Y de esto se hizo este romance, que dice así:

Adornado de preseas

de la bella Lindaraja,

se parte el fuerte Gazul

a Gelves a jugar cañas.

Cuatro caballos jinetes

lleva cubiertos de galas,

con mil cifras de oro fino,

que dicen: Abencerraja.

Cada librea de Gazul

era azul, blanca y morada,

los penachos de lo mismo

con una pluma encarnada.

De costosa argentería,

de fino oro, y fina plata,

pone el oro en lo morado,

la plata en lo rojo esmalta.

Un salvaje por divisa

lleva enmedio de la adarga,

que desquijara un león,

divisa hermosa y usada

De nobles Abencerrajes,

que fueron flor de Granada;

de todos bien conocida,

y de muchos estimada.

Llevaba el fuerte Gazul,

por respeto de su dama,

que era de Abencerrajes,

a quien por extremo amaba,

Una letra en lengua mora

que dice: Nadie la iguala.

De aquesta suerte Gazul

de Gelves entró en la plaza

Con treinta de su cuadrilla,

que así concertado estaba,

de una librea vestidos,

que admira a quien los miraba;

Y una divisa sacaron

que ninguno discrepaba,

si no fue solo Gazul

en las cifras que llevaba.

Al son de los añafiles

el juego se comenzaba,

tan trabado y tan revuelto,

que parece una batalla.

Mas el bando de Gazul

en todo lleva ventaja:

el moro caña no tira

que no aportille una adarga.

Míranlo mil damas moras

de balcones y ventanas,

también lo estaba mirando

la hermosa mora Zaida;

La cual dicen de Jerez

que en las fiestas se hallara:

vestida va de leonado

por el luto que llevaba

Por su esposo tan querido,

que el bravo Gazul matara.

Zaida bien le reconoce

en el tirar de la caña:

Acuérdase en su memoria

de aquellas cosas pasadas,

cuando Gazul la servía

y ella le fue tan ingrata.

Muy mal pagó sus servicios,

y lo mucho que él la amaba:

siente tanto dolor de esto,

que allí cayó desmayada;

Y al cabo que volvió en sí,

su criada la hablara:

«¿Qué es esto, señora mía?

¿Por qué causa te desmayas?»

Zaida respondiera así,

con voz muy baja y turbada:

«Advierte bien aquel moro

que arrojó ahora la caña:

Aquel se llama Gazul,

cuya fama es bien nombrada;

seis años fui de él servida,

sin de mí alcanzar nada.

Aquel mató a mi marido,

y de ello yo fui la causa;

y con todo esto le quiero,

y le tengo acá en el alma.

Holgara que me quisiera,

pero no me estima en nada;

adora una Abencerraje,

por quien vivo desmayada.»

En esto se acabó el juego,

y la fiesta aquí se acaba:

Gazul se parte a Sanlúcar

con mucha honra ganada.

Muy maravillados quedaron en Gelves de la bondad y fortaleza de Gazul, y cuán bien lo había hecho en el juego de cañas; y de su valor quedaron muchas damas amarteladas, y se holgaron de ser amadas de tan buen caballero.

Llegado Gazul a Sanlúcar, luego fue a ver a su dama Lindaraja, la cual no se holgó poco de su venida, y preguntándole muy por extenso todo lo que en Gelves había pasado, el enamorado Gazul la satisfizo de todo con mucha alegría, contándola cuán bien le había ido en aquel viaje; y por esto se hizo el siguiente

ROMANCE.

De honor y trofeos lleno,

más que el gran Marte lo ha sido,

el valeroso Gazul

de Gelves había venido.

Vínose para Sanlúcar,

donde fue bien recibido

de su dama Lindaraja,

de la cual es muy querido.

Estando ambos a dos

en un jardín muy florido,

con amorosos regalos

siendo cada cual servido,

Lindaraja aficionada,

una guirnalda ha tejido

de clavellinas y rosas,

y de un alhelí escogido.

Cercada de violetas,

flor que de amantes ha sido,

se la puso en la cabeza

a Gazul, y así le ha dicho:

«Nunca fuera Ganimedes

de rostro tan escogido:

si el gran Júpiter te viera,

él te llevara consigo.»

El fuerte Gazul la abraza,

diciéndola con un riso:

«No pudo ser tan hermosa

la que el Troyano ha escogido;

Por la cual se perdió Troya,

y en fuego se había encendido,

como tú, señora mía,

vencedora de Cupido.»

«Si hermosa te parezco,

Gazul, cásate conmigo,

pues que me diste la fe

que serías mi marido:»

«Pláceme, dice Gazul,

pues yo gano en tal partido.»

Estas y otras amorosas palabras pasaron entre Lindaraja y su amante Gazul; y así ordenaron de casarse, y Gazul se la pidió a su tío, en cuyo poder estaba Lindaraja.

El tío se holgó mucho, por ser Gazul principal y valiente; y así se celebraron las bodas, y fueron muy costosas, y se hallaron en ellas muchos caballeros cristianos y moros; porque vinieron de Granada los cristianos Gazules, Abencerrajes y Venegas.

También vino Daraja, hermana de Lindaraja, y su marido Zulema, que eran ya cristianos y muy queridos del rey Católico, y hubo toros, cañas y sortija.

Duraron estas fiestas dos meses, al cabo de los cuales todos los caballeros que habían venido de Granada se volvieron, llevando consigo a los desposados, los cuales en llegando fueron a besar las manos a los reyes Católicos, de lo que holgaron mucho en verlos, y mandaron que todos los bienes del padre de Lindaraja se los entregasen a Gazul y su esposa.

Tornose cristiana Lindaraja, y llamose Doña Juana; él se llamó D. Pedro Gazul cuando le bautizaron.

En esta historia de Gazul se quedó por poner otro romance que era primero que el de Sanlúcar; mas por no estar bueno, y no haberle entendido el autor que le hizo, se puso al principio, porque no causara confusión; y porque no quede con aquella ignorancia, diremos la verdad del caso.

El romance que digo, es aquel que dice: Sale la estrella de Venus, y el que le compuso no entendió la historia, porque no tuvo razón de decir que se casaba Zaida, hija del alcaide de Jerez, con el alcaide de Sevilla y su fuerza, porque el Gazul que mató al desposado de Zaida, no fue en tiempo que Jerez ni Sevilla eran de moros, sino en tiempo de los reyes Católicos, como se prueba por aquel verso del romance de Sanlúcar, cuando dice: Reliquia de los valientes; pues en este tiempo ya habían ganado los cristianos a Sevilla y Jerez. Mas hase de entender de esta manera el romance y su historia.

Zaida la de Jerez era nieta o biznieta de los alcaides de allí, siendo Jerez tomada de cristianos, y quedando los moros en pleitesía, gozando de sus libertades, lengua y hábito, y viviendo en su secta; siendo los cristianos señores de la ciudad y fortaleza.

Lo mismo fue en Sevilla, que aquel moro rico que dice el romance que se casaba con Zaida, por ser alcaide en Sevilla; no porque lo era él, sino su abuelo, y el moro vivía en Sevilla con los demás que en ella quedaron, y entre todos se trató el casamiento que dice el romance.

Pues viniendo al caso, Gazul servía a Zaida en tiempo que se trató el casamiento con el moro de Sevilla, y nunca pudo alcanzar Gazul lo que pretendía, porque sabía Zaida que sus padres no querían casarla con él, sino con el sevillano, por tener algún deudo con él, y por ser más rico que Gazul; y por eso no le favorecía, aunque le amaba de secreto, y no lo manifestaba por no dar disgusto a sus padres.

Pues estando ya tratado el casamiento, una noche en cierta zambra que se hacía en la casa de Zaida se halló Gazul; porque entonces había licencia para entrar de paz los moros en las tierras de los cristianos a tratar o a hablar con los demás moros que estaban en ellas.

Pues como se halló allí, danzó la zambra con Zaida; y estando danzando asidos de las manos, como es costumbre en aquel baile, no pudo refrenarse Gazul tanto con el demasiado amor que a Zaida tenía, que al tiempo que acabó de danzar, no la abrazase estrechamente; lo cual visto por el moro sevillano, así como un león, lleno y ciego de cólera, puso mano a su alfanje y fue a herir a Gazul, el cual se puso en defensa, y aun hubiera ofendido muy mal al desposado, si no fuera por la gente que se puso de por medio.

Alborotada la sala de Zaida por esta ocasión, sus padres de ella se enojaron mucho con Gazul, y le dijeron que se fuese a su casa.

Gazul sin replicar en cosa alguna se salió muy enojado de allí, y juró de matar al desposado, y para ello aguardó tiempo y lugar oportuno; y sabiendo cuando se desposaba Zaida, ya que era hora, se aderezó muy bien, y subió en un muy buen caballo, y partió de Medina-Sidonia para Jerez, y entró al anochecer cuando salían Zaida y su desposado, acompañados de muchos caballeros, así cristianos como moros, de su casa, para ir a otra donde se habían de celebrar las bodas; lo cual visto por Gazul, rabioso de celos y de cólera, echó mano a un estoque y embistió con el desposado y le dio una estocada, de la cual quedó muerto.

Admirados los circunstantes de la tal hazaña, no sabían qué hacer, ni qué decir, salvo los parientes del muerto y los de Zaida, que acometieron a Gazul para matarle, diciendo: «Muera el traidor»; pero el valiente Gazul se defendió de todos, hiriendo a algunos de ellos, sin que a él le ofendiesen; y así escapó de todos juntos.

Por la muerte de Zaide, y por este hecho se dijo este romance que sigue, el cual se había de poner primero que los ya dichos de Gazul; mas pues se ha declarado la causa, no importa que se ponga aquí, diciendo de esta manera:

Sale la estrella de Venus

al tiempo que el sol se pone,

y la enemiga del día

su negro manto descoge.

Y con ella un fuerte moro,

semejante a Rodamonte,

sale de Sidonia armado;

de Jerez la Vega corre,

Por do entra Guadalete

al mar de España, y por donde

Santa María del Puerto

recibe famoso nombre.

Desesperado camina,

que aunque es de linaje noble,

le deja su dama ingrata,

porque se suena que es pobre;

Y aquella noche se casa

con un moro, feo y torpe,

porque es alcaide en Sevilla

del Alcázar y la Torre.

Quejábase grandemente

de un agravio tan enorme,

y a sus palabras la Vega

con el eco le responde:

«Zaida, dice, más airada

que el mar que las nubes sorbe;

más dura e inexorable,

que las entrañas de un monte:

¿Cómo permites, cruel,

después de tantos favores,

que de prendas que son mías

ajena mano se adorne?

¿Es posible que te abrazas

a las cortezas de un roble,

y dejas el árbol tuyo

desnudo de fruto y flores?

¡Dejas a un pobre muy rico,

y un rico muy pobre escoges,

y las riquezas del cuerpo

a las del alma antepones!

¡Dejas al noble Gazul,

dejas seis años de amores,

das la mano a Alabenzaide,

que aun apenas le conoces!

Alá permita, enemiga,

que te aborrezca y le adores,

que por celos de él suspires,

y por ausencia le llores;

Y en la cama le fastidies,

y que en la mesa le enojes;

y que de noche no duermas,

y de día no reposes;

Ni en las zambras, ni en las fiestas

no se vista tus colores,

ni el almaizar que le labres,

ni la manga que le bordes;

Y se ponga el de su amiga

con la cifra de su nombre,

y para verle en las cañas

no consienta que te asomes

A la puerta, ni ventana,

para que más te alborotes;

y si le has de aborrecer,

que largos años le goces;

Y si mucho le quisieres

de verle muerto te asombres,

que es la mayor maldición,

que te pueden dar los hombres.

Y plegue Alá que te enfade

cuando la mano le tomes»:

con esto llegó a Jerez

a la mitad de la noche;

Halló el palacio cubierto

de luminarias y voces;

y los moros fronterizos

que por todas partes corren

Con mil hachas encendidas,

y sus libreas conformes:

delante del desposado

en los estribos se ponen;

Que también anda a caballo

por honra de aquella noche.

Arrojándole una lanza,

de parte a parte pasole;

Alborotose la plaza;

desnuda el moro su estoque,

y por enmedio de todos

para Medina volviose.

No hay cosa tan rabiosa como es el mal de celos; y así están las escrituras llenas de casos acontecidos y desastrados por los celos; y con verdad dicen los que de ellos tienen experiencia, que es cruel mal de rabia: esto nace de los amantes que son mal considerados, sino mírese por Zaida la de Jerez, que después de seis años de amores, y de otros dares y tomares que tuvo con Gazul, inconsideradamente le olvidó, y se casó con Zaide de Sevilla, por ser rico, y que Gazul no lo era tanto, no mirando el valor de las personas que eran diversas; porque Gazul, aunque no era rico, era noble de linaje, muy valiente y gentil hombre, como ya se ha dicho; y no era tan pobre, que no tuviese hacienda que valía más de treinta mil doblas; y muy emparentado en Granada, y todos los de su linaje eran muy ricos y estimados; mas porque el moro Zaide era de mayor riqueza, le escogió por su marido.

Mal haya la riqueza, pues que muchas veces por ella pierden muchas personas nobles muy buenas ocasiones por no ser ricos, como ahora tenemos ejemplo en Gazul que le desecharon, porque decían que no era tan rico como Zaide, según parece por el romance; pero a mi parecer no se puede creer que Zaida olvidase a Gazul por ser pobre, al cabo de seis años de amores, en el cual tiempo no podría ignorar Zaida su necesidad; y no podía ser perfecto amor, si fuera fundado en interés, porque por eso pintan a Cupido desnudo, que se entiende que los amantes han de estar desnudos de todo punto de materia de interés, porque si allí, como entre verdaderos amantes, de dos voluntades y de dos almas hacen una por la obediencia que el uno al otro se tienen, es fuerza que en lo menos, que es la hacienda, haya de haber la misma conformidad; y así digo, que no es posible sino que por causa de sus padres o deudos dejó Zaida a Gazul; y así parece por aquel romance que trata del juego de cañas de Gelves, donde ella confesó a su criada querer a Gazul; por donde se colige que la casaron contra su voluntad.

Este romance dicho, y su principio va fuera del blanco de la historia, y ahora, salvo paz de su autor, va enmendado, declarando fielmente la historia; porque verdaderamente fueron los amores de Gazul en tiempo de los reyes Católicos, y Sevilla y Jerez ya eran de cristianos; Sevilla ganada por el rey D. Fernando el III, y Jerez por el rey D. Alonso XI; y así no faltó otro poeta que compusiese otro romance por el mismo tema, y no tan intrincado como el pasado, el cual dice así:

No de tal braveza lleno

Rodamonte el africano,

que llamaron rey de Argel,

y de Zarza intitulado,

Salió por su Doralice

contra el fuerte Mandricardo,

como salió el buen Gazul

de Sidonia aderezado

Para emprender un hecho,

tal, que nunca se ha intentado;

y para aquesto se adorna

de jacerina y de jaco,

Y al lado puesto un estoque

que de Fez le fue enviado,

muy fino y de duro temple,

que le forjara un cristiano

Que allá estaba en Fez cautivo,

porque del rey era esclavo:

más le estimaba Gazul

que a Granada y su reinado.

Sobre las armas se pone

un alquicel leonado:

lanza no quiere llevar

por ir más disimulado.

Pártese para Jerez,

do lleva puesto el cuidado;

toda la Vega atropella,

corriendo con su caballo.

Vadeando pasó el río,

que Guadalete es llamado,

el que da famoso nombre

al Puerto antiguo nombrado,

Que dicen Santa María

de este nuestro mar hispano.

Así como pasó el río,

más aprieta a su caballo

Para llegar a Jerez,

ni muy tarde ni temprano;

porque se casa su Zaida

con un moro sevillano,

Por ser rico y poderoso,

y en Sevilla emparentado;

y biznieto de un alcaide

que fue en Sevilla nombrado

Del Alcázar y la Torre;

moro valiente, esforzado.

Pues de casarla con este

a su Zaida habían tratado;

Mas aqueste casamiento

caro al moro le ha costado,

porque el valiente Gazul

a Jerez había llegado.

A dos horas de la noche,

que así lo tiene acordado,

junto a la casa de Zaida

se puso disimulado.

Pensando está qué haría

en un caso tan pesado;

determina entrar adentro

por matar al desposado.

Ya que a esto estaba resuelto,

vido salir muy despacio

mucha caterva de gente

con mil hachas alumbrando.

Su Zaida venía en medio

con su esposo de la mano,

que los llevan los padrinos

a desposar a otro cabo.

El buen Gazul que los vido,

con ánimo alborotado,

como si fuera un león

se había encolerizado.

Mas refrenando la ira

se acercó con su caballo,

por acertar en su intento,

y en nada salir errado;

Y aguarda llegue la gente

donde él estaba parado;

y como llegaron junto,

a su estoque puso mano,

Y en alta voz que le oyeran,

de esta manera ha hablado:

«No pienses gozar de Zaida,

moro bajo, vil, villano:

No me tengas por traidor,

pues que te aviso y te hablo;

pon mano a tu cimitarra,

si presumes de esforzado.»

Estas palabras diciendo,

un golpe le había tirado

de una estocada cruel,

que le pasó al otro lado.

Muerto cayó el triste moro

de aquel golpe desastrado:

todos dicen: muera, muera

hombre que ha hecho tal daño.

El buen Gazul se defiende,

nadie se llega a enojarlo;

de esta manera Gazul

se escapa con su caballo.

Admirados quedaron todos los que iban acompañando a los desposados de lo que Gazul hizo, y algunos heridos, porque pretendieron vengar la muerte del desposado; y visto que no podían ofender a Gazul por ir a caballo, y por ser valiente, alzaron el cuerpo del moro ya difunto, y le volvieron a casa de Zaida haciendo grandes llantos sus parientes y ella; la cual toda aquella noche no cesó de llorar a su amado esposo, y no le quedó de sus llantos otro consuelo, sino que sería posible que el enamorado Gazul tornaría a servirla como solía, y que se casaría con ella; lo cual sucedió muy diferentemente.

La mañana venidera fue enterrado el difunto con mucha pompa, no sin faltar llanto de una parte y de otra. Los parientes del muerto se conjuraron de seguir a Gazul hasta la muerte por vía de justicia, porque de otra suerte no tenían remedio.

Pues volviendo a Gazul, así como vio cumplido el fin de su deseo y juramento, como desesperado se fue a Granada donde tenía su hacienda y parientes; mas a pocos días llegado, le fue puesta acusación criminal delante del rey sobre la muerte del sevillano moro, que también se llamaba Zaide.

Mucho le pesó al rey de la acusación, porque amaba mucho a Gazul por su valor; mas vista y entendida la causa, no pudo menos de dar contento a los acusadores. Finalmente el mismo rey puso la mano en este caso, y con él otros caballeros de los más principales de Granada; y tanto hicieron en ello, que condenaron a Gazul en dos mil doblas para las partes, y así fue libre de este negocio.

En este tiempo Gazul puso los ojos en Lindaraja, y se dio a servirla, como ya hemos dicho, y ella le quiso bien; y acerca de ella Gazul y Reduán tuvieron aquella batalla que se ha contado.

Finalmente, por respeto de Muza Reduán se apartó de sus amores con Lindaraja, y quedó por Gazul, el cual la sirvió hasta que sucedió la muerte de los Abencerrajes, donde fue muerto el padre de Lindaraja; y por esto ella se salió de Granada como desterrada, y se fue a Sanlúcar, y con ella Gazul y otros amigos suyos.

Estando en Sanlúcar estos dos amantes, se hablaban y visitaban con gran contento.

Después como el rey D. Fernando cercó a Granada, fue Gazul llamado de sus parientes para que se hallase con ellos en el trato que se había de hacer con el rey de Granada para que al rey cristiano se le entregase la ciudad.

Gazul se partió a Granada, y no faltó quien dijo a Lindaraja los amores de Gazul y Zaida, y la muerte que le dio a su esposo; y aun la dijeron que Gazul estaba en aquella sazón en Jerez, y no en Granada, de lo cual Lindaraja recibió mucha pena y mortales celos en su ánima; y fue la causa principal que Lindaraja se mostró cruel a Gazul cuando volvió de Granada a Sanlúcar.

Pues como vio tanta mudanza en Lindaraja, estaba muy confuso, por no saber la causa de aquellos desdenes, y pretendió hablarla para satisfacerla; pero ella no quiso escucharle, mostrándose cruel.

A esta sazón se ordenaba en Gelves aquel juego de cañas: fue enviado a él Gazul, para lo cual se puso tan galán, como habemos dicho. Antes de ir a Gelves quiso verla y hablarla; hablándola pasó lo atrás referido, y como dijimos fueron a Granada.

Zaida se halló burlada, porque siempre entendió que Gazul volvería a pretenderla; y cuando supo que se había casado, le aborrecía; y dicen que se casó Zaida con un primo hermano de Gazul, que era muy rico y estimado, y vivía en Granada, y mediante esto cesó el rencor.

Pues dejándolo a un lado, y volviendo a nuestra historia, que todavía hay que decir, a pocos días se rebelaron los lugares de la Alpujarra; por lo cual convino que el rey D. Fernando mandase juntar a todos sus capitanes, y estando juntos les dijo:

—Bien sabéis como Dios nuestro Señor ha sido servido de ponernos en posesión de Granada y su reino, con tanta costa y trabajo nuestro. Ahora parece que no temiendo nuestro castigo se han rebelado los lugares de la Sierra, y es menester irlos a conquistar de nuevo. Por tanto, ¿cuál se determina a ir a emprender esta hazaña, y poner mis reales pendones encima de las Alpujarras, que yo lo tendré a gran servicio, y aumentará la honra?

Con esto dio fin a sus razones el rey, aguardando respuesta de algunos de los capitanes: todos los cuales se miraban unos a otros, sin aceptar ninguno la oferta del rey, porque era una conquista muy dificultosa.

Y visto por el capitán D. Alonso de Aguilar que todos estaban suspensos y nadie respondía, se levantó haciendo la reverencia debida, y dijo:

—Esa empresa, Católica majestad, confirmada está para mí, porque la reina me la tiene prometida.

Admirados quedaron todos los demás caballeros de la aceptación de D. Alonso, con la cual el rey también se holgó mucho.

Luego a otro día mandó que se le diesen a D. Alonso mil infantes, todos escogidos, y quinientos hombres de a caballo. Entendió el rey y los de su consejo, que con aquella gente habría harto para tornar a apaciguar aquellos pueblos levantados y rebeldes.

D. Alonso de Aguilar acompañado de muchos caballeros, deudos y amigos suyos que en aquella jornada le quisieron acompañar, se partió de Granada y comenzó a subir la sierra.

Los moros así que supieron la venida de los cristianos, con presteza se apercibieron para defenderse, y tomaron todos los pasos más estrechos y angostos del camino, para impedir a los cristianos la subida: después marchando D. Alonso con su escuadrón y metidos por los caminos más estrechos, los moros con grandes alaridos acometieron a los cristianos, arrojando gran muchedumbre de peñascos las cuestas abajo, con lo que hacían muy notable daño en la cristiana gente, y tanto, que mataban a muchos.

La gente de a caballo fue desbaratada de todo punto, y se hubo de retirar atrás por no poder hacer ningún efecto; y allí murieron muchos de ellos.

Visto por D. Alonso el poco provecho de sus caballos, y la destrucción total de los infantes, a grandes voces animaba su gente subiendo todavía; pero ningún provecho se les seguía de esto, porque sin pelear los moros mataban muchos soldados con las peñas que arrojaban.

Fue tal la matanza, que cuando D. Alonso llegó a lo alto no tenía quien le ayudase, porque los que subieron con él eran pocos y mal heridos; y en la cumbre de la sierra, en un llano que había, determinó de pelear con los moros, y cargaron tantos, que en breve tiempo mataron a los cansados cristianos; y el último fue D. Alonso, habiendo mostrado el valor de su animoso corazón, pues cuando él murió había muerto más de treinta moros.

Algunos se escaparon y dieron la nueva al rey D. Fernando de la pérdida de D. Alonso de Aguilar y su gente; lo cual fue muy sentido en toda la corte, y por este suceso se hizo el siguiente

ROMANCE.

Estando el rey D. Fernando

en conquista de Granada,

donde están duques y condes,

y otros señores de salva,

Con valientes capitanes

de la nobleza de España;

después de haberla ganado

a sus capitanes llama.

De que los tuviera juntos

desta manera les habla:

«¿Cuál de vosotros, amigos,

irá a la sierra mañana

a poner el mi pendón

encima del Alpujarra?»

Míranse unos a otros,

y el sí ninguno le daba,

que la ida es peligrosa,

y dudosa la tornada:

Y con el temor que tienen

a todos tiembla la barba,

si no fuera a D. Alonso

que de Aguilar se llamaba.

Levantose en pie ante el rey,

desta manera le habla:

«Aquesta empresa, señor,

para mí estaba guardada;

Que mi señora la reina

ya me la tiene mandada.»

Alegrose mucho el rey

por la oferta que le daba.

Aún no era amanecido

D. Alonso ya cabalga

con quinientos de a caballo

y mil infantes llevaba.

Comenzó a subir la sierra

que llamaban la Nevada:

los moros cuando los vieron

ordenaron gran batalla,

Y entre ramblas y mil cuestas

se pusieron en parada.

La batalla se comienza

muy cruel y ensangrentada,

Porque los moros son muchos,

tienen la cuesta ganada;

aquí la caballería

no podía pelear nada;

Y así con grandes peñascos

fue en un punto destrozada;

los que escaparon de aquí

vuelven huyendo a Granada.

D. Alonso y sus infantes

subieron una llanada,

aunque quedan muchos muertos

en una rambla y cañada.

Tantos cargan de los moros,

que a los cristianos mataban;

solo queda D. Alonso,

su compaña es acabada.

Pelea como un león,

pero no le aprovechaba,

porque los moros son muchos,

y ningún vagar le daban.

En mil partes está herido,

no puede mover la espada;

por la sangre que ha perdido

D. Alonso se desmaya:

al fin cayó muerto en tierra,

a Dios rindiendo su alma.

No se tiene por buen moro

el que no le da lanzada;

lo llevaron a un lugar

que es Oxijerán nombrada.

Allí lo vienen a ver

como a cosa señalada:

míranle moros y moras,

y de su muerte se holgaban.

Llorábale una cautiva,

una cautiva cristiana,

que de chiquito en la cuna

a sus pechos le criara.

A las palabras que dice

cualquiera moro lloraba:

«D. Alonso, D. Alonso,

Dios perdone la tu alma,

pues te mataron los moros,

los moros del Alpujarra.»

Este fin lastimoso tuvo D. Alonso de Aguilar: ahora sobre su muerte hay discordia entre los poetas que sobre esta historia han escrito romances; porque uno dice que esta batalla y otra de cristianos fue en la Sierra Nevada; otro poeta que hizo el romance de río Verde, dice que fue la batalla en Sierra Bermeja.

No sé cuál elija: el lector puede hacer esta elección, pues importa poco que muriera en una parte o en otra, que todo se llama Alpujarra; aunque me parece que la batalla dicha pasó en Sierra Bermeja, y así lo declara un romance que dice así:

Río Verde, río Verde,

tinto vas en sangre viva,

entre ti y Sierra Bermeja

murió gran caballería.

Murieron duques y condes,

señores de gran valía;

allí muriera Urdiales,

hombre de valor y estima.

Huyendo va Sayavedra

por una ladera arriba,

tras él iba un renegado

que muy bien le conocía.

Con algazara muy grande

de esta manera decía:

«Date, date, Sayavedra,

que muy bien te conocía.

Bien te vide jugar cañas

en la plaza de Sevilla,

y bien conocí a tus padres,

y a tu mujer Doña Elvira.

Siete años fui tu cautivo,

y me diste mala vida;

ahora lo serás mío,

o me ha de costar la vida.»

Sayavedra que lo oyera,

como un león revolvía;

tirole el moro un cuadrillo,

y por alto hizo la vía.

Sayavedra con su espada

duramente le hería;

cayó muerto el renegado

de aquella grande herida.

Cercaron a Sayavedra

más de mil moros que había;

hiciéronle mil pedazos

con saña que de él tenían.

D. Alonso en este tiempo

muy gran batalla le hacían,

el caballo le habían muerto,

por muralla le tenía,

Y arrimado a un gran peñón

con valor se defendía:

muchos moros tiene muertos;

mas muy poco le valía,

Porque sobre él cargan muchos,

y le dan grandes heridas;

tantas, que allí cayó muerto

entre la gente enemiga.

También el conde de Ureña,

mal herido en demasía,

se sale de la batalla

llevado por una guía,

Que sabía bien la senda

que de la sierra salía;

muchos moros deja muertos

por su grande valentía.

También algunos se escapan,

que al buen conde le seguían;

D. Alonso quedó muerto,

recobrando nueva vida

con una fama inmortal

de su esfuerza y valentía.

Teniendo noticia algunos poetas que la muerte de D. Alonso de Aguilar fue en Sierra Bermeja, alumbrados de los cronistas reales habiendo visto el romance pasado, no faltó un poeta que hizo otro nuevo, que dice así:

Río Verde, río Verde,

cuánto cuerpo en ti se baña

de cristianos y de moros,

muertos por la dura espada.

Y tus hondas cristalinas

de roja sangre se esmaltan;

entre moros y cristianos

muy gran batalla se traba.

Murieron duques y condes,

grandes señores de salva;

murió gente de valía

de la nobleza de España.

En ti murió D. Alonso,

que de Aguilar se llamaba,

el valeroso Urdiales,

con D. Alonso acababa.

Por una ladera arriba

el buen Sayavedra marcha;

natural es de Sevilla,

de la gente más granada;

Tras él iba un renegado,

de esta manera le habla:

«Date, date, Sayavedra,

no huyas de la batalla:

Yo te conozco muy bien,

gran tiempo estuve en tu casa,

y en la plaza de Sevilla

bien te vide jugar cañas:

Conozco a tu padre y madre,

y a tu mujer Doña Clara;

siete años fui tu cautivo,

malamente me tratabas,

Y ahora lo serás mío,

si Mahoma me ayudara,

y también te trataré,

como tú a mí me tratabas.»

Sayavedra que le oyera

al moro volvió la cara;

tirole el moro una flecha,

pero nunca le acertaba.

Hiriérale Sayavedra

de una herida muy mala;

muerto cayó el renegado

sin poder hablar palabra.

Sayavedra fue cercado

de mucha mora canalla,

y al cabo cayó allí muerto

de una muy mala lanzada.

D. Alonso en este tiempo

bravamente peleaba;

el caballo le habían muerto,

y le tiene por muralla.

Mas cargaron tantos moros,

que mal le hieren y tratan;

de la sangre que perdía

D. Alonso se desmaya.

Al fin, al fin, cayó muerto

al pie de una peña alta;

también el conde de Ureña

mal herido se compara.

Guiárale un adalid,

que sabe bien las entradas;

muchos salen tras el conde

que le siguen las espaldas:

muerto queda D. Alonso,

eterna fama ganara.

Esta fue la honrada muerte del valeroso D. Alonso de Aguilar; y como hemos dicho les pesó mucho a los reyes Católicos, los cuales como viesen la brava resistencia de los moros, por estar en tan ásperos lugares, no quisieron enviar por entonces contra ellos más gente.

Mas los moros de la Serranía viendo que no podían vivir sin tratar en Granada, los unos pasaron a África, y los otros se dieron al rey D. Fernando, el cual los recibió muy bien, lleno de clemencia y gozo.

Este fin tuvieron los bandos y guerras de Granada, a honra y gloria de Dios nuestro Señor.

FIN DEL TOMO PRIMERO.