Volviendo ahora al sangriento y pertinaz motín de la granadina gente contra el rey y sus valedores, es de saber, que el valeroso Muza como vio poner fuego al Alhambra, con gran presteza acudió a aplacar las furiosas llamas; y sabiendo que el rey Mulahacén su padre había mandado abrir la puerta falsa del Alhambra, luego se fue hacia ella acompañado de gran tropa de gente, y en llegando vio al rey Mulahacén acompañado de más de mil hombres que le guardaban, y a grandes voces decían:
—Viva el rey Mulahacén, al cual reconocemos por señor, y no al rey Chico, que a tan gran traición ha muerto la flor de los caballeros de Granada.
Muza dijo:
—Viva el rey Mulahacén, mi padre, que así lo quiere toda Granada.
Lo mismo dijeron todos los que iban con él; y diciendo esto entraron en el Alhambra y fueron a la casa real, y andándola toda no toparon al rey.
De aquí fueron al cuarto de los Leones, y vieron el estrago que habían hecho los Abencerrajes, Gazules y Alabeces en los Zegríes, Gomeles y Mazas; y Muza dijo:
—Si traición se hizo a los Abencerrajes, bien se han vengado, aunque la traición no tiene satisfacción.
Y pesándole de lo que había, salió de allí y se fue a la cámara de la reina, a la cual vio llorosa, acompañada de sus damas y de la hermosa Celima a quien Muza amaba tiernamente. La temerosa reina le preguntó a Muza:
—¿Qué vocería era aquella que sonaba en la ciudad y en el Alhambra?
—Cosas son del rey —dijo Muza—, que sin mirar más de su gusto, dio lugar y consintió una traición notable, ejecutada en los caballeros Abencerrajes, de quien siempre ha recibido muy grandes servicios, y en pago de ellos hoy ha muerto a treinta y seis dentro del cuarto de los Leones. Esto es lo que el rey mi hermano, vuestro marido, ha hecho, o permitido que se hiciese; por lo cual el reino tiene perdido, y él está, si parece, a punto de perderse, porque ya toda la gente de Granada, así caballeros como todos los demás estados, han recibido a mi padre el rey Mulahacén por rey y señor, y a esta causa anda el alboroto y motín que hay.
—Santo Alá —dijo la triste y afligida reina—, ¿que eso pase? ¡Ay de mí!
Y diciendo esto se cayó amortecida en los brazos de Galiana.
Todas las damas lloraban amargamente el caso doloroso que había sucedido, y lloraban a su triste reina puesta en tal calamidad.
La linda Haja y la hermosa Celima se hincaron a los pies de Muza, y como quien tanto le amaba le dijo de esta manera:
—Señor mío, no me levantaré de vuestros pies hasta que me deis palabra de hacer en este negocio tanto que quede apaciguado, y el rey vuestro hermano en su posesión como de antes; que aunque ha procurado mi amistad, no teniendo respeto a la vuestra, no se ha de formar venganza estando el enemigo caído, ni se ha de dar mal por mal, sino porque de hoy más tengo cuidado de no ofenderos en esto ni en otra cosa alguna; en lo que os pido recibiré de vos muy grande merced.
Fátima, que sabía el grande amor que los dos se tenían, le pidió a Muza que le concediese a Celima lo que le pedía, y que no tuviese a sus pies a la que merecía la corona del mundo.
Muza que estaba transformado en mirar el adorno y nobleza que naturaleza dio a Celima, no advirtiendo que la tenía a sus pies con la hermosa Haja, las levantó del suelo, dándolas palabra de apaciguar el vulgo, y de poner al rey su hermano en la posesión del reino; con lo cual obligó a su dama a que le amase con más extremo.
Las damas echaron agua en el rostro de la reina, y de este modo volvió en sí llorando, y Muza la consoló dándola buenas esperanzas; y se despidió de ella y sus damas, y fue adonde estaba su padre y le dijo:
—Mande vuestra alteza pena de muerte al que no dejare las armas, y no se sosegare.
Luego mandó el rey que se pregonase así en el Alhambra y por toda la ciudad, y Muza mandó a la gente de guerra que se aquietasen, y a todos los demás se lo rogó.
Mediante esto se apaciguó el pertinaz motín y rebelión, teniendo unos intento de obedecer a Mulahacén, y otros al rey Chico.
Para esto ayudaban a Muza todos los más principales de Granada, y los linajes desapasionados, que eran Alabeces, Bencerrajes, Laugetes, Azarques, Alarifes, Aldoradines, Almoradís, Almohades y otros muchos caballeros de Granada.
De esta suerte fue todo apaciguado, y Muza rogó a todos que no quitasen a su hermano la obediencia, sino que Granada volviese al estado en que antes estaba; que si malos consejos no dieran al rey, nunca él mandara hacer lo que se hizo.
Todos los caballeros dieron palabra a Muza de no quitar la obediencia a su hermano el rey; solo los Abencerrajes, Gazules, Alabeces y Almoradines, estos cuatro linajes poderosos, no quisieron estar en la obediencia del rey Chico, por lo que hizo contra los Abencerrajes en admitir el mal consejo del traidor Zegrí; y era así verdad, que por dar crédito de ligero el fácil rey aceleró el negocio; y si lo llevara por justicia, no se le siguiera la perdición que le vino a él y a la ciudad.
Por esta traición se hizo el romance siguiente:
Caballeros granadinos,
aunque moros hijosdalgo,
con envidiosos intentos
al rey Chico van hablando;
gran traición se va ordenando.
Diz que los Abencerrajes,
linaje noble afamado,
pretenden matar al rey,
y quitarle su reinado;
gran traición se va ordenando.
Y para emprender tal hecho,
tienen favor muy sobrado
de hombres, niños y mujeres,
todo el granadino estado;
gran traición se va ordenando.
Y a su reina tan querida
de traición la han acusado,
que en Albín Abencerraje
tienen puesto su cuidado;
gran traición se va ordenando.
De esta suerte va declarando el romance la historia que se ha contado, y la traición; mas porque me aguardan otras cosas importantes no se acaba.
Volviendo a Muza, que con gran diligencia procuraba aplacar los airados pechos de los más principales caballeros y demás gente para que volviesen a dar la obediencia al rey Chico, como antes estaba, atrajo muchos a su voluntad, salvo los cuatro linajes que hemos dicho, y algunos más caballeros que no quisieron estar en la obediencia del rey Chico, sino a la del rey Mulahacén; y así siempre hubo allí muchas diferencias entre los dos reyes, padre e hijo, hasta que se perdió Granada.
Y la causa porque los Gazules, Alabeces, y Aldoradines no quisieron ser de la parte del rey Chico, aunque Muza hizo las diligencias posibles, fue el que ya tenían tratado entre ellos de volverse cristianos, y pasarse con el rey D. Fernando, como adelante se dirá.
Pues como viese Muza la mayor parte de la ciudad reducida a su voluntad para que volviese su hermano a ser obedecido, y al gobierno de su reino, procuró saber adónde estaba; y supo cómo se había retirado al cerro del Sol, que hoy llaman de Santa Elena, en una mezquita que estaba allí, huyendo de la voz que oyó cuando decían todos: Muera el tirano y los traidores; y visto este estrago, que hacían los Abencerrajes, Gazules y Alabeces en los Zegríes y Gomeles, se salió por una puerta falsa maldiciendo su ventura y el día de su nacimiento, quejándose del Zegrí que le había aconsejado cometer tal traición contra tan leales caballeros.
Los Zegríes y Gomeles le consolaban, diciéndole que no se fatigase, que mil Zegríes y Gomeles tenía de su parte, los cuales morirían en su defensa, y que el consejo no había sido malo, sino importante, si no se descubriera tan presto.
Y en esto vieron venir a Muza en un caballo, y fueron a dar aviso al rey; el cual temeroso preguntó, si venía de paz, o de guerra.
—De paz viene —respondió un Zegrí— y solo, y debe de querer hablarte.
—Alá se sirva que sea por bien —dijo el rey—; porque se temía de Muza, a causa de Celima.
En esto llegó Muza, y preguntando si estaba allí el rey su hermano, le fue dicho que sí; y apeándose del caballo entró en la mezquita, donde vio al rey acompañado de Zegríes y Gomeles; y haciéndole el acatamiento que de antes solía, le dijo así:
—No careces de culpa, permitiendo una maldad y traición tan grande como la que se ha usado con el más noble y leal linaje de todo el reino. Y mirad lo que se ha seguido de su muerte; alboroto de toda la ciudad, muerte de muchos, pérdida de tu reino; y lo fuera de tu vida, si no te hubieras retirado aquí. Los reyes que han de gobernar en paz, sosiego y tranquilidad a sus vasallos, ¿son esos los alborotadores, y privadores de la paz? Merecido y justo castigo es, que sean desposeídos de sus reinos, y aun de las vidas. Si a caballeros leales que sirven bien das tal pago, ¿quién esperas que te sirva? Si se te había ofendido, que no creo tal, siguieras la causa por justicia, y no con violencia. ¿Qué demonio te insistió a hacer tal matanza? ¿Qué causa te movió?
—Hermano —dijo el rey—, ya que me has preguntado la causa de mi determinada ira, yo te la diré en presencia de los oyentes: Sabrás, que los caballeros Abencerrajes tenían determinado matarme, y alzarse con el reino; y sin esto Albín Hamete Abencerraje adulteraba con la reina mi mujer, pues de todo tengo bastante y probada verificación: ¿parécete que aceleré en el caso?
Admirado Muza, le respondió:
—No tengo yo a la reina en tal opinión, ni lo creo, ni tengo a los Abencerrajes por caballeros que tal traición ordenaran, porque son ejemplo de lealtad.
—Pues si no lo crees —dijo el rey—, pregúntalo a Hamete Zegrí, y a Mahandín y a Mahandón que están presentes, que ellos te dirán como testigos de vista.
Y los falsos refirieron a Muza lo que al rey habían dicho, lo cual no creyó, porque conocía que la reina era muy honesta y virtuosa, y así les dijo:
—Yo no puedo persuadirme a que eso sea así, ni creo que habrá caballero que lo sustente, porque es cierto que ha de quedar por infame y fementido.
—Pues nosotros, dijo Mahandón, lo sustentaremos contra cualesquier caballeros que lo quisieren contradecir.
Y enojado Muza, dijo:
—Pues aunque no sea sino por honra de mi hermano el rey, se ha de seguir por justicia esta causa y la de los Abencerrajes, pues os preferís a sustentar con las armas la acusación que ponéis; y mirad cuán seguro estoy de la casta reina, que sé que habéis de morir, o quedar desmentidos; y si me fuera lícito, yo solo había de defender la inocente reina y a los nobles Abencerrajes, porque clara y manifiestamente se parece ser mentira causada de envidia; pero impídelo la paz que ando buscando.
Los Zegríes comenzaron a alborotarse, diciendo que ellos eran caballeros y lo que habían dicho lo sustentarían en campo armados a los cuatro caballeros.
—Eso se verá presto —dijo Muza; y díjole al rey—: Vamos al Alhambra, que ya todo está apaciguado: solo quedan cuatro linajes de caballeros que no os quieren dar obediencia, sino a nuestro padre: pasen algunos días, que yo los compondré. Y vosotros, Zegríes y Gomeles, advertid, que si por vuestro consejo murieron degollados treinta y seis caballeros Abencerrajes, de vuestros linajes hay más de cuatrocientos caballeros muertos; mirad si ha sido granjería la que habéis hecho. Id al Alhambra, y mandad que los saquen del cuarto de los Leones, y dadles sepultura, que así han hecho los Abencerrajes a todos sus deudos, muertos sin culpa.
Con esto salió Muza de la mezquita, y el rey Chico con él, fiado de su palabra, y le dijo:
—Muza, ¿quién te dio aviso de que estaba yo aquí?
—Quien te vio venir —dijo Muza.
Diciendo esto, se bajaron todos del cerro, y se entraron en el Alhambra.
Los Zegríes llevaron los cuerpos muertos a sus casas, y los fueron acompañando, y Muza con ellos, por evitar algún escándalo; y en todo aquel día no se oía en toda Granada otra cosa sino llantos y gemidos muy tristes.
El rey se retiró a su cuarto con muy buena guarda, y mandó que no dejasen entrar a nadie en todo aquel día; lo cual se cumplió todo así, que ni aun a la misma reina dejaron entrar, y muy confusa se volvió a su retrete, no sabiendo la causa de tan grande encerramiento, pues le había enviado a decir Muza que no tuviese pena, que el rey volvería a su silla.