Ahí le encuentran por la mañana, helado de muerte y de nieve.
—«Pauvre petit!»—suspira la pobre Emma.
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De uno de los pasados dramas en verso de Mendès decía Jules Lemaître que parecía escrito por Víctor Hugo. Este parece escrito por Rostand, siendo asimismo y por lo tanto huguesco, de un Hugo modernizado. Hay en Glatigny bastante de Cyrano. ¿No son ambos hermanos por la luna y por el quijotismo? Al uno le amortaja el otoño, al otro el invierno... A ambos hieren amor e imposible. Mendès ha hecho todo lo que ha querido, con su talento tan fuerte, tan bello y tan flexible. Ha hecho cosas como Hugo, como Leconte de Lisle, como Banville, como Baudelaire, como Verlaine, como los parnasianos, como los simbolistas, como los decadentes. Y además, como Mendès. Tiene una obra enorme y varia, y un espíritu siempre fresco y vivaz. Es, indudablemente, un gran virtuoso; pero es también, indudablemente, un grande y magnífico poeta.
AL acabar de leer un reciente libro de León Daudet, La lutte, he sentido un gran bienestar. He pasado una colina para ir a ver el Océano. Venía sobre las olas un viento sano. El día estaba un tanto ardiente, mas soplaba frescor la inmensidad marina. Y pensé: la vida es hermosa; la naturaleza es la concreción de la vida. El hombre debe encontrar en la aflicción de su pensamiento su propia esperanza. Aprovechemos el lado sonriente del misterio. Seamos los perseguidores de la alegría. Más de la mitad de la alegría, si no toda la alegría, está en la salud. Seamos los perseguidores de la salud. Dediquémonos a ella hasta conseguirla lo más completa posible. Mantengamos los órganos de nuestro cuerpo lo mejor que podamos. Más hace por nuestras penas morales nuestro hígado que nuestras penas morales mismas.
El amor completo, el sabor de la gloria, el impulso generoso, la concepción luminosa, necesitan del buen estado de nuestras vísceras. La ciencia de las ciencias se llama Higiene.
Mientras nuestra alma permanece en su casa de carne, nuestra alma es fisiológica... Ordenémosle bien su casa. Con nuestro principal poder, con nuestra principal riqueza: la voluntad... De pronto observo: ¿este optimismo no será sospechoso? Arthur Symons ha escrito: «La mayor parte de los que han escrito de una manera seductora sobre el aire libre de lo que llamamos las cosas naturales y florecientes, han sido enfermos: Thoreau, Richard Jeffries, Stevenson. El hombre fuerte tiene tiempo de ocuparse en otra cosa, puede abandonarse a pensamientos abstractos sin tener un lanzamiento al cerebro, puede perseguir objetivamente las consecuencias morales de la acción, no está condenado a los solos elementos de la existencia. Y en su tranquila aceptación de los privilegios de la salud ordinaria, no encuentra ningún lugar para ese éxtasis lírico de las acciones de gracias que un día claro o una noche tranquila despierta en el enfermo.» ¿Y si para la exaltación del arte el hombre «sano» no existe, por lo menos en lo que toca al aparato nervioso? Tanto mayor razón entonces de fortalecernos y mantener en el mejor estado posible el mecanismo de la máquina animal. Y en tal caso, evitar ante todo cualquiera de las puertas señaladas con un peligroso signo mágico, por las cuales se entra en los paraísos artificiales. Epicuro, Anacreonte, se quedan a la entrada. Omar Kayam, Poe, Musset, Quincey, Verlaine, penetran, y cuando retornan vienen pálidos de haber visto el infierno de los infiernos.
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El personaje principal de la novela de León Daudet es un joven médico que en lo mejor del goce de su fresca juventud se siente presa de la tuberculosis. Para calmar sus males, o por el terror de su dolencia irremediable, se entrega a la morfina. Entre las más horribles agitaciones de su vicio, cuando el remedio ha resultado peor que la enfermedad, una resolución firme, ayudada por la constancia de buenos espíritus, por un noble amor, y a la verdad, por los medios que puede procurar una fortuna, triunfa de todo el daño. La voluntad ha vencido a la tuberculosis y a la morfinomanía. Esa es toda la novela. Los incidentes son variados y curiosos. El estilo es el que el autor ha hecho admirar por su vigor y concentración en obras anteriores.
Pierre Guisanne, el héroe, a pesar de su dedicación a la medicina, «n’est pas un savant, c’est un artiste», como pensaban sus camaradas; y al sentirse tuberculoso ha de haber recordado quizás ciertas palabras de Thomas de Quincey, en las que se refiere a que «bien podría ser (el opio), y lo pienso según un hecho absolutamente convincente para mí, el único remedio que haya, no para curar cuando ya ha estallado, sino para detener, cuando se halla en estado latente, la tisis pulmonar, ese azote tan temible en Inglaterra.» Guisanne se deja poseer del espanto de la muerte inevitable. El opio, o su alcaloide, le libra de la fatal idea fija, le crea un estado de alma nuevo, le mata el miedo. Ante la perspectiva del anonadamiento en la tumba, se acelera su deseo de vivir. Se impone el soplo de la vida ardiente. Él va en un querer frenético al placer y a la embriaguez que le hace aprovechar la eternidad de los instantes. La furia del gozo por la inminencia del aniquilamiento. Recuérdense las admirables páginas de Renan en la Abadesa de Jouarres. Es un «parisiense», una «persona muy parisiense», ese joven deseoso de todos los goces y que lleva la existencia de París como la más agradable de las cargas. Su viejo padre vive en provincia, es un sabio discreto. Él cumple con el programa del buen vividor en la capital de las capitales: amigos diversos, también «muy parisienses», queridas, diversiones, elegancias, citas, adulterios, ventajas de soltero. Hay tipos perfectamente delineados y copiados, seguramente, de lo vivo, de los conocimientos de M. Daudet; gentes de letras, ridículos y malos, exquisita canalla; mujercitas, «snobinettes», como dicen en París, impregnadas de vicio y de vicios; donjuanes vaudevillescos, y, demás está decirlo, cocotas de fama y clubmen; y también generosas almas, excelentes corazones, varones de bondad y experiencia, y un lirio de mujer, la novia salvadora. Cuando de repente, brota la primera sangre por la boca y el gozador contempla en su imaginación el fantasma de la tuberculosis, todas las ilusiones se vienen abajo. Alguien turba la fiesta... El se hace ver por uno de sus profesores, Contrat, hombre de seso y con conocimiento del mundo. «La voluntad, le dice, es lo contrario de la preocupación. Ella es un esfuerzo momentáneo, pero serio, en tanto que la preocupación es una vana y constante «revêrie»... ¿Sois creyente? Guisanne le contesta que es casi indiferente en materia religiosa. Que ha nacido en la religión católica, que tiene simpatía por las ideas de libertad que hay en ella y que son un feliz contrapeso al fanatismo materialista; pero no practica desde la edad de doce años, desde que perdió a su madre. «Je vous avoue que n’ai pas prié...»—¡Ah, tanto peor!, dice Contrat. «Contrat se había levantado y venía hacia mí lentamente, como si hablase a sí mismo en una semimeditación.—«Sí, he notado que los creyentes resisten más, en ese caso, que los otros. Es una escalera que hay que volver a subir... y ellos tienen una rampa; ¿comprendéis? Os parecerá divertido que el viejo maestro os hable de este modo. Ciertamente, yo he sido un famoso escéptico. Pero estoy en vía de evolucionar. Mi sobrina Blanca es tal vez la causa..., o la experiencia..., o el trabajo de los abuelos en mí... En todo caso vuestra sensibilidad ha permanecido cristiana. Sin duda. Y bien, mi querido hijo, poneos en la actitud moral que corresponde a la esperanza del milagro lo más a menudo que podáis. Quiero decir, implorad de vuestra voluntad, de las fuerzas desconocidas, de lo que gustéis, la curación súbita y radical... Hay un estado de receptividad moral para el bien como para el mal; eso es lo que es verdad, y los tejidos no son insensibles a eso. El escepticismo predispone a la ruina.»
Esto constituye la base principal de la fabulación, que hay que considerar como tomada de algún ejemplo viviente, ya que no relacionada con el más útil, digno y generoso de los casos autobiográficos. Así, pues, Guisanne, con todo, y su respeto por el profesor, se deja vencer por el terror inmediato, y antes que recurrir a la fuerza voluntaria o a la fe religiosa, se intoxica.
Un compañero médico le dice: «Yo no me atrevo a aconsejarte el opio porque es contrario a todas las doctrinas corrientes... y luego es el diablo para librarse de él...» El enfermo vacila, pero después cae en la tentación. El opio le engaña, le hace vivir en sus delicias ficticias, y le aleja la idea de la muerte. Al recurrir al opio en su situación—lo he dicho,—Guisanne ha debido recordar a Thomas de Quincey. El caso es casi el mismo, hay demasiada similitud. Y tanto más si se recuerda que el autor inglés pudo vencer también en absoluto su vicio, nada menos que después de más de cincuenta años de ser dominado por él. La voluntad fué seguramente más poderosa al luchar con triple fuerza de hábito y triple terreno ganado. Es verdad que de Quincey confiesa que la primera vez empleó el opio para calmar una fuerte e invencible neuralgia dental, y otra vez, más tarde, por una molestísima dolencia del estómago. Mas en una parte de las Confessions of an opium eater, dice claramente: «Al principio de mi carrera como comedor de opio, había sido señalado como una futura víctima de la tisis pulmonar, y me lo habían dicho más de una vez. Bien que las conveniencias humanas hubiesen hecho acompañar esa sentencia sobre mi suerte de palabras alentadoras; que se me haya dicho, por ejemplo, que los temperamentos varían a lo infinito, que nadie podía fijar límites a los recursos de la medicina o a defecto de los remedios a las fuerzas curativas de la sola naturaleza, no era menos preciso un milagro para quitarme la convincción de que era un caso condenado. Tal era el resultado definitivo de esas comunicaciones agradables; era bastante alarmante y llegaba a hacer más aun por tres motivos. Primero, esta opinión era formulada por las autoridades más fidedignas del mundo cristiano, conviene a saber los médicos de Clifton y de las fuentes termales de Bristol, que ven más enfermedades pulmonares en un año que todos sus colegas de Europa en un siglo; esta afección, como he dicho, era un azote muy propio de la Gran Bretaña, pues depende de los accidentes locales, del clima y de las variaciones continuas que sufre. No era, pues, sino en Inglaterra donde podía estudiarse; para profundizar ese estudio era preciso visitar los alrededores de Bristol, etc.»
Y en otra parte:
«El lector sabe que cuando llegamos a los cuarenta años, todos somos locos o médicos, según el proverbio de nuestros abuelos («fool or physicien»)... Presumo que ese proverbio significaba esto: que a esa edad se puede exigir de un hombre que acepte la responsabilidad de su propia salud. Es, pues, de mi deber ser, en ese sentido, un médico, de garantizar, en cuanto la previsión humana puede garantizar algo, mi propia salud corporal. En cuanto a eso, lo he logrado, según testimonios prácticos y ordinarios. Y agrego solemnemente, que sin el opio no hubiera logrado eso. ¡Hace treinta y cinco años, sin duda ninguna, que estaría enterrado!»
A Guisanne también le sirvió de mucho el opio o la morfina.
Mas, como a Quincey, el exceso le trajo un sinnúmero de penalidades, de sufrimientos que constituían otra y más terrible enfermedad. «No hay enfermedad peor que el alcohol», decía Poe. Que la morfina, dicen los morfinómanos. Y al describir los temerosos efectos del abuso, León Daudet parece que pone las impresiones de su propio individuo. Así Santiago Rusiñol, otro victorioso, ha escrito una página alucinante sobre esos mismos terroríficos efectos.
El héroe de esta novela de Daudet, después de una inaudita brega consigo mismo, ayudado de buenos consejeros, se resuelve a ir a un sanatorio alemán, donde un especialista ha de librarle de su fardo infernal de pesadillas. Allí la ciencia hace lo que puede lograr; mas es el ejercicio de la voluntad el que, en resumen, realiza el verdadero milagro. Un alma nueva nace, o más bien, el alma ligada y prisionera rompe sus hierros y cuerdas.
En todo esto hay escenas incidentales de un positivo interés y descritas de modo magistral. En ciertas partes, no se puede menos que recordar que el autor tiene una íntima herencia del creador de Jack y de Petit Chose. El hermoso optimismo fundamental no hace sino realzar y dorar del más bello oro espiritual esta obra bienhechora.
El fondo religioso y consolador es tanto más de admirar, cuanto que viene de un trabajador vigoroso de ideas y de sensaciones, de un hombre nutrido de ciencia, y de un criterio no por cierto empapado en aguas de azúcar sentimentales. No es una pluma afeminada y dulce la que ha escrito cerca de veinte volúmenes, todos masculinos y combativos, o nutridos de ideas medulares o reveladores de músculo y garra, como L’Astre Noir, Les Morticoles, Le Kamtchatka o Le Voyage de Shakespeare.
Y no es sino harto conocida su potencia de pugil en los encuentros periodísticos y entre las apacherías de la política. Su libro reciente es un libro de bien. Más de un enfermo de la voluntad encontrará alivio y tal vez curación en esas páginas saludables.
ALGUNA vez he hablado de mis impresiones respecto a la intelectualidad de la República del Brasil. Nunca olvidaré mis días de Río Janeiro, donde tuve ocasión de conocer un núcleo de escritores y poetas que despertaron en mí una cordial simpatía y una alta estimación mental. El gran Machado de Asís, en su vivaz y alerta vejez, respetado y querido por todos como glorioso patriarca de la patria literatura; José Verissimo, el maestro cuya crítica es admirada y señalada entre las labores de valor superior; un perito de ideas que en cualquier centro europeo estaría en puesto de autoridad considerable; Graça Aranha, el novelista que ha adquirido por potencia y riqueza ideal y por verbo admirable una de las más puras glorias en las letras portuguesas en general, y que, según opiniones como la del célebre conde Prozor, ha escrito la mejor novela de estos últimos tiempos, su Canaan, cuya versión castellana es obra de Roberto Payró; Olavo Bilac, el poeta, uno de nuestros más gentiles poetas latinos, cuya prosa es de los más elevados quilates y cuyo don oratorio cautivó a los que oyeron su musical y fecunda palabra en la Argentina, y tantos otros que forman en la capital fluminense una agrupación de activos y productores cerebros que son la mejor corona de su patria, cuya tradición de cultura, que viene desde los primeros tiempos imperiales, ha formado, al lado de la preeminencia social, una aristocracia de la inteligencia, que en su cohesión y en su intensidad de producción—a pesar de las propias quejas—lleva la primacía en todo el continente.
En el elemento joven pude apreciar más de un vigoroso y lozano talento. Entre ellos llamó mi atención Elysio de Carvalho, de quien conocía las primeras obras y el plausible entusiasmo y la pasión artística siempre sincera.
En los últimos movimientos de ideas que se han desarrollado y han triunfado en el mundo literario, ha habido entre los luchadores quienes han sido intermediarios entre los grupos pensantes, iniciadores de relaciones, propagadores, vinculadores, anunciadores, introductores de espíritus hermanos o de obras afines. De éstos, unos se han envuelto en la luz de su propia emanación; otros, modestos, pero eficaces, han laborado por el triunfo de su ideal secundando el ajeno impulso, dando su contribución de ideas o ayudando a la definitiva victoria de los maestros y al mantenimiento de la fe y de la perseverancia en los compañeros de campaña.
Y mérito innegable y siempre digno de reconocimiento será el de los que, a más de la realización de sus personales ambiciones, han contribuído a esa especie de confraternidad espiritual internacional que ha sido uno de los distintivos especiales de la evolución que se inició en Francia con el nombre de simbolismo y que, alcanzando hasta nosotros después de otros «ismos», dió por resultado un nuevo triunfo para el arte humano y el definitivo reconocimiento del poder de la libertad y de la individualidad.
Entre esos propagadores e intermediarios entre las «élites» más o menos numerosas, no podrá nunca olvidarse a Elysio de Carvalho, en el Brasil; a Pedro Emilio Coll y Pedro César Dominici, en Venezuela; a Urueta, Valenzuela, José Juan Tablada y el grupo de la Revista Azul y de la Revista Moderna, en Méjico; a Luis Berisso, Jaimes Freyre y Díaz Romero, en la Argentina; a Rodó y Pérez Petit, en el Uruguay; a Santiago Argüello, Mayorga, Turcios, Troyo, Acosta y Ambrogi, en Centro América; a González y Contreras, en Chile; a Clemente Palma, Román, Albujar y otros, en el Perú; a Silva, Valencia y Darío Herrera, en Colombia; a dos o tres buenos poetas en el Ecuador; a Iraizos y Mortajo, en Bolivia; al culto y noble Gondra, en el Paraguay.
Carvalho fué el paladín de la revolución intelectual en la juventud brasilera. En relación con los leaders de Europa, llevó su entusiasmo hasta a afiliarse a pequeñas agrupaciones que en el mismo París tuvieron una efímera vida; tal el mentado naturismo, que no tuvo más razón de ser en pleno afianzamiento simbolista que el talento impaciente de unos cuantos. En el Brasil, la aparición de un joven combatiente como Carvalho llamó la atención de todos, provisto como iba, según el decir de José Verissimo, «de una rica si bien desordenada y no menos interesante actividad mental... Todo en él revestía un bello entusiasmo juvenil, sincero y vigoroso, servido por un talento que aparecía real en medio de la extravagancia de su precoz literatura, de la anarquía de sus ideas y de la multiplicidad de sus propagandas estéticas. ¡Curioso! Este mozo exuberante, franco hasta la prodigalidad, ávido, sin duda, de surgir, mas con derecho a ello, al cabo ingenuo y bueno, fué, por sus mismos compañeros de juventud y literatura nueva, discutido, negado, calumniado.» Bien ha estado al recordar esos comienzos de la labor de Elysio de Carvalho, ahora que, como comprueba el mismo Verissimo, la personalidad del autor de «As modernas correntes esthéticas na literatura brazileira» queda situada definitiva y dignamente en las letras de su país.
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La producción de Elysio de Carvalho se relaciona, como he dicho, con las últimas manifestaciones mentales que han conmovido el Arte y la Filosofía en el mundo europeo y cuyas repercusiones han influído en los espíritus estudiosos y entusiásticos de todas las naciones.
Aparte de sus expansiones de alma, de la revelación de sus íntimos sueños e ideologías, en versos y prosas de audacia y de elegancia, de altivez y de ansia moral, como sus «Horas de Febre», su «Alma antiga», tradujo admirablemente a su idioma la célebre Balada carcelaria de Osear Wilde y los «Poemas» de este mismo poeta. Narró el proceso de su educación filosófica y artística en su «Historia de um cerebro»; se afilió—más o menos pasajeramente—a lo que aquí se llamó naturismo, en su «Delenda Carthago». Nietzsche tuvo en él un admirador; Stirner un apasionado propagandista, comentador y biógrafo. Toda nueva idea, todo nuevo impulso en el pensamiento contemporáneo halló en él un apoyo y un entusiasmo. Razones claras me impiden ocuparme de una de sus últimas producciones: «Rubén Darío», estudio crítico (1906). Mas he de decir que tal trabajo figura hermosamente entre el magistral aunque fragmentario estudio sobre el mismo autor, de Rodó y los de González Blanco, Henríquez Ureña, Pardo Bazán, Martínez Sierra, Alberto Ghiraldo, Ricardo Rojas y Díaz Romero.
El amor de la novedad y de la combatividad, naturalmente despertaron en unos ya el asombro, ya la voluntad hostil; más también tuvo Carvalho su cosecha de simpatías y sus conquistas justas. Su puro fervor de Belleza y su anhelo de verdad, le han colocado entre los excelentes. Pertenece a esa aristocracia inconfundible de la idea, que no se compadece con la mediocridad ni con la chatura.
Naturalmente, con el tiempo, los primeros fuegos juveniles se han aminorado, y a la incondicional determinación ha sucedido una manera reflexiva y serena que no por eso deja de conservar la fuerza y la sinceridad de antaño.
Y es que jamás consideró este hombre de cultura y este artista íntegro, la facultad de pensar y el don de escribir, sino con toda la seriedad y la profundidad que requiere tal condición que innegablemente coloca al ser humano en superior jerarquía. Abominados sean los histriones del pensamiento y los apaches de la pluma, que prostituyeron la singular virtud que pudo servirles para propia elevación y bien de almas hermanas.
Los defectos de Carvalho en sus primigenias producciones han sido los del árbol demasiado copioso de savia y de follaje, defectos de los años en que, poseídos del brío primaveral, los espíritus tienen asimismo exuberancia de savia y de follaje. «Una visión extraordinaria y que engrandezca las cosas vistas, también es un defecto», dice José Verissimo con su habitual exactitud de juzgar. Elysio de Carvalho, y como él muchos de los que en la América latina han seguido y proclamado las nuevas ideas, se señaló por su exageración en el sostenimiento de sus principios; mas esa exageración ha sido, si se quiere, benéfica y precisa en los iniciales momentos de la proclamación de los flamantes credos; y luego, una vez pasadas las agitaciones y violencias de la lucha, una vez abierto el camino por donde los intelectos habían de comenzar su viaje al ideal, vino la tranquilidad, la calma de raciocinio, la posible mesura en la elocuencia—que en determinados caracteres y medios es a veces difícil de conseguir—y la elevación serena de criterio que, con gran complacencia de todos los intelectuales brasileños, sin distinción de escuelas o de preferencias estéticas, se ha manifestado en «As modernas correntes esthéticas na literatura brazileira», la reciente obra que motiva estas líneas.
EXISTE una literatura en los momentos actuales, que presenta un carácter inconfundible en su variedad: la literatura en que expresan su alma, sus voliciones y sus ensueños, la Joven España y la Joven América española. Las nuevas ideas han unido en una misma senda a los distintos buscadores de belleza, mas en tal unión no pierde nada el impulso del individuo ni la influencia de la tierra, sin contar, por supuesto, en este caso, a los natos desarraigados en el espacio y en el tiempo. Una de las ventajas que han tenido nuestras dos últimas generaciones, es la de la comunicación y mutuo conocimiento. Si aun algo queda que desear, ya no sucede como antaño, que se ignoren, de nación a nación, los seguidores de una misma orientación filosófica o estética, los correligionarios de un mismo culto de arte.
Entre toda la producción argentina, pongo por caso, de hace unos veintitantos años, tan solamente los nombres de Andrade, Guido Spano, y luego Obligado y Oyuela, se impusieron a la atención de las repúblicas hermanas. Hoy la obra de un Lugones adquiere proporciones continentales; mas no se ignoran, en el Sur ni en el Centro de América, ni en las Antillas, los esfuerzos o la obra realizada de otros artistas de la palabra, de otros hombres de pensamiento, ni la constante virtud de entusiasmo que anima a los consagrados de la juventud. Hay mayor intercambio de ideas. Se comunican los propósitos y las aspiraciones. Se cambian los estímulos. Hay muchas simpatías trocadas y muchas cartas. Los imbéciles no evitan el afirmar: sociedad de elogios mutuos. No se hace caso a los imbéciles. Los libros y las cartas se siguen trocando. No otra cosa se hacía en latín, entre los sabios humanistas del Renacimiento.
Entre los escritores que desde hace algún tiempo se han dado a conocer está Tulio M. Cestero, originario de la República dominicana. Es joven; cursa la vida intensa y la gracia del arte. Su florecimiento en Santo Domingo no es sino propio de un país que ha dado a las bellas letras hispanoamericanas, desde pasadas épocas, figuras de gran valer. Por Menéndez Pelayo conocemos algo del período colonial, en que se ufana gentilmente aquel popular Meso Mónica, de tan fino y autóctono ingenio. La cesión a Francia, por el Tratado de Basilea, y la ocupación por los haitinianos, durante veintidós años, de la parte española de la isla, produjeron la emigración a Venezuela y Cuba de gran número de familias principales, gloriosas en los líricos y literarios anales; de ahí los Rojas venezolanos, los Heredia, a que pertenecieron los dos José María, y cuya casa solariega existía, según tengo entendido, en la capital dominicana, hasta hace algunos años, frente al cuartel edificado en el reinado de Carlos III; y los Delmonte, de Cuba. Después de la proclamación de la república en 1844, las personalidades eminentes, en las letras, no han sido pocas. Allá en la época romántica hay un Félix Delmonte, no privado del don de armonía, como su amiga y preferida la alondra. Apartándose un tanto de la influencia europea, Nicolás Ureña ameniza el paisaje y las costumbres. Un varón de alma compleja y de vigor verbal, Meriño, es a un mismo tiempo jefe del estado y de la iglesia. Luego surge Emiliano Tejera, escritor, investigador, que escribió su célebre folleto aclarando la verdad sobre los restos de Colón y sosteniendo que son los que están en Santo Domingo. Aparecen el historiador García, el polemista Mariano Cestero; y el que es considerado como el primero en su patria, el novelista Galván. Una musa es justamente famosa, Salomé Ureña, vigorosa y pindárica, sin perder la gracia y el encanto de su alma femenina. Pérez, modernizado en los últimos años, cantó castizamente las leyendas y sufrimientos de los indios quisqueyanos. Billini, presidente, no desdeña ni los dones apolíneos ni los atractivos de la novela. Por todos los géneros espiga el talento de un Henríquez y Carvajal. Penzón vuelve la vista al pasado y busca la tradición y el tema legendario. Más recientemente aparecen Gastón Deligne, poeta, que hoy se siente atraído por nuestro movimiento reformador; Rafael Deligne, poeta, crítico y dramaturgo; Pellerano, que se distingue por amante del color y de la vida locales; Fabio Fiallo, espíritu nobilísimo y elevado, que en su «Primavera sentimental», celebrada por Díaz Rodríguez, inició sus delicadezas ideológicas y su culto de la hermosura exquisita. Un hombre potente, de rasgos geniales, combativo y dominador del verbo, Deschamps. Américo Lugo, docto y elegante, perito en cosas y leyes de amor y galantería; el poeta Aibar; los hermanos Henríquez Ureña, de los cuales Max ha escrito páginas de crítica que yo prefiero y guardo con alto aprecio. Osvaldo Bazil, gallardo y generoso, en lo florido de su juventud, hoy en Cuba, bajo la advocación divina de la Lira. Ya véis que hay sus motivos para que Tulio Cestero haya nacido en esa isla fecunda y solar que fué deleite de los ojos del iluminado y profético Navegante.
Cestero es un espíritu inquieto ante la vida, nacido para los esfuerzos y las bregas. Este lírico de la prosa, cuya cultura es completamente europea, ha tenido que desarrollar sus energías de carácter y de intelecto en un medio hostil a las dedicaciones al puro arte. Él sabe, por propia experiencia, lo que son revoluciones, pronunciamientos. Ha andado con su fusil, o su sable, por los montes patrios, entre fieras, víboras, guerreando por su caudillo o por su presidente. Conoce las excursiones por los bosques y los movimientos de las guerrillas. Alma gentil, escribe su «Jardín de los sueños», mas tiene un admirable y práctico sentido de la realidad. Si se le ocurre, escribirá lindamente a una mujer: «Bella, sé piadosa, y convierte tus ojos milagrosos al alma-océano de aguas muertas y profundas—del amante prosternado que arrancará a las entrañas de la tierra avara el oro virgen para el anillo de tus bodas». Y, si se le ocurre, mandará fusilar en las maniguas al coronel criollo sublevado. Soles y vientos de aquellas latitudes le han amacizado el cuerpo y el alma. Ello no es un inconveniente para que haya labrado finas páginas en libros suaves. El poema en prosa después de la acción, la lírica después de la estrategia, o antes. El bregador que existe en él ha publicado también páginas de campaña en que el estilo se revela apto también a ejercicios de músculo y a maneras de fortaleza. Yo le veo vagar por la montaña. Si encuentra flores, formará un ramo para la primera gallarda moza que le cautive. Si no, desgajará un árbol para encender fuego y hacer su barbacoa con el primer venado que alcance su carabina. Algo de Gastibelza, si gustáis, de un Gastibelza de tierra ardiente, a quien si su doña Sabina y el aire de la montaña le vuelven loco, le hacen decir bellos decires de amor y de combate.
Hace tiempo leí sus «Notas y escorzos», capítulos de crítica literaria; sus impresiones de viaje «Por el Cibao», de las que casi nada recuerdo. Su «Del Amor», es obra de despertamiento, de pasión exuberante, de juventud y de savia temprana. Mas su folleto político «Una campaña», publicado en 1903, llamó grandemente mi atención por el modo robusto de narrar, amena y bizarramente, sucesos que no han tenido en la América nuestra sino señaladas plumas de valor que los traten. Hemos sido célebres por nuestras revoluciones, y Europa no conoce aún el libro que bellamente e intensamente diga tanta cosa extraordinaria, terrible y pintoresca, porque ese libro no se ha escrito todavía.
En «El jardín de los sueños» este autor está seducido por el esteticismo, y muestra una viva preocupación del estilo. Hay sutileza, escritura «artista», prosa galante, paisajes al «claire de lune», relentes románticos e influencias simbolistas. Se advierte el amor de las gracias plásticas, de ritmo, de la concreción de la expresión noble. Sus lecturas son de la más reciente literatura; y cuando creéis encontrar una reminiscencia de Laforgue, pasa el soplo d’annunziano. Hay ideas, plasticidad y música «avant toute chose». Al madrigalizar, eleva los asuntos, poetiza el medio, se transporta a otras épocas más bellas, o dora, con el oro de la ilusión o de la fantasía, el tema inmediato. Veo sobre todo a un poeta, al parecer, en ocasiones, sentimental, y en ocasiones impasible en la labor de orfebrería que prefiere. Después viaja. Los viajes son bienhechores y precisos para los poetas. «Navegar es necesario; vivir no es necesario». Navega, pues, para venir a esta Europa que todos ansiamos conocer. La moderna literatura nuestra está llena de viajeros. Casi no hay poeta o escritor nuestro que no haya escrito, en prosa o verso, sus impresiones de peregrino o de turista. Se pasa, como Robert de Montesquiou, «del ensueño al recuerdo.» Como todo está dicho, en lo que se refiere a lo contenido en ciudades y museos, no queda sino la sensación personal, que siempre es nueva, con tal de apartar la obsesión de autores preferidos y la imposición de páginas magistrales que triunfan en la memoria. Es esto difícil, antes de que la tranquilidad de la vida reflexiva llegue. Cestero, en sus narraciones de viaje, se aparta dichosamente de los escollos del bedekerismo y de los peligros de la obra recordada. Esto no quita que no le acompañen el recuerdo de espíritus amados en sus periplos. Mas noto que los viajes en él, las frecuentaciones diplomáticas y los contactos de París, han marchitado un tanto la frescura franca de las floraciones de antaño. Parece que el entusiasmo, sal del arte, no está en él con la abundancia de los pasados días.
Yo no le pido una fe señalada, pero sí una fe. En verdad, el paulatino conocimiento de las asperezas del mundo crea los peores escepticismos; para librarse de esto sirve tan solamente la voluntad, la elevación de la conciencia, la virtud de un ideal. Si ha de poner Europa sobre esa amable psique el peso de un materialismo que le impida el vuelo, quédese el artista y el combatiente haciendo sabrosas prosas y nuevas revoluciones en el país dominicano. Y si ha de perder, Dios no lo quiera, su original nobleza de espíritu, su respeto y adoración por la sinceridad, su pasión por lo sagrado del arte, si ha de aprovechar los dones divinos en el daño y en la mentira, si ha de mirar el misterio demiúrgico de la palabra como arma de malhechor o como útil de saltimbanqui, si ha de abandonar lo que, privilegio singular, trajo desde el materno vientre por la volición suprema, la pureza y la dignidad mentales, la única razón moral de existir—que en la primera revuelta en que lo tome el general contrario, sin formación de causa, le fusile. Mas si no, suya será la gloria.
AGRADEZCO muy de veras a Alberto Osorio de Castro el envío de su volumen de poesías A cinza dos Mirtos, porque en el volumen hay lindos versos y porque esos versos vienen desde Nova Goa, en la India portuguesa. Me complace tener un lírico amigo y un comprendedor en aquellas tierras fabulosas. Ya en otra ocasión he dicho lo que un poeta gana, a mi entender, con emular a Simbad; y lo que, ante mi gusto, ganó, pongo por caso, el autor de El alma japonesa con haber ido al Japón. Mas, yo iré mañana al Japón o a la India, si La Nación me envía, o si deseos me vienen de entenderme con la agencia Cook. El asunto es vivir en uno de tantos países exóticos la vida de esos países, y penetrar en sus almas, y entender sus palabras y sus ritos, para luego contar o cantar cosas bizarras, extrañas, peregrinas, como Lafcadio Hearn, Paúl Claudel o Alberto Osorio de Castro.
Aunque este último ha amado y soñado en Portugal, en donde florecieron sus mirtos, y aunque en su vergel antiguo fué encendida la pasional hoguera, es en Oriente en donde clama a la mujer amada:
Allá en las regiones lejanas en donde habita recordará las nieves de antaño. Recordará que «en Coimbra, en el Jardín, una dulce mañana de fin de invierno fino y claro, Ella y su Hermana, pasaban para la misa ideal de las Ursulinas.
Yo me imagino que en su existencia en los exóticos reinos de antiguas leyendas y teogonías, pasará el poeta horas prosaicas a causa de las invasiones civilizadoras. Las caravanas de las agencias turísticas le perturbarán en sus recogimientos, y quizá algún cargo administrativo aplane en cotidianas tareas idealizadas colinas de encantamiento. Mas todo esto, por la virtud voluntaria, puede ponerse como una subvida «a côté», dado que la única vida es aquella que nuestra voluntad declara y que nuestro espíritu reconoce, contra todas las dificultades de la circunstancia. Y en todo poeta hay un terrible o dulce filósofo.
Las citas y los epígrafes indican las lecturas y las predilecciones de Osorio de Castro. Es un «moderno» y un aristócrata. Considera con justeza que la facultad de pensar humanamente es el sumo poder del ser humano,—humanamente y divinamente; y que por algo el cerebro corona el edificio, bajo la redondez de su cúpula.
Mas penetremos en la hermosa colonia de poesía.
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Al eco de la música d’annunziana—«Nel plenilunio di calendimaggio»—se comunica con el mundo de las hadas.
Por los labios de Mab se expresan la Ilusión, el Amor, la Esperanza. Y la mujer surge en su gracia y omnipotencia carnal. Después exóticas figuras pasan, como la amorosa chiquinha cuya faz de encanto japonés se entrevé. Chiquinha, que tiene «la gracia de la mujer de nuestra sangre y la gracia de la exótica sangre». En las tristezas de la tarde es un desvanecimiento de íntimas «saudades». Se esfuma la ronda de las horas. Suena la canción del agua:
¿Hay en el rimador un creyente? ¿Su paganismo termina en un anhelo de mortalidad cristiana? Más bien se ve un lejano resplandor de fe en los comienzos de la juventud. «¡Viña de inmortalidad, dame tu vino de luz eterna! ¡Ah, que «saudade» de la dulce creencia en Jesús, en mi infancia de sueño! Era para mí el mundo misterioso jardín. Y no el abismo horrible que veo ante mí ahora. Viña de inmortalidad, dame el fruto de la verdad y el vino de la eterna aurora». Anatole France le seduce con su Thaïs de Alejandría. Uno como sentimiento barresiano, basado en un decir de la antología griega, le hace preguntar a los muertos el secreto de las agitaciones de la vida. En un sueño de delicias amorosas, momentos de pasión: «Claro día de aquella primavera extinta, y por siempre refloreciendo en el sueño de lo pasado... Aguamarina de sus ojos, lindo reir de luz que enamoraba y era un vino hechizado!» Hay una linda balada que tiene un perfume de jardines lejanos:
Él ha frecuentado todos los vergeles de poesía que han deleitado al mundo. En todo el imperio de la mujer se define y provoca lo que antaño se llamaba la inspiración. Para la musicalización verbal de su sueño, o de sus fantasías, de sus idealizaciones o de sus ímpetus cordiales, el poeta emplea las clásicas maneras, o se deja seducir por las sabias libertades que han invadido las métricas de todas las lenguas. Hay composiciones absolutamente normales, las hay de un aire parnasiano, las hay modernísimas. Mas el tono general obedece sin duda alguna a las influencias del pasado movimiento simbolista. ¿Qué poeta de estos últimos tiempos no ha sentido en todas partes esas influencias?
La obra de Osorio de Castro, cuando se complica de exotismo, de ese exotismo vivido de quien como él habita ha largo tiempo aquel continente misterioso, adquiere singular personalidad.
Cantó Camoens sus endechas para una bárbara esclava, y aquí encontramos renovado aquel son de lira. Es en loor siempre de la hembra ardiente y amorosa que concentra en sí la llama de su sol y de su cielo, e íntimas y misteriosas llamas.
Tal dice el antiguo. El lírico actual nos habla de la misma encarnación que adquiere una fuerza simbólica:
La atracción de las cosas, el enigma de la naturaleza ha de despertar ansias que se expresarán en rimadas armonías, o correspondencias que se exteriorizarán en trozos musicales. Y en medio del ambiente asiático os sorprenderá escuchar tal reminiscencia de Vigny, tal eco de arieta de Verlaine, o de melodía poemal. El amador canta a la mujer y a las mujeres. Estas pasan en un amable desfile. Yo veo las inglesas viajeras, amantes de la literatura y de excursiones; francesas de paso, buscadoras de las bellas aventuras de là-bas; portuguesas intelectuales, nobles y finas, amigas de la naturaleza y de los viajes aéreos en compañía de los poetas. Las inglesas suelen decirles lindas verdades que complacen el sentido shakespeareano. Por ejemplo, esta verdad gentil, expresada bajo el cielo de Aden: «It is better to have loved and lost than never to have loved at all». A esa hija de Albión que tales cosas emite, aplaudiría sin duda alguna nuestra Teresa de Jesús.
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Ved rosas de sangre y de piedad. Deteneos en ese «beautiful Bombay»; escuchad, a la orilla del mar, cantares de melancólicas insinuaciones. Vuelve un eco de los pasados madrigales, de las primeras delicias juveniles, de los primeros despertamientos del deseo.
Con una gracia de virtuoso os narrará el portalira un idilio sajónico. Se celebrará el prestigio de antiguas proezas de familiares caballeros. Habrá una variada confusión de rememoraciones y de sensaciones, y junto a un paisaje de Goa se encenderá en su dulce fuego azul la bahía de Nápoles; y después de una evocación mortuoria, se tornará a la eterna tentación femenina. He ahí la sonatina de las hojas caídas y el cuento del rey de Brocelianda, de la más feliz y sonora elegancia. He ahí a Sisina: