La sucesividad: ética, estética y religión, se observa muy bien en el estadio de la estética motriz, en que el hombre no había llegado aún a discernir lo mejor de lo peor, lo bueno y lo malo, etc., sino en el mundo sensorio, y, aun en éste, limitado a las sensaciones musculares que, a los efectos de la realización de la vida, ocupaban el primer puesto, eran los primordiales. El sujeto que sobrepasaba a los demás en fuerza muscular, o bien en el manejo de las armas, por ejemplo, realizaba lo más estético, prevalecía, era luego el jefe, el árbitro de lo ético, el modelo en la realización de lo estético; si llegó a lo extraordinario, las generaciones siguientes lo erigieron en ser mítico, más tarde en dios. Hombre extraordinario, jefe, mito, dios; he ahí un origen estético de muchos dioses primitivos y origen estético-motor surgido del sentido muscular como arma para satisfacer el instinto de conservación en la lucha por la vida. En aquellas épocas alejadas, el arma más eficaz para el triunfo era la fuerza muscular y la maestría para utilizarla mejor, porque aún no habían nacido otros medios de lucha, el hombre admiró y exaltó lo más perfecto, y llegó a crear los dioses que representaban el summum de la fuerza o de la perfección en las nociones que provee el sentido muscular. Pero la fuerza y la maestría si eran armas eficaces para la lucha por la vida, no lo eran para luchar contra agentes naturales como la tempestad, el rayo, la obscuridad; y el sentimiento del temor nacido de la ineficacia de los medios de lucha, dió origen a la creación de dioses misteriosos, monstruosos, brutales. Pero estos dioses eran de origen más remoto; estos dioses productos del terror perduraron y fueron, poco a poco, desplazados por los dioses motores. Los dioses de origen fóbico convivieron cierto tiempo con los dioses motores, hasta que estos últimos los desplazaron del todo.

Y este fenómeno de simultaneidad y desplazamiento gradual de dioses de distinto origen, ha sido de todos los tiempos y es el que, aunque con mucha mayor complejidad, ocurre actualmente.

No fueron los dioses los que engendraron al miedo sino el miedo el que creó a los dioses, como muy bien lo dijo Lucrecio. Como el hombre los creó bajo la influencia depresiva del terror, que es eminentemente antiestético, todos esos dioses son sumamente antiestéticos: son creaciones cuya sola vista debe provocar el mismo sentimiento de terror con que fueron creados, son dioses onomatopéyicos del terror, como ocurre con la diosa Kali indú, o los animales monstruosos de los egipcios que poblaban la tierra de que habla Máspero, o los dioses estrafalariamente horribles de los asirios y caldeos, etc.

Tampoco fueron los dioses los que crearon los sentimientos estéticos motores, sino los sentimientos estéticos motores los que crearon los dioses motores, cuyas figuras representan el summum de la estética motriz de entonces. Tal ocurre con los dioses egipcios que no eran de origen fóbico, como Ammon que era un dios de fuerza, Osiris e Isis, dioses de energía o fuentes de energía, Hércules que cae de un plano superior en Egipto a uno más inferior en Grecia que estaba en un período mucho más avanzado de evolución, y los dioses de fuerza, los dioses motores pasan a la categoría de semidioses o héroes: Teseo, Perseo, Belerofonte, Cadmo, etc.

Se ascendió de lo estético a los dioses y no se descendió de los dioses a lo estético. Los dioses sintetizaron lo estético.

Lo estético se presenta así como un grado de evolución superior a lo ético, como un sentimiento intermediario entre el sentimiento moral y el religioso. Por eso es que en el sentimiento de la inspiración, el inspirado se encuentra en un estado sentimental intermediario entre el sentimiento que provocan las reflexiones morales y el éxtasis místico. El momento de inspiración es un momento de éxtasis estético y el sujeto se halla en lo que respecta al mundo exterior, en un estado de semiconciencia, casi completamente aislado y no completamente aislado, ajeno a todo lo que ocurre fuera de él, como acontece en el éxtasis místico, que, en lo que concierne al sentimiento, es la superevolución del éxtasis estético.

Pero la estética motriz no es exclusiva de los pueblos primitivos y salvajes; en infinidad de hombres se encuentra hoy, si no en la forma rudimentaria del salvaje, en un grado de evolución algo superior. Como es muy reducido el número de sujetos en los cuales los agentes motores ya no provocan reacciones estéticas, resulta que la estética motriz es cultivada, no solo por los motores, sino por todos aquellos en los cuales este factor tiene aun importancia psicológica. Así se explica que perduren aún cantidad de deportes, que solo se diferencian de los del salvaje por la indumentaria de los que los realizan, o por la forma o los medios de realizarlos. Si se estudian los medios de provocar reacciones estéticas motrices, en las colectividades más avanzadas, se verá que son de una enorme variedad, desde el simple culto de la fuerza en los atletas, boxeadores o luchadores, hasta el tango, desde las cinchadas o gatas paridas al partido de football o de tennis, desde las cinchadas y visteadas al sable o al florete y desde el juego del sapo al campeonato de tiro.

En el niño, durante la primera, la segunda infancia y aun invadiendo la niñez, las reacciones estéticas provienen, especialmente, de excitantes motores, ya obre como actor o como simple espectador. Por grados insensibles, durante la niñez, de la estética motriz pasará al predominio de la estética sensoria, que culminará al final de la niñez.

El sujeto puede quedar estacionado, en lo que a sentimientos estéticos se refiere, en cualquier etapa. Si queda en la sensoria, será un adulto cuyos sentimientos estéticos serán sensorios y reaccionará como reacciona un niño, es decir, mediante excitantes sensorios. Si se estaciona en la motriz, sus sentimientos estéticos se manifestarán exclusivamente en lo motor y representará, en ese concepto, a un salvaje viviendo en un medio culto.

2.ᵒ Estética sensoria.—En la filogenia, sobre la base de las reacciones estéticas de carácter motriz, evolucionaron las sensorias. Llamo así, a las reacciones estéticas provenientes de todas las sensaciones, excepto las musculares o las que provoca en el espectador el movimiento, para las cuales se reserva el vocablo motriz, es decir, reacciones estéticas motrices. Los sentimientos estéticos de origen sensorio, provienen, pues, de las sensaciones visuales, auditivas, tactiles y térmicas, gustativas, olfativas y de orientación.

El nacimiento de estas reacciones estéticas en la filogenia, se explica porque complejizándose cada vez más, con la concurrencia vital, la lucha, fué necesario emplear mayor número de medios, y de medios más eficaces. Sucedió, entonces, lo mismo que ocurre ahora. Al hombre primitivo no le bastaron en una etapa dada, para tener éxito, las sensaciones musculares y la fuerza muscular, y tuvo que echar mano de otros medios auxiliares, que no podían provenir más que del empleo de los otros sentidos, perfeccionándolos, o adaptándolos mejor con el uso. Pero lo auxiliar en su origen, se fué convirtiendo, poco a poco, en fundamental, pasando lo fundamental, en muchas actividades, a ser secundario. El hombre primitivo superaba, como supera con mucho el salvaje actual, al hombre culto, en lo que respecta a sentido muscular. Salvo actividades excepcionales, el sentido muscular no es el más importante a los efectos de la lucha diaria y más concurso prestan las otras sensaciones, sin exceptuar, naturalmente, a los obreros.

En el estadio de la estética sensoria, para los que han llegado a penetrar en él, la estética motriz es de carácter secundario, pasando a ocupar el primer puesto la sensoria.

En la Historia el tipo de estética sensoria es el pueblo griego. Téngase en cuenta que aludo a la cultura media del pueblo griego y no a la de sus grandes hombres.

Los dioses primitivos de origen fóbico desempeñan allí un papel muy secundario; los dioses motores como Hércules han caído a la categoría de héroes. No obstante esto, no por eso desaparece la estética motriz, como no ha desaparecido hoy y por inferior que sea perdurará aún, y se manifiesta en los diversos juegos celebrados y cantados por sus poetas. Pero las sensaciones, de lo ético ascendieron a lo estético, y de lo estético se llegó a lo religioso. De ahí la serie de dioses de origen sensorio, de mitos, de genios, todos de carácter estético. Si se exceptúa Júpiter que es un dios de fuerza, Marte que lo es motor y alguno más, los otros en su mayoría son evidentemente sensorios: Venus, Cupido, Baco, Eolo, las nereidas, las sílfides, las ondinas, etc. Quedan Plutón, las arpías, las furias y otros genios de origen fóbico, pero ya no son tan horripilantes como los dioses fóbicos asirios o la diosa Kali.

Los epicureístas y los estoicos no son más que dos tendencias antagónicas en una ética sensoria, que llega a culminar en la estética sensoria. Tanto los epicureístas como los estoicos surgen del mundo sensorio, como propulsor de la voluntad: satisfacer la sensación de afectividad positiva, o no satisfacerla prefiriendo la negativa; he ahí a la sensación obrando en la voluntad, para unos como elemento de impulsión (epicureístas), para los otros como elemento de inhibición (estoicos), o si se quiere plantear en otros términos: el dominio de los sentidos sobre el yo o el dominio del yo sobre los sentidos.

En la actualidad no son muchos los que han ultrapasado el límite de la estética sensoria. La mayoría permanece en ella, perfeccionándola. Su ética será también poco elevada.

En el terreno del arte los estetas sensorios son aquellos que reaccionan ante las sensaciones; en visión el sujeto reaccionará ante el colorido, la perspectiva, la distribución en el paisaje, el conjunto, el claro-oscuro, etc.; en audición, se extasiará con el timbre, con la altura del sonido, con la intensidad, pero no le exige mucho más; en el gusto, será un perfecto goloso, etc.

En las producciones artísticas al visual le bastará la estética motriz o sea la ejecución, la virtuosidad del pintor, y el elemento sensorio, el colorido, la perspectiva, etc.

En literatura preferirá al descriptor colorista, importándosele muy poco del contenido, de la tesis sustentada, del meollo de la obra. Al auditivo le llamará la atención la parte motriz, ritmo, compás, movimiento, virtuosidad; preferirá en la audición lo puramente melódico o armónicamente simple. Las complejidades quedan fuera de su alcance.

Es de advertir que cantidad de productores, a los que se les llama artistas, sólo realizan la estética motriz y sensoria y sus producciones no ultrapasan ese límite. Naturalmente, obtienen un éxito inmediato; son los menos discutidos, porque la estética de sus producciones es perfectamente accesible para la gran masa y para los críticos que, si son tales, es por incapacidad de ser productores, lo que equivale a decir que siempre están en un plano inferior al productor, aunque su producción no ultrapase el límite de lo sensorio. Es por eso, por lo que, en general, los críticos hincan sus garras en la producción superior, que les es inaccesible, y no en la inferior, que pueden catar mejor.

La moralidad de los artistas que no ultrapasan la estética sensoria debe estar de acuerdo con sus sentimientos estéticos y nada tiene de extraordinario pues, que sean sensualistas, libertinos que llevan una vida disipada, como ocurre con una cantidad de literatos y de artistas en general, que en realidad son pseudo artistas, los que llegan hasta creer que la producción superior trae aparejado ese género de vida. Pero analícense sus producciones y se verá que les espera una existencia precaria; que no tendrán más longevidad que la del artículo de diario, o de la columna de revista o cosas semejantes; no pasan jamás a la Historia.

No ocurre lo mismo con cerebros como el de Víctor Hugo, con artistas como él, como Carducci, como Zola, cuya forma tachada de inmoral, es un medio de llegar a la estética del pensar, que surge de una profunda ética.

Claro está que al hablar de artistas excluyo a los llamados artistas líricos, bufos, cómicos, dramáticos, danzantes, prestidigitadores, etc. Del punto de vista de la mentalidad y del sentimiento, estos sujetos tienen muy poco de artistas y mucho de pobres diablos. Sus sentimientos estéticos, salvo las excepciones de sujetos superiores, son inferiores como lo son los éticos.

Cuando se habla pues de artistas inmorales, lo que debe discutirse, en primer término, es si se trata realmente de artistas y no de sujetos con sentimientos estéticos sensorios que no ultrapasen este límite. Por lo demás, no hay por qué circunscribir los sentimientos morales a un fallo, sino tomarlos en toda su amplitud. Me parece que no se debe echar en olvido todas las prendas morales que posea un individuo, porque tenga hábitos alcohólicos que no dañan más que a su persona, por ejemplo. No es vulgar encontrar entre los artistas, estafadores, ladrones o criminales. Si cabe llamar artistas a los sujetos cuyas producciones no van más allá de excitar nuestros sentidos y esos artistas en su mayoría son inmorales, en cualquier caso serían simples excepciones que no destruirían la regla, porque, sin ir más lejos, en nuestro medio, los sujetos de producción que van mucho más allá de lo sensorio, que yo conozco y que constituyen la gran mayoría, son individuos de la más elevada moralidad.

Cierto es que han existido artistas y grandes artistas inmorales, pero son casos aberrantes, excepcionales, y su inmoralidad ha sido siempre unilateral, una falla personal sin sanción penal.

Como lo he manifestado, en la ontogenia, las reacciones estéticas de carácter sensorio se encuentran en su período álgido al fin de la niñez; se instalaron en la época motriz y declinan en la adolescencia y pubertad en los sujetos que evolucionan hacia formas superiores.

En la mujer, este período es de menor duración que en el varón, por ser la mujer más precoz en el período sexual. Las mujeres que se estacionan en la estética sensoria son excepcionales; su enorme mayoría penetra en los sentimientos estéticos sexuales que, más o menos perfeccionados, según los sujetos, son el término de la evolución de sus sentimientos estéticos. Sólo rarísimos casos excepcionales ultrapasaron este límite, para penetrar en la estética intelectual.

3.ᵒ Estética sexual.—No llamo estética sexual a la belleza física, moral o intelectual de la mujer o del hombre. La estética sexual resulta de las reacciones de carácter estético provenientes de la esfera sexual.

La tendencia hacia el acto sexual o su realización, está muy lejos de lo estético y debe considerarse simplemente como la satisfacción de una necesidad de la vida orgánica. Si se le considerara como estética sexual, resultaría toda la humanidad compuesta de estetas sexuales y que los más impulsados, lo serían más. Pero ocurre que éstos, cuando persiguen como fin el acto sexual, teniendo poco en cuenta la persona con quien se realiza, no son ni remotamente estetas sexuales. Entre los varones el número de estetas sexuales es muy reducido, particularmente en la edad viril; en la juventud suele ser mucho más frecuente, pero lo ordinario es que sea un período de transición, que declina en su forma estética en plena edad viril.

La mujer en su enorme mayoría resulta con respecto al varón, esteta sexual, pero la sexualidad femenina difiere de la masculina, no sólo cuantitativamente, sino también cualitativamente.

El instinto de conservación específica se satisface por un doble mecanismo, tanto en el varón como en la mujer. En otros términos, intervienen dos factores muy complejos: el fisiológico y el psíquico.

Orgánicamente el hombre difiere de la mujer en que la zona de excitación sexual es mucho más extendida en ésta que en aquél. Si diferencias hay en el orden físico, mayores y más complicadas son en el orden psíquico.

De los dos factores que intervienen en la sexualidad, el fisiológico es primitivo, el psíquico es adquirido. De la intensidad de su actuación resultan los tipos de amor.

Cuando prima el factor fisiológico porque el psíquico es rudimentario, se está en presencia del amor animal, de la forma más inferior del amor. El candidato para satisfacer ese amor es cualquiera, lo único que se requiere, por ser condición indispensable, es el sexo opuesto, pero los atributos sexuales secundarios entrarán poco en cuenta; si los posee mejor, se le aplicará el dicho de que “lo que sobra no daña”. Este tipo, es el tipo del amor fisiológico, que nada tiene de estético; es puramente instintivo, y, por tanto, impulsivo.

No me ocuparé de los tipos intermediarios, que se encuentran en mi trabajo sobre ese tópico, e iré al término opuesto de la serie: predominio del factor psíquico que llega a hacer aparecer al fisiológico como nulo en un principio, rudimentario después y sigue su curso ascendente mucho más tarde. En estos casos se trata de estetas sexuales.

En mi trabajo sobre sentimientos estéticos he descripto este tipo. Aquí no haré más que dar un boceto:

El amor está lleno de atributos de carácter fuertemente sentimental y débilmente intelectual, porque el factor sentimental casi anula al intelectual. Son los casos donde cuadra bien el dicho de que “el amor es ciego”. El amor es un complejo de ideal, ilusión, pasión, fe, franqueza y alta dosis de timidez, no obstante la fe, celos, y cosas así aparentemente antagónicas, de coexistencia imposible; tiene un fondo marcadamente megalómano, puesto que el amante es el elegido por el ser amado, el único que ha podido conquistarlo entre cantidad de pretendientes, todos llenos de brillantes dotes y ese ser amado es superior a los demás: posee las más altas aptitudes y si no lo parece es porque modestamente las oculta y esa modestia contribuye a exaltar sus atributos estéticos; en una palabra, el ser amado es excepcionalmente superior, de donde resulta que el amante, debe también serlo, pues de otra manera no se explicaría la correspondencia en el amor. En estos sujetos existe un sentimiento marcado de triunfo, y si no existe, inventa dificultades que vencer.

Largo sería anotar todas las características del esteta sexual. En la época sexual o período sexual que corresponde a la pubertad y a la juventud, el tipo de esteta sexual abunda; y está representado por el joven realmente enamorado. En la edad adulta ya ha declinado el período y los casos no son abundantes.

En la mujer es el tipo normal. El amor femenino es de reacciones eminentemente estéticas.

La proyección más vasta de la estética sexual está en el romanticismo; es una estética que sea directa, sea indirectamente, a veces al través de muchos intermediarios, tiene como base el amor sexual. Los románticos son, pues, estetas sexuales y han sido descriptos en sus casos más agudos por novelistas, también románticos, es decir, de la misma pasta, con los nombres de Atala, Romeo, Julieta, Pablo, Virginia, Graciella, Rafael, Werther, etc. La literatura moderna está plagada de descripciones de tipos de esa clase, o bien se basan en argumentos sentimentales o románticos.

La estética sexual evoluciona en todos los casos sobre la base de la estética sensoria y de la estética motriz; su mayor desarrollo haciéndola prevalecer, oscurece a las otras formas y las reacciones estético-sensorias son ya débiles, siéndolo mucho más las estético-motrices. Los individuos estetas sexuales son superiores a los estetas sensorios y a fortiori, a los estetas motores. En los primeros las reacciones estéticas provienen del sentimiento; en los segundos, de las sensaciones, y en los últimos, del movimiento. El orden ascendente es, pues, éste: 1.ᵒ, estética del movimiento; 2.ᵒ, estética de las sensaciones; 3.ᵒ, estética del sentimiento, y la 4.ᵒ, corresponde a la estética del pensamiento.

Entre el amor puramente impulsivo del imbécil, del degenerado mental, o la sexualidad fisiológica del que realiza el acto satisfaciendo una necesidad de la vida vegetativa, por higiene, y el esteta sexual, media una distancia enorme. En los primeros desempeña el papel primordial el instinto y todo se reduce a ese papel, mientras que en el último entran en colaboración sentimientos de distinta naturaleza, la imaginación en una proporción enorme, y otras aptitudes intelectuales.

La estética sexual se asienta en la filogenia sobre la base de la motriz y de la sensoria, y aparece cuando los sentimientos han alcanzado un alto grado de desarrollo. La evolución superior de esta estética a base de sentimientos, dió lugar a las religiones a base sentimental.

El triunfo en la lucha para satisfacer el instinto de conservación individual dió lugar a las reacciones estéticas motrices y sensorias, y en el instinto de conservación de la especie a las sexuales. La estética motriz y sensoria tienen su punto de origen en la satisfacción del instinto de conservación del individuo; la estética sexual, en el instinto de conservación de la especie.

Los dioses más arcaicos fueron de origen fóbico; les siguieron los dioses motores y luego los sensorios. El desarrollo de la estética sexual, trajo como consecuencia un mayor vuelo sentimental, lo que dió origen a los dioses de origen sentimental, que son los dioses actuales. Llámesele El Padre, el Hijo, el Espíritu Santo, Dios, Cristo, la Virgen María, llámesele ángeles, santos o santas, son perfectamente dioses, semidioses, héroes. Pero son dioses creados más que de nada, del sentimiento, poseyendo los atributos de la fuerza. Obsérvese que no hay un sólo santo sabio, los santos capaces de realizar milagros equivalen a los dioses secundarios o los héroes del paganismo, pero aquí se caracterizan por sus atributos sentimentales, por su ética sentimental. Las cuestiones de carácter científico quedan para la discusión de los hombres; en el reino de los cielos no se hace cuestión de conocimientos, sino de sentimientos. El diablo o satanás, y en general los diablos, son dioses fóbicos, seres horribles de un poder extraordinario para la realización del mal. Satanás es un dios atávico que está descalificado, pues sólo reducidísimo número de sujetos en el mundo civilizado cree realmente en su existencia. En cambio se le ha substituído por un concepto abstracto del mal; es una forma nueva, cuyo fondo es atávico, porque es de origen fóbico. La existencia del mal, es la conversión a lo abstracto de los dioses fóbicos concretos de las religiones salvajes primitivas.

Religiones a base sentimental o de origen estético sentimental, son las actuales en los pueblos más cultos, las más difundidas y que afectan al mayor número de individuos dentro de las colectividades cultas. Los pueblos salvajes están en etapas mucho más inferiores; sus dioses son fóbicos o motores, como ocurre en los pueblos del Africa Central, en algunas sectas indúes, en los Onas o los Yagan fueguinos, etcétera, etcétera.

El último estadio, como veré más adelante, corresponde a los dioses que nadie conoce con el nombre de dioses, surgidos de la intelectualidad, es decir, a los dioses intelectuales, que surgen de la estética intelectual que sólo afecta a muy reducido número de individuos de las colectividades más avanzadas.

4.ᵒ Estética intelectual.—La estética intelectual proviene de las reacciones estéticas de origen mental. La belleza de la idea, la belleza del pensamiento. Es la estética del pensar, o el término superior de la serie que comenzando con el movimiento, asciende en el sentir, se perfecciona con el sentimiento en la sexualidad y llega a su punto culminante en la intelectualidad. Las reacciones estéticas de carácter intelectual están en el mundo de las operaciones superiores de la mente, están en las ideas; más complicadas y armónicas, en los juicios; de mayor empuje y amplitud, en el razonamiento, y como pináculo, en la creación.

La estética intelectual no se encuentra en las operaciones de las aptitudes adquisitivas, sino en forma oscura y rudimentaria; es propia de las aptitudes elaborativas, en el sujeto que piensa, que medita, que en cualquier forma crea, rectifica, corrige, amplía o simplemente discute ideas. Su expresión más elevada se encuentra en los pensadores, en los filósofos, en los inventores y en los descubridores.

La belleza reside, como en las otras formas, en el triunfo, en llegar a la deducción o inducción, en intuir, en arribar a la teoría, principio o ley. Como los sujetos sienten la belleza del fin que persiguen, es muy común que se la atribuyan a los medios para llegar a ese fin. Sólo así se explica que los naturalistas hablen de hermosos ejemplares de acaroidios, de ofideos o de arácnidos, que un anátomo patologista aluda a un lindo caso de tumor y que se hable de bellas colecciones de casos teratológicos, de hermosas colas de panochtus o de hoplophurus, y apliquen calificativos como bello, hermosísimo, precioso, etc., a cosas de por sí evidentemente antiestéticas. Es que lo estético no está en la cosa misma, sino en lo que permite construir esa cosa. El vulgo, incapaz de apreciar lo último, ríe o queda estupefacto de la aplicación de los adjetivos. Sólo por las reacciones estéticas intelectuales se explica la existencia de individuos que se pasan días enteros, semanas, meses, años meditando, o persiguiendo la solución de un problema científico cualquiera. Sólo por el placer estético intelectual se explica el afán de llegar a la meta, no sólo en los hombres entregados a las ciencias, sino en todo aquel que ejercita sus aptitudes intelectuales persiguiendo la explicación de un fenómeno de carácter social o la discusión de un asunto de carácter moral, y le sea indiferente o abandone por completo todo lo que para la generalidad es estético. Estos sujetos son excepcionales, y en ellos, los agentes de las reacciones estéticas comunes, no los hacen reaccionar. No encuentran belleza donde la enorme mayoría goza y si la encuentran siempre será débil, pues la estética intensa, para ellos, está en la elaboración superior. De ahí que sienten plaza de raros, porque en realidad lo son, pero son raros como sinónimos de excepcionales, y son raros, en el concepto de salir de la norma general, lo que se interpreta como sujetos inexplicables, ridículos o cuasi ridículos.

En la mujer sólo como rarísima excepción se encontrarán casos que invadan el terreno de la estética intelectual y una de las causas primordiales está en su reducido vuelo de la imaginación creadora, siendo la mujer más perceptiva que imaginativa y más sentimental que imaginativa.

En la filogenia, la estética intelectual es reciente, si se compara con los otros géneros de estética, y el período histórico sólo nos habla de reducidísimo número de sujetos intelectualmente superiores, que son los que reaccionan a la estética intelectual, en cada época. Si la estética motriz o las reacciones estético-motrices son un carácter específico; las sensorias, étnico; las sexuales, de pueblo; las intelectuales, han sido en todo lo que conocemos, un carácter puramente individual.

De ese modo, si en la filogenia las reacciones estético-intelectuales se nos presentan como un carácter individual, no podemos ni siquiera hablar de ellas en la ontogenia, y sólo afectarán al sujeto excepcional de que se trate. La filogenia de la estética intelectual está, pues, en formación; sólo con el andar de las generaciones, cuando se haya convertido siquiera en carácter de pueblo, se podrá hablar en la ontogenia de la mencionada estética, como reproducción de un carácter adquirido en la filogenia.

Claro se ve que la estética del pensar, no puede aparecer sino con la capacidad de pensar de acuerdo con la edad. Pero en esto, como se trata de un carácter individual, no se puede invocar la ley de herencia homocrona y las variaciones en los sujetos son muchas; mientras Pascal, por ejemplo, fué muy precoz, Darwin no lo fué tanto. Algunos grandes hombres manifestáronse tales desde temprana edad, otros en la edad madura.

Derivando los sentimientos estéticos de los éticos, la estética intelectual proviene de la ética intelectual. Pero la estética intelectual (así como la estética sexual, eminentemente sentimental, conducía a la religión sentimental) conduce a la religión intelectual o a los sentimientos religiosos de origen intelectual.

El esteta intelectual con su gran aptitud de razonar, buscando el origen de las cosas, las causas de todos los fenómenos, en su afán de síntesis, no pudiendo poner límites o vallas a su aptitud, vuela hacia esas síntesis o esa síntesis que la encuentra como la causa primera más razonable y cree, por convencimiento en la Naturaleza, o en la Fuerza, o en la Materia, o en la Verdad, etc., etc., que son otros tantos dioses de origen intelectual. Así los hay partidarios o religiosos de las leyes de la Naturaleza (politeístas) de la Energía, de la Materia, del Absoluto (monoteístas), etc. No tienen religión determinada, pero han construído su edificio personal, en el que creen con toda buena fe, con toda sinceridad, sin sospechar siquiera que están abiertamente en el campo religioso. Claro es que sus dioses o su dios carecen de forma, de dimensión, etc., no tienen los atributos de los dioses primitivos, pero son siempre la causa. No existe culto externo, ni prácticas religiosas, pero sí el convencimiento. Decir que no existe Dios y que todo se explica por la Evolución, es decir que la evolución es Dios: sostener que la energía es la causa o el origen de todo, es cambiar la palabra Dios, por energía. No hay en verdad grande originalidad en el asunto, porque el Dios único, causa u origen de lo estático y de lo dinámico, de la materia, de la fuerza, de todo el mundo fenomenal conocido y desconocido, ha tiempo fué concebido. La única verdad que hay en todas estas intentonas, es el hecho de querer penetrar en explicaciones que aparentemente aproximan al hombre a esa causa única. Los sujetos que invocan como causa a la Naturaleza y sus leyes, a la Materia, a la Energía, etcétera, y que se dicen ateos e irreligiosos, no han hecho más que no tener prácticas externas y substituir el nombre de Dios por la causa invocada. El irreligioso no se preocupa nunca en buscar la causa primera, busca, si es tipo de labor mental, la causa inmediata, si la encuentra trata de inquirir la causa de esta causa, sin lanzarse en hipótesis, si no la encuentra, es decir, su espíritu no está ávido del conocimiento que no pueda adquirir experiencial o experimentalmente. El antirreligioso, en general lo es, para imponer su insospechada religión; él cree de buena fe no tenerla y en realidad no la tiene por la falta de coherencia, de cuerpo, de doctrina, pero todas sus creencias que se arraigan con profunda fe, lo hacen en general un fanático. Esto ocurre con suma frecuencia: son los que más combaten el fanatismo y a título de libres pensadores tratan de coartar la libertad de pensar.

Los verdaderamente religiosos psicológicamente se aproximan muchísimo siempre que sean sujetos superiores; lo que aleja en religión a los sujetos, son las prácticas religiosas, la mediocridad que interpreta o la inferioridad.

La decadencia de las religiones, estriba más que en nada, en la pertinacia de querer explicar por las causas primeras lo que debe explicarse, porque puede explicarse sin recurrir a ellas, por apegarse a sus prácticas, por hacerse rutinarios y no evolucionar paralelamente a las ciencias. El sentimiento religioso requiere cada vez más la base intelectual. El afán de lo ignoto conduce al sentimiento religioso, pero no comenzará el sentimiento religioso sino en el límite superior de lo racionalmente explicable.

El hombre de ciencia es, en general, irreligioso mientras no invada el terreno de lo metafísico y pueden considerarse como raras excepciones los que no lo intentan siquiera. Lo común es que hombres de ciencia que se han declarado enemigos acérrimos de la metafísica, se debatan en plena metafísica y sostengan que su metafísica no es tal por tomar como punto de partida bases eminentemente positivas. La verdad es que la mente humana en su afán de volar no reconoce vallas y que por caminos muy diversos se vuela a lo ignoto. Los que sostienen que ha pasado la época de la metafísica y que no volverá más, están en un grave error; es la metafísica antigua la que ha pasado y dió su cosecha; los adelantos en materia científica no hacen más que desplazar más adelante a la metafísica; cada arremetida, la empuja más allá, pero ella conserva los más vastos dominios donde tanto suelen recrearse los que más impugnan a la vieja metafísica. Ella existirá mientras existan los problemas de lo desconocido; cuando mucho de lo desconocido actualmente sea conocido, ese lote de la metafísica habrá ingresado al dominio de lo positivo y desde allí se tendrá en frente el campo de la metafísica futura tentando constantemente a la inteligencia a hacer incursiones por sus vastos dominios.


¿QUÉ SON ESPACIO Y TIEMPO?

Por J. LAUB[7]

A Alberto Einstein, en el XL aniversario de su natalicio.

“Consuetudine oculorum assuescunt animi, neque admirantur, neque requirunt rationes earum rerum, quas semper vident”. Cicero: De Natura Deorum.

INTRODUCCION

1. Si me hubiera atrevido hace veinte años a hablar del espacio y tiempo, habría tenido primero que justificar mi invasión en el sagrado templo de la metafísica. Pero en la última década la situación ha cambiado totalmente, y al tratar hoy como físico la cuestión del espacio y tiempo, estoy como en mi casa. En efecto, las investigaciones de Einstein y Minkowski, basadas en la física experimental, han dado al mencionado problema una solución general que conservará en todo caso siempre su valor para la crítica del conocimiento y para la metafísica.

2. Estudiando la evolución de las ciencias exactas, llama la atención que el físico “ex officio” se haya ocupado relativamente poco en el siglo XIX de la cuestión que nos interesa, aunque espacio y tiempo constituyen el edificio en que todos los fenómenos físicos tienen lugar. Mientras que el número de las publicaciones metafísicas sobre el problema del tiempo y del espacio es casi inmenso, la mayor parte de los físicos apenas han dedicado algunas investigaciones a estos conceptos tan fundamentales.

Cierto es que encontramos ya discusiones sobre tiempo y espacio en el tratado de Newton: “Philosophiae naturalis principia mathematica”, aquella obra maravillosa que todavía hoy es una joya del pensamiento humano; cierto es que Ernesto Mach y Henri Poincaré se ocuparon muy extensamente del espacio y tiempo; sin embargo ninguna investigación ha provocado en las esferas filosóficas y en las ciencias exactas un cambio tan radical como la teoría de la relatividad introducida por A. Einstein en el año 1905.[8]

3. El fundamento de este cambio hay que buscarlo, según mi juicio, en el hecho de que con la teoría de la relatividad se produce una verdadera revolución en nuestros conceptos y nuestras opiniones anteriores, una revolución que podemos, según el ilustre físico Planck, comparar únicamente con la que provocó en la astronomía el sistema de Copérnico.

Pero esta no es la única causa. Sabido es que los físicos son muy críticos y no se dejan engañar con especulaciones interesantes e ingeniosas. También algunas obras metafísicas contienen disertaciones muy finas que pretenden derrumbar todo lo pasado, sin embargo, el investigador de las ciencias exactas, orgulloso y frío, deja de lado esos trabajos, sin tomarlos en cuenta. Lo nuevo y lo maravilloso en la teoría de la relatividad consiste en lo siguiente: A. Einstein partiendo del experimento, demuestra que los hechos reales nos obligan a transformar nuestras ideas del espacio y tiempo. Pero no es sólo eso. Las nociones modificadas por la nueva teoría nos permiten explicar una serie de hechos que han originado para las otras teorías físicas dificultades invencibles. Además, apoyándose sobre un nuevo concepto del espacio y tiempo, se puede prever, sirviéndose de métodos puramente analíticos, algunos fenómenos accesibles al experimento, teniendo de esta manera la posibilidad de dilucidar la verdad de nuestra teoría. La gran diferencia entre las teorías filosóficas del espacio y tiempo y entre la teoría de la relatividad, consiste entonces en que la última se funda en el experimento, permitiendo una comprobación cuantitativa.

4. La mayor parte de los metafísicos se apoyan en sus consideraciones en el razonamiento, muy raras veces en la observación y experiencia, casi nunca en el experimento. Esta es la causa de que los resultados obtenidos por los metafísicos apenas se aplican a la realidad cuando ya chocan con contradicciones. No es raro el caso de que la metafísica, teniendo exagerada fe en la omnipotencia del pensamiento, llega ad absurdum. Por eso se entiende que ella ha perdido su autoridad entre los representantes de las ciencias exactas, hasta el punto de ser considerada como completamente superflua e inútil.

Pero con mucha frecuencia también los naturalistas cayeron en errores muy extremos, considerando sus métodos y resultados como infalibles, en la creencia de que se encontraban en el seguro terreno del experimento. Tuvieron la convicción de haber expulsado de su imperio todo lo trascendental y que en sus conclusiones jamás traspasaron los límites de lo que es dado por la experiencia.

Constituye el gran mérito de Ernesto Mach el haber llamado la atención acerca de que entre los conceptos fundamentales de física hay muchos restos de origen metafísico, que deben ser forzosamente eliminados. Sin embargo, ningún sabio se animó a sacudir con tanta sagacidad y con tanta audacia los pilares de las ciencias físicas como Einstein, quien empezó sus investigaciones con la siguiente sencilla pregunta: ¿cómo se miden en física el tiempo y el espacio?

5. Tocando ya en esta ocasión la célebre pregunta de si hay un espacio absoluto, si existe un tiempo absoluto, tenemos primero que aclarar algo que nosotros comprenderemos con la palabra “existe”. “Existe”, por ejemplo: “existe un átomo”, equivale a haber introducido este concepto en las ciencias, basándonos en el experimento: sabemos algo de las propiedades del átomo, conocemos su reacción bajo las influencias físicas y químicas; no podemos por el momento desistir de él y no nos conduce a la contradicción con la experiencia.

¿Y qué dice la palabra “absoluto”? Hablando del espacio absoluto ¿queremos quizás expresar que él existe en sí y por sí, independiente de nosotros, independiente de nuestras observaciones y medidas? Pero en este caso el problema del espacio absoluto y tiempo absoluto coincidiría con el problema del objeto “en sí”, que difícilmente provocará mucho entusiasmo entre los físicos.

6. Con estas palabras indico el objeto de mis conferencias y revelo mi modo de pensar respecto de este asunto. Desde luego podría entrar ya en el campo de las ciencias físicas y empezar con el ensayo de un tratamiento sistemático[9] de los conceptos fundamentales de tiempo y espacio, tema principal de estas conversaciones. No tomo, sin embargo, este camino y me traslado primero a los dominios de las especulaciones metafísicas, haciéndolo intencionalmente por las siguientes razones:

El problema de tiempo y espacio interesa no solamente al naturalista sino también al filósofo. Es una cuestión en la cual se ocupa el cerebro humano desde los tiempos más remotos hasta hoy día, librando verdaderas batallas, a las cuales se podría aplicar con una cierta ironía las palabras de Mefistófeles:

“¡Ay, en verdad te lo digo,
yo que centenares de años
estoy royendo y royendo
el fruto indigesto y áspero!
¡Ay, en verdad te lo digo!
De la cuna al Camposanto
digerir no puede el hombre
la levadura de antaño”.

En la lejana antigüedad, en la Edad Media, en la época la más moderna, se afirma, se comprueba, se niega que haya un tiempo absoluto, que haya un espacio absoluto. Los métodos de investigación cambian, se llega a distintos resultados; sin embargo, creemos no equivocarnos comparando la evolución de nuestro problema de disputa con el movimiento sobre una espiral, pues en el fondo llegamos siembre al mismo punto, pero situado un poco más alto.

Una historia análoga recorren las otras nociones fundamentales de las ciencias físicas, lo que trataremos en otra oportunidad.

Un ejemplo ilustrará lo dicho. Es sabido que ya Leukippos y Demócritos han introducido el concepto átomo en las ciencias. Según ellos el universo consiste en pequeñas partículas indivisibles (átomos), que son de la misma cualidad y se distinguen únicamente por su forma, tamaño y posición, (diferencias geométricas). Hoy día la hipótesis atómica es el fundamento de las ciencias naturales, pero el átomo moderno de J. J. Thomson o de Bohr, aquel aparato complicado, en cuyo mecanismo penetramos cada día más, es muy distinto del átomo de Demócritos y tiene una existencia asegurada en una enorme cantidad de hechos experimentales.

Tenemos, pues, que considerar de suma importancia, ocupándonos de cuestiones tan primordiales como las de tiempo y espacio, el conocimiento y la crítica de las opiniones de otros sabios; debemos consultar la historia, aquella grande maestra de investigación, pues de esta manera podremos también apreciar mejor las grandes ventajas y el enorme progreso de las teorías modernas.

Pero esto implica ya tácitamente que bajo ninguna condición podemos dejar de lado a la filosofía, porque en lo que hemos heredado de los griegos no se puede separar las ciencias exactas de la filosofía y hasta en los tiempos modernos sería muy difícil trazar un límite entre los investigadores de ciencias exactas y filosóficas, cuando nos encontramos en los campos limítrofes de las nociones fundamentales.

CAPITULO I
TIEMPO Y ESPACIO EN LA CIENCIA GRIEGA Y ROMANA

7. Tiempo y espacio ocupan desde los primeros principios del pensamiento al espíritu humano, pues ya en las fábulas míticas encontramos estos conceptos. Y así leemos en el primer libro de Moisés, “y la tierra era desierta y vacía”.

Pherekydes de Syros, introduce al Zeus, tierra y tiempo, como elementos fundamentales para la evolución del universo.

Cuando el hombre llegó del fantástico mito a la ciencia, preguntó, no solamente cuál es el fundamento temporal del mundo, sino también cual es su esencia. De esta manera surgieron la cosmología, la física, la ontología, con los problemas del tiempo, espacio, materia, etc.

En general, en las primeras filosofías se identificaba el espacio geométrico con el físico, especialmente cuando se llegó a la convicción de que también el aire, anteriormente considerado como vacío, tiene peso.

8. Estudiando la filosofía jónica, vemos que Anajimandros atribuye a su sustancia universal lo infinito en el tiempo y espacio; la arché es lo ápeiron, distinta de todos los elementos conocidos en aquella época, y sin embargo, con propiedades corporales.

Pytágoras y sus discípulos consideran los números como formas legales de todos los fenómenos, pero el espacio, el símbolo de la geometría, es para ellos el mediador entre el número y la naturaleza. Parece que la escuela pytagórica ha introducido en la ciencia griega el concepto del vacío, aplicándole a los intervalos entre los sonidos.

8. Los Eleatas.—Discusiones muy detalladas y bastante profundas sobre la naturaleza del espacio y tiempo, encontramos por la primera vez en la filosofía de los Eleatas.

Es sabido que el punto culminante de este pensamiento forma el concepto del ser y el de la unidad de todo lo que sucede. Lo característico de todos los representantes de esta escuela es la negación del espacio[10].

Parmenides, el más importante pensador eleata, en su poema “Sobre la naturaleza”, afirma lo siguiente: Los sentidos no conducen a la verdad, pues ellos nos engañan, indicándonos la multiplicidad y el eterno cambio de las cosas; a lo verdadero nos lleva la razón y el pensamiento, que reconoce “el ser de lo existente como indispensable; el ser del no-ser como imposible”. La verdad está fundada en el principio de que únicamente el ser es y que el no-ser no es. Podemos solamente pensar en un ser, y no hay pensamiento sin el ser al cual se refiere. Según Parmenides, pensar y ser es lo mismo. Mas el espacio es un vacío, es un no ser, por esta causa él no puede existir (ni en el pensamiento).

El ser, según este filósofo, no tiene ni origen ni fin, es eterno, inmóvil, invariable. Parece que él duda de la existencia del tiempo. Y en efecto, ¿para qué servirá el concepto tiempo en un mundo, donde nada sucede en el tiempo, donde se niega la realidad a todos los fenómenos temporales? Para Parmenides, efectivamente, no puede existir tiempo ni tampoco espacio, pues admitiendo su realidad, sería lo mismo como afirmar que es los que no es.

Parecería, entonces, que el universo de Parmenides debería ser ilimitado e infinito. Sin embargo lo real es, según él, algo extenso y que tiene la forma de una esfera. Es difícil concebir esta rara deducción de Parmenides; quizás la simetría y el hecho de que también la esfera no tiene ni fin ni origen, le indujeron a aceptar esta forma.

9. Melissos, otro Eleata también, atribuye al ser la extensión, pero le saca todo lo corporal; además, le dota, no solamente de lo infinito en el tiempo, sino también en el espacio. “Lo que es, era en la eternidad, y será en eternidad. El ser debe ser también infinito en su tamaño.” Este pensador hace, sencillamente el salto del infinito en el tiempo al infinito en el espacio, introduciendo, en vez del origen y fin temporal, los respectivos conceptos para el espacio.

En vista de que niega la posibilidad del movimiento, no admite tampoco la existencia del espacio. “El vacío es nada y una nada no puede ser”.

A pesar de esto, según Melissos, existe en el universo una sustancia que no tiene nada de corporal. “Pues siendo “una” no debe tener cuerpo. Porque si tuviera espesor tendría también partes y ya no sería una unidad”.

No podemos imaginarnos en qué consiste la materia mundial de este filósofo, ni cuál es la diferencia entre aquella sustancia universal y el espacio (vacío).

10. Zeno, el discípulo de Parmenides, según Platón, el fundador del método dialéctico, trata de demostrar la imposibilidad del espacio, tiempo (y también del movimiento), por medio de sus célebres perplejidades, “aporias”.

La noción espacio la somete, además, a la siguiente crítica. Si todo lo real (ser) está en el espacio, entonces también el mismo espacio,—si no carece de realidad—debe encontrarse en espacio, es decir, en un segundo espacio. Mas por la misma razón el segundo espacio debe estar en un tercero, y así ad infinitum. No tenemos, según Zeno, otra alternativa que aceptar estas consecuencias o negar la realidad del espacio.

Las deducciones de Zeno, como de los otros filósofos de esta escuela, son sofismas, son juguetes con palabras, son, en la mayor parte, también equivocaciones lingüísticas, pues aplican los sustantivos para designar todas las abstracciones posibles, identificándolas con hechos y objetos concretos. Nosotros podríamos, por ejemplo, de la misma manera, afirmar: todo lo real tiene lugar en el tiempo. Si el tiempo es real, entonces, él también debe tener lugar en un tiempo, es decir, en un segundo tiempo, etc. Mas podemos también decir: Todo lo real o existente tiene existencia, si ésta no es una quimera, ella también debe tener una existencia, es decir, una segunda existencia, etc.

11. Volviendo a las perplejidades, podemos decir lo siguiente: Zeno llega en sus aporias (Achilles y la tortuga, la flecha volante, etc.) a la conclusión de que tiempo y espacio son ideas imposibles, sino queremos admitir contradicciones con la experiencia. Pero lo que él de hecho demuestra, es la imposibilidad de dividir el espacio y el tiempo continuo en partes discretas.

Por el momento nos interesa, especialmente, la aporia, en la cual trata de evidenciar la relatividad (de la medida) del movimiento y se podría agregar la relatividad (de la medida) del tiempo.

Tomo esta aporia de la obra clásica de Gomperz: “Pensadores griegos”, modificándola para nuestros fines.

12. Sean tres coches (A, B, C,) de la misma estructura y de la misma longitud, por ejemplo, 10 m. El primer coche A, sea dotado de un movimiento uniforme, rectilíneo, siendo su velocidad de 100 metros por minuto; el segundo B se encuentre en el estado de reposo; el tercero C tenga el mismo movimiento con la misma velocidad como A, pero dirigida en el sentido contrario. El tiempo que el punto inicial I de A emplea para llegar al punto final de B será, evidentemente, el doble de lo que necesita para alcanzar el punto final del coche C de la misma longitud. Preguntando ahora con qué velocidad se mueve A, tenemos que dar una contestación contradictoria, según sea que refiramos la velocidad al coche móvil C o al coche B (en reposo).

Se podría ahora agregar de nuestra parte que si un observador tomase la velocidad del coche A como fundamento para ajustar su reloj, encontraría también distintos tiempos.

Este resultado lo consideró Zeno como tan anormal y ridículo, que lo ha tomado como la mejor comprobación de la no existencia del tiempo, espacio y movimiento.

Vemos, pues, qué consecuencias fatales puede tener el verbalismo excesivo. Los Eleatas se han enredado en sus propias palabras, de suerte que han perdido el buen sentido para la realidad. Al frente de su pensamiento ponen la noción de la unidad absoluta, lo que, naturalmente, es incompatible con el concepto de la extensión, con los conceptos espacio y tiempo.

13.—Demócritos.—Una reacción muy saludable contra los eleatas encontramos en la filosofía de los atomistas. Demócritos de Abdera, el mayor naturalista de la antigüedad, introduce el espacio (vacío), pues lo precisa para el movimiento de los átomos. Según Demócrito el espacio (vacío), el no ser, tiene una verdadera existencia, una existencia tan real como los mismos átomos.

Y de este modo asistimos al interesante fenómeno de que los fundadores del materialismo elevan los invisibles átomos, el invisible espacio, a la categoría de un verdadero ser; mientras que los semiracionalistas eleatas niegan el espacio, pues ellos conciben, únicamente, lo que es corporal, es decir, conciben únicamente lo presente.

14. La filosofía ática.—De nuestro problema fundamental han tenido, naturalmente, que ocuparse los grandes filósofos áticos. Y, en efecto, en las obras de Platón y Aristóteles encontramos consideraciones importantísimas sobre el tiempo y especialmente sobre el espacio.

Platón, el primer filósofo que con la mayor precisión plantea el problema de cómo y si puede existir una ciencia, quiere fijar lo que queda conservado siempre en la corriente de los fenómenos, para llegar al conocimiento de la verdad absoluta. Por esta razón hace los mayores esfuerzos para fundar una ciencia general de la verdadera esencia de las cosas. Según Platón el mundo de nuestros sentidos, aquel mundo que sufre continuos cambios y transformaciones, no puede conducir jamás a la verdad. El camino a la realidad está en el pensamiento, en la razón pura. Pues siendo, según Platón, fuera de toda duda, que el razonamiento nos lleva a un conocimiento superior a la observación, resulta que forzosamente también los objetos de nuestro pensar tienen un mayor grado de realidad que los del mundo sensible. Por esta causa Platón crea el concepto “idea”, que forma el contenido objetivo del pensamiento. En las ideas está la realidad absoluta, en las ideas concebimos el verdadero ser, la esencia del universo, independiente de todas influencias externas[11]. Los objetos de la naturaleza forman un mundo de una verdad relativa; mientras que las ideas representan el mundo de verdad absoluta. Hay, entonces, según Platón, dos mundos distintos: la naturaleza y las ideas.

Las ideas ocupan en la filosofía platónica una posición tan privilegiada, que solamente el saber de ellas forma la ciencia (epístéme), la que es el privilegio de Dios y de un pequeño número de mortales; el saber de la naturaleza es solo una especie de opinión o persuasión (doksa), con mayor o menor probabilidad.

15. Ahora bien: según Platón se llega a la idea, como ya lo indica su nombre, por intermedio de una especie de mirar las cosas, de interesarse por intuición. Las ideas se forman por la mirada de los objetos que actúan sobre nuestros sentidos, pues observando las cosas corporales la razón pura reproduce la idea, cuando el alma recuerda la idea vista ya antes del nacimiento (a priori!)

Se podría, entonces, esperar que el gran filósofo idealista considerará al tiempo y espacio como ideas. Pero esto no sucede porque, según él, justamente lo que caracteriza el mundo de nuestras percepciones es su cambio en el espacio y con el tiempo. Por eso el tiempo y espacio no pueden tener sitio en el imperio de las ideas. La idea, el verdadero ser, (usía) se la imagina Platón en su intuición filosófico poética, reinando eternamente en un lugar superceleste, allá arriba en los campos de la verdad. La idea está fuera del espacio y tiempo y de otra parte: tiempo y espacio están fuera de las ideas. Y así leemos en el Timeo[12], según mi juicio la mayor obra de Platón: “Es preciso distinguir entre lo que es y existe siempre, sin haber nacido jamás, y lo que nace o pasa siempre, sin existir lo mismo. Lo que es y subsiste lo mismo, es comprendido por el puro pensamiento; lo que deviene siempre, objeto mudable de los sentidos, no puede ser conocido sino de una manera conjetural. Las ideas han existido siempre, no habiendo tenido principio. El mundo ha tenido principio, entonces, no ha existido siempre. Lo que ha comenzado a ser, es necesariamente, corporal, visible y tangible”.

16. Platón conocía perfectamente la capital importancia del espacio y tiempo para nuestro conocimiento, pero para explicar su esencia chocó con dificultades sin poder resolverlas. El se dió cuenta de que estas nociones son de una estructura especial y de que no pueden ser consideradas ni como ideas ni como objetos de la sensación. Para salir del dilema Platón asigna al espacio y tiempo una posición intermedia entre las ideas y las cosas de la experiencia.

Según Platón también el mundo empírico tiene su importancia—aunque no la misma que las ideas—para el saber humano, pues él es una copia del eterno modelo de ideas. Los seres de la naturaleza son copias de los seres eternos, formados a su semejanza; además, justamente estas copias dan el motivo para la creación de ideas. Por otra parte, las cosas de la naturaleza las observamos siempre en el espacio y en el tiempo, siendo de esta manera estos últimos mediadores entre el mundo de ideas y él de nuestra percepción.

17. Refiriéndome a las propiedades del espacio, debo decir que, según Platón, el espacio no tiene ninguna forma, es la pura negación del ser, pero es capaz de tomar todas las figuras posibles, gracias a las determinaciones geométricas. (Por eso Platón considera la geometría como un saber indispensable para los filósofos; en la entrada de la Academia platónica estaban fijadas las palabras: “Sin geometría no hay entrada”). El espacio infinito e informe (ápeiron) y la forma geométrica (péras) suministran juntos los objetos de nuestros sentidos. Al espacio solo no podemos concebirlo ni con el pensamiento ni con los sentidos, ni es un concepto ni un objeto de percepción, ni idea. El es el “noser, sin el cual no podemos ver las ideas copiadas y representadas en los objetos sensibles. “El espacio no muda jamás su naturaleza, recibe continuamente todas las cosas en su seno, sin tomar absolutamente ninguna de sus formas particulares. Es el fondo de todo lo que existe”.

Al espacio Platón le atribuye tanto valor que lo cuenta entre los principios fundamentales para la formación del universo. En el Timeo leemos las palabras: “He aquí el resultado de mis reflexiones, y en resumen mi opinión: el ser, el lugar y la generación, son los tres principios fundamentales”.

Tiene para nosotros un interés especial el hecho de que a pesar de todo Platón introduce en el Timeo la existencia de un espacio eterno, una especie de semiidea que parece ser, quizás el modelo de nuestro espacio común, en que observamos los fenómenos.[13]

Para darnos todavía mejor cuenta de la opinión platónica sobre el espacio, conviene citar todavía las siguientes palabras de Platón: “Es preciso reconocer una tercera especie, la del lugar eterno, que no puede ser destruído, que sirve de teatro para todo lo que nace, no está sometido a los sentidos, es solo perceptible a una especie de razonamiento bastardo, que vislumbramos como un sueño al decir que es de absoluta necesidad que todo lo que existe esté en algún lugar y ocupe algún espacio”. Gracias a una especie de pseudo razonamiento nosotros creemos, entonces, que el espacio es algo real, que todo lo que existe debe estar en el espacio. Pero de hecho el espacio nuestro no tiene una existencia real, y nosotros nos encontramos como en un sueño.

18. Opiniones muy originales tiene Platón sobre el tiempo. El tiempo, como lo observamos nosotros, es según él una copia de la eternidad. Mientras que el tiempo del mundo sensible corre continuamente adelante en forma de días, meses y años, su modelo (la eternidad) descansa siempre en sí. No puedo ilustrar mejor la opinión platónica del tiempo, que citando las siguientes bellas palabras del Timeo:

“Cuando el padre y autor del mundo vió moverse y animarse esta imagen de los dioses eternos (es decir, de las ideas), que él había producido, se gozó en su obra, y lleno de satisfacción, quiso hacerla más semejante aún a su modelo. Y como este modelo era un ser eterno, se esforzó para dar al universo, en cuanto fuera posible, este mismo género de perfección. Pero esta naturaleza eterna del ser inteligible no había medio de adaptarla a lo que es engendrado. Así es que Dios resolvió crear una imagen móvil de la eternidad, y por la disposición que puso en todas las partes del universo, hizo a semejanza de la eternidad, que descansa en la unidad, esta imagen eterna, pero divisible, que llamamos el tiempo. Los días y las noches, los meses y los años, no existían antes, y Dios los hizo aparecer, introduciendo el orden en el cielo. Estas son partes del tiempo, y como el tiempo huye, el futuro y el pasado son formas que en nuestra ignorancia aplicamos muy indebidamente al Ser eterno. Nosotros decimos de él: ha sido, es, será; cuando sólo puede decirse, en verdad: él es. Las expresiones ha sido, será, solo convienen a la generación, que pasa y se sucede en el tiempo. Tales expresiones representan movimientos, y el Ser eterno inmutable, inmóvil, no puede ser más viejo ni más joven; no existe, ni ha existido, ni existirá en el tiempo. En una palabra, no está sujeto a ninguno de los accidentes que la generación pone en las cosas que se mueven y están sometidas a los sentidos; éstas son formas del tiempo que imita la eternidad, realizando sus revoluciones, medidas por el número. “El tiempo fué, pues, producido con el cielo, a fin de que, nacidos juntos, perezcan juntos, si es que deben algún día perecer; y fué hecho, según el modelo de la naturaleza eterna, para que se pareciese a ésta todo lo posible. Porque el modelo está siendo de toda eternidad, y el tiempo es, desde el principio hasta el fin, habiendo sido, siendo y debiendo ser. Con este designio y con este pensamiento, Dios, para producir el tiempo, hizo nacer el Sol, la Luna y los otros cinco astros, que llamamos planetas y que están destinados a marcar y mantener la medida del tiempo.”

Existe, entonces, según Platón, una especie de reloj mundial y eterno, cuya imagen es el tiempo nuestro, observado y medido por movimiento de planetas.

Parece que Platón hasta identifica el tiempo del mundo experimental con el movimiento, pues en el Timeo habla de los planetas como (órgana chrónu); otra vez dice: Chrónos hé tu uranú kínesis: Tiempo el movimiento del cielo.

19. Las palabras pronunciadas despiertan en mi memoria las célebres afirmaciones del gran físico inglés Isaac Newton sobre el “tiempo verdadero y absoluto” en oposición con el tiempo “relativo y vulgar”.

En la definición 8 de la mecánica (“Philosophiae naturalis principia mathematica”), Newton exclama:

“Tempus absolutum, verum et mathematicum in se et natura sua absque relatione ad externum quodvis aequabiliter fluit alioque nomine dicitur duratio. Relativum, apparens et vulgare est sensibilis et externa quaevis durationis per motum mensura (seu accurata seu inaequabilis), qua vulgus vice veri temporis utitur ut hora, dies, mensis, annus.

Tempus absolutum a relativo distinguitur in astronomia per aequationem temporis vulgi. Inaequales enim sunt dies naturales, qui vulgo tamquam aequales pro mensura temporis habentur. Hanc inaequalitatem corrigunt astronomi, ut ex veriore tempore mensurent motus celestes. Possibile est, ut nullus sit motus aequabilis, quo tempus accurate mensuretur. Accelerari et retardari possunt motus omines, sed fluxus temporis absoluti mutari nequit. Eadem es duratio seu perseverantia rerum, sive motus sint celeres, sive tardi, sive nulli.

¿No hay una sorprendente analogía entre las afirmaciones de Platón y de Newton?

20. Haciendo ahora un brevísimo resumen en palabras modernas, podemos decir lo siguiente: Según Platón tiempo y espacio son el fundamento del mundo sensible, pues todos los fenómenos tienen lugar en algún espacio y en un cierto tiempo. El espacio es algo informe, ilimitado, incorporal e invisible, pero puede tomar todas las formas geométricas posibles por intermedio de los cuerpos.

Aunque Platón en su cosmogonía hace nacer los elementos del espacio, sin embargo, no cabe duda de que el espacio platónico no coincide con el concepto moderno de la materia que está caracterizado por la inercia. Lo “ápeiron” de Platón es el receptor de los fenómenos físicos, pero distinto del concepto “hyle” (materia) de Aristóteles.

21. Estudiando las obras platónicas, se ve con qué enormes dificultades ha tenido que luchar el gran filósofo para resolver nuestro problema. Esta es la razón porque usa tan distintas y raras expresiones, cuando analiza las nociones espacio y tiempo. La causa principal de las dificultades está en esto, que Platón—como los otros filósofos griegos—no ha podido concebir la noción del vacío.

22. En la teleología platónica el espacio y tiempo ocupan un lugar muy singular. Dios ha creado un mundo absolutamente perfecto, es decir, el mundo de las ideas, el mundo de las verdades absolutas; pero el género humano observa en la naturaleza únicamente imágenes, copias muy pálidas de aquel mundo divino, porque justamente el espacio y tiempo tienen la culpa de que nosotros veamos todo de una manera imperfecta y percibimos sólo verdades aparentes. Nuestro horizonte es limitado, pues estamos obligados a mirar las cosas en vez de “sub especie eternitatis” en un espacio y tiempo limitado. Espacio y tiempo, pues, no sólo son los mediadores entre el mundo sensual e ideal, sino, además, no nos permiten ver el universo (las ideas) en su verdad desnuda.

23. Como nos convenceremos más tarde, las investigaciones de Platón forman el punto de partida para toda la concepción idealista (relativa) del espacio.[14] No cabe duda de que Platón sintió, en su intuición filosófico-poética, que el espacio es la condición indispensable para poder percibir y comprender los fenómenos de la naturaleza, lo que él expresa diciendo: la condición “para la presentación de las ideas en el mundo de sensibilidad”. Aplicando la terminología de Kant será, quizás, permitido afirmar que para Platón el espacio era casi la condición “de una posible experiencia”.

Pero, a pesar de todo, Platón no llegó a considerar el espacio y menos todavía el tiempo como formas de nuestra intuición; pues en el fondo no ha tenido nociones completamente claras sobre el asunto. Él mismo lo confiesa con la franqueza propia de los grandes pensadores, cuando dice: “El espacio es una especie de ser, que participa de lo inteligible de una manera obscura e inexplicable”.

No vacilamos en afirmar que Platón estaba ya muy cerca de considerar el espacio como una forma de nuestra intuición, es decir, que tenía la solución casi en la mano, pero se le escapó. Han debido pasar siglos, han tenido que aparecer los sistemas de Berkeley y Hume antes de conseguir este sencillo resultado: tiempo y espacio son formas de intuición.

El gran genio griego en su intuición concibió el problema, pero la solución clara y precisa la dió Kant en su criticismo.

También en las ciencias modernas encontraremos algo análogo. Un pensador meridional—me refiero a Poincaré—ha echado las bases para la reforma del concepto tiempo, sometiendo la noción “simultaneidad” a una crítica muy interesante; mas la solución exacta, el nuevo concepto tiempo, lo dió un físico del Norte de Europa.

Aristóteles.—24. Aristóteles, el más eminente discípulo de Platón, no sigue el camino del maestro; pues funda más bien un sistema propio que está, en cierto sentido, opuesto a la doctrina idealista.

Aristóteles era más universal que Platón y le superó, especialmente, en sus conocimientos de las ciencias naturales. Un cerebro sumamente vasto, era el verdadero polisabio, la encarnación del saber de su época, de suerte que con razón se le indica hasta hoy día con el epíteto “el filósofo”, por antonomasia. Como buen observador, atribuyó mucha importancia a las ciencias naturales; en sus investigaciones trató en lo posible de definir todo, es decir, fijar en cada fenómeno aislado lo esencial “usía” y al mismo tiempo expresar su relación con el concepto general.

25. Platón proclamó como la única realidad los objetos de los conceptos generales (ideas), que tienen existencia completamente independiente de las cosas sensuales; los objetos aislados eran, según Platón, solo imágenes de lo verdadero.

Aristóteles rechaza este pensamiento, pues, según él, el error principal del sistema platónico consiste justamente en aquella separación completa de las ideas y de los objetos.

Los conceptos generales expresan, según Aristóteles, únicamente propiedades comunes a muchos objetos aislados; mas los conceptos generales por sí mismos no tienen existencia independiente. Pero si lo general no subsiste por sí mismo, no puede ser sustancia (“usia”), la que por su parte forma el fundamento real de todo.

Como sabemos Platón ya a priori atribuye a las ideas una existencia original, independiente del mundo de nuestros sentidos, creando, de este modo, dos mundos completamente distintos. Aristóteles considera imposible que la doctrina idealista pueda explicar la esencia del mundo empírico; según sus juicios, hay más bien que suprimir aquella contradicción entre el mundo de ideas y el mundo de objetos, pues las ideas no deben ser concebidas como algo distinto de las cosas sensuales. Para conseguir la verdad, para conocer la esencia del mundo, hay que examinar con mucha precisión y mucho cuidado los fenómenos de la naturaleza. Y haciendo esto se llega al resultado de que la verdadera realidad está en lo individual. Mientras, entonces, para Platón, la verdad está en el concepto general, según Aristóteles, al revés lo individual (“tóde tí”) es el tipo de la completa realidad.