NUEVO VIAJE AL PARNASO

PROEMIO

I

Y O no creo en la crítica. Tengo la inmensa desgracia de no creer en la crítica. ¡Quién me hubiera dicho que tan presto había de llegar á un tan fatal escepticismo! Porque ¡ay! ustedes no saben cuánto amarga la existencia la convicción de que todos esos críticos, tan doctos, tan serios, tan diestros en averiguar á qué género, especie y familia pertenece una obra, tan hábiles para caer con la velocidad de un rayo sobre cualquier inverosimilitud, no sirven para nada.

Pero lo que más me amarga (con paz sea dicho de mis compañeros) es el considerar que mis afanes críticos no han de tener recompensa en esta ó en la otra vida. ¡Es triste, muy triste! Estoy por maldecir la hora en que por primera vez tomé la pluma para decir en un periódico de provincia que la señorita C*** «se había excedido á sí misma la noche del lunes».

Mi horroroso escepticismo se formó con dos proposiciones, una negativa y otra positiva.

Primera proposición.—Nunca hizo falta la crítica para que apareciesen grandes artistas.

Segunda proposición.—La crítica ha empequeñecido el arte.

La crítica, en calidad de alto y poderoso cuerpo que juzga, decide, corta, raja, truena y relampaguea, es de muy reciente invención, y habiendo existido desde los tiempos más remotos grandes artistas, no hay para qué demostrar la verdad de mi primera proposición.

En cuanto á la segunda, exigiría uno ó más volúmenes para quedar bien dilucidada; pero sólo dedicaré á ella una ó más cuartillas, porque no tengo tiempo ni paciencia para otra cosa.

Así que surgió la crítica como cuerpo jurídico-literario, nació el sistema. Los unos, extasiándose en la contemplación de las obras del clasicismo, unas veces con verdad, otras hipócritamente, pensaron que el arte había tocado á su límite en aquella dichosa edad greco-romana, y que el destino de los artistas futuros era pasar la vida copiando los admirables modelos que de ella nos quedaron, como aprendices en una escuela de dibujo. Advertiré, de paso, que para estos críticos la cualidad predominante del arte clásico no es el reposo ó la gracia que en él resplandecen siempre, sino el orden ó la simetría. Porque, dicho sea de paso también, los críticos suelen fijarse con harta frecuencia en lo menos importante. ¿Qué hay, pues, aquí? Un atentado contra la libertad del artista.

Los otros, porque realmente lo sintieran así, ó por el gusto de llevar la contraria á los clásicos, no quisieron ver la belleza sino en lo extraordinario, en lo desordenado, en el absurdo ó en el delirio. Nuevo atentado contra la libertad del artista.

Otros más modernos, apartándose de ambas escuelas, condenan todo arte que no sea un reflejo, mejor dicho, una repetición fiel y minuciosa de la vida, llevando su teoría hasta los más groseros excesos. ¡Siempre cadenas para el artista!

Además de estos tres grandes grupos de críticos, hay otros muchos esparcidos por el haz de la tierra trabajando con el mayor desinterés por el triunfo de sus teorías. Citaré únicamente los metafísicos y los trascendentales, de los cuales no quiero hablar, porque no me gustaría pasar por desvergonzado.

Para desvanecer las malévolas sospechas que al llegar aquí pudiera concebir el lector respecto á mi acrisolada modestia, le diré que no he citado tanto crítico con el fin de desacreditarlo, sino, muy al contrario, para darles á todos la razón. Tratándose de arte, soy lo que llaman vulgarmente un pastelero. Cuando llega á mis manos un clásico como Esquilo, me deshago en elogios del clasicismo; si es un romántico como Calderón, no hay un romántico más furioso que yo; y si por ventura acabo de leer una novela de Balzac, no puedo menos de exclamar: «¡Admirable, admirable, monsieur Balzac!» Si alguien me moteja por esto, diré con cierta habanera que oí cantar á una niña muy graciosa:

«Si yo soy así,
¿qué he de hacerle yo?
Todos para mí
son á cual mejor.»

Esta cita, eminentemente clásica, me excusa de alegar nuevas razones.

II

Como otros muchos hombres que andan por el mundo, estoy condenado á trabajar sobre un objeto que no es de mi gusto. Este libro es un libro de crítica, mejor dicho, es un cordero que sacrifico en aras de una deidad en quien no creo. Se halla bastante esparcida la creencia de que quien toma el oficio de crítico manifiesta por el hecho mismo cierta arrogancia, presunción ó amor exagerado de sí mismo. No lo creo. De mí sé decir que cuando voy á juzgar á un artista verdadero, lo que me asalta no es un sentimiento de superioridad respecto á él, sino de espantosa y amarga inferioridad. Si yo me juzgase superior ó semejante al artista, me pondría á crear, no á criticar. Por eso los juicios más ó menos acertados que estampo en este libro, no me enorgullecen. Si de algo estoy orgulloso, es de haber sabido comprender y gozar las bellezas creadas por los poetas que en él se estudian. Porque, cuando otra cosa parezca, créanme ustedes, es mucho más difícil admirar que censurar. He visto amenudo personas de vulgar inteligencia discurrir con bastante acierto, y aun señalar con claridad los defectos de una obra de arte; ¡pero á cuán pocos he visto conmovidos al hablar de Víctor Hugo ó de Byron! ¡Á cuán pocos he visto cautivos por esa idolatría que el genio inspira á los espíritus sensibles y lúcidos! Voltaire, con ser Voltaire, nunca pudo admirar á Shakespeare; el mismo Lope de Vega no admiró jamás á Cervantes. No es maravilla, pues, que yo que no soy Voltaire, ni Lope de Vega, no consiga admirar á Grilo, á Blasco, á Retes y á otros insignes poetas de esta era.

Con todo eso, en mi crítica, como ustedes podrán ver, no deja de haber algunos trozos admirativos. Repito que son de los que estoy más satisfecho. Hace mucho tiempo que vivo en la creencia de que la tarea del crítico (si es que alguna tiene) no consiste precisamente en escudriñar las manchas ó defectos que toda obra, por ser humana, ha de llevar forzosamente; tarea, sobre fácil, ingrata; sino, antes bien, aclarar, difundir, popularizar las bellezas de las obras artísticas, llamar la perezosa atención del público hacia ellas, colocarlas sobre las alas del entusiasmo para que lleguen á todos los espíritus, soplar el polvo que muchos hombres tienen en los ojos, para que puedan verlas y gozarlas. Esta tarea es noble, hermosa y fecunda, aunque no sea lo que hoy se entiende por crítica. Los párrafos donde aspiro á desempeñarla han salido del fondo de mi alma, y así como han salido los he estampado, sin tener en nada las prácticas de este género de escritos. De su verdad estoy más convencido que de la de aquellos otros en que acepto ó rechazo teorías estéticas, señalo defectos ó determino nuevas vías para el arte. Porque de mis impresiones vivo seguro siempre; de mis opiniones, jamás. Escribiendo estos párrafos he gozado momentos muy felices, aunque otra cosa crean los espíritus frívolos que no penetran jamás en lo profundo del pensamiento del escritor. Cuando censuro, cuando ataco, no puedo menos de pensar que me parezco al murmurador. Sólo me encuentro grande cuando tributo mi admiración á los grandes.

He admirado, pues, hasta donde he podido. Si no pude tanto como hubieran deseado algunos de los poetas que en este libro figuran, acháquese á inopia, y no á falta de buen deseo. Mejor que nadie sé que yo no moriré de un exceso de respeto, pero tengan ustedes presente siempre que tampoco me he puesto sobre el trípode para definir y juzgar, sino que les he hablado como si me tropezaran en la Puerta del Sol, y charlando de literatura, me preguntasen qué opinaba de Campoamor, Núñez de Arce, Grilo, etc., esto es, con la franqueza, con la osadía, con la incoherencia propias de la conversación. Aun con eso, es posible que haya dado por genios á algunos que no lo son. Porque bien mirado, no creo que en España existan tantos genios como se supone. Las contribuciones absorben más de la mitad del producto neto de las tierras y de la industria; las cosechas, de algunos años á esta parte, son muy malas. Y si á esto se agregan las frecuentes calamidades que padecemos, como guerras, terremotos, inundaciones, etc., etc., bien se puede asegurar, sin temor de equivocarse, que una nación á tal punto enflaquecida y miserable, no puede tener bien alimentados á seis docenas de genios. Nunca me arrepentiré, sin embargo, de haber echado unas cucharadas más de miel en el plato de algún poeta. Después de todo, es inevitable el exagerar un poco el aplauso tratándose de los contemporáneos con quienes uno se roza y se codea en el comercio de la vida. Es noble también corresponder, por lo menos con unos granitos de incienso, á los esfuerzos que nuestros vates hacen diariamente para proporcionarnos instantes agradables. Si el crítico no recompensa á su modo estos esfuerzos, ¿quién se encargará de recompensarlos? El pueblo español, que tiene aparejados siempre honra y dinero para el primer político gárrulo y corrompido que viene á demandárselos, los niega siempre, con una entereza y constancia dignas de mejor causa, á los poetas ilustres. Seamos, pues, agradecidos con los que de vez en cuando refrescan nuestro espíritu fatigado sumergiéndolo en las cristalinas aguas del ideal.

Mas no confundamos por eso el cariño y el respeto que deben inspirar los verdaderos poetas y la indulgencia con que deben acogerse sus yerros y descuidos, con esa perniciosa benevolencia que todo lo aplaude, que todo lo celebra, lo mismo las obras sublimes del genio que las torpezas é insulseces del último coplero. Cuando veo circular con el mismo aplauso entre los críticos las perlas y diamantes de Ayala, Núñez de Arce y Campoamor y las cuentas de vidrio de Blasco, Grilo, Sánchez de Castro, Retes, etc., etc., no saben ustedes cuánto me entristezco. Estas confusiones me parecen lastimosas, porque privan al artista de su genuina recompensa, que es el brillo. ¡Y quién puede brillar habiendo tanto lucero en el firmamento!

He huído, pues, con particular empeño de esta feroz nivelación artística, dando al César lo que es del César, y á Grilo lo que es de Grilo. Como ustedes podrán ver, he sido muy parco en el empleo del análisis. Lo tengo por arma peligrosa y que expone al que la usa á cometer sensibles injusticias. Sólo en casos muy señalados, y con el objeto más bien de castigar una reputación inmerecida que de probar la incapacidad del poeta, me parece lícito acudir á ella.

Si ustedes se deciden á leer este libro, verán que el haber huído del análisis no es su mérito principal. El más grande de todos es el de ser corto. Sé que al lado de este mérito se encuentran infinitas manchas que lo deslucen; pero ya me he resignado de antemano á escribir una obra con defectos. Siento no ser perfecto como mi Padre que está en los cielos, pero no puedo remediarlo.

III

Un instante para concluir.

Después de escritas las ocho semblanzas de poetas que van á continuación, quedé un poco cabizbajo al observar la clara desemejanza que existe entre todos ellos. Considerando la distancia que media entre la fisonomía artística de Zorrilla y la de Campoamor, entre la de Núñez de Arce y Aguilera, no pude menos de pensar lo siguiente:

La poesía de nuestro tiempo no tiene un ideal. El poeta, al abrir sus ojos, ya no ve, como veían los griegos, como veían los cristianos en la Edad Media, un sol de belleza luciendo sobre el horizonte y una muchedumbre feliz con adorarle y bendecirle. Ya no puede agregarse tranquilo á esta muchedumbre para que los rayos de aquel sol caigan sobre su frente y enciendan su pensamiento. En la actualidad todos los soles pasados resplandecen sobre nuestras cabezas, y cada cual tiene su grupo de adoradores. Quién dirige sus ojos al asiático, quién al griego, quién al cristiano. Pero ¡oh Dios! ¡cuánto han perdido estos soles en brillo y en calor! Se necesita que nuestros poetas sientan mucho frío en casa para salir á gozar con sus tibios rayos. Entre la poesía oriental, cristiana ó helénica de nuestros tiempos y las creaciones de Valmiky, Píndaro y Dante, existe la misma diferencia que entre esas salas griegas, árabes y góticas que los opulentos de ahora hacen construir en sus palacios, y el Partenón, la Alhambra y la catedral de Burgos. Nuestra época, por su afán incomprensible de lanzarse en pos de todos los ideales y de beber en todas las fuentes de belleza, no tendrá jamás fisonomía ni carácter propios, y en vez de monumentos habrá de contentarse con legar á la posteridad chalets.

Así pensaba con tristeza, cuando dentro de mí escuché una voz elocuente que me hacía una oposición ruda y violenta. Esta voz interior pedía con justicia que no fuese tan superficial en mis juicios, que penetrase más adentro, hasta llegar á las entrañas de nuestra poesía.

Tenía razón la voz. Di un paso más y pude ver claramente el triste lazo que une las almas de todos nuestros poetas. ¿Por ventura no hay en la sed, en la fiebre que empuja á la poesía de este siglo á sumergirse en todos los ideales pasados, algo que la caracteriza perfectamente? ¿No hay algo que, como un tósigo fatal, penetra por toda ella y hace que adolezca?—Miradla. Ha perdido todos sus colores, sus movimientos son febriles y descompasados, tiene grandes y oscuras ojeras, su voz es apagada y ronca. ¡Ay! No cabe duda, nuestra pobre poesía está tísica. ¡Cuán interesante la ha puesto, sin embargo, su cruel enfermedad! ¡Qué grandes son ahora sus ojos y qué vaga su mirada! ¡Qué trasparencia hay en su rostro! ¡Qué suave melancolía se esparce por toda su figura! ¡Qué triste es su acento y qué conmovedor! El frío ha penetrado hasta la médula de sus huesos. Ningún sol pasado puede darle calor; y la poesía triste, nerviosa y exaltada de nuestro tiempo morirá.

Allá en lo futuro, de tanta negación, de tanto escepticismo, de tanto esfuerzo y tantas lágrimas, ¿no surgirá siquiera una verdad que engendre otra poesía fresca, tranquila y creyente? Y si esto sucede, aquellas dichosas generaciones, que gozarán de una paz que nosotros nunca hemos podido gustar, ¿no tributarán un recuerdo de simpatía y admiración á la pobre tísica del siglo XIX? Esperemos que sí.

D. JOSÉ ECHEGARAY.

H ACE ya muy cerca de dos años que permanezco silencioso como un diputado de la mayoría. No he dicho hasta ahora sino pocas palabras sobre el ingenio dramático del Sr. Echegaray; y en las batallas que se han librado en el teatro con motivo de sus dramas quiso la fortuna que no hubiese perdido los ojos, aunque en más de una ocasión se hayan visto entre los dedos de algún crítico y la pared. ¡Dios me los conserve mucho tiempo sanos para no ver los dramas de Sánchez de Castro!

Mas no por haberlo guardado tanto tiempo me harán ustedes la ofensa de suponer que no he formado juicio sobre el teatro de Echegaray. Gracias á Dios, tengo sobre este punto mi correspondiente opinión, como cualquier farmacéutico. Y ahora que me veo lejos de aquellos dedos frenéticos—¡cuidado con los dedos que gastan algunos críticos!—respiro fuerte y digo mi opinión.

Don José Echegaray era, como todos saben, un notabilísimo ingeniero y fué ministro de varios ramos. Por consiguiente, ¿qué razón había para que no fuese autor dramático? Efectivamente, allá por el invierno de 1873 fué representada su primera composición dramática con el título de La esposa del vengador, que era una primorosa leyenda con innumerables defectos y algunas bellezas. Más que la obra en sí, cautivóme y sedujo la novedad del intento. El teatro español, merced á los trabajos de los Eguílaz, Larra, Rubí y otros, había dado grandes pasos hacia el confesonario; se postraba á los pies del coadjutor de la parroquia, acusándose de sus pecados románticos, rezaba el rosario todos los días, asistía á las cuarenta horas, tomaba el sol por las tardes. Era un teatro chocho. Cuando adoptó otro género de vida, todas las gentes dijeron: «¡Echegaray es el que lo ha pervertido, el que lo ha sacado de quicio! Desde que trata con él ha vuelto á fumar, á decir requiebros á las muchachas y á retirarse á las altas horas de la noche. ¡Esto no se puede tolerar, es verdaderamente escandaloso!»

Allá en el fondo yo me alegraba mucho de que se retirase tarde. El teatro debe gozar independencia y tener su llavín para cualquier evento. La esposa del vengador me pareció una calaverada de buen género, la expansión afortunada de un ingenio privilegiado. ¿Nada más? Nada más.

Tenía toda la frescura y toda la inocencia de una virgen de quince años. Era suave, delicada, irreflexiva, levantada de inspiración y de cascos. No hubo más remedio que aplaudirla.

Empezaba á oscurecerse la estrella del P. Astete. La esposa del vengador nada nos decía acerca de las bienaventuranzas ni de los frutos del Espíritu Santo: omitía por entero los sacramentos que se han de obrar y hasta prescindía de los que se han de recibir. Conmoviéronse hasta los cimientos los corazones de la clase media. ¿Qué iba á ser de nosotros? Si en el teatro no se nos enseñaba lo que hemos de creer, lo que hemos de orar, lo que hemos de obrar y lo que hemos de recibir, ¿á dónde volver los ojos? Con permiso de estos corazones diré que, á mi entender, el teatro de Echegaray es más moral que el de Eguílaz. Tengo mis razones para creer esto, y si ustedes se dignan prestarme atención se las diré en pocas palabras.

Todos ustedes sabrán probablemente que apoderarse de lo ajeno contra la voluntad de su dueño es un pecado, y otro pecado levantar falsos testimonios, lo mismo que desobedecer á los padres y jurar el santo nombre de Dios en vano. ¿A qué ir, pues, al teatro cuando se representan las obras de Eguílaz? ¿Á gozar de sus bellezas? Es inútil, porque no las hay. ¿Á dormirse? Es muy feo y se expone uno á que le despierte el acomodador. Sin embargo, esta última solución no me parece del todo inadmisible, y aparte de sus inconvenientes, porque los tiene, lleva algunas ventajas á todas las demás. Y si te duermes, lector, que sí te dormirás, ¿en qué forma te habrás moralizado? ¿Con qué tristeza no pisarás después la escalera de tu casa, considerando que entras tan inmoral como has salido?

En cambio, duérmete si quieres en los dramas de Echegaray. Si por acaso fueses tan duro de corazón que no te conmovieran las escenas patéticas, ya se encargaría alguno de esos actores tan bien entonados que sólo España posee de tenerte despabilado. Pero no; yo sé que no hay necesidad de que se griten los dramas de Echegaray para que se escuchen con atención. Sin el auxilio de aquellos inolvidables pulmones, lo mismo hubieran conmovido al público. El Sr. Echegaray recoge en el teatro, siempre que se le antoja, una buena cosecha de lágrimas.

Ahora bien, las lágrimas ¿no son un medio de moralizar al hombre? ¿Cuándo se derraman lágrimas? Cuando el corazón se enternece. Pues enterneciendo el corazón muchas veces lo haremos más blando y más sensible, y el hombre será más clemente y generoso.

Esta afirmación no es sofística. La puedo demostrar con un poco de metafísica. El dolor de un semejante enternece nuestro corazón, despierta en nosotros la piedad y también el amor. Porque el dolor para muchas personas formales y también para mí es una gran injusticia. Si el dolor recae sobre un malvado, contraría el fin general humano, que es el pleno goce de la vida; mas si atormenta á un hombre virtuoso, no sólo contraría este fin general, sino también el particular de la virtud, que merece recompensa. En uno y otro caso hay una injusticia que nos hace padecer moralmente. Mas para que una injusticia nos haga padecer es necesario que en aquel momento la idea de justicia se levante con extraordinario poder en nuestra alma. Y cuando la idea de justicia se enseñorea de nuestra alma, ¿no somos más morales que cuando yace aletargada en algún oscuro rincón del pensamiento? He aquí cómo, á mi juicio, una obra dramática, por el mero hecho de ser bella, sin propósito alguno de aleccionar á los espectadores, puede influir más poderosamente en su moral que aquellas otras cuyo primero y tal vez único intento sea éste. El arte perfecciona nuestras facultades morales, no recordándonos el catecismo, sino fortaleciéndonos, elevándonos, arrastrando nuestro espíritu á la región de las ideas grandes y nobles. De mí sé decir—y me pongo de ejemplo, porque soy para el caso como cualquier otro—que cuando presencio la representación de Hamlet me conmueven tanto los sublimes pensamientos del héroe, que me figuro participar de su grandeza, se despierta en mi ser lo que hay de más generoso, siento mi espíritu más grande y ennoblecido, en una palabra, me reconozco más moral que cuando salgo de ver Bienaventurados los que lloran.

No obstante, es necesario averiguar de dónde viene la emoción; si llega á nosotros sostenida por la falsedad y el absurdo, ó la trae en sus brazos el arte.

Cuando veo llorar á una persona en el teatro pienso que por lo menos aquella persona tiene un corazón sensible. Las personas acá en España, tratándose del teatro, no deben exagerar la cuestión de lágrimas. Me parece que tienen muchas más ocasiones de reir. Sólo algunos chistes de Pina y tal vez algún otro de Blasco son los que arrancan con entera justicia raudales de ellas á los ojos.

En la última escena de Ó locura ó santidad estuvieron á punto de soltárseme. Si no hubiese acontecido que una señora se desmayó á mi lado y no hubo más remedio que socorrerla, seguramente habría despilfarrado algunas. Pero aquello me dió tiempo á reflexionar, y he aquí lo que salió de mis reflexiones.

Efectivamente, en la escena pasaba algo grave. Dos jayanes al servicio de un manicomio se llevaban maniatado á un caballero, bajo el supuesto de que estaba loco. No estaba loco, todos lo sabíamos, y padeciamos, como es natural, presenciando aquel acto de barbarie. Mas aquel acto de barbarie había sido preparado por el autor con el exclusivo objeto de conmovernos. Por lo mismo teníamos derecho á exigir que la preparación fuese discreta y artística. Aquella situación atrevida é interesante no tenía, por desgracia, raíces muy seguras; se hallaba presa por tan sutiles hilos al argumento de la obra, que el más leve soplo de la reflexión bastaba á soltarlos. El entendimiento juega un papel secundario, pero juega su papel en la contemplación de las obras de arte, y es gran torpeza llevarle la contraria tan resueltamente como se hace en esta obra. ¿Será posible convencer á nadie de que, mediando buena fe, se arrastre á un manicomio á un hombre de talento, estudioso, sensato y recto, á las pocas horas de haber declarado que la fortuna que posee no le pertenece, por extraordinarias que sean las circunstancias que acompañen á esta declaración? Yo pregunto á toda la clase médica española: ¿Hay en ella dos individuos, sobre todo si han recibido el grado antes de la revolución, que por los síntomas que ofrece el espíritu de D. Lorenzo de Avendaño sean capaces de decretar su inmediata clausura? Yo pregunto á todas las familias honradas de Madrid: ¿Hay alguna que permita y aun promueva el encierro de su jefe en una casa de locos por los motivos y con la premura de aquella que Echegaray nos presenta en su drama? De resultas de no haberme contestado nadie á estas preguntas que hice mientras socorría á aquella señora, resolví no conmoverme. Y no obstante, si un espectador ó alabardero tuviese la desgracia de caer desde el paraíso á las butacas, pueden ustedes creer que el suceso me impresionaría fuertemente. Me impresionaría mucho, aun cuando aquella escena no había tenido preparación de ninguna clase. No sé si el lector comprenderá esto, pero yo lo comprendo perfectamente.

Á pesar de cuanto he dicho, estoy lejos de aplaudir el espíritu de crítica, por no decir intelectualismo, con que de poco tiempo á esta parte acude el público al teatro. Pasaron los buenos tiempos en que los espectadores tomaban parte con lo más hondo del alma en las peripecias del drama, se apasionaban, se enfurecían, trataban de saltar al escenario en socorro del héroe, arrojaban comestibles sólidos á la cabeza del traidor. Sólo en algunos apartados rincones de nuestras provincias se da el caso ya de que el público obligue al protagonista de Carlos II el Hechizado á dar muerte cuatro ó cinco veces consecutivas al odioso fraile, autor de sus desgracias. En el resto de España, el fraile muere á la hora en que escribimos de una sola puñalada. El público que acude á los estrenos en Madrid, mujeres, viejos y niños, todos se constituyen en tribunal y afectan la imperturbabilidad de un magistrado en vista pública y solemne. En las escenas más interesantes y patéticas, lo más que se permite el espectador es una helada sonrisa de satisfacción y el siguiente galicismo: Está bien hecho. En tanto que dura la representación, todos, todos, hasta aquella rubia de la platea cuyos cabellos parecen dorados á fuego y uno á uno, tienen aspecto de estar escribiendo en lo más profundo del pensamiento unos Apuntes críticos con mucha fibra y mucho calor de humanidad.

Permítaseme que eche de menos en el público un poco de sensibilidad, y después permítaseme proseguir.

El defecto capital del teatro de Echegaray, aquel que resplandece en todas sus obras, es la falsedad. En algunas de ellas, como En el puño de la espada, la falsedad puede denominarse absurdo. Un viento atracado de embustes corre por todos sus dramas, desatando los cabos, invirtiendo los términos, lacerando la urdimbre y arrojando las escenas muy lejos unas de otras, de tal modo que sus personajes quedan gesticulando en la soledad, y el público no ve la razón de sus desconcertados ademanes. Lo que se echa de menos en las obras dramáticas de Echegaray son las matemáticas. En estas obras se estampa el resultado sin haber hecho las operaciones previas, y el público pide que se le muestre la pizarra.

Ahondando un poco en la indagación de este asunto, tal vez observemos que el defecto enunciado, si ataca á la esencia misma de la obra y la reduce á la categoría de efímera, no es de los que niegan por sí la aptitud del artista. Lo que sí muestra inmediatamente es que á la creación de la obra acompañó un algo perturbador y malsano que el autor debió haber huído con empeño. Es imprudente introducirse en el laboratorio de un poeta para espiar sus trabajos, y á seguida noticiarlos á los cuatro vientos. Pero si me fuese dado vencer la repugnancia que me inspira este espionaje y me pusiera á observar el crisol donde hierven los dramas de Echegaray, creo que no tardaría en percibir ese elemento pútrido que causa el daño de la obra. Después, si se me obligase á darle un nombre y no tuviese á mano otro más poético, lo llamaría «precipitación».

La precipitación de que el Sr. Echegaray hace uso en la fabricación de sus dramas es de la peor ralea, porque es la que acompaña, no tan sólo á la ejecución, sino también al pensamiento mismo de la obra.

Estoy pensando en que la idea de haber aproximado el gabinete de un poeta al laboratorio de un químico por algo debió acudir á mi cerebro ahora. ¿Por qué habrá sido?... Quizá tenga su raíz en la impresión que me causó el Sr. Echegaray la vez primera que le vi salir á la escena solicitado por el clamoreo del público. La figura del Sr. Echegaray no despertó en mí, ni más ni menos, la idea del poeta, sino la del astrólogo. Sin que pudiera oponerme al escape de mi fantasía, adornéle de súbito con una bata sembrada de estrellas, le puse sobre la cabeza una caperuza y en la mano una varilla de virtudes, aposentéle en una cámara tétrica toda atestada de libros, de redomas, de animales disecados. Le vi enfrascado á una luz mortecina en la lectura de una Trigonometría rectilínea. Parecía hallarse inquieto, cerraba los ojos con frecuencia y lanzaba tristísimos suspiros.

«¡Ay!—exclamó—¡Aritmética, álgebra, geometría, y por mi desdicha también la trigonometría, todo lo he profundizado con un trabajo constante, y heme aquí pobre tonto!... Hace ya algunos años que enseño á la multitud las matemáticas y no estoy bien seguro de haber enseñado algo de provecho. Ni aun me lisonjeo de que sirva para nada el reducir los quebrados á común denominador. Por eso me he dedicado algún tiempo á la política. Pero todo esto, política y matemáticas, es intrincado, es oscuro, y además sospecho que no sirve para nada. ¡Oh, si yo pudiese franquear esta muralla de fórmulas algebraicas y expedientes que me aprisiona! ¡Si yo pudiese, libre como el humo que se escapa de estos carbones, recorrer á la dulce claridad del gas los escenarios de los teatros, aspirar el perfume de los polvos de arroz, salir cogido de las manos de los artistas, en forma de danza, á embriagarme con el néctar voluptuoso del aplauso! ¡Oh, qué extraña turbación se apodera de mi ser! Escucho una voz celeste que me dice: El mundo de las bambalinas y del albayalde no está cerrado... Ánimo: aún puedes morder donde han mordido Retes y Echevarría... Sí, creo que el genio de Shakspeare da vueltas en torno de mi cabeza y me incita á escribir dramas. Siento que mi espíritu se entrega todo á ti. ¡Oh, espíritu inmortal!... Ven, ven...

(El genio de Shakspeare desde dentro): Huyamos.

Pero esto es Fausto puro, dirán ustedes. No lo niego, diré yo.

Volvamos á la precipitación, volvamos aunque no sea sino para afirmar que la precipitación es una frase inventada por mí para explicar y atenuar algunos pecados cometidos por el Sr. Echegaray. Por lo demás, yo no puedo negar á ustedes el derecho de achacar sus yerros á inopia y no á precipitación.

El comercio y trato frecuente de los grandes hombres suele dejar en nuestra inteligencia huellas muy visibles. Por estas huellas es fácil conjeturar cuál ha sido el grande hombre que más nos ha cautivado. Yo me atrevo á pensar que el favorito del Sr. Echegaray ha sido Arquímedes. De él es de quien ha tomado, sin duda, la mala costumbre de pedir gollerías. Arquímedes decía: «Dadme una palanca y un punto de apoyo, y removeré la tierra». Mas el pobre Arquímedes se fué al otro mundo sin tener el gusto de remover la tierra, porque nadie pensó en darle la palanca ni el punto de apoyo. Echegaray dice: «Dadme un hijo formado por el rayo de la luna que penetra por un vidrio roto (el arte se encargará de pagarlo); dadme un puño de espada que sirva de archivo á una correspondencia que no es posible quemar ni hacer pedazos; dadme una hoja de puñal donde se escriba con sangre como en la mejor vitela, de tal suerte que lo que sobre ella se estampe no pueda borrarse sin habérsela hundido previamente en el pecho el protagonista; dadme la luna, en fin, y yo os daré un drama».

Efectivamente, el público dió la luna y el Sr. Echegaray los dramas. Mas debemos reconocer que éste es un cambio de servicios perfectamente enclavado en la teoría de la circulación, expuesta con gran lucidez por Bastiat, y ni el Estado ni yo tenemos derecho á contrariar el libre desenvolvimiento de las leyes naturales que presiden á la producción, distribución y consumo de los dramas. Lo único que lamento amargamente es que el desgraciado Arquímedes se haya ido al otro mundo sin tener el gusto de remover la tierra.

Inmediatamente después de esto tenía pensado decir al Sr. Echegaray que no tiene un gusto muy exquisito para la elección de temas, á los cuales tampoco sabe dar variedad, ni gran acierto en la pintura de caracteres, que huelen á bastidor desde muy lejos, ni tampoco una versificación flúida, castiza y armoniosa que velara púdicamente las liviandades del fondo. Pero todo esto tenía pensado decírselo de un modo delicado, ingenioso, como deben decirse estas cosas cuando uno quiere sentar plaza de escritor ático, intencionado y habilidoso.

Más de un cuarto de hora he pasado tirándome por la barba y con la vista fija en un mico de bronce que sirve de remate á la tapa del tintero, y no acaba de brotar en mi cabeza ni una sola frase irónica. Me voy convenciendo con verdadero dolor de que no soy tan socarrón como creía.

Despechado y sin aliento, arrojo una mirada sobre las cuartillas escritas. Son veintisiete. Por consiguiente, según mi cálculo, falta por escribir una tercera parte del artículo.

Ahora bien, esta tercera parte la dedica todo crítico bien educado á elogiar la obra que juzga cuando es mala. Cuando es buena, lo común es dedicar dos terceras partes. No seré yo ciertamente quien con mano torpe pretenda romper el curso de nuestras costumbres venerandas, consagradas por los siglos y las generaciones. De las dos terceras partes que llevo escritas, resulta que el Sr. Echegaray es mal poeta dramático. Confío en que de la que falta ha de resultar que es bueno.

El Sr. Echegaray no es tan insignificante poeta como pudiera deducir cualquier adversario suyo de las premisas que he sentado. Yo escribo para las personas ilustradas é imparciales, para aquellas que saben conceder á las frases su verdadero sentido y ver al través de las travesuras del estilo el corazón del escritor. Esas personas que tienen los ojos puestos sobre el mío saben cuán lastimado está y cuán triste por las frases que un destino cruel me ha obligado á estampar. Yo admiro al Sr. Echegaray, le admiro como admiran los gusanos á las estrellas, si es que las admiran. En materia de admiración, muy pocos serán los que puedan ponerme el pie delante. Pero yo bien sé por qué admiro al Sr. Echegaray: las personas que penetran mi corazón, bien lo saben, el señor Echegaray también lo sabe. Hay muchas cosas inefables para la humana lengua, y una de ellas es ésta. Asisto á la representación de una obra de Sánchez de Castro, y quien dice Sánchez de Castro dice Retes. La obra sale mala, como puede suceder, que esto no me lo negarán ustedes. Pues bien, este pobre joven que ha sacrificado veinte reales para verla, se emboza con la mayor dignidad en su capa y sale del teatro murmurando entre dientes Dios sabe qué cosas. Se estrena un drama de Echegaray, y el tal drama no satisface ni con mucho mis exigencias. Pues en vez de salir irritado y feroz á saciar mi cólera en un chocolate, salgo con la sonrisa más plácida del mundo, una sonrisa que envidiaría el mismo Perier, enojando á los amigos con mi descarada alegría, y cantando salmos en honor del Sr. Echegaray.

«Porque tienes garras como el león y dientes como el chacal, señor, desgarras y trituras el arte dramático.

Te glorificaré por tus dramas malos lo mismo que por los buenos y cantaré tus alabanzas.

Tú has abierto mi boca, señor, y mi boca cantará tus alabanzas.

Cuando tú llegaste, los dañinos gorriones, entre los cuales figuraban Pérez Escrich y Larra, y también Eguílaz, divertían sus ocios en picotear la escena.

La picoteaban sin compasión; en su pico no se hallaba palabra de verdad, ni verso sin ripio, y en su alma de gorrión se albergaban la frivolidad y la impotencia.

Llegaste y los desmenuzaste como polvo que el viento esparce, y los barriste como lodo de las plazas.

Á tí, ¡oh señor! tributaré gracias con todo mi corazón, y narraré todas tus maravillas.»

Las maravillas del Sr. Echegaray son algunas escenas tan bellas como hacía muchos años no habían resplandecido en el teatro español y un enjambre de pensamientos graves y luminosos que surcan altaneros el piélago de sus obras, dejando brillante estela de fuego.

Las buenas acciones siempre las tengo presentes y no olvidaré mientras viva de qué modo se ha portado el Sr. Echegaray en una célebre noche. Tres veces consecutivas había subido el telón, y tres veces consecutivas había vuelto á bajar. Cuando subía, me quitaba el sombrero y lo colocaba con delicadeza, que semejaba unción, en la butaca de enfrente hasta que llegaba un caballero de corbata encarnada que me obligaba á levantarlo rápidamente y á plancharlo dos ó tres veces con la manga de la levita. Estas maniobras me hacían perder algunas docenas de versos. Cuando bajaba, me ponía el sombrero y trataba de lanzarme á los pasillos. Indudablemente en la vida del hombre hay momentos críticos. Uno de ellos es salir de una fila de butacas del teatro Español en noche de estreno. ¿Se debe salir dando el rostro ó la espalda á las señoras que ocupan la fila? Militan razones poderosas en pro de ambos sistemas. No obstante, mi opinión, y la apunto con las debidas reservas, es que se debe salir mirando á las señoras. Se deben apretar las piernas hasta donde alcancen las fuerzas contra la fila contigua, con el fin de hacer patente que vuestras extremidades son tan inofensivas como hidalgas. Conviene que al demandar perdón por la molestia, formuléis brevemente una enérgica protesta contra la empresa del teatro, que sacrifica el pudor al sórdido interés. No dejéis tampoco de decir, si os ocurre, alguna frase ingeniosa y moral, sobre todo moral. Si no os ocurre, lo más sensato es doblar el espinazo, sonreir con modestia y abreviar cuanto se pueda. Recorría automáticamente los pasillos, el salón de descanso; escuchaba distraído profundas disquisiciones sobre la verdad de los caracteres y la verosimilitud de la fábula, y pienso que cuando me aposenté de nuevo en la butaca y vi sepultarse á los músicos, cual gnomos misteriosos, en sus tétricos agujeros, ¡Dios me perdone! pero algo semejante á un bostezo vagó por mis labios. Alzóse la cortina pausadamente, con cierto chirrido profético, anunciando que en el caso poco probable de que la obra saliera de la noche limpia de todo silbido, tos ó estornudo, no reportaría pingües ganancias á la empresa. ¡Lo que es el sino! ¡Partiendo de la garita del apuntador hacia dentro, hasta el telón tiene derecho á carecer de sentido común!

Así que vi el escenario, me dió en la nariz un tufillo de belleza que reanimó mi espíritu soñoliento. ¿Tufillo lo he llamado? Pues no es verdad; aroma, aroma era, aroma embriagador que llegaba al corazón. Un hombre que agoniza vertiendo profundos pensamientos en flúido y enérgico romance. Esto no se ve todos los días. ¡Cuántos se mueren en las tablas con el ripio entre los labios! Después, una escena verdadera, con vida terrenal, que en el cerebro delirante del moribundo engendra otra más grande y fantástica. Sombras que toman carne para ofrecer perdón al crimen. Seres vivos que la noche y el remordimiento convierte en sombras. Relámpagos siniestros que alumbran una conciencia cenagosa. El amor tomando posesión de un corazón dolorido. Un poco de verdad y otro poco de poesía. Por allí debía de andar el arte.

Aplaudí como se aplaude cuando no se representa nada de Blasco, y sin acordarme poco ni mucho de que era un crítico, lloré como un simple mortal. No hay más remedio que confesarlo: los críticos, salvo honrosas excepciones, tenemos también corazón como los demás.

¡Qué noche aquélla! Fué La última noche del señor Echegaray. Después le aplaudí más de una vez, pero mis palmadas, casi siempre débiles é indecisas, sonaban á hueco, como las cabezas de algunos sabios. No crea, sin embargo, el Sr. Echegaray que estoy cansado de aplaudirle ni de escuchar sus alabanzas, como aquel paisano de Atenas, que se hastiaba de oir las de Arístides. Aún me restan fuerzas bastantes para sonar las palmas, y si llega el caso sabré gritar: «¡Bravo, bravo, el autor!» tan bien como cualquier radical. La Providencia me ha concedido un tesoro de aplausos; mas yo no tengo facultad para malgastarlo en cuatro días. Redundaría en menosprecio de las buenas obras dramáticas futuras y pretéritas, en perjuicio del Sr. Echegaray, que tiene derecho á no ser empujado por oscuros y peligrosos senderos, y en menoscabo y daño de mi conciencia, que si no regatea jamás los aplausos al mérito, me exige estrecha cuenta de los que tributo á la torpeza.

D. JOSÉ ZORRILLA

A las nueve; á las nueve en punto de la noche. Se había anunciado con la debida anticipación en los periódicos y la tabla de anuncios del Ateneo lo aseguraba de un modo terminante:

«El viernes á las nueve de la noche el eminente poeta D. José Zorrilla dará lectura pública de algunas composiciones inéditas.»

No podía estar más claro. Y no obstante aún me quedaba un resquicio de duda. Verdad que el autor del Tenorio estaba vivo, pero había dejado de pisar muchos años hacía la tierra española. Fatigado de regocijar nuestras moradas con sus melodiosos cánticos, el misterioso pájaro había levantado el vuelo y yo no sabía dónde lo había posado; en qué paraje risueño y frondoso, bajo un cielo azul, había fabricado su nido. ¿No podría haber otro D. José Zorrilla á quien le hubiese convenido nacer poeta? Un tanto extraño parecía en este caso que la tabla de anuncios del Ateneo le apellidase eminente, mas la crítica severa y concienzuda no ha sido jamás el fuerte de la tabla de anuncios del Ateneo. La duda, ese fantasma siniestro del siglo XIX que turba las conciencias y las empuja á los negros abismos de la filosofía alemana, se había apoderado de mi alma, cuando tropecé con un empleado de la casa.

—Este D. José Zorrilla que aquí se mienta ¿es verdaderamente D. José Zorrilla?

La pregunta no podía ser más directa, más clara, más concreta.

—Creo que sí, porque el señor presidente ha mandado preparar un refresco para esta noche.

La respuesta era precisa y categórica. Ningún artículo de El Siglo Futuro fué en la vida ni más claro ni más contundente.

Quedamos en que era D. José Zorrilla el que había de leer aquella noche varias composiciones inéditas.

¡Es decir que iba á hallarme frente á frente del prodigioso mago que había evocado en mi espíritu juvenil sueños infinitos, azules, verdes, rosados y de otros colores intermedios; con el arpa de oro cuyas dulces canciones arrullaron las horas melancólicas de mi adolescencia; con el cometa fulgurante que al promedio del siglo apareció en los cielos del arte, y cuya cola, formada por miríadas de tomos de poesías, aún no ha traspuesto por entero el horizonte!

No faltaré; de ningún modo faltaré. Aunque necesite perder un sermón de Sánchez de Castro ó un drama del P. Sánchez, no faltaré.

En tanto que la hora llegaba, empecé á meditar—cosa bastante rara en un crítico—acerca del romanticismo.

El romanticismo ha llegado á ser en nuestra época una abstracción, una idea que la crítica considera, ya funesta, ya dichosa; que para ciertos historiadores atacados del novísimo sistema de explicarlo todo, fué simplemente una necesidad de los tiempos. Probablemente no será nada de esto, y sí tan sólo un grupo de hombres de poderoso ingenio con el cual nada podía rivalizar más que su arrogancia. Amantes de la libertad, orgullosos de vivir y respirar, pensando que sus obras no cabían en el molde clásico ni en ningún otro molde conocido, comenzaron á asestar furiosos golpes á las formas tradicionales de la poesía. Rompieron la tupida malla de preceptos que el estudio de los clásicos, unido á la miseria del ingenio, había formado en los últimos siglos, y lanzaron sus vuelos por los mundos no explorados de la fantasía. Hoy el viajero tropieza en el camino con los restos de algún pájaro infeliz víctima del frío y de la oscuridad, pero tiene presente que otros muchos surcaron atrevidos las tinieblas y dichosos llegaron á puerto de salvación.

El cultivo ciego, insensato, de la forma llegara á tal punto en los tiempos que precedieron al romanticismo, que habían sido proscritas del arte las ideas por inútiles. Todo estaba inventado. Los asuntos del poeta se hallaban trazados de antemano, y ¡guay del que osara salirse de la pauta! Un amante que llora celos, ausencias ó fierezas de su amada; un natalicio, una muerte, unos días, un matrimonio; en el aniversario de la entrada del Rey nuestro señor en Madrid á su vuelta de Francia; en el día del cumpleaños de la Reina nuestra señora; oda al combate de Trafalgar; soneto á un pajarillo; sátira contra las costumbres del tiempo; letrilla contra los pantalones cuando empezaron á usarse; en la proximidad del parto de la Excma. Sra. Marquesa de Villaburrida; á cierto joven militar de grandes esperanzas con motivo de su temprana y repentina muerte: á mi señora D.ª Ramona Portillo; epístola á Poncio quejándose del atraso que sufría el autor en su carrera, etc., etc.

Tales eran los temas predilectos de aquella musa cumplimentera. Delito de leso clasicismo se consideraba enamorarse á derechas de Pepita, Asunción ó Juana. El poeta no podía amar sino á Galatea, Florinda ó Cloe y eso en el campo y disfrazado de Batilo ó Fileno, porque en la ciudad ya se guardaría bien de hacerlo. Si le gustaba una niña era indispensable el decir que ardía en ansias ó que se hallaba encadenado por un déspota inhumano, para que se le creyera. El cuello de la niña había de ser albo forzosamente y los cabellos madeja de oro, los ojos lanzarían mortíferos venenos, dado que no hubiera en ellos un Cupidillo que disparase mortales saetas; los labios serían hibleos, las mejillas de nácar y el seno tomaría la denominación de pomas de nieve ú orbes torneados. La poesía, en resumen, se hallaba estereotipada.

En esto, dejáronse oir los rugidos de los románticos, que llegaron cual rebaño de leones agitando ferozmente sus melenas, y al llegar pusieron en gran desorden y confusión á la turba de gozques que alastraban contra el regazo y comían en las blancas manos de las damas aristocráticas. Traían consigo la idea de libertad, la de naturaleza—á la cual no siempre han sido fieles—y más arraigada que otra alguna, la de tristeza. La tristeza fué la musa que inspiró por más tiempo al romanticismo. Sin que hubiese mayor motivo que antes, todos los poetas de aquella época convinieron en ponerse muy tristes y en dar claras señales de hallarse bajo el peso de un gran dolor. Caían sobre el suelo las lágrimas y formaban pronto regueros, arroyos, ríos caudalosos que se llevaban los puentes y los corazones; desatábanse en el espacio furiosos vendavales de suspiros y estallaban tempestades de sollozos. Más grande desesperación no la habían presenciado los siglos.

Aun dando por supuesto, como es justo que se dé, que aquella tristeza tenía no poco de afectada y artificiosa, ¿quién osará negar que constituye un manantial riquísimo de inspiración poética? Lo pregonan con elocuencia el Childe-Harold y el Manfredo de Byron, el René de Chateaubriand, los cantos líricos de Heine, de Víctor Hugo, de Espronceda y de Zorrilla. Estas obras serán por siempre bellas, aunque el arte, en sus giros de vagabundo, haya abandonado la región de las tristezas individuales y parezca sumergirse ahora con deleite en el océano profundo de la realidad. No queramos juzgar las obras de arte con el criterio que el gusto de hoy nos señala. Si despreciamos las obras y los hombres del romanticismo porque las aficiones de nuestra época nos empujan por opuestos derroteros, cuando otros gustos y otras tendencias hayan venido á sustituir á las nuestras, ¿con qué derecho pediremos gracia para nuestros poetas más queridos y para nuestras obras más predilectas? Pensemos más bien que la belleza es una dama serena y augusta, pero muy coqueta; el arte un mancebo turbulento y caprichoso que sin cesar la enamora. Que vista la dalmática griega, ó la toga romana, ó el jubón de la Edad Media, ó el frac de nuestra época, que gaste peluca ó melena, que parle en latín ó en sueco, como se muestre insinuante, rendido y discreto, obtendrá sus favores.

Aquí llegaba en mi trascendental meditación, cuando rasgó la atmósfera erudita del Ateneo la voz del ujier: «Cátedra del Sr. Zorrilla». ¡Ay! Quizá este mismo ujier gritaría impío al día siguiente: «Cátedra del Sr. Vilanova».

Acudí con ligereza á sentarme delante de la misma tribuna, y esperé con recogimiento, con cierto temblor cortesano, la llegada del monarca.

Y llegó. ¡Pero cómo llegó, cielos! Como oveja á quien privaron de su vellón; como pájaro desplumado. ¡Llegó sin melena!

El viejo y trasquilado león subió lentamente los escalones de la tribuna, y una vez arriba, alzó la cabeza. La juventud había huído de aquella frente, el fuego de aquellos ojos, el carmín de aquellos labios. Paseó una mirada por la concurrencia, y saludó. Yo no sé lo que vi en aquella mirada y en aquel saludo, pero me sentí profundamente conmovido. Aquella mirada triste, muy triste, aquel saludo humilde y encogido parecían decir:

«Estoy en el Ateneo de Madrid; lo sé. Los que aquí os reunís, todos sois más ó menos sabios; todos sabéis que he cometido muchos anacronismos y muchas faltas de gramática. Sé que os reís de mis composiciones vacías, de mi lirismo trasnochado; sé que os gustan otros poetas más filósofos, sé que ya no tengo ni un admirador ni un amigo entre vosotros. La generación á la cual el soplo de mi musa revolvía y encrespaba unas veces, y otras rizaba y adormía blandamente; el público que decía mis versos en el teatro antes que el actor los profiriese, se ha llevado á la tumba mi renombre. Los amigos que conmigo lo compartían han caído también uno á uno en el oscuro misterio de la muerte. Cuanto miro en torno mío, me es extraño y desconocido. No entiendo vuestra sabiduría, no entiendo vuestro escepticismo, no entiendo vuestros versos. Me encuentro solo, triste y pobre, y ni aun fuerzas me quedan para repetiros la vieja canción. Nada puedo daros digno de vosotros: perdonadme, señores, perdonadme.»

Y á mí se me encogía dentro del pecho el corazón y me asaltaban deseos irresistibles de decir:

«Procedamos por partes, ilustre vate. En primer lugar, gracias á Dios, no somos todos sabios los que aquí nos reunimos. Desde mi asiento estoy viendo á varios que no lo son, puede usted creerlo, no lo son. Algunos hay que la opinión pública califica de tales, pero ya sabe usted que la maledicencia en nuestro país no respeta nada, y que no es posible poner trabas á las lenguas. De los pocos que restan, la mitad son traducidos del francés y la otra mitad en el pecado llevan la penitencia, pues nadie cuenta con ellos para nada. Mas supongamos por un instante que todos lo fuésemos. ¿Piensa usted que habrá sabio alguno, por tonto que sea, á quien no cautiven y deleiten los hermosos poemas que usted ha creado? ¿Piensa usted que esta poesía amaneradilla y artificiosa que hoy está de moda osará chistar mientras se alce en los aires el son de sus dulces y frescas melodías?»

Esto diría seguramente si hubiese dicho algo. Me reduje á pensarlo, con otras muchas cosas que el lector irá conociendo seguramente si no se queda rezagado en la lectura de este artículo.

Situémonos en un punto de vista equidistante de todas las escuelas y de todas las tendencias que han imperado en el arte. Mejor dicho, situémonos en tal lugar y tan lejano que apenas se divisen esas barreras que las alternativas y variantes del gusto han levantado en los vergeles de la poesía. Desde aquí, desde el lugar empingorotado donde plugo á mi voluntad colocarme, no acierto á ver ningún lindero; el huerto de los clásicos es una prolongación del de los románticos, ó tal me parece al menos, y el de los realistas se introduce sin que nadie le vaya á la mano por el de los idealistas. En unos y otros las flores y las berzas fraternizan con efusión. Los ingenios que los han cultivado están allí representados con tamaños muy distintos, sin que pueda asegurar que se haya atendido para nada ni á la época en que florecieron ni á la escuela en que militaron. Por ejemplo, allá veo á Calderón que está representado por un coloso de oro con rica corona de brillantes, mientras Sánchez de Castro es una hormiguita que en este momento le entra por la ventana de la nariz y le hace estornudar.

Mas en realidad mi obligación en este momento es no acordarme para nada de Sánchez de Castro y no quiero dar un paso más por este terreno escabroso. Así, pues, convirtiendo mis ojos á Zorrilla, observo que su talla se eleva majestuosa sobre todos los poetas españoles de este siglo, y sólo Espronceda y Quintana logran altura parecida. Bien se me ocurre que esta observación tomada del natural, como ahora se dice, no enternecerá el corazón de los poetas que hoy figuran; mas ¡ay! consiste en que el corazón del poeta, blando y sensible para el canto del ruiseñor, para el beso de la virgen, para las noches de luna, es de piedra berroqueña para los versos de su vecino.

La poesía de Zorrilla es una flor de los campos, risueña, fresca, suave, fragante. Nació sin que una mano diligente hubiese derramado en aquel sitio algunos granitos de semilla traídos de París. Nació porque Dios quiso que naciera para solaz del viajero que en el camino angustioso de la vida se tiende á descansar un instante en los dominios del arte. La regadera de la ciencia no ha venido á chapuzarla mañana y tarde. En los días de cierzo no ha tenido cristales que la resguardaran; en las noches de hielo no ha tenido á su lado estufa que le prestara calor. Alguna vez se doblaba la pobrecita al peso de la nieve; otras veces se arrugaba por las quemaduras del sol. Pero tornabais al día siguiente y la encontrabais de nuevo fresca y erguida derramando aromas y esparciendo reflejos.

Porque Zorrilla es un gran poeta, á despecho de la ciencia, á despecho de la Academia de la Lengua, á despecho de sus torpes imitadores y hasta á despecho de sí mismo. Infinitamente más poeta que otros que poseen mucha ciencia, mucha Academia y pocos imitadores.

Á la flor de la poesía dedicámosle hoy cuidados exquisitos y prolijos. No los rechazo, que prefiero yo con mucho los refinamientos del espíritu á las groserías de la letra. Mas déjenme ustedes admirar de buena voluntad á aquellos árboles gigantes de espeso y oscuro ramaje cuyas copas se columpian majestuosamente al impulso de los vientos en los bosques de mi país, y no tanto á aquellos otros del Buen Retiro cortejados sin cesar por la mano solícita del jardinero y recibiendo el agua bonitamente por tubos de hoja de lata. No lo puedo remediar.

Los versos de Zorrilla no han sido forjados penosamente como tantos otros en las fraguas del pensamiento. Zorrilla no ha tomado jamás las medidas á la idea para encajarla en el verso. El verso y la idea nacieron en su mente á un tiempo mismo, como la luz y el color. Si á Zorrilla le privaseis del lenguaje numeroso, le arrancaríais las alas y pronto veríais con qué dificultad se movía por la tierra. Si quisierais enseñarle la prosa, veríais cuán torpemente se expresaba, como esos pobres mirlos á los cuales sus dueños ¡progresistas! se empeñan en enseñar el himno de Riego con la flauta.

La prosa es una cosa muy excelente. Yo se la recomiendo con toda mi alma al Sr. Grilo. Mas la prosa sólo puede expresar lo que se concibe en prosa: cuando se concibe en verso, se debe parir en verso. Hay tal vaguedad en las ideas del poeta y tanta contradicción en sus sentimientos, que no es fácil empeño introducirlos en la prosa sin sacarla de quicio. El verso, según dicen, es el lenguaje intermedio entre la prosa y la música. Zorrilla lo ha hecho acercarse mucho más á la música que á la prosa. Por eso penetra más fácilmente que ningún otro poeta en nuestra alma y se guarda más tiempo en la memoria. ¿Quién en España no sabe versos de Zorrilla? ¿Quién es el que no ha sentido el aroma de aquella flor silvestre de que antes os hablaba?

Voy á figurarme que cruzáis por un país extranjero. En una sala espléndida, muy bien arrebujada con riquísimas alfombras y tapices, chisporrotea un fuego malicioso haciendo guiños y prometiéndolas muy felices al aterido contertulio, que descalzándose los chanclos y sacudiéndose la nieve, alza la cortina diciendo: «Good evening gentlemen».

Ya estáis de la parte de adentro, y al compás de vuestros pasos se alza un repique adulador en el cristal de las arañas y en la porcelana de las mesas. Y luego los enormes espejos, tan altos como el techo, se apresuran á reproducir profusamente vuestra imagen, como si fuese la de un grande hombre. Así que llegáis á las cercanías de la chimenea, os inclináis con mucha gracia y estrecháis una mano más blanca que el manto con que en aquel instante se embozan los árboles del jardín, más suave que la seda que viene de las Indias. No quisiera equivocarme, pero aquella mano pertenece, á mi entender, á una lady de alabastro con ojos azules. Habláis del tiempo, por supuesto, habláis del príncipe de Gales, habláis de sport, y hasta, si os parece oportuno, habláis de los ojos azules de mylady. Todo esto á mí no me importa poco ni mucho. Pero la conversación viene á caer sobre materia de poesía, y entonces ya pongo el oído para escucharla. Mylady tiene gran pasión por Tennyson, y se empeña en leeros uno de sus idilios, que vosotros, claro es, encontráis divino. Á la lectura del idilio sigue un silencio, y al silencio esta pregunta: «Decidme, my dear, ¿qué poetas tenéis en vuestro país?»

¡Ah! Yo estoy seguro de que en aquel instante separáis la vista de la argentada lady, y la sacáis por el balcón á pasear por otros espacios. Una lágrima tiembla en vuestros párpados, que no llega á caer, porque aquella lágrima pertenece á la patria y no quiere pisar tierra extranjera. Allá, muy lejos, detrás de la nieve, hay una región feliz donde calientan los rayos del sol y esparce el azahar sus fragancias. Las aguas azules del mar y los bosques espesos de lauros, la lengua melodiosa de las aves y la boca imperceptible de los insectos elevan sin cesar un coro de bendiciones al firmamento límpido...

«Señora, el primero de nuestros poetas se llama D. José Zorrilla. Sus versos son el más preciado regalo de los oídos españoles. Ninguno ha conseguido tanta popularidad, porque ninguno es tan sencillo, tan melodioso y tan flúido. Sus versos tienen el color de nuestras flores, el brillo de nuestro cielo, la frescura de nuestra brisa. Cuando los escuchamos, nos sucede lo mismo que cuando paseamos al declinar la tarde por las riberas del Tajo, se olvida uno de que esta tierra es un valle de lágrimas. Ninguno tampoco más nacional. Su espíritu nos pertenece de tal modo, sus pensamientos están ligados por tan estrechos lazos á la tierra española, que en vano querríais formaros idea de su encanto los que no habéis balbuceado jamás plegarias á la Virgen, los que no habéis escuchado en esa lengua los consejos de vuestra madre. Su poesía, como nuestro sol, no se puede traducir.»

Sí; estoy seguro de que estas ó parecidas palabras saldrían de vuestra boca, porque en tal instante no querríais semejaros al asno de la fábula, que dispara furiosas coces sobre la frente del león moribundo. Quizá en vuestro corazón tendríais ya reservado este papel para algún amigo de Madrid. Y no diríais mentira. El troquel que acuñó los versos del Capitán Montoya y Margarita la tornera bajará al sepulcro de Zorrilla, y tal vez se guarde allí por siempre. Aquellos fantásticos caballeros de la tradición no tornarán ya á este mundo, tan vivos, tan altivos, tan resueltos; aquellas doncellas de ojos garzos que beben por entre una reja el tósigo del amor, no serán tan puras, tan risueñas, tan ideales. Las noches de Andalucía, diáfanas ó brumosas, los bosques, las tempestades, las flores, los claustros, el canto de las aves, los suspiros del amor, ya no tendrán pincel que los retrate y los difunda por la tierra. ¿Qué jinetes osarán en lo porvenir cruzar de noche un bosque de este modo?