HÉRCULES Y DON QUIJOTE

UN notable escritor y poeta, que por cierto es de la familia de Castelar—me refiero a don Mariano Miguel de Val, dice lo siguiente:

«Es un libro que está por hacerse, a pesar de lo agotado que parecía el tema: Hércules y Sileno, precursores del valeroso hidalgo Don Quijote y de su escudero Sancho. Hércules, libertador de los oprimidos, amparo de los débiles, castigo de los tiranos y espanto de los monstruos, tiene tales analogías con el ingenioso hidalgo de la Mancha, que hasta la protección de Palas Atenea, diosa de la sabiduría, parece sentar el principio de que también al hijo adulterino de Júpiter le sorbieron el seso los libros, más o menos de caballerías.»

La comparación de Don Quijote con Hércules me parece nueva e ingeniosa. La de Sancho y Sileno la había hecho ya el gran Hugo en un capítulo de su William Shakespeare.

«En Cervantes—dice—, un recién llegado entrevisto en Rabelais, hace decididamente su entrada: es el buen sentido. Se le ha percibido en Panurgo, se le ve de lleno en Sancho. Llega como el Sileno de Plauto, y él también puede decir: Soy el Dios montado sobre un asno.»

El señor de Val busca los puntos de semejanza en los dos héroes. Hércules, en su destierro, condenado por Anfitrión, rey de Tebas, haciendo vida pastoril, y don Quijote, enamorado y poeta, en Sierra Morena. En las «salidas» hubo indudablemente muchos «trabajos»; las aventuras de los molinos de viento, en la venta, lo del yelmo de Mambrino, la liberación de los presos, el caballero del bosque, los leones, a los cuales se pueden agregar el descenso a la cueva de Montesinos, los batanes, los cuadrilleros, el barco encantado y tantos otros momentos de la vida heroica del caballero de los caballeros.

Todo esto, desde cierto punto de vista, es comparable con las hazañas del esposo de Deyanira. Mas, a mi entender, la psicología, digamos así, de los dos personajes, es absolutamente distinta. Además, Don Quijote es inseparable de Rocinante. Es el «caballero». Diríase que sin su caballería está incompleto. Cuando no va en Rocinante hacia el heroísmo, va en Clavileño hacia el ensueño. Hércules no cabalga. La única vez que usa de corceles es cuando ya consumido su cuerpo por las llamas en la cumbre del Œta, en soberbia apoteosis, y bajo su olímpico aspecto de inmortal, asciende, por orden de Júpiter, hasta los astros, en un carro tirado por una cuadriga:

Quem pater omnipotens inter cava nubila raptum
Quadrijugo curru radiantibus intulit astris.

Podríase comparar don Quijote, a ese respecto, con Belerofonte, con Perseo, ambos jinetes de Pegaso y sublimes caballeros andantes. Cervantes cita poco a Hércules. En la primera parte del Quijote, cuando habla de las lecturas del héroe, dice:

«Mejor estaba con Bernardo del Carpio, porque en Roncesvalles había muerto a Roldán el encantado valiéndose de la industria de Hércules, cuando ahogó a Anteón, el hijo de la Tierra, entre los brazos.»

Hércules es el prototipo de la fuerza bruta, aunque, según las palabras de Muller, «lo heroico-ideal está expresado con la mayor fuerza en Hércules, quien fué preeminentemente un héroe nacional helénico. Su semejante bíblico es Sansón. Don Quijote es el Espíritu cabalgante, el Ideal caballero. Otros hay que pudiéranse nombrar a su respecto: el ya dicho Perseo, San Jorge, Santiago, Astolfo—y todo Poeta que monta en Pegaso.

Don Quijote es casto. Hércules es tan lascivo como Pan. En el canto en que Deyanira se dirige a su esposo en las Nereidas, de Ovidio, ella enumera alguna de las eróticas fazañas del formidable marcheur. Le habla de sus amoríos errantes y variados. «Cualquier mujer, le dice, puede ser madre por obra tuya.» Le recuerda la violación de Angea y el «pueblo de mujeres», nietas de Teutra, de las cuales gozó, y la tremenda Onfalia, que afemina al beluario, y le hace hilar a sus pies como a una esclava. Don Quijote no encuentra siquiera a Dulcinea y n se deja tentar por la carne, siempre con el alma de hinojos ante la figura soñada. Hércules, por fin, es el semidiós medio bandido, y don Quijote, aunque él asegure, al compararse con don San Jorge y don San Diego y otros caballeros canonizados, que ellos pelearon a lo divino y él a lo humano, es un paladín medio santo.

¿Y Sancho y Sileno? Ya hemos visto cómo Hugo hace la comparación en su libro sobre Shakespeare. Sancho es también inseparable de su asno. Recordaré el párrafo del admirable capítulo:

«Llega como el Sileno de Plauto y él también puede decir: Soy el Dios montado sobre un asno. La cordura en seguida, la razón muy tarda; es la historia extrema del espíritu humano. ¿Qué de más cuerdo que todas las religiones? ¿Qué de menos razonable? Morales verdaderas, dogmas falsos. La cordura está en Homero y en Job; la razón, tal como debe ser para vencer los prejuicios, es decir, completa y armada en guerra, no estará sino en Voltaire.

El buen sentido no es la cordura y no es la razón. Es un poco de lo uno y un poco de lo otro, con un matiz de egoísmo. Cervantes lo pone a caballo sobre la ignorancia, y al mismo tiempo, acabando su irrisión profunda, da por caballería al heroísmo la fatiga. Así muestra, en uno después del otro, el uno con el otro, los dos perfiles del hombre y las parodias, sin más piedad para lo sublime que para lo grotesco. El hipógrifo llega a ser Rocinante. Detrás del personaje ecuestre, Cervantes crea y pone en marcha el personaje asnal. Entusiasmo entra en campaña. Ironía sigue al paso. Los altos hechos de Don Quijote, sus espolazos, su gran lanza enderezada, son juzgados por el asno; perito en molinos. La invención de Cervantes es magistral, hasta el punto que hay entre el hombre tipo y el cuadrúpedo complemento, adherencia estatuaria, el razonador como el aventurero hace un solo cuerpo con la bestia, que le es propia, y no se puede desmontar ni a Don Quijote ni a Sancho Panza.»

El asno de Sancho es silencioso y paciente, el asno de Sileno de Plauto está dotado del don de la palabra, como el de Balaan, como el que dialoga en Turmeda, como el que habla largamente al filósofo Kant en el poema de Víctor Hugo. El asno ha tenido insignes cantores desde Grecia y Roma, hasta Daniel Heinsius, hasta Hugo, hasta nuestro buen Lugones. Cierto es que, el dulce animal de las largas orejas, además de conducir a Sancho y a Sileno, sirvió de caballería triunfal al Señor de Amor en su entrada a Jerusalén.



UN RECUERDO A CASTELAR

HACE poco tiempo, el señor don Adolfo Calzado, publicó un volumen que contiene muchas cartas de Castelar, dirigidas a él—desde el año de 1868 hasta el 98—, y otras escritas a Castelar por Víctor Hugo, Renán, Dumas, Duque de la Victoria, Mazzini, Thiers, Garibaldi y otros famosos y gloriosos hombres de diferentes naciones.

El señor Calzado fué el amigo más íntimo de Castelar, y quien, sin alardes de humillante mecenismo, ayudó pecuniariamente al gran orador, en ocasiones en que éste necesitaba de su apoyo. Calzado, rico banquero muy conocido en París, y al propio tiempo persona de superior cultura, ha escogido, entre las muchas cartas que recibiera, las principales.

¿De qué manera—dice en el prólogo—he procedido al ordenar estas cartas? Desde luego he hecho poco uso de aquellas cortas circulares que me enviaba Castelar periódicamente, al mismo tiempo que a otros cuatro amigos, las cuales dictaba a su secretario para que sacase copias de ellas. Doy preferencia a las íntimas, porque reflejan idénticos pensamientos con mayor espontaneidad y abandono, bien que ofrezcan el peligro de hacerme parecer inmodesto, aceptando elogios inmerecidos y expansiones que el lector, con su buen criterio, achacará indudablemente a la parcialidad del amigo. Después he eliminado lo agresivo, lo que, dicho en la intimidad y con el calor y la vehemencia de la lucha, pudiera ofender a muchos que fueron amigos suyos y son sus primeros admiradores. Por el deleznable fin de sazonarle a la curiosidad pública manjares, con la sal y pimienta del escándalo, hubiera faltado a deberes elementales. Tampoco he querido suavizar aquellas frases de ingenio tan peculiares en él, verdaderos zarpazos de león, para convertirlos en vulgares arañazos de gato. Suprimiéndolas sencillamente, si no doy gusto a los aficionados al escándalo, dejo en pie la idea, el concepto, que por faltar un adjetivo o un donaire no pierden su razón y su virtualidad.»

El compilador, respecto a las necesidades de aquel grande hombre que cumplió con el deber estético de darse la mejor vida posible, agrega:

«No me he creído con derecho a suprimir lo relativo a sus apuros económicos, porque ponen en relieve su laboriosísima existencia, su trabajo diario de diez horas, y cómo el hombre que ocupó los primeros puestos en la nación murió tan pobre que cuatro amigos tuvieron que pagarle el entierro. ¡Y no fué un entierro nacional, si fueron nacionales el duelo y el quebranto!»

Al leer la correspondencia de Castelar se ve ante todo la facilidad de fuente que había en aquel surtidor de ideas y de cláusulas armoniosas. Castelar en sus cartas, como en sus novelas, como en sus artículos, es el Castelar de los discursos, es siempre el orador. Hace su frase, busca la cadencia y el efecto, redondea su hipérbaton. Así era también en su conversación. Y, a propósito, fué Castelar quien me presentó a su amigo Calzado, una vez que almorzamos en su casa de la calle de Serrano. Otra cosa que se advierte en seguida es la vehemencia meridional en todo, y una facultad de dar en todo, un soplo de lirismo.

Claro que lo que principalmente preocupa al escritor se ve que es la política, y de política tratan la mayor parte de las epístolas. Tanto como la política española dijérase que le interesa la francesa; y se sienten sus protestas, sus enojos, sus críticas, llenas de fogosidad. No queda muy bien Gambetta ante sus juicios. Y cuando Castelar se exalta, no se para en señalar hasta el defecto de ser tuerto.

También resalta el ingenuo y natural orgullo de quien sabía lo que era y lo que valía. Esa águila tiene mucho de pavo real. Y la verdad es que los oros y colores de su estilo brillan lindamente al sol. Hugo tenía también ese conocimiento de lo desmesurado de su genio, y asimismo mostraba su soberanía con sencillez, simplemente, como un león. Y hay que ver el cambio de cumplimientos olímpicos entre el gran francés y el gran español.

Y todo eso estaba perfectamente. Castelar no iba a dirigir sus pomposos elogios a M. Tartampion, ni Víctor Hugo sus inciensos pontificios a Juan de las Viñas.

Otra cosa que advertiréis es el trabajo formidable de aquel cerebro excepcional. Aunque la política le quitase mucho tiempo, él se arreglaba de modo que, mientras había libros suyos en prensa, iban sus larguísimas y profusas correspondencias a Buenos Aires, a Montevideo, a Venezuela, México, a Nueva York, fuera de su colaboración en diarios y revistas europeas. Ganaba mucho dinero, es verdad; puede decirse que nadie aquí ha sacado tanto oro de sus tinteros. Pero gastaba mucho; su vida de gran señor y de hombre de buen gusto le costaba un dineral, y ya habéis visto cómo Calzado cuenta que cuatro amigos tuvieron que pagar su entierro.

Hay en esas cartas opiniones sobre hechos y sobre gentes, sobre arte, vida pública; paisajes rápidos, soñaciones e intenciones de poeta. Escribe en una parte, desde Étretat:

«Tengo el valor de predicar a un poeta prusiano, muy amigo de Bismark, su agente en Roma, que Alemania debe reconciliarse con Francia, como se ha reconciliado con Italia, volviéndole Milán y Venecia. Por consiguiente, debe volver a Francia, Metz y Estraburgo.»

Una tablita:

«Querido Adolfo: Aquí me tienes en la soledad más completa. Frente de mis balcones se extiende el Mediterráneo, que me envía sus frescas y a veces tempestuosas brisas; en torno de la casa una multitud de colinas sombreadas por pinos de Italia, y en cuyas cañadas crecen las higueras, los naranjales y las palmas.»

Política europea:

«Estoy indignado con ese bárbaro zar moscovita. Después de haber echado los pobres servios al campo, todavía los insulta. Después de haber convertido el ejército servio en ejército ruso, todavía escupe por el colmillo. Ayer comí en casa de Layard con tres diputados conservadores del Parlamento inglés. Me dijeron que Alejandro ladra, pero no muerde.»

Un buen párrafo para Gambetta, en Noviembre del 76:

«La campaña de Gambetta me admira más cada día. Es el verdadero talento político que hay en la democracia francesa. Por él, y sólo por él, vivirá la República. Si hoy tengo tiempo te incluiré una carta en español para que se la traduzcas de viva voz al francés, felicitándole y felicitándome por sus triunfos, que son también triunfos de la democracia europea.»

Y en Agosto del 77, refiriéndose a un discurso pronunciado por Gambetta:

«Aunque he dicho a América que me había gustado el discurso de Lila, te digo a ti que no me ha gustado nada. Cada día encuentro a ese mozo más gárrulo y más vacío. Luego, a su altura, no se comprometen los hombres públicos en procesos de imprenta como cualquier pelafustán de baja talla.»

Después, aún hay cosas peores contra Gambetta. Un sabroso párrafo culinario:

«Las últimas chucherías salen de provincias y llegarán antes de dos días. Haced un almuerzo español. Freid las morcillas, asad las longanizas, hervid las batatas de Málaga, coced los blancos de Elda, desgranad las granadas; reunid a todo esto el turrón y luego preguntad dónde se quedan Chevet y Compañía.»

Pues Castelar amaba como pocos los placeres de la mesa. Y ya he hablado en uno de mis libros de ciertas perdices, regalo de la duquesa de Medinaceli, que me hizo saborear aquel hombre glorioso de alma infantil.




JEAN ORTH Y EUGENIO GARZÓN

JEAN Orth es sabido que es el archiduque austriaco, de la imperial familia atrida, que, enamorado como un antiguo estudiante romántico, se embarcó un día con la mujer amada en un navío de ignorada suerte. Con rumbo a la buscada Felicidad, se esfumó en el Misterio. Y Eugenio Garzón es el Gaucho Dandy del Fígaro de París, que llegado a Lutecia de su Uruguay nativo, tiró las boleadoras a la Fama, y la llevó de las alas a la garçonnière de la rue de Courcelles, para lanzarla a todas partes, dando buenas nuevas propias y curiosas noticias del archiduque Juan de Habsburgo.

¿El archiduque naufragó? ¿El archiduque ha sido encontrado en el Río de la Plata? ¿El archiduque está en el Japón? Después de leer el buen libro de Garzón sobre Jean Orth, no tenemos la certeza de nada de eso. Quizás esto vale más, pues archiduque encontrado, leyenda acabada; y es siempre mejor que Barbarroja esté en su ignorada gruta, haciendo compañía probablemente a Enoch y a Elías. Y luego, yo creo que Garzón es tan artista que ha dejado escaparse al príncipe hacia su sueño de soledad—, quedándose con el pretexto, es natural, de escribir un bello volumen.

Este tuvo el consiguiente éxito cuando apareció en castellano. A pesar de estar escrito en nuestra lengua, tan poco leída en Europa, se habló bastante de él en Italia, en Alemania y en Austria. La versión francesa lo hará conocer mayormente. La crítica española le ha sido favorable, y sus colegas y amigos de América han tenido para el autor gentiles opiniones. Manuel Bueno proclama su «mérito indiscutible»; Emilio Mitre reconoce el interés y la agradable literatura del libro; Eduardo Wilde encuentra «páginas encantadoras»; Daniel Muñoz aplaude esta obra «variada en su unidad»; García Ladevese asegura que «son los libros escritos como Jean Orth los que consuelan de la impotente literatura de decadencia»; y Gómez Carrillo cuenta que se ha «olvidado de almorzar» por leer Jean Orth. Esto que parece más bien un prière d’insérer, no es sino un ramillete de justicias. Al cual yo agrego, gustoso, mis cumplimientos.

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Hace algún tiempo, visitando la admirable mansión de Miramar que posee en la isla de Mallorca el archiduque Luis Salvador, vi en una capilla construída no lejos de la legendaria gruta de Raimundo Lulio, una estatua de mármol, simulacro de nuestra católica Virgen. En el zócalo una inscripción recuerda las dos visitas que a Miramar hiciera la emperatriz que tan bellas páginas inspiró a Maurice Barrès, y que el doctor Christomanos biografiara fervorosamente. Y en tal inscripción se ponía bajo el amparo y la protección de la Maris Stella, a la porfirogénita viajera que en Corfú descansa en su Achilleion, frente al monumento que consagrara a su admirado Heine, de sus errantes fatigas. La Estrella del Mar no pudo desviar, por ley de la superioridad divina, el arma del anarquista que, a las orillas del lago de Ginebra, hirió a la soberana y solitaria señora. Y al leer la inscripción votiva no pude menos que recordar a Jean Orth que, como el holandés errante, se perdió en lo incógnito del mar sobre su barco fantasma. Tiene Garzón una hermosa página en que los datos fatídicos se amontonan como puñales en el proceso histórico de esa familia predestinada. Quizá poseído del terror de su sangre, el príncipe perdido abandonó la existencia palatina de Viena y en compañía de la hembra elegida, vestido de su pseudónimo, se fué en busca de paz, de acción, de horas tranquilas y amorosas.

Su caso queda entre los enigmas de la historia. Su vida es una novela que justamente ha tentado la pluma de un escritor de fantasía y entusiasmo, que ha hecho juntarse en el camino de la leyenda el Río de la Plata y el bello Danubio azul. El hallazgo del príncipe hubiera sido una victoria periodística destructora de ilusiones; el triunfo literario en que me ocupo deja felizmente el campo libre a la suposición y a la imaginación.

El temperamento caballeresco de Garzón se aviene a maravilla con la aventura romántica del archiduque navegante, y su habilidad de escritor sale ufana del intento de demostrarnos la posibilidad de que actualmente existe en alguna parte el que casi todo el mundo ha creído muerto en el mar.

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Contraste curioso ofrece el autor, entre estas páginas laboradas con una firme preocupación y elegancia de estilo, y su diaria tarea de Le Fígaro, en donde con períodos erizados de guarismos y de manera concentrada y expositiva, hace la propaganda de las riquezas y de los progresos de la América nuestra, sobre todo de la maravillosa República Argentina. Gracias a esto, le perdonarán sus amigos de estancia y automóvil sus apasionados devaneos con las bellas letras que no son de cambio. El Fígaro parisiense ha ganado mucho, es indudable, en nuestro continente y en nuestro mundo hispanoparlante, con el trabajo asiduo de su redactor platense. Y nuestras repúblicas, a su vez, han logrado por fin tener en Europa un expositor útil y fidedigno y serio, de su civilización y de sus elementos de riqueza y de cultura. Tanto más, que a la propaganda simplemente comercial e industrial de la hoja cotidiana, se agregará pronto la social y artística en Le Figaro Illustré.

Amigo de las elegancias y de las distinciones, alejado de los murmuradores charlatanes y de los folicularios de países latinos que abundan en las colonias de París, puede Garzón entretener sus vagares de mundano, escribiendo con pluma fina libros como su Jean Orth y como La entraña del bulevar, que aparecerá en breve.

En el tiempo relativamente corto en que ha logrado ser el primer hispanoamericano que ha entrado a formar parte de la redacción activa de un gran diario, ha llegado a conocer la vida parisiense como muy pocos extranjeros la conocen. Conversar con él es un placer. Y así, entre anécdota y frase oportuna, os narrará cosas del mundo internacional de la Metrópoli, como traerá a cuento sus días de juventud y de lucha, en su amada tierra original. Trofeo forman, en su gabinete de trabajo, los ponchos costosos de los gauchos, las espuelas, la guitarra del payador, las boleadoras que han detenido carreras de avestruces y de potros en las vastas pampas. Y bajo esos trofeos suelen verse lindas sonrisas francesas, monóculos literarios; o tal o cual barba blanca de personaje.

Aunque ya ha nevado sobre él, guarda con bizarra actitud sus bríos de antaño, que recuerdan sus antiguos compañeros de periodismo en el Plata, hoy casi todos diplomáticos y hombres de estado. Y es soltero. Garzón para la garçonnière.

Este escritor y este periodista, ambos en el mejor sentido de la palabra, es, como lo he dicho en otra ocasión y en este nuestro querido Fígaro habanero, un romántico modernizado. A pesar del continuo contacto con esta inquietante ultracivilización, conserva viejas virtudes castizas, que Dios le guarde siempre. Cree en la nobleza, en el carácter, en la amistad, en el honor, en la cortesía. Y aunque ya todo eso casi no está de moda, él lo sabe lucir de manera envidiable. Y es que este dandy, que hubiera sido amigo de Barbey d’Aurevilly, tiene también el dandismo «por dentro».




CATULLE MENDÈS

CUANDO comencé a dar a mis ansias artísticas, hace ya cerca de veinticinco años, los nuevos rumbos que habían de traerme en América y en España tantos amigos y enemigos—«todo buena cosecha»,—uno de mis maestros, uno de mis guías intelectuales, después del gran Hugo—el pobre Verlaine vino después—fué el poeta que de modo tan horrible ha muerto, tras de vivir tan hermosamente: Catulle Mendès. Su influencia principal fué en la prosa de algunos cuentos de Azul; y en otros muchos artículos no coleccionados y que aparecieron en diarios y revistas de Centro América y de Chile, puede notarse la tendencia a la manera mendeciana, del Mendès cuentista de cuentos encantadores e innumerables, galante, finamente libertino, preciosamente erótico. Mi admiración se exteriorizó en un soneto:

Puede ajustarse al pecho coraza férrea y dura;
Puede regir la lanza, la rienda del corcel;
Sus músculos de atleta soportan la armadura...
Pero él busca en las bocas rosadas leche y miel.
Artista, hijo de Capua, que adora la hermosura,
La carne femenina prefiere su pincel;
Y en el recinto oculto de tibia alcoba obscura
Agrega mirto y rosas a su triunfal laurel.
Canta de los oarystis el delicioso instante,
Los besos y el delirio de la mujer amante,
Y en sus palabras tiene perfume, alma, color.
Su ave es la venusina, la tímida paloma.
Vencido hubiera en Grecia, vencido hubiera en Roma
En todos los combates del arte o del amor.

Mi admiración fué siempre la misma, aun después de la nueva moda de revisar valores. Siempre le tuve por un admirable artífice de la palabra y por un espíritu alta y elegantemente romántico. Fué uno de los pajes predilectos del emperador de la Leyenda de los Siglos. Cuando la muerte de Gautier, cuya hija Judith fué la primera esposa de Mendès, Víctor Hugo escribió a éste:

«Hautevill-Housse, 23 Octobre 1872. 5 heures du soir.—C’était prévu et c’est affreux. Ce grand poète, ce grand artiste, cet admirable cœur, le voilà donc parti! Des hommes de 1830 il ne reste plus que moi. C’est maintenant mon tour. Cher poète, je vous serre dans mes bras. Mettez aux pieds de Mme. Judith Mendès mes tendres et douloureux respects.»

Alma muy 1830, queda hasta su último día la de Mendès. Yo no le traté personalmente, y vale más. Le ví muchas veces en París, y sobre todo en su café preferido, el Napolitain, donde, alrededor de una mesa, a la izquierda de la entrada, se reunen todas las tardes a conversar y tomar aperitivos unos cuantos hombres de letras y periodistas. Allí reinaba Mendès, teniendo a su lado a un gran amigo suyo, Courteline. Vi algunas ocasiones a Moreas, entre otros comediógrafos, poetas y cronistas. Una tarde vi también que llegó a buscar a su marido Madame Jane Catulle Mendès, bella, elegante, muy «parisiense.» Su marido, apartando un poco el guante, descubrió el rosado puño de su mujer y le dió gentilmente un beso. Ella, poco tiempo después, recuerdo que publicó un lindo tomo de poesías, en que en plausibles estrofas se manifestaba muy enamorada de él. Los versos eran exquisitos. No pasó mucho sin que ocurriese la separación de los cónyuges. Esto, en París, es muy sencillo.

Era ese poeta amable, de noble continente y gestos de hombre «nacido». Y era israelita. Nació dotado de gran belleza. Se cuenta que cuando llegó a París, muy joven, una noche, al presentarse en un palco, acompañado de su madre, llamó la atención su rostro de príncipe de cuento.

Fué un bizarro conquistador de amores. Hizo poética su vida. Hasta sus últimos años tenía, en un cuerpo ya cargado de edad, el alma fresca. Su muerte ¿un suicidio? Imposible. Anacreonte muere de otra cosa. Si la existencia no tuviese esos golpes violentos, debidos a una misteriosa lógica absurda, Mendès debió morir académico. Aunque más peligrosa a la blancura de los azahares, si su obra, allá en los primeros pasos, le llevó a la cárcel, como a Richepin, no tiene la brutalidad del Turiano. Y de seguro Mendès no hubiera escrito Père et mère... En cambio, Zo, Lo y Jo, sus antiguas figuritas predilectas, antecesoras de todas las Claudinas, hubieran concurrido a oir el discurso de recepción bajo la Cúpula.

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Era el poeta. Su crítica, sus cuentos, sus dramas, sus novelas, eran de poeta. A todo le daba valor armonioso. Puede decirse que no tenía creencias religiosas o que las tenía todas bajo el imperio de la poesía. Ese judío escribió páginas inefables, no sin el inseparable perfume venusino, en el Evangelio de la Santísima Virgen y en Santa Teresa. Todas las teogonías tenían para él, como para todos los poetas, los prestigios del misterio, del símbolo, del mito. Su inspiración vuela por todas las latitudes. Ya comprende e interpreta, desde sus primeros poemas, el encanto nórdico, explorando las brumas y las nieves del país en donde suavemente y fantásticamente brilla el sol de media noche, y hace dialogar a Snorr y Snorra; ya su pasión wagneriana, tan sólo superada en él por su pasión hugueana, le hace escribir una exégesis poemática de la obra del Thor musical, y novelas como aquella en que narra a su manera la legendaria vida del Rey Virgen; ya con su Hesperus flota en el mundo de Swedenborg, o con Panteleia crea una música astral y deliciosa. Como su dios Hugo, él tenía toda la lira, aunque más pequeña, y también sabía agregar la cuerda de bronce.

Tenía un admirable don de asimilación, y, voluntariamente, o por sugestiones sucesivas, dejó en su obra numerosa algo que hubiera firmado Hugo, algo que se confundiría con lo de Gautier, con lo de Leconte de L’Isle, con lo de Banville, con lo de Heredia. Es cierto que él perteneció, y se glorió siempre de ello, a la familia parnasiana, que se desarrolló bajo el ramaje del patriarcal Roble romántico.

El fué bondadoso con los poetas que vinieron después de su generación. No careció de enemigos, ésto conforme con su mérito. Mas da a quien lo merece el justo elogio con sus crónicas, y en su voluminoso trabajo sobre la poesía francesa en el siglo XIX, que escribió por encargo oficial.

Lo que nunca pudo ver con buenos ojos ni oir con benévolas orejas fué el verso libre. Que no le hablasen del verso libre. Y eso, siendo como era un gran conocedor de secretos musicales, un wagnerista, y habiendo escrito en prosa rítmica y rimada los más encantadores «lieds de France». Es una joya ese librito, en el que a los lieds de Mendès viene unida la música de ya no recuerdo cuál joven autor parisiense.

De todas las artes es la música la que más se compadece con la mentalidad israelita, y este poeta tenía la facultad musical en el verbo, que en el pentágrama tuvieron y tienen muchos artistas de su raza.

Yo admiro el buen tino del padre de Mendès que supo comprender desde la niñez de su hijo la verdadera vocación. ¿Qué digo tino? Debo decir don de profecía, pues si le impulsó a las letras en lo fragante y primaveral de su ensoñadora juventud, vió desde la cuna el laurel verde y así le llamó con nombre de poeta. El padre de Chapelain fué menos avisado, y su cosecha fué, como dicen los franceses, plutôt maigre.

Era el poeta. Un poeta pagano, alerta siempre, que sabía amar con elegancia y lirismo las mujeres y el vino; por lo cual debe haberle encantado el consejo luterano que leyera inscrito en letras góticas en las cervecerías alemanas, cuando, en sus días de estudiante, cantara en Heidelberg el Gaudiamus igitur después de los salamander, en los coros de escolares teutónicos. ¡Gentil epicúreo! Casi septuagenario, se regalaba con primicias ofrecidas por la Fama y por la Voluptuosidad. Su primera esposa era una musa; se separa de ella y se consuela con otra musa adoradora de Wagner como él; en seguida, su esposa es musa también; se separa de ella y se consuela con la amistad de una bella cortesana de letras.

Es muy de París, como hubiera sido muy de Atenas. Con sus corbatas de seda blanca y fina bajo su cuello doblado, con su en bon point, con sus cabellos entre plata y oro, su cara de Cristo satisfecho, con su indumentaria, si no de dandy nunca descuidada, me parecía más joven que todos los que a su rededor se congregaban, más joven que el mismo Moreas, tan lleno de juventud, y desde luego más joven que otros amigos jóvenes, pero de espíritu y corazón matusalénicos.

Luego se batía por cosas de arte y de poesía, defendía a sus maestros y daba la sangre por sus ideas estéticas. Un escritor y conferenciante, ya difunto, le agujereó el vientre en una de esas bizarras cyranadas.

Sabía latín bien; debe haber sabido griego, pues hizo muy buenas humanidades; el alemán debe haberle sido familiar, puesto que cursó en Alemania estudios universitarios. En cuanto a su español, si nos atenemos a las citas que alguna vez hiciera, y a los nombres estrafalarios de ciertos personajes de su Santa Teresa, debe haberlo conocido y hablado como un cisne francés...—No debe haber existido la tradición sefardita en su familia paterna—desde luego su madre era cristiana, según tengo entendido. Si no, ya hubiese parlado un sabroso castellano viejo, como el que habla el doctor Nordau; y si no, portugués.

Como crítico, siempre manifestaba para toda obra extranjera el parti pris, el modo de ver francés. Sus funciones de crítico teatral en el Journal parisiense fueron arduas. El hijo del judío rico, en sus últimos años, que debían haber sido de rentas y reposo relativo, tenía que trabajar como un negro para llenar sus necesidades de gentleman y de mundano. Porque era poeta con renombre de bohemio, el amigo de Glatigny y su resurrector, y el cliente del Napolitaine lo era también de Ritz y comía—como comió la noche de su muerte—en casa del banquero Openheimer.

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Sobre el movimiento literario contemporáneo francés tuvo ciertas expansiones, hace algún tiempo, con un escritor que fué a conversar con él a ese respecto. Creo que Mendès vivía en ese tiempo en la calle Boccador, frente a la Legación de Nicaragua. El visitante pinta su gabinete de trabajo, lleno de libros, y en el que resalta, dignamente enmarcado, un autógrafo de Hugo, «La siesta» de El arte de ser abuelo. Y habla del poeta, que se presenta sonriente y casi joven:

«M. Mendès ha visto morir el romanticismo, desenvolverse los destinos del Parnaso, nacer y morir el simbolismo; pero los años no le pasan, sobrevive a todos los naufragios alerta y alegre.»

Y Mendès da su opinión sobre la literatura francesa contemporánea. Para él no hay nada nuevo. Por otra parte, que se lea su «Rapport sur la Poesie». Con justicia se sulfura contra las escuelas. ¿Acaso había antes escuelas?, dice. «Hugo siempre negó haber fundado una escuela; en todos sus prefacios se acordó de protestar. El Parnaso no es tampoco una escuela. Era una agrupación de amigos que se estimaban y que trabajaban juntos; pero nuestras tendencias eran tan poco comunes, que nada se parece menos a la obra de Heredia que la de Coppée, a la de Sully-Prudhomme que la mía...»

Y luego:

«Cada poeta hace su obra como puede, como lo entiende, lo menos mal posible. Eso es todo. La escuela simbolista, la escuela romana, la escuela naturista, grupos sistemáticos y artificiales, ¡qué tontería! ¡Vedlos! Pasan su vida redactando proclamas y olvidan hacer obras.—No hay nada nuevo después de los prefacios de Cronwell y de Hernani. Todavía viven de eso todos; los comentan, los discuten, los niegan; pero es alrededor de ellos que se baten.»

Y el poeta se expresa poco amable con las técnicas nuevas. Los poetas jóvenes creen encontrar a cada paso un nuevo camino; pero siempre siguiendo las huellas de sus antecesores.

«Hacen ahora tragedias clásicas. ¿Y por qué? Porque yo he hecho Medea. Así se grita: ¡renacimiento clásico! Pero si yo tenía derecho de hacer Medea sin ver en ese asunto más que un motivo interesante de teatro. Entonces, porque he escrito El hijo de la Estrella se deberá clamar: ¡renacimiento bíblico! No. Cada poeta es libre de ir a extraer su inspiración de donde bien le parezca, sin que se pueda interpretar ese esfuerzo particular como una tendencia general. Corneille ha hecho tragedias griegas y tragedias españolas. Todos los asuntos son buenos; sólo el talento del poeta les da valor.»

Y cuenta que un día un amigo de Alejandro Dumas lo invitó a comer, ofreciendo darle «un excelente asunto para una pieza». Dumas fué a la comida, y preguntó a su amigo, que quizá sería el mismo Mendès:—¿Y ese asunto?—Es éste: un joven y una joven quieren casarse; pero el padre no quiere. En efecto, afirma el poeta, con eso hacéis El Cid, sólo que depende del modo que esté tratado el asunto.

Tenía sus admiraciones especiales: Rostand, Madame de Noailles. Con todo y no creer en los nuevos poetas, siempre estaba pronto a dar buenos consejos y a alentar a los que a él se acercaban. M. Saint-George de Bouhelier le debe mucho de su renombre.

Y con buenos lustros encima, era un formidable laborioso, pues teniendo a su cargo la crítica teatral de un diario parisiense, y casi la dirección literaria del mismo, tenía tiempo para hacer vida social y escribir dramas, comedias, cuentos, novelas, todo lo imaginable. Su pegaso estaba enyugado, como el de la poesía de Schiller y el del dibujo de Retzsche. Pero, de pronto, quedaba libre, y de un solo lírico impulso se elevaba al azul.

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Con motivo de su muerte se han repetido los ataques que la murmuración, con razón o sin ella, propagaban en su contra. Hemos quedado en que nadie es perfecto en la tierra. Los defectos que se le achacan, los pecados que se le critican, los tienen en el mundo infinitos fulanos, sólo que en él si existieron, como parece muy probable, resaltan más al brillo de su talento, al resplandor de su obra, que si no durará ha tenido su triunfo de belleza. Pero a veces la crítica aparta el prestigio de los dones singulares y se empeña en medirlo todo con igual rasero. Poco científico y poco justo. Cartouche no es Benvenuto Cellini, y Soleilland no es César Borgia.




ANTONIO DE ZAYAS

HE aquí el poeta más español de todos los que escriben versos en España. De él decía hace algún tiempo: «Poeta diplomático. Es un señor. Continúa la tradición propia; es de la familia de los viejos poetas hidalgos; prendados de noblezas, de prestigios, de heroísmo, de ceremonia. Con todo, su vocabulario, su elegancia decorativa, los saltos libres de su pegaso, le ponen entre los innovadores. A veces, con pensamientos nuevos hace versos antiguos, y con pensamientos antiguos hace versos nuevos. El verso libre en España no ha llegado a la licencia de ciertos versolibristas franceses, con todo y haber escrito Manuel Machado versos libérrimos. Los de Antonio de Zayas son voluntariamente sujetos a un ritmo general que no desentona ni se rompe nunca. En Paisajes, los hay magistrales. Hay una oración por el alma de Felipe II, que en cualquier literatura honraría a un poeta; pero que en este caso concentra el alma española, la cristaliza en un diamante verbal sorprendente. Sus sonetos se resienten de heredianos algunos: los escritos en alejandrinos. Los otros siguen la influencia gallarda que nos viene de los grandes sonetistas del siglo de oro: Quevedo y el admirable Góngora.»

A esas afirmaciones, me complazco ahora en agregar otras.

Ese aristócrata—Antonio de Zayas pertenece a la nobleza—, ese hombre de protocolo y ese hombre de mundo, tiene un respeto y una pasión profunda por la dignidad del pensamiento y por la pureza del Arte. Sabe que el ciego Homero tuvo templos como los semidioses y que la lira es un instrumento sagrado aun en la época de los gramófonos y de las pianolas. Con su dignidad gentilicia trata a las musas, y ellas le corresponden con dones preciados y envidiables sonrisas. Tributario de la Diplomacia, peregrino de la Carrera, ha vivido en países extranjeros, en climas ásperos para el hijo de una tierra armoniosa y solar, y su noble pasión por las bellas letras le ha consolado, con la juventud y el amor, en sus horas frígidas y brumosas, pues, como Ovidio, ha podido escribir:

Solus ad egressus missus septempticis Istri
Parrhasiae gelido Virginis axe premor.

De esas oficiales peregrinaciones ha habido felices consecuencias poéticas. Los paisajes distintos, las costumbres exóticas, las evocaciones históricas y los espectáculos pintorescos han inspirado a nuestro artista de la palabra preciosas preseas, entre las cuales rítmicos «joyeles bizantinos». Él estuvo en ese Oriente europeo que ha cambiado de pronto al influjo del tiempo nuevo; alcanzó a ver la vida de la Turquía misteriosa y un poco miliunanochesca que han europeizado esos niños y ancianos terribles que se llaman los Jóvenes Turcos. Su saber y su gusto de poeta le hicieron aprovechar del lado bello y peregrino de las cosas. Y en armoniosas y bien sonantes estrofas nos regaló con sus impresiones y sensaciones orientales.

Él lleva consigo su luz y su sol nativos. Así os explicaréis cómo, según nos ha narrado en cierta hermosa página, sus Paisajes, esos versos que se dirían impregnados de llama andaluza y de calor castellano, fueron acordados «en las inmediaciones del Círculo Polar Ártico, durante el rigor del invierno, cuando, rodeado de nieve por todas partes y perdida la mirada en los turbios cristales del Melar, contemplaba en lontananza como único límite del horizonte, inmóviles ejércitos de abetos, solemnes como obeliscos funerarios.»

De tal modo su espíritu hizo brotar ardientes rosas bajo toldos de brumas en instantes cimerianos. Sus Retratos antiguos, sus Noches blancas, su Leyenda, son la prueba del constante ingenio y la maestría elegante de un artífice que, consciente y vigoroso, ha adornado su juventud con frescos y bien ganados laureles. Su reciente traducción de la obra poética de Heredia ha aumentado sus prestigios.

Se le ha querido absurdamente afiliar a esta o aquella tendencia literaria; quiénes le hacen seguidor de los clásicos, quiénes le declaran parnasiano, quiénes le bautizan con el absurdo epíteto de modernista. Los primeros se fijan en algunas de sus poesías construídas según los cánones de la poética ortodoxa castellana; los otros en la voluntaria ausencia de todo subjetivismo emocional, en la impasibilidad escultural de tales sonetos; los otros en sus novedades de expresión, en su virtuosismo rítmico. Él es simplemente un poeta, un artista del verbo; sincero, de conciencia, y como tal capaz de contradicciones en el proceso de su evolución mental, y en lo que no ataña a las ideas primordiales. Es un admirable evocador de figuras y escenarios del pasado. Hay en él como la herencia de una visión ancestral. Su énfasis es atávico, así como su buen gusto y sus aptitudes de aristócrata. Y no es un refinado hasta el límite decadente como el francés Montesquiou-Fesenzac, sino el descendiente de los viejos poetas españoles que a un tiempo amaban la lira y las máscaras, el arcabuz y la espada de Toledo.

Viajero y políglota, ha procurado siempre alejarse de toda heterodoxia de lenguaje, de ser en todo y por todo de su tierra. Y su misma simpatía por Heredia, tiene de seguro por razón el abolengo intelectual y familiar del sonetista franco-cubano, que tuvo ascendientes conquistadores como el bizarro don Pedro, fundador de Cartagena de Indias.

No soy yo amigo de las traducciones en verso. Un poeta es intraducible. Si el traductor es otro poeta, hará obra propia. El canto del poeta extranjero no será comprendido sino por los que entienden su música original. Con todo, alabo la traducción que Antonio de Zayas ha hecho de la obra herediana, porque ha dado a España la poesía de un poeta que tenía mucho en su espíritu de español; porque ha realizado su labor con nobleza y mucho conocimiento, y porque parece en ocasiones que, al ser refundida y troquelada con la alianza del metal castellano, vibrase más sonora la medalla francesa.

Lleno de distinción, verboso—¡como que posee, signo de raza, el don oratorio!—amable y rebosante de hidalguía, joven, unido a una gentil dama de gran cultura que le ha acompañado en sus viajes y que es encanto de su casa; con títulos de nobleza y ejecutorias de talento; feliz, en lo relativo de este mundo; así vive su lozano vivir este mi buen amigo que acabará sus días, Deo volente, embajador y académico entre los hombres, y portalira glorioso premiado por los dioses.



EL CONDE DE LAS NAVAS

BIBLIOTECARIO Mayor de S. M. el rey don Alfonso XIII, es el Excelentísimo Señor don Juan Gualberto López Valdemoro y de Quesada, Conde de las Navas. Como otros caballeros de sangre azul, se dedicó a los deportes el conde de las Navas, sin desdeñar los ejercicios de la fuerza y elegancia, pues hasta está en la lista de los nobles que han toreado; se consagró principalmente a la bibliografía, a la erudición, a la literatura. A mí me parece extraño que, aunque relativamente joven, no tenga ya su sillón en la Real Academia de la Lengua. Ha producido ya buen número de libros que le hacen acreedor a tal merecimiento. Conoce su idioma como muy pocos, es un escritor castizo y de tradición. Y por su nombre, su papel social, su cultura y sus vinculaciones, debía estar ya entre los eminentes fabricantes del Diccionario.

Yo le conozco desde hace ya algunos años. Solía encontrarle en la célebre tertulia de D. Juan Valera y en casa de la condesa de Pardo Bazán. Su conversación es tan amena como sus escritos. Su cultura es sólida y su carácter no está agriado de pesimismos, a pesar de haberle coartado su actividad física una penosa dolencia que ha hecho aún más sedentaria su vida de religioso de los libros. Adora a su España, es andaluz y se encanta con la región asturiana, que le ha hecho producir páginas hermosas. «¡Ah! exclama, si yo no hubiese nacido bajo los verdes nopales de Gibralfaro, rezado la primera vez ante el altar de la Virgen de Araceli, y estudiado Derecho romano a la sombra de la torre de los Siete Suelos; si no debiera, en parte, mis pocas felices inspiraciones—si tuve alguna—al elixir del Tío Pepe, y si la Reina del Guadalquivir, con su Giralda, que, destacándose sobre el cielo, parece signo de admiración por tanta y tanta grandeza, no me hubiese prohijado más tarde, renegaría de mi tierra para hacerme asturiano y beber en el borde de la herrada el agua cristalina y fría en donde pesca la lóndriga la riquísima trucha, y para dormir la siesta a la sombra «proyectada por el ancho alero del hórreo», siquiera me despertase alguna vez la fuina persiguiendo a los pichones en el palomar cercano».

Mas es un purísimo hijo de Andalucía, y en su obra encontraréis alternados, como pasa en la existencia de esa tierra solar, la alegría y la tristeza andaluzas, ambas intensas y cordiales.

Yo no conozco todas las ya numerosas obras del conde de las Navas, pero algunas que he leído me han procurado momentos de amable solaz, me han conmovido o me han enseñado muchas cosas interesantes, raras, curiosas o divertidas. No ha llegado a mis manos La docena del fraile, que se publicó con un prólogo de Carlos Frontaura, jovial escritor cuyo nombre hoy dice poco y es por muchos ignorado, pero que tuvo en su época fama de ingenio fino y despierto. ¡Un infeliz! es una novela que se diría romántica si no fuese el estudio observado de la realidad, el trasunto de una vida, expuesta con procedimientos que poco se relacionan con lo moderno y menos con lo que hoy se llama modernista, con sutileza psicológica que nada tiene de bourgetiana, y con una gran penetración de sentimiento en lo que puede haber de más humano y al mismo tiempo de más español.

De más está decir que todavía, cuando publicó López Valdemoro ese libro, no había aparecido aún por estas tierras peninsulares la influencia del más loco y terrible de los filósofos anticristianos, y que, con todo y su cultura universal y variada, es y permanece fiel al espíritu tradicional de su patria y conserva su pensar absolutamente ortodoxo, a pesar de que se siente el estremecimiento de su alma ante el eterno misterio de la vida y de la muerte. ¡Un infeliz! el protagonista, es el que, en medio de los humanos lobos, cree en el bien, en la dignidad, en el honor, y, sobre todo, es capaz de amar de veras hasta el sacrificio, hasta el heroísmo, hasta la soñada eternidad. El tipo no es común, pero existe, y, sobre todo, ha existido, principalmente entre estos hidalgos españoles.

En una edición de doscientos cincuenta ejemplares, en papel de hilo, hoy agotada, publicó la primera serie, que no conozco, de sus interesantes Cosas de España, la cual primera serie fué escrita en colaboración con D. Manuel R. Zarco del Valle. Trátase en ese volumen, que se imprimió en Sevilla, de varios asuntos: Máscara de los artífices de la platería de México (1621); Entrevista de Carlos I y Francisco I (1538); La fuerza en España; La destreza en España; Don Josef Daza y su arte del Toreo; Los bufones en España y El tropezón de la risa. No han llegado a mi conocimiento tampoco su Chavala, historia disfrazada de novela; ni La media docena, cuentos y fábulas para niños, obra declarada de texto, ni algunas otras de sus producciones. En la segunda serie de Cosas de España, que poseo, hay monografías llenas de erudición sabrosa y entretenida.

La que trata del Tabaco, aunque no muy extensa, está escrita con verdadero amore y será leída con agrado especial por los fumadores. (En América hemos tenido, entre otros, dos grandes fumadores delante del Eterno, ambos generales: en la del Norte, el general Grant, y en la del Sur, el general Mitre). Hay muchos datos peregrinos y citas bibliográficas sobre el origen del tabaco y el placer de fumar. Ignoro si mi eminente amigo conoce un librito, o más bien folleto, del cual encontré un ejemplar en uno de mis paseos por los puestos de libros de viejo de los «quais» de París; me refiero al Traité-Théorique et practique-de-Culotage des pipes-œuvre posthume-de Culot, librepenseur-Philosophe éphectique-Professeur honoraire de pipe à la Société Œnofine-Membre-de plusieurs Sociétés buvantes-Avec les lumières de M. P. R. fumeur émerite.—Paris.—Etienne Sausset, Libraire Editeur.—Galeries de l’Odéon. Si no ha leído el conde de las Navas ese opúsculo, y llega a leerlo, su buen humor tendrá un nuevo momento de expansión, pues el francés tiene el verbo ágil y picante y es un ferviente adorador de la «nicotiana tabacum».

Los otros trabajos de la segunda serie de las Cosas de España, se refieren a Juan de la Cosa y su Mapa-mundi; a la Noche Buena; a don Fernando Colón—a propósito de las muchas discusiones que ha habido sobre si ese hijo del Almirante fué natural o legítimo—; a las Estatuas; a los Juegos de pelota, y al Robinsón español. En todas esas páginas demuestra el escritor que van iguales su talento de expositor y sus condiciones de «chercheur» y de «curieux».

No han llegado a mi poder los Cuentos y chascarrillos andaluces; pero sí he admirado a La niña Araceli, y el escenario andaluz en que se mueve su gracia y todo ese vivir de la famosa tierra que aún aman los moros; como me satisfizo El procurador Yerbabuena, entre lo cómico y lo amoroso, y Retama, el rústico, víctima de lo duro de la suerte, de la universal fatalidad que no conoce lo bueno ni lo malo, lo justo ni lo injusto. La pelusa es una novelita, o, como dicen los franceses, una «nouvelle», y, para seguir con ellos, una «tranche de vie». El argumento se desarrolla en la Corte. Hay en la narración la misma perspicacia y la misma desenvoltura ingeniosa con que el conde ha hecho vivir los personajes y tipos de sus novelas andaluzas.

Otros libros: La decena, cuentos y chascarrillos, inventados o recogidos de labios de amigos de buen humor. Literatura de buena digestión y de buena conciencia. De allende el Pajares, paisajes y cuentos trasladados e inspirados al amor del cielo y del suelo de Asturias. Yo he pasado algunos veranos en esa región amable y me explico el entusiasmo del autor por tierra tan llena de encantos y atractivos, tierra sonriente en medio de una como natural melancolía y un como flotante ensueño.

Mas una de las fases principales del espíritu del conde de las Navas, es su faz de bibliófilo en el verdadero sentido de la palabra. Él tiene el amor de los libros y frecuenta con asiduidad y cariño esas casas de las ideas. No podría encontrar el rey Alfonso XIII ni sacerdote más fervoroso, ni vigilante más celoso, a quien confiar el santuario intelectual riquísimo que es su Biblioteca. Sabida es la gran importancia de ella y las joyas bibliofílicas que contiene. El conde tiene también su biblioteca particular que, según tengo entendido, es muy digna de sus gustos y de su talento. El afecto a los libros demuestra un alma plácida y un fondo bondadoso. La buena erudición aleja los malos sentimientos. Erasmo, o M. Bergeret, tienen que sernos simpáticos. Además, tened por entendido que un bibliófilo no morirá nunca aplastado por un 40 HP, o despedido por un aeroplano. Pocos, poquísimos dice López Valdemoro en una parte de su tratado De libros, son los verdaderos bibliófilos que aman el libro en alma y cuerpo, por lo que dice, por su rareza en el mercado y por la buena ropa con que aparece vestido. Si a este propósito se preguntara a don Francisco Rodríguez Marín: «Después de las de Cuba, Puerto Rico y Filipinas, ¿con qué gran pérdida nacional cree usted que se cerró la lista de nuestro inmenso despojo?», me atrevo a asegurar que el ilustre escritor sevillano respondería inmediatamente: «Con la venta de la magnífica biblioteca del marqués de Xerez de los Caballeros». Al poner el conde de las Navas tal respuesta en boca del señor Rodríguez Marín, deja ver que él habría contestado en igual caso la misma cosa. Él ha escrito sobre los amigos y enemigos del libro—hombres, mujeres e insectos...—; sobre las erratas, de las cuales cita celebérrimas; sobre el tamaño del libro; sobre los libros españoles de sastrería; sobre el plan de un libro que se propone escribir respecto al vino; sobre la venta de libros con dedicatorias autógrafas; sobre el arte de la encuadernación, y sobre otras semejantes disciplinas.

Y en todo lo suyo encontraréis claridad, elegancia, nobleza, gracia oportuna, documentado saber. Lo que él os diga, tened por sabido que no lo encontraréis en las fáciles y usuales enciclopedias. ¡Por Dios! Ha escrito sobre las gallinas, y para ello ha consultado ciento catorce obras impresas y nueve manuscritos.

Recientemente hizo un viaje a Lourdes y publicó sus Impresiones de un incurable. Esas impresiones son las de un cristiano sincero, las de un católico prudente. Él ha leído todo lo que a Lourdes se refiere, desde Lasserre hasta Zola, desde el abate Archelet hasta el doctor Baraduc, desde el P. Camboné hasta Huysmans, Gourmont y tantos otros, creyentes o ateos. Él cree en el poder de la fe y en la especialidad del milagro, y sabía que él, en su peregrinación, no alcanzaría la curación como otros. Él no es fanático; mas escucha en veces a la ciencia misma, decir por boca de sabios como Ramón y Cajal: «A despecho de los inmensos progresos acumulados en el pasado siglo, la fisiología cerebral del entendimiento y de la voluntad, continúan siendo el enigma de los enigmas... por mucho que se descubra no se llegará a contemplar objetivamente el pensamiento, ni se averiguará por qué un movimiento en lo objetivo resulta una percepción en lo subjetivo».

Del conde de las Navas han dicho: Picón, «que tiene un estilo en que andan mezcladas por partes iguales la corrección, la sencillez y la gracia»; el finado P. Blanco García, «que Alarcón hubiera firmado sin escrúpulo algunos cuentos de La docena del fraile»; la condesa de Pardo Bazán, le hace notar «su gran riqueza de diccionario»; Le Quesnel, afirma que es «un artiste ciseleur, ou mieux un artiste joaillier qui ne cesse de sertir des perles»—; y de su obra sobre el espectáculo nacional, dicen unos cuantos inmortales que es magistral y merecedora de todo aplauso.

Pero entonces, vuelvo a asombrarme: ¿Por qué no ocupa el sillón que de derecho le corresponde en la Real Academia Española, el Excelentísimo señor don Juan Gualberto López Valdemoro, conde de las Navas y Bibliotecario Mayor del Rey don Alfonso XIII?