Tan reforzado ya el mariscal Suchet y sostenido, decidió poner en práctica su primer plan de atacar la posición española por la izquierda. Verificolo en efecto el 26 de diciembre, pasando por Ribarroja el Guadalaviar. Había preferido este punto con la mira de cruzar el río agua arriba de Manises, de no enmarañarse por el laberinto de las acequias, y de evitar cualquiera inundación apoderándose de las compuertas.
Durante la noche los enemigos echaron tres puentes: protegieron a los trabajadores 200 húsares que, llevando en las ancas a unos cuantos soldados de tropas ligeras, vadearon el río y ahuyentaron los puestos españoles. Por la mañana, el primero que atacó en lo más extremo de nuestra izquierda fue el general Harispe. Precedíale caballería que tropezó con la de Don Martín de la Carrera hacia Aldaya, entre la acequia de Manises y el barranco de Torrente, en medio de garroferos y olivos. Nuestros jinetes rechazaron a los contrarios, y el soldado del regimiento de Fernando VII Antonio Frondoso, hombre esforzado, hirió y dejó en el campo por muerto al general Boussart, en cuyo derredor perecieron defendiéndole un ayudante suyo y varios húsares. Mas rehechos los enemigos, arremetieron de nuevo con superiores fuerzas y recobraron a Boussart. Viose entonces obligado Don Martín de la Carrera a retirarse, tomando la dirección de Alcira. Casi al mismo tiempo embistió el general Musnier a Manises y San Onofre, de donde se alejó Don Nicolás Mahy, después de corta defensa, en busca también del Júcar por Chirivella.
Advertido Blake del ataque, salió de Valencia, y a las diez de la mañana, estando a medio camino de Mislata, recibió noticia de Mahy, pintándole su apuro y pidiendo instrucciones. La línea en aquella sazón estaba ya por todas partes acometida o amenazada. Zayas en Mislata andaba a las manos con la división de Palombini. Acudió por orden de Mahy a socorrerle desde Cuarte Creagh con alguna gente; mas Zayas no necesitando de aquel auxilio, mayormente por esperar de Valencia dos batallones, le despidió, y guardó solo dos obuses, defendiendo con brío su posición. Nuestro fuego aquí fue tan vivo y acertado que desordenó la brigada enemiga de Saint Paul y la arrojó contra el Guadalaviar. En vano Palombini quiso rehacerla, amenazando igual suerte a la otra suya de Balathier. Asegurada, pues, parecía de este lado la victoria, si no la inutilizaran el descuido y flojedad de que se adoleció en las otras partes.
Porque adelantando Harispe sobre Catarroja, y posesionado Musnier de Manises y San Onofre, vinieron algunos cuerpos enemigos sobre Cuarte, y venciendo los primeros atrincheramientos, obligaron a las tropas que guarnecían el pueblo a evacuarle. Volvía Creagh entonces de su excursión a Mislata, y a pesar de sus esfuerzos y de los de Don José Pérez al frente del batallón de la Corona, no se pudo contener el progreso de los franceses, teniendo al cabo los nuestros que retirarse. Se distinguieron aquí el cuerpo que acabamos de citar, el de tiradores de Cádiz, de Burgos, Princesa y Alcázar de San Juan con sus respectivos jefes. Los enemigos cada vez más impetuosamente cargaban, pues llegando a la sazón el general Reille, marchó en la dirección de Chirivella y favoreció las operaciones de Harispe y de Musnier. Inútilmente quisieron los españoles hacer rostro en dicho pueblo, y defender la posición cubierta con unas flechas. Los enemigos los arrollaron y con eso salió de ahogo Palombini, viéndose Zayas obligado a desamparar su estancia.
Anhelaba Suchet envolver todo el ejército español, y acorralarle en Valencia, por lo que puso todo su conato en que la división de Harispe llegara pronto a Catarroja. Entonces, yendo ya los nuestros de retirada, corrió el mariscal francés a Chirivella con riesgo de ser cogido prisionero. Habíase allí apeado y subido al campanario. Solo le acompañaban sus ayudantes con pequeña escolta. Y cuando, atento, atalayaba aquel una y otra orilla del Turia, acercose al pueblo un batallón español, dando indicio de querer penetrar por las calles. Al instante, los pocos franceses que había se pusieron en ademán de defender a su jefe, y aparentando ser muchos engañaron a los nuestros, que pronto se alejaron.
Por su parte Don Joaquín Blake anduvo lento y escaso en tomar medidas. Los batallones que de Valencia debían reforzar a Zayas llegaron tarde, y tampoco hubo providencia notable que enmendase en algo el precipitado repliegue de Mahy, o que contribuyese a prolongarla resistencia en Chirivella.
Los generales españoles, al retirarse, tomaron cada uno el rumbo
que les permitió su respectiva situación. Dicha fue que Suchet no
lograse estrecharlos a todos en Valencia. Don Nicolás Mahy con Creagh,
Carrera, Villacampa y Obispo se separaron del grueso del ejército, y se
encaminaron a las riberas de Júcar. Blake
con las otras
a Valencia. Blake con Zayas, Lardizábal y
Miranda encerrose en los atrincheramientos exteriores de la ciudad,
que se dilataban
desde enfrente de Santa Catalina hasta Monteolivete.
En este punto Habert, encargado de pasar por allí el río cerca del desaguadero, lo había conseguido dificultosamente, costándole afán y horas alejar por medio de sus baterías en el Grao los barcos cañoneros españoles y los buques de guerra aliados. Solo a las doce del día cruzó el Guadalaviar por un puente que echó casi a la boca. Apoderose después del Lazareto y arrolló con facilidad al paisanaje. Miranda, situado en Monteolivete, apenas tomó parte en la pelea. Pisado que hubo el general Habert la orilla derecha, anduvo solícito en extenderse y darse la mano con las otras tropas de su nación que habían forzado la izquierda de los españoles. Ponían en ello los franceses grande ahínco, queriendo que no se les escapase el general Blake, ya que Mahy lo había conseguido. Por la noche completaron el acordonamiento de Valencia, y cortaron la comunicación con el camino real de Madrid y el que corre por el istmo entre la Albufera y el mar, desconocido antes al enemigo.
Perecieron en aquel día de cada parte 500 a 600 hombres. Además cogieron los franceses algunos prisioneros y cañones. Recibieron los enemigos el principal daño en su acometida contra Zayas y Creagh, en donde perdieron 40 oficiales.
Esta jornada provocó severa crítica contra la conducta de Don Joaquín Blake: defendiéronle sus apasionados, imputando la culpa de la desgracia a Don Nicolás Mahy. Ambos generales tuvieron en ella parte; pero mayor fue la del primero. Faltó el último en no haber sostenido con más empeño su posición, y en haber algún tanto desguarnecido a Cuarte, queriendo, sin necesidad, auxiliar a Zayas. Pecó, y mucho, Don Joaquín Blake en no poner mejores tropas en su izquierda, punto el más flaco, y sobre todo en no haber construido allí obras cerradas que no pudieran ser embestidas de revés por el enemigo, para lo cual tuvo sobrado tiempo en los dos meses que el ejército casi permaneció inactivo. Consistió este descuido en no pensar Blake sino en el frente, imaginándose que los franceses le atacarían solo de aquel lado. Error grave, y apenas creíble, si no se mostrara a las claras por el género de obras que construyó, abiertas todas.
También vituperaron en Mahy sus censores que se hubiese retirado hacia el Júcar, y no recogídose en Valencia. Difícil era conseguir lo postrero interpuesto el enemigo entre Mislata y Cuarte, y derramado hasta Catarroja. Mas aunque así no fuese, ¿qué suerte hubiera cabido a aquellas tropas metidas una vez en la ciudad? La misma que cupo a las de Blake, en verdad harto lastimosa.
Este general, tan poco diligente y atinado el 26, mostrose después [menester se hace el confesarlo] aún más desatentado y flojo. Acordonada la ciudad, no le quedaba ya más arbitrio para salir con honra y airoso sino salvar a todo trance su ejército, o convertir a Valencia en otra Zaragoza. Veamos si empleó convenientes medios para alcanzar uno u otro de ambos extremos.
Hubiérale sido todavía el 26 muy asequible libertar a su ejército y sacarle de Valencia. Primero a la hora de mediodía, antes que Habert comunicase con Harispe, dirigiéndose al istmo entre la Albufera y el mar: después por la noche, no preparado bastantemente el enemigo para detener una súbita irrupción y salida de nuestras tropas. Así opinaron los generales que juntó Blake, quien no obstante decidió lo contrario, fundado en que, siendo preciso distribuir de antemano víveres, hacíase imposible verificarlo en tan breve espacio. Dejose pues la partida para el día siguiente. Renovó entonces Blake al anochecer el consejo de guerra, cuyos individuos insistieron en el dictamen dado la víspera de poner al ejército cuanto antes en salvo. Mas ocurriole al general en jefe otra dificultad. La artillería de batalla permanecía en los atrincheramientos, y removerla a deshora, como era indispensable para ejecutar de noche la salida, parecíale imprudente y motivo de espanto al pueblo. Así difiriose la operación por segunda vez. En vista de lo cual, ¿a quién no admirará tal negligencia después de dos meses que hubo para precaver todos los casos? ¿A quién no tanta lentitud e incertidumbre delante de un enemigo tan activo como el francés?
Por último fijose la noche del 28 al 29 para efectuar la salida. Encargose antes a Don Carlos O’Donnell el cuidado de la plaza, asistido de pocas tropas, con orden de capitular a su debido tiempo, consultando los intereses del vecindario. El resto del ejército, bajo Don Joaquín Blake, debía dirigirse por la puerta de San José y puente inmediato, y salvarse penetrando por las líneas enemigas vía de Burjasot, punto menos guarnecido de franceses y terreno ya a las cuatro leguas quebrado. Era el orden de la marcha el siguiente. A la cabeza la división de Don José de Lardizábal, formando en ella vanguardia con un corto trozo el coronel Michelena; luego Don Joaquín Blake, la gente de Zayas, bagajes y varias familias; detrás Don José Miranda y su tropa.
Abrió, pues, Michelena la marcha, y pasó entre Tendetes y Campanar; imitole Lardizábal, no encontrando al principio ningún estorbo. El enemigo se mantenía tranquilo, si bien algo cuidadoso por haber los nuestros explorado en la tarde aquel sitio. Yendo adelante, cruzaron ambos jefes una acequia que había primero, y llegaron a la de Mestalla, en donde les escasearon tablones que facilitasen el paso. Diligente Michelena, no por eso se arredró, y descubriendo un molino o casa con comunicación que daba a entrambas orillas, trató de atravesar por allí. Tenían los enemigos apostado cerca un piquete, y preguntando: «¿quién vive?», respondieron los españoles en lengua francesa: «húsares del 4.º regimiento»; y prosiguieron su camino con brío. Por desgracia, solo Michelena y su corta vanguardia tuvieron tan laudable y valerosa resolución. Lardizábal titubeó y, parándose, detuvo el movimiento de lo restante del ejército. Hallábase todavía Blake en el puente inmediato a la puerta de San José y no tomó partido alguno, aunque vio el entorpecimiento que experimentaban sus columnas. Impaciente Zayas, propúsole continuar y dirigirse, tomando río arriba, al pueblo de Campanar distante menos de media legua. Nada determinó el general en jefe.
Entre tanto Michelena, caminando sin interrupción, tropezó cerca de Beniferri con una patrulla enemiga, y para que esta no diese aviso a los suyos, se la llevó consigo prisionera. Al atravesar los nuestros la mencionada población, acaeció que algunos soldados de la artillería italiana que estaban en las calles, notando lo silencioso y apresurado del caminar de aquella tropa, tuvieron sospecha de que eran españoles, y encerrándose dentro de las casas, empezaron a hacer fuego desde las ventanas, poniendo así en arma el campo francés. No impidió eso a Michelena proseguir su ruta, con la dicha de llegar salvo por la mañana a Liria.
Mas Blake, fijo en el puente e irresoluto, sin escuchar en su atamiento consejo alguno, después de permanecer inmoble por un rato, temiendo al fin un ataque del enemigo por las demás partes, ordenó la retirada a la ciudad, y que cada uno volviese a ocupar su anterior y respectivo puesto: término infeliz del intentado movimiento. Erró Blake en haberle emprendido por solo un paraje, exponiendo así todo el ejército a una misma y precaria suerte. Merece también poca disculpa no haberse provisto de las herramientas y útiles necesarios para el paso de las acequias, y no haber en el aprieto tomado una atrevida y pronta determinación. Tampoco Lardizábal correspondió aquella noche a su fama de hombre intrépido y arrestado. Al revés el coronel Michelena, que se portó con inteligencia y esforzadamente.
Malograda la salida, redoblaron los franceses su cuidado, y
crecieron más y más los obstáculos para los españoles. Con todo,
pensaba Blake en repetir la tentativa dos o tres días después, como si
fuera ya entonces fácil burlar la vigilancia de los enemigos y romper
por medio de sus líneas. Desasosiego
en
Valencia,
y reflexiones. Detuviéronle, según dijo, señales
tumultuarias del pueblo de Valencia, que aquel general calificó de
inconsideradas, y no así nosotros. Porque si bien somos opuestos a
tal linaje de intervención en los asuntos públicos, graduándole de
medio solo oportuno de favorecer las maquinaciones de los malévolos,
nos parece que en el caso actual la paciencia de aquella ciudad había
excedido los límites del sufrimiento más resignado. Durante dos meses
dejaron sus habitadores a Don Joaquín Blake en entera libertad de
obrar. Facilitáronle cuanto deseaba, no le ofrecieron resistencia
alguna, ni siquiera levantaron un quejido. Y ¿qué resultó? Ya lo hemos
visto. Y ¿será dado callar a los vecinos cuando se trata de la vida, de
la hacienda, y de que no se despeñe en su perdición la ciudad en que
nacieron? No, mayor silencio tachárase de servidumbre humilde.
Pero lo que aún es más, el mismo Don Joaquín Blake fue quien dio
impulso a los primeros mormullos del paisanaje. Empezaron estos el
29. Antes, el 28, había aquel general comunicado al ayuntamiento y
a la comisión de partido su resolución de salir por la noche con
el ejército, y prevenídoles al mismo tiempo haber dispuesto que el gobernador Don
Carlos O’Donnell convocase una junta extraordinaria compuesta de las
principales clases y autoridades, la cual atendería en circunstancias
tan críticas a todo cuanto juzgase útil respecto de los intereses del
vecindario. Los preparativos para este llamamiento y las reuniones
que provocó despertaron la atención de los ciudadanos, y descubrieron
el disgusto común, que se aumentó con la tentativa de evasión del
mismo día 28 y su mal éxito. Congregose la nueva junta en la noche del
30 al 31, no advirtiéndose sin embargo hasta entonces otra cosa que
fermentación y suma desconfianza. Reuniones
tumultuarias. Mas luego de instalada aquella corporación, se
encrespó la furia popular, y menester fue nombrar comisionados que
pasasen a examinar el estado de la línea. Entre ellos había individuos
de diversas clases y algunos frailes.
Prendiéronlos a todos al salir por la puerta de Cuarte, y los
enviaron a Blake que se hallaba en el arrabal de Ruzafa. Era la una de
la madrugada, y desazonole mucho al general en jefe el aparecimiento
de los tales comisionados, por lo que no solo no consintió en que
fuesen a visitar la línea, sino que guardando en rehenes a algunos
de ellos, despachó a los otros con escolta a Zayas para que este
les hiciese desfogar los ímpetus del patriotismo en las baterías.
Las contiene
Blake y disuelve
la
junta. Igualmente ordenó a la junta disolverse, no permitiendo
hubiese más autoridad popular que la comisión de partido aumentada con
cuatro o cinco individuos para facilitar el despacho de los negocios.
De este modo quebró su enojo Blake, deshaciendo lo mismo que antes
había decidido, y
mostrándose severo y resuelto en ocasiones en que quizá no era muy
necesario.
Obedecieron todos las determinaciones del general, y se notó a las claras cuán dueño era de llevar a cabo cualquiera plan sin que pudiesen los vecinos ponerle impedimento alguno, manteniéndose siempre el ejército obediente y subordinado. No obstante, ya hemos visto como alegó Blake, para no intentar nueva salida, el desasosiego del pueblo, añadiendo después que no quería con su ausencia dar ocasión a desórdenes y contratiempos. Razón singular, si no le asistía otra, para comprometer la suerte de un ejército entero.
Aprovechaban semejantes disturbios y desaciertos al mariscal Suchet, quien, estrechando el sitio, reforzó más la orilla izquierda del Guadalaviar, construyó reductos, fortificó conventos y rodeó a Valencia de manera que se inutilizasen cuantas tentativas por escaparse hiciesen los nuestros. Comenzó también el ataque contra la ciudad, dirigiendo el principal por la derecha del río y arrabal de San Vicente, y otro por Monteolivete. En ambos frentes abrieron los ingenieros enemigos en la noche del 1.º al 2 de enero las primeras paralelas a 60 y 80 toesas de distancia. Experimentaron alguna pérdida, contando entre los muertos al coronel Henri, oficial inteligente y bizarro. Sus artilleros plantaron en breve siete baterías y empezaron a batir nuestras obras.
Viendo entonces Don Joaquín Blake la dificultad de sostener la línea exterior desde Monteolivete hasta Santa Catalina, metiose dentro de la ciudad con todo el ejército en la noche del 4 al 5: solo dejó fuera las tropas que guarnecían el arrabal del Remedio y las cabezas de puente. También conservó un camino cubierto tirado desde la puerta del Mar hasta el baluarte de Ruzafa. Retiró la artillería de batalla y la gruesa de bronce; mandó clavar la que había de hierro.
No advirtieron los enemigos la retirada de Blake hasta por la
mañana. Creyeron al principio que era un ardid, mas cerciorados
luego de que no, ocuparon el recinto abandonado, y empezaron el 5 el
bombardeo entre una y dos de la tarde desde tres reductos levantados
a la izquierda del río. Mil bombas y granadas cayeron en el espacio
de 24 horas. Considérese el estrago, Pocas
precauciones
tomadas. mayor cuanto no se había tomado
medida alguna para disminuirle, ni blindajes, ni almacenes a prueba
de bomba; la pólvora esparcida y al desabrigo; el ejército allí
amontonado, y la población aumentada con la mucha gente que de la
huerta había acudido; las calles, además, angostas, altas las casas
y endebles, pocos los sótanos. No cesó después el bombardeo: Destrozos. en los días 7 y 8 fueron los
destrozos muy grandes. Depósito aquella ciudad de muchas preciosidades
y rica sobre todo en letras y bellas artes, pereció la biblioteca
arzobispal y la de la universidad, y con esta manuscritos de gran
estima recogidos por el docto Don Francisco Pérez Bayer, su principal
fundador. Así, en un instante, arrasa la guerra y convierte en polvo
lo que ha producido en siglos el ingenio, el talento, o la asidua
laboriosidad.
Consoláranse a lo menos hasta cierto punto de tamaña ruina el político, el guerrero
y aun el literato, con tal que en cambio se hubiesen podido sacar de
la defensa ejemplos vivos que instruyesen a la mocedad y realzasen las
glorias de la nación. Tibieza de Blake
para
animar
a los habitantes. Mas Blake, si había andado perdido
en las operaciones meramente militares, no era de esperar se mostrase
más bien encaminado en las luchas populares, en las de calles y casas,
a semejanza de la inmortal Zaragoza. Iba con su anterior carrera la
primera clase de peleas, oponíase la segunda. Para esta, además,
necesítase fuego y ardiente inspiración, que solo da naturaleza y no
suplen el saber adquirido ni el mas acendrado honor.
En nada había Don Joaquín Blake levantado el ánimo de los habitantes, habíale más bien amortiguado. En nada tampoco había dado indicio de querer defender lo interior de la ciudad, pues no solo, según poco ha hemos visto, escaseaban abrigos contra la caída y explosión de los proyectiles, sino que tampoco se habían cortado las calles ni atronerado las casas, ni adoptado ninguno de los muchos medios que el arte y la práctica enseñan en tales casos.
No obstante Don Joaquín Blake desechó el 6 la propuesta que de
rendirse le hizo el mariscal Suchet. Entre tanto, el estrago y lástimas
crecían, y se presentaron al general en jefe dos diputaciones, una
de la comisión de partido, y otra a nombre del pueblo, para que
capitulase. División
en el modo
de
sentir
de los habitantes. Respetó Blake a estos emisarios.
No así a otros que de tropel acudieron a su casa, pidiendo que
continuase la defensa. De ellos retuvo el general presos a algunos
que subieron a su habitación, y capitaneaban la multitud. El disenso por tanto era
grande: tuvo Blake que llamar tropa para apaciguar a los alborotados y
dispersarlos. Con esto acabó toda oposición y pudo el general disponer
a su arbitrio de la suerte de Valencia.
Era cada vez más crítica la situación de la plaza. Los enemigos, al favor de las cercas y las casas, construían sus baterías muy inmediatas. Habíanse establecido en los arrabales de Ruzafa, San Vicente y Cuarte; la toma de este y la del convento de Santa Úrsula costoles sangre. En ciertos parajes distaban los sitiadores de 15 a 20 varas del muro, cuyo espesor era de solos 10 pies, con endeble parapeto y almenas, el foso angosto, la artillería colocada sobre tablados sostenidos por fuertes pies derechos. Sin embargo, Zayas prosiguió defendiendo con vigor la puerta de San Vicente, siendo aquel general el único que hacia aquella entrada preparó para la resistencia interior las calles vecinas. Inutilizó también una mina de los enemigos, quienes entonces dirigieron sus trabajos contra una convexidad más desamparada que forma la muralla entre la puerta de Cuarte y la mencionada de San Vicente.
Cinco baterías nuevas habían los sitiadores construido y armado sin
que los nuestros pudiesen contraponer cosa de importancia a tantos
fuegos. Amenazaban ya estos abrir brecha, cuando en la tarde del 8
envió Blake al campo enemigo oficiales que prometiesen de su parte
capitular, bajo la condición de que se le dejaría evacuar la ciudad con
todo su ejército, armas y bagajes, y retirarse a Alicante y Cartagena.
Desechó Suchet la
propuesta, y en su lugar fijó los artículos de una capitulación pura y
sencilla, con el aditamento de canjear 2000 hombres por otros tantos de
los prisioneros que hubiese en la isla de la Cabrera, u otras partes.
Disienten
los jefes
acerca de tratar
con el enemigo. Reunió entonces Blake un consejo de guerra a que
asistieron 12 jefes. Los pareceres fueron discordes, queriendo unos
aceptar las proposiciones de Suchet, y otros no. En realidad era ya
infructuosa toda resistencia, fuese militar, fuese de pueblo; la una no
la consentía la naturaleza de la plaza, no estaba preparada la otra.
Decidiose Don Joaquín Blake a admitir la capitulación. Por ella debían los enemigos respetar la religión y proteger las propiedades y a los habitantes, no permitir pesquisa alguna en cuanto a lo pasado, y conceder tres meses de término a los que quisiesen abandonar la ciudad con sus bienes y familia. Otorgábase al ejército salir con los honores de la guerra por la puerta de Serranos, conservando los oficiales las espadas, caballos y equipajes, y los soldados las mochilas. También se convino en el canje propuesto.
Firmose la capitulación en 9 de enero, en cuyo día ocuparon los enemigos la puerta del Mar y la ciudadela. Al siguiente salieron para Francia los españoles prisioneros junto con D. Joaquín Blake. El número de ellos inclusos los 2000 destinados para el canje que fueron camino de Alcira, le hacen subir los franceses a 18.219 hombres: cuenta que nos parece exagerada si no se comprenden en la suma paisanos armados. De gente reglada pueden en verdad computarse unos 16.000. No se verificó el canje ajustado, por no haber consentido en él la regencia del reino.
Hasta el 14 no hizo su entrada en Valencia el mariscal Suchet. Hízola con gran pompa y acompañado de la mayor parte de sus tropas por la puerta de San José, al mismo tiempo que con el resto de ellas penetró por la de San Vicente el general Reille. Quedó nombrado gobernador el general Robert.
Concluida que fue la capitulación, ansió por alejarse de Valencia Don Joaquín Blake. Obraba en ello con prudente mesura. El estado a que se hallaba reducido, aparecían harto deplorable para que no quisiera apartarse cuanto antes del teatro infausto en donde acababan de tener fatal desenlace sus casi continuas y lastimosas desventuras. Hombre recto e ilustrado, propio para dirigir en tiempos tranquilos las tareas de un estado mayor, carecía Blake de las prendas que componen la esencia del verdadero general en jefe, las cuales, como decía Napoleón a ciertos oficiales rusos, no se adquieren con la mera lectura de autores militares. Aferrado Blake en su opinión, no sacaba fruto ni de las lecciones que le suministraba su propia y larga experiencia. Los muchos desastres que empañaron el brillo de su carrera descubren también lo siniestra que le fue siempre la fortuna. Grave perjuicio en un general, por la desconfianza que en los otros y en sí mismo infunde, y que ha dado ocasión a que escritores de peso, y Cicerón[*] (* Ap. n. 17-4.) entre ellos, señalen como una de las cualidades principales de un gran capitán la de la felicidad.
Luego que llegó a Francia Don Joaquín Blake, le encerraron en Vincennes cerca de París, lo mismo que habían hecho con Palafox y otros españoles distinguidos. ¡Injusto y bárbaro procedimiento! Allí hubiera aquel general finado quizá sus días sin los sucesos de 1814. Antevía lo que le aguardaba cuando, dando parte a la regencia del reino de la capitulación de Valencia, decía: «Por lo que a mí toca... miro como determinada la suerte de toda mi vida, y así en el momento de mi expatriación, que es un equivalente a la muerte, ruego encarecidamente a vuestra alteza, que si mis servicios pueden haber sido gratos a la patria, y no hubiesen desmerecido hasta ahora, se digne tomar bajo su protección a mi dilatada familia.» Palabras muy sentidas que aun entonces produjeron favorable efecto, viniendo de un varón que, en medio de sus errores e infortunios, había constantemente seguido la buena causa; que dejaba pobre y como en desamparo a su tierna y numerosa prole, y que resplandecía en muchas y privadas virtudes.
Si por nuestro lado con la caída de Valencia abundaron solo las lágrimas, se manifestaron por el de los franceses sumas las alegrías, y se derramaron con largueza gracias y distinciones. Nombró Napoleón, por decreto de 24 de enero, al mariscal Suchet duque de la Albufera, concediéndole en propiedad y perpetuamente la laguna de aquel nombre, con la caza, pesca y dependencias en premio de los recientes servicios y para dotación de la nueva dignidad. Cuantioso don y de los más fructíferos que se pueden otorgar en España. Por decreto también de la misma fecha, queriendo Napoleón recompensar igualmente a los generales, oficiales y soldados del ejército de Aragón, mandó que se reuniesen a su dominio extraordinario de España, [son sus expresiones] bienes de los situados en la provincia de Valencia, por el valor de 200 millones de francos, no consultando primero si para ello eran bastantes los llamados nacionales que allí pudiera haber, ni especificando en el caso contrario de dónde debiera suplirse lo que faltase. De este modo se despojaba también a José, sin consideración alguna, de los derechos que le competían como a soberano, y se privaba a los interesados en la deuda pública, que aquel había reconocido o contratado, de una de las más pingües hipotecas. Napoleón sucesivamente con la prosperidad desarrebozaba sus intentos respecto de España, y descubría del todo la determinación en que estaba de arrancar a José hasta la sombra de autoridad que este conservaba todavía.
Al día siguiente de la rendición de Valencia fueron desarmados
los vecinos, y muchos conducidos a Francia so pretexto de que eran
provocadores de motín. Lo mismo, por orden especial despachada de
París, todos los frailes que pudieron haberse, que ascendieron a
1500. Frailes llevados
a Francia
y
arcabuceados. Hubo más: a cinco de ellos, los padres Rubet,
Lledó, Pichó, Igual y Jérica, arcabuceáronlos junto a Murviedro, a
otros dos en Castellón de la Plana. Igual suerte cupo desde Segorbe a
Teruel a 200 prisioneros que se rezagaban de cansados. Así se cumplía
la capitulación pactada.
Figurábanse ahora los franceses, como ya en un principio, ser los frailes los
fraguadores del levantamiento y de la resistencia nacional, y de
consiguiente se ensañaban en sus personas. Juicio, según hemos
advertido otras veces, hasta cierto punto errado. Hubo religiosos que
en efecto tomaron parte honrosa en la causa de la patria común, pero
no todos ni exclusivamente. Y en Valencia pensó el mayor número, más
que en la defensa, en sus particulares intereses, en vender ajuar
y alhajas y en repartirse el peculio, porte que excitó descontento
y murmuración. Conducta
del clero
y
del arzobispo. El clero secular acogió bien a los invasores a
imitación del prelado de la diócesis, el arzobispo Company, franciscano
escondido en Gandía durante el sitio, y que tornó a Valencia después
de conquistada la ciudad, esmerándose en obsequios y lisonjas hacia
Napoleón y sus huestes.
Verdad sea que hasta de la población recibió Suchet mayores pruebas de afición que en otras partes. Las causas, las mismas que las que indicamos al tiempo de ser ocupada la Andalucía, o a lo menos muy parecidas a las de entonces. Contribuyó también mucho a semejante disposición de los ánimos el inconcebible proceder de Blake, y su tibieza con los moradores. No obstante eso, y de procurar Suchet, conforme veremos más adelante, introducir en la administración mejor arreglo que otros generales compatriotas suyos, no tardaron largo tiempo en levantarse por aquel reino varias partidas.
Mientras ocurrían en Valencia los sucesos que acabamos de referir, adelantábase por la Mancha el auxilio que enviaba a Suchet el mariscal Marmont, desde las riberas de Tajo, en Extremadura. Consistía la fuerza en tres divisiones, dos de infantes y una de caballos, bajo las órdenes del general Montbrun. Llegó este el 9 de enero a Almansa, y aunque con fecha del 11 recibió indicación de Suchet para que se volviera, pues tomada Valencia excusado era el socorro, prosiguió sin embargo su marcha y se adelantó a Alicante, cuya plaza pensó ganar por sorpresa aprovechándose del decaimiento que había causado la pérdida de la capital de la provincia. No era la empresa tan fácil como se imaginaba.
Don Nicolás Mahy y las tropas que con él se retiraron después del 26 de diciembre a las riberas del Júcar, habían abandonado estas harto de priesa, y evacuando apenas sin oposición el punto importante de Alcira, habíanse venido a Alcoy y pasado en seguida, unas a Alicante, otras a Elche. También Don Manuel Freire se había alejado de Requena y acercádose a los mismos puntos.
Aunque poco gloriosos los más de estos movimientos, resultó no obstante de ellos que se agolpasen hacia Alicante tropas bastantes para desbaratar los proyectos de los enemigos contra dicha plaza. Se presentó delante de ella el general Montbrun, y habiendo intimado en vano la rendición y arrojado dentro algunas granadas, se retiró de allí muy pronto. Su presencia, si bien efímera, dejó en la comarca mal rastro. Porque después de haber desalojado de Elche y pueblos cercanos las tropas españolas, impuso de contribución a los habitantes sumas enormes, y causoles extorsiones graves.
Esto y otras atenciones impidieron a Suchet emprender cosa alguna contra Alicante y Cartagena, cuyos boquetes, fomento de guerra, había pensado cerrar el mariscal francés apoderándose en breve de aquellos muros. La malograda tentativa de Montbrun sirviendo de despertador para una defensa más cumplida, frustraba todo rebate.
Tuvo por tanto Suchet que limitar sus deseos, y contentarse con situar más allá del Júcar al general Harispe y la brigada de Delort, poniendo por la izquierda de estos, en Gandía, al general Habert. También se enseñoreó de Denia, puerto de mar, plaza en el nombre, con un castillo en lo alto. La abandonó sin hacer resistencia su gobernador Don Esteban Echenique. Tuvo de ello culpa en parte Don Nicolás Mahy, que primero envió 200 hombres de socorro y luego los retiró. Sin embargo, ya que se hubiese evacuado la ciudad, convenido hubiera sacar, como no se hizo, varios efectos e inutilizar la artillería.
Después de tamañas desgracias, las tropas que restaban del 2.º ejército, y se habían retirado con las del 3.º, mandadas por Don Nicolás Mahy, y las que de este mismo se habían antes adelantado con Don Manuel Freire hacia Requena, o quedádose en la frontera de Granada, continuaron alojadas, ya en Alicante y sus alrededores, y ya en Cartagena y pueblos del reino de Murcia. El número de ellas, incluyendo las guarniciones de las citadas últimas dos plazas, al pie de 18.000 hombres. Tomó luego el mando interino de todas Don José O’Donnell, jefe del estado mayor del tercer ejército. Las del general Villacampa, que entraban en cuenta, se alejaron al fenecer enero y no tardaron mucho en regolfar a Aragón, principal sitio de sus proezas.
No solo se vieron acosadas todas estas fuerzas por las de Suchet
y por las del general Montbrun, sino también por parte de las del
ejército francés del mediodía que acudieron al cebo de los despojos.
Llegaron las postreras a la vista de la ciudad de Murcia el 25 de
enero, El general Soult
en Murcia.
y el 26 entró en ella con 600 caballos el general Soult, hermano del
mariscal. La víspera le había precedido un destacamento, y unos y otros
impusieron al vecindario muy pesadas contribuciones, imposibles de
realizar. A estos gravámenes quiso el general francés añadir otro nuevo
con sus festines, y mandó se le preparase para aquel día en el palacio
episcopal donde se albergaba, un espléndido y regalado banquete. Le ataca
Don Martín
de la Carrera.
Gustaba ya deliciosos manjares, cuando vino a interrumpirle en su
ocupación sensual una voz que decía: «Las tropas españolas han entrado,
los enemigos son perdidos.»
En efecto, Don Martín de la Carrera, que se apostaba no lejos con gran parte de la caballería del segundo y tercer ejército, después de reunir un trozo de ella en Espinardo, a media legua de la ciudad, acababa de penetrar por la puerta de Castilla a la cabeza de 100 jinetes. Tenían otros la orden de acometer al mismo tiempo por los demás puntos. Era el intento de Carrera sorprender a los enemigos que, a la verdad, no le aguardaban, cogerlos o aventarlos, y libertar a la ciudad de huéspedes en tal manera molestos.
Sobresaltado el general Soult, levantose de la mesa y, con la
precipitación, tropezó y bajó la escalera casi rodando. Aunque mal
parado, montó sin embargo a caballo: le siguieron todos los suyos. No
así, por desgracia, a Carrera los de su bando, quienes, excepto los
que él mismo capitaneaba, o no entraron en la ciudad o retrocedieron
luego por equivocación o desmayo. Tuvo de consiguiente el Don Martín
que hacer cara solo con sus cien hombres a las fuerzas del enemigo
tan superiores. No por eso se abatió, y antes de ser estrechado paseó
calles y plazas acuchillando y matando a cuantos contrarios topaba.
Duró tiempo la lid. Costó el terminarla sangre al francés; Muerte gloriosa
de este. mas a lo último,
cogidos, muertos o destruidos los soldados de Carrera, quedó este solo
y rodeado por seis de los enemigos en la plaza nueva. Defendiose gran
trecho, mató a dos, y si bien herido de un pistoletazo y de varios
sablazos, sostúvose aún, no quiso rendirse, y peleó hasta que exánime
y desangrado cayó tendido en la calle de San Nicolás donde expiró.
Ejemplo de hombres valerosos era Carrera, mozo y membrudo, de estatura
elevada, noble en el rostro, de arrogante y gentil apostura.
Antes de finalizarse el combate ya habían los enemigos entregado al saco la ciudad de Murcia. Robáronlo todo, y cometieron los mayores excesos, particularmente en el barrio del Carmen. Despojaban en la calle a las mismas mujeres de sus propias vestiduras, y no perdonaron ni aun el ochavo que en el mugriento bolso escondía el mendigo. Cargados de botín y temerosos de que tornasen los nuestros, se retiraron por la noche, y en Alcantarilla y en casi todo el camino hasta Lorca repitieron iguales o mayores demasías.
Como quiera que lacerados de dolor, tributaron los murcianos al día siguiente honores fúnebres al cadáver del inmortal Don Martín de la Carrera, y le sepultaron con la pompa que les permitía su triste azar. Un mes después, celebró también en memoria del difunto solemnes exequias el general en jefe Don José O’Donnell, y diose el nombre de la Carrera a la calle de San Nicolás, en la cual terminó aquel caudillo sus días, peleando como bueno. La junta provincial determinó igualmente erigirle un cenotafio en el sitio mismo de su fallecimiento.
A los muchos desastres que de tropel sucedieron en esta parte de España, agregose otro mancillado de afrenta. Dueño de Valencia el mariscal Suchet, y enviadas a la derecha del Júcar las fuerzas que hemos arriba expresado, púsose asimismo en relación, ocupando a Buñol, con el ejército francés del centro, destacó a Cataluña la división de Musnier, necesaria allí por lo que ocurría, y destinó al general Severoli con los italianos a formalizar el sitio de Peñíscola.
Se eleva esta población sobre una empinada roca, mar adentro, a 120 toesas de la orilla con la cual no comunica sino por medio de una lengua de tierra bastante angosta. Escarpados y buenas obras rodean la plaza por todas partes; domínala interiormente un castillo, y se asemeja en compendio por su natural fortaleza a Gibraltar. Fue largo tiempo mansión de aquel papa Luna de condición tan obstinada, cuyo nombre lleva todavía una torre en donde parece moraba. Cubren al istmo en los temporales las oleadas, y estaba ahora reforzado el frente con baterías de varios pisos. Más allá, y paralelo a unas montañas vecinas, se extiende un marjal perenne, cuya inundación se había aumentado artificialmente, e interrumpido con cortaduras la calzada que le atraviesa y conduce a la citada lengua de tierra, único punto accesible para los franceses, no señores de la mar. Tenía la plaza mil hombres de guarnición y estaba abundantemente provista. Cruzaban por aquellas aguas barcos cañoneros y buques de guerra nuestros y aliados. Era gobernador Don Pedro García Navarro.
Acercose el general Severoli el 20 de enero a Peñíscola, y envió un parlamentario con proposiciones que fueron desechadas. De resultas, empezaron los enemigos a preparar el sitio, y se colocaron en las colinas y playas inmediatas. El 28 arrojaron bombas desde una batería de morteros distante 600 toesas. En la noche del 31 al 1.º de febrero formaron la línea paralela de faginas y gaviones que se prolongaba por detrás de la inundación, y torcía a su extremo meridional para continuar lo largo de la costa. En el opuesto construyeron baterías en las alturas. Las dificultades que tenían los sitiadores que vencer antes de aproximarse al cuerpo de la plaza parecían insuperables. No obstante prosiguieron los trabajos.
En el intermedio aconteció que viniese a parar a manos de los
franceses un pliego que el gobernador García Navarro escribía al
general español de Alicante: quejábase en su contenido del porte
de los ingleses, y hablaba como si intentasen estos apoderarse de
Peñíscola; añadiendo que preferiría en tal caso someterse a los
enemigos. Barruntos tenía Suchet de la propensión de ánimo del
García Navarro, si ya no ocultas relaciones; y en vista ahora del
expresado pliego se apresuró a establecer con él negociación directa,
para lo cual despachó al oficial de estado mayor Mr. Prunel. García
Navarro inmediatamente se rindió a partido, y se rindió bajo la sola
condición de que se permitiera a los suyos retirarse libremente
adonde quisieren. En consecuencia se posesionaron los franceses
de Peñíscola el 4 de febrero. Escandalosa entrega; pero aún más
escandalosos y sin ejemplo los términos siguientes con que se encabezó
la capitulación:[*] (* Ap. n. 17-5.) «El gobernador y la junta militar...
convencidos de que los verdaderos españoles son los que unidos al
rey Don José Napoleón procuran hacer menos desgraciada su patria.»
Conducta infame
del gobernador
García
Navarro. Basta. ¡Qué gobernador! ¡Qué junta militar! No paró
aquí la desbocada conducta del primero. Entró después a servir al
intruso, y recibió en premio honores y condecoraciones, escribiendo
antes al mariscal Suchet entre otras cosas:[*]
(* Ap. n. 17-6.) «V. E.
debe estar bien seguro de mí: la entrega de una plaza fuerte que tiene
víveres y todo lo necesario para una larga defensa... es un garante
de mis promesas...» Memorial con relación de méritos sacados de la propia infamia.
Tal baldón, tales infortunios compensáronlos en parte dos acontecimientos felices y honrosos, que ocurrieron casi por el mismo tiempo.
Fue el uno la defensa de Tarifa. Diose cuenta en su lugar de los
refuerzos anglo-españoles que habían en octubre entrado en aquella
plaza, como también de los movimientos concomitantes que hasta 1.º de
noviembre ejecutó en la serranía de Ronda Don Francisco Ballesteros.
Movimientos
de Ballesteros. El
glorioso avance que hizo dicho general sobre Bornos en 5 de aquel
mes, y otro que en su apoyo verificaron a la propia sazón, la vuelta
de Vejer, el general Copons y el coronel inglés Skerret, pararon
ahincadamente la consideración del mariscal Soult. Pero no hallándose
este con suficientes fuerzas a causa de las que le ocupaban las
inmediatas atenciones, y de tropas que había enviado a Extremadura por
lo de Arroyomolinos, creyó necesario echar mano en parte de las de
Granada para contener a Ballesteros y embestir a Tarifa. Así, ordenó
que Leval se acercase a la serranía de Ronda con 6800 combatientes
infantes y caballos, y que se le juntase en ella el general Barrois
con 4200, debiendo también dirigirse un trozo de 3000 hombres de
los que sitiaban a Cádiz sobre Facinas y otros puntos inmediatos.
Tal avenida de fuerzas obligó a Ballesteros a refugiarse otra vez
bajo el cañón de Gibraltar, dejando no obstante en las montañas una
vanguardia a las órdenes de Don Antonio Solá, quien, asistido además
de los serranos, tenía encargo de cortar al enemigo la comunicación e
interceptarle las
subsistencias. Cumplió debidamente este jefe con lo que le habían
encomendado, y estrechando de cerca el 6 de diciembre a los franceses
de Estepona, los obligó a huir y les cogió mochilas y equipajes.
También Copons y Skerret evolucionaron para distraer al enemigo por
la parte de Algeciras; mas, sabedores de que Tarifa era amenazada,
tornaron de priesa a cubrir sus muros.