Este día la guarnición enemiga evacuó a Almeida. Era gobernador el general Brennier, oficial inteligente y brioso. No pudiendo Massena socorrer la plaza, mandole que la desamparase. Fue portador de la orden un soldado animoso y aturdido, de nombre Andrés Tillet, que consiguió esquivar, aunque vestido con su propio uniforme, la vigilancia de los puestos ingleses. El gobernador, a su salida, trató de arruinar las fortificaciones, y preparadas las convenientes minas, al reventar de ellas abalanzose fuera con su gente, y burló a los contrarios que le cerraban con dobles líneas. Se encaminó en seguida apresuradamente al Águeda con dirección a Barba de Puerco, en donde le ampararon las tropas del mando de Reynier, conteniendo a los ingleses que le acosaban.
La conducta, en la jornada de Fuentes de Oñoro, de los generales en jefe Wellington y Massena sorprendió a los entendidos y prácticos en el arte de la guerra. Tan circunspecto el primero al salir de Torres Vedras, tan cauto en el perseguimiento de los contrarios, tan cuidadoso en evitar serios combates cuando todo le favorecía, olvidó ahora su prudencia y acostumbrada pausa; ahora que su ejército estaba desmembrado con las fuerzas enviadas al Guadiana, y Massena engrosado y rehecho, aventurándose a trabar batalla en una posición extendida y defectuosa que tenía a las espaldas la plaza de Almeida, todavía en poder de los enemigos, y el Coa de hondas riberas y de dificultoso tránsito para un ejército en caso de precipitosa retirada. Y ¿qué impelió al general inglés a desviarse de su anterior plan seguido con tal constancia? El deseo, sin duda, de impedir el abastecimiento de Almeida. Motivo poderoso; pero ¿era comparable acaso con la empresa, mucho menos arriesgada, de desbaratar al enemigo y destruirle en su marcha? No solo Almeida entonces, quizá también Ciudad Rodrigo hubiera caído en manos de los aliados, y el aniquilamiento del ejército francés de Portugal hubiera influido ventajosamente hasta en las operaciones de Extremadura, y de todo el mediodía de España.
Por su parte, Massena mostrose no tan atinado como de costumbre, pues a haber proseguido vigorosamente la ventaja alcanzada sobre la derecha inglesa, a la sazón que tuvo esta que replegarse y variar de puesto, la victoria se hubiera verosímilmente declarado por el ejército francés, y los nuevos laureles encubriendo los contratiempos pasados, quizá cambiaran la suerte entera de la guerra peninsular. Dícese que varios generales, sabiendo que iban a ser reemplazados, obraron flojamente y desavenidos.
En efecto, Junot y Loison partieron en breve para Francia. Massena mismo cedió el mando el 11 de mayo al mariscal Marmont, duque de Ragusa, y Drouet, con los 10 a 11.000 hombres que le restaban del 9.º cuerpo, marchó la vuelta de las Andalucías y Extremadura.
El recién llegado mariscal acantonó su ejército en las orillas del Tormes, y solo dejó una parte entre este río y el Águeda, debiendo hacer mudanzas y arreglos en el orden y la distribución.
Acampó Wellington su gente desde el Coa al Dos Casas; y el 16 del mismo mayo volvió a partir con dos divisiones a Extremadura, porque Soult, asistido de bastante fuerza, se adelantaba otra vez camino de aquella provincia.
Había desde el 4 de mayo embestido Beresford la plaza de Badajoz por la izquierda del Guadiana con 5000 hombres, reforzados por la 1.ª división del 5.º ejército español, bajo el mando de Don Carlos de España. El 8 verificolo por la margen derecha, completando así el acordonamiento de la plaza, y decidió abrir aquella misma noche la trinchera por delante de San Cristóbal, punto señalado para el principal ataque. Como era el primer sitio que los ingleses emprendían en España, sus ingenieros no se mostraron muy prácticos, faltos también de muchas cosas necesarias.
Disponíanse al propio tiempo los anglo-portugueses a obrar ofensivamente contra el ejército enemigo en la misma Extremadura, aguardando apoyo de parte de los españoles. No se miraba como de importancia el que podía dar por sí solo el general Castaños, y de consiguiente se contaba con otras fuerzas.
Eran estas las de Ballesteros y una expedición que dio la vela de Cádiz el 16 de abril. A su cabeza habíase puesto Don Joaquín Blake, presidente de la regencia, para lo que obtuvo especial permiso de las cortes, vedando el reglamento dado a la potestad ejecutiva, el que mandase ninguno de sus individuos la fuerza armada. Blake tomó tierra el 18 en el condado de Niebla, y marchó por la sierra a Extremadura. Allí se unió con la división de Don Francisco Ballesteros, hallándose todo el cuerpo expedicionario acantonado el 7 de mayo en Fregenal y en Monesterio. Se componía de las divisiones 3.ª y 4.ª del 4.º ejército, y de una vanguardia. Esta la mandaba Don José de Lardizábal; era la 3.ª división la de Don Francisco Ballesteros; capitaneaba la 4.ª Don José de Zayas, y los jinetes Don Casimiro Loi. En todo 12.000 hombres, entre ellos 1200 caballos con doce piezas. Ejercía la función de jefe de estado mayor Don Antonio Burriel, oficial sabio y amigo particular de Don Joaquín Blake.
Cuando Wellington estuvo en Elvas quiso ponerse de acuerdo con los generales españoles para las operaciones ulteriores; mas no pudiendo Castaños atravesar el Guadiana a causa de una avenida repentina, la misma que se llevó el puente de campaña establecido frente de Jurumeña, le envió Wellington una memoria comprensiva de los principales puntos en que deseaba convenirse, y eran los siguientes: 1.º, que Blake a su llegada se situaría en Jerez de los Caballeros, poniendo sobre su izquierda, en Burguillos, a Ballesteros; 2.º, que la caballería del 5.º ejército se apostaría en Llerena para observar el camino de Guadalcanal y comunicar con el dicho Ballesteros por Zafra; 3.º, que Castaños se mantendría con su infantería en Mérida para apoyar sus jinetes, excepto la división de España, reservada al asedio de Badajoz; y 4.º, que el ejército británico se alojaría en una segunda línea, debiendo en caso de batalla unirse todas las fuerzas en la Albuera, como centro de los caminos que de Andalucía se dirigen a Badajoz.
En la memoria indicó también Wellington que si se juntaban para presentar la batalla diversos cuerpos de los aliados, tomaría la dirección el general más autorizado por su antigüedad y graduación militar. Obsequio en realidad hecho a Castaños a quien, en tal caso, correspondía el mando; pero obsequio que rehusó con loable delicadeza sustituyendo a lo propuesto que gobernaría en jefe, llegado el momento, el general que concurriese con mayores fuerzas: alteración que mereció la aprobación de todos. Asistieron los generales españoles en los demás puntos al plan trazado por el inglés.
Instaba a Soult ir al socorro de Badajoz. Mas antes tomó disposiciones que amparasen bastantemente las líneas de Cádiz y la Isla, en donde no dejaba de inquietar a los enemigos el marqués de Coupigny, sucesor, según vimos, de la Peña. Fortificó también el mariscal francés más de lo que ya lo estaban las avenidas de Triana y el monasterio cercano de la Cartuja, para abrigar a Sevilla de una sorpresa; y hechos otros arreglos, partió de esta ciudad el 10 de mayo. Llevaba consigo 30 cañones, 3000 dragones, una división de infantería reforzada por un batallón de granaderos, perteneciente al cuerpo que mandaba Victor, y dos regimientos de caballería ligera, que lo eran del de Sebastiani. Llegó el 11 a Santa Olalla, y juntósele allí el general Maransin; al mismo tiempo una brigada del general Godinot, acuartelado en Córdoba, avanzaba por Constantina. Uniose el 13 a Soult el general Latour-Maubourg, que tomó el mando de la caballería pesada, encargándose del 5.º cuerpo el general Girard. Los franceses contaban en todo unos 20.000 infantes y cerca de 5000 caballos, con 40 cañones. Sentaron el 14 en Villafranca su cuartel general.
No habían, entre tanto, los ingleses adelantado en el sitio de Badajoz. Philippon, gobernador francés, aventajábase demasiado en saber y diligencia para no contener fácilmente la inexperiencia de los ingenieros ingleses e inutilizar los medios que contra él empleaban, insuficientes a la verdad. Al aproximarse Soult, mandó Beresford descercar la plaza, y en los días 13 y 14 empezó a darse cumplimiento a la orden, siendo del todo abandonado el sitio en la noche del 15, en que se alejó la 4.ª división inglesa y la de Don Carlos de España, últimas tropas que habían quedado. Perdieron los aliados en tan infructuosa tentativa unos 700 hombres muertos y heridos.
Tuvieron el 14 vistas en Valverde de Leganés con el mariscal Beresford los generales españoles, y convinieron todos en presentar batalla a los franceses en las cercanías de la Albuera. En consecuencia expidieron órdenes para reunir allí brevemente todas las tropas del ejército combinado.
Es la Albuera un lugar de corto vecindario situado en el camino real que de Sevilla va a Badajoz, distante cuatro leguas de esta ciudad y a la izquierda de un riachuelo que toma el mismo nombre, formado poco más arriba de la unión del arroyo de Nogales con el de Chicapierna. Enfrente del pueblo hay un puente viejo y otro nuevo al lado, paso preciso de la carretera. Por ambas orillas el terreno es llano y en general despejado, con suave declive a las riberas. En la de la derecha se divisa una dehesa y carrascal llamado de la Natera, que encubre hasta corta distancia el camino real, y sobre todo la orilla río arriba por donde el enemigo tentó su principal ataque. En la margen izquierda por la mayor parte no hay árboles ni arbustos, convirtiéndose más y más aquellos campos que tuesta el sol en áridos sequedales, especialmente yendo hacia Valverde. Aquí la tierra se eleva insensiblemente y da el ser a unas lomas que se extienden detrás de la Albuera con vertientes a la otra parte, cuya falda por allí lame el arroyo de Valdesevilla. En las lomas se asentó el ejército aliado.
El expedicionario llegó tarde en la noche del 15, y se colocó a la derecha en dos líneas: en la primera, siguiendo el mismo orden, Don José de Lardizábal y D. Francisco Ballesteros, que tocaba al camino de Valverde: en la segunda, a 200 pasos, Don José de Zayas. La caballería se distribuyó igualmente en dos líneas, unida ya la del 5.º ejército, bajo las órdenes del conde de Penne Villemur, que mandó la totalidad de nuestros jinetes.
El ejército anglo-portugués continuaba en la misma alineación, aunque sencilla: su derecha en el camino de Valverde, dilatándose por la izquierda perpendicularmente a los españoles. El general Guillermo Stewart con su 2.ª división venía después de Ballesteros, y estaba situado entre dicho camino de Valverde y el de Badajoz; cerraba la izquierda de todo el ejército combinado la división del general Hamilton, que era de portugueses. Ocupaba el pueblo de la Albuera con las tropas ligeras el general Alten. La artillería británica se situó en una línea sobre el camino de Valverde; los caballos portugueses junto a sus infantes al extremo de la izquierda, y los ingleses avanzados cerca del arroyo de Chicapierna, de donde se replegaron al atacar el enemigo. Los mandaba el general Lumley, que se puso a la cabeza de toda la caballería aliada.
Colocado ya así el ejército, llegó Don Francisco Javier Castaños con seis cañones y la división de infantería de Don Carlos de España, la cual se situó a ambos costados de la de Zayas, ascendiendo los recién venidos con los de Penne Villemur, todos del 5.º ejército, a unos 3000 hombres. También se incorporaron al mismo tiempo dos brigadas de la 4.ª división británica que regía el general Cole, y que formaron con una de las brigadas de Hamilton otra segunda línea detrás de los anglo-portugueses, los cuales hasta entonces carecían de este apoyo. La fuerza entera de los aliados rayaba en 31.000 hombres, más de 27.000 infantes y 3600 caballos. Unos 15.000 eran españoles, los demás ingleses y portugueses; por lo que, siendo mayor el número de estos, encargose del mando en jefe, conforme a lo convenido, el mariscal Beresford.
Alboreaba el día 15 de mayo y ya se escaramuzaban los jinetes. El tiempo anubarrado pronosticaba lluvia. A las ocho avanzaron por el llano dos regimientos de dragones enemigos que guiaba el general Briche, con una batería ligera, al paso que el general Godinot, seguido de infantería, daba indicio de acometer el lugar de la Albuera por el puente. Los españoles empezaron entonces a cañonear desde sus puestos.
A la sazón los generales Castaños, Beresford y Blake, con sus estados mayores y otros jefes, almorzaban juntos en un ribazo cerca del pueblo, entre la 1.ª y 2.ª línea, y observando el maniobrar del enemigo opinaban los más que acometería por el frente o izquierda del ejército aliado. Entre los concurrentes hallábase el coronel Don Bertoldo Schepeler, distinguido oficial alemán que había venido a servir de voluntario la justa causa de la libertad española; y creyendo por el contrario que los franceses embestirían el costado derecho, tenía fija su vista hacia aquella parte, cuando columbrando en medio del carrascal y matorrales de la otra orilla el relucir de las bayonetas, exclamó: «Por allí vienen.» Blake entonces le envió de explorador, y en pos de él, a otros oficiales de estado mayor.
Cerciorados todos de que realmente era aquel el punto amenazado, necesitose variar la formación de la derecha que ocupaban los españoles: mudanza difícil en presencia del enemigo y más para tropas que, aunque muy bizarras, no estaban todavía bastante avezadas a evolucionar con la presteza y facilidad requeridas en semejantes aprietos.
No obstante verificáronlo los nuestros atinadamente, pasando parte de las que estaban en segunda línea a cubrir el flanco derecho de la primera, desplegando en batalla y formando con la última martillo, o sea un ángulo recto. Acercábase ya el terrible trance: los enemigos se adelantaban por el bosque; a su izquierda traían la caballería, mandada por Latour-Maubourg, en el centro la artillería, bajo el general Ruty, y a su derecha la infantería, compuesta de dos divisiones del 5.º cuerpo, mandadas por el general Girard, y de una reserva, que lo era por el general Werlé. Cruzaron el Nogales y el arroyo de Chicapierna, y entonces hicieron un movimiento de conversión sobre su derecha, para ceñir el flanco también derecho de los aliados, y aun abrazarle, cortando así los caminos de la sierra, de Olivenza y de Valverde, y procurando arrojar a los nuestros sobre el arroyo Valdesevilla y estrecharlos contra Badajoz y el Guadiana. Mientras que los enemigos comenzaban este ataque, que era, repetimos, el principal de su plan, continuaban el general Godinot y Briche amagando lo que se consideraba antes, en la primera formación, centro e izquierda del ejército combinado.
Trabose, pues, por la derecha el combate formal. Empezole Zayas, le continuó Lardizábal que había seguido el movimiento de aquel general, y empeñáronse al fin en la pelea todos los españoles, excepto dos batallones de Ballesteros, que quedaron haciendo frente al río de la Albuera; mas lo restante de la misma división favoreció la maniobra de Zayas, e hizo una arremetida sobresaliente por el diestro flanco de las columnas acometedoras, conteniéndolas y haciéndolas allí suspender el fuego. Los enemigos entonces, rechazados sobre sus reservas, insistieron muchas veces en su propósito, si bien en balde; pero al cabo, ayudados de la caballería mandada por Latour-Maubourg, se colocaron en la cuesta de las lomas que ocupaban los españoles.
Acorrió en ayuda de estos la división del general Stewart, ya en movimiento, y marchó a ponerse a la derecha de Zayas; siguiole la de Cole a lo lejos, y se dilató la caballería, al mando de Lumley, la vuelta del Valdesevilla para evitar la enclavadura de nuestra derecha en las columnas enemigas, siendo ahora la nueva posición del ejército aliado perpendicular al frente en donde primero había formado. Alten se mantuvo en el pueblo de la Albuera, y Hamilton, con los portugueses, aunque también avanzado, quedose en la línea precedente con destino a atajar las tentativas que hiciese contra el puente el general Godinot.
Por la derecha, prosiguiendo vivísimo el combate y adelantándose Stewart con la brigada de Colbourne, una de las de su división, retrocedían ya de nuevo los franceses, cuando sus húsares y los lanceros polacos, arremetiendo al inglés por la espalda, dispersaron la brigada insinuada, y cogiéronle cañones, 800 prisioneros y 3 banderas. Ráfagas de un vendaval impetuoso y furiosos aguaceros, unidos al humo de las descargas, impedían discernir con claridad los objetos, y por eso pudieron los jinetes enemigos pasar por el flanco sin ser vistos, y embestir a retaguardia. Algunos polacos, llevados del triunfo, se embocaron por entre las dos líneas que formaban los aliados, y la segunda inglesa, creyendo la primera ya rota, hizo fuego sobre ella y sobre el punto donde estaba Blake: afortunadamente descubriose luego el engaño.
En tan apurado instante sostúvose sin embargo firme un regimiento de los de la brigada de Colbourne, y dio lugar a que Stewart con la de Hoghton volviese a renovar la acometida. Hízolo con el mayor esfuerzo; ayudole, colocándose en línea la artillería, bajo el mayor Dickson, y también otra brigada de la misma división que se dirigió a la izquierda. Don José de Zayas con los suyos empeñose segunda vez en la lucha, y lidió valerosamente. La caballería, apostada a la derecha del flanco atacado, reprimió al enemigo por el llano, y se distinguió sobre todo, y favoreció a Stewart en su desgracia, la del 5.º ejército español, acaudillada por el conde de Penne Villemur y su segundo, Don Antolín Reguilón.
La contienda andaba brava, y el tiempo, habiendo escampado, permitía obrar a las claras. De ningún lado se cejaba, y hacíanse descargas a medio tiro de fusil: terrible era el estruendo y tumulto de las armas, estrepitosa la altanera vocería de los contrarios. Por toda la línea habíase trabado la acción; en el frente primitivo y en la puente de la Albuera también se combatía. Alten aquí defendió el pueblo vigorosamente, y Hamilton, con los portugueses y los dos batallones españoles que dijimos habían quedado en la posición primera, protegiéronla con distinguida honra.
Dudoso todavía el éxito, cargaron en fin al enemigo las dos brigadas de la división de Cole; la una, portuguesa, bajo el general Harvey, se movió por entre la caballería de Lumley y la derecha de las lomas, sobre cuya posesión principalmente se peleaba, y la otra, que conducía Myers, encaminose adonde Stewart batallaba.
A poco Zayas, animado en vista de este movimiento, arremetió en columna cerrada, arma al brazo, y hallábase a diez pasos del enemigo a la sazón que, flanqueado este por portugueses de la brigada de Harvey, volvió la espalda y arremolinándose sus soldados y cayendo unos sobre otros, en breve fugitivos todos, rodaron y se atropellaron la ladera abajo. Su caballería, numerosa y superior a la aliada, pudo solo cubrir repliegue tan desordenado. Repasó el enemigo los arroyos, y situose en las eminencias de la otra orilla, asestando su artillería para proteger, en unión con los jinetes, sus deshechas y casi desbandadas huestes.
No los persiguieron más allá los aliados, cuya pérdida había sido considerable. La de solos los españoles ascendía a 1365 hombres entre muertos y heridos: de estos fuelo Don Carlos de España; de aquellos el ayudante primero de estado mayor Don Emeterio Velarde, que dijo al expirar: «Nada importa que yo muera si hemos ganado la batalla.» Los portugueses perdieron 363 hombres; los ingleses 3614 y 600 prisioneros, pues los otros se salvaron de las manos de los franceses en medio del bullicio y confusión de la derrota. Perecieron de los generales británicos Hoghton y Myers: quedó herido Stewart, Cole y otros oficiales de graduación.
Contaron los franceses de menos 8000 hombres: murieron de ellos los generales Pepin y Werlé, y fueron heridos Gazan, Maransin y Bruyer. Sangrienta lid, aunque no fue de larga duración.
El 19 ambos ejércitos se mantuvieron en línea en frente uno de otro; retirose Soult por la noche, yendo tan despacio que no llegó a Llerena hasta el 23. Los aliados dejáronle ir tranquilo. Solo le siguió la caballería que, mandada por Lumley, tuvo luego en Usagre un recio choque en que fueron escarmentados los jinetes enemigos, con pérdida de más de 200 hombres.
El parlamento británico declaró «reconocer altamente el distinguido valor e intrepidez con que se había conducido el ejército español del mando de S. E. el general Blake en la batalla de la Albuera», aunque parece no había ejemplo de demostraciones semejantes en favor de tropas extranjeras. Las cortes hicieron igual o parecida declaración respecto de los aliados, y además decretaron ser el ejército español benemérito de la patria, con orden de que, finalizada la guerra, se erigiese en la Albuera un monumento. Agraciose también con un grado a los oficiales más antiguos de cada clase.
Mereció tan gloriosa jornada honorífica conmemoración del estro sublime de [*] Lord Byron, expresando que en lo venidero sería el de la Albuera asunto digno de celebrarse en las jácaras y canciones populares.
El 19 llegó Lord Wellington al Guadiana acompañado de las dos divisiones con las que, según dijimos, había salido de sus cuarteles del norte. Visitó el mismo día el campo de la Albuera, y ordenó al mariscal Beresford que no hiciese sino observar al enemigo y perseguirle cautelosamente. Fue luego enviado dicho mariscal a Lisboa con destino a organizar nuevas tropas. Hubo quien atribuyó la comisión a la sombra que causaban los recientes laureles; otros, al parecer más bien informados, a disposiciones generales y no a celosas ni mezquinas pasiones; debiéndose advertir que las dotes que adornaban al Beresford antes se acomodaban a organizar y disciplinar gente bisoña que a guiar un ejército en campaña. El general Hill, de vuelta en Portugal, recobrada ya la salud, volvió a tomar el mando de la 2.ª división británica, encomendada en su ausencia a Beresford, con las demás tropas anglo-portuguesas que por lo común maniobraron a la izquierda del Tajo.
No viéndose Soult acosado, parose en Llerena y llamó hacia sí todas las tropas de las Andalucías que podían juntársele sin detrimento de los puntos fortificados y demás puestos que ocupaban. Se esmeró al propio tiempo en acopiar subsistencias, que no abundaban, y su escasez produjo disgusto y quejas en el campo, pues los naturales, desamparando en lo general sus casas, procuraban engañar al enemigo y deslumbrarle para que no descubriese los granos que, siendo en aquella tierra guardados en silos, ocultábanse fácilmente al ojo lince del soldado que iba a la pecorea. Por la espalda incomodaban asimismo al ejército de Soult partidarios audaces que se interponían en el camino de Sevilla y cortaban la comunicación, teniendo para aventarlos que batir la estrada, y destacar a varios puntos algunos cuerpos sueltos.
Dispuso Wellington que una gran parte del ejército aliado se acantonase en Zafra, Santa Marta, Feria, Almendral y otros pueblos de los alrededores, con la caballería en Ribera y Villafranca de Barros. El 18 había ya la división de Hamilton renovado, por la izquierda de Guadiana, el bloqueo de Badajoz, a cuya parte acudió también la nuestra, que antes mandaba Don Carlos de España y ahora Don Pedro Agustín Girón, segundo de Castaños. Dudose algún tiempo si se emprendería entonces el sitio formal, no siendo dado apoderarse en breve de la plaza, y temible que en el entretanto tornasen los franceses a socorrerla. No obstante, decidiose Wellington al asedio, y el 22 convino, después de madura deliberación con los ingenieros y otros jefes, en seguir el ataque resuelto para la anterior tentativa, si bien modificado en los pormenores.
De consiguiente, el 25 la 7.ª división británica, del mando de Houston, embistió a Badajoz por la derecha de Guadiana, y el 27 la 3.ª reforzó la de Hamilton, colocada a la izquierda del mismo río. Empezose el 29 a abrir la trinchera contra el fuerte de San Cristóbal, divirtiendo al propio tiempo la atención del enemigo con falsos acometimientos hacia Pardaleras. Del 30 al 31 comenzaron igualmente los sitiadores un ataque por el mediodía contra el castillo antiguo.
Abierta brecha al este en San Cristóbal, tentaron los ingleses, creyéndola practicable, asaltar el fuerte, y se aproximaron a su recinto teniendo a la cabeza al teniente Forster. De cerca vio este que se habían equivocado, pero hallándose ya él y los suyos en el foso y animados, quisieron en vano trepar a la brecha, repeliéndolos el enemigo con pérdida: entre los muertos contose al mismo Forster.
En el castillo tampoco se había aportillado mucho el muro a pesar de los escombros que se veían al pie. El 9 repitiose otro acometimiento contra San Cristóbal, si bien no con mayor fruto. Desde entonces convirtiose el sitio en bloqueo, con intención Wellington de levantarle del todo. No se comprende como se empezó siquiera tal asedio, careciendo allí los ingleses de zapadores, y desproveídos hasta de cestones y faginas.
Entonces fue cuando de resultas de una hoguera encendida por artilleros portugueses, acampados al raso no lejos de Badajoz, en la margen izquierda del Guadiana, se prendió fuego a las heredades y chaparros vecinos, cundiendo la llama con violencia tan espantosa que en el espacio de tres días se acercó a Mérida, ciudad que se preservó de tamaña catástrofe por hallarse interpuesto aquel anchuroso río. Duró el fuego quince días, y devoró casas, encinares, dehesas, las mieses ya casi maduras, todo cuanto encontró.
Reforzado Soult más y más, determinó ponerse en movimiento la vuelta de Badajoz, y abrió su marcha el 12 de junio, juntándosele por entonces el general Drouet que se había encaminado con los restos del 9.º cuerpo por Ávila y Toledo sobre Córdoba, y de allí torciendo a su derecha había venido a dar a Belalcázar y al campo de los suyos en Extremadura. Incorporáronse estas fuerzas con el 5.º cuerpo, que empezó desde luego a gobernar dicho Drouet. Tenía por mira Soult libertar a Badajoz, pero no osando, aunque muy engrosado, ejecutarlo por sí solo, quiso aguardar a que se le acercase Marmont, en marcha ya para el Guadiana.
Apenas había tomado a su cargo este mariscal el ejército de Portugal, cuando le dio nueva forma, distribuyendo en seis divisiones sus tres anteriores cuerpos. Su conato, luego que abasteció a Ciudad Rodrigo, se dirigió principalmente, según las órdenes de Napoleón, a cooperar con Soult en Extremadura, habiendo acudido allí la mayor parte del ejército combinado. Cuatro divisiones del de Marmont partieron de Alba de Tormes el 3 de junio, y las otras dos habíanse todavía quedado hacia el Águeda, atento el mariscal francés a explorar los movimientos de Sir Brent Spencer, que mandaba, en ausencia de Wellington, las tropas del Coa. Pero habiendo hecho Marmont un reconocimiento el 6, y persuadido de que el general inglés no le incomodaría, y que solo seguiría paralelamente el movimiento de las tropas francesas, salió en persona para Extremadura, acompañado del resto de su fuerza, con dirección al puerto de Baños. Cruzó el Tajo en Almaraz, habiendo echado al intento un puente volante, y su ejército, puesto ya en la orilla izquierda, marchó en dos trozos, uno de ellos por Trujillo a Mérida, otro sesgueando a la izquierda sobre Medellín.
Cuando Wellington averiguó que Soult avanzaba, apostose en la Albuera para contenerle y empeñar batalla. Mas después, noticioso de que Marmont estaba ya próximo a juntarse al otro mariscal, con razón no quiso continuar en una posición en que tenía a la espalda a Badajoz y Guadiana, sobre todo debiendo habérselas con fuerzas tan considerables como las de los dos mariscales reunidos, y por tanto abandonó la Albuera, descercó a Badajoz, y repasando el Guadiana, se acogió el 17 a Elvas. Lo mismo hicieron los españoles vadeando el río por Jurumeña. Aproximáronse de consiguiente sin obstáculo Marmont y Soult, y se avistaron el 19 en el mismo Badajoz.
Había Sir Brent Spencer en el entre tanto marchado a lo largo de la raya de Portugal, pasado el Tajo en Vila Velha, y reunídose a Wellington en las alturas de Campomayor. Preparábase aquí el último a pelear extendiéndose su ejército por los bosques deleitosos de ambas orillas del Caya. Constaba en todo su fuerza de 60.000 hombres. Otros tantos tenían los enemigos, quienes haciendo el 22 reconocimientos por Elvas y Badajoz, se abstuvieron de comprometerse; no considerando fácil deshacer a los aliados situados ventajosamente.
De estos se había separado Blake el 18, seguido por el ejército expedicionario, la división de Ballesteros, la de Girón y caballería de Penne Villemur, no bien avenido con la supremacía de Wellington, por lo que se ofreció a hacer una correría al condado de Niebla. Dio el general en jefe su aprobación a la propuesta, y Blake, caminando por dentro de Portugal, repasó el Guadiana en Mértola el 23. En el tránsito padecieron nuestras tropas muchas escaseces a causa de las marchas rápidas que hicieron; y desmandáronse muy reprensiblemente los soldados de Ballesteros, molestando sobremanera y maltratando a los naturales.
Parecía que Blake llevaba la mira en su expedición de ponerse sobre Sevilla, casi abandonada en aquel tiempo, y no defendiéndola sino escasas tropas francesas y unos pocos jurados españoles, gente en la que no confiaba el extranjero. Para que no se malograra tal empresa, conveniente era marchar aceleradamente, pues de otro modo, volviendo Soult pie atrás, apresuraríase a ir en socorro de la ciudad. Pero Blake, sin motivo plausible, detúvose y resolvió antes apoderarse de Niebla, villa a la derecha del Tinto, rodeada de un muro viejo y de un castillo cuyas paredes, en especial las de la torre del homenaje, son de un espesor desusado. Cabecera de la comarca y en buen paraje para enseñorearla, habíanla los franceses fortalecido cuidadosamente, aprovechándose de sus antiguos reparos, entre los que se descubrieron [según nos ha dicho el mismo duque de Aremberg, principal promotor de aquellos trabajos] bastantes restos de la dominación romana. Mandaba ahora allí el coronel Fritzherds al frente de 600 suizos.
Encomendose el ataque a la división de Zayas, y tuvo comienzo en la noche del 30 de junio. Mas no había cañones de batir, y las escalas, aunque añadidas y empalmadas, resultaron cortas; con lo que se desistió del intento y, sin conseguir cosa alguna en Niebla, perdió Blake la ocasión de hacer una correría a Sevilla y sembrar entre los enemigos el desasosiego y la tribulación.
Tan solo produjo su movimiento el buen efecto de alejar parte de la fuerza enemiga de las cercanías de Badajoz; la cual viniendo sobre Blake al condado, le obligó a retirarse el 2 de julio, y repasar el Guadiana el 6 en Alcoutim, desde donde, meditando el general español otra empresa a levante, se dirigió a Villarreal de San Antonio y Ayamonte; reembarcándose el 10 con la fuerza expedicionaria y una parte de la división primitivamente al mando de Don Carlos de España. La de Ballesteros permaneció en el condado; y Don Pedro Agustín Girón con algunos infantes, y el conde de Penne Villemur asistido de la mayor parte de la caballería, se quedaron por las márgenes del Guadiana acercándose a Extremadura.
En este tiempo los calores fueron excesivos y abrasadores, atribuyéndolo algunos a la presencia de un cometa resplandeciente que se dejó ver en la parte boreal de nuestro hemisferio durante muchos meses, y tuvo suspensa la atención de la Europa entera. Percibíase en Cádiz por el día, y alumbraba de noche al modo de una luna la más clara, acompañado de larga y rozagante cabellera. Tales apariciones aterraban a los pueblos de la antigüedad, siendo pocos los astrónomos y contados los filósofos [*] (* Ap. n. 14-4.) que conociesen en aquella era la verdadera naturaleza de estos cuerpos. En los siglos modernos la antorcha de la ciencia, empuñada en este caso por el gran Newton y el ilustre Halley,[*] (* Ap. n. 14-5.) ha difundido gran luz sobre las leyes que dirigen los movimientos y revoluciones de los cometas, y disipado en parte los vanos temores de la crédula y tenebrosa ignorancia.
Según insinuamos la correría de Blake al condado, aunque malograda, desvió de la Extremadura una porción de las tropas francesas. Soult salió de Badajoz el 27 de junio, y tornó a Sevilla, dirigiendo una división, a las órdenes del general Conroux, por Fregenal la vuelta de Niebla. Al retirarse avitualló de nuevo la plaza de Badajoz, y voló los muros de Olivenza, recinto que los ingleses habían abandonado cuando se pusieron detrás del Guadiana. Quedó a la izquierda de estos el general Drouet con el 5.º cuerpo.
Guardó la derecha algunos días el mariscal Marmont, cuyas espaldas eran a menudo molestadas por partidarios españoles. Quien más inquietó al enemigo hacia aquella parte fue Don Pablo Morillo, a la cabeza de la 2.ª división del 5.º ejército, que en vez de maniobrar unido con el cuerpo principal campeó sola y destacada de acuerdo con el general en jefe. Sorprendió en junio Morillo en Belalcázar al coronel Normant, matole 48 hombres y le cogió 111. Lo mismo hizo en Talarrubias el 1.º de julio, tomando al comandante 4 oficiales y 149 soldados. Acosado entonces por tres columnas enemigas, sorteó sus movimientos con bien entendidas, aunque penosas marchas y contramarchas, por lo intrincado de la Sierra Morena. Envió salvos al tercer ejército los prisioneros, que cruzaron sin tropiezo todo el país ocupado por los franceses, y, defendiéndose contra los que le iban al alcance, revolvió en seguida contra otros que se alojaban en Villanueva del Duque: escarmentolos el 22, y combatiendo siempre, entró en Cáceres el 31 y se abrigó de los suyos después de una correría de dos meses, feliz y gloriosa.
Tales inquietudes y otras no menos continuas, así como lo devastado del país, dificultaban al mariscal Marmont las provisiones, teniéndole que venir convoyadas hasta de Madrid por fuertes escoltas, hostigadas siempre, a veces dispersas. Por tanto, fortificando los antiguos castillos de Medellín y Trujillo, apostó aquí la división del general Foy con gran parte de la caballería, y el 20 de julio, repasando el mismo mariscal el Tajo, se colocó en rededor de Almaraz y Plasencia.
Wellington también cruzó aquel río, vía de Castelo Branco, contramarchando al mismo son ambos ejércitos, y solo dejó al general Hill en Arronches y Estremoz para cubrir el Alentejo. Don Francisco Javier Castaños, con la fuerza entonces corta del 5.º ejército, se acuarteló en Valencia de Alcántara y sus cercanías, explorando la caballería bajo el mando de Penne Villemur las comarcas vecinas. Íbanse así tornando los respectivos ejércitos y cuerpos a los puntos desde donde habían partido, y de cuya inmediata y peculiar conservación estaban antes como encargados.
Y vemos que en estos seis o siete meses primeros del año de 1811 hubo desde Tarifa corriendo por el mediodía y ocaso hasta el Duero plazas perdidas y tomadas, batallas ganadas, fieros trances. Los aliados por una parte perdieron a Badajoz; pero por la otra recobraron a Almeida y libertaron el reino de Portugal, inclinándose de este modo a su favor la balanza de los sucesos. Cometiéronse faltas, y no solo las cometieron los españoles, cometiéronlas también ingleses y franceses, pudiéndose inferir de nuestra relación cuánto pende de la fortuna la fama de los generales más esclarecidos, absolviendo por lo común el mundo, si aquella es propicia, de enormes e indisculpables yerros.