Relato del médico judío

«La cosa más extraordinaria que me ocurrió en mi juventud es precisamente esta que vais á oir, ¡oh mis señores llenos de cualidades!

Estudiaba entonces medicina y ciencias en la ciudad de Damasco. Y cuando tuve bien aprendida mi profesión, empecé á ejercerla y á ganarme la vida.

Pero un día entre los días, cierto esclavo del gobernador de Damasco vino á mi casa, y diciéndome que le acompañase, me llevó al palacio del gobernador. Y allí, en medio de una gran sala, vi un lecho de mármol chapeado de oro. En este lecho estaba echado y enfermo un hijo de Adán. Era un joven tan hermoso, que no se habría encontrado otro como él entre todos los de su tiempo. Me acerqué á su cabecera, y le deseé pronta curación y completa salud. Pero él sólo me contestó haciéndome una seña con los ojos. Y yo le dije: «¡Oh mi señor, dame la mano!» Y él me alargó la mano izquierda, lo cual me asombró mucho, haciéndome pensar: «¡Por Alah! ¡Qué cosa tan sorprendente! He aquí un joven de buena apariencia y de elevada condición, y que está sin embargo muy mal educado.» No por eso dejé de tomarle el pulso, y receté un medicamento á base de agua de rosas. Y le seguí visitando, hasta que, pasados diez días, recuperó las fuerzas y pudo levantarse como de costumbre. Entonces le aconsejé que fuese al hammam y que después volviese á descansar.

El gobernador de Damasco me demostró su gratitud regalándome un magnífico ropón de honor y nombrándome, no sólo médico suyo, sino también del hospital de Damasco. En cuanto al joven, que durante su enfermedad había seguido alargándome la mano izquierda, me rogó que le acompañase al hammam, que se había reservado para él solo, prohibiendo entrar á los demás clientes. Y cuando llegamos al hammam se acercaron los criados del joven, le ayudaron á desnudarse, cogiendo su ropa y dándole otra, limpia y nueva. Y al ver desnudo al joven, noté que carecía de mano derecha. Y me sorprendió y apenó grandemente el descubrimiento. Y aumentó mi asombro cuando vi huellas de varazos en todo su cuerpo. Entonces el joven se volvió hacia mí, y me dijo: «¡Oh médico del siglo! No te asombre el verme como me ves, pues voy á contarte el motivo, y oirás una relación muy extraordinaria. Pero tenemos que aguardar á estar fuera del hammam.»

Después de salir del hammam llegamos al palacio, y nos sentamos para descansar y comer luego. Pero el joven me dijo: «¿No prefieres que subamos á la sala alta?» Y yo le contesté que sí, y entonces mandó á los criados que asaran un carnero y lo subieran á la sala alta, á la cual nos encaminamos. Y los esclavos no tardaron en subir el carnero asado y toda clase de frutas. Y nos pusimos á comer, y él siempre se servía de la mano izquierda. Entonces yo le dije: «Cuéntame ahora esa historia.» Y él contestó: «¡Oh médico del siglo, te la voy á contar! Escucha, pues.»

 

Sabe que nací en la ciudad de Mossul, donde mi familia figuraba entre las más principales. Mi padre era el mayor de los diez vástagos que dejó mi abuelo al morir, y cuando esto ocurrió, mi padre estaba ya casado, como todos mis tíos. Pero él era el único que tuvo un hijo, que fuí yo, pues ninguno de mis tíos los tuvo. Por eso fuí creciendo entre las simpatías de todos mis tíos, que me querían muchísimo y se alegraban mirándome.

Un día que estaba con mi padre en la gran mezquita de Mossul para rezar la oración del viernes, vi que después de la plegaria todo el mundo se había marchado, menos mi padre y mis tíos. Se sentaron todos en la gran estera, y yo me senté con ellos. Y se pusieron á hablar, versando la conversación sobre los viajes y las maravillas de los países extranjeros y de las grandes ciudades lejanas. Pero sobre todo hablaron de Egipto y del Cairo. Y mis tíos repitieron los relatos admirables de los viajeros que habían estado en Egipto, y decían que no había en la tierra país más bello ni río más maravilloso que el Nilo. Por eso los poetas han hecho muy bien en cantar ese país y su Nilo, y dice la verdad el poeta cuando dice:

¡Por Alah! ¡Te conjuro que digas al río de mi país, al Nilo de mi país, que aquí no puedo extinguir la sed, que el Éufrates no puede apagar la sed que me atormenta!

Mis tíos empezaron á enumerar las maravillas de Egipto y de su río, con tal elocuencia y tanto calor, que cuando dejaron de hablar y se fué cada cual á su casa, quedé muy pensativo y preocupado, y no podía apartarse de mi espíritu el grato recuerdo de todas aquellas cosas que acababa de oir con motivo de aquel país tan admirable. Y cuando volví á casa, no pude pegar los ojos en toda la noche, y perdí el apetito.

Averigüé á los pocos días que mis tíos estaban preparando un viaje á Egipto, y rogué con tanto ardor á mi padre, y tanto laboré para que me dejase ir con ellos, que me lo permitió y hasta me compró mercaderías muy estimables. Y encargó á mis tíos que no me llevasen con ellos á Egipto, sino que me dejasen en Damasco, donde debía yo ganar dinero con los géneros que llevaba. Me despedí de mi padre, me junté con mis tíos, y salimos de Mossul.

Así viajamos hasta Alepo, donde nos detuvimos algunos días, y desde allí reanudamos el viaje hacia Damasco, adonde no tardamos en llegar.

Y vimos que Damasco es una hermosa ciudad, entre jardines, arroyos, árboles, frutas y pájaros. Nos albergamos en uno de los khanes, y mis tíos se quedaron en Damasco hasta que vendieron sus mercaderías de Mossul, comprando otras en Damasco para despacharlas en El Cairo, y vendieron también mis géneros tan ventajosamente, que cada dracma de mercadería me valió cinco dracmas de plata. Después mis tíos me dejaron solo en Damasco y prosiguieron su viaje á Egipto.

En cuanto á mí, continué viviendo en Damasco, en donde alquilé una casa maravillosa, cuyas bellezas no puede enumerar la lengua humana. Me costaba dos dinares de oro al mes. Pero no me contenté con esto. Empecé á hacer cuantiosos gastos, satisfaciendo todos mis caprichos, sin privarme de ninguna clase de manjares ni bebidas. Y este género de vida duró hasta que hube gastado el dinero con que contaba.

Y por entonces, estando sentado un día á la puerta de mi casa para tomar el fresco, vi acercarse á mí, viniendo no sé de dónde, á una joven ricamente vestida, sobrepasando en elegancia á todo cuanto había visto en mi vida. Me levanté súbitamente y la invité á que honrase mi casa con su presencia. No hizo ningún reparo, sino que traspuso el umbral y penetró en la casa gentilmente. Cerré entonces la puerta detrás de nosotros, y lleno de júbilo la cogí en brazos y la transporté al salón. Allí se descubrió, se quitó el velo, y se me apareció en toda su hermosura. Y tan hechicera la encontré, que me sentí completamente dominado por su amor.

Salí en seguida en busca del mantel, lo cubrí con manjares suculentos y frutas exquisitas y cuanto era de mi obligación en aquellas circunstancias. Y nos pusimos á comer y á jugar, y luego á beber, y de tal manera lo hicimos, que nos emborrachamos por completo. La poseí entonces. Y la noche que pasé con ella hasta la mañana se contará entre las más benditas.

Al día siguiente creí que hacía bien las cosas ofreciéndole diez dinares de oro. Pero los rechazó y dijo que nunca aceptaría nada de mí. Después me dijo: «Y ahora, ¡oh querido mío! sabe que volveré á verte dentro de tres días, al anochecer. Aguárdame, porque no he de faltar. Y como yo misma me convido, no quiero ocasionarte gastos; de modo que te voy á dar dinero para que prepares otro festín como el de hoy.» Y me entregó diez dinares de oro que me obligó á aceptar, y se despidió, llevándose tras ella toda mi alma.

Pero, como me había prometido, volvió á los tres días, más ricamente vestida que la primera vez. Por mi parte, había preparado todo lo indispensable, y en realidad no había escatimado nada. Y comimos y bebimos como la otra vez, y no dejamos de hacer juntos aquello que hicimos hasta que brilló la mañana. Entonces me dijo: «¡Oh mi dueño amado! ¿de veras me encuentras hermosa?» Yo le contesté: «¡Por Alah! Ya lo creo.» Y ella me dijo: «Si es así, puedo pedirte permiso para traer á una muchacha más hermosa y más joven que yo, á fin de que se divierta con nosotros y podamos reirnos y jugar juntos, pues me ha rogado que la saque conmigo, para regocijarnos y hacer locuras los tres.» Acepté de buena gana, y dándome entonces veinte dinares de oro, me encargó que no economizase nada para preparar lo necesario y recibirlas dignamente en cuanto llegasen ella y la otra joven. Después se despidió y se fué.

Al cuarto día me dediqué, como de costumbre, á prepararlo todo, con la largueza de siempre, y aún más todavía, por tener que recibir á una persona extraña. Y apenas puesto el sol, vi llegar á mi amiga acompañada por otra joven que venía envuelta en un velo muy grande. Entraron y se sentaron. Y yo, lleno de alegría, me levanté, encendí los candelabros y me puse enteramente á su disposición. Ellas se quitaron entonces sus velos, y pude contemplar á la otra joven. ¡Alah, Alah! Parecía la luna llena. Me apresuré á servirlas, y les presenté las bandejas repletas de manjares y bebidas, y empezaron á comer y beber. Y yo, entretanto, besaba á la joven desconocida, y le llenaba la copa y bebía con ella. Pero esto acabó por encender los celos de la otra, que supo disimularlos, y hasta me dijo: «¡Por Alah! ¡Cuán deliciosa es esa joven! ¿No te parece más hermosa que yo?» Y yo respondí ingenuamente: «Es verdad; razón tienes.» Y ella dijo: «Pues cógela y ve á dormir con ella. Así me complacerás.» Yo respondí: «Respeto tus órdenes y las pongo sobre mi cabeza y mis ojos.» Ella se levantó entonces, y nos preparó el lecho, invitándonos á ocuparlo. Y después me tendí junto á mi nueva amiga, y la poseí hasta por la mañana.

Pero he aquí que al despertarme me encontré la mano llena de sangre, y vi que no era sueño, sino realidad. Como ya era de día claro, quise despertar á mi compañera, dormida aún, y le toqué ligeramente la cabeza. Y la cabeza se separó inmediatamente del cuerpo y cayó al suelo.

En cuanto á mi primera amiga, no había de ella ni rastro ni olor.

Sin saber qué hacer, estuve una hora recapacitando, y por fin me decidí á levantarme, para abrir una huesa en aquella misma sala. Levanté las losas de mármol, empecé á cavar, é hice una hoya lo bastante grande para que cupiese el cadáver, y lo enterré inmediatamente. Cegué luego el agujero y puse las losas lo mismo que antes estaban.

Hecho esto fuí á vestirme, cogí el dinero que me quedaba, salí en busca del amo de la casa, y pagándole el importe de otro año de alquiler, le dije: «Tengo que ir á Egipto, donde mis tíos me esperan.» Y me fuí, precediendo mi cabeza á mis pies.

Al llegar al Cairo encontré á mis tíos, que se alegraron mucho al verme, y me preguntaron la causa de aquel viaje. Y yo les dije: «Pues únicamente el deseo de volveros á ver y el temor de gastarme en Damasco el dinero que me quedaba.» Me invitaron á vivir con ellos, y acepté. Y permanecí en su compañía todo un año, divirtiéndome, comiendo, bebiendo, visitando las cosas interesantes de la ciudad, admirando el Nilo y distrayéndome de mil maneras. Desgraciadamente, al cabo del año, como mis tíos habían realizado buenas ganancias vendiendo sus géneros, pensaron en volver á Mossul; pero como yo no quería acompañarlos, desaparecí para librarme de ellos, y se marcharon solos, pensando que yo habría ido á Damasco para prepararles alojamiento, puesto que conocía bien esta ciudad. Después seguí gastando, y permanecí allí otros tres años, y cada año mandaba el precio del alquiler á mi casero de Damasco. Transcurridos los tres años, como apenas me quedaba dinero para el viaje y estaba aburrido de la ociosidad, decidí volver á Damasco.

Y apenas llegué, me dirigí á mi casa, y fuí recibido con gran alegría por mi casero, que me dió la bienvenida, y me entregó las llaves, enseñándome la cerradura, intacta y provista de mi sello. Y efectivamente, entré y vi que todo estaba como lo había dejado.

Lo primero que hice fué lavar el entarimado, para que desapareciese toda huella de sangre de la joven asesinada, y cuando me quedé tranquilo me fuí al lecho, para descansar de las fatigas del viaje. Y al levantar la almohada para ponerla bien, encontré debajo un collar de oro con tres filas de perlas nobles. Era precisamente el collar de mi amada, y lo había puesto allí la noche de nuestra dicha. Y ante este recuerdo derramé lágrimas de pesar y deploré la muerte de aquella joven. Luego oculté cuidadosamente el collar en el interior de mi ropón.

Pasados tres días de descanso en mi casa, pensé ir al zoco, para buscar ocupación y ver á mis amigos. Llegué al zoco, pero estaba escrito por acuerdo del Destino que había de tentarme el Cheitán y había de sucumbir á su tentación, porque el Destino tiene que cumplirse. Y efectivamente, me dió la tentación de deshacerme de aquel collar de oro y de perlas. Lo saqué del interior del ropón, y se lo presenté al corredor más hábil del zoco. Éste me invitó á sentarme en su tienda, y en cuanto se animó el mercado, cogió el collar, me rogó que le esperase, y se fué á someterlo á las ofertas de mercaderes y parroquianos. Y al cabo de una hora volvió, y me dijo: «Creí á primera vista que este collar era de oro de ley y perlas finas, y valdría lo menos mil dinares de oro; pero me equivoqué: es falso. Está hecho según los artificios de los francos, que saben imitar el oro, las perlas y las piedras preciosas; de modo que no me ofrecen por él mas que mil dracmas, en vez de mil dinares.» Yo contesté: «Verdaderamente, tienes razón. Este collar es falso. Lo mandé construir para burlarme de una amiga, á quien se lo regalé. Y ahora esta mujer ha muerto y le ha dejado el collar á la mía; de modo que hemos decidido venderlo por lo que den. Tómalo, véndelo en ese precio y tráeme los mil dracmas.» Y el astuto corredor se fué con el collar, después de haberme mirado con el ojo izquierdo.»

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

PERO CUANDO LLEGÓ
LA 28.ª NOCHE

Ella dijo:

He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que el médico judío continuó de este modo la historia del joven:

«El corredor, al ver que el joven no conocía el valor del collar, y se explicaba de aquel modo, comprendió en seguida que lo había robado ó se lo había encontrado, cosa que debía aclararse. Cogió, pues, el collar, y se lo llevó al jefe de los corredores del zoco, que se hizo cargo de él en seguida, y fué en busca del walí de la ciudad, á quien dijo: «Me habían robado este collar, y ahora hemos dado con el ladrón, que es un joven vestido como los hijos de los mercaderes, y está en tal parte, en casa de tal corredor.»

Y mientras yo aguardaba al corredor con el dinero, me vi rodeado y apresado por los guardias, que me llevaron á la fuerza á casa del walí. Y el walí me hizo preguntas acerca del collar, y yo le conté la misma historia que al corredor. Entonces el walí se echó á reir, y me dijo: «Ahora te enseñaré el precio de ese collar.» E hizo una seña á sus guardias, que me agarraron, me desnudaron, y me dieron tal cantidad de palos y latigazos, que me ensangrentaron todo el cuerpo. Entonces, lleno de dolor, les dije: «¡Os diré la verdad! ¡Ese collar lo he robado!» Me pareció que esto era preferible á declarar la terrible verdad del asesinato de la joven, pues me habrían sentenciado á muerte y me habrían ejecutado, para castigar el crimen.

Y apenas me había acusado de tal robo, me asieron del brazo y me cortaron la mano derecha, como á los ladrones, y me sumergieron el brazo en aceite hirviendo para cicatrizar la herida. Y caí desmayado de dolor. Y me dieron de beber una cosa que me hizo recobrar los sentidos. Entonces recogí mi mano cortada y regresé á mi casa.

Pero al llegar á ella, el propietario, que se había enterado de todo, me dijo: «Desde el momento que te has declarado culpable de robo y de hechos indignos, no puedes seguir viviendo en mi casa. Recoge, pues, lo tuyo y ve á buscar otro alojamiento.» Yo contesté: «Señor, dame dos ó tres días de plazo para que pueda buscar casa.» Y él me dijo: «Me avengo á otorgarte ese plazo.» Y dejándome, se fué.

En cuanto á mí, me eché al suelo, me puse á llorar, y decía: «¡Cómo he de volver á Mossul, mi país natal; cómo he de atreverme á mirar á mi familia, después que me han cortado una mano!... Nadie me creerá cuando diga que soy inocente. No puedo hacer mas que entregarme á la voluntad de Alah, que es el único que puede procurarme un medio de salvación.»

Los pesares y las tristezas me pusieron enfermo, y no pude ocuparme en buscar hospedaje. Y al tercer día, estando en el lecho, vi invadida mi habitación por los soldados del gobernador de Damasco, que venían con el amo de la casa y el jefe de los corredores. Y entonces el amo de la casa me dijo: «Sabe que el walí ha comunicado al gobernador general lo del robo del collar. Y ahora resulta que el collar no es de este jefe de los corredores, sino del mismo gobernador general, ó mejor dicho, de una hija suya, que desapareció también hace tres años. Y vienen para prenderte.»

Al oir esto, empezaron á temblar todos mis miembros y coyunturas, y me dije: «Ahora sí que me condenan á muerte sin remisión. Más vale declarárselo todo al gobernador general. El será el único juez de mi vida ó de mi muerte.» Pero ya me habían cogido y atado, y me llevaban con una cadena al cuello á presencia del gobernador general. Y nos pusieron entre sus manos á mí y al jefe de los corredores. Y el gobernador, mirándome, dijo á los suyos: «Este joven que me traéis no es un ladrón, y le han cortado la mano injustamente. Estoy seguro de ello. En cuanto al jefe de los corredores, es un embustero y un calumniador. ¡Apoderaos de él y metedlo en un calabozo!» Después el gobernador dijo al jefe de los corredores: «Vas á indemnizar en seguida á este joven por haberle cortado la mano; si no, mandaré que te ahorquen y confiscaré todos tus bienes, corredor maldito.» Y añadió, dirigiéndose á los guardias: «¡Quitádmelo de delante, y salid todos!» Entonces el gobernador y yo nos quedamos solos. Pero ya me habían libertado de la argolla del cuello, y tenía también los brazos libres.

Cuando todos se marcharon, el gobernador me miró con mucha lástima y me dijo: «¡Oh hijo mío! Ahora vas á hablarme con franqueza, diciéndome toda la verdad, sin ocultarme nada. Cuéntame, pues, cómo llegó este collar á tus manos.» Yo le contesté: «¡Oh mi señor y soberano! Te diré la verdad.» Y le referí cuanto me había ocurrido con la primera joven, cómo ésta me había proporcionado y traído á la casa á la segunda joven, y cómo, por último, llevada de los celos, había sacrificado á su compañera. Y se lo conté con todos sus pormenores. Pero no hay utilidad en repetirlos.

Y el gobernador, en cuanto lo hubo oído, inclinó la cabeza, lleno de dolor y amargura, y se cubrió la cara con el pañuelo. Y así estuvo durante una hora, y su pecho se desgarraba en sollozos. Después se acercó á mí, y me dijo:

«Sabe, ¡oh hijo mío! que la primera joven es mi hija mayor. Fué desde su infancia muy perversa, y por este motivo hube de criarla severamente. Pero apenas llegó á la pubertad, me apresuré á casarla, y con tal fin la envié al Cairo, á casa de un tío suyo, para unirla con uno de mis sobrinos, y por lo tanto, primo suyo. Se casó con él, pero su esposo murió al poco tiempo, y entonces ella volvió á mi casa. Y no había dejado de aprovechar su estancia en Egipto para aprender todo género de libertinaje. Y tú, que estuviste en Egipto, ya sabrás cuán expertas son en esto aquellas mujeres. No les basta con los hombres, y se aman y se mezclan unas con otras, y se embriagan y se pierden. Por eso, apenas estuvo de regreso mi hija, te encontró y se entregó á ti, y te fué á buscar cuatro veces seguidas. Pero con esto no le bastaba. Como ya había tenido tiempo para pervertir á su hermana, mi segunda hija, hasta el punto de inspirarle un amor apasionado, no le costó trabajo llevarla á tu casa, después de contarle cuanto hacía contigo. Y mi segunda hija me pidió permiso para acompañar á su hermana al zoco, y yo se lo concedí. ¡Y sucedió lo que sucedió!

Pero cuando mi hija mayor regresó sola, le pregunté dónde estaba su hermana. Y me contestó llorando, y acabó por decirme, sin cesar en sus lágrimas: «Se me ha perdido en el zoco, y no he podido averiguar qué ha sido de ella.» Eso fué lo que me dijo á mí. Pero no tardó en confiarse á su madre, y acabó por decirle en secreto la muerte de su hermana, asesinada en tu lecho por sus propias manos. Y desde entonces no cesa de llorar, y no deja de repetir día y noche: «¡Tengo que llorar hasta que me muera!» Y tus palabras, ¡oh hijo mío! no han hecho mas que confirmar lo que yo sabía, probando que mi hija había dicho la verdad. ¡Ya ves, hijo mío, cuan desventurado soy! De modo que he de expresarte un deseo y pedirte un favor, que confío no has de rehusarme. Deseo ardientemente que entres en mi familia, y quisiera darte por esposa á mi tercera hija, que es una joven buena, ingenua y virgen, y no tiene ninguno de los vicios de sus hermanas. Y no te pediré dote para este casamiento, sino que, al contrario, te remuneraré con largueza, y te quedarás en mi casa como un hijo.»

Entonces le contesté: «Hágase tu voluntad, ¡oh mi señor! Pero antes, como acabo de saber que mi padre ha muerto, quisiera mandar recoger su herencia.»

En seguida el gobernador envió un propio á Mossul, mi ciudad natal, para que en mi nombre recogiese la herencia dejada por mi padre. Y efectivamente, me casé con la hija del gobernador, y desde aquel día todos vivimos aquí la vida más próspera y dulce.

Y tú mismo, ¡oh médico! has podido comprobar con tus propios ojos cuán amado y honrado soy en esta casa. ¡Y no tendrás en cuenta la descortesía que he cometido contigo durante toda mi enfermedad tendiéndote la mano izquierda, puesto que me cortaron la derecha!

 

En cuanto á mí—prosiguió el médico judío—, mucho me maravilló esta historia, y felicité al joven por haber salido de aquel modo de tal aventura. Y él me colmó de presentes y me tuvo consigo tres días en palacio, y me despidió cargado de riquezas y bienes.

Y entonces me dediqué á viajar y á recorrer el mundo, para perfeccionarme en mi arte. Y he aquí que llegué á tu Imperio, ¡oh rey espléndido y poderoso! Y entonces fué cuando la noche pasada me ocurrió la desagradable aventura con el jorobado. ¡Tal es mi historia!

 

Entonces el rey de la China dijo: «Esa historia, aunque logró interesarme, te equivocas, ¡oh médico, porque no es tan maravillosa ni sorprendente como la aventura del jorobado; de modo que no me queda mas que mandaros ahorcar á los cuatro, y principalmente á ese maldito sastre, que es causa y principio de vuestro crimen.»

 

Oídas tales palabras, el sastre se adelantó entre las manos del rey de la China, y dijo: «¡Oh rey lleno de gloria! Antes de mandarnos ahorcar, permíteme hablar á mí también, y te referiré una historia que encierra cosas más extraordinarias que todas las demás historias juntas, y es más prodigiosa que la historia misma del jorobado.»

Y el rey de la China dijo: «Si dices la verdad, os perdonaré á todos. Pero ¡desdichado de ti si me cuentas una historia poco interesante y desprovista de cosas sublimes! Porque no vacilaré entonces en empalaros ti y á tus tres compañeros, haciendo que os atraviesen de parte á parte, desde la base hasta la cima.»

 

Entonces el sastre dijo:

Relato del sastre

Sabe, pues, ¡oh rey del tiempo! que antes de mi aventura con el jorobado me habían convidado en una casa donde se daba un festín á los principales miembros de los gremios de nuestra ciudad: sastres, zapateros, lenceros, barberos, carpinteros y otros.

Y era muy de mañana. Por eso, desde el amanecer, estábamos todos sentados en corro para desayunarnos, y no aguardábamos mas que al amo de la casa, cuando le vimos entrar acompañado de un joven forastero, hermoso, bien formado, gentil y vestido á la moda de Bagdad. Y era todo lo hermoso que se podía desear, y estaba tan bien vestido como pudiera imaginarse. Pero era ostensiblemente cojo. Luego que entró adonde estábamos, nos deseó la paz, y nos levantamos todos para devolverle su saludo. Después íbamos á sentarnos, y él con nosotros, cuando súbitamente le vimos cambiar de color y disponerse á salir. Entonces hicimos mil esfuerzos para detenerle entre nosotros. Y el amo de la casa insistió mucho y le dijo: «En verdad, no entendemos nada de esto. Te ruego que nos digas qué motivo te impulsa á dejarnos.»

Entonces el joven respondió: «¡Por Alah te suplico, ¡oh mi señor! que no insistas en retenerme! Porque hay aquí una persona que me obliga á retirarme, y es ese barbero que está sentado en medio de vosotros.»

Estas palabras sorprendieron extraordinariamente al amo de la casa, y nos dijo: «¿Cómo es posible que á este joven, que acaba de llegar de Bagdad, le moleste la presencia de ese barbero que está aquí?» Entonces todos los convidados nos dirigimos al joven, y le dijimos: «Cuéntanos, por favor, el motivo de tu repulsión hacia ese barbero.» Y él contestó: «Señores, ese barbero de cara de alquitrán y alma de betún fué la causa de una aventura extraordinaria que me sucedió en Bagdad, mi ciudad, y ese maldito tiene también la culpa de que yo esté cojo. Así es que he jurado no vivir nunca en la ciudad en que él viva, ni sentarme en sitio en donde él se sentara. Y por eso me vi obligado á salir de Bagdad, mi ciudad, para venir á este país lejano. Pero ahora me lo encuentro aquí. Y por eso me marcho ahora mismo, y esta noche estaré lejos de esta ciudad, para no ver á ese hombre de mal agüero.»

Y al oirlo, el barbero se puso pálido, bajó los ojos y no pronunció palabra. Entonces insistimos tanto con el joven, que se avino á contarnos de este modo su aventura con el barbero.

Historia del joven cojo con el barbero de Bagdad

«Sabed, ¡oh todos los aquí presentes! que mi padre era uno de los principales mercaderes de Bagdad, y por voluntad de Alah fuí su único hijo. Mi padre, aunque muy rico y estimado por toda la población, llevaba en su casa una vida pacífica, tranquila y llena de reposo. Y en ella me educó, y cuando llegué á la edad de hombre me dejó todas sus riquezas, puso bajo mi mando á todos sus servidores y á toda la familia, y murió en la misericordia de Alah, á quien fué á dar cuenta de la deuda de su vida. Yo seguí, como antes, viviendo con holgura, poniéndome los trajes más suntuosos y comiendo los manjares más exquisitos. Pero he de deciros que Alah, Omnipotente y Gloriosísimo, había infundido en mi corazón el horror á la mujer y á todas las mujeres, de tal modo, que sólo verlas me producía sufrimiento y agravio. Vivía, pues, sin ocuparme de ellas, pero muy feliz y sin desear cosa alguna.

Un día entre los días, iba yo por una de las calles de Bagdad, cuando vi venir hacia mí un grupo numeroso de mujeres. En seguida, para librarme de ellas, emprendí rápidamente la fuga y me metí en una calleja sin salida. Y en el fondo de esta calle había un banco, en el cual me senté á descansar.

Y cuando estaba sentado se abrió frente á mí una celosía, y apareció en ella una joven con una regadera en la mano, y se puso á regar las flores de unas macetas que había en el alféizar de la ventana.

¡Oh mis señores! He de deciros que al ver á esta joven sentí nacer en mí algo que en mi vida había sentido. Así es que en aquel mismo instante mi corazón quedó hechizado y completamente cautivo, mi cabeza y mis pensamientos no se ocuparon mas que de aquella joven, y todo mi pasado horror á las mujeres se transformó en un deseo abrasador. Pero ella, en cuanto hubo regado las plantas, miró distraídamente á la izquierda y luego á la derecha, y al verme me dirigió una larga mirada que me sacó por completo el alma del cuerpo. Después cerró la celosía y desapareció. Y por más que la estuve esperando hasta la puesta del sol, no volvió á aparecer. Y yo parecía un sonámbulo ó un ser que ya no pertenece á este mundo.

Mientras seguía sentado de tal suerte, he aquí que llegó y bajó de su mula, á la puerta de la casa, el kadí de la ciudad, precedido de sus negros y seguido de sus criados. El kadí entró en la misma casa en cuya ventana había yo visto á la joven, y comprendí que debía ser su padre.

Entonces volví á mi casa en un estado deplorable, lleno de pesar y de zozobra, y me dejé caer en el lecho. Y en seguida se me acercaron todas las mujeres de la casa, mis parientes y servidores, y se sentaron á mi alrededor y empezaron á importunarme acerca de la causa de mi mal. Y como nada quería decirles sobre aquel asunto, no les contesté palabra. Pero de tal modo fué aumentando mi pena de día en día, que caí gravemente enfermo y me vi muy atendido y muy visitado por mis amigos y parientes.

Y he aquí que uno de los días vi entrar en mi casa á una vieja, que en vez de gemir y compadecerse, se sentó á la cabecera del lecho y empezó á decirme palabras cariñosas para calmarme. Después me miró, me examinó atentamente, y pidió á mi servidumbre que me dejaran solo con ella. Entonces me dijo: «Hijo mío, sé la causa de tu enfermedad, pero necesito que me des pormenores.» Y yo le comuniqué en confianza todas las particularidades del asunto, y me contestó: «Efectivamente, hijo mío, esa es la hija del kadí de Bagdad y aquella casa es ciertamente su casa. Pero sabe que el kadí no vive en el mismo piso que su hija, sino en el de abajo. Y de todos modos, aunque la joven vive sola, está vigiladísima y bien guardada. Pero sabe también que yo voy mucho á esa casa, pues soy amiga de esa joven, y puedes estar seguro de que no has de lograr lo que deseas mas que por mi mediación. ¡Anímate, pues, y ten alientos!»

Estas palabras me armaron de firmeza, y en seguida me levanté y me sentí el cuerpo ágil y recuperada la salud. Y al ver esto, se alegraron todos mis parientes. Y entonces la anciana se marchó, prometiéndome volver al día siguiente para darme cuenta de la entrevista que iba á tener con la hija del kadí de Bagdad.

Y en efecto, volvió al día siguiente. Pero apenas le vi la cara, comprendí que no traía buenas noticias. Y la vieja me dijo; «Hijo mío, no me preguntes lo que acaba de suceder. Todavía estoy trastornada. Figúrate que en cuanto le dije al oído el objeto de mi visita, se puso de pie y me replicó muy airada: «Malhadada vieja, si no te callas en el acto y no desistes de tus vergonzosas proposiciones, te mandaré castigar como mereces.» Entonces, hijo mío, ya no dije nada; pero me propongo intentarlo por segunda vez. No se dirá que he fracasado en estos empeños, en los que soy más experta que nadie. Después me dejó y se fué.

Pero yo volví á caer enfermo con mayor gravedad, y dejé de comer y beber.

Sin embargo, la vieja, como me había ofrecido, volvió á mi casa á los pocos días, y su cara resplandecía, y me dijo sonriendo: «Vamos, hijo, ¡dame albricias por las buenas nuevas que te traigo!» Y al oirlo, sentí tal alegría, que me volvió el alma al cuerpo, y dije en seguida á la anciana: «Ciertamente, buena madre, te deberé el mayor beneficio.» Entonces ella me dijo: «Volví ayer á casa de la joven. Y cuando me vió muy triste y abatida y con los ojos arrasados en lágrimas, me preguntó: «¡Oh mísera! ¿por qué está tan oprimido tu pecho? ¿Qué te pasa?» Entonces se aumentó mi llanto, y le dije: «¡Oh hija mía y señora! ¿no recuerdas que vine á hablarte de un joven apasionadamente prendado de tus encantos? Pues bien; hoy está para morirse por culpa tuya.» Y ella, con el corazón lleno de lástima, y muy enternecida, preguntó: «¿Pero quién es ese joven de que me hablas?» Y yo le dije: «Es mi propio hijo, el fruto de mis entrañas. Te vió hace algunos días, cuando estabas regando las flores, y pudo admirar un momento los encantos de tu cara, y él, que hasta ese momento no quería ver ninguna mujer y se horrorizaba de tratar con ellas, está loco de amor por ti. Por eso, cuando le conté la mala acogida que me hiciste, recayó gravemente en su enfermedad. Y ahora acabo de dejarle tendido en los almohadones de su lecho, á punto de rendir el último suspiro al Creador. Y me temo que no haya esperanza de salvación para él.» A estas palabras palideció la joven, y me dijo: «¿Y todo eso es por causa mía?» Yo le contesté: «¡Por Alah, que así es! ¿Pero qué piensas hacer ahora? Soy tu sierva, y pondré tus órdenes sobre mi cabeza y sobre mis ojos.» Y la joven me dijo: «Ve en seguida á su casa, y transmítele de mi parte el saludo, y dile que me causa mucho dolor su pena. Y en seguida le dirás que mañana viernes, antes de la plegaria, le aguardo aquí. Que venga á casa, y ya diré á mi gente que le abran la puerta, y le haré subir á mi aposento, y pasaremos juntos toda una hora. Pero tendrá que marcharse antes de que mi padre vuelva de la oración.»

Oídas las palabras de la anciana, sentí que recobraba las fuerzas y que se desvanecían todos mis padecimientos y descansaba mi corazón. Y saqué del ropón una bolsa repleta de dinares y rogué á la anciana que la aceptase. Y la vieja me dijo: «Ahora reanima tu corazón y ponte alegre.» Y yo le contesté: «En verdad que se acabó mi mal.» Y en efecto, mis parientes notaron bien pronto mi curación, y llegaron al colmo de la alegría, lo mismo que mis amigos.

Aguardé, pues, de este modo hasta el viernes, y entonces vi llegar á la vieja. Y en seguida me levanté, me puse mi mejor traje, me perfumé con esencia de rosas, é iba á correr á casa de la joven, cuando la anciana me dijo: «Todavía queda mucho tiempo. Más vale que entretanto vayas al hammam á tomar un buen baño y que te den masaje, que te afeiten y depilen, puesto que ahora sales de una enfermedad. Verás qué bien te sienta.» Y yo respondí: «Verdaderamente, es una idea acertada. Pero mejor será llamar á un barbero, para que me afeite la cabeza, y después podré ir á bañarme al hammam.»

Mandé entonces á un sirviente que fuese á buscar á un barbero, y le dije: «Ve en seguida al zoco y busca un barbero que tenga la mano ligera, pero sobre todo que sea prudente y discreto, sobrio en palabras y nada curioso, que no me rompa la cabeza con su charla, como hacen la mayor parte de los de su profesión.» Y mi servidor salió á escape y me trajo un barbero viejo.

Y el barbero era ese maldito que veis delante de vosotros, ¡oh mis señores!

Cuando entró, me deseó la paz, y yo correspondí á su saludo de paz. Y me dijo: «¡Que Alah aparte de ti toda desventura, pena, zozobra, dolor y adversidad!» Y contesté: «¡Ojalá atienda Alah tus buenos deseos!» Y prosiguió: «He aquí que te anuncio la buena nueva, ¡oh mi señor! y la renovación de tus fuerzas y tu salud. ¿Y qué he de hacer ahora? ¿Afeitarte ó sangrarte? Pues no ignoras que nuestro gran Ibn-Abbas dijo: «El que se corta el pelo el día del viernes alcanza el favor de Alah, pues aparta de él setenta clases de calamidades.» Y el mismo Ibn-Abbas ha dicho: «Pero el que se sangra el viernes ó hace que le apliquen ese mismo día ventosas escarificadas, se expone á perder la vista y corre el riesgo de coger todas las enfermedades.» Entonces le contesté: «¡Oh jeique! basta ya de chanzas; levántate en seguida para afeitarme la cabeza, y hazlo pronto, porque estoy débil y no puedo hablar ni aguardar mucho.»

Entonces se levantó y cogió un paquete cubierto con un pañuelo, en que debía llevar la bacía, las navajas y las tijeras; lo abrió, y sacó, no la navaja, sino un astrolabio de siete facetas. Lo cogió, se salió al medio del patio de mi casa, levantó gravemente la cara hacia el sol, lo miró atentamente, examinó el astrolabio, volvió, y me dijo: «Has de saber que este viernes es el décimo día del mes de Safar del año 763 de la hégira de nuestro Santo Profeta; ¡vayan á él la paz y las mejores bendiciones! Y lo sé por la ciencia de los números, la cual me dice que este viernes coincide con el preciso momento en que se verifica la conjunción del planeta Mirrikh con el planeta Hutared, por siete grados y seis minutos. Y esto viene a demostrar que el afeitarse hoy la cabeza es una acción fausta y de todo punto admirable. Y claramente me indica también que tienes la intención de celebrar una entrevista con una persona cuya suerte se me muestra como muy afortunada. Y aún podría contarte más cosas que te han de suceder, pero son cosas que debo callarlas.»

Yo contesté: «¡Por Alah! Me ahogas con tanto discurso y me arrancas el alma. Parece también que no sepas mas que vaticinar cosas desagradables. Y yo sólo te he llamado para que me afeites la cabeza. Levántate, pues, y aféitame sin más discursos.» Y el barbero replicó: «¡Por Alah! Si supieses la verdad de las cosas, me pedirías más pormenores y más pruebas. De todos modos, sabe que, aunque soy barbero, soy algo más que barbero. Pues además de ser el barbero más reputado de Bagdad, conozco admirablemente, aparte del arte de la medicina, las plantas y los medicamentos, la ciencia de los astros, las reglas de nuestro idioma, el arte de las estrofas y de los versos, la elocuencia, la ciencia de los números, la geometría, el álgebra, la filosofía, la arquitectura, la historia y las tradiciones de todos los pueblos de la tierra. Por eso tengo mis motivos para aconsejarte, ¡oh mi señor! que hagas exactamente lo que dispone el horóscopo que acabo de obtener gracias á mi ciencia y al examen de los cálculos astrales. Y da gracias á Alah, que me ha traído á tu casa, y no me desobedezcas, porque sólo te aconsejo tu bien por el interés que me inspiras. Ten en cuenta que no te pido mas que servirte un año entero sin ningún salario. Pero no hay que dejar de reconocer, á pesar de todo, que soy un hombre de bastante mérito y que me merezco esta justicia.»

A estas palabras le respondí: «Eres un verdadero asesino, que te has propuesto volverme loco y matarme de impaciencia.»

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

PERO CUANDO LLEGÓ
LA 29.ª NOCHE

Ella dijo:

He llegado á saber ¡oh rey afortunado! que cuando el joven dijo al barbero: «Vas á volverme loco y á matarme de impaciencia», el barbero respondió:

«Sabe, sin embargo, ¡oh mi señor! que soy un hombre á quien todo el mundo llama el Silencioso, á causa de mi poca locuacidad. De modo que no me haces justicia creyéndome un charlatán, sobre todo si te tomas la molestia de compararme, siquiera sea por un momento, con mis hermanos. Porque sabe que tengo seis hermanos que ciertamente son muy charlatanes, y para que los conozcas te voy á decir sus nombres: el mayor se llama El-Bacbuk, ó sea el que al hablar hace un ruido como un cántaro que se vacía; el segundo, El-Haddar, ó el que muge repetidas veces como un camello; el tercero, Bacbac, ó el Cacareador hinchado; el cuarto, El-Kuz El-Assuaní, ó el Botijo irrompible de Assuan; el quinto, El-Aschâ, ó la Camella preñada, ó el Gran Caldero; el sexto, Schakalik, ó el Tarro hendido, y el séptimo, El-Samet, ó el Silencioso; y este silencioso es tu servidor.»

Cuando oí todo este flujo de palabras, sentí que la impaciencia me reventaba la vejiga de la hiel, y exclamé dirigiéndome á mis criados: «¡Dadle en seguida un cuarto de diñar á este hombre y que se largue de aquí! Porque renuncio en absoluto á afeitarme.» Pero el barbero; apenas oyó esta orden, dijo: «¡Oh mi señor! ¡qué palabras tan duras acabo de escuchar de tus labios! Porque ¡por Alah! sabe que quiero tener el honor de servirte sin ninguna retribución, y de servirte sin remedio, pues considero un deber el ponerme á tus órdenes y ejecutar tu voluntad. Y me creería deshonrado para toda mi vida si aceptara lo que quieres darme tan generosamente. Porque sabe que si tú no tienes idea alguna de mi valía, yo, en cambio, estimo en mucho la tuya. Y estoy seguro de que eres digno hijo de tu difunto padre. (¡Alah lo haya recibido en Su misericordia!) Pues tu padre era acreedor mío por todos los beneficios de que me colmaba. Y era un hombre lleno de generosidad y de grandeza, y me tenía gran estimación, hasta el punto de que un día me mandó llamar, y era un día bendito como éste; y cuando llegué á su casa le encontré rodeado de muchos amigos, y á todos los dejó para venir á mi encuentro, y me dijo: «Te ruego que me sangres.» Entonces saqué el astrolabio, medí la altura del sol, examiné escrupulosamente los cálculos, y descubrí que la hora era nefasta y que aquel día era muy peligrosa la operación de sangrar. Y en seguida comuniqué mis temores á tu difunto padre, y tu padre se sometió dócilmente á mis palabras, y tuvo paciencia hasta que llegó la hora fausta y propicia para la operación. Entonces le hice una buena sangría, y se la dejó hacer con la mayor docilidad, y me dió las gracias más expresivas, y por si no fuese bastante, me las dieron también todos los presentes. Y para remunerarme por la sangría, me dió en el acto tu difunto padre cien dinares de oro.»

Yo, al oir estas palabras, le dije: «¡Ojalá no haya tenido Alah compasión de mi difunto padre, por lo ciego que estuvo al recurrir á un barbero como tú!» Y el barbero, al oirme, se echó á reir, meneando la cabeza, y exclamó: «¡No hay más Dios que Alah, y Mahoma es el enviado de Alah! ¡Bendito sea el nombre de Aquel que transforma y no se transforma! Ahora bien, ¡oh joven! yo te creía dotado de razón, pero estoy viendo que la enfermedad que tuviste te ha perturbado por completo el juicio y te hace divagar. Pero esto no me asombra, pues conozco las palabras santas dichas por Alah en nuestro Santo y Precioso Libro, en el versículo que empieza de este modo: «Los que reprimen su ira y perdonan á los hombres culpables...» De modo, que me avengo á olvidar tu sinrazón para conmigo y olvido también tus agravios, y de todo ello te disculpo. Pero, en realidad, he de confesarte que no comprendo tu impaciencia ni me explico su causa. ¿No sabes que tu padre no emprendía nunca nada sin consultar antes mi opinión? Y á fe que en esto seguía el proverbio que dice: «¡El hombre que pide consejo se resguarda!» Y yo, está seguro de ello, soy un hombre de valía, y no encontrarás nunca tan buen consejero como este tu servidor, ni persona más versada en los preceptos de la sabiduría y en el arte de dirigir hábilmente los negocios. Heme, pues, aquí, plantado sobre mis dos pies, aguardando tus órdenes y dispuesto por completo á servirte. Pero dime, ¿cómo es que tú no me aburres y en cambio te veo tan fastidiado y tan furioso? Verdad es que si tengo tanta paciencia contigo es sólo por respeto á la memoria de tu padre, á quien soy deudor de muchos beneficios.» Entonces le repliqué: «¡Por Alah! ¡Ya es demasiado! Me estás matando con tu charla. Te repito que sólo te he mandado llamar para que me afeites la cabeza y te marches en seguida.»

Y diciendo esto, me levanté muy furioso, y quise echarle y alejarle de allí, á pesar de tener ya mojado y jabonado el cráneo. Entonces, sin alterarse, prosiguió: «En verdad que acabo de comprobar que te fastidio sobremanera. Pero no por eso te tengo mala voluntad, pues comprendo que tu inteligencia no está muy desarrollada, y que además eres todavía demasiado joven. Pues no hace mucho tiempo que aún te llevaba yo á caballo sobre mis espaldas, para conducirte de este modo á la escuela, á la cual no querías ir.» Y le contesté: «¡Vamos, hermano, te conjuro por Alah y por su verdad santa, que te vayas de aquí y me dejes dedicarme á mis ocupaciones! ¡Vete por tu camino!» Y al pronunciar estas palabras, me dió tal ataque de impaciencia, que me desgarré las vestiduras y empecé á dar gritos inarticulados, como un loco.

Y cuando el barbero me vió en aquel estado, se decidió á coger la navaja y á pasarla por la correa que llevaba á la cintura. Pero gastó tanto tiempo en pasar y repasar el acero por el cuero, que estuve á punto de que se me saliese el alma del cuerpo. Pero, al fin, acabó por acercarse á mi cabeza, y empezó á afeitarme por un lado, y, efectivamente, iban desapareciendo algunos pelos. Después se detuvo, levantó la mano, y me dijo: «¡Oh joven dueño mío! Los arrebatos son tentaciones del Cheitán.» Y me recitó estas estrofas:

¡Oh sabio! ¡Medita mucho tiempo tus propósitos, y no tomes nunca resoluciones precipitadas, sobre todo cuando te elijan para ser juez en la tierra!

¡Oh juez! ¡Nunca juzgues con dureza, y encontrarás misericordia cuando te toque el turno fatal!

¡Y no olvides jamás que no hay en la tierra mano tan poderosa que no pueda ser humillada por la mano de Alah, que la domina!

¡Y tampoco olvides que el tirano ha de encontrar siempre otro tirano que le oprimirá!

Después me dijo: «¡Oh mi señor! Ya veo sobradamente que no te merecen ninguna consideración mis méritos ni mi talento. Y sin embargo, esta misma mano que hoy te afeita es la misma mano que toca y acaricia la cabeza de los reyes, emires, visires y gobernadores; en una palabra, la cabeza de toda la gente ilustre y noble. Y debía referirse á mí ó á alguien que se me pareciese el poeta que habló de este modo: