«Y estalló con sus cláusulas de fuego,
con su expresión incoherente y rota
por el halago y la pasión y el ruego:
con ese dulce cántico que brota
al fecundo calor de una mirada,
y lleva una ilusión en cada nota;
con esa breve frase entrecortada
que, al morir en los labios, adivina
el corazón de la mujer amada,
música de la almas, peregrina,
que con suspiros trémulos empieza
y con vibrantes ósculos termina»;

el horror de que se siente poseído al contemplar el seno de su amada carcomido por repugnante llaga cancerosa... todo es sombrío y patético; todo está pintado con tal brío, con toques tan seguros y enérgicos, que nos hiere y nos conmueve profundamente. Causa verdadera maravilla la sobriedad de dicción con que está escrito este poema. Apenas huelga una sola palabra. Y, sin embargo, por un poderoso y casi inconcebible esfuerzo, todo está dicho, y todo está bien dicho. La fantasía del poeta es en esta ocasión como una lente, que ata y hace pasar los mil rayos del sol por un punto. El tono es grave y solemne, como conviene al narrador. Sólo un gran poeta puede hacer hablar á un personaje como Raimundo Lulio, grande de por sí y engrandecido además por el tiempo y el misterio, sin empañar el brillo que adquirió en nuestra imaginación.

Después de leer este poema, ¿quién no se convencerá de que el Sr. Núñez de Arce no debe pulsar más cuerda que la épica? El rápido y majestuoso desenvolvimiento de la acción, la firmeza y dignidad de los caracteres, la verdad de las descripciones, aquel concebir osado y aquel decir grave y conciso, no dejan lugar á duda sobre este punto. Por esta vía debe marchar, y por ella confieso que ha marchado de algún tiempo á esta parte. Los últimos poemas que dió á luz son brillantes y hermosos. No obstante, el Sr. Núñez de Arce, estoy seguro de ello, tiene fuerzas para hacer mucho más todavía. Quisiera verle acometer una empresa grande y digna de su inspiración; una empresa que le inmortalizara, como al autor de Fausto ó al de Manfredo. Los tiempos no se prestan á ello, bien lo conozco. Si tuviese la fortuna de escribir algo semejante, la crítica igualitaria que al presente se usa nunca le perdonaría el haber rebasado la línea de los Grilo, Blasco, Retes, Herranz, etc., etc. Las flores más bellas de su imaginación quizá serían roídas como avena ó paja. Y si, por ventura, resultaba que el poema era un sí es no es más subjetivo ú objetivo de lo que le correspondiese de derecho, ¡ya le caía obra al Sr. Núñez de Arce!

Con todo eso, no dejaré de aconsejarle que emprenda su poema. Demos que tenga muchos defectos y que éstos no sean imaginarios, sino verdaderos y efectivos; si las bellezas que haya en él son dignas de la inmortalidad, inmortal será el poema con todos sus defectos. ¡Los defectos! Moratín encontraba el Hamlet atestado de ellos. Y, sin embargo, ¡cuánto más vale dormir alguna vez como Shakspeare que andar siempre tan vigilante y avispado como Moratín!

D. MANUEL DE LA REVILLA [10]

R EVILLA!—He aquí un nombre que hace soñar, como esas nubes rojas que se amontonan en el horizonte al declinar a tarde, para servir de lecho al sol en su caída. Hay en este nombre algo de vago y misterioso que fascina el espíritu y lo inclina á meditar. Cuando lo escuchamos, sin saber por qué, viene á nuestra mente el recuerdo punzante de una flor que hemos deshojado, ó el de una voz que nos cantaba al oído cuando niños para dormirnos, ó el de unos labios ardorosos que rozaron nuestra mejilla en otro tiempo, ó las notas suaves, tiernas, purísimas de la metafísica neo-kantiana. Si se me preguntara dónde está el secreto de tal fascinación, no podría contestar satisfactoriamente. Para mí no está en que el señor Revilla sea filósofo, y sea poeta, y sea orador, y crítico, y catedrático, y revistero de teatros. Cada una de estas cualidades de por sí, estoy seguro de que no le haría el blanco de la admiración de sus contemporáneos. Mas ha de existir entre ellas una singular y extrañísima relación, inextricable para el espíritu, mediante la que el fenómeno indicado se realiza. De tal suerte, que si el Sr. Revilla fuese orador y poeta, y no fuese filósofo al mismo tiempo, perdería por eso sólo la inmortalidad; y si fuese orador, poeta, filósofo y catedrático, y no tuviese además la cualidad precisa de revistero de teatros, es como si no fuese nada para el efecto de la fascinación. El Sr. Revilla es, pues, el resultado feliz de una agregación de elementos diversos, cuyo modo de enlazarse ó combinarse sólo Dios conoce. La naturaleza nos está ofreciendo á cada paso ejemplos admirables de estas dichosas combinaciones. Suprimid á cierto paisaje el mar que se divisa á lo lejos ó la montaña que se levanta imponente sobre él, y perderá su carácter y no atraerá vuestra atención. El Sr. Revilla es como un paisaje (en este respecto nada más): no es posible quitar ni poner en él cosa alguna, sin privarle de su efecto.

Desde muy temprano ha reconocido en sí mismo una vocación decidida á influir sobre su siglo, y siguiendo los nobles impulsos de su alma, no ha querido privarle de ninguno de aquellos medios por los que un hombre puede influir sobre un siglo. Bien sabido es de todos que el primero y más poderoso es la gravedad. Nada hay tan pernicioso, y por consiguiente, nada tan aborrecible, en mi pobre opinión, como las expansiones jocosas ó burlescas en todos los puntos de vista que se las considere. Porque no sólo han sido y son una rémora para el progreso moral y material de las naciones, sino, lo que es aún peor, han servido ya en algunas ocasiones para poner en duda el ingenio y la sabiduría del Sr. Revilla. ¡Qué tiempos los nuestros! Ya no existe para este siglo menguado nada de respetable ni digno de ser mirado seriamente. Escribe, pongo por caso, el Sr. Revilla uno de sus artículos guarnecidos y bordados de primorosas metafísicas, y sin más ni más, salta un cualquiera diciendo, con cierta vaya impertinente, que aquel artículo es una colección de lugares comunes, un tejido de frases huecas arrancadas al tecnicismo filosófico para imponer respeto á la gente ignorante, al modo que se fija en las huertas un muñeco de paja para espantar á las aves inocentes. Por eso la gravedad del Sr. Revilla es un dulce y apetecible oasis en este vasto arenal de liviandades.

Aunque ya he hablado de ella en otra ocasión, sólo fué por incidencia; así que no me considero relevado de la obligación de consagrarle algunas palabras. Y la primera cuestión que se presenta es la siguiente: ¿La gravedad del Sr. Revilla es de nacimiento, esto es, puede considerarse como una dote otorgada graciosamente por el cielo, ó es una cualidad adquirida en virtud de un largo y penoso aprendizaje, de prolijos afanes y desvelos? No es tan fácil como á primera vista parece la resolución de este problema. Mirando el asunto por encima, y teniendo presente nada más que lo rara que es hoy esta cualidad, aun entre los hombres más favorecidos por la Providencia, es fácil deducir que el Sr. Revilla ha llegado á ella por el trabajo y el estudio. Esta facilidad arrastró á muchos al error. Cualquiera que se fije un poco, comprenderá que la gravedad del Sr. Revilla tiene un no sé qué de agreste, indómito y bravío que la distingue perfectamente de las demás gravedades imitadas ó contrahechas. Es una de esas gravedades que aparecen muy de tarde en tarde en la historia humana, y por lo tanto, considero absurdo el suponer que esté en manos del hombre el adquirirla. Para encontrar algo parecido, es preciso remontarse á los primeros tiempos de Roma. Aseveran los historiadores más fidedignos que Numa Pompilio no conoció la risa, aunque sí añaden que, en sus conferencias con la ninfa Egeria, acostumbraba sonreir una que otra vez, pero sólo por complacencia. Mi profesor de psicología, lógica y ética, también poseía en cierto grado esta cualidad; por lo cual, hoy que la edad me ha enseñado á juzgar mejor á los hombres, no puedo menos de reconocer que, aunque oscuro, era un hombre muy notable. No vaya á creerse, sin embargo, que intento comparar la gravedad del catedrático de psicología, lógica y ética con la de Numa Pompilio y Revilla. ¡Oh, no! Cuando el Sr. Revilla, después de tomar convenientemente las medidas á una obra literaria, la califica de predominantemente subjetiva, y por ello la condena, como es justo, á una eterna execración, es tan serena y tan augusta su frase, palpita tanto heroísmo dentro de ella, que el espíritu se engrandece y se inflama, y es preciso acudir á los recuerdos de la Ilíada, á Héctor, á Diómedes, á Menelao, para observar algo semejante.

Y aunque muy fuera de sazón, no quiero pasar más adelante sin formular una pregunta que constantemente se está presentando en mi espíritu. Es la siguiente: ¿Cómo el Sr. Revilla, sin imaginación alguna, sin gusto, sin ingenio, y con una ilustración tan superficial, juzga con tal grandeza las obras de arte que le ponen delante? Repito que muchas veces me hice esta pregunta, y siempre concluí pensando que en el Sr. Revilla existe algo extraordinario que, aun sin darse acaso él mismo razón de ello, le mueve á dictar sus fallos; algo que, después de encenderle, como á la pitonisa griega, le inspira y le sostiene sobre el trípode, circundando su frente con la aureola del misterio. Este algo, digámoslo de una vez, no puede ser otra cosa que el genio[11]. El genio, sólo el genio puede volar tan alto sin necesidad de los medios que los humanos juzgamos indispensables.

Decía que la pregunta estaba fuera de sazón, y como ustedes han podido ver, era muy cierto. Sin embargo, ya se sabe que estas informalidades é impertinencias son en mí frecuentes, y no hay que asombrarse. Por algo gozo fama entre mis enemigos (porque aquí donde ustedes me ven tan jovencito y tierno, ya me permito el lujo de tener enemigos) de crítico subjetivo entre los subjetivos. Soy como si dijéramos un crítico lírico, pues la subjetividad es lo que caracteriza al género lírico, mientras el Sr. Revilla, á juzgar por su inflexible talante y por la opaca sublimidad de sus formas, es un crítico épico. De la combinación de lo lírico con lo épico, como han demostrado hasta la saciedad Hegel y el Sr. Revilla ya saben ustedes que nace lo dramático. Por consiguiente, vean ustedes lo que son las cosas: el día que al Sr. Revilla y á mí nos dé la gana de reunimos en la mesa de un café, pongo por caso, ya está formado un crítico dramático, sin necesidad de más músicas. Concluímos de tomar café, nos damos la mano y nos separamos. Cada cual torna á ser lo que antes era, yo el crítico lírico y él el épico. ¡Es admirable!

Pero estos temas incidentales me están apartando, á despecho mío, del propósito único del presente artículo. Toquemos de una vez en las entrañas del asunto, y hablemos del Sr. Revilla como poeta, sin meternos en otras honduras.

Yo no he leído los versos del Sr. Revilla; lo declaro con la franqueza que me caracteriza. Mas al mismo tiempo quiero hacer constar que no fué por mi culpa. He aquí lo que sucedió. Habiendo pensado, como es natural, cuando empecé á escribir estas semblanzas, en incluir entre ellas la del Sr. Revilla, pedí su tomo de poesías á un amigo (si ustedes quieren que diga quién es, lo diré), el cual, como lo tuviese ya leído, me lo prometió para el momento oportuno. En esta seguridad descansé confiadamente, sin preocuparme más del asunto. Cualquiera creo que haría lo mismo. Pues bien, hace cuatro días, tropiezo con mi amigo, y le digo al pasar: «Necesito ese tomo de poesías; mañana mandaré por él». Mi amigo, entonces, arqueó un poco las cejas, levantó un sí es no es los hombros, y por tres veces consecutivas sacudió la cabeza en distintas direcciones. No había para qué decir más: era cosa corriente. Envío, pues, por él, y en vez de las poesías, veo llegar al emisario con una esquela muy fina en que mi amigo me pide mil perdones, porque, sin recordar su promesa, había prestado el libro á un canónigo de Granada, el cual se había marchado á su destino sin devolvérselo. Este golpe me hizo bastante impresión. ¿Qué significaban entonces aquellos movimientos de cabeza, hombros y cejas del día anterior? Es lo que no pude averiguar hasta la hora en que escribo estas líneas. De resultas de todo ello, me quedé sin leer las poesías del señor Revilla. No obstante, mi amigo dice en la esquela que escribe con la misma fecha al canónigo de Granada, á fin de que remita el libro tan pronto como le sea posible. Lo espero con ansiedad, y excuso encarecer á ustedes los nuevos y puros atractivos que tendrá para mí después de haber pasado por las manos de un digno y respetable capitular.

Entre tanto, para no defraudar completamente la atención del público, que pensaría hallar en estas líneas un examen más ó menos sucinto de los talentos poéticos del Sr. Revilla, voy á echar mano de alguno de los materiales que hace tiempo estoy acumulando para una obra más importante que la presente. La obra se titulará Vida y opiniones de D. Manuel de la Revilla, y pienso dedicar á ella todos los días que de aquí adelante me conceda Dios sobre la tierra, pues ya estoy realmente cansado y arrepentido de ocupar tan sólo mi espíritu en asuntos frívolos é indecorosos. Me ayudará en esta empresa, superior á mis fuerzas (no me forjo ilusiones), un distinguido artista conocido y estimado ya del público, á cuyo cargo queda la formación de unos magníficos planos en que podrán verse, en todo su espesor, las opiniones del Sr. Revilla desde su nacimiento hasta su disolución, con exactitud y claridad. Será una obra primorosa y exquisita, que ha de facilitar extraordinariamente la inteligencia del texto.

Entre estos revueltos materiales, voy á elegir una opinión grandiosa y peregrina, como todas las de nuestro poeta, que ha de dar al traste, si no me equivoco, con las ideas más propagadas en asuntos de arte. Todo el mundo sabe que algunos poetas antiguos más de una vez trataron de enseñar distintas ciencias ó artes, valiéndose para ello de las formas artísticas, y que los retóricos, apresurándose á dar un nombre á este capricho, lo llamaron género didáctico ó didascálico. Debemos confesar que el género didascálico, á pesar de sus esfuerzos, no logró pelechar gran cosa. Pero no es eso lo peor, sino que en los últimos tiempos llegó á tal punto su laceria, que algunos autores diéronle por muerto, y, so pretexto de que el fin único y esencial del arte debe ser la manifestación de la belleza, pretendieron hasta borrar su claro nombre. Á tanta vergüenza hubiéramos llegado sin la dichosa aparición en nuestro planeta de un hombre extraordinario que, fijando en la vasta esfera del arte su mirada de águila, halló medio de cortar á tiempo la perniciosa corriente. Este hombre dijo: «El fin del arte no es, como se ha creído hasta ahora, la belleza, sino la ciencia; no hay arte donde no se enseñe algo útil y provechoso; el artista y el maestro de escuela se confunden en una unidad superior; no hay más arte que el didascálico». El nombre no convenía, sin embargo, por ser esdrújulo, y lo llamó arte docente ó trascendental.

Fué una verdadera revelación para los que yacíamos sumidos en los groseros errores de la antigüedad. Crear una belleza sólo por crearla me pareció entonces cosa indigna de un hombre serio. La naturaleza empezó á hablarme con un lenguaje distinto del que antes usara. Antes, por ejemplo, al cruzar por un bosque, veía unos árboles cuyos troncos blancos y satinados parecían de plata, me gustaban muchísimo, los miraba, los remiraba, pero no pasaba de ahí. Ahora sé que esos árboles se llaman abedules, que su madera es excelente para hacer canastos, y que también se emplea para construir las cajas de las diligencias. Cuando los veo, echo inmediatamente la cuenta del número de chaplones que de sus troncos podrán sacarse, ¡y encuentro en ello un placer tan vivo y tan puro! Antes, al ver amontonarse por el azul del cielo ejércitos de nubes oscuras y medrosas anunciando tempestad, me quedaba mirando para ellas como un tonto, sin pensar en nada. Á fuerza de mirar, llegaba á ver las más raras y monstruosas escenas que nadie puede imaginarse; unas veces era una araña inmensa que iba tejiendo su tela por el espacio; otras veces era un navío que marchaba con rapidez vertiginosa sacudido por la borrasca; otras, era un brazo colosal que sostenía una espada no menos disforme, cuya punta enrojecida se estaba templando en el sol, quizá para atravesar después á la tierra; otras, era la lucha tremenda de un demonio de grandes cuernos con un ángel; el ángel caía al fin vencido, y presa del dolor, sacudía sus monstruosas alas contra la frente de unas montañas lejanas. Todo esto era sencillamente un absurdo, porque en aquellas nubes no había arañas, ni navíos, ni ángeles, ni mucho menos demonios. Allí no había más que una serie de cumulus que á fuerza de hincharse concluían por reunirse y cubrir la tierra, formando después verdaderos y genuinos cumulo-stratus. Cualquiera comprende que era una insensatez confundir un cumulo-stratus con un navío ó una araña. Hoy, gracias al Sr. Revilla, no se me ocurren tales disparates, porque veo las cosas desde un punto de vista docente. Antes un río claro y límpido era para mí un objeto que siempre miraba con deleite. Pues hoy, créanme ustedes, por sereno y cristalino que sea un río, como no tenga truchas, lo encuentro aborrecible.

Tuve noticia de la teoría del arte docente ó trascendental en un verano, residiendo en el campo. La buena nueva llegó á mí por medio de un periódico que traía inserto uno de esos artículos que el Sr. Revilla viene escribiendo constantemente desde que empezó á arder en su pecho el fuego sagrado de la crítica. Aquí debo advertir que con las críticas del señor Revilla me sucede lo mismo que con ciertas óperas de mi gusto; esto es, que á fin de que me impresionen más fuertemente, sólo las oigo ó las leo de raro en raro. Quiso la fortuna que leyera este artículo, donde, con motivo de no sé qué novela, desenvolvía nuestro poeta su grandiosa y atrevida concepción de la naturaleza y del arte. La luz se hizo súbito en mi espíritu, y pude medir con la vista todo el horror de una obra artística sin trascendencia.

Ya he dicho que era en un verano, y que estaba pasando una temporada en el campo. Por aquel entonces solía yo levantarme temprano (¡qué tiempos aquellos! ¡ya no volverán!), y después de levantarme, acostumbraba á salir á respirar el aire puro de la mañana sentado debajo de un magnífico y corpulento roble. Era un roble que se moría de risa cuando le hablaban de los árboles del Retiro. Sin poder decir fijamente si era simpatía personal ú otra razón de más peso la que enderezaba su vuelo, lo cierto es que todos los días, y á la hora en que yo me sentaba, venía un pájaro á posarse sobre el roble. Yo no tenía el honor de conocerle, pero no importaba nada, porque él guardaba poca ceremonia en eso de no cantar delante de gente. Se conocía á la legua que era un pájaro despreocupado y un poco aturdido, gozoso de vivir y viviendo mucho más en el mundo exterior que en sí mismo. Era un pájaro predominantemente objetivo, como diría el Sr. Revilla, con el estilo mágico que él sólo posee. Tenía parda la color, el pico amarillo, el mirar firme y osado, los modales francos y desenvueltos, ofreciendo el conjunto de su persona un cierto aire de petulancia que no dejaba de sentarle bien. Apenas se posaba en una rama, empezaba á columpiarse, y con la cabeza un poco entornada y los ojos puestos en el espacio, entregábase á la voluptuosidad del movimiento, sin que aparentase pensar absolutamente en nada. No tardaba, sin embargo, en proferir varias notas graves y llenas como las de las flautas metálicas. Era su preludio.

Sin otra preparación, subíase repentinamente al tono agudo y lanzaba al aire una serie interminable de trinos penetrantes y acalorados, como quien quiere echar el alma por la boca. Ora atronaba el espacio con una cascada de notas fuertes y vibrantes que llegaban á producir mareo, ora desfallecía y se dejaba arrastrar al tono más suave y apagado. Tan pronto cambiaba á cada instante de inflexión y de ritmo, de modo que los trinos salían atropelladamente de su boca persiguiéndose los unos á los otros, como insistía una y otra vez, por un largo espacio, sobre una misma frase; parecía que trataba de que la aprendiésemos de memoria. De todas suertes, siempre terminaba con un arrullo tenue y moribundo, como si quisiera indicar que aún le quedaban muchas cosas por decir, aunque no esperásemos que salieran jamás de su boca.

En honor de la verdad, debo confesar que el canto de aquel pájaro me gustaba. No sé por qué extraña asociación de ideas, cuando cantaba, me acudían á la memoria los instantes felices de mi existencia. Veíalos pasar leves, dulces, luminosos como ellos fueron, sonriendo tristemente y diciéndome adiós para siempre. Aquí podría aprovechar la ocasión para contar á ustedes mis primeros amores, sin que ninguno tuviera derecho á quejarse; pero soy incapaz por naturaleza de jugar á nadie estas pasadas. Tan sólo diré que el canto de aquel pájaro resucitaba en mi espíritu sentimientos muy dulces que hacía mucho tiempo había dado por muertos. Todo era una pura ilusión, sin embargo, y una flaqueza de mi alma, disculpable únicamente por el estado de ignorancia en que me hallaba respecto á los eternos principios del arte. Porque, es preciso decirlo claro, no podía darse nada más deplorable que el canto de aquel pájaro desde el punto de vista docente; nada más desprovisto de trascendencia. Después de escucharlo me quedaba tan sabio como antes, no puedo negarlo, pero ni la más leve partícula de ciencia venía á acrecer el caudal de mi sabiduría. Así lo comprendí con dolor al cabo, por lo que me propuse no sufrir más tiempo las impertinencias de un descarado partidario del arte por el arte. Si entre tanto trino y gorjeo se hubiese deslizado, siquiera fuese de un modo secundario, cualquier problemita insignificante de historia ó de metafísica, crean ustedes que nunca me resolvería á hacer lo que hice. ¡Pero decidirme á perder de un modo necio el tiempo! Francamente, que ya no se espere jamás eso de mí. Lo que hice, pues, fue aparejarme con una piedra bastante crecida al sentarme un día, como de costumbre, debajo del roble, y así que columbré á mi pájaro, encajársela sin otras retóricas con toda mi fuerza. No le toqué; mas al sentir tan cerca de sí la primer pedrada de la crítica (crítica aunque severa muy justa), desplegó sus alas y no volvió á parecer por aquel sitio. ¡Pobre diablo! ¿A dónde habrá ido á parar?

En verdad que la grandiosa teoría del Sr. Revilla está á punto de hacer cambiar radicalmente la faz de todas las artes, arquitectura, escultura, pintura, música, poesía y baile. Tengo algunos motivos para creerlo. Por lo pronto, me han informado de que el único maestro que en España cultiva con buen éxito la expresión más pura y genuina de la música, esto es, la sinfonía, está escribiendo una en que probará, ó tratará de probar al menos, que el problema amenazador de las subsistencias sólo puede resolverse rebajando las tarifas del arancel. Este precioso tema, que el oboe se encargará de apuntar nada más en el andante, se irá repitiendo por el allegro, el allegro con motto y el scherzzo entre mil combinaciones armónicas, hasta quedar totalmente dilucidado. Por otra parte, un joven escultor amigo mío está á punto de terminar una preciosa Venus en cuclillas, que llevará grabada á cincel en la espalda la «teoría del valor» de Bastiat, que comienza como todos saben: «Disertación, fastidio; disertación sobre el valor, fastidio sobre fastidio». De esta suerte, el espectador podrá gozar con la belleza de la estatua y al mismo tiempo meditar sobre el asunto más escabroso de la economía política. Creo que el público ha de acoger con entusiasmo esta Venus trascendental, si no por su mérito, al menos por ser la primera que del género docente le presentan.

La teoría va, pues, abriéndose paso al través de la frialdad de los unos y de la abierta oposición de los otros. Su glorioso fundador puede estar seguro de que no tardará mucho en triunfar por completo. Y como nada es despreciable tratándose de contribuir á una obra tan fecunda y generosa, yo también quiero llevar un grano de arena al edificio, dedicando mi pluma (que no puedo llamar mal cortada, porque es de acero) al cultivo del arte trascendental. Al efecto, tengo intención de escribir una novela en la que, por medio de una acción no muy complicada, pero bastante dramática, trataré de presentar y aun resolver el siguiente

PROBLEMA

«Un cosechero recoge de sus fincas en los años ordinarios doscientas cincuenta fanegas de trigo candeal, noventa de centeno y treinta y siete de mijo. Ahora bien, suponiendo que durante un año llueve una tercera parte menos que en los ordinarios, ¿cuánto trigo, centeno y mijo recogerá?»

Dicho se está que trataré de desenvolver este problema de tal modo que se deduzca del contenido mismo de la fábula, y no sea un miembro agregado artificiosamente á la novela. Para ello he de procurar que la acción sea rápida, haciendo que dure solamente los tres meses de otoño. La descripción de la sequía, que como es natural formará una parte muy principal de la obra, será bastante sobria, sin perder de su verdad y energía; las escenas, sobre todo desde que el nudo se forma por entero, serán vivas y dramáticas. Por último, veré de concentrar en cuanto sea posible un gran interés sobre el cosechero, héroe de la acción, haciéndole morir trágicamente en el cadalso. Lo difícil en esta obra, como en todas las demás del arte docente, es presentar el problema aparentando encubrirlo, como hacen los arroyos con las guijas que tienen en el fondo.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

En este momento llega á mi noticia que el señor Revilla no es el inventor del arte docente. Aún más, que el Sr. Revilla lo ha combatido personalmente con gran encarnizamiento hace pocos años. Cuando esto fuese cierto, no es posible negar que el arte docente era muy digno de ser inventado por el señor Revilla. La conversión, según me aseguran, se realizó al doblar nuestro poeta la esquina de la calle de la Montera á la del Caballero de Gracia, donde creyó escuchar una voz misteriosa saliendo del fondo de la tierra, que decía: «¡Emanuel! ¡Emanuel! ¿Cur persequeris me?» Instantáneamente el poeta sintió iluminarse su alma con una luz viva y purísima, y derramando abundantes lágrimas, dió gracias al Todopoderoso por no haberle dejado eternamente en el abismo del arte por el arte. En el mismo punto levantó en su pecho un altar al culto del arte docente, y el sol de la verdad comenzó á teñir de grana y oro los bordes de sus revistas de teatros. Sin dar paz á la mano, el Sr. Revilla viene trabajando desde entonces tanto y tanto en favor de esta nobilísima teoría, que bien puede perdonársele el no haberla inventado.

Mas el Sr. Revilla empieza ya á recorrer ese doloroso calvario que el mundo ofrece siempre al genio. El público (¡á reserva de glorificarlo después de muerto!), cuando no se ríe de ellas, aparenta no comprender sus intrincadas opiniones; en tanto que el Gobierno, cuya obligación de alentar al genio debiera ser una verdad, me aseguran que está pensando seriamente en prohibir el uso de los vocablos objetivo y subjetivo. Si por desgracia este rumor tuviese fundamento, ¡triste es decirlo! al Sr. Revilla no le queda otro recurso que retirarse á la vida privada.

FIN.

INDICE

Los oradores del Ateneo.
Páginas.
Treinta años después7
Proemio19
D. Miguel Sánchez25
» Segismundo Moret y Prendergast33
» Carlos Mena Perier41
» Juan Valera47
» José Moreno Nieto57
» Manuel de la Revilla65
» Gabriel Rodríguez73
» Francisco de Paula Canalejas81
» Francisco Javier Galvete89
» Emilio Castelar99
 
Los novelistas españoles.
Proemio121
Fernán Caballero127
D. Pedro Antonio Alarcón141
» Juan Valera153
» Manuel Fernández y González177
» Francisco Navarro Villoslada189
» Enrique Pérez Escrich199
» José de Castro y Serrano215
» José Selgas231
 
Nuevo viaje al Parnaso.
Proemio247
D. José Echegaray259
» José Zorrilla277
» Ramón Campoamor295
» Antonio F. Grilo317
» Adelardo López de Ayala333
» Ventura Ruiz de Aguilera355
» Gaspar Núñez de Arce379
» Manuel de la Revilla399

NOTAS:

[1] Estas butacas fueron sustituídas al fin por otras, si no tan vistosas, un poco más cómodas.

¡Loado sea el señor secretario!

[2] Observen ustedes que escribo Krause con una ese, aun cuando sus impugnadores en España lo escriben casi siempre con dos.

[3] La Academia de la Lengua no permite que se haga política, pero la haremos á hurtadillas.

[4] Elia, cap. X.

[5] Se me figura que ya he dicho algo sobre este señor en otra parte. Véase por si acaso Los oradores del Ateneo.

[6] Véase Herbert Spencer, First principles.

[7] No hago mención de Goethe, porque el Júpiter de la poesía abrazó con su poderoso ingenio el romanticismo histórico, el filosófico y el realismo de nuestros días.

[8] Darwin.—La descendencia del hombre y la selección natural.

Haeckel.—Historia de la creación de los seres organizados según las leyes naturales.

[9] Hovelacque.—La lingüística.

Whitney.—La vida del lenguaje.

[10] Al leer esta semblanza, escrita ha más de treinta años, no puede menos de parecerme injusta. Revilla fué uno de los hombres de más talento que he conocido. Pero al mismo tiempo, siento en mi alma un cosquilleo de orgullo al pensar que tal violenta arremetida al crítico máximo de aquella época, que daba y quitaba reputaciones á su talante, fué obra de un joven literato de 23 años. Era lo que se ha llamado, después de la hazaña de Hernán Cortés, quemar las naves.

Cuando se publicó en la Revista Europea, mis juveniles compañeros del Ateneo me miraban con asombro y lástima, y se decían al oído: «¡Se ha perdido! ¡Se ha perdido para siempre!»

Por la noche me hallaba sentado entre ellos en un diván del pasillo de dicho centro, cuando acertó á pasar Revilla, que no me saludó, como era natural. Pero volvió á cruzar una y otra vez y yo advertí que estaba inquieto. Al fin se plantó delante de nosotros, se respaldó contra el armario de libros que guarnecía toda la pared del corredor, sacó un cigarrillo, lo encendió con calma, y mirándome fijamente me dijo:

—Ya he leído eso.

Yo me limité á sonreir sin contestar.

—No siento el ataque—profirió al cabo de un momento;—lo único que deploro es que está escrito sin gracia alguna.

—No lo he escrito para que le hiciese gracia á usted—respondí—sino al público.

—Pues se ha equivocado usted, porque al público tampoco le hace gracia.

—Será á sus amigos: á sus enemigos les ha hecho destornillarse de risa.

La conversación siguió en este tono algunos momentos y al cabo el insigne crítico se alejó con sonrisa amenazadora, diciendo:

—¡Nos encontraremos!

Por desgracia para él y para las letras patrias no pudo saciar su venganza. Poco tiempo después le acometió una enfermedad cerebral á la cual sucumbió.

[11] «Genio», en la acepción que aquí le damos, es un neologismo que debe admitirse, pues en ocasiones como la presente, no hay vocablo castellano con que pueda ser sustituído.