Cerciorado que fue de ello, y después de escaramuzar las tropas ligeras de ambos ejércitos, se reconcentró Victor en los pinares de Chiclana, puso a su izquierda la división del general Ruffin, en el centro la de Leval, y a Villatte con la suya en la derecha; guarneciendo el último la tala y flechas que amparaban el siniestro costado de su propia línea enfrente de la Isla.
A este punto se dirigía la vanguardia española para atacar por la espalda los atrincheramientos y baterías enemigas que impedían la comunicación entre el ejército de dentro de la Isla y el expedicionario. Con la mira de estorbar semejante maniobra, habíase colocado el general Villatte delante del caño del Alcornocal y molino fortificado de Almansa, favorecido de un pinar espeso que ocultando parte de su tropa, dejaba solo al descubierto unos cuantos batallones apoyados en Torre Bermeja.
La vanguardia, bajo el mando de Lardizábal, atacó bravamente las fuerzas de Villatte: la pelea fue reñida, en un principio dudosa; pero decidiola en nuestro favor, conteniendo al enemigo y cargándole luego con ímpetu, el regimiento de Murcia, al mando de su coronel Don Juan María Muñoz, y tres batallones de Guardias españolas que, con el regimiento de África, llegaron en seguida y dieron al reencuentro feliz remate. Villatte, repelido así, pasó al otro lado del caño y molino de Almansa, quedando, de consiguiente, franca la comunicación con la Isla de León; aunque se retardó el paso por el tiempo que pidió la reparación del puente de Sancti Petri, poco antes cortado.
En el mismo instante, la Peña, que deseaba aprovechar la ventaja adquirida y continuar tras el enemigo por el espeso y dilatado bosque que va a Chiclana, llamó hacia allí lo más de su tropa, y dispuso que el general Graham, abandonando el cerro del Puerco, se acercase al campo de la Bermeja, distante tres cuartos de legua, y que cooperase a las maniobras de la vanguardia, dejando solo en dicho cerro para proteger aquel puesto la división de Don Antonio Begines, un batallón inglés a las órdenes del mayor Brown, y los de Ciudad Real y Guardias valonas, unidos antes a la reserva.
Victor, que vigilaba los movimientos de los aliados, luego que notó el de Graham, y que caminaba este por el pinar con dirección al campo de la Bermeja, apareció en el llano y, dirigiendo la división de Leval contra los ingleses que iban marchando, se adelantó él en persona con las fuerzas de Ruffin al cerro del Puerco por la ladera de la espalda, posesionándose de su cima, verdadera llave de toda la posición, y cortando así las comunicaciones entre la gente que había quedado apostada en Casas Viejas y las tropas que acababan los españoles de dejar en el citado cerro del Puerco, las cuales, precisadas a retirarse, se movieron hacia el grueso del ejército.
Mostrábase ahora a las claras que la intención del enemigo era arrinconar a los aliados contra el mar y envolverlos por todos lados. El general Graham, que lo había sospechado, confirmose en ello al verse acometido y al noticiarle el mayor Brown el movimiento y ataque que los franceses habían hecho sobre el cerro del Puerco. Para remediar el mal contramarchó rápidamente el general británico: hizo que 10 cañones a las órdenes del mayor Duncan rompiesen fuego abrasador contra el general Leval, a quien, en consecuencia de la evolución practicada, tenían los ingleses por su flanco izquierdo, y mandó al coronel Andrés Barnard empeñar la lid con los tiradores y compañías portuguesas. Formó además de los restantes cuerpos dos trozos: de estos, uno bajo el general Dilkes acometió a Ruffin, otro bajo el coronel Wheatley, a Leval. La artillería, mandada por Duncan, contuvo la división del último y causó en ella gran destrozo.
El mayor Brown se había aproximado, por orden de Graham, al cerro de que era ya dueño Ruffin, y antes que Dilkes llegara había tenido que aguantar vivísimo fuego. Juntos ambos jefes, arremetieron vigorosamente cuesta arriba para recobrar la posición defendida por los franceses con su acostumbrado valor. El combate fue porfiado y sangriento. Cayó herido mortalmente Ruffin, sin vida el general Chaudron-Roussau, y los ingleses al fin encaramándose a la cumbre, se enseñorearon del campo de los enemigos. Huyeron estos precipitadamente, y Graham contento con el triunfo alcanzado no los persiguió, fatigada su gente con las marchas de aquellos días. Al rematar la acción llegaron de refresco los de Ciudad Real y Guardias valonas, que antes estaban con él unidos perteneciendo a la reserva, los cuales sin orden de la Peña acudieron adonde se lidiaba movidos de hidalgo pundonor.
Las divisiones de Ruffin y Leval se retiraron concéntricamente: en vano quiso el mariscal Victor restablecer la refriega: el fuego sostenido y fulminante de los cañones de Duncan desbarató tal intento.
El combate solo duró hora y media; pero tan mortífero que los ingleses perdieron más de 1000 soldados y 50 oficiales: los franceses 2000 y 400 prisioneros, en cuyo número se contó al general Ruffin, tan mal herido que murió a bordo del buque que le transportaba a Inglaterra.
Los enemigos durante la pelea quisieron también extenderse por la playa al pie del cerro de la Cabeza del Puerco; mas se lo estorbaron las tropas de Begines y la caballería de Whittingham. Este no persiguió en la retirada cual pudiera a los franceses, que no tenían arriba de 250 jinetes. Solo los húsares británicos, que eran 180, se destacaron del cuerpo principal y, guiados por el coronel Federico Ponsonby, embistieron con los enemigos. Whittingham dio por disculpa para no seguir tan buen ejemplo el haber tomado por franceses a los españoles que habían quedado de observación en Casas Viejas, y que se acercaron al campo en el momento de concluirse la batalla.
No cesó en tanto el tiroteo entre la vanguardia del mando de Lardizábal y la división de Villatte, quien también quedó herido. Los españoles perdieron unos 300 hombres, no menos los contrarios.
La Peña no dio paso alguno para auxiliar al general Graham, ni se meneó de donde estaba, como si temiera alejarse de Sancti Petri, cuyo puente al cabo se reparó, pudiendo el general Zayas pasarle y colocarse cerca de las flechas y molino de Almansa. Excusó la Peña su inacción con haber ignorado la contramarcha de Graham, y con el poco tiempo que dio la corta duración de la pelea. Pero pareció a muchos que bastaba para aviso el ruido del cañón, y que ya que no hubiese el general español podido concurrir al primer momento del triunfo, por lo menos encaminándose al punto de la acción hubiera su asistencia servido a molestar y deshacer del todo al enemigo en la retirada.
Graham, ofendido de tal proceder, y disminuida su gente y fatigada, metiose el 6 en la Isla, rehusó cooperar activamente fuera de las líneas, y solo prometió favorecer desde ellas cualquiera tentativa de los españoles.
En aquellos días las fuerzas sutiles de estos, al mando de Don Cayetano Valdés, sostenidas por las de los ingleses, se habían desplegado en la parte interior de la bahía, amenazando el Trocadero y los otros puntos del mismo modo que el río de Sancti Petri y caños de la Isla. En la mañana del 6 se verificó un pequeño desembarco en la playa del puerto de Santa María, y en la noche anterior Don Ignacio Fonnegra habíase posesionado de Rota, y destruido las baterías y artillería enemiga.
Derrotado el mariscal Victor en el cerro de la Cabeza del Puerco, o sea torre de la Barrosa, tomó medidas de retirada, y envió a Jerez heridos y bagajes: llamó de Medina Sidonia la división mandada por Cassagne, la cual no había asistido a la batalla, y se reconcentró con lo principal de sus tropas en la vecindad de Puerto Real.
Por su parte la Peña no se atrevió a emprender solo cosa alguna, y entró en Sancti Petri el 7 con todo su ejército, excepto los patriotas de la sierra y la división de Begines, que quedaron fuera y ocuparon el 8 a Medina Sidonia, rechazando a 600 franceses que intentaron atacarlos.
Todas estas operaciones, y sobre todo la batalla del 5, excitaron quejas y recriminaciones sin fin. Mirose como fuente y causa principal de ellas la irresolución y desconfianza que de sí propio tenía la Peña. Graham, aunque con razón ofendido de varias acusaciones que se le hicieron, llevó muy allá el resentimiento y enojo.
En las cortes se promovieron acerca del asunto largos debates. Muchos querían que en todos los casos de acciones o sucesos desgraciados, se formase causa al general en jefe: opinión sobrado lata, pues las armas tienen sus días y los mayores capitanes han perdido batallas y equivocádose a veces en sus maniobras. Por lo mismo limitáronse las cortes a decidir que la regencia investigase con todo el rigor de las leyes militares lo ocurrido en tan notable suceso, quedándole expeditas sus facultades para obrar conforme creyera conveniente al bien y utilidad del estado.
Nombró al efecto la regencia una junta de generales, la cual informó meses después no resultar hecho alguno por el que se pudiese proceder contra Don Manuel de la Peña. En virtud de esta declaración cierto era que no debía la regencia poner en juicio a aquel general, pero tampoco había motivo para premiarle, como lo hizo más adelante, condecorándole con la gran cruz de Carlos III y con la manifestación de que así él como los demás generales y tropa se habían portado dignamente.
Las cortes anduvieron por entonces más cuerdas, dando gracias a los aliados y declarando que estaban satisfechas de la conducta militar de la oficialidad y tropa del 4.º ejército. De este modo no mentaron en su declaración al general en jefe, e hicieron justicia a las tropas y a los oficiales que se condujeron en los lances en que se empeñaron con valor y buena disciplina. Posteriormente instadas las cortes por empeños, y apoyándose en los dictámenes que dieron varios generales, manifestaron también quedar satisfechas de la conducta de D. Manuel de la Peña en la expedición de la Barrosa. Resolución que con razón desaprobaron muchos.
En sesión secreta agraciaron las mismas al general Graham con la grandeza de España, bajo el título de duque del Cerro de la Cabeza del Puerco. Al principio pareció aceptar dicho general la merced que se le otorgaba, pues confidencialmente su ayudante y particular amigo Lord Stanhope así lo indicó, mostrando solo el deseo de que se variase la denominación, teniendo en inglés la palabra Pig peor sonido que la correspondiente en español. Convínose en ello; mas luego no admitió Graham, ya fuese resentimiento del proceder de la regencia, o ya, más bien, según creyeron otros, temor de lastimar a Lord Wellington todavía no elevado a tan encumbrada dignidad.
Después de lo acaecido, imposible era continuasen mandando en la Isla el general Graham y Don Manuel de la Peña. Explicaciones, réplicas, escritos se multiplicaron por ambas partes, y llegaron a punto de provocar un duelo entre Don Luis de Lacy, jefe del estado mayor del ejército expedicionario, y el general inglés: felizmente se arregló la pendencia sin lidiar. Sucedió en breve al último en su cargo el general Cook, y a la Peña, contra quien se desenfrenó la opinión, el marqués de Coupigny, que vimos en Bailén y Cataluña.
El mariscal Victor, pasado el primer susto, y viendo que nadie le seguía ni molestaba, volvió el 8 tranquilamente a Chiclana, y ocupó de nuevo y reforzó todos los puntos de su línea.
A poco empezaron los sitiadores a arrojar proyectiles que alcanzaron a Cádiz. Ya habían hecho ensayos en los días 15, 19 y 20 de diciembre anterior desde la batería de la Cabezuela junto al Trocadero, y conseguido que cayesen algunas bombas en la plaza de San Juan de Dios y sus alrededores, esto es, en la parte más próxima a los fuegos enemigos. No reventaban sino las menos, y de consiguiente fue casi nulo su efecto, pues para que llegasen a tan larga distancia [3000 toesas], era menester macizarlas con plomo, y dejar solo un huequecillo en que cupiesen unas pocas onzas de pólvora. Estos proyectiles lanzábanlos unos morteros que llamaban a la Villantroys, del nombre de un antiguo ingeniero francés que los descubrió, mas el modelo de las bombas le hallaron los franceses en el arsenal de Sevilla, invento antiguo de un español, que ahora parece perfeccionó un oficial de artillería, también español, en servicio de los enemigos, cuyo nombre no estampamos aquí en la duda de si fue o no cierta acusación tan fea. Los franceses tuvieron al principio un corto número de morteros de esta clase, descomponiéndoseles a cada paso por la mucha carga que se les echaba. Aumentáronlos en lo sucesivo y aun los mejoraron, según en su lugar veremos.
Murmurándose mucho en Cádiz acerca de la expedición de la Peña, el consejo de regencia, para apaciguar los clamores y distraer al enemigo del sitio de Badajoz, cuya caída aún se ignoraba, ideó otra expedición al condado de Niebla, de 5000 infantes y 250 caballos, a las órdenes de Don José de Zayas, que debía obrar de acuerdo con Don Francisco Ballesteros.
Dio la vela de Cádiz aquel general el 18 de marzo, y desembarcado el 19 en las inmediaciones de Huelva, echó a los franceses de Moguer y trató de ir tierra adentro. Mas antes de verificarlo, reforzados los enemigos con tropa suya de Extremadura, y no unidos todavía Zayas y Ballesteros, tuvo el primero que reembarcarse el 23, previniéndole sus instrucciones que no emprendiese nada sin tener certidumbre de buen éxito, y se colocó en la isla de la Cascajera, al embocadero del Tinto. Los caballos hubo que abandonarlos, apretando de cerca el enemigo, y solo las sillas y arreos junto con los jinetes fueron transportados a la mencionada isla, y es digno de notar que varios de aquellos animales entregados a su generoso instinto cruzaron a nado el brazo de mar que los separaba de sus dueños.
Acampado Zayas en la Cascajera quiso ponerse de acuerdo con Ballesteros, quien celoso e indisciplinado daba buenas palabras, mas casi nunca las cumplía, y en el caso actual trató además de sobornar a los soldados de la expedición para engrosar sus propias filas. Zayas no obstante permaneció allí algunos días, y aun divirtió al enemigo en favor de Ballesteros, señaladamente el 29 de marzo que enviando gente sobre la torre de la Arenilla, sorprendió a los franceses de Moguer, les hizo perder 100 hombres, y aun recobró algunos de los caballos que habían quedado en tierra recogidos por los paisanos.
Al fin Zayas, sin alcanzar otro fruto que este y el de haber de nuevo inquietado a los enemigos, tornó a Cádiz el 31, habiendo los barcos de la expedición corrido riesgo de perecer en un temporal que sobrevino en aquella costa durante la noche del 27 al 28.
En Cádiz se mostró tan furioso que no quedaba memoria de otro igual, soplando un levante más bravo que el del año de 1810, de que en su lugar hablamos. Por fortuna, no se perdieron ahora buques de guerra, pero sí infinidad de mercantes, desamarrándose y chocando unos contra otros o encallando en la costa. Más de 300 personas se ahogaron y, como ocurrió de noche, la oscuridad y violencia del viento dificultó los auxilios. Los marinos, en particular los ingleses, dieron pruebas relevantes de intrepidez, pericia y humanidad, por la diligencia que pusieron en socorrer a los náufragos. Entonces se volvió a abrir la llaga aún reciente de la expedición de la Isla, y a clamar contra Peña, pues no cabía duda de que si se hubiera levantado el sitio de Cádiz, fondeados los barcos en parajes de mayor abrigo, no se hubieran experimentado tantas desdichas.
Emprendía el mariscal Massena su completa retirada, mientras que ocurrieron en el mediodía de España los sucesos relatados. Firme en las estancias de Santarén en tanto que su ejército pudo subsistir en ellas y procurarse bastimentos, resolvió desampararlas luego que vio apurados sus recursos y que menguaba cada vez más el número de su gente, al paso que crecía el de los ingleses y sus medios. Empezó el mariscal francés su movimiento retrógrado en la noche del 5 al 6 de marzo, y empezole como gran capitán. Rodeábanle dificultades sin cuento, y para vencerlas necesitaba valerse de la movilidad de sus tropas en que tanta ventaja llevaban a las de los ingleses. El camino que hizo resolución de tomar fue hacia el Mondego, de arduo comienzo, pues exigía maniobras por el costado. Envió delante, y con anticipación al día 5, lo pesado y embarazoso, y ordenó al mariscal Ney que evolucionase sobre Leiría como si quisiese dirigir sus pasos a Torres Vedras. Entonces y en la citada noche del 5 al 6, alzando Massena el campo reconcentró el 9 en Pombal, por medio de marchas rápidas, todo su ejército, excepto el segundo cuerpo al mando de Reynier, y la división de Loison, que quemó las barcas de Punhete, tomando ambos generales la ruta de Espinhal y cubriendo así el flanco de la línea principal de retirada.
Echó Lord Wellington tras el enemigo, aunque con cautela, receloso siempre de descubrir las líneas. Y por eso y haberle también Massena ganado por la mano desapareciendo disimuladamente, no pudo aquel reunir hasta el 11 tropas bastantes para operar activamente. No le aguardó el mariscal francés, pues por la noche continuó su marcha, amparada del 6.º cuerpo y de la caballería del general Montbrun, que se situaron a la entrada de un desfiladero que corre entre Pombal y Redinha. Desalojáronlos de allí los ingleses, y Massena parose el 13 en Condeixa. Era su intento caminar por Coimbra, y detenerse en las fuertes posiciones de la derecha del Mondego. Pero los portugueses, dirigidos por el coronel Trant, habían roto los puentes y preparado aquella ciudad para una viva defensa, recogiéndose también dentro los habitantes de la orilla izquierda, que la dejaron convertida en desierto. Adelantose sobre Coimbra el general Montbrun, y el 12 hizo ya algunas tentativas de ataque y arrojó granadas. En vano intimó la rendición, y desengañado de poder entrar la ciudad de rebate, advirtió de ello al general en jefe, creído además en que habían llegado refuerzos por mar desde Lisboa al Mondego.
No pudiendo Massena detenerse a forzar el paso del río, acosado de cerca hallábase muy comprometido, no quedándole otra ruta sino la dificilísima de Ponte da Murcella por Miranda do Corvo. Vislumbró Wellington que a su contrario le estaba cerrado el camino de Coimbra, porque sus bagajes tiraban hacia Ponte da Murcella. En esta atención, hizo el general inglés marchar por su derecha, atravesando las montañas, una división bajo las órdenes de Picton, movimiento de sesgo que forzó a los franceses a desamparar a Condeixa y echarse una legua atrás situándose en Casal Novo. Wellington entonces abrió inmediatamente su comunicación con la ciudad de Coimbra, y trató de arrojar a los franceses de su nueva posición.
Siendo esta muy respetable por el frente, maniobró el inglés hacia los costados. Envió por el derecho al general Cole, que después debía dirigirse al Alentejo, y encargole asegurar el paso del río Deuza y la ruta de Espinhal, en cuyas cercanías estaba ya desde el 10 el general Nightingale en observación de Reynier y Loison, los cuales, según dijimos, habían por allí seguido la retirada. Wellington además envió del mismo lado, pero ciñendo al enemigo, al general Picton, y destacó por el costado izquierdo al general Erskine y la brigada portuguesa de Pack, al tiempo mismo que ordenó a las tropas ligeras que escaramuzasen por el frente, apoyadas en la división de Campbell. Quedó de reserva el resto del ejército anglo-portugués.
Parte del de los franceses se había replegado ya, posesionándose del formidable paso de Miranda do Corvo y márgenes del río Deuza. Aquí se juntó también a los suyos el general Montbrun, que avanzado a Coimbra se vio muy expuesto a que le envolviesen los ingleses cuando Massena desamparó a Condeixa. Los cuerpos 6.º y 8.º, que se mantenían en Casal Novo, abandonaron la posición en virtud de las maniobras del inglés por el flanco, y se incorporaron al mariscal en jefe, alojado en Miranda.
En el entretanto, uniose en la tarde del 14 a Nightingale el general Cole, y dueños los ingleses de Espinhal, pasado el Deuza podían forzar, abrazándola, la nueva posición que ocupaban los franceses en Miranda do Corvo, motivo por el que los últimos la evacuaron en aquella misma noche y tomaron otra no menos respetable sobre el río Ceiras, dejando un cuerpo de vanguardia enfrente de la Foz de Arouce. El 15 se trabó en este punto un porfiado combate que duró hasta después de anochecido: con la oscuridad y el tropel hubo de los franceses muchos que se ahogaron al paso del Ceiras. No obstante Ney, que siempre cubría la retirada, consiguió salvar los heridos, y los carros y bagajes que aún conservaban, estableciéndose sin tropiezo el general Massena detrás del Alva. Dio Wellington descanso a sus tropas el 16, y situó el 17 sus puestos sobre la sierra de Murcella.
Puede decirse que se terminó aquí la primera parte de la retirada de los franceses comenzada desde Santarén. En toda ella marcharon los enemigos formados en masa sólida, cubiertos por uno o dos cuerpos de su ejército que sacaron ventaja del terreno quebrado y áspero con que encontraban. Massena desplegó en la retirada profundos conocimientos del arte de la guerra, y Ney a retaguardia brilló siempre por su intrepidez y maestría.
Pero los destrozos que causaron sus huestes exceden a todo lo que puede delinear la pluma. Ya en las primeras estancias, ya en las de Santarén, ya en el camino que de vuelta recorrieron, no se ofrecía a la vista otra imagen sino la de la muerte y desolación. Los frutos en el otoño no fueron levantados ni recogidos, y de ellos los que no consumió el hambriento soldado, podridos en los árboles o caídos por el suelo, sirvieron de pasto a bandadas de pájaros y a enjambre de inmundos insectos que acudieron atraídos de tan sabroso y abundante cebo. La miseria del ejército francés llegó a su colmo: cada hombre, cada cuerpo robaba y pillaba por su cuenta, y formose una gavilla de merodeadores que se apellidaron a sí mismos décimo cuerpo de operaciones; dispersarlos costó mucho al mariscal Massena. Pero no eran estos, según acabamos de decir, los solos que causaban daño; la penuria siendo aguda para todos, todos participaron de la indisciplina y la licencia, acordándose únicamente de que eran franceses cuando se trataba de lidiar y combatir al inglés. Algunos habitantes que se quedaron en sus casas o tornaron a ellas confiados en halagüeñas promesas, martirizados a cada instante, unos perecieron del mal trato o desfallecidos, otros prefirieron acogerse a los montes y vivir entre las fieras, antes que al lado de seres más feroces que no aquellas, aunque humanos. Hubo mansión en cuyo corto espacio se descubrieron muertos hasta 30 niños y mujeres. Los lobos agolpábanse en manadas, adonde como apriscados, de montón y sin guarda yacían a centenares cadáveres de racionales y de brutos. Apurados los franceses y caminando de priesa, tenían con frecuencia que destruir sus propias acémilas y equipajes. En una sola ocasión toparon los ingleses con 500 burros desjarretados, en lánguida y dolorosa agonía, crueldad mayor mil veces que la de matarlos. Las villas de Torres Novas, Tomar y Pernes, morada muchos meses de los jefes superiores, no por eso fueron más respetadas: ardieron en parte y, al retirarse, entregáronlas los enemigos al saco. También quemó el francés a Leiría, y el palacio del obispo fue abrasado por orden de Drouet; y por otra especial del cuartel general cupo igual suerte al famoso monasterio cisterciense de Alcobaça, enterramiento de algunos reyes de Portugal, señaladamente de Don Pedro I y de su esposa Doña Inés de Castro, cuyos sepulcros fueron profanados en busca de imaginados tesoros, y las reliquias esparcidas al viento; y cuéntase que aún se conservaba entero el cuerpo de Inés, desventurada beldad, que al cabo de siglos ni en la huesa pudo lograr reposo. En seguida todos los pueblos del tránsito se vieron destruidos o abrasados: el rastro del asolamiento indicaba la ruta del invasor, tan insano como si empuñara la espada del vándalo o del huno. (* Ap. n. 14-1.) Y como estos, por donde pasó corrasit toda la tierra, para valernos [*] de una palabra significativa de que usó en semejable ocasión un escritor de la baja latinidad. Una vez suelto el soldado, sea o no de nación culta, guíale montaraz instinto: aniquila, tala, arrasa sin necesidad ni objeto, mas por desgracia, según decía Federico II, «esa es la guerra.»
No faltó quien censurase en Lord Wellington el no haber a lo menos en parte estorbado tales lástimas, creyendo que mientras permanecieron ambos ejércitos en las líneas y en Santarén, amagado el enemigo con movimientos ofensivos, se hubiera visto en la necesidad de reconcentrarse, no siendo árbitro de llevar hasta 20 y 30 leguas, como solía, el azote de la destrucción. Otros han motejado que después, en la retirada, no se hubiese el general inglés aprovechado bastantemente de las ventajas que le daba el número y buen estado de sus fuerzas, superiores en todo a las del enemigo, las cuales, menguadas, con muchos enfermos y decaídas de ánimo, no tenían otros víveres que los que llevaba cada soldado en su mochila o los escasos que podía hallar en país tan devastado. Los desfiladeros y tropiezos naturales, añadían los mismos críticos, que embarazaban y retardaban la marcha de los franceses, especialmente en Redinha, Condeixa, Casal Novo y Miranda do Corvo, facilitaban atacar a los contrarios y vencerlos, y quizá se hubiera entonces anonadado sin gran riesgo un ejército que, dos meses adelante, ya rehecho, peleó con esfuerzo y a punto de equilibrar la victoria. Estribaban tales reflexiones en fundamentos no destituidos de solidez.
Prosigamos nuestra narración. Lord Wellington a su llegada a Condeixa, luego que vio asegurado a Coimbra y que los franceses se retiraban precipitadamente, había vuelto los ojos a la Extremadura española, y el 13 de marzo resolvió destacar, a las órdenes del mariscal Beresford, una brigada de caballería, artillería correspondiente, dos divisiones inglesas de infantería y una portuguesa de la misma arma con dirección a aquellas partes. Dícese si Wellington había pensado ejecutar antes esta maniobra, y que le había detenido la dispersión de Mendizábal, acaecida en 19 de febrero. Dudamos que así fuese. El verdadero motivo de la dilación consistió en que Wellington no quería desasirse de fuerza alguna hasta que le llegasen de Inglaterra las nuevas tropas que aguardaba. Contaba con ellas para fines de enero, y manteniendo esta esperanza había indicado que socorrería la Extremadura en febrero. Frustrose aquella y suspendió la ejecución de su plan, achacando la mudanza los que ignoraban la causa al descalabro padecido y no al retardo de los refuerzos, que no aportaron a Lisboa sino al principiar marzo. Llegados que fueron, uniéronse en breve al ejército, y Lord Wellington, cierto ya de la marcha decidida y retrógrada de los franceses, juzgó que sin riesgo podía desprenderse de la expresada fuerza y contribuir con su presencia en Extremadura a operaciones más extensas y de combinación más complicada.
Por consiguiente, en la sierra de Murcella, donde le dejamos el 17, estaba ya privado de aquellas tropas, si bien por otra parte engrosado con las de refresco llegadas de Inglaterra, y que ascendían a cerca de 10.000 hombres.
Massena, asentado a la derecha del Alva, destruyó los puentes pero no quedó en aquella orilla largo tiempo, porque continuando Wellington, según su costumbre, los movimientos por el flanco, obligó al mariscal francés a reunir el 18 casi todo su ejército en la sierra de Moita, que también evacuó este en la misma noche. Desde allí no se detuvo ya Massena hasta Celórico, por cuyo camino recto iba lo principal de su ejército, yendo solo el 2.º cuerpo la vuelta de Gouveia para cruzar la sierra y pasar a Guarda.
Cogieron los ingleses, el 19, bastantes prisioneros, sobre todo de los jinetes que se habían desviado a forrajear, y persiguieron a Massena con la caballería y división ligera al mando del general Erskine, que favorecían fuerzas enviadas a la derecha del Mondego y las milicias portuguesas, que no cesaron de inquietar al francés por aquel lado. Hizo alto el resto del ejército para descansar de nuevo y aguardar que le llegasen víveres del Tajo, pues el país vecino de poco o nada proveía. El grueso de las tropas francesas, en vez de seguir de Celórico a Pinhel, temeroso de hallar ocupados aquellos desfiladeros, varió de ruta, y el 23 continuó la retirada yendo hacia Guarda. Aquel día fue cuando el mariscal Ney se separó de su ejército y partió para España, mal avenido con Massena.
Los aliados al fin aparecieron reunidos el 26 en Celórico y sus inmediaciones, con intento de desalojar al enemigo de una posición respetable que ocupaba sobre la ciudad de Guarda, y el 29 se movieron resueltos a atacarla. Pero los franceses, recogiéndose a Sabugal del Coa, mantuvieron en la orilla derecha nuevas estancias.
Colocose Wellington en la margen opuesta, tratando el 3 de abril de cruzar el río. Para ello echó las milicias portuguesas, a las órdenes de los jefes Trant y Juan Wilson, por más abajo de Almeida, con trazas de querer cruzar por allí el Coa, al paso que intentaba verificarlo por el otro extremo, del lado de Sabugal, en donde permanecía el 2.º cuerpo francés. Hubo aquí dicho día un recio combate, dudoso algún tiempo, en el que los ingleses experimentaron bastante pérdida, pero logrando a lo último que los enemigos abandonasen sus puestos.
Pasó el 5 Massena la frontera de Portugal y pisó tierra de España después de muchos meses de ausencia, y de una campaña desgraciada, si bien gloriosa con relación al talento y pericia militar que desplegó en ella. Pudiera tachársele de haber consentido desórdenes y de no haberse retirado a tiempo, mas lo primero se debió a la escasez del país y a la penuria y afán que traen consigo las guerras nacionales, y lo segundo a la voluntad del emperador, sordo a todo lo que fuese recejar en una empresa.
Wellington, permaneciendo en los confines de Portugal, colocó lo principal de su ejército en ambas orillas del Coa, embistió a Almeida, y puso una división ligera en Gallegos y Espeja.
Remató así la expedición de Massena en que vino a eclipsarse la estrella de aquel mariscal, conocido antes bajo el nombre de «hijo mimado de la victoria.» Contada la gente con que entró en Portugal y los refuerzos que llegaron después, puede asegurarse que ascendieron a 80.000 hombres los empleados en aquella campaña. Solos 45.000 salieron salvos, los demás perecieron de hambre, de enfermedad o a manos de sus contrarios. Y sin la extremada prudencia de Lord Wellington, y la destreza y celeridad del mariscal francés, quizá ninguno hollara de nuevo los linderos de España.
Entonces el general británico, persuadido de que Massena no intentaría por de pronto empresa alguna, pensó concordar mejor las operaciones de Extremadura con las del Coa, y dejando el mando interino del ejército aliado a Sir Brent Spencer, se encaminó en persona hacia el Alentejo.
Las instrucciones que había dado a Beresford se dirigían
principalmente a que este general socorriese a Campomayor, cuya toma
se ignoraba entonces en los reales ingleses, y a que recobrase las
plazas de Olivenza y Badajoz. La primera la habían ocupado ya los
franceses, según hemos visto, el 22 de marzo, y Beresford, cruzando
el Tajo el 17 en Tancos y siguiendo por Crato y Portalegre, no dio
vista a Campomayor hasta el 25, Evacúan
los
franceses
a Campomayor. en cuyo día evacuaron los enemigos
el recinto, del que se posesionaron los aliados sin resistencia alguna.
Beresford persiguió a los franceses en su retirada embarazados con un
gran convoy que escoltaban tres batallones de infantería y 900 caballos
a las órdenes del general Latour-Maubourg. Los aliados, atacándole,
le desconcertaron, mas el ardor de los jinetes anglo-portugueses,
llevándolos hasta Badajoz, les hizo experimentar cerca de los muros una
pérdida considerable.
Debía Beresford en seguida echar un puente de barcas sobre el Guadiana, y pasar este río por Jurumeña. Y cierto que, a usar entonces de presteza, quizá de rebato hubieran recobrado a Olivenza y Badajoz, escasas de víveres, abiertas todavía las brechas, y desprevenidos los franceses para un suceso repentino como la llegada de una fuerza inglesa tan respetable. Pero Beresford anduvo esta vez algo remiso. Imprevistos obstáculos contribuyeron también a impedir la celeridad de los movimientos. La tropa con las continuas marchas estaba fatigada, y carecía de varios pertrechos esenciales. Necesitábase además construir el puente y no abundaban en Elvas los materiales, y cuando el 3 de abril estaba concluida ya la obra, una creciente sobrevenida en la noche inutilizó el puente, teniendo después que cruzar el río en balsas, penosa faena empezada el 5 y no concluida hasta bien entrado el día 8.
Por el mismo tiempo, Don Francisco Javier Castaños se había encargado del mando del 5.º ejército, sucediendo a Romana que, mientras vivió, le tuvo en propiedad, y al interino Mendizábal desgraciado momentáneamente de resultas de la aciaga jornada del 19 de febrero. Castaños había ocupado a Alburquerque y Valencia de Alcántara, plazas igualmente desamparadas por los franceses, y distribuido las reliquias de su ejército en dos trozos bajo las órdenes de Don Pablo Morillo y Don Carlos España, poniendo la caballería al cargo del conde Penne Villemur. Evolucionó en seguida hacia la derecha del Guadiana en tanto que lo permitieron sus cortas fuerzas, y procuró granjearse la voluntad del general inglés, estableciendo entre ambos buena y amistosa correspondencia.
Los franceses, volviendo en breve del sobresalto que les causó el aparecimiento de Beresford, repararon con gran diligencia las plazas, las avituallaron y pusiéronlas a cubierto de una sorpresa, capitaneando interinamente el 5.º cuerpo el general Latour-Maubourg en lugar del mariscal Mortier, de regreso a Francia.
Beresford, después de pasar el Guadiana, intimó el 9 de abril la rendición a Olivenza. No habiendo el gobernador cedido a la propuesta, hubo que traer de Elvas cañones de grueso calibre, y sitiar en regla la plaza, quedando el general Cole encargado de proseguir el asedio, mientras que Beresford se apostó en la Albuera para cortar con Badajoz las comunicaciones del ejército enemigo, replegado en Llerena. Castaños, por la derecha del Guadiana, continuó favoreciendo las operaciones de los aliados con tropas destacadas hasta Almendralejo, y lo mismo Ballesteros del lado de Fregenal.
Abierta brecha, se rindió el 15 la plaza de Olivenza a merced del vencedor, y se cogieron prisioneros 370 hombres que la guarnecían. Luego construido ya en Jurumeña un puente de barcas, el ejército inglés reconcentró en Santa Marta y pasó en seguida a Zafra, resguardada siempre su izquierda por Castaños cuya caballería, a las órdenes del conde de Penne Villemur, avanzó a Llerena, retrocediendo el 18 Latour-Maubourg a Guadalcanal.
En aquellos días llegó asimismo a Elvas Lord Wellington, y el 22 hizo sobre Badajoz un reconocimiento. Era su anhelo recuperar la plaza en el término de dieciséis días, espacio de tiempo que, según su cálculo, tardaría Soult en venir a socorrerla. Y en consecuencia, presentándole el comandante de ingenieros inglés el plan de acometer el fuerte de San Cristóbal, como único medio de alcanzar el objeto deseado, aprobó Wellington la propuesta. Pero como exigiese su presencia lo que se aparejaba en el Coa, tornó a sus cuarteles y dejó encomendado a Beresford el acometimiento de Badajoz.
Al caer Wellington a Extremadura esperaba también obtener del gobierno español una señalada prueba de particular confianza. En marzo, el ministro inglés Sir Enrique Wellesley había pedido que se diese a su hermano el mando militar de las provincias aledañas de Portugal, para emplear así con utilidad los recursos que presentaban y combinar acertadamente las operaciones de la guerra. Súpole mal a la regencia tan inesperada solicitud; Niégaseles. mas deseosa de dar a su dictamen mayor fuerza, trató de sustentarlo con el de las cortes. Al efecto, en los primeros días de abril, pasó en cuerpo una noche con gran solemnidad al seno de aquellas, habiendo de antemano pedido que se celebrase una sesión extraordinaria. Indicaba asunto de importancia tan desusado modo de proceder, porque nunca se correspondían entre sí las cortes y la potestad ejecutiva, sino por medio de oficios o de los secretarios del despacho. Entró, pues, en el salón la regencia, y refiriendo de palabra el señor Blake la pretensión de los ingleses, expuso varias razones para no acceder a ella, conceptuándola contraria a la independencia y honor nacional, y añadiendo que antes dejaría su puesto que consentir en tamaña humillación. Entonces los otros dos regentes, los señores Agar y Císcar, poniéndose en pie, repitieron las mismas expresiones con tono firme y entero. Las cortes, conmovidas, como lo serán siempre en un primer arrebato los grandes cuerpos populares al oír sentimientos nobles y elevados, aplaudieron la resolución de la regencia, y diéronle entera aprobación. Desmaño fue en los ingleses entablar pretensión semejante poco después de lo ocurrido en la Barrosa, suceso que había agriado muchos ánimos, y después igualmente de no haber socorrido a Badajoz, contra cuya omisión clamaron hasta sus más parciales. En los regentes, si bien nacía tanto interés y calor de patriotismo el más acendrado, no dejaron también de tener parte en ello otras causas; pues, a la verdad, ya que fuese justo, como pensamos, desechar la solicitud, debiera al menos no haber aparecido la repulsa empeño apasionado. Pero los tres regentes, varones entendidos y purísimos, adolecieron en esta ocasión de humana fragilidad. Blake, irlandés de origen, y marinos Agar y Císcar, resintiéronse el uno de las preocupaciones de familia, los otros dos de las de la profesión.
Estuvo Wellington de vuelta en sus reales, ahora colocados en Vilar Formoso, el 28 de abril. Tiempo era que llegase. Massena, al entrar en España, había dado descanso por algunos días a su ejército y acantonádole en las cercanías de Salamanca, con destacamentos hasta Zamora y Toro. Dejó solo una división del 6.º cuerpo cerca de los muros de Ciudad Rodrigo, y el 9.º en San Felices, en observación del ejército aliado. Cuidó también, desde luego, de acopiar víveres para abastecer a Almeida, escasa de ellos y estrechamente bloqueada por los ingleses.
Preparado ya un convoy en los campos fértiles de Castilla, y repuesto algún tanto el ejército francés, decidió Massena socorrer aquella plaza, y el 23 de abril dio indicio de moverse. Tenía consigo el 2.º, 6.º y 8.º cuerpos, una parte del 9.º agregose a estos, y disponíase la otra a marchar a Extremadura bajo las órdenes de su jefe el general Drouet, quien debía encargarse en dicha provincia del mando del 5.º cuerpo; pero la última fuerza no habiendo todavía partido a su destino, asistió también a las operaciones que emprendió Massena en los primeros días de mayo. Muchos soldados de todos estos cuerpos quedaron en los acantonamientos, imposibilitados para el servicio activo, y llenaron sus huecos hasta cierto punto tropas apostadas en Castilla, entre las que se distinguía un hermoso cuerpo de artillería y caballería de la guardia imperial, fuerza que cedió a Massena el mariscal Bessières, a la cabeza ahora de lo que se llamaba ejército del norte, y oprimía a Castilla la Vieja y las provincias vascongadas. El total de hombres que de nuevo salía a campaña con Massena ascendía a cerca de 40.000 infantes, y a más de 5000 caballos, todos ágiles, bien dispuestos, y olvidados ya de sus recientes y penosos trabajos.
A poco de unirse Wellington a su ejército, recogiole y situose entre el río Dos Casas y el Turones, extendiendo su gente por un espacio de cerca de dos leguas. La izquierda, compuesta de la 5.ª división, la colocó junto al Fuerte de la Concepción; el centro, que guarnecía la 6.ª, mirando al pueblo de Alameda, y la derecha en Fuentes de Oñoro, en donde se alojaron la 1.ª, 3.ª y 7.ª división. Por el mismo lado se encontraba la caballería, y a cierta distancia, en Nave de Haver, Don Julián Sánchez con su cuerpo franco. La brigada portuguesa al mando de Pack y un regimiento inglés bloqueaban a Almeida. Wellington presentaba en batalla de 32 a 34.000 peones, 1500 jinetes y 43 cañones, inferior por consiguiente en fuerza a Massena, sobre todo en caballería.
No obstante eso y su acostumbrada prudencia, resolvió el general inglés arrostrar el peligro y trabar acción. Tanto le iba en impedir el socorro de Almeida. El 2 de mayo, todo el ejército francés empezó a moverse, y cruzó el Azaba, antes hinchado, retirándose las tropas ligeras inglesas apostadas en Gallegos y Espeja. El Dos Casas corre acanalado, y no es su ribera de fácil acceso. El pueblo de Fuentes de Oñoro está asentado en la hondonada a la izquierda del río, excepto una ermita y contadas casas que aparecen en una eminencia roqueña y escarpada. Los franceses, el 3, atacaron con impetuosidad dicho pueblo, y aun se apoderaron después de una lid porfiada de la parte baja, de donde a su vez los desalojaron los ingleses, forzándolos a repasar el río, o más bien riachuelo, de Dos Casas. En lo demás de la línea se escaramuzó reciamente, por lo que las tropas ligeras inglesas que se habían acogido a Fuentes de Oñoro, enviolas Wellington a reforzar el centro.
Todavía no estaba el 3 en su campo el mariscal Massena. Llegó el 4, y en su compañía Bessières que regía los de la guardia imperial. Wellington, según lo ocurrido el 3 y otras maniobras del enemigo, sospechó que este, para enseñorearse del sitio elevado que ocupaban en Fuentes de Oñoro las tropas inglesas, cruzaría el Dos Casas en Poço Velho, y procuraría ganar una altura hacia Nave de Haver, la cual domina toda la comarca: por tanto con la mira Wellington de evitar tal contratiempo movió por su derecha la 7.ª división que se puso así en contacto con Don Julián Sánchez, prolongándose desde entonces media legua más la línea de los aliados, aunque, (* Ap. n. 14-2.) conforme a la máxima ya de nuestro gran capitán [*] Gonzalo de Córdoba; «no hay cosa tan peligrosa como extender mucho la frente de la batalla.»
En la mañana del 5 se presentó en efecto el tercer cuerpo francés y toda la caballería del lado opuesto de Poço Velho, y el 6.º, a las órdenes ahora de Loison, con lo que quedaba del 9.º, se meneó por su izquierda. Sin tardanza reforzó Wellington la 7.ª división, del mando de Houston, con las tropas ligeras a la orden de Craufurd, las cuales habían vuelto del centro con la caballería gobernada por Sir Stapleton Cotton. Hizo también que la 1.ª y 3.ª división se corriesen a la derecha, siguiendo las alturas paralelas al Turones y Dos Casas, en correspondencia a la maniobra ejecutada en la parte frontera por el 6.º y 9.º cuerpo de los franceses.
Embistió luego el enemigo por Poço Velho, y arrojó de allí un trozo de la 7.ª división inglesa: fuese apoderando sucesivamente de un bosque vecino, y entre la espesura de este y Nave de Haver formó en un llano la caballería de Montbrun. Don Julián Sánchez, si bien con flacos medios, entretuvo a los jinetes enemigos, no cruzando el Turones hasta cosa de una hora después, y cedió entonces, no solo por la superioridad de la fuerza que le cargaba, sino también enojado de que a un oficial suyo, que enviaba a pedir auxilio, le hubiesen matado los ingleses tomándole por un francés.
Durante algún tiempo recobró la división ligera inglesa el terreno perdido de Poço Velho; pero el general Montbrun, desembarazado de Don Julián Sánchez, ciñó la derecha de la 7.ª división británica y la caballería de Cotton en tanto grado que tuvieron que replegarse, aunque reprimieron la impetuosidad francesa con acertado fuego.
Llegado que se hubo a este trance, Wellington, decidido poco antes a mantener por medio de sus maniobras la comunicación con la orilla izquierda del Coa, vía de Sabugal, al mismo tiempo que el bloqueo de Almeida, abandonó la primera parte de su plan y se concretó a la postrera. En ejecución de lo cual reconcentrose en Fuentes de Oñoro, y ocupó con la 7.ª división un terreno elevado más allá del Turones, tratando de asegurar de este modo su flanco derecho y el camino que va al puente de Castelo Bom sobre el Coa.
Practicaron los ingleses la evolución, aunque ardua, con felicidad y maña, y resultó de ella alojarse ahora su derecha en las alturas que medían entre el Turones y Dos Casas. Allí, en Fresneda, se incorporó la infantería de Don Julián Sánchez al ejército británico, viniendo por un rodeo de Nave de Haver, y a dicho jefe con su caballería enviole Wellington a interceptar las comunicaciones del enemigo con Ciudad Rodrigo.
Los más pensaban que Massena insistiría en cerrar con la derecha de los ingleses, y envolverla moviéndose hacia Castelo Bom. Pero en vez de ejecutar una maniobra que parecía la más oportuna y estaba indicada, limitose a cañonear por aquella parte, y a hacer amagos y algunas acometidas con la caballería sobre los puestos avanzados, fijando todo su anhelo en apoderarse de Fuentes de Oñoro y romper lo que ahora, en realidad, era centro de los ingleses.
Hasta la noche persistieron los franceses en este ataque reñidísimo, y con varia suerte. El 6.º cuerpo y el 9.º eran los acometedores, y Wellington, más tranquilo en cuanto a su derecha, reforzó con las reservas de ella la 1.ª y 3.ª división, que llevaron en el centro el principal peso de la pelea, portándose varios cuerpos portugueses con la mayor bizarría.
Lo recio del combate solo duró por la derecha hasta las doce: en Fuentes de Oñoro continuó, como hemos dicho, todo el día, y cesó repasando los franceses el Dos Casas, y quedándose los aliados en lo alto, sin que ni unos ni otros ocupasen el lugar situado en lo hondo.
Mientras que la acción andaba tan empeñada por la derecha y centro, el 2.º cuerpo, del mando de Reynier, aparentó atacar el extremo de la línea izquierda de los aliados que cubría Sir Guillermo Erskine con la 5.ª división, defendiendo al mismo tiempo los pasos del río Dos Casas por el lado del Fuerte de la Concepción y Aldea del Obispo. Reynier no se empeñó en ninguna refriega importante al ver al inglés pronto a aceptarla. Tampoco ocurrió suceso notable delante de Almeida, en donde se apostaba la 6.ª división, que regía el general Campbell. El convoy que los franceses tenían preparado con destino a Almeida, estuvo aguardando en Gallegos todo el día coyuntura favorable, que no se le presentó, para introducirse en la plaza.
La batalla, por tanto, de Fuentes de Oñoro puede mirarse como indecisa, respecto a que ambas partes conservaron poco más o menos sus anteriores puestos, y que el pueblo situado en lo bajo, verdadero campo de pelea, no quedó ni por unos ni por otros. Sin embargo, las resultas fueron favorables a los aliados, imposibilitado el enemigo de conservar y de avituallar a Almeida, que era su principal objeto. El ejército anglo-portugués perdió 1500 hombres, de ellos 300 prisioneros. El francés algunos más por su porfía de querer ganar las alturas de Fuentes de Oñoro.
Temía Wellington que los enemigos renovasen al día siguiente el combate, y por eso empezó a levantar atrincheramientos que le abrigasen en su posición. Mas los franceses, permaneciendo tranquilos el 6 y el 7, se retiraron el 8 sin ser molestados. Cruzaron el 10 el Águeda, la mayor parte por Ciudad Rodrigo, los de Reynier por Barba de Puerco.