Consideremos las fuentes de conocimiento. Para que nuestro estudio sea lo más completo posible, conviene recordar: 1.º Los monumentos históricos precolombinos que se han encontrado en aquellas antiguas tribus. 2.º Las obras históricas que tratan del descubrimiento, conquista, colonización, gobierno e independencia de las diferentes colonias españolas en las Indias.
De los mayas (tribus que se hallaban en México y en la América Central) se conservan los llamados libros del Chilan Balam (ciencia de los sacerdotes). Cada uno de estos libros se distingue por el nombre del pueblo en que se encontró; así se intitulan libro de Chilan Balam de Nabula, de Chumayel, de Mani, de Oxkatzcab y otros. Brinton cita hasta 16, y en ellos se registran curiosas e interesantes noticias. Hállanse algunos adornados con diferentes signos y aun con retratos más o menos perfectos.
De los quichés de Guatemala, se admira el Popol Vuch (libro nacional). Encontróse en el pueblo de Santo Tomás de Chichicastessango, y fué traducido al castellano por el Padre Francisco Ximénez, a principios del pasado siglo. En el año 1861 el abate Brasseur de Bourbourg lo vertió al frances, haciendo notar que los dos primeros libros eran una traducción del Tevamoxtli de los toltecas. «De las cuatro partes que contiene, las dos primeras se refieren a las ciencias poseídas por los sabios quichés, y las dos últimas a las tradiciones y anales de aquellas gentes hasta la conquista por los españoles»[40].
Además del Popol-Vuch, se encuentra otro documento, traducido por el citado Brasseur con el título de Memorial de Tepan-Atilan, que es un manuscrito en lengua cakchiquel[41].
Pasando por alto el drama titulado Rabinal Achi de los quichés, la comedia del Güegüence o del viejo ratón (Nicaragua) y el drama Ollanta de los incas, se pueden considerar los tres códices quichés-mayas que llevan los nombres de Dresde (porque se conserva en la Biblioteca Real de dicha ciudad), Troano y Cortesiano (fragmentos de un tercero) que se hallan en el Museo Arqueológico Nacional[42], y el Pereziano, existente en la Biblioteca Nacional de París[43].
Página del Códice Cortesiano.
Semejantes Códices los encontró el madrileño Gonzalo Fernández de Oviedo, en Nicaragua, y de ellos hizo la siguiente descripción en su Historia natural y general de las Indias, Islas y Tierra Firme del mar Océano[44]: «Tenían (los de Nicaragua) libros de pergamino que hacían de cueros de venados, tan anchos como una mano o más, e tan luengos como diez o doce passos, e más e menos, que se encogían e doblaban e resumían en el tamaño e grandeza de una mano por sus dobleces uno contra otro (a manera de reclamo), y en éstos tenían pintados sus caracteres o figuras de tinta roja o negra, de tal manera que aunque no eran lectura ni escriptura, significaban e se entendían por ellos todo lo que querían muy claramente, y en los tales libros tenían pintados sus términos y heredamientos, e lo que más les parecía que debía estar figurado, así como los caminos, los ríos, los montes e boscages e lo demás, para los tiempos de contienda o pleyto determinarlos por allí, con parecer de los viejos o güegües (que tanto quiere decir güegüe como viejo).»
En la región del Anahuac debieron existir muchos Códices como los citados, siendo en mayor número y más notables los de los acolhuas, cuya corte era Tezcuco. Entre los llamados mejicanos, los hay más bien de procedencia acolhua que azteca, pudiendo servir como ejemplo los denominados Borjiano, Vaticano, de Viena, de Bolonia, Fejervary, de Berlín, Mixteco y Cuicateca o de Porfirio Díaz (existentes los dos últimos en el Museo Nacional de México).
Los Códices aztecas, ya anteriores, ya posteriores a la conquista, merecen especial estudio. Citaremos los Bodleianos (son tres), los llamados Libros de Tributos, el Mendozino, el Vaticano y el Teleriano Renensis.
Consideremos los cronistas de Indias. El insigne Alfonso X dispuso, mediante una ley de las Partidas, que mientras él estuviera comiendo se leyesen los grandes hechos de algunos hombres notables, debiendo también de oir la lectura sus buenos caballeros.
Abolida tal costumbre, poco tiempo después Alfonso XI estableció el empleo de historiógrafo real, al cual dicho Monarca le impuso la obligación de escribir los hechos de su antecesor en el trono.
Adquirió importancia el cargo cuando su misión se extendió a narrar los sucesos acaecidos en el Nuevo Mundo, instituyendo entonces Carlos I un primer cronista de las Indias.
Nombrado Gonzalo Fernández de Oviedo veedor en Tierra Firme y miembro en el Consejo del Gobernador del Darién, cuando sus ocupaciones se lo permitían, consignaba los hechos de que él era actor o testigo, y arreglaba los datos que recibía de varios puntos del continente. Habiendo atravesado seis veces el Atlántico, y luego, habiendo desempeñado la gobernación de Cartagena de Indias y la alcaldía de la fortaleza de Santo Domingo, pudo en sus viajes y en sus destinos recoger preciosas noticias acerca de los indígenas y de los conquistadores, como también de los animales, de las plantas y de todo lo interesante. En uno de los viajes de Oviedo a España (1525), y hallándose la corte en Toledo, Carlos V dispuso la publicación de los trabajos de aquel laborioso escritor. La obra se intituló Sumario de la natural y general historia de las Indias, etc. y fué publicada en Toledo, a expensas del Tesoro Real, por el año de 1526. Dicho libro valió a Oviedo el nombramiento de Cronista Mayor de las Indias, con que le honró el Emperador por Real Cédula de 25 de Octubre de 1533. Aunque Oviedo carecía de conocimientos científicos de Historia natural, su espíritu observador, su constancia y su imparcialidad se manifestaron en la Historia general y natural de Indias, dada a la estampa en Sevilla el 1535. Prosiguió sus trabajos el cronista por instancias de Carlos V «hasta completar la historia del descubrimiento y conquista del Nuevo Mundo que ha servido de fundamento en la parte antigua para la Historia Sud-Americana, con algunas rectificaciones, obra del estudio, del tiempo, de la habilidad de más modernos cronistas, como Herrera.»[45]. Murió Oviedo en Valladolid el año 1557, quedando muchos de sus manuscritos relegados al olvido en algunas bibliotecas, hasta que la Academia de la Historia de Madrid, con excelente acuerdo, los dió a la estampa en el año 1851.
Sucedió a Oviedo en el cargo de cronista Juan Cristóbal Calvete de la Estrada, que escribió de cosas de América cuatro tomos de Historia latina de Indias, no publicados y de poco valor, según opinan los inteligentes que vieron los manuscritos.
Tercer cronista de América fué nombrado el 1571 Juan López de Velasco por Felipe II. El Consejo de Indias, mediante Real Cédula dada en San Lorenzo el 16 de Agosto de 1572, ordenó a la Audiencia de Santa Fe que se recopilasen y mandasen a España, para entregarlas a Velasco «las historias, comentarios o relaciones de los descubrimientos, conquistas, entradas, guerras o facciones de paz o de guerra que en aquellas provincias hubiera habido desde su descubrimiento hasta la época.» Viniesen o no los datos pedidos, lo cierto es que el cronista nada hizo, y de ello nos felicitamos porque él «pensaba que ésta era una ciencia acomodaticia que podía ajustarse a las miras políticas del Soberano, disfrazando los hechos para hacerlos servir a la conveniencia del que manda.»
Acertado estuvo Felipe II al nombrar en 1596 cronista de Castilla a Antonio de Herrera, ventajosamente conocido por varios y excelentes trabajos históricos. Reunió muchos datos y también pudo aprovechar la Historia general de las Indias, guardada en el Colegio de San Gregorio de Valladolid y compuesta e inédita por Juan Ginés de Sepúlveda. Del mismo modo tuvo a su disposición otros importantes escritos de algunos autores que trataron de asuntos de América.
En el año 1599 terminó los cuatro primeros tomos de la Historia general de los hechos de los castellanos en las Indias y Tierra Firme del mar Océano, publicados en Madrid el 1601. En el mismo año dió a luz los dos primeros tomos de la Historia general del mundo en el tiempo del Rey Felipe II. Corriendo el 1615 terminó otros cuatro tomos de la historia de las Indias, los cuales comprenden los hechos desde 1531 hasta 1554, dedicando el último tomo a la descripción geográfica de América.
En el cargo de cronista, por muerte de Herrera, sucedió Luis Tribaldos de Toledo, cuya labor se redujo a una sucinta historia de Chile referente al comienzo de su conquista: murió en 1634.
Mereció ser nombrado cronista el Dr. Tomás Tamayo de Vargas, quien dedicó toda su actividad a reunir datos para escribir una historia general de la iglesia en Indias: sorprendióle la muerte el 2 de septiembre de 1641.
Gil González Dávila sucedió a Tamayo de Vargas. Escribió el Teatro eclesiástico de las Iglesias en América, en dos tomos y en los años de 1649 y 1656. Si la obra es deficiente a veces y aun errónea, no carece de alguna buena cualidad: murió Gil González Dávila el año 1658.
El nuevo cronista, Antonio de León Pinelo, natural de Lima, según unos, y de Córdova de Tucumán, según otros, fué nombrado cuando ya era viejo y se hallaba además enfermo. Dejó inédita—y a esto se reduce toda su labor—parte de una Historia Americana.
Antonio de Solís escribió la Historia de la conquista de México, obra notable por lo castizo y elegante del estilo, por la sensatez de los juicios y por la profundidad de las sentencias políticas y religiosas: murió en Madrid el 19 de Abril de 1686, habiéndose publicado su obra dos años antes.
Nombrado cronista por Carlos II el Dr. en Teología Pedro Fernández de Pulgar, se creyó que la historia de América, dada la erudición del mencionado Pulgar, adelantaría mucho; pero no fué así. Pulgar, siguiendo al pie de la letra a Herrera, dejó a su muerte cuatro obras de valor escaso, a juicio de sus contemporáneos, intituladas: una, Historia de las Indias; otra, de México; la tercera, de la Florida, y la cuarta, de América Eclesiástica.
Sucedió a Pulgar en el cargo de cronista Miguel Herrera de Ezpeleta. Nombróle en 1735 Felipe V, y nada publicó en los quince años de su empleo.
Aunque por Real Cédula de 25 de Septiembre de 1744 se dispuso que la Academia de la Historia se encargase de la crónica de Indias, cuando por la muerte de Ezpeleta debía aquélla entrar en funciones, el Rey nombró cronista a Fray Martín Sarmiento, cargo que desempeñó unos cinco años.
Nombróse en el 1755 una comisión encargada de revisar los documentos históricos de América reunidos hasta entonces, para llevar los que fuesen útiles a una Biblioteca Americana; mas todo quedó en proyecto.
En los últimos años del siglo xviii sentíase deseo y aun necesidad de conocer la Historia de América. Carlos III, desde El Pardo (27 de Marzo de 1781) hubo de decir que habiendo dado el encargo a su cosmógrafo de Indias, D. Juan Bautista Muñoz para que escribiera una Historia general y completa de América, mandaba que se le franqueasen a dicho Muñoz los Archivos y Secretarías de la corte, como también los que se hallaren fuera de Madrid[46]. Aunque Muñoz era hombre de tanta cultura como laboriosidad, encontró tenaz y ruda oposición en la Academia de la Historia. Logró, sin embargo, formar una colección considerable de copias correspondientes a los siglos xv, xvi y xvii, y dió a la estampa en el año 1793 el primer tomo de su Historia del Nuevo Mundo[47].
A la muerte del mencionado historiador, ocurrida en el mes de julio del año 1799, se encontró, entre otros varios manuscritos, el del primer libro del segundo tomo de su citada Historia del Nuevo Mundo, que publicó Navarrete casi íntegramente en la introducción a su tomo III de la Colección de viajes de los españoles.
Además de los cronistas citados, a la cabeza de todos los escritores de Indias, colocaremos a dos que redactaron sus obras durante la vida del Almirante. Llamábanse Andrés Bernáldez, cura de los Palacios, y Pedro Mártir de Anglería. El primero escribió una Crónica, que es fuente de muchas noticias, y el segundo, además de curiosas Cartas, la importante obra que lleva por título De orbe novo Decadas octo.
Conocieron personalmente a Cristóbal Colón, pero escribieron después de su muerte, el citado Fernández de Oviedo, Fernando Colón y Fray Bartolomé de Las Casas. Del Padre Las Casas ya dijimos en este mismo Prólogo que fué en extremo impresionable y algo injusto, aunque hombre de buena voluntad y de no poca cultura. Añadiremos ahora que tiene no escaso mérito su Historia general de las Indias desde el año 1497 hasta el 1520. La terminó el 1561. También en los comienzos del párrafo III dimos nuestra opinión acerca de Fernández de Oviedo (Apéndice E).
Respecto a Fernando Colón, hijo del Almirante D. Cristóbal y de Doña Beatriz Enríquez, merece lugar señalado entre los escritores de Indias. Cultivó brillantemente las ciencias y las letras, especialmente las que se relacionaban con la náutica, y adquirió sólida y extensa cultura visitando las principales ciudades, lo mismo de España que de otras naciones. Fernando logró inmortalizarse, no solamente con su Historia del Almirante, sino con otros trabajos científicos. No puede negarse, sin embargo, por lo que respecta a la obra citada, que alguna vez desfiguró u omitió hechos importantes, lanzando tan violentas como injustas censuras contra todos los que eran o él creía que eran enemigos de su padre. Así lo ha probado el Sr. Altolaguirre. «Hemos tratado de probar—escribe el distinguido académico historiador—que el hijo del Almirante (Cristóbal Colón) no reparó en los medios para llevar al ánimo de sus lectores el convencimiento de que los hechos habían ocurrido tal y como a sus pasiones o a sus intereses convenía presentarlos, y de consiguiente, que sus relatos y juicios deben ser acogidos con gran reserva, sobre todo si redundan en provecho del Almirante o en desprestigio de españoles o portugueses»[48]. Del Sr. Fernández Duro son las siguientes palabras: «Quiso escribir la vida y hechos de su progenitor, empapado en la lectura de los clásicos antiguos, y puso los cimientos al edificio romancesco y legendario que tan grandes proporciones tiene ahora, levantando a la par la neblina que le envuelve. No tuvo la resolución, que su tiempo haría penosa, de confesar que fueron los Colombos tejedores de lana, si pobres y mecánicos, honrados. Inventó el cuento de las joyas de la Reina Isabel, que aún anda en boga; usó de las arengas y adornos semejantes de Salustio y Cornelio Nepote; omitió mucho de lo que quisiéramos saber, creyendo cumplir deberes filiales, no extendidos a la que le dió la vida; no la nombró siquiera. ¡Le avergonzaba la bastardía, debilidad común, pero sensible en varón tan señalado!»[49].
Respecto a los otros trabajos de que hicimos especial mención, consignaremos aquí que por Real cédula, dada en 20 de Mayo de 1518, se le mandó hacer una carta de marear para Indias[50]; y en la de 6 de Octubre del mismo año se expidió otra Real cédula acerca del mismo asunto[51]. Es de notar—y esto indica sus vastos conocimientos cosmográficos—que Carlos V le escogió para presidir una Comisión de geógrafos y pilotos encargada de corregir los errores de los mapas marinos dibujados bajo la dirección de Américo Vespucci[52].
Se autorizó a D. Fernando Colón—ignoramos la fecha—para levantar planos cosmográficos de la Península. La autorización es cierta, por cuanto el 13 de Junio, por Real disposición dada en Valladolid, se ordenó que no se hiciere dicha descripción y cosmografía[53].
Por si hubiese alguna duda sobre el particular, en la Biblioteca Colombina hay un manuscrito, intitulado Itinerario de Don Fernando Colón, escritas con letra del hijo del Almirante las 62 hojas primeras y las restantes por dos amanuenses. El título o epígrafe, puesto por D. Fernando, es como sigue: «Lunes 3 de agosto de 1517 comencé el Itinerario. La primera descripción corresponde a Zaragoza, y la última a la Membrilla, villa de la Mancha»[54].
Por el año 1524, el César, en la cuestión suscitada entre Castilla y Portugal con motivo de la posesión de las Molucas, encargó a Fernando Colón que examinase los puntos de litigio. Fernando, no ateniéndose a sus propios conocimientos, consultó con otros sabios cosmógrafos, quienes aprobaron sus conclusiones. Al fin fueron cedidas al rey de Portugal, escribiendo D. Fernando con tal objeto el Apuntamiento sobre la demarcación del Maluco y sus Indias, firmado en el año 1529 por los seis jueces que intervinieron en el asunto.
Estando en Sevilla, por ausencia del célebre Sebastián Caboto, fué nombrado presidente (1527) del Tribunal de exámenes de pilotos. «Se ordenó que... el examen y desputas se hiciesen en presencia de don Hernando Colón y en su casa, y que no pudiesen dar el grado sin su aprobación, hallándose en la ciudad de Sevilla»[55].
En la citada ciudad andaluza fundó un Colegio Imperial para el estudio de la ciencia de navegación, dotándolo de rica Biblioteca, la cual llegó a contener más de 20.000 volúmenes[56].
Al retirarse D. Fernando del bullicio de la corte de Carlos V se estableció definitivamente en Sevilla, donde, a orillas del río, hizo fabricar cómoda morada con su jardín, en que aclimataba plantas exóticas, y allí, rodeado de unos cuantos amigos, con la lectura de sus libros y con el cultivo de las flores, vivió sus últimos años.
Consideremos como implacable censor del P. Las Casas al dominico Fray Toribio de Benavente o Metolinía, quien, en 24 de Febrero de 1541, dedicó al conde de Benavente su Historia de los indios de Nueva España, libro que tienen en estima los doctos por las curiosas noticias que en él se hallan. Del mismo autor se ha conocido, en estos últimos tiempos, un Tratado sobre el planeta Venus, en el cual se encuentra la clave para poder comprender el Calendario azteca.
Censor del P. Las Casas, como Fray Toribio de Metolinía, fué el R. P. Fr. Vicente Palatino de Corzula, de la nación Dalmata, Theologo de la orden de los Predicadores, que escribió (1559) Tratado del derecho y justicia de la guerra que tienen los Reyes de España contra las Naciones de la India Occidental, en el cual se intenta probar que los Reyes de España, en virtud de la donación del Papa, pueden ocupar las Indias con las armas, a fin de propagar la religión[57].
Digno es de alabanza Martín Fernández de Enciso, alguacil mayor de Castilla del Oro, que publicó el año 1519 la Suma de Geografía, libro que contiene noticias interesantes de América. También merece señalada distinción Hernán Cortés, que en sus Cartas de Relación historió los hechos que él mismo llevó a cabo. Francisco López de Gomara, secretario de Hernán Cortés y a quien acompañó a la expedición de Argel, escribió Historia general de Indias y la Crónica de la conquista de Nueva España, obra que se distingue por la sencillez y facilidad en las narraciones y pinturas: apareció por el año de 1552. «Habiendo compuesto uno (libro) titulado Historia de las Indias y conquista de México, que se hallaba impreso, el clérigo Francisco López de Gomara, y conviniendo no se vendiese, leyese, ni imprimiese más, y que los que lo estuviesen, se recogiesen y enviasen al Consejo de ellas. Mandó S. M. a todos los Jueces y Justicias lo cumpliesen, e impuso a los que le imprimiesen o vendiesen la pena de 200.000 mrs. para la Cámara y Fisco, y 10.000 al que le tuviese en su casa o leyese. Céd. de 7 de Agosto de 1566. Vid. tomo 36 de ellas, fol. 36, núm. 28[58].»
No debemos pasar en silencio el nombre del franciscano P. Bernardino de Sahagún, quien llegó a Nueva España el 1529 y escribió la Historia Universal de las cosas de España[59].
No es inferior la Relación y Genealogía de los señores de Nueva España, escrita por Fr. Bernardino de México, el 1532, según Chavero, a ruego de D. Juan Cano.
De las obras del P. Landa se sacó en 1566 la Relación de las cosas del Yucatán, existente en la Academia de la Historia y publicada por el Sr. Rada y Delgado.
Nos proporcionan datos muy curiosos de la región Colombiana Fr. Pedro Simón, autor de las Noticias historiales de las conquistas de Tierra Firme, obra impresa en Cuenca el 1626, y el poeta Juan de Castellanos, que escribió Elegías de varones ilustres de Indias e Historia del Nuevo Reino de Granada.
Entre los mejores escritores de América se halla Bernal Díaz del Castillo, compañero de Cortés y autor de la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, impresa el 1632.
El reino de Quito (hoy Ecuador) tuvo su cronista en el P. Juan de Velasco, que escribió la Historia del reino de Quito.
Pedro Cieza de León dió a luz la Crónica del Perú, terminada el 1550, «la más concienzuda y más completa que se ha escrito de las regiones sur americanas», según el Sr. Jiménez de la Espada. D. Pedro de la Gasca, pacificador del Perú, nombró a Cieza cronista de las Indias. Imprimióse la Primera parte de la Chronica del Perú en Sevilla el año 1553.
Citaremos también al P. Gregorio García, Alvar Núñez Cabeza de Vaca, Francisco de Xeres, Agustín de Zárate, el inca Garcilaso de la Vega y algunos otros.
No sería justo pasar en silencio el nombre del capitán y poeta Alonso de Ercilla (1533-1594), autor de La Araucana, poema impreso por completo el 1578. Ercilla se ajustó en un todo a la verdad histórica, aunque a veces—como se dijo al principio del Prólogo—trató con demasiada benevolencia a los indios. No tiene tanto mérito la Primera parte del Arauco Domado, de Pedro de Oña, edición de 1596.
A tal punto llegaba la desconfianza de nuestros Reyes, cuando de asuntos de América se trataba, que Felipe II desde el bosque de Segovia encargó (24 Julio 1566) a los herederos del inquisidor Andrés Gaseo que buscasen, entre los papeles del citado inquisidor, una Crónica que hizo y ordenó Pedro de Aica de las cosas de las Indias, y hallada, la remitiesen al Consejo de las Indias[60].
Si desde el mismo bosque de Segovia mandó recoger—según hemos dicho—los ejemplares de la Historia de las Indias y conquista de México, de López de Gomara[61], por el contrario, algunos años después, hallándose en El Pardo (2 Febrero 1579) se dirigió al capitán Adriano de Padilla para decirle que, «teniendo noticia que el citado Capitán había escrito un libro de historia intitulado La Perla Occidental, obra de mucha curiosidad, le daba autorización para que pudiese imprimirla y venderla...»[62].
Felipe III, desde San Lorenzo (4 de Noviembre de 1617) autorizó al licenciado Antonio de Robees Cornejo para que pudiese imprimir su libro «necesario para la salud universal», que lleva el título de Simples Medicinas Indianas[63].
Las Noticias secretas de América de D. Jorge Juan y D. Antonio de Ulloa, escritas según las instrucciones del Marqués de la Ensenada y presentadas en informe secreto a Fernando VI, deben estudiarse con mucho detenimiento. Dicha obra se publicó en Londres por D. David Barry corriendo el año 1826.
Cerramos la larga lista de los escritores españoles de Indias con los nombres del laborioso D. Martín Fernández de Navarrete y D. Cesereo Fernández Duro. La obra de Navarrete se intitula Colección de viajes y descubrimientos que hicieron por mar los españoles desde fines del siglo XV. Los cinco volúmenes de que consta fueron apareciendo desde 1825 a 1837, y en ellos se encuentran muchos documentos hasta entonces inéditos, los cuales fueron rica fuente en la que bebieron ilustres escritores, como el norteamericano Washington Irving (1783-1859), y el alemán Federico Alejandro, barón de Humboldt (1769-1859). Humboldt llegó a Madrid en compañía de Bonpland el 1799, siendo recibido con toda clase de consideraciones. Dióle permiso Carlos IV para viajar por todas las comarcas españolas de América, pasando a la vuelta por las Marianas y Filipinas. Partieron ambos sabios de Madrid el mes de mayo de dicho año. El 5 de junio se embarcaron en La Coruña a bordo del Pizarro, llegando al puerto de Cumaná, capital de la Nueva Andalucía. Pasaron cinco años recorriendo la América Meridional; luego fueron a México, a la Habana y a los Estados Unidos. Abandonaron a América el 9 de julio de 1804 y llegaron a Burdeos. Humboldt fijó su residencia en París, marchando a su patria el año 1827. Publicó preciosos estudios geográficos, etnográficos y políticos del Nuevo Continente. La primera obra que dió a la estampa se intitula Essai Politique sur le Royaume de la Nouvelle Espagne, dedicada a Carlos IV. París, 1808. La segunda Voyages aux regiones equinoxiales du nouveau continent. París, 1809-1828; tres volúmenes. La tercera Vue des Cordilleres et monuments des peuples indigenes de l'Amerique. París, 1816: dos volúmenes. El autor del Cosmos también dió a luz un Ensayo político sobre la isla de Cuba (publicado el 1826).—El filósofo Paz y Caballero consideró al sabio alemán como un segundo descubridor de la Isla. Sin embargo, la obra más importante de Humboldt lleva por título Examen critique de l'histoire de la geographie du Nouveau Continent et des progrés de la astronomie nautique du XV et XVI siècle (publicada en París de 1836 a 1839). Todas las obras del barón de Humboldt deben consultarse con detenimiento por los que se dedican a la historia de América.
Respecto al Sr. Fernández Duro, curioso investigador de la vida y hechos del primer Almirante, nadie podrá negar, por exigente que sea, los méritos de Colón y Pinzón (1883), Colón y la Historia póstuma (1885) y Nebulosa de Colón (1890), además del prólogo a la edición de los Pleytos de Colón, sin contar con multitud de artículos acerca de asuntos relacionados con el descubrimiento de América.
Entre los escritores extranjeros figura en primer término el escocés Guillermo Robertson (1721-1793), que publicó en Edimburgo una Historia de América, cuyos primeros ejemplares llegaron a España en Agosto de 1777. Si nada tiene de extraño—como anteriormente hemos podido notar—que el suspicaz Felipe II llegara a prohibir que se vendiese el excelente libro intitulado Historia de las Indias, de D. Francisco López de Gomara, llama la atención que Carlos III, el Rey que arrojó de España a los hijos de Loyola, hiciera objeto de su odio la Historia de América del citado Robertson. «Por justos motivos prohibió S. M. se introdujese en España, Indias y Filipinas el (libro) de la Historia del descubrimiento de la América, escrito y publicado en idioma inglés, o en otro qualquiera, por el Dr. Guillermo Robertson, Rector de la Universidad de Edimburgo y chronista de Escocia, y mandó que en caso de aver algunos exemplares de esta obra en los puertos de ambos dominios, o introducidos ya tierra adentro, se embargasen a disposición del Ministro de su cargo. Ord. de 23 de Diciembre de 1778. Vid. tom. 31 del Ced., fol. 191, núm. 180»[64].
Al lado del inglés William Robertson colocamos a Guillermo Prescott (1796-1859), historiador americano y meritísimo autor de los libros que llevan por título Historia de México e Historia del Perú, publicados a mediados del siglo xix. Durante esta última centuria y en lo que va de la veinte, lo mismo en el Antiguo que en el Nuevo Mundo, se han escrito y publicado muchas obras, ya de la Historia general de América, ya de los diferentes pueblos en que se divide aquella parte del continente.
No dejaremos de citar entre los modernos panegiristas de Colón el nombre del conde Roselly de Lorgues, quien, en el año 1856, publicó una obra, en tres tomos, con el título de Cristophe Colomb. Intentó Roselly de Lorgues elevar a los altares al descubridor del Nuevo Mundo; pero, como dice Menéndez Pelayo, el libro estaba escrito «al gusto de las beatas mundanas y los caballeros andantes del legitimismo francés.» Si en un principio despertó en la opinión pública gran entusiasmo, decayó pronto entre la gente docta, hallándose al presente casi relegada al olvido.
Más justa notoriedad adquirió la obra del abogado norteamericano Harrisse, cuyo título es Ferdinand Colomb, sa vie, ses œuvres, dada a la luz en 1872. Continuó su labor Harrisse publicando artículos y folletos; luego otras dos obras así llamadas: L'Histoire de Christophe Colomb atribuée a son fils, etc., París, 1883, y Christophe Colomb devant l'histoire, París, 1892.
Hemos registrado también con algún detenimiento, aunque tal vez con escaso fruto, otras crónicas antiguas y obras modernas, papeles interesantes del Archivo de Indias (Sevilla), del de Simancas (cerca de Valladolid), del Histórico Nacional, del de la Academia de la Historia, del de Navegación y pesca marítima y de otros menos conocidos. Hemos estudiado curiosos manuscritos que se encuentran en la Biblioteca del Real Palacio, en la de San Isidro y en la de la Universidad.
En la obra que vamos a publicar se halla algo que merece toda clase de alabanzas. Después de impresos los dos primeros volúmenes de la Historia de América del Sr. Pi y Margall, el sabio autor puso varias notas a determinados pasajes de ella, notas manuscritas e inéditas que nosotros hemos copiado y publicaremos en su lugar respectivo. Creemos, no con toda certeza, pero sí con más o menos fundamento, que pensando Pi y Margall en la publicación de otra edición, comenzó a corregir su citada obra, cuyas correcciones, trasladadas a nuestra Historia de América con toda exactitud y cuidado, serán leídas con gusto por todos los admiradores del insigne autor de Las Nacionalidades.
Hemos seguido algunas veces casi al pie de la letra obras impresas en castellano y documentos manuscritos. También habremos de declarar que se han traducido largos párrafos de libros ingleses. Si no aparecen en nuestra obra las citas correspondientes a tales copias o versiones, será por olvido, nunca con intención. Confesamos esto, no porque temamos las censuras del público—que siempre ha sido con nosotros bondadoso é indulgente—sino para tranquilidad de nuestra conciencia.
Pasando a otro asunto, diremos que entre los que generosamente nos han prestado libros, papeles impresos y manuscritos, se hallan D. Antonio Graiño, D. Antonio Balbín de Unquera y D. Antonio Ballesteros; otros han guardado, como el avaro guarda rico tesoro, sus documentos históricos. Si nos consideramos obligados a declarar el agradecimiento que debemos a los primeros, guardaremos silencio acerca de los segundos; pero haciendo constar que la conducta de los últimos no debe ser imitada. Hemos solicitado el auxilio de nuestros compañeros de profesorado y de otros muchos hombres de letras; hemos rogado que nos ayuden en la empresa los que a las ciencias históricas se dedican. No hemos podido hacer más.
Haremos, por último, especial mención de D. Carlos Navarro Lamarca, quien generosamente nos ha autorizado para reproducir en nuestra obra algunos grabados que adornan su Compendio de La Historia general de América.