El Redentor ha huído de la playa: sus ojos están nublados, su alma triste hasta la muerte, según estaba cuando sudó sangre en Getsemaní. Y su corazón, abrasado de caridad como nunca, insaciable en amar á los hombres, siente las espinas de la corona que se le clavan, agudas é invisibles. ¡Para esta raza había nacido en el establo y había muerto en la cruz!—Entrando en una de las cabañas que los pescadores dejaron desiertas al salir á su horrible pesca de náufragos, divisa, en un rincón, cerca del fuego, un niño arrodillado. Al verse tan solo, el rapaz ha tenido miedo; se ha acercado al hogar buscando abrigo, y reza buscando amparo y protección. Jesús le coge en brazos, le besa, le acuesta, le pone la mano en los ojos y le deja tranquilamente dormido, soñando con los ángeles. Y al ascender otra vez al cielo, se lleva Jesús en el hueco de la mano cuatro perlas: las lágrimas de una madre que buscaba á su hijo en el campo de batalla; el abrazo de un hombre que pide le sea perdonado un agravio; la sonrisa de una doncella, y la oración de un inocente.

 

 

EL BELÉN

———

De vuelta á su casa, ya anochecido, D. Julio Revenga—sentado en el tranvía del barrio de Salamanca, metidas las manos en los bolsillos del abrigado gabán con cuello y maniquetas de pieles—rumiaba pensamientos ingratos. Su situación era comprometida y grave, doblemente grave para un hombre leal y franco por naturaleza, y obligado por las circunstancias á engañar y á mentir. ¡Qué cara pagaba una hora de extravío! La tranquilidad de su conciencia, la paz de su casa, la seriedad de su conducta, todo al agua por algunos instantes en que no supo precaverse de una tentación.

Mientras el cobrador iba cantando las estaciones del trayecto y el coche despoblándose, Revenga daba vueltas á la historia de su yerro. ¿Cómo había sido? ¿Cómo había podido suceder? Como suceden esas cosas: tontamente. Si no es la quiebra de su amigo y paisano Costavilla, no tendría ocasión de ponerse en frecuente contacto con la hermana, aquella Anita Dolores—mujer ya espigada en los treinta años, y más desenvuelta que candorosa.—Ante la desgracia de la quiebra, Costavilla perdió la energía y la esperanza; pero Anita Dolores, en cambio, se reveló llena de aptitudes comerciales, dispuesta, activa, resuelta á salvar la casa de cualquier modo. Para sus gestiones se asesoraba con Revenga, le pedía auxilio, préstamos, celebraban conferencias que duraban horas. Al manejar los papeles, al calcular probabilidades de liquidación, establecíase entre los dos una intimidad chancera, que se convertía de repente, por parte de Anita, en afición inequívoca. Al sospechar Revenga lo que iba á sobrevenir, ya estaba interesado su amor propio, encendida su imaginación. Sin embargo, la fiebre duró poco: el esposo leal, el hombre honrado é íntegro se dió cuenta de que era preciso cortar de raíz lo que no tenía finalidad ni excusa. Sacrificó de buen grado algunos miles de duros para sacar á flote á Costavilla, y se apartó de Anita Dolores con propósito de no verla más.

No contaba con las fatalidades de la naturaleza. Ocultamente, en apartado rincón de provincia, Anita Dolores dió al mundo una criatura. Fue el castigo providencial, no sólo para ella, sino para Revenga, que no había tenido prole de su matrimonio, ni esperanzas. Y al rodar del tranvía que apresuraba su marcha, al vacilar de la luz de la linterna que se proyectaba sobre los vidrios nublados por el hielo del aire exterior, Revenga quería dominar una tristeza inconsolable, una amargura que le inundaba como ola de hiel.—Nunca vería á su niña; nunca la estrecharía, nunca la tendría sobre las rodillas ni la besaría riendo... Anita Dolores, vengativa y tenaz, la había escondido, la había hecho desaparecer. ¿Desaparecer?... ¡A cuántas conjeturas se presta este verbo!

¿Qué era de la niña?... A aquella hora, cuando Revenga penetrase en su morada lujosa, en su comedor que la electricidad alumbraba espléndidamente y la leña de encina calentaba, intensa y crujidora; cuando la intimidad del hogar le sonriese, y las golosinas de Nochebuena lisonjeasen su apetito, ¿dónde estaría la abandonada? ¿En qué casucha de aldeanos, en qué glacial dormitorio del Hospicio? ¿Vivía siquiera? ¿Valía más que viviese?

Estremeciéndose de frío moral, Revenga subió el cuello del gabán y caló el sombrero. Desolación inmensa caía sobre su alma. Precisamente acababa de saber en casa de unos amigos de Costavilla, donde solía preguntar disimuladamente por Anita Dolores, noticias alarmantes. ¡Anita Dolores se casaba! El nuevo socio de Costavilla, mozo emprendedor y dispuesto, era el novio. No mortificaban los celos á Revenga; no le quitaban el sueño memorias de lo pasado... Pensaba en la suerte de su niña, y aquella boda obscurecía más aún el misterio de su destino. ¡Ah! ¡Pues si creían que iba á quedarse así, con los brazos cruzados y mucha flema británica! ¡Desde el día siguiente—desde temprano—que Anita Dolores se preparase! ¡Allí iría, á reclamar la chiquilla, á escandalizar si era preciso! El escándalo repugnaba á su carácter; el escándalo podía herir de muerte á Isabel, á su mujer, enterándola de lo que debía ignorar siempre... No importa, escandalizaría, ¡voto á sanes! Cantaría claro; desbarataría la boda; pondría en movimiento á la policía, si era preciso... pero le darían su pequeña, y la entregaría á personas que la cuidasen bien, y la educaría y haría que de nada careciese..., y sobre todo, la vería, la besuquearía, la llevaría juguetes en la Navidad próxima... Con firme determinación cerró los puños y apretó los dientes. ¡Amanece, día de mañana!

Entretanto Isabel, la esposa de Revenga, acababa de adornarse en su tocador. La doncella abrochaba la falda de seda rameada azul obscuro, y prendía con alfileres la pañoleta de encaje, sujeta al pecho por una cruz de brillantes y zafiros—el último obsequio de Revenga, traído de París.—Con inocente coquetería se alisaba el pelo ondulado y se miraba en el espejo de tres lunas, cerciorándose de que las señales de las lágrimas se habían borrado del todo, después del lavatorio con colonia y el ligero barniz de velutina. ¡El llanto no tenía para qué notarse!

Ya vestida y engalanada, pasó á un cuartito contiguo á la alcoba, donde solía guardar baúles, pero que ahora presentaba aspecto bien distinto del de costumbre. Tapizaban las paredes ricas colchas y cortinas de raso y damasco; corría por el techo un cordón de focos eléctricos, y cubría el piso blando tapiz. En el testero, como á una vara de altura, se levantaba un tabladillo, y sobre él un Nacimiento, el Belén clásico español, con su musgo en las praderías, sus pedazos de vidrio y de hojalata imitando lagos y riachuelos, sus selvas de rama de romero, sus torres puntiagudas de cartón, sus pastorcicos de barro, sus dromedarios amarillos y sus Magos con manto de bermellón, muy parecidos á reyes de baraja. Dos diminutos surtidores caían con rumor argentino, bañando las plantas enanas en que se emboscaba el Portal. Isabel se detuvo á contemplar los hilitos del agua, á escuchar el musical ritmo, y recordó sus propias lágrimas, y sintió nuevamente preñados de ellas los ojos y rebosante el corazón... La injusticia, la maldad, la mentira, lastimaban á Isabel más aún que la ofensa. ¿Por qué la engañaban, á ella que era incapaz de engañar, enemiga de la falsedad y el embuste? ¿Cabía salir de casa despidiéndose con una sonrisa y una caricia, para ir á pasar horas en compañía de otra mujer? Los surtidores goteaban, gimiendo bajito, é Isabel también gimió; el son del agua que cae se adapta á la alegría lo mismo que á la pena; para unos es concierto divino, para otros queja desgarradora. Quejábase el alma de Isabel, pidiendo cuentas, exponiendo agravios, alegando derecho y razón. ¿No había ella cumplido sus promesas, lo jurado al pie de aquel altar, pedestal y morada de su Dios? ¿No había sido siempre fiel, dulce, enamorada, dócil, casta, buena en fin? ¿Por qué su compañero, su socio en la familia, rompía secretamente el pacto?

La mirada de la esposa de Revenga se fijó, nublada y húmeda, en el Belén, y la luz de la estrellita, colgada sobre el humilde Portal, la atrajo hacia el grupo que formaban el Niño y su Madre. Isabel lo contempló despacio, y un cuchillo agudo de dolor se le hundió en el pecho. «No pidas cuentas..., parecía decir la voz del grupo. No te quejes... Tú no has dado á tu esposo sino la mitad del hogar; tú no le has dado el Niño...» La esposa permaneció un cuarto de hora sin ver el Nacimiento, viendo sólo, en las tinieblas interiores de sus penas, lo que cada cual, durante ciertos supremos instantes que deciden del porvenir, ve con cruel lucidez: lo fallido de su existencia, el resquicio por donde la desgracia hubo de entrar fatalmente... Suspiró muy hondo, como para echar fuera toda la pesadumbre, y poco á poco se apaciguó; su condición era resignarse, aceptar lo dulce, rechazando mansa y tenazmente lo amargo. «El Niño Dios me está diciendo que hice bien, muy bien...» La sonrisa volvió á sus labios, aunque sus ojos estaban anegados en un llanto que no corría. En aquel mismo instante se oyeron pisadas fuertes en el pasillo, y apareció Julio Revenga.

—¿Qué es esto?—preguntó con festiva extrañeza á su mujer.—¿Has hecho un Nacimiento para divertirte?

—Para divertirme yo, no—respondió expresivamente Isabel, ya serena del todo.—Tengo los huesos durillos para divertirme con Belenes... Es... ¡para divertir á una criatura!...

—¡A una criatura!—repitió maquinalmente el esposo.—¡No será nuestra esa criatura!—añadió de un modo irreflexivo, que tal vez respondía á sus íntimas preocupaciones.

—¡Qué sabes tú!—murmuró Isabel con calma.

Debió de palidecer Revenga. Bajó la cabeza, desvió el rostro. Tales palabras despertaban eco extraño en su espíritu. ¡Cómo había pronunciado Isabel la sencilla frase!

—No entiendo...—tartamudeó el infiel, con raros presentimientos y peregrinas sospechas.

—Ahora entenderás...—¿No tienes hijos, Julio?—interrogó ella derramando dulzura y compasión, y, por extraña mezcla, despecho involuntario.

Él no contestó. Medio arrodillado, medio doblegado, cayó sobre la banqueta de terciopelo frente al Belén. El mundo se le venía encima: ¡lo que adivinaba era tan grande, tan increíble! Quería pedir perdón, disculparse, explicar..., pero la garganta se resistía. Isabel, llegándose á su marido, le echó al cuello los brazos, sofocada de indignación, pero magnífica de generosidad.

—No se hable más del caso... Tranquilízate... Así como así, estábamos muy solos, muy aburridos á veces en esta casa tan grandona. Yo tenía muchas, muchas ganas de un chiquillo, ¿sabes? No te lo decía por no afligirte. Hace catorce años que nos hemos casado, de manera que ya las esperanzas... ¡Qué se le ha de hacer! No es uno quien dispone estas cosas... Vamos, no te pongas así, Julio, hijo mío... Alégrate. ¡Hoy nos ha nacido una pequeña!...

Revenga, en silencio, besó las manos, besó á bulto la cara y el traje de su mujer. Temblaba, más de vergüenza y de remordimiento—es justo decirlo—que de gozo. Sus labios se abrieron por fin, y fue para repetir desatentadamente:

—¿Cómo has sabido...? Mira, yo no veo á esa mujer..., te juro que no, que no la veo... Te juro que no me importa, que la detesto, que...

—Estoy bien informada—contestó Isabel un tanto desdeñosa, apacible.—Me consta que no la ves ni la oyes. Su venganza, su desquite por tu abandono, fue enterarme de todo..., y por fin de fiesta, enviarme la niña... Y ya que me la envía... ¡caramba!, no la he soltado, ¿sabes? Está en mi poder... La reconoceremos, arreglaremos lo legal. Que no le quede á esa ningún derecho...

Al aflojarse el nuevo abrazo de los esposos, Revenga imploró:

—¡Tráemela!... No la conozco todavía...

PAGINA SUELTA

———

El destacamento había marchado toda la mañana, y después de un breve alto, fue preciso seguir la caminata emprendida para acampar, ya anochecido, como Dios dispusiese, en la linde del bosque. La lluvia (rara en aquel clima durante el mes de Diciembre) no había cesado de caer en hilos oblícuos, apretados y gruesos. Sorprendidos por el capricho de las nubes, desprovistos de mantas y capotes, soldados y oficiales se resignaron, ó mejor dicho, se chancearon con el agua; y era preciso todo el azogue de la juventud, todo el ánimo del soldado, todo el estoicismo del carácter peninsular, para no darse al mismo demonio al sentirse empapados como esponjas. Hacía calor, y el chorreo del agua no parecía sino que aumentaba la densidad de la temperatura pegajosa, sofocante, y con la marcha, irresistible. ¡Sudar el quilo y mojarse á un tiempo, caramba! Y no había otro remedio que seguir andando, á socorrer al pueblecillo cercado por los insurrectos, donde hacían desesperada y heroica defensa los moradores, capitaneados por el párroco, un fraile dominico muy terne... La idea de salvar á españoles y españolas de la muerte y de los ultrajes, alentaba al destacamento y le ponía alas en los pies, aunque el barro, que subía hasta las rodillas, se los calzase de plomo.

Por necesidad, porque no se veía, y también porque las fuerzas humanas tienen un límite, se detuvieron á la entrada de la selva. Casi en el mismo instante cesó el aguacero, cual si algún tifón lo hubiese barrido, y apareció un trozo de cielo limpio de nubes. A buen presagio lo tuvieron los españoles, que se dispusieron á acampar al pie de un copudo y añoso tamarindo, cuyos frutos, de ácida pulpa, sabían que son seguro remedio contra el cansancio y la fiebre. La luna, que filtraba ondas de luz gris perla al través del espeso ramaje enredado de lianas y tupido por los helechos colosales, fue acogida como una amiga; á su claridad añadieron la llama de una hoguera que no quería arder, y soldados y oficiales medio se secaron, abanicándose con hojas de cocotero, porque aquel calor húmedo asfixiaba.

Colocados ya los centinelas, los soldados buscaron en el sueño, ó más bien en un inquieto y pesado letargo, el descanso indispensable después de tan fatigosa jornada; pero el capitán, alto, moreno, enjuto, apoyado en el tronco del tamarindo, y el teniente, muy joven, aniñado, de dulce cara femenil, se quedaron un instante en pie, abiertos los ojos, como si interrogasen á la noche.

—Pepe—dijo de pronto el capitán,—¿sabes que me da el corazón que cuando lleguemos se habrán rendido? Por mi gusto... ¡ahora mismo los hago levantar á todos y monto á caballo, y seguimos, hombre, seguimos para adelante!

—La tropa está que no puede con su alma—objetó el teniente, que se caía de sueño.—Dicen que tienen los pies como carbones ardiendo y los huesos calados...

—¡Bah! en cuanto dormiten un cuarto de hora, los azuzo y se enderezan frescos como lechugas... ¡Si conoceré yo á mi gente! Son de hierro... forjados en Eibar.

—¿Pero de dónde sacas tú que allá se han rendido? Hay armas, municiones, y por sabido se calla, corazón; la iglesia y su torre son fuertes; hay una buena empalizada de bambú y otra de tapial; con menos que eso se resiste á un ejército; y los que quieren entrar en Arringuay son cuatro gatos...

—Tienes razón—declaró el capitán,—menos en lo de los cuatro gatos, porque son centenares y no sé si millares de gatos los que están allí; ¿pero sabes lo que más me desespera de esta parada? ¿Tú no te acuerdas de la noche que es hoy? Como van ocho días que no sosegamos, como aquí hace verano cuando allá invierno... qué, ¿no sabes que es...?

—¡Nochebuena!—exclamó con acento penetrado el teniente, cuyos ojos garzos se velaron de nostalgia.—¡Nochebuena! ¡Y yo que no me acordaba, chico! ¡Nochebuena! ¡Ay, quién comiese hoy la sopita de almendra y la compota rajada de canela, en casa de tía Dolores! ¡Con las primillas, al lado de Fanny! ¡Está uno tan harto de ver caras amarillas y juanetudas! ¡Olé las mujeres de nuestra España!

—España es también aquí—respondió seriamente el capitán.—¡Lo que es el mundo! Tú te acuerdas de las muchachas... y yo de mi nene, que ha nacido hace tres meses... No le conozco aún.

—¡Nochebuena!—repitió el teniente de la cara afeminada.—Mira tú; ello será tontería ó chifladura... pero me acaba de dar por el alma no sé qué cosa rara, chico, y me pasa como á ti... que me gustaría hacer algo gordo esta noche.

—¡Para escribirlo allá!

—¡No, que sería para contárselo al emperador de la China!

Las manos de los amigos se buscaron y se estrecharon enérgicamente; la hoguera, casi extinguida por la humedad del suelo, lanzó un reflejo rojo sobre el semblante de los dos oficiales; y el teniente, despabilado, electrizado, dijo en voz opaca y ardiente como un ruego:

—¡A despertarlos, chico, á despertarlos! Tres ó cuatro leguas que faltan se andan pronto... El guía me ha dicho á mí que sabe un atajo...

Quince minutos después, ni uno más, ni uno menos, el destacamento caminaba otra vez, mejor dicho, se arrastraba penosamente, cortando con hachas las espesas lianas y los bejucales, hundiéndose en charcos donde la amarillenta sanguijuela les adhería á las piernas su ventosa, y oyendo deslizarse en la maleza la iguana y la venenosa serpiente palay. Cubierta otra vez la luna por nubarrones, la obscuridad era casi total, y la tropa avanzaba á tientas, riendo y renegando, pero sin quejarse, sin echar de menos el interrumpido reposo. El que tropezaba en un tronco de árbol y daba de bruces, juraba y se incorporaba, sin pensar siquiera en enterarse del daño recibido. ¡Sí, para mimitos estaba el tiempo! ¡Cuando tal vez ardía Arringuay y destripaban á sus moradores los condenados rebeldes! ¡A menear las patas! Y una calentura de voluntad, de deseo, de abnegación, impulsaba los cuerpos exhaustos, despejaba las cabezas cargadas de modorra, y prestaba fuerzas á los más endebles, á los que menos podían consigo... Iban como se va en una pesadilla.

Media noche era por filo cuando avistaron al enemigo. Para decir verdad, lo que avistaron fue un caserío envuelto en llamas, un grupo de chozas de donde salían clamores: el capitán había adivinado: Arringuay se encontraba ya en poder de los asaltantes. Parapetados en la iglesia resistían aún algunos hombres, mandados por el párroco fraile; hacia la plaza sonaban disparos; el pueblo, inerme ya, encontrábase entregado al saqueo y á la matanza. Los españoles se precipitaron en él, y se luchó confusamente entre las sombras ó á la luz del incendio, pisando muertos lívidos, acribillados de heridas, vivos palpitantes aún, agarrándose con los bandidos y cruzando con sus raras armas de salvajes, sus campilanes y sus krises ondeados como sierpes, las leales espadas y las limpias bayonetas. La pelea, sin embargo, duró poco; la horda, con exclamaciones nasales, con atiplados chillidos, que delataban á la vez el despecho, la ferocidad y la cautela, se comunicó la orden de retirada, y dejando en la plaza y en las calles otra nueva hornada de cadáveres—porque la tropa, cansada y todo, pegaba duro,—huyeron á la desbandada los rebeldes, y los defensores de Arringuay, llorando de gozo, bajaron de la torre, en cuyos escombros pensaron envolverse. El fraile, empuñando todavía su Remington, corrió al encuentro del capitán, y aquellos dos hombres que no se conocían, que no se habían visto nunca, pero que eran, en el momento de encontrarse, una misma idea habitando dos cuerpos diferentes, se abrazaron con esa efusión larga, ardorosa, con que sólo se abrazan los que se quieren mucho...

La tropa, reanimada ya, ni pensaba en comer ni en dormir. Iban de casa en casa ayudando á apagar el incendio. Y el fraile y el capitán, comprendiendo que no era hora de entregarse á desahogos, se pusieron de acuerdo en breves palabras, empezaron á dar órdenes y á ejecutarlas en persona. Los moradores, como el rebaño después de la acometida del lobo, juntáronse en la plaza: la madre buscaba al hijo, el hermano al hermano; se llamaban, se contaban; algunos sacaban á cuestas á los heridos. Un sargento trajo en brazos á un niño de pecho; acababa de encontrarlo en una casuca que empezaba á arder, y donde sólo había una mujer muerta, nadando en un charco de sangre. Era la criatura un muñeco amarillo, que se descuajaba llorando; pero al capitán la vista del muñeco le avivó deseos y afanes, con más viveza en aquella noche, en que especialmente son sagrados los pequeñuelos; inclinóse y besó tiernamente al huérfano, y el teniente, con bonita sonrisa juvenil, le alzó entre sus manos y le enseñó á la multitud, diciendo humorísticamente:

—¡Miren qué Niño Dios nos cae hoy!

—Es bien feo el condenado, mi teniente—declaró el sargento.

—¡No tenemos otro...!

Y el niño, de raza malaya, fue festejado y compadecido, y chillado, hasta que le tomó de su cuenta una china que le acercó á su seno oblongo, y á la cual el capitán deslizó en la mano todo el dinero que llevaba.

 

 

DOS CENAS

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—Hoy es un día muy señalado y una noche en que no se debe cenar solo—dijo Rosálbez el banquero á su amigo el joven conde de Planelles, á quien encontró casualmente en su misma calle, casi frente al suntuoso palacio. Usted es soltero, no tendrá quizá comprometida la cena... Si quiere hacernos el obsequio de aceptar... á las ocho en punto... Yo apenas cenaré, me siento malucho del estómago; usted despachará mi parte...

—Mil gracias y aceptado—respondió cordialmente el conde.—Pensaba cenar con unos cuantos en el Nuevo Club. Les aviso y en paz... Aunque casi no era necesario avisarles: al no verme allí...

—¡Perfectamente! Hasta luego—murmuró Rosálbez saltando á su berlinita que le aguardaba, para llevarle, como todos los días, á una plazuela, y de allí á pie á cierta casa, hasta la cual no le convenía que llegase el coche. Era el secreto de Polichinela, como dicen nuestros vecinos los franceses; nadie ignoraba en Madrid que Rosálbez protegía á aquella rasgada moza, Lucía la Cordobesa, de tanta gracia y garabato, y que el entretenimiento le salía carísimo—el que lo tiene lo gasta.

Ha de saberse que Rosálbez el opulento había llegado á los cincuenta y seis años y empezaba á cambiar sensiblemente de genio y de gusto. En otro tiempo no necesitaba la nota afectuosa en sus relaciones con mujeres: sólo exigía que le divirtiesen un instante. Ahora, sin duda, el desgaste físico de la edad reblandecía sus entrañas, y lo que buscaba era agrado tranquilo, el halago suave de un mimo filial. Su hija verdadera, Fanny, le demostraba un respeto helado, una obediencia pasiva y mecánica, y Rosálbez aspiraba á encontrar en la Cordobesa espontaneidad, calor amoroso, algo distinto, algo que removiese cenizas y alzase suaves llamas. Con esta esperanza y este deseo, llamaba á su puerta el día de Navidad.

Lucía estaba en su tocador. Vestía una bata de franela rosa. La doncella, que le recogía con ancho peine la magnífica mata de pelo ondulado, de un negro de azabache, al ver entrar al protector retiróse discretamente.

La Cordobesa sonrió; Rosálbez la tomó una mano, y acariciando con reiterados pases la piel de raso moreno y los torneados dedos, la interpeló así:

—¿Conque cenamos juntos esta noche, nena? ¿Conque tú misma irás á la cocina y dirigirás la sopa de almendra y la compotita con rajas, al uso de tu país?

Lucía entornó un instante los párpados pesados y sedosos, y su boca pálida, en la cual refulgían los dientes como trozos de cuajado vidrio frío y blanco, hizo un gesto de mal humor.

—¡Ay, hijo! ¡Pero qué caprichos gastas, vaya por San Rafaé! ¿Te lo he de decir cantando ó resando? Ya sabes que está en Madrid mi prima la de Écija, y quiere que la acompañe á la misa el Gallo, á media noche. Si te conformas con cenar á las ocho y largarte á las once en punto..., santo y bueno; después... tengo compromiso.

Rosálbez se soliviantó; se inyectó de sangre su cráneo calvo.

—¡Compromiso! ¡Me gusta! ¿Y qué compromiso es más que yo para ti? A las ocho se cena en mi casa; tal noche como hoy no he de dejar á mi hija sola, y menos teniendo convidados.

—¡Hola! ¡Convidados! ¿Quién?

—Gente que no conoces. Los Ruidencinas, Mario Lirio, el conde de Planelles...

Lucía se echó á reir. Su carcajada era vulgar (nada como el eco de la risa delata la extracción, la educación y la calidad del alma).

—¿De qué te ríes?—exclamó el banquero impaciente.

—De ti—respondió ella con cinismo.—¡Mira tú que empeñate en que no conozco á esos! Conozco yo á to el mundo.

—Aquella risa insolente y mofadora, que continuaba, le hacía daño á Rosálbez. Hubiese pagado á buen precio una luz de melancolía en los grandes ojos árabes de la Cordobesa, un aire de mansedumbre en su morena faz.

—¿Me das de cenar ó no?—insistió secamente, sintiendo en las manos como unas cosquillas, impulso de tratar con brutalidad á la reidora.

—A las dose... ni que te lo imagines, criatura,—declaró ella con la misma desdeñosa inflexibilidad.

—Bien, hija—exclamó Rosálbez con laconismo, levantándose y encaminándose hacia la puerta.

A medio pasillo sintió detrás de sí las pisadas y la voz de Lucía, que le llamaba bromeando; pero en vez de volverse, apretó el paso, tiró vivamente del resbalón de la puerta y bajó las escaleras á escape. Al verse en la plazuela, recordó que había despedido su coche, y echó á andar á pie, para calmar su agitación nerviosa. Claridad repentina alumbraba su mente; comprendía lo que estaba sucediendo. Era, sin ambajes, que se encontraba enamorado de Lucía, de la Cordobesa agitanada é indómita. Hasta entonces la había mirado como un mueble ó un objeto de lujo: indiferencia absoluta. Pero la crisis de su madurez, ablandándole el corazón, hacía germinar en él un sentimiento desconocido. Al acercarse la noche inmortal, consagrada al amor puro, en que se desea reclinar la frente sobre el pecho de un sér amado, Rosálbez soñaba que ese pecho sería el de la Cordobesa, y las proporciones de su pena ante el desengaño le daban la medida exacta de su ilusión.

—¡Después de lo que hice por ella!—pensaba el banquero.—La he sacado de la abyección y de la miseria; me debe hasta el aire que respira. La he tratado mejor que á nadie; la he rodeado de bienestar y de lujo; la he guardado incluso consideraciones... La quiero, la idolatro... ¡Ingrata!

La idea de la ingratitud de Lucía causó á Rosálbez una especie de enternecimiento: sintió lástima de sí mismo; se tuvo por muy desventurado. A aquella hora de su vida, ante la vejez amenazadora, con la caja bien repleta y el alma completamente árida y obscura, Rosálbez lo que echaba de menos, para tapar el negro agujero, era cariño. Su mujer fue una dura vascongada, una rígida ama de llaves, una secatona administradora, que no pensaba sino en cooperar dentro de casa, por medio de una economía estricta, á las brillantes especulaciones del marido. Cuando murió, Rosálbez notó su falta en que le robaron los cocineros y subió bastante el gasto diario. Y Fanny, la única hija, algo inclinada á la devoción, seria y callada por naturaleza, tampoco tenía para su padre halagos. Hasta se diría que le miraba como á un amo que manda, un superior, con quien no existe comunicación afectiva. Actualmente, la absorbían del todo sus amoríos con el conde de Planelles, no formalizados aún, Rosálbez lo sabía; y en el súbito acceso de bondad que le había acometido, en el deseo de ver algún rostro que le sonriese, al volver á casa se apresuró á entrar en el saloncito de Fanny y darle la noticia de que estaba invitado Planelles á cenar. Equivalía á decir: «Autorizo tus relaciones; ya tienes oficialmente novio.»

Fanny, al recibir la nueva, se puso roja como una cereza, tembló, pero sólo respondió:

—Está bien...

Rosálbez fantaseaba otra cosa; que le saltasen al cuello, que le abrazasen estrechamente. Acababa de traslucir una solución para su vida: unirse á su hija, crearse un hogar en el suyo, adorar y mimar á los nietos que enviase Dios. Ya veía una larga serie de Navidades futuras, de gozosas cenas de familia, con Arbol cargado de juguetes, con sorpresitas retozonas y babosas del abuelo. Creía sentir sobre sus rodillas el peso del «mayorcito» y en las barbas la sobadura de las manos tibias de «la pequeña». ¡Ah, sí; aquello era lo bueno, lo honrado, lo digno, lo que debía hacerse! Y conmovido, se acercó á Fanny y besó su frente marmórea, bebiendo ansioso la nitidez virginal de la fresca piel.

Espléndida fue la cena, servida á las ocho en punto. En nada se pareció á la que pretendía Rosálbez organizar en casa de la Cordobesa: ni hubo sopa de almendra, ni besugo con ruedas de limón, ni compotita con rajas de canela.—Esos platos clásicos, familiares, no suelen dignarse presentarlos los cocineros de miles de pesetas de sueldo. Esos platos son mesocráticos.—En cambio, desfilaron por la mesa del banquero los peces y mariscos más suculentos, aderezados al genuino estilo francés, y regados con vinos añejos, raros y preciosos. El triunfo del cocinero fue un fingido jamón en dulce hecho de pescado prensado (no se podía infringir el precepto de la vigilia), que engañaba, no sólo á la vista, sino al paladar. Fanny, sentada á la derecha del que ya consideraba su prometido, en la penumbra del centro de mesa formado de lilas blancas forzadas en estufa y tallitos de combalaria alternando con camelias rojas, le hablaba quedo. Rosálbez, que los miraba á hurtadillas, no pudo menos de exclamar:

—Pero Planelles, ¡qué poco come usted!

A lo cual contestó el conde:

—Es que me siento malucho del estómago...

Tan sencilla frase hizo estremecerse al banquero. Era exactamente la misma que él había pronunciado por la mañana, al invitar á Planelles, cuando proyectaba reservarse para la otra cena, íntima, en casa de Lucía, á las doce. Aquella singular coincidencia, no descifrada todavía, heríale, sin embargo, como chispa lumínica el pensamiento. ¿Quién averiguará por qué inmateriales hilos es conducida la leve sospecha que precede á la entera revelación de la verdad? No fué el protector apasionado de la Cordobesa, sino el padre de Fanny, quien calculó, fijando los ojos en los del futuro yerno:

«A mí con esas. Tú ayunas para guardar apetito. ¡Ah! Yo te vigilaré. ¿Buscas en mi hija el oro ó el amor? ¡Cuidado conmigo!»

La impresión adquirió fuerza cuando, á pesar de que Fanny anunció que á media noche justa, al dar las doce, serviría á los convidados una copa de Champagne para celebrar el Nacimiento, el conde manifestó que se retiraba.

Un cuarto de hora después que el conde, bajaba el banquero la escalera de mármol blanco, y saltaba en el primer coche de punto varado en la esquina. El simón destartalado se paró á la puerta de la Cordobesa. No acudió el sereno á abrir: Rosálbez le daba muy generosas propinas porque le dejase servirse de su llavín, sin oficiosidades importunas. Cruzó el tenebroso portal, y girando á la izquierda y encendiendo un fósforo, encontró la cerradura de la puerta del cuarto bajo.

Sufría una agitación honda cuando introdujo en ella el otro extremo del llavín. ¡Aún dudaba! ¿Quién sabe? Tal vez, como buena andaluza apegada á la tradición y creyente, la Cordobesa no había querido pasar la noche del 24 de Diciembre sin asistir á la Misa del Gallo, la más alegre y tierna de todas las misas.—¡Qué dicha esperarla en el cuartito forrado de felpa azul, y cuando regresase á la una, depositar en su regazo el estuche con las calabazas de perlas, el último capricho!—Giró la llave sordamente; el banquero sintió bajo sus pies la alfombra de la antesala. Dió luz al tulipán, y al mismo tiempo oyó que salía del comedor algazara y risa. De puntillas se coló en el ropero, que estaba á la derecha del pasillo; quería saber á qué atenerse: iba á ver, á saber, á cerciorarse de la infamia.—Del ropero se pasaba á un gabinete, y ya en éste, al través de una puerta vidriera, era fácil distinguir cuanto en el comedor sucedía. Rosálbez se agachó, entreabrió las cortinas... Enfrente tenía á la Cordobesa, con mantón de Manila y flores en el moño; á su lado, Planelles alzaba la copa.

El banquero retrocedió; reclinóse en un sofá, y creyó que una mano le apretaba la nuez hasta asfixiarle. Era el desastre completo; era no solamente la burla para él, sino el desprecio de su pobre Fanny, de su hija. Las risas, las coplas, venidas del comedor, le azotaban como látigos. Se levantó; á tientas buscó la salida, y se encontró de nuevo en la antesala. Dejó la puerta abierta; en la calle tiró la llave al primer agujero de alcantarilla; y subiendo á otro coche, dió las señas de su palacio. Todavía estaban iluminados los salones; Fanny, en la antesala, despedía á los convidados. Cuando desaparecieron, Rosálbez se acercó á su hija, y cogiéndola de la mano tartamudeó:

—¡Valor! ¡No te sobresaltes!... Acabo de adquirir la prueba de que el conde de Planelles no te merece; de que es un miserable, que te engaña con la última de las mujerzuelas. Te lo juro; tu padre te lo jura, acaba de cerciorarse de ello, positivamente... Jamás consentiré que vuelva á poner los pies aquí.

Y Fanny, sin replicar, blanca como su traje, balbuceó:

—Entraré en las Reparadoras.

Rosálbez vió, mirando al porvenir, una larga serie de Navidades frías y solitarias, inmenso agujero tétrico en su existencia...

 

 

LA NOCHEBUENA DEL CARPINTERO

———

José volvió á su casa al anochecer. Su corazón estaba triste: nevaba en él, como empezaba á nevar sobre tejados y calles, sobre los árboles de los paseos y las graníticas estatuas de los reyes españoles, erguidas en la plaza. Blancos copos de fúnebre dolor caían pausadamente en el alma del carpintero sin trabajo, que regresaba á su hogar y no podía traer á él luz, abrigo, cena, esperanzas.

Al emprender la subida de la escalera, al llegar cerca de su mansión, se sintió tan descorazonado, que se dejó caer en un peldaño con ánimo de pasar allí lo que faltaba de la alegre noche. Era la escalera glacial y angosta de una casa de vecindad, en cuyos entresuelos, principales y segundos vivía gente acomodada, mientras en los terceros ó cuartos, buhardillas y buhardillones, se albergaban artesanos menesterosos. Un mechero de gas alumbraba los tramos hasta la altura de los segundos; desde allí arriba, la obscuridad se condensaba, el ambiente se hacía negro y era fétido como el que exhala la boca de un sucio pozo. Nunca el aspecto desolado de la escalera y sus rellanos había impresionado así á José. Por primera vez retrocedía, temeroso de llamar á su propia puerta. ¡Para las buenas noticias que llevaba!

Altas las rodillas, afincados en ellas los codos, fijos en el rostro los crispados puños, tiritando, el carpintero repasó los temas de su desesperación y removió el sedimento amargo de su ira contra todo y contra todos. ¡Perra condición, centellas, la del que vive de su sudor! En verano, cebolla, porque hace un bochorno que abrasa y los pudientes se marchan á bañarse y tomar el fresco. En Navidad, cebolla, porque nadie quiere meterse en obras con frío, y porque todo el dinero es poco para leña de encina y abrigos de pieles. Y qué, ¿el carpintero no come en la canícula, no necesita carbón y mineral cuando hiela? El patrón del taller le había dicho, meneando la cabeza: «Qué quieres, hijo, yo no puedo sacar rizos donde no hay pelo... Ni para Dios sale un encargo... Ya sabes que antes de soltarte á ti, he soltao á otros tres... Pero no voy á soltar á mis sobrinos, los hijos de mi hermana..., ¿estamos? Ya me quedo con ellos solos... Búscate tú por ahí la vida... A ingeniarse se ha dicho...» ¡A ingeniarse! ¿Y cómo se ingenia el que sólo sabe labrar madera, y no encuentra quien le pida esa clase de obra?

Un mes llevaba José sin trabajar. ¡Qué jornadas tan penosas las que pasaba en recorrer á Madrid buscando ocupación! De aquí le despedían con frases de conmiseración y vagas promesas; de allá, con secas y duras palabras, hasta con marcada ironía... «¡Trabajo! Este año para nadie lo hay...» respondían los maestros, coléricos, malhumorados ó abatidos. De todas partes brotaba el mismo clamor de escasez y de angustia; doquiera se lloraban los mismos males: guerra, ruina, enfermedades, disturbios, catástrofes, miedo, encogimiento de los bolsillos... Y José iba de puerta en puerta, mendigando trabajo como mendigaría limosna, para regresar á la noche, de semblante hosco y ceño fruncido, y contestar á la interrogación siempre igual de su mujer, con un movimiento de hombros siempre idéntico, que significaba claramente: «No, todavía no.»

La mala racha les cogía sangrados, después de larga enfermedad, una tifoidea de la chica mayor, Felisa, convaleciente aún y necesitada de alimento substancioso; después de la adquisición de una cómoda y dos colchones de lana, que tomaron el camino de la casa de empeños á escape; después de haber pagado de un golpe el trimestre atrasado de la vivienda y oído de boca del administrador que no se les permitiría atrasarse otra vez, y al primer descuido se les pondría de patitas en la calle con sus trastos... En ocasión tal, un mes de holganza era el hambre en seguida, el ahogo para el resto del venidero año. ¡Y el hambre en una familia numerosa! Nadie se figura el tormento del que tiene obligación de traer en el pico la pitanza al nido de sus amores, y se ve precisado á volver á él con el pico vacío, las plumas mojadas, las alas caídas... Cada vez que José llamaba y se metía buhardilla adentro, el frío de los desnudos baldosines, la nieve de la apagada cocina se le apoderaban del espíritu con fuerza mayor; porque el invierno es un terrible aliado del hambre, y con el estómago desmantelado muerde mil veces más riguroso el soplo del cierzo que entra por las rendijas y trae en sus alas la voz rabiosa de los gatos...

Cavilaba José. No, no era posible que él pasase aquel umbral sin llevar á los que le aguardaban dentro, famélicos y transidos, ya que no las dulzuras y regalos propios de la noche de Navidad, por lo menos algo que desanublase sus ojos y reconfortase su espíritu. Permanecía así, en uno de esos estados de indecisión horrible que constituyen verdaderas crisis del alma, en las cuales zozobran ideas y sentimientos arraigados por la costumbre, por la tradición. Honrado era José, y á ningún propósito criminal daba acogida, ni aun en aquel instante de prueba; las manos se le caerían antes que extenderlas á la ajena propiedad; pero esta honradez tenía algo de instintivo; y lo que se le turbaba y confundía á José era la conciencia, en pugna entonces con el instinto natural de la hombría de bien, y casi reprobándolo. Él no robaría jamás, eso no...; pero vamos á ver, los que roban en casos análogos al suyo, ¿son tan culpables como parece? A él no le daba la gana de abochornarse, de arrostrar el feo nombre de ladrón; unas horas en la cárcel le costarían la vida; moriría del berrinche, de la afrenta; bueno; esas eran cosas suyas, repulgos de su dignidad, que un carpintero puede tenerla también; mas los que no padeciesen de tales escrúpulos y cometiesen una barbaridad, no por sostener vicios, por mantener á la mujer y á los pequeños..., ¿quién sabe si tenían razón? ¿Quién sabe si eran mejores maridos, mejores padres? El no daba á los suyos más que necesidad y lágrimas...

Gimió, se clavó los dedos en el pelo, y estúpido de amargura, miró hacia abajo, hacia la parte iluminada de la escalera. Por allí mucho movimiento, mucho abrir de puertas, mucho subir y bajar de criados y dependientes llevando paquetes, cartitas, bandejas: los últimos preparativos de la cena, el turrón que viene de la turronería, el bizcochón que remite el confitero, el obsequio del amigo, que se asocia al júbilo de la familia con las seis botellas de Jerez dulce y las rojas granadas. Una puerta sola, la de la anciana viuda y devota, doña Amparo, no se había abierto ni una vez; de pronto se oyó estrépito, una turba de chiquillos se colgó de la campanilla; eran los sobrinos de la señora, su único amor, su debilidad, su mimo... Entraron como bandada de pájaros en un panteón; la casa, hasta entonces muda, se llenó de rumores, de carreras, de risas. Un momento después, la criada, viejecita tan beata como su ama, salía al descanso y gritaba en cascada voz:

—¡Eh, Sr. José! ¿Esta por ahí el Sr. José? Baje, que le quiero un recado...

En los momentos de desesperación, cualquier eco de la vida nos parece un auxilio, un consuelo. El que cierra las ventanas para encender un hornillo de carbón y asfixiarse, oye con enternecimiento los ruidos de la calle, los ecos de una murga, el ladrido del perro vagabundo... José se estremeció, se levantó, y ronco de emoción contestó bajando á saltos:

—¡Allá voy, allá voy, señora Baltasara!...

—Entre...—murmuró la vieja.—Si está desocupado nos va á armar el Nacimiento, porque han venío los chicos, y mi ama, como está con ellos que se le cae la baba pura...

—Voy por la herramienta—contestó el carpintero pálido de alegría.

—No hace falta... Martillo y tenazas hay aquí, y clavos quedaron del año pasao; como yo lo guardo todo, bien apañaditos los guardé...

José entró en el piso invadido por los chiquillos y en el aposento donde yacían desparramadas las figuras del belén y las tablas del armadijo en que había de descansar. Entre la algazara empezó el carpintero á disponer su labor. ¡Con qué gozo esgrimía el martillo, escogía la punta, la hincaba en la madera, la remachaba! ¡Qué renovación de su sér, qué bríos y qué fuerzas morales le entraban al empuñar, después de tanto tiempo, los útiles del trabajo! Pedazo á pedazo, y tabla tras tabla, iba sentando y ajustando las piezas de la plataforma en que el belén debía lucir sus torrecillas de cartón pintado, sus praderas de musgo, sus figuras de barro toscas é ingenuas. Los niños seguían con interés la obra del carpintero, no perdían martillazo, preguntaban, daban parecer, y coreaban con palmadas y chillidos cada adelanto del armatoste. La señora, entretanto, colgaba en la pared unas agrupaciones de bronce y vidrio para colocar en ellas bujías. Los criados iban y venían, atareados y contentos. Fuera nevaba, pero nadie se acordaba de eso; la nieve, que aumenta los padecimientos de la miseria, también aumenta la grata sensación del bienestar íntimo, del hogar abrigado y dulce. Y José asentaba, clavaba la madera, hasta terminar su obra rápidamente, en una especie de transporte, reacción del abatimiento que momentos antes le ponía al borde de la desesperación total...

Cuando el tablado estuvo enteramente listo, y José hubo dado alrededor de él esa última vuelta del artífice que repasa la labor, doña Amparo, muy acabadita y asmática, le hizo seña de que la siguiese, y le llevó á su gabinete, donde le dejó solo un momento. Los ojos de José se fijaron involuntariamente en los muebles y decorado de aquella habitación ni lujosa ni mezquina, y sobre todo, le atrajo desde el primer momento una imagen que campeaba sobre la consola, alumbrada por una lamparilla de fino cristal. Era un San José de talla, escultura moderna, sin mérito, aunque no desprovista de cierto sentimiento; y el santo, en vez de hallarse representado con el Niño en brazos ó de la mano, según suele, estaba al pie de un banco de carpintero, manejando la azuela y enseñando al Jesusín, atento y sonriente, la ley del trabajo, la suprema ley del mundo. José se quedó absorto. Creía que la imagen le hablaba; creía que pronunciaba frases de consuelo y de cariño infinito, frases no oídas jamás. Cuando la señora volvió y le deslizó dos duros en la mano, el carpintero, en vez de dar gracias, miró primero á su bienhechora y después á la imagen; y á la elocuencia muda de sus ojos respondió la de los ojos de la viejecita, que leyó como en un libro en el alma de aquel desventurado, deshecho física y moralmente por un mes de ansiedad y amargura sin nombre.—Y doña Amparo, muy acostumbrada á socorrer pobres, sintió como un golpe en el corazón: la necesidad que iba á buscar fuera de casa, visitando zaquizamíes, la tenía allí, á dos pasos, callada y vergonzante, pero urgente y completa. Alzó los ojos de nuevo hacia la efigie del laborioso Patriarca, y bondadosamente, tosiqueando, dijo al carpintero:

«Ahora subirán de aquí cena á su casa de usted, para que celebren la Navidad.»

EL CIEGO

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La tarde del 24 de Diciembre le sorprendió en despoblado, á caballo, y con anuncios de tormenta. Era la hora en que, en invierno, de repente se apaga la claridad del día, como si fuese de lámpara y alguien diese vuelta á la llave sin transición, las tinieblas descendieron borrando los términos del paisaje acaso apacible á medio día, pero en aquel momento tétrico y desolado.

Hallábase en la hoz de uno de esos ríos que corren profundos, encajonados entre dos escarpes; á la derecha el camino, á la izquierda una montaña pedregosa, casi vertical, escueta y plomiza de tono. Allá abajo no se divisaba más que una cinta negruzca, donde moría, culebreando, áspid de carmín, un reflejo rojo del poniente; arriba, densas masas erguidas, formas extrañas, fantasmagóricas; todo solemne y aun pudiera decirse que amenazador. No pecaba Mauricio de cobarde, y sin embargo, le impresionó el aspecto de la montaña; sintió deseos de llegar cuanto antes al Pazo, del cual le separaban aún tres largas leguas, y animó con la voz y la espuela á su montura, que empinaba las orejas recelosa.

Arreció el viento y le obligó á atar el sombrero con un pañuelo bajo la barba; el trueno, lejano aún, retumbó misteriosamente; ráfagas de lluvia azotaron la cara del jinete, que ahogó un juramento. ¡Aquello era mala sombra! ¡Justamente empezaba á llover á la mitad del camino! Al punto mismo el caballo se encabritó y pegó un bote de costado: de entre la maleza había salido un bulto. Echaba ya Mauricio mano al revólver que llevaba en el bolsillo interior de la zamarra, cuando oyó estas palabras en dialecto:

—¡Una limosnita! ¡Por amor de Dios que va á nacer... una limosnita, señor!

Mauricio, tranquilizándose, miró enojado al que en tal sitio y ocasión cometía la importunidad de pedir limosna. Era un hombrachón alto, descalzo de pie y pierna, que llevaba al hombro unas alforjas, y se apoyaba en recio garrote. La obscuridad no permitía distinguir cómo tenía el rostro; la ancianidad se adivinaba en lo cascado de la voz y en el vago reflejo plateado de las greñas blancas.

—Apártese—murmuró impaciente el señorito.—¿No ve que el caballo se asusta? Si me descuido, al río de cabeza... ¡Vaya unas horas de pedir, y un sitio á propósito para saltar delante de la montura! ¡Brutos!

El pordiosero se había quedado como hecho de piedra.

—¿Dónde está el río?—gritó con hondo terror.—¿No es aquí el camino de la iglesia de Cimáis? Señor, por el alma de quien lo ha parido... Señor, no me desampare... ¡Soy un ciego! ¡Nuestra Señora le conserve la vista! ¡Pobre del que no ve!

Mauricio comprendió. El viejo sin ojos se había perdido, ignoraba dónde se encontraba, y para no despeñarse necesitaba un guía. Sí, convenido; necesitaba un guía... ¿Y quién iba á ser? ¿Él, Mauricio Acuña, que desde Orense regresaba á su casa en tarde de Navidad, á cenar, á pasar alegremente la velada, jugando al julepe ó al golfo con sus hermanos y primos, fumando y riendo? Si sujetaba el paso de su caballo al lento andar de un ciego; si torcía su rumbo cara á la iglesia de Cimáis, distante buen rato, ¿á qué santas horas iba á hacer su entrada en la sala del Pazo de Portomellor? Un instante titubeó: pensaba que no podía menos de sacrificar algunos minutos á colocar al ciego en la dirección de Cimáis, y dejarle, ya orientado, arreglarse como Dios le diese á entender. Sólo que era internarse en la carballeda, exponerse á tropezar en los cepos y en los pedruscos, y sobre todo, era condescender á los ruegos del mendigo, que no soltaría á dos por tres á su lazarillo improvisado, y si le complaciese en lo primero exigiría lo segundo... ¡Estos pobres son tan lagoteros y tan pegajosos! «Más vale escurrirse», decidió; y sacando del bolsillo un duro, lo dejó en la mano temblona que el viejo extendía, más para implorar que para mendigar; picó al caballo y escapó como un criminal que huye de la justicia.

Sí, como un criminal—así definió su conducta él mismo, luego, en el punto de refrenar á Maceo, su negro andaluz cruzado, y darse cuenta de que había caído enteramente la noche.—Velada por sombríos nubarrones, la luna se entreparecía lívida, semejante á la faz de un cadáver amortajado con hábito monacal. La carretera se desarrollaba suspendida sobre el río que, á pavorosa profundidad, dormitaba mudo y siniestro. El viento combatía, haciéndolos crugir, los troncos robustos de los árboles; un relámpago alumbró la superficie del agua, un trueno resonó ya bastante cercano; Mauricio se estremeció. Le parecía escuchar ruidos extraños, además de los de la tormenta. ¿Se habrá caído el viejo al agua? Detrás, sobre la peñascosa senda, creía escuchar el paso de un hombre que tentaba el suelo con un palo, como hacen los ciegos. Absurdo evidente, pues con la galopada que Maceo había pegado ya, quedaría el mendigo atrás un cuarto de legua. Lo cierto es que Mauricio juraría que le seguía alguien: alguien que respiraba trabajosamente, que tropezaba, que gemía, que imploraba compasión. Invencible desasosiego le impulsó á apurar nuevamente á su montura, para alcanzar pronto el cruce en que la carretera se desvía del río, cuya vista le sugería el temor de una desgracia. ¿Se habrá caído?...—Lo que á Mauricio le acongojaba era la idea de haber abandonado á un ciego en tal noche. «Pero, ¿cómo fuí capaz...? ¡Si parece mentira! Me lo contarían después y no lo creería... Hoy no debí dejar solo á un infeliz...» cavilaba, hincando la espuela en los ijares de Maceo. «Y lo más sucio, lo más vil de mi acción fue darle dinero. ¡Dinero! Si á estas horas flota en el Sil su cuerpo..., el dinero ¿de qué le sirve? Creemos que el dinero lo arregla todo... ¡Miserable yo! Estoy por volverme. ¿No viene nadie detrás?...»

Maceo volaba: un sudor de angustia humedecía las sienes del jinete. El zumbido de sus oídos y el remolino del viento, profundo como una tromba, no le impedían oir, cada vez más próximas, las pisadas del que le seguía, ya sin género de duda, y percibir la misma respiración entrecortada, el mismo doliente gemido; y el caso es que no se atrevía á volverse: porque si se volviese, quizás vería la figura del ciego mendigo, alto, descalzo de pie y pierna, con el zurrón al hombro, el cayado en la mano, y reluciente en la obscuridad la plata de sus blancas greñas...

—¿Estaré loco?—pensó.—Ea, ánimo... Debo volverme...—Y no se volvía; su garganta apretada, su corazón palpitante, le hacían traición: sufría un miedo espantoso, sobrenatural. Apretó las espuelas, y el caballo, excitado, aceleró el tendido galope, sacando chispas de los guijarros del camino. La tempestad estaba ya encima: el relámpago brilló; un trueno formidable rimbombó sobre la misma cabeza del señorito, aturdiéndole. Alborotóse Maceo; giró bruscamente sobre sus patas traseras, y se arrojó hacia el talud que dominaba el Sil. Vió Mauricio el tremendo peligro, cuando otro relámpago le mostró el abismo y la superficie del agua: cerró los ojos, aceptando el juicio de la Providencia... y el caballo, en su vértigo mortal, arrastró al jinete al fondo del despeñadero, tronchando en su caída los pinos y empujando las piedras del escarpe, cuyo ruido fragoroso, al rodar peñas abajo, remedaba aún los desatentados pasos del ciego que tropezaba y gemía.

LOS MAGOS

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En su viaje, guiados día y noche por el rastro de luz de la Estrella, los Magos, á fin de descansar, quisieron detenerse al pie de las murallas de Samaria, que se alzaba sobre una colina, entre bosquetes de olivos y setos de cactos espinosos. Pero un instinto indefinible les movió á cambiar de propósito: la ciudad de Samaria era el punto más peligroso en que podían hacer alto. Acababa de reedificarla Herodes sobre las ruinas que habían hacinado los soldados de Alejandro el macedón siglos antes, y la poblaban colonos romanos que hacía poco trocaron la espada corta por el arado y el bieldo: gente toda á devoción del sanguinario Tetrarca, y dispuesta á sospechar del extranjero, del caminante, cuando no á despojarle de sus alhajas y viáticos.

Siguieron, pues, la ruta, atravesando los campos sembrados de trigo, evitando la doble hilera de erguidas columnas que señalaba la entrada triunfal de la ciudad, y buscando la sombra de los olivos y las higueras, el oasis de algún manantial argentino. Abrasaba el sol, y en las inmediaciones de la villita de Betulia la desnudez del paisaje, la blancura de las rocas, quemaban los ojos. «Ahí no encontraremos sino pozos y cisternas, y yo quisiera beber agua que brotase á mi vista», murmuró, revolviendo contra el paladar la seca lengua, el anciano rey Baltasar, que tenía sedientas las pupilas, más aún que las fauces, y se acordaba de los anchos ríos de su amado país del Irán, de la sábana inmensa del Indo, del fresco y misterioso lago de Bactegán, en cuyas sombrosas márgenes triscan las gacelas. La llanura, uniforme y monótona, se prolongaba hasta perderse de vista: campos de heno, planicies revestidas de espinos y de malas hierbas, es todo lo que ofrecía la perspectiva del horizonte; en el cielo, de un azul de ultramar, las nubes ensangrentadas del Poniente devoraban el resplandor de la Estrella, haciéndola invisible. Entonces Melchor, el rey negro, desciende de su montura, y cruzando sobre el pecho los brazos, arrodillándose sin reparo de manchar de polvo su rica túnica de brocado de plata, franjeada de esmeraldas y plumas de pavo real, coge un puñado de arena y lo lleva á los labios, implorando así:

—Poder celeste, no des otra bebida á mi boca, pero no me escondas tu luz. ¡Que la Estrella brille de nuevo!

Como una lámpara cuando recibe provisión de aceite, la Estrella relumbró y chispeó. Al mismo tiempo los otros dos Magos exhalaron un grito de alegría: era que se avistaban las blancas mansiones y los grupos de palmeras seculares de En-Ganim. En Palestina, ver palmeras es ver la fuente. Gozosa se dirigió la comitiva al oasis, y al descubrir el agua, al escuchar su refrigerante murmullo, todos descendieron de los camellos y dromedarios y se postraron dando gracias, mientras los animales tendían el cuello y el hocico, venteando los húmedos efluvios de la corriente. Así que bebieron, que colmaron los odres, que se lavaron los pies y el rostro, acamparon y durmieron apaciblemente allí, bajo las palmeras, á la claridad de la Estrella, que refulgía apacible en lo alto del cielo.

Al alba dispusiéronse á emprender otra vez la jornada en busca del Niño. La mañana era despejada y radiante. Los rebaños de En-Ganim salían al pastoreo, y las innumerables ovejas blancas, moviéndose en la llanura, parecían ejércitos fantásticos. La proximidad de la comarca donde se asienta Jerusalén se conocía en la mayor feracidad del terreno, en la verdura del tupido musgo, en la copia de hierba y florecillas silvestres, que no había conseguido marchitar el invierno. Baltasar y Gaspar reflexionaban, al ritmo violento del largo zancajear de sus monturas. Pensaban en aquel Niño, rey de reyes, á quien un decreto de los astros les mandaba reverenciar y adorar y colmar de presentes y de homenajes. En aquel Niño, sin duda alguna, iba á reflorecer el poderío incontrastable de los monarcas de Judá y de Israel, leones en el combate, gobernantes felicísimos en la paz; y la vasta monarquía, con sus recuerdos de gloria, llenaba la mente de los dos Magos. ¡Qué sabiduría, qué infusa ciencia la de Salomón, aquel que había subyugado á todos sus vecinos, desde los Faraones egipcios hasta los comerciales emporios de Tiro y Sidón; el que construyó el Templo gigante, con sus mares de bronce, sus candelabros de oro, su terrible y velado tabernáculo, sus bosques de columnas de mármol, jaspe y serpentina, sus incrustaciones de corales, sus chapeados de marfil! ¡Qué magnificencia la del que deslumbró con su recibimiento á la reina de Saba, á Balkis la de los aromas, la que traía consigo los tesoros del Oriente y las rarezas venidas de las tres partes del mundo, recogidas sólo para ella y que ella arrojaba, envueltas en paños de púrpura, al pie del trono del rey! Cerrando los ojos, Baltasar y Gaspar veían la escena, contemplaban la sarta de perlas desgranándose, los colmillos de elefante ostentando sus complicadas esculturas, los pebeteros humeando y soltando nubes perfumadas, los monillos jugando, los faisanes y pavos reales haciendo la rueda, los citaristas y arpistas tañendo, y Balkis, envuelta en su larga túnica bordada de turquesas y topacios, protegida del sol por los inmensos abanicos de pluma, adelantándose con los brazos abiertos para recibir en ellos á Salomón... No podían dudarlo; el Niño á quien iban á adorar sería, con el tiempo, otro Salomón, más grande, más fuerte, más opulento, más docto que el antiguo. Sometería á todas las naciones; ceñiría la corona del Universo, y bajo su solio, salpicado de diamantes, se postraría la opresora ciudad del Lacio; sí, la ávida loba romana lamería, domada, los pies de aquel Niño prodigioso...

Mientras rumiaban tales ideas, la Estrella desaparecía, extinguiéndose. Encontráronse perdidos, sin guía, en la dilatada llanura. Miraron en torno, y con sorpresa advirtieron que se había separado de ellos Melchor. Una niebla densa y sombría, alzándose de los pantanos y esteros, les había engañado y extraviado, de fijo. Turbados y tristes, probaron á orientarse; pero la costumbre de seguir á la Estrella y el desconocimiento completo de aquel país que cruzaban eran insuperables obstáculos para que lograsen su intento. Ocurrióseles buscar un guía, y clamaron en el desierto, porque á nadie veían ni se vislumbraba rastro de habitación humana. Por fin, aparecióse un pastor muy joven, vestido de lana azul, sujeto á la frente el ropaje con un rollo de lino blanco. Y al escuchar que los viajeros iban en busca del Niño rey, el rústico sonrió alegremente y se ofreció á conducirles.

—Yo le adoré la noche en que nació...—dijo transportado.

—Pues llévanos á su palacio y te recompensaremos.

—¡A su palacio! El Niño está en una cuevecilla, donde solemos recoger el ganado cuando hace mal tiempo.

—Qué, ¿no tiene palacio? ¿No tiene guardias?

—Una mula y un buey le calientan con su aliento...—respondió el pastor.—Su madre y su padre, el carpintero Josef de Nazareth, le cuidan y le velan amorosos...

Gaspar y Baltasar trocaron una mirada que descubría confusión, asombro y recelo. El pastor debía de equivocarse; no era posible que tan gran rey hubiese nacido así, en la miseria, en el abandono. ¿Qué harían? ¿Si pidiesen consejo á Melchor? Pero Melchor, envuelto en la niebla, caminaba con paso firme; la Estrella no se había obscurecido para él. Hallábase ya á gran distancia, cuando por fin oyó las voces, los gritos de sus compañeros: «¡Eh, eh, Melchor! ¡Aguárdanos!» El Mago de negra piel se detuvo, y clamó á su vez: «Estoy aquí, estoy aquí...»

Al juntarse por último la caravana, Melchor divisó al pastorcillo y supo las noticias que daba del Niño rey. «Este pobre zagal nos engaña ó se engaña—exclamó Gaspar enojado.—Dice que nos guiará á un establo ruinoso, y que allí veremos al hijo de un carpintero de Nazareth. ¿Qué piensas, Melchor? El sapientísimo Baltasar teme que aquí corramos grave peligro, pues no conocemos el terreno, y si nos aventuramos á preguntar infundiremos sospechas, seremos presos y acaso nos recluya Herodes en sus calabozos subterráneos. La Estrella ya no brilla y nuestro corazón desmaya.»

Melchor guardó silencio. Para él no se había ocultado la Estrella ni un segundo. Al contrario, su luz se hacía más fulgente á medida que adelantaban, que se aproximaban al establo. Y en su imaginación, Melchor lo veía: una cueva abierta en la caliza, un pesebre mullido con paja y heno, una mujer joven y celestialmente bella agasajando á un niño tiernecito, que tiembla de frío; un Niño humilde, rosado, blanco, que bendice, que no llora. Lo singular es que la cueva, en vez de estar obscura, se halla inundada de luz, y que una música inefable, apenas perceptible, idealmente delicada y melodiosa, resuena en sus ámbitos. La cueva parece que es toda ella claridad y armonía. Melchor oye extasiado; se baña, se sumerge en la deliciosa música y en los resplandores de oro que llenan la caverna y cercan al Niño.

—¿No oyes, Melchor? Te preguntamos si debemos continuar el viaje... ó volvernos á nuestra patria, por no ser encarcelados y oprimidos aquí.

—Y vosotros, ¿no oís la música?—repite Melchor, por cuyas mejillas de ébano resbalan gotas de dulce llanto.

—Nada oímos, nada vemos...—responden los dos Magos, afligidos.

—Orad, y veréis... Orad, y oiréis... Orad, y Dios se revelará á vosotros.

Magos y séquito echan pie á tierra, extienden los tapices, y de pie sobre ellos, vuelta la cara al Oriente, elevan su plegaria. Y la Estrella, poco á poco, como una mirada de moribundo que se reanima al aproximarse al lecho un sér querido, va encendiéndose, destellando, hasta iluminar completamente el sendero, que se alarga y penetra en la montaña, en dirección de Belén. La niebla se disipa; el paisaje es risueño, pastoril, fresco, florido, á pesar de la estación; claros arroyillos surcan la tierra, y resuena, como en Mayo, el gorjeo de las aves, que acompaña el tilinteo de la esquila y el cántico de los pastores, recostados bajo los terebintos y los cedros, siempre verdes. Los Magos, terminada su plegaria, emprenden el camino llenos de esperanza y de seguridad. Una cohorte de soldados á caballo se cruza con la caravana: es un destacamento romano, arrogante y belicoso; el sol saca chispas de sus corazas y yelmos; ondean las crines, flotan las banderolas, los cascos de los caballos hieren el suelo con provocativa furia. Los Magos se detienen, temerosos. Pero el destacamento pasa á su lado y no da muestras de notar su presencia. Ni pestañean, ni vuelven la cabeza, ni advierten nada.

—Van ciegos—exclama Melchor;—y los Magos aprietan el paso, mientras se aleja la cohorte.

SUEÑOS REGIOS

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Es de noche. Temperatura, veinte bajo cero. Fuera no se escucha el menor ruido: la nevada, cayendo en finos copos delicadísimos que mullen la atmósfera, contribuye á sostener el silencio absoluto, ahogado, que pesa sobre los jardines blancos con blancura fantástica. La nieve ha perfilado primorosamente la traza de las calles de árboles, de los macizos, de los bosquetes, de los estanques cuajados por el hielo, y cuya superficie lisa rayaron los patines en la última sesión de patinaje que tanto divirtió á la corte, porque el príncipe de Circasia se dió unas costaladas regulares. Las estatuas parecen temblar y lucen aderezos de carámbanos. Las coníferas son témpanos bordados y esculpidos. En el alcázar, las cornisas, las balconadas, las torrecillas, la monumental ornamentación de la fachada, el reloj, sostenido por Genios que representan los destinos de la casa imperial venciendo al Tiempo, van desapareciendo bajo la suave acolchadura blanca. Los centinelas, en su garita, tiritando, sintiendo que el aliento se les cristaliza primero y se les liquida después dentro del alto cuello de sus capotes militares, hieren el suelo con el pie, se acuerdan del cuerpo de guardia donde arde la estufa y se puede echar un trago de lo fermentado, y de tiempo en tiempo lanzan, al través de la nieve, su «¡Alerta!» gutural. El decorativo reloj da las doce, pausadamente, como si la hora contada por él fuese más solemne que las otras. Al reloj de fuera contestan los de dentro, desde las consolas; tienen vocecillas aflautadas y bien moduladas de palaciegos.

El emperador se estremece y se incorpora en el gran lecho incrustado de marfil, bajo las pieles rarísimas que lo mullen. Se le figura que una mano acaba de posarse en su hombro; y en efecto, á la luz de la lámpara de alabastro velada de encaje, ve una figura venerable, un viejo aureolado por larguísima barba y melenas, donde la nieve se diría que enredó sus vellones. La vestidura del viejo deslumbra; túnica de brocado de oro, manto de terciopelo violeta orlado de armiño. Una especie de mitra en que las perlas se apiñan sobre la filigrana, rodea sus sienes y comprime y hace bufar su gran cabellera nevada, que se extiende caudalosa por los hombros. En la mano lleva cincelado cofrecillo abierto, lleno de polvo aurífero impalpable.

—¿Qué me quieres y quién eres?—pregunta el emperador al anciano.

—Como de casa. Baltasar, rey de los países de Oriente—contesta el patriarca en voz temblona.

—¡Bienvenido, primo y señor! ¿Por qué viaja Vuestra Majestad en tan cruda noche? Conviene á las testas coronadas no ponerse nunca en el caso de sufrir las molestias que padecen los demás mortales. Dígnese Vuestra Majestad descansar bajo mi hospitalario techo.

—No acepto sino breves instantes, aunque vengo rendido de atravesar los dominios de Vuestra Majestad, á los cuales no se les ve el fin: deben de cubrir buena parte de la superficie del planeta.

—¡Ah!—articula el emperador, satisfecho.—¿Los ha recorrido Vuestra Majestad? ¿Se ha enterado de su extensión y riqueza? Todos los climas, todas las producciones, todas las razas, reconocen mi soberanía. Cuando paso revista á mi ejército, en él veo soldados blancos y rubios, de ojos azules; soldados de morena tez; soldados de cutis amarillo y nariz achatada; ropajes orientales y envolturas que preservan del rigor de las estaciones en los países hiperbóreos. Mi imperio produce el trigo y el zafiro, los minerales, las pieles y las maderas odoríferas; es un gigante cuya cabeza, como la de Vuestra Majestad, se baña en las nieves árticas, y cuyas manos se tienden hacia el Mediodía para abarcarlo. Y en este Imperio yo soy Dios. A mi voz las frentes se inclinan, las muchedumbres se prosternan, la plegaria por mí hace retemblar los iconostasios. Mientras el soplo del huracán juega con los monarcas occidentales, nuestros necios primos, yo, como un numen, me oculto en santuario inaccesible.

—Conozco el poderío de Vuestra Majestad. Por eso sospecho si la tarea que me ha sido encomendada resultará estéril; pero, obedeciendo, la cumplo.

—¿Qué tarea es esa, primo y señor?

—La que me ordenó realizar el Niño. Vuelvo de Palestina; regreso á mi patria, después del interminable viaje anual... ¡Es una maravilla lo lindo que está el Niño y lo dulce y honesta que es la Madre! Nada perdió su inmortal hermosura en los mil novecientos dos años transcurridos desde que por vez primera les adoré. Como siempre, les he llevado mi ofrenda: polvo de oro del Ofir. Y el Niño, después de extender sus manitas, que besé, y bendecir el oro, me ha dicho que lo espolvoree por el suelo, allí donde vea que el hombre atenta á la libertad del hombre.

—¿Conque esas mañas saca el Niño?—tartamudeó el emperador.—¡Por cierto que lo educan bien mal su Madre y el carpintero, gente baja al fin, aunque descienda de la casta de nuestros augustos primos los reyes de Judá! Vuestra Majestad, con la experiencia que le dan los años, habrá comprendido que no debe cumplírsele al Niño ese antojo.

—No es posible desobedecerle, primo y señor—declaró gravemente el Mago.—He espolvoreado la enorme porción de tierra donde reina Vuestra Majestad, aunque confieso que dudo de ver germinar cosa alguna sobre la dura capa de hielo que la reviste. Sin esperanzas voy derramando polvillo de oro; y la verdad, hace un instante, en los jardines de este palacio, al caer el dorado polvillo, creí que el suelo se estremecía y se agrietaba la capa de nieve. Tembló la tierra; me pareció que un ruido cavernoso resonaba allá dentro. ¿Está seguro Vuestra Majestad de que no se halla minado su palacio?