HISTORIA
DEL
LEVANTAMIENTO, GUERRA Y REVOLUCIÓN
de España.
Distribuyó la nueva regencia, en 16 de diciembre, la superficie de España en seis distritos militares comprendiendo en ellos así las provincias libres como las ocupadas, y destinando a la defensa de cada uno otros tantos ejércitos, con la denominación de 1.º de Cataluña, 2.º de Aragón y Valencia, 3.º de Murcia, 4.º de la Isla de León y Cádiz, 5.º de Extremadura y Castilla, 6.º de Galicia y Asturias. Añadiose poco después a esta distribución un 7.º distrito que abrazaba las provincias vascongadas, Navarra y la parte de Castilla la Vieja situada a la izquierda del Ebro, sin excluir las montañas y costa de Santander. Bajo la autoridad del general en jefe de cada distrito se mandaban poner las divisiones, cuerpos sueltos y partidas que hubiese en su respectivo territorio; con lo cual parecía introducirse mejor orden en la guerra y apropiada subordinación. Hasta ahora no se había realmente variado la primera determinación de la junta central que repartió en cuatro los ejércitos del reino: las circunstancias, los desastres y providencias parciales la habían solo alterado, careciendo de regla fija respecto de las guerrillas o cuerpos que campeaban francos en medio del enemigo.
Pero esta coordinación de distritos y ejércitos no podrá a veces guiarnos en nuestro trabajo, pendiendo casi siempre las grandes maniobras militares de los planes de los franceses, quienes, al fin de 1810 y comienzo de 1811, tenían apostados en el ocaso, mediodía y levante sus tres grandes cuerpos de operaciones, hallándose el primero en Portugal frente a los ingleses; el segundo en las Andalucías y Extremadura, y el otro en Cataluña y mojoneras de Aragón y Valencia. No se incluyen aquí las divisiones francesas que guerreaban sueltas, ni los ejércitos o cuerpos que llamaban del centro y norte, cuyas tropas, a más de servir de escudo al gobierno intruso de Madrid, cubrían los caminos militares en los que hormigueaban a la continua partidarios españoles. La posición del enemigo para obrar ofensivamente llevaba ventaja a la de los aliados que, diseminados por la circunferencia de la península, no podían en muchos casos darse tan pronto la mano ni concertarse.
Por lo general seguiremos ahora en la relación de los sucesos más prominentes los movimientos u operaciones de las tres grandes masas francesas arriba indicadas.
Dejamos en noviembre de 1810 al ejército aliado en las líneas de Torres Vedras, y fronteros a él los cuerpos enemigos que capitaneaba el mariscal Massena. Individualizamos en su lugar las respectivas estancias y fuerza de las partes beligerantes; y de creer era, según uno y otro, que el general francés, a fuer de prudente, se hubiese retirado sin tardanza, temeroso de la hambre y otros contratiempos. Mas, avezado a la victoria, repugnábale someterse a los irrefragables decretos de su hado adverso. Y no le movían ni las muchas enfermedades de que adolecía su ejército, ni las bajas de este, picado a retaguardia y hostigado por el paisanaje portugués. Aguardó para resolverse a variar de asiento a que estuviesen devastadas las comarcas en derredor, y entonces no trató aún de replegarse a la raya de España, sino solo de buscar algunas leguas atrás nueva posición en donde le escaseasen menos las vituallas, y a cuyo punto pudiera llamar a los ingleses, sacándolos de sus inexpugnables líneas.
Tomó, en consecuencia, Massena con mucha destreza disposiciones preparatorias que disfrazasen su intento, pues a no obrar así, sucediérale lo que en tales casos se decía antiguamente en Castilla: «si supiese la hueste qué hace la hueste, mal para la hueste»; máxima que indica lo necesario que es ocultar al enemigo los planes que se hayan premeditado. El mariscal francés, después de enviar delante bagajes, enfermos, todo lo que los romanos conocían tan propiamente bajo el nombre de impedimenta, hizo desfilar a las calladas algunas de sus tropas, y él se alejó en persona de las líneas inglesas en la noche del 14 al 15 de noviembre. Parte de la fuerza enemiga marchó por la calzada real sobre Santarén, parte por Alcoentre, la vuelta de Alcanede y Torres Novas. Los ingleses no se cercioraron del movimiento hasta entrada la mañana del 15, siendo esta nebulosa. Aun entonces no interrumpió Wellington la retirada, conservando en los atrincheramientos y fuertes casi todo su ejército, y enviando solo dos divisiones que siguiesen al enemigo. Dejaba este en pos de sí un rastro horrible de cadáveres, hediondez y devastación.
Vacilaba Wellington acerca del partido que le convenía tomar, cierto de que caminaban por Ciudad Rodrigo refuerzos a Massena. Pues el movimiento retrógrado podría serlo de reconcentración, o un armadijo para sacar fuera de las líneas a los ingleses, y revolver el enemigo sobre su propia izquierda a Torres Vedras por el Montejunto, mientras los aliados le perseguían a retaguardia. Sin embargo, muchos pensaron que sin arriesgar la suerte de las líneas, hubiera podido Lord Wellington soltar mayor número de sus tropas, picar vivamente a los contrarios, y aun causarles grande estrago en los desfiladeros de Alenquer.
Prosiguiendo los franceses su marcha, viose claramente cuál era su intento; solo quedó la duda de si dirigirían su retirada por el Cécere o por el Mondego. Wellington quiso entonces estrecharlos, y aun tuvo determinado acometer a Santarén, para lo que se preparó, disponiendo antes que el general Hill cruzase el Tajo con una división y un regimiento de dragones, y que se moviese sobre Abrantes.
Fundábase la resolución de Wellington en creer que los franceses habían solo dejado en Santarén una retaguardia: pero no era así. Massena habíase parado, y no pensaba llevar más allá sus pasos. En Torres Novas tenía sentado su cuartel general, en donde se alojaba la izquierda del 8.º cuerpo, cuya restante tropa extendíase hasta Alcanede, y de allí, por Leiría, ocupaba la tierra la mayor fuerza de jinetes. Permanecía de respeto en Tomar el 6.º cuerpo, del cual la división mandada por el general Loison dominaba los fértiles llanos de Golegã, ayudada del 2.º cuerpo, dueño de Santarén, cabecera, por decirlo así, de toda la posición.
Era muy fuerte la de esta villa, singularmente en la estación rigurosa de invierno. Sita en un alto, arrancando casi del Tajo, tiene por su frente al río Mayor, en cuyos terrenos bajos, rebalsadas las aguas, apenas queda otro paso sino el de una calzada angosta que empieza a más de 800 varas de la eminencia.
Massena, en su actual posición, ocupaba un país susceptible de proporcionar bastimentos, teniendo además establecidas sus comunicaciones con España por medio de puentes echados en el Cécere, y sin que por eso se le ofreciese nuevo obstáculo para volver a emprender sus operaciones por el frente, o pasar a la izquierda del Tajo.
Continuando Wellington en el engaño de que solo quedaba en Santarén una retaguardia enemiga, decidiose el 19 a acometer aquella posición con dos divisiones y la brigada portuguesa, del mando de Pack; pero suspendió el ataque, habiéndosele retrasado la artillería con que contaba. Cuando el 20 renovó tentativas de embestir, sospechaba ya que en Santarén y sus contornos había más tropa que la de una retaguardia; y amagando entonces los enemigos hacia río Mayor, confirmose Wellington en sus temores, retrocedió y ordenó a Hill que hiciese alto en Chamusca, orilla izquierda del Tajo. Las muchas lluvias, la excesiva prudencia del general inglés, y el estado de cansancio y apuros del ejército contrario impidieron que hubiese señalados combates o notable mudanza en las respectivas posiciones hasta el inmediato marzo.
Avanzado Wellington, sentó sus reales en Cartaxo, atrincheró sus acantonamientos y fortificó aún más las líneas de Torres Vedras. No contento todavía con eso, empezó a levantar a la izquierda del Tajo una nueva línea de defensa desde Aldeagallega a Setúbal, y una cadena de fuertes entre Almada y Trafaria para asegurar también por aquel lado la boca del río.
Igualmente Massena afirmaba sus estancias, y seguía cuidadoso
los movimientos de los aliados. Tampoco dejaba de volver los ojos
hacia su espalda, ansioso de que le llegasen refuerzos; rota la comunicación con su
base de operaciones, ya por las partidas españolas del reino de León
y Castilla, y ya porque el general Silveira, abalanzándose el 29 de
octubre desde el Duero, había bloqueado a Almeida, e interpoládose
entre Portugal y España. Auxilios estos grandes, y que nunca debieran
olvidar los ingleses. En tan enojosa situación se hallaba el mariscal
Massena, cuando el 9.º cuerpo, a las órdenes del general Drouet, conde
de Erlon, llegó a Ciudad Rodrigo con un gran convoy de provisiones de
boca y guerra, recogidas en Francia y Castilla. Destinado el socorro
a Massena, Convoy
de Gardanne.
enviole Drouet delante, escoltado con 4000 infantes y tres escuadrones
de caballería a las órdenes del general Gardanne, quien, en 13 de
noviembre, obligando a Silveira a levantar el bloqueo de Almeida,
penetró hasta Sabugal. No por eso se desalentó el general portugués,
sino que al contrario, siguiendo la huella de los enemigos, alcanzolos
el 16 entre Valverde y otro pueblo inmediato, les mató gente y cogioles
bastantes prisioneros. Gardanne, sin embargo, continuó su camino, y
el 27 hallábase ya en Cardigos; mas, molestado por las ordenanzas de
aquella tierra y dando oídos a la falsa noticia de que el general Hill
se apostaba en Abrantes, replegose precipitadamente a Sabugal con
pérdida de mucha gente y de parte del convoy.
A poco, pisando Drouet el suelo lusitano, cruzó el Coa el 17 de
diciembre con 14.000 infantes y 2000 caballos, y avanzó a Gouveia.
Destacó de su fuerza contra Silveira una división y mucha caballería
bajo el mando del general Claparède, y uniéndose Gardanne al cuerpo principal del
ejército, marchó este por el Alva abajo, y llegó a Murcella el 24.
Júntase
a Massena. Diose luego
Drouet la mano por Espinhal con Massena, se situó en Leiría y,
dilatándose hacia la marina, cortó la comunicación entre Wellington y
las provincias septentrionales de Portugal, mantenida hasta entonces
principalmente por los jefes Trant y Juan Wilson.
Claparède, en tanto, vino a las manos con el general Silveira que, sobradamente confiado, trabando pelea fuera de sazón, se vio deshecho en Ponte do Abade hacia Trancoso, y acosado desde el 10 hasta el 13 de enero, tuvo con bastante pérdida que replegarse la vuelta del Duero. Entró Claparède después en Lamego, y amenazó a Oporto antes que el general Baccellar, siempre al frente de las milicias de aquellas partes, pudiera acudir en su socorro. Felizmente el francés no prosiguió adelante, sino que tornó a Moimenta da Beira; con lo que los portugueses pudieron cubrir la mencionada ciudad.
Por entonces entró asimismo en Portugal, con 3000 hombres, el general Foy, el cual enviado por Massena a Napoleón, si bien a costa de mil peligros de haber perdido parte de su escolta y los pliegos en las estrechuras de Pancorbo, tornaba de Francia después de haber desempeñado cumplidamente tan dificultoso encargo. El emperador ignoraba el verdadero estado del ejército del mariscal Massena, y tenía que acudir, para averiguar noticias, a la lectura de los periódicos ingleses. Tal era el tráfago belicoso de las ordenanzas portuguesas y partidas españolas. Quien primero le informó de todo fue el general Foy, hallándose este de vuelta en Santarén el 2 de febrero.
Ambos ejércitos francés y anglo-lusitano permanecieron en presencia uno de otro hasta principio de marzo. En el intervalo, hicieron los enemigos para proveerse de víveres muchas correrías que dieron lugar a infinidad de desórdenes y a inauditos excesos. En nada estorbaron los ingleses tan destructora pecorea, y antes temieron continuamente ser atacados por los enemigos, que solo se limitaron a meros reconocimientos, habiendo en uno de ellos sido herido en una mejilla el general Junot.
En diciembre, pasando Hill a Inglaterra enfermo, fue reemplazado en el mando de su gente, que casi siempre maniobraba a la izquierda del Tajo, por el mariscal Beresford. Era el principal objeto de estas tropas impedir la comunicación de Massena con Soult, y las tenía Wellington destinadas a cooperar con los españoles en Extremadura. Aguardaba para efectuarlo la llegada de refuerzos de Inglaterra, que tardaron más de lo que creía en aportar a Lisboa, y por lo cual se difirió el cumplimiento de resolución tan oportuna.
No sucedió así con la de que regresasen a la mencionada provincia las dos divisiones españolas que al mando del marqués de la Romana se habían unido antes al ejército inglés, y también la de Don Carlos de España, que obraba del lado de Abrantes. Todas se movieron después de promediar enero, y la última, compuesta de 1500 infantes y 200 caballos, estaba ya el 22 en Campomayor. Las dos primeras continuaban bajo el mando inmediato de Don Martín de la Carrera y de Don Carlos O’Donnell, y las guió en jefe durante el viaje Don José Virués.
Debió Romana dirigirlas, pero en 23 de enero, próximo ya a partir, falleció de repente de una aneurisma en el cuartel general de Cartaxo. Muchos sintieron su muerte, y aunque, conforme en su lugar se expresó, le faltaban a aquel caudillo varias de las prendas que constituyen la esencia del hombre de estado y del gran capitán, perdiose a lo menos con su muerte un nombre que pudiera todavía haber contribuido al feliz éxito de la buena causa. Las cortes honraron la memoria del difunto decretando que en su sepulcro se pusiese la siguiente inscripción. «Al general marqués de la Romana, la patria reconocida.»
Trasladar a Extremadura las indicadas divisiones españolas, exigíalo lo que se preparaba en las Andalucías y en aquella provincia, de cuyas operaciones militares, íntimamente unidas con las de Portugal, ya es tiempo de hablar en debida forma.
Tenía Napoleón resuelto que Soult ayudase a Massena en su campaña, y aun parece se inclinaba a que se evacuasen las Andalucías, reconcentrando aquellas fuerzas en la margen izquierda del Tajo, y poniéndolas de este modo en contacto por Abrantes con las tropas francesas de Portugal. Soult tardó en recibir las órdenes expedidas al efecto, interceptadas las primeras por los partidarios. Y aun después tampoco se movió aceleradamente, embarazado con sus propias atenciones, y porque le desagradaba favorecer a Massena en una empresa de la que resultaría a este en caso de triunfo la principal gloria.
Rodeábanle en verdad apuros de cuantía. Sebastiani necesitaba todo el 4.º cuerpo de su mando para atender a Granada y Murcia. Ocupaban al 1.º y a su jefe Victor el sitio de Cádiz y serranía de Ronda, y el 5.º, mandado todavía por el mariscal Mortier, empleaba toda su gente en velar sobre la Extremadura y el condado de Niebla, siendo además indispensable mantener tropas que asegurasen las diversas comunicaciones.
Abandonar las Andalucías érale a Soult muy doloroso, considerándolas ya como conquista y patrimonio suyo, y penetrar en el Alentejo con limitados medios, quedando a la espalda las plazas de Badajoz y Olivenza y las fuerzas españolas del condado y Extremadura, parecíale demasiadamente arriesgado. Queriendo evitar uno y otro y no desobedecer las órdenes de su gobierno, pidió permiso para atacar dichas plazas antes de invadir el Alentejo. Napoleón consintió en ello, y Soult, al tiempo que así caminaba con paso más firme en su expedición, satisfacía también sus celos y rivalidades, dejando a Massena solo y entregado a su suerte, hasta que, muy comprometido, no pudiese este salir de ahogos sino con la ayuda del ejército del mediodía. Tal fue al menos la voz más válida, y a la que daban fundadamente ocasión las desavenencias y disturbios que por lo común reinaban entre unos y otros mariscales.
Antes de partir tomó Soult sus precauciones. Puso en Córdoba al general Godinot en lugar de Dessolles, que había vuelto a Madrid. En Écija apostó una columna, bajo el mando del general Digeon, destinada a mantener las comunicaciones; atrincheró del lado de Triana la ciudad de Sevilla, cuyo gobierno entregó en manos del general Darricau, y envió en fin refuerzos al condado de Niebla a las órdenes del coronel Remond.
Al entrar enero tenía Soult preparada su expedición, que debía constar en todo de unos 19.000 infantes y 4000 caballos, 54 piezas, un tren de sitio, convoy de provisiones y otros auxilios. Esta fuerza componíala el cuerpo de Mortier y parte del de Victor, viniendo además de Toledo, y no comprendiéndose en el número indicado, unos 3000 hombres de infantería y 500 jinetes del ejército francés del centro, con que se adelantó a Trujillo el general Lahoussaye.
Por parte de los españoles, proseguía mandando en Extremadura desde la ausencia de Romana Don Gabriel de Mendizábal, no habiendo ocurrido allí en todo aquel tiempo hecho alguno notable. La división de Ballesteros, que pertenecía entonces al mismo ejército, continuaba obrando casi siempre hacia el condado de Niebla, y dándose la mano con Copons era la que más bullía. Al tiempo de avanzar los franceses, Mendizábal, cuyas partidas se extendían a Guadalcanal, replegose por Mérida buscando la derecha de Guadiana, y Ballesteros tiró a Fregenal. Latour-Maubourg apretó al primero de cerca con la caballería, y Gazan persiguió al último con objeto de proteger la marcha de la artillería y convoyes. Volvió pie atrás de Trujillo la fuerza que mandaba Lahoussaye para cubrir el Tajo de las irrupciones de Don Julián Sánchez, y despejar también la comarca de otras partidas. El mariscal Soult con la infantería caminó sobre Olivenza.
Portuguesa antes esta plaza, pertenecía a España desde el tratado de Badajoz de 1801. Tenía fortificación regular con camino cubierto y nueve baluartes, pero flaca de suyo y descuidada, no podía detener largo tiempo los ímpetus del francés. Era gobernador el mariscal de campo Don Manuel Herk. La plaza fue embestida el 11 de enero, y el 12 abrieron los enemigos trinchera del lado del oeste. Mendizábal cometió el desacuerdo de enviar un refuerzo de 3000 hombres, los cuales en vez de coadyuvar a la defensa de aquel recinto, claro era que no servirían sino para embarazarla. El 20 rompieron los enemigos el fuego con cañones de grueso calibre, y batieron el baluarte de San Pedro por donde estaba la brecha antigua. Ofreció el 21 el gobernador Herk sostener la plaza hasta el último apuro, y, no obstante, capituló al día siguiente sin nuevo y particular motivo. Tuvieron algunos a gran mengua este hecho; pero debe considerarse que apenas había dentro municiones de guerra, apenas artillería gruesa, y solo, sí, ocho cañones de campaña que, manejados diestramente por Don Ildefonso Díez de Ribera, hoy conde de Almodóvar, contribuyeron a alucinar al enemigo sobre el verdadero estado de la plaza, y a imponerle respeto. Quizá, sí, faltó el gobernador en prometer más de lo que le era dado cumplir.
Al propio tiempo Ballesteros, cayendo al condado de Niebla, recibió de la regencia el mando de este distrito, y el aviso de que su división pertenecía en adelante al 4.º ejército, que era el de la Isla de León. Copons, el 25 de enero, se embarcó para este punto con la tropa que capitaneaba, excepto la caballería y el cuerpo de Barbastro, que quedó al lado de Ballesteros, quien el mismo día sostuvo en Villanueva de los Castillejos contra los franceses una acción bastante gloriosa.
Bajo aquel nombre comprenden algunos dos pueblos: el citado de Villanueva y el de Almendro, situados a la caída de la sierra de Andévalo, por muchas partes de áspera y escarpada subida. En dos cumbres, las más notables, colocó Ballesteros 3 a 4000 peones que tenía, y al costado derecho, en terreno algo más llano, 700 jinetes de que constaba la caballería. Lo más principal de esta división procedía de la que en 1809 había sacado aquel general de Asturias, conservándose de los oficiales casi todos, excepto los que había arrebatado la guerra o los trabajos. Así, sonaban en la hueste los nombres de Lena y Pravia, de Cangas de Tineo, Castropol y el Infiesto, a que se añadía el provincial de León.
Ballesteros colocó su gente en dos líneas y, atacado por Gazan y Remond, sostuvo su puesto con firmeza hasta entrar la noche, habiendo causado al enemigo una pérdida considerable. Retirose después por escalones con mucho orden, llegó a Sanlúcar de Guadiana y repasó tranquilamente este río. Remond entonces quedó solo en el condado: marchó Gazan sobre Fregenal y Jerez de los Caballeros, tomó un destacamento suyo, por capitulación, en 1.º de febrero, el torreón antiguo de Encinasola, de poca importancia; y continuó después el mismo general a Badajoz, dejando en Fregenal una columna volante.
Luego que Ballesteros notó que los enemigos ponían toda su atención del lado de aquella plaza, comenzó de nuevo sus correrías. El 16 de febrero embistió a Fregenal, y cogió 100 caballos, 80 prisioneros y bagaje. Rondó por los contornos, y engrosadas sus filas con prisioneros fugitivos de Olivenza, resolvió al finalizar el mes acometer a Remond en el condado. Temeroso el comandante francés, se retiró más allá del río Tinto, de donde el 2 de marzo le arrojaron los nuestros; suceso que alteró en Sevilla los ánimos de los enemigos y de sus secuaces. Darricau, gobernador de esta ciudad, corrió en auxilio de Remond con cuanta gente pudo recoger; mas serenose, habiendo Ballesteros hecho alto y repasado después el Tinto. Incansable el español, tornó el 9 desde Beas en busca de Remond, sorprendiole de noche en Palma, le deshizo, y tomole bastantes prisioneros y dos cañones. Guerra afanosa y destructora para los franceses. Ballesteros preparábase el 11 a hacer decididamente una incursión hasta Sevilla mismo, cuando malas nuevas que venían de Extremadura le obligaron a suspender el movimiento proyectado.
Habían los enemigos embestido ya a Badajoz el 26 de enero. Aquella plaza está situada a la izquierda del Guadiana, que la baña por el norte y cubre una cuarta parte del recinto. Guarnécela del lado de la campiña un terraplén revestido de mampostería, con ocho baluartes, fosos secos, medias lunas, camino cubierto y explanada. Desagua allí al nordeste y corre por fuera un riachuelo de nombre Rivilla, cerca de cuya confluencia con el Guadiana álzase un peñón coronado de un antiguo castillo, el cual resguarda, junto con dos de los baluartes, el lado que mira al nacimiento del sol. En la derecha del Rivilla, a 200 toesas del recinto principal, y en un sitio elevado, se muestra el fuerte de la Picuriña, y al sudoeste el hornabeque de Pardaleras, con foso estrecho y gola mal cerrada. Estas dos obras exteriores se hallan, como la plaza, a la izquierda del Guadiana; descollando a la derecha, enfrente del castillo viejo, poco ha indicado, un cerro que se dilata al norte, y en cuya cima se divisa el fuerte de San Cristóbal, casi cuadrado. Lame la falda de este por levante el Gévora, que también se junta allí con el caudaloso Guadiana. No esguazable el último río en aquellos parajes, tiene un buen puente a la salida de la puerta de las Palmas, abrigado de un reducto. La población yace en bajo, y está rodeada de un terreno desigual que pudiéramos llamar undoso, con cerros a corta distancia.
Gobernábala el mariscal de campo Don Rafael Menacho, soldado de gran pecho. Manejaba la artillería Don Joaquín Caamaño, y dirigía a los ingenieros Don Julián Albo. Llegó a haber de guarnición 9000 hombres. Poblaban la ciudad de 11 a 12.000 habitantes.
Empezaron los franceses el 28 de enero a abrir la trinchera y atacar por varios puntos; mas solo a la izquierda del Guadiana y con horroroso bombardeo. En el cerro de San Miguel establecieron una batería de cuatro piezas de a ocho y un obús: en el inmediato del Almendro, otra enfilando el fuerte de la Picuriña: lo mismo a la ladera del de las Mallas, entre el Rivilla y el arroyo Calamón; plantando aquí también a la izquierda de este una batería de obuses y cañones, con otra en el cerro del Viento; y abriendo entre ambas una trinchera y camino cubierto muy prolongado, cuyo ramal flanqueaba el frente de Pardaleras. Llamaron los franceses al último ataque el de la izquierda; del centro, al que partía del Calamón; de la derecha, al que indicamos primero.
El 30 verificaron los españoles una salida, y dos días después respondió Menacho con brío a la intimación que le hicieron los franceses de rendirse. Hincháronse el 2 de febrero las aguas del Rivilla, causando daño en los trabajos de los contrarios, y el 3 matáronles los nuestros, en una nueva salida de Pardaleras, más de 100 hombres, y arruinaron parte de las obras.
Don Gabriel de Mendizábal, reuniendo con las suyas las divisiones españolas que habían venido del ejército anglo-portugués, trató de meterse en Badajoz, engrosar la guarnición y retardar así las operaciones del enemigo. Para ello, y facilitar a la infantería un camino seguro, mandó a Don Martín de la Carrera que arremetiese el 6 por la mañana contra la caballería francesa, que en gran fuerza había pasado el 4 a la derecha del Guadiana, y la arrojase más allá del Gévora. Ejecutó Carrera su encargo gallardamente, y entonces Mendizábal se introdujo con los peones en la plaza.
Hicieron el 7 los cercados una salida contra las baterías enemigas del cerro de San Miguel y del Almendro. Mandaba la empresa Don Carlos de España, y aunque puso este el pie en la primera de las indicadas baterías, solo inutilizó en ella una pieza, no habiendo llegado a tiempo los soldados que traían los clavos y demás instrumentos propios al intento. La del Almendro fue también asaltada, y pudiéronse clavar allí más piezas. Sin embargo, rehechos los franceses, repelieron a los nuestros; y como por el descuido o retardo arriba indicado no se había destruido toda la artillería, causó esta en nuestras filas al retirarse mucho estrago, y perdimos, entre muertos y heridos, unos 700 hombres, de ellos varios oficiales.
Salió el 9 de Badajoz el general Mendizábal, y la plaza quedó entonces custodiada con los 9000 hombres que, según dijimos, habían llegado a componer su guarnición; evacuando el recinto sucesivamente los enfermos y gente inútil. Mendizábal se acantonó en la margen opuesta del Guadiana, apoyó su ala derecha en el fuerte de San Cristóbal, y aseguró de este modo la comunicación con Elvas y Campomayor.
Receloso en seguida Soult de que el sitio se dilatase, puso su ahínco en llevarle pronto a cima. Por tanto, adelantada ya la segunda paralela a sesenta toesas de Pardaleras, rodearon a las 7 de la noche este fuerte unos 400 hombres, y abriéndose paso entre las empalizadas, se metieron dentro por la parte que les mostró a la fuerza un oficial prisionero. Pudo salvarse, no obstante, la mayor parte de la guarnición. Prolongaron entonces los franceses hasta el Guadiana la paralela de la izquierda, y construyeron un reducto que, barriendo el camino de Elvas, completaba el bloqueo por aquel lado.
Con todo, menester era para acelerar la toma de Badajoz, destruir o alejar a Mendizábal de las cercanías del fuerte de San Cristóbal. Lord Wellington había aconsejado oportunamente al general español mantenerse sobre la defensiva y fortalecer su posición con acomodados atrincheramientos, hasta tanto que pudiese socorrerle y obligar a los franceses a levantar el sitio. No dio Mendizábal oídos a tan prudentes advertencias; y confiado en que iban muy crecidos Guadiana y Gévora, no destruyó ni aseguró los vados que en aguas bajas se encuentran en ambos ríos corriente arriba; contentose solo con demoler un puente que había en el Gévora, y trabajó lentamente en el reducto de la Atalaya, situado al norte, a 800 toesas de San Cristóbal.
Desde el 12 había el mariscal Soult enviado 1500 hombres para cruzar el Guadiana por el Montijo, y empezó el 17 a arrojar bombas sobre el campo de Mendizábal, hacia el lado del fuerte de San Cristóbal, con intento de apartarle de semejante amparo.
Quedábanle a Mendizábal unos 8000 infantes y 1200 caballos; y siendo muy superior la fuerza que podía atacarle, debiera por lo mismo haber andado más cauto.
El 18 menguaron las aguas, y descendió aquel día por la derecha del Guadiana la caballería enemiga, que había tomado la vuelta del Montijo, cruzando los infantes por la tarde a legua y media de la confluencia del Gévora, y siempre corriente arriba. Mendizábal no ignoraba el movimiento de los franceses, pero no por eso evitó el encuentro.
Temprano en la mañana del 19, 6000 infantes enemigos y 3000 caballos estaban ya en batalla a la derecha del Guadiana, dispuestos también a pasar el Gévora. Una niebla espesa favorecía sus operaciones; y exhortados por el mariscal Soult y reforzados, comenzaron a vadear el último río. Ejecutó el paso por la derecha con toda la caballería Latour-Maubourg, con intención de envolver la izquierda española; y por el lado opuesto cruzó la infantería, al mando del general Girard, que logró así interponerse entre el fuerte de San Cristóbal y el costado derecho de los españoles, cogiendo en medio ambos generales a nuestro ejército casi del todo desprevenido.
El mariscal Mortier, que gobernaba de cerca los movimientos ordenados por Soult, cerró de firme con los españoles. Nació luego en nuestras filas extrema confusión; los caballos, en cuyo número se contaban los portugueses de Madden, no sostenidos bastantemente por Mendizábal, dieron los primeros el deplorable ejemplo de echar a huir, no obstante los esfuerzos valerosos de su principal jefe Don Fernando Gómez de Butrón, que se puso a la cabeza de los regimientos de Lusitania y Sagunto. Mendizábal formó con los infantes dos grandes cuadros que resistieron algún tiempo en la altura de la Atalaya; pero que rotos al fin y penetrados por todas partes, disipáronse a la ventura. 800 hombres quedaron heridos, o muertos en el campo; 3000 prisioneros, de ellos muchos oficiales con el general Virués; otros dispersáronse o se acogieron a las plazas inmediatas. Cañones, muchos fusiles, bagaje, municiones, todo fue presa del enemigo. Salvose en Campomayor, con alguna gente, Don Carlos de España; en Elvas, Butrón y 800 hombres, con Don Pablo Morillo que dio en tan aciago día repetidas pruebas de valentía y ánimo sereno.
La pelea, comenzada a las ocho de la mañana, terminose una hora después, no habiendo costado a los franceses más de 400 hombres: pelea ignominiosamente perdida, y por la que se levantó contra Mendizábal un clamor universal harto justo. Fue causa de tamaño infortunio singular impericia, que no disculpan ni los bríos personales ni la buena intención de aquel desventurado general. Llamaron unos esta acción la del Gévora, otros la de San Cristóbal: los españoles casi solo la conocieron bajo el nombre de la del 19 de febrero.
Ganada la batalla, bloqueó la plaza el mariscal Soult por la derecha del Guadiana, aseguró con puentes las comunicaciones de ambas orillas y continuó el sitio reposadamente.
Creyó también que los ánimos se amilanarían con la derrota de Mendizábal, y envió un parlamento con nuevas propuestas. Mas Don Rafael Menacho, manteniéndose impávido, no le admitió; y habitantes y militares merecieron a porfía ser colocados al lado de tan digno caudillo.
Hubo diversos hechos muy señalados. Digno es de contarse entre ellos el de Don Miguel Fonturvel, teniente de artillería de la brigada de Canarias. De avanzada edad, pidió no obstante que se le confiase uno de los puestos de más riesgo; y perdiendo las dos piernas y un brazo, así mutilado, animaba antes de expirar a sus soldados, y exclamó mientras pudo con interrumpidos acentos: «¡Viva la patria! Contento muero por ella.»
Los enemigos proseguían en sus trabajos, y se enderezaban principalmente contra los baluartes de San Juan y Santiago. El 26 extendiéndose por allí y batiendo la plaza con vivo cañoneo, se prendió fuego a un repuesto detrás de uno de los baluartes; pero la presencia inmediata de Menacho impidió el desorden y evitó desgracias. Valeroso y activo, este jefe disponíase a defender la ciudad hasta por dentro, y cortó calles, atroneró casas y tomó otras medidas no menos vigorosas.
Todo anunciaba que llevaría al cabo su propósito, cuando el 4 de marzo, observando desde el muro una salida en que se causó bastante daño al enemigo, cayó muerto de una bala de cañón. Glorioso remate de su anterior e ilustre carrera, y pérdida irreparable en tan apretadas circunstancias. Las cortes hicieron mención honrosa del nombre de Menacho, y premiaron a su familia debidamente.
Sucediole el mariscal de campo Don José de Imaz, que correspondió de mala manera a tamaña confianza; pues capituló el 10, no aportillada bastantemente la brecha en la cortina de Santiago, ni maltratados todavía los flancos; y a tiempo en que por telégrafo se le avisó de Elvas que Massena se retiraba, y que la plaza de Badajoz no tardaría en ser socorrida.
Quiso Imaz cubrir su mengua con el dictamen del comandante de ingenieros Don Julián Albo y el de otros jefes que estuvieron por rendirse. No así Caamaño el de artillería que dijo: «Pruébese un asalto, o abrámonos paso por medio de las filas enemigas.» Igualmente fue elevado y noble el parecer del general Don Juan José García, que si bien anciano, expresó con brío: «Defendamos a Badajoz hasta perder la vida.» Mas Imaz con inexplicable contradicción, votando en el consejo, que al efecto se celebró, con los dos últimos jefes, entregó la plaza en el mismo día sin que hubiese para ello nuevo motivo. Como gobernador solo a él tocaba decidir en la materia, y él era el único y verdadero responsable. Equivocose si creyó que resolviendo de un modo y votando de otro, conservaría al mismo tiempo intactos su buen nombre y su persona. Formósele causa, que duró, según tenemos entendido, hasta la vuelta del rey Fernando a España, caminando y terminándose al son de tantas otras de la misma clase.
Ocuparon los franceses a Badajoz el 11 de marzo. Salieron por la brecha y rindieron las armas 7135 hombres: había en los hospitales 1100 enfermos, y en la plaza 170 piezas de artillería, con municiones bastantes de boca y guerra.
En seguida el general Latour-Maubourg marchó sobre Alburquerque
y Valencia de Alcántara, de que se apoderó en breve, no hallándose
aquellas antiguas y malas plazas en verdadero estado de defensa.
El mariscal Mortier sitió el 12 de marzo a Campomayor. Sitio
y capitulación
de Campomayor.
Guarnecían el recinto, de suyo débil, unos pocos soldados de milicias y
ordenanzas, y era gobernador el valeroso portugués José Joaquín Talaya.
Los enemigos situaron sus baterías a medio tiro de fusil, amparados
de las ruinas del fuerte de San Juan, demolido en la guerra de 1800.
Intimaron inútilmente la rendición el 15, y arrojando sin cesar dentro
infinidad de bombas, y batiendo el muro con vivísimo y continuado
fuego, abrieron el 21 brecha muy practicable. Pronto al asalto, no
quiso todavía entregarse el bizarro gobernador, no obstante sus cortos
medios y escasa tropa: y solo ofreció que se rendiría si pasadas
veinticuatro horas no le hubiese llegado socorro. Frustrada esta
esperanza, salió por la brecha, cumplido el plazo, con unos 600 hombres
entre milicianos y ordenanzas que era toda su gente.
Nuevos cuidados llamaron a Sevilla al mariscal Soult. Luego que este se ausentó de aquella ciudad, tratose en Cádiz de distraer las fuerzas de la línea sitiadora y aun de obligar al enemigo, si ser podía, a alzar el campo. Pensose llevar a efecto tal propósito al fenecer enero, y obraban de acuerdo españoles e ingleses. En consecuencia, partió de Cádiz alguna tropa que desembarcó en Algeciras y que, con otra gente de la serranía de Ronda, formó la primera división del 4.º ejército a las órdenes de Don Antonio Begines de los Ríos. Debiendo este jefe dar la señal de los movimientos proyectados, marchó sobre Medina Sidonia y, el 29 del mismo enero, rechazó a los franceses cogiéndoles 150 hombres. El mayor inglés Brown, que continuaba gobernando a Tarifa, apoyó la maniobra avanzando a Casas Viejas. Paró allí esta tentativa, habiéndose retardado la ejecución del plan principal.
Un mes transcurrió antes de que se realizase; mas entonces combinose de modo que todos se lisonjeaban con la esperanza de que tuviese buena salida. Debía componerse la expedición de las indicadas tropas de Begines y Brown, y de las que acompañasen de la Isla y Cádiz a los generales Graham y Don Manuel de la Peña. Había el último de mandar en jefe, como quien llevaba mayor fuerza; y escogiole la regencia no tanto por su mérito militar, cuanto por ser de índole conciliadora y dócil bastante para escuchar los consejos que le diese el general inglés, más experto y superior en luces.
Las tropas británicas fueron las primeras que dieron la vela; luego las españolas, el 26 de febrero. Conducía nuestra expedición de mar el capitán de navío Don Francisco Maurelle; escoltábanla la corbeta de guerra Diana y algunas fuerzas sutiles, y la componían más de 200 buques. Navegó la expedición con el mayor orden, y pusieron las tropas pie en tierra, en Tarifa, al anochecer del 27. Incorporáronse allí a los nuestros el cuerpo principal de los ingleses, y efectos y tropa de algunos buques que, impelidos del viento y corrientes del Estrecho, habían aportado a Algeciras.
Reunido en Tarifa todo el ejército combinado, excepto la división de Begines que se unió el 2 de marzo en Casas Viejas, distribuyole el general la Peña en tres trozos, vanguardia, centro o cuerpo de batalla, y reserva. La primera la guiaba Don José de Lardizábal, el centro el príncipe de Anglona, y la última el general Graham. En todo, con los de Begines, 11.200 infantes, entre ellos 4300 ingleses. Había además 800 hombres de caballería, 600 nuestros, los otros de los aliados; mandaba los jinetes el mariscal de campo Don Santiago Whittingham. Se contaban 24 piezas de artillería.
Púsose el 28 en marcha el ejército con dirección al puerto de Facinas, por cuyo sitio atraviesa, partiendo del mar a las sierras de Ronda, la cordillera que termina al ocaso el campo de Gibraltar. Desde ella se desciende a las espaciosas llanuras que se dilatan hasta cerca de Chiclana, Sancti Petri y faldas del cerro de Medina Sidonia; adonde, descolgándose de las sierras, arroyos y torrentes, atajan y cortan la tierra, y causan pantanos y barranqueras. Con la muchedumbre y unión de las vertientes fórmanse, sobre todo en aquella estación, ríos de bastante caudal, como el Barbate que recoge las aguas de la laguna de Janda. Estos tropiezos y el fatal estado de los caminos, malos de suyo, retardaron la marcha particularmente de la artillería.
De Facinas podía el ejército dirigirse sobre Medina Sidonia por Casas Viejas, o sobre Sancti Petri y Chiclana por la costa, siguiendo la vuelta de Vejer. Evacuaron precipitadamente los franceses este pueblo el 2 de marzo, amenazados por algunas tropas nuestras, al paso que el grueso del ejército marchaba a Casas Viejas, camino que al principio se resolvió tomar. De aquí fueron también arrojados los enemigos, y se les cogieron unos cuantos prisioneros, dos piezas y repuestos de vituallas.
En las alturas frente a Casas Viejas y a la izquierda del Barbate, permaneció el ejército combinado hasta la mañana del 3, en cuyo tiempo, desistiendo el general en jefe de proseguir por el mismo camino de antes, emprendió la marcha por Vejer, orillas de la mar; y solo destacó hacia Medina, para alucinar a los franceses que la ocupaban, el batallón ligero de Alburquerque y el escuadrón de voluntarios de Madrid.
Desaprobaron muchos que se hubiese mudado de rumbo en la persuasión de que era preferible la primera ruta, que daba a espaldas del enemigo y se apoyaba en la serranía de Ronda, baluarte natural y con los arrimos de Gibraltar y Tarifa. No pareció disculpa la circunstancia de ser Medina posición fuerte y estar artillada con 7 piezas, pues además de que no hubiera resistido a la acometida del ejército combinado, tampoco se necesitaba tomar empeño en su conquista, sino solamente observar lo que allí se hacía. Yendo por aquella parte se podía también contar con la belicosa y bien dispuesta población de la sierra; y en caso de malaventura no corría nuestra tropa riesgo de ser acorralada contra insuperables obstáculos, como era el de la mar del lado de Vejer y Sancti Petri. Mas la Peña, hombre pusilánime y sobrado meticuloso, quiso ante todo abrir comunicación con la Isla, creyéndose más seguro en la vecindad de tan inexpugnable abrigo; y desconociendo que, si acontecía algún descalabro, la confusión y el tropel no permitirían ni oportuna ni dichosa retirada.
Había quedado mandando en la Isla Don José de Zayas, con orden de ejecutar movimientos aparentes en toda la línea, ayudado de las fuerzas de mar. Tenía igualmente encargo de echar un puente de barcas al embocadero de Sancti Petri, en cuya orilla izquierda, enseñoreada por los franceses, forma el río, la mar y el caño de Alcornocal una lengua de tierra que habían con flechas cortado aquellos, dueños también de la torre y colinas de Bermeja, colocadas a la espalda. Nuestra posición en la orilla derecha dominaba la de los contrarios; y dos fuertes baterías y el castillo de Sancti Petri barrían el terreno hasta las indicadas flechas.
Estableciose, conforme a lo prevenido y en el paraje insinuado, un puente flotante bajo la dirección del capitán de navío Don Timoteo Roch; y desde el 2 de marzo comenzaron ya las fuerzas de mar de los diversos apostaderos del río de Sancti Petri a hostilizar la costa; mas en la noche, después de echado el puente, por descuido o por otra razón que ignoramos, asaltando tiradores franceses a 250 españoles que le custodiaban, fueron sorprendidos estos y hechos prisioneros. Se tuvo a dicha que no penetrasen los enemigos más adelante; pues con la oscuridad y el desorden, ya que no se hubiesen apoderado de la Isla, por lo menos hubieran causado mayores daños.
De resultas, mandó Zayas cortar algunas barcas del puente, no sabiendo tampoco de fijo el paradero del ejército expedicionario. Como el primer pensamiento acerca de la marcha de este fue el de ejecutarla por Medina, habíase al partir convenido que las tropas aliadas advertirían su llegada a aquel punto por medio de señales, que no se verificaron, cambiado el plan. Un oficial que envió la Peña para avisar dicha mudanza, detuviéronle los ingleses dos días en el mar, pareciéndoles emisario sospechoso. Esto y el haber cortado algunas barcas del puente, impidió que de la Isla se auxiliasen con la prontitud deseada las operaciones de afuera.
A la caída de la tarde del 4 de marzo tomó el ejército expedicionario el camino de Conil, continuando después la vuelta de Sancti Petri. Acompañaban a las tropas muchos patriotas y escopeteros de los pueblos inmediatos y de la sierra. Llegó el ejército al cerro de la Cabeza del Puerco, o sea de la Barrosa, al amanecer del 5; y de allí, hecho un corto descanso, prosiguió la vanguardia engrosada con un escuadrón y fuerzas del centro, vía del bosque y altura de la Bermeja. Quedó en el cerro del Puerco el resto de las tropas que componían el centro, y a su retaguardia la reserva; adelantándose por el flanco derecho el grueso de los jinetes. La marcha de las tropas en la anterior noche había sido larga y sobre todo penosa, no calculados competentemente de antemano los obstáculos con que iba a tropezarse.
Desasosegaban a los franceses los movimientos de los aliados, inciertos del punto por donde estos atacarían y faltos de gente. La que tenía el mariscal Victor delante de la Isla y Cádiz no pasaba de 15.000 hombres, y ascendían a 5000 más los que se alojaban en Medina, Sanlúcar y otros sitios cercanos. Aseguradas las líneas con alguna tropa, interpolada de españoles juramentados [que unos de grado y muchos por fuerza no dejaban en estas Andalucías de prestar auxilio a los enemigos] colocose el mencionado mariscal en las avenidas de Conil y Medina asistido de unos 10.000 hombres, en disposición de acudir a la defensa de cualquiera de dichos dos caminos que trajesen los aliados.