con el buen suceso de su ataque, hicieron señales a la plaza por ver si el gobernador quería entrar en capitulación; pero este las desdeñó con altanero silencio.

Ofendiose Suchet, y la misma noche del 21 al 22 dispuso que se abriese la primera paralela contra la ciudad, apoyando la izquierda en el baluarte llamado Santo Domingo, y la derecha en el mar. No le restaba ya al enemigo que vencer sino este último recinto, sencillo y débil.

Quejas contra
Campoverde.

Los habitadores de Tarragona, Senén de Contreras, la junta de Cataluña, en una palabra todos murmuraban y quejábanse amargamente del marqués de Campoverde, cuya inacción la echaban algunos a mala parte. Se figuraban ser superiores a lo que lo eran en realidad las tropas que aquel mandaba, y por el contrario disminuían en su imaginación sobradamente las de los franceses. Contribuyó al común error el mismo Campoverde por sus ofertas y encarecimientos: también Contreras, que en vez de obrar, consumía a veces el tiempo propalando indiscretamente que la plaza tendría luego que rendirse si en breve no era socorrida.

Tentativa
infructuosa
de este para
socorrer la plaza.

Cediendo, en fin, Campoverde al clamor universal y al propio impulso, resolvió hacer el 25 de junio una tentativa contra los sitiadores. En su virtud Don José Miranda, al frente de la división valenciana y de 1000 infantes de la de Eroles, con 700 caballos, fue destinado a atacar los campamentos franceses de Hostalnou y Pallaresos, al paso que Campoverde debía situarse a la izquierda en el Callas para sostener la columna de ataque, y favorecerla además por medio de un falso movimiento al cargo de Don José María Torrijos.

En espera de los nuestros, reunió Suchet sin alejarse sus principales fuerzas, contando con que se le atacaría del lado de Villalonga. Excusada era tanta prevención. Miranda no desempeñó su encargo so pretexto de que no conocía el terreno, y alegando dudas y temores que no le ocurrieron la víspera, y para las que no había nueva razón. Un escarmiento ejecutivo y severo hubiera servido en este caso de lección provechosa, y estorbado la repetición de actos tan indignos del nombre español. Lavó hasta cierto punto la mancha Don Juan Caro, de vuelta de Valencia, sorprendiendo y acuchillando en Torredenbarra a unos 200 franceses. Mas se perdió la ocasión de aliviar a Tarragona, y Campoverde, aunque mal de su grado, tiró la vuelta del Vendrell.

Tropas inglesas
que se presentan
delante
del puerto.

Parecía, sin embargo, no estar todo aún perdido. El 26 llegaron delante de Tarragona, procedentes de Cádiz, 1200 ingleses al mando del coronel Skerret. Estas tropas, ya uniéndose a Campoverde, o ya reforzando la plaza, hubieran sido de gran provecho, no tanto por su número, cuanto por los alientos que infundiesen con su presencia. Mas cuando la suerte va de caída, esperada ventura cámbiase en aguda desdicha, Skerret y otros jefes británicos tomaron tierra, y después de examinar el estado de la plaza mostráronse muy abatidos. Contreras viendo esto, si bien le dijeron aquellos que se hallaban prontos a obedecerle, no quiso forzarles la voluntad, y dejó a su arbitrio desembarcar o no su gente. No desembarcan. Entonces los jefes ingleses se decidieron por mantenerla a bordo, y de consiguiente en mala hora aparecieron en las playas de Tarragona, trastornando del todo con semejante determinación ánimos ya muy inquietos después de las precedentes desgracias.

Otras ocurrencias
desgraciadas.

Otra ocurrencia había aumentado antes dentro de la plaza la desunión y discordia. Mal avenido Campoverde con Senén de Contreras a causa de continuos e indiscretos razonamientos de este, le escribió para que si no estaba contento se desistiese del mando, previniendo al propio tiempo a Don Manuel Velasco le tomase en caso de la dejación de Contreras, o en cualquiera otro en que el último tratara de rendirse. Comunicó igual orden a los demás jefes, autorizándolos a nombrar gobernador si Velasco no aceptase el cargo. Conformábase la resolución de Campoverde con una circular de la regencia de principios de abril, aprobada por las cortes, según la cual se mandaba que en tanto que hubiese en una plaza un oficial que opinase por la defensa, aunque fuese el más subalterno de la guarnición, no se capitularía, y que por el mismo hecho se encargase dicho oficial del mando. Habíase originado esta providencia de lo que pasó con Imaz en Badajoz. Pero en Tarragona no se estaba en el mismo caso. Contreras no pensaba en rendirse, y justo es decir que sobrábanle bríos y honra para cometer villanía alguna. Era solo hombre de mal contentar, presuntuoso, y que usaba con poco recato de la palabra y de la pluma. En este lance, altamente ofendido, lejos de despojarse del gobierno dio a Velasco pasaporte para que saliese de Tarragona y se incorporase al cuartel general. Privábase así a la plaza de buenos oficiales, nacían partidos, y desmayaban hasta los más firmes.

Baten
los franceses
la ciudad.

Provechoso lucro para el francés. Avivaba este sus obras, y estableciendo la 2.ª paralela a 60 toesas de la plaza, o sea del último recinto que era el atacado, tuvo prontas y armadas en la noche del 27 al 28 las baterías de brecha. Sabedor Suchet de la llegada de los ingleses, apremiábale posesionarse de Tarragona. Estaba distante de imaginar que la presencia de aquellas tropas fuese nuevo agasajo que le hacía la fortuna. Abrieron los sitiadores temprano el fuego en la mañana del 28, intentando principalmente aportillar el muro en la cortina del frente de San Juan por el ángulo que forma con el flanco izquierdo del baluarte de San Pablo. El terreno es de piedra sin foso ni camino cubierto.

Correspondieron los nuestros a los fuegos enemigos de un modo terrible y acertado, y destruyéndoles los espaldones de las baterías, dejaron en descubierto a sus artilleros y mataron a muchos. Por nuestra parte hubo la desgracia de volarse un repuesto de pólvora en el estrecho baluarte de Cervantes, y de que se apagasen sus fuegos. Mortíferos continuaban en los otros puntos, mas, recio el enemigo en asestar furibundos tiros contra el lienzo de la muralla que quería rasgar, empezó a conseguirlo y franqueó al fin anchuroso boquerón.

La asaltan.

A las cinco de la tarde conceptuaron los sitiadores practicable la brecha, y dispuso Suchet el asalto bajo las órdenes de los generales Habert, Ficatier y Montmarie. También Senén de Contreras se preparó a recibir y rechazar a los franceses en la misma brecha, y aun a defenderse dentro de las calles, cortadas varias y señaladamente la rambla. 8000 hombres de buenas tropas le quedaban, y con ellas y alguna ayuda del vecindario podría Tarragona durante muchos días repetir el ejemplo de Gerona y Zaragoza. La suerte adversa determinó lo contrario. El gobernador español formó en frente de la brecha dos batallones de granaderos provinciales y el regimiento de Almería, y dio a sus jefes acertadas órdenes. Quizá hubiera debido Contreras agolpar allí más gente, y no esparcirla como lo hizo por otros puntos que no estaban amagados.

La entran.

Abalanzose pues el enemigo desde la trinchera contra la brecha. A los primeros acometedores derríbalos la metralla que vomitan nuestras piezas, los reemplazan otros y caen también o vacilan; acude la reserva, los ayudantes mismos de Suchet y hasta se forma para dar ejemplo un batallón de oficiales, que todo se necesitaba, arredrado el soldado francés con el arrojo y serenidad que muestran los españoles. Una y más veces se rompen las columnas enemigas, y una y más veces se rehacen y quedan desbaratadas. A cabo de dura porfía y a favor del número, suben los franceses a la brecha y penetran en la cortina y baluarte de San Pablo, procurando extenderse a manera de relámpago por lo largo del adarve.

Gloriosa
resistencia
de los sitiados.

Así lo tenía proyectado el general enemigo con mucha prudencia, pues dueños los suyos de todo el circuito del muro, sobrecogían a los sitiados e imposibilitaban probablemente la defensa interior de la ciudad. Sin embargo en las cortaduras de la rambla resistió valerosamente el regimiento de Almansa los ímpetus de los contrarios, y solo cedió al verse flanqueado y acometido por la espalda. Furibundo el francés penetró a lo último por todas partes, pilló, quemó, mató, violó, arreboló con sangre las calles y edificios de Tarragona.

Muerte de
D. José González.

En las gradas de la catedral murió defendiéndose, con otros hombres esforzados, D. José González, hermano del marqués de Campoverde. Senén de Contreras herido en el vientre de un bayonetazo cayó prisionero en la puerta de San Magín. Horrible
matanza.
Perecieron más de 4000 personas del vecindario, ancianos, religiosos, mujeres y hasta los más tiernos párvulos, porque si bien muchos de los principales moradores habían desamparado la plaza antes del asalto, la masa de la población habíase quedado a guardar sus hogares. Entre varios objetos de curiosidad e importancia que se destruyeron, contose el archivo de la catedral. De los soldados quedaron prisioneros, incluyendo los heridos de los hospitales, 7800: los generales Courten, Cabrery y otros oficiales superiores fueron de este número. Hubo tropas que intentaron escaparse por la puerta de San Antonio camino de Barcelona, pero el general Harispe, apostado hacia aquella parte, los envolvió o acosó contra la plaza.

Reflexiones.

Cometieron los españoles en la defensa diversas faltas. Fueron las de Campoverde no perfeccionar de antemano las fortificaciones, mudar de gobernador a mitad del sitio, y ofrecer confiadamente socorro para después no proporcionarle. Reprenderse deben en Contreras sus piques y quisquillas, sus manejos para malquistar al pueblo contra los demás jefes, lastimosas ocupaciones en que perdía el tiempo con desdoro suyo y en perjuicio de la causa que sostenía. Descansó también sobradamente en los auxilios que esperaba de fuera, y aunque oficial de saber y práctico, anduvo a veces desatentado en el modo de repeler las acometidas del enemigo o de preverlas. Una voluntad única y sola de inflexible entereza, y superior a celosas y míseras competencias, retardado hubiera los ataques del sitiador, y aun inutilizado varias de sus tentativas.

Con todo eso, la defensa de Tarragona, plaza de suyo irregular y defectuosísima, honró a nuestras armas y afianzará por siempre a Contreras un puesto glorioso en los fastos militares de España. El enemigo, para apoderarse de aquel recinto, tuvo que abrir nueve brechas, dar cinco asaltos, y perder según su propia cuenta 4293 hombres, pues según la de otros pasaron de 7000.

Suerte
de Contreras
y noble respuesta.

Llevado Don Juan Senén de Contreras en unas angarillas delante de Suchet, reprochole este lo pertinaz de la resistencia y díjole: «que merecía la muerte por haber prolongado aquella más allá de lo que permiten las leyes de la guerra, y por no haber capitulado abierta la brecha.» Con dignidad le replicó Don Juan: «Ignoro qué ley de guerra prohíba resistir al asalto, además esperaba socorros: mi persona debe ser inviolable como la de los demás prisioneros. La respetará el general francés; donde no, el oprobio será suyo, mía la gloria.» Suchet tratole después con atenta cortesanía, agasajole y le hizo muchos ofrecimientos para que pasase al servicio del rey intruso. Desecholos Contreras, y de resultas le condujeron al castillo de Bouillon en los Países Bajos, de cuyo encierro logró escaparse, no habiendo nunca empañado su palabra de honor.

Ceremonia
religiosa
a la que asiste
Suchet.

Suchet bajo palio y a pie fue en Reus a la iglesia a dar gracias al Todopoderoso por el triunfo que le había concedido con la toma de Tarragona. En vez los invasores de granjearse con eso las voluntades, las enajenaban más y muy mucho, pues el religioso pueblo, aquí como en otras partes que ya hemos visto, calificaba tales actos de sacrílego fingimiento y mera juglería. Y a la verdad, ¿cómo pudiera graduarlos de otro modo, recordando que días antes, en Tarragona, los mismos que ahora se mostraban tan píos y devotos, habían prostituido los templos, profanado los sagrarios, quemado los óleos, pisoteado las formas? No cuadran con la gravedad y pausa española tránsitos tan repentinos y contradictorios, ni engaños tan mal solapados.

Difundida en Cataluña la nueva de la pérdida de Tarragona, se apoderó de los ánimos exasperación y desmayo. Cundió el mal al ejército y notose mucha deserción, porque los catalanes que en él había preferían la guerra de somatenes a la de tropa reglada, poniendo además en sus propios jefes mayor confianza que en los forasteros, y los que eran valencianos, ansiando por volver a defender su propio suelo que creían amenazado, reclamaban la promesa que les habían hecho de un pronto retorno. Acrecentaban tal inclinación las mismas medidas de Campoverde, fuera de sí y apesarado con los infortunios. Resuelve
Campoverde
evacuar
el principado.
Yendo el 1.º de julio de Igualada a Cerveram congregó un consejo de guerra en el que por cuatro votos de siete se decidió la evacuación del principado, dejando solo en la tierra guerrillas de catalanes. Inconcebible resolución cuando se conservaba aún Figueras, e intactas las plazas de Berga, Cardona y Seo de Urgel.

Deserción.

Con ella se aumentó la deserción, insistiendo ahincadamente el general Miranda en su embarco y vuelta a Valencia, temeroso de que se alejase el ejército de los confines de este reino al retirarse de Cataluña. No se oponían Campoverde ni los otros jefes a tan justo deseo, en todo conforme a lo que se había ofrecido al capitán general de Valencia, pero dificultades casi insuperables estorbaron en un principio darle cumplimiento, habiendo Suchet extendido sus tropas lo largo de la costa hasta Barcelona.

Suchet pasa
a Barcelona.

En efecto, el general francés, con el propósito de impedir el embarco de los valencianos, y aun con el de disipar si podía el ejército de Campoverde, después de haber ordenado en Tarragona lo más urgente, destacó en la noche del 29 al 30 dos divisiones camino de la capital del principado, y marchó también él en la misma dirección con una brigada y la caballería. Cañoneole la escuadra inglesa en la ruta, mas no evitó que en Villanova de Sitges cogiese el francés algunos barcos, bastantes heridos y partidas sueltas. Señaló el general Suchet su viaje con reprehensibles actos. Actos suyos
crueles.
Cogió en Molins de Rey algunos prisioneros, soldados todos y entre ellos a uno de 25 años de servicio, y mandolos ahorcar. Hincados de rodillas pidiéronle aquellos desgraciados que tuviese consideración al uniforme que vestían, mas Suchet implacable mandó ejecutar su fallo, y la misma suerte cupo a varios paisanos y mujeres. En vano creía abatir con el rigor al indómito catalán. Don José Manso, a cuyo cuerpo pertenecían aquellos soldados, hizo en consecuencia una enérgica declaración, y ahorcó a seis de los enemigos que había cogido prisioneros. Embaza tanta sangre.

Toma Suchet
a Tarragona.

Noticioso Suchet de que Campoverde se internaba, no dando ya indicio de querer embarcar a los valencianos, limitose a visitar la ciudad de Barcelona y a tomar ciertas medidas para la prosecución de la campaña de acuerdo con el gobernador Maurice Mathieu, y tornó en seguida a Tarragona. Aquí puso la plaza y su campo bajo las órdenes del general Musnier, y aseguró aún más las riberas del Ebro y la ciudad de Tortosa con la división del general Habert, en tanto que él se preparaba a nuevas empresas.

Desiste
Campoverde
de evacuar
el principado.

Por su lado Campoverde, adelante en el propósito de evacuar la Cataluña, encaminábase a Agramunt para salvarse por las raíces del Pirineo. La deserción de su gente y los clamores del principado le detuvieron. A dicha ocurrió en el intermedio que Suchet se replegase sobre Tarragona, y dejase libre y despejada la costa. Campoverde, aprovechándose de tan oportuna clara, se dirigió a la marina Se embarcan
los valencianos.
y sin tropiezo consiguió embarcar el 8 de julio en Arenys de Mar la división valenciana. Púsose a bordo toda ella excepto unos 500 hombres que, disgustados de no tornar a su país nativo, se habían derramado por Aragón y juntádose a Mina y otras partidas. Advertido Suchet del movimiento de Campoverde, revolvió apriesa sobre Barcelona, en donde entró el 9, partiendo inmediatamente Maurice Mathieu para oponerse a los intentos que mostraba el general español. Llegó tarde el francés, pues los valencianos habían ya dado la vela.

Sucede
a Campoverde
en el mando
D. Luis Lacy.

Habíase al propio tiempo alejado Campoverde, tomando el camino de Vic; en esta ciudad se encontró con un sucesor que le enviaba de Cádiz la regencia, con Don Luis Lacy, a quien entregó el mando en 9 de julio. Perdido ya aquel general en la opinión y desestimado, menester le era ceder el puesto a un nuevo jefe. En tiempos ásperos y de revuelta aceleradamente se gasta el crédito, que a duras penas mantiene propicia y constante fortuna.

Lacy y la junta
del principado
en Solsona.
Su buen ánimo.

Viendo Lacy que el general Suchet daba traza de perseguirle, salió de Vic y pasó a Solsona, adonde le siguió la junta del principado, la cual, después de la pérdida de Tarragona, había desamparado a Monserrat. En los nuevos cuarteles, y favorecido de las plazas de Cardona y Seu de Urgel [destruyó la de Berga], no menos que de lo agrio de la tierra, empezó Lacy a rehacer su ejército y a reunir gente; fomentó también las guerrillas y encomendó al barón de Eroles la guarda de Monserrat, punto importante que amagaba el enemigo.

Marcha
admirable
del brigadier
Gasca.

Igualmente, no sirviéndole sino de inútil y pesada carga un gran número de oficiales y caballos, despidió a muchos de aquellos y a 500 de estos, con otros soldados desmontados, permitiéndoles ir a plantar bandera de ventura, o a unirse a otros ejércitos en que pudieran ser empleados con utilidad y mantenerse más fácilmente. De contar es, por cierto, el rumbo que tomaron. Partieron todos el 25 de julio a las órdenes del brigadier Don Gervasio Gasca, faldearon los Pirineos, vadearon ríos, y aunque perseguidos por las guarniciones francesas llegaron felizmente a Luesia el 5 de agosto. Allí les causó Chlopicki alguna dispersión, pero juntándose de nuevo en Éibar, en Navarra, dioles Mina guías, y cruzaron el Ebro el 12 de agosto. Gasca, prosiguiendo su marcha, se incorporó al ejército de Valencia, sin que le fuese posible al enemigo el estorbarlo. Los más de los soldados y oficiales acompañaron a aquel jefe hasta su destino, excepto unos cuantos que perecieron en el viaje y las peleas, y otros que tomaron sabor a la vida de los partidarios; de hambre y fatiga murieron bastantes caballos. Rodeo fue este y marcha de 186 leguas; prodigiosa, imposible de realizarse en otra clase de guerra.

Suchet
trata de atacar
la montaña
de Monserrat.

Cebado Suchet con los favores que le dispensaba la suerte, quiso proseguir la carrera de sus triunfos. En la distribución que Napoleón había hecho de las operaciones de Cataluña, al paso que encargó a dicho Suchet el sitio de Tarragona, dejó a la incumbencia de Macdonald, conforme en su lugar apuntamos, la reconquista de Figueras y la toma de Monserrat y plazas al norte. Pero absorbida la atención de este mariscal en recuperar aquella primera e importante fortaleza, circunvalábala asistido de la flor de sus tropas, y no le quedaba fuerza suficiente con que atender a otros objetos. Suchet, ahora más libre, se encargó de la toma de Monserrat. Para ello, después de perseguir a Campoverde hasta Vic, no habiendo podido impedir el embarco de los valencianos, dejó allí en observación de las reliquias del ejército español bastantes fuerzas, y regresó a Reus el 20 de julio decidido a verificar su intento. Es elevado
a mariscal
de Francia.
En este pueblo se halló con pliegos en que se le noticiaba haberle elevado el emperador a la dignidad de mariscal de Francia, y en que también se le daba la orden de demoler las fortificaciones de Tarragona, excepto un reducto, y la de tomar a Monserrat, debiendo en seguida marchar sobre Valencia. Cumplíanse así con sobras los deseos de Suchet: se veía altamente honrado, y encargábasele concluir la empresa que él mismo meditaba.

Mercedes tales servían de espuela al celo ya fervoroso del nuevo mariscal. Derribó en breve, según se le prevenía, las obras exteriores de Tarragona, mas no el recinto de la ciudad ni el fuerte Real, disposición que aprobaron en París. Dejó dentro al general Bertoletti, con 2000 hombres, y tuvo el 24 de julio reunidas ya en las cercanías de Monserrat sus principales fuerzas, Eroles
en Monserrat.
así como una columna procedente de Barcelona. Eroles mandaba allí y tenía a sus órdenes 2500 a 3000 hombres, los más de ellos somatenes.

Descripción
de este punto.

Es Monserrat encumbrada montaña que, por su naturaleza singular y religiosas fundaciones, se presenta como una de las curiosidades más notables de España. A siete leguas de Barcelona, domina los caminos y principales eminencias del riñón de Cataluña. Tiene 8 leguas de circunferencia por la base, compuesta de rocas altísimas y escarpadas, de ramblas y torrenteras que no dejan sino pocas y angostas entradas. A la mitad de la subida y algo más arriba está asentado en un plano estrecho un monasterio de benedictinos, vasto y sólido, bajo la advocación de la Virgen. A partir de allí, pelada del todo la montaña, forma en varios parajes hasta la cima picachos y peñoles, a manera de las torrecillas de un edificio gótico, que algunos han comparado a un juego de bolos. Para llegar desde el monasterio a lo alto se camina obra de dos horas, y en aquel trecho se hallan trece ermitas con sus oratorios, pegadas unas contra los lados de la peña viva, puestas otras en las mismas puntas. Llegando a la última, que nombran de San Jerónimo, se descubren las campiñas, los pueblos y los ríos, las islas y la mar: vista que se espacia deleitosamente por el claro y azulado cielo del Mediterráneo. En moradas tan nuevas, en otro tiempo tranquilas, residían de ordinario solitarios desengañados del mundo y únicamente entregados a la oración y vida contemplativa. De muy antiguo siendo este uno de los lugares más afamados por la devoción de los fieles, constantemente ardían en la iglesia del monasterio 80 lámparas de muchos mecheros cada una, y en lo que llamaban tesoro de la Virgen veíanse acumuladas ofrendas de siglos, a punto de ser innumerables las alhajas de oro y plata y las piedras preciosas. Un solo vestido de la imagen, dádiva de una duquesa de Cardona, tenía sobre exquisito recamado más de 1200 diamantes, montados en forma de 12 estrellas. Bien vino, para que no fuesen presa del invasor, que los prevenidos monjes hubiesen transferido con oportunidad a Mallorca lo más escogido de aquellas joyas.

Tan venerable albergue habíanle convertido los españoles en militar estancia durante la actual guerra, fortificando las avenidas. Está al cierzo la más importante de ellas, que desciende culebreando por medio de tajos y precipicios y va a dar a Casamasana. Dos baterías con cortaduras en la roca cubrían este lado, habiéndose además establecido un atrincheramiento a la entrada del monasterio, cuyas paredes se hallaban igualmente preparadas para la defensa. Por el mediodía corre un sendero que lleva a Collbató, y en él se había plantado otra batería. Cuidose no menos de los otros puntos, si bien los amparaba lo fragoso del terreno, en especial a levante, de caídas muy empinadas.

Preparose el barón de Eroles a sostener la estancia, y con tanta confianza que proveyó de mantenimientos para ocho días las baterías avanzadas. Al alborear del 25 de julio comenzaron los enemigos la embestida, mandándolos Suchet en persona. Dirigiose el general Abbé hacia la subida principal apoyado por Maurice Mathieu. Los otros caminos fueron igualmente amagados soltando además tiradores que procurasen trepar por las quiebras y vericuetos de la montaña con el objeto de flanquear nuestros fuegos.

Le ataca
y toma Suchet.

Empeñose el ataque por el frente, y los contrarios no adelantaban ni un paso, firmes los españoles y acompañando sus fuegos de todo género de instrumentos mortíferos, y de piedras y galgas. Mas a cabo de largo rato encaramándose por la montaña arriba las ya mencionadas tropas ligeras, lograron dominar a nuestros artilleros y acribillarlos por la espalda. Ni aun así cedieron los atacados, pereciendo casi todos sobre las piezas antes que Abbé se posesionase de ellas.

Vencida por este término la mayor de las dificultades, prosiguió aquel general vía del monasterio. Le habían precedido como para el ataque anterior muchos tiradores que hicieron esfuerzos por adelantarse y molestar desde los picachos y ermitas a los que defendían el edificio. Consiguieron los enemigos su objeto y aun se metieron dentro por una puerta trasera. Mas aquí, como el combate era singular, o sea de hombre a hombre, escarmentáronlos los somatenes; y cierta era la derrota de los contrarios, si Abbé no hubiese llegado al mismo tiempo y terminado en favor suyo la pelea. Evacuaron los españoles el convento, y los más, junto con su jefe Eroles, pudieron salvarse conocedores y prácticos de la tierra. Tres monjes ancianos y alguno que otro ermitaño fueron víctimas de la braveza del soldado francés. A dicha llegó a tiempo Suchet para poder salvar a dos de ellos que todavía quedaban vivos. Colígese de lo sucedido en Monserrat cuán dificultoso sea sostener tales puestos, por inexpugnables que parezcan, pues o menester es emplear fuerzas considerables que los defiendan, y entonces desaparece la utilidad de su conservación, o no es posible tapar las avenidas de modo que no columbre el acometedor resquicio por donde introducirse e inutilizar las precauciones más bien concertadas.

A pocos días de haber tomado a Monserrat, dejó allí de guarnición el Mariscal Suchet al general Palombini, asistido de su brigada y alguna artillería, poniendo en Igualada al general Frère, cuyas comunicaciones con Lérida por Cervera estaban asimismo aseguradas. Palombini no gozó de gran sosiego, molestado siempre, y el 5 y 9 de agosto Don Ramón Mas, al frente de los somatenes, atacole y le causó una pérdida de más de 200 hombres.

En el perseverar de los catalanes conoció Suchet no podía desamparar aquel principado hasta que los suyos recobrasen a Figueras, y pudieran las tropas que bloqueaban esta fortaleza enfrenar los desmanes del somatén y las empresas de Don Luis Lacy. Aproximábase por desgracia tan fatal momento.

Macdonald
estrecha
a Figueras.

Tenía el enemigo estrechamente cercado aquel castillo con línea doble de circunvalación. El mariscal Macdonald había en vano intimado varias veces la rendición al gobernador Don Juan Antonio Martínez, a quien no abatían los infortunios. Púsose el soldado a media ración, mermada esta aún más, y consumidos sucesivamente los víveres, los caballos, los animales inmundos: en fin, hambreada del todo la gente, y sin esperanza de socorro, trató Martínez el 10 de agosto de salvarla arrostrando peligros y abriéndose paso con la espada. Mas, muy en vela el enemigo, Se rinde
el castillo.
y casi exánimes los nuestros, frustrose la tentativa, teniendo Martínez que rendirse el 19 del mismo agosto. Cayeron con él prisioneros 2000 hombres, sin que entren en cuenta los heridos y enfermos: entre los primeros hallaron a Floreta, Marqués y otros confidentes en la sorpresa, que fueron ahorcados en un patíbulo que el francés colocó en un revellín del castillo. Los Pous, con mejor estrella, se salvaron, habiendo salido cuando Eroles, y en premio de su servicio se les nombró capitanes de caballería.

No por eso
cesa la guerra
en Cataluña.

Ni por eso cesó la guerra en Cataluña, antes bien renacía como de sus propias cenizas. Lacy, activo y bravo, formaba batallones, sostenía a los débiles, enardecía a los más valerosos, y metiéndose por aquellos días en la Cerdaña francesa, repelió a 1200 hombres, exigió contribuciones y sembró el espanto en el territorio enemigo. Por todas partes rebullían los somatenes: Clarós apareció cerca de Gerona, en Besós Miláns, otros en diversos lugares, y no les era lícito a los invasores caminar sino como primero con fuertes escoltas. La junta del principado y Lacy decían en sus proclamas. «¿No hemos jurado ser libres o envolvernos en las ruinas de nuestra patria? Pues a cumplirlo.» Podíase exterminar tal gente, no conquistarla.

Suchet
pasa a Aragón,
inquieto siempre
este reino.

Sin embargo el mariscal Suchet, codicioso de tomar a Valencia, dejando por algún tiempo parte de su ejército en Cataluña, pasó a Zaragoza para hacer los preparativos convenientes a la empresa que meditaba y se le había ya encomendado en Francia. También urgía diese orden en las cosas de Aragón, en donde con su ausencia comenzaba la tierra a andar revuelta. En la ribera izquierda del Ebro los valencianos y el general Gasca, de que hemos hecho mención, con otros varios habían meneado aquellas comarcas y metido gran bulla. En la derecha, los generales Villacampa, Obispo, enviado de Valencia, y Durán, acudiendo de Soria, incomodaban a los destacamentos y guarniciones enemigas, de las que la de Teruel se vio muy apurada. Suchet procuró despejar el país y tranquilizarle algún tanto, estorbándole con todo para conseguirlo los partidarios de las otras provincias, y en especial los temores que le inspiraba la vecindad de Valencia.

Valencia.
Convoca
Bassecourt
un congreso.

En este reino había continuado mandando algún tiempo Don Luis Alejandro de Bassecourt, no muy atinado ni en lo político ni en lo militar, y que con deseos de granjearse el aura popular y de imitar a Cataluña, había convocado para 1.º de enero de 1811 un congreso compuesto de la junta y de diputados de la ciudad y la provincia. Las discusiones de esta corporación extemporánea fueron públicas, y en un principio se limitaron a proporcionar auxilios, y a las cuestiones puramente económicas; mas, tomando los nuevos diputados gusto a su magistratura, quisiéronle dar ensanches y empezaron a examinar la conducta del general. Escociole a este la idea, llevando muy a mal que hechuras que consideraba como suyas se tomasen tal licencia, Se disuelve. por lo que el 27 de febrero puso término a los debates y prendió a Don Nicolás Gareli y a otros de los más fogosos. Las cortes, a cuyo superior conocimiento subió la decisión de todo el negocio, mandaron soltar a los presos, cerrando al propio tiempo la puerta a los ambiciosos e inquietos de las provincias con el reglamento que por entonces dieron a las juntas, Don Carlos
O’Donnell
sucede
a Bassecourt.
del que luego haremos mención, y al cual se sometieron todas. La regencia nombró interinamente a Don Carlos O’Donnell por sucesor de Bassecourt, cuyos procedimientos se miraron como nada cuerdos.

Operaciones
militares
del segundo
ejército
o sea de Valencia.

Tampoco en lo militar se había el Don Luis mostrado muy atentado. Vimos en el año último sus desaciertos en esta parte. Ahora había, sí, fortificado a Murviedro; pero no coadyuvado cual pudiera al alivio de Cataluña. Hasta el 22 de abril, que entregó el mando a O’Donnell, tornando a Cuenca, apenas hizo en estos meses movimiento alguno de importancia, no siéndolo uno que intentó sobre Ulldecona el 12 del mismo abril.

O’Donnell, ayudado de la marina inglesa, ordenó al principiar mayo una maniobra hacia el embocadero del Ebro. El comodoro Adams, a bordo del Invencible, con dos fragatas y dos jabeques españoles, cañoneó la torre de Codoñol, a 800 toesas de la Rápita, y el 9 obligó al enemigo a que la evacuase. Al mismo tiempo, el conde de Romré, con unos 2000 españoles, avanzó por tierra, y Pinot, comandante francés de la Rápita, acometido de ingleses y amenazado por españoles se replegó sobre Amposta, punto que inmediatamente rodearon los nuestros. Mas acudiendo sin tardanza los franceses de Tortosa y de los alrededores con fuerza superior, libraron a los suyos, no ocupando sin embargo la Rápita hasta después de la toma de Tarragona, y limitándose por esta vez a recobrar la torre de Codoñol.

Sucede
el marqués
del Palacio
a O’Donnell.

En lo demás, no tentó O’Donnell operación alguna notable sino la de enviar a Cataluña la división de Miranda, de que ya se habló, y hacer amagos vía de Aragón, los cuales no dieron motivo a empresa alguna señalada. El mando interino de Don Carlos O’Donnell cesó al fenecer junio, empuñando el bastón en su lugar el marqués del Palacio. Fueron de allí en adelante preparándose en Valencia acontecimientos de funesto remate, que reservamos para otro libro.

Castilla la Nueva.

Réstanos en este contar lo que pasó en Castilla la Nueva en la mitad del año de 1811, tiempo que ahora nos ocupa: seremos breves. Tenían los franceses encomendada la defensa de aquel territorio al ejército que llamaban del centro, puesto a las inmediatas órdenes de José, y casi el único de que podía disponer el intruso con libertad bastante amplia. En ayuda de este ejército acudían a veces tropas de otras partes. Y como no fuesen de ordinario suficientes las suyas propias para cubrir los distritos de su incumbencia, que eran Ávila, Segovia, Madrid, Toledo, Guadalajara, Cuenca y Mancha, apostábase en el último una división del 4.º cuerpo, o sea de Sebastiani, bajo el mando del general Lorge, con especial encargo de conservar libre el tránsito entre las Andalucías y la capital del reino. Cada distrito tenía un jefe militar, y sumaban las fuerzas de todos ellos de 25 a 30.000 hombres.

Juntas
y guerrilleros.

Las contrarrestaban los guerrilleros, rara vez tropas regladas, manteniéndose siempre en pie las juntas de Guadalajara y Cuenca: inducidora algún tanto la primera de desavenencias y discordias. Otra se formó en la Mancha, tampoco muy pacífica, la cual se albergaba en los montes de Alcaraz y, por lo común, en Elche de la Sierra, conservando como abrigo y apoyo de operaciones el castillo de las Peñas de San Pedro, fábrica de romanos, sito en un peñol empinado. Mandaba el cantón Don Luis de Ulloa. Imprimía esta junta una gaceta de composición no muy culta, pero en idioma propio a divertir y embelesar a la muchedumbre.

Pocos partidarios de los del año anterior habían desaparecido o sido aquí presa de los franceses. Cupo tal desdicha a algunos no muy conocidos, y entre ellos a uno de nombre Fernández Garrido, cogido en abril en Chapinería, partido de Madrid, por el marqués de Bermuy, al servicio de José, encargado de perseguir las guerrillas hacia las riberas del Alberche. Los más nombrados permanecían casi ilesos. Hubo unos cuantos que salieron por primera vez a plaza o adquirieron mayor fama. De este número fueron Don Eugenio Velasco y Don Manuel Hernández, dicho el Abuelo. En ocasiones los animaban tropas del tercer ejército, y sobre todo la caballería al mando de Osorio, que, como ya se apuntó, acudía al granero de la Mancha en busca de bastimentos.

El Empecinado.

Quien no cesó ni un punto de sobresalir entre los partidarios de Castilla la Nueva fue Don Juan Martín el Empecinado. Después de su vuelta de Aragón, lidió en el mes de febrero varias veces contra fuerzas superiores, ya en Sacedón, ya en Priego. Pasó en marzo a Molina, y en los días 8 y 9 encerró en el castillo, malparada, a la guarnición francesa. De allí se encaminó a Sigüenza, Villacampa. y mancomunándose con Don Pedro Villacampa, que andaba rodando por la tierra, decidieron ambos embestir la villa y puente de Auñón, provincia de Guadalajara. Era este puente el solo que permanecía intacto, habiendo roto el francés los de Pareja y Trillo, y quemado el de Valtablado, todos sobre el Tajo. Partía dicho puente término entre la villa de su nombre y la de Sacedón, y por su importancia fortificábanle los enemigos, habiendo hecho otro tanto con las calles y casas de ambos pueblos: tenía de guarnición 600 hombres, y mandaba allí el coronel Luis Hugo, hermano del general que estaba a la cabeza del distrito de Guadalajara.

Ataque
contra el puente
de Auñón.

Franqueando aquel punto ambas orillas del Tajo, interesaba su ocupación a los nuestros y a los contrarios. Llegó a las cercanías en la mañana del 23 de marzo Don Pedro Villacampa y, por medio de una atinada maniobra, acometió a los franceses por el frente y espalda. Los desalojó del puente apoderándose de las obras que habían construido para su defensa. Se refugiaron en seguida aquellos en la iglesia de Auñón, muy fortalecida, y dudaba Villacampa atacarlos, cuando acudiendo Don Juan Martín empezaron ambos a verificarlo. Una tronada y copiosísima lluvia retardó los ataques y favoreció a los enemigos, dando lugar a que viniese de Brihuega Hugo, el comandante de Guadalajara, y de Tarancón el jefe Blondeau, a la cabeza de otra columna. Con este motivo, destruidas las obras, se retiraron los españoles llevando más de 100 prisioneros, y habiendo muerto y herido a otros tantos hombres; entre los postreros se contó al comandante del puesto, Hugo. Evacuó de resultas el enemigo a Auñón; y Villacampa y el Empecinado tiraron cada uno por diverso lado.

Diversos
movimientos
y sucesos.

Tan continuos choques determinaron al gobierno intruso a hacer un esfuerzo para destruir todas estas partidas, especialmente la del Empecinado, reuniendo al efecto a las fuerzas de Hugo las del general Lahoussaye, que mandaba en Toledo, y algunas otras. ¡Vana diligencia! Don Juan Martín traspuso entonces los montes, acometió a los franceses en la provincia de Segovia, los escarmentó en Somosierra, en el real sitio de San Ildefonso, y hasta envió destacamentos camino de Madrid cuando le buscaban al este, a doce leguas de distancia. Tuvo por tanto Hugo que volver atrás, costándole gente las marchas y contramarchas. Lahoussaye pasó en 22 de abril a Cuenca, de donde se retiró Don José Martínez de San Martín, y aquella ciudad, tan desventurada en las anteriores entradas del enemigo, de que hemos referido las más principales, no fue más dichosa en esta, por no desviarse nunca de la senda del patriotismo, honrosa pero llena de abrojos. Huete, Huertahernando, Alcázar de San Juan, Herencia, otros pueblos, entonces, después y antes padecieron no menos desgracias. Volúmenes serían necesarios para contarlas todas, junto con los rasgos de heroicidad de muchos habitantes.

No siendo, pues, dado a los enemigos acabar con Don Juan Martín, pusieron en práctica secretos manejos. Causaron con ellos altercados, una notable dispersión en Alcocer de la Alcarria y, lo que fue peor, el paso a su bando de algunos oficiales, si bien contados. También la junta, con su ambicioso desasosiego e imprudentes medidas, desavino los ánimos no menos que la inoportuna elección del marqués de Zayas [que no debe confundirse con Don José de Zayas] como comandante de la provincia, poniendo bajo sus órdenes al Empecinado. De poco nombre dicho marqués entre los generales del ejército, era pernicioso para gobernar partidas, a cuya cabeza podían solo mantenerse los que las habían formado, hombres activos, prácticos de la tierra, avezados a todo linaje de escaseces, a los peligros de una vida arriesgada y venturera, manos encallecidas con la esteva y la azada, ablandadas solo en sangre enemiga. Separarse de camino tan derecho motivó considerables daños. Al principiar julio estaba como dispersa la fuerza que antes mandaba Don Juan Martín, y que ascendía a más de 3000 hombres. Por fortuna pusieron las cortes término al mal, ordenando que se disolviese la junta y se nombrase otra conforme al nuevo reglamento, del que hablaremos después; y previniendo al marqués de Zayas que dejase el mando, según lo realizó, tornando a Valencia, embolsados sueldos y atrasos, ya que no con acrecentamiento de fama. Recobró Don Juan Martín la comandancia de su división, y a pocos días revivió esta con no menor brillo que antes.

Otros
guerrilleros.

Entre los demás partidarios de menor nombre incomodaba D. Juan Abril a los franceses desde las sierras de Guadarrama y Somosierra hasta Madrid, atravesando con frecuencia los puertos y habiendo tenido la dicha, esta primavera, de rescatar 14.000 cabezas de ganado merino que llevaban fuera del reino. Saornil había ahora tomado a su cargo principalmente la provincia de Ávila y las confinantes; pero en 1.º de julio, sorprendido de noche por el comandante Montigny junto a Peñaranda de Bracamonte, en donde, descuidado dormía al raso con los suyos, perdió alguna gente, si bien no se retiró hasta después de un combate muy encarnizado. Recorría solo o uniéndose con otros el término de Toledo Don Juan Palarea, el Médico, y en Cebolla y sus contornos, como en otros parajes, sorprendió diversas partidas enemigas, cogiendo en junio en Santa Cruz del Retamar a Mr. Lejeune, ayudante de campo del príncipe Neufchatel, quien ha representado el lance con presumido pincel, y valiéndose de la licencia que se concede a los pintores y a los poetas.

Malos y crueles
tratamientos.

Casi siempre respetaron nuestros partidarios a sus enemigos; lo cual no impedía que so pretexto de ser forajidos, o soldados juramentados de José, los ahorcasen aquellos o arcabuceasen a menudo sin conmiseración alguna. La venganza entonces era pronta y con usura. A veces, a lo largo del camino del Pardo, en las otras avenidas de Madrid, y junto a sus tapias mismas, amanecían colgados tres y más franceses por cada español muerto en quebrantamiento de las leyes de la guerra. Forzosa represalia, pero cruda y lamentable.

Más partidarios.

Al lado opuesto de Toledo y del campo de las lides de Palarea, el otro médico, Don José Martínez de San Martín, que mandó en Cuenca hasta que volvió de Valencia Bassecourt, tampoco desperdició el tiempo. Combinaba a veces acertadamente sus operaciones entendiéndose con otros partidarios, y el 7 de agosto, unido a Don Francisco Abad [Chaleco], escarmentó reciamente a los franceses en la Ossa de Montiel y les cogió bastantes prisioneros y efectos. No menos bulla y estruendo de guerrillas y franceses andaba en Ciudad Real, Almagro, Infantes, por todas las comarcas y villas de la Mancha como en las demás provincias de Castilla la Nueva. Los enemigos en todas ellas continuaban teniendo puntos fortalecidos en que se veían frecuentemente obligados a encerrarse, y a veces aun a rendirse.