VII.—Fundamento y determinación de las leyes empíricas

El fundamento de la inducción en las leyes empíricas es el mismo que el de las leyes causales: Siempre es la afirmación de la causa lo que legitima la generalización; pero, mientras que en las leyes causales la causa se designa, en las leyes empíricas la causa se supone. No se puede determinar cuál sea la causa; pero se puede afirmar que la causa existe. La aplicación de estas leyes es más reducida porque la causa no se puede determinar, y por eso se limita la generalización a las condiciones de tiempo y de lugar en que las experiencias se han realizado; pero, dentro de estos límites, la ley se justifica. Veamos cómo.

El fundamento de las leyes empíricas es un fundamento invertido. En las leyes causales la afirmación de la regularidad se funda en el conocimiento de la causa. En las leyes empíricas, al revés, lo que funda la suposición de la causa es la regularidad. El conocimiento de la causa permite afirmar la regularidad, porque la relación causal implica necesidad. Pero, a su vez, la regularidad tiene que suponer una causa que la explique, salvo que se admitiese la intervención del azar en la repetición de los hechos. Y por lo tanto, si eliminamos la posibilidad del azar en la coincidencia de dos fenómenos, ésta sólo se puede explicar por la intervención de una causa. La regularidad quedaría fundada, y la generalización, en consecuencia, legitimada. Y así es como por la suposición de la causa, constatada en la regularidad de la coincidencia, se justifica la inducción de las leyes empíricas. La eliminación del azar en la coincidencia de dos fenómenos es lo que legitima la generalización de la ley empírica.

Pero, ¿cómo eliminar la posibilidad del azar en la consideración de la coincidencia de dos fenómenos? Tal es el problema que plantea el fundamento de las leyes empíricas.

Así como la idea de causa implica las de determinación y necesidad, la de azar implica la indeterminación y la contingencia. El azar sería la indeterminación y la contingencia. El azar sería la indeterminación de los fenómenos, la posibilidad de que acaezcan o no. Las cosas sucederían al azar si no existiesen más motivos para que sucedieren en una forma o en otra.

¿Pero, la idea de azar así comprendida es admisible? La afirmación del azar, como concepto real, ha dado lugar a las mismas, sino a mayores dificultades, que la afirmación en el mismo sentido de la causa. Así como se ha podido negar la existencia de la causa, se puede negar la existencia del azar.

Por lo pronto la idea de azar implica la negación del principio de causalidad. Pero a su vez la noción de causa exige la de azar sin la que no tendría sentido. Si no todas las coincidencias son causales, es porque hay algunas que no lo son, es decir, que son producto del azar. La afirmación del azar como concepto real ofrece dificultades insalvables, y como la noción de causa, y las de identidad y de contradicción, consideradas desde este punto de vista, son argumentos fundamentales para el escepticismo.[23]

Considerado como principio crítico, el azar es la indeterminación en que se encuentra nuestro espíritu para afirmar, debido a la falta de motivos. Como la noción de causa es un concepto subjetivo, y es la negación de la causa. Expresa la ausencia de motivos para creer en la regularidad de la relación que hemos observado entre dos fenómenos. Y el fundamento de su afirmación, pragmáticamente, es el mismo que el de su concepto correlativo, el de causalidad: su valor instrumental. Sin insistir sobre este punto, y determinado el valor exclusivamente crítico que atribuímos a este término, veamos cuáles son los fundamentos que pueden eliminar o que justifican la eliminación del azar, es decir, la indeterminación de nuestro espíritu en presencia de una coincidencia constante.

Excluída la determinación de la causa ¿cuál sería el fundamento que permitiría afirmar la regularidad? En la experiencia vulgar la repetición constante de una relación cuando es repetida y variada, se presenta como una prueba de la regularidad; pero estas condiciones no son garantías suficientes para un espíritu científico. Si un fenómeno existe siempre y otro se produce accidentalmente, es forzoso que coincidan constantemente en todas nuestras experiencias. Supongamos el ejemplo que da Mill. Las estrellas fijas siempre han coexistido con todos los hechos que han realizado los hombres. No hay coincidencia más constante, repetida y variada. Sin embargo, es imposible que haya entre los hechos y las estrellas relación de causalidad, porque la coincidencia se mantiene con hechos contradictorios. Por otra parte, si para nosotros una coincidencia es fortuita, no habría más razón, para que la coincidencia no se volviera a repetir, como para que se repitiera indefinidamente. La coincidencia por constante y repetida que sea, por sí sola no justifica la afirmación de una regularidad.

Pero, si no es la repetición de la coincidencia constante lo que justifica la afirmación de la regularidad, ¿en qué puede fundarse ésta?

La ciencia no acepta la simple repetición como fundamento de la generalización. La coincidencia entre dos fenómenos debe ser tal, que la suposición de la causa sea obligada. No basta que la repetición sea frecuente, es condición que esa frecuencia sea mayor que la que debería esperarse entre ellas. Una repetición constante—lo hemos visto en el ejemplo de las estrellas—no es fundamento para afirmar una regularidad. En cambio una repetición no constante, pero que sea más frecuente de lo que normalmente debería esperarse, puede serlo. En Inglaterra llueve con todos los vientos, dice Mill; en este sentido no se podría decir que haya relación de necesidad entre la lluvia y un viento dado; pero la lluvia puede tener, con todo, alguna relación causal con uno de los vientos. Pero, ¿cómo se puede determinarlo? Evidentemente, hay que observar si llueve más con un viento que con otro; pero, esta simple constatación de la frecuencia no basta. Si llueve dos veces más con el viento O. que con los otros vientos, esto no querrá decir que hay relación de causalidad entre viento y la lluvia, porque como en Inglaterra sopla dos veces más el viento O. que los otros vientos, lo normal sería que lloviera dos veces más con él que con los otros. Estaría esa relación en los términos de la normalidad y en consecuencia no se podría hablar de relación causal entre los dos fenómenos. Pero, si en vez de llover dos veces más la frecuencia fuera mayor, deberíamos reconocer que hay alguna causa común que tiende a producir conjuntamente la lluvia y el viento del O., o bien, que sea el viento mismo del O. que tienda a producir la lluvia.

Como vemos, el fundamento de la ley empírica supone la determinación de la normalidad de la frecuencia de los fenómenos. La frecuencia normal de dos fenómenos no elimina la posibilidad del azar; pero, la frecuencia normal nos obliga a suponer la existencia de una causa.

Ahora bien; la normalidad de la coincidencia se refiere a la relación de frecuencia entre los fenómenos referida a una unidad de medida. En el ejemplo propuesto esa unidad de medida ha sido el año. Se observa cuántos días llueve en el año con cada uno de los vientos, y se establece la proporción numérica. Luego se hace lo mismo con la frecuencia de los diversos vientos. La comparación de esas proporciones permite establecer la normalidad.

Pero, ¿por qué es que la anormalidad funda la afirmación de la regularidad, y la normalidad es signo de que la repetición no es causal? Y con esto llegamos al punto esencial de nuestra exposición, a la determinación del fundamento íntimo de las leyes empíricas.

Hemos dicho que el azar supone la indeterminación. Y la indeterminación nos impide atribuir más razón de ser a la repetición de un fenómeno que a su no repetición. La coincidencia constante es compatible con la idea de azar, pues no hay más razón para que una cosa que se produce por azar no se vuelva a reproducir, como para que se reproduzca indefinidamente. Pero, si esto es así, ¿cómo se puede afirmar que la anormalidad de los fenómenos es fundamento de la existencia de una causa, y que la anormalidad sea signo del azar? ¿No es contradictorio hablar de normalidad a propósito de los hechos que se producen al azar? ¿Esto no es asignarle leyes al azar? ¿Cómo es posible que el azar se manifieste en una forma regular, si el azar supone la negación de toda regularidad?

Si hubiéramos de habernos atenido a la concepción dogmática del azar, y buscar analíticamente su eliminación, ésta no hubiese sido posible, porque habría una contradicción insanable entre el concepto del azar y las condiciones que requiere su eliminación. Pero, la experiencia, siempre maestra, ha puesto al espíritu humano en presencia de casos reales sencillos que se acercan a la realización práctica de la noción de azar, y le ha demostrado la regularidad de su funcionamiento, permitiéndole descubrir experimentalmente las leyes del azar.

Estos casos reales sencillos son los que presentan los diversos juegos de azar. En ellos se ha constatado empíricamente la regularidad de los hechos que no tienen más razón de ser en un sentido que en otro. Y por la observación se ha llegado a descubrir que la regularidad del azar está determinada por su posibilidad. Es por lo tanto la experiencia la que ha permitido constatar que lo que no tiene más razón de ser en un sentido que en otro, tiende a realizar todas sus posibilidades. La posibilidad de que salgan los diversos números en el juego de los dados es igual para todos. En consecuencia todos tenderán a salir el mismo número de veces. En una ruleta bien construída todos los números saldrán el mismo número de veces.

Así, pues, en esos casos sencillos, la experiencia ha demostrado que la indeterminación de las causas tiende a realizar todas las posibilidades. Pero, en cambio ha enseñado que la presencia de un invariante, es decir, una causa, tiende a reproducir una sola de las posibilidades. Si el dado ha sido cargado o la ruleta adulterada, uno de los números tenderá a salir con más frecuencia que los otros.

Así es, como, fundados en la constatación experimental de casos sencillos que parecen realizar todas las condiciones teóricas del azar, se ha llegado a afirmar que la tendencia a reproducir todas las posibilidades es una prueba de la fortuidad de las diversas combinaciones, mientras que la tendencia a reproducir una sola de las posibilidades es una prueba de la presencia de una causa invariante.

Tal es el fundamento de la ley empírica en la eliminación del azar.

Veamos ahora como se procede para la determinación de las posibilidades, ya que esto es fundamental para determinar la normalidad que califica al azar.

En ciertos casos es relativamente fácil determinar las posibilidades. Cuando sólo hay dos bolas en una caja, la posibilidad se reduce a la de extraer una de las dos bolas. Sólo son posibles dos casos. La posibilidad de pronunciar una letra del alfabeto es de 25. La posibilidad de que llueva durante un año es de 0 a 365 días. Si, por lo tanto, se nota cierta limitación y regularidad en las observaciones hechas durante varios años, es que debe haber alguna causa que la determina. De la misma manera la posibilidad de la mortalidad de personas de 20 años en un país es de 0 al total de individuos de esa edad. Por lo tanto, si el número no varía o se nota una correlación entre su aumento y el de la mortalidad, se puede decir que hay causas invariables que determinan el porcentaje de la mortalidad. Pero, la posibilidad de posiciones con relación a una recta son infinitas. En este caso cualquier repetición sería anormal. De manera que cuanto más nos acerquemos a lo infinito de las posibilidades, la repetición será tanto más indicativa de una relación causal. Cuanto mayor sea el número de las posibilidades, la repetición de las coincidencias será más indicativa de la presencia de una invariante. Y por lo tanto, cuanto mayor sea el número de las posibilidades, mayor será la seguridad que resulta de la constatación de la regularidad. El que procede con grandes números aumenta las posibilidades, y cada repetición tiene más valor que cuando las posibilidades son pocas. Que salga tres veces seguidas el as, no es prueba de que esté falseado el dado; pero, si las observaciones de tres años seguidos en un país de 100 millones de habitantes dan la misma cifra de mortalidad, es una prueba de causas invariantes.

Hasta aquí nos hemos referido a la determinación de la normalidad de un fenómeno por sí mismo; pero la regularidad puede aparecer entre dos fenómenos. Por ejemplo la coincidencia entre el viento y la lluvia de que antes hemos hablado. La normalidad de las coincidencias se refiere siempre a sus posibilidades, y la posibilidad de sus coincidencias la determina la multiplicación de sus propias posibilidades. Si llueve una vez cada tres días durante el año, y venta del oeste cada dos, la posibilidad de su coincidencia la determina la multiplicación de ½ por ⅓, esto es, ⅙. Por lo tanto si cada seis días coinciden la lluvia y el viento del oeste, la coincidencia es normal; pero, si fuera mayor tendríamos que concluir en la existencia de una relación causal entre el viento del oeste y la lluvia.

Tal es el procedimiento para determinar la normalidad que permite fundar las inducciones de las leyes empíricas.

Pero ese procedimiento no sólo tiene ese valor crítico. Al estudiarlo S. Mill se refiere a casos en que es un verdadero instrumento de investigación. Por él se llega a descubrir la regularidad de causas ocultas cuando concurren numerosas causas en la producción de ciertos fenómenos. Por ejemplo la influencia constante del sol en la elevación de la temperatura estival. Permite también descubrir fenómenos que escapan a la observación. Por ejemplo la constatación de la regularidad en la diversidad de temperatura durante el día, que sólo se ha podido descubrir por medio de las estadísticas.

VIII.—Aplicación de las leyes empíricas

Hasta aquí he hablado del fundamento de las leyes empíricas no causales. Pasemos a considerar las previsiones que permiten.

Esta distinción entre el fundamento y la aplicación de las leyes empíricas no está bien establecida en la obra de S. Mill, y es una de las causas que dificultan su lectura en esta parte.

Las leyes causales permiten previsiones absolutas. El conocimiento de la causa permite la previsión absoluta del efecto. Pero, en las leyes empíricas se ignora la causa. Sólo se sabe que hay una causa, pero sin poder determinarla. Se sabe que hay causas que hacen que durante el año llueva 90 días; pero, ¿lloverá mañana? La ley se refiere al año, no a los días del año.

Si la ley fuera causal, podríamos saberlo porque conociendo la causa, la respuesta dependería solamente de la determinación de su presencia o de su ausencia. Pero, ¿en qué medida podríamos aprovechar la ley empírica para el pronóstico? La ley empírica sólo permite en este sentido afirmar probabilidades, y sus aplicaciones se hacen por el cálculo de probabilidades.

El cálculo de probabilidades se refiere así, no al fundamento de la ley empírica, sino a sus aplicaciones particulares. El cálculo de probabilidades sólo puede tener lugar si se conoce la ley. Es necesario saber que la ley existe, que el fenómeno se producirá. El cálculo de probabilidades puede servir para determinar nuestra indecisión ante la falta de precisión de la ley; pero no para fundar la ley, como parece querer decirlo S. Mill. La ley empírica de la mortalidad no se funda en el cálculo de las probabilidades. El asegurador que necesita seguridades y no probabilidades, no basa sus cálculos en éstas, sino en la ley empírica que dan las tablas de la mortandad. El dueño de la ruleta tampoco va a probabilidades, va a seguro.

El cálculo de probabilidades tiene por función suplir la falta de precisión de la ley. Tiene su razón de ser cuando se quieren sacar conclusiones de una ley que no están expresadas en ella. Las tablas de la mortalidad, respecto a la previsión de la mortalidad, no expresan probabilidades. Dentro de ciertos límites, entiende expresar una previsión absoluta. Sólo da probabilidades, si se quiere sacar conclusiones que ella no expresa, respecto de personas singulares comprendidas en las edades a que se refieren las tablas de mortalidad. De la misma manera de cálculo de probabilidades no tendría por qué ser empleado por el propietario de la ruleta. Sólo podría interesar al jugador que, no teniendo más razón de pensar que ha de salir un número que otro, necesita decidirse, y a falta de mejores motivos cuenta las probabilidades de uno y otro. Para el jugador que, sabiendo que tiene que salir tantas veces el as, cuenta las veces que ha salido, jugará casi seguro contra él, si ha salido acercándose al límite de lo que debe salir. Pero, esto no quiere decir que tenga que ganar.

La aplicación del cálculo de probabilidades exige así el conocimiento de la ley, y la ignorancia de su frecuencia. Es decir que debe ser una ley que o no exprese relaciones constantes, o que las aplicaciones que se quieren hacer de ella estén fuera del límite de su constancia. Por eso sería un absurdo la aplicación del cálculo a la veracidad de los testigos. Para que le fuera aplicable sería necesario una ley que estableciera la regularidad del porcentaje de la veracidad de los testigos. Si existiese esa ley, la aplicación del cálculo de probabilidades a la determinación de la veracidad de un testigo singular sería tan legítima como en el caso de la determinación del jugador a favor de un número determinado. Pero si en aquel caso el empleo del cálculo de la probabilidad puede ser una manera de salir de la indecisión, y que tiene su razón de ser porque en los grandes números acaba por ganar el que se dirige por ella, aunque aplicado a la apreciación testimonial se pudiese llegar a los mismos resultados, es decir, que en el total de condenas en los juicios criminales prevalecerían las condenas justas basadas en la apreciación testimonial por el cálculo de probabilidades, siempre sería una infamia a la que nuestra conciencia moral se resistiría pasar por la condena de inocentes, en razón de que en sus totalidades habría un porcentaje considerable en que la justicia saldría triunfante.

IX.—Conclusión

Y con esto creo que puedo dar por terminada la exposición de la teoría de la generalización inductiva, pues si bien Mill comprende en ella a las generalizaciones fundadas en la analogía, a las generalizaciones no dependientes de causalidad, y a las generalizaciones aproximativas, creo que lo hace erróneamente.

Efectivamente, las generalizaciones analógicas son falsas generalizaciones. La analogía puede ser un instrumento de investigación, de descubrimiento; pero, no sólo no puede dar un fundamento lógico a la generalización, sino que basta poder determinar que una generalización es analógica para declararla infundada. Para la práctica y para la investigación, la analogía puede tener mucha importancia: pero no la tiene de ninguna manera para la crítica de los conocimientos.

Por lo que se refiere a las leyes de coexistencia no dependientes de causalidad, a mi modo de ver S. Mill erróneamente las considera en la lógica de la inducción. Las relaciones entre las propiedades elementales de los cuerpos, cuya solidaridad se generaliza, no tiene más fundamento que la simple enumeración. Esas generalizaciones no hacen más que expresar lo que se ha observado hasta el momento. No son una inducción. No son el producto de la generalización de lo que se ha observado en uno o en varios casos, sino la afirmación de una coincidencia a la que no se le conocen excepciones.

Por lo que se refiere a las generalizaciones aproximativas, es decir, generalizaciones parciales, como cuando se dice la mayor parte de los vascos son honestos, S. Mill distingue perfectamente el caso de las cuasi generalizaciones, que no tiene valor científico, de la verdadera generalización hecha en forma de aproximación. Las primeras pueden tener un interés muy grande para la vida y se justifica el interés con que S. Mill las estudia; pero, para la crítica científica no tienen valor alguno. Se deben usar con grandes precauciones. En cambio, las generalizaciones aproximativas, que son verdaderas generalizaciones, en su limitación, son absolutas, es decir, que limitadas al porcentaje o a la tendencia que expresan en su aplicación, permiten previsiones absolutas. Es el caso de las generalizaciones sobre los grandes números. Las tablas de la mortalidad, son generalizaciones de esta naturaleza. En sus aplicaciones, como grandes números, son tan absolutas como las otras inducciones. Lo prueba la ganancia de las compañías de seguros. En las especulaciones de carácter social, en las que sólo se tienen en vista masas humanas, en que la consideración de los individuos desaparece, las generalizaciones aproximativas tienen un valor absoluto, porque las excepciones individuales no llegan a modificar los resultados totales que son los únicos que interesan. Otro caso en el que las generalizaciones aproximativas tienen un valor absoluto es cuando se conoce la causa de la generalidad de un fenómeno o de las excepciones individuales, y la generalización se expresa con la limitación que impone su causa o las causas de las excepciones individuales.

Ahora bien; las generalizaciones aproximativas, cuando tienen esas condiciones de una verdadera generalización, son o leyes causales o leyes empíricas no causales. De modo que, salvo la forma de la expresión, que no afecta su valor científico, no hay por qué hacer de las generalizaciones aproximativas una categoría especial de generalización entre las inductivas.

Así, pues, podemos concluir que la teoría crítica de la generalización abarca la justificación de las generalizaciones por simple enumeración, y las generalizaciones inductivas. El fundamento de las primeras es evidente, no así el de las generalizaciones inductivas. Hemos fundado la inducción en el principio de identidad por la determinación de la causa. Luego hemos indicado y discutido el valor de los métodos para determinar las causas. Y al llegar a este punto hemos observado que no siempre es posible la determinación de la causa; pero, no por eso la ciencia se arredra, y fundada en la simple regularidad, formula leyes que se llaman empíricas no causales. Y nos hemos preguntado por su fundamento. Hemos visto que siempre lo es la afirmación de la causa; pero, que no pudiendo determinarse, se la supone. Pero, esa suposición no es arbitraria. Requiere la constatación de la regularidad, que hemos visto que se funda en la eliminación del azar. La realización de su condición teórica da a las leyes empíricas el mismo valor que tienen las causales, en los límites dentro de los que se afirman.

De la excursión que hemos hecho por la teoría de la generalización inductiva, que es el fundamento de casi toda la ciencia de lo real, lejos de amenguar nuestro sentimiento escéptico, éste ha tenido que fortificarse; pero, no por eso nuestro escepticismo nos ha hecho negar la ciencia, al contrario, sólo él la puede salvar. Fríamente analizada con criterio dogmático hubiéramos tenido que negarla cien veces.


ULISES EN EL INFIERNO DANTESCO[24]

Por NICOLAS BESIO MORENO

Profesor en la Universidad de La Plata

Punta del Este, marzo 5 de 1919.

Querido amigo:

He leído con vivo placer su interesante estudio sobre el fraude, y sobre la moral de Ulises, aparecido en su Revista de Filosofía de este mes de Marzo. Toda la enseñanza que de él brota, sería de alta utilidad para los gobernantes y políticos de nuestro tiempo.

Pero, quiero referirme a las citas dantescas, que usted hace en el trabajo, justificadas por cierto, ya que el primer poeta de todos los tiempos, ha destinado a los falsarios y traidores, como usted lo dice, numerosos cantos de su Infierno. Fraude, hijo de la soberbia, primero y más grave de los pecados de la fe de Dante. A él también se refiere en los cantos X, XI y XII del purgatorio.

“En vano—dice usted—releyendo esa parte del poema dantesco, buscamos entre los fraudulentos al divino Ulises, arquetipo clásico de todos los simuladores. Y sorprende la ausencia pues el viaje...”

El párrafo me resulta inexplicable, conocidas sus aficiones dantescas y por las mismas citas, justísimas, que lo preceden.

El prudente rey de Itaca aparece entre los fraudulentos peores, pues el canto XXVI del Infierno, está dedicado a los grandes compañeros Ulises y Diomedes, allí reducidos no sólo por sus fraudes, sino por haberlos hecho cometer a otros; en el mismo canto se narra el último viaje y la muerte de Ulises.


Hacia poco más de la mitad del canto XVI del Infierno, el altísimo sabio y su duque comienzan a acercarse al reino espantoso de los fraudulentos de toda especie, al que los transporta el monstruoso vigilante de la entrada. El bello episodio de la cuerda que ceñía el talle del poeta, inicia el descenso al pavoroso círculo octavo, de los verdaderos fraudulentos, pero ya, poco antes, en los últimos fosos del círculo séptimo, se aperciben los usureros, perseguidos por la implacable lluvia de fuego.

El canto XVIII, describe las dos primeras fosas del círculo octavo, donde los seductores de mujeres, por cuenta ajena (rufianes) y por cuenta propia, marchan en sentidos contrarios, perseguidos por multitud de diablos, y donde los aduladores—también mísera especie de indignos—están sumergidos en repugnante estiércol, como fuera repugnante el vicio que en vida padecieron. Allí se ven el maldito hermano de Ghisolabella, el seductor de Isífile y Medea, la desdichada Taide.

En la tercer fosa del círculo octavo (canto XIX) pone Dante a los numerosos simoníacos de sus tiempos, que están cabeza abajo, con los pies ardiendo y aun las piernas; allí están el pérfido papa Nicolás III, Clemente V y todos los demás desdeñados por el poeta.

En la cuarta fosa (canto XX), los adivinos tienen la cabeza dada vuelta y caminan retrocediendo. Allí aparecen el gigante Anfiarco, prudentísimo varón, a quien Esquilo en sus “siete sobre Tebas” pone frente a la puerta Homoloidea, donde adivina su propia desdicha; Tiresias, el adivino de la misma ciudad de Cadmo; Aronta, que vaticinó el triunfo de César; la hija de Tiresias, que asentó donde debía fundarse la ciudad patria de Virgilio; Euripilo y muchos más.

La quinta fosa, de cola hirviente, encierra a los intrigantes (canto XXI y XXII) y la sexta a los hipócritas (canto XXIII), donde Caifás, que aconsejara la crucifixión, marcha oprimido por una dorada capa de plomo.

Y siguen los tipos de falsarios. A los ladrones se llega en la fosa séptima (canto XXIV) donde están mordidos por serpientes y quedan reducidos a cenizas, de las que renacen a su forma primitiva pasando por la de serpientes. Entre las multitudes se divisa al que hubo de apoderarse del trono de San Jacobo; en el canto XXV Caco y cinco ladrones florentinos sufren el castigo de su bajo delito en la tierra.

Y así llegamos al famoso canto XXVI, donde hemos de encontrar a Ulises y Diómedes entre los consejeros fraudulentos de que se ocupa también el canto XXVII.


Usted vé cómo, hasta ahora, son todos fraudulentos.

Usan unos del fraude para seducir mujeres y entregarlas a otros o gozarlas ellos mismos; otros usan todo género de fraudes para poder aplaudir y adular a los poderosos; luego los fraudulentos en simonía, que venden las ventajas de su encumbrada posición; los adivinos también, hijos del fraude, porque la adivinación, siendo imposible para los mortales, tenía que llevarlos a la mentira frecuente; nadie usa más del fraude que los intrigantes, pues de él se valen para vaciar su envidia o su ambición, que es soberbia; de los hipócritas no hay que explicar si son fraudulentos, pues ocultan invariablemente sus propósitos para parecer lo que no son; usan del fraude los ladrones, después; y los consejeros fraudulentos, más delictuosos que todos, pues se empeñan en hacer cometer su delito a los demás, aparecen representados por los dos grandes héroes troyanos Ulises Laertíada y Diómedes Tideida, unidos en la expiación como fueran unidos en el delito.

Es en este asombroso canto XXVI, donde Dante tiene la maravillosa intuición de la llama parlante, que la física habría de realizar muchos años después. Los condenados están enteramente envueltos en una llama que termina en punta, siendo mayor la de Ulises, el ingenioso, de linaje divino, que la de Diómedes, por ser aquél el director de las intrigas comunes y el autor único de muchas intrigas propias, y por ser, como usted dice, el que instigara a otros honestos a cometer delito de fraude; Diómedes, más heroico, más grande en la guerra, invicto siempre, vencedor de los propios dioses en los combates troyanos, merecía más consideración que el que arrancara a Aquiles de los brazos de Deidamia, para llevarlo ante los muros de Ilión.

No; Dante no podía olvidarse de ningún héroe ni personaje considerable de la guerra de Troya, porque la fundación de Roma—que era para el sumo poeta la máxima grandeza de la tierra—fué debida a linaje troyano y a la caída de la ciudad de Príamo.

Así Electra, madre del fundador de Troya, está en el Limbo, con Héctor y Eneas, padre de Silvio; entre los lujuriosos, Elena y Aquiles y Paris; Diómedes y Ulises ya citados; ni deja de recordarse de Príamo y Hécuba, Agamenon (I. XXX, 15; I. XXX. 16; Par. v. 69), Orestes su hijo (Purg. XIII, 32) y otros atridas más.

Pero Dante tenía un interés fundamental en ocuparse del esposo de la honesta Penélope, pues debía apartarse de la tradición homérica que no daba al fin del Laertíada un carácter tan trabajado y difícil, como el que él debía asignarle. Ulises estaba destinado, antes de morir, a salvar los límites del Mediterráneo y fundar Lisboa en la costa atlántica, para caer después sepultado en el anchuroso mar.

A la invocación gentilísima del mantuano, la más alta de las llamas que formaban el grupo de los héroes comienza ya a agitarse murmurando—como la que el viento al mover fatiga—así la punta aquí y allá llevando—cual si fuera una lengua la que hablase—lanzó sus voces fuera y dijo: “Cuando—... y habla de tal modo el ingenioso Ulises durante 52 versos del mayor poema.

Pero aquí no terminan los fraudulentos y, como aquéllos, está aquí Bonifacio VIII; después vienen los cismáticos: Mahoma, Rev. de Medicina y otros; falsarios de toda calidad, como los falsificadores de metales; de personas, como la incestuosa Mirra y la triste Hécuba; de monedas; de palabra, como la mujer de Putifar y Simón de Troya, que logró abrir la brecha de sus muros.

En el círculo noveno (canto XXXI) se castigan otras formas de soberbia; entre ellas la de los gigantes que quisieron escalar el cielo. Finalmente viene la mayor forma del fraude: la traición, para la que se destina el mayor castigo ideado por Dante. Los traidores de sus parientes, primero; luego los traidores a la patria; después los traidores de sus comensales; los traidores de sus benefactores; y, finalmente, los traidores a la divinidad y a la majestad: Judas y Bruto el asesino de César, y Lucifer mismo.

Discúlpeme, mi amigo, que ésta haya salido tan larga y cuente con su amigo affmo.

N. Besio Moreno.

Señor doctor José Ingenieros.


DEMOCRACIA INDIVIDUALISTA[25]

Por el Dr. CESAR REYES

Ex magistrado en La Rioja

I

Escribía hacia los años de la Revolución de Mayo Bartolomé Hidalgo, primer poeta nativo del Río de la Plata, en sus poesías gauchescas, haciendo hablar al paisano Chano, “capataz de una estancia en las islas del Tordillo”, en sus diálogos con el gaucho Contreras, “de la guardia del Monte”:

Contreras
Pues yo siempre oí decir
Que ante la lay era yo
Igual a todos los hombres.
Chano
Mesmamente, así pasó
Y en papeletas de molde
Por todo se publicó
Pero hay sus dificultades
En cuanto a la ejecución.
Roba un gaucho unas espuelas,
O quitó algún mancarrón,
O del peso de unos medios
A algún paisano alivió;
Lo prienden, me lo enchalecan,
Y en cuanto se descuidó
Le limpiaron la caracha,
Y de malo y saldeador
Me lo tratan, y a un presidio
Lo mandan con calzador;
Aquí la lay cumplió, es cierto
Y de esto me alegro yo,
Quien tal hizo, que tal pague.
Vamos, pues, a un señorón:
Tiene una casualidá...
Ya se ve... se remedió...
Un descuido que a un cualquiera
Le sucede, si, señor,
Al principio mucha bulla,
Embargo, causa, prisión
Van y vienen, van y vienen,
Secretos, almiración,
¿Qué declara? que es mentira,
Que él es un hombre de honor.
¿Y la mosca? no se sabe,
El estao la perdió,
El preso sale a la calle
Y se acaba la junción,
¿Y esto se llama igualdá?
¡La perra que me parió!
En fin dejemos amigo,
Tan triste conversación,
Pues no pierdo la esperanza
De ver la reformación.

Y en eso estamos, desde hace ya más de un siglo, en que nuestro humanista cuanto patriota, que fué militar de la Independencia, escribía:—manteniendo la esperanza de ver la reformación. ¿Hasta cuándo? Desde los albores de la independencia, desde antes, desde la dominación española, ya se decía en el papel que “todos éramos iguales ante la ley”. Este equívoco se ha prolongado hasta el presente en nuestras instituciones. Las leyes dicen una cosa; los hombres que las aplican y ejecutan, hacen otra cosa bien distinta.

Los magistrados y los funcionarios, hasta el presente, mienten cuando dicen que hacen la justicia igual para todos. Consciente e inconscientemente, la hacen en beneficio de la clase social a que pertenecen. Y como las aristocracias y burguesías, hasta el momento actual, en estos países, y en general en el mundo, dominan a la clase obrera, a la clase pobre, a los que ha dado en llamarse despectivamente, en ciertas regiones de América, chinos, negros, mulatos; y no obstante ser éstos los más, las clases dominantes disponen de magistrados y funcionarios que les pertenecen, y éstos, naturalmente, tienen que abogar por su propio gremio.

La reacción democrática—si ella ha de ser una verdad en la práctica, y no sólo una farsa en el papel—tiene que venir del mismo pueblo, y no del Estado, porque sin contadas excepciones los aristócratas o burgueses—de los cuales, como digo, están constituídos hoy los gobiernos—no pueden renunciar a su privilegio de casta para levantar a los que sufren, al pueblo obrero. Se necesita de hombres que por temperamento tengan un exquisito sentimiento humanista, que sean altruistas o filósofos, un conde León Tolstoy, un Roberto Owen, por ejemplo, de los cuales en este mundo de egoísmo y superficialidad apenas se contaría una docena. Cuando el pueblo se instruya y adquiera cierta independencia económica por sí mismo principalmente,—y también en segundo orden, por los que tímidamente, mezquinamente, le dé el Estado—, podrá reivindicar sus derechos, llevando a los puestos públicos por el voto en los comicios genuinos representantes de sus filas, con instrucción sí, y cultura moral, pero que no renieguen de su origen una vez que se encuentren encumbrados, aunque esto es difícil en ellos, puesto que obra el recuerdo de la infancia y la tradición de sus manes en cuanto han sufrido. Así se han de inclinar más a favorecer a los que sufren, al pueblo obrero, y no a las clases gobernantes, extrañas a sus dioses lares. Mientras el pueblo no tenga netos representantes de su estirpe, mientras obedezca a mandatarios de clases antagónicas a las suyas, va perdido; son mandatarios infieles que no han hecho más que traficar con el nombre de la democracia, pero cuyos intereses y sentimientos tienen tanto de demócratas como los españoles que vinieron a civilizar y enseñar el evangelio a los indios, exterminándolos por avaricia. Fuera de esa condición, sine qua non para que triunfe evolutivamente la democracia, se necesita esta otra: que el Estado constituído por los privilegiados, nobles, capitalistas, y sus secuaces sacerdotes y militares, no obstaculice por la fuerza la participación en el gobierno de la clase pleveya, porque entonces todo esfuerzo del pueblo sería ineficaz, y su reacción no podría venir sino por la revolución, oponiendo la fuerza a la fuerza. En nuestra república tenemos conseguido ya el libre voto—por lo menos en el papel, que en la práctica dista mucho aún de ser una realidad—; es posible, pues, el triunfo de la democracia, siempre que las clases trabajadoras, que son la mayoría votante, tengan en el gobierno genuinos representantes obreros, o hijos de obreros levantados con sus propios esfuerzos y que no desconozcan a su estirpe. Es verdad que, en ciertas provincias, al pueblo argentino le falta instrucción e independencia económica para poder comprender y buscar en la práctica legal su prosperidad individual y social; ahí, pues, debe tender la prédica: a que se instruya, a que trabaje en condiciones más ventajosas, solidarizándose, por ejemplo, en las huelgas para hacerse oir del capitalista; por otra parte, hoy la ciencia no es patrimonio de los ricos, pues pueden adquirirse libros de celebridades mundiales por exiguo precio, al alcance del obrero. La cuestión económica y la instrucción se complementan; por más que haya capacidad intelectual, no puede haber libertad de obrar sin base económica; el estómago manda; a la inversa, con algunos ahorros que tenga el hombre, si no tiene instrucción, va expuesto a dejarse explotar por otros más instruídos, o a perder su dinero en malos negocios. Buscar la independencia económica no es buscar la usura. Los capitales al alcance de todas las necesidades sociales, y no reconcentrados en pocos millonarios; deben, además, ponerse en circulación para favorecer intereses sociales, especialmente de las clases que más los necesitan, y no guardarse en las cajas de fierro o en Bancos, de donde sólo se los puede extraer con intereses crecidos y con garantía hipotecaria o firmas fuertes. En Norte América, donde la organización social se acerca algo a la democracia de verdad, no ha surgido el capital de las explotaciones de los gobiernos sino por la obra propia de trabajadores esforzados, quienes después donan grandes cantidades a sociedades de beneficencia, hospitales, institutos científicos y de trabajos prácticos, pero no las dan a las manos muertas de las iglesias y conventos, como entre nosotros, único caso en que aquí ocurren donaciones. En este país se han adquirido las fortunas, casi en tu totalidad, por las mercedes que los reyes españoles primero, y los gobiernos patrios después, hicieron de extensos territorios a los pocos españoles y argentinos de la burocracia, desheredando a los demás del pueblo, que, como los pobres indígenas, vinieron a quedar parias en el propio suelo que los vió nacer. No hay más que ver los títulos de esas mercedes, que aun circulan en los expedientes judiciales, para convencerse; así, por ejemplo, he visto títulos de tierras de la familia Arias que a su antepasado, Juan Manuel, le entregaron los gobiernos patrios casi la tercera parte de los Llanos. Después la tierra se ha valorizado por obra de la inmigración—compuesta casi en su totalidad de elemento obrero—que crea pueblos y cultivos, y por los ferrocarriles, resultando que de la noche a la mañana esos propietarios de extensas zonas de campo, antes sin mayor valor relativo, por mercedes o compras, han visto centuplicados el precio de sus tierras y han resultado algunos archimillonarios. ¿No es justo, pues, que estos señores contribuyan al bienestar social, poniendo a disposición de los que no tienen, lo que han recibido directa o indirectamente de la sociedad y del trabajador? Y si el enriquecido por el trabajo de todos se niega a retribuir al obrero, a compensar a la sociedad por lo que ha obtenido de ella, el Estado, haciendo justicia, una vez que esté constituído por representantes netos de la clase popular, lo ha de conseguir con una política socializadora, sin necesidad de expoliaciones, las cuales sólo se justifican cuando el monopolio raya al extremo, como sucedía con las manos muertas de curas y nobles en Francia, cuando la revolución, que vivían en el derroche, al paso que, como dice La Bruyére (“Los Caracteres”) andaban gentes pasteando por los campos de Francia a duras penas de poderse distinguir si eran hombres; como actualmente en Rusia, que millares o millones de pueblo pagaban con la miseria, en los calabozos de Siberia, y en las guerras externas interminables, el derroche, el libertinaje y las locuras de dominio de sus zares, nobles y militares.

Política de justicia se necesita, tendiente a elevar el pueblo trabajador, haciéndolo participar de derechos económicos, científicos, sociales y morales, que al presente le están restringidos, lo cual se conseguirá con darle independencia económica, con instruirlo, con educarlo. Se comenzará a darles base económica, legislando la materia de los contratos obreros, para que no sean explotados por patrones, fijándoles el mínimum del salario y el máximum del jornal, los accidentes en las fábricas a costa del capitalista, el derecho a la huelga; dándoles en enfiteusis tierras fiscales, en este país, donde, como ha dicho Sarmiento, “el mal que tenemos es la extensión”, para que las pueblen y no sufran hambre también ellos; para que poblado el desierto haya prosperidad social, por el aumento de producción, porque, como dice bien Alberdi, la riqueza no la da la tierra pelada sino el trabajo del hombre aplicado al suelo (“Estudios Económicos”).

Mejor todavía que en enfiteusis, la tierra se debe dar al que la trabaja, para que se radique en ella definitivamente y la ame formando su hogar, pero darla solamente a los que la necesitan y son capaces de hacerla producir, prohibiendo su negociación privada para que no se rehagan los latifundios de los señores feudales.

II

La Revolución de Mayo no resolvió el problema social argentino; ella, como la Revolución de Julio en Francia, ha sido el triunfo de la burguesía y no del pueblo, si bien el pueblo fué el que las hizo triunfar; pero no estando preparado ni económica, ni intelectualmente, resultó suplantado, dominado; con esas campañas, de que nos enorgullecemos tanto, se desalojó dos plagas sociales, la nobleza y el clero (en nuestro caso forasteras todavía), pero se levantó una tercera, los burgueses semiinstruídos y capitalistas, o sea la clase media. Es decir, en el caso de la Argentina, los criollos que se dedicaron al comercio y la ganadería—pues los españoles desdeñaban como oficio propio de negros y villanos—y se instruyeron en los escasos colegios y universidades de Córdoba y Chuquisaca, fueron los que constituyeron la burguesía. Porque en la colonia del Río de la Plata, y en toda Sud América, a excepción del Perú, nobles no había ni para remedio, salvo los mandatarios de orden superior que nos enviaban y regresaban a Europa sin dejar familia, como que les estaba prohibido el radicarse; según enseña la historia, la inmigración española a América era la ley de la población peninsular. Mas, andando el tiempo, estos españoles, plebe allí, comenzaron a considerarse nobles aquí, en relación con el indio; y tenían razón, a su modo, porque físicamente e intelectualmente esa raza estaba más adelantada. Expulsados los españoles, los hijos de éstos continuaron esa aristocracia ad hoc, nacida aquí en el medio, y también los mestizos que económica e intelectualmente—por ambas fuerzas y por la de las armas en las guerras de la independencia—se levantaron dominando, avasallando, al gaucho del campo y al cholo de las ciudades[26].

No es otro el origen de toda aristocracia, burocracia y gobierno en general: el dominio por la fuerza, la subyugación de una clase social, para explotarla. Con la evolución de las sociedades la lucha de raza a raza, de tribu a tribu, de clase a clase, de grupo a grupo, externa e interna, se atempera, por la adquisición de sentimientos sociales, del principio de justicia, pero no desaparecen del todo. Siempre hubo vencedores y vencidos; y la teoría de que no haya ni vencedores ni vencidos, pasará a ser una realidad en un porvenir aun bastante lejano, según lo hace ver el resultado de la actual guerra europea, que, no obstante el humanismo y la democracia decantados por Wilson, y en gran parte ciertos, los aliados se están achureando—como diría un criollo—el ex imperio alemán, hoy nación democrática, bajo el pretexto de que fué una teocracia.

Con la historia en la mano se puede constatar que el proceso de los Estados en el mundo fué ese, la clase “dominante” vencedora resultó gobierno, la clase “dominada”, vencida, quedó pueblo explotado. Los que lo niegan son precisamente los interesados en que ello no aparezca y en poder seguir así explotando al pueblo sin que se aperciba, bajo la carátula de protectores del mismo, vestidos con la piel del cordero.

Nos bastaría citar la opinión de eximios sociólogos, y filósofos, que han estudiado la cuestión política, libres de las banderas de los partidos y del espíritu de clase.

Mientras, pues, las luchas de clases no estén eliminadas o poderosamente atemperadas, lo cual pensamos se conseguirá en un porvenir no remoto, la clase democrática, los explotados, los obreros, deben estar prevenidos para llevar al gobierno sus representantes netos, que miren por propios intereses, para elevar su condición social, y no los “domestiquen”, mirando por desemejantes intereses.

III

Estando ya las clases trabajadoras en el poder, ¿de qué modo reivindicarán sus derechos acaparados por los burócratas y los parásitos? ¿Por la democracia individualista, sistema norteamericano? ¿Por el minimalismo, o programa mínimo del socialismo, como el del partido socialista argentino y los similares europeos? ¿O, finalmente, por el maximalismo, como el actual gobierno ruso, o programa máximo socialista?

Desde luego, débese eliminar el minimalismo, como tercera cuestión, porque está comprendido en el maximalismo, que es el verdadero socialismo, o comunismo de Estado, tal como lo pensaron y crearon Saint Simon, Owen, Fourier, Marx, Engels, la Internacional, etc., puesto que el programa mínimo—o sea la mejora obrera en el trabajo, con disminución de horas y aumento de jornal, prohibición del trabajo de los niños y mujeres en las fábricas y garantía de los accidentes—sólo ha sido ideado, como lo confiesan los socialistas, transitoriamente, para hacer posible la lucha obrera con el capital en las condiciones actuales sociales, y hasta que por su libertad económica y su instrucción el obrero esté en capacidad de obtener que el Estado socialice la propiedad privada. Los socialistas minimalistas nunca pierden de vista el verdadero programa, aunque más remoto del partido, o sea la socialización de los medios de producción. A este verdadero socialismo, que ha triunfado hoy en Rusia—pues como bien lo hace ver Kantor, la constitución que se ha dado dicho gobierno ruso no es más que la aplicación de los principios proclamados por la Internacional Socialista—ha dado en llamarse maximalismo, nombre que viene de programa máximo, y se tiene a Carlos Marx como su verdadero fundador.

El maximalismo no entraña, pues, como cree el vulgo, fatalmente la revuelta y el desorden; se puede conseguir con la evolución mediante la conquista del poder por el voto libre de la mayoría socialista de una nación, o mediante la revolución armada en casos extremos. En Rusia se hizo por la revolución, pues allí los hechos la justifican plenamente—no tenía garantía del voto el obrero, era sacrificado en las guerras y en las cárceles siberianas, moría de hambre en el rico territorio que él cultivaba para otros; con la evolución jamás se hubiere levantado ese pueblo, era insoportable su situación, peor, muy peor, a la que pasaba el pueblo francés en 1789, cuando se sublevó contra los nobles y el clero en la revolución de que tanto se vanagloria la humanidad. Con el triunfo del maximalismo en Rusia, se evitaron las horribles matanzas de millones de obreros rusos en la guerra externa con Alemania, donde a los paisanos reclutados se los llevaba sin armas, mal alimentados y casi descalzos, a pelear en esas fronteras rocallosas y heladas, contra soldados bien pertrechados, a servir de carne de cañón; y así durante esa guerra entre Alemania y Francia, hecha “de arriba” por el pueblo ruso, perdió éste más de 3 millones de obreros. Se evitaron también los estragos no menos inhumanos que los zares y nobles cometían sobre la plebe, en el orden interno, con la emancipación de esta clase domesticada. Es verdad que hubo excesos; los hay en toda revolución, y ellos se justifican plenamente ante la necesidad del triunfo de la causa salvadora. Rodaron unas cuantas cabezas de nobles y jefes de ejército, explotadores sistemáticos del pueblo, pero se economizó derramar mucha sangre popular en holocausto a los dioses zarinos, en la guerra europea y en los calabozos de la Siberia. No fueron tantos los desórdenes como pinta la prensa interesada en desprestigiar la causa por el único cablegrama parcial que nos viene, el aliado, y hay que dudar de la verdad de esas comunicaciones. Aun así mismo, de ser ciertas las noticias, los desmanes cometidos por la célebre revolución francesa, que tanto ponderamos, fueron inmensamente superiores a los ocurridos hoy en Rusia, cuando no había día en que no se hiciera rodar del cadalso la cabeza de algún dirigente. Y la tal libertad, igualdad y fraternidad que proclamó quedó letra muerta; fué libertad para los burgueses, igualdad y fraternidad entre los miembros de esa sola clase social. Siquiera la revolución social rusa, crea una libertad, igualdad y fraternidad mucho más extensa, una libertad, fraternidad e igualdad para la gran masa obrera, y no sólo de Rusia sino del mundo entero, puesto que dicha constitución maximalista tiene una cláusula por la cual se tiende a organizar la humanidad bajo una confederación de estados, formados todos de modo semejante al gobierno actual ruso.

Es claro, pues, que los países en que la situación del obrero no sea extrema, como fué en Rusia, pueden llegar al maximalismo por la evolución política, y allí no habrá ni los pocos excesos que en Rusia fueron inevitables.

Por lo demás, el socialismo máximo no es, como se dice por algunos, una simple utopía, un sueño de filósofos. Fuera de que ya lleva más de un año de práctica en lo que fué imperio absoluto de los zares, existió, como sabemos, en varios pueblos. Así, por ejemplo, en el gran imperio del Perú al arribo de los españoles se vivía en un régimen algo comunista, en ciertas cosas más acentuado que el establecido por los maximalistas rusos, y sin embargo, el imperio floreció y las gentes vivían cómodas; no había ricos (fuera de la clase sacerdotal y de la aristocracia imperial—que ellas siempre han sido pudientes en todas partes—mas eran clases reducidas en comparación con la gran masa popular) pero tampoco había miseria; la propiedad del suelo pertenecía al Estado, y él era quien asignaba al individuo que llegaba a la adolescencia un lote para que lo trabajara, y todos estaban obligados a hacerlo, pues eran fiscalizados directamente por empleados del Estado. Ni el producido del trabajo pertenecía al operario, sino que iba a almacenes y graneros públicos, de donde se repartía a la población en cada aldea o pueblo, por cabeza, y había justicia relativa allí, puesto que todos trabajaban fiscalizados y no existían haraganes que “vivieran de arriba”. Estudiándolos dice el Dr. Luis Jorge Fontana: “Cada ciudadano nacía libre para la ley que fijaba los deberes y derechos de cada individuo ante la patria, la religión, la familia y para con sus semejantes... La agricultura, hoy embrionaria y empírica en América, como que recién empezábamos a fundar escuelas, constituía la principal fuente de recursos nacional en otra época. Cada hombre al llegar a la edad de la pubertad recibía del Estado un terreno ubicado y delineado oficialmente para que lo cultivase y formase hogar y familia. Desde el emperador hasta el último de sus súbditos cultivaban la tierra, él removía el suelo en cierto período del año con un azadón de oro y los ciudadanos con herramientas de un metal compuesto, una aleación de bronce tan duro como el acero. Regaban los campos por medio de acueductos sacados de ríos y de lagos y por canales menores, acequias, el agua era llevada a largas distancias y levantábanla hasta la cumbre de las montañas. Su distribución y servicio tenían reglamentación admirablemente estudiada; construían puentes y calzadas de dimensiones colosales, y el ejército en tiempo de paz era ocupado en la construcción de las obras públicas” (“Ab Ovo”, págs. 36 y 47). El Dr. Ernesto Quesada escribe: “Pero lo que es admirable—y es esto cabalmente lo que más nos interesa en el presente curso—es su organización social. Era una sociedad basada en un comunismo perfecto y en una burocracia técnica, que gobernaba un monarca autocrático, pero inspirado siempre en el bien de la comunidad. Durante siglos funcionó tal organización con el éxito más completo y realizando lo que las actuales doctrinas socialistas no han soñado siquiera en imaginar; el individuo era un sencillo rodaje de la comunidad y sus actividades se ejercían como simples funciones sociales, reglamentadas y vigiladas por el órgano de dicha comunidad, constituída por la burocracia imperial. Nunca ha registrado la historia en parte alguna del mundo una organización tan perfecta, dentro de esa orientación, y con un resultado más completo en cuanto a la prosperidad nacional y al funcionamiento del sistema; las misiones jesuíticas lo imitaron con análogo éxito durante el período de la Colonia. La comunidad por el órgano del gobierno, interviene en todos los actos de la vida, reglamentándolo todo y cuidando de que todo marche armoniosamente. Y eso que se trataba de un extenso imperio, englobando poblaciones de origen étnico distinto y de diverso grado de cultura” (“El Desenvolvimiento social hispanoamericano”, Revista de Filosofía, Noviembre de 1917, pág. 461). Foustel de Coulanges, en su obra célebre “La ciudad antigua”, trae: “Se sabe de algunas razas que jamás han llegado a establecer la propiedad privada, y de otras que sólo la han establecido tarde y penosamente. No es, en efecto, problema fácil el saber si en el origen de las sociedades puede el individuo apropiarse el suelo y establecer tan recio lazo entre su ser y una parte de la tierra, que puede decir: “Esta tierra es mía; ésta es como una parte de mí”. Los tártaros conciben el derecho de propiedad cuando se trata de los rebaños, y no lo comprenden cuando se trata del suelo. Entre los antiguos germanos, según ciertos autores, la tierra no pertenecía a nadie; la tribu asignaba todos los años a cada uno de sus miembros un lote para cultivar y cambiaba el lote al siguiente año. El germano era propietario de la cosecha, pero no de la tierra. Todavía ocurre lo mismo en una parte de la raza semítica y entre algunos pueblos eslavos” (pág. 70, edic. Madrid). Sigue el autor haciendo notar que en Grecia y Roma y en la India, es decir, en la raza aria, de donde nosotros tomamos esa civilización, la propiedad del suelo fué desde un comienzo privada, y como consecuencia del culto a los muertos y al hogar, familiares, que estaban adscriptos al suelo y no podían dejar abandonado su culto y sus muertos. De modo, pues, que sólo por una razón de orden religioso e histórico es que los actuales pueblos de raza aria son individualistas en la propiedad del suelo, según esto. Es de advertir que a propósito he citado autores que nada tienen de socialistas; y si cabe duda todavía al respecto léase el capítulo “La Reglamentación Comunal”, de la obra del individualista Spencer, “Instituciones industriales”, donde trae innumerables ejemplos de pueblos que han sido comunistas; en algunos el origen, la razón de nacer del comunismo fué el matriarcado, o parentesco por la línea femenina.

IV

Los que nos hayan seguido hasta aquí creerán, acaso, que estoy convertido en un maximalista declarado. Sin embargo, como lo explicaré en seguida, es lo contrario; sólo he querido demostrar hasta aquí que el maximalismo no es un sistema utópico, ni siempre revolucionario, y aunque revolucionario en algunos casos no anárquico, como se lo pinta por los que no lo conocen y por los que tienen interés en desfigurarlo. Pero es el caso que con ese sistema social el individuo puede quedar aniquilado, se debe enteramente a la sociedad; todos son iguales, malgrado las diferencias naturales; se puede crear así una igualdad artificial en vez de la igualdad natural, la cual consiste, como se ha dicho bien, en respetar las desigualdades naturales. Con este sistema de coacción pública, donde todo está reglamentado por la sociedad de antemano, que se ha erigido en Estado—confundiendo así dos hechos sociológicos que son bien distintos—se mata toda iniciativa individual, se destruye toda diferencia innata o adquirida, se hace imposible, en una palabra, la selección, y con ella el mejoramiento individual y social rápidos, desde que se pone trabas a la lucha por el triunfo de los más fuertes, de los más capaces, de los más laboriosos.

Además, este comunismo de Estado destruye la libertad, y el ideal de las civilizaciones modernas es aumentar la libertad individual, no siendo más el Estado y la sociedad sino un medio para adquirirla, para que el hombre viva bien, pudiendo satisfacer libremente sus necesidades naturales, siempre que respete iguales necesidades por parte de los demás.

Como han hecho notar bien los escritores de derecho político, con el comunismo la sociedad se vuelve más gregaria, el hombre es menos libre que el soldado, y se retrograda así al régimen del estatuto, del mando, de la coacción, propio de las sociedades primitivas en donde por razón de las continuas e ininterrumpidas guerras externas e internas, se hacía necesaria mucha subordinación en el pueblo y un régimen fuerte de mando por el gobierno. Pero con la civilización se ha impuesto el régimen contrario, o sea el del contrato, el de la voluntad, que regla todos los actos de los hombres libres y civilizados. En el siglo pasado, Inglaterra y Norte América—naciones respetuosas de la libertad individual—fueron las más avanzadas en el progreso del mundo; los árabes, donde la ley de Mahoma les regla todo, son los más atrasados hoy. Una sociedad en tales condiciones progresa hasta un limitado estado, y de ahí no puede pasar, vive por siglos estacionaria; no habiendo iniciativa individual, hombres que se hagan a sí mismos, y no resulten hechos por el estado, no puede haber innovación, cambio, progreso; habrá orden cuando más y por el tiempo que se quiera, pero faltará el otro elemento del desarrollo social, desde que éste se forma, como bien lo explica Comte, del orden y del progreso sociales. Por esto, estamos en contra del socialismo maximalista o comunista; y del llamado minimalista también, porque, como queda dicho, no es más que la introducción del socialismo, desde que sus adeptos jamás pierden de vista al ir consiguiendo esas ventajas mínimas, las máximas, a las cuales se les apuntan ya francamente, cuando les llega la ocasión de dar el golpe, ya sea en los comicios o por la revolución. Ahora, es claro que el programa mínimo del socialismo, puede ser sostenido y practicado en su generalidad, y aun avanzando, por cualquiera que tenga ideas liberales, que desee la mejora obrera, que sea demócrata verdadero. La democracia individualista norteamericana, con el presidente Wilson a la cabeza, desarrolla ese programa, y no solamente para Estados Unidos sino para el mundo entero, propiciando el sistema de organizar las naciones formando una liga de ellas, para unir las gentes y evitar las guerras. Filósofos individualistas como Spencer y pensadores como Alberdi, lo sostuvieron también en obras célebres anteriormente. ¡Hay que leer ese “crimen de la guerra” del pensador argentino, la obra más sesuda que se ha escrito contra la guerra, para convencerse de la elevación de miras del gran humanista argentino—que no tiene una estatua en su tierra y vivió y murió como paria, pues no supieron comprenderlo,—adelantándose más de un siglo a su tiempo! En su obra “Instituciones Industriales”, escrita por el año 1890, Spencer desarrolla la idea, cómo, sólo con el obrar individual y democrático, es decir, con que el individuo ejercite sus libertades naturales a condición de respetar iguales derechos por parte de los otros, tanto en el interior como en el exterior de los países, y que los Estados se concreten a hacer respetar y nada más esas igualdades en las libertades en vez de desatender la función de justicia que es su fin primordial y de ocuparse de otros asuntos que son del rol individual, como ocurre hasta ahora, y es lo que obstaculiza el progreso; creándose además, con la disminución de las guerras, por el comercio, por las industrias, por el tráfico, por la inmigración, por las ciencias, una confederación de Estados mundial, Estados que no serán imperialistas sino más reducidos y más iguales en lo futuro—así opinaba Spencer que debía crearse la democracia universal siguiendo el desarrollo de los pueblos. Y a mi juicio dió en el clavo de la cuestión, como lo cree también el sociólogo Vaccaro, y lo está practicando con éxito indiscutible Norte América y su presidente demócrata individualista Wilson.

Pero es el caso que muchos años antes, Alberdi propuso lo mismo, en la obra que cito, allá por el año 70, con motivo de los preludios de la guerra francoprusiana.

Haciendo honor al pensador argentino, vamos a transcribir los siguientes párrafos; dice hablando de la libertad interna: “En mi opinión la ruina de la supremacía militar de la Francia no es hija de los contrastes y reveses de su reciente guerra con Prusia, sino que esos reveses son resultado de la ruina que ya existía, sin manifestarse, de esa supremacía. Ha muerto a mano de otros progresos de la Francia en el camino de la civilización. Un gobierno sin libertad, un país sin industria aventajada, son más capaces de preponderancia militar que un país libre y rico por la preponderancia noble de su industria. En este sentido la Prusia y Rusia son más capaces de preponderancia militar que la Inglaterra. El ejército perfeccionado es la expresión de un gobierno en que la subordinación prima a la libertad”. Y en otra parte, hablando de la cuestión externa, dice: “El mayor obstáculo para llegar a la organización del mundo en una vasta sociedad de naciones es la existencia de lo que hoy se llama grandes poderes o grandes aglomeraciones nacionales; pues lo primero que exige en nombre de su grandeza uno de esos poderes, cuando se trata de decidir la contienda que le divide con otro, es que nadie intervenga ni se mezcle en esa decisión. Ese nadie es la sociedad general, el mundo neutral, es decir el juez natural de los pleitos internacionales. Remover ese obstáculo es propender sistemáticamente a la subdivisión de las grandes naciones, es decir, a la disminución de su poder para que ninguna de ellas sirva de resistencia invencible a la formación de la Nación suprema y definitiva, compuesta de todas las naciones del mundo, hoy dispersas, errantes y anarquizadas entre sí. Los grandes Estados son lo que eran los grandes señores como obstáculos y resistencias al establecimiento de la sociedad política y de la autoridad nacional de cada país. De modo que en lo internacional, como en lo interior de cada nación, se llega a la unidad general por la división de las unidades parciales que aspiran a realizarla... “Unidad que no depende de la multitud, es tiranía: multitud que no se reduce a la unidad es confusión”, ha dicho Blas Pascal”. (Páginas 321 v 284, Obras Post.).

V

Así, pues, en resumen, pensamos: Que con una democracia individualista en lo interno y externo de las actuales naciones, es decir, con el obrar amplio por el individuo, haciendo uso de su libertad, pero respetando iguales libertades por parte de los demás, o sea la igualdad de las libertades naturales, y con la garantía real, verdadera, por parte de los gobiernos de esas libertades en el obrar para el individuo, sin mayores restricciones que las que imponen el ejercicio de las mismas por parte de los demás, es como la sociedad humana tiende a evolucionar en lo futuro para ser feliz el hombre y progresar él y la sociedad. La humanidad necesita así, para constituirse definitivamente, de la Confederación de naciones en donde todas entren como iguales, para que haya la fuerza pública necesaria a castigar las violaciones a la justicia de los Estados, cometidas por alguna o algunas naciones que pretendieran hacer uso de sus libertades abusivamente, es decir, desconociendo iguales derechos de vida por parte de las otras. Con sólo, pues, el principio de justicia, individualista: la libertad, igual para todos, o sea la igualdad natural en el obrar, se ha de organizar la humanidad democrática del porvenir. Por el respeto de ese principio, en virtud del convencimiento que la ciencia aporte a las gentes a medida que el pueblo se vaya instruyendo, y se vaya haciendo hábito dicho principio de justicia a fuerza de vivirlo cada vez más ampliamente por el tráfico en aumento siempre entre los pueblos, y sobre todo, sabiendo, como deben saber, que detrás de su violación está el poder de la comunidad para castigar al individuo abusivo que se toma las libertades ajenas, creyéndose privilegiado en el mundo, se creará la libertad, la igualdad y la fraternidad. No es con palabras, mentidas en los comicios, ni con letras de molde en las leyes, ni tampoco con oraciones en los conventos donde el amor al prójimo a nombre del Dios es predicado por explotadores de los “fieles”; a esta altura del discurso, si obligado estuviera a pronunciarme entre Norte América, democrática individualista, y Rusia actual, socialista maximalista, entre Wilson y Lenine mi predilección no se haría esperar; optaría por los Estados Unidos y Wilson, sin que por esto pensare que todo lo realizado por ellos sea perfecto, y sí solo sostengo el sistema, la tendencia, que allí mismo se ha de perfeccionar, pues dista mucho de alcanzar el ideal democrático individualista.

Jóvenes amigos; señores. Mientras las luchas de clases, de tribus, de naciones, no se atemperen por el respeto recíproco de las gentes al principio de justicia que dejo explicado, desconfiad siempre de esos protectores de clases desemejantes que os quieren ayudar desde el poder—“proteccionismos” que día a día se ven fracasar en los individuos y en las naciones.—Mas, tal desconfianza, tal precaución, no debe ser nunca un obstáculo puesto al advenimiento de una confraternidad de miras democráticas, igualitarias naturales, porque esto implicaría formar clases cerradas y naciones guerreras que han sido fatales para el progreso de los pueblos y la humanidad. Los aristócratas o burgueses que adoran tanto al pueblo y quieren pasar por demócratas, traten de conseguirlo, pero haciendo primero los sacrificios de sus privilegios injustos, antes de que el pueblo, desengañado, cambie el tono de sus reclamaciones. A tiempo están de abdicar tantos privilegios económicos, sociales y políticos de que gozan. ¡Que se hagan ver!