Tratos con Rusia.

Por el mismo tiempo en que ahora vamos, se entabló otra negociación muy sigilosa y propia solo de la competencia de la potestad ejecutiva. Don Francisco Cea Bermúdez había pasado a San Petersburgo en calidad de agente secreto de nuestro gobierno, y en junio, de vuelta a Cádiz, anunció que el emperador de Rusia se preparaba a declararse contra Napoleón, pidiendo únicamente a España que se mantuviese firme por espacio de un año más. Despachó otra vez la regencia a Cea con amplios poderes para tratar, y con repuesta de que no solo continuaría el gobierno defendiéndose el tiempo que el emperador deseaba, sino mucho más y en tanto que existiese, porque prescindiendo de ser aquella su invariable y bien sentida determinación, tampoco podría tomar otra, exponiéndose a ser víctima del furor del pueblo siempre que intentase entrar en composición alguna con Napoleón o su hermano. Partió Cea, y viéronse a su tiempo cumplidos pronósticos tan favorables. Bien se necesitó para confortar los ánimos de los calamitosos desastres que experimentaron nuestras armas al terminarse el año.

Sucesos militares.

La campaña cargó entonces de recio contra el levante de la península, llevando el principal peso de la guerra los españoles. Y del propio modo que los aliados escarmentaron y entretuvieron en el occidente de España durante los primeros meses de 1811 la fuerza más principal y activa del ejército enemigo, así también en el lado opuesto, y en lo que restaba de año, distrajeron los nuestros exclusivamente gran golpe de franceses, destinados a apoderarse de Valencia y exterminar las tropas allí reunidas, las que, si bien deshechas en ordenadas batallas, incansables según costumbre y felices a veces en parciales reencuentros, dieron vagar a Lord Wellington, como las otras partidas y demás fuerzas de España, para que aguardase tranquilo y sobre seguro el sazonado momento de atacar y vencer a los enemigos.

Expedición
de Blake
a Valencia.

Luego que hubo el general Blake abandonado el condado de Niebla, determinó pasar a Valencia, asistido del ejército expedicionario, ya para proteger aquel reino, muy amenazado después de la caída de Tarragona, ya para distraer por levante las fuerzas de los franceses. Íbale bien semejante plan a Don Joaquín Blake, mal avenido con el imperioso desabrimiento de Lord Wellington, a quien tampoco desagradaba mantener lejos de su persona a un general en gran manera autorizado como presidente de la regencia de España, y de condición menos blanda y flexible que Don Francisco Javier Castaños.

Facultades
que se otorgan
a Blake.

Necesitó Blake del permiso de las cortes para colocarse a la cabeza de la nueva empresa. Obtúvole fácilmente, y la regencia, dando a dicho general poderes muy amplios, puso bajo su mando las fuerzas del 2.º y 3.º ejércitos con las de las partidas que dependían de ambos, y además las tropas expedicionarias.

Desembarca
en Almería.

Se componían estas de las divisiones de los generales Zayas y Lardizábal, y de la caballería a las órdenes de Don Casimiro Loy, de 9 a 10.000 hombres en todo. Aportaron a Almería el 31 de julio, y tomaron pronto tierra, excepto la artillería y parte de los bagajes, que fueron a desembarcar a Alicante. En seguida, y de paso para su destino, Incorpóranse
las tropas
de la expedición
momentáneamente
con el tercer
ejército.
se incorporaron aquellas momentáneamente con el tercer ejército, que, al mando de Don Manuel Freire, ocupaba las estancias de la Venta del Baúl, teniendo fuerzas destacadas por su derecha e izquierda. Permaneció allí hasta el 7 de agosto Don Joaquín Blake, día en que partió camino de Valencia, anticipándose a sus divisiones con objeto de preparar y reunir los medios más oportunos de defensa.

Operaciones
de ambas fuerzas
reunidas.

Delante de Freire alojábase el general Leval, que regía el 4.º cuerpo francés, bastante apurado por el brío que en su derredor había cobrado el ejército español y los partidarios. Esto y el temor que inspiraba el movimiento de las fuerzas expedicionarias impelió al mariscal Soult a marchar en auxilio de Granada, maniobrando de modo que pudiese envolver y aniquilar al ejército español. Medidas
que toma Soult.
Con este propósito ordenó al general Godinot que, en la noche del 6 al 7 de agosto, cayese con su división, compuesta de unos 4000 hombres y 600 caballos, sobre Baeza, y ciñese y abrazase la derecha de los españoles que, al cargo de Don Ambrosio de la Cuadra, permanecía apostada en Pozo Alcón: al propio tiempo determinó que se pusiese el 7 en movimiento el general Leval, dirigiéndose sobre el centro de los españoles, adonde el 8 acudió también en persona el mismo mariscal. Quedaron en la ciudad de Granada algunas fuerzas, así para atender a la conservación de la tranquilidad como para evolucionar del lado de las Alpujarras contra la gente que mandaba el conde del Montijo.

Acción de Zújar
y sus
consecuencias.

Aunque Don Manuel Freire sospechó desde luego los intentos del enemigo, no juzgó oportuno abandonar la posición de la Venta del Baúl que consideraba fuerte, y pensó solo en reforzar su derecha, enviando al efecto la división expedicionaria del mando de Don José Zayas, compuesta de 5000 hombres y la caballería que gobernaba Don Casimiro Loy. Ausente momentáneamente el citado Zayas, tomó la dirección de esta fuerza Don José O’Donnell, jefe de estado mayor del tercer ejército, quien se encaminó a los vados del Manzano en Guadiana menor, para obrar en unión con Don Ambrosio de la Cuadra, contener a los franceses y aun atacarlos. Mas como hubiese ya el último echado pie atrás, receloso de la cercanía del enemigo, no recibió las órdenes del general en jefe sino en Castril, a cuyo punto había llegado el 9.

Entre tanto Don José O’Donnell se colocó junto a Zújar, en las alturas de la derecha del río Barbate, que otros llaman Guardal, y Godinot, adelantándose sin tropiezo, le atacó en sus puestos. Cruzaron los franceses el Barbate, vadeable por todos lados, a las once de la mañana del 9, protegiéndoles su artillería de que carecían los nuestros. Envió Godinot contra la izquierda española gran número de tiradores, al paso que trabó recio combate por la derecha. Ció aquí el regimiento de Toledo, escaso de gente, y le siguieron otros, retirándose al principio con buen orden, que se descompuso en breve a gran desdicha. La caballería del mando de Loy, que vino de Benamaurel, fue igualmente rechazada y se retiró a Cúllar, adonde se le juntó la infantería. Perdiéronse en esta ocasión 433 muertos y heridos, y unos 1100 prisioneros y extraviados, recibiendo tan desventurado golpe a las órdenes de Don José O’Donnell una división que bajo Zayas había sobresalido poco antes en los campos de la Albuera.

Felizmente no se aprovechó Godinot, cual pudiera, de la victoria, temiendo le atacase por la espalda Don Ambrosio de la Cuadra, por lo cual dirigió contra este toda la caballería y la brigada del general Rignoux, limitándose a enviar la vuelta de Cúllar y Baza algunas tropas de la vanguardia.

A semejante acaso debió Don Manuel Freire poder retirarse, sin que se le interpusiese a su espalda el enemigo. Sostúvose aquel general firme en la posición del Baúl todo el día 9, repeliendo acertadamente el ataque de los franceses. Mas sabedor, a las cinco de la tarde, de lo acaecido en Zújar, resolvió abandonar por la noche el campo, y replegarse al reino de Murcia. Consiguió atravesar sin tropiezo la ciudad de Baza, y entrar en Cúllar, adonde había llegado antes Don José O’Donnell. De allí marchando todo el ejército a las Vertientes, dispuso Freire que la caballería del tercer ejército, mandada por el brigadier Osorio, y la expedicionaria, a las órdenes de Don Casimiro Loy, cubriesen el movimiento. Acosaba a nuestros jinetes el general Soult, hermano del mariscal, y el 10 dioles tan violenta acometida que los obligó a cejar y a ponerse al abrigo de los infantes. Freire entonces determinó proseguir la retirada a pesar del cansancio de la tropa, distribuyendo la fuerza hacia las montañas de ambos lados del camino.

Por las de la derecha yendo a Murcia tiró Don José Antonio de Sanz con la 3.ª división, propia de su mando, y con la 2.ª que también debía obedecerle. Por las de la izquierda y en la dirección de la ciudad maniobraba Don Manuel Freire. Sanz, al comenzar su retirada, se vio rodeado él y la 3.ª división en el peñón de Vertientes, mas impuso respeto al enemigo por medio de una diestra maniobra de amago y, enderezándose a Oria, se unió el 11 en Alboa con la 2.ª división. Juntas ambas marcharon por Huércal, Oria y Aguilar, en donde encontrándose con 300 dragones enemigos, los arrollaron y les cogieron caballos y efectos. Después, hecho alto y tomado algún descanso, llegaron el 15 sin otra desventura a Palmar de Don Juan, habiendo andado 37 leguas en 6 días, y comido solo tres ranchos. Penuria que nadie soporta con tanta resignación como el soldado español. Mereció Sanz en aquel lance justas alabanzas por el arrojo y tino con que guió su tropa.

Nuevos cuarteles
del tercer ejército
y reparación
de las fuerzas
expedicionarias.

Acosado de peor estrella, se vio casi perdido Don Manuel Freire, teniendo su gente, desarrancada de las banderas, que encaramarse por lugares ásperos y pasar el puerto del Chiribel con dirección a Murcia. Al cabo de mil afanes y de haber marchado a veces sin respiro 13 y más leguas, reunió aquel general sus soldados el 11 en Caravaca, en donde permaneció el 12, y se le incorporó Don Ambrosio de la Cuadra, que se había retirado por su cuenta y hacia aquella parte con la 1.ª división. Sentó luego Freire sus cuarteles en Alcantarilla, y colocó debidamente sus fuerzas, reducidas ahora a la caballería del brigadier Osorio y a tres divisiones propias del tercer ejército, por haberse a la sazón separado vía de Valencia las expedicionarias.

El general Leval llegó el 14 a Vélez el Rubio, y se extendieron al desfiladero de Lumbreras, a tres leguas de Lorca, los generales Latour-Maubourg y Soult con los jinetes. Hicieron todos ellos en otras excursiones muchos daños, y hubo paraje en que abrasaron hasta 22 alquerías.

Únese Montijo
al ejército.

Al mismo tiempo no dejaron al del Montijo tranquilo las fuerzas que el mariscal Soult había enviado sobre las Alpujarras y la costa, y que ascendían a 1800 peones y 1000 caballos. Llegaron estas a Almería a tiempo que todavía desembarcaba un batallón de la expedición de Blake, que pudo librarse. Lo mismo aconteció a Montijo, que no dejó de molestar al enemigo y aun de sorprender la guarnición de Motril, con cuyo trofeo y otros prisioneros se reunió al cuerpo principal del ejército. Otros partidarios desasosegaban también no poco a los franceses, recobrando a menudo el botín que recogían estos por las montañas y tierra de Murcia. Se distinguieron especialmente Villalobos, Marqués, y sobre todo Don Juan Fernández, alcalde de Otívar.

Sucede
en el mando
a Freire
el general Mahy.

Entregó el mando Don Manuel Freire en Mula, el 7 de septiembre, a Don Nicolás Mahy, que vimos en Galicia y Asturias. Provino la desgracia de aquel, aunque solo temporal, de la aciaga jornada de Zújar y sus consecuencias, acerca de la cual se hizo una sumaria información a instancia de las cortes. Los comprometidos salieron salvos: con justicia Freire, no teniendo culpa de lo sucedido en el Barbate, pues sus órdenes fueron bastante acertadas. No juzgaron lo mismo muchos en cuanto a Don José O’Donnell y a Don Ambrosio de la Cuadra, habiendo el primero empeñado y sostenido malamente una acción, y no cumplido el segundo, como quizá pudiera, con lo que el general en jefe le había prevenido.

Los franceses
no prosiguen
a Murcia.

No insistieron por entonces los franceses en proseguir hasta Murcia. Daban cuidado al mariscal Soult nuevas que le venían de Extremadura, el aparecimiento en la serranía de Ronda del general Ballesteros: hablaremos de esto más adelante.

Valencia.
Estado
de aquel reino.
Llegada de Blake.

Ahora pondremos los ojos en el reino de Valencia, adonde había llegado D. Joaquín Blake. Mandaba antes, según ya apuntamos, el marqués del Palacio, cuyas providencias eran por lo común más propias de la profesión religiosa que de la de un general entendido y diligente. Pensaba mucho en procesiones, poco en las armas, pregonando inexpugnables los muros valencianos después que había en su derredor paseado a la Virgen de los Desamparados, imagen muy venerada de los habitadores. A este son caminaba en lo demás. No era culpa de Palacio mas sí de la regencia de Cádiz, que en sus elecciones anduvo a veces sobrado desatentada.

Providencias
de este general.

Jefe Don Joaquín Blake de otra capacidad, puso término a las singularidades y desbarros del mencionado marqués. Activó las medidas de defensa, reforzó los regimientos, ejercitó los reclutas, perfeccionó las obras del castillo de Murviedro, y fortificó el antiguo de Oropesa, que dominaba el camino real de Cataluña. Urgía tomar tales medidas, amenazando Suchet invadir aquel reino.

Se dispone
Suchet a invadir
aquel reino.

Habíale ya para ello dado Napoleón la orden en 25 de agosto, con prevención de que el 15 de septiembre estuviese el ejército lo más cerca que ser pudiera de la ciudad de Valencia. Para cumplir Suchet con lo que se le mandaba trató primero de asegurar las espaldas; dejó 7000 hombres bajo el general Frère en Lérida, Monserrat y Tarragona, con destino a cubrir estos puntos y la navegación del Ebro. Igual número en Aragón al cargo del general Musnier. El ejército francés del norte de la Cataluña y un cuerpo de reserva que se formaba en Navarra debían también apoyar en cuanto les fuera dado las operaciones. Lo mismo por la parte de Cuenca el ejército del centro, y por la de Murcia el del mediodía.

Pisa su territorio.
Su marcha
y fuerza que lleva.

Tomados estos acuerdos, púsose Suchet en movimiento el 15 de septiembre la vuelta de Valencia: ascendía la fuerza que consigo llevaba a 22.000 hombres. Distribuyola en tres columnas de marcha. Partió una de Teruel a las órdenes del general Harispe, la cual en vez de seguir el camino de Segorbe, torció a su izquierda para juntarse más pronto con las otras. Formaba la segunda la división italiana, del cargo de Palombini, en la que iban los napolitanos, y tiró por Morella y San Mateo. Salió Suchet con la tercera de Tortosa, compuesta de la división del general Habert, de una reserva que capitaneaba Robert, de la caballería y de la artillería de campaña. Yendo sobre Benicarló tomó el mariscal francés la ruta principal que de Cataluña se dirige a Valencia. Al paso dejó en observación de Peñíscola un batallón y 25 caballos, y llegando a Torreblanca el 19, aventó de Oropesa algunos soldados españoles, encerrándose en el castillo los que de estos debían guarnecerle. Entraron los franceses aquella villa de corto vecindario, y habiendo intimado inútilmente la rendición al castillo, barriendo este con sus fuegos, colocado en lo alto, el camino real, tuvo Suchet que desviarse y caer hacia Cabanes. Uniose en aquellos alrededores con las columnas de Harispe y Palombini, y marchó adelante junto ya todo su ejército. Ocupó el 21 a Villarreal, y cruzó el Mijares, vadeable en la estación de verano, además de un magnífico puente de trece ojos que facilita el paso. La vanguardia de la caballería española estaba a la margen derecha y se vio obligada a retirarse: con lo que sin otro tropiezo asomó Suchet a la villa y fuerte de Murviedro.

Las que reúne
Blake
y otras
providencias.

La llegada fue más pronto de lo que hubiera querido Don Joaquín Blake, quien necesitaba de más espacio para uniformar y disciplinar su gente, y también para agrupar cerca de sí todas las fuerzas que habían de intervenir en la campaña. Eran estas las del reino de Valencia, o sea segundo ejército, las que dependían de él y guerreaban en Aragón bajo los jefes Don José Obispo y Don Pedro Villacampa, parte de las del tercer ejército, y las expedicionarias. Las últimas se habían detenido por causa de la fiebre amarilla, que picó reciamente durante el estío y otoño en Cartagena, Alicante, Murcia y varios pueblos de los contornos. Retardáronse las otras con motivo de marchas u operaciones que hubieron de ejecutar antes de unirse al cuerpo principal. Blake, no obstante, guarneció a Murviedro, fortaleció más y más los atrincheramientos de Valencia y las orillas del Guadalaviar, e hizo que el marqués del Palacio y la junta se trasladasen a la villa de Alcira, situada a cinco leguas de la capital en una isla que forma el Júcar, cuyas riberas debían servir de segunda línea de defensa. El del Palacio conservaba el mando particular del distrito, y por eso, y quizá también para desembarazarse de persona tan engorrosa, le alejó Blake de Valencia so pretexto de poner al abrigo de las contingencias de la guerra las autoridades supremas de la provincia.

Sitio del castillo
de Murviedro
o Sagunto.
Su descripción.

Era la toma de Murviedro el primer blanco de la expedición de Suchet. Allí tuvo su asiento la inmortal Sagunto. Con el transcurso del tiempo cambió de nombre, derivándose el actual del latin muri veteres, o, según otros, del limosino murt vert. Yacía la antigua Sagunto en derredor de un monte, a cuyo pie por la parte septentrional se extiende hoy la población que apenas pasa de 6000 almas. Lame sus muros el Palancia, que corre a la mar apartado ahora dos leguas; antes, según Polibio, siete estadios, unos mil pasos: lo cual prueba lo mucho que se han retirado las aguas, a no ser que se dilatase por allí la antigua ciudad. Opulentísima la llama Tito Livio,[*] (* Ap. n. 16-23.) y, en efecto, grande hubo de ser su riqueza cuando después de haber los moradores quemado en la plaza pública personas y efectos, quedaron tantos despojos que pudo el vencedor repartir entre su gente mucho botín, enviar no poco a Cartago, y reservar todavía bastante para emprender la campaña que meditaba contra Roma. Vestigios notables declararon su pasada grandeza, que celebraron muchos poetas, en particular Bartolomé Leonardo de Argensola, que se duele del empleo humilde que en su tiempo se hacía de aquellos mármoles y de sus nobles inscripciones. La resistencia de Sagunto fue tan empeñada que, según cuenta el ya citado Polibio,[*] (* Ap n. 16-24.) tuvo Aníbal, herido en un muslo, que animar con su ejemplo al abatido soldado, sin perdonar cuidado ni fatiga alguna, y aun así no entró la ciudad sino al cabo de ocho meses de sitio y en medio de llamas y ruinas. Muy atrás quedó de la antigua defensa la que ahora vamos a trazar. Verdad es que no era ni con mucho parecido el caso.

La población moderna, ya tan reducida, no se hallaba murada a punto de impedir una embestida seria del enemigo. Fundábase la resistencia en una nueva fortaleza elevada en el monte vecino, el cual al invadir la primera vez Suchet el reino de Valencia, vimos que no estaba fortificado. Notose la falta y tratose en seguida de remediarla: tuvo para ello que destruirse en parte un teatro antiguo, preciosa reliquia conservada en los últimos tiempos con mucho esmero. La actual fortaleza, a que pusieron nombre de San Fernando de Sagunto, abrazaba toda la cima del cerro, habiendo aprovechado para la construcción paredones de un castillo de moros y otros derribos. Formaba el recinto como cuatro porciones o reductos distintos bajo el nombre de Dos de mayo, San Fernando, Torreón y Agarenos, susceptible cada uno de separada defensa. Había dentro 17 piezas, dos de a doce. Impidió el envío de otras de mayor calibre la repentina llegada de Suchet. Era la fortaleza atacable solo por el lado de poniente, inaccesible por los demás, de subida muy pina y de peña tajada. Había delineado las obras modernas el comandante de ingenieros Don Juan Sánchez Cisneros. Encargose del gobierno, en 16 de septiembre, el coronel ayudante general de estado mayor Don Luis María Andriani. Ascendía la guarnición a unos 3000 hombres.

Cercanos los franceses, cruzó el general Habert el 23 de septiembre el Palancia, y rodeando el cerro por oriente, dispuso al mismo tiempo que parte de su tropa se metiese en la villa cuyas calles barrearon los enemigos, atronerando también las casas, ahora solitarias y sin dueño. Tiró a occidente la división de Harispe, y extendiéndose al sur se dio la mano con el general Habert. Situáronse los italianos en Petrés y Gilet, camino de Segorbe, quedando de este modo acordonado el cerro en que se asentaban los fuertes. Destacó reservas Suchet hacia Almenara, vía de Cataluña; exploró la tierra del lado de Valencia.

Vana tentativa
de escalada.

Entonces, impaciente y ensoberbecido con su buena fortuna, determinó tomar por sorpresa la fortaleza de Sagunto. Registró con este objeto el circuito del monte, y oídos los ingenieros, creyó poder tentar una escalada por la falda inmediata a la villa, en donde le pareció vislumbrar restos de antiguas brechas mal reparadas.

Fijó Suchet las tres de la mañana del 28 de septiembre para dar la embestida. El mayor de ingenieros Chulliot mandaba la primera columna francesa. Debía seguirle el coronel Gudin, y adelantar a todos y apoyarlos el general Habert. También trataron los enemigos de distraer a los nuestros por los demás parajes.

Reuniéronse aquellos para efectuar la escalada a media subida en una cisterna distante 40 toesas de la cima. Vigilante Andriani descubrió por medio de una salida los proyectos del enemigo, y alerta con los suyos cerró los accesos que establecían comunicación entre los diversos fuertes. Un tiro o arma falsa de los acometedores abrevió una hora el ataque, respondiendo los nuestros al fusilazo con descargas y grandes alaridos. Andriani arengó a los soldados, recordoles memorias del suelo que pisaban: ¡Sagunto! Y embistiendo a la sazón Chulliot, enardecidos los españoles, le rechazaron completamente, y a Gudin, que cayó herido de una granada en la cabeza, y Habert, cuyos soldados espantados huyeron y dejaron sembradas de cadáveres las faldas del monte cuan largamente se extendían entre un baluarte que llevaba el apellido ilustre de Daoiz y el fuerte de Dos de mayo. Así, en presencia de venerables restos, se confundían antiguos y nuevos trofeos, apoderándose los cercados de varios fusiles, de más de 50 escalas y de otras herramientas. Perdieron los franceses 400 hombres. Escarmentado Suchet, aprendió a obrar con mayor cordura, y preciso le fue sitiar en forma más arreglada, fortaleza tan bien defendida.

Reencuentro
en Soneja
y Segorbe.

Íbansele entre tanto aproximando a Don Joaquín Blake las fuerzas que aguardaba, y dispuso que Don José Obispo, con cerca de 3000 hombres, se quedase del lado de Segorbe para incomodar al enemigo mientras permaneciese este en Murviedro. También colocó por su izquierda en Bétera, con el mismo fin, a Don Carlos O’Donnell, asistido de una columna de igual fuerza compuesta de la división de Don Pedro Villacampa, procedente de Aragón, y de la caballería del ejército de Valencia, mandada por D. José San Juan. Quiso Suchet alejar de sí vecinos tan molestos, y al propósito ordenó a Palombini que ahuyentase al general Obispo, quien, habiéndose adelantado hasta Torres Torres, dos leguas de Murviedro, se había replegado después dejando en Soneja una corta vanguardia bajo D. Mariano Moreno. Atacó a esta Palombini el 30 de septiembre, que, si bien reforzada, tuvo que echar pie atrás para unirse con lo restante de la división. Entonces situó Obispo por escalones delante de Segorbe en el camino real la caballería y en las alturas inmediatas los infantes. Mas el enemigo acometiendo con impetuosidad y fuerza lo arrolló todo, y tuvo Obispo que retirarse a Alcublas.

En Bétera
y Benaguacil.

En seguida pasó Suchet a atacar en persona el 2 de octubre a Don Carlos O’Donnell, cuyas tropas con destacamentos en Bétera se alojaban en los collados de Benaguacil, a la salida de la huerta en que se halla situada la Puebla de Valbona. Resistieron los nuestros bastante tiempo hasta que O’Donnell juzgó prudente repasar el Guadalaviar, como lo verificó por Villamarchante, imponiendo aquí respeto a los enemigos con la ocupación de dos alturas escarpadas que dominan el camino. Dirigiose después sin ser incomodado a Ribarroja. Perdimos en estos reencuentros alguna gente, sobre todo en el primero en que perecieron oficiales de mérito. Motejose en Blake no haber hecho el menor amago para sostener ni a uno ni a otro de ambos generales, mirándose además como muy expuesta la estancia que había señalado a Don José Obispo. Influían también malamente en el buen ánimo del soldado tales retiradas y descalabros parciales, siendo reprensible en un jefe no precaverlos al abrir de una campaña.

Buena defensa
y toma del castillo
de Oropesa.

Para no desperdiciar tiempo, y alejadas ya las tropas vecinas, pensó el mariscal Suchet apoderarse del castillo de Oropesa, que cerraba el paso del camino real de Cataluña. Ofreciole buena ocasión el atravesar por allí cañones de grueso calibre que traían de Tortosa contra Sagunto, de los que mandó detener algunos para batir los muros. Se componía el castillo de un gran torreón cuadrado, circuido por tres partes de otro recinto, sin foso pero amparado del escarpe del terreno. Tenía de guarnición unos 250 hombres, y solo le artillaban cuatro cañones de hierro. Mandaba Don Pedro Gotti, capitán del regimiento de América. A cuatrocientas toesas y orilla de la mar había otra torre llamada del Rey, muy al caso para favorecer un embarque, en la cual capitaneaba 170 hombres el teniente Don Juan José Campillo.

Después que los franceses habían penetrado en el reino de Valencia, habían en vano tentado tomar de rebate el castillo de Oropesa. Unieron ahora para conseguirlo sus esfuerzos, y fácil era apoderarse de un recinto tan corto y con flacos muros. Empezó el 8 de octubre a batirlos el enemigo, dueño ya antes de la villa. Dirigía el general Compère a los sitiadores. El 10 llegó Suchet, y derribado un lienzo de la muralla, prontos los franceses a dar el asalto, capituló el gobernador honrosamente. Resistencia
honrosa
y evacuación
de la torre
del Rey.
No por eso se rindió el de la torre del Rey, Campillo, que desechó con brío toda propuesta. Constante en su resolución hasta el 12, y defendiéndose valerosamente, tuvo la dicha de que acudiesen entonces para protegerle el navío inglés Magnífico, comandante Eyre, y una división de faluchos a las órdenes de Don José Colmenares. No siendo dado sostener por más tiempo la torre, pusiéronse unos y otros de acuerdo, y se trató de salvar y llevar a bordo la guarnición. Presentaba dificultades el ejecutarlo, pero tal fue la presteza de los marinos británicos, tal la de los españoles, entre los que se distinguió el piloto Don Bruno de Egea, tal en fin la serenidad y diligencia del gobernador, que se consiguió felizmente el objeto. Campillo se embarcó el último y mereció loores por su proceder: muchos le dispensó la justa imparcialidad del comandante inglés.

Activa el enemigo
los trabajos
contra Sagunto.

Libre Suchet cada vez más de obstáculos que le detuviesen, paró su consideración exclusivamente en el cerco de Murviedro. Volvieron también de Francia, ausentes con licencia después de lo de Tarragona, los generales de artillería Valée y Rogniat, con cuya llegada se activaron los trabajos del sitio.

Empezolos el enemigo contra la parte occidental de la fortaleza, en donde estaba el reducto dicho del Dos de mayo, y plantó a ciento cincuenta toesas una batería de brecha. Ofrecíansele para continuar en su intento muchos estorbos nacidos del terreno, y, si los españoles hubiesen tenido artillería de a 24, siendo imposible en tal caso los aproches, quizá se hubiera limitado el cerco a mero bloqueo.

Pudieron al fin los franceses después de penosa faena romper sus fuegos el 17, mas hasta el 18 en la tarde no juzgaron los ingenieros practicable la brecha abierta en el reducto del Dos de mayo, en cuya hora resolvió Suchet dar el asalto.

Asalto intentado
infructuosamente.

Una columna escogida, al mando del coronel Matis, debía acometer la primera. Notaron los españoles desde temprano los preparativos del enemigo, y apercibiéronse para rechazarle. Hombres esforzados coronaban la brecha, y con voces y alaridos desafiaban a los contrarios sin que los atemorizase el fuego terrible y vivo del cañón francés.

Comenzose la embestida, y los más ágiles de los sitiadores llegaron hasta dos tercios de la subida, cuya aspereza y angostura les impidió ir más arriba, destrozados por el fuego a quemarropa de los nuestros, por las granadas y las piedras. Cuantas veces repitió el enemigo la tentativa, otras tantas cayeron sus soldados del derrumbadero abajo. Entroles desmayo, y a lo último, como anonadados, desistieron de la empresa con pérdida de 500 hombres, de ellos muchos oficiales y jefes. Por medio de señales entendíase la guarnición del fuerte con la ciudad de Valencia, y Blake ofreció al gobernador y a la tropa merecidas recompensas.

Embarazábale mucho a Suchet el malogro de su empresa y, aunque procuró adelantar los trabajos y aumentar las baterías, temía fuese infructuoso su afán, atendiendo a lo escabroso y dominante del peñón de Sagunto. Confiaba solo en que Blake, deseoso de socorrer la plaza viniese, con él a las manos, y entonces parecíale seguro el triunfo.

Prepárase Blake
a socorrer
a Sagunto.

Así sucedió. Aquel general tan afecto desgraciadamente a batallar, e instado por el gobernador Andriani, trató de ir en ayuda del fuerte. Convidábale también a ello tener ya reunidas todas sus fuerzas que juntas ascendían a 25.300 hombres, de los que 2550 de caballería, poco más o menos. Llegaron a lo último las que pertenecían al tercer ejército, bajo las órdenes de Don Nicolás Mahy. Pendió la tardanza de haberse antes dirigido sobre Cuenca para alejar de allí al general D’Armagnac, que amagaba por aquella parte el reino de Valencia. Consiguió Mahy su objeto sin oposición, y caminó después a engrosar las filas alojadas en el Guadalaviar.

Pronto a moverse Don Joaquín Blake, encargó la custodia de la ciudad de Valencia a la milicia honrada, y dio a su ejército una proclama sencilla concebida en términos acomodados al caso. Abrió la marcha en la tarde del 24, y colocó su gente en la misma noche no lejos de los enemigos. La derecha, compuesta de 3000 infantes y algunos caballos a las órdenes de Don José Zayas, y de una reserva de 2000 hombres a las del brigadier Velasco, en las alturas del Puig. Allí se apostó también el general en jefe con todo su estado mayor. Constaba el centro, situado en la Cartuja de Ara Christi, de 3000 infantes que regía Don José Lardizábal, y de 1000 caballos, que eran los expedicionarios del cargo de Loy y algunos de Valencia, todos bajo la dirección de Don Juan Caro; había además aquí una reserva de 2000 hombres que mandaba el coronel Liori. Extendíase la izquierda hacia el camino real llamado de la Calderona. Cubría esta parte Don Carlos O’Donnell, teniendo a sus órdenes la división de Don Pedro Villacampa, de 2500 hombres, y la de Don José Miranda, de 4000 con 600 caballos que guiaba Don José San Juan. El general Obispo, bajo la dependencia también de O’Donnell, estaba con 2500 hombres en el punto más extremo, hacia Náquera. Amenazaba embestir por la parte del desfiladero de Sancti Espíritus todo nuestro costado izquierdo, debiendo servirle de reserva Don Nicolás Mahy al frente de más 4000 infantes y 800 jinetes. Tenía orden este general de colocarse en dos ribazos llamados los Germanells. Cruzaban al propio tiempo por la costa unos cuantos cañoneros españoles y un navío inglés.

Concurrieron aquella noche al cuartel general de Don Joaquín Blake oficiales enviados por los respectivos jefes, y con presencia de un diseño del terreno trazado antes por Don Ramón Pírez, jefe de estado mayor, recibió cada cual sus instrucciones con la orden de la hora en que se debía romper el ataque.

Hasta las once de la misma noche ignoró Suchet el movimiento de los españoles, y entonces informole de ello un confidente suyo vecino del Puig. No pudiendo el mariscal ya tan tarde retirarse sin levantar el sitio de Sagunto con pérdida de la artillería, tomó el partido, aunque más arriesgado, de aguardar a los españoles y admitir la batalla que iban a presentarle. Resolvió a ese propósito situarse entre el mar y las alturas de Vall de Jesús y Sancti Espíritus, por donde se angosta el terreno. Puso en consecuencia a su izquierda del lado de la costa la división del general Habert, a la derecha hacia las montañas la de Harispe. En segunda línea a Palombini y una reserva de dos regimientos de caballería a las órdenes del general Boussart. Por el extremo de la misma derecha reforzada por Chlopicki, al general Robert con su brigada y un cuerpo de caballería, teniendo expresa orden de defender a todo trance el desfiladero de Sancti Espíritus que consideraba Suchet como de la mayor importancia. Quedaron en Petrés y Gilet Compère y los napolitanos, además de algunos batallones que permanecieron delante de la fortaleza de Sagunto, contra la cual las baterías de brecha no cesaron de hacer fuego. Contaba en línea Suchet cerca de 20.000 hombres.

Batalla
de Sagunto.

A las ocho de la mañana del 25, marchando adelante de su posición, rompieron a un tiempo el ataque las columnas españolas, y rechazaron las tropas ligeras del enemigo. Trabose la pelea por nuestra parte con visos de buena ventura. Las acequias, garrofales y moreras, los vallados y las cercas no consentían maniobrase el ejército en línea contigua, ni tampoco que el general en jefe, situado como antes en las alturas del Puig, pudiese descubrir los diversos movimientos. Sin embargo, las columnas españolas, según confesión propia de los enemigos, avanzaban en tal ordenanza, cual nunca ellos las habían visto marchar en campo raso. La de Lardizábal se adelantaba repartida en dos trozos, uno por el camino real hacia Hostalets, otro dirigiéndose a un altozano, vía del convento de Vall de Jesús. Por Puzol, la de Zayas, tratando de ceñir al enemigo del lado de la costa. También nuestra izquierda comenzó, por su parte, un amago general bien concertado.

Acometiendo Lardizábal con intrepidez, el trozo suyo que iba hacia Vall de Jesús apoderose, a las órdenes de Don Wenceslao Prieto, del altozano inmediato, en donde se plantó luego artillería. Causó tan acertada maniobra impresión favorable, y los cercados de Sagunto, creyendo ya próximo el momento de su libertad, prorrumpieron en clamores y demostraciones de alegría. Bien conoció Suchet la importancia de aquel punto, y para tomarlo trató de hacer el mayor esfuerzo. Sus generales, puestos a la cabeza de las columnas, arremetieron a subir con su acostumbrado arrojo. Encontraron vivísima resistencia. Paris fue herido; lo mismo varios oficiales superiores; muerto el caballo de Harispe; arrollados una y varias veces los acometedores, que solo cerrando de cerca a los nuestros con dobles fuerzas se enseñorearon al cabo de la altura.

Mas los españoles, bajando al llano y unidos a otros de los suyos, se mantuvieron firmes e impidieron que el enemigo penetrase y rompiese el centro. Era instante aquel muy crítico para los contrarios, aunque fuesen ya dueños del altozano; pues Zayas, maniobrando diestramente, comenzaba a abrazar el siniestro costado de los franceses acercándose a Murviedro, y por la izquierda Don Pedro Villacampa también adquiría ventajas.

Urgíale a Suchet no desaprovechar el triunfo que había conseguido en la altura, tanto más cuanto los españoles de Lardizábal, no solo se conservaban tenaces en el llano, sino que, sostenidos por la caballería de Don Juan Caro, contramarchaban ya a recuperar el punto perdido, después de haber atropellado y destrozado a los húsares enemigos, apoderándose también el coronel Ric de algunas piezas. En tal aprieto movió el mariscal francés la división de Palombini que estaba en segunda línea, y se adelantó en persona a exhortar a los coraceros que iban a contener el ímpetu de la caballería española. Se empeñó entonces una refriega brava, y Suchet fue herido de un balazo en un hombro; mas siéndolo igualmente los generales españoles Don Juan Caro y Don Casimiro Loy, que cayeron prisioneros, desmayaron los nuestros, arrollolos el enemigo, y hasta recobró los cañones que poco antes le habían cogido. Don Joaquín Blake envió, para reparar el mal, a Don Antonio Burriel, jefe del estado mayor expedicionario, y al oficial del mismo cuerpo Zarco del Valle. Nada lograron estos sujetos, que gozaban en el ejército de distinguido concepto. Los dragones de Numancia los arrastraron en la fuga.

También por la izquierda, la suerte, favorable al principio, volvía ahora la espalda. Don Carlos O’Donnell, con objeto de reforzar a Obispo, que tenía delante a Robert, dispuso que avanzara Don Pedro Villacampa, quien, ganando terreno, obligó a los enemigos a ciar algún tanto. Pero en ademán Chlopicki de amenazar al general español por el costado, mandó O’Donnell a Don José Miranda que saliese al encuentro. Tuvo este general el desacuerdo de marchar en una dirección casi paralela a la del enemigo y con distancias cerradas, exponiéndose a que resultara confusión en sus líneas si los franceses, como se verificó, le acometían de flanco. Comenzó luego el desorden, y siguiose mucha dispersión. No pudieron los esfuerzos de Villacampa y O’Donnell reparar tamaño contratiempo. Unas y otras tropas vinieron sobre las de Mahy, atacadas no solo ya por Chlopicki, sino también por parte de la división de Harispe, que venía del centro. Hubiera quizá sido completa la dispersión sin los regimientos de Molina, Ávila y Cuenca, que se portaron con arrojo y serenidad. Por desgracia, se había Mahy retardado en su marcha, y no llegó bastante a tiempo para apoyar la primera arremetida, ni para contener el primer desorden. Los franceses victoriosos cogieron muchos prisioneros, y obligaron a Mahy y a las otras tropas de la izquierda a que se refugiasen por Bétera en Ribarroja.

Don José Zayas en la derecha tuvo mayor fortuna, y no se retiró sino cuando ya vio roto el centro y en completa retirada y confusión la izquierda. Hízolo en el mayor orden hasta las alturas del Puig, y antes, en Puzol, se defendió con el mayor valor un batallón suyo de guardias valonas, que por equivocación se había metido dentro del pueblo.

Se abrigaron sucesivamente del Guadalaviar todas las divisiones españolas, parándose el ejército francés en Bétera, Albalat y el Puig. Nuestra pérdida: 12 piezas y 900 hombres entre muertos y heridos; prisioneros o extraviados, 3922. Suchet en todo unos 800. A pesar de la derrota, aumentaron por su buen porte la anterior fama las divisiones expedicionarias y la de Don Pedro Villacampa; ganáronla algunos cuerpos de las otras. No Don Joaquín Blake, que, indeciso, apenas tomó providencia alguna. Hábil general la víspera de la batalla, embarazose, según costumbre, al tiempo de la ejecución, y le faltó presteza para acudir adonde convenía, y para variar o modificar en el campo lo que había de antemano dispuesto o trazado. También le desfavorecía la tibieza de su condición. Aficiónase el soldado al jefe que, al paso que es severo, goza de virtud comunicable. Blake de ordinario vivía separadamente, y como alejado de los suyos.

Rendición
del castillo.

Siguiose a la derrota la rendición del castillo de Sagunto. Quería prevenirla el general español, volviendo a hacer otro esfuerzo, de cuyo intento trató de avisar al gobernador Andriani por medio de señales. Mas impidió el que aquel las advirtiese la cerrazón y el viento fresco que soplaba norte-sur, y hacía que encubriese el asta a los defensores del castillo la bandera y gallardete que se empleaban al efecto en el Miquelet o torre de la catedral de Valencia. Aunque no hubiese ocurrido tal incidente, dudamos pudiera Blake haber vuelto tan pronto a dar batalla, a no exponerse imprudentemente a otro desastre como el de Belchite.

Ganado que hubo la de Sagunto el mariscal Suchet, propuso al gobernador del castillo Don Luis María Andriani honrosa capitulación, convidándole a que enviase persona de su confianza que viese con sus propios ojos todo lo ocurrido, y se desengañase de cuán inútil era ya aguardar socorro. Convino Andriani, y pasó de su orden al campo francés el oficial de artillería Don Joaquín de Miguel. De vuelta este al castillo, y conforme a su relación, capituló el gobernador en la noche del 26; y a poco en la misma, sin aguardar al día, salieron por la brecha con los honores de la guerra él y la guarnición, compuesta de 2572 hombres. Tanto instaba a Suchet terminar aquel sitio.

Por mucho desaliento en que hubiese caído el soldado después de la pérdida de la batalla, se reprendió en Andriani la precipitación que puso en venir a partido. «La brecha,[*] (* Ap. n. 16-25.) dice Suchet, era de acceso tan difícil que los zapadores tuvieron que practicar una bajada para que pudiesen descender los españoles.» Y más adelante añade que, aun tomado el Dos de mayo, se presentaban muchos obstáculos para enseñorearse de los demás reductos, por manera [son sus palabras] «que el arte de atacar y el valor de las tropas podían estrellarse todavía contra aquellos muros.» Habíase Andriani conducido hasta entonces con inteligencia y brío. Atolondrole la batalla perdida, y juzgó quedar bien puesto el honor de las armas rindiéndose abierta brecha. Zaragoza y Gerona nos habían acostumbrado a esperar otros esfuerzos, y no era la hacha ni la pala oficiosa del gastador enemigo la que debiera haber allanado la salida a los defensores de Sagunto.

La toma de este castillo miráronla con razón los franceses como de mucha entidad por el nombre, y por el desembarazo que ella les daba. Sin embargo no se atrevieron a acometer inmediatamente la ciudad de Valencia. Era todavía numeroso el ejército de Blake, amparábanle fuertes atrincheramientos, y no estaba olvidado el escarmiento que delante de aquellos muros recibiera Moncey en 1808, como tampoco la inútil y malhadada expedición de Suchet en 1810. Por lo mismo, pareciole prudente al mariscal francés aguardar refuerzos, y se contentó en el intermedio con situarse, al comenzar noviembre, en Paterna, frente de Cuarte, prolongándose hacia la marina, izquierda del Guadalaviar. En la derecha se alojaron los españoles: el ejército desde Manises hasta Monteolivete, y de allí hasta el embocadero del río los paisanos armados de la provincia.

Diversiones
en favor
de Valencia.
Cataluña.

Trabajaba en Cataluña Don Luis Lacy, y entretenía a los franceses de aquel principado, ya que no pudiese activa y directamente coadyuvar al alivio de Valencia. Severo y equitativo, ayudado de la junta provincial, levantó el espíritu de los catalanes, quienes, a fuer de hombres industriosos, vieron también en las reformas de las cortes, y sobre todo en el decreto de señoríos, nueva aurora de prosperidad. Reforzó Lacy a Cardona, fortificó ciertos puntos que se daban la mano, y formaban cadena hasta el fuerte de la Seu de Urgel; no descuidó a Solsona, y atrincheró la fragosa y elevada montaña de Abusa, a cierta distancia de Berga, en donde ejercitaba los reclutas. ¡Y todo eso rodeado de enemigos y vecino a la frontera de Francia! Pero ¿qué no podía hacerse con gente tan belicosa y pertinaz como la catalana? Dueños los invasores de casi todas las fortalezas, no les era dado, menos aún aquí que en otras partes, extender su dominación más allá del recinto de las fortificaciones, y aun dentro de ellas, según la expresión de un testigo de vista imparcial,[*] (* Ap. n. 16-26.) «no bastaba ni mucha tropa atrincherada para mantener siquiera en orden a los habitantes.» Más de una vez hemos tenido ocasión de hablar de semejante tenacidad, a la verdad heroica, y en rigor no hay en ello repetición. Porque creciendo las dificultades de la resistencia, y esta con aquellas, tomaba la lucha semblantes diversos y colores más vivos, desplegándose la ojeriza y despechado encono de los catalanes, al compás del hostigamiento y feroz conducta de los enemigos.