La escena es en la villa de Hornachuelos y sus alrededores.
Es de noche, y el teatro representa la cocina de un meson en la villa de Hornachuelos. Al frente estará la chimenea y el hogar. Á la izquierda la puerta de entrada: á la derecha dos puertas practicables. Á un lado una mesa larga de pino, rodeada de asientos toscos, y alumbrado todo por un gran candilon. el mesonero y el alcalde aparecerán sentados gravemente al fuego, la mesonera de rodillas guisando. Junto á la mesa, el estudiante cantando y tocando la guitarra. el arriero, que habla, cribando cebada en el fondo del teatro. el tio Trabuco tendido en primer término sobre sus jalmas. los dos lugareños, las dos lugareñas, la moza y uno de los arrieros, que no habla, estarán bailando seguidillas. El otro arriero, que no habla, estará sentado junto al estudiante, y jaleando á las que bailan. Encima de la mesa habrá una bota de vino, unos vasos y un frasco de aguardiente.
Estudiante.
(Cantando en voz recia al son de la guitarra, y las tres parejas bailando con gran algazara.)
Poned en estudiantes
vuestro cariño,
que son como discretos
agradecidos.
Viva Hornachuelos,
vivan de sus muchachas
los ojos negros.
Dejad á los soldados,
que es gente mala,
y así que dan el golpe
vuelven la espalda.
Viva Hornachuelos,
vivan de sus muchachas
los ojos negros.
Mesonera.
(Poniendo una sarten sobre la mesa.) Vamos, vamos, que se enfria... (Á la criada.) Pepa, al avío.
Arriero.
(El del cribo.) Otra coplita.
Estudiante.
(Dejando la guitarra.) Abrenuncio. Antes de todo la cena.
Mesonera.
Y si despues quiere la gente seguir bailando y alborotando, váyanse al corral ó á la calle, que hay una luna clara como de dia. Y dejen en silencio el meson, que si unos quieren jaleo, otros quieren dormir. Pepa, Pepa... ¿no digo que basta ya de zangoloteo?...
Tio Trabuco.
(Acostado en sus arreos.) Tia Colasa, usted está en lo cierto. Yo por mí, quiero dormir.
Mesonero.
Sí, ya basta de ruido. Vamos á cenar. Señor alcalde, eche su merced la bendicion, y venga á tomar una presita.
Alcalde.
Se agradece, señor Monipodio.
Mesonera.
Pero acérquese su merced.
Alcalde.
Que eche la bendicion el señor licenciado.
Estudiante.
Allá voy, y no seré largo, que huele el bacallao á gloria. In nomine Patri et Filii et Spiritu Sancto.
Todos.
Amen.
(Se van acomodando alrededor de la mesa, todos ménos Trabuco.)
Mesonera.
Tal vez el tomate no estará bastante cocido, y el arroz estará algo duro... Pero con tanta babilonia no se puede...
Arriero.
Está diciendo comedme, comedme.
Estudiante.
(Comiendo con ansia.) Está exquisito... Especial; parece ambrosía.
Mesonera.
Alto allá, señor bachiller; la tia Ambrosia no me gana á mí á guisar, ni sirve para descalzarme el zapato, no señor.
Arriero.
La tia Ambrosia es más puerca que una telaraña.
Mesonero.
La tia Ambrosia es un guiñapo, es un paño de aporrear moscas; se revuelven las tripas de entrar en su meson, y compararla con mi Colasa no es regular.
Estudiante.
Ya sé yo que la señora Colasa es pulcra, y no lo dije por tanto.
Alcalde.
En toda la comarca de Hornachuelos no hay una persona más limpia que la señora Colasa, ni un meson como el del señor Monipodio.
Mesonera.
Como que cuantas comidas de boda se hacen en la villa pasan por estas manos que ha de comer la tierra. Y de las bodas de señores, no le parezca á usted señor bachiller... Cuando se casó el escribano con la hija del regidor...
Estudiante.
Conque se le puede decir á la señora Colasa, tu das mihi epulis accumbere divum.
Mesonera.
Yo no sé latin, pero sé guisar... Señor alcalde, moje siquiera una sopa.
Alcalde.
Tomaré, por no despreciar, una cucharadita de gazpacho, si es que lo hay.
Mesonero.
¿Cómo que si lo hay?
Mesonera.
¿Pues habia de faltar donde yo estoy?... Pepa (Á la moza.) anda á traerlo. Está sobre el brocal del pozo, desde media tarde, tomando el fresco. (Váse la moza.)
Estudiante.
(Al arriero que está acostado.) Tio Trabuco, hola, tio Trabuco, ¿no viene usted á hacer la razon?
Tio Trabuco.
No ceno.
Estudiante.
¿Ayuna usted?
Tio Trabuco.
Sí señor, que es viérnes.
Mesonero.
Pero un traguito...
Tio Trabuco.
Venga. (Le alarga el mesonero la bota, y bebe un trago el tio Trabuco.) ¡¡¡Jú!!! Esto es zupia. Alárgueme usted, tio Monipodio, el frasco del aguardiente para enjuagarme la boca. (Bebe y se acurruca.)
(Entra la moza con una fuente de gazpacho.)
Moza.
Aquí está la gracia de Dios.
Todos.
Venga, venga.
Estudiante.
Parece, señor alcalde, que esta noche hay mucha gente forastera en Hornachuelos.
Arriero.
Las tres posadas están llenas.
Alcalde.
Como es el jubileo de la Porciúncula, y el convento de San Francisco de los Ángeles que está aquí en el desierto, á media legua corta, es tan famoso... viene mucha gente á confesarse con el P. Guardian, que es un siervo de Dios.
Mesonera.
Es un santo.
Mesonero.
(Toma la bota y se pone de pié.) Jesus por la buena compañía, y que Dios nos dé salud y pesetas en esta vida, y la gloria en la eterna. (Bebe.)
Todos.
Amen. (Pasa la bota de mano en mano.)
Estudiante.
(Despues de beber.) Tio Trabuco, tio Trabuco, ¿está usted ya con los angelitos?
Tio Trabuco.
Con las malditas pulgas y con sus voces de usted, ¿quién puede estar sino con los demonios?
Estudiante.
Queríamos saber, Tio Trabuco, si esa personilla de alfeñique que ha venido con usted, y que se ha escondido de nosotros, viene á ganar el jubileo.
Tio Trabuco.
Yo no sé nunca á lo que van ni vienen los que viajan conmigo.
Estudiante.
Pero... ¿es gallo, ó gallina?
Tio Trabuco.
Yo de los viajeros no miro más que la moneda, que ni es hembra ni es macho.
Estudiante.
Sí, es género epiceno, como si dijéramos hermafrodita... Pero veo que es usted muy taciturno, tio Trabuco.
Tio Trabuco.
Nunca gasto saliva en lo que no me importa: y buenas noches, que se me va quedando la lengua dormida, y quiero guardarle el sueño; sonsoniche.
Estudiante.
Pues señor, con el tio Trabuco no hay emboque. Dígame usted, nostrama, (Á la mesonera.) ¿por qué no ha venido á cenar el tal caballerito?
Mesonera.
Yo no sé.
Estudiante.
Pero, vamos, ¿es hembra ó varon?
Mesonera.
Que sea lo que sea, lo cierto es que le ví el rostro, por más que se lo recataba, cuando se apeó del mulo, y que lo tiene como un sol; y eso que traia los ojos de llorar y de polvo, que daba compasion.
Estudiante.
¡Oiga!
Mesonera.
Sí señor; y en cuanto se metió en ese cuarto, volviéndome siempre la espalda, me preguntó cuánto habia de aquí al convento de los Ángeles, y yo se lo enseñé desde la ventana, que como está tan cerca se ve clarito, y...
Estudiante.
¡Hola, conque es pecador que viene al jubileo!
Mesonera.
Yo no sé. Luego se acostó; digo, se echó en la cama vestido, y bebió antes un vaso de agua con unas gotas de vinagre.
Estudiante.
Ya, para refrescar el cuerpo.
Mesonera.
Y me dijo que no queria luz, ni cena, ni nada, y se quedó como rezando el rosario entre dientes. Á mí me parece que es persona muy...
Mesonero.
Charla, charla... ¿Quién diablos te mete en hablar de los huéspedes?... Maldita sea tu lengua.
Mesonera.
Como el señor licenciado queria saber...
Estudiante.
Sí, señora Colasa; dígame usted...
Mesonero.
(Á su mujer.) ¡Chiton!
Estudiante.
Pues señor, volvamos al tio Trabuco. Tio Trabuco, tio Trabuco. (Se acerca á él y le despierta.)
Tio Trabuco.
¡Malo!... ¿Me quiere usted dejar en paz?
Estudiante.
Vamos, dígame usted, esa persona ¿cómo viene en el mulo, á mujeriegas ó á horcajadas?
Tio Trabuco.
¡Ay qué sangre!... De cabeza.
Estudiante.
Y dígame usted, ¿de dónde salió usted esta mañana, de Posadas ó de Palma?
Tio Trabuco.
Yo no sé sino que tarde ó temprano voy al cielo.
Estudiante.
¿Por qué?
Tio Trabuco.
Porque ya me tiene usted en el purgatorio.
Estudiante.
(Se rie.) ¡Ah, ah, ah!... ¿Y va usted á Extremadura?
Tio Trabuco.
(Se levanta, recoge sus jalmas y se va con ellas muy enfadado.) No señor; á la caballeriza, huyendo de usted, y á dormir con mis mulos, que no saben latin, ni son bachilleres.
Estudiante.
(Se rie.) ¡Ah, ah, ah, ah! Se afufó... Hola, Pepa, salerosa, ¿y no has visto tú al escondido?
Moza.
Por la espalda.
Estudiante.
¿Y en qué cuarto está?
Moza.
(Señala la primera puerta de la derecha.) En ese...
Estudiante.
Pues ya que es lampiño, vamos á pintarle unos bigotes con tizne... Y cuando se despierte por la mañana reiremos un poco. (Se tizna los dedos y va hácia el cuarto.)
Algunos.
Sí... sí.
Mesonero.
No, no.
Alcalde.
(Con gravedad.) Señor estudiante, no lo permitiré yo, pues debo proteger á los forasteros que llegan á esta villa, y administrarles justicia como á los naturales de ella.
Estudiante.
No lo dije por tanto, señor alcalde...
Alcalde.
Yo sí. Y no fuera malo saber quién es el señor licenciado, de dónde viene y adónde va, pues parece algo alegre de cascos.
Estudiante.
Si la justicia me lo pregunta de burlas ó de veras, no hay inconveniente en decirlo, que aquí se juega limpio. Soy el bachiller Pereda, graduado por Salamanca, in utroque, y hace ocho años que curso sus escuelas, aunque pobre, con honra, y no sin fama. Salí de allí hace más de un año, acompañando á mi amigo y protector el señor licenciado Vargas, y fuimos á Sevilla, á vengar la muerte de su padre el marqués de Calatrava, y á indagar el paradero de su hermana, que se escapó con el matador. Pasamos allí algunos meses, donde tambien estuvo su hermano mayor, el actual marqués, que es oficial de Guardias. Y como no lograron su propósito, se separaron jurando venganza. Y el licenciado y yo nos vinimos á Córdoba, donde dijeron que estaba la hermana. Pero no la hallamos tampoco, y allí supimos que habia muerto en la refriega que armaron los criados del marqués, la noche de su muerte, con los del robador y asesino, y que éste se habia vuelto á América. Con lo que marchamos á Cádiz, donde mi protector, el licenciado Vargas, se ha embarcado para buscar allá al enemigo de su familia. Y yo me vuelvo á mi universidad á desquitar el tiempo perdido, y á continuar mis estudios, con los que, y la ayuda de Dios, puede ser que me vea algun dia gobernador del Consejo ó arzobispo de Sevilla.
Alcalde.
Humos tiene el señor bachiller, y ya basta; pues se ve en su porte y buena explicacion que es hombre de bien, y que dice verdad.
Mesonera.
Dígame usted, señor estudiante, ¿y qué, mataron á ese marqués?
Estudiante.
Sí.
Mesonera.
¿Y lo mató el amante de su hija y luego la robó?... ¡Ay! cuéntenos su merced esa historia, que será muy divertida: cuéntela su merced...
Mesonero.
¿Quién te mete á tí en saber vidas ajenas? ¡Maldita sea tu curiosidad! Pues que ya hemos cenado, demos gracias á Dios, y á recogerse. (Se ponen todos en pié, y se quitan el sombrero como que rezan.) Eh, buenas noches; cada mochuelo á su olivo.
Alcalde.
Buenas noches, y que haya juicio y silencio.
Estudiante.
Pues me voy á mi cuarto. (Se va á meter en el del viajero incógnito.)
Mesonero.
Hola, no es ese, el de más allá.
Estudiante.
Me equivoqué.
(Vánse el alcalde y los lugareños: entra el estudiante en su cuarto: la moza, el arriero y la mesonera retiran la mesa y bancos, dejando la escena desembarazada. El mesonero se acerca al hogar, y queda todo en silencio y solos el mesonero y la mesonera.)
Mesonero.
Colasa, para medrar
en nuestro oficio, es forzoso
que haya en la casa reposo,
y á ninguno incomodar.
Nunca meterse á oliscar
quiénes los huéspedes son.
No gastar conversacion
con cuantos llegan aquí.
Servir bien, decir no ó sí,
cobrar la mosca, y ¡chiton!
Mesonera.
No, por mí no lo dirás,
bien sabes que callar sé.
Al bachiller pregunté...
Mesonero.
Pues eso estuvo de más.
Mesonera.
Tambien ahora extrañarás
que entre en ese cuarto á ver
si el huésped há menester
alguna cosa, marido,
pues es, sí, lo he conocido,
una afligida mujer.
(Toma un candil y entra la mesonera muy recatadamente en el cuarto.)
Mesonero.
Entra, que entrar es razon,
aunque temo á la verdad
que vas por curiosidad,
más bien que por compasion.
Mesonera.
(Saliendo muy asustada.)
¡Ay, Dios mio! Vengo muerta;
desapareció la dama;
nadie he encontrado en la cama,
y está la ventana abierta.
Mesonero.
¿Cómo? ¿cómo?... Ya lo sé...
La ventana al campo dá,
y como tan baja está,
sin gran trabajo se fué.
(Andando hácia el cuarto donde entró la mujer, quedándose él á la puerta.)
Quiera Dios no haya cargado
con la colcha nueva.
Mesonera.
(Dentro)Nada,
todo está aquí... ¡desdichada!
hasta dinero ha dejado...
Sí, sobre la mesa un duro.
Mesonero.
Vaya entonces en buen hora.
Mesonera.
(Saliendo á la escena.)
No hay duda, es una señora,
que se encuentra en grande apuro.
Mesonero.
Pues con bien la lleve Dios,
y vámonos á acostar,
y mañana no charlar,
que esto quede entre los dos.
Echa un cuarto en el cepillo
de las ánimas, mujer,
y el duro véngame á ver;
échamelo en el bolsillo.
El teatro representa una plataforma en la ladera de una áspera montaña. Á la izquierda precipicios y derrumbaderos. Al frente un profundo valle atravesado por un riachuelo, en cuya márgen se ve á lo lejos la villa de Hornachuelos, terminando el fondo en altas montañas. Á la derecha la fachada del convento de los Ángeles de pobre y humilde arquitectura. La gran puerta de la iglesia cerrada, pero practicable, y sobre ella una claraboya de medio punto por donde se verá el resplandor de las luces interiores; más hácia el proscenio la puerta de la portería, tambien practicable y cerrada; en medio de ella una mirilla ó gatera que se abra y se cierre, y al lado el cordon de una campanilla. En medio de la escena habrá una gran cruz de piedra tosca y corroida por el tiempo, puesta sobre cuatro gradas que puedan servir de asiento. Estará todo iluminado por una luna clarísima. Se oirá dentro de la iglesia el órgano, y cantar maitines al coro de frailes, y saldrá como subiendo por la izquierda Doña Leonor, muy fatigada y vestida de hombre, con un gaban de mangas, sombrero gacho y botines.
Leonor.
Sí... ya llegué... Dios mio,
gracias os doy rendida.
(Arrodíllase al ver el convento.)
En tí, Vírgen Santísima, confío;
sed el amparo de mi amarga vida.
Este refugio es solo
el que puedo tener de polo á polo. (Álzase.)
No me queda en la tierra
más asilo y resguardo
que los áridos riscos de esta sierra;
en ella estoy... Aún tiemblo y me acobardo...
(Mira hácia el sitio por donde ha venido.)
¡Ah!... nadie me ha seguido.
Ni mi fuga veloz notada ha sido.
...No me engañé, la horrenda historia mia
escuché referir en la posada...
Y ¿quién, cielos, sería
aquel que la contó? ¡Desventurada!
Amigo dijo ser de mis hermanos...
¡Oh cielos soberanos!...
¿Voy á ser descubierta?
Estoy de miedo y de cansancio muerta.
(Se sienta.)
¡Qué asperezas! ¡Qué hermosa y clara luna!
¡¡¡La misma que hace un año
vió la mudanza atroz de mi fortuna,
y abrirse los infiernos en mi daño!!!
(Pausa larga.)
No fué ilusion... aquel que de mí hablaba
dijo que navegaba
Don Álvaro, buscando nuevamente
los apartados climas de Occidente.
¡Oh Dios!... ¿Y será cierto?
Con bien arribe de su patria al puerto.
(Pausa.)
¿Y no murió la noche desastrada
en que yo, yo... manchada
con la sangre infeliz del padre mio,
le seguí... le perdí?... ¿Y huye el impío?
¿Y huye el ingrato?... ¿Y huye y me abandona?
(Cae de rodillas.)
¡Oh Madre Santa de piedad! perdona,
perdona, le olvidé. Sí, es verdadera,
lo es mi resolucion. Dios de bondades,
con penitencia austera,
lejos del mundo en estas soledades,
el furor expiaré de mis pasiones.
Piedad, piedad, Señor, no me abandones.
(Queda en silencio y como en profunda meditacion recostada en las gradas de la cruz, y despues de una larga pausa continúa:)
Los sublimes acentos de ese coro
de bienaventurados,
y los ecos pausados
del órgano sonoro,
que cual de incienso vaporosa nube
al trono santo del eterno sube,
difunden en mi alma
bálsamo dulce de consuelo y calma.
(Se levanta resuelta.)
¿Qué me detengo pues?... corro al tranquilo,
corro al sagrado asilo...
(Va hácia el convento y se detiene.)
Mas ¿cómo á tales horas?... ¡Ah!... no puedo
ya dilatarlo más, hiélame el miedo
de encontrarme aquí sola. En esa aldea
hay quien mi historia sabe.
En lo posible cabe
que descubierta con la aurora sea.
Este santo prelado
de mi resolucion está informado,
y de mis infortunios... Nada temo.
Mi confesor de Córdoba hace dias
que las desgracias mias
le escribió largamente...
Sé de su caridad el noble extremo,
me acogerá indulgente.
¿Qué dudo, pues, qué dudo?...
Sed, oh Vírgen Santísima, mi escudo.
(Llega á la portería y toca á la campanilla.)
Se abre la mirilla que está en la puerta, y por ella sale el resplandor de un farol que dá de pronto en el rostro de Doña Leonor, y ésta se retira como asustada. El hermano Meliton habla toda esta escena dentro.
Meliton.
¿Quién es?
Leonor.
Una persona á quien le interesa mucho, mucho, ver al instante al reverendo P. Guardian.
Meliton.
¡Buena hora de ver al P. Guardian!... La noche está clara, y no será ningun caminante perdido. Si viene á ganar el jubileo, á las cinco se abrirá la iglesia; vaya con Dios; él le ayude.
Leonor.
Hermano, llamad al P. Guardian. Por caridad.
Meliton.
¡Qué caridad á estas horas! El P. Guardian está en el coro.
Leonor.
Traigo para su reverencia un recado muy urgente del P. Cleto, definidor del convento de Córdoba, quien ya le ha escrito sobre el asunto de que vengo á hablarle.
Meliton.
¡Hola!... ¿del P. Cleto, el definidor del convento de Córdoba? Eso es distinto... iré, iré á decírselo al P. Guardian. Pero dígame, hijo, ¿el recado y la carta son sobre aquel asunto con el P. General, que está pendiente allá en Madrid?...
Leonor.
Es una cosa muy interesante.
Meliton.
Pero ¿para quién?
Leonor.
Para la criatura más infeliz del mundo.
Meliton.
¡Mala recomendacion!... Pero bueno; abriré la portería, aunque es contra regla, para que entreis á esperar.
Leonor.
No, no, no puedo entrar... ¡¡¡Jesus!!!
Meliton.
Bendito sea su santo nombre... Pero ¿sois algun excomulgado?... Si no es cosa rara preferir el esperar al raso. En fin, voy á dar el recado, que probablemente no tendrá respuesta. Si no vuelvo, buenas noches: ahí á la bajadita está la villa, y hay un buen meson. El de la tia Colasa.
(Ciérrase la ventanilla, y Doña Leonor queda muy abatida.)
Leonor.
¿Será tan negra y dura
mi suerte miserable,
que este santo prelado
socorro y proteccion no quiera darme?
La rígida aspereza
y las dificultades
que ha mostrado el portero
me pasman de terror, hielan mi sangre.
Mas no, si dá el aviso
al reverendo Padre,
y éste es tan docto y bueno
cual dicen todos, volará á ampararme.
¡Oh Soberana Vírgen,
de desdichados Madre:
su corazon ablanda
para que venga pronto á consolarme!
(Queda en silencio: dá la una el reloj del convento: se abre la portería, en la que aparecen el P. Guardian y el H. Meliton con un farol: éste se queda en la puerta y aquel sale á la escena.)
Doña Leonor, el P. Guardian, el H. Meliton.
Guardian.
El que me busca ¿quién es?
Leonor.
Yo soy, Padre, que queria...
Guardian.
Ya se abrió la portería;
entrad en el cláustro, pues.
Leonor.
(Muy sobresaltada.)
¡Ah!... imposible; Padre, no.
Guardian.
¡Imposible!... ¿Qué decís?...
Leonor.
Si que os hable permitís,
aquí solo puedo yo.
Guardian.
Si os envía el Padre Cleto,
hablad, que es mi grande amigo.
Leonor.
Padre, que sea sin testigo,
porque me importa el secreto.
Guardian.
¿Y quién?... Mas ya os entendí.
Retiraos, fray Meliton,
y encajad ese porton;
dejadnos solos aquí.
Meliton.
¿No lo dije? Secretitos.
Los misterios ellos solos,
que los demás somos bolos
para estos santos benditos.
Guardian.
¿Qué murmura?...
Meliton.
Que está tan
premiosa esta puerta... y luego...
Guardian.
Obedezca, hermano lego.
Meliton.
Ya me la echó de guardian.
(Ciérrase la puerta y váse.)