Toma de
las islas Medas.

Apoderados estos de todos los puntos marítimos principales, determinó Lacy posesionarse de las islas Medas, al embocadero del Ter, de que ya hubo ocasión de hablar. Dos de ellas bastante grandes, con resguardado surgidero al sudeste. Los franceses, aunque las tenían descuidadas, conservaban dentro una guarnición. Pareciole a Lacy lugar aquel acomodado para un depósito, y buena vía para recibir por ella auxilios y dar mayor despacho a los productos catalanes. Tuvo encargo de conquistarlas el coronel inglés Green, yendo a bordo de la fragata de su nación, Indomable, con 150 españoles que mandaba el barón de Eroles. Verificose el desembarco el 29 de agosto, y el 3 de septiembre abierta brecha se apoderaron los nuestros del fuerte. Acudieron los franceses en mucho número a la costa vecina, y empezaron a molestar bastante con sus fuegos a los que ahora ocupaban las islas. Opinaron entonces los marinos británicos que se debían estas abandonar, lo cual se ejecutó, a pesar de la resistencia de Eroles y de Green mismo. Volaron los aliados antes de la evacuación el fuerte o castillo.

No era hombre Don Luis Lacy de ceder en su empresa, e insistiendo en recuperar las islas persuadió a los ingleses a que de nuevo le ayudasen. En consecuencia se embarcó el 11 en persona con 200 hombres en Arenys de Mar a bordo de la mencionada fragata, comandante Thomas: fondeó el 12 a la inmediación de las Medas, y dividiendo la fuerza desembarcó parte en el continente para sorprender a los franceses y destruir las obras que allí tenían, y parte en la isla grande. Cumpliose todo según los deseos de Lacy, quien, ahuyentados los enemigos y dejando al teniente coronel Don José Masanes por gobernador del fuerte y director de las fortificaciones que iban a levantarse, tornó felizmente al puerto de donde había salido. Restableciose el castillo, y se fortalecieron las escarpadas orillas que dominan la costa. En breve pudieron las Medas arrostrar las tentativas del enemigo que, acampado enfrente, se esforzaba por impedir los trabajos y arruinarlos. Puso el comandante español toda diligencia en frustrar tales intentos, y cuando momentánea ausencia u otra ocupación le alejaban de los puntos más expuestos, manteníase firme allí su esposa, Doña María Armengual, a semejanza de aquella otra Doña María de Acuña,[*] (* Ap. n. 16-27.) que en el siglo XVI defendió a Mondéjar, ausente el alcaide su marido. Sacose provecho de la posesión de las Medas militar y mercantilmente, habiendo las cortes habilitado el puerto.

Muerte
de Montardit.

Apellidolas el general en jefe islas de la Restauración, como indicando que de allí renacería la de Cataluña, y a un baluarte a que querían dar el nombre de Lacy púsole el de Montardit: «honor, dijo, que corresponde a un mártir de la patria.» Tal suerte, en efecto, había poco antes cabido a un Don Francisco de Montardit, comandante de batallón, muy bien quisto, hecho prisionero por los franceses en un ataque sobre la ciudad de Balaguer, y arcabuceado por ellos inhumanamente. Dirigió Lacy con este motivo en 12 de octubre al mariscal Macdonald una reclamación vigorosa, concluyendo por decirle: «Amo, como es debido, la moderación; mas no seré espectador indiferente de las atrocidades que se ejecuten con mis subalternos: haré responsables de ellas a los prisioneros franceses que tengo en mi poder, y pueda tener en lo sucesivo.»

Empresas
de Lacy y Eroles
en el centro
de Cataluña.

Incansable Don Luis, trató en seguida de romper la línea de puestos fortificados que desde Barcelona a Lérida tenían establecidos los franceses. Empezó su movimiento, y el 4 de octubre acometió ya la villa de Igualada con 1500 infantes y 300 caballos. Ataque
de Igualada.
Le acompañaba el barón de Eroles, segundo comandante general de Cataluña, cuyo valor y pericia se mostraron más y más cada día. Los franceses perdieron en el citado pueblo 200 hombres, refugiándose los restantes en el convento fortificado de Capuchinos, que no pudo Lacy batir, falto de artillería. Pasaron después ambos caudillos a sorprender un convoy que iba de Cervera, para lo cual repartieron sus fuerzas en dos porciones. Dio primero con él, según lo concertado, el barón de Eroles, y sorprendiole el 7 del mismo octubre, perdiendo los enemigos 200 hombres, sin que dejase aquel general nada que hacer a Don Luis Lacy.

Aterráronse los franceses con la súbita irrupción de los nuestros y con las ventajas adquiridas, y juzgando imprudente mantener tropas desparramadas por lugares abiertos o poco fortificados, abandonaron al fin, metiéndose depriesa en Barcelona, el convento de Igualada, la villa de Casamasana, y aun Monserrat. Quemaron a la retirada este monasterio, y lo destrozaron todo, sagrado y profano.

Requiriendo los asuntos generales del principado la presencia de Lacy cerca de la junta, tornó este a Berga, y dejó al cuidado del barón de Eroles la conclusión de la empresa tan bien comenzada, y proseguida con no menor dicha.

Rendición
de la guarnición
de Cervera.

Atacó el barón a los franceses de Cervera, y el 11 los obligó a rendirse: ascendió el número de los prisioneros a 643 hombres. Estaban atrincherados los enemigos en la universidad, edificio suntuoso, no por la belleza de su arquitectura sino por su extensión y solidez, propias para la defensa. Había fundado aquella Felipe V cuando suprimió las otras universidades del principado en castigo de la resistencia que a su advenimiento al trono le hicieron los catalanes. Cogió también Eroles a Don Isidoro Pérez Camino, corregidor de Cervera nombrado por los franceses, hombre feroz que a los que no pagaban puntualmente las contribuciones o no se sujetaban a sus caprichos, metía en una jaula de su invención, la cabeza solo fuera, y pringado el rostro con miel para que atormentasen a sus víctimas en aquel potro hasta las moscas. A la manera del cardenal de la Balue en Francia, llegole también al corregidor su vez, con la diferencia de que la plebe catalana no conservó años en la jaula al magistrado intruso, como hizo Luis XI con su ministro. Son más ardorosas y, por tanto, caminan más precipitadamente las pasiones populares. El corregidor pereció a manos del furor ciego de tantos como había él martirizado antes, y si la ley del talión fuese lícita, y más al vulgo, hubiéralo sido en esta ocasión contra hombre tan inhumano y fiero.

De Bellpuig.

Se rindió en seguida en 14 del mismo octubre al barón de Eroles la guarnición de Bellpuig, atrincherada en la antigua casa de los duques de Sesa. Muchos de los enemigos perecieron defendiéndose, y se entregaron unos 150.

Revuelve Eroles
sobre la frontera
de Francia.

Escarmentado que hubo el de Eroles a los franceses del centro de la Cataluña, y cortada la línea de comunicación entre Lérida y Barcelona, revolvió al norte con propósito hasta de penetrar en Francia. Obró entonces mancomunadamente con Don Manuel Fernández Villamil, gobernador a la sazón de la Seu de Urgel, y sirviole este de comandante de vanguardia. Rechazó ya al enemigo en Puigcerdá el barón, el 26 de octubre, y le combatió bravamente el 27 en un ataque que el último intentara. Al propio tiempo Villamil se dirigió a Francia por el valle de Querol, desbarató el 29 en Marens a las tropas que se le pusieron por delante, saqueó aquel pueblo que sus soldados abrasaron, y entró el 30 en Ax. Exigió allí contribuciones, e inquietó toda la tierra, repasando después tranquilamente la frontera. Sostenía Eroles estos movimientos.

Acertada
conducta de Lacy.

Pero el centro de todos ellos era Don Luis Lacy, quien cautivó con su conducta la voluntad de los catalanes, pues al paso que procuraba en lo posible introducir la disciplina y buenas reglas de la milicia, lisonjeábalos prefiriendo en general por jefes a naturales acreditados del país, y fomentando el somatén y los cuerpos francos a que son tan aficionados. La situación entonces de la Cataluña indicaba además como mejor y casi único este modo de guerrear.

Y alrededor de la fuerza principal que regía Lacy o su segundo Eroles, y cerca de las plazas fuertes y por todos lados, se descubrían los infatigables jefes de que en varias ocasiones hemos hecho mención, y otros que por primera vez se manifestaban o sucedían a los que acababan gloriosamente su carrera en defensa de la patria. Seríanos imposible meter en nuestro cuadro la relación de tan innumerables y largas lides.

Pasa Macdonald
a Francia.
Le sucede
Decaen.

Mirando los franceses con mucho desvío tan mortífera e interminable lucha, gustosamente la abandonaban y salían de la tierra. Macdonald, duque de Tarento, regresó a Francia partiendo de Figueras el 28 de octubre. Era el tercer mariscal que había ido a Cataluña, y volvía sin dejarla apaciguada. Tuvo por sucesor al general Decaen.

Apenas podía moverse del lado de Gerona el ejército francés del principado, teniendo que poner su principal atención en mantener libres las comunicaciones con la frontera. No más le era permitido menearse a la división de Frère, perteneciente al cuerpo de Suchet, la cual, conforme hemos visto, ocupaba la Cataluña baja, dándole bastante en que entender todo lo que por allí ocurría y en parte hemos relatado. De suerte que la situación de aquella provincia, en cuanto a la tranquilidad que apetecían los franceses, era la misma que al principio de la guerra, y una misma la necesidad de mantener dentro de aquel territorio fuerzas considerables que guarneciesen ciertos puntos y escoltasen cuidadosamente los convoyes.

Convoy
que va
a Barcelona.

Solo por este medio se continuaba abasteciendo a Barcelona, y Decaen preparó en diciembre uno muy considerable en el Ampurdán con aquel objeto. Tuvo aviso de ello Lacy y, queriendo estorbarlo, puso en acecho a Rovira, colocó a Eroles y a Miláns en las alturas de San Celoni, dirigió sobre Trentapasos a Sarsfield y apostó en la Garriga con un batallón a D. José Casas. Las fuerzas que Decaen había reunido eran numerosas ascendiendo a 14.000 infantes y 700 caballos con ocho piezas, sin contar unos 4000 hombres que salieron de Barcelona a su encuentro. Las de Lacy no llegaban a la mitad, y así se limitó dicho general a hostilizar a los franceses durante su marcha emprendida desde Gerona el 2 de diciembre. Padeció el enemigo en ella bastante, y Sarsfield se mantuvo firme contra los que le atacaron y venían de la capital. Los nuestros, ya que no pudieron impedir la entrada del convoy, recelando se retirase Decaen por Vic, trataron de cerrarle el paso de aquel lado. Para ello mandó Lacy a Eroles que ocupase la posición de San Feliú de Codinas, y él se situó con Sarsfield en las alturas de la Garriga. Se vieron luego confirmadas las sospechas de los españoles, presentándose el 5 en la mañana los enemigos delante del último punto con 5000 infantes, 400 caballos y cuatro piezas. Rechazolos Lacy vigorosamente y siguieron el alcance hasta Granollers Don José Casas y Don José Manso, por lo que tuvieron todas las fuerzas de Decaen que tornar por San Celoni y dejar libre y tranquila la ciudad y país de Vic.

Aragón.

Útil era para defender a Valencia esta continuada diversión de la Cataluña, pero fue más directa la que se intentó por Aragón. Aquí, conforme a órdenes de Blake, se habían reunido el 24 de septiembre en Ateca, partido de Calatayud, Durán
y el Empecinado.
Don José Durán y Don Juan Martín el Empecinado. Temores de esto y las empresas en aquel reino y en Navarra de Don Francisco Espoz y Mina Mina. habían motivado la formación en Pamplona y sus cercanías de un cuerpo de reserva bastante considerable, pues que las fuerzas que en ambos parajes mandaban los generales Reille y Musnier no bastaban para conservar quieto el país y hacer rostro a tan osados caudillos.

Tropas
que reúnen
los franceses
en Navarra
y Aragón.

Entre las tropas francesas que se juntaban en Navarra, contábase una nueva división italiana que atravesando las provincias meridionales de Francia y viniendo de la Lombardía, apareció en Pamplona el 31 de agosto. La mandaba el general Severoli y se componía de 8955 hombres y 722 caballos; permaneció el septiembre en aquella provincia, mas al comenzar octubre pasó a reforzar las tropas francesas de Aragón.

Además de los de Severoli habían ido a Zaragoza tres batallones, también italianos, procedentes de los depósitos de Gerona, Rosas y Figueras, los cuales, para unirse a la división de Palombini, que con Suchet se había dirigido sobre Valencia, rodearon y metiéronse en Francia para entrar camino de Jaca en Aragón por lo peligrosa que les pareció la ruta directa. Y, sea dicho de paso, de 21.288 infantes y 1905 jinetes, unos y otros italianos, que fuera de los de Severoli habían penetrado en España desde el principio de la guerra, ya no quedaban en pie sino unos 9000 escasos.

Los tres batallones que iban de Cataluña no se unieron inmediatamente al ejército invasor de Valencia: quedáronse en Aragón para auxiliar a Musnier. Habían llegado a este reino antes de promediar septiembre, y uno de ellos fue destinado a reforzar la guarnición enemiga de Calatayud.

Atacan
a Calatayud
Durán
y el Empecinado.

Aquí tuvieron luego que lidiar con los ya mencionados Don José Durán y Don Juan Martín, quienes desde Ateca habían resuelto acometer a los franceses alojados en aquella ciudad. No tenía el Empecinado consigo más que la mitad de su gente, habiendo quedado la otra bajo Don Vicente Sardina en observación del castillo de Molina. Al contrario Durán, a quien acompañaba lo más de su división junto con D. Julián Antonio Tabuenca y Don Bartolomé Amor, que mandaba la caballería, jefes ambos muy distinguidos. Uno y otro tuvieron principal parte en las hazañas de Durán, que nunca cesó de fatigar al enemigo, habiendo tenido entre otros un reencuentro glorioso en Ayllón el 23 de julio.

Ascendía el número de hombres que para su empresa reunieron Durán y el Empecinado a 5000 infantes y 500 caballos. El 26 de septiembre aparecieron ambos sobre Calatayud, desalojaron a los franceses de la altura llamada de los Castillos, y les cogieron algunos prisioneros, encerrándose la guarnición en el convento fortificado de la Merced, cuyo comandante era Mr. Muller. Durán se encargó particularmente de sitiar aquel punto, e incumbió a la gente del Empecinado observar las avenidas del puerto del Frasno, en donde el 1.º de octubre repelió el último una columna francesa que venía de Zaragoza en socorro de los suyos, y tomó al coronel Gillot que la mandaba.

Cercado el convento, y sin artillería los nuestros, se acudió para rendirle al recurso de la mina, y aunque el jefe enemigo resistió cuanto pudo los ataques de los españoles, tuvo al fin el 4 de octubre que darse a partido, Hacen prisionera la guarnición. quedando prisionera la guarnición que constaba de 566 soldados, y con permiso los oficiales de volver a Francia bajo la palabra de honor de no servir más en la actual guerra.

Viene sobre ella
Musnier.

Muy alborotado Musnier, gobernador de Zaragoza, con ver lo que amagaba por Calatayud, y con que hubiese sido rechazada en el Frasno la primera columna que había enviado de auxilio, reunió todas sus fuerzas de la izquierda del Ebro, y llegó, a petición suya, de Navarra con el mismo fin, destacado por Reille, el general Bourke, que avanzó lo largo de la izquierda del Jalón. Se retiran. Musnier asomó a Calatayud el 6 de octubre, pero los españoles se habían ya retirado con sus prisioneros, quedando solo allí, según lo estipulado, los oficiales, a quienes sus superiores formaron causa por haber separado su suerte de la de los soldados.

Viendo los franceses que se habían alejado los nuestros de Calatayud, retrocedieron, tornando Bourke a Navarra y los de Musnier a la Almunia. Ocuparon de seguida y nuevamente la ciudad los españoles.

División
de Severoli
en Aragón.

Semejante perseverancia exigió de los franceses otro esfuerzo que facilitó la llegada a Zaragoza de la división de Severoli en 9 de octubre. Venía esta a instancias de Suchet, incansable en pedir auxilios que directa o indirectamente cooperasen al buen éxito de la campaña de Valencia. Musnier partió con la mencionada división vía del Frasno, y uniéndose a la caballería de Klicki entró en Calatayud. Se separan
Durán
y el Empecinado.
Durán y el Empecinado habían vuelto a evacuar la ciudad, retirándose en dos diferentes direcciones. Para perseguirlos tuvieron los enemigos que separarse, yendo unos a Daroca y Used, y otros a Ateca, camino de Madrid.

Mina.

No persistieron mucho en el alcance, llamados a la parte opuesta a causa de una súbita irrupción en las Cinco Villas de Don Francisco Espoz y Mina. Habían los franceses acosado de muerte a este caudillo durante todo el estío, irritados con la sorpresa de Arlabán. Y él, ceñido de un lado por los Pirineos, del otro por el Ebro, sin apoyo ni punto alguno de seguridad, sin más tropas que las que por sí había formado, y sin más doctrina que la adquirida en la escuela de la propia experiencia, burló los intentos del enemigo y escarmentole muchas veces, algunas en la raya y aun dentro de Francia.

Arreció en especial el perseguimiento desde el 20 de junio hasta el 12 de julio. 12.000 hombres fueron tras Mina entonces; más acertadamente dividió este sus batallones en columnas movibles con direcciones y marchas contrarias, incesantes y sigilosas, obligando así al enemigo a a dilatar su línea a punto de no poderla cubrir convenientemente, o a que, reunido, no tuviese objeto importante sobre que cargar de firme.

Ponen
los franceses
su cabeza
a precio.

Desesperanzados los franceses de destruir a Mina a mano armada, pusieron a precio la cabeza de aquel caudillo. 6000 duros ofreció por ella el gobernador de Pamplona, Reille, en bando de 24 de agosto, 4000 por la de su segundo Don Antonio Cruchaga, y 2000 por cada una de las de otros jefes. Reuniéronse a medios tan indignos los de la seducción y astucia. Tratan
de seducirle.
A este propósito, y por el mismo tiempo, personas de aquella ciudad, y entre otras Don Joaquín Navarro, de la diputación del reino, con quien Mina había tenido anterior relación, enviaron cerca de su persona a Don Francisco Aguirre Echechurri para ofrecerle ascensos, honores y riquezas si abandonaba la causa de su patria y abrazaba la de Napoleón. Mina, que necesitaba algún respiro, tanto más cuanto de nuevo se veía muy acosado, entrando a la sazón en Navarra la división de Severoli y otras fuerzas, pidió tiempo para contestar sin acceder a la proposición, alegando que tenía antes que ponerse de acuerdo con su segundo Cruchaga. Impacientes de la tardanza los que habían abierto los tratos, despacharon en seguida con el mismo objeto, primero a un francés llamado Pellou, hombre sagaz, y después a otro español conocido bajo el nombre de Sebastián Iriso. Deseoso Mina de ganar todavía más tiempo, indicó para el 14 de septiembre una junta en Leoz, cuatro leguas de Pamplona, adonde ofreció asistir él mismo con tal que también acudiesen los tres individuos que sucesivamente se le habían presentado, y además el Don Joaquín Navarro y un Don Pedro Mendiri, jefe de escuadrón de gendarmería. Accedieron los comisionados a lo que se les proponía y, en efecto, el día señalado llegaron a Leoz todos excepto Mendiri. La ausencia de este disgustó mucho a Mina, quien a pesar de las disculpas que los otros dieron concibió sospechas. Vinieron a confirmárselas cartas confidenciales que recibió de Pamplona, en las cuales le advertían se le armaba una celada, y que Mendiri recorría los alrededores acechando el momento en que deslumbrado Mina con las ofertas hechas, se descuidase y diese lugar a que cayeran sobre él los enemigos y le sacrificasen.

Airado de ello, el caudillo español arrestó a los cuatro comisionados, y se alejó de Leoz llevándoselos consigo. Desfiguraron después el suceso los franceses y sus allegados, calificando a Mina de pérfido: traslucíase en la acusación despecho de que no se hubiese cumplido la alevosía tramada. Con todo, habiendo venido los comisionados bajo seguro, y no pudiéndose evidenciar su traición o complicidad, hubiérale a Mina valido más el soltarlos que dar lugar a que debiesen su libertad, como se verificó, a los acasos de la guerra.

Penetra Mina
en Aragón.

Poco después de este suceso y de haber Severoli y otras tropas salido de Navarra, fue cuando penetró dicho Mina en Aragón, conforme arriba enunciamos. El 11 de octubre atacó en Ejea un puesto de gendarmería cuyos soldados lograron evadirse en la noche siguiente, con pérdida en la huida de algunos de ellos. Marchó luego Mina sobre Ayerbe, y el 16 forzó a la guarnición francesa a encerrarse en un convento fortificado que bloqueó; mas en breve tuvo que hacer frente a otros cuidados. El comandante francés que en ausencia de Musnier gobernaba a Zaragoza, Ataca a Ejea. sabedor de la llegada de los españoles a Ejea, destacó una columna para contenerlos. Encontrose en el camino Ceccopieri, jefe de ella, con los gendarmes poco antes escapados; y juzgando ya inútil la marcha hacia Ejea, cambió de rumbo y se dirigió a Ayerbe en busca de Mina. Mas, llegado que hubo a esta villa, en cuyas alturas inmediatas le aguardaban los españoles, pareciole más prudente después de un fútil amago, retirarse y caminar la vuelta de Huesca. Envalentonáronse con eso los nuestros y no pudieron los contrarios verificar impunemente su marcha como se imaginaban. Mina, empleando sagacidad y arrojo, los estrechó de cerca y rodeó, por manera que tuvieron que formar el cuadro. Así anduvieron siempre muy acosados Coge una
columna francesa
en Plasencia
de Gállego.
hasta más allá de Plasencia de Gállego, en donde, opresos con la fatiga y el mucho guerrear, y acometidos impetuosamente a la bayoneta por Don Gregorio Cruchaga, vinieron a partido: 640 soldados y 17 oficiales fueron los prisioneros; muchos de ellos heridos, gravemente el mismo comandante Ceccopieri. Habían muerto más de 300.

Azorado Musnier, y temiendo hasta por Zaragoza, tornó precipitadamente a aquella ciudad, en donde ya más sereno trató de marchar contra Mina y de quitarle los prisioneros, obrando de concierto con los gobernadores y generales franceses de las provincias inmediatas. ¡Trabajo y combinación inútil! Mina escabullose maravillosamente por medio de todos ellos, y atravesando el reino de Aragón, Navarra y Guipúzcoa, Embarca
los prisioneros
en Motrico.
embarcó al principiar noviembre en Motrico todos los prisioneros a bordo de la fragata inglesa Iris y de otros buques, después de haber también rendido la guarnición francesa de aquel puerto.

Distribuye
Musnier
la división
de Severoli.

Concíbese cuán incómodos serían para Suchet tales acontecimientos, pues además de la pérdida real que en ellos experimentaba, distraíanle fuerzas que le eran muy necesarias. Con impaciencia había aguardado la división de Severoli, y en vano por algún tiempo pudo esta incorporársele. Musnier ni aun con ella tenía bastante para cubrir el Aragón, y mantener algún tanto seguras las comunicaciones. Una de las dos brigadas en que dicha división se distribuía se vio obligado a colocarla al mando de Bertoletti en las Cinco Villas, izquierda del Ebro, y la otra al de Mazzuchelli en Calatayud y Daroca.

Abandonan
los franceses
a Molina.

Tuvo la última que acudir en breve a Molina, cuyo castillo se hallaba de nuevo bloqueado por Don Juan Martín. Llegó en ocasión que el comandante Brochet estaba ya para rendirse. Le libertó Mazzuchelli el 25 de octubre, mas no sin dificultad, teniendo empeñada con el Empecinado en Cubillejos una refriega viva en que perdieron los enemigos mucha gente. Abandonaron de resultas estos, habiéndole antes volado, el castillo de Molina.

Nuevas
acometidas
del Empecinado.

Don Juan Martín, solo o con la ayuda o de Durán o de tropas suyas bajo Don Bartolomé Amor, continuó haciendo correrías. Rindió el 6 de noviembre la guarnición de la Almunia, compuesta de 150 hombres, hizo rostro a varias acometidas, batió la tierra de Aragón, cogió prisioneros y efectos, interceptó a veces las comunicaciones con Valencia, vía de Teruel.

De Durán.

Por su parte Durán, cuando obraba separado, tampoco permanecía tranquilo: en Manchones, y sobre todo el 30 de noviembre en Osonilla, provincia de Soria, alcanzó ventajas. Regresó después a Aragón, y reincorporándose por nueva disposición de Blake con el Empecinado, Ambos
bajo las órdenes
de Montijo.
se pusieron ambos el 23 de diciembre en Milmarcos, provincia de Guadalajara, bajo las órdenes del conde del Montijo, que trayendo igualmente 1200 hombres debía mandar a todos.

Ballesteros
en Ronda.

En grado tan sumo como el que acabamos de ver, divertían los nuestros en Cataluña y Aragón las huestes del enemigo, entorpeciéndole para su empresa de Valencia. También cooperó a lo mismo lo que pasaba en Granada y Ronda. Allí, privado el tercer ejército de la fuerza que había sacado Mahy, se encontraba muy debilitado, y hubieran probablemente acometido los franceses y amenazado a Valencia del lado de Murcia, sin el desembarco que ya indicamos de Don Francisco Ballesteros en Algeciras. Tomó este general tierra el 4 de septiembre, teniendo enlace su expedición con el plan de defensa que para Valencia había trazado Don Joaquín Blake. Sentó Ballesteros sus reales en Jimena, y medidas que adoptó, unas de conciliación y otras enérgicas, reanimaron el espíritu de los serranos.

Acción
contra Rignoux.

Para procurar apagarle, vino inmediatamente sobre el general español el coronel Rignoux, a quien de Sevilla habían reforzado. Amagó a Jimena, y Ballesteros evacuó el pueblo con intento de atraer y engañar al enemigo, lo cual consiguió. Porque Rignoux, adelantándose ufano sobre San Roque, fue de súbito acometido por costado y frente, y deshecho con pérdida de 600 hombres. Tomó entonces el mariscal Soult contra Ballesteros disposiciones más serias; Avanza Godinot. y mandando al general Godinot que avanzase de Prado del Rey con unos 5000 hombres, dispuso que se moviesen al propio tiempo la vuelta de la sierra los generales Semellé y Barroux, yendo el primero de Vejer y el último del lado de Málaga. Componían juntas todas estas fuerzas de 9 a 10.000 hombres, y jactábanse ya de envolver las de Ballesteros. Retírase
Ballesteros.
Mas este se retira a tiempo y con destreza, abrigándose el 14 de octubre del cañón de Gibraltar. Los franceses llegaron al campo de San Roque, y se extendieron por la derecha a Algeciras, cuyos vecinos se refugiaron en la Isla Verde.

Vanas tentativas
de Godinot.

Malográndosele así a Godinot el destruir a Ballesteros, quiso, sin dejar de observarle, explorar la comarca de Tarifa, y aun enseñorearse por sorpresa de esta plaza. No anduvo en ello tampoco muy afortunado. El camino que tomaron sus tropas fue el del Boquete de la Peña, orilla de la mar, paso angosto que, dominado por los fuegos de los buques británicos, no pudieron los franceses atravesar, teniendo el 18 de octubre que retroceder a Algeciras. Aun sin eso nunca hubiera Godinot conseguido su intento. Tarifa socorrida. La guarnición de Tarifa había sido por entonces reforzada con 1200 ingleses al mando del coronel Skerret, que vimos en Tarragona, y con 900 infantes y 100 caballos españoles bajo las órdenes del general Copons.

Retírase Godinot.

En el intermedio renovaron los rondeños sus acostumbradas excursiones, molestaron por la espalda a los enemigos y les cortaron los víveres; de los que escaso Godinot, hubo de replegarse, picándole Ballesteros la retaguardia. Se restituyó a Sevilla el general francés, y reprendido por Soult, que ya le quería mal desde la acción de Zújar por no haber sacado de ella las oportunas ventajas, alborotósele el juicio Se mata. y se suicidó en su cama con el fusil de un soldado de su guardia. Había antes mandado en Córdoba, y cometido tales tropelías, y aun extravagancias, que mirósele ya como a hombre demente.

Sorprende
Ballesteros
a los franceses
en Bornos.

No desaprovechó Ballesteros la ocasión de la retirada de los enemigos, y esparciendo su tropa para disfrazar una acometida que meditaba, juntola después en Prado del Rey; marchó en seguida de noche y calladamente, y sorprendió el 5 de noviembre en Bornos, derecha del Guadalete, al general Semellé, a quien ahuyentó y tomó 100 prisioneros, mulas y bagajes.

Juan Manuel
López.

Fatigado Soult de tan interminable guerra, trató de aumentar el terror poniendo en ejecución contra un prisionero desvalido el feroz decreto que había dado el año anterior. Llamábase aquel Juan Manuel López: era sargento, con veinte años de servicio, de la división de Ballesteros, y arrebatáronle desempeñando una comisión, que le había confiado su general, para recoger caballos y acabar con ciertos bandoleros que, so capa de patriotas, robaban y cometían excesos. Las circunstancias que acompañaron a la causa que se le formó hicieron muy horrible el caso. Negábase a juzgar a López la junta criminal de Sevilla, obligola Soult mandándole al mismo tiempo que, a pesar de estar prohibida por el rey José la pena de horca, la aplicase ahora en lugar de la de garrote. La junta absolvió sin embargo al supuesto reo. Muy disgustado Soult, ordenó que se volviese a ver la causa, sin conseguir tampoco su odioso intento. Irritado el mariscal cada vez más, creó una comisión criminal compuesta de otros ministros, quienes también absolvieron a López, declarándole simplemente prisionero de guerra. La alegría fue entonces universal en Sevilla, y mostráronlo abiertamente por calles y plazas todas las clases de ciudadanos. Pero, ¡o atrocidad!, todavía estaba el infeliz López recibiendo por ello parabienes, Crueldad
de Soult.
cuando vinieron a notificarle que una comisión militar escogida por el implacable Soult acababa de condenarle a la pena de horca sin procedimiento ni diligencia alguna legal. Ejecutose la inicua sentencia el 29 de noviembre. Desgarra el corazón crudeza tan desapiadada y bárbara; e increíble pareciera a no resultar bien probado que todo un mariscal de Francia se cebase encarnizadamente en presa tan débil, en un soldado, en un veterano lleno de cicatrices honrosas.