Yo también cantaba y se me saltaban las lágrimas. Entonces me decía que yo era un gran hombre, que sabía más que Lepe y que el deán de la catedral.
Á pesar de mi ciencia confesaré que no sospechaba que tuviéramos un correligionario tan avisado como maese Sisnando en pleno siglo XII.
Esto no pudo menos de herir mi amor propio, pero ya le he perdonado la ofensa al Sr. Villoslada, y es lo cierto que hoy le tengo por un novelista de mérito y uno de nuestros escritores más correctos y elegantes.
Parece mentira que yo diga tales cosas de un ultramontano.
Cuéntenselo ustedes á Alarcón, que no lo va á creer.
S IEMPRE está el hombre orgulloso de alguna resolución ó acto de su vida que le parece digno de loa. Yo, que al parecer nada hice en la mía de notable, puedo preciarme, sin embargo, de no haber leído á Pérez Escrich desde los diez años.
Fué en unas vacaciones. Había ido á cursar mis latines á la capital. Cuando volví al pueblo, el libro, el libro de Pérez Escrich, el Cura de aldea, en una palabra, estaba sobre la mesa de pintado pino, tan rozagante y tan fresco como si acabase de salir de las manos de su creador. Quise recordar las emociones dulces que aquel libro me había hecho experimentar en otro tiempo, poco después de haber salido del claustro materno. Á las pocas páginas comencé á sentir cierta pesadez en la cabeza, como si tuviese allá mucho plomo, y á las otras pocas me quedé deliciosamente dormido.
Ustedes podrán decir, señores, ¡qué no debe esperarse de un muchacho que, en tan corta edad, ya se dormía leyendo á Pérez Escrich!
Han volado desde entonces sobre mi cabeza muchos vientos, ya glaciales, ya ardorosos, y he oído desde mi balcón, no sé cuántas veces, cantar á la codorniz en la vega. Y hoy mi bello ideal consiste en no leer á Pérez Escrich. Pero no puedo menos de tenerlo en el corazón como el Catecismo de Fleury y el Amigo de los niños.
Por Pérez Escrich supe yo, primero que por nadie, de la existencia de los puntos suspensivos. Cuando algún héroe de sus novelas iba á perder el juicio, nunca dejaba primero de lanzar una carcajada histérica, después de lo cual venían dos ó tres líneas de puntos suspensivos. Por bajo de ellos decía el señor Escrich: «¡Estaba loco!» ó «¡estaba loca!», según fuese varón ó hembra el demente. De otras invenciones de los hombres, no menos peregrinas é ingeniosas, tuve noticia por nuestro autor, de las cuales pienso hacer, con la ayuda de Dios, el uso que más prudente me pareciese.
No sólo por haber acaudalado con preciosos datos mi saber debo estar reconocido al Sr. Escrich. Aún recuerdo con lágrimas en los ojos (líquidas perlas que él llamaría) el ruido que hacían sus novelas al entrar por debajo de la puerta. Yo caía sobre ellas como el gato sobre el ratón, y con la entrega en la mano marchaba mayando á devorarla á la soledad de mi cuarto. Pero la primera entrega siempre dejaba levantado un puñal sobre el pecho de un inocente, ó cuando no, pendiente á alguno de un clavo sobre un abismo, y eran de ver entonces las ansias que á mí me entraban por saber cuántas pulgadas había penetrado la navaja ó en qué forma se había roto la cabeza aquel prójimo. El saberlo costaba dinero, que no era el Sr. Pérez Escrich de esos que de buenas á primeras y por afición le vienen á contar á uno todo lo que ocurre, y me veía precisado á demandar socorros á mi padre. Mas éste, por aquel entonces, estaba empeñado en que Cervantes era mejor novelista que Pérez Escrich y solía negarlos, y entonces acudía á mi buena madre, que no profesaba ideas tan perversas. Ésta descogía con mano piadosa la jareta de su faltriquera para que todas las semanas se entrasen por la casa dos reales de Esposa mártir ó de Mujer adúltera, que no bastaban, ni con mucho, para calmar los arrebatos de mi espíritu investigador. Ahora comprendo por qué he llegado á ser el mejor crítico de España.
Pérez Escrich en el campo, en el círculo, en el terreno, en el estadio, en el circuito de la literatura representa una idea, es una idea. La idea de Hegel es realidad. La de Pérez Escrich es entrega.
¡Ay, niñita mía, quién se volviera entrega, aunque fuese de Pérez Escrich, para que tus manos blancas y fragantes como la magnolia le tomasen, para que tu regazo tan casto como la nieve de las montañas le diese reposo!
Esto lo digo por una chica que conocí en Gijón, que se pasaba las horas muertas leyendo á Escrich. Me enamoré de ella, como era natural, y si no hubiera sido por un tío que me dijo á tiempo: «¡Pero, hombre, no comprendes que vas á cortar tu carrera!», me hubiera casado sin remisión. Pero la carrera ante todo. Ya les diré á ustedes en qué pararon aquellos amores.
Decía que Pérez Escrich, como novelista, es una idea. Debo añadir que Pérez Escrich...
Mas antes bueno es que advierta que justamente porque Pérez Escrich es una idea, me siento obligado á hacerle hueco en esta mi galería, ó pepitoria de novelistas. Muchos hay de los que se quedan fuera, tenidos por sí y por los otros en más estima. Pero ¿son tan notorios? ¿Ejercen tanta influencia? En una palabra, ¿son una idea?
Queda demostrado de un modo concluyente que Pérez Escrich es el novelista que en este momento debe ocuparme. No se me tilde de crítico motolito y poco avisado.
¡Despertad, pues, recuerdos azules, verdes y carmesíes de la edad primera! ¡Salid de las argentadas y bramantes olas que lloraban noche y día debajo de mis balcones! ¡Salid de las vegas lujuriantes de maíces que crujen al viento como la seda! ¡Venid de lo alto de aquellas montañas donde blandean las nubes como banderas! ¡Venid y decidme cómo es Pérez Escrich, que ya no me acuerdo!
Pienso, si no me es infiel la memoria, que hay en las obras del Sr. Escrich algo de lo que se observa en las de Esquilo. Los caracteres del Sr. Escrich, á semejanza de los del trágico griego, son inmobles como los peñascos, representan un sentimiento único, son personajes de un momento determinado y de una simplicidad absoluta. Pero el autor de Las Euménidas y del Prometeo encadenado, con tales caracteres, no lograba idear más que una situación casi fija, un cuadro delicioso, pintado con inspiración sublime, pero siempre el mismo; mientras el Sr. Escrich consigue tejer una acción complicada, altamente dramática y llena de peripecias. Sin embargo, el parentesco de ambos ingenios no es menos visible, por más que la distancia de los tiempos haya establecido entre ellos diferencias favorables al último.
Para Escrich, lo mismo que para Esquilo, hay entre el bien y el mal, acá en la tierra, el mismo irreconciliable dualismo que en el cielo. No es posible que en un mismo hombre coexistan partículas de bien y de mal. Sus personajes son siempre Ormuz ó Ahriman, ó lo que es lo mismo, cuando un personaje de Pérez Escrich sale malo, no hay por dónde cogerle de pícaro y endemoniado; al paso que cuando es hombre de bien, lo es á carta cabal. El Sr. Escrich cuida también con particular esmero de unir la belleza física con la moral, prestando hermosura, fuerza y elegancia corporales á los dechados más completos de bondad. En efecto, sería cosa fatal y hasta absurda el que un joven de cabellera rizada, de ojos expresivos, de nariz recta y modales distinguidos robase unas cucharillas de plata. ¡Me encantaban á mí sobremanera aquellas tertulias de sujetos tan lindos y de tan buenas partes! Generalmente llevábanse á efecto en alguna guardilla ó sotabanco, y los que allí se reunían, más buenos que el pan candeal, solían festejar su honradez con algún extraordinario en medio de la mayor cordialidad y buen orden. Las guardillas de Pérez Escrich exhalan un olor tan fuerte á virtud, que echa para atrás.
Casi siempre, en pos de la tertulia de honrados venía la de perdidos, con el objeto de formar contraste. Allí se veía hasta dónde puede llegar la malicia humana. Todos eran bandidos de pura raza, con sus ojos atravesados y sus correspondientes cicatrices. Como era natural, en aquella sociedad nadie creía en Dios, y así tenían buen cuidado de manifestarlo á la primera ocasión.
Los buenos y los malos se distinguen, pues, de un modo cabal en las novelas de Escrich. No aparecen tan bien determinadas las diferencias entre los hombres de talento y los majaderos. Nuestro autor no es tan feliz en la pintura de discretos como en la de tontos. Así es que cuando pretende hacer pasar á alguno por sabio, debemos creerlo tal con aquella fe viva que aconseja el P. Astete para los misterios de la religión.
Por otra parte, sus personajes hablan con un lenguaje adecuado en cuanto es posible á la situación y modo de ser del héroe. Shakspeare hacía lo mismo. ¡Cuán envidiable me ha parecido siempre esta facultad de adaptarse á todos los momentos y estados de la vida! No puedo menos de recordar á un orador sagrado de mi pueblo, que predicaba siempre al aire libre el sermón del Encuentro durante la Semana Santa. Cuando para formalizar de un modo plástico, como era costumbre, las dramáticas escenas de la Pasión, necesitaba dirigirse á las imágenes soportadas por robustos marineros, solía decir: «¡Eh! á sotavento San Juan... María Santísima á barlovento». Hubiera sido un gran novelista aquel cura.
Y á propósito de la Pasión. Tengo entendido que el Sr. Pérez Escrich, en competencia con San Lucas, describió muy á lo vivo la pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo en una novela titulada El Mártir del Gólgota. No he leído El Mártir del Gólgota, y lo que es aún peor, doy á ustedes palabra redonda de no leerla; mas precisamente por eso debo extenderme algo sobre esta novela para no romper con la costumbre de la sana crítica.
Si yo fuese un crítico desalmado y avieso, nunca perdería la ocasión de lucir mi donaire escribiendo sobre la obra del Sr. Escrich las frases más sabrosas y picantes, pues ingenio tengo que me sobra para ello. Con la intención más perversa podría comparar su novela á la lanzada de Longinos y con otros pasajes del Nuevo Testamento hacer chacota de ella. Pero esto desmentiría la gravedad ingénita de mi carácter y me haría perder no poco en el concepto de las personas serias. Examinaré, pues, la obra del Sr. Escrich de un modo concienzudo, haciendo resaltar todas sus bellezas y señalando al propio tiempo sus defectos más capitales. Examinaréla desde el punto de vista histórico y asimismo desde el filosófico, económico y administrativo.
En primer término, debo llamar la atención de los lectores hacia una singular coincidencia que corrobora el juicio ya emitido acerca de la afinidad que media entre la inspiración de Esquilo y la de Escrich. Esquilo solía tomar por asunto de sus tragedias los misterios y símbolos de la religión, dando forma poética á las tradiciones de la mitología primitiva, como acontece en la trilogía de los Prometeos. Escrich busca motivo para sus creaciones romancescas en los augustos sucesos de nuestra religión, novelando la dramática historia de nuestro Redentor. ¡Cuántas bellísimas reflexiones le habrá sugerido la inicua degollación de los santos inocentes! ¡Con qué vivos colores habrá descrito el establo donde nació el hijo de María! ¡Qué observaciones no habrá hecho, todas atinadas y profundas, sobre los tres reyes magos, Melchor, Gaspar y Baltasar!
¿Pero quiénes desempeñarán en El Mártir del Gólgota los papeles de cazador maníaco, de pescador distraído, de costurera angelical, de criado fiel y de banquero infame? Porque al Sr. Escrich le pasa algo de lo que á los generales españoles; le caben pocos hombres en la cabeza, y estoy casi seguro de que no ha cambiado el personal de sus novelas por hallarse ahora en la Palestina y en siglo tan apartado. He aquí por qué me estaría muy bien haber leído El Mártir del Gólgota.
Pero si los personajes son siempre los mismos, en cambio la trama de sus novelas suele ser idéntica, y váyase lo uno por lo otro. Creo haber dicho que el centro de operaciones del Sr. Escrich es una guardilla. Allí habita una familia honrada, laboriosa, pacífica, aseada; la familia, en fin, más excelente y admirable que se puede decir ni pensar. Mientras esta familia infinitamente buena vive en la mayor estrechez, procurándose con su trabajo apenas lo indispensable para no morirse de inanición, en un palacio de la misma calle, sumido hasta el cogote en la opulencia, y no sabiendo qué hacer del tiempo y los millones, mora el inicuo despojador de esta familia. Ahora bien: ¿habrá nada más justo que el que esta familia salga de la miseria, torne á disfrutar sus bienes, y el malvado que se los arrancó, confuso y despatarrado, vaya á entendérselas con los esbirros del Saladero? Cierto que no lo hay, y el Sr. Escrich aplica todo su esfuerzo á una empresa tan meritoria. Una vez conseguido su propósito, esto es, después de restituídos los cuartos y puesto el ladrón á buen recaudo, el Sr. Escrich, en conciencia, no quedaba obligado á más. Sin embargo, la novela no da fin en este punto, sino que, desplegando un celo nunca bastante agradecido y pagado con el miserable cuartillo de real en que se estima cada entrega, el autor se entretiene con afectuoso esmero á contarnos en qué forma y manera gastó aquella familia su dinero, qué vida se daba, cuánto pagaba de contribución y qué número de platos se ponían á la mesa. Con esto, la descolorida costurera que tiene entre sus manos El pan de los pobres, se inflama de curiosidad y de gozo: cierra el libro, apoya en la mano su mejilla, y fijando los ojos en la luz de petróleo, comienza á soñar. ¡Quién sabe si algún pícaro de los que pasean en coche por el Retiro estará comiendo una fortuna que pertenezca á sus progenitores! Mira á sus manos, y sus manos no pueden ser más afiladas, más finas, más aristocráticas; mira á sus pies, y sus pies no pueden ser más breves, más estrechos ni más altos de empeine. La costurera se siente con fuerzas bastantes para ser millonaria. He aquí cómo Pérez Escrich sabe herir las fibras más delicadas del corazón humano.
El Sr. Escrich—dicho sea en honor suyo—no es hombre de grandes conocimientos. Las ciencias y las artes no salen casi nunca de sus novelas sin algún arañazo. Sea ejemplo uno de los capítulos de El pan de los pobres, novela que me ha prestado la patrona de un amigo mío.
En este capítulo, titulado «Uno de los dos», dice el Sr. Escrich:
«Á las once y media, Luis y Antonio firmaron como testigos el testamento, el notario se despidió y Carlos, etc.»
Ahora bien, el que esto suscribe, ante el juez competente, como mejor proceda en derecho parece y dice:
Que en el testamento de D. Carlos de San Pablo se ha omitido y se falta á una de las solemnidades necesarias de los testamentos, cual es la presencia ó la firma de los testigos. En el caso de que el testamento de D. Carlos de San Pablo fuese abierto ó nuncupativo, debió atenderse para formalizarlo á la ley 1.ª tít. 19 del Ordenamiento de Alcalá, modificada por la pragmática de D. Felipe II de 1556, y ambas incluídas, como la ley 1.ª tít. 18 del libro 10 de la Novísima Recopilación. En esta ley se previene que en el otorgamiento del testamento abierto deben ser presentes tres testigos vecinos con escribano, ó cinco testigos vecinos sin escribano, ó siete testigos si no son vecinos. En el testamento de don Carlos de San Pablo no aparecen presentes más que dos.
Asimismo digo, que si el testamento de D. Carlos de San Pablo fuese cerrado, debió atenderse para formalizarlo á la ley 3 de Toro, incluída como 2.ª del título 18 del libro 10 de la Novísima Recopilación, la cual fija en el número de siete los testigos que han de firmar sobre la carpeta del testamento. En el de D. Carlos de San Pablo no firman más que dos.
En uno y otro caso, pues, el testamento de don Carlos de San Pablo no cumple con las solemnidades exigidas por la ley, y debe ser redargüido de nulo de toda nulidad, como así espero que se considere, declarando fallecido abintestato al D. Carlos de San Pablo.
Otrosí. Pido que se le dé á cada cual lo que más le convenga, aunque esto sea pedir gollerías.
¡Ya estaba reventando por lucir mis conocimientos en jurisprudencia!
En el mismo capítulo el Sr. Escrich se niega á describir las peripecias de un duelo, so pretexto de que ya lo ha descrito en otros muchos libros publicados anteriormente. Esa no es razón. Cuanto más se repita una cosa, mejor impresa quedará en el ánimo de los lectores, y me sorprende bastante que el señor Escrich rompa en esta ocasión con su constante y saludable práctica.
Al observar cómo me detengo en este capítulo, tal vez pensará el lector que no he leído ningún otro. Pues mucho se engañaría ¡ay! porque todos los he leído.
Hablemos ahora de la filosofía del Sr. Escrich.
La verdad es que este mundo no está bien arreglado. En esto convenimos todos. ¿Por qué había yo de estar, sin bendita la gana, borroneando la semblanza del Sr. Escrich, en vez de ocuparme seriamente en pasear por Recoletos? ¿Por qué cuando salgo de casa con paraguas no llueve, y llueve precisamente cuando salgo sin él? ¿Por qué es la muerte condición necesaria de la vida? ¿Por qué los oradores del Congreso dicen á cada instante «tuvo lugar»?
Son éstos misterios que no acierta á penetrar el humano discurso y que nos llevan á pensar en un más allá. Como decía el cura de mi pueblo en un sermón que predicaba siempre en el día de la Magdalena, «todo es fugaz sobre la faz de la tierra». Pero á mi ver no debemos lamentarnos de que todo sea fugaz en la tierra; al contrario, yo he celebrado mucho que fuese fugaz el tirón que me dieron a una muela cuando me la sacaron. Lo que de veras siento es que se hayan fugado tan presto otros momentos que tengo, cual preciosos brillantes, engastados en la memoria. De todos suertes, ora porque el placer sea fugaz, ora porque el dolor lo es harto poco, pienso que el mundo pudo haberse arreglado de mejor modo. Por donde quiera que tendamos la vista, se observan claras señales de que la Providencia no había leído las novelas de Pérez Escrich. El mundo del Sr. Escrich, digámoslo de una vez, vale sin comparación más que el del Padre Eterno. ¡Cómo había de consentir nuestro autor que un tunante estuviera comiendo tranquilamente hasta su muerte la fortuna adquirida por el crimen! ¡Ni que un aristócrata deshonrase á una doncella del pueblo sin recibir el condigno castigo! ¡Ni que dos muchachos que se quieren dejen de casarse! Pues de todo esto se ve en el mundo á cada paso, en este pícaro mundo, hecho, á lo que parece, sin conocimiento del Sr. Pérez Escrich.
Pasemos al estilo. El estilo del Sr. Escrich no puede ser...
¿Qué es lo que tenía yo que decirles antes?
¡Ah! sí, prometí á ustedes la historia de unos amores en que juega papel importantísimo el autor de quien tratamos, y no quiero pasar más allá sin cumplir la palabra.
Ya les he dicho que el amor mío, aquel que conocí en la villa de Gijón, leía sin duelo á Pérez Escrich. Yo la amaba á pesar de esto. Tenía unos ojos tan tristes, que al mirarlos huía toda la alegría del corazón y pensaba uno en la muerte. Pero eran tan hermosos como sombríos. Parecía que decían: «amadme, que voy á morir». Después que cambié su amor por la honra de ser el peor jurisconsulto de España, aquellos ojos me produjeron muchas pesadillas.
Un día en que desperté más sentimental que de ordinario me decidí á verlos otra vez, y no sin que se alborotase mi buen juicio, tomé prosaicamente un asiento en el coche de Gijón.
Rodaba el carruaje por la blanca carretera con cenefas de césped. Sobre ella, desde ambas orillas, pendían en apretados piños las manzanas relucientes y sonrosadas, y aún más reluciente y sonrosado aparecía á lo mejor entre el follaje el rostro de alguna campesina. Á los viajeros se les hacía la boca agua. La tarde era de otoño, melancólica y huracanada. Las nubes pasaban ligeras sobre un cielo lívido, perdiéndose al instante de vista cual si acudiesen presurosas á un llamamiento lejano. El polvo cegaba los ojos y blanqueaba los vestidos. Retorcíanse los árboles con angustia cual si pidiesen compasión. Allá del monte venían mil ruidos extraños de ejércitos que se pelean, muchedumbres que rugen y olas que braman. Las amarillentas hojas volaban por los aires de aquí para allá aturdidas y sin saber dónde refugiarse. En los momentos de calma se oía bien el ruido de las campanillas, pero muy pronto se confundía con todos los demás. Los pañuelos rojos y blancos de las muchachas que se paraban á vernos cruzar parecían gallardetes sujetos á esbeltos mástiles. Les costaba mucho trabajo refrenar los ímpetus de sus enaguas ansiosas por saludarnos. La brisa se hizo más húmeda y más acre, y comprendí que estaba cerca de Gijón con su gruñona mar. En Gijón se toma el peor chocolate del mundo.
Estaba sentada junto al balcón toda vestida de blanco: los cabellos tan negros como el paño de los féretros, caían hechos sortijas por la espalda.
Hice parar el coche, y llegué hasta sus pies donde me arrodillé. Quise pedirla perdón, pero me dijo: «Déjame, ¿no ves que leo La esposa mártir?»
Efectivamente, leía La esposa mártir. «¡Cielo mío, yo también he leído La esposa mártir!»
Entonces me dijo: «Eres un infame, tú no has leído La esposa mártir; en tus ojos lo estoy viendo, traidor. Ni has leído La esposa mártir ni tienes en el pecho corazón. ¿Dónde está el amor? ¿Quién lo ha visto? Ya no hay amor más que aquí, en este libro. Mira á mis ojos. Están rojos de leer. He leído mucho, mucho. Por eso hoy me río de ti y de tu amor... ¿No ves cómo me río?»
La hermosa lanzó una carcajada histérica.
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¡Estaba tonta!
Y O no diré que el Sr. Castro y Serrano sea un gran novelista. No señor, no lo diré. Pero confiesen ustedes que después de haber hablado del Sr. Pérez Escrich, tendría derecho á decirlo.
Al llegar á un villorrio de la Mancha ó de Castilla, sobre todo viniendo directamente de la corte, habrás observado, lector, que las mujeres parecen zafias desgarbadas y hasta ridículas. Pues yo te juro que á permanecer algún tiempo en aquel pueblo, llegarías á juzgarlas con menos severidad y aun presumo que no tardarías en poner los ojos dulces á alguna, teniéndola por tan airosa y gallarda como la dama más elegante que pasea sus gemelos de nácar por el ámbito del Teatro Real. Mas supongamos que te haces carlista y vienes á Madrid con un buen empleo, y al cabo de algún tiempo te encuentras de manos á boca en la Carrera de San Jerónimo con tu manchega deidad. ¡Qué horror! Te pones colorado al pensar solamente que el amigo que va contigo llegue á saber que has compuesto unas octavas reales á aquel talle.
Perdona que me suceda algo parecido tratándose de novelistas. Después de leer á Víctor Hugo, Dickens, Tourguenef, Balzac y Manzoni, soy lo más impertinente y quisquilloso que jamás se ha visto; pero lo mismo es andar algunos días entre Fernández y González, Pérez Escrich y Tárrago, que ya se me ensanchan las tragaderas de un modo inverosímil.
Ó no sé lo que me digo, ó acabo de prevenirles á ustedes contra los elogios que voy á tributar al señor Castro y Serrano.
Lo siento de todas veras, y si no llevase escritas ya cerca de dos cuartillas, es casi seguro que empezaría de nuevo esta semblanza.
No hay cosa que más repugnancia y desazón me cause que esa desdichada y nunca bien entendida división de las obras de arte en realistas é idealistas. No obstante, por espíritu de humildad evangélica y sin otro pensamiento que el de mortificar la carne, diré que el Sr. Castro y Serrano es un escritor realista.
Hay gente—á quien la palabra realismo le huele á hospital, á carbón y á taberna—que de aquí para adelante no ha de mirar más de buen ojo á nuestro novelista sólo por esto. Así como los naturalistas dividen el mundo que habitamos en reino orgánico y reino inorgánico, ellos lo dividen en verso y prosa. Á la jurisdicción del verso pertenecen las noches despejadas de luna, el primer beso que se da á la novia, el canto del ruiseñor, los murmullos del río, las mariposas, el aire cuando no es muy fuerte, que toma entonces el nombre de céfiro, etc., etc. Entra en el recinto de la prosa toda la maquinaria industrial, el comercio por mayor y por menor, los presidios, los hospitales, las grandes ciudades, las estaciones de ferrocarriles, etc., etc.
Ahora bien, yo no creo en esta división. Á mí se me figura que el verso y la prosa andan confundidos en este mundo lo mismo que en el Almanaque de la Ilustración Española y Americana. El distinguirlos entre sí, no es tan fácil como á primera vista parece. Hay ocasiones en que dentro de un espacio tan reducido como el de este Almanaque, cuesta trabajo ímprobo el diferenciarlos, ¡qué no acontecerá tratándose del orbe entero! Para eso están los poetas; para eso y para hacer disparates cuando son ministros.
Quisiera ponerme serio, muy serio, y después de ponerme tan serio como en España se necesita para ser algo de provecho, diría á esos señores detractores del realismo como sigue.
La vida tiene toda ella un aspecto poético. Este aspecto poético, total ó parcialmente velado y desconocido para el común de los hombres, es sólo visible en la mayoría de los casos para las almas privilegiadas. El que no sabe libar de las bajezas y miserias de este mundo la rica miel de la poesía, no se tenga por poeta, por más que le encanten y deleiten hasta conmoverle la amenidad de los campos, la serenidad del cielo, los trinos de los pájaros, y haya escrito en su juventud algún artículo titulado «Impresiones».
Introducid á Dante en los talleres de una fábrica, y allí, donde nadie sospecha que existe elemento alguno poético, es bien seguro que él lo encontrará. Véase si no cómo nuestro Campoamor lo ha encontrado en un tren expreso, Núñez de Arce en los áridos y monótonos campos de Castilla (Idilio), Pérez Galdós en la explotación de unas minas de calamina (Marianela).
Acercad mucho los ojos al cuadro de las Meninas, de Velázquez, y no percibiréis otra cosa que manchones ó plastas de color. Si queréis admirar aquellos prodigiosos efectos de luz, es fuerza que os coloquéis á una distancia conveniente. Así el poeta busca en todos los momentos y situaciones de la vida la distancia para ver los objetos bajo la apariencia bella.
La llamada escuela realista ha padecido lamentable error traduciendo al arte, sin buscar previamente su punto de vista, muchos momentos de la vida indiferentes ó indignos. ¡Pero cuánto bien ha merecido por haber traspuesto la barrera en que los románticos lo tenían encerrado! Innumerables acciones y sentimientos humanos desdeñados por el romanticismo vinieron á reclamar el puesto á que tenían derecho, y aun aquellos otros, perseguidos sin tregua por los románticos, presentáronse desnudos de todo aparato absurdo y convencional. Derrumbáronse los blancos albornoces de los hombros de los caballeros y empezaron á sentir los afectos más tiernos debajo del forrado paletó. Las damas, que hasta ahora no habían comido ni bebido, sacaron la tripa de mal año en las novelas ó poemas realistas. Era ya tiempo. Las pastoras y zagales que tanto tiempo perdieron cogiendo florecitas, sonando el caramillo y mirándose en los arroyos, empuñaron el arado y la rueca que nunca debieron haber soltado. Después de tanta holganza, todos vinieron perezosamente á sus tareas, y tuvimos la satisfacción de verlos en poemas y novelas como si estuviesen en su casa.
¿Manchó sus alas el poeta por acercarse á la tierra? ¡Oh, no! Yo he visto á Eugenia Grándet guardando terrones de azúcar á hurtadillas de su padre para endulzar el café de su amante, y no me pareció por eso menos bella. Yo he visto á Pepita Jiménez con su vestido corto de merino y su pañolito de seda á la cabeza, y no me pareció menos amable é interesante. He visto sobre todo á Margarita, á la inocente niña de los cabellos rubios, delante del torno de hilar, moviéndolo con el pie al son melancólico de su canto, y jamás sacudió mi alma la poesía de los hombres con tal violencia. Antes de verla, grandes poetas que la humanidad justamente reverencia, me habían puesto delante de las más espléndidas bellezas, ideales y magníficas señoras ante cuya hermosura paséme absorto muchas horas. Mas siempre me infundieron tanto respeto, que aunque vivamente herido de la gloriosa luz que en torno suyo esparcían, en el fondo del corazón no las amaba. No se ama lo que está muy bajo ni lo que está muy alto. Cuando cayó en mis manos el libro de Gœthe y conocí á Margarita, no me postré de hinojos confesando mi bajeza como había hecho con las otras, sino que me adelanté á saludarla con efusión como si fuese su amigo. ¡Qué temor puede inspirar la timidez! Entonces caí en la cuenta de que también en la vida de los que oímos á Perier en el Ateneo y tomamos chocolate á última hora en el establecimiento de doña Mariquita, puede existir mucha poesía. Margarita no vive entre las nubes, no es una visión, es nuestra hermana que canta cerca de nosotros mientras pone en orden los muebles de la habitación; es la mujer que amamos, cuya aguja cruje sobre el bastidor como si riera del rubor que la causan nuestras palabras. Margarita es poesía, pero es verdad.
Lo acabo de decir. El arte no es otra cosa en resumen que verdad y poesía. De un puñado de tierra se hace un brillante. Con un puñado de sentimientos se forma un poema. Todo se reduce á saber tallarlos. El poeta puede mover la cabeza sobre las flotantes nubes y bañarse en la radiante luz del sol, cuando para los demás mortales no aparece, pero es á condición de que pise con un pie á lo menos esta pobre tierra, que con tanta paciencia nos soporta.
Mas ahora advierto que con la mayor frescura estoy cortando y rajando en asuntos estéticos, ni más ni menos que si fuese un orador del Ateneo. Bien se habrán reído ustedes de mí. Sin embargo, no estoy arrepentido. El día menos pensado les encajo una defensa del idealismo. Hace tiempo que me llamo discípulo fiel de aquella frase de Voltaire: «Todos los géneros son buenos menos el fastidioso».
Una vez afirmado que me despepito y alampo por el género realista, surge inmediatamente esta formidable pregunta: ¿Es el Sr. Castro y Serrano un realista como Dios manda?
Aquí me tienen ustedes rascándome la cabeza por detrás de la oreja, subiendo y bajando los hombros y ejecutando otra porción de muecas á cual más ridícula, como si no supiese qué responder ó allá adentro me tuvieran agarrada la respuesta con tenazas. En último resultado podría responder como el estudiante de marras: «por mí que lo sea». ¿Pero así se declina una responsabilidad contraída? ¿De esta manera indecorosa se zafa uno de un compromiso sagrado por el mezquino interés de quedar bien con todos?
No en mis días. Por algo dijo un crítico que la crítica era un sacerdocio. En este momento late dentro de mí el sacerdote con terrible pujanza, y si no me van á la mano voy á escribir una que sea sonada.
El Sr. Castro y Serrano pudiera ser mucho mejor novelista de lo que es. De esto no me cabe ninguna duda. Todavía más: creo que tampoco le cabe á él mismo. No sé por qué se me antoja que es el Sr. Castro y Serrano uno de esos hombres que saben que se debe escribir bien, y que si en su mano estuviera, aun á costa de cualquier sacrificio, escribiría admirablemente. Esto ya es algo. Todo hombre debe proponerse hacer bien aquello que tiene entre manos.
¡Y qué gusto me daría á mí el Sr. Castro y Serrano si consiguiese siempre su propósito! Apretar el entendimiento, privarse del paseo y otros recreos honestos, ganar pocos céntimos, gastar la tinta y la salud escribiendo cuartilla sobre cuartilla, y al fin de todo, contemplar que la obra no es un monumento literario! ¡Oh qué cosa tan triste es ésta para el escritor! Crean ustedes que estuve tentado muchas veces á tirar la pluma y entrar en algún negocio de ferrocarriles.
Pero volviendo al tema. ¿Qué mal me resultaría á mí de que el Sr. Castro y Serrano escribiese tan bien como el Sr. Valera? Si cuando llegué á Madrid y por primera vez pisé las calles de esta corte
según reza Tirso, me hubiesen mostrado al Sr. Castro y Serrano diciéndome: «Ese caballero que va ahí es el Sr. Valera», téngase por seguro que á la hora presente el Sr. Castro y Serrano sería para mí un eminente escritor.
Y para que se vea lo que son las aprensiones humanas; si al pasar el Sr. Valera por mi lado me hubiesen dicho «ése es el Sr. Castro y Serrano», es más que probable que no me causara ni la mitad de impresión esa nobleza que la comunica el culto fervoroso y constante del arte, y esa firmeza que la experiencia de la vida ha prestado á la fisonomía del Sr. Valera.
Mas el Sr. Valera y el turrón de Jijona son dos cosas difíciles de contrahacer, y ni el mismo Sr. Castro y Serrano, que es hombre docto y de ingenio, sería capaz de ofrecernos un Valera sin descubrir al momento la hilaza de la falsificación. Porque si bien puede oponérsenos que la frialdad es una cualidad en que ambos ingenios parecen ajustarse, yo no puedo menos de revolverme contra tal especie. No negaré que en Valera reina de vez en cuando tanto fresco que le obliga á uno á levantar el cuello de gabán y apretar un poco el paso, pero apenas si llega nunca á cuajar en él la nieve, mientras que el señor Castro y Serrano es un escritor de nieves perpetuas. ¡Al diablo quien pare allí!
Este es el secreto de por qué el Sr. Valera y mucho menos el Sr. Castro y Serrano no llegarán jamás á ser escritores populares. Pero como es un secreto, estimaré que no lo comuniquen ustedes á nadie.
¡Oh cómo ayuda á escribir este musculito hueco que brinca á todas horas en nuestro pecho! Entiende poco de sintaxis y menos de ortografía, pero, créame el Sr. Castro y Serrano, es el medio mejor que se ha inventado hasta el día para entenderse con el pueblo soberano.
Todas las novelas del autor que nos sirve de tema padecen de lo mismo. Hay en ellas observación fina, mucho acierto en la exposición y aliño en el estilo; les falta calor y poesía. Por eso juzgué siempre que el Sr. Castro y Serrano no debía tomar otro papel que el de escritor de costumbres, el cual no hace más que describirlas sin darlas vida en la acción más ó menos complicada de una fábula. No hay que olvidarse de que el novelista es ante todo un poeta. Copiar fielmente la vida ordinaria de los humanos podrá ser en ocasiones obra meritoria, pero no una obra romancesca. Es verdad que deseamos conocer con empeño á veces los actos más insignificantes ó indiferentes de la vida de un hombre, pero es sólo cuando este hombre ha cumplido, está cumpliendo ó va á cumplir algo extraordinario é interesante. ¿Querrá decirme el Sr. Castro y Serrano qué tiene que partir con el arte la vida del tendero que habita debajo de su casa desde que abre el establecimiento y limpia el polvo del escaparate por la mañana, hasta que apaga el gas por la noche? Nada en mi pobre juicio, mientras no se aparte del vulgo de los tenderos, mientras no ponga de relieve de un modo genial y característico algún sentimiento humano ó tome parte activa ó pasiva en el curso de una acción dramática. No me cabe duda; el realismo del Sr. Castro y Serrano no es el verdadero realismo. Podrá ser el realismo de la vida, pero no es el realismo del arte. Aquí vendría muy bien poner una llamada y citar una docenita de autores alemanes para que al señor Castro y Serrano no le quedase ninguna duda sobre este punto. ¡No es vergonzoso que no tenga ni uno disponible!
He leído con placer en otro tiempo una novelita publicada por nuestro autor en la Ilustración Española y Americana que llevaba por título Juan de Sidonia. Aunque excesivamente sencilla en su trama, tiene mucho colorido y gran verdad y delicadeza en los sentimientos. Por Juan de Sidonia adelante se puede llegar á ser un gran novelista.
Mas el Sr. Castro y Serrano muestra afición tan decidida á reposar frecuentemente, que sospecho no ha de llegar jamás al término del viaje. Esta tendencia al reposo que se observa en el Sr. Castro y Serrano no acusa una constitución muy sana; es señal de apoplejía. Adviértese con frecuencia que se detiene ante cualquier objeto, aun el más insignificante y despreciable, y se queda dormido describiéndolo. ¿Por qué para este novelista serán iguales un paraguas ó unos guantes á una mujer hermosa y ha de gastar la misma tinta en describirlos? ¿No comprende que el tenernos quietos tanto tiempo ante cualquier cachivache nos ocasiona gran molestia? Yo creo que el Sr. Castro y Serrano lo hará con la mejor intención del mundo, pero no parece más que lo hace adrede para aburrirnos. Si á esto se agrega—que se agrega casi siempre—un laberinto de reflexiones paradójicas brumosas y ensortijadas con que el autor se cree en el caso de sazonar todas sus descripciones, hay que convenir en que la brevedad es la primera de las virtudes teologales.
El Sr. Castro y Serrano es un gran observador. Pero también lo es el Sr. Valera, y nunca se le ocurrió abusar de este don del cielo, gastando, ó por mejor decir, malbaratándolo en todos los sitios y en todos los momentos.
El Sr. Castro y Serrano es ingenioso. Pero también el Sr. Valera lo es, y no se obstina en estrujar y retorcer conceptos y vocablos para extraerles la gracia.
El Sr. Castro y Serrano es docto. Pero también lo es el Sr. Valera y no siente comezón por mostrarlo.
Según la retórica, acabo de cometer nada menos que tres carientismos. ¡Dios me los perdone!
Por todo se podría pasar, no obstante, si el señor Castro y Serrano no fuese filósofo. Con esto declaro que no puedo transigir. ¿No es bastante que el señor Alarcón lo sea? Aquí en España la filosofía ya va picando en historia, y se cuenta demasiado con la paciencia de los naturales. Por lo demás, justo es decir que el Sr. Castro y Serrano no es de los filósofos más cerriles, y si con fe se lo propusiera, creo que pronto conseguiría dejar de serlo.
He dado á entender hace un instante, por medio de una figura retórica, que el Sr. Castro y Serrano solía introducir en sus novelas observaciones triviales, oscuras y desnudas de interés, y que asimismo no pocas veces alambicaba y retorcía los conceptos y las frases estéril é inoportunamente. Si no añadiese otra cosa á esta censura, cuando me fuese á la cama no me dejarían dormir los remordimientos. Apresúrome, por tanto, á manifestar que siendo muy exacto lo anterior, no lo es menos que este novelista sabe formular su pensamiento en consideraciones profundas, discretas é ingeniosas, como lo tiene probado en muchas páginas de sus libros; y que esparcidas por ellos se encuentran también frases sumamente felices y agudas. Suum cuique tribuere.
El Sr. Castro y Serrano tiene un estilo completamente propio. Ha salvado, pues, la barrera que separa al escritor del que no lo es. Sin embargo, con el estilo acontece lo que con todas las haciendas. Quién la tiene situada en un valle fértil y ameno, en las márgenes de un río bullidor y cristalino, regalada por los céfiros, el azahar y los pájaros; quién se ve precisado á poseerla en Navalcarnero, entre el cielo y el trigo que se abrazan allá á lo lejos, lo menos á catorce leguas. Pues bien, si no me engaño, la finca del Sr. Castro y Serrano debe hallarse hacia Creta, muy cerca del famoso laberinto. Tiene bello y elegante aspecto como la morada de un opulento, pero no pocas veces remedando á Teseo he tenido que dejar el ovillo á la puerta y llevar bien cogido el hilo al internarme en sus crujías á fin de encontrar salida cuando la hubiese menester.
Este escritor trata á su estilo como á barra de plomo. Machaca en él hasta que lo convierte en lámina. No bastándole esto, sigue batiendo hasta que lo transforma en papel. Y no satisfecho todavía continúa empuñando el mazo hasta que resulta un gas veintisiete veces más ligero que el aire. Por donde no pase el estilo del Sr. Castro y Serrano, crean ustedes que no pasa la punta de una aguja.
Que estire su estilo hasta romperlo por lo más delgado dentro del radio de la ciudad, como puede observarse en sus Cuadros contemporáneos, no es pecado tan feo, pues al fin en la corte, desde los novelistas hasta los garbanzos, todo anda estirado. ¡Pero ponerse á sutilizar, como lo hace en La novela del Egipto, frente á la naturaleza, frente al mar, lo mismo que si estuviera delante de la sala de lo civil en pleito de mayor cuantía! Vamos, que esto me parece... Permítaseme que sobre ello haga pronóstico reservado.
En el estilo, nuestro novelista se atiene también demasiado á la simetría, no permitiendo que ningún símil ó parecido marche sin su correspondiente desemejanza, esforzándose con empeño en rebuscar unos y otros de suerte que formen siempre una serie. De tal esfuerzo resulta en el estilo un cierto paralelismo artificioso que nada tiene que ver con el de la Biblia.
En fin, creo que por mucho que en ello me fatigase, nunca recomendaría bastante al Sr. Castro y Serrano la naturalidad.
Y aquí daría remate á esta semblanza si no fuese que aún me resta por decir unas palabras. Hélas aquí:
Aunque el Sr. Castro y Serrano observe en ocasiones más de lo necesario, aunque reflexione y considere también más de lo justo, aunque sea muchas veces nebuloso y afectado en el estilo, aunque se dé aires de filósofo y se entregue sin piedad á las descripciones; por mucho que se esfuerze en ocultarlas, el Sr. Castro y Serrano tiene bastantes cualidades para ser novelista estimable y un excelente escritor de costumbres.
Y HE aquí que vino á mí el editor y me dijo: Es necesario incluir á Selgas entre los novelistas españoles.
En verdad te digo, repuse, que eso es más difícil de lo que tú te figuras, porque no he leído de Selgas ninguna novela, y sí tan sólo una colección de artículos... Pero tú dixisti: «todo lo que el hombre puede osar yo lo oso», como dijo Shakespeare ó Pérez Escrich, no recuerdo bien cuál de los dos. En el término de cuatro ó cinco días seré con él en la imprenta.
Para ello es indispensable adquirir La Manzana de oro, colección de novelas del Sr. Selgas. El medio más adecuado de adquirir libros conocidos hasta el día es pedirlos á un amigo. Ya la he pedido; ya me la ha concedido; ya está en mi poder La Manzana de oro.
Héteme aquí, pues, sentado frente á la mesa, en silla de gutapercha, bajo la benéfica sombra de una pantalla de papel verde botella, á la hora en que combaten las sombras y los espectros de la noche, á la hora en que las nieblas reposan tranquilamente sobre el casto regazo de los ríos, á la hora en que voltean por los aires las polkas de las murgas, á la hora en que los árboles se embozan de un modo siniestro con el manto de la noche, y pestañean en lo alto dulcemente todos los luceros del firmamento, á la hora en que el Ateneo discute sobre lo predominantemente subjetivo, á la hora en que las hermosas damas que asisten al teatro Real escuchan las melodías de Bellini, hablando con emoción de las últimas capotas que han llegado de París.
Lindo por el Norte con La mujer soñada y La criolla; al Este con Venganza y castigo y Miseria humana; al Oeste con Un rayo de esperanza y El dedo de Dios. ¿Cuál de estas novelas leeré primero? Leeré la última; me parece lo más original.
El caso es que mientras la leo ha de trascurrir algún tiempo, y yo no puedo, sin faltar á la cortesía, dejarles á ustedes esperando después de haber comenzado la semblanza. Confío, por lo mismo, en que sabrán dispensarme algunas impertinencias de que voy á hacer uso, con el exclusivo objeto de que me quede algún tiempo para leer El dedo de Dios.
Después que hube leído aquella colección de artículos originales del Sr. Selgas, más arriba mencionados, si hubiese tropezado con él y yo fuese montado en borrica, de fijo no me apearía de mi cabalgadura para arremeter con su persona y llamarle «famoso todo, escritor alegre y regocijo de las musas», como hizo el estudiante pardal cuando topó con Cervantes en el camino de Esquivias; antes le hubiese dicho en estilo bíblico: «¡anda tú, desdichado, que quieres escribir bien y no puedes!»
Cuando pasaba rozando con algún escaparate de libros y percibía entre ellos uno nuevo de Selgas, me alejaba batiendo las alas y graznando como las chovas de mi ciudad... ¿Qué graznaban las chovas de mi ciudad?
Siempre me causaron envidia. ¡Qué indiferencia tan sublime la suya para todas las miserias de la tierra! Por las mañanas, al primer esperezo del día, salía el bullicioso ejército del bosque donde pernoctaba y partía majestuoso en correcta formación pasando por encima de la ciudad hacia las altísimas montañas que cierran el horizonte por la parte del Oeste. En todo el día no se las volvía á ver. ¿Qué hacían allí? Era un secreto, y ninguna de ellas, «aunque llevan nombre de mujer», tuvo la fragilidad de revelarlo jamás.
En otro tiempo, hace más de un siglo, pernoctaban en los huecos de la torre de la catedral, según documentos que se conservan en el archivo de la misma. Pero una noche, el campanero, ayudado de una docena de chiquillos, les jugó una mala partida y no volvieron á posarse otra vez en sus dominios.
Por la tarde, á la hora del crepúsculo, cuando los picachos donde llevan á cabo sus trabajos misteriosos se tiñen de un color violeta, y los amantes se despiden hasta el día siguiente apretándose dulcemente la mano, las veía tornar con perezoso vuelo. Al divisar la aguja metálica de la torre, que parece un florete siempre dispuesto á resistir los asaltos del rayo, gritaban todas á una voz «¡memento!» y seguían su carrera hasta el bosque, y allí se dormían sin los temores del porvenir, sin las congojas del pasado, protegidas por los honrados robles que no cesan de gruñir en toda la noche quejándose de las libertades del viento.
Posteriormente me han dicho que los dueños de aquel bosque se negaron á darles posada y las arrojaron á tiros, viéndose precisadas á buscar albergue un poco más lejos, y que al cruzar por encima de aquellos robles gritan con más tristeza aún: «¡memento! ¡memento!»
Así graznaban las chovas de mi ciudad. Así graznaba este servidor de ustedes, huyendo á paso de lobo de aquel escaparate.
Ya está leído El dedo de Dios. Y en verdad que me ha tocado en el corazón. Me arrepiento sinceramente de haber graznado de aquel modo tan impolítico. No había motivo para ello. Le pido, pues, mil perdones al Sr. Selgas, y en desagravio me apercibo á regalarle por unos instantes el oído con gorjeos y trinos de filomena.
En esta novela, última de la serie intitulada La Manzana de oro, no se resuelve ningún problema. Dignum et justum est. Todo aquel que en el día no resuelva ningún problema, merece una estatua. Es decir, todo aquel de quien se tengan sospechas vehementes de que lo resolverá mal. Declaro, por tanto, que después de haber hecho un escrupuloso reconocimiento en la novela del Sr. Selgas, que lleva por título El dedo de Dios, no encuentro motivo de temor ni de alarma para el público, el cual puede transitar por ella libremente al abrigo de toda filosofía. Con esto ha dado pruebas el Sr. Selgas de ser un gran filósofo.
La trascendencia en las obras de arte no es... (en éste momento quisiera que mi voz fuese derecha al oído del Sr. Alarcón) una nueva cualidad que se añade ó se resta á placer de los artistas, sino el fondo ó la esencia misma del pensamiento creador. Cuando la trascendencia no acompaña al germen de la obra artística, todo lo que se haga por procurársela será inútil, y aún más que inútil, ridículo. Pero ¡Dios mío! yo creo que hay en el mundo muchas cosas hermosas sin pizca de filosofía. Ustedes los que pasean por esas calles del Municipio, ¿no tropiezan á cada paso con ellas? ¿No es verdad que gastan en este momento rusos de color gris y guantes amarillos con vivos negros? ¿No asoman su cabecita por los palcos del teatro de la Comedia, moviéndola vivamente en todas direcciones como los pájaros posados sobre las ramas? ¿No ríen con una cascada de notas aflautadas y alegres, enseñando filas de dientes inverosímiles, al estallar en la escena algún chiste traducido del francés? Penetrad en uno de esos palcos, y penetrad todo lo henchido que queráis de la Crítica de la razón pura. Saldréis con la cabeza dada á pájaros, trastornados, á cien leguas de Kant y de sus categorías, pero con el semblante risueño y un poco de almíbar en el corazón.
Habréis oído hablar mucho de Pepito Esteller, el chico más animado que come pan, del abono de los conciertos, del faetón de Luis, de la última becerrada de los Campos, del matrimonio de la de Vargas... Ni una palabra del imperativo categórico. Os lamentáis amargamente de la frivolidad de los tiempos y de la carencia de ideales para la vida. Mas alguna vez en el apogeo de vuestras vigilias metafísicas cuando Kant os ha hecho sudar durante toda la noche y los carruajes que conducen las gentes del teatro hacen vibrar los cristales de vuestro cuarto, os he visto echados hacia atrás en la silla, poner los ojos en el vacío y sonreir dulcemente. ¿De qué os acordabais? Pongo cualquier cosa á que no es del criterio de la moralidad. Lo cierto es que cerráis el libro sin dejar señal que os indique dónde habéis quedado, y os acostáis de mal humor, gruñendo una porción de cosas extrañas. Y aun se dice que, cuando el sueño os abrocha los párpados, empezáis á figuraros que os halláis en la sala de un teatro inundado de luz y de alegría. El ruido de los abanicos de las señoras es muy insinuante, y el vals que toca la orquesta, lánguido como una noche de Agosto. Y luego hay allí una atmósfera que oprime dulcemente el corazón y produce desmayos de felicidad. La variedad de colores deslumbra al principio los ojos y después los conforta. Las miradas de las bellas van y vienen en todas direcciones, se cruzan y entrecruzan, haciendo salir mil reflejos que traen inquietos á los hombres como si estuviesen bajo la influencia de una próxima tempestad. Sentisteis una conmoción eléctrica. La chispa había pasado cerca, pero sin tocaros. Mas aún no os habíais repuesto cuando otra os dió en mitad del corazón. Aquellos ojos que os miraron desde un palco son más negros que las zarzamoras, y tan dulces. ¿Por qué no vais allá? Á mí se me figura que os están llamando. También debió pareceros lo mismo, porque ganasteis precipitadamente la puerta de la sala y subisteis á grandes trancos la escalera que conduce á los palcos. Pero he aquí que al cruzar el estrecho pasillo donde se hallan con sus puertas numeradas, os sale al encuentro un hombre de luenga y blanca barba, enjuto, huesudo y pálido, con los brazos desmesuradamente largos, con los cabellos caídos sobre los ojos que brillan como carbones encendidos dentro de una hornilla. Al veros se contraen sus labios con una sonrisa feroz.
«¡Ah! ¿eres tú, villano?... ¿eres tú el que busca el amor en este palco? No contabas conmigo, imbécil, ¿no es verdad? Pues aquí me tienes, yo soy Kant... ¿no me reconoces? ¿Dónde has dejado la Razón pura, tunante? Aquí me tienes para cerrarte el paso, tunante. ¡Yo soy Kant, Kant, Kant!»
El fantasma os tiene cogidos por la solapa del frac y os sacude con tal fuerza que estáis á punto de perder el sentido. Entonces despertáis. Y aquella noche las pesadillas se suceden unas á otras cada vez más tristes y monstruosas.
Para no exponerse á sufrirlas todas las noches, creedme, lo mejor es entregarse de vez en cuando á la frivolidad. Que charléis con niñas mimosas y encantadoras ó que leáis novelas de Selgas, es igual en mi concepto. No hay nada menos serio que la frivolidad, pero no hay nada más necesario en ocasiones. Cuando el encéfalo se turba y el corazón sangra, el bálsamo más seguro para curarse es la frivolidad. Al menos por lo que á mi respecta, os puedo decir (¿pero os lo debo decir?) que cuando me siento inquieto y atormentado por esa opresión particular que comunica al espíritu la meditación de los grandes asuntos, prefiero mil veces la conversación petulante, voluble, pueril y graciosa de mi vecina, sobre la cual reposa el alma con deleite y abandono, al Tratado de la tribulación del P. Rivadeneira, que nunca me ha divertido gran cosa. Mas si á vosotros os sucediese lo contrario, estad seguros de que no os diré una palabra.
Mi vecina y las novelas del Sr. Selgas están hechas del mismo barro. Cualquiera sabe más que mi vecina, pero nadie mueve los ojos para arriba y para abajo y aun para los lados como ella. Todas las novelas son mejores que las del Sr. Selgas, pero hay pocas que diviertan tanto. Si las novelas tuviesen una edad como las personas, las de Selgas estarían en los doce abriles. Por eso son tan frescas, tan bonitas, tan triviales, tan caprichosas. Unas veces le estremecen á uno de placer con algún rasgo de ingenio ó alguna chistosa zalamería, otras no hay quien pueda soportarlas. Al lado de escenas dignas de Valera hay otras que envidiaría Pérez Escrich. No encierran caracteres sostenidos y correctos, ni fábula original, ni brillantes descripciones, pero tienen agudezas y muecas encantadoras. Frecuentemente brota de sus páginas una escena interesante, atrevida, luminosa y azulada como una bomba de jabón, y extasiados, llenos de alegría seguís sus giros errantes hasta que, sin saber por qué, tal vez por pura fantasía, estalla y se deshace en el aire.
¿Qué será esto? ¿Será que el Sr. Selgas escribe después de comer? Mucho me lo temo. Es verdaderamente desastroso el escribir sin tener hecha la digestión.
Pero de todas suertes, Selgas es un novelista que se lee. ¡Ay! ¡cuántos he visto morir en la flor de la sexta página! No puede darse nada más conmovedor que esos libros inmaculados y silenciosos, que le miran á uno desde el fondo de un escaparate. El día en que ven la luz, el librero diligente los coloca en primera fila, casi tocando con el vidrio. Poco á poco se observa que van perdiendo terreno, defendiéndose mal de los ataques que les infieren las obras más recientes, hasta que por fin vuelven grupa y se les ve del revés allá en lo más hondo, medio sofocados bajo el peso de un diccionario. ¡Qué ojos tan tiernos ponen los desdichados! Parece que están diciendo á los transeuntes: «Caballero, escuche usted».
Una vez me paré á contemplar á uno de estos huérfanos de la prensa. Se hallaba en una posición insostenible. Un libro de Eusebio Blasco le oprimía la cabeza y otro de López Bago le sujetaba las piernas. No tenía libre más que el vientre. Sentí compasión, y ya me disponía á comprarlo, cuando advertí que el autor de aquel libro era yo; el mismo que tenía los dedos en el bolsillo para sacar su precio. Sin variar de postura levanté los ojos al cielo y exclamé: «¡Oh dioses inmortales, qué amarguras hacéis sufrir á los humanos!»
Mas ahora caigo en que, después de tanta charla, aún no he clasificado al Sr. Selgas. Si me descuido un poco se me escapa sin clasificar. ¡Qué haría por el mundo el Sr. Selgas sin estar clasificado!
Con la mano puesta sobre el corazón, declaro que el Sr. Selgas no es un escritor realista. Sin separar la mano del mismo sitio, declaro que tampoco es idealista. Pues entonces, ¿qué es el Sr. Selgas?
El Sr. Selgas no es más que lo que se ve. No hay en él trastienda ni doble fondo de ninguna clase. Si alguna vez aparece superficial é ignorante, consiste en que lo es. Nada de ficción y disimulo. Me gustan á mí estos novelistas que tienen el valor de su ignorancia.
Producir páginas exuberantes de gracia y colorido cuando ocurren; escribir candorosas necedades cuando buenamente acuden á la pluma. He aquí la misión que la Providencia asigna á los hombres como Selgas. Y en mi pobre juicio nadie debe apartarse del camino que la naturaleza misma le señala. Si el Sr. Selgas siente impulsos de escribir una tontería, ¿por qué no ha de escribirla? La retención de tonterías es muy perjudicial, pues á menudo se mezclan á la sangre y producen trastornos en el organismo. Siga, pues, el Sr. Selgas cuidándose, que la salud es siempre lo primero.
De esto se deduce—al menos debiera deducirse—que en las novelas de nuestro autor se encuentra, en ocasiones, una percepción fiel y clara de la vida, destellos ó relámpagos de realidad que, por desgracia, se apagan presto. Pero ¿qué es lo que no se apaga en este mundo? Todo se apaga, hasta ese sol hermoso y lascivo que arranca por la mañana su blanca túnica á las montañas, se apagará algún día. La misma luz con que escribo se está apagando por falta de petróleo.
En tanto que este cataclismo acontece, apresurémonos á decir sobre el Sr. Selgas unas cuantas tonterías más.
Hay tonterías y hay tonterías; quiero decir, hay tonterías de distintas clases. Hay tonterías solemnes ó aristocráticas. Éstas pertenecen, por derecho propio, á los ministros, embajadores, grandes de España, jefes superiores de administración, académicos, diputados de la mayoría, directores de periódicos, etc., etc. Éstas son tonterías de la sangre. Hay también tonterías del dinero, tonterías centrales y provinciales, rústicas y urbanas, civiles y militares, eclesiásticas y seglares, clásicas y románticas, etc. Pues bien, las del Sr. Selgas pertenecen á la última categoría. No siguen órbita conocida y sobrevienen, como los cometas, cuando menos se piensa, si bien con alguna más frecuencia. Son alegres, campechanas, modestas, de buena pasta. Nadie las quiere mal. Mas téngase presente que debe usarse con cierta prudencia del género tonto, porque es de suyo muy resbaladizo, y aunque Pérez Escrich y algún otro hayan conseguido en él muchos lauros, no aconsejo á los jóvenes escritores que sigan sus huellas.
El Sr. Selgas es un verdadero poeta. No dudo por un momento que esto le ocasionará graves disgustos, así en la vida privada, como en la pública. Al poeta, en este siglo material y positivo, no le caben otras dichas que la cartera de Ultramar, ó que algún pobre diablo, como el que emborrona estos renglones, diga á sus lectores: «El Sr. D. Fulano es un poeta, mucho cuidado con él». Mas el ser poeta no perjudica casi nada para escribir novelas. Se han dado muchos casos de personas que, sin ser poetas, han escrito muy malas novelas. Por lo mismo me guardaré bien de considerar esta cualidad como motivo de censura. Otra cosa sería, no obstante, si el señor Selgas hubiese escrito algún artículo filosófico. ¡Y quién sabe si lo habrá escrito! Torres más altas he visto desplomarse, y la vida nos está ofreciendo á cada paso terribles experiencias... Pero yo no tengo derecho á sondear la conciencia de un hombre. Y, sobre todo, me ha quedado bastante dulce la boca con la última novela que he leído del Sr. Selgas, para que vaya á amargarla sin fundamento con sospechas y presunciones de mal agüero. No obstante, si el Sr. Selgas ha cometido alguna vez uno de estos actos reprobados por todas las leyes divinas y humanas, entiéndase que retiro cuanta insinuación favorable á su persona se hallase en este artículo, y ruego al Dios de los poetas líricos que le obligue á rimar un millón de veces hijos con prolijos.
Su estilo es fino, delicado, trasparente, nervioso. Pero á todos los estilos nerviosos les falta casi siempre la salud. En ciertos momentos de exaltación, llegan á donde no pueden llegar los más robustos y fornidos, tocan con su mano febril los cielos más lejanos y recónditos de la poesía; mas al día siguiente, desmayados y ojerosos, se arrastran lánguidamente por la tierra ó rendidos al sueño y la fatiga se dejan caer en el rincón más infecto de la prosa. Hay un medio de endurecer tales estilos. Que se acerquen á la naturaleza; que escuchen con atención y recogimiento su lenguaje augusto; que salgan sin temor á recibir los rayos del sol del Mediodía, las brisas acres de la mar, las húmedas y glaciales de la montaña, los punzantes olores de los pinos; que salgan á contemplar los furores del cielo, los arrebatos de la mar, las peripecias infinitas de la lucha solemne entre la luz y la sombra; que salgan á embriagarse con todos los aromas de la creación; que hagan gimnasia; y al cabo de algún tiempo adquirirán color y fuerza, color y fuerza que no conseguirán jamás tantos estilos crasos y linfáticos como hoy vegetan en nuestra literatura.