¡En lo más profundo de mi corazón hay para ti un secreto que no puedo revelar, un pensamiento íntimo y oculto que nunca traduciré en palabras!

¡Oh tú, que humillas á la brillante luna, orgullosa de su belleza! ¡oh tú, rostro radiante, que avergüenzas á la mañana y á la resplandeciente aurora!

¡Te he consagrado un culto mudo; te dediqué, ¡oh vaso selecto! un signo mortal y tinos votos que de continuo se acrecientan y embellecen!

¡Y ahora ardo y me derrito por completo! ¡Tu rostro es mi paraíso! ¡Estoy seguro de morir de esta sed abrasadora! ¡Y sin embargo, tus labios podrían apagarla y refrescarme con su miel!

Terminadas estas estrofas, recitó otras no menos admirables, pero en otro sentido, dirigidas al eunuco. Y así estuvo diciendo versos durante una hora, tan pronto dedicados á Agib como al esclavo. Y luego que sus huéspedes se hubieron saciado, Hassán se levantó á fin de traerles lo indispensable para que se lavasen. Y al efecto les presentó un hermoso jarro de cobre muy limpio; les echó agua perfumada en las manos y se las limpió después con una hermosa toalla de seda que le pendía de la cintura. Y en seguida les roció con agua de rosas, sirviéndose de un aspersorio de plata que guardaba cuidadosamente en el estante más alto de su tienda, sacándolo nada más que en las ocasiones solemnes. Y no contento aún, salió un instante para volver en seguida, trayendo en la mano dos alcarrazas llenas de sorbete de agua de rosas, y les ofreció una á cada uno, diciendo: «Aceptadlo y coronad así vuestra condescendencia.» Entonces Agib cogió una alcarraza y bebió, y luego se la entregó al eunuco, que bebió y se la entregó otra vez á Agib, que bebió y se la volvió á entregar al esclavo, y así sucesivamente, hasta que llenaron bien el vientre y se vieron hartos como nunca lo habían estado en su vida. Y por último, dieron las gracias al pastelero, y se retiraron muy de prisa para llegar al campamento antes de que se ocultase el sol.

Y llegados á las tiendas, Agib se apresuró á besar la mano á su abuela y á su madre Sett El-Hosn. Y la abuela le dió otro beso, acordándose de su hijo Badreddin, y hubo de suspirar y llorar mucho. Y después recitó estas dos estrofas:

¡Si no tuviese la esperanza de que los objetos separados han de reunirse algún día, nada habría aguardado ya desde que te fuiste!

¡Pero hice el juramento de que no entraría en mi corazón más amor que el tuyo! ¡Y Alah mi señor, que conoce todos los secretos, puede atestiguar que lo he cumplido!

Después le dijo á Agib: «Hijo mío, ¿por dónde estuviste?» Y él contestó: «Por los zocos de Damasco.» Y ella dijo: «Ya debes tener mucho apetito.» Y se levantó y le trajo una terrina llena del famoso dulce de granada, deliciosa especialidad en que era muy diestra, y cuyas primeras nociones había dado á su hijo Badreddin siendo él muy niño.

Y ordenó al eunuco: «Puedes comer con tu amo Agib.» Y el eunuco, haciendo muecas, se decía: «¡Por Alah! ¡Maldito el apetito que tengo! ¡No podré comer ni un bocado!» Pero fué á sentarse junto á su señor.

Y Agib, que se había sentado también, se encontraba con el estómago lleno de cuanto había comido y bebido en la pastelería. Sin embargo, tomó un poco de aquel dulce, pero no pudo tragarlo por lo harto que estaba. Además le pareció muy poco azucarado. Y en realidad no era así ni mucho menos. Porque la culpa era de él, pues no podía estar más ahíto de lo que estaba. Así es que, haciendo un gesto de repugnancia, dijo á su abuela: «¡Oh abuela! Este dulce no está bien hecho.» Y la abuela, despechada, exclamó: «¿Cómo te atreves á decir que no están bien hechos mis dulces? ¿Ignoras que no hay en el mundo quien me iguale en el arte de la repostería y la confitería, como no sea tu padre Hassán Badreddin, y eso porque yo le enseñé?» Pero Agib repuso: «¡Por Alah, abuela, que á este plato le falta algo de azúcar! No se lo digas á mi madre ni á mi abuelo; pero sabe que acabamos de comer en el zoco, donde nos ha obsequiado un pastelero, ofreciéndonos este mismo plato. ¡Ah! ¡sólo su perfume ensanchaba el corazón! Y su saber delicioso habría despertado el apetito de un enfermo. Y realmente, este plato preparado por ti no se le puede comparar ni con mucho, abuela mía.»

Y la abuela, enfurecida al oir estas palabras, lanzó una terrible mirada al eunuco Said y le dijo...

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Entonces, su hermana, la joven Doniazada, le dijo: «¡Oh hermana mía! ¡Cuán dulces y agradables son tus palabras, y cuán delicioso y encantador ese cuento!»

Y Schahrazada sonrió y dijo: «Sí, hermana mía; pero nada vale comparado con lo que os contaré la próxima noche, si vivo aún, por merced de Alah y gusto del rey.»

Y el rey dijo para sí: «¡Por Alah! No la mataré antes de oir la continuación de su historia, pues realmente es una historia en extremo asombrosa y extraordinaria.»

Después el rey Schahriar y Schahrazada pasaron enlazados el resto de la noche, hasta que salió el sol.

Inmediatamente el rey Schahriar fué á la sala de sus justicias, y se llenó el diván con la multitud de visires, chambelanes, guardias y gente de palacio. Y el rey juzgó y dispuso nombramientos y destituciones, y gobernó y despachó los asuntos pendientes, hasta que hubo acabado el día.

Y luego se levantó el diván, regresó el rey al palacio, y cuando llegó la noche fué á buscar á Schahrazada, la hija del visir, y no dejó de hacer con ella su cosa acostumbrada.

Y ERA LA 24.ª NOCHE

Y la joven Doniazada, en cuanto se hubo terminado la cosa, se apresuró á levantarse del tapiz y dijo á Schahrazada:

«¡Oh hermana mía! Te suplico que termines ese cuento tan hermoso de la historia del bello Hassán Badreddin y de su mujer, la hija de su tío Chamseddin. Estabas precisamente en estas palabras: «La abuela lanzó una terrible mirada al eunuco Said, y le dijo...» ¿Qué le dijo?»

Y Schahrazada, sonriendo á su hermana, repuso: «La proseguiré de todo corazón y buena voluntad, pero no sin que este rey tan bien educado me lo permita.»

Entonces, el rey, que aguardaba impaciente el final del relato, dijo á Schahrazada: «Puedes continuar.»

Y Schahrazada dijo:

He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que la abuela de Agib se encolerizó mucho, miró al esclavo de una manera terrible, y le dijo: «Pero ¡desdichado! ¡Así has pervertido á este niño! ¿Cómo te atreviste á hacerle entrar en tiendas de cocineros ó pasteleros?» Á estas palabras de la abuela de Agib, el eunuco, muy asustado, se apresuró á negar, y dijo: «No hemos entrado en ninguna pastelería; no hicimos mas que pasar por delante.» Pero Agib insistió tenazmente: «¡Por Alah! Hemos entrado y hemos comido muy bien.» Y maliciosamente añadió: «Y te repito, abuela, que aquel dulce estaba mucho mejor que este que nos ofreces.»

Entonces la abuela se marchó indignada en busca del visir para enterarle de aquel «terrible delito del eunuco de alquitrán». Y de tal modo excitó al visir contra el esclavo, que Chamseddin, hombre de mal genio, que solía desahogarse á gritos contra la servidumbre, se apresuró á marchar con su cuñada en busca de Agib y el eunuco. Y exclamó: «¡Said! ¿Es cierto que entraste con Agib en una pastelería?» Y el eunuco, aterrado, dijo: «No es cierto, no hemos entrado.» Pero Agib, maliciosamente, repuso: «¡Sí que hemos entrado! ¡Y además, cuanto hemos comido! ¡Ay, abuela! Tan rico estaba, que nos hartamos hasta la nariz. Y luego hemos tomado un sorbete delicioso, con nieve, de lo más exquisito. Y el complaciente pastelero no economizó en nada el azúcar, como la abuela.» Entonces aumentó la ira del visir, y volvió á preguntar al eunuco, pero éste seguía negando. En seguida el visir le dijo: «¡Said! Eres un embustero. Has tenido la audacia de desmentir á este niño, que dice la verdad, y sólo podría creerte si te comieras toda esta terrina preparada por mi cuñada. Así me demostrarías que te hallas en ayunas.»

Entonces, Said, aunque ahito por la comilona en casa de Badreddin, quiso someterse á la prueba. Y se sentó frente á la terrina, dispuesto á empezar; pero hubo de dejarlo al primer bocado, pues estaba hasta la garganta. Y tuvo que arrojar el bocado que tomó, apresurándose á decir que la víspera había comido tanto en él pabellón con los demás esclavos, que había cogido una indigestión. Pero el visir comprendió en seguida que el eunuco había entrado realmente aquel día en la tienda del pastelero. Y ordenó que los otros esclavos lo tendiesen en tierra, y él mismo, con toda su fuerza, le propinó una gran paliza. Y el eunuco, lleno de golpes, pedía piedad, pero seguía gritando: «¡Oh mi señor, es cierto que cogí una indigestión!» Y como el visir ya se cansaba de pegarle, se detuvo y le dijo: «¡Vamos! ¡Confiesa la verdad!» Entonces el eunuco se decidió y dijo: «Sí, mi señor, es verdad. Hemos entrado en una pastelería en el zoco. Y lo que se nos dió allí de comer era tan rico, que en mi vida probé una cosa semejante. ¡No como este plato horrible y detestable! ¡Por Alah! ¡Qué malo es!»

Entonces el visir se echó á reír de muy buena gana; pero la abuela no pudo dominar su despecho, y dijo: «¡Calla, embustero! ¿A que no traes un plato como éste? Todo eso que has dicho no es mas que una invención tuya. Ve, si no, á buscar una terrina de ese mismo dulce. Y si la traes, podremos comparar mi trabajo y el de ese pastelero. Mi cuñado será quien juzgue.» Y el eunuco contestó: «No hay inconveniente.» Entonces la abuela le dió medio dinar y una terrina de porcelana, vacía.

Y el eunuco salió, marchando á la pastelería, donde dijo al pastelero: «He aquí que acabamos de apostar en favor de ese plato de granada, que sabes hacer, contra otro que han preparado los criados. Aquí tienes medio dinar, pero preséntalo con toda tu pericia, pues si no, me apalearán de nuevo. Todavía me duelen las costillas.» Entonces Hassán se echó á reír y le dijo: «No tengas cuidado; sólo hay en el mundo una persona que sepa hacer este dulce, y es mi madre. ¡Pero está en un país muy lejano!»

Después Badreddin llenó muy cuidadosamente la terrina, y aún hubo de mejorarla añadiéndole un poco de almizcle y de agua de rosas. Y el eunuco regresó á toda prisa al campamento. Entonces la abuela de Agib tomó la terrina y se apresuró á probar el dulce, para darse cuenta de su calidad y su sabor. Y apenas lo llevó á los labios, exhaló un grito y cayó de espaldas.

Y el visir y todos los demás no salían de su asombro, y se apresuraron á rociar con agua de rosas la cara de la abuela, que al cabo de una hora pudo volver en sí. Y dijo: «¡Por Alah! ¡El autor de este plato de granada no puede ser mas que mi hijo Hassán Badreddin, y no otro alguno! ¡Estoy segura de ello! ¡Soy la única que sabe prepararlo de esta manera, y sólo se lo enseñé á mi hijo Hassán!»

Y al oirla, el visir llegó al límite de la alegría y de la impaciencia, y exclamó: «¡Alah va á permitir por fin que nos reunamos!» En seguida llamó á sus servidores, y después de meditar unos momentos, concibió un plan, y les dijo: «Id veinte de vosotros inmediatamente á la pastelería de ese Hassán, conocido en el zoco por Hassán El-Bassrauí, y haced pedazos cuanto haya en la tienda. Amarrad al pastelero con la tela de su turbante y traédmelo aquí, pero sin hacerle daño alguno.»

Luego montó á caballo, y provisto de las cartas oficiales, se fué á la casa del gobierno para ver al lugarteniente que representaba en Damasco á su señor el sultán de Egipto. Y mostró las cartas del sultán al lugarteniente gobernador, que se inclinó al leerlas, besándolas respetuosamente y poniéndoselas sobre la cabeza con veneración. Después, volviéndose al visir, le dijo: «Estoy á tus órdenes. ¿De quién quieres apoderarte?» Y el visir le contestó: «Solamente de un pastelero del zoco.» Y el gobernador dijo: «Pues es muy fácil.» Y mandó á sus guardias que fuesen á prestar auxilio á los servidores del visir. Y después de despedirse del gobernador, volvió el visir á sus tiendas.

Por su parte, Hassán Badreddin vió llegar gente armada con palos, piquetas y hachas, que invadieron súbitamente la pastelería, haciéndolo pedazos todo, tirando por los suelos los dulces y pasteles, y destruyendo, en fin, la tienda entera. Después, apoderándose del espantadísimo pastelero, le ataron con la tela de su turbante, sin decir palabra. Y Hassán pensaba: «¡Por Alah! La causa de todo esto debe haber sido esa maldita terrina. ¿Qué habrán encontrado en ella?»

Y acabaron por llevarle al campamento, á presencia del visir. Y Hassán Badreddin, muy asustado, exclamó: «¡Señor! ¿Qué crimen he cometido?» Y el visir le dijo: «¿Eres tú quien ha preparado ese dulce de granada?» Y Hassán repuso: «¡Oh mi señor! ¿Has encontrado en él algo por lo cual deban cortarme la cabeza?» Y el visir replicó severamente: «¿Cortarte la cabeza? Eso sería un castigo demasiado suave. Algo peor te ha de pasar, como irás viendo.»

Porque el visir había encargado á las dos damas que le dejasen obrar á su gusto, pues no quería darles cuenta de sus investigaciones hasta su llegada al Cairo.

Llamó, pues, á sus esclavos, y les dijo: «Que se me presente uno de nuestros camelleros. Y traed un cajón grande de madera.» Y los esclavos obedecieron en seguida. Después, por orden del visir, se apoderaron del atemorizado Hassán y le hicieron entrar en el cajón, que cerraron cuidadosamente. En seguida lo cargaron en el camello, levantaron las tiendas, y la comitiva se puso en marcha. Y así caminaron hasta la noche. Entonces se detuvieron para comer, y á fin de que Hassán también comiese, le dejaron salir unos instantes, encerrándole después de nuevo. Y de este modo prosiguieron el viaje. De cuando en cuando se detenían, y se hacía salir á Hassán para encerrarle luego de ser sometido á un interrogatorio del visir, que le preguntaba cada vez: «¿Eres tú el que preparó el dulce de granada?» Y Hassán contestaba siempre: «¡Oh mi señor! Así es, en verdad.» Y el visir exclamaba: «¡Atad á ese hombre y encerradle en el cajón!»

Y de este modo llegaron al Cairo. Pero antes de entrar en la ciudad, el visir hizo que sacaran á Hassán del cajón y se lo presentasen. Y entonces dispuso: «¡Que venga en seguida un carpintero!» Y el carpintero compareció, y el visir le dijo: «Toma las medidas de alto y de ancho para construir una picota que le vaya bien á este hombre, y adáptala á un carretón, que arrastrará una pareja de búfalos.» Y Hassán, espantado, exclamó: «¡Señor! ¿Qué vas á hacer conmigo?» Y el visir dijo: «Clavarte en la picota y llevarte por la ciudad para que todos te vean.» Y Hassán repuso: «Pero ¿cuál es mi crimen, para que me castigues de ese modo?» Entonces el visir Chamseddin le dijo: «¡La negligencia con que preparaste el plato de granada! Le faltaban condimento y aroma.» Y al oirlo Hassán se aporreó con las manos la cabeza, y dijo: «¡Por Alah! ¡Todo eso es mi crimen! ¿Y no es otra la causa de este suplicio del viaje, y de que sólo me hayas dado de comer una vez al día, y pienses, por añadidura, clavarme en la picota?» Y el visir respondió: «Ciertamente, esa es toda la causa; ¡por la falta de condimento!»

Entonces Hassán llegó al límite del asombro, y levantando los brazos al cielo se puso á reflexionar profundamente. Y el visir le dijo: «¿En qué piensas?» Y Hassán respondió: «¡Por Alah! Pienso en que hay muchos locos en este mundo. Porque si tú no fueses el más loco de todos los locos, no me hubieras tratado así porque falte un poco de aroma en un plato de granada.» Y el visir elijo: «He de enseñarte á que no reincidas, y no veo otro medio.» Pero Hassán exclamó: «¡Pues tu manera de proceder es un crimen muchísimo mayor que el mío, y debías empezar por castigarte!» Entonces el visir contestó: «¡No te preocupes! ¡La picota es lo que más te conviene!»

Y mientras tanto, el carpintero seguía preparando allí mismo el poste del suplicio, y de cuando en cuando dirigía miradas á Hassán, como queriéndole decir: «¡Por Alah, que has de estar muy á tu gusto!»

Pero á todo esto se hizo de noche. Y se apoderaron de Hassán y nuevamente lo encerraron en el cajón. Y su tío le dijo: «¡Mañana te crucificaremos!» Después aguardó á que Hassán se hubiese dormido dentro de su cárcel. Entonces dispuso que cargasen la caja en un camello y dió la orden de partir, no deteniéndose hasta llegar al palacio.

Y fué entonces cuando quiso revelárselo todo á su hija y á su cuñada. Y dijo á su hija Sett El-Hosn: «¡Loado sea Alah, que nos ha permitido encontrar á tu primo Hassán Badreddin! ¡Ahí le tienes! ¡Marcha, hija mía, y sé feliz! Y procura colocar los muebles, los tapices y todo lo de la casa y de la cámara nupcial exactamente lo mismo que estaban la noche de tus bodas.» Y Sett El-Hosn, casi en el límite de la emoción, dió al momento las órdenes necesarias, y sus siervas se levantaron en seguida, y pusieron manos á la obra, encendiendo los candelabros. Y el visir les dijo: «Voy á auxiliar vuestra memoria.» Y abrió un armario, y sacó el papel con la lista de los muebles y de todos los objetos, con la indicación de los sitios que ocupaban. Y fué leyendo muy detenidamente esta lista, cuidando que cada cosa se pusiera en su lugar. Y tan á maravilla se hizo todo, que el observador más inteligente se habría creído aún en la noche de la boda de Sett El-Hosn con el jorobado.

En seguida el visir colocó con sus propias manos las ropas de Hassán donde éste las dejó: el turbante en la silla, el calzoncillo en el lecho, los calzones y el ropón en el diván, con la bolsa de los mil dinares y el contrato del judío, volviendo á coser en el turbante el pedazo de hule con los papeles que contenía.

Después recomendó á Sett El-Hosn que se vistiese como la primera noche, disponiéndose á recibir á su primo y esposo Hassán Badreddin, y que cuando éste entrase, le dijera: «¡Oh, cuánto tiempo has estado en el retrete! ¡Por Alah! Si estás indispuesto, ¿por qué no lo dices? ¿Acaso no soy tu esclava?» Y le recomendó también, aunque en realidad Sett El-Hosn no necesitaba esta advertencia, que se mostrase muy cariñosa con su primo y le hiciese pasar la noche lo más agradablemente posible.

Y luego el visir apuntó la fecha de este día bendito. Y fué al aposento donde estaba Hassán encerrado en el cajón. Lo mandó sacar mientras dormía, le desató las piernas, lo desnudó y no le dejó mas que una camisa fina y un gorro en la cabeza, lo mismo que la noche de la boda. Y después se escabulló, abriendo las puertas que conducían á la cámara nupcial, para que Hassán se despertase solo.

Y Hassán no tardó en despertarse, y atónito al verse casi desnudo en aquel corredor tan maravillosamente alumbrado, y que no se le hacia desconocido, dijo: «¡Por Alah! ¿estaré despierto ó soñando?»

Pasados los primeros instantes de sorpresa, se arriesgó á levantarse y mirar á través de una de las puertas que se abrían en el pasillo. Y al momento perdió la respiración. Acababa de reconocer la sala donde se había celebrado la fiesta en honor suyo y con tal detrimento para el jorobado. Y al mirar por la puerta que conducía á la cámara nupcial, vió su turbante encima de una silla y en el diván su ropón y sus calzones. Entonces, llena de sudor la frente, se dijo: «¿Estaré despierto? ¿Estaré soñando? ¿Estaré loco?» Y quiso avanzar, pero adelantaba un paso y retrocedía otro, limpiándose á cada momento la frente, bañada de un sudor frío. Y al fin exclamó: «¡Por Alah! No es posible dudarlo. ¡Esto es un sueño! Pero ¿no estaba yo amarrado y metido en un cajón? ¡No; esto no es un sueño!» Y así llegó hasta la entrada de la cámara nupcial, y cautelosamente avanzó la cabeza.

Y he aquí que Sett El-Hosn, tendida en el lecho, en toda su hermosura, levantó gentilmente una de las puntas del mosquitero de seda azul y dijo: «¡Oh dueño querido! ¡Cuánto tiempo has estado en el retrete! ¡Ven en seguida!»

Y entonces el pobre Hassán se echó á reir á carcajadas, como un tragador de haschich ó un fumador de opio, y gritaba: «¡Oh, qué sueño tan asombroso! ¡Qué sueño tan embrollado!» Y avanzó con infinitas precauciones, como si pisara serpientes, agarrando con una mano el faldón de la camisa y tentando en el aire con la otra, como un ciego ó como un borracho.

Después, sin poder resistir la emoción, se sentó en la alfombra y empezó á reflexionar profundamente. Y es el caso que veía allí mismo, delante de él, sus calzones tal como eran, abombados y con sus pliegues bien hechos, su turbante de Bassra, su ropón, y colgando, los cordones de la bolsa.

Y nuevamente le habló Sett El-Hosn desde el interior del lecho y le dijo: «¿Qué haces, mi querido? ¡Te veo perplejo y tembloroso! ¡Ah! ¡No estabas así al principio!»

Entonces, Badreddin, sin levantarse y apretándose la frente con las manos, empezó á abrir y á cerrar la boca, con una risa de loco, y al fin pudo decir: «¿Qué principio? ¿Y de qué noche? ¡Por Alah! ¡Si hace años y años que me ausenté!»

Entonces Sett El-Hosn le dijo: «¡Oh querido mío! ¡Tranquilízate! ¡Por el nombre de Alah sobre ti y en torno de ti! ¡Tranquilízate! Hablo de esta noche que acabas de pasar en mis brazos, ¡la noche del poderoso ariete! Saliste un instante y has tardado cerca de una hora. Pero ya veo que no te encuentras bien. ¡Ven, ojos míos, á que te dé calor; ven, alma mía!»

Pero Badreddin siguió riendo como un loco, y dijo: «¡Puede que digas la verdad! ¡Es posible que me haya dormido en el retrete y que haya soñado!» Después añadió: «¡Pero qué sueño tan desagradable! Figúrate que he soñado que era algo así como cocinero ó pastelero en la ciudad de Damasco, en Siria, muy lejos de aquí, y que vivía diez años en ese oficio. He soñado también con un muchacho, seguramente hijo de noble, al que acompañaba un eunuco. Y me ocurrió con él tal aventura...» Y el pobre Hassán, notando que el sudor le bañaba la frente, fué á enjugarla, pero entonces tentó la huella de la piedra que le había herido, y dió un salto y dijo: «¡Por Alah! ¡Esta es la cicatriz de la pedrada que me tiró aquel muchacho!» Después reflexionó un instante, y añadió: «¡Es efectivamente un sueño! Este golpe es posible que me lo hayas dado tú hace un momento, en uno de nuestros transportes.» Y luego dijo: «Sigo contándote mi sueño. Llegué á Damasco, pero no sé cómo. Era una mañana, y yo iba como ahora me ves, en camisa y con un gorro blanco: el gorro del jorobado. Y los habitantes no sé qué querían hacer conmigo. Heredé la tienda de un pastelero, un viejecillo muy amable. ¡Pero claro, esto no ha sido un sueño! Porque he preparado un plato de granada que no tenía bastante aroma... ¿Y después?... ¿Pero he soñado todo esto ó ha sido realidad?...»

Entonces Sett El-Hosn exclamó: «¡Querido mío, realmente has soñado cosas muy extrañas! ¡Por favor, prosigue hasta el final!»

Y Hassán Badreddin, interrumpiéndose de cuando en cuando para lanzar exclamaciones, refirió á Sett El-Hosn toda la historia, real ó soñada, desde el principio hasta el fin. Y luego añadió: «¡Cuando pienso que por poco me crucifican! ¡Y me hubiesen crucificado si no se disipa oportunamente el sueño! ¡Por Alah! ¡Todavía sudo al acordarme del cajón!»

Y Sett El-Hosn le preguntó: «¿Y por qué te querían crucificar?» Y él contestó: «Por haber aromatizado poco el dulce de granada. ¡Oh! Me esperaba la terrible picota con un carretón arrastrado por dos búfalos del Nilo. Pero gracias á Alah, todo ha sido un sueño... Y á fe que la pérdida de mi pastelería, destruída por completo, me dió mucha pena.»

Entonces, Sett El-Hosn, que ya no podía más, saltó de la cama, se echó en brazos de Hassán Badreddin, y estrechándole contra su pecho empezó á besarle todo. Pero él no se movía. Y de pronto dijo: «¡No, no! ¡Esto no es un sueño! ¡Por Alah! ¿dónde estoy? ¿dónde está la verdad?»

Y el pobre Hassán, llevado suavemente al lecho en brazos de Sett El-Hosn, se tendió extenuado y cayó en un sueño profundo, velado por su esposa, que de cuando en cuando le oía murmurar: «¡Es la realidad! ¡No! ¡Es un sueño!»

Con la mañana volvió la calma al espíritu de Hassán Badreddin, que al despertarse se encontró en brazos de Sett El-Hosn, viendo al pie del lecho á su tío el visir Chamseddin, que en seguida le deseó la paz. Y Badreddin le dijo: «¡Por Alah! ¿No has sido tú quien mandó que me atasen los brazos y has dispuesto la destrucción de mi tienda? ¡Y todo ello por estar poco aromatizado el dulce de granada!»

Entonces, el visir Chamseddin, como ya no había razón para callar, le dijo:

«¡Oh hijo mío! Sabe que eres Hassán Badreddin, hijo de mi difunto hermano Nureddin, visir de Bassra. Y si te he hecho sufrir tales tratos ha sido para tener una nueva prueba con que identificarte y saber que eras tú, y no otro, el que entró en la casa de mi hija la noche de la boda. Y esa prueba la he tenido al ver que conocías (pues yo estaba escondido detrás de ti) la casa y los muebles, y después tu turbante, tus calzones y tu bolsillo, y sobre todo, la etiqueta de esta bolsa y el pliego sellado del turbante, que contiene las instrucciones de tu padre Nureddin. Dispénsame, pues, hijo mío; porque no tenía otro medio de conocerte, ya que no te hube visto nunca, pues naciste en Bassra. ¡Oh hijo mío! Todo esto se debe á una divergencia que surgió hace muchos años entre tu padre Nureddin y yo, que soy tu tío.»

Y el visir le contó toda la historia, y después le dijo: «¡Oh hijo mío! En cuanto á tu madre, la he traído de Bassra, y la vas á ver, lo mismo que á tu hijo Agib, fruto de tu primera noche de bodas con tu prima.» Y el visir corrió á llamarlos.

El primero en llegar fué Agib, que esta vez se echó en brazos de su padre, y Badreddin, lleno de alegría, recitó estos versos:

¡Cuando te fuiste, me puse á llorar, y las lágrimas se desbordaban de mis párpados!

¡Y juré que si Alah reunía alguna vez á los amantes, afligidos por su separación, mis labios no volverían á hablar de la pasada ausencia!

¡La felicidad ha cumplido lo que ofreció y ha pagado su deuda! ¡Y mi amigo ha vuelto! ¡Levántate hacia aquel que trajo la dicha y recógete los faldones de tu ropón para servirle!

Apenas concluyó de recitar, cuando llegó sollozando la abuela de Agib, madre de Badreddin, y se precipitó en los brazos de su hijo, casi desmayada de júbilo.

Y á la vuelta de grandes expansiones y lágrimas de alegría, se contaron mutuamente sus historias y sus penas y todos sus padecimientos.

Dieron después gracias á Alah por haberlos reunido sanos y salvos, y volvieron á vivir en la felicidad y entre puras delicias y sin privarse de nada, ¡hasta que les visitó la Separadora de los amigos, la Destructora de la felicidad, la Irreparable, la Inevitable!»

 

Y esta es ¡oh rey afortunado!—dijo Schahrazada al rey Schahriar—la historia maravillosa que el visir Giafar Al-Barmakí refirió al califa Harún Al-Rachid, Emir de los Creyentes de la ciudad de Bagdad. Y son estas también las aventuras del visir Chamseddin, de su hermano el visir Nureddin y de Hassán Badreddin, hijo de Nureddin.

Y el califa Harún Al-Rachid dijo: «¡Por Alah, que todo esto es verdaderamente asombroso!» Y admirado hasta el límite de la admiración, sonrió agradecido á su visir Giafar, y ordenó á los escribas de palacio que escribiesen con oro y con su más bella letra esta maravillosa historia y que la conservasen cuidadosamente en el armario de los papeles, para que sirviese de lección á los hijos de los hijos.

Y la discreta y sagaz Schahrazada, dirigiéndose al rey Schahriar, sultán de la India y de la China, prosiguió de este modo: «Pero no creas, ¡oh rey afortunado! que esta historia sea tan admirable como la que ahora te contaré si no estás cansado!» Y el rey Schahriar le preguntó: «¿Qué historia es esa?» Y Schahrazada dijo: «Es mucho más admirable que todas las otras.» Y el rey Schahriar preguntó: «Pero ¿cómo se llama?» Y ella dijo:

«Es la historia del sastre, el jorobado, el judío, el nazareno y el barbero de Bagdad.»

Entonces el rey exclamó: «¡Te lo concedo! ¡Puedes contarla!»

Historia del jorobado, con el sastre, el corredor nazareno, el intendente y el médico judío; lo que de ello resultó, y sus aventuras sucesivamente referidas.

Entonces Schahrazada dijo al rey Schahriar:

He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que en la antigüedad del tiempo y en lo pasado de las edades y de los siglos, hubo en una ciudad de la China un hombre que era sastre y estaba muy satisfecho de su condición. Amaba las distracciones apacibles y tranquilas y de cuando en cuando acostumbraba á salir con su mujer, para pasearse y recrear la vista con el espectáculo de las calles y los jardines. Pero cierto día que ambos habían pasado fuera de casa, al regresar á ella, al anochecer, encontraron en el camino á un jorobado de tan grotesca facha, que era antídoto de toda melancolía y haría reir al hombre más triste, disipando todo pesar y toda aflicción. Inmediatamente se le acercaron el sastre y su mujer, divirtiéndose tanto con sus chanzas, que le convidaron á pasar la noche en su compañía. El jorobado hubo de responder á esta oferta como era debido, uniéndose á ellos, y llegaron juntos á la casa. Entonces el sastre se apartó un momento para ir al zoco antes de que los comerciantes cerrasen sus tiendas, pues quería comprar provisiones con que obsequiar al huésped. Compró pescado frito, pan fresco, limones, y un gran pedazo de halaua[11] para postre. Después volvió, puso todas estas cosas delante del jorobado, y todos se sentaron á comer.

Mientras comían alegremente, la mujer del sastre tomó con los dedos un gran trozo de pescado y lo metió por broma todo entero en la boca del jorobado, tapándosela con la mano para que no escupiera el pedazo, y dijo: «¡Por Alah! Tienes que tragarte ese bocado de una vez sin remedio, ó si no, no te suelto.»

Entonces, el jorobado, tras de muchos esfuerzos, acabó por tragarse el pedazo entero. Pero desgraciadamente para él, había decretado el Destino que en aquel bocado hubiese una enorme espina. Y esta espina se le atravesó en la garganta, ocasionándole en el acto la muerte.

Al llegar á este punto de su relato, vió Schahrazada, hija del visir, que se acercaba la mañana, y con su habitual discreción no quiso proseguir la historia, para no abusar del permiso concedido por el rey Schahriar.

Entonces, su hermana la joven Doniazada le dijo: «¡Oh hermana mía! ¡Cuán gentiles, cuán dulces y cuán sabrosas son tus palabras!» Y Schahrazada respondió: «¿Pues qué dirás la noche próxima, cuando oigas la continuación, si es que vivo aún, porque así lo disponga la voluntad de este rey lleno de buenas maneras y de cortesía?»

Y el rey Schahriar dijo para sí: «¡Por Alah! No la mataré hasta no oir lo que falta de esta historia, que es muy sorprendente.»

Después el rey Schahriar cogió á Schahrazada entre sus brazos, y pasaron enlazados el resto de la noche, hasta que llegó la mañana. Entonces el rey se levantó y se fué á la sala de justicia. Y en seguida entró el visir, y entraron asimismo los emires, los chambelanes y los guardias, y el diván se llenó de gente. Y el rey empezó á juzgar y á despachar asuntos, dando un cargo á este, destituyendo á aquel, sentenciando en los pleitos pendientes, y ocupando su tiempo de este modo hasta acabar el día. Terminado el diván, el rey volvió á sus aposentos y fué en busca de Schahrazada.

Y CUANDO LLEGÓ
LA 25.ª NOCHE

Doniazada dijo á Schahrazada: «¡Oh hermana mía! Te ruego que nos cuentes la continuación de esa historia del jorobado, con el sastre y su mujer.» Y Schahrazada repuso: «¡De todo corazón y como debido homenaje! Pero no sé si lo consentirá el rey.» Entonces el rey se apresuró á decir: «Puedes contarla.» Y Schahrazada dijo:

He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que cuando el sastre vió morir de aquella manera al jorobado, exclamó: «¡Sólo Alah el Altísimo y Omnipotente posee la fuerza y el poder! ¡Qué desdicha que este pobre hombre haya venido á morir precisamente entre nuestras manos!» Pero la mujer replicó: «¿Y qué piensas hacer ahora? ¿No conoces estos versos del poeta?»

¡Oh alma mía! ¿por qué te sumerges en lo absurdo hasta enfermar? ¿Por qué te preocupas con aquello que te acarreará la pena y la zozobra?

¿No temes al fuego, puesto que vas á sentarte en él? ¿No sabes que quien se acerca al fuego se expone á abrasarse?

Entonces su marido le dijo: «No sé, en verdad, qué hacer.» Y la mujer respondió: «Levántate, que entre los dos lo llevaremos, tapándole con una colcha de seda, y lo sacaremos ahora mismo de aquí, yendo tú detrás y yo delante. Y por todo el camino irás diciendo en alta voz: «¡Es mi hijo, y ésta es su madre! Vamos buscando á un médico que lo cure. ¿En dónde hay un médico?»

Al oír el sastre estas palabras se levantó, cogió al jorobado en brazos, y salió de la casa en seguimiento de su esposa. Y la mujer empezó á clamar: «¡Oh mi pobre hijo! ¿Podremos verte sano y salvo? ¡Dime! ¿Sufres mucho? ¡Oh maldita viruela! ¿En qué parte del cuerpo te ha brotado la erupción?» Y al oirlos, decían los transeuntes: «Son un padre y una madre que llevan á un niño enfermo de viruelas.» Y se apresuraban á alejarse.

Y así siguieron andando el sastre y su mujer, preguntando por la casa de un médico, hasta que los llevaron á la de un médico judío. Llamaron entonces, y en seguida bajó una negra, abrió la puerta, y vió á aquel hombre que llevaba un niño en brazos, y á la madre que lo acompañaba. Y ésta le dijo: «Traemos un niño para que lo vea el médico. Toma este dinero, un cuarto de dinar, y dáselo adelantado á tu amo, rogándole que baje á ver al niño, porque está muy enfermo.»

Volvió á subir entonces la criada, y en seguida la mujer del sastre traspuso el umbral de la casa, hizo entrar á su marido, y le dijo: «Deja en seguida ahí el cadáver del jorobado. Y vámonos á escape.» Y el sastre soltó el cadáver del jorobado, dejándolo arrimado al muro, sobre un peldaño de la escalera, y se apresuró á marcharse, seguido por su mujer.

En cuanto á la negra, entró en casa de su amo el médico judío, y le dijo: «Ahí abajo queda un enfermo, acompañado de un hombre y una mujer, que me han dado para ti este cuarto de dinar para que recetes algo que le alivie.» Y cuando el médico judío vió el cuarto de dinar, se alegró mucho y se apresuró á levantarse; pero con la prisa no se acordó de coger una luz para bajar. Y por esto tropezó con el jorobado, derribándole. Y muy asustado, al ver rodar á un hombre, le examinó en seguida, y al comprobar que estaba muerto, se creyó causante de su muerte. Y gritó entonces: «¡Oh Señor! ¡Oh Alah justiciero! Por las diez palabras santas!» Y siguió invocando á Harún, á Yuschah[12], hijo de Nun, y á los demás. Y dijo: «He aquí que acabo de tropezar con este enfermo, y le he tirado rodando por la escalera. Pero ¿cómo salgo yo ahora de casa con un cadáver?» De todos modos, acabó por cogerlo y llevarlo desde el patio á su habitación, donde lo mostró á su mujer, contando todo lo ocurrido. Y ella exclamó aterrorizada: «¡No, aquí no lo podemos tener! ¡Sácalo de casa cuanto antes! Como continúe con nosotros hasta la salida del sol, estamos perdidos sin remedio. Vamos á llevarlo entre los dos á la azotea y desde allí lo echaremos á la casa de nuestro vecino el musulmán. Ya sabes que nuestro vecino es el intendente proveedor de la cocina del rey, y su casa está infestada de ratas, perros y gatos, que bajan por la azotea para comerse las provisiones de aceite, manteca y harina. Por tanto, esos bichos no dejarán de comerse este cadáver, y lo harán desaparecer.»

Entonces el médico judío y su mujer cogieron al jorobado y lo llevaron á la azotea, y desde allí lo hicieron descender pausadamente hasta la casa del mayordomo, dejándolo de pie contra la pared de la cocina. Después se alejaron, descendiendo á su casa tranquilamente.

Pero haría pocos momentos que el jorobado se hallaba arrimado contra la pared, cuando el intendente, que estaba ausente, regresó á su casa, abrió la puerta, encendió una vela, y entró. Y encontró á un hijo de Adán de pie en un rincón, junto á la pared de la cocina. Y el intendente, sorprendidísimo, exclamó: «¿Qué es eso? ¡Por Alah! He aquí que el ladrón que acostumbraba á robar mis provisiones no era un bicho, sino un ser humano. Este es el que me roba la carne y la manteca, á pesar de que las guardo cuidadosamente por temor á los gatos y á los perros. Bien inútil habría sido matar á todos los perros y gatos del barrio, como pensé hacer, puesto que este individuo es el que bajaba por la azotea.» Y en seguida agarró el intendente una enorme estaca, yéndose para el hombre, y le dió de garrotazos, y aunque le vió caer, le siguió apaleando. Pero como el hombre no se movía, el intendente advirtió que estaba muerto, y entonces dijo desolado: «¡Sólo Alah el Altísimo y Omnipotente posee la fuerza y el poder!» Y después añadió: «¡Malditas sean la manteca y la carne, y maldita esta noche! Se necesita tener toda la mala suerte que yo tengo para haber matado así á este hombre. Y no sé qué hacer con él.» Después lo miró con mayor atención, comprobando que era jorobado. Y le dijo: «¿No te basta con ser jorobeta? ¿Querías también ser ladrón y robarme la carne y la manteca de mis provisiones? ¡Oh Dios protector, ampárame con el velo de tu poder!» Y como la noche se acababa, el intendente se echó á cuestas al jorobado, salió de su casa y anduvo cargado con él, hasta que llegó á la entrada del zoco. Paróse entonces, colocó de pie al jorobado junto á una tienda, en la esquina de una bocacalle, y se fué.

Y al poco tiempo de estar allí el cadáver del jorobado, acertó á pasar un nazareno. Era el corredor de comercio del sultán. Y aquella noche estaba beodo. Y en tal estado iba al hammam á bañarse. Su borrachera le incitaba á las cosas más curiosas, y se decía: «¡Vamos, que eres casi como el Mesías!» Y marchaba haciendo eses y tambaleándose, y acabó por llegar adonde estaba el jorobado. Y entonces quiso orinar. Pero de pronto vió al jorobado delante de él, apoyado contra la pared. Y al encontrarse con aquel hombre, que seguía inmóvil, se le figuró que era un ladrón y que acaso fuese quien le había robado el turbante, pues el corredor nazareno iba sin nada á la cabeza. Entonces se abalanzó contra aquel hombre, y le dió un golpe tan violento en la nuca, que lo hizo caer al suelo. Y en seguida empezó á dar gritos llamando al guarda del zoco. Y con la excitación de su embriaguez, siguió golpeando al jorobado y quiso estrangularlo, apretándole la garganta con ambas manos. En este momento llegó el guarda del zoco, y vió al nazareno encima del musulmán, dándole golpes y á punto de ahogarlo. Y el guarda dijo: «¡Deja á ese hombre y levántate!» Y el cristiano se levantó.

Entonces el guarda del zoco se acercó al jorobado, que se hallaba tendido en el suelo, lo examinó, y vió que estaba muerto. Y gritó entonces: «¿Cuándo se ha visto que un nazareno tenga la audacia de golpear á un musulmán y matarlo?» Y el guarda se apoderó del nazareno, le ató las manos á la espalda y le llevó á casa del walí[13]. Y el nazareno se lamentaba y decía: «¡Oh Mesías, oh Virgen! ¿Cómo habré podido matar á ese hombre? ¡Y qué pronto ha muerto, sólo de un puñetazo! Se me pasó la borrachera, y ahora viene la reflexión.»

Llegados á casa del walí, el nazareno y el cadáver del jorobado quedaron encerrados toda la noche, hasta que el walí se despertó por la mañana. Entonces el walí interrogó al nazareno, que no pudo negar los hechos referidos por el guarda del zoco. Y el walí no pudo hacer otra cosa que condenar á muerte á aquel nazareno que había matado á un musulmán. Y ordenó que el portaalfanje pregonara por toda la ciudad la sentencia de muerte del corredor nazareno. Luego mandó que levantasen la horca y llevasen á ella al sentenciado.

Entonces se acercó el portaalfanje y preparó la cuerda, hizo el nudo corredizo, se lo pasó al nazareno por el cuello, y ya iba á tirar de él, cuando de pronto el proveedor del sultán hendió la muchedumbre y abriéndose camino hasta el nazareno, que estaba de pie junto á la horca, dijo al portaalfanje: «¡Detente! ¡Yo soy quien ha matado á ese hombre!» Entonces el walí le preguntó: «¿Y por qué le mataste?» Y el intendente dijo: «Vas á saberlo. Esta noche, al entrar en mi casa, advertí que se había metido en ella descolgándose por la terraza, para robarme las provisiones. Y le di un golpe en el pecho con un palo, y en seguida le vi caer muerto. Entonces le cogí á cuestas; y le traje al zoco, dejándole de pie arrimado contra una tienda en tal sitio y en tal esquina. Y he aquí que ahora, con mi silencio, iba á ser causa de que matasen á este nazareno, después de haber sido yo quien mató á un musulmán. ¡A mí, pues, hay que ahorcarme!»

Cuando el walí hubo oído las palabras del proveedor, dispuso que soltasen al nazareno, y dijo al portaalfanje: «Ahora mismo ahorcarás á este hombre, que acaba de confesar su delito.»

Entonces el portaalfanje cogió la cuerda que había pasado por el cuello del cristiano y rodeó con ella el cuello del proveedor, lo llevó junto al patíbulo, y lo iba á levantar en el aire, cuando de pronto el médico judío atravesó la muchedumbre, y dijo á voces al portaalfanje: «¡Aguarda! ¡El único culpable soy yo!» Y después contó así la cosa: «Sabed todos que este hombre me vino á buscar para consultarme, á fin de que lo curara. Y cuando yo bajaba la escalera para verle, como era de noche, tropecé con él y rodó hasta lo último de la escalera, convirtiéndose en un cuerpo sin alma. De modo que no deben matar al proveedor, sino á mí solamente.»

Entonces el walí dispuso la muerte del médico judío. Y el portaalfanje quitó la cuerda del cuello del proveedor y la echó al cuello del médico judío, cuando se vió llegar al sastre, que, atropellando á todo el mundo, dijo: «¡Detente! Yo soy quien lo maté. Y he aquí lo que ocurrió. Salí ayer de paseo y regresaba á mi casa al anochecer. En el camino encontré á este jorobado, que estaba borracho y muy divertido, pues llevaba en la mano una pandereta y se acompañaba con ella cantando de una manera chistosísima. Me detuve para contemplarle y divertirme, y tanto me regocijó, que lo convidé á comer en mi casa. Y compré pescado entre otras cosas, y cuando estábamos comiendo, tomó mi mujer un trozo de pescado, que colocó en otro de pan, y se lo metió todo en la boca á este hombre, y el bocado le ahogó, muriendo en el acto. Entonces lo cogimos entre mi mujer y yo y lo llevamos á casa del médico judío. Bajó á abrirnos una negra, y yo le dije lo que le dije. Después le di un cuarto de dinar para su amo. Y mientras ella subía, agarré en seguida al jorobado y lo puse de pie contra el muro de la escalera, y yo y mi mujer nos fuimos á escape. Entretanto, bajó el médico judío para ver al enfermo; pero tropezó con el jorobado, que cayó en tierra, y el judío creyó que lo había matado él.»

Y en este momento, el sastre se volvió hacia el médico judío y le dijo: «¿No fué así?» El médico repuso: «¡Esa es la verdad!» Entonces, el sastre, dirigiéndose al walí, exclamó: «¡Hay, pues, que soltar al judío y ahorcarme á mí!»

El walí, prodigiosamente asombrado, dijo entonces: «En verdad que esta historia merece escribirse en los anales y en los libros.» Después mandó al portaalfanje que soltase al judío y ahorcase al sastre, que se había declarado culpable. Entonces el portaalfanje llevó al sastre junto á la horca, le echó la soga al cuello, y dijo: «¡Esta vez va de veras! ¡Ya no habrá ningún otro cambio!» Y agarró la cuerda.

¡He aquí todo, por el momento!

 

En cuanto al jorobado, no era otro que el bufón del sultán, que ni una hora podía separarse de él. Y el jorobado, después de emborracharse aquella noche, se escapó de palacio, permaneciendo ausente toda la noche. Y al otro día, cuando el sultán preguntó por él, le dijeron: «¡Oh señor, el walí te dirá que el jorobado ha muerto, y que su matador iba á ser ahorcado! Por eso el walí había mandado ahorcar al matador, y el verdugo se preparaba á ejecutarle; pero entonces se presentó un segundo individuo, y luego un tercero, diciendo todos: «¡Yo soy el único que ha matado al jorobado!» Y cada cual contó al walí la causa de la muerte.

Y el sultán, sin querer escuchar más, llamó á un chambelán y le dijo: «Baja en seguida en busca del walí y ordénale que traiga á toda esa gente que está junto á la horca.»

Y el chambelán bajó, y llegó junto al patíbulo, precisamente cuando el verdugo iba á ejecutar al sastre. Y el chambelán gritó: «¡Detente!» Y en seguida le contó al walí que esta historia del jorobado había llegado á oídos del rey. Y se lo llevó, y se llevó también al sastre, al médico judío, al corredor nazareno y al proveedor, mandando transportar también el cuerpo del jorobado, y con todos ellos marchó en busca del sultán.

Cuando el walí se presentó entre las manos del rey, se inclinó y besó la tierra, y refirió toda la historia del jorobado, con todos sus pormenores, desde el principio hasta el fin. Pero es inútil repetirla.

El sultán, al oir tal historia, se maravilló mucho y llegó al límite más extremo de la hilaridad. Después mandó á los escribas de palacio que escribieran esta historia con aguja de oro. Y luego preguntó á todos los presentes: «¿Habéis oído alguna vez historia semejante á la del jorobado?»

Entonces el corredor nazareno avanzó un paso, besó la tierra entre las manos del rey, y dijo: «¡Oh rey de los siglos y del tiempo! Sé una historia mucho más asombrosa que nuestra aventura con el jorobado. La referiré, si me das tu venia, porque es mucho más sorprendente, más extraña y más deliciosa que la del jorobado.»

Y dijo el rey: «¡Ciertamente! Desembucha lo que hayas de decir para que lo oigamos.»

Entonces, el corredor nazareno dijo: