HISTORIA
DEL
LEVANTAMIENTO, GUERRA Y REVOLUCIÓN
de España.
Mientras iba sobre Valencia denso nublado, sin que bastaran a disiparle ni los esfuerzos de aquella provincia, ni de las inmediatas, será bien que veamos lo que ocurría por el occidente de España y lugares a él contiguos.
Cruzado que hubo Lord Wellington el río Tajo, siguiendo en julio el movimiento retrógrado del mariscal Marmont, caminó al norte y sentó sus reales el 10 de agosto en Fuenteguinaldo, con visos de amagar a Ciudad Rodrigo.
Permaneció, no obstante, inmoble hasta promediar septiembre, de lo que se aprovechó el francés, ansioso de extender el campo de su dominación, para atacar al 6.º ejército español; lisonjeándose de deshacerle, y verificar quizá en seguida una incursión rápida en el reino de Galicia.
Tocaba ejecutar el plan al general Dorsenne, que mandaba en jefe las tropas y distritos llamados del norte; y favorecíanle, en su entender, no solo la inacción de Lord Wellington, sino también mudanzas sobrevenidas en el gobierno de las fuerzas españolas.
Vimos cuán atinadamente capitaneaba el 6.º ejército Don José
Santocildes, y cuánto le adestraba de acuerdo con el jefe de estado
mayor D. Juan Moscoso. En virtud de tan loable porte parecía que
hubiera debido continuar en el mando. No lo permitió la suerte aviesa.
Abadía sucede
a Santocildes.
Reemplazole en breve Don Francisco Javier Abadía. Se atribuyó la
remoción al general Castaños, que conservaba, si bien de lejos, la
supremacía del 6.º ejército, y susurrose que le impelieron a ello
inspiraciones de ajenos celos, u otros motivos no menos reprensibles.
Abadía se presentó a sus tropas a mediados de agosto.
Situábase en aquel tiempo el mencionado ejército del modo siguiente: la vanguardia, bajo Don Federico Castañón, en San Martín de las Torres y puente de Cebrones; la 3.ª división, del cargo del brigadier Cabrera, en la Bañeza; la 2.ª, ahora a las órdenes del conde de Belveder, en el puente de Órbigo; se alojaba en Astorga una reserva, y permanecía en Asturias, como antes, la 1.ª división. Indicamos en otro lugar el total de la fuerza, que más bien que disminuido se había desde entonces aumentado.
No cesó esta de hostilizar al enemigo, a pesar de lo ocurrido en primeros de julio que ya referimos, siendo de notar la sorpresa que el 16 de agosto hicieron algunos destacamentos de la guarnición francesa del pueblo de Almendra, en donde cogieron más de 130 prisioneros.
Fue el 25 del citado mes cuando Dorsenne intentó acometer a los nuestros, que se dispusieron a retirarse, viniendo sobre ellos superiores fuerzas. Abadía, como recién llegado y sin conocimiento a fondo de la disciplina de sus soldados, recelábase del éxito; por lo que con moderación laudable dejó a Santocildes y a Don Juan Moscoso la principal dirección de las operaciones.
Tuvieron estas por mira efectuar una retirada en parte excéntrica, por cuyo medio se consiguiese no agolpar las tropas a un solo punto, cubrir las diversas entradas de Galicia, algunas de Asturias, y establecer comunicaciones a la derecha con los portugueses que mandaba en Tras-os-Montes el general Silveira. Maniobra útil en aquella ocasión, y muchas veces conveniente en las guerras nacionales, (* Ap. n. 17-1.) según expresa, y con razón, Mr. de Jominy.[*]
Los franceses avanzando acometieron primero la división que se alojaba en la Bañeza; la cual, después de sostener briosamente una arremetida de los lanceros enemigos, se replegó en buen orden sobre Castrocontrigo, y de allí, según se le tenía mandado, a la Puebla de Sanabria. En seguida, y por la tarde de dicho día 25, atacaron los franceses la vanguardia y la 2.ª división, las cuales se enderezaron al punto de Castrillo, para unirse con la reserva.
Juntos los tres últimos cuerpos, o sean divisiones, tomaron el 26 la ruta del puerto de Foncebadón, excepto el regimiento 1.º del Ribero, que reforzado después con el 2.º de Asturias, defendió el 27 valerosamente el puerto de Manzanal.
En este día también penetró el francés por Foncebadón, defendiéndose largo tiempo Castañón y la reserva en las alturas colocadas entre Riego y Molinaseca. Aquí, no menos que en Manzanal, fueron escarmentados los enemigos, pues tuvieron mucha pérdida y contaron entre los muertos al general Corsin y al coronel Barthez, quedando a los nuestros por trofeo el águila del 6.º regimiento de infantería.
Sin embargo, engrosados los contrarios, pasaron adelante y se derramaron por el Bierzo. Abadía, al propio tiempo que sentó su cuartel general en el Puente de Domingo Flórez, cubriendo a Galicia por este lado, retiró de Villafranca la artillería, camino de Lugo, destacó hacia allí fuerzas que amparasen las alturas de Valcarce, y colocó en Toreno, para cerrar las avenidas inmediatas de Asturias, los cuerpos que habían combatido en Manzanal.
De resultas de estas medidas, de la buena defensa que en los puertos habían hecho los españoles, y a causa de los temores que infundía Galicia por su anterior resistencia, detúvose Dorsenne y no avanzó más allá de Villafranca del Bierzo, desesperanzado de poder realizar en aquel reino pronta y venturosa irrupción. Saquearon, sí, sus tropas los pueblos del tránsito, y al retirarse, en los días 30 y 31 de agosto, se llevaron consigo varias personas en rehenes por el pago de pesadas contribuciones que habían impuesto. Abadía de nuevo ganó terreno, y hasta entonces portose de modo que su nombramiento no produjo en el ejército trastorno ni particular novedad, habiendo obrado, según apuntamos, en unión con su antecesor. ¡Ojalá no hubiera nunca olvidado proceder tan cuerdo!
El avanzar de nuestras tropas, y un amago de las de la Puebla de Sanabria, aceleraron la retirada de Dorsenne, que se limitó a conservar y fortalecer a Astorga. Aguijole también para ello el mariscal Marmont, que necesitaba de ayuda en un movimiento que proyectaba sobre el Águeda y sus cercanías.
En aquellas partes, firme Lord Wellington en Fuenteguinaldo, hacía resolución de rendir por hambre a Ciudad Rodrigo, escasa de vituallas. Con este objeto, y persuadido del triunfo, a no ser que acudiese al socorro gran golpe de gente, formó una línea que desde el Azaba inferior se prolongaba por el Carpio, Espeja y El Bodón a Fuenteguinaldo. Asiento el último punto del cuartel general, reforzole con obras de campaña, y situó en él la 4.ª división: destacó a la derecha del Águeda la división ligera, y puso en las lomas de la izquierda del mismo río la 3.ª con la caballería, apostando una vanguardia en Pastores, a una legua de Ciudad Rodrigo. El general Graham, que de la Isla de León había pasado a este ejército, y sucedido a Sir Brent Spencer en calidad de 2.º de Wellington, regía las tropas de la izquierda, alojadas en la parte inferior del Azaba, ocupando la superior, en donde formaba el centro, Sir Stapleton Cotton con casi todos los jinetes. De los españoles solo había Don Julián Sánchez, y también Don Carlos de España, enviado por Castaños para alistar reclutas en Castilla la Vieja y mandar aquellos distritos: ambos jefes recorrían el Águeda río abajo. Destinose la 5.ª división inglesa a observar el punto de Perales, permaneciendo a retaguardia de la derecha. Servía de reserva la 7.ª en Alamedilla. Lo restante de la fuerza anglo-portuguesa, se acordará el lector que la dejó Lord Wellington a las órdenes del general Hill en el Alentejo, para atender a la defensa de la izquierda del Tajo, y a las ocurrencias de la Extremadura española.
El movimiento que intentaba Marmont sobre el Águeda, y para el que hubo de contar con el general Dorsenne, dirigíase a socorrer a Ciudad Rodrigo, cuyos apuros crecían demasiadamente. Abrió el mariscal francés su marcha desde Plasencia el 13 de septiembre, tomando antes varias precauciones, como construir un reducto en el puerto de Baños, asegurar los puentes y barcas de ciertos ríos, y poner al general Foy con la 6.ª división en vela del camino militar y pasos de la sierra.
Yendo a encontrarse Dorsenne y Marmont, cada uno por su lado, juntáronse el 22 cerca de Tamames. Con el primero hallábase ya incorporada una división que mandaba el general Souham, la cual pertenecía a las fuerzas que habían entrado últimamente en España cuando las italianas de Severoli. Y sin riesgo de error puédese computar que las tropas enemigas que marchaban ahora la vuelta de Ciudad Rodrigo, ascendían a 60.000 hombres, 6000 de caballería con gran número de cañones.
Próximos los franceses, no hizo Lord Wellington ademán alguno para impedir la introducción de socorros en la plaza, y solo aguardó al enemigo en la posición que ocupaba. Vino aquel a atacarla el 25. Trabó el combate con 14 escuadrones el general Wathier por la parte inferior del Azaba, que guarnecía Graham, y arrolló los puestos avanzados, los cuales, volviendo en sí y apoyados, recobraron el terreno perdido. No era esta tentativa más que un amago. Encaminábase la principal atención de los contrarios a embestir la 3.ª división inglesa situada en las lomas que se divisan entre Fuenteguinaldo y Pastores. Puso Marmont para ello en movimiento de 30 a 40 escuadrones, guiados por el general Montbrun, y mucha artillería, debiendo favorecer la maniobra 14 batallones. Lord Wellington dudó un instante si atacarían los enemigos aquella posición por el camino real que va a Fuenteguinaldo o por los pueblos de Encina y El Bodón. Cerciorado de que sería por el camino real, dispuso reforzar en gran manera aquel punto. Los ingleses allí apostados, si bien al principio solos y en corto número, se defendieron denodadamente contra la caballería y artillería enemigas, y recobraron dos piezas abandonadas en una embestida.
No habían aún llegado los infantes franceses, mas, advirtiendo Wellington que se aproximaban, y calculando que probablemente concurrirían al sitio del ataque antes de los principales refuerzos británicos, llamados de partes más lejanas, resolvió abandonar las lomas asaltadas y retirar a Fuenteguinaldo las tropas que las defendían. Verificaron estas el repliegue formando cuadros y en admirable ordenanza, sin que la pudiesen romper los arrojados acometimientos de la caballería francesa. Quedó solo como cortada la pequeña vanguardia que cubría el alto de Pastores y mandaba el teniente coronel Williams; pero este oficial, lejos de atribularse, mantúvose reposado y con acertada inteligencia subió el Águeda la orilla derecha arriba hasta Robledo, en donde repasó el río logrando por la tarde unirse felizmente al grueso del ejército en Fuenteguinaldo.
Aquí, en el mismo día, estableció su centro Lord Wellington, alterando la anterior posición con la derecha del lado del puerto de Perales y la izquierda en Nave de Haver. Apostó a Don Carlos de España y la infantería española junto al Coa, enviando la caballería bajo Don Julián Sánchez a retaguardia del enemigo.
Reunieron el 26 los franceses toda su gente, y examinado que hubieron la estancia de Fuenteguinaldo, creyéronla tan fuerte que desistieron de atacarla. No lo pensaba así Wellington, por lo cual retrocedió tres leguas, poniendo el 27 la derecha en Aldeia Velha, la izquierda en Bismula y el centro en Alfayates, antiguo campo romano y hoy villa de Portugal, en sitio alto, cercada de viejos muros. En este día dos divisiones de los franceses, siguiendo la huella de los aliados, trabaron vivos reencuentros, y la cuarta de los ingleses perdió y recobró dos veces a Aldeia da Ponte.
No satisfecho aún Wellington con su última posición, y ateniéndose a un plan general de operaciones anteriormente trazado, retirose una legua atrás a estancias que se dilataban por la cuerda del arco que forma el Coa cerca de Sabugal, dejando a la derecha la sierra das Mesas, y a la izquierda el pueblo de Rendo, en cuyo sitio presentó batalla a los franceses, que esquivaron estos, cumplido su deseo de socorrer a Ciudad Rodrigo.
En los combates del 25 y 27 perdieron los ingleses unos 260 hombres, no más los franceses. Vio en aquellos días por primera vez el fuego, y se distinguió, el príncipe de Orange, que allí asistía en calidad de ayudante de campo de Lord Wellington, exponiendo su persona por la independencia de un país muy desamado, dos siglos antes, de sus ilustres y belicosos abuelos los Guillermos y Mauricios. Así anda y voltea el mundo.
Separáronse a poco los dos generales franceses, no pudiendo mantenerse unidos por celos, falta de subsistencias y por amagos que tenían de otros lugares. Dorsenne se retiró hacia Salamanca y Valladolid; Marmont a tierra de Plasencia.
También Lord Wellington tomó nuevos acantonamientos, sentando en Freineda su cuartel general. Vínole bien no le hubiesen los franceses atacado el 25 con todo su ejército, ni embestido el 26 la posición de Fuenteguinaldo. Las muchas fuerzas que consigo traían hubiéranle podido causar gran menoscabo. Tan cierto es que en la guerra representa la fortuna papel muy principal.
Dio entonces Lord Wellington comienzo a los preparativos que exigía la formalización del sitio de Ciudad Rodrigo. Le dejó para su empresa, según ya indicamos, sumo despacio lo que ocurría en las demás partes de España, y tampoco le perjudicaron las operaciones de los partidarios que andaban cerca, singularmente las de Don Julián Sánchez.
Entre otros hechos de este, por entonces notables, cuéntase el acaecido el 15 de octubre en las cercanías de Ciudad Rodrigo. Sacaban los enemigos su ganado a pastar fuera, y deseoso Sánchez de cogerle, armó una celada con 360 infantes y 130 jinetes en ambas orillas del Águeda corriente abajo. A la propia sazón que acechaban los nuestros y se preparaban a la sorpresa, salió de la plaza a hacer un reconocimiento con 12 de a caballo el gobernador francés Renaud, y emparejando parte de los emboscados con él y su escolta, apoderáronse de su persona por la izquierda del río, al paso que por la derecha apresaron los otros unas 500 reses de ganado vacuno y cabrío. Desesperábase Renaud por su infortunio, y Don Julián tratando de consolarle, le dio una cena acompañada de música y tan espléndida como permitían las circunstancias de su vario e inestable campo.
También molestaba España a los enemigos, e irritado de que el general Mouton, comandante de unas tropas que entraron en Ledesma, hubiese arcabuceado a 6 prisioneros nuestros 24 horas después de haberlos cogido, hizo otro tanto con igual número de franceses, escribiendo en 12 de octubre al gobernador de Salamanca Thielbaud una carta en que se leían las cláusulas siguientes:[*] (* Ap. n. 17-2.) «Es preciso que V. E. entienda y haga entender a los demás generales franceses que siempre que se cometa por su parte semejante violación de los derechos de la guerra, o que se atropelle algún pueblo o particular, repetiré yo igual castigo inexorablemente en los oficiales y soldados franceses... y de este modo se obligará al fin a conocer que la guerra actual no es como la que suele hacerse entre soberanos absolutos, que sacrifican la sangre de sus desgraciados pueblos para satisfacer su ambición o por el miserable interés, sino que es guerra de un pueblo libre y virtuoso, que defiende sus propios derechos y la corona de un rey a quien libre y espontáneamente ha jurado y ofrecido obediencia, mediante una constitución sabia que asegure la libertad política y la felicidad de la nación.» ¡Esto decía España en 1811!
A la derecha de Lord Wellington, D. Francisco Javier Castaños con el 5.º ejército, y auxiliado por las tropas del general Hill, dio no poco que hacer a los franceses.
Aunque se extendía el mando de aquel jefe al 6.º ejército, y después
comprendió también el del 7.º, su autoridad inmediata aparecían por
lo común solo en Extremadura y puntos vecinos. Mostrose Castaños allí
riguroso con desertores, infidentes y otros reos, lo que desdecía de su carácter al parecer
blando. Bien es verdad que hubo ocasión en que ejerció la justicia
contra delincuentes cuya conducta estremece aún y pone espanto. Pedrezuela
y su mujer. Fue horrible el caso
de José Pedrezuela y de su mujer María Josefa del Valle. Barba el
primero algún tiempo del coliseo del Príncipe de Madrid, fingiose
comisionado regio del gobierno legítimo, y desempeñó el supuesto cargo
en Piedralaves y Ladrada, pueblos de tierra de Toledo. Los habitantes
y guerrillas de la comarca le obedecían ciegamente en la creencia
de ser enviado por el gobierno de Cádiz. La ocupación enemiga daba
favor al engaño. El Pedrezuela y su esposa fueron convictos de haber
condenado a suplicios bárbaros, sin facultad ni debido juicio, a más
de 13 personas. Ejecutaba aquel las sentencias por sí mismo, o las
hacía ejecutar a media noche en un monte o heredad, cosiendo a sus
víctimas a puñaladas, o matándolas de un fusilazo en el oído. Iba a
veces la muerte acompañada de otros horrores, y si bien se probaron
solo 13 asesinatos, se imputaban a los reos fundadamente más de 60.
La mujer, hembra de ferocidad exquisita, condenaba en ausencia del
marido y superaba a este en saña y encarnizamiento. Querían cohonestar
sus crueldades con el patriotismo, y sacrificaron a varios sujetos
respetables, entre otros a D. Marcelino Quevedo, asesor de las
guerrillas de la provincia de Toledo. Alucinados así los pueblos, y
contenidos por el respeto que tributaban al gobierno legítimo, se
sometieron al pseudo-comisionado por espacio de tres meses. Descubierta
a lo último la falsía y enredo, diose orden de prender a matrimonio tan sanguinario y bien
apareado, y mandó Castaños formarles causa. Vista esta, condenaron los
jueces al marido a la pena de horca, y a ser en seguida descuartizado;
a la mujer a la de garrote. Ajusticiáronlos el 9 de octubre en Valencia
de Alcántara. Digno castigo, aunque tardío, de tamaños crímenes.
Si no de color más subido, eran también sobrado feos los que se achacaban a Don Benito María de Ciria, capitán retirado y actual corregidor del rey José en Almagro. Llamábanle el Nerón de la Mancha. Obtuvo tal nombre por las extorsiones que causó, por los varios inocentes que llevó al cadalso. Le prendió el 29 de septiembre, cerca de aquella ciudad, el capitán Don Eugenio Sánchez, al tiempo que su jefe el sargento mayor Don Juan Vaca, de la partida, o sean húsares francos de Don Francisco Abad [Chaleco], atacaba la guarnición enemiga, la deshacía y tomaba bastantes prisioneros. Un consejo de guerra reunido por Castaños condenó a Ciria a la pena de garrote, ejecutada el 25 de octubre en el mismo Valencia de Alcántara. Pero apartemos los ojos de escenas tan melancólicas, deplorables efectos de disensiones civiles.
Otros hechos verdaderamente nobles y sin rastro de duelo realizábanse, entre tanto, por aquellos pasajes. No nos detendrán los muchos y diversos de las guerrillas, aunque sí merece honrosa mención el partidario D. Antonio Temprano, quien el 8 del citado octubre, a las puertas mismas de Talavera, libertó al coronel inglés J. Grant, cogido antes prisionero en el Acehúche.
Combate de mayores resultas y muy glorioso pasará a delinear nuestra pluma. Habían los enemigos tratado de estrechar el corto ámbito que ocupaba el 5.º ejército en Extremadura, con la mira de privarle de los limitados recursos que sacaba de allí, y aumentar los suyos propios, también harto circunscriptos. Con tan doble objeto colocose en Cáceres y se extendió hasta las Brozas el general Girard, asistido de una columna de 4000 infantes y 1000 caballos, perteneciente al 5.º cuerpo francés, que seguía bajo el general Drouet enseñoreando las márgenes de Guadiana. Esta operación habíanla los franceses diferido, recelosos de empeñar choque no solo con los españoles, sino igualmente con los anglo-portugueses de Hill. Mas la inmovilidad de los últimos, metidos allá en el Alentejo sin ayudar a los nuestros, dio aliento a los enemigos para extenderse por los puntos arriba indicados. Hambreando de ese modo a los españoles, y no pudiendo la junta de la provincia, establecida en Valencia de Alcántara, ni siquiera suministrar las más indispensables raciones, acudió Don Francisco Javier Castaños a Lord Wellington y le propuso un movimiento en unión con las tropas aliadas.
Accedió el general inglés a los deseos del español, y en consecuencia marchó Hill la vuelta de nuestra Extremadura. Tomó este consigo la mayor parte de su fuerza, que según dijimos ascendía a 14.000 hombres, y el 23 de octubre asomó ya por Alburquerque. Se le juntó el 24 en Aliseda Don Pedro Agustín Girón, segundo de Castaños y comandante de la columna destinada a obrar con los ingleses, la cual se componía de 5000 hombres, distribuidos en dos trozos, a las órdenes inmediatas del conde de Penne Villemur y de Don Pablo Morillo.
Continuando en Cáceres la fuerza principal de Girard, tenía destacamentos en algunos pueblos y señaladamente 300 caballos en Arroyo del Puerco, los cuales se recogieron el 25 a Malpartida por avanzar Penne Villemur con la caballería española. Quisieron los aliados atacarlos en aquel pueblo, mas los enemigos se replegaron a Cáceres, cuya ciudad también abandonó el general francés dirigiéndose a Torremocha.
Prosiguieron los nuestros su camino y el 27 se reunieron todos en Alcuéscar, en donde supieron con admiración que Girard se mantenía en Arroyomolinos, distante una legua corta. Pendía la confianza de los franceses de la persuasión en que siempre estaban de que el inglés no se metería muy adentro en España, y también de la fidelidad con que los habitantes guardaron el secreto de nuestra marcha.
Hill, que mandaba en jefe a los hispano-anglo-portugueses, determinó entonces acometer, y a las dos de la madrugada del 28 puso en movimiento todas las tropas. Diluviaba, soplando recio viento, mas el temporal, por dar a los nuestros de espalda, fue más bien favorable que contrario. Avanzando así en buen orden y calladamente, formáronse las columnas, siendo todavía de noche, en una hondonada no lejos de Arroyomolinos.
Pertenece esta villa, distante de Cáceres seis leguas, al partido de Mérida, y se apellida de Montánchez por hallarse situada a la falda de la sierra de aquel nombre. Está como aislada y sin otras comunicaciones que pocas y penosas subidas con malas veredas. Puestos los aliados en orden de ataque en el sitio indicado, moviéronse a las 7 de la mañana para sorprender al enemigo. Una columna anglo-portuguesa con artillería, mandada por el teniente coronel Stuart, marchó en derechura al pueblo; otra compuesta de la infantería española, bajo Morillo, se encaminó a flanquear las casas por la izquierda, y una tercera, también de peones, anglo-portuguesa, del cargo de Howard, tomó por la derecha y se adelantó a cortar los caminos de Mérida y Medellín, para de allí revolver sobre el francés y atacarle. Por el diestro costado de esta última columna iban los jinetes españoles, y por el opuesto los británicos, algo retrasados los postreros a causa de un extravío que padecieron en la noche.
Ignoraba del todo Girard el movimiento y proximidad de los aliados, manteniéndose hasta lo último los habitadores inmudables en su fidelidad. Así fue que llegaron aquellos sin ser sentidos, y en sazón que Girard emprendía su ruta a Mérida. Una brigada al mando de Remond le había precedido, saliendo de Arroyomolinos antes del quebrar del alba, mas la retaguardia, con alguna caballería y los bagajes, aún se conservaban dentro del pueblo. Cubría espesa niebla la cima de la sierra, y marchaba Girard descuidadamente, cuando le avisaron se acercaban tropas. No pensaban fuesen regladas, y menos inglesas. Figurósele que eran partidarios, por lo que mandó apresurar el paso y no detenerse a repeler las acometidas.
Pero, desengañado, grande fue su sorpresa y la de sus soldados. Resintiéronse de ella al tiempo de pelear, pues columbrarlos los nuestros, atacarlos y romperlos, casi fue todo uno. Parte de la columna anglo-portuguesa que se había dirigido al pueblo, entró en su casco; el resto persiguió a Girard ya en marcha, quien en vano formó dos cuadros, encerrados estos entre los fuegos de los que venían de Arroyomolinos, y los de la columna de Howard que se había antes adelantado a cortar los caminos. La caballería española dio también sobre el general francés, y la llegada de la inglesa, a las órdenes de Sir W. Erskine, acabó de trastornarle. Entonces aquel se salvó con pocos, trepando por peñas y riscos, y se acogió a la sierra. Continuó el alcance Morillo por el puerto de las Quebradas hasta la altura que da vista a Santa Ana. El cansancio de la gente no consintió ir más allá. Tenía ya la pelea ventajosísimo y honroso resultado. Perdieron los enemigos 400 muertos y heridos, entre ellos al general Dombrousky; quedaron prisioneros el general Brun, el duque de Aremberg, el jefe de estado mayor Idri, gran número de oficiales y 1400 soldados, cabos y sargentos. Se cogieron dos cañones y un obús, el tren, dos banderas, una por los españoles, otra por los anglo-portugueses; muchos fusiles, sables, mochilas, caballos: el bagaje entero. Desapareció, en fin, aquella división, excepto contados hombres que acompañaron a Girard, y la brigada de Remond que, como había salido con anticipación de Arroyomolinos, ni tomó parte en el combate, ni tuvo de él noticia hasta llegar a Mérida. Acreciose la satisfacción de los aliados en vista de la poca gente que perdieron: 71 hombres los anglo-portugueses, unos 30 los españoles. Obraron todos los jefes muy unidos y con destreza y tino: cierto que los nuestros, Girón, Morillo y Penne señalábanse, el primero en el dirigir, los otros en el ejecutar. Gran terror se apoderó de los franceses. Badajoz permaneció cerrado dos días y dos noches, muy vigilados los vados del Guadiana, y recogidos los destacamentos sueltos en los parajes más fuertes. Penne Villemur llegó a Mérida, tras de él Hill, en donde ambos se mantuvieron hasta que volviendo en sí Drouet y avanzando, se retiraron los españoles a Cáceres, y los anglo-portugueses a sus antiguos acantonamientos.
Mas si por la derecha de Lord Wellington había cabido tal fortuna y
gloria, no acaeció lo mismo por la izquierda, en Galicia y Asturias,
yendo las cosas allí muy de caída. Don Francisco Javier Abadía,
prudente en un principio y cuerdo, cambió después de conducta. Medidas
desacordadas
de Abadía.
Trató de dar nueva organización a su ejército sin motivo fundado, y
alterando la actual, mudó jefes, oficiales, sargentos, cabos, soldados;
trasladolos de unos cuerpos a otros, confundiolo todo; y a punto que
resultó, hasta en los uniformes, mezcla rara de colores y variedades,
y eso en presencia del enemigo. Liviano porte, ajeno de la reputación
militar de que gozaba aquel jefe, haciéndose así más dolorosa la
remoción súbita y
poco meditada de Santocildes. Representó contra la organización nueva
el jefe de estado mayor Moscoso, mas inútilmente. Sostuvo el capricho
y la tenacidad lo que al parecer había dictado la irreflexión. Notose
también que Abadía, en vez de presenciar el planteamiento de su obra,
ausentose a tomar baños, pasando después a la Coruña. En su lugar
envió al marqués de Portago, hombre de sana intención pero de limitada
capacidad, originándose de tan indiscretas, mal dispuestas reformas y
providencias que no saliese del Bierzo el ejército, ni asomase a sus
antiguas estancias para inquietar al enemigo y distraerle de otras
excursiones.
Viendo los franceses la mucha inacción, y persuadidos de que a lo menos durante el invierno no se moverían de Portugal los ingleses, pensaron en invadir de nuevo a Asturias, ya para tener más medios con que sustentar su ejército, ya porque agradaba al general Bonnet tornar adonde él campeaba con mayor independencia que bajo Drouet en Castilla. Alentaba también a ello el haber Abadía sacado de Asturias tropas aguerridas y enviado otras menos disciplinadas.
Que iba Bonnet a entrar en aquel principado, sonrugíase por todas partes, y el jefe de estado mayor Moscoso enderezose a Oviedo a marchas forzadas, si no para evitar el golpe, al menos para disponer con orden la retirada de nuestras tropas y disminuir el desastre.
En Asturias mandaba, como antes, Don Francisco Javier Losada: tenía a su cargo la 1.ª división del 6.º ejército, recompuesta o trastrocada según el nuevo arreglo de Abadía. No había por eso el Don Francisco dejado de tomar durante su gobierno medidas militares bastante oportunas. En la puente de los Fierros había levantado algunas obras de campaña, y colocado allí, y en los puntos más fuertes de la avenida de Pajares, una de sus secciones al mando de Don Manuel Trevijano.
El general Bonnet no solo pensó en acometer al principado por dicho puerto, sino también por el de Ventana, más al occidente. Contaba para su expedición con 12.000 hombres, que dividió en dos trozos. El principal mandábalo Bonnet mismo, y se encaminó a Pajares, el otro lo regía el coronel Gauthier.
Informado Losada del plan del enemigo, trató de burlarle poniendo en movimiento de antemano sus tropas sobre el Narcea; pues de este modo impedía le cortasen los franceses la retirada hacia Galicia. En consecuencia, el 5 de noviembre, día en que se presentó Bonnet delante de la puente de los Fierros, no se hizo en ella otra resistencia sino la suficiente para ocultar lo proyectado; cuyo éxito fue tan feliz que el 7 reuniéndose todas las tropas en Grado, marcharon sin detenerse a tomar puesto en las alturas del Fresno y cubrir el paso del Narcea. La celeridad y buen orden con que se ejecutó la maniobra destruyó los intentos del enemigo, no siéndole dado a Gauthier ponerse a nuestra espalda: al bajar del puerto de Ventana, tuvo que contentarse con perseguir a los españoles, y alcanzó en Doriga la retaguardia; de donde repelido, cejó en breve, pensando ya solo en darse la mano con Bonnet que había entrado en Oviedo. Acompañaban a Losada Don Pedro de la Bárcena, restablecido de anteriores y honoríficas heridas, y Don Juan Moscoso: la presencia de ambos en la retirada favoreció la diligente actividad del primero. Artillería, municiones, efectos pertenecientes al ejército y real hacienda, todo se salvó, embarcándolo en Gijón o transportándolo por tierra. Los vecinos de la capital del principado, como los moradores de todos los pueblos, abandonaron por lo general sus casas: daban el ejemplo los pudientes, siendo aquella provincia una de las más constantes en su adhesión a la causa de la patria, y de las que más prodigaron la sangre de sus hijos y sus caudales.
Doliole amargamente a Bonnet entrar en Oviedo y ver la ciudad tan solitaria, porque si bien los asturianos le habían acostumbrado a ello, esperaba que los trabajos y el tiempo comenzarían ya a domeñar ánimos tan inflexibles. Pesole no menos encontrar vacías las fábricas de armas y los almacenes; lo cual le embarazaba para suplir los menesteres de su tropa, y emprender otras operaciones.
Sin embargo, trató de probar fortuna y obligó a Gauthier a revolver inmediatamente sobre los españoles. Losada juzgó entonces prudente retirarse aún más allá del Narcea, y el francés llegó a Tineo el 12 de noviembre. Mantúvose allí muy poco, porque combinando nuestros jefes un movimiento, atacole Bárcena con una sección y le forzó a retroceder. También Abadía quiso amagar por Astorga y el Órbigo para divertir la atención de los franceses de Asturias; pero la idea no tuvo resulta, dejándose para más adelante. A pesar de eso Bonnet apenas poseyó esta vez en el principado otro terreno sino la línea de Pajares a Oviedo, pues por el ocaso fuéronle estrechando sucesivamente Losada y Bárcena, y por el oriente Don Juan Díaz Porlier.
Este caudillo, y todos los que mandaban las divisiones y cuerpos
francos de que constaba el 7.º ejército, hicieron por el mismo tiempo
guerra continua al enemigo desde Asturias hasta la Navarra inclusive.
La composición de las tropas de aquel distrito no era uniforme, ni
para obrar a la vez en línea: no lo permitían las circunstancias del
país en que se lidiaba, como tampoco lo vario del origen de la gente y
la independencia tan necesaria entonces de sus distintos comandantes.
Lo manda
Mendizábal. Don Gabriel de
Mendizábal, general en jefe elegido meses atrás, apareció allí en el
verano. No se puso al frente de ninguna división ni cuerpo especial.
Recorriolos todos, principiando por el de Porlier, alojado comúnmente
en Potes, montañas de Santander, y acabando por el de Merino, en
Burgos, y el de Mina, en Navarra. La presencia del Don Gabriel alentaba
a los pueblos, en particular a los de Vizcaya, de donde era natural.
Algunas operaciones se ejecutaban con su anuencia; otras sin ella y
solo por dirección de los mismos jefes. Húbolas señaladas.
Desde junio había organizado mejor y aumentado Porlier su fuerza, que pasaba de cuatro mil hombres. Había también acopiado en la Liébana ocho mil fanegas de trigo y muchos otros bastimentos, para lo cual, teniendo que recorrer la tierra e internarse en Castilla, hubo de marchar día y noche, burlar con ardides al enemigo, y combatir bizarramente en peligrosos reencuentros. Hechas estas correrías preliminares y necesarias, Entra en Santander. revolvió en agosto sobre Santander, y atacó el 14 la ciudad y los fuertes de Solia, Camargo, Puente de Arce y Torrelavega; porque aquí, a semejanza de las demás partes, habían los franceses fortalecido casi en cada pueblo algún grande edificio, o mejorado fuertes antiguos. Mandaba en Santander Rouget; y rompiendo Porlier el fuego por el sitio de los Molinos de Viento, colocose el general francés a la cabeza de la guarnición compuesta de 500 hombres, la cual, acorralada en las calles y las casas, quiso en vano sostenerse; y destrozada, con trabajo se salvaron de ella 100 hombres y el jefe. Al mismo tiempo, o sucesivamente, atacaron los de Porlier los demás puntos arriba indicados, y se apoderaron de Solia, Puente de Arce y Camargo, cuyos fuertes arrasaron. Mantuvieron los contrarios el de Torrelavega. La pérdida de estos en las diferentes acometidas pasó de 400 hombres, sin incluir muchos prisioneros, algunos de ellos oficiales de graduación. Recogieron asimismo los nuestros abundante botín, y estuvieron por cierto tiempo enseñoreados de casi toda la provincia de Santander. Tuvo Rouget que aguardar refuerzos antes de poder tornar a la ciudad, que evacuaron luego los españoles sin detenerse, inferiores en número, a hacer resistencia.
Además dispuso Porlier que Don Juan López Campillo, que maniobraba
desde la carretera del Escudo hasta las provincias vascongadas, fuese
engrosado con cuadros instruidos por Renovales, y que ascendían a
800 hombres. Así se distrajo al enemigo, y Campillo consiguió el 26
de septiembre ventajas cerca de Valmaseda. Lo mismo Don Francisco de
Longa en diversos ataques, especialmente el 2 del mismo mes en la
Peña Nueva de Orduña; dando uno y otro, junto con el Pastor y más
jefes, mucho en que entender al general Caffarelli, que allí mandaba.
Longa, el Pastor
y Merino. Longa
fue quien por lo común acompañó a Mendizábal en sus viajes, y en
diciembre se avistaron ambos con Merino en tierra de Burgos. Unidos los
tres, redoblose el celo de los pueblos, y se llamó grandemente hacia
Castilla la atención de los franceses: diversión que servía al inglés
en Portugal, y a los caudillos españoles que gobernaban en los puntos
inmediatos.
No necesitaba Mina de tales ejemplos para proseguir por el camino
espinoso y de gloria que había emprendido. Vímosle maniobrando en
Aragón para ayudar a Valencia, y vímosle alcanzar victorias y embarcar
sus prisioneros en el Golfo de Vizcaya: ahora, al cerrar del año, hizo
mansión en Navarra, más desembarazada de tropas enemigas a causa de las
que habían corrido en socorro de Aragón, Valencia y Castilla. Respiró
por tanto Mina momentáneamente en cuanto a ser perseguido, sin que por
eso dejasen de afligirle otros cuidados. En Pamplona había el francés
acrecido sus rigores,
y poblado las cárceles y conventos con los padres, parientes y familias
de los voluntarios que servían bajo las banderas de la patria,
ahorcando a unos y conduciendo a otros a Francia desapiadadamente.
Decreto suyo
de represalias.
(* Ap.
n. 17-3.) Mina, con razón
airado, dio en 14 de diciembre un decreto en que anunciaba represalias
terribles. Decía en el preámbulo:[*] «Ni los sentimientos de humanidad,
ni las leyes de la guerra admitidas entre los militares civilizados,
ni la conducta generosa de los voluntarios de Navarra han contenido
el espíritu sanguinario y desolador de los generales franceses y
autoridades intrusas; ... no se da un paso sin oír tristes alaridos
causados por la tiranía. Navarra es el país del llanto y amargura;
se vierten lágrimas continuas por la pérdida de sus mejores amigos:
padres que ven a sus hijos colgados en una horca por su heroicidad en
defender la patria; estos a sus padres consumidos en la prisión y,
por último, expirar en un palo sin más delito que ser padres de tan
valientes defensores. Contínuamente he pasado a los generales franceses
de la Navarra los oficios más enérgicos, capaces de reprimirlos y
hacerlos entrar en el orden: no he perdonado diligencia alguna para
reducir la guerra a su debida comprensión; estoy justificado de mis
procedimientos... Para colmo... de la iniquidad francesa y perfidia de
algunos malos españoles, he visto 12 paisanos fusilados en Estella, 16
en Pamplona, 4 oficiales y 38 voluntarios pasados por las armas en dos
días...» Después, en el primer artículo, «declaraba guerra a muerte
y sin cuartel
a jefes y a soldados, incluso el emperador de los franceses.» Eran
los otros artículos del propio tenor. En uno de ellos también se
consideraba a Pamplona en estado de verdadero sitio, y proclamábanse de
consiguiente varias resoluciones. Injusto y aun sañudo parecería este
decreto a no haberle provocado sobradamente las crueldades inauditas
del enemigo. La ejecución correspondió a la amenaza, y más adelante
tuvieron los franceses que entrar en razón.
Así corrían por acá las cosas: tristes eran las que se preparaban en Valencia. Dejamos aquí al principiar noviembre ambos ejércitos, español y francés, fronteros uno de otro en las opuestas orillas del Guadalaviar o Turia. Ocupaban los enemigos en la izquierda casi dos leguas de extensión, y fortificaron su línea con obras defensivas. En la derecha habían los españoles aumentado las suyas después de las anteriores tentativas de los franceses contra Valencia, de cuya ciudad dimos breve idea cuando hablamos del primer sitio de 1808. Habían ahora los nuestros cortado los puentes de la Trinidad y Serranos, dos de los cinco de piedra que cruzan el río, de cauce este no muy profundo, y sangrado además para el riego por muchas acequias. Conservaron los españoles por algunos días en la izquierda del Guadalaviar unas cuantas casas, el colegio de San Pío V y el convento de Santa Clara: levantaron en los puentes no destruidos varias obras, y derribaron, para facilitar la defensa, el suntuoso palacio llamado del Real. En el recinto principal y antiguo se hicieron algunas mejoras; pero se atendió con particularidad a construir un terraplén de 16 pies de alto y otro tanto de espesor, con flancos y foso, que empezaba al oeste junto al río enfrente del baluarte de Santa Catalina, y continuaba exteriormente por Cuarte, abrazando el arrabal de este nombre y los de San Vicente y Ruzafa hasta Monteolivete, en donde se levantó un reducto. De aquí al mar se practicaron cortaduras y se fabricaron escolleras, fortaleciendo también el lazareto al embocadero del río. Por el otro extremo, vía de Manises, se establecieron parapetos y otras fortificaciones de campaña no cerradas. Sin embargo de tales obras, estaba Valencia lejos de haberse convertido en una plaza respetable. Figuraban más bien aquellas la imagen de un campo atrincherado, y ese fue el objeto que se llevó al realizarlas. Y con razón advirtieron los inteligentes que para ello se habían desaprovechado muchas de las ventajas que ofrecía el terreno, porque ni se dispuso inundar debidamente los campos con las aguas de riego, ni tampoco se robustecieron varios conventos y edificios por allí esparcidos, cuya solidez se acomodaba muy mucho al establecimiento de una cadena de puntos fortificados.
Considerada de este modo la defensa, hallábase la clave de ella a una legua de Valencia, en Manises, sitio en que yacen las compuertas de las acequias mayores. Tenía en dicho punto Don Nicolás Mahy su cuartel general, y en él y en San Onofre estaban las divisiones de Villacampa y Obispo, permaneciendo apostada a la izquierda, y algo detrás, en Aldaya y Torrente, la caballería. Por la derecha, en Cuarte se situaba la otra división del mismo general, a las órdenes de Don Juan Creagh. En el pueblo de Mislata alojábase la de Don José Zayas, y próximo a Valencia la de Lardizábal. Se mantenía en el Monteolivete la de Miranda; componiendo la totalidad de las tropas unos 22.000 hombres. Proseguían guardando los puntos hasta el mar guerrilleros y paisanos. Recorrían la costa barcos cañoneros españoles y buques de guerra aliados.
No se descuidó Suchet por su parte en afianzar más y más desde el puerto del Grao hasta Paterna su línea, que podía llamarse justamente de contravalación. Proponíase en ello no solo enfrenar los ataques del ejército de Valencia y de cualesquiera partidas que se descolgasen de lo interior, sino también conservar con menos gente su estancia para tener disponible mayor número de tropas, llegado el caso de obrar ofensivamente. Por lo mismo, y ansioso de despejar toda la orilla izquierda, pensó antes de nada en arrojar a los españoles de las casas y edificios que allí ocupaban. Costole bastante, habiéndose defendido los nuestros con grande empeño, sobre todo en el convento de Santa Clara, que no evacuaron hasta que el enemigo, abierta brecha con sus hornillos, se preparaba al asalto. En lo demás, apenas se hizo durante mes y medio otra demostración hostil por ambas partes que fuego de artillería gruesa.
Blake llamó aún hacia el reino de Valencia más fuerza del tercer ejército, de cuyas tropas quedaron con eso ya muy pocas en la frontera de Granada. Las que ahora se alejaron componíanse de unos 4000 hombres a las órdenes de Don Manuel Freire, quien se dirigió primero a Requena, punto amagado por D’Armagnac de vuelta en Cuenca. Antes había destacado Blake hacia aquella parte a Don José Zayas, con más de 4000 hombres, por lo mucho que importaba cubrir flanco de tal entidad. Entró el último en la mencionada villa el 28 de noviembre. A su vista se retiraron los enemigos, temerosos también de las tropas del tercer ejército, que habían ya llegado a Iniesta. Adelantose en seguida Freire a Requena, e hizo allí alto. Zayas entonces restituyose a su antigua posición de Mislata, y la ocupó otra vez el dos de diciembre.
Fuera de eso, no pensó Blake en incomodar al enemigo, ni en fomentar guerrillas por la espalda y flanco; siendo así que algunas se habían mostrado en Nules, Castellón de la Plana y Villarreal. Desentendíase por lo general de cualquiera otro linaje de pelea que no fuese la reglada y puramente militar; de suerte que no hubo en Valencia, en favor de la defensa, aquel ardor que se notó en las ocasiones pasadas. Entibiábase por el despego del jefe hacia el paisanaje y su sobrada y casi exclusiva confianza en las tropas de línea.
Se desvivía en tanto Suchet por la tardanza de los refuerzos que debían llegarle, sin los cuales juzgaba imprudente arremeter a los españoles en sus atrincheramientos, y difícil encerrarlos dentro de la ciudad. Cuantos más días pasaban, más crecía el desasosiego del mariscal francés, por el tiempo que se daba a Blake para fortalecerse, y huelgo a los naturales para rebullir y empezar por sí solos una guerra popular y destructiva.
Pero en medio de tan justos recelos, imposible se le hacía a Suchet acelerar el momento de la acometida. Dirigíase su plan a embestir nuestra izquierda y envolverla por flanco y espalda, amagando al propio tiempo nuestro centro y derecha. La ejecución requería previo y detenido examen, mayormente cuando no se trataba de presentar batalla en descampado, modo de combatir tan ventajoso para los franceses, sino de romper por medio de atrincheramientos, acequias y vallados, en donde pudiera su tropa recibir lección rigurosa y de consecuencias muy fatales.
Han motejado algunos a Blake por haber permanecido quieto con el ejército en los alrededores de Valencia, en lugar de ir a buscar al enemigo o de retirarse a otros puntos. Parécenos en esta parte la acusación injusta. Lo que más importaba era conservar aquella ciudad de muchos recursos, de nombradía y grande influjo. Aventurar una acción exponía los muros valencianos a inminente riesgo; alejarse, los descubría. Y en tanto que se consideró a nuestro ejército bastante numeroso y fuerte, ya que no para batallar a lo menos para defender las líneas, debieron sus soldados mantenerse en ellas, como poderoso y casi único medio de impedir la conquista. Varió el caso cuando, aumentadas las tropas francesas, pudieron rodear a las nuestras y bloquearlas.
Acabaron aquellas de engrosarse después de promediar diciembre. Napoleón, que deseaba dar un golpe y ganar terreno en España para imponer respeto en el norte de Europa, ya conmovido, determinó que no solo la división de Severoli, sino también la de Reille acudiesen a Valencia y se pusiesen bajo el mando de Suchet, la última momentáneamente, debiendo en el intermedio ser reemplazada en Navarra y frontera de Aragón con tropas de la división de Caffarelli, si bien este harto afanado en Vizcaya. Severoli y Reille trajeron consigo cerca de 14.000 hombres. Llegaron a Segorbe el 24 de diciembre, y en la noche del 25 empezaron a incorporarse al ejército de Suchet, quien juntó entonces unos 34.000 combatientes; 2644 de caballería: excelentes tropas, muy aguerridas.
No se limitó Napoleón al envío de las citadas divisiones; insistió también en que D’Armagnac, del ejército del centro, continuase en amagar por Cuenca, y mandó además que Marmont destacase del de Portugal una fuerte columna que, atravesando la Mancha, cayese a Murcia.