¿Qué náyade se atreverá en adelante á salir del fondo del agua en esta forma?
Oigo decir que Zorrilla no ha respetado en más de una ocasión la gramática. Pero ha respetado la belleza. Y aun sobre su decantada incorrección pudiera decir unas palabras. Si ustedes me lo permiten, las voy á decir.
Es mi creencia arraigada que los idiomas no se perfeccionan en las Academias, como el estado político de las naciones no progresa por la labor de las Cámaras altas. La tarea de unas y de otras es de conservación y resistencia: nada más. Los idiomas progresan por el impulso que les comunica un gran escritor ó por el nuevo aspecto en que los ofrece. Sin acudir á países extraños, donde hallaríamos grande copia de ejemplos, y ateniéndonos solamente al nuestro, consideremos que el más singular y glorioso de nuestros escritores, Miguel de Cervantes, ha sido quien abrió más amplios horizontes á la lengua, comunicándole el mayor grado de flexibilidad á que pudo aspirar jamás idioma alguno. Observemos de paso que Cervantes no está notado de escritor correcto y castizo, pues no tuvo inconveniente en aportar al castellano multitud de italianismos y galicismos. Asimismo es verdad que todos nuestros grandes escritores han trabajado sobre el patrio idioma, otorgándole cada cual su propia y peculiar fisonomía. Quevedo, Rivadeneira, Solís, el P. Isla, etc., han bordado primorosamente en el rico tapiz del habla castellana, llevando siempre un nuevo color á su exquisita urdimbre.
En tiempos más cercanos, ¿quién no recibirá deleite leyendo la prosa tersa y elegante de Jovellanos, ó los versos sonoros de Quintana, ó la acerada frase de Larra? Y no obstante, éstos, que serán siempre dechados del buen decir, no lo son de corrección y pureza.
Zorrilla ha prestado servicios eminentes al idioma. En sus obras adquirió el más alto grado de dulzura y armonía. Cuando hayan desaparecido los correctísimos escritores que tan duramente le zahieren por sus descuidos, y las obras donde han estampado sus relamidas frases hayan vuelto á la tierra de donde salieron, aún vivirá Zorrilla y sus canciones andarán en boca de los hombres.
Mas, á todo esto, todavía no he preguntado al poeta que me ocupa en qué ideales se inspira. Es extraño, muy extraño; mucho más extraño tratándose de un sujeto que lleva varios años de socio del Ateneo.
Iba á remediar mi falta, cuando me interrumpe una salva de bravos y palmadas. Los sabios aplauden desaforadamente La siesta. Mas ahora corresponde preguntar: ¿Cuál es el ideal de La siesta?
Opino como Zorrilla: dormirla con Rosa.
Alguna vez le he vuelto á encontrar en las calles de Madrid, triste, cabizbajo y acompañado de López Bago.
El genio, vaya ó no vaya acompañado de López Bago, es digno de respeto.
Por eso yo, aunque lleve la derecha, me apresuro á dejarle la acera.
P ARA comprender bien la fisonomía poética de Campoamor es necesario pertenecer por entero, con alma, vida y corazón, á la época presente. El Sr. Campoamor es un poeta de la edad presente. No hay más que considerar un instante sus patillas para convencerse de ello. Hace algunas noches le oía leer uno de sus bellísimos poemas, El amor y el río Piedra. Y al escuchar las aventuras de aquellos enamorados desertores que van dejando en las grutas, en los céspedes y en las zarzas del río Piedra sus risueñas ilusiones, el autor se me representaba de improviso bajo una forma semejante. También él es un desertor, un desertor de la fe, que marcha por la vida río abajo, río abajo, también dejando entre los zarzales jirones de sus creencias. Y al dejarlas se detiene un punto para lanzar sobre ellas una mirada triste; suelta una lágrima, escribe una dolora, se echa á reir y sigue su camino. Y con él vamos todos, todos, casi todos (como él diría), y también soltamos lágrimas y carcajadas, pero no soltamos doloras para no descalabrar á nuestros semejantes. Pero río abajo, río abajo, se va á parar al escepticismo, dirán ustedes.—Tal vez.—¿Y entonces?—Entonces ¿qué?...—Nada.
Campoamor no tiene padre. Menos afortunado en esto que D. José Zorrilla, el cual es hijo legítimo de un ruiseñor, según ha tenido la bondad de revelarnos últimamente, nuestro poeta es un pobre huérfano dentro de la literatura patria. Fuera de ella quizá tenga algún pariente cercano, pero que no merece por ningún concepto el nombre de padre. En el mundo de la poesía lírica no está mal mirado el que no tiene padre conocido. Es un mundo democrático, donde cada cual es hijo de sus versos y donde conviene mucho que éstos se parezcan lo menos posible á los de los demás, aun cuando no acaben de hacerse cargo por completo de ello el Marqués de Molíns, el Conde de Cheste, el Marqués de Valmar y otros próceres del Reino.
En cambio, vean ustedes; en el mundo de la poesía dramática no acaece ya lo mismo. El poeta dramático puede y debe tener presente para orientarse en sus concepciones la tradición del teatro nacional, porque el poeta aquí no va á expresar exclusivamente sus sentimientos, sino también los del público. Así es el mundo, ó mejor dicho, así son los mundos.
Como no tiene padre, nuestro poeta ha gozado de una libertad envidiable desde sus primeros años, enderezando sus pasos á donde bien le plugo, unas veces exhalando gemidos y vertiendo lágrimas en compañía de la musa romántica, otras retozando alegremente con la clásica. Mas no es hacedero pasar en esta existencia, que no llamaré mísera porque ya lo han hecho antes algunos ilustres escritores, entre ellos Pérez Escrich, de la risa á las lágrimas y de las lágrimas á la risa sin llegar á una conclusión. Justamente á esta conclusión ha llegado nuestro poeta. Y la conclusión es la siguiente.
Las lágrimas y la risa no son otra cosa que manifestaciones concretas del estado particular del pensamiento en cada momento. La risa expresa la alegría, como el llanto la tristeza. Mas he aquí que el pensamiento consigue sobreponerse á estos medios de expresión congénitos á nuestra naturaleza, y se eleva á una región serena y en cierta medida indiferente, á donde llegan confundidos y revueltos los suspiros y las risas. Entonces el pensamiento, tal vez sin darse cuenta de ello, si se ve triste toma para salir á la calle la risa, máscara de la alegría; si se encuentra alegre, el llanto, vestidura del dolor.
No es esto lo corriente, debo confesarlo; pero alguna vez acontece, y cuando acontece, al que de tal modo quebranta el orden establecido para la emisión del pensamiento, se le llama humorista, aunque la palabra no haya recibido todavía carta de naturaleza en nuestro idioma. Humorista, sin embargo, no es únicamente el que pone en contradicción su pensamiento con sus palabras, pues esta contradicción se observa en cualquier escritor satírico, sino más bien el que pone en contradicción su pensamiento con el pensamiento universal. El escritor que sólo aspire á producir un efecto cómico, no llegará jamás á este punto. Es necesario poseer un alma superior y lúcida, que aprecie las cosas de este mundo en su verdadero tamaño y no en el que se ofrecen á los ojos del vulgo. El humorismo es un soplo delicado que se esparce por todos los pensamientos del escritor, suavizando su aspereza, refrenando sus tendencias á lo absoluto y tiñéndolos todos con el color de lo relativo. Es algo que nos emancipa y nos liberta de la bajeza de esta vida, colocándonos en un sitio elevado é inexpugnable. El humorista ríe; pero bien sabemos todos que su risa no durará mucho, y que sus lágrimas se encuentran siempre apercibidas á salir. En este mundo no todo inspira risa. El humorista llora; mas si aplicamos el oído, no tardaremos en percibir cómo se une al coro de gemidos una nota risueña y bulliciosa. En este mundo no todo arranca lágrimas. El humorista ridiculiza los actos y las personas, pero su sátira no lleva veneno, y por eso no mata, antes vivifica. Cervantes, el más grande de los humoristas, ridiculizando en un personaje la desmedida afición á las aventuras caballerescas, no ha podido menos de hacerlo amable á todos los corazones sensibles. El espíritu del verdadero humorista se halla dotado, en fin, de una tolerancia inagotable para con los defectos de la humanidad. Los considera como una herencia que no es posible repudiar, y dirige sus ataques más al defecto en general que á los defectos.
Pues bien, señores; tengo el honor de presentar á ustedes un poeta humorístico. Mírenlo ustedes bien, porque en España no hay más que este ejemplar. Y aun éste ha llegado un poco tarde á rendir parias á esa musa pálida y nerviosa que acarició á Byron, á Heine y á Musset. Después de malgastar los bríos de su juventud en estériles devaneos con otras musas y más tarde en licenciosas bacanales filosóficas, es natural que al entregarse á ésta se hallase un tanto debilitado y maltrecho. No le dedica como Musset y Heine las primicias de su fantasía, sino los últimos resplandores. Por eso las poesías de Campoamor no tienen la frescura y espontaneidad que tanto encarecen y abrillantan las de aquéllos. Acá para nosotros; yo creo que el Sr. Campoamor tiene demasiada metafísica entre pecho y espalda. Nada más funesto para los órganos vocales que la metafísica. Estoy seguro de que los catarros del señor Campoamor no proceden de otra cosa. Sin embargo, el Sr. Campoamor lo ha advertido, si no á tiempo, con bastante oportunidad al menos. Yo le he visto apostrofando á la metafísica cual si tuviese la calavera de Yorik en la mano; y como Hamlet arrojarla diciendo: «¡qué olor tan fétido, puf!»
Efectivamente, Sr. Campoamor, hay muchas cosas en el cielo y en la tierra que no conocen ni Orti y Lara ni Aristóteles; y ha obrado usted muy cuerdamente poniendo cada día mayor distancia entre sus poesías y Lo absoluto. Pero aquella sucia calavera dejóle algunas telarañas en los dedos y fué necesario que usted se bañase en el Jordán cristalino de los Pequeños poemas para arrojarlas de sí enteramente.
Vamos á otra cosa. En la poesía del Sr. Campoamor se observa un desequilibrio notable entre el pensamiento y la forma. Aquél es el tirano que se impone con maneras tan descorteses, tan despóticas en ocasiones, que la mísera forma corre á ocultarse por los rincones de la prosa, reduciéndose de buena voluntad al menor tamaño y apariencia posibles. Pero de estas y otras cosas no doy culpa ninguna al Sr. Campoamor. Hemos convenido en que pasaron los tiempos ominosos de las formas. Los escultores achacan la decadencia de su arte á los excesos del pensamiento, que favorecen el desarrollo de la cabeza destruyendo al propio tiempo la armonía corporal que el arte reclama, y yo no estoy muy lejos de creerlo así. La facultad del alma que hoy alcanza más éxito entre la buena sociedad es el entendimiento. Sentiría mucho, no obstante, que se viese en estas palabras una alusión directa ó indirecta al Sr. Grilo ni tampoco al Sr. Blasco.
En el cerebro de los hombres de este siglo, las ideas se codean, chocan, se atropellan, quieren salir todas á un tiempo, cual si estuviesen en el Ateneo en el momento de pedir la palabra el Sr. Perier, y, es claro, no hay manera de que salgan con la debida compostura. Fuerza es confesarlo; el siglo va echando demasiada cabeza, si bien me complazco en reconocer que dentro del siglo hay algunas cosas que, aunque no tienen pies, tampoco tienen cabeza. ¿Necesitaré repetir que no hay en mis palabras ninguna alusión concreta?
La forma huye, pues, del siglo en que vivimos, y es lo peor de todo, que en la poesía no puede sustituirse por el algodón y la goma como en otras esferas de la vida individual. Ya no les queda á los desdichados hijos de esta época más que fondo, y todavía á muchos de ellos les niega la suerte este último consuelo. Pero no se lo ha negado al Sr. Campoamor. El Sr. Campoamor es el poeta más sustancioso que poseemos; tal vez el único que pudiera sufrir una traducción en prosa á cualquier lengua extranjera. Y aun cuando no es opinión mía que deba someterse al poeta á prueba tan terrible, porque hay en la poesía un algo sutil, vagoroso y tenue que se evapora y desvanece así que se quiebra la estrofa en que se guarda, debemos confesar que da señales manifiestas de robustez y brío la que sabe resistir á esa brutal profanación. Si no aconteciese de esta suerte en otros varios casos, no es del todo seguro que la mayoría de los españoles leyesen los poemas de Byron y de Gœthe.
Porque ha querido hablar de las cosas del cielo con el lenguaje de la tierra, los dioses indignados vertieron sobre los poemas de Campoamor el veneno de la monotonía, de esa monotonía que en los alejandrinos franceses hace tan desastrosa competencia al opio. El desdén soberano con que Campoamor arroja á los pies de los dioses la octava sonora, la quintilla chispeante, la décima coqueta y el romance cadencioso, quedándose tranquilo con su pobre pero honrada silva, es un rasgo de audacia y estoicismo que me seduce. Sin embargo, guárdense nuestros vates de imitar un acto de heroísmo semejante, pues si los dioses por capricho perdonan á uno de estos temerarios, cuando algún otro intenta repetir el sacrilegio, no dejan de confundirlo con ejemplar castigo. Verbi y gracia: días atrás he visto los pequeños poemas de un joven vate, formando un elegante tomo con hermosa cubierta á dos tintas, que hacinados miserable é irrespetuosamente en un cesto, se vendían en la Puerta del Sol á medio real. ¡Qué terrible enseñanza para los jóvenes poetas!
La sencillez de Campoamor es proverbial, y porque es proverbial puedo excusarme de hablar de ella. Tan sólo quiero que ustedes me den su opinión sobre el siguiente caso.
Más de una vez me ha acontecido el pararme en los pasillos de un teatro ó en la puerta de un salón de baile á inspeccionar seriamente la entrada de las bellas. ¡Qué joven no tiene en su vida alguno de estos rasgos de talento! Otros jóvenes, dando pruebas del mismo ingenio, no tardan en colocarse á mi lado en alineación derecha, quizá con idéntico objeto, y presto se forma una apretada fila de cuellos á la marinera y corazones predispuestos á la admiración. Las bellas pasando por delante de la noble fila con los ojos bajos y el rubor en las mejillas esperando humildemente el fallo de aquellos cuellos soberanos. Y á cada nueva belleza que entra abrochándose los guantes, se alza del seno de la fila un himno de murmullos y de muecas que va derecho al trono del Altísimo á felicitarle por sus últimas producciones. Mas, no cabe duda, cuando la fila se siente verdaderamente alarmada y herida en lo más íntimo, es cuando pasa Melita. ¡Melita es tan linda!... ¡Tiene unos ojos!... ¡Y unos labios!... ¡Va siempre tan sencilla!... Y sobre todo, eso de no pintarse poco ni mucho es un rasgo que la coloca á la altura de Lucrecia y de la madre de los Gracos en opinión de la muy alta y poderosa fila. Por eso aquellos esforzados jóvenes se sienten acometidos de la imperiosa necesidad de producir en su garganta algunos gruñidos muy lisonjeros, sin duda alguna, para Melita.
Esto mismo se ha repetido en distintas ocasiones, y cuantas veces se ha repetido, otras tantas he visto á Melita tan linda y tan risueña, y otras tantas su acrisolada y nunca desmentida sencillez ha pesado de un modo decisivo en la opinión.
Ahora pregunto yo: ¿Tendrá algo que ver la sencillez de Campoamor con la de Melita?
Pregunta. ¿Qué son doloras?
Respuesta. Unas composiciones breves, ingeniosas y muy desengañadas, que revolotean sin cesar desde la poesía á la prosa y desde la prosa á la poesía, donde se expresa un pensamiento que el Sr. Rayón y algunos otros distinguidos críticos, entre los cuales se cuenta el Sr. Rayón, no dudan en calificar de filosófico.
P. ¿Es ésta, por ventura, la definición aceptada y seguida en las escuelas?
R. No señor. En este punto, como en algunos otros, no todos los sabios estamos de acuerdo. El señor Marqués de Molíns «tiene para sí que tales poesías, sencillas como la anacreóntica, ligeras como el madrigal, picantes como el epigrama, no están empapadas en el vino de los banquetes como la anacreóntica, ni perfumadas de tomillo y mejorana como el madrigal, ni salpimentadas de mostaza como el epigrama; pero que conmueven como la oda, describen como el idilio y corrigen como la sátira». No me es posible, sin embargo, acostarme á la opinión de este varón eminente.
P. Y el nombre de doloras ¿de dónde lo hubieron?
R. El Sr. Conde de Revillagigedo, con esa perspicacia que caracteriza á los condes, supone que tuvo origen en algún misterio del corazón. Y efectivamente, nadie puede dudar de que los corazones son muy capaces de encerrar misterios. Pero ¿tenemos acaso derecho á introducirnos en su vida privada?
P. Mas dejando á un lado al Sr. Conde de Revillagigedo, pues no es bueno en este instante discutir las grandezas de la tierra, ¿cuál es vuestra opinión (entendiendo que os pido la mejor que tengáis) sobre las doloras de Campoamor?
R. No sólo os daré mi opinión, sino también la de mi familia, en el caso de que os fuese de alguna utilidad. Las doloras, aunque un poco dadas á la metafísica, son unas composiciones muy bellas, elegantes y discretas. Predomina en ellas la imaginación sobre el sentimiento, y esto es precisamente lo que las aparta de los lieder alemanes, con los cuales guardan más de un parecido. Son picarescas, llenas de gracia y donaire y nos dicen más á veces con una mueca, que el Sr. Perier con un discurso. Ríen mucho y lloran alguna que otra vez. La gente ha dado en decir que tienen poco corazón.
P. ¿Por qué habéis dicho de ellas que son muy desengañadas?
R. Porque no he querido llamarlas escépticas. No se dirá jamás que yo he sido grosero con las damas. Y si paramos mientes en este asunto, aún se verá claramente que existen razones para adoptar un adjetivo y desechar el otro. Cuando leo las doloras, sin poderlo remediar me acuerdo de ciertas preciosas jóvenes que después de dos ó tres acometidas infructuosas de matrimonio se deciden á tener ojeras y á estar distraídas cuando se las habla, plegando sus labios húmedos y rojos con una sonrisa irónica, y paseando su belleza por teatros y salones con la misma unción que si mostrasen las tablas de la ley al pueblo israelita. Aquellas jóvenes no son escépticas; sienten la belleza, sienten la religión, sienten el arte y sienten el matrimonio. Pero están desengañadas.
P. ¿Qué tenéis que decir sobre su moralidad?
R. Dirigíos, si tenéis empeño en saberlo, al cura de la parroquia.
P. ¿Y qué opináis del comentario que el Sr. Rayón va poniendo á cada una de las doloras?
R. Bien echo de ver, por la pregunta, que no habéis visto jamás unas láminas que suelen traer los libros de cirugía, donde aparece primero el rostro hechicero y virginal de una niña, y en la página siguiente este mismo rostro despojado de la piel.
P. ¿Por qué decís que revolotean sin cesar desde la poesía á la prosa y desde la prosa á la poesía?
R. Porque en algunas de ellas el pensamiento es tan poético, que merece una expresión más pura y armoniosa que la que el Sr. Campoamor le presta, y en otras tan prosaico, que no hay razón para lanzarlo á los espacios de la poesía en alas de la versificación, cuando debiera discurrir á pie por la tierra como el vulgo de los mortales. Muy lejos de mí la idea de dividir las palabras en legales é ilegales, cual si fuesen partidos de oposición. Si hubo un tiempo en que multitud de vocablos no podían tener acceso á la vida del arte, hoy por fortuna el cuarto estado del diccionario ha roto sus cadenas, y en la más encopetada poesía se tropieza sin sorpresa con palabras de un origen muy humilde. Mas con ser esto tan cierto como justo, no os daréis por ofendido si opino que, cuando en la mente del escritor se presenta un pensamiento lúcido y como si dijéramos de sangre azul, el escritor se encuentra en la imprescindible obligación de procurarle el traje que conviene á su rango, al paso que cuando llama á su puerta un pobre diablo lleno de harapos y greñas, la caridad no le ordena más que alargarle un plato de potaje para remediar su hambre.
P. ¿Y creéis que las doloras llegarán á formar un género literario?
R. No, padre.
P. ¿Y en qué os fundáis?
R. En que el carácter de las doloras no está determinado por su forma, sino por su fondo. Ahora bien; el fondo de las doloras es el mismo talento poético del Sr. Campoamor. ¿Creéis que un talento tan original tendrá muchos hermanos?
P. ¿Cuáles son las mejores á vuestro juicio?
R. Aunque son muchas las que me gustan, en general considero superiores las comprendidas en la cuarta parte, no sé si por su belleza intrínseca, ó por la aureola que las presta el no llevar comentario de Rayón.
No tengo predilección por el poema simbólico ó fantástico. Algo parecido me pasa con las ostras. Las como cuando se presenta la ocasión, es decir cuando me las ofrecen; pero yo no las pido jamás. Mas no por eso dejo de comprender la afición á los poemas simbólicos. Es una afición tan plausible por lo menos como la de las ostras. Mi espíritu, abierto á todos los mariscos y á todos los poemas, sabrá, ya que la vez se presenta, tributar los honores debidos al Drama universal.
Allá en otro tiempo, sin embargo, sentía yo verdadera pasión por las ostras. Mas he aquí que un amigo escribe un poema simbólico, y lo que es aún más generoso por su parte, se decide á leérmelo. Bien sabe Dios que jamás he exigido á ningún amigo que me lea un poema simbólico. Comprendo que la amistad tiene sus límites, y por eso si él no se ofreciese espontáneamente á leérmelo, nunca me hubiera aventurado á pedírselo. Me llevó á su casa, me regaló el paladar con unas ostras y me leyó su poema simbólico. Por la noche soñé unas cosas espantosas. Un mar embravecido, negro como la tinta, arrojaba á la orilla donde yo estaba una cantidad de ostras que iba en aumento de un modo prodigioso. La playa se hallaba cubierta enteramente por ostras que destilaban fríamente su licor viscoso y nauseabundo. Yo trataba de huir á toda prisa, pero en vano, porque á cada paso aquel maldito licor me hacía resbalar. ¡Qué angustia! El mar seguía rugiendo y arrojando ostras y ostras. Parecía que se habían dado cita en aquella playa las ostras de las cinco partes del mundo. Por último desperté, y noté que me dolía la cabeza. Después, creo que me hicieron tomar algunas limonadas purgantes y un océano de caldo. Cuando salí de la cama, al cabo de varios días, había perdido casi todas mis ilusiones sobre las ostras y los poemas simbólicos.
Mas echo de ver que estoy poniendo una singular introducción al juicio crítico de El drama universal. ¡En vez de disertar ampliamente sobre los orígenes y vicisitudes del poema simbólico al través de las edades, me entretengo en hablar frívolamente de una indigestión de ostras! Me están hormigueando por el cuerpo unos deseos terribles de mostrar al respetable público que si me empeño soy capaz de ofrecerle una erudita introducción fraguada con todas las reglas del arte. Todo parece invitarme á ello. La hora; el sitio—que es la biblioteca del Ateneo de Madrid;—el ruido ameno de los pasillos; todo me dice con elocuencia que puedo escribirla impunemente. Enfrente de mí, detrás de los cristales de un armario, percibo los lomos verdes, rojos ó grises de los libros mejores para el caso. Allá veo uno que dice con caracteres de oro: Schlegel.—Histoire de la litterature ancienne et moderne; más allá otro que dice: Hallam.—Introduction to the literature of Europe in the fifteenth sixteenth and seventeenth centuries; más allá: Leveque.—La science du beau; y á este tenor otras muchas obras monumentales y sublimes que llevan en sus entrañas ricos veneros de citas. ¡Cómo me miran las taimadas!—«Anda, ven acá, parecen decirme, ábrenos y verás cuántos medios hay en el mundo de darse tono. Si tienes la digestión rápida, como decía Schiller, verás cuán fácilmente te convertimos en sabio.»
Es una fuerte tentación, pero sabré resistirla. Para algo me ha dado Dios esta inflexibilidad de criterio que tanto perjudicaba á mi nodriza en los primeros meses de mi vida.
Voy, pues, á expresar sin una sola cita y con las menos palabras posibles (pues hace demasiado calor en la biblioteca del Ateneo de Madrid) mi humilde, pero lisa y llana opinión sobre El drama universal.
No sé, ni me importa saber, lo que se ha propuesto el Sr. Campoamor al escribir El drama universal. Probablemente sería (lo saco por el título) una cosa enorme y grandiosa. Y antes de pasar más adelante, me conviene indicar que las obras artísticas más trascendentales conocidas hasta el día, no son precisamente aquellas en que el artista vió al escribirlas su trascendencia; antes me figuro que tales obras son trascendentales sin que el mismo artista lo sospeche. Véanse, por ejemplo, el Quijote de Cervantes, el Hamlet de Shakspeare, Edipo en Colona de Sófocles, y tantas otras en que la poderosa intuición, y todavía pudiera decir el instinto del escritor, ha llegado sin quererlo á los parajes más recónditos de la filosofía.
Entrando por el poema del Sr. Campoamor, observo que juegan en él pasiones humanas. El Sr. Campoamor fué muy dueño de encarnar estas pasiones humanas en seres fantásticos, pero yo también lo soy de preferir que las hubiese encarnado en seres humanos. El amor es el asunto del poema. El señor Campoamor fué muy dueño de dividir el amor en tres categorías: el amor terrenal, representado por Honorio; el amor ideal, representado por Soledad, y el amor divino, representado por Jesús el Mago; pero yo también lo soy de pensar que no existe más que uno. Y porque no existe más que uno, el personaje que lo encarna, Honorio, es el único que interesa y conmueve en el poema. Porque el amor de Honorio no es el amor sensual, sino amor humano, esto es, amor que participa á la vez del orden físico y del moral, amor que se mueve dentro de nuestra peculiar esfera. Por eso no hallo bien que el Sr. Campoamor oponga á este amor, que es el verdadero, el amor de Soledad, que es una abstracción. Las abstracciones, que generalmente vienen del Norte, son frías como las escocesas y las rusas, y cuando ponen el pie en un poema simbólico, casi siempre es para echarlo á perder. Soledad, como ser abstracto, no consigue interesar á nadie. El amor purísimo y castísimo que profesa á Palaciano parece copiado de un libro de misa. En cuanto á Jesús el Mago, á pesar de sus apariciones y desapariciones, á la hora en que escribo estas líneas no sé todavía á punto fijo qué papel juega en el poema.
El problema de la lucha del espíritu y la materia, que es el fondo metafísico de El drama universal, tiene poco de poético planteado en la forma simbólica que lo ha hecho el Sr. Campoamor. Por regla general, los problemas se aburren mucho dentro de las obras de arte y están siempre como forasteros. Parecen á esos ingleses lacios y fatigados que recorren nuestras ciudades del Mediodía en busca de un rayo de sol para calentar su helado corazón. ¿Y Fausto? me dirán ustedes. En primer lugar, Fausto es la obra gigantesca de uno de los más grandes poetas que registra la historia del Arte. Después (dicho sea esto con perdón de mi muy querido é ilustre amigo Urbano González Serrano), la metafísica de la segunda parte de Fausto me seduce mucho menos que el drama de la primera. ¡Ay! á este tenor, ¡cuántas veces me gusta más la criada que me abre la puerta de alguna casa, que su señorita!
Mas si dejamos á un lado (al que ustedes quieran; lo mismo me da uno que otro) la trascendencia del Drama universal, y pasamos á considerar lo que ante todo debe considerarse en un poema, esto es, su poesía, ¡con cuánto placer echara mi pluma á caza de frases lisonjeras! Aparte de la monotonía que engendra el cuarteto, aun más monótono que la octava, no conozco otra obra en la moderna literatura española que la aventaje en riqueza de imágenes, en brillantez y en colorido. Hay en el fondo de ella depositado oro bastante para dorar muchos poemas, y todos sus cuartetos por lo elegantes y sustanciosos semejan estuches diminutos donde se guarda siempre una joya. Pero ustedes saben muy bien que yo no puedo seguir á caza de frases lisonjeras, sin inferir una ofensa más ó menos grave á
Río abajo, río abajo, no se va á parar al escepticismo. Si alguno dijera lo contrario, aunque fuese el mismo autor de este artículo, mi opinión es que no se le debe hacer caso. Río abajo, río abajo, podrá ir á parar al escepticismo el autor de este artículo, que es hombre vulgar, para quien las cosas se gastan pronto y pronto decaen, cuando lo que se gasta y decae en realidad es su imaginación. El autor de este artículo podrá muy bien dentro de algunos años ver el mundo al través de mil prosaicos desengaños y de su propia fatiga; podrá renegar de las flores, las mujeres y las lágrimas, declarándose ciego partidario de los calzoncillos ingleses y de los discursos de Perier. Pero ¿quién puede tomar como ejemplo en asuntos tan elevados y espirituales al frívolo cuanto insignificante autor de este artículo?
Tal vez me haya excedido un poco en los cargos que dirijo al autor de este artículo. Si es así, declaro que no ha sido mi ánimo, ni lo será jamás, inferirle el más pequeño agravio.
El Sr. Campoamor, como todos los hombres de espíritu verdaderamente poético, no envejece. El espectáculo que le rodea no le agita, pero le impresiona como en sus mejores años. Yo opino que aún mejor que en sus primeros años. ¡Oh! ¡quién llegara á su edad con una imaginación viva y fresca para recibir las bellezas infinitas de lo creado! ¡Pues qué! dentro de treinta años, la brisa que venga de bosque en bosque á murmurar á nuestro oído, ¿será por ventura menos tibia y traerá menos perfumes? La ola lejana del mar, bañada por la luz del mediodía, ¿será menos brillante y azul? Las aguas de los ríos ¿correrán al través de las sombras vacilantes de la noche con menos calma y majestad hacia el Océano? ¿Las flores soltarán, fatigadas de vivir, sus pétalos, allá en la tarde, con menos dulzura y silencio? Y aquellos picos siempre nevados, que se columbran desde el balcón de mi casa, ¿serán menos hermosos cuando el sol les dirija su última mirada?
¡Ay! mucho lo temo. Por eso siento ya una envidia anticipada hacia el Sr. Campoamor. Los pequeños poemas son la poesía del ocaso; pero ¡qué ocaso tan espléndido! Ese sol, como el de su país y el mío, se pone más hermoso aún que se levanta. ¡Qué luz tan suave, qué ternura y qué melancolía tienen los últimos poemas de Campoamor! Al hundirse en los espacios insondables, ese sol no corre ansioso soñando dichas imposibles allá en otras esferas: baja lentamente, mirando con tristeza hacia la tierra y acariciando dulcemente sus recuerdos. En su carrera ha habido nubes que le empañaron y ofuscaron, pero ya no se acuerda. Ya no se acuerda sino de aquellos pedazos de cielo azul desde donde contemplaba extasiado las flores que crecen por la tierra.
La fantasía del poeta llega á comprender, después de haber discurrido por el mundo de los sueños y de las verdades, que muchas cosas le calentaron sin razón y otras le enfriaron sin motivo. Los jóvenes se arrojan ansiosos sobre aquellos objetos que más se destacan y brillan, y abandonan por insignificantes é indignos otros más pobres y modestos. Así podemos observarlo en las obras de la escuela romántica.
Los pequeños poemas han venido á demostrar cuánta sinrazón hay en ello. Con una ironía dulce, con una sensibilidad tierna, con una fantasía sana y equilibrada, Campoamor va recogiendo del suelo aquellas florecitas que no han conseguido fijar nuestra atención ni detener nuestro paso. Poco á poco forma con ellas un ramo, y al enseñárnoslo nos estremece de placer y remordimiento. Aquí es una pobre joven que viaja en un tren expreso, herida mortalmente de un desengaño de amor. Allá es una novia que enrojece y tiembla y medita á la vista de un nido. Más allá es una pobre niña que espera á todas horas una carta que no viene. En todas partes lo humilde, lo pequeño; jamás lo brillante y elevado. Pero lo humilde surge al reclamo del poeta con proporciones grandiosas, y llega á fascinarnos como lo más soberbio. Por eso ahora, si veo á una niña que contempla un nido, me detengo, cual si creyera escuchar la turba de inefables pensamientos que cruzan aleteando por aquella cabecita blonda. Cuando miro al cartero penetrar en una casa, me digo siempre: ¡quién sabe si llevará un nuevo desengaño á Dorotea! Cuando viajo en tren expreso, vislumbro por el cristal de la ventana mil negruras y fantasmas que antes no percibía. Y si en el fondo del carruaje veo reclinada una joven rubia «digna de ser morena y sevillana», siento punzantes deseos de preguntarle su triste historia, y de envolver sus lindos pies con mi manta zamorana.
Así es el Arte. El poeta añade cada día nuevos mundos al que Dios ha sacado de la nada.
C ADA vez que tomo la pluma para escribir la semblanza de un grande hombre, me asalta el temor, que me turba y desazona, de no ser bastante respetuoso con él. Hoy, como nunca, esta terrible duda se presenta negra y honda en mi espíritu. He arrojado una mirada previa al fondo de mi conciencia, y no he visto en ella depositado bastante respeto para trazar esta semblanza. En vano acudo á mil oscuros expedientes para estimularlo y acrecerlo. En vano me represento al Sr. Grilo con el laúd entre las manos y los ojos puestos en el cielo, lanzando á los aires su melodioso cántico al pie de las columnas de La Ilustración Española y Americana. En vano recuerdo haber oído de los autorizados labios de mi prima que Grilo «hace unos versos muy bonitos». En vano quiero figurármelo en pie, detrás de una mesa, lealmente acompañado de un vaso de agua azucarada, dirigiendo sus versos á un senado ilustre, circundado por esa aureola que presta al poeta una hermosa voz de bajo cantante. Nada; por más que hago no consigo confiarme en mi respeto, y tiemblo pensando que puede faltarme á lo mejor.
Esta duda me incita á mirar hacia atrás en mi vida literaria. Considero que esta vida se ha deslizado dulcemente hasta ahora escribiendo despropósitos á propósito de oradores, novelistas y poetas, ensalzándolos ó despreciándolos al sabor de mi pluma desbocada, y comienzo á sentir desasosiego en la conciencia. Creo ya que es necesario corregirme por medio de la pena; que es fuerza atemperar mis ímpetus procaces con saludable escarmiento. Yo mismo quiero entregar mi cuello al hacha justiciera para borrar los yerros de mi nefanda crítica.
Sabed, señores todos, los que visteis vuestros sagrados versos ó inmaculada prosa en los torpes renglones de este crítico, que este crítico acaba de cometer un drama. Y no sólo lo ha cometido, sino que, sin leérselo previamente á nadie, pues se dice partidario del antiguo precepto de Manú «no leas dramas al prójimo para que el prójimo no te los lea á ti», ha tenido la perfidia de presentarlo en el teatro Español sin conocimiento de los Sres. Retes y Echevarría.
Ha sonado, pues, la hora de la reparación. El crítico quiere daros la batalla en vuestro propio terreno y debéis acudir á él provistos de vuestras sonrisas más concluyentes y de vuestras toses más demoledoras. Como adversario leal, debo, sin embargo, advertiros de las fuerzas con que cuento para la lucha, puesto que no es mi ánimo armaros asechanzas. En primer lugar no debo ocultaros que el drama es bueno. Después de esta sincera y espontánea declaración que acabo de hacer, sin que para ello se haya ejercido sobre mí presión de ningún género, considero que ya no dudaréis ni por un instante de mi lealtad.
Á más de esto, para contrarrestar y resistir el ataque de los morales, esto es, de Pérez Escrich, Sánchez de Castro, Herranz, Frontaura, etc., cuyas fuerzas no puedo desconocer, os diré que cuento con el apoyo tan ferviente como valioso de los autores de obras en un acto. Es una falange de jóvenes llenos de talento y de fe en el empresario. Podrán causar á mis enemigos mucho daño.
Paso por alto algún otro detalle de mis fuerzas, porque quiero llegar cuanto más antes á lo principal. Señores, aquello en que después de Dios tengo puestas todas mis esperanzas para la salvación y éxito dichoso de mi drama, son unas veinticuatro décimas de esas llamadas calderonianas, que el protagonista debe decir al punto de atravesar con su espada al único tío materno que le resta. No puede darse nada más enmarañado y perfecto que estas décimas. Mucho dudo que podáis resistir á su ímpetu salvaje. Si fiáis en vuestro esfuerzo y no os duele una derrota, acudid á la cita que os demando, pues me propongo confundiros y correros, dejándoos con las bocas «abiertas al negro espacio», como los grifos de Echegaray.
En tanto que la clepsidra tiene en suspenso el instante de mi triunfo, me permitiréis, señores, que dedique algunas líneas al Sr. Grilo.
En el Sr. Grilo existen dos naturalezas: una, la del poeta; otra, la del pensador. La índole y carácter de este artículo no me consienten, como fuera mi gusto, estudiar por igual estos dos aspectos diversos del mismo ingenio, sino que necesito separar por abstracción la naturaleza del poeta de la del pensador y atenerme únicamente á una de ellas, que será la primera. Por lo cual consideraré, en este mi artículo, las composiciones del Sr. Grilo como si se hallasen desprovistas enteramente de pensamiento, aplazando para otra ocasión el estudio minucioso de su contenido.
Y empezando el examen del poeta, nos corresponde preguntar: ¿qué nuevos elementos aporta el señor Grilo á la obra del arte nacional? En la respuesta á esta pregunta debe ir envuelta sin remedio la definición breve y precisa del carácter del poeta, porque aquello en que los poetas discrepan y se apartan de los que les han precedido, esto es, lo que hay en ellos de nuevo y peregrino, es lo que señala y determina su carácter artístico. Á mi juicio, la ventaja principal de que nuestra poesía es deudora al Sr. Grilo consiste en el empleo más amplio y comprensivo que hasta aquí se ha hecho nunca de las piedras preciosas como elemento poético. Nadie puede desconocer la importancia que las piedras preciosas tienen dentro de la literatura, sobre todo como términos de comparación. En nuestros clásicos se encuentran alguna vez empleadas con bastante acierto, aunque siempre tímidamente. Las piedras de que se valen suelen ser por regla general las más comunes y conocidas; el brillante, el rubí, la esmeralda, el topacio y pocas más. Estábale reservada al Sr. Grilo la gloria de dar un paso de mucha trascendencia en esta vía. El Sr. Grilo, no sólo ha manejado siempre con gran novedad y atrevimiento las de uso más frecuente, sino que puede considerarse como dichoso introductor de una multitud de ellas que nuestros clásicos desconocían por completo, tales como el zafiro, el ágata, el granate, la turquesa, el ópalo y otras muchas que se encuentran á cada paso en las composiciones del ilustre escritor que nos ocupa.
Pero si es la mayor, nadie osaría afirmar que es la única ventaja que ha otorgado al arte patrio. El señor Grilo ha conseguido como ningún otro escritor español poner al servicio de cada idea el mayor número posible de palabras. La palabra es sin disputa el más precioso don que la Providencia concedió á los humanos, y el que á juicio de los naturalistas nos aparta rigurosamente del bruto. Comprendiéndolo así el señor Grilo, es quizá de todos los humanos el que mejor ha sabido aprovecharse de ese inestimable favor, procurando por medio de todas las voces del diccionario de Domínguez (que es el más completo) alejarse el mayor trecho posible de los animales inferiores. La palabra no fué dada al hombre en un solo instante y gratuitamente, sino tras largo y penoso aprendizaje. El tránsito del sonido inarticulado al sonido articulado costó á nuestros antepasados muchos siglos[8]. Más tarde el paso de las lenguas monosilábicas á las aglutinantes y de éstas á las de flexión se realizó en larguísimo período histórico[9]. El progreso no sólo ha caminado á la par con el lenguaje, sino que es, en el sentir de varios eminentes filólogos, una consecuencia de esta noble facultad humana. Y en efecto, ¡qué distancia tan inmensa no existe entre el hombre primitivo, que expresa con un sonido inarticulado el más intrincado de sus razonamientos, y el Sr. Grilo, que emplea un número infinito de sonidos articulados para decir que le encanta la luna y que de ningún modo puede pasar sin ella!
Sin necesidad de acudir á las épocas prehistóricas, ¡cuantos pasos no ha dado el género humano desde los primeros escritores que surgieron en la tierra, verbi y gracia desde Moisés, que con dos miserables palabras quiere relatar la aparición de la luz, hasta nuestro poeta, que hubiera sabido íntercalar oportunamente más de dos mil, como lo exige la grandeza del asunto y la propia dignidad del poeta!
Mucho se engañaría, no obstante, el que juzgase que sólo por la abundancia y riqueza de voces brillan las composiciones del Sr. Grilo. En la acertada y oportuna colocación de aquéllas hay también no poco que admirar. Echemos una mirada á cualquiera de sus más notables poesías, por ejemplo, á la titulada Al borde del abismo, y nos convenceremos de ello.
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