—Golondrinas que en rápido vuelo,
Os tendéis por la atmósfera azul:
¿Dónde vais, dónde vais, golondrinas?
A quitar las agudas espinas
De la angustia que siente Jesús.
—Si Jesús en Belén ha nacido
Coronada su frente de luz,
¿Qué corona, decid, golondrinas,
Qué corona de agudas espinas
Atormenta al divino Jesús?
—Si los hombres sois ciegos del alma
Y con ella no veis su dolor,
Viendo están, viendo están golondrinas,
Que aunque niño, corona de espinas
Ya en su espíritu lleva el Señor.
Hoy nosotras, con pío amoroso,
Templaremos su interna aflicción;
Vendrá un día que irán golondrinas
A quitar en la cruz las espinas
Que la frente herirán del Señor.

¿Qué más se ve en el fondo azul del señor Aguilera?—El amor á su patria; el amor á la tierra española.

¡La patria! ¿Qué es la patria?—La patria es un hombre andrajoso y sucio que se estrecha con efusión en una soledad de América ó de Asia; la patria es una frase de desprecio que se pronuncia allá muy lejos, donde no brilla el sol ni huele el azahar, y hace correr la sangre por el suelo; la patria es un canto que suena de noche en una ciudad de Inglaterra ó Alemania, haciendo saltar una lágrima á los ojos de un hombre que lee en su gabinete; la patria son unos batallones de soldados barbilampiños y morenos que llegan de Africa, y entran en Madrid con música y banderas desplegadas; la patria es el gentío inmenso que se arroja gritando á su paso, ebrio de entusiasmo y orgullo; la patria, últimamente, es una cosa que no se puede definir, como acontece con otras muchas.

¿Los españoles tenemos patria?—Unas veces se me antoja que sí; otras que no. Lo que no ofrece duda es que trabajamos todo lo posible por no tenerla. Hace muchos años que los españoles empleamos lo mejor del tiempo en zaherir á nuestra patria con la lengua y con la pluma, y en desgarrarla con la espada. Sería un milagro que quedase todavía algo de ella.

Por otra parte, la patria ha pasado de moda. Los filósofos han demostrado recientemente que el sentimiento patriótico no se acuerda con las exigencias cada día más amplias y universales del espíritu humano. Es un sentimiento primitivo y grosero, que se aloja por lo común y arraiga con extremada fuerza en los hombres de inteligencia inculta y de carácter bravío.

Lleno mi espíritu de estas ideas cosmopolitas y filosóficas, enderecé mis pasos alguna vez al Museo del Prado. Mi objeto ostensible al dar este paseo era ver y recrearme con las pinturas que allí hay; mas en el fondo de mi corazón latía también el deseo de inculcar á los chisperos y manolos que figuran en el célebre cuadro del Dos de Mayo, de Goya, alguna de las ideas generales y comprensivas de que iba saturado. Es imposible imaginarse nada más salvaje que la actitud de aquellos chisperos desharrapados, con los brazos en alto, erizados los cabellos, los ojos amenazando saltar de las órbitas, frente á las bocas de los fusiles franceses, y gritando al parecer con todas sus fuerzas: ¡¡¡Fuego!!!

No conseguí mi objeto. En vano quise persuadirles de que aquella actitud, si bien en otra época tenía razón de ser, mirando al estado del progreso, en los momentos actuales era completamente inexplicable, y se hallaba en abierta oposición á la doctrina corriente entre los tratadistas. En vano les demostré como pude que el concepto de humanidad era superior al de patria, y que éste, como más limitado y primitivo, debía subordinarse siempre á aquél. No querían escuchar nada; no atendían poco ni mucho á mis razones, y quedaron, como es fácil colegir, tan ignorantes y bárbaros como antes. De tal modo, que aún podéis verlos cuando queráis, firmes en su cuadro y cubiertos de sangre, siempre con los brazos en alto y los cabellos erizados, gritando como energúmenos: ¡¡¡Fuego!!!

Mucho me holgaría de que lo que voy á decir en este instante no lo escuchase ninguno de los varones que siguen con ahinco y amor los pasos de la ciencia.

Cierta tarde en que me hallaba frente al mencionado cuadro, amonestando á aquellos salvajes, como tengo por costumbre siempre que me pongo al habla con ellos, me distraje al parecer con un rayo de sol, que vino de repente á herir á un manolo en el rostro. Al mismo tiempo una mosca grande y azulada empezó á zumbar confusamente algunas cosas á mi oído, y perdí el hilo del discurso. Sin saber por qué ni cómo, en aquel momento sentí mucho calor en las mejillas, comenzaron á latirme fuertemente las sienes, percibí cierto olor á pólvora, y sin saber también por qué ni cómo (¡qué vergüenza!), pienso que exclamé, dirigiéndome á los feroces chisperos: «¡Oh, amigos míos, quiero ser bárbaro como vosotros!» Afortunadamente no había nadie en la sala.

El Sr. Aguilera, al parecer, también quiere ser bárbaro, y escribe sus Ecos nacionales, inspirados en el amor vivo y ardiente de la madre patria. Estas composiciones fueron escritas en los años juveniles del autor, y aunque revelan, bastante inexperiencia artística, que en ocasiones semeja puerilidad, trasparéntase en ellas un sentimiento tan puro, un candor y una energía que cautivan y embriagan. Quizá si tuviesen más aliño no produjeran el mismo efecto. Están destinadas al pueblo, á ese pueblo español tan noble, tan altivo, tan feliz en otro tiempo, cuando el despotismo austriaco no había asentado su maldita planta en nuestro suelo. Haga Dios que algún día ese pueblo español salga de su letargo y se disipen los malos sueños que oscurecen su frente; no para conquistar tierra, que harta tenemos ya, sino para ser más dichoso dentro y más respetado fuera.

El pueblo ha pagado bien al Sr. Aguilera el amor que le profesa, dándole lo único que podía darle, su poesía. El pueblo expresa siempre su poesía en una forma muy breve y concisa. El pobre necesita trabajar, y no tiene tiempo á componer grandes trozos de versificación. Por tal motivo, se ha acostumbrado á decir mucho en pocas palabras, y acaso también por llevar un poco la contraria al Sr. Grilo. El arte supremo de iluminar vivamente el espíritu con cuatro versos, haciéndole columbrar dilatados y hermosos horizontes, no lo robó el Sr. Aguilera al pueblo, como se ha dicho; el pueblo se lo ha regalado, como desquite de una deuda de amor y de sacrificios. No es tan insignificante el regalo como algunos piensan, incluso quizá el mismo Sr. Aguilera. A mi juicio, son los cantares la obra maestra de nuestro poeta y aquella en que no ha tenido, ni tiene, ni es probable que tenga rival. Los cantares de Aguilera no morirán jamás, porque salen del fondo del corazón, y como él mismo dice con admirable delicadeza:

Cantar que del alma sale,
Es pájaro que no muere;
Volando de boca en boca
Dios manda que viva siempre.

Volando de boca en boca, y acompañados de la guitarra, los he visto cruzar á menudo, unas veces tristes, otras alegres, pero siempre dulces y apasionados.

¿Qué más se ve en fondo azul del Sr. Aguilera?—El amor de la naturaleza. No hay que confundir el amor que Aguilera siente hacia la naturaleza con esa afición frívola y afectada, hoy tan en boga entre viajeros y bañistas, los cuales creen pagar su deuda de admiración á la naturaleza gritando sin ton ni son en todas partes: «¡Magnífico! ¡Delicioso! ¡Sorprendente!» y poniéndose una rama de madreselva en el sombrero cuando tornan del paseo. No; el Sr. Aguilera ama la naturaleza como ésta pide que se la ame, con sentimiento profundo y verdadero, con extática contemplación y fervoroso culto, con cierto misterioso terror que contrae el corazón y cierra la boca. Solamente á los que así la aman entrega el tesoro infinito de sus gracias. Así la ha amado Fray Luis de León, el inmortal autor de la Vida del campo, con quien guarda nuestro poeta, según creo haber indicado, un estrecho y singular parentesco, y así la amaron todos los ingenios que han sabido cantarla.

Mas el amor de la naturaleza para el Sr. Aguilera y para todos los que residimos en la corte es un amor platónico, porque no gozamos de sus galas y encantos. En Madrid hay unos árboles en el Retiro y unas montañas hacia Fuencarral que los miran por encima de las torres y las chimeneas. Lo que queda entre estas montañas y estos árboles no merece el nombre de naturaleza. En punto á naturaleza, los madrileños no deben alzar el gallo á nadie, porque el más zafio y miserable labriego de Asturias ó Galicia es mil veces más rico que ellos.

No obstante, sería poco decoroso despreciar lo que hay en casa. A mí me gusta mucho el cachito de naturaleza que posee Madrid. Aquellos árboles del Retiro son muy hermosos, digan lo que quieran. Son hermosos por la mañana cuando, regocijados y alegres con la salida del sol, bendicen la tierra sacudiendo sobre ella, como enormes hisopos; el rocío que vino por la noche á dormir en sus hojas. Son hermosos al mediodía cuando el sol los baña, los inunda con su luz amarilla, vistiéndolos de verde y oro, como si fuesen primeros espadas. Entonces los últimos vapores del rocío se disipan y se pierden en la atmósfera, la luz consigue penetrar por mil intersticios en su interior y los hace trasparentes como faroles venecianos, los troncos parece que están satinados, el sol dibuja con sus ramas negra y tremante red en la arena, y las hojas chiquitas de las puntas relucen como monedas de oro acabadas de acuñar. Son hermosos sobre todo á la tarde, cuando se destacan sobre el azul pálido del cielo con tal limpieza que parecen recortados á tijera por una mano invisible. Si os sentaseis debajo de uno de ellos á contemplar la muerte del día, veríais al principio regueros de luz que cambian á cada instante de cauce, corriendo primero por la parte baja de la copa, después por el centro, después por la cima, después por ninguna parte. La sombra lo envuelve en su manto protector, y el árbol, inmóvil y silencioso, se prepara á dormir, respirando con libertad en el ambiente fresco y húmedo. Más he aquí que de aquellas montañas del Guadarrama, un poco soñolientas también, llega una brisa áspera y fría, con el exclusivo objeto de darle las buenas noches. Una hojita que en el extremo de la rama más alta parece servir de vigía se estremece primero débilmente, después empieza á moverse con brío tocando á rebato, y todas las demás, advertidas de la presencia del emisario, comienzan á bailar alegremente, devolviendo su cordial saludo al Guadarrama. Cumplido este deber de cortesía, el árbol se abandona al reposo, y duerme á pierna suelta.

¡Qué hermosos están aun durante el sueño estos árboles, dibujando sus fantásticas siluetas en el oscuro azul de la noche! Acaso no sea todo oscuridad ni duerma todo en el interior de estos árboles. Reparando bien, tal vez percibáis el brillo suave é intermitente de una de sus hojas. Alzad los ojos al mismo tiempo, y veréis en el cielo un lucero tan brillante como presuntuoso. Retiraos, no seáis indiscretos.

Mas hágome cargo, aunque tarde, de que no estoy escribiendo la semblanza de los árboles del Retiro, sino del Sr. Aguilera, y paso inmediatamente á otro punto.

¿Qué más se ve en el fondo azul del Sr. Aguilera?

En ese espacio diáfano flotan como claras estrellas dos ojos negros, grandes, brillantes y serenos que podéis ver retratados en la hoja primera de sus Elegías y Armonías. Era una niña, era un pedazo del alma del poeta, la que en otro tiempo los hacía brillar con su sonrisa, los elevaba, los adormía, los ocultaba un instante en la sombra de sus pestañas y los hacía lucir de nuevo como dos rayos de sol que hieren el cristal de una fuente.

¡Cuántas veces os habréis sentado en las sillas del paseo de Recoletos! ¿no es cierto? Pues en verdad que no habrá dejado de revolotear en torno vuestro casi siempre un enjambre de niños que juegan corriendo unos en pos de otros y lanzando chillidos penetrantes, como golondrinas que se persiguen por el aire. Á fuerza de contemplar con mirada distraída aquella escena bulliciosa, concluís por fijaros en una niña de ojos y cabellos negros y vestido blanco. Os interesa su mirar melancólico y la suavidad y elegancia de sus movimientos. Al pasar á vuestro lado muy descuidada y risueña, la pilláis al vuelo por uno de sus bracitos y la atraéis blandamente hacia vosotros, la aprisionáis entre las rodillas, tomáis entre las vuestras sus diminutas manos, que parecen dos botones de rosa, y la acariciáis de mil maneras, interrogándola al mismo tiempo sobre el juego en que se divierte, cuál es su nombre, cuántos años tiene, cuántos hermanos, etc., etc. Al principio os mirará con ojos de asombro y temor, se negará resueltamente á contestar y tratará de arrancarse á vuestras caricias. Mas poco á poco irá perdiendo el miedo, y á los cinco minutos sois los mejores amigos del mundo. Á los diez ya sabéis que su hermano menor es un insoportable glotón, capaz de comerse la parte de dulces de todos los hermanos, y algunos otros gravísimos secretos. Al cuarto de hora, cuando su aya viene á llamarla y os presenta la mejilla para que la beséis, vuestra amistad está á prueba de desavenencias y disgustos. ¡Oh, bien se puede asegurar que durante este cuarto de hora no os aburristeis poco ni mucho! Mas cuando la veis alejarse dando graciosos brincos, ¿no ha cruzado por vuestra mente la idea de que pudierais tener una hija igual, y que podía morirse? Sí; con seguridad ha cruzado y habéis sentido todo vuestro cuerpo estremecerse de súbito con un movimiento de terror, y habéis medido con los ojos de la imaginación los profundos abismos del más fiero dolor, del dolor de los dolores.

Pues bien, figuraos que el padre de aquella niña es nuestro poeta y que la ha perdido. Otro hombre no hubiera podido hacer más que llorarla. Él la ha llorado y la ha cantado. Y su canto es el más armonioso, el más sentido, el más tierno que ha salido de su pecho. Las elegías que Aguilera dedica á la memoria de su hija, por el profundo sentimiento que guardan y por la delicadeza con que han brotado de la pluma, serán leídas mientras haya poesía. Parecen escritas como fueron sentidas, en el mismo instante en que el brillo de un lucero, los ecos lejanos de un organillo ó los lirios que crecen en un balcón traen á la memoria del poeta su dicha pasada y su desgracia presente. Detrás de aquellas páginas se escuchan realmente los sollozos. Voy á coger no más que dos perlas del collar, copiando las siguientes bellísimas composiciones:

Debajo de mis balcones
Parábase el saboyano;
Ella, la música oyendo,
danzaba al sonido mágico,

y yo de gozo temblaba
como la hoja en el árbol.
Debajo de mis balcones
hoy se paró el saboyano;
levantar le vi los ojos
una, dos, tres veces, cuatro...
¡Y una, dos, tres, cuatro veces
sin esperanza bajarlos!
No mires á mis balcones:
¿por qué miras, saboyano,
si ya no ha de salir ella
á este balcón solitario,
para echarte la limosna
bendecida por su labio?...
No mires á estos balcones,
y si vuelves, saboyano,
la voz del órgano apaga,
y pase por Dios callando,
pues yo no sé lo que tiene
¡ay! que no puedo escucharlo.
  *
*   *
—¡Cómo tardan estos lirios,
cómo tardan en dar flor!—
Me decía muchas veces
al regar los del balcón.
—Cuando se abran, serán tuyos
contestábale mi voz;
y esperando el ángel mío,
esperando, se murió.
Vino Mayo ¡ay, no viniera!
y los lirios del balcón
su corola azul abrieron
á los céfiros y al sol.

Y las lágrimas brillaban
que sobre ellos vertí yo,
al dejarlos en la tumba
donde tengo el corazón.

III

Y ahora, ¿qué voy á decir de los defectos del señor Aguilera? He pasado un rato delicioso escribiendo las anteriores líneas, sin curarme para nada de ellos. Ni yo lo he sentido, ni acaso el lector lo sienta tampoco. Encadenado al vuelo del poeta, vime suspenso un instante sobre la tierra. Pienso (Apolo me perdone la injuria) que fuí poeta el espacio de un relámpago. No es maravilla que me pese el salir de un grato sueño para dar con verdades frías y amargas. ¡Es tan triste acostarse poeta y despertar crítico! Pero Dios lo quiso, y el editor también. ¡Seamos críticos!

No satisfecho el Sr. Aguilera con expresar lo que sentía bien, verbigracia, los afectos más arriba indicados, quiso también cantar en más de una ocasión lo que sentía mal ó no sentía de modo alguno. De aquí han nacido todos sus defectos. En el crecido número de sus composiciones se encuentran no pocas endebles, fatigosas y descoloridas, sobre todo en el Libro de las sátiras, no tanto por falta de primor y elegancia en la forma (que rara vez acontece), como por falta de verdad y de brío en la inspiración. El Sr. Aguilera ha incurrido en un vicio, harto frecuente por desgracia en nuestra época; el de acudir á lugares comunes, á frases llevadas y traídas por todos los que comercian con las Musas. Los lugares comunes en filosofía admiten excusa y hasta prestan utilidad, mas en el Parnaso son rechazados y perseguidos como animales dañinos. No es posible encarecer bastante el horror con que las Musas miran la poesía de estereotipia, tan en boga al presente. Dicen ellas, y yo soy de su opinión, que cuando el poeta no tiene nada nuevo que decir ó no encuentra nueva forma en que expresarlo, debe callarse.

Puesto ya á censurar, también diré que el señor Aguilera introduce alguna vez en sus poesías lecciones de moral que encajarían mejor en una plática de Semana Santa. Una cosa es componer poesías, y otra dirigir pastorales á los católicos de una diócesis. También diré que acostumbra á desleir sobradamente los conceptos, dando esto por resultado el que se pierda, ó debilite al menos, el efecto que deben producir, comunicando al propio tiempo á sus composiciones cierta languidez, que alguno pudiera calificar de inanición. También diré que la afición á poner estribillo en una gran parte de sus poesías, produce en ciertos casos el efecto apetecido de moverlas y animarlas; mas en otros, quizá por rechazarlo la índole del asunto, ó por no acertar á poner el que conviene, las hace pueriles unas veces, y otras artificiosas.

Pero no diré más; que ya me voy avergonzando de echar en cara estas menudencias á un tan insigne y excelente poeta.

D. GASPAR NÚÑEZ DE ARCE

A UNQUE parezca descortés y hasta irreverente dar comienzo á la semblanza de un poeta con una apología de la prosa, tengo razones poderosas para escribirla, y la he de escribir, si en ello hubiera de irme la fama de atento y comedido. No la escribo porque tenga en aborrecimiento el verso; que el hecho mismo de consagrar mi pobre ingenio al estudio de los poetas dice bien claramente lo contrario. Tampoco porque juzgue, como algunos, que es el verso un lenguaje propio de la infancia de los pueblos y opuesto á la gravedad de nuestra época, y que ha de llegar un día en que desaparezca totalmente. Para mí el verso es y será eternamente el lenguaje genuino de la poesía. Y cuenta que lo dice un hombre tan pudoroso en esta materia, que para él las columnas de La Ilustración Española y Americana son selvas vírgenes donde nunca ha osado poner el pie: incapaz, por consiguiente, de meterse con nadie ni de escribir un mal soneto, á no ser que le hurguen mucho y de mala manera: en cuya fe quiere vivir y espera morir. Mas el verso, como todas las grandezas de la tierra, no necesita apologistas. Por el hecho de existir pregona su excelencia; mientras la prosa, la prosa vil, al tenor de las causas malas, necesita campeones que salgan á su defensa. No es bizarro el que ahora se presenta, pero sí bastante cazurro, y ha de suplir, ciertamente, con zancadillas y trazas de mala ley lo que le falta de arrojo. Mucho cuidado con él.

La prosa no es bonita, debo confesarlo, pero no me nieguen ustedes que es muy expresiva. Tiene las facciones abultadas é incorrectas, le falta majestad y dulzura en los movimientos, es áspera, indómita y arisca, todo lo que ustedes quieran; pero no me nieguen ustedes que es muy expresiva. ¡Oh, sí, es muy expresiva! El alma se ve muy pronto por sus ojos grandes y oscuros. En sus posturas descuidadas y caprichosas, en sus movimientos desordenados y bruscos, en sus arrebatos y en sus desmayos, hay á veces mucha gracia. Y luego, ¡tiene unas salidas! Nunca puede estar tranquila ni caminar con paso mesurado y sereno. Á cada instante se siente acometida por la necesidad de alargarlo ó acortarlo. Viene un período amplio, terso y sonoro, de esos que piden á todas horas los pseudo-clásicos, sin saber lo que piden; en pos de él, otro breve y palpitante como el corazón que lo dicta. Aparece uno suave y almibarado, como el requiebro de un adolescente, y á toda prisa surge detrás otro seco y áspero que le deja cortado. La prosa, en fin, odia de muerte la monotonía, y procura demostrárselo en cuantas ocasiones se presentan. Quizás por eso se eleva rara vez al cielo. El cielo es hermoso, pero es monótono.

Mas si no consigue volar por el cielo sereno y límpido, en cambio discurre admirablemente por la tierra. Alguna vez se mancha con sus lodos y se pincha con sus abrojos, pero sabe lavarse inmediatamente en sus claras fuentes, y curarse con el bálsamo de sus flores. No se desdeña de andar á pie por los parajes más escabrosos, ni penetrar en los lugares más humildes. A menudo se la ve pararse ante un objeto ínfimo y despreciable, iluminándolo y describiéndolo con amor. Á veces también, á semejanza del mar, sabe reflejar el azul del cielo.

No se me oculta, sin embargo, que se la mira generalmente con desprecio. No se me oculta que al ver á la prosa entrarse por un hospital, por una fábrica ó por una taberna con la mayor frescura, y ponerse á referir cuanto allí ocurre, por insignificante y hasta despreciable que sea, hay muchos que dicen pestes de ella, y se creen humillados al leer lo que juzgan indigno de toda atención. Sé de sobra que hay mucha gente para quien no existe ni puede existir arte alguno en la descripción del catre en que duerme un niño desamparado y pobre, ó en la de la faena de un rudo labrador, ó en la del tocado breve y sencillo de una costurera. ¡Ah! Tal vez se figura esa gente que no se encuentra á Dios más que en la sublimidad de la bóveda celeste poblada de astros luminosos, á cuyo lado el que habitamos no es más que un leve grano de arena. Si tal se figura, es que no ha mirado jamás en una gota de agua por el lente de un microscopio. Habiendo mirado, no dejaría de comprender al instante que es tan fácil llegar á Dios por lo infinitamente pequeño como por lo infinitamente grande.

Tampoco la prosa carece de ritmo en absoluto. Su ritmo es mucho más hondo y arcano que el del lenguaje métrico, mas no por eso deja de existir. Un oído delicado lo percibe como blanda y recóndita música dentro de una selva oscura. ¿Quién osará negar el ritmo, el número y la armonía á la prosa de Cervantes, Fenelón ó Manzoni? No seré yo quien cargue con semejante responsabilidad. Lo que hay es que el ritmo de la prosa no es uniforme y continuo como el de la versificación. Los vientos del pensamiento lo agitan á su capricho y le hacen variar á cada instante de rumbo, sin darle jamás punto de reposo. La prosa, mejor que el verso, obedece á las insinuaciones del espíritu, dejándose llevar cual dócil pluma, unas veces por regiones serenas y tranquilas, otras por parajes revueltos y oscuros...

Pero basta ya de panegírico; que tal suma de perfecciones voy acumulando sobre la prosa, y tan devoto de ella me presento, que temo murmuren las malas lenguas.

Llegó el instante, por mí bastante temido, de dar explicaciones sobre las causas que engendraron este inoportuno panegírico. Y ála verdad, si ustedes pudieran pasarse sin ellas, me alegraría en el alma, porque no tengo deseo alguno de manifestarlas. Mas ustedes no pueden pasar sin explicaciones, por más que la galantería les mueva á decir otra cosa, y aunque me pese, creo hallarme en la obligación de remediar su justa curiosidad.

¿Y por qué siento dar explicaciones? Dirélo de una vez: porque temo que estas explicaciones no agraden al Sr. Núñez de Arce. Tal temor, si bien se nota, es más lisonjero que ofensivo para el Sr. Núñez de Arce, puesto que si yo no le respetase y admirase muy de veras, á buen seguro que no me turbaría más ni menos. Mas, por desgracia, sé lo peligroso que es decir á una mujer hermosa que no es la más hermosa del mundo, ó á un poeta inspirado que no es el más inspirado de todos los poetas. Desde Homero hasta Revilla, no ha habido jamás poeta alguno que escuchase con calma una afirmación parecida. Compadézcanse ustedes de mi situación, y por Dios me den algunos alientos, que harto los necesito. Comienzo.

Reconozco, como tendré ocasión de mostrar en el presente artículo, muchas y notables dotes de poeta en el Sr. Núñez de Arce, mas he dado en imaginar que las tiene aún más notables y sobresalientes de prosista. En las cortas páginas que lleva escritas en prosa, he pensado reconocer casi todas las cualidades que distinguen á los grandes prosadores; flexibilidad, número, concisión, elegancia, naturalidad, energía. Si se me apurase, tal vez llegara á decir que en el género histórico es donde pudiera alcanzar mayores lauros. Tengo la creencia de que si el señor Núñez de Arce hubiese dedicado su pluma á la historia, dejaría oscurecidas, por lo que toca al aspecto literario, las glorias de todos nuestros historiadores, excepto Mariana. Y aquí me salta al encuentro cierta semejanza que hace tiempo he observado entre nuestro poeta y otro de la nación portuguesa: Alejandro Herculano. A entrambos los caracteriza la austeridad del pensamiento, la virilidad y firmeza del tono y la sobriedad de la dicción. Pero Alejandro Herculano, que no pasa de notable poeta, fué un eminentísimo prosista, el más eminente quizá de cuantos ha producido la Península Ibérica, en este siglo, dejando, como es sabido, en la historia y en la novela monumentos perdurables del arte literario. ¿Sentirá ahora el Sr. Núñez de Arce que le compare á Herculano?—Lo sentirá, estoy seguro de ello; y lo sentirá, porque la comparación, como dicen los filósofos, sólo es exacta en potencia, dado que el Sr. Núñez de Arce no ha querido hasta el presente mantener relaciones duraderas con la prosa. Respetando, como me cumple, su acuerdo en este punto, permítaseme deplorarlo, en gracia siquiera de la desgraciada defensa que de aquélla acabo de hacer. Y ya no necesito decir más para explicar el raro modo de dar comienzo á este artículo.

Mas ya que me veo forzado á juzgar en el Sr. Núñez de Arce al poeta y no al prosista (como fuera mi gusto), debo empezar declarando que ciertas cualidades que el Sr. Núñez de Arce posee en alto grado, esenciales para el prosador, no lo son tanto en mi concepto para el poeta, á saber: la concisión y la energía. Nada más frecuente, cuando se quiere ensalzar la musa del Sr. Núñez de Arce, que apellidarla viril, como si con este adjetivo quedase hecha su apología por completo y no hubiese más que decir. Es más: hasta he leído juicios críticos en que se considera esta cualidad como la más alta y suprema que el poeta puede recibir del cielo. No lo entiendo yo así. ¡Medrados estaríamos si no hubiese más que virilidad y fuerza en la poesía, si el poeta hubiese de cantar por necesidad á todas horas asuntos ó temas viriles! Tanto valdría afirmar que en el terreno metafísico, la belleza y la forma se confunden. Por fortuna no es esto cierto en ningún terreno. El elemento femenino ha jugado, juega y jugará un papel principalísimo dentro del arte. En la humanidad, la belleza no está representada por el hombre, sino por la mujer. Y la naturaleza, si es sublime en sus aspectos ó momentos terribles, bella no lo es más que en los de calma y sosiego, y en los lugares apacibles y amenos.

Tampoco hay que confundir la energía de la expresión, que es ingénita á todo el que se halla bien penetrado de un sentimiento, sea éste tierno ó viril, con la índole de los afectos que animan al poeta. Espronceda es más enérgico para mí en su Canto á Teresa que Quintana cantando el combate de Trafalgar. Y es porque, á mi entender, le tenían con más cuidado á Espronceda las liviandades de su querida, que á Quintana la derrota de la escuadra hispano-francesa.

Por lo dicho, y por algo más que me callo, no soy tan gran admirador como otros de los poetas viriles (cuando la virilidad reside en la naturaleza del asunto ó en el tono, y no en la mayor ó menor energía del sentimiento). Así que no doy la estimación que aquéllos á la virilidad del Sr. Núñez de Arce. Pudiera muy bien ser más viril que Adán, padre del género humano, y no tener pizca de poeta. Si lo es, y excelente, no lo debe á los temas viriles que elige para sus composiciones, ni al tono elevado que adopta para cantarlos, sino á su ingenio y fantasía.

En cuanto á la concisión, cierto que es una dote que puede cuadrar bien á un poeta; pero no le es tan indispensable como al prosista. Conviene distinguir además la concisión ó sobriedad de la frase de la precisión y fijeza de los conceptos. La primera puede enaltecer las producciones de un poeta: la segunda no hace más que confundirle con el prosador. El verso es semejante á la música, y como ésta, sirve para expresar lo más vago, lo más delicado, lo más inefable de los sentimientos humanos. Cuando se le obliga á decir cosas que la prosa puede expresar tan bien ó mejor que él, á mi juicio, se le desnaturaliza. Esto hace en ocasiones el Sr. Núñez de Arce. Algunas de las composiciones insertas en los Gritos del combate parecen escritas en prosa sonora y rimada, y semejan manifiestos políticos en verso, más que verdadera y limpia poesía.

¿Llevará, por ventura, la musa política el feo vicio del prosaísmo? No lo sé; mas cuando echo la vista á los frutos que ha dado en este siglo dentro y fuera de España, me siento inclinado á pensarlo. Aunque fijemos nuestra atención en lo más selecto, por ejemplo, en Quintana y Beránger, yo encuentro el prosaísmo (el prosaísmo del concepto y del sentimiento, que es mil veces peor que el de la frase) cebándose sañudamente en un gran número de sus composiciones, por más que el primero aspire á disfrazarlo con la pompa del estilo, y el segundo con su donaire. Me parece que en esto no hago más que seguir la opinión general, porque la fama de ambos poetas ha desmedrado notablemente con el tiempo. No quiero decir, sin embargo, que la política no pueda inspirar en ocasiones á los poetas grandes, bellos y atrevidos pensamientos, aunque sí imagino que la política antigua, entregada al acaso ó á los golpes de la fortuna y á la espontaneidad de las fuerzas individuales, servía mejor para el caso que la moderna, sometida casi por completo á una serie de reglas complicadísimas que la convierten en una maquinaria inflexible y monótona. Padilla luchando á campo abierto en Villalar con el emperador Carlos V, es una figura poética; pero un general que se pronunciara hoy con unos cuantos batallones en favor de la descentralización, no lo sería gran cosa. Y es porque en el instante en que las ideas dejan de formar parte de nuestra vida, de nuestra carne, si pudiera hablar así, como en el caso de Padilla, para convertirse en abstracciones, se deshace su encanto. El poeta no quiere abstracciones, sino figuras vivas, imágenes, algo visible y palpable que infunda calor en su corazón y en su fantasía. El Sr. Núñez de Arce ha caído en el mismo vicio que su maestro Quintana, y como él ha procurado velar lo descarnado y prosaico del pensamiento con la magnificencia del estilo. Esto no obstante, debo hacer una declaración que va á estremecer profundamente muchas orejas clásicas. Para mí, el discípulo posee más cualidades de poeta que el maestro. Está muy lejos de superarle, ciertamente, en la profundidad del pensamiento, ni en el vigor y armonía de la elocución poética, pero le lleva ventaja en el calor y riqueza de la fantasía, que, por más que á ello se opongan los pseudo-clásicos, es lo que eternamente caracterizará al poeta. No manejará la lengua con tanto imperio y maestría, ni escribirá unos versos tan audaces como los de Quintana, pero éste tampoco escribiría ni el Idilio ni el Raimundo Lulio de nuestro poeta.

No es sólo la política la que inspira al Sr. Núñez de Arce, aunque sí le preocupa con exceso. Hay otro orden de pensamientos que le atraen, le alteran y le mortifican, como puede verse leyendo sus Gritos del combate; y son los del orden religioso. No me asombra. Las cosas de ultratumba nos traen revueltos á muchos que no tenemos nada de poetas. Hasta aquí, por consiguiente, el Sr. Núñez de Arce no es más que uno de tantos. Conviene ahora saber si esta preocupación constante de la mayor parte de los hombres en el día inflama su espíritu y le presenta nuevas y originales bellezas, pues es de lo que se trata.

Nuestro poeta se empeña en hacernos creer que su espíritu vive presa de la duda más cruel, que no puede deshacerse de ella, que en todos los parajes y ocasiones le acompaña y le persigue, etc., etc. Y á la verdad, lo que se vislumbra en las poesías del señor Núñez de Arce no es un alma atormentada por la duda, sino un hombre descreído que echa menos sus perdidas creencias. Esto, que hasta cierto punto es una falta de sinceridad, de la cual tal vez el mismo poeta no se dé cuenta perfecta, contribuye poderosamente á que tales poesías no hieran la fantasía ni conmuevan el corazón de quien las lee. Otra razón hay para que estas composiciones, bien entonadas, correctas y armoniosas, no nos hieran muy vivamente; y es que los pensamientos en ellas esparcidos tienen más de científicos que de poéticos. Son los pensamientos que se ocurren á un hombre de talento, y no á un poeta. El Sr. Núñez de Arce no ha sacado partido del estado de incertidumbre ó de incredulidad en que necesariamente han de vivir los poetas de esta época. Byron, Schiller, Heine, Musset, Leopardi y otros varios, han creído, han dudado, han descreído. Todo esto se trasluce con bastante claridad en sus obras, aunque ellos muy rara vez nos lo digan concretamente. Y la enfermedad que les devora presta á sus poesías diversas tintas ó colores, según los estados por que atraviesa; unas veces oscuros y lúgubres, otras vagos y desvaídos, otras dulces y melancólicos. Pero siempre, siempre buscando la belleza con admirable instinto. Así que, para mí, sus figuras son mucho más interesantes y amables que la del Sr. Núñez de Arce, el cual se revuelve airadamente contra su siglo y contra Voltaire, Darwin y todo el cortejo de filósofos modernos, á quienes achaca la culpa de que él no viva feliz y satisfecho. Es muy lamentable; mas para el arte es aún más lamentable que la duda ó el esceptismo no hayan logrado descubrir tesoros de más valía dentro de su espíritu.

Los defectos que dejo apuntados proceden, si no en todo, en gran parte al menos, de que el Sr. Núñez de Arce no está completamente en su cuerda en la poesía lírica. La índole de su ingenio y de su inspiración es mucho más épica que lírica. Y si fuera permitido á un hombre humilde y desautorizado, como yo, invocar el auxilio de dos palabras tan augustas, diría que es más objetiva que subjetiva. Lejos de mi la idea de entrarme de rondón, por esto, en el dominio de las divisiones literarias. Entre todos los españoles que saben leer y escribir, no habrá otro menos amigo de clasificaciones. Creo que las divisiones en el arte son como las que se hacen en el mar: tan pronto hechas como borradas. Pueden los retóricos á su antojo dividir el arte en géneros, á semejanza de los astrónomos que dividen el firmamento en zonas para mejor estudiar sus estrellas. Dios en el cielo y el poeta en el arte nunca tendrán en cuenta para nada tales divisiones. Mas una cosa es trazar clasificaciones y otra determinar el carácter y naturaleza de la inspiración de un poeta. Á esto únicamente me dirijo cuando digo que el Sr. Núñez de Arce es más épico que lírico.

Como poeta lírico, carece de aquella delicadeza y escrupulosidad con que los grandes modelos exploran todos los pliegues de su alma y sondean sus más profundos misterios; carece de aquella exquisita sensibilidad que les mueve de un modo irresistible á exhalar sus afectos. Pero en cambio su imaginación viva y osada, su briosa entonación y su maestría para describir y narrar, le están pregonando como un gran poeta épico. Así lo ha comprendido él mismo al cabo, decidiéndose á escribir algunos poemas que son los cimientos más seguros de su gloria. Entre ellos, dos, el titulado Raimundo Lulio y el que por un extraño capricho titula Idilio, compiten con lo más hermoso y selecto que este siglo puede ofrecer en poesía á los futuros.

El Idilio es una prueba más de que en la vida lo pequeño es muchas veces lo grande. Casi tantas como lo grande es lo pequeño.

¡Lo pequeño y lo grande! ¿Quién se atreverá á decidir sobre uno y otro? Cuando niños nos hacen llorar cosas que hacen reir á los hombres. ¿Me negaréis que aquellas lágrimas son tan sinceras y tan vivas como todas las demás que se vierten en el mundo? Cuando jóvenes nos desesperan ó nos arrebatan de alegría ciertas cosas que los viejos desprecian. En cambio los jóvenes suelen mirar con soberano desdén otras que preocupan á los viejos. Y si esto acontece en un mismo hombre, ¿qué no sucederá entre hombres diferentes? Preguntadle al comerciante de enfrente qué es lo que opina del ruido que hacen las hojas al caer ahora por otoño. Preguntadle á un poeta qué juzga de la subida de los algodones. Preguntadle á una madre que ve á su hijo partir á la guerra qué es lo que opina de la autonomía de los Estados. Preguntadle á un diplomático cuánto le preocupa el dolor de aquella madre. ¡Lo pequeño y lo grande! ¿Quién se atreverá á decidir sobre uno y otro?

El asunto ó tema del Idilio del Sr. Núñez de Arce quizás será para otros muy pequeño; para mí es muy grande. La amistad cándida y pura de un niño y una niña que crecen bajo un mismo techo, transformada por virtud de la edad y de cierta separación en amor apasionado: el término fatal que la muerte viene á dar á este naciente amor. Así es el tema en resumen. He dicho que para algunos tal vez será pequeño, porque los hombres suelen á menudo burlarse de estos afectos ó pasiones de la adolescencia y llamarlos niñerías. Quizá tengan razón; mas antes que yo se la dé, precisa que me demuestren que los afectos ó apetitos que después cautivan su alma valen más que estas niñerías. Que estos hombres pongan la mano en su pecho y me digan ingenuamente si á los cincuenta años de edad se sienten más nobles, más desinteresados, más valerosos, más compasivos y más prontos al sacrificio que á los diez y ocho. Que me digan también si los sustanciosos devaneos de la edad viril les han proporcionado más goces y menos remordimientos que los amores tontos y platónicos de la adolescencia. Así que me lo digan (y yo los crea), renunciaré de buen grado á parar mientes en tales menudencias. Mientras tanto, no extrañen ustedes que adore estas niñerías, considerándolas como flores que exhalan su fragancia, no sólo por los años en que viven, sino aun por toda la existencia cuando se guardan como preciosas reliquias dentro del corazón. Sigamos ahora con la niñería del Sr. Núñez de Arce.

Aunque no tenga á la vista su precioso Idilio, y lo haya leído hace ya bastante tiempo, recuerdo muy bien todos sus detalles; prueba incontestable de que me ha impresionado fuertemente. Recuerdo aquella partida del estudiante novel á la ciudad, aquel caballo overo que aguarda á la puerta, aquella tierna despedida de la madre, la reprimida aunque no menos tierna del padre, y la triste y candorosa de la huérfana que ha sido su compañera; recuerdo su gozosa vuelta, sus inocentes recreos, aquel carro del vecino en que tornaba á su casa por la tarde; recuerdo aquella esquivez incomprensible para él de su compañera de la infancia; recuerdo aquella tarde en que á solas con sus pensamientos trepa al castillo derruído, y la magnífica descripción que el autor hace entonces de los campos de Castilla, la tempestad que le sorprende en aquel sitio y su fatal caída; recuerdo aquel rostro angelical que el estudiante ve siempre cerca de su lecho, y que apenas se pone bueno desaparece; recuerdo aquella delicada y naturalísima declaración de amor, las nobles promesas de la madre, la nueva partida, la nueva vuelta... En fin, lo recuerdo todo, y todo me encanta hasta un grado indecible. Yo sé dónde está el secreto del hechizo que para todo el mundo tiene este poema. Sí, yo lo sé. No hay en él otro secreto que la verdad del sentimiento. Créanme ustedes, cuando un autor siente una cosa, tiene mucho adelantado para hacer sentir con ella á los demás.

De muy distinto modo, pero no con menos fuerza, me ha impresionado la lectura de Raimundo Lulio. Trátase de un personaje tan insigne, y al mismo tiempo tan misterioso, que cuanto á él se refiera no puede menos de tener mucho interés y excitar la imaginación. Raimundo Lulio es el faro que desde una isla del Mediterráneo esclarece las tinieblas de la Edad Media.

Lo que sirve de argumento al poema es un episodio de su vida terrible hasta lo sumo, y tan dramático... Pero antes de pasar más adelante, necesito escribir una carta al Sr. Núñez de Arce. Suplico á ustedes el favor de entregársela en propia mano y no leerla por el camino.

Sr. D. Gaspar Núñez de Arce.

Muy señor mío y de mi mayor aprecio: Si algo puede con usted la sincera admiración, y aun el cariño que le profeso, acoja con indulgencia la respetuosa súplica, con honores de consejo, que voy á hacerle.

Por su propio interés y por el de la poesía española, que tiene en usted un tan ilustre representante, le ruego que cuando llegue el día de dar á la estampa una nueva edición de su Raimundo Lulio, vea de modificar, enmendar, ó para mejor hacer, suprimir la introducción que le pone, dedicada «á un amigo de la infancia». Las razones que para desear tal supresión tengo son las siguientes:

1.ª La introducción me parece, á más de inoportuna, prosaica, y que no corresponde al tono inspirado y majestuoso del poema.

2.ª Las pestes que usted dice en ella de la ciencia me parecen indignas de quien se llama á renglón seguido «hijo de su siglo».

3.ª El supuesto de que Raimundo Lulio, desengañado de la ciencia, cuyo símbolo es Blanca de Castelo, dijo adiós al mundo me parece falso. Lo que se saca de la vida de este varón, siendo también lo más lógico, es que, desengañado del mundo, buscó abrigo en la religión y en la ciencia.

4.ª Aun concediendo que todo fuese cierto, nunca debió usted declarar que Blanca de Castelo es un símbolo. Estas declaraciones se dejan para los críticos, retóricos y demás gente menuda. El poeta debe amar los hijos de su fantasía como si fuesen de carne y hueso; por lo que son, y no por lo que pueden representar.

Perdóneme el atrevimiento, en gracia del afán que siento por no ver deslucida una joya de tanto precio. Y considere que convertir una figura hermosa y divina, como la de Blanca de Castelo, en una abstracción, es un sacrilegio casi tan grande como el de su amante al penetrar en el templo á caballo.

Suyo, devoto y afectísimo,

A. Palacio Valdés.

Calificaba más arriba el episodio que se narra en el Raimundo Lulio de terrible y dramático. Así es, en efecto. El amor impuro y fogoso del protagonista recibe una lección tremenda, como venida de aquel cielo triste y severo de la Edad Media. El sacrílego jinete que penetra en el templo haciendo chasquear las herraduras de su caballo contra los mármoles sagrados; la airada muchedumbre que le recibe primero con sordo rumor y después le acosa por las calles; el lúbrico insomnio que le acomete más tarde; la misteriosa cita; la escena viva y exaltada en que la pasión del fogoso mancebo se desborda: