Facultades
nuevas
y más amplias
que Napoleón
da a Suchet.

Entre tanto, autorizó Napoleón a Suchet con las facultades que tenía pensado y más arriba indicamos. Fecha la resolución en 10 de marzo, encargábase por ella a dicho general el sitio de Tarragona, y se le daba el mando de la Cataluña meridional, agregándosele además la fuerza activa del cuerpo que regía Macdonald, desaire muy sensible para este, revestido con la elevada dignidad de mariscal de Francia que todavía no condecoraba a Suchet.

Vistas
con este motivo
de Suchet
y Macdonald.

Inmediatamente, y para tratar de poner en ejecución las órdenes del emperador, se avistaron en Lérida ambos jefes. Quedábale de consiguiente solo a Macdonald la incumbencia de conservar a Barcelona y la parte septentrional de Cataluña, así como la de apoderarse de las plazas y puntos fuertes de la Seu de Urgel, Berga, Monserrat y Cardona.

Retirado aquel mariscal a Lérida después del reencuentro de Figuerola, había disfrutado poco sosiego, no abatiendo a los intrépidos catalanes reveses ni desgracias. Obligábanle los somatenes a no dejar salir lejos de la plaza cuerpos sueltos, y Sarsfield, apostado en Cervera, le impedía excursiones más considerables.

De acuerdo ahora en sus vistas Suchet y Macdonald, pasaron sin dilación a cumplir ambos la voluntad de su amo. Encargose el primero de la nueva fuerza activa que se agregaba a su ejército y constaba de unos 17.000 hombres, como también del mando de la parte que se desmembraba al general de Cataluña. Pasa Macdonald
a Barcelona.
Partió Macdonald de Lérida el 26 de marzo camino de Barcelona, en cuya ciudad debía principalmente morar en adelante para dirigir de cerca las operaciones y el gobierno del país que aún quedaba bajo su inmediata dirección. Mas para realizar el viaje de un modo resguardado, ya que no del todo seguro, facilitole Suchet 9000 infantes y 700 caballos a las órdenes del general Harispe, los cuales, a lo menos en su mayor número, pertenecían ahora al cuerpo de Aragón, y tenían que reunírsele, desempeñado que hubieran la comisión de escoltar a Macdonald.

Quema
de Manresa.

Tomó este mariscal su rumbo vía de Manresa y acampó el 30 de marzo con su gente en los alrededores de la ciudad. Seguía el rastro Don Pedro Sarsfield, con quien se juntó el barón de Eroles en Casamasana, acompañado de parte de las tropas que se apostaban en los márgenes del Llobregat: ya unidos, marcharon ambos jefes en la noche del mismo 30, y llegaron al hostal de Calvet, a una legua de Manresa. La junta de esta ciudad había convocado a somatén, y los vecinos, acordándose de anteriores saqueos de los franceses, habían casi todos abandonado sus hogares. A la vista de ellos todavía estaban, cuando descubrieron las llamas que salían por todos los ángulos del pueblo.

Habíale puesto fuego el enemigo incomodado por el somatén, o más bien deseoso del pillaje que disculpaba la ausencia de los vecinos. Macdonald, situado en las alturas de la Agulla a un cuarto de legua, presenció el desastre y dejó que ardiese la rica y antes fortunada Manresa sin poner remedio. 700 a 800 casas redujéronse a pavesas o poco menos, incluso el edificio de las huérfanas, varios templos, dos fábricas de hilados de algodón, e infinitos talleres de galonería, velería y otros artefactos. Tampoco respetó el enemigo los hospitales, llevando el furor hasta arrancar de las camas a muchos enfermos y arrastrarlos al campamento. Solo se salvaron algunos en virtud de las sentidas plegarias que hizo el médico Don José Soler al general Salme, comandante de una de las brigadas de Harispe, recordándole el convenio estipulado entre los generales Saint-Cyr y Reding, convenio muy humano, y por el que los enfermos y heridos de ambos ejércitos debían mutuamente ser respetados y remitidos, después de la cura, a sus respectivos cuerpos. Los nuestros habían cumplido en todas ocasiones tan puntualmente con lo pactado que el general Suchet no puede menos de atestiguarlo en sus memorias,[*] (* Ap. n. 15-1.) diciendo: «Vimos en Valls muchos militares franceses e italianos heridos, y nos convencimos de la fidelidad con que los españoles ejecutaban el convenio.»

Véase, sin embargo, como eran remunerados. Los manresanos clamaron por venganza, y pidieron a Sarsfield y a Eroles que atacasen y destruyesen sin misericordia a los transgresores de toda ley, a hombres desproveídos de toda humanidad. Cerraron los nuestros contra la retaguardia enemiga, en donde iban los napolitanos bajo Palombini. Desordenados estos, rehiciéronse, mas Eroles cargando de firme los arrolló y vengó algún tanto los ultrajes de Manresa. Distinguiose aquí el después malaventurado D. José María Torrijos, entonces coronel y libre ya de las manos de los franceses, entre las que, según dijimos, había caído prisionero meses atrás.

Macdonald, con tropiezos y molestado siempre, prosiguió su ruta, padeciendo de nuevo bastante en un ataque que le dio, en el Coll de David, Don Manuel Fernández Villamil, comandante de Monserrat. A duras penas metiose en Barcelona el mariscal francés con 600 heridos, y una pérdida en todo de más de 1000 hombres. Harispe el 5 de abril volvió a Lérida yendo por Villafranca y Montblanch, no dejándole tampoco de inquietar por aquel lado Don José Manso, que de humilde estado ilustrábase ahora por sus hechos militares.

No solo a los manresanos, mas a toda Cataluña enfureció el proceder de los franceses en aquella marcha, y sobre todo la quema de una ciudad que en semejante ocasión no les había ofendido en nada. Encrueleciose de resultas la guerra, tuvo crecimientos la saña. Proclama
de Campoverde.
El marqués de Campoverde expidió una circular en que decía: «La conducta de los soldados franceses se halla muy en contradicción con el trato que han recibido y reciben de los nuestros... y la del mariscal Macdonald no se ajusta en nada con las circunstancias de su carácter de mariscal, de duque, ni de general que ha hecho la guerra a naciones cultas, que conoce el derecho de gentes, los sentimientos de la humanidad. No ha limitado su atrocidad este general a reducir a cenizas una ciudad inerme y que ninguna resistencia le ha opuesto, sino que, pasando de bárbaro a perjuro, no ha respetado el asilo de nuestros militares enfermos, transgrediendo la inviolabilidad del contrato formado desde el principio de la guerra.» Y después concluía Campoverde: «Doy... orden... a las divisiones y partidas de gente armada... mandándoles que no den cuartel a ningún individuo, de cualquiera clase que sea, del ejército francés que aprehendan dentro o a la inmediación de un pueblo que haya sufrido el saqueo, el incendio o asesinato de sus vecinos... y adoptaré y estableceré por sistema en mi ejército el justo derecho de represalia en toda su extensión.» Las obras siguieron a las palabras, y a veces con demasiado furor.

Movimientos
de este general.

Antes desde Tarragona había dispuesto Campoverde realizar algunos movimientos. Tal fue el que en 3 de marzo mandó ejecutar a D. Juan Courten con intento de recobrar el castillo del Coll de Balaguer, lo cual no se consiguió, aunque sí el rechazar al enemigo de Cambrils hasta la Ampolla, con pérdida de más de 400 hombres. De mayor consecuencia hubiera sido a tener buen éxito otra empresa que el mismo general dirigió en persona, y cuyo objeto era la toma de Barcelona o a lo menos la de Monjuich. Intentose el 19 de marzo, y con antelación, por tanto, a la entrada de Macdonald en aquella plaza.

La comunicación de nuestros generales con lo interior del recinto era frecuente, facilitándola la línea que casi siempre ocupaban los españoles en el Llobregat, y la imposibilidad en que el enemigo estaba de tener ni siquiera un puesto avanzado sin exponerle a incesante tiroteo y pelea.

Tentativa
malograda
contra Barcelona.

Particular y larga correspondencia se siguió para apoderarse por sorpresa de Barcelona, y creyendo Campoverde que estaba ya sazonado el proyecto, se acercó a la plaza con lo principal de su fuerza, dividida entonces en tres divisiones, al mando de los jefes Courten, Eroles y Sarsfield. La vanguardia, en la noche del 19, llegó hasta el glacis de Monjuich, y hubo soldados que saltaron dentro del camino cubierto y bajaron al foso. Desgraciadamente, el gobernador de Barcelona, Maurice Mathieu, vigilante y activo, había tenido soplo de lo que andaba, y en vela, impidió el logro de la empresa. Los franceses castigaron a varios habitantes como a cómplices, arcabuceando en el glacis de la plaza el 10 de abril al comisario de guerra Don Miguel Alcina. En cuanto a Campoverde, tornó a Tarragona sin haber padecido pérdida, y antes bien Eroles escarmentó a los que quisieron incomodarle, obligándolos a encerrarse dentro de la plaza.

Sorpresa y toma
de Figueras
por los españoles.

Más feliz fue la tentativa de la misma clase ideada y llevada a cima contra el castillo de San Fernando de Figueras. Por aquella comarca, como en todo el Ampurdán y los lugares que le circundan, Fábregas, Llovera, Miláns a veces, Clarós, otros varios, y sobre todo Rovira, traían siempre a mal traer al enemigo e inquietaban la frontera misma de Francia. En medio del estruendo de las armas, un capitán llamado D. José Casas mantuvo inteligencia por el conducto de un estudiante, Juan Floreta, con Juan Marqués, criado de Bouclier, guarda del almacén de víveres del mencionado castillo o fortaleza, y principal autor de aquella idea. Entraron otros en el proyecto, entre ellos y como primeros confidentes Pedro y Ginés Pou o Pons, cuñados de Marqués. Todos se avistaron y arreglaron en varios coloquios el modo de abrir a los nuestros a favor de llave falsa, que de la poterna adquirieron por molde vaciado en cera, la entrada de punto tan importante, cuya guarda descuidaba el gobernador francés Guillot, confiado en lo inexpugnable del castillo y en la falta de recursos que tenían los españoles para atacarle. Convenidos pues el Casas y sus confidentes, enteraron de todo a Don Francisco Rovira, y este a Campoverde, mereciendo el plan la aprobación de ambos.

Inmediatamente ordenó el último a D. Juan Antonio Martínez, que reclutaba gente y la organizaba en el cantón de Olot, que se encargase, de acuerdo con Rovira, de la sorpresa proyectada, disponiendo, al propio tiempo, que el barón de Eroles se acercase al Ampurdán para apoyar la tentativa. El 6 de abril, sábado de Ramos, Martínez y Rovira salieron de Esquirol, cerca de Olot, con 500 hombres y pasaron a Ridaura. Aquí se les incorporaron otros 500, y el 7 llegaron todos a Oix, fingiendo que iban a penetrar en Francia. Prosiguieron el 8 su camino, y por Sardenas se enderezaron a Llerona, en donde permanecieron hasta el mediodía del 9. Lo próximos que estaban a la frontera la alborotó, y alucinó a los franceses en la creencia de que iban a invadirla. Diluviando y a aquella hora partieron los nuestros, y torciendo la ruta fueron a Vilarig, pueblo distante tres leguas de Figueras, y situado en una altura, término entre el Ampurdán y el país montañoso. Ocultos en un bosque aguardaron la noche, y entonces Rovira a fuer de catalán habló a los suyos y noticioles el objeto de la marcha, dándoles en ello suma satisfacción.

A la una de la mañana del 10, se distribuyeron en trozos y pusiéronse en movimiento. Casas, como más práctico, iba el primero. Dentro del castillo había 600 franceses de guarnición, en la villa de Figueras se contaban 700. Subió Casas con su tropa por la explanada frente del hornabeque de San Zenón, metiose por el camino cubierto y descendió al foso: sus soldados llevaban cubiertas las armas para que no relumbrasen si acaso había alguna luz, y se adelantaron muy agachados. Llegado que hubieron al foso, franquearon la entrada de la poterna con la llave fabricada de antemano, y embocáronse todos sin ser sentidos en los almacenes subterráneos, de donde pasaron a desarmar la guardia de la puerta principal. Siguieron al de Casas los otros trozos, y se desparramaron por la muralla, apoderándose de todos los puntos principales. Dresaire sorprendió el cuartel principal, Bon el de artillería, y Don Esteban Llovera cogió al gobernador en su mismo aposento. Apenas encontraron resistencia, y todo estaba concluido en menos de una hora, rindiéndose prisionera la guarnición.

Marcha
a Figueras
del barón
de Eroles.

Martínez y Rovira, que se habían mantenido en respeto fuera en los arcos, o sea acueducto, se metieron también dentro, y con los que llegaron en breve compusieron unos 2600 hombres para guardar el castillo. Los franceses de la villa nada supieron hasta por la mañana, y no pudiendo remediar el mal, quedoles solo el duelo. De Martorell había el 9 partido Eroles para apoyar la sorpresa. Ocupa a Olot
y Castelfullit.
Diose el jefe español en su marcha tan buena diligencia que el 12 se posesionó de los fuertes que ocupaban los franceses en Olot y Castelfullit; les cogió 548 prisioneros, y reforzado, se dirigió en seguida a Lladó y penetró el 16 en Figueras, aniquilando al paso en la sierra de Puigventós un regimiento enemigo.

Estado crítico
de los franceses.

Con la toma repentina de aquel castillo estremeciose Cataluña de alborozo y júbilo, figurándose que despuntaba ya la aurora de su libertad. Crítica por cierto era la situación de los franceses; Rosas mal provisto, Gerona y Hostalrich rodeados de bandas y somatenes, notable la deserción y no poco el espanto del soldado enemigo con la venganza del catalán, casi bravío después de la quema de Manresa.

Regía aquellas partes como antes el general francés Baraguey d’Hilliers, y no sobrándole gente en tal aprieto, abandonó varios puestos y algunos de consideración, así en lo interior como en la costa, señaladamente Palamós y Bañolas; llamó a sí al general Quesnel, próximo a sitiar la Seu de Urgel, y reconcentrando cuanto pudo sus fuerzas, apellidó a guerra hasta la guardia nacional francesa de la frontera, que esquivó entrar en España.

Grandes ventajas hubiera Campoverde podido sacar del entusiasmo de los nuestros, y del azoramiento y momentáneo apuro de los contrarios. Llegó la noticia de lo de Figueras a Macdonald, y conmoviole tanto que escribió a Suchet en 16 de abril desde Barcelona: «Que el servicio del emperador imperiosamente y sin dilación exigía los más prontos socorros, pues de otro modo estaba perdida la Cataluña superior... y que le enviase todas las tropas pertenecientes poco antes al 7.º cuerpo francés, y que acababan de agregarse al de Aragón.»

Va también
Campoverde
a Figueras.

Fuese descuido en Campoverde o carencia de recursos, no se aprovechó cual pudiera de acontecimiento tan feliz, obrando con lentitud. Supo el 12 de abril la toma de Figueras y no partió de Tarragona hasta el 20. Con mayor celeridad, probable era que hubiese impedido a Baraguey d’Hilliers la reconcentración de parte de sus fuerzas, dado impulso y mejor arreglo al levantamiento de los pueblos, y obligado a Suchet a venir hacia allí y diferir el sitio de Tarragona.

No consigue
sino en parte
socorrer
el castillo.

Campoverde llegó el 27 a Vic. Le acompañaban 800 caballos y 2000 infantes que sacó de aquella plaza con 3000 hombres de la división de Sarsfield. Más de 4000 hombres de tropa reglada y somatenes guarnecían ya a Figueras, falta todavía de artilleros y de ciertos renglones de primera necesidad. Estaba circunvalada la plaza por 9000 bayonetas y 600 caballos enemigos, número que competía con el de los españoles y era superior en disciplina, si bien con la desventaja de dilatarse por un amplio espacio en rededor de la fortaleza, cortado el terreno al oeste con quebradas y estribos de montes.

En la noche del 2 al 3 de mayo se aproximó Campoverde, y al amanecer del 3 atacó por el camino real para meter el socorro dentro de Figueras. Sarsfield iba a la cabeza y rodeó la villa situada al pie de la altura en donde se levanta la fortaleza, rechazando a los jinetes enemigos que quisieron oponérsele. Al mismo tiempo Rovira, que anteriormente había salido del castillo, unido con otro jefe de nombre Amat, y mandando juntos unos 2000 hombres, llamaban la atención del enemigo por Lladó y Llers. Eroles, todavía dentro, trataba por su parte de ponerse en comunicación con Sarsfield haciendo pronta salida, y ya se miraba como asegurada la entrada del socorro sin pérdida ni descalabro alguno. Mas de repente los enemigos, que estaban muy apurados en la villa, se dirigieron al coronel de Alcántara Pierrard, emigrado francés, que desembocaba del castillo para ejecutar de aquel lado, y conforme a las órdenes de Eroles, la operación concertada, y le propusieron capitular. Engañado el coronel, anunció la propuesta a Campoverde que también cayó en el lazo, y suspendiendo este el ataque autorizó a dicho Pierrard para que concluyese el convenio pedido.

No era la demanda del enemigo sino un ardid de guerra. Cierto ahora del punto por donde se le acometía, quería dar largas para traer de la otra parte un refuerzo, como lo hizo, y seis cañones. El fuego de estos desengañó a Campoverde, atacando Sarsfield inmediatamente la villa de Figueras, lo mismo Eroles viniendo del castillo. Ya se hallaba el primero en las calles cuando le flanquearon por la derecha 4000 hombres que salieron de un olivar. Tuvo entonces que retirarse, y a dos de seis batallones dispersáronlos los dragones franceses. Campoverde, sin embargo, consiguió meter dentro de la fortaleza 1500 hombres escogidos y algunos renglones, pero no todo lo que deseaba, y a costa de perder varios efectos y 1100 hombres entre muertos, heridos y prisioneros. Con menos confianza y más decisión hubiera evitado tal menoscabo, y conseguido la completa introducción del socorro. A los franceses, que perdieron 700 hombres, les era quizá permitida, según leyes de la guerra, la treta que imaginaron: tocaba a Campoverde vivir sobre aviso.

La escuadra inglesa y algunos buques españoles recorrieron al propio tiempo la costa; tomaron y destruyeron barcos, arruinaron muchas baterías de la marina, malográndoseles una tentativa contra Rosas que se lisonjearon de tomar por sorpresa.

Vacilación
de Suchet.

Faltaba ahora ver como Suchet obraría después de la pérdida tan grande para ellos de Figueras, y si arreglaría su plan a los deseos arriba indicados de Macdonald, o si se conformaría con las primeras órdenes del emperador que no previendo el caso había determinado se sitiase a Tarragona. Dudoso estuvo Suchet al principio; hasta que pesadas las razones por ambos lados, resolvió no apartarse de lo que de París se le tenía prevenido. Pensaba que Figueras acordonado se rendiría al fin, y que urgía e importaba sobremanera posesionarse de Tarragona, punto marítimo y base principal de las operaciones de los españoles en Cataluña. Las resultas probaron no era falso el cálculo, y menos descaminado: bien que para el acierto entró en cuenta el propio interés. En recuperar a Figueras ganaba solo Macdonald: acrecíase la gloria de Suchet con la toma de Tarragona. Así el primero tuvo que limitarse a sus únicas y escatimadas fuerzas para acudir a recobrar lo perdido, y el segundo se ocupó exclusivamente en adquirir, sin participación de otro, nuevos triunfos y preeminencias.

Medidas
de precaución
que toma
en Aragón.

Antes de saber la sorpresa de Figueras, y luego que recibió la orden de Napoleón, preparose Suchet para el sitio de Tarragona, cuidando de dejar en Aragón y en las avenidas principales, tropa que en el intermedio mantuviese tranquilo aquel reino. Más de 40.000 combatientes juntaba Suchet con los 17.000 que se le agregaron de Macdonald. Tres batallones, un cuerpo de dragones y la gendarmería ocupaban la izquierda del Ebro; a Jaca y Benasque guardábanlos 1500 infantes, y había puntos fortificados que asegurasen las comunicaciones con Francia. El general Compère mandaba en Zaragoza, puesta en estado de defensa y guarnecida por cerca de 2000 infantes y dos escuadrones, extendiéndose la jurisdicción de este general a Borja, Tarazona y Calatayud, en cuya postrera ciudad fortificaron los enemigos y abastecieron el convento de la Merced, resguardados por dos batallones que gobernaba el general Ferrier. Cubría a Daroca y parte del señorío de Molina, fortalecido su castillo, el general Paris, teniendo a sus órdenes 4 batallones, 300 húsares y alguna artillería. En Teruel se alojaba el general Abbé con más de 3000 infantes, 300 coraceros y dos piezas; y se colocaron en los castillos de Morella y Alcañiz, 1400 hombres, así como 1200 de los polacos en Batea, Caspe y Mequinenza, favoreciendo estos últimos los transportes del Ebro. Excusamos repetir lo ya dicho arriba de las tropas dejadas en Tortosa y su comarca hasta la Rápita, embocadero de aquel río. Quedó además Chlopicki con 4 batallones y 200 húsares en el confín de Navarra, infundiendo siempre gran recelo al enemigo las excursiones de Espoz y Mina. Detenémonos a dar esta razón circunstanciada de las medidas preventivas que tomó Suchet, para que de ella se colija cuál era el estado de Aragón al cabo de tres años de guerra; de Aragón, de cuya quietud y sosiego blasonaba el francés. No hubiera sido extraño que hubiesen permanecido inmobles aquellos habitadores relazados así con castillos y puestos fortificados. Sin embargo, a cada paso daban señales de no estar apagada en sus pechos la llama sagrada que tan pura y brillante había por dos veces relumbrado en la inmortal Zaragoza.

Resuélvese
a sitiar
a Tarragona.

En fin, Suchet, tomadas estas y otras precauciones, y aseguradas las espaldas del lado de Aragón y Lérida, adelantose el 2 de mayo a formalizar el sitio de que estaba encargado, almacenando en Reus provisiones de boca y guerra en abundancia, y acompañado de unos 20.000 hombres.

Principia
el cerco.

Forma Tarragona en su conjunto un paralelogramo rectángulo, situada la ciudad principal en un collado alto, cuyas raíces por oriente y mediodía baña el Mediterráneo. A poniente y en lo bajo está el arrabal, adonde lleva una cuesta nada agria, corriendo por allí el río Francolí, que fenece en la mar y se cruza por una puente de seis ojos sobrado angosta. Cabecera de la España citerior y célebre colonia romana, conserva aún Tarragona muchas antigüedades y reliquias de su pasada grandeza. No la pueblan sino 11.000 habitantes. La circuye un muro del tiempo ya de los romanos, cuyo lado occidental, destruido en la guerra de sucesión, se reemplazó después con un terraplén de 8 a 10 pies de ancho y cuatro baluartes, que se llaman, empezando a contar por el mar, de Cervantes, Jesús, San Juan y San Pablo. Por esta parte, que es la de más fácil acceso, y para cercar el arrabal, habíase construido otra línea de fortificaciones que partía del último de los cuatro citados baluartes, y se terminaba en las inmediaciones del fuerte de Francolí, sito al desaguadero de este río: varios otros baluartes cubrían dicha línea, y dos lunetas, de las que una nombrada del Príncipe, como también la batería de San José y dos cortaduras, amparaban la marina y la comunicación con el ya mencionado castillo de Francolí. En lo interior de este segundo recinto y detrás del baluarte de Orleans, colocado en el ángulo hacia la campiña, se hallaba el fuerte Real, cuadro abaluartado. Había otras obras en los demás puntos, si bien por aquí defienden principalmente la ciudad las escarpaduras de su propio asiento. Eran también de notar el fuerte de Lorito o Loreto, y en especial el del Olivo al norte, distante 400 toesas de la plaza sobre una eminencia. Tenía el último hechura de un hornabeque irregular con fosos por su frente y camino cubierto, aunque no acabado; en la parte interna y superior había un reducto con un caballero en medio y dos puertas o rastrillos del lado de la gola, la cual, escasa de defensas, protegían la aspereza del terreno y los fuegos de la plaza.

Necesitaba Tarragona, para ser bien defendida, que la guarneciesen 14.000 hombres, y solo tenía al principio del sitio 6000 infantes y 1200 milicianos, en cuyo tiempo la gobernaba Don Juan Caro, sucediendo a este, en fines de mayo, Don Juan Senén de Contreras. Era comandante general de ingenieros Don Carlos Cabrer, y de artillería Don Cayetano Saqueti.

Trataron los enemigos el 4 de mayo de embestir del todo la plaza. El general Harispe, acompañado del de ingenieros Rogniat, pasó el Francolí y caminó hacia el Olivo. Ofreciéronle los puestos españoles gran resistencia, y perdió la brigada del general Salme cerca de 200 hombres. Al mismo tiempo la de Palombini, que con la otra componía la división de Harispe, se prolongó por la izquierda y se apoderó del Lorito y del reducto vecino llamado del Ermitaño, abandonados ambos antes por los españoles como embarazosos. Colocó Harispe, además, tropas de respeto en el camino de Barcelona, próximo a la costa. Del lado opuesto y a la derecha de este general, se colocó Frère y su división, y en seguida Habert con la suya, frontero al puente del Francolí y apoyado en la mar, completándose así el acordonamiento.

El 5 hicieron los españoles cuatro salidas en que incomodaron al enemigo, y empezó la escuadra inglesa a tomar parte en la defensa. Constaba aquella de tres navíos y dos fragatas, a las órdenes del comodoro Codrington, que montaba el Blake, de 74 cañones.

Precaviéronse los franceses como para sitio largo, y en Reus, su principal almacenamiento, atrincheraron varios puestos y fortalecieron algunos conventos y grandes edificios, temerosos de los miqueletes y somatenes que no cesaban de amagarlos e incomodar sus convoyes.

Así fue que, el 6 de mayo, un cuerpo de aquellos acometió a Montblanch, punto tan importante para la comunicación entre Tarragona y Lérida, e intentó prender fuego al convento de la Virgen de la Sierra, que guardaba un destacamento francés. Emplearon los miqueletes al efecto, aunque sin fruto, la estratagema de cubrirse con unas tablas acolchadas para poder arrimarse a las puertas, imitando en ello el testudo de los antiguos. Los franceses de resultas reforzaron aquel punto.

Continuando los enemigos sus preparativos de ataque contra Tarragona, cortaron el acueducto moderno que surtía de agua a la ciudad, y que empezó a restablecer en 1782, aprovechándose de los restos del famoso y antiguo de los romanos, el digno arzobispo Don Joaquín de Santiyán y Valdivieso. No causó a Tarragona aquel corte privación notable, provista de aljibes y de un profundísimo pozo de agua no muy buena, pero potable y manantial. Más dañó al francés: los somatenes, sabiendo lo acaecido, hicieron cortaduras más arriba, y como aquellas aguas, necesarias por el abasto del sitiador, venían de Pont de Armentera junto al monasterio de Santas Cruces seis leguas distante, tuvo Suchet que emplear tropas para reparar el estrago, y vigilar de continuo el terreno.

Decidieron los franceses acometer a Tarragona por el Francolí, del lado del arrabal, ofreciéndoles los otros frentes mayores obstáculos naturales. Requeríase, sin embargo, en el que escogieron, comenzar por despejar la costa de las fuerzas de mar, con cuya mira trazaron allí el 8 y al cabo remataron, a pesar del fuego vivo de la escuadra inglesa, un reducto, sostenido después por nuevas baterías construidas cerca del embocadero del Francolí.

Llega
Campoverde
a Tarragona.

En lo interior de la plaza reinaba ánimo ensalzado, que se afirmó con la llegada el 10 del marqués de Campoverde, quien, noticioso de los intentos del enemigo, se había dado priesa a correr en auxilio de Tarragona. Vino por mar, procedente de Mataró, con 2000 hombres, habiendo dejado fuera la tropa restante bajo Don Pedro Sarsfield, con orden de incomodar a Suchet en sus comunicaciones.

Tenía el enemigo para asegurar su ataque contra el recinto que tomar primero el fuerte del Olivo, empresa no fácil. Le incomodaban mucho de este lado las incesantes acometidas de los españoles; por lo que, para reprimirlas y adelantar en el cerco, embistió en la noche del 13 al 14 unos parapetos avanzados que amparaban dicho fuerte. Los defendió largo tiempo Don Tadeo Aldea, y solo se replegó oprimido del número. En el Olivo, muy animosos los que le custodiaban, respondieron a cañonazos a la proposición que de rendirse les hizo el francés; y pensando Aldea en recobrar los parapetos perdidos, avanzó de nuevo y poco después en tres columnas. Los contrarios, que conocían la importancia de aquellas obras, habíanlas sin dilación acomodado en provecho suyo, y en términos de frustrar cualquiera tentativa. Acometieron sin embargo los nuestros con el mayor arrojo, y hubo oficiales que perecieron plantando sus banderas dentro de los mismos parapetos.

Por de fuera molestaban los somatenes el campo enemigo, y también se verificó el 14 un reconocimiento orilla de la mar, a las órdenes de Don José San Juan, protegido por la escuadra. Se encerraron los franceses en el reducto que habían construido, y apresurose a auxiliarlos el general Habert.

El mismo Don José San Juan destruyó el 18 parte de las obras que construía el sitiador a la derecha del Francolí, poniéndole en vergonzosa fuga y causándole una pérdida de más de 200 hombres. Señalose este día una mujer de la plebe conocida bajo el nombre de la Calesera de la Rambla. Multiplicáronse las salidas con más o menos fruto, pero con daño siempre del sitiador.

No descuidó Don Pedro Sarsfield desempeñar el encargo que se le había encomendado de llamar a sí y atraer lejos de la plaza al enemigo. El 20 se colocó en Alcover, y tuvieron los franceses que acudir con bastante fuerza para alejarle, costándoles gente su propósito. Tres días después, incansable Sarsfield se enderezó a Montblanch y puso en aprieto al jefe de batallón Année, que allí mandaba; y si bien se libró este, socorrido a tiempo, viose Suchet en la necesidad de abandonar aquel punto, a cada paso acometido.

Atacan y toman
los franceses
con dificultad el
fuerte del Olivo.

Ahora fijose el francés en tomar el fuerte del Olivo, y con tal intento abrió la trinchera a la izquierda de los parapetos que poco antes había ganado, dirigiéndose a un terromontero distante 60 toesas de aquel castillo. Adelantó en su trabajo dificultosamente por encontrar con peña viva. Al fin terminó el 27 cuatro baterías, que no pudo armar hasta el 28, teniendo los soldados que tirar de los cañones a causa de lo escabroso de la subida. Cada paso costaba al sitiador mucha sangre; y en aquella mañana la guarnición del fuerte, haciendo una salida de las más esforzadas, atropelló a sus contrarios y los desbarató. Para infundir aliento en los que cejaban, tuvo el general francés Salme que ponerse a la cabeza, y víctima de su valerosa arrogancia, al decir adelante, cayó muerto de un metrallazo en la sien.

Vueltos en sí los franceses a favor de auxilios que recibieron, comenzaron el fuego contra el Olivo el mismo día 28. Aniquilábalos la metralla española hasta que se disminuyó su estrago con el desmontar de algunas piezas, y la destrucción de los parapetos. En el ángulo de la derecha del fuerte aportillaron los enemigos brecha sin que por eso arriesgasen ir al asalto. Los contenía la impetuosidad y el coraje que desplegaba la guarnición.

A lo último, desencabalgadas el 29 todas las piezas y arruinadas nuestras baterías, determinaron los sitiadores apoderarse del fuerte, amagando al mismo tiempo los demás puntos. La plaza y las obras exteriores respondieron con tremendo cañoneo al del campo contrario, apareciendo el asiento en que a manera de anfiteatro descansa Tarragona como inflamado con las bombas y granadas, con las balas y los frascos de fuego. Tampoco la escuadra se mantuvo ociosa, y arrojando cohetes y mortíferas luminarias, añadió horrores y grandeza al nocturnal estrepitoso combate.

Precedido el enemigo de tiradores, acorrió por la noche al asalto distribuido en dos columnas: una destinada a la brecha, otra a rodear el fuerte y a entrarle por la gola.

Tuvo en un principio la primera mala ventura. No estaba todavía la brecha muy practicable, y resultando cortas las escalas que se aplicaron, necesario fue para alcanzar a lo alto que trepasen los soldados enemigos por encima de los hombros de un camarada suyo que atrevidamente y de voluntad se ofreció a tan peligroso servicio.

Burláronse los españoles de la invención, y repeliendo a unos, matando a otros y rompiendo las escalas, escarmentaron tamaña osadía. En aquel apuro favorecieron al francés dos incidentes. Fue uno haber descubierto de antemano el italiano Vacani, ingeniero y autor diligente de estas campañas, que por los caños del acueducto que antes surtían de agua al fuerte y conservaron malamente los españoles, era fácil encaramarse y penetrar dentro. Ejecutáronlo así los enemigos, y se extendieron lo largo de la muralla antes que los nuestros pudiesen caer en ello.

No aprovechó menos a los contrarios el otro incidente, aún más casual. Mudábase cada ocho días la guarnición del Olivo; y pasando aquella noche el regimiento de Almería a relevar al de Iliberia, tropezó con la columna francesa que se dirigía a embestir la gola. Sobresaltados los nuestros y aturdidos del impensado encuentro, pudieron varios soldados enemigos meterse en el fuerte revueltos con los españoles; y favorecidos de semejante acaso, de la confusión y tinieblas de la noche, rompieron luego a hachazos junto con los de afuera una de las dos puertas arriba mencionadas, y unidos unos y otros, dentro ya todos, apretaron de cerca a los españoles y los dejaron, por decirlo así, sin respiro, mayormente acudiendo a la propia sazón los que habían subido por el acueducto, y estrechaban por su parte y acorralaban a los sitiados. Sin embargo, estos se sostuvieron con firmeza, en especial a la izquierda del fuerte y en el caballero, y vendieron cara la victoria disputando a palmos el terreno y lidiando como leones, según la expresión del mismo Suchet.[*] (* Ap. n. 15-2.) Cedieron solo a la sorpresa y a la muchedumbre, llegando de golpe con gente el general Harispe, el cual estuvo a pique de ser aplastado por una bomba que cayó casi a sus pies. Perecieron de los franceses 500, entre ellos muchos oficiales distinguidos. Perdimos nosotros 1100 hombres: los demás se descolgaron por el muro y entraron en Tarragona. Rindiose Don José María Gámez, gobernador del fuerte; pero traspasado de diez heridas, como soldado de pecho. Infiérase de aquí cuál hubiera sido la resistencia sin el descuido de los caños, y el fatal encuentro del relevo. Ciega iracundia, no valor verdadero, guiaba en la lucha a los militares de ambos bandos. Dícese que el enemigo escribió en el muro con sangre española: «vengada queda la muerte del general Salme», inscripción de atroz tinta, no disculpable ni con el ardor que aún vibra tras sañuda pelea.

En la misma noche providenciaron los franceses lo necesario a la seguridad de su conquista, y por tanto inútil fue la tentativa que para recobrarle practicó al día siguiente Don Edmundo O’Ronani en cuya empresa se señaló de un modo honroso el sargento Domingo López.

Mucho desalentó la pérdida del Olivo, sin que bastasen a dar consuelo 1600 infantes y 100 artilleros poco antes llegados de Valencia, y unos 400 hombres que por entonces vinieron también de Mallorca. Habíase pregonado como inexpugnable aquel fuerte, y su toma por el enemigo frustró esperanzas sobrado halagüeñas.

Sale Campoverde
de la plaza.
Se encarga
el mando de ella
a D. Juan Senén
de Contreras.

Juntó en su apuro el marqués de Campoverde un consejo de guerra, en cuyo seno se decidió que dicho general saliese de Tarragona, como lo verificó el 31 de mayo. Antes de su partida encargó la plaza a Don Juan Senén de Contreras, enviando en comisión a Valencia en busca de auxilios a Don Juan Caro. Contreras acababa de llegar de Cádiz, y siendo el general más antiguo no pudo eximirse de carga tan pesada. Parécenos injusto que, perdido el Olivo y a mitad del sitio, se impusiese a un nuevo jefe responsabilidad que más bien tocaba al que desde un principio había gobernado la plaza. Hasta el mismo Caro debiera en ello haberse mirado como ofendido. No obstante nadie se opuso, y todos se mostraron conformes. Incumbió a Don Pedro Sarsfield la defensa del arrabal de Tarragona y de su marina, encargándose el barón de Eroles, que había salido de Figueras, de la dirección de las tropas que antes capitaneaba aquel del lado de Montblanch. Campoverde, fuera ya de la plaza, situó en Igualada sus reales el 3 de junio. Salieron también de la ciudad muchos de los habitantes principales huyendo de las bombas y de las angustias del sitio. Habíalo antes verificado la junta y trasladádose a Monserrat, pues, como autoridad de todo el principado, justo era quedase expedita para atender a los demás lugares.

Dueños los franceses del Olivo, empezaron su ataque contra el cuerpo de la plaza, abrazando el frente del recinto que cubría el arrabal, y se terminaba de un lado por el fuerte de Francolí y baluarte de San Carlos, y del otro por el de Orleans, que llamaron de los Canónigos los sitiadores.

Abrieron estos la primera paralela a 130 toesas del baluarte de Orleans y del fuerte de Francolí, la cual apoyaba su derecha en los primeros trabajos concluidos por el francés en la orilla opuesta del río, amparando la izquierda un reducto: establecieron también por detrás una comunicación con el puente del Francolí y con otros dos que construyeron de caballetes, validos de lo acanalado de la corriente.

En la noche del 1.º al 2 de junio habían los sitiadores comenzado los trabajos de trinchera, y los continuaron en los días siguientes sin que los detuviesen las salidas y fuego de los españoles. Zanjaron el 6 la segunda paralela, que llegó a estar a 30 toesas del fuerte de Francolí, batiendo en brecha sus muros al amanecer del 7. Lo mandaba Don Antonio Roten, quien se mantuvo firme y con gran denuedo. Al caer de la tarde apareció practicable la brecha, y los enemigos se dispusieron a dar el asalto a las diez de la noche. Juzgó prudente el gobernador de la plaza Senén de Contreras que no se aguardase tal embestida, y por eso Roten, conformándose con la orden de su jefe, evacuó el fuerte y retiró la artillería.

Prosiguiendo también los franceses en adelantar por el centro la segunda paralela, se arrimaron a 35 toesas del ángulo saliente del camino cubierto del baluarte de Orleans. Incomodábalos sobremanera el fuego de la plaza, y a punto de acobardar a veces a los trabajadores o de entibiar su ardor. Así fue que en la noche del 8 al 9 yacían rendidos de cansancio y del mucho afán, a la sazón que 300 granaderos españoles hicieron una salida y pasaron a degüello a los más desprevenidos. No menos dichosa resultó otra que del 11 al 12 dirigió en persona con 3000 hombres Don Pedro Sarsfield, comandante, según queda dicho, del arrabal y frente atacado. Ahuyentó a los trabajadores, destruyó muchas obras, y llevolo todo a sangre y fuego. En este trance, como en otros anteriores y sucesivos, distinguiéronse varios vecinos y hasta las mujeres, que no cesaron de llevar a los combatientes refrigerantes y auxilios en medio de las balas y las bombas.

Reparado el mal que se le había causado, tuvo el francés ya el 15 trazados tres ramales delante de la segunda paralela; uno dirigido al baluarte de Orleans, otro a una media luna inmediata llamada del Rey, y el tercero al baluarte de San Carlos, logrando coronar la cresta del glacis. Comprendían los sitiadores en el ataque la luneta del Príncipe, al siniestro costado del postrer baluarte, la cual acometieron en la noche del 16. Mandaba por parte de los españoles Don Miguel Subirachs. Se formaron los franceses para asaltar dicha luneta en dos columnas; una de ellas debía embestir por un punto débil a la izquierda, en donde el foso no se prolongaba hasta el mar, y la otra por el frente. Inútiles resultaron los esfuerzos de la última, estrellándose contra el valor de los españoles, a manos de los cuales pereció el francés Javersac, que la comandaba, y otros muchos. Al revés la primera, pues favorecida de lo flaco del sitio entró en la luneta, pereciendo 100 de nuestros soldados, quedando varios prisioneros, y refugiándose los demás en la plaza. A estos los siguieron los enemigos, quienes, con el ímpetu, se metieron por la batería de San José y cortaron las cuerdas del puente levadizo. En poco estuvo no penetrasen en el arrabal: impidiolo un socorro llegado a tiempo que los repelió.

Encarnizada
defensa
de los españoles.

Con la posesión de la luneta del Príncipe cerró el sitiador cada vez más el frente atacado. Por ambas partes se encarnizaba la lucha, brillando el denuedo de los nuestros, ya que no siempre el acierto en la defensa. Tan enconados andaban los ánimos de unos y otros que acompañaban a la pelea palabras injuriosas y desaforados baldones. La matanza crecía en grado sumo, y por confesión misma de los franceses, nada ponderativos en sus propias pérdidas, contaban ya en el estado actual del sitio [el 16 de junio] entre muertos y heridos un general, 2 coroneles, 15 jefes de batallón, 19 oficiales de ingenieros, 13 de artillería, 140 de las demás armas, en fin con los soldados 2500 hombres. Y todavía tenían que apoderarse del arrabal, y empezar después el acometimiento contra la ciudad.

Tropas que llegan
de Valencia.

Dos días antes, el 14 de junio, había llegado a Tarragona Don José Miranda con una división de Valencia, compuesta de más de 4000 hombres armados y de unos 400 desarmados. Los últimos se equiparon y quedaron en la plaza. Los otros, con su jefe, siguieron y tomaron tierra en Villanueva de Sitges, juntándose el 16 en Igualada con el marqués de Campoverde. Reunía este, asistido de tan buen refuerzo, 9456 infantes y 1183 caballos, y, en consecuencia, se determinó a maniobrar en favor de la ciudad sitiada.

Diversión
de Eroles y otros
fuera de la plaza.

Por aquellos días el barón de Eroles, que obraba unido a Campoverde, atacó cerca de Falset un gran convoy enemigo, y cogiole 500 acémilas. Poco antes, hacia Mora de Ebro, en Gratallops, Don Manuel Fernández Villamil rodeó igualmente un grueso destacamento a las órdenes del polaco Mrozinski, y acabó con 300 de sus soldados entre muertos, heridos y prisioneros, obligando al resto de ellos a encerrarse en la ermita de la Consolación, de donde vinieron a sacarlos dificultosamente tropas suyas de Mora.

Pérdidas diarias de esta clase fueron parte para que Suchet llamase la brigada de Abbé y un regimiento que había enviado a observar a Eroles, a Villamil y otros jefes la vuelta de Mora y Falset, y también para que procurase acelerar la conquista de Tarragona, alterándole pensamientos varios en vista de la enérgica bizarría de la guarnición y del aumento de las fuerzas de Campoverde, y muestras que daba este de moverse.

El 18 de junio tenía el sitiador concluida la tercera paralela, y emprendió la bajada al foso enfrente del baluarte de Orleans, perfeccionando las obras de ataque por los demás puntos. En la mañana del 21 empezó a batir el muro; y a las cuatro de la tarde aparecieron abiertas tres brechas; dos en los baluartes de Orleans y San Carlos, la otra en el fuerte Real, aunque colocado detrás: lo mal parado del terraplén facilitó al enemigo su progreso.

Hasta ahora había defendido el arrabal, desde los primeros días de junio, Don Pedro Sarsfield, portándose con valor e inteligencia. Pero el 21, día mismo del ataque, como hubiese Campoverde pedido al gobernador que le enviase para mandar una división a Roten o al citado Sarsfield, escogió Contreras al último, y le hizo salir de la plaza en el momento en que ya el enemigo había dado principio a su acometida. Inexplicable proceder y de consecuencias inmediatas y desastradas. Porque, si bien se puso a la cabeza del punto atacado Don Manuel Velasco, oficial intrépido y entendido, sábese cuánto perjudica al buen éxito de todo combate la mudanza repentina de jefe.