Sisina, a Rosea e Flava, a graça do Velabro.

He ahí un cuento de monjas, a propósito de las cuales sabemos que, como reza en la Historia de la Fundación del convento de Santa Mónica de Goa, «las sutilezas con que el común adversario procura impedir las obras del servicio de Dios, son todas como suyas; mas cuando este Señor quiere que ellas aparezcan a la luz, importan poco sus sutilezas y sus ardides. Halla el poeta asuntos en bellos hechos pasados, y así recuerda las leyendas de la India, de Gaspar Correa, o la Historia trágico-marítima del naufragio del gran galeón San Juan en la costa del Natal, el año 1552. O canta el sitio de San Francisco de Goa, arcaicamente:

Gritos de morte, pragas de furor,
E as labaredas tresdobrando o horror...

ó la dramática muerte de don Juan de Eça.

Mas nada es tan de mi placer como los cantos en que surge la poesía índica, con sus perfumes, sus notas, su extraña melancolía, y «surumba» y «oh Dunga»... Y como en el libro viene la notación musical, he hecho que lindos labios de Europa me den la ilusión de las voces de la tierra brahamánica.

Sati, es un poema que me deleita en su rareza de tema y de decoración; y bien me gustaría departir de tan mágicos asuntos, en aquellas regiones ensoñadas, con Osorio de Castro y su amigo «el fino Lírico de Guserathe», Ardeshir Framji Khabardar. «¿Cómo se puede ser persa?», dice la frase célebre francesa... Yo encuentro tan natural el ser hindú, o persa, o japonés!...

En verdad os digo que este poeta me ha hecho un precioso regalo. Por él he pasado instantes especiales en un reino de hechizo. Por él he escuchado el launim de la canción de la bayadera que ha compuesto Djaiégri Maneken Shirodcârine. Por él sé que «allá lejos» se llaman las bayaderas: Zaiu, Sazerên, Tará, Gangá, Priaga, Anahany, Calhiâne, Mogrên Vigei, Baigy, Surata, Nanum, Baghèn, Gultchábou, Camenên, Mâinâ, Nonan, Mothu, Sarassepâti, Manequên...

Y todo eso es, para mí, excelente.




EUGENIA DE GUÉRIN

FERVOR, veneración casi religiosa, devoción que casi va a la plegaria; he ahí lo que profesa a la dulce hermana de Mauricio de Guérin el piadoso y patriota conde de Colleville. Para él, Eugenia es una santa que a la diestra de Dios está en el Paraíso entre los santos.

No sin razón asegura que en Inglaterra tiene aquella lilial mujer muchos admiradores; Mauricio espera que ha de canonizarse a Eugenia, pues es de aquellas que el Soberano Pontífice honra profundamente. ¿Se quieren milagros? ¿Qué milagros mayores que la conversión de su hermano Mauricio y la de Barbey d’Aurevilly? El conde católico está en su razón. Por lo que respecta al nombre, será lindo en el santoral: Santa Eugenia de Guérin, virgen. ¿Y por qué no mártir? ¿No sufrió lo inexpresable en su vida de penar, por sí, por su hermano, por los tristes y los pobres todos? La obra que le ha consagrado el conde de Colleville pudiera decirse que pertenece a la hagiografía. Con justicia Coppée cree percibir, por las flores recogidas en el jardín de la doncella, un olor de santidad. El personaje no puede ser para Coppée más simpático.

Ha tenido desde sus primeros años una hermana que le consagró su vida, que ha sido todo para él... «ce qui m’émeut plus que tout, ayant vécu auprè d’une excellente sœur qui ne me quitta jamais...» Pues el amor de Eugenia para Mauricio era todo el amor, ternuras de madre, suavidades de esposa, cuidados sacerdotales, todo en un ambiente de Leyenda Dorada, impregnado de perfume bíblico, y más que bíblico, cristiano. Eugenia era un espíritu. Creyérase que la fisiología no tenía que ver con ella. Nada manifiesta del niño enfermo y doce veces impuro... Tanto alejamiento de lo terreno explica la adoración que por ella sienten sus devotos. Sobre todo si se la compara con la alta dama de hoy, en quien las principales preocupaciones son principalmente mundanas y sportivas. M. de Colleville no deja de señalar a este respecto las respetables excepciones: Madame de Mac-Mahon, Mme. de Cureville, la baronesa de Puille, Mme. de Saint Laurent, Mme. de Brigde, Mme. de Boury, «todas las que batallan por Dios y por la patria». Eugenia, es verdad, tenía poco de combativa. Era una monja sin hábito. Dios la llamó. Con tanta más razón que no era bonita. Como no tuvo devaneos ni pasiones amorosas, toda su femenina facultad se concentró en su hermano, y ese ardor sororal fué al propio tiempo la delicia y la amargura de su existencia. Colleville la define: «el perfecto modelo de la fille de race, absolutamente virtuosa y cristiana, ella es a la vez de una distinción acabada, de una educación exquisita, habla una lengua divina, y esta artista maravillosa hace ella misma su cocina, hila en su rueca, socorre a los enfermos, visita a los moribundos. Es leyendo a Platón, Fenelón, Bossuet, Corneille, cuando ella descansa de las tareas del hogar, es enseñando el Catecismo a los pobrecitos, hablando de Dios a los vagabundos, cuando ella emplea la lengua más noble y más sencilla del siglo XVII».

Tal arcaismo de expresión da en efecto a los escritos de Eugenia de Guérin un aire suranné, que le sienta a maravilla y le da el aspecto de otra edad, de tiempos más puros o menos contaminados que el siglo XIX en que escribiera.

Los Guérin son de origen veneciano. Guarini. La suntuosa Venecia de la más bella de las épocas reaparecerá en el paganismo íntimo del autor del Centauro, que debe haber amado como artista la Anadiómena de las ciudades. Mauricio y Eugenia, bajo el amparo de Dios, formaron la pareja perfumada de virtud casi angélica, que con los soplos del diablo y en los antiguos existires venecianos se habría transformado en una de aquellas locas llamaradas de incestos patricios que enrojecen las crónicas del tiempo. La noble ascendencia llega hasta ella diluída en fe religiosa y en caridad columbina. He dicho que no era linda; mas sus biógrafos hacen resaltar su distinción innata y su sencillez de casta flor. Paréceme en su cultura discreta y exquisita, nutrida de vidas de santos y de filósofos dulces. Cuando tenía catorce años, al despertar de la juventud, momento crítico en las niñas, ella «era entonces primitiva y casi ignorante, pero dotada de una bondad suma, como Francisco de Asís; amaba las bestias y conversaba con los pájaros». Es muy otra que Jacqueline Pascal. No ha nacido para las humanidades. Creo que no sabe griego ni latín; mas podría conversar con su hermana la alondra y su hermano el ruiseñor. Su fina lengua sabe, como muy pocas, alabar a Dios. Diríase que en ella no existe sexo. Y la facultad maternal que pudo tener se deriva toda en la pasión de su hermano, a quien trata como a un hijo, como a un esposo, como a un amigo.

Encanta esa vida gentil. La jovencita aprende a leer en la Imitación de Jesucristo y en San Francisco de Sales. Y ella enseña a su hermano menor, a su predilecto fraternal, a leer y a rezar, y a sentir la hermosura de la naturaleza, todo con una tendencia divina. Es matinal como las aves del bosque. Se complace en cultivar su inteligencia, pero se dedica asimismo a los trabajos de la casa. Dice sus oraciones, se pasea por el campo, visita a los enfermos.

En el dominio familiar del Cayla lleva una vida de «año cristiano». Un día escribirá a Mauricio estas palabras: «Sacarme de aquí es como sacar a Paula de su gruta; es preciso que sea por ti que yo pueda dejar mi desierto, por ti por quien Dios sabe que iría al extremo del mundo. ¡Adiós al claro de luna, al canto de los grillos, al glú glú del arroyo! Antes tenía también al ruiseñor; mas siempre algún encanto falta a nuestros encantos. Ahora nada, sino mi plegaria a Dios y el sueño.»

La prosa de la mujer amable y predestinada se desliza a modo de un agua de fuente. Es transparente, cristalina. Bajan a ella—se pensaría—a beber los corderos del amor divino, los corzos blancos de la caridad. Mauricio, que empieza la vida al claror de esa alba, no ha de olvidar nunca tanta candidez celestial, a pesar de las tempestades de París y de las tempestades de su propia alma de artista, en que palpitan violentos los jugos de la tierra.

Deseaba la hermana estar siempre al lado del hermano, y asistía a sus clases, hasta a la de latín; «cela m’aidera à comprendre mes offices», decía ella: ¡Cuan lejos del cotillón y del bridge! Por su parte, Mauricio, se manifestaba castamente enamorado de Eugenia.

Hélas! le monde entier sans toi
N’a rien qui m’atache à la vie.

«El sentimiento que inspiraba a Pablo estas palabras para Virginia, no era más sincero que el mío.» En efecto, son dos almas que se aman de amor, excluyendo toda sombra de malicia o pecado. Ella se aplica hasta a tareas de lavandera, evocando para el caso a Nausica, Santa Catalina de Sena y a las princesas de la Biblia. A los veinte años, sin belleza, es, sin embargo, atrayente. Lamartine ha dejado de ella un agradable retrato en que hace notar «el contorno armonioso del rostro» y «el talle esbelto y flexible que hace resaltar las formas del cuerpo». Toda ella se consagra a la devoción y a las prácticas religiosas. A la devoción, a las prácticas religiosas y a su hermano. Escribe versos inocentemente románticos. Y cuando la tristeza la invade, tiene el remedio de la oración. Los tempranos desencantos de Mauricio la hacen sufrir, y no cesa de darle, por lo tanto, buenos consejos. Él, soñador, como todos los de su tiempo, está enfermo de lo que se llama en estos momentos «el mal del siglo». Ella desearía verle dedicado a la carrera religiosa, confesarse con él, como la madre de San Francisco de Sales se confesaba con su hijo. Y luego, él tiene que ir a París. ¡París! ¡El pecado, la corrupción, el campo del demonio! Y deja Mauricio el Cayla y parte a la gran ciudad a continuar sus estudios. Comienza a escribir en los periódicos, se une a su maestro Lamennais, y cuando Lamennais se insurge contra la autoridad papal, Mauricio comparte sus opiniones, cosa que desola a Eugenia. Esta, entretanto, escribe sus admirables cartas y su Diario. Este libro es tenido como uno de los más bellos producidos por un cerebro femenino. Es un breviario ideal para las ascensiones espirituales. «Jamás su prosa deja ver el esfuerzo, dice Colleville; escribe con una naturalidad y una facilidad maravillosa, canta como el pájaro, naturalmente, así su pensamiento, se impone victoriosamente, nos seduce y nos penetra de esa religión que lo vivifica.»

La publicación de esa obra excelente se debe a Barbey d’Aurevilly y a Tributien. «No sé por qué, dice ella, en mí el escribir es como en la fuente correr.» La vida de su hermano en París la inquieta. Sobre todo, sus decaimientos de fe. Comenzaba a aparecer en Mauricio el despertamiento pagano. Pan se le había revelado y su oído oía en la sonora tierra el galope del antiguo centauro. Piensa su hermana en casarlo. Él se enamora de Mlle. de Bayne, pero le rehusan la mano de tal señorita. Enfermo, retorna al Cayla, en donde se repone.

Vuelto a París, un nuevo amor le consuela, y logra casarse con una joven originaria de Batavia, que le adora. Pero la tisis ha hecho presa ya de él.

Así regresa al dominio paterno. Eugenia, estoicamente cristiana, viendo perdido el cuerpo, se dedica más que nunca a la cura del espíritu. Logra su objeto y muere Mauricio en la absoluta fe católica. Ella continuará hablando con el ausente, con quien espera juntarse por siempre en la inmortalidad. «Del Calvario al cielo el camino no es largo. La vida es corta, y ¿qué haríamos de la eternidad sobre la tierra?»

Su pensamiento no se separará nunca de su hermano. «Él y yo eramos los dos ojos de una misma frente.» No cesará de rezar por él, de encomendarlo a Dios. «Bueno es llorar, pero no sin la plegaria. La plegaria es el rocío del purgatorio.» Luego, continuará su misión de dulcificadora de almas, con Barbey d’Aurevilly, íntimo amigo de Mauricio. Del dandy byroniano y un tanto satánico que era entonces el Condestable, hizo ella el paladín católico, el caballero de la Iglesia. «Es, pues, dice Colleville, un hecho, que el novelista, el crítico, el pensador, ha sido después de su conversión el servidor más decidido y más convencido de la Iglesia romana, y que es ciertamente a Eugenia a quien se debe esa milagrosa conversión.»

El dolor que le causó la pérdida de su hermano hízola hasta pensar entrar en religión; mas su deber de hija le impidió realizar esos propósitos. Y así bien queda la frase del crítico inglés en que la llama la Antígona cristiana. «Sin mi padre yo iría tal vez a juntarme con las hermanas de San José a Argel. Al menos, mi vida sería útil. ¿Qué hacer ahora? Mi vida la había entregado a ti, mi pobre hermano. Tú me decías que no te dejara nunca. En efecto, he permanecido cerca de ti hasta verte morir. ¿Qué voy a buscar ahora en las criaturas? Reposar en un pecho humano, ¡ay! Yo he visto cómo nos lo quita la muerte. Mejor apoyarme, Jesús, sobre vuestra corona de espinas. ¡Cuántas veces he soñado ser hermana de caridad para encontrarme cerca de los moribundos que no tienen ni hermana ni familia! Hacer veces de todo lo que les falta de amoroso, cuidar sus sufrimientos y hacerlos volver el alma a Dios. ¡Oh, bella vocación de mujer, que a menudo he envidiado! Pero ni esa ni otra: todas están cortadas.»

Y en otra parte:

«No comprendo cómo las mujeres que no tienen piedad no mueren todas locas. ¿Qué llegar a ser bajo tantas impresiones destructoras? Todo nos es hierro y fuego, nos rasga o nos quema, pobres mujeres que somos.»

En verdad, es una santa. El tota in utero se convierte toda en espíritu. Para ella no existieron los goces de la carne. A su hermano tocaron las tempestades de la duda, las negruras de la incertidumbre y la furia misteriosa de los sentidos, la savia pánica. «Yo he anudado mis brazos alrededor del busto del centauro y del cuerpo del héroe y del tronco de las encinas. Mis manos han tocado las rocas, las aguas, las plantas innumerables y las más sutiles impresiones del aire.» Sobre la floresta sonora en que Mauricio se compenetra con el monstruo divino, como la paloma blanca de las leyendas sagradas, el alma de Eugenia voló al cielo.



ARTHUR SYMONS «RETRATOS INGLESES»

PARA el público nuestro habré de decir que Arthur Symons es un poeta y escritor inglés. Su obra es ya considerable. Comienza a ser conocido en Francia gracias a recientes traducciones, no obstante el haber sido desde los buenos tiempos del simbolismo amigo y propagador de Verlaine, de Mallarmé, de Verhaeren, de los iniciadores de aquel movimiento. Él hizo pasar el Canal de la Mancha al Pauvre Lelian, para dar conferencias que le valieron algunas libras. Verlaine no olvidó nunca a su amigo inglés, y, ya en sus últimos años, recuerdo que escribió un estudio sobre un volumen de poesías en que Symons rima cosas de Francia.

Para mí, Symons es atrayente desde que, hace años, me entusiasmaron sus esfuerzos por la Belleza en su inolvidable Savoy, el magazin intelectual tan refinado que él dirigía, acompañado por aquel prodigioso artista que se llevó la muerte demasiado temprano, y que tuvo por nombre Aubrey Beardsley. En esa publicación leí por primera vez prosas y versos de Symons, el cual llevó a colaborar en su revista a lo más brillante de la juventud literaria del momento. El mismo Aubrey Beardsley publicó allí los capítulos de su inconcluso y deleitosamente alucinante Under the hill; y sus dibujos allí aparecidos junto con los del Yellow Book, están entre los mejores de toda su producción. Esas revistas excepcionales, para un público restricto, no podían tener larga vida. Hoy se las disputan los coleccionistas.

La traducción que acaba de hacerse en francés de los Portraits de Symons, pone de actualidad esa simpática figura de aristócrata del arte,—aunque estas dos palabras parezcan una redundancia, una vez que el arte es excelencia y por lo tanto aristocracia. ¿Se ha de llamar crítica a las opiniones y maneras de ver de un poeta? Pasa la palabra porque no hay otra para la comprensión de la generalidad. Los «Retratos Ingleses» están hechos con una intensidad que llama a la admiración, y que no recuerdan otras maneras e interpretaciones anteriores. Es que Symons, por la virtud de su genio poético, se compenetra con el alma de los modelos, y va a buscarles, él sabe en qué rincón de sus florestas mentales, cuervo, paloma, unicornio o león.

Fuera de los retratos, hay en el volumen algunas apreciaciones estéticas aparte, como las páginas en que trata «del hecho en literatura» y sobre «lo que es la poesía». No dejarán de sentirse contrariados por lo que posiblemente llamarían arranques paradógicos, los acostumbrados a los juicios ya hechos y a canónicos modos de ver. Paradoja se dirá cuando se lea por ejemplo: «La invención de la imprenta ha contribuído a la ruina de la literatura». O bien: «El diario es el flagelo, la peste negra del mundo moderno.» Mas mirad bien los desarrollos de las postulaciones. La paradoja ha sido en todos los tiempos propia de alados espíritus. Fijaos hoy mismo en España: dos, tres, cuatro, de sus principales hombres de letras diríase que no escriben sino paradojas. Mirad bien en Symons los desarrollos de las postulaciones: «La invención de la imprenta ha contribuído a la ruina de la literatura». ¿Por qué? los trabajos de los copistas y la memoria de los hombres, no fatigada todavía con un relleno excesivo, preservaron toda la literatura que lo merecía. Las obras que era preciso saber de memoria, o que eran copiadas por mano lenta y cuidadosa, no se prodigaban a las gentes que no las querían; quedaban en manos de los hombres de gusto. El primer libro abrió la vía al primer periódico, y un periódico es algo destinado al olvido y aun a la destrucción. Con la destrucción querida de la obra impresa, el respeto por la literatura se desvaneció, y se acabó por emplear un mismo término para designar un poema y las «noticias del día». Del mismo modo, lo que antes hubiera sido un arte para algunos, llega a ser un oficio para una multitud; y mientras que en la pintura, la escultura, la música, el simple hecho de producir significa generalmente un ensayo de producción artística, el empleo de las palabras impresas y escritas ha llegado necesariamente a no tener más importancia que lo que, según el decir de un poeta español, es «el cacareo del animal humano» (?). Tales razonamientos explican lo cortante de las afirmaciones, y dan a entender que se trata de un criterio que abomina la casilla y la peluca. Muy justamente ha dicho de Symons Andrés Ruyters que «tiene en el movimiento intelectual inglés un lugar considerable, menos a causa de la influencia que bien quiere ejercer, que porque posee en el más alto grado ese don de animación que hace de la crítica, no una fría policía literaria, sino una viva y ardiente interpretación». En efecto, no veo entre todos los críticos conocidos ninguno que más libremente se coloque en el ambiente del arte puro. Queda aparte la mecánica literaria y aun la contraposición de ideas que darían a entender un sectarismo cualquiera. A través de la arquitectura de la obra, va directamente a la psique productora, y define su tipo y la atmósfera mental en que se produce.

Los «portraits» no están recargados por el detalle documentario; la vitalidad interior de la figura es completa. He ahí que se presentará a Thomas de Quincey, conocido tan solamente en Europa después de la publicación de los Paraísos artificiales, de Baudelaire, y cuyas Confesiones, de lo más interesante que para el estudio de la anomalía cerebral puede encontrarse. Symons nos explica el motivo intelectual de su fatigoso procedimiento narrativo, y da el buen consejo de leerlo «con paciencia, raramente y por fragmentos». Para quien haya leído las páginas autobiográficas del famoso comedor de opio, no serán sino de un valor concentrativo incomparable las siguientes palabras del psicólogo-poeta: «Escribe ciertamente por el placer de escribir, y también para desembarazarse de todas las telarañas que obscurecen su cerebro. Su espíritu es fino, pero sin dirección; sus nervios vibran de sensaciones mórbidas y ellos hablan en todas sus obras. Es un hombre de ciencia fuera del mundo, un hombre que se interesa a su espíritu en sí mismo, y no porque es el suyo; tiene el ideal del sabio, de un estilo separado de lo que expresa. «Tal la personalidad pensante y escribiente de quien tenía como la única miseria sin descanso... «el fardo de lo incomunicable.»

Del yanqui Hawthorne expresa el sentido casuístico, y colócale de par con Tolstoï, como el único novelista del alma: «Obsedido por lo que es obscuro, peligroso, en los confines del bien y del mal, por lo que es realmente anormal, si debemos aceptar la humana naturaleza como una cosa establecida entre los límites de la responsabilidad y de la conciencia de las relaciones sociales.» No hay poco de parentesco íntimo con Poe en el autor de Twice-Told Tales, sin tener las alas arcangélicas y el profundo y transcendente sentido matemático. Mas Baudelaire, por el lado del pecado, habría simpatizado también con él. Así Barbey. De tal manera he pensado siempre en Hawthorne al ver, por ejemplo, aquella aguafuerte de Rops para Las Diabólicas, que hay en Le bonheur dans le crime. Evocación del vínculo que en la obra hawthorniana une a Miriam y Donatello, a Hester y a Arthur Dimmesdale.

Otro retrato es el de William Morris, el poeta y poetizador de la vida. «Era el tipo perfecto del artista, y no contento con trabajar en su propio oficio, la poesía, extendió los principios del arte a una muchedumbre de técnicas secundarias, la tapicería, la decoración de muros, la imprenta, que él aprendió, como los artistas del Renacimiento aprendieron todas las artes y todos los oficios.» Mas también, como aquellos artistas, llevó a la vida cotidiana las cosas del arte y de las artes, haciendo de tal guisa de la existencia una obra artística,—hasta los límites posibles. Tal su pasión social tan concentrada, no fué sino una caridad de aristócrata que por la belleza quería ayudar y levantar el espíritu de la muchedumbre de abajo. Feliz vivir el de aquel práctico lírico que vivía contento, como dice en uno de sus versos, de pasar sus días

...Haciendo bellas rimas viejas
En loor de las muertas castellanas y de los amables caballeros.

Otro retrato es el de Wálter Pater, que también fué un prodigioso retratista de retratos imaginarios... En dos rasgos véis surgir aquel admirable y poderoso intelecto: «Wálter Pater era un hombre en el cual la fineza y la sutileza de emoción se unían a una exacta y profunda erudición; en el cual una personalidad singularmente llena de encanto encontraba para expresarse un estilo absolutamente propio y absolutamente nuevo, que era el más preciosamente y el más curiosamente bello de todos los estilos ingleses.» Entusiasta por toda la producción del maestro, mira y admira, no solamente al crítico, sino al autor de obras originales que cuentan entre lo más definitivo y valioso de toda la lectura victoriana. De la misma manera nos presenta a George Meredith, esa alta alma orgullosa de su ideación y de su singular poder verbal, que tantos puntos de contacto tiene con el francés Stéphane Mallarmé. Meredith, que escribe el inglés «como una lengua sabia», y que tanto en prosa como en verso llega a una casi perfección que se creería inaccesible. ¡Un decadente! Sea. La palabra decadente, dice Symons, ha sido en Francia y en Inglaterra—en todas partes, hay que decir—empequeñecida hasta no ser más que una estampilla para una escuela particular de recientísimos escritores. Lo que decadencia significa en literatura realmente, es esa sabia corrupción de lenguaje por la cual el estilo deja de ser orgánico y llega a ser, persiguiendo tal medio de expresión, o tal belleza nueva, deliberadamente anormal. Esto ya más o menos lo había expresado en página memorable Théophile Gautier, a propósito de Baudelaire.

De Rober Lois Stevenson sabemos que era un artista desdeñoso, enamorado del estilo, y, para decirlo así, de una manera apasionada; y sin embargo, era popular. A propósito de él hace ver Symons el error de los críticos que suelen hacer elogios aun fuera de razón, sin dar a comprender a la muchedumbre leyente el verdadero valor de un escritor o de un poeta.

Otro retrato es el de John A. Symons, cuya autobiografía es una obra maestra, y que era un «carácter» intelectual; otro es el de Rober Buchanan, que escribió bellas prosas y bellos versos, y que sin embargo no era sino un combatiente, un irreductible polemista, especie de León Bloy, poeta, que se proclamara ante todo un hombre entre los hombres. Otro retrato es el de Wilde, hecho con comprensión y serenidad, escrito con nobleza. Y siguen otros como los de Hubert Crackantorpe, el artista tan personal e independiente; Rober Criages, el puro lírico; el «patético» Austin Dobson. Y es poeta y nada más que poeta; Stephen Phillips, que se me antoja el Rostand de Inglaterra; el pobre alcohólico y bohemio admirable de poesía que fué Ernest Dowson, que murió joven, gastado, por lo que no había nunca sido la vida para él, dejando algunos versos que tienen lo patético de las cosas demasiado jóvenes y demasiado frágiles aún para envejecer. Y todos esos retratos afirman la seguridad de la mano, la fina y potente mirada interior, la transparencia del juicio, la auténtica virtualidad incontaminada del ánimo, la obra de un maestro. Y no hay sino aplaudir a Arthur Herbert, que imprime a la inglesa tan bellos libros ingleses en lengua francesa.




SAINT-POL-ROUX

PORQUE hay una familia del Río de la Plata que ha venido a buscar aire fresco a tierra bretona, he oído en la mañana de cristal vidalitas junto a menhires. Gratamente habrían sorprendido al padre del poeta, que habita en el manoir del Boultous, pues recordarán sus oídos de viajero antiguas noches de Buenos Aires, tardes de las costas uruguayas.

A un lado del camino vemos de cuando en cuando cuadros pastoriles o agrícolas. La tierra es pobre de árboles. Sobre las colinas nos hacen pensar en nuestro Don Quijote los molinos de viento. Pegado a los filos de la tierra se ve el ajonc con sus pompones de oro. En los cuadrados de hortalizas, la patata, modesta, pero dignamente, luce cerca de la madre col sus flores claras. Encontramos muchachas robustas, campesinos, soldados. De pronto, al acabar de subir una cuesta, se presenta a nuestra vista el panorama de Camaret. Las casitas grises pegadas a la costa, las barcas de pesca en la bahía, la espuela de roca que se interna en el mar y en cuya roseta se aloja la iglesita de Notre-Dame-de-Roch-Amadour y el famoso y vetusto castillo de Vauban. Al frente, sobre lo alto, se destaca el semáforo, y se miran como en un cuento de caballero las torres del manoir en que sueña y piensa Saint-Pol-Roux, no lejos del chalet de Antoine, el histrión ilustre.

Bajo un árbol estamos, ya cerca de la puerta en donde nos reciben amables el perro gris y la criada rubia. En el salón hay panoplias de armas, el piano, los retratos de los hijos y las dos insignias pirográficas que Gauguin tenía en su casa de arte allá en Tahiti, donde pintó con sol extraño, metiendo su alma por los ojos entre almas primitivas y descubriendo las partes secretas de la Belleza. Y cuelgan, secas ya, las ramas rituales que vinieron de la iglesia donde se repartieron en el día del triunfo de Jesús.

Estamos luego en un saloncito blanco y oro.

Sobre el marco del espejo hay pintada una fantasía marina. En la mesa libros de poetas, en cuyas páginas dicen las sendas dedicatorias los más admirativos conceptos. Y he aquí al dueño de casa. Viste el traje en que recorre a pie todos estos contornos. Terciopelo castaño, polainas de cuero, zapatos sólidos. La melena de antaño está un tanto recortada. El rostro es dulce, la mirada del más bello oriente, el gesto acogedor, la voz con blandura e inflexiones de bondad. Ya ha hablado fraternalmente; ya no nos deja partir sin que almorcemos con él; ya habla de América como de un país de encanto, y aunque confunde a Buenos Aires con el Brasil, a pesar de los periplos paternales, no importa. Este gran despertador de valores del verbo es un sencillo. Este «raro» es un familiar. Suele inclinarse de tanto en tanto cuando habla, habituado como está a portar su carga de pensamiento. Una formidable conciencia de su valer le aisla indiferente a los vanos esfuerzos de los adoradores del momento.

Su espíritu ha descifrado lo hondo de la inscripción del Templo délfico. Y al oído le han repetido: Platón, lo Bello es el esplendor de lo Verdadero; Platino, lo Bello es la idea de lo Verdadero; Gœthe, hay diosas augustas que reinan en la soledad; alrededor de ellas no hay ni lugar ni tiempo; se turban cuando se habla de ellas. La Bruyère, aquel que no considera al escribir sino el gusto de su siglo, piensa más en su persona que en sus escritos; hay siempre que tender a la perfección, y entonces, esta justicia, que nos es a veces negada por nuestros contemporáneos, la posteridad sabe otorgárnosla.—Con tales ensalmos bien aprendidos se abren innumerables sésamos invisibles.

El meridional que ha cantado tan bellamente a la sonora Marsella, ha extraído de los silencios de Bretaña ricos diamantes de concentración. Asombra la joyería metafórica y el prodigio de combinaciones ideícas; es el dominio del iris y la sujeción de todas las gamas; y el volcar de la aladínica mina íntima un inacabable tesoro.

Emperador de las Imágenes, rey de las Analogías, es para mí un gran placer la comunicación fraternal con tal creador de nuevas existencias y conceptos, y mirar, por el don amistoso, como la del argentino Lugones, como la del griego Moreas, transparente su alma. Tales tratos inmunizan contra la mirada de los basiliscos y las ponzoñas de los escorpiones.

Être admiré n’est rien, l’affaire est d’être aimé,

dijo un lírico de sufrimiento. Saint-Pol-Roux ha logrado ambas cosas.

Se presentó, toda ella un bouquet de gracia, Mme. Saint-Pol-Roux. Es parisiense de París, y a pesar de sus largos años de Bretaña hay en su acento un grato acento montmartrés. Nos sentamos a la mesa. Y aparecen también Cœcilien, tan celebrado por su prosa gallarda como por buen nadador y mozo de corazón, y Loredán, en la flor de los catorce años, y Divine, la diminuta y gentil madrina de la antigua chaumière de Roscanvel. Y así todo, desde el pescado hasta el champaña entablamos la más sabrosa de las charlas. Descubro a Ricardo Rojas, ojos de fauno, cuando al decir sus años aplaudimos tanta juventud. Y nos vamos luego, con un gran cariño y una admiración grande, frescos aun los labios de la espuma del montebello.

Y ya de vuelta, al descender las colinas en la tarde de ámbar, pienso en la obra vasta de ese solitario que ha huído de la ciudad dorada y martirizadora, y que va descendiendo su existencia apoyado en su bastón de cordura. El fué con los del alba simbolista, de los que comenzaron a practicar la libertad mental sin dejar por eso de amar a sus maestros «como a dioses», siendo los dos maestros, el uno un pobre profesor de inglés, el otro un bohemio desventurado, ebrio de alcoholes y de dolores. Es el poeta de sus Anciennetés, en que canta en «el tiempo abstracto de lo solo» el orgullo humano hecho una llama, a su manera, la arcilla ideal de Hugo, de la reina primitiva, de la «rosa maligna»; la vuelta de Odises; el chivo emisario en el mundo judío, la divina Magdalena,

La femme au cœur plus grand qu’un lever de soleil

Lázaro y el Gólgota, en versos que hubieran sido de un Leconte de L’Isle flexible y trascendente.

Aquellos pasados «reposorios» que aparecían en el primer Mercure, y hoy coleccionados en series que forman una sucesión de, como dice el poeta, «temas filosóficos, símbolos de alma, notaciones de estaciones, pinturas de horas, magias de fenómenos», constituyen una de las obras más hondas y más puramente artísticas de la última época intelectual. Son de esas criaturas cerebrales que suelen resucitar a través de los siglos.

Concentraré. Aún me deleita, como la primera vez, aquella inicial significación de las alondras. «Les coups de ciseaux gravissent l’air.» Es el poemal comienzo de la vida en la sucesión cotidiana. Son el clarín del gallo, «la diana» y la salida del sol. De poner los ojos en una rata nace una música de ideas, y aun de ver la ropa lavada que tiende la madre en la aldea. Cada paso en la existencia da nacimiento a una lírica expansión. Interpreta el tiempo, el número, el espacio. Siempre está en él el pensamiento. Las apariencias se expresan, se entrelazan las alegorías. ¿Es prosa, es verso? El ritmo impera. Y hay verso y prosa, o solo verso, según el entender mallarmeano.

Yo he respirado los perfumes de la Rosa y me he herido en las Espinas del camino... Del sol me he abrevado con el que nació en el Mediodía y no he perdido nunca su don apolíneo; y con brazos de fuego he penetrado la floresta del misterio, clamando, por donde Mæterlinck habla en voz baja...

Largas páginas tendría que escribir para hacer un estudio de esta producción de psíquicas piedras preciosas. Desde el primero hasta el reciente tomo de los Reposorios, la maestría se ha querido demostrar, lográndolo, poseída de don infuso, extraordinario. ¿Quién le llamó pastor? ¿Quién le llamó loco? Pastor de ideas, loco de poesía, con más filosofía que las bibliotecas y ardiendo en amor humano. ¡Ser pastor, Dios mío, ser pastor como Apolo, como Jesucristo! estado, por consiguiente divino.

Rara vez habréis leído en ningún autor tal maravilla de transposiciones conceptuales en un discurso prestigioso casi todo constituído de alusión. Y la manera es por extremo singular de armonía y de libre voluntad. El poeta dice en cortos períodos sonoros las voliciones íntimas de las cosas, los secretos del vínculo, las correspondencias de las plantas y de los animales, Gaspard Hauser en el arca de Noé, Orfeo que ha habitado en París. ¿Quién aseguraba que tan solamente en el Norte florecía bajo las nieblas el árbol del misterio? De misterio vivía envuelto en sol Raimundo Lulio, en un día hecho de pedrerías; de misterio arden aún las mágicas Mil y una Noches, y por Saint-Pol-Roux del misterio vienen, de una selva encantada de misterio, su blanca Paloma, su negro Cuervo, su Pavo real.

«Por mínimo que fuese, yo he sido, tal vez por momentos, el protagonista del gran Pan», dice alguna vez.

Es la reducción del Universo al servicio del poeta, en cuya alma, por divina virtud, se juntan todo el tiempo y todo el espacio. ¿A quién se parece Saint-Pol-Roux? Primeramente, «a sí mismo», y luego, a la Poesía. Mas no por ser tal flor de propio carácter dejará de tener tales relaciones. Hay en la obra de Saint-Pol-Roux esencias que creéis distinguir en el ramo singular. Esencia de Píndaro y esencia de Ezequiel, esencia de Rabelais y esencia de Virgilio, esencia de Góngora y esencia de Hugo, esencia de Gœthe y esencia de Mallarmé... Mas, sobre todo, esencia del día y esencia de la noche, esencia del cielo y esencia de la tierra, esencia de la Vida y esencia de la Muerte. ¡La Muerte! Desde Orcagna, desde la danza Macabra, nadie ha podido como él traer por el poder del Arte ante nuestros ojos, personalizada y vestida de símbolos, a la siniestra Flaca, a la Dama de la Hoz. Una vez lograda esa caza de prodigio, volvió a los reinos vitales.

Y así continúa, coleccionando en el receptáculo de los libros la riqueza que extrae de sus hondos senos propios. Y para andar entre las gentes preciso le es el hablar el idioma de todos los días, vivir la diaria vida. Sus pescadores, sus vecinos sencillos, le aman. Cuando pasa por las calles del pueblo todo el mundo le señala con afecto.

Con las rocas habita, en una altura, en frente del mar. Abajo tiene arena blanda; sedas de espuma. Y en el invierno, el viento hace temblar el manoir. Se levanta matinal. Trabaja fumando su pipa. La luz de su lámpara sirve de faro a las barcas de pesca que vuelven por la madrugada.



EL PUEBLO DEL POLO

EL progreso moderno es enemigo del ensueño y del misterio, en cuanto a que se ha circunscrito a la idea de utilidad. Mas, no habiéndose todavía dado un solo paso en lo que se refiere al origen de la vida y a nuestra desaparición en la inevitable muerte, el ensueño y el misterio permanecen con su eterna atracción. Lo desconocido en la naturaleza surge de repente en formas tales, que llegan a realizar lo imaginado. El radium es un milagro. Todavía no se sabe lo que es la electricidad. A este propósito, en un libro reciente, dice M. Lucien Poincaré: «Los espíritus, aun los más cultivados, tienen una tendencia tan natural como engañadora a creer que han comprendido la causa de un fenómeno cuando se ha dado una explicación que junta ese fenómeno a otro anteriormente conocido, y al cual se está acostumbrado desde hace tiempo. Reflexiónese un poco y se advertirá que el embarazo en que se encuentra el sabio sería igualmente grande si fuera preciso dar una explicación completa de no importa qué otro fenómeno físico, aun tomado entre los más familiares. Si ante una de las aplicaciones más sencillas y más vulgares de la corriente eléctrica, en frente, supongamos, de una modesta campanilla eléctrica, el físico se encuentra un tanto molesto cuando se le pregunta cómo la energía de la pila se transporta a lo largo de un hilo, y a qué modificaciones en el hierro corresponde la imantación del electroimán, estaría en el derecho de hacer notar que sabría, además, satisfacer plenamente la curiosidad de quien quisiera darse una cuenta enteramente exacta de las razones profundas por las cuales la vieja y respetable campanilla antaño usada hace oir un sonido cuando se tira del cordón.» Así en todo. La ciencia de hoy corrige a la de ayer; mas poco a poco y de tiempo en tiempo se descubre o se entrevé un nuevo enigma del universo, que hace más profundo y formidable el enigma total. Muchos creen que la astronomía y la química son las sucesoras de la astrología y de la alquimia. ¡De ninguna manera! protesta un estudioso como M. Jacques Brieu. Preguntad a Paúl Flamblart, Selva, Fomalhaut, Barlet y algunos otros, de los cuales tres o cuatro, por lo menos, son antiguos alumnos de la Politécnica, si se debe confundir la astrología con la astronomía. Esta difiere de aquélla tanto como la anatomía de la fisiología y de la psicología. En cuanto a la química, comienza apenas ahora a entrar en los dominios de la alquimia.—Dijérase que el ejercicio de la inteligencia nunca como hoy ha contado con más investigadores de absoluto. En otras épocas, la concentración de la labor mental, en solitarios gabinetes y en silenciosas celdas de conventos, se tendía por el esfuerzo teológico a la rebusca y comprensión de Dios. Hoy la unida labor intelectual se dirige a la exploración de la materia y de la fuerza, de lo arcano inmediato, de lo que nos rodea; y está en nosotros mismos.

Pero, tanto en lo lejano de los astros apenas vislumbrados con el aún impotente telescopio, como en lo recóndito de la vida atómica, hay un infinito ignorado. La geografía ha avanzado mucho. Mas ¿está todo el globo ya en nuestros nutridos inventarios? Hay todavía rincones inviolados. Y está el Polo, guardado aún por la enorme y blanca esfinge que surge en una de las más maravillosas creaciones o supervisiones de Poe.

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Tales temas tientan hoy a más de un escritor de imaginación. Wells, el inglés, ha sido el conquistador de la celebridad inmediata por sus novelas extraordinarias. Hay antecesores ilustres, y con razón se ha citado a este respecto los nombres de Poe, de Villiers de l’Isle Adam, y aun el del venerable y pueril Julio Verne.

Otros pueden agregarse, en cierto sentido, como Lytton Bullver o Rider Hagard. En Francia, y tratándose únicamente de la sorpresa intelectual producida por la obra de Wells, no habían aparecido aún seguidores del autor británico. M. Charles Derennes, cuya reciente obra El pueblo del Polo acabo de leer, me parece que inicia la serie de los imitadores, y a pesar de lo que en su contra tiene toda imitación, el libro de que trato logra el propósito, y podría pasar por «du Wells», si no apareciese en medio de los más interesantes momentos de la acción el inevitable «esprit», que echa a perder la intensidad de lo que nos conmueve y hace pensar.

La fabulación es sencilla; y el procedimiento conocido: prólogo explicativo, manuscrito encontrado. El autor cuenta que en Septiembre del año de 1906 se encontraba en Saint-Margarit Bay, pueblo del condado Real, en la costa del Paso de Calais, a seis millas de Dover. Allí se junta con un su amigo, Luis Valentón, profesor del Colegio de Francia, miembro del Instituto, que ha hecho grandes exploraciones en Siberia, y que ha descubierto muchas cosas; entre ellas un esqueleto de animal desconocido que habría regocijado al sabio Ameghino y que él califica de antroposauro. Este animal, explica Valentón, es contemporáneo de los primeros hombres, y la inteligencia humana y la inteligencia... antroposauria han debido, en una época, existir juntamente...

Hay una comparación que me parece explicar bien la manera con que las especies evolucionan, se transforman y salen las unas de las otras. Imaginada familia que posee una casa en un país fértil. Los campos la nutren, nutren a los primeros hijos y aun, quizás, a los hijos de esos hijos; pero la raza se multiplica, el terreno no basta ya, y pronto tienen las nuevas generaciones que ir a buscar fortuna a otra parte. Esos hombres llegan a ser lo que la naturaleza de su patria de adopción quiere que sean; si el país es, por ejemplo, cubierto de bosques y poblado de animales, serán cazadores y no agricultores como sus hermanos y primos que han quedado en la tierra original de la raza.

Así, abandonando los pantanos primitivos donde vivían los monstruosos saurios de las viejas edades, ciertas especies han, poco a poco, ganado la tierra firme, se han cubierto de pelo, y de ellas han salido las razas mamíferas. Pero las especies fraternas que habían permanecido en los pantanos no dejaron de transformarse menos en el sentido del progreso, y entonces, ¿qué de extraño hay en que una o varias de ellas hayan llegado, como la especie humana, hasta la posesión de un cerebro dotado de razón y de inteligencia, punto culminante del progreso que nos es permitido concebir para un ser viviente?

En resumen; queda casi afirmada la existencia del antroposaurio, rival único del primate triunfante, del rey de la creación. Mas ¿dónde existe el antroposaurio? «Quelque part il y a quelque chose», dice el miembro del Instituto. Y entrega al autor un manuscrito, encontrado cerca de los hielos polares entre una lata de gasolina—, como el de un cuento de Poe fué encontrado en una botella.

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En el manuscrito cuenta un tal Vénasque las más raras aventuras. Después de una introducción sobre los antecedentes familiares y su modo de ver y de pensar, presenta a un su amigo llamado Ceintra, ingeniero, preocupado del problema de la navegación aérea. Ambos se proponen construir un dirigible con el cual pueden ir nada menos que a descubrir el Polo—, anticipándose así a los proyectos de la expedición Wellmann, de que tanto se ha hablado últimamente. Se ensayó un primer globo cerca de París. Para el segundo se pensó en un lugar cercano a las regiones árticas, «a fin de que las condiciones climatéricas durante las experiencias y durante el viaje fuesen las mismas». Escogieron Kabarowa, aldea samoyeda, al Sur del estrecho de Yugor, a la entrada del mar de Mara, último lugar habitado que vió Nansen antes de internarse entre las nieves polares.

Para abreviar detalles: el dirigible dió buen resultado y ambos amigos se embarcaron con rumbo a lo desconocido. Después de pasada una vasta región glacial, se encuentran conque la temperatura desciende. Y, primera sorpresa extraordinaria, entran en la verdadera parte polar de la tierra, en donde el día, según lo advierten, es de color violeta. Descubren aspectos extraños, vegetaciones distintas a las conocidas. El paisaje no tenía verdaderamente nada de terrestre. Y fué mucho peor cuando, de pronto, el manto de bruma que cubría el horizonte se desgarró y el sol del Polo apareció en el extremo de la llanura, inmenso y semejante a un escudo de metal empañado; el poder del dueño de la Tierra parecía aquí aniquilado por el de la singular fuerza luminosa que había invadido el cielo; ningún rayo emanaba de él, y se veía en la claridad violeta como una luciérnaga bajo el brillo de una lámpara de arco. A esa luz misteriosa perciben el vuelo de no conocidos pájaros. La influencia de un gran peso de ondas eléctricas se reconoce en el ambiente. Quieren huir, pero no pueden mover el globo, a pesar de funcionar bien el motor; y la barquilla, que tiene gran parte acerada, es atraída por un enorme imán, como el del cuento de Simbad. Por de pronto, los viajeros viven de sus provisiones, y tienen de ellas copioso depósito. Se convencen, con todo, de que son prisioneros de seres inteligentes que les rodean sin dejarse vencer por ellos.

En la tierra encuentran huellas de un animal ignorado. La arcilla suave y flexible había netamente guardado la huella del paso de un animal... Un paso aquí, otro allá... tiene el aspecto de una huella de bípedo, o, mejor, de un animal que utiliza únicamente para caminar sus miembros posteriores y su cola: algo como un kanguro... ¿Se trata del iguanodon...? Quizá hay rebaños de iguanodones, de iguanodones domesticados... Como el lector comprende, el antroposaurio va a aparecer. Han encontrado, en ciertas rocas, o en la tierra, puertas metálicas. Han oído ruidos subterráneos. Y luego, se dan cuenta de que les han robado varias piezas del motor. Advierten que la luz especial que allí forma el día es producida a voluntad. Por fin, un ser, el «ser» de esos lugares, se deja ver. «Desde que hube observado ese cráneo extremadamente desarrollado, hipertrofiado en partes, y como hinchado de un exceso de cerebro; desde que, sobre todo, los grandes ojos iluminados de un reflejo interior, se fijaron en los míos, comprendí definitivamente que esa criatura estaba dotada de razón.

»Pero el aspecto del monstruo no recordaba en nada el del hombre. Estaba acurrucado sobre sus miembros posteriores, y debía andar apoyándose en su fuerte cola; sus brazos grotescos y cortos, en lugar de caer en el reposo, a lo largo de los costados, parecían restos de manos, sino dedos unidos directamente a los puños, dedos desunidos y larguísimos, más largos que los brazos, al parecer, y semejantes a tentáculos. Sobre, la cara, nada de pelos; una piel descolorida y pálida que me hacía pensar en una cabeza de ternero pelada. Los ojos redondos, ligeramente salientes y metidos, sin párpados visibles en las órbitas prominentes. En lugar de nariz, dos hoyos profundos de donde salía vapor; abajo, la raja desmesurada de una boca de reptil provista de muchos dientes agudos que no llegaban a cubrir los labios delgados y córneos. En las comisuras de los labios, que se juntaban casi a las orejas movibles y minúsculas, salía un poco de saliva. El mentón no existía, o desaparecía bajo los lisos repliegues de pellejo blando que había sobre el cuello y la parte superior del tronco. Después, por dos veces, los párpados se agitaron, y velaron un instante los ojos, blancos, tenues, casi diáfanos, como los de las serpientes o de los pájaros».

Poco a poco, Vénasque llega a hacerse vagamente comprender por señas de algunos de los monstruos. Mas el ingeniero Ceintras se vuelve loco, y, una vez que han podido penetrar en el imperio subterráneo de los habitantes del Polo, si Vénasque tiene tiempo para observar un sistema de gobierno, una ciencia y una vida social singulares, su compañero, armado de una carabina, asesina una cantidad increíble de antroposaurios; el paso de los dos humanos ha sido una catástrofe en ese mundo recóndito. El loco se pierde entre los hielos, una vez salido de las entrañas de la tierra; y Vénasque puede aún escribir su relación antes de la inevitable desaparición. Ese es el resumen de la obra.

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Desde luego, como he dicho, el libro interesa. Desgraciadamente, en lo mejor de la narración, un diálogo que se quiere hacer espiritual, la cosa parisiense, la «blague» bulevardera, descompone la tensión curiosa del que lee. Algunas descripciones del novelista hacen pensar en otros autores. La luz producida por una fuerza especial que maneja un sabio tan solamente dedicado a eso, recuerda el «vril» de la también subterránea «raza futura» de lord Lytton. La labor de los polares y hasta su superdesarrollado cerebro, tienen más de un punto de semejanza con los selenitas y con los marcianos de dos novelas de Wells muy conocidas. A pesar de todo, me ha complacido le lectura de este volumen, que no tiene nada que ver con el adulterio y el apachismo ambientes, y cuyo autor busca en problemas científicos atrayentes como las más bien urdidas fábulas, un tema que hace pensar y mantiene la atención viva.