Volviendo, pues, a nuestro propósito, serían las dos de la tarde, cuando los caballeros y damas acabaron de comer las colaciones, y soltaron un toro de los más bravos que había entre todos, que no seguía hombre a quien no volteaba, ni la ligereza de los caballos ni de las yeguas bastaba a escaparse de sus veloces cornadas. Era tanta su braveza y ligereza que en breve espacio le desocuparon la plaza todos los de a pie, aunque contra su voluntad.

Como vio su braveza el rey, dijo a los caballeros:

—Bien será lancear ese toro.

Malique Alabez pidió licencia para hacer algún lance, y el rey se la dio. Muza venía a pedirla para lancearle, y como se la había dado a Alabez no la pidió.

Bajó de los miradores Alabez, y subió en un caballo, el cual le había enviado el alcaide de Vélez el Rubio y el Blanco, que era primo-hermano suyo, hijo de un hermano de su padre, al cual mataron a traición unos caballeros llamados los alfaquíes, por envidia que le tenían, por ser tan querido del rey; pero no compraron muy barata la muerte del noble alcaide, que el rey la vengó bien. Siete hermanos eran estos alfaquíes, y a todos juntos los mandó degollar por la traición que hicieron en matar sin ocasión ni culpa a quien no lo merecía. Sus bienes fueron confiscados por la corona real.

Dio, pues, vuelta Alabez a toda la plaza, y llegando al balcón donde estaba su señora Cobaida, hizo que se arrodillase el caballo, y él humilló la cabeza, haciendo cortesía a su dama, y a todas las demás que estaban allí. La dama enamorada de su Alabez, se levantó y le hizo el acatamiento.

Él, muy gozoso de haber visto a su querida señora, y tan favorecido, espoleó al caballo, y partió más veloz que un rayo; tanta era la ligereza del caballo, que apenas se le veía en la carrera. El rey y los caballeros se holgaron de verle; a los Zegríes les pesó, porque era mortal la envidia.

Era tanta la gritería de la gente que ponía grima; y era causa que el toro había dado vuelta por toda la plaza, habiendo volteado y derribado mucha gente, y muerto cinco o seis personas, y venía como el viento adonde estaba Alabez, y como le vio venir, quiso hacer una gentileza, y fue, que saltó del caballo, y aguardó al toro con ánimo osado, el albornoz en la mano izquierda, y cuando bajó el toro la cabeza para hacer su golpe y darle un bote, le echó tan bien el albornoz delante de los ojos, que dio gran contento a todos; y asiéndole de ambos cuernos, le hizo estar quedo a su pesar, porque era grande la fuerza que tenía.

El toro procuraba desasirse para matarle, y Alabez se defendía con el valor de su persona, aunque con mucho peligro.

Y pareciéndole al valiente moro que duraba mucho aquella pelea, enojado, y con cólera que tenía, le torció el pescuezo, y con fuerza increíble le derribó en tierra como si fuera muy débil oveja; y como lo vio en el suelo, se fue poco a poco, con semblante apacible, y sin poner el pie en el estribo saltó en su caballo, dejando al toro molido, y tal, que no se pudo levantar de allí, quedando todos muy admirados de su esfuerzo, valor y fortaleza invencible, dándole mil loores.

El rey llamó a Alabez, y fue como si no hubiera hecho cosa alguna; y en llegando le dijo el rey:

—Mucho contento me habéis dado, y no se esperaba menos de vuestro valor y nobleza: yo os hago merced de la alcaidía de la fuerza de Cantoria, y de que seáis capitán de cien caballeros.

Alabez le besó las manos por las nuevas mercedes que le hacía.

Serían a la sazón las cuatro de la tarde, y mandó el rey que se tocase a cabalgar. Oída la señal, todos los caballeros que eran de juego se adelantaron para hacer la entrada, y entre tanto comenzaron una muy acordada música, con diversidad de instrumentos.

Luego vino entrando por la boca del Zacatín el gallardo Muza con su cuadrilla Abencerraje. Entrando de cuatro en cuatro, y dando vuelta por la plaza, haciendo el debido acatamiento al rey, a la reina y a las damas, dieron algunas carreras con muy grande brío y donaire. Eran Muza, Malique Alabez, y treinta Abencerrajes en la cuadrilla, y parecían muy bien las plumas azules y telas de plata sobre nevadas yeguas, que hermoseaban toda la plaza y amartelaban las damas con su bizarría.

No con menos gala y brío entraron los Zegríes por otra puerta, todos de encarnado y verde, con plumas y penachos azules, yeguas bayas, y en las adargas una misma divisa puesta en listones azules, que era unos leones encadenados por mano de una dama. Decía la letra: Más fuerza tiene el amor.

De esta manera entraron en la plaza de cuatro en cuatro, y juntos hicieron un caracol y escaramuza con mucho concierto, que no menos contento dieron que los Abencerrajes.

Y tomando las dos cuadrillas sus puestos, y apercibidas las cañas, habiendo dejado sus lanzas, al son de las trompetas y dulzainas se comenzó a trabar el juego con mucha gallardía, donaire y brío, de ocho en ocho.

Los Abencerrajes, que habían reparado en las plumas azules que los Zegríes traían, antigua divisa suya, muy enojados les tiraban a los turbantes, por derribárselos, muy valerosamente; mas no pudieron los Abencerrajes salir con su intento, y así andaban jugando con muy gran concierto, que era mucho de ver, y daban grande contento a todos los que les miraban.

Mahomad Zegrí, como tenía tratado con todos los de su linaje, de dar la muerte a Malique Alabez, o a alguno de los Abencerrajes por las palabras dichas; dio orden que Malique Alabez saliese de la parte contraria, y cayese en su cuadrilla, teniendo inteligencia para que él y los ocho revolviesen sobre Alabez y los suyos. Y habiendo corrido seis veces dijo el Zegrí a los de su cuadrilla:

—Ahora es tiempo, que está el juego encendido; venguémonos, pues se nos ofrece buena ocasión.

Y tomando una lanza con un muy agudo hierro, aguardó que Malique Alabez viniese con los ocho caballeros de su cuadrilla, revolviendo sobre los de la contraria parte, como es uso y costumbre en semejantes juegos, y al tiempo que Malique Alabez volvía cubierto con su adarga contra él y los suyos, salió el Zegrí, y llevando puestos los ojos en Malique Alabez, mirando por donde mejor le pudiese herir, le arrojó la lanza con tanta fuerza, que pasó la adarga de una parte a otra, y el agudo hierro entró en el brazo derecho, que se lo pasó con mucha brevedad.

Muy grande fue el dolor que el valeroso Malique Alabez sintió de aqueste golpe, porque le atormentó todo el brazo, y aun todo el cuerpo, sin entender que estaba herido; y en habiendo llegado a su puesto puso la mano en la parte que le dolía, y ensangrentósela; y mirando al brazo, viendo la herida, dijo en alta voz a Muza y a los Abencerrajes:

—Caballeros, grande traición nos han armado los Zegríes: lanzas con hierros agudos tiran por cañas; veisme aquí herido.

Los valientes Abencerrajes al punto tomaron sus lanzas para estar prevenidos a lo que se les ofreciese.

A esta sazón volvía el Zegrí con su cuadrilla para irse a su puesto, cuando Malique Alabez con gran furia se atravesó de por medio viéndose herido, y le tiró la lanza diciéndole:

—Traidor, no es de caballero lo que has hecho, sino de villano.

No fue en balde el tiro, pues le pasó el adarga y cota, y le entró en el cuerpo un palmo y más de lanza, y luego cayó el Zegrí de la yegua casi muerto.

De ambas partes había apercibimiento para lo que se ofreciera, y empezaron una escaramuza brava y sangrienta; y como los Zegríes iban bien armados, llevaron lo mejor de la batalla; pero como era tanto el valor de Muza y del valiente Alabez, y el de los Abencerrajes, no dejaban de maltratar a los Zegríes, y hacerles daño notable.

La vocería y algazara era mucha, y cuando vio el rey encendido el juego, bajó a la plaza, y subió en una yegua y entró entre los lidiadores con un bastón diciendo:

—Afuera, afuera.

Asimismo todos los caballeros desinteresados ayudaron a poner en paz.

Estuvo este día en peligro de perderse Granada; porque de la parte de los Zegríes fueron Gomeles y Mazas, y de la de los Abencerrajes, Almoradís y Venegas.

Como los bandos y cismas son tan peligrosos entre los príncipes y magnates, lo temió el rey, y así hizo todo lo posible para apaciguarlos; quietos y apartados cada uno en su cuadrilla, el valiente Muza y los de la suya se subieron al Alhambra, llevando consigo a los Almoradís y Venegas. Los Zegríes se retiraron al castillo de Bibatambién, llevando muerto a Mahomad Zegrí.

La reina y las damas se quitaron de los miradores, dando gritos cuando vieron las veras del juego, porque en los de la lid había maridos, hermanos, parientes y amantes de las damas, y sus lastimas y lloros movían a compasión a todos los que las oían, y en particular las lamentaciones de la hermosa Fátima, llorando su muerto padre; que eran muchos los extremos que hacía, bastantes a enternecer un corazón diamantino.

Este desdichado fin tuvieron las fiestas, quedando muy revuelta Granada, y por eso se hizo este romance:

Afuera, afuera, afuera,

aparta, aparta, aparta,

que entra el valeroso Muza,

cuadrillero de unas cañas.

Treinta lleva en su cuadrilla

Abencerrajes de fama,

conformes en las libreas

de azul y tela de plata.

De listones y de cifras

travesadas las adargas:

yeguas de color de cisne,

con las colas encintadas,

Atraviesan cual el viento

la plaza de Vivarrambla,

dejando en cada balcón

mil damas amarteladas.

Los caballeros Zegríes

también entran en la plaza:

sus libreas eran verdes,

y las medias encarnadas.

Al son de los añafiles

traban el juego de cañas,

el cual anda muy revuelto,

parece una gran batalla.

No hay amigo para amigo,

las cañas se vuelven lanzas,

mal herido fue Alabez,

y un Zegrí muerto quedaba.

El rey Chico reconoce

la ciudad alborotada;

con un bastón en la mano

va diciendo: Aparta, aparta.

Muza reconoce al rey,

por el Zacatín se escapa,

con él toda su cuadrilla

no paran hasta el Alhambra.

A Bibatambién Zegríes

tomaron por su posada;

Granada quedó revuelta

por esta cuestión trabada.

Quedó la ciudad de Granada tan llena de escándalo y revuelta, porque la flor de los caballeros estaban metidos en estos bandos.

El rey Chico andaba suspenso, y admirado de ver las novedades que cada día había en la corte, y con todas veras procuró hacer las amistades, porque no viniese a más daño del sucedido: mandó que se hiciese información del caso para castigar a los culpados; y con esto paró la traición, concierto y junta que se hizo en el castillo de Bibatambién contra Alabez y los Abencerrajes.

El rey quiso proceder contra los Zegríes, mas todos los caballeros le suplicaron los perdonase, y considerase que era ya muerto el caudillo del bando. El rey los perdonó e hizo las amistades, y así se aquietó la ciudad, como de antes lo estaba, que no fue poco.