¡No temas nada! ¡Penetra tu lanza en el objeto de tu amor! ¡Y no hagas caso de los consejos del envidioso, pues no será el envidioso quien sirva á tus amores!

¡Piensa que el Clemente no creó más hermoso espectáculo que el de dos amantes entrelazados en la cama!

¡Míralos! ¡Ahí están, pegados uno á otro, cubiertos de bendiciones! ¡Sus manos y sus brazos les sirven de almohadas!

¡Cuando el mundo ve á dos corazones unidos por ardiente pasión, trata de herirlos con el acero frío!

¡Pero tú no hagas caso! ¡Cuando el Destino pone una beldad á tu paso, es para que la ames y para que con ella únicamente vivas!

Y esto es todo lo que acaeció á Hassán Badreddin y á Sett El-Hosn, la hija de su tío.

El efrit, por su parte, se apresuró á ir en busca de su compañera la efrita, y uno y otra admiraron á los dos jóvenes dormidos, asistiendo antes á sus juegos y contando los ataques del ariete. Luego el efrit dijo á la efrita: «Habrás visto, hermana, que tenía yo razón. Ahora debes cargar con el joven y llevarlo al mismo sitio de donde lo cogí, al cementerio de Bassra, en la tourbeh de su padre Nureddin. Y hazlo pronto, que yo te ayudaré, pues ya apunta el día y no es posible que dejemos así las cosas.» Entonces la efrita levantó al joven Hassán dormido, se lo echó á cuestas, sin más ropa que la camisa, porque el calzoncillo se le había caído en uno de sus embates, y voló con él, seguida de cerca por el efrit. De improviso, durante esta carrera por el aire, al efrit le asaltaron ideas lúbricas respecto á la efrita, y quiso violarla yendo cargada con el hermoso Hassán. Y la efrita no se hubiese opuesto en otra ocasión, pero ahora temía por el joven. Además intervino, afortunadamente, Alah, enviando contra el efrit á unos ángeles, que le echaron encima una columna de fuego y lo abrasaron. Y la efrita y Hassán se vieron libres del terrible efrit, que acaso los hubiese desplomado desde aquella altura. ¡Porque el efrit es terrible en su copulación! Entonces la efrita descendió al suelo, hacia el mismo sitio donde había caído el efrit, con el cual habría copulado de no llevar á Hassán, por el que temía mucho la efrita.

Pero había escrito el Destino que el lugar donde la efrita depositara á Hassán Badreddin (por no atreverse á transportarlo ella sola más lejos) estaría muy próximo á la ciudad de Damasco, en el país de Scham[7]. Y entonces la efrita llevó á Hassán muy cerca de una de las puertas de la ciudad, lo dejó suavemente en tierra y echó á volar otra vez.

Cuando llegó la aurora, abriéronse las puertas de la ciudad, y los que salieron de ella se asombraron, ante aquel maravilloso joven dormido, sin más ropa que la camisa y con un gorro de dormir en la cabeza en vez de turbante. Y se decían unos á otros: «¡Es asombroso! ¡Mucho habrá tenido que velar para estar ahora dormido tan profundamente!» Y otros dijeron: «¡Alah, Alah! ¡Hermoso joven! ¡Dichosa y afortunada la mujer que con él se ha acostado! Pero ¿por qué estará completamente desnudo?» Otros contestaron: «Probablemente, este pobre joven habrá pasado en la taberna más tiempo del preciso, y habrá bebido más de lo que pueda resistir. Y al regresar de noche, habrá encontrado cerradas las puertas, decidiéndose á dormir en el suelo.»

Pero mientras conversaban de este modo, se levantó la brisa matinal, y acariciando al hermoso joven, le alzó la camisa. ¡Y entonces se vió aparecer un vientre, un ombligo, unas piernas y unos muslos como de cristal! Y un zib y unos compañones muy bien proporcionados. Y este espectáculo maravilló á las gentes, que admiraban todo aquello.

Despertó entonces Badreddin, y hallándose tumbado cerca de aquella puerta desconocida y rodeado por tantas personas, se sorprendió mucho, y exclamó: «¿Dónde estoy, buena gente? Os ruego que lo digáis. ¿Y por qué me rodeáis así? ¿Qué es lo que ocurre?» Y le contestaron: «Nos hemos detenido por el gusto de verte. Pero ¿no sabes que te hallas á las puertas de Damasco? ¿En dónde has pasado la noche, para estar completamente en cueros?» Y Hassán replicó: «¡Por Alah, buena gente! ¿qué me decís? He pasado la noche en El Cairo. ¿Y me decís que estoy en Damasco?» Entonces se echaron á reir todos, y uno de ellos dijo: «¡Ah, gran tragador de haschich!» Y dijeron otros: «Está loco, sin remedio. ¡Lástima que esté demente un joven tan hermoso!» Y otros añadieron: «Pero en fin, ¿qué historia es esa con que has querido engañarnos?» Entonces Hassán Badreddin contestó: «¡Por Alah! ¡buena gente, yo no miento nunca! Os afirmo y repito que esta noche la he pasado en El Cairo, y la anterior en mi pueblo, que es Bassra.» Al oirle, uno gritó: «¡Qué cosa más sorprendente!» Otro dijo: «¡Está loco!» Y algunos se desternillaban de risa, dando palmadas. Y otros dijeron: «¿No es una verdadera lástima que un joven tan admirable haya perdido la razón? ¡Qué loco tan singular!» Y otro, más prudente, le dijo: «Hijo mío, vuelve en ti y no digas semejantes extravagancias.» Entonces Hassán contestó: «Sé muy bien lo que digo. Además, habéis de saber que anoche, en El Cairo, pasé una noche muy agradable como recién casado.» Entonces todos se convencieron de su locura. Y uno de ellos exclamó riéndose: «Ya veis que este pobre joven se ha casado en sueños. ¿Y qué tal es ese matrimonio? ¿Cuántos cayeron? ¿Era una hurí ó una ramera?» Pero Badreddin empezaba á enfadarse, y les dijo: «Pues sí que era una hurí, y no he copulado en sueños, sino quince veces entre sus muslos, y he ocupado el lugar de un asqueroso jorobado, y me he puesto su gorro de dormir, que es éste.» Y luego recapacitó un momento, y dijo: «Pero ¡por Alah! buena gente, ¿en dónde está mi turbante, y mis calzoncillos, y mi ropón, y mis calzones? Y sobre todo, ¿en dónde está mi bolsillo?»

Y Hassán se levantó y buscó su traje á su alrededor. Y entonces todos empezaron á guiñarse el ojo y hacérse señas de que el joven estaba loco de remate.

Entonces el pobre Hassán se decidió á entrar en la ciudad tal como estaba, y tuvo que atravesar las calles y los zocos en medio de un gran cortejo de niños y de mayores, que gritaban: «¡Es un loco! ¡un loco!» Y el pobre Hassán ya no sabía qué hacer, cuando Alah, temiendo que al hermoso joven le ocurriese algo, le hizo pasar por junto á una pastelería que acababa de abrirse. Y Hassán se refugió en la tienda, y como el pastelero era un hombre de puños, cuyas hazañas eran muy conocidas en la ciudad, la gente tuvo miedo y se retiró, dejando en paz al joven.

Cuando el pastelero, que se llamaba El-Hadj Abdalá, vió al joven Hassán Badreddin y pudo examinarle á su gusto, le maravilló su hermosura, sus encantos y sus dones naturales, y rebosante de cariño el corazón, le dijo: «¡Oh gentil mancebo! dime de dónde vienes. Nada temas; pero refiéreme tu historia, pues ya te quiero más que á mi misma vida.» Y Hassán contó entonces toda su historia al pastelero Hadj Abdalá, desde el principio hasta el fin.

Y el pastelero, profundamente maravillado, dijo á Hassán: «¡Oh mi joven señor Badreddin! En verdad que esa historia es muy sorprendente y muy extraordinario tu relato. Pero te aconsejo, hijo mío, que á nadie se lo cuentes, pues es peligroso hacer confidencias. Te ofrezco mi tienda, y vivirás conmigo hasta que Alah se digne dar término á las desgracias que te afligen. Además, yo no tengo hijos, y me darás mucho gusto si quieres aceptarme por padre. Yo te adoptaría como hijo.» Y Hassán respondió: «¡Aceptado! ¡sea según tu deseo!»

En seguida fué al zoco el pastelero, y compró trajes magníficos con que vestir al joven, y lo llevó á casa del kadí, y ante testigos prohijó á Hassán Badreddin.

Y Hassán permaneció en la pastelería como hijo del amo, y cobraba el dinero de los parroquianos, y les vendía pasteles, tarros de dulce, fuentes llenas de crema y toda la confitería famosa de Damasco, y aprendió en seguida el oficio de pastelero, que le gustaba mucho, por las lecciones recibidas de su madre, la mujer del visir Nureddin, que preparaba pasteles, y dulces delante de él cuando era niño.

Y como en toda la ciudad de Damasco fué elogiada la hermosura de Hassán, el gallardo joven de Bassra, hijo adoptivo del pastelero, la tienda de Hadj Abdalá llegó á ser la más frecuentada de todas las pastelerías de Damasco.

¡Y esto fué todo lo de Hassán Badreddin!

En cuanto á la recién casada Sett El-Hosn, hija del visir Chamseddin, he aquí lo que hubo de ocurrirle:

Cuando se despertó Sett El-Hosn, la mañana siguiente á la noche de sus bodas, no encontró á su lado al hermoso Hassán; pero figurándose que habría ido al retrete, le aguardó muy tranquila.

En aquel momento se presentó á saber de ella su padre el visir Chamseddin. Llegaba muy inquieto. Estaba poseído de indignación por la injusticia del sultán obligándole á casar á la hermosa Sett El-Hosn con el palafrenero jorobado. Y al entrar en las habitaciones de su hija, se dijo: «Como sepa que se ha entregado á ese inmundo jorobado, la mato.»

Golpeó en la puerta de la cámara nupcial y llamó: «¡Sett El-Hosn!» Y desde dentro ella contestó: «¡Ya voy á abrir, padre mío!» Y levantándose en seguida, abrió la puerta. Parecía más hermosa que de costumbre, y mostraba resplandeciente el rostro y el alma, satisfecha por haber sentido las briosas caricias de aquel hermoso ciervo. E inclinándose ante su padre con coquetería, le besó las manos. Pero su padre, al verla tan contenta, en lugar de encontrarla afligida por su unión con el jorobado, le dijo: «¡Ah, desvergonzada! ¿Cómo te atreves á mostrarte con esa cara de alegría, después de haber dormido con el horrendo jorobeta?» Y Sett El-Hosn, al oirlo, se echó á reir, y exclamó: «¡Por Alah, padre mío, dejémonos de bromas! Bastante tengo con haber sido la irrisión de todos los invitados, á causa de mi supuesto marido, ese jorobado que no vale ni la recortadura de una uña de mi verdadero esposo de esta noche. ¡Oh, qué noche! ¡Cuán llena de delicias junto á mi amado! Basta, pues, de bromas, padre mío. No me hables más del jorobado.» El visir temblaba de coraje escuchando á su hija, y sus ojos estaban azules de furor, y dijo: «¿Qué dices, desdichada? ¿No pasaste aquí la noche con el jorobado?» Y ella contestó: «Por Alah sobre ti, ¡oh padre mío! No me hables más del jorobado. ¡Confúndalo Alah, á él, á su padre, á su madre y á toda su familia! Sabe de una vez que estoy enterada de la superchería que inventaste para defenderme del mal de ojo.» Y dió á su padre todos los pormenores de la boda y de cuanto le había ocurrido aquella noche, añadiendo: «¡Qué bien lo pasé sintiendo en mi regazo á mi adorado esposo, el hermoso joven de exquisitas maneras y espléndidos y negros ojos y de arqueadas cejas!»

Oído esto, gritó el visir: «Pero hija, ¿estás loca? ¿sabes lo que dices? ¿Dónde se halla el joven á quien llamas tu esposo?» Y Sett El-Hosn respondió: «Ha ido al retrete.» Entonces, el visir, muy alarmado, se precipitó afuera de la habitación, y corriendo hacia el retrete, se encontró al jorobado que seguía inmóvil, con los pies hacia arriba y la cabeza dentro del agujero. Estupefacto hasta más no poder, exclamó el visir: «¿Qué veo? ¿Eres tú, jorobeta?» Y como no le contestase, repitió esta pregunta en voz más alta. Pero el jorobado tampoco quiso contestar, porque seguía aterrado, creyendo que quien le hablaba era el efrit...

En este momento de su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente

PERO CUANDO LLEGÓ
LA 22.ª NOCHE

Ella dijo:

He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que Giafar prosiguió así la historia contada al califa Harún Al-Rachid:

«El cobarde jorobeta, creyendo que le hablaba el efrit, tenía un miedo horrible, y no se atrevía á contestar. Entonces, muy enfurecido, el visir le increpó: «¡Respóndeme, jorobado maldito, ó te atravieso con este alfanje!» Y entonces el jorobado, sin sacar del agujero la cabeza, contestó desde dentro: «¡Por Alah! ¡Oh jefe de los efrits, tenme compasión! Te juro que te he obedecido, sin moverme de aquí en toda la noche.» Al oirle, el visir ya no supo qué pensar, y exclamó: «Pero ¿qué estás diciendo? No soy ningún efrit, sino el padre ele la novia.» Y el jorobado, dando un gran suspiro, contestó entonces; «Pues márchate de aquí, que nada tengo que ver contigo. Y vete antes de que aparezca el terrible efrit, arrebatador de almas. Además, te odio, porque tú tienes la culpa de todas mis desdichas, al casarme con la querida de los búfalos, los asnos y los efrits. ¡Malditos seáis tú, tu hija y todos los que obran tan mal como vosotros!» Y el visir le dijo: «Pero ¿estás loco? Sal de ahí, para que escuche bien eso que acabas de contar.» Entonces el jorobado replicó: «Acaso esté loco; pero no lo estaré hasta el punto de moverme de este sitio sin permiso del terrible efrit. Porque me ha prohibido salir del agujero antes de que amanezca. Así, pues, vete y déjame en paz. Pero antes dime: ¿falta mucho para que salga el sol?» Y el visir, cada vez más perplejo, contestó: «¿Pero qué efrit es ese del cual hablas?» Y entonces el jorobado le contó la historia, su ida al retrete para hacer sus necesidades antes de entrar al cuarto de la desposada, la aparición del efrit bajo las diversas formas de rata, gato, perro, asno y búfalo, y por fin la prohibición hecha y el trato sufrido. Y terminado el relato, rompió á llorar.

Entonces el visir se acercó al jorobado, y tirándole de los pies le sacó del agujero. Y el jorobado, con la faz lastimosamente embadurnada de amarillo, gritó al visir: «¡Maldito seas tú, y maldita tu hija, la amante de los búfalos!» Y por temor de que se le apareciese de nuevo el efrit, echó á correr con todas sus fuerzas, dando alaridos y sin atreverse á volver la cara. Y llegó al palacio, y fué á ver al sultán, y le explicó su aventura con el efrit.

En cuanto al visir Chamseddin, regresó como loco al aposento de su hija Sett El-Hosn, y le dijo: «Hija mía, noto que pierdo la razón. Aclárame lo sucedido.» Entonces, Sett El-Hosn le dijo: «Sabe, ¡oh padre mío! que el joven encantador que logró los honores de la boda durmió toda la noche conmigo, gozando mis primicias; y tendré un hijo seguramente. Y en prueba de lo que hablo, ahí en la silla tienes su turbante, sus calzones en el diván, y su calzoncillo en mi cama. Además, en sus calzones encontrarás algo que ha escondido y que yo no pude adivinar.» A estas palabras, se dirigió el visir hacia la silla, cogió el turbante, y le dió vueltas en todos sentidos para examinarlo bien, y luego exclamó: «¡Es un turbante como el de los visires de Bassra y de Mossul!» Después desenrolló la tela, y encontró un pliego que allí estaba cosido, y se apresuró á guardarlo, y examinó luego los calzones, encontrando en ellos el bolsillo con los mil dinares que el judío había dado á Hassán Badreddin. Y en el bolsillo había un papel, donde el judío había escrito lo siguiente: «Yo, comerciante de Bassra, declaro haber entregado la cantidad de mil dinares al joven Hassán Badreddin, hijo del visir Nureddin (á quien Alah haya recibido en Su misericordia), por el cargamento de la primera nave que arribe á Bassra.» Al leer el papel, el visir Chamseddin lanzó un grito y quedó desmayado. Cuando volvió en sí, se apresuró á abrir el pliego que había encontrado en el turbante, é inmediatamente conoció la letra de su hermano Nureddin. Y entonces empezó á llorar y á lamentarse, diciendo: «¡Pobre hermano mío! ¡pobre hermano mío!»

Y cuando se hubo calmado un poco, exclamó: «¡Alah es Todopoderoso!» Y dijo á Sett El-Hosn: «¡Oh hija mía! ¿sabes el nombre de aquel á quien te has entregado esta noche? Pues es Hassán Badreddin, mi sobrino, el hijo de tu tío Nureddin. Y esos mil dinares son tu dote. ¡Alah sea loado!» Después recitó estas dos estrofas:

¡Vuelvo á encontrar sus huellas, y al instante me domina el deseo! ¡Y al recordar la mansión de la dicha, derramo todas las lágrimas de mis ojos!

Y pregunto y grito, sin lograr respuesta: «¿Quién me ha arrancado lejos de él? ¡Oh! ¡tenga piedad de mí el autor de mis desventuras, y permítame que vuelva!»

En seguida leyó cuidadosamente la Memoria de su hermano, y encontró relatada toda la vida de Nureddin y el nacimiento de su hijo Badreddin. Y quedó muy maravillado, sobre todo cuando contrastó las fechas anotadas por su hermano con las de su propio casamiento en El Cairo, y del nacimiento de Sett El-Hosn. Y vió que estas fechas concordaban perfectamente.

Y tanto hubo de asombrarse, que se apresuró á ir en busca del sultán para contarle la historia y mostrarle aquellos papeles. Y el sultán se asombró también de tal modo, que mandó á los escribas de palacio redactasen tan admirable historia para conservarla escrupulosamente en el archivo.

En cuanto al visir Chamseddin, marchó á su casa y esperó en compañía de su hija el regreso de su sobrino Hassán Badreddin. Pero acabó por darse cuenta de que Hassán había desaparecido. Y no pudiendo explicarse la causa, se dijo: «¡Por Alah! ¡Qué aventura tan extraordinaria es esta aventura! No he conocido otra semejante...»

Al llegar á este momento ele su narración, Schahrazada vió aparecer la mañana, y discreta, interrumpió su relato, para no cansar al sultán Schahriar, rey de las islas de la India y de la China.

PERO CUANDO LLEGÓ
LA 23.ª NOCHE

Ella dijo:

He llegado á saber, ¡oh rey afortunado! que Giafar al-Barmakí, visir del rey Harún Al-Rachid, prosiguió de este modo la historia que contaba al califa:

«Cuando el visir Chamseddin se convenció de que su sobrino Hassán Badreddin había desaparecido», se dijo: «Puesto que el mundo está hecho de vida y de muerte, nada tan oportuno como que procure que mi sobrino Hassán encuentre á su regreso esta vivienda igual que la ha dejado.» Y el visir Chamseddin cogió un tintero, un cálamo y un pliego de papel, y anotó uno por uno todos los muebles y enseres de la casa, en esta forma: «Tal armario está en tal sitio; tal cortina en tal otro», y así sucesivamente. Cuando terminó, selló el papel después de leérselo á su hija Sett El-Hosn, y lo guardó con mucho cuidado en la caja de los papeles. Después recogió el turbante, el gorro, los calzones, el ropón y el bolsillo, é hizo con todo ello un paquete, que guardó con el mismo esmero.

En cuanto á Sett El-Hosn, la hija del visir, quedó preñada efectivamente la primera noche de bodas, y á los nueve meses cumplidos parió un hijo tan hermoso como la luna y que se parecía á su padre en todo, en lo bello, lo gentil y lo perfecto. En seguida que nació lo lavaron las mujeres y le ennegrecieron los ojos con kohl. Después le cortaron el cordón umbilical, y lo confiaron á las criadas y á la nodriza. Y por su hermosura sorprendente se le llamó Agib[8].

Pero cuando el admirable Agib llegó, día por día, mes por mes y año por año, á cumplir los siete de su edad, su abuelo el visir Chamseddin le mandó á la escuela de un maestro muy famoso, recomendándoselo mucho á este maestro. Y Agib, acompañado diariamente del esclavo negro Said, eunuco de su padre, iba á la escuela para regresar á su casa al mediodía y al anochecer. Y así fué á la escuela durante cinco años, hasta cumplir los doce. Pero á todo esto los demás niños de la escuela no podían soportar á Agib, que les pegaba y les insultaba y les decía: «¿Cuál de vosotros puede compararse conmigo? Mi padre, es el visir de Egipto.» Al fin se reunieron los niños y fueron á quejarse al maestro contra la conducta de Agib. Y el maestro, al ver que sus exhortaciones al hijo del visir no daban resultado, sin atreverse á despedirle, por ser quien era, dijo á los otros niños: «Os voy á indicar una cosa que en cuanto se la digáis le impedirá volver á la escuela. Mañana á la hora del recreo os reuniréis todos en torno de Agib y os diréis los unos á los otros: «¡Por Alah! ¡Vamos á jugar á un juego maravilloso! Pero para jugarlo es preciso que diga en alta voz cada uno su nombre, y el nombre de su padre y de su madre. Pues el que no pueda decir el nombre de su padre y de su madre será considerado como hijo adulterino y no jugará con nosotros.»

Y aquella mañana, cuando Agib hubo llegado á la escuela, todos los niños se reunieron á su alrededor, y uno de ellos dijo; «¡Vamos á jugar á un juego maravilloso! Pero nadie podrá jugar sino con la condición de decir su nombre y los de sus padres. ¡Empecemos, uno á uno!» Y les guiñó el ojo.

Entonces avanzó uno de los niños, y dijo: «Me llamo Nahib, mi madre se llama Nahiba y mi padre Izeddin.» Y otro dijo: «Yo me llamo Naguib, mi madre se llama Gamila y mi padre se llama Mustafá.» Y el tercero y el cuarto y los otros se expresaron en la misma forma. Cuando le tocó el turno á Agib, dijo orgullosamente: «Yo soy Agib, mi madre se llama Sett El-Hosn y mi padre se llama Chamseddin, visir de Egipto.»

Pero todos los niños replicaron: «¡No, por Alah! ¡El visir no es tu padre!» Y Agib gritó enfurecido: «¡Alah os confunda! ¡El visir es mi padre!» Pero los niños comenzaron á reirse y á palmotear, y le volvieron la espalda, gritando: «¡Vete, vete! ¡No sabes cómo se llama tu padre! ¡Chamseddin no es tu padre, sino tu abuelo, el padre de tu madre! ¡No jugarás con nosotros!» Y los niños se desbandaron, riendo á carcajadas.

Entonces Agib sintió que se le oprimía el pecho y le ahogaban los sollozos. Y en seguida se le acercó el maestro, y le dijo: «Pero ¡cómo, Agib! ¿no sabías que el visir no es tu padre, sino tu abuelo, el padre de tu madre Sett El-Hosn? A tu padre, ni tú, ni nosotros, ni nadie le conoce. Porque el sultán había casado á Sett El-Hosn con un palafrenero jorobado, pero el tal no pudo acostarse con ella, y ha ido contando por toda la ciudad que la noche de su boda los efrits le habían encerrado á él, para dormir ellos con Sett El-Hosn. Y ha contado también historias asombrosas de búfalos, perros, borricos y otros seres semejantes. De modo, ¡oh mi querido Agib! que nadie sabe el nombre de tu padre. Sé, pues, humilde ante Alah y con tus compañeros, que te miran como á hijo adulterino. Considera que te hallas en la misma situación que un niño vendido en el mercado y que ignora quién es su padre. Sabe, pues, que el visir Chamseddin no es mas que tu abuelo, y que tu padre nadie lo conoce. Y en adelante procura ser modesto.»

Después de oir al maestro de escuela, Agib salió corriendo á casa de su madre Sett El-Hosn, llorando tanto, que no pudo al principio articular palabra. Entonces su madre empezó á consolarle, y viéndole tan conmovido, se le llenó el corazón de lástima, y le dijo: «¡Hijo mío, cuéntale á tu madre la causa de tu pena!» Y le besó y le acarició. Entonces el pequeño le dijo: «Dime, madre, ¿quién es mi padre?» Y Sett El-Hosn, muy asombrada, dijo: «¡Pues el visir!» Y, Agib le contestó, ahogado por el llanto: «¡No; ese no es mi padre! ¡No me ocultes la verdad! ¡El visir es tu padre, pero no el mío! Si no me dices la verdad, con este puñal me mataré ahora mismo.» Y Agib le repitió á su madre las palabras del maestro de escuela.

Entonces, al recordar á su primo y marido, la hermosa Sett El-Hosn recordó también su primera noche de bodas y la belleza y encantos del maravilloso Hassán Badreddin El-Bassrauí, y lloró muy emocionada, suspirando estas estrofas:

¡Encendió el deseo en mi corazón, y se ausentó muy lejos! ¡Y se ausentó hacia lo más distante de nuestra morada!

¡Mi pobre razón no he de recobrarla hasta que él vuelva! ¡Y aguardándole, he perdido asimismo el sueño reparador y toda la paciencia!

¡Me abandonó, y con él me abandonó la dicha, arrebatándome la tranquilidad! ¡Y desde entonces perdí todo reposo!

¡Me dejó, y las lágrimas de mis ojos lloran su ausencia, y al correr, sus arroyos llenan los mares;

Que no pasa un día sin que mi deseo me empuje hacia él y palpite mi corazón con el dolor de su ausencia;

Por eso su imagen se alza frente á mí, y al mirarla, aumentan mi cariño, mi anhelo y mis recuerdos!

¡Oh! ¡Su imagen amada es siempre lo primero que se presenta á mis ojos en la primera hora de la mañana! ¡Y así ha de ser siempre, pues no tengo otro pensamiento ni otros amores!

Después prosiguió en sus sollozos. Y Agib, viendo llorar á su madre, se echó á llorar también. Y mientras los dos estaban llorando, entró en la habitación el visir Chamseddin, que había oído los llantos y las voces. Y al ver cómo lloraban, se le oprimió el corazón, y dijo muy alarmado: «Hijos míos, ¿por qué lloráis así?» Entonces Sett El-Hosn le refirió la aventura de Agib con los chicos de la escuela. Y el visir, al oirla, se acordó de todas las desventuras pasadas, las que le habían ocurrido á él, á su hermano Nureddin, á su sobrino Hassán Badreddin, y por último á su nieto Agib, y al reunir todos estos recuerdos no pudo menos de llorar también. Y se fué muy desesperado en busca del emir, y le contó lo que pasaba, diciéndole que aquella situación no podía durar, ni por su buen nombre ni por el de sus hijos; y le pidió su venia para partir hacia los países de Levante, y llegar á la ciudad de Bassra, en donde pensaba encontrar á su sobrino Hassán Badreddin. Rogó asimismo que el sultán le escribiera unos decretos que le permitiesen realizar por los países las gestiones necesarias para encontrar y atraerse á su sobrino. Y como no cesaba en su amargo llanto, se enterneció el sultán y le concedió los decretos. Y después de darle gracias mil veces y hacer votos por su engrandecimiento, prosternándose ante él y besando la tierra entre sus manos, el visir se despidió. Inmediatamente hizo los preparativos para la marcha y partió con su hija Sett El-Hosn y con Agib.

Anduvieron el primer día y el segundo y el tercero, y así sucesivamente, en dirección á Damasco, y por fin llegaron sin dificultad á Damasco. Y se detuvieron cerca de las puertas, en el meidán de Hasba, donde armaron sus tiendas para descansar dos días antes de seguir el camino. Y les pareció Damasco una ciudad admirable, llena de árboles y aguas corrientes, siendo en realidad como la cantó el poeta:

¡He pasado un día y una noche en Damasco! ¡Damasco! ¡Su creador juró no hacer en adelante nada parecido!

¡La noche cubre amorosamente á Damasco con sus alas! ¡Y cuando llega el día, tiende por encima la sombra de sus árboles frondosos!

¡El rocío en las ramas de estos árboles no es rocío, sino perlas, perlas que caen como copos de nieve á merced de la brisa que las empuja!

¡En sus bosques luce la Naturaleza todas sus galas: el ave da su lectura matutina; el agua es como una página blanca abierta; la brisa responde y escribe lo que dicta el ave, y las blancas nubes derraman gotas para la escritura!

La servidumbre del visir fué á visitar la ciudad y sus zocos para comprar lo que necesitaban y vender las cosas traídas de Egipto. Y no dejaron de bañarse en los hammams famosos, y entraron en la mezquita de los Bani-Ommiah[9], situada en el centro de la población, y que no tiene igual en todo el mundo.

Agib marchó también á la ciudad para distraerse, acompañado de su fiel eunuco Said. Y el eunuco le seguía muy próximo y llevaba en la mano un látigo capaz de matar á un camello, pues sabía la fama que tienen los habitantes de Damasco, y con aquel látigo quería impedirles acercarse á su amo el hermoso Agib. Y efectivamente, no se engañaba, pues apenas hubieron visto al hermoso Agib, los habitantes de Damasco se percataron de lo encantador y gracioso que era, hallándole más suave que la brisa del Norte, más delicioso que el agua fresca para el paladar del sediento y más grato que la salud para el convaleciente. Y en seguida la gente de la calle, de las casas y de las tiendas siguieron á Agib, sin dejarle, á pesar del látigo del eunuco. Y otros corrían para adelantarse y se sentaban en el suelo, á su paso, para contemplarle más tiempo y mejor. Al fin, por voluntad del Destino, Agib y el eunuco llegaron á una pastelería, donde se detuvieron para escapar de tan indiscreta muchedumbre.

Y precisamente aquella pastelería era la de Hassán Badreddin, padre de Agib. Había muerto el anciano pastelero que adoptó á Hassán, y éste había heredado la tienda. Y aquel día Hassán estaba ocupado en preparar un plato delicioso con granos de granada y otras cosas azucaradas y sabrosas. Y cuando vió pararse á Agib y al eunuco, quedó encantado con la hermosura de Agib, y no solamente encantado, sino conmovido con una emoción cordial y extraordinaria, que le hizo exclamar lleno de cariño: «¡Oh mi joven señor! Acabas de conquistar mi corazón y reinas para siempre en lo íntimo de mi ser, sintiéndome atraído hacia ti desde el fondo de mis entrañas. ¿Quieres honrarme entrando en mi tienda? ¿Quieres hacerme la merced de probar mis dulces, sencillamente por piedad?» Y Hassán, al decir esto, sentía que, sin poder remediarlo, sus ojos se arrasaban en lágrimas, y lloró mucho al recordar entonces su pasado y su situación presente.

Y cuando Agib oyó las palabras de su padre, se le enterneció también el corazón, y volviéndose hacia el esclavo, le dijo: «¡Said! Este pastelero me ha enternecido. Se me figura que ha de tener algún hijo ausente y que yo le recuerdo este hijo. Entremos, pues, en su tienda para complacerle, y probemos lo que nos ofrece. Y si aliviamos con esto su pena, es probable que Alah se apiade á su vez de nosotros y haga que logren buen éxito las pesquisas para encontrar á mi padre.»

Pero Said, al oír á Agib, exclamó: «¡Oh mi señor, no hagamos eso! ¡Por Alah! ¡De ningún modo! No es propio del hijo de un visir entrar en una pastelería del zoco, y menos todavía comer públicamente en ella. ¡Oh! ¡No puede ser! Si lo haces por temor á estas gentes que te siguen, y por eso quieres entrar en esa tienda, ya sabré yo espantarlas y defenderte con mi látigo. ¡Pero lo que es entrar en la pastelería, en modo alguno!»

Y Hassán Badreddin se afectó muchísimo al oir al eunuco. Y luego, volviéndose hacia él, con los ojos llenos de lágrimas, le dijo: «¡Oh eunuco! ¿Por qué no quieres apiadarte y darme el gusto de entrar en mi tienda? ¡Porque tú, como la castaña, eres negro por fuera, pero por dentro blanco! Y te han elogiado todos nuestros poetas en versos admirables, hasta el punto de que puedo revelarte el secreto de que aparezcas tan blanco por fuera como por dentro lo eres.» Entonces el buen eunuco se echó á reir á carcajadas, y exclamó: «¿Es de veras? ¿Puedes hacerlo así? ¡Por Alah, apresúrate á decírmelo!» En seguida Hassán le recitó estos versos admirables en loor de los eunucos:

¡Su cortesía exquisita, la dulzura de sus modales y su noble apostura han hecho de él el guardián respetado de las casas de los reyes!

¡Y para el harén, qué servidor tan incomparable! ¡Tal es su gentileza, que los ángeles del cielo bajan á su vez para servirle!

Estos versos eran, efectivamente, tan maravillosos y tan oportunos, y fueron tan admirablemente recitados por Hassán, que el eunuco se conmovió y se sintió halagadísimo, hasta el punto de que, cogiendo de la mano á Agib, entró con él en la tienda.

Entonces Hassán Badreddin llegó al colmo de la alegría y se apresuró á hacer cuanto pudo para honrarlos. Cogió un tazón de porcelana de los más ricos, lo llenó de granos de granada preparados con azúcar y almendras mondadas, perfumado todo deliciosamente y muy en su punto, y lo presentó sobre la más suntuosa de sus bandejas de cobre repujado. Y al verlos comer con manifiesta satisfacción, se sintió muy halagado y muy complacido: «¡Oh, qué honor para mí! ¡Qué fortuna la mía! ¡Que os sea tan agradable como provechoso!»

Agib, después de probar los primeros bocados, invitó á sentarse al pastelero, y le dijo: «Puedes quedarte con nosotros y comer con nosotros. Porque Alah lo tendrá en cuenta, haciendo que encontremos al que buscamos.» Y Hassán Badreddin se apresuró á replicar: «Pero ¡cómo, hijo mío! ¿Acaso lamentas ya, siendo tan joven, la pérdida de un ser querido?» Y Agib contestó: «¡Oh buen hombre! ¡La ausencia de un ser querido ha destrozado ya mi corazón! ¡Y ese ser por quien lloro es nada menos que mi padre! Porque mi abuelo y yo hemos abandonado nuestro país para recorrer todas las comarcas en su busca.» Y Agib, al recordar su desgracia, rompió á llorar, mientras que Badreddin, emocionado por aquel dolor, lloraba también. Y hasta el eunuco inclinó la cabeza en señal de sentimiento. Sin embargo, hicieron los honores al magnífico tazón de granada perfumada, dispuesta con tanto arte. Y comieron hasta la saciedad, pues tan exquisita estaba.

Pero como apremiaba el tiempo, Hassán no pudo saber más, porque el eunuco hizo que Agib partiese con él hacia las tiendas del visir.

Y apenas se hubo marchado Agib, Hassán sintió que su alma se iba con él, y no pudo sustraerse al deseo de seguirle. Cerró en seguida su tienda, y sin sospechar que Agib era su hijo, marchó á buen paso, para alcanzarles antes de que hubiesen traspuesto la puerta principal de la ciudad.

Entonces el eunuco se apercibió de que el pastelero les seguía, y volviéndose hacia él, le dijo: «Pastelero, ¿por qué nos sigues?» Y Badreddin respondió: «Tengo que despachar un asunto fuera de la ciudad, y he querido alcanzaros para que vayamos juntos y regresar después en seguida. Además, vuestra partida me ha arrancado el alma del cuerpo.»

Estas palabras indignaron profundamente al eunuco, que exclamó: «¡Parece que va á salirnos muy caro el dichoso dulce! ¡Qué maldito tazón! ¡Este hombre nos lo va á amargar! ¡Y he aquí que ahora nos seguirá á todas partes!» Entonces, Agib, al volverse y ver al pastelero, se puso muy colorado, y balbuceó: «¡Déjalo, Said, que el camino de Alah es libre para todos los musulmanes!» Y añadió después: «Si viene hasta las tiendas, ya no habrá duda de que nos persigue, y entonces lo echaremos.» Y dicho esto, Agib bajó la cabeza y continuó andando, y el eunuco marchaba á pocos pasos detrás de él.

En cuanto á Hassán, no dejó de seguirles hasta el meidán de Hasba, donde estaban las tiendas. Y entonces Agib y el eunuco se volvieron, viéndole á pocos pasos detrás de ellos. Y esta vez acabó por enfadarse Agib, temiendo que el eunuco se lo contase todo á su abuelo: ¡que Agib había entrado en una pastelería y que el pastelero había seguido á Agib! Y asustado de que esto ocurriese, cogió una piedra y volvió á mirar á Hassán, que seguía inmóvil, contemplándole siempre con una extraña luz en los ojos. Y Agib, sospechando que esta llama de los ojos del pastelero era una llama equívoca, se puso aún más furioso y lanzó con toda su fuerza la piedra contra él, hiriéndole de gravedad en la frente. Después, Agib y el eunuco huyeron hacia las tiendas. En cuanto á Hassán Badreddin, cayó al suelo, desmayado y con la cara cubierta de sangre. Pero afortunadamente no tardó en volver en sí, se restañó la sangre, y con un trozo de su turbante se vendó la herida. Después comenzó á reconvenirse de este modo: «¡Verdaderamente, toda la culpa la tengo yo! He procedido muy mal al cerrar la tienda y seguir á ese hermoso muchacho, haciéndole creer que le acosaba con fines sospechosos.» Y suspiró después: «¡Alah karim!»[10]. Luego regresó á la ciudad, abrió la tienda y siguió preparando sus pasteles y vendiéndolos como antes hacía, pensando siempre, lleno de dolor, en su pobre madre, que en la ciudad de Bassra le había enseñado desde muy niño las primeras lecciones del arte de la pastelería. Y se puso á llorar, y para consolarse, recitó esta estrofa:

¡No pidas justicia al infortunio! ¡Sólo hallarás el desengaño! ¡Porque el infortunio jamás te hará justicia!

En cuanto al visir Chamseddin, tío del pastelero Hassán Badreddin, transcurridos los tres días de descanso en Damasco, dispuso que levantasen el campamento del meidán, y continuando su viaje á Bassra, siguió el camino de Homs, luego el de Hama y por fin el de Alepo. Y en todas partes hacía investigaciones. De Alepo marchó á Mardin, después á Mossul y luego á Diarbekir. Y llegó por último á la ciudad de Bassra.

Entonces, apenas hubo descansado, se apresuró á presentarse al sultán de Bassra, que le recibió con mucha amabilidad, preguntándole el motivo de su viaje. Y Chamseddin le relató toda la historia, y le dijo que era hermano de su antiguo visir Nureddin. Y al oir el nombre de Nureddin exclamó el sultán: «¡Alah lo tenga en su gracia!» Y añadió: «Efectivamente, Nureddin fué mi visir, y lo quise mucho, y murió hace quince años. Y dejó un hijo llamado Hassán Badreddin, que era mi favorito predilecto; mas un día desapareció, y no hemos vuelto á saber de él. Pero en Bassra está todavía su madre, la esposa de tu hermano, é hija de mi antiguo visir, el antecesor de Nureddin.»

Esta noticia colmó de alegría á Chamseddin, que dijo: «¡Oh rey! ¡Quisiera ver á mi cuñada!» Y el rey lo consintió.

Chamseddin corrió á casa de su difunto hermano inmediatamente después de haber averiguado las señas. Y no tardó en llegar, pensando durante todo el camino en Nureddin, muerto lejos de él, con la tristeza de no poder abrazarle. Y llorando, recitó estas dos estrofas:

¡Oh! ¡Vuelva yo á la morada de mis antiguas noches! ¡Logre yo besar sus paredes!

¡Pero no es el amor á estos muros de la casa querida el que me ha herido en mitad del corazón, sino el amor al que en ella vivía!

Atravesó Chamseddin la puerta principal, llegando á un gran patio, en cuyo fondo se alzaba la morada. La puerta era una maravilla de arcadas de granito, embellecida con mármoles de todos los colores. En el umbral, sobre una magnífica losa de mármol, vió el nombre de su hermano Nureddin grabado con letras de oro. Se inclinó para besar aquel nombre, y se afectó mucho, recitando estas estrofas:

¡Todas las mañanas pido noticias suyas al sol que sale! ¡Y todas las noches se las pido al relámpayo que brilla!

¡Cuando duermo, hasta cuando duermo, el deseo, el aguijón del deseo, el peso del deseo, la sierra afilada del deseo, trabaja en mí! ¡Y nunca clamo estos dolores!

¡Oh dulce amigo! ¡No prolongues más la dura ausencia! ¡Mi corazón está destrozado, cortado en pedazos, por el dolor de esta ausencia!

¡Oh! ¡Que día bendito, qué día tan incomparable sería aquel en que al fin pudiéramos reunimos!

¡Pero no temas que por tu ausencia se haya llenado mi corazón con el amor de otro! ¡Mi corazón no es bastante grande para encerrar otro amor!

Después entró Chamseddin en la casa y atravesó varios aposentos, hasta llegar á aquel en que estaba generalmente su cuñada, la madre de Hassán Badreddin El-Bassrauí.

Desde la desaparición de su hijo, se había encerrado en aquella estancia, y allí pasaba días y noches en continuo llanto. Y había mandado construir en medio de la habitación un pequeño edificio con su cúpula, para que figurase la tumba de su pobre hijo, al cual creía muerto desde mucho tiempo atrás. Y allí dejaba transcurrir entre lágrimas su vida, y allí, extenuada por el dolor, abatía la cabeza aguardando la muerte.

Al llegar junto á la puerta, Chamseddin oyó á su cuñada, que con voz doliente recitaba estos versos:

¡Oh tumba! ¡Dime, por Alah, si han desaparecido la hermosura y los encantos de mi amigo! ¿Se desvaneció para siempre el magnífico espectáculo de su belleza?

¡Oh tumba! No eres seguramente el jardín de las delicias ni el elevado cielo; pero dime, ¿cómo veo resplandecer dentro de ti la luna y florecer el ramo?

Entonces entró el visir Chamseddin, saludó á su cuñada con el mayor respeto, y la enteró de que era el hermano de su esposo Nureddin. Después le refirió toda la historia, haciéndole saber que Hassán, su hijo, se había acostado una noche con su hija Sett El-Hosn y había desaparecido por la mañana, y Sett El-Hosn quedó preñada y parió á Agib. Después añadió: «Agib ha venido conmigo. Es tu hijo, por ser el hijo de tu hijo y mi hija.»

La viuda, que hasta aquel momento había estado sentada, como una mujer de riguroso luto que renuncia á los usos sociales, al saber que vivía su hijo y que su nieto estaba allí y tenía delante á su cuñado el visir de Egipto, se levantó apresuradamente y se echó á los pies de Chamseddin, besándoselos, y recitó en honor suyo estas estrofas:

¡Por Alah! ¡Colma de beneficios á aquel que acaba de anunciarme esta nueva feliz, pues para mí es la noticia más dichosa y mejor de cuantas pueden oirse!

¡Y si le agradan los regalos, puedo hacerle el de un corazón desgarrado por las ausencias!

El visir ordenó que buscasen en seguida á Agib, y cuando éste se presentó, su abuela se abrazó á él llorando. Y Chamseddin le dijo: «¡Oh mi señora! No es el momento de llorar, sino de que prepares tu viaje á Egipto en compañía de nosotros. ¡Y quiera Alah reunirnos con tu hijo y sobrino mío Hassán!» Y la abuela de Agib respondió: «Escucho y obedezco.» Y en el mismo instante fué á disponer todas las cosas necesarias, y los víveres, y toda su servidumbre, no tardando en hallarse dispuesta.

Entonces el visir Chamseddin fué á despedirse del sultán de Bassra. Y el sultán le entregó muchos regalos para él y para el sultán de Egipto. Después, Chamseddin, las dos damas y Agib emprendieron la marcha acompañados de todo su séquito.

Y no se detuvieron hasta llegar nuevamente á Damasco. Hicieron alto en la plaza de Kânun, armaron las tiendas, y el visir dijo: «Ahora nos detendremos en Damasco toda una semana, para tener tiempo de comprar regalos como se los merece el sultán de Egipto.»

Y mientras el visir recibía á los ricos mercaderes que habían acudido para ofrecerle sus géneros, Agib dijo al eunuco: «Baba Said, tengo ganas de distraerme un rato. Vámonos al zoco para saber qué novedades hay y qué le ocurrió á aquel pastelero cuyos dulces nos comimos, y teniendo que agradecerle su hospitalidad le pagamos partiéndole la cabeza de una pedrada. Realmente, le volvimos mal por bien.» Y el eunuco respondió: «Escucho y obedezco.»

Entonces Agib y el eunuco abandonaron el campamento, porque Agib obraba con un ciego impulso, como movido por un cariño filial inconsciente. Llegados á la ciudad, anduvieron por todos los zocos hasta que encontraron la pastelería. Y era la hora en que los creyentes marchaban á la mezquita de los Bani-Ommiah para la oración del asr.

Y precisamente en dicho momento estaba Hassán Badreddin en su tienda, ocupado en confeccionar el mismo plato delicioso de la otra vez: granos de granada con almendras, azúcar y perfumes en su punto. Y entonces Agib pudo observar al pastelero, y ver en su frente la cicatriz de la pedrada con que le había herido. Y se le enterneció más el corazón, y le dijo: «¡Oh pastelero, la paz sea contigo! El interés que me inspiras me hace venir á saber de ti. ¿No me recuerdas?» Y apenas lo vió Hassán, se le conmovieron las entrañas, le palpitó el corazón desordenadamente, abatió la cabeza hacia el suelo, y su lengua, pegada al paladar, le impedía decir palabra. Por fin hubo de levantar la vista hacia el muchacho, y sumisa y humildemente recitó estas estrofas:

¡Pensé reconvenir á mi amante, pero en cuanto le vi lo olvidé todo, y no pude dominar mi lengua ni mis ojos!

¡He callado y bajé los ojos ante su apostura imponente y altiva, y quise disimular lo que sentía, pero no lo pude conseguir!

¡He aquí cómo, después de haber escrito pliegos y pliegos de reconvenciones, al hallarle ante mí me fué imposible leer ni una palabra!

Luego añadió: «¡Oh mis señores! ¿Queréis entrar sólo por condescendencia y probar este plato? Porque, ¡por Alah! apenas te he visto, ¡oh lindo muchacho! mi corazón se ha inclinado hacia tu persona, como la otra vez. Y me arrepiento de haber cometido la locura de seguirte.» Y Agib contestó: «¡Por Alah, que eres un amigo peligroso! Por unos dulces que nos diste, estuvo en poco que nos comprometieras. Pero ahora no entraré, ni comeré nada en tu casa, como no jures que no saldrás detrás de nosotros como la otra vez. Y sabe que de otra manera nunca volveremos aquí, porque vamos á pasar toda la semana en Damasco, á fin de que mi abuelo pueda comprar regalos para el sultán.» Entonces Badreddin exclamó: «¡Lo juro ante vosotros!» Y en seguida Agib y el eunuco entraron en la tienda, y Badreddin les ofreció al instante una terrina de granos de granada, su deliciosa especialidad. Y Agib le dijo: «Ven, y come con nosotros. Y así puede que Alah conceda el éxito á nuestras pesquisas.» Y Hassán se sintió muy feliz al sentarse frente á ellos. Pero no dejaba ni un instante de contemplar á Agib. Y lo miraba de un modo tan extraño y persistente, que Agib, cohibido, le dijo: «¡Por Alah! ¡Qué enamorado tan pesado y tan molesto eres! Ya te lo dije la otra vez. No me mires de esa manera, pues parece que quieras devorar mi cara con tus ojos.» Y á sus frases respondió Badreddin con estas estrofas: