—Vuestra Majestad es quien lo mina, y será preciso impedirlo;—contesta enérgicamente el emperador, hiriendo un timbre.

Aparece la guardia. El viejo toma una pulgarada de polvillo, lo arroja á los ojos de los soldados y pasa por entre ellos libre y majestuoso.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Otro efecto de nieve sobre jardines y palacio real, pero nieve ya cuajada y que empieza á derretirse formando un barro sucio y negruzco. En el alcázar se ven todavía luces: ha habido en el comedor de diario espléndida cena de familia, alegres y cariñosos brindis, y el emperador, rendido de recibir toda la tarde felicitaciones, después de bendecir á sus hijos, que uno por uno le han besado la mano respetuosamente, y de abrazar con afecto á la fecunda emperatriz, se tiende en su estrecha y dura cama de campaña, única donde concilia el sueño, á causa de la costumbre.

Apenas empieza á aletargarse, le llaman con un ¡Pssit! muy bajo, y á la claridad de la lamparilla divisa á un hombre en la fuerza de la edad, envuelto en ropón de púrpura, bajo el cual se parece una armadura de admirable trabajo. Rodea sus sienes una corona de picos; en su diestra alza rico pomo de mirra de fuerte aroma, acre y embriagador.

—¿Qué desea Vuestra Majestad, señor rey Gaspar?—pregunta el emperador que, conociendo al viajero, salta de la cama y saluda militarmente.

—Felicitar las Pascuas á Vuestra Majestad y confiarle un secreto.—Es el caso que el Niño, ¿no sabe Vuestra Majestad? ¡el Niño, á quien todos los años voy á visitar en su establo, para beber en sus ojos de violeta la sabiduría! después de jugar con esta mirra que le ofrecí y de arrojar sobre ella su aliento celestial, me manda que gota á gota la esparza por el suelo de los países donde el hombre tenga sed de la sangre del hombre. Y al caer gotitas de esta mirra, primo y señor, observo que la tierra, encharcada y pegajosa, se esponja, se entreabre, y nacen y surgen y crecen olivos, rosas, mirtos, centeno, lúpulo, viñas cargadas de racimos. ¡Ah! Es un gran portento la tal mirra. Y á mí, señor y primo, la armadura me asfixia, el corazón no me cabe en ella. Permítame Vuestra Majestad que salpique de mirra su cabeza augusta.

—¡Qué diantre! ¡Cosas de chiquillos!—gruñó el emperador.—Cuando el Niño crezca y se aparte de las faldas y del regazo materno, diferentes serán sus caprichos. No hay nada más santo que la guerra. Dios mismo guía á los ejércitos é infunde á los caudillos arrojo y tino para asegurar la victoria. Sobre el campo de batalla se cierne el Arcángel con sus alas salpicadas de rubíes y su gladio flamígero. El soplo divino hincha mi pecho apenas lo cubre la coraza rutilante. Esto no se les alcanza á los niños ni á las mujeres; convenido. Nosotros, pastores de pueblos, jefes de razas, sonreímos ante ciertos arranques de debilidad graciosa.

—Debo hacer lo que me mandan—insiste Gaspar.

Y tomando unas gotas de mirra, las dispara á la frente del emperador. Este exhala un suspiro; se deja caer en el lecho de campaña, y ve en sueños una pirámide de huesos humanos, blanca y pulida, altísima. Sobre la cúspide, un cuervo grazna plañideramente, hambriento, erizado el plumaje; y al pie, en las ramas de un olivo nuevo, dos palomas se besan, juntando los picos.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

En el patio del alcázar, sobre el gran pilón de pórfido sostenido por leones, recae el agua, melodiosa, con dulce porfía. La luna ilumina las arcadas afiligranadas, juega en las charoladas hojas de los naranjos, descubre el reflejo pálido de sus pomas de oro. Dos esclavos velan el sueño del emir, que reposa vestido sobre un diván, cubierto con una manta de fina pluma de avestruz—porque la noche está algo fría y la helada ha endurecido los caminos del desierto—y apoyando el pie en la garganta de una mujer desnuda, que hace de cogín y presta calor más grato que el de la manta.

Elegante figura se desliza por entre los esclavos, invisible. Es un negro joven, esbelto, de robusta y acerada musculatura, de piernas nerviosas encerradas en calzas prietas y salpicadas de lentejuelas como las que ostentan los donceles en los cuadros de Carpaccio; una sobrevesta de tisú de plata acusa sus formas; un cinturón de pedrería sostiene sobre su vientre enjuto soberbio puñal; encima de sus cabellos crespos se ladea un gorro de velludo carmesí, y bajo el ala luce diadema de brillantes. El gallardo negro se inclina hacia el emir y le baña el rostro con una bocanada del incienso que humea en un incensario calado, pendiente de cadenillas de perlas. Sobresaltado, el emir despierta, echando mano á su gumía.

—No temas, soy Melchor, que como tú ejerce el mando en tribus del desierto y posee palacios misteriosos, que parecen labrados por los genios del aire. Vengo á cumplir órdenes del Niño Yesuá, hijo de Leila Mariem.

—¿Y qué te ordena ese profeta infiel?—exclama el emir con desprecio.

—Columpiar este incensario en todos los países donde el hombre trate á la mujer como esclava y no como compañera.

Ríese el emir, mostrando sus blancos dientes de chacal entre la negra y sedosa barba.

—Pues vuélvete á tierra de rumíes, Melchor. También allí necesitan el perfume de tu incensario. Pero antes, reposa. Eres mi huésped; voy á ordenar que te preparen un baño con agua de rosas dos bellas cautivas.

Y el Emir se incorpora, dando con el pie á la mujer en cuya garganta lo tenía apoyado.

LA VISIÓN DE LOS REYES MAGOS

———

(Los Reyes Magos regresan á su patria por distinto camino del que vinieron, á fin de burlar al sanguinario Herodes. Es de noche: la estrella no les guía ya; pero la luna, brillando con intensa y argentada luz, alumbra espléndidamente la planicie del desierto. La sombra de los dromedarios se agiganta sobre el suelo blanco y liso, y á lo lejos resuena el cavernoso rugir de un león.)

Baltasar (acariciándose la nevada y luenga barba y moviendo la anciana cabeza á estilo del que vaticina).—No sé lo que me sucede desde que me puse de rodillas en el establo de Belén y saludé al Hijo de la Doncella, que me agita un espíritu profético, y siento descorrerse el velo que cubre los tiempos futuros. Este tributo de oro que ofrecí al Niño para reconocerle Rey, ¡cuántas y cuántas generaciones se lo han de rendir! Tributos percibirá, no como nosotros, días, meses y años, sino siglos, decenas de siglos, generación tras generación, y los percibirá de todo el universo, de toda raza y lengua, de nuevas tierras que se descubrirán para aclamar su nombre. El oro que le he presentado era poco; apenas llenaba el cofre de cedro en que lo traje; y ahora se me figura que se ha convertido en un mar de oro, y veo que al Niño se le erigen templos de oro, altares de oro labrado y cincelado, tronos de oro en torno de los cuales oscilan blancos flábulos de plumas con mango de oro, y que ciñe su cabeza una triple corona de oro macizo también, incrustada de diamantes y gemas preciosas. Olas de oro, fluyendo de los veneros de la tierra, corren á los pies del Niño: y lo más extraño es que el Niño los contempla con entristecida cara, y al fin esconde el rostro en el seno de su Madre. ¿Habré obrado mal, ¡oh sabios!, en presentarle oro? ¿No le agradará á la criatura celeste el símbolo de la autoridad real? Temo que mis dones no hayan sido aceptos y mi obsequio pareciese sacrílego.

Gaspar (enderezándose sobre su montura, requiriendo la espada, frunciendo las cejas y echando chispas por los ojos).—Patriarca de los Magos, bien te lo pronostiqué. El nacido Rey de los judíos no es vil mercader que quiere atesorar riquezas sin cuento en los subterráneos de su morada. La codicia rebaja el alma y la hace pegajosa y grosera como la arcilla que, despreciándola, pisamos. Mi don es el único que pudo complacer al primogénito de la Virgen. Tú le trajiste oro, por monarca; yo mirra, por hombre. Hombre ha querido nacer, y el llamarse hombre será su mejor título. La mirra, amarga como el vivir y como el vivir sana y fortificante; he ahí lo que conviene á quien ha de realizar obra viril, obra de vigor y salud. ¿Creéis que se puede ser grande y noble y fuerte sin gustar el cáliz amargo? Aquí me tenéis á mí, ¡oh, sabios!: he combatido, he sufrido, he vencido monstruos, he lidiado con tentaciones horribles, me he visto mil veces en manos de mis enemigos y el soplo del martirio ha rozado mi sien. Pues sólo un día he llorado, y una gota de mi llanto, cayendo en el ánfora de la mirra, le prestó su tónica y sabrosa amargura y quizás su balsámico perfume. Yo también veo al Niño, Baltasar, pero le veo combatiendo, arrollando, venciendo, aplastando dragones, sometiendo á su yugo á la humanidad, sufriendo y regando con sangre una palma. Bien hice en traerle mirra.

Melchor (tímidamente, con humildad profunda).—Yo no sé si habré acertado, y, sin embargo, por la alegría que me inunda, presumo que el Niño no rechaza mi don. Tú, venerable y doctísimo Baltasar, le obsequiaste con oro, considerándole Rey. Tú, indomable y valeroso Gaspar, le trajiste mirra, teniéndole por hombre. Yo, el último de vosotros, el más ignorante, el etiope de negra tez, le ofrecí unos granos de incienso, pues mi corazón le presentía Dios.

Baltasar y Gaspar, atónitos.—¡Dios!

Melchor (con fe y persuasión ardiente).—Sí, Dios. Ahora mismo, en medio de esta serena noche, sobre el limpio azul del cielo, he visto resplandecer su divinidad. Ahí están las naciones postradas á sus pies y redimidas por Él, y por Él igualados todos los hombres. Mi progenie, la obscura raza de Cam, ya no se diferencia de los blancos hijos de Jafet. Las antiguas maldiciones las ha borrado el sacro dedo del Niño. No le reconocéis así al pronto, porque es un Dios diferente de los Dioses que van á morir: no condena, ni odia, ni extermina; ama, reconcilia, perdona, y sólo con acercarme á Él noto en mi corazón una frescura inexplicable y en mi espíritu una paz que glorifica. Así que llegue á mi reino abriré las prisiones, licenciaré los ejércitos, condonaré los tributos, daré libertad á mis concubinas y me pondré desarmado en medio de la plaza pública á confesar mis yerros y á que mis enemigos, si lo desean, tomen venganza de mí.

Baltasar.—Me dejas confuso, Melchor. Tu creencia se asemeja á la locura.

Gaspar.—No te entiendo bien, Melchor. Tu creencia me parece afeminada, impropia de un Rey.

Melchor.—No sé defenderla con razones. Hago lo que siento.

Baltasar.—Mi dádiva era preciosa.

Gaspar.—La mía era digna y noble.

Melchor.—La mía expresa mi pequeñez y sólo significa adoración.

Baltasar.—Reuniendo las tres en una, quizas obtendríamos algo que hiciese sonreir al prodigioso Niño.

Gaspar.—No puede ser. ¿Dónde habrá un don que convenga al Rey, al Hombre y al Dios juntamente?

(La luna brilla con claridad más suave, más misteriosamente dulce y soñadora. El desierto parece un lago de plata. Sobre el horizonte se destaca una figura de mujer bizarramente engalanada y ricamente vestida, hermosa, llorosa, con larga cabellera rubia que baja hasta la orla del traje. Lleva en las manos un vaso mirrino lleno de ungüento de nardo, cuya fragancia se esparce é impregna la ropa de los Magos y sube hasta su cerebro en delicados y penetrantes efluvios. Y los tres Reyes, apeándose y prosternados sobre el polvo del desierto, envidian, con envidia santa, el don de la pecadora Magdalena.)

 

 

EL ROMPECABEZAS

———

El niño es una de esas criaturas delicadas y precozmente listas, que se crían en las grandes poblaciones, privadas de aire, de luz, de ejercicio, de alimento sólido y sano, víctimas de las estrecheces de la clase media, más menesterosa á veces que el pueblo. Siempre limpito, con su pelo bien alisado, formal, dócil y reprimido naturalmente, Eloy no da en la casa quebraderos de cabeza. Verdad que si los diese, ¿cómo se las arreglaría para meterle en costura su infeliz mamá, viuda, sola y atacada de un padecimiento crónico al corazón? Precisamente la verdadera causa del buen porte y conducta de Eloy es esa vehemente y temprana sensibilidad que suele despertar en las criaturas el temor de hacer sufrir á un ser muy amado, de entristecer unos ojos maternales, de agravar una pena que adivinan sin poder medir su profundidad.

Eloy estudiaba las lecciones al dedillo, porque su madre sonreía con descolorida sonrisa cuando le oía recitarlas de memoria; Eloy cuidaba mucho la ropa y el calzado, porque se daba cuenta de que su madre no tenía para comprar y reponer lo manchado ó roto; Eloy se recogía á casa al salir de la escuela, en vez de quedarse pilleando y haciendo demoniuras con sus compañeros, porque su madre se alegraba al verle volver, y el chiquillo, con la intuición del corazoncito cariñoso, olfateaba que la melancolía de mamá se aliviaba con su presencia, y que al enviarle á aprender, separándose de él por largas horas, realizaba un sacrificio.

Recordaba Eloy, sin embargo, confusa y minuciosamente á la vez, como recuerdan los niños, tiempos recientes en que su madre no se quejaba, en que vivía gozosa. Es cierto que entonces un hombre joven, brioso, animado, de pisar fuerte y negros bigotes, vivía en la casa.—¡El papá!—Eloy asociaba su memoria á la de cabalgatas en las rodillas ó sobre la punta del pie, violentos besos en los carrillos, un simpático olor á cigarro fino, risas y juegos y humoradas como de otro muchacho... Después... el papá desaparecía, y la mamá tenía á toda hora los párpados hinchados y rojos. La casa se volvía callada y tristona, y Eloy sentía escrúpulos, recelos de jugar ó de pedir alto la merienda, porque le parecía estar dentro de una iglesia obscura ó de un sepulcro. Los conocidos que encontraba le hablaban en tono compasivo al preguntarle «si había noticias de papá, que estaba en la guerra» ¡En la guerra! Por el acento con que madre y amigos modulaban la frase, comprendía Eloy que la guerra era una cosa muy terrible, atroz, malísima. ¿Quizás en la guerra papá se podía morir? ¡Ah! ¡vaya si podía! Como que una tarde, al volver de la escuela, Eloy encontró a su madre con un síncope, á la criada hipando, á las vecinas del segundo que se lo llevaron y le atracaron de golosinas «para que no se impresionase, pobre pequeño...» Y al otro día mamá le reclamó, le abrazó silenciosa, sin verter una lágrima, y le vistió de negro; traje entero, desde las medias hasta la boina... El muchacho no sabía definir, no acertaría á explicar en qué consistía la muerte, pero estaba seguro de que era algo espantoso, y que ese algo les impediría ya para siempre vivir contentos. Lloró á escondidas por no afligir más á su madre, y rezó las oraciones que sabía, muchas veces, «por el alma de papá». Desde entonces empezó á empollar firme las lecciones, á no hacer nada malo, á doblar la chaquetita antes de acostarse, á volver «al reloj» de la escuela, con los libros atados bajo el brazo. El alma de papá de seguro aprobaba tal proceder.

Sin embargo, el chico más juicioso es chico al fin, y Eloy, como oyese en los primeros días del año las conjeturas de sus compañeros acerca de lo que traerían los Reyes, y los proyectos de zapatos colocados en la ventana ó la chimenea, no pudo menos de dar suelta á la imaginación. También él deseaba que los Reyes le trajesen algo... ¿Por qué no se lo habían de traer, señores? ¿No había sido bueno el año enterito? Si pusiese su zapato en el alféizar de la ventana, ¿era justo que el zapato amaneciese vano como avellana vieja?

Afortunadamente, la misma idea de equidad se había abierto camino en el espíritu de la madre de Eloy. Ella, que jamás salía, que se ponía á morir en las escaleras, se echó á la calle la tarde del 5 envuelta en su modesto coleto de paño pasado de moda, y se detuvo en la tienda de juguetes. Cuando volvió á casa llevaba escondida una cajita plana de cartón. La escasez, al imponer el cálculo, destruye muchos gérmenes de poesía. ¡Qué no hubiese dado aquella madre por traer á su niño el fogoso caballo mecánico, la reluciente bicicleta, el caprichoso cinematógrafo, la locomotiva de vapor con ténder y vagón, raíles verdaderos y caldera de cobre! Pero ¡ay! eran caprichos de media onza, diez duros, quince, y el bolsillo se encogía aterrado... No, no; convenía que el regalo de los Santos Reyes Magos sabios y doctos no fuese una inutilidad, sino que coadyuvase á la instrucción del niño... Y la madre adquirió por módico precio un rompecabezas geográfico, nada menos que el mapa de España... Así Eloy, jugando, aprendería mejor lo que ya había dado pruebas de no ignorar, pues en geografía llevaba el número uno.

Levantándose á media noche, dejó el huérfano su zapato entre la fría ceniza de la chimenea del gabinete, la única de la casa, encendida rarísima vez. Por la mañana saltó de la cama, descalzo y tiritando, á ver si los Reyes... ¡Sorpresa inolvidable! Sus majestades se habían dignado venir: allí estaba la dádiva, el obsequio... ¿Qué encerrará aquella cajita chata, tan mona con sus filetes dorados?... Eloy la cogió afanoso, se volvió á la cama blanda y tibia, y allí, con los brazos fuera y el tronco bien abrigado, desató la cinta y miró... ¡Anda, corcho! Los Reyes le habían traído un mapa... Como les constaba el comportamiento de Eloy, su costumbre de sabérsela... ¡De todos modos, un mapa! ¡Pch!... ¿No valía más un aristón ó una linterna mágica igual á la de Pepito Ponzano, que siempre la estaba refregando por las narices á los otros?... Empezó Eloy á reconciliarse con los Reyes, al averiguar que el mapita era de pedazos y se desbarataba y volvía á arreglarse... Y ya levantado, tomado el café caliente, mientras mamá se preparaba para ir á misa, Eloy se divirtió, armó y desarmó el país, barajó á España cien veces, revolviendo á Zaragoza con Valladolid y á Salamanca con Vigo...

De pronto, meditabundo, interrumpió su tarea, é interrogó inquieto á su madre:

—Mamá, te han engañado... El juguete está incompleto. Falta aquí mucha España. No encuentro la isla de Cuba. Ni á Puerto Rico... ¡Falta España!

Arrasáronse los ojos de la madre, y se quedó parada, con el velito á medio prender. Por último, encogiéndose de hombros:

—¡Esas tierras estaban tan lejos!—dijo.—Y ya no son de España, mira... Acierta el rompecabezas, porque... ya no son. ¡Allí murió tu padre...!

Eloy calló: una tristeza mayor que las habituales, desmedida, que no cabía en el alma de un niño, pesó un instante sobre su pensamiento. Y con ademán expresivo apartó, rechazó el regalo de los Reyes.

EN SEMANA SANTA

———

A la cabecera del moribundo estaban Preciosa y Conrado, asistiéndole en sus últimos instantes, temblorosos como el criminal que sube las escaleras del cadalso. Y criminales eran—aunque criminales triunfantes y coronados por el ciego destino—Conrado y Preciosa. El que, después de largos sufrimientos, sucumbía en el cuarto impregnado de olores á medicinales drogas, entristecido por la luz amarillenta de la lamparilla que iba extinguiéndose al par que la vida del agonizante, era el esposo de Preciosa, el protector y bienhechor de Conrado; y para los que de común acuerdo le engañaron y ofendieron sus canas, no tuvo nunca aquel honradísimo viejo, generoso y confiado como un niño, más que palabras de dulzura y hechos de bondad y amor. Abierta siempre á Conrado su bolsa y su casa; abiertos siempre los brazos y el corazón para Preciosa, cuya juventud no quiso entristecer nunca con severidades de anciano y melancolías de enfermo, el infeliz tenía derecho á la gratitud y al respeto más tierno y grave..., ya que otros sentimientos vehementes no pueda inspirarlos la senectud. Y ahora se moría, se moría lentamente..., después de advertir á Preciosa que quedaba instituída su única heredera, y que, si no sentía repugnancia por Conrado, á quien él miraba como hijo, deseaba que ambos le prometiesen casarse á la terminación del luto.

Cuando manifestó así su voluntad, en voz desmayada y flaca y apoyando sus manos ya frías en las manos febriles de Conrado y Preciosa, los dos se estremecieron, y sus ojos, como delincuentes que tratan de ocultarse y no saben dónde, vagaron por el suelo, cargados con el peso de la vergüenza. Preciosa, sin embargo, mujer y extremada en la pasión, fue la primera que recobró ánimos, y reaccionando violentamente, trató de atraer la mirada de Conrado y de pagarla con una débil sonrisa. Pero Conrado, como si sintiese picadura de víbora, se retiró al fondo de la alcoba, y dejándose caer en la meridiana, escondió entre las palmas el rostro. Un silabeo apenas perceptible del moribundo le llamó otra vez á la cabecera del lecho. «Conrado, mira, soy yo quien te lo ruega en este momento solemne... No dejes desamparada á Preciosa... Que sea tu mujer, y quiérela y trátala... como la quise yo... Siquiera por el día en que estamos..., dame palabra.» Y Conrado, balbuciente, sólo pudo barbotar: «La doy, la doy...» Lució una chispa de contento en las apagadas pupilas del moribundo; pero como si aquel esfuerzo hubiese agotado el poco vigor que le quedaba, cayó en un sopor, nuncio del fin. Tal fue la opinión del médico, que aconsejó se trajese la Extremaunción sin tardanza; pero al llegar el sacerdote con los santos óleos, no había calor vital en el cuerpo; Preciosa lloraba de rodillas, y Conrado, agitadísimo, paseaba desesperadamente arriba y abajo por el gabinete que precedía á la estancia mortuoria... El sacerdote, que salía, le tocó suavemente en el hombro.

—No se aflija usted—dijo en tono afectuoso, confundiendo con un gran dolor aquel acceso de remordimiento agudo.—Las virtudes de este señor le habrán ganado un puesto en el cielo. Y después, la misericordia de Dios, ¡especialmente en el día en que estamos!...

Era la segunda vez que esta frase resonaba en los oídos de Conrado; pero ahora resonó, más que en los oídos, en el alma. ¡La misma del moribundo! «El día en que estamos...» ¿Y qué día era? Conrado necesitó hacer memoria, reflexionar... Recordó de pronto; un relámpago hirió su imaginación fuertemente. El día era el Viernes Santo.

Pocos instantes después de haberse retirado discretamente el sacerdote, que prometió volver á velar el cuerpo, acercóse Preciosa á Conrado de puntillas y quedó espantada de su actitud, del movimiento que hizo al verla tan próxima. ¡Qué desventura! Conrado ya no la quería; á Conrado le infundía horror desde que la muerte había penetrado allí... Adivinaba el estado de ánimo de su cómplice, y precaviendo el porvenir, aspiraba á disipar aquella nube de tristeza, aquella alteración de la conciencia impura. «Si esta noche vela el cadáver, se preocupará más; se grabará doblemente en su espíritu esta impresión terrible...» Una idea acudió á la mente de Preciosa, fértil en expedientes, atrevida—como hembra apasionada y resuelta á lograr su antojo.—Entró en la estancia mortuoria, y sobre el mueble incrustado, frente á la cama, buscó, entre otros frascos, el que contenía poderoso narcótico. Una gota calmaba y amodorraba; dos adormecían; tres ó cuatro producían ya un sueño largo, invencible, muy duradero, semi-letal... Al poco rato, Preciosa se acercó á Conrado nuevamente y le sirvió por su mano una taza de tila. «Bebe, estás nervioso.» Conrado bebió por máquina; apuró la calmante infusión... Cuando empezó á notar cierta pesadez incontrastable, le guió Preciosa á su propio cuarto, le reclinó en el amplio diván, revestido de raso y almohadillado de encaje, cubrióle con rico pañuelo de Manila, le abrigó con edredón ligero los pies, le puso almohadas finas bajo la nuca. «Duerme, duerme—pensó—y no despiertes hasta que esté fuera de casa el otro...»

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Conrado, entretanto, abría los ojos, sacudía el sueño de plomo que le había postrado, y se restregaba los párpados, notando que el sitio en que se encontraba no era el elegante dormitorio de su tentadora Preciosa, sino una calzada en cuesta, empedrada de losas rudas y anchas, sobre la cual caía á plomo un sol ardoroso y esplendente, como de primavera en país cálido. Miró en derredor. A sus pies se extendía una ciudad que le parecía conocer mucho: ¿dónde había visto él aquellas puntiagudas torres, aquellos extensos baluartes, aquel recinto fortificado, aquellas casas cónicas, aquel monumental templo, aquellas puertas angostas, sombrías, bajo las cuales cruzaban dromedarios y bueyes guiados por hombres de atezado cutis? La vestimenta de estos hombres también se le figuró á Conrado, aunque extraña, vista alguna vez, no en la realidad, sino en esculturas ó cuadros: como que era la indumentaria hebraica de la gente humilde en tiempo de Augusto—la chituna ó túnica ceñida, el tallith ó manto, el sudaz que rodea las sienes, el ceñidor que ajusta el ropaje, y los pies descalzos, ó metidos en gastadas sandalias de cuero.—Conrado pensó oir una voz persuasiva, salida quizás de lo íntimo de su ser, que murmuraba misteriosamente:

—Esa ciudad es Jerusalén.

¡Jerusalén! Conrado casi no se admiró. Jerusalén no era para él un lugar exótico. ¡En Jerusalén había pensado tantas veces! Desde niño, por el Nacimiento que preparaba su madre, se había familiarizado con Jerusalén... En Jerusalén tenía hogar su espíritu, su fe tenía casa propia. Lo único que sintió fue inmensa alegría... Imaginó volver de un largo destierro.

Un grupo de gente que se apiñaba en la puerta fijó la atención de Conrado. Instintivamente siguió al grupo. Por un camino que defendían á ambos lados setos de chumberas y que orlaban palmas y vides, rosales de Jericó é higueras ya cubiertas de hoja, dirigíase el grupo hacia áspero cerrillo, que destacaba sus líneas duras sobre el horizonte color de violeta. Bullía una muchedumbre en la colina; hormigueaban los de á pie, y se mantenían inmóviles sobre sus recios corceles los legionarios, cuyas lorigas y rodelas rebrillaban. Dominando la multitud, coronando la escena, erizando el cerro, se erguían tres cruces negras, sobre las cuales parecían estatuas de pórfido rosa, desde lejos, los cuerpos de los tres ajusticiados...

Conrado, entonces, tampoco se asombró, tampoco se creyó juguete de un delirio. Al contrario: se penetró de que estaba asistiendo, no á un drama, á la representación de la verdad misma. Aquella escena, aquella triple crucifixión, y sobre todo una de las cruces, la llevaba él dentro desde los primeros días de la niñez. Si había sufrido, era cuando, teniéndola en sí, no podía verla ni contemplarla; cuando se le desvanecía, como se desvanece el rostro de una persona querida al querer reconstruirlo cerrando los ojos... ¡Qué felicidad, poseer de nuevo la visión—clara, concreta, firme, indubitable—de la Cruz; no una cruz de oro, plata ni bronce, sino la Cruz viva, el madero al punto en que lo calienta el calor del Cuerpo divino y lo empapa la Sangre redentora! Conrado, sin aliento, de tan aprisa como iba, seguía al grupo, subiendo la agria cuesta, hollando el seco polvo y los abrojos espinosos del siniestro Gólgota, salpicado de blancos huesos humanos que calcinaba el sol... Su afán era colocarse cerca de la Cruz, ver la cara del Salvador en la suprema hora.

Era difícil la empresa. Bullía cada vez más compacta la muchedumbre. Como sucede en sueños, á cada obstáculo que Conrado lograba vencer, surgían otros mayores, insuperables. Nadie le quería abrir paso. Pastores de la sierra, tratantes y tenderillos de la ciudad, mujeres harapientas con niños famélicos en brazos, fariseos altaneros, esenios pálidos y compadecidos, hijas de Jerusalén, modestas burguesas que bajaban los ojos llenos de lágrimas al ver las torturas del Maestro, y por último, los soldados á caballo, enhiesta la lanza, se atravesaban para impedir que nadie salvase el círculo de cuerda y estacas que rodeaba los patíbulos. Conrado suplicaba, cerraba los puños, quería infiltrarse, llegar hasta la cruz central, más alta que las otras, donde colgaba Jesús; quería verle vivo, antes del momento en que, doblando la cabeza, exclamase: «Todo se acabó.» Una angustia profunda se apoderaba de Conrado. ¿Lo conseguiría cuando ya el Salvador hubiese muerto? Y bañado en sudor, anhelante, afanoso, corría, corría en dirección á la cima del cerro, que siempre se le figuraba más distante.

Sus ojos divisaron entonces á una mujer abrazada al árbol mismo de la Cruz; y sin reparar que la mujer estaba casi desvanecida de congoja, fijándose sólo en que á aquella mujer también la conocía, gritó con esfuerzo:

—¡María, María de Nazareth!, alárgame la mano, que quiero llegar hasta tu hijo.

Y María de Nazareth, temblorosa, con los ojos inflamados, trágica la actitud, se adelantó, alargó la mano, cubierta por un pliegue del manto, y Conrado, inmediatamente, se halló al pie del madero, tan cerca, que el ruido del afanoso resuello del moribundo se le figuraba un huracán. Sin embargo, pensó con gozo:

—¡Vive! ¡Vive! ¡Puede escucharme todavía!

Y alzando la frente, doblando las rodillas, poniendo la boca sobre el palo ensangrentado, cerca de los sagrados pies, Conrado suspiró:

—¡Jesús, Jesús, no me abandones!...

Y ¡oh asombro!; una voz dulce, empapada en lágrimas, respondió desde arriba:

—Tú eres el que me abandonaste hace años, Conrado. ¿No te acuerdas?

Profundo sacudimiento experimentó Conrado. Un agudo cuchillo de pena, de contrición, se clavó en su pecho. Miró hacia lo alto con ansia: Jesús ya había inclinado la cabeza; el sol se velaba tras negrísima nube; la tierra se estremecía convulsa; á las plantas de Conrado se abrió una grieta horrible, casi un abismo... y el pecador, atónito, cayó con la faz contra el polvo y las rocas descarnadas...

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Al despertarse Conrado de su largo sueño artificial, Preciosa estaba allí, vestida de negro, pero linda, fresca, reposada, espiando el instante de estrechar en sus brazos al durmiente. Éste se incorporó, aturdido aún, sin darse cuenta de lo que le sucedía... Preciosa, sonriendo, quiso halagarle, ser para él la vida que renace al borde de una sepultura. Conrado, sin aspereza, la rechazó; y á paso mesurado, firme, sin tambalearse ya, despejada la cabeza, salió á la antecámara, abrió la puerta, la cerró de golpe y corrió á la calle... Una brisa suave acarició sus sienes. Era la mañana del Domingo de Resurrección.

 

 

LA ORACIÓN DE SEMANA SANTA

———

El último chá de Persia, que, según nadie ignora, murió á manos de un fanático, tuvo en su historia una página de muy pocos conocida, y yo la ignoraría también á no referírmela una viajera inglesa, de esas mujeres intrépidas é infatigables que registran con emoción y curiosidad los más apartados confines del planeta. Cómo se las arregló miss Ada Sharpthorn (que así se llama la inglesita) para obtener la confianza y casi la privanza del chá, y penetrar en la cerrada magnificencia de su palacio y conocer íntimamente á sus allegados, áulicos, cortesanos y generales, es punto de difícil investigación; pero seguramente, al aspirar á este resultado, no se valió miss Ada de ningún medio reprobable, pues compiten en esta valiente exploradora la decencia y pulcritud de las costumbres con la austeridad del criterio moral y la delicadeza de la conducta. Si miss Ada gozó privilegios desconocidos en Persia, debe atribuirse á la tenacidad que sabe desplegar la raza anglo-sajona para conseguir sus propósitos—tenacidad que va haciendo á esa raza dueña del mundo.

Contóme miss Ada el episodio que voy á narrar la tarde del Jueves Santo, mientras recorríamos las calles de Avila visitando Estaciones. En aquellas calles que todavía recuerdan por varios estilos la Edad media española, el nombre de Persia sonaba como el de un país fantástico, de juglaresca leyenda ó de romance tradicional; costaba trabajo admitir que existiese. Quizás la misma irrealidad de Persia en la pacífica atmósfera de la ciudad teresiana, acrecentó el interés de los extraños recuerdos de viaje que evocaba miss Ada, y que intentaré trasladar al papel sin alterarlos.

«Nasaredino—empezó la inglesa—era un monarca absoluto, á quien sus vasallos llamaban sombra de Dios, y que disponía de haciendas y vidas, con dominio incondicional. No sé si ahora se habrá modificado el régimen interior de Persia; entonces—y son épocas bien recientes—no había allí más ley que la omnímoda voluntad de Nasaredino. Para mayor desventura de sus súbditos, el chá no conocía el cristianismo, ó por mejor decir, no quería conocerlo, ni permitía que se propagase en sus Estados opinión alguna que se apartase del código de Mahoma. Quizás comprendía que Cristo nuestro Señor es el verdadero enemigo de los déspotas, y que la libertad y la dignidad humana tuvieron su cuna en el humilde establo de Belén.

»Esta misma intransigencia del chá con nuestra santa religión me incitó á probar si le atraía al terreno de la controversia, á fin de combatir sus errores. Aprovechando la rara amabilidad con que me acogía, me dediqué á catequizar á Nasaredino, y buscando el flaco de su orgullo, comencé por pintarle la gloria y prosperidad de naciones cristianas como Francia y la Gran Bretaña, superiores en las mismas artes de la guerra á las naciones sujetas al fanatismo musulmán. Mis argumentos parecían hacer mella en el monarca; á veces le ví quedarse pensativo, acariciando la negrísima y puntiaguda barba, con los rasgados ojos de pestañas de azabache fijos en el punto imaginario de la meditación. No era un necio; ciertas ideas le movían á reflexionar; ciertos problemas se le imponían á pesar suyo, al través de su oriental indolencia y su soberbia de dueño absoluto de muchos millones de seres racionales.—Despaciosamente, en correcto inglés, solía, transcurrido un rato, contestarme, no sin alguna inflexión de desprecio en su voz grave y bien timbrada:

—»Jamás me convenceré de que sean heroicas y viriles naciones que se postran ante un Dios humilde, muerto en un suplicio afrentoso. El gran atributo de Dios es el poder y la fuerza. La única explicación que encuentro á ese enigma es que vuestras naciones se llaman cristianas sin serlo realmente, y cuando funden cañones y botan al agua barcos blindados, niegan á su Dios con los hechos, aunque le reconozcan con la palabra. Y porque lo niegan han logrado el predominio que ejercen. Si se atuviesen á la letra de su fe, como nos atenemos nosotros á la nuestra, nosotros les pondríamos la planta del pie sobre la garganta.

»Al hablarme así Nasaredino, dejábame confusa. Pertenezco á las Ligas del desarme y de la paz universal, y confío más en la energía del amor y de la fraternidad, que en todos los ejércitos de Europa reunidos. Mas ¿cómo hacer entender la verdad á un bárbaro, y á un bárbaro que se cree un semidiós? Sin embargo, lo intenté. A mi manera, empleando los razonamientos que me sugirió la convicción, le dí á entender que la misma fuerza material necesita fundarse en la moral, y que sin base de derecho y razón se derrumba toda soberanía. Y pasando á tratar de nuestro Dios, le afirmé que precisamente el haber sufrido y muerto como murió fue esplendorosa muestra de su sér divino. El chá, moviendo la cabeza, me contestó entonces esta atrocidad:

—»De esa misma manera que pereció tu Profeta, sucumbe todos los días alguno ó muchos de mis vasallos. Y ni aun así conseguimos acabar con la perniciosa secta de los babistas, cuyas doctrinas se asemejan á las de vuestros Evangelios.

»Lo confieso—exclamó miss Ada al llegar á este punto:—tan horrible declaración me trastornó, y estuve á pique de prorrumpir en invectivas contra el tirano. Me reprimí trabajosamente, y Nasaredino, de pronto, como si se hubiese olvidado del giro de la conversación, me anunció que al día siguiente se verificaría una representación teatral en los jardines de palacio, y que me convidaba á ella.

»Son estas funciones dramáticas espectáculo favorito de los persas, y todos los viajeros las describen: se celebran de noche, á la luz de los farolillos y linternas y de las hachas encendidas, y el telón de fondo lo da hecho la naturaleza: una cortina de árboles, un macizo de flores, una fuente, un ligero kiosco, constituyen la decoración. Habituada á asistir á tales funciones, me sorprendió, sin embargo, el aspecto del escenario y el golpe de vista del concurso. En primer término, sillones para el chá y los altos dignatarios: detrás, la servidumbre, la multitud de funcionarios y parásitos que pululan en el palacio infestando sus galerías, claustros, patios y salones. A la izquierda, una especie de tribuna ó palco cerrado por rejas de madera dorada y pintada de colorines—desde el cual presenciaban la función, ocultas á los ojos de todos, las esposas de Nasaredino.—Con extrañeza noté que no se había invitado á ningún diplomático; la única extranjera, yo. Mi sillón, colocado muy cerca, aunque un poco atrás del soberano, era un puesto altamente honorífico.

»Al empezar la representación, desde las primeras escenas, percibí un estremecimiento. Yo no podía entender el idioma en que se expresaban los actores, y que es una especie de dialecto persa muy literario y arcaico—el habla misma, bella y sonora, que empleó el poeta Firdusi;—pero aun sin inteligencia de las palabras, me parecía darme cuenta del sentido, y hasta creía que era familiar para mí, como algo que hubiese escuchado mil veces, y otras tantas llevado en mi corazón. Las escenas del drama me recordaban cosas íntimas, vistas, por decirlo así, al través de un vidrio turbio y roto que desfiguraba los objetos, alterando sus colores y rasgos sin ocultarlos enteramente.—Al final del primer acto (llamémosle así; la transición consistía en extender un riquísimo paño por delante del escenario, y dejarlo caer á los cinco minutos), y mientras nos presentaban amplias bandejas cargadas de golosinas, refrescos y sorbetes, de súbito vi claro: el asunto del drama no era sino la vida de Jesucristo, interpretada á estilo persa.

»Se apoderó de mí una tristeza involuntaria. Temía una profanación, una burla, cualquier desmán que hiriese mis sentimientos, y hasta que pudiese obligarme á faltar al respeto al monarca levantándome y retirándome. En voz baja le pregunté si creía que me sería posible permanecer allí; y el chá, con lenta inclinación de cabeza, me tranquilizó; después, volviéndose hacia mí, murmuró seriamente, con toda su oriental majestad:

—»No temas ofensa alguna para tu fe, ni para tu gran Profeta.

»En efecto, las páginas principales de la sagrada Vida iban desarrollándose más ó menos ingenua y peregrinamente interpretadas, pero con profundo sentido de veneración y de simpatía hacia el Salvador de los hombres. Jesús aparecía niño, jugando en el atrio del templo; después le veíamos predicar á las multitudes; presenciábamos la tentación en la Montaña, el diálogo con Eblis, genio del mal, y por último, en el tercer acto, penetrábamos de lleno en el drama de la Pasión, al ser preso Jesús en el Huerto, no sin que se trabase ruda y encarnizada batalla entre los discípulos y los sayones, que todos iban armados hasta los dientes, con kanjiares, puñales, pistolas inglesas y espingardas, y dispararon hasta agotar la pólvora, siendo esta parte de la función, gracioso anacronismo, lo que más parecía entusiasmar al auditorio. Era indudable que el papel de traidores lo desempeñaban los enemigos de Jesús, lo cual se traslucía hasta en el modo de vestirse y de caracterizarse los actores, siniestros y feroces, antipáticos de veras.

»Al principiar el acto cuarto, que debía ser el último, el actor que desempeñaba el papel de Jesús apareció atado á una columna de jaspe, y empezó la escena de la flagelación, que desde el primer instante me crispó los nervios. Supuse que se trataba de un juego escénico, pero así y todo salté en el asiento, y me tapé los ojos con el pañuelo disimuladamente. Era el actor un hombre joven, como de unos veintiocho años, de noble tipo semítico; llevaba los negros cabellos crecidos y partidos en bucles, y en la escena de la tentación, dialogando con Eblis, había tenido acentos llenos de dignidad, de desdén y de dulzura, conmovedores hasta para los que no entendíamos los conceptos. Ahora, amarrado á la roja estela, con el torso desnudo y el rostro respirando un entusiasmo misterioso, una sed de sufrir, revelábase sin duda como trágico genial—tanta era la verdad de su ficción, la expresiva fuerza de su actitud.—Por lo mismo no quería verle: me conmovía demasiado. El silbido de las cuerdas y de los látigos rasgó el aire; escuché cómo sonaban al herir la carne viva, y hasta oí un sofocado gemido, que semejaba involuntario... Y la voz del chá, su acento de mando, grave y sin embargo cortés, me obligó á atender á pesar mío, diciéndome en inglés, con irónica entonación:

—»No te niegues á mirar. Lo que sucede ahí no es farsa, sino la realidad misma. Persuádete de lo fácil que es padecer resignadamente y hasta con gozo. El papel de tu Profeta lo está desempeñando á lo vivo y sin protestar un babista condenado á muerte... Ya le verás crucificar después.

»El grito que exhalé debió de ser terrible; como que se detuvieron los verdugos, y Nasaredino me fulminó una ojeada severa, tétrica, imponente. Otra mujer se hubiese acobardado; pero una inglesa, en caso tal, saca de su orgullo de raza y de su cristianismo fuerza bastante para no arredrarse aunque se le viniese encima el mundo. No sé lo que dije al chá: primero creo que le anuncié una cruzada de las naciones civilizadas contra sus reinos y su poder, y le vaticiné venganzas humanas y cóleras del cielo; mas como el tirano permaneciese impasible y aún firme y aferrado á su crueldad, una inspiración me sugirió que la causa de Jesús ha de sostenerse por medio de la piedad y de las lágrimas, y arrojándome de súbito á los pies de Nasaredino, cogiendo sus manos llenas de anillos magníficos, las besé, las mojé con llanto, las sujeté, las apreté, hasta que una voz, á mi parecer descendida del cielo, murmuró casi en mis oídos:

—»Levántate, extranjera. Serás complacida. Te regalo la vida de ese perro.

»No sé lo que respondí. Debieron de ser extremos de júbilo tales, que el grave y pálido rostro del chá se iluminó con una fugitiva sonrisa, y su mano derecha, salpicada de mi lloro, que resplandecía sobre las sortijas de piedras, se extendió en imperativo ademán, comprendido instantáneamente por los que torturaban al desdichado, ya cubierto de sangre. No era sólo la vida, era la libertad lo que le otorgaba aquel gesto mudo, y en el exceso de mi alegría, echéme á llorar otra vez...»

Al llegar aquí guardó silencio la inglesa, y yo sólo acerté á preguntar:

—¿Y qué fue del hombre á quien usted salvó?

—Ese hombre...—balbuceó miss Ada,—dos años después... asesinó á Nasaredino... ¡Sí, el mismo, el perdonado!... Ya ve usted cómo no hay en el mundo sino una verdad, que es la verdad de Jesús... Para un cristiano, sería sagrado el hombre que supo perdonar, siquiera una vez. Y yo, desde entonces, particularmente estos días de Semana Santa, rezo siempre por el que me regaló una vida; imploro á Dios como imploré al rey absoluto, que al fin me escuchó y se ablandó... Tal vez sea una ilusión rezar por Nasaredino, pero ilusión que me consuela.

—Y por el matador, ¿no reza usted?—interrogué cuando nos detuvimos ante el bello pórtico de la catedral.

—¡También debo hacerlo!—exclamó miss Ada después de vacilar un instante.

CUENTOS DE LA PATRIA

———

VENGADORA

———

En aquellos días de angustia y de zozobra, surcados por relámpagos de entusiasmo á los cuales seguía el negro horror de las tinieblas y la fatídica visión del desastre inmenso; en aquellos días que, á pesar de su lenta sucesión, parecían apocalípticos, hube de emprender un viaje á Andalucía, adonde me llamaban asuntos de interés. Al bajarme en una estación para almorzar, oí en el comedor de la fonda, á mis espaldas, gárrulo alboroto. Me volví, y ante una de las mesitas sin mantel en que se sirven desayunos, vi de pie á una mujer á quien insultaban dos ó tres mozalbetes, mientras el camarero, servilleta al hombro, reía á carcajadas. Al punto comprendí; el marcado tipo extranjero de la viajera me lo explicó todo. Y sin darme cuenta de lo que hacía, corrí á situarme al lado de la insultada, y grité resuelto:

—¿Qué tienen ustedes que decir á esta señora? Porque á mí pueden dirigirse.

Dos se retiraron tartamudeando; otro, colérico, me replicó:

—Mejor haría usted, barajas, en defender á su país que á los espías que andan por él sacando dibujos y tomando notas.

Mi actitud, mi semblante, debían de ser imponentes cuando me lancé sobre el que así me increpaba. La indignación duplicó mis fuerzas, y á bofetones le arrollé hasta el extremo del comedor. No me formo idea exacta de lo que sucedió después: recuerdo que nos separaron, que la campana del tren sonó apremiante avisando la salida, que corrí para no quedarme en tierra, y que ya en el andén divisé á la viajera entre un compacto grupo que me pareció hostil; que me entré por él á codazos, que la ofrecí el brazo y la ayudé para que subiese á mi departamento; que ya el tren oscilaba, y que al arrancar con brío escuché dos ó tres silbidos, procedentes del grupo...

Sólo entonces acudió la reflexión; pero no me arrepentí de mis arrestos, y únicamente me pregunté por qué había metido en mi departamento á la viajera, causa del conflicto. ¿Para protegerla mejor quizás?... ¿Quizás para hablar con ella á mis anchas y esclarecer mis dudas, averiguando si, en efecto, era una traidora enemiga? Lo primero que hice fue examinarla despacio, mientras ella se acomodaba y colocaba su raído saquillo en la red. Anglo-sajona, saltaba á la vista: la marca étnica no podía desmentirse. Carecía de belleza: sus facciones sin frescura, sus ojos amarillentos, su cuerpo desgarbado, su talle plano, la quitaban toda gracia, perturbadora. Y para que me sedujese menos, bastó el movimiento que hizo al volverse hacia mí y tenderme virilmente una mano huesuda y rojiza, que estrechó la mía, sacudiéndola. Con voz, eso sí, muy timbrada y dulce, la extranjera pronunció:

—Gracias, señor; mil gracias.

Confuso, disculpé mi rasgo:

—Yo no podía consentir aquella barbaridad. De seguro que usted no es espía, señora; acaso ni es usted americana siquiera. Inglesa, ¿verdad?

—¡Ah! No, señor. Soy, en efecto, yanqui.

Y al notar que me estremecía, añadió alzando el brazo y cogiendo su saquillo:

—Pero no soy espía. Vea mi álbum y mis dibujos.

Hojeé el álbum. Estaba atestado de apuntes arquitectónicos y croquis de tipos pintorescos: una ventana florida, una reja salomónica, un borriquillo, un paleto...

—¿Es usted artista?

—Muy poco... mera afición... Por mi oficio soy tipógrafo. Trabajo... es decir, trabajaba en una imprenta de Boston... Ahora no sé qué haré.

Mi curiosidad se inflamó. Adiviné un misterio, y me prometí aclararlo. La voz de mi protegida tenía tan blandas inflexiones, sus pupilas estaban tan húmedas de gratitud al encontrarse con las mías, que pensé: «Por un momento eres dueño de esta mujer. Aprovecha este instante y sorprende su alma, desdeñando el barro que la envuelve; es más gloriosa siempre una conquista del espíritu.» Con diplomacia suma, murmuré inclinándome:

—No. Temo que crea usted que quiero cobrarme de tan insignificante servicio como el que tuve la suerte de prestarla...

La extranjera calló; pero un tinte rosado, vivo, fluído, se esparció por su marchito rostro, embelleciéndolo... Era un arrebol de alegría, de ilusión, de agradecimiento pasional ante frases de galante respeto que acaso por vez primera resonaban en sus oídos. La vi llevarse la mano al corazón, y, fingiéndome distraído, noté que me miraba de un modo expresivo, afanoso. La voz de plata se elevó conmovida:

—Pues prefiero contarle lo que me pasa, si no le molesta... Tal vez, después de oirme, ya no me tendrá nunca por una espía.

Solícito y demostrando rendimiento me acerqué, no sin arrojar antes el cigarro que acababa de encender en aquel instante.

—No soy espía—declaró ella lentamente—y no puedo serlo, porque detesto el sentimiento patriótico, opuesto á la fraternidad universal. La guerra entre naciones... la repruebo. ¡Los pobres luchando y muriendo... los poderosos recogiendo el honor y el fruto...! Sin embargo, señor... á esa gente que me insultaba, la perdono; comprendo su ceguedad; casi admiro su furia... ¿Qué pensarían, si supiesen...?

Aquí se detuvo, y apoyando uno de sus dedos huesudos sobre los labios, me recomendó discreción acerca de lo que iba á revelar.

—Si supiesen... que vengo trayendo un ramo de oliva al través del Atlántico... á proponer la alianza de los oprimidos y los miserables de allá á los de aquí! Mi conocimiento del español, debido á que pasé años de mi niñez en Méjico, hizo que me escogiesen para esta misión... He explorado el terreno en las comarcas obreras y mineras...

Después de breve pausa, prosiguió:

—Va usted á oir una cosa rara... En España casi he perdido la fe, mi fe... No veo la urgencia de ciertas medidas que allá aplicaremos inmediatamente, antes que crezca el monstruo del militarismo y la fuerza nos subyugue. Aquí no existen esas horribles desigualdades, esas colosales desproporciones entre la suerte de los hombres. Aquí no noto la tiranía del dinero ni la insensatez del gastar y del gozar, basada en la brutalidad ciega del millón de millones. Aquí no hay Cresos que, como nuestro Rockfeller... ¿no sabe usted? el rey del petróleo... ó Astor, el rey de las minas... sudan oro y se burlan de Dios... En nuestro país domina la abominación de la riqueza... se alza el ídolo de metal... y allí, y no aquí, es donde la justicia debe hacer su oficio... ¡Y justicia haremos! ¡Se lo prometo á usted! ¡Y pronto! ¡Ah! ¡España! Yo la adoro... Es muy pobre, muy noble, muy simpática, muy sencilla... ¡Nada contra España! Este será mi consejo, señor... Aquí no he encontrado la miseria negra... No siento impulsos de destruir... ¡y soy tan feliz, tan feliz! ¡Si usted supiese...!

Irradiaban las pupilas de la sectaria, y su pecho liso y sin morbidez anhelaba, palpitaba de entusiasmo. Comprendí el error que había hecho confundir á la fanática de la humanidad con la fanática del patriotismo, á la insatisfecha con la espía. Entretanto el tren avanzaba, tragando estaciones, y caía voluptuosamente la bella tarde de Mayo; olor de hierbas y matas florecidas entraba por la ventanilla abierta, y ya la luna, dibujando sobre el verde fino y el oro amortiguado del cielo su ligera segur de plata, añadía un toque poético á la deliciosa paz de la Naturaleza, indiferente á nuestras agitaciones y nuestras luchas, á los grandes dolores colectivos ó individuales... Mi compañera había enmudecido, y vuelta, contemplaba el paisaje: nos acercábamos al cruce; casi nos deteníamos... Ella se encaró conmigo, y exaltada, en pie ya para bajarse, repitió:

—¡España! ¡Qué hermosa! ¡Vivir aquí... vivir aquí!

En rápido é imprevisto arranque, sentí su cara pegada á la mía, el calor de sus mejillas halagando mi sién... Después empujó la portezuela, y al saltar al andén, siempre muy agarrada á su raído saquillo, todavía me gritó con la solemnidad de misteriosa promesa y el ceño fruncido por sombría amenaza:

—¡Adiós... Vuelvo allá... vuelvo á mi tierra!

EL CATECISMO

———

Hasta las diez duraba la velada de familia, y Angelito regateaba siempre cinco minutos ó un cuarto de hora, refractario á acostarse, como todos los niños en la edad de seis á siete años, cuando empieza á alborear la razón. Mientras Rosario, la madre, cosía sin prisa, levantando de tiempo en tiempo su cabeza bien peinada, su cara sonriente, que la maternidad había redondeado y dulcificado por decirlo así, Carlos, el padre, daba lección al muchacho. «Si había de perder el tiempo en el café...» solía responder como excusándose, cuando los amigos, en la calle, le embromaban, soltándole á quemarropa: «Ya sabemos que te dedicas á maestro de primeras letras...»

La verdad era que Carlos se había acostumbrado á la lección, á la intimidad dulce de las noches pasadas así, entre la mujer enamorada y contenta y el niño precoz, inteligente, deseoso de aprender. Fuera, la lluvia caía tenaz, el viento silbaba, ó la helada endurecía las losas de la calle; dentro, la lámpara alumbraba cariñosa al través de los rancios encajes de la pantalla, la chimenea ardía mansamente, y la atmósfera regalada y tranquila del gabinete se comunicaba á la alcoba contigua, nido de paz y de ternura, tan diferente de las sombrías y hediondas madrigueras donde solían agazaparse los amigotes de Carlos,—los mismos que se creían unos calaverones y se burlaban solapadamente del padre profesor de su hijo.

Aquella noche Angelito estaba rebelde, distraído, desatento á la enseñanza. Al leer se había comido la mitad de las palabras, y obligado á volver atrás y repetir lo saltado, su vocecilla adquirió esos tonos irritados y chillones que delatan la cólera pueril. Al escribir hizo la trompeta con el hociquito, engarrotó el portaplumas, echó más de una docena de calamares en el papel, y por último estrelló la pluma en un movimiento precipitado, y la tinta saltó hasta la blanca labor de la madre, que exhaló un grito de sorpresa y enojo. Carlos miró á su mujer, y meneó la cabeza y se tocó la frente como significando: «No sé qué le pasa hoy á esta criatura.» Y Rosario, levantándose, cogió al rapaz en el regazo y le dirigió las inquietas interrogaciones maternales. «¿Qué tienes, vida? ¿Te duele algo? ¿Es sueño? ¿Es pupa aquí, aquí?» Y le acariciaba las mejillas y las sienes, tentando por si sorprendía el fuego de la calentura. ¡Enferma tan pronto un niño!

No encontrando calor ni ningún síntoma alarmante, Rosario engrosó y endureció la voz.

—Vas á ser bueno... Ya sabes que no me gustan los nenes caprichosos... El pobre papá se pondrá malito si le haces rabiar; después tienes tú que cuidarle á él y que llevarle las medicinas á la cama... Vamos, Angel, á concluir las lecciones; aún te falta por dar el Catecismo...

Angel, sin responder, miraba fijamente á un rincón obscuro del cuarto. La contracción de su carita, la inmovilidad de sus ojos de un azul fluído y transparente, delataban una de esas luchas con ideas superiores á la edad, que devastan y maduran á la vez el tierno cerebro de los niños.

—Mamá—respondió por fin muy despacio, como si hablase en sueños:—¿y el tío Alejandro, no viene nunca?

La madre se estremeció. El recuerdo del hermano que estaba en la guerra con su regimiento la asaltaba también á Rosario muchas veces en medio de su ventura doméstica, y se la envenenaba con el temor de que á la misma hora en que ella descansaba entre limpias sábanas, cerca de unos brazos amantes, pudiese Alejandro yacer cara al sol, con el pecho taladrado y las pupilas vidriadas para siempre.

—¿No viene nunca tío Alejandro, mamá?—repitió el chico con ese acento infantil que anuncia llanto.

—Vendrá si Dios quiere, hijo mío—respondió la madre con rota voz, apretando contra el seno á la criatura.

—¿Cuándo vendrá? Papá, ¿cuándo? ¿Vendrá esta semana, di?

—No sé, querido—exclamó el padre.—A ver, la cartilla. Que es tarde, muñeco.

—¿Pero cuándo? papá. ¿Por qué no lo sabes tú?

—Porque hasta que se acabe la guerra, mi cielo... hasta que se acabe, tío Alejandro no puede venir.

Los ojos de turquesa del niño se obscurecieron á fuerza de concentración y de ímprobo trabajo para entender.

—¿Cómo es la guerra?—exclamó por último.

—Pelear unos contra otros, á ver quién gana.

—¿Los buenos con los malos, papá?

—Sí; los buenos con los malos.

—Tío Alejandro es bueno—declaró Angel.—¿Y cómo pelean?

—Con fusiles, con espadas, con cañones.

El niño batió palmas.

—Me has de llevar, papá. Me has de llevar.

—¡Pobretín!—suspiró Carlos.—La guerra no es para chiquillos.

—¿Es para hombres grandes?

—Sí.

—Y entonces, ¿por qué no estás tú en la guerra? Tú eres grande, grande.

—Porque no soy militar—dijo el padre contrariado, algo mortificado, (como si aquellas palabras no las hubiese articulado una lengua de seis años,) y hablando para convencer.—Tío Alejandro es militar; ya sabes que vino á enseñarte el uniforme. Los militares estudian para eso, para defender á la patria...

—La patria...—repitió el niño, impresionado por el tono enfático y grave con que Carlos pronunció la palabra.—La patria... ¿es aquí?

—Aquí... ¿dónde?

—En nuestra casita.

—No... es decir, sí... Nuestra casa está en la patria, pero la patria es mucho más... son todas las casas que ves en el pueblo y en otros pueblos, ¡tantos, tantos! Y es además la tierra, y los bosques, y las aldeas, y Madrid, y todo...

—¿Y las iglesias también?—murmuró Angel con el tono con que decía sus oraciones al acostarse.

—También.

—¿Y la Virgen? ¿Mamá del cielo?

—También la Virgen; sí, mamá del cielo es la patria.

—¿Y tío Alejandro quiere á la patria?

—Ya ves—interrumpió Rosario sin ocultar la emoción que empañaba sus ojos.—El pobre tío la quiere mucho. Como que se expone á que le den un tiro y á morirse así, de pronto, figúrate tú. Reza, hijo mío, reza, para que no maten al tío.

El niño calló, reflexionando laboriosa, casi dolorosamente.

—¿Y los que no van á la guerra no mueren nunca?—preguntó al fin, siguiendo el hilo de su temprana lógica.

—También mueren.

—Entonces quiero ir á la guerra cuando sea grande—declaró con energía el pequeñuelo.—Y quiero que tú vayas, papá. Al fin hemos de morir, ¿no? Pues morir por eso... por eso... Por mamá del cielo, ¡por la patria!

Un silencio siguió á las palabras del niño. Los padres se miraban, mudos, penetrados de un respeto extraño, como si la voz del inocente viniese de otras regiones, de más arriba. Y al cabo de unos instantes, Carlos dijo á su mujer:

—Acuéstale. Son las diez largas.

—¿Y la lección del Catecismo?

—Hoy ya la ha dado—respondió el padre, besando á Angel con ardor sobre el nacimiento de la rubia melena.

EL CABALLO BLANCO

———

Allá en el primer cielo, en deleitoso jardín, Santiago Apóstol, reclinando en la diestra la cabeza leonina, de rizosa crencha color del acero de una armadura de combate, meditaba. Mostrábase punto menos caviloso y ensimismado que cuando, después de bregar todo el día en su oficio de pescador en el mar de Tiberiades, vió que ni un solo pez había caído en sus redes; sólo que entonces el consuelo se le apareció con la llegada del Mesías y la pesca milagrosa. Ahora—aunque en tiempos de pesca estamos—el hijo del Zebedeo, mirando hacia todas partes, no adivinaba por dónde vendría la salvación, siquier milagrosa, de los que amaba mucho.

Frente al Patrono, en mitad del campo, se elevaba un árbol gigantesco, de tronco añoso, rugoso, de intrincado ramaje, pero casi despojado de hoja, y la que le quedaba, amarillenta y mustia. Infundía respeto, no obstante su decaimiento, aquel coloso vegetal; á pesar de que no pocos de sus robustos brazos aparecían tronchados y desgajados, conservaba majestuoso porte; su traza secular le hacía venerable; convidaba su aspecto á reflexionar sobre lo deleznable de las grandezas. De las ramas del árbol colgaban innúmeros trofeos marciales. Petos, golas, cascos, grebas y guanteletes, con heróicas abolladuras y roturas causadas por el hendiente ó el tajo, espadas flamígeras sin punta y lanzas astilladas y hechas añicos; rodelas con arrogantes empresas; albos mantos que blasona la cruz bermeja, trazada al parecer con la caliente sangre de una herida; yataganes cogidos á los moros; turbantes arrancados en unión con la cabeza; banderas gallardas con agujeros abiertos por la mosquetería; el alquicel de Boabdil y la diadema pintorescamente emplumada de Moctezuma... Al pie del árbol, sujeto á él con fuerte cadena de hierro, se veía un sér hermosísimo, un corcel de batalla luminoso á fuerza de blancura: el Pegaso cristiano, aquel ideal bridón que galopaba al través de las nubes y descendía á traernos la victoria.

Los ojos del Apóstol se fijaron en el caballo, cual si no le hubiese contemplado nunca. Notó la lumínica blancura del pelo, la fluída ligereza y ondulación delicada de las crines, el fuego de las pupilas, el aliento ardiente que despedían las fosas nasales, la delgadez de los remos, finos cual tobillo de mujer, la especie de electricidad que desprendía el cuerpo del generoso animal celeste. Con sólo advertir que le miraba su jinete de antaño, el caballo se estremeció, empinó las orejas, respiró el aire, hirió la tierra con el reluciente casco y pareció decir en lenguaje de signos: «¿Cuándo llega la hora? ¿Vamos á estar siempre así? ¿Por qué no me desatas? ¿Por qué no cruzamos otra vez entre lampos y chispas el firmamento rojo, el aire encendido de las campales batallas?»

Levantóse el Apóstol guerrero y fué á halagar con las manos el lomo de su cabalgadura. Quería consolarla, quería calmar su impaciencia y no sabía cómo, pues él, glorioso veterano, también soñaba incesantemente renovar las proezas de otros días. Sin duda para acrecentarle el ansia y avivarle el recuerdo, aparecióse por allí un alma acabada de ingresar en el Paraíso, pues daba claras señales de no conocer los caminos, de hallarse como desorientada é incierta. Era el recién llegado de mediana estatura, moreno, avellanado y enjuto; rodeaban su tronco retazos de tela amarilla y roja, que apresuradamente igualaba en matiz la sangre fluyendo de varias mortales heridas. Santiago corrió hacia aquel valiente con los brazos abiertos, y el español, al ver ante sí al Apóstol de la patria, cayó de rodillas y le besó los pies con infinita ternura.

Bonaerges, hijo del trueno—murmuraba devotamente el español,—¿por qué nos has abandonado? En nuestro infortunio, confiábamos en ti. Esperábamos que hicieses vibrar sobre nuestros enemigos el rayo ó llovieses sobre ellos fuego celeste, como el que quisiste lanzar contra aquellos samaritanos que cerraban las puertas de su ciudad á Jesús. Mira, Santiago, adónde hemos llegado ya. Te lo diré con palabras de la Epístola que se lee el día de tu fiesta; hemos sido hechos espectáculo para las naciones, los ángeles y los hombres. Hemos venido á ser lo último del mundo. Y todo por faltarnos tú, Apóstol de los combates. Desata tu corcel, guíale al través del aire, ponte á nuestra cabeza. El caballo blanco olfatea la lid. ¿No oyes cómo relincha, deseoso de arrancar al grito de cierra España? Desciende, te esperan allá. Te aguarda la tierra que por ti se creyó invencible. El bridón quiere romper la cadena. ¡Santiago! ¡Buen Santiago! ¡Señor Santiago!

Al oir tan apremiantes súplicas, el Apóstol se conmovía más. ¡Soltar el corcel blanco, salir al galope, esgrimir otra vez el acero llameante! ¡Hacía tanto tiempo que lo anhelaba! No por su gusto permanecía en la inacción, con la montura amarrada al árbol y las armas colgadas del ramaje... Y alzando y consolando al español y apretándole contra su pecho, Santiago empezó á vendarle las heridas cruentas; hecho lo cual, llegóse al tronco y desató al blanco bridón, que, loco de júbilo al verse libre, al suponer que remanecían las aventuras de otros tiempos, agitó la cabeza, hizo flotar la crin, corbeteó gallardamente, y batiendo el polvo con sus bruñidos cascos, alzó una nubecilla de oro. Por su parte, el Patrón descolgaba la cota de malla y se la vestía, calábase el ancho sombrerón orlado de acanaladas conchas, afianzaba en los hombros el manto, embrazaba el escudo y ceñía el tahalí y la espada terrible. Entretanto, el español echaba al caballo la silla recamada de oro y le ponía el freno y el pretal incrustado de cabujones de pedrería. Y cuando ya el Apóstol trataba de afianzar el pie en el estribo de plata para saltar, he aquí que aparece, saliendo del vecino bosque, otro español, vestido de paño pardo, calzado con groseras abarcas, haciendo señas para que se detuviese el Apóstol. Este aguardó: en el villano de tez curtida y de rústico atavío, acababa de reconocer á San Isidro, pobrecillo jornalero laborioso, que en su vida montó más que jumentos cargados de trigo, porque los llevaba á la molienda.

—¡Orden del Señor!—voceaba el labriego descompasadamente.—¡Orden del Señor! Ese caballo nos hace falta para uncirlo al arado y que ayude á destripar terrones. Y ese español que está ahí, que venga á llevar la yunta. Bien sabes, Bonaerges, lo que dijo el Señor en ocasión memorable, cuando tu madre le pidió para ti y tu hermano el puesto más alto en el cielo: los que quieran ser mayores beban primero su cáliz. Paisano mío, á arar con paciencia y sin perder minuto...