La religión, cosa muy santa y muy digna de que los hombres la tomen por lo grave, puede ser trasformada, merced á ilusiones fantásticas y quiméricas imaginaciones propias de la edad juvenil, en un verdadero libro de caballerías. Así como en la edad madura el hombre se aplica á convertir en sustancia cuanto se halla dentro del radio de su horizonte moral y sensible, solidificando, por decirlo así, el ambiente que le rodea, del mismo modo el joven cifra su empeño en convertir en flúido imponderable, en humo, en nada, cuanta sustancia miran sus ojos y tocan sus manos.

El mundo gaseoso que todos hemos habitado por mayor ó menor lapso de tiempo, está impregnado de una pasión omnipotente, pero oscura y arcana aun para el mismo que padece sus efectos. La naturaleza, la religión, el arte no nos hablan más que un lenguaje indefinible y dulce. El alma no toca á la alegría y la tristeza, sino que alternativamente se anega y se revuelve en ellas con extraña violencia. Un vapor sutil é interno sube del corazón al rostro movido por una palabra, por un soplo, y lo enrojece. El sacrificio nos causa dulzuras inexplicables, la soledad nos arrastra con poder irresistible, la meditación es sueño, el sueño es alucinación.

Todo es furtivo y vago en esta edad, pero ardoroso y excéntrico. Los sentimientos dentro de nuestro ser se dilatan y amenazan romper su molde. El fuego de nuestra alma va haciendo presa en ellos y devorándolos todos hasta que llega á uno ante el cual se detiene. ¿Qué sentimiento es éste cuyo poder reconoce nuestro espíritu al cabo, y al cual ofrece en holocausto todos sus pretéritos sueños y fantasías?

Esperad un poco; Valera nos lo va á decir.

Era D. Luis de Vargas un joven de veintidós años de edad, «muy salado, con mucho ángel y con unos ojos muy pícaros», aunque seminarista. Confieso que éste aunque que acabo de estampar tiene cierto sabor herético. Estoy admirado de lo fácilmente que se cae en la herejía cuando no está uno prevenido.

A los veintidós años, como ya tuve el honor de indicar, se tiene siempre algún romanticismo en la cabeza. Este siempre me parece ahora algo benévolo, pero lo dejo porque no me gusta andar en distinciones. El romanticismo de D. Luis era el amor divino, con su cortejo de trasportes místicos, escrúpulos, desprecio de los bienes terrenales, conversión de infieles, etc., etc.

Era un niño muy teólogo que rezaba y pensaba mucho y que lloraba en el silencio de la noche al oir los acordes de la guitarra rasgueada por un campesino enamorado.

D. Luis, que había ido por algunos días á su pueblo antes de recibir las órdenes mayores, á las cuales se avecinaba, escribía luengas cartas á su tío el deán de la catedral de..... En tales cartas desahogaba el tonsurado mancebo con gran discreción los profundos y sutiles afectos que bullían en su alma. Levanta suavemente á vista del lector la cortina á un mundo de pensamientos vagos y aéreos, á una serie de cavilaciones laberínticas y exageradas que muestran bien en claro el estado de confusión de su espíritu. Sin embargo, una frase tenue, casi imperceptible se añade pronto á esta sinfonía ascética que D. Luis hace sonar en sus epístolas; el nombre de una mujer. Esta frase se oye más clara y más distinta en cada nueva carta; va crescendo, crescendo, hasta que se convierte en tema principal. ¡Qué arte tan admirable despliega aquí Valera! No es posible mayor delicadeza ni un conocimiento más perfecto del corazón humano.

El deán advierte la nueva fase que presenta la mística de su sobrino, y le aconseja que se aparte del peligro si no quiere caer en él, ó lo que es igual, que pierda de vista cuanto más antes á Pepita Jiménez. Son de leer entonces los intrincados razonamientos y agudezas del mancebo para convencer á su tío y convencerse á sí propio de que la corriente de sus ideas marcha siempre por el cauce del amor divino. Aunque no fuese más que para aguzar el ingenio, convendría que todos estudiásemos un poco de teología. Mas ¡ay! que la teología, fuerte contra Dios, como Israel, es débil contra una viuda de veinte años. Toda la teología de D. Luis de Vargas viene al suelo reducida á cenizas, como una momia que se sacude, al estrechar la mano de Pepita Jiménez. El sobrino de su tío siente discurrir por sus venas una idea dulce y heterodoxa. Todavía habla de áspides y serpientes que es preciso aplastar; todavía cita textos de la Escritura y se compara á Holofernes y al corzo sediento, y exhala quejas como el Salmista, pero utiliza la Biblia también para llamar á su amante fuente sellada, huerto cerrado, flor del valle, lirio de los campos, paloma mía y hermana.

Cuando el atribulado joven pide á Dios con acento lastimero que separe de sus labios el cáliz de la amargura (Pepita Jiménez), los del lector no pueden menos de contraerse con una sonrisa de asombro, de tristeza y de burla.

Concluyen las cartas de D. Luis y con ellas la primera parte de la novela.

En la segunda, titulada Paralipómenos, se narra con cierto intencionado ensañamiento la tremenda caída de D. Luis desde la cumbre de su imaginario ascetismo. Pepita se prenda frenéticamente del seminarista y le da á entender su amor por todos los medios conocidos hasta lo presente. D. Luis vacila como un santo llevado sobre andas en día de procesión. El amor divino y el amor humano riñen encarnizada batalla dentro de su alma. Toman parte por el amor divino ciertas consideraciones sociales, á saber: la reputación de santo ganada por D. Luis, y de la cual, como de todas las reputaciones, cuesta mucho trabajo desprenderse; la sorpresa dolorosa del deán al saber su repentina caída, ídem la del obispo que había recomendado con mucho encarecimiento la solicitud de dispensa, ídem la del Sumo Pontífice, que la había concedido en gracia de las relevantes cualidades del candidato. Favorecen al amor humano, su padre D. Pedro, que se hallaba enterado de todo por su hermano el deán; Antoñona, servidora leal y habilidosa de Pepita, y la desesperación de ésta, que no comía, ni dormía, ni sosegaba por culpa del arisco teólogo. Las fuerzas de entrambos contendientes, como se ve, están equilibradas.

¡Pero qué desalmado y maquiavélico es el Sr. Valera!

Sin más ni más se pone de parte del amor humano, y prepara al infortunado D. Luis una emboscada tan cargada de lazos y peligros que no hay santo en el Calendario que supiera escapar á ella. Antoñona, pintando y aun exagerando á D. Luis el estado de tristeza de Pepita, le arranca la promesa de ir á verla antes de su partida, decretada por él mismo para el día siguiente.

Y el Sr. Valera, digo Antoñona, señala para la cita la hora más comprometida del mundo; las diez de la noche. Era una noche serena y perfumada de Andalucía. Brillaban en lo alto las estrellas; sonaban en lo bajo, formando un concierto dulcísimo, las castañuelas, las guitarras, los ruiseñores y los grillos. Celebrábase en el lugar de D. Luis la verbena de San Juan. La luna, el aire, los arroyos, las yerbas y las flores todo lo arregla el Sr. Valera á su gusto, para perder al mísero D. Luis. Pero lo arregla tan admirablemente, que repito lo que antes dije: quisiera ver allí á muchos santos del Calendario.

D. Luis penetra en la casa de Pepita, donde previamente el Sr. Valera, como Mefistófeles, había evocado á los demonios de la voluptuosidad, encargándoles mucho celo y discreción.

La visita comienza grave y ceremoniosa hasta que entran en materia. Una vez entrados, voy á dirigir al autor una sentida queja. ¿Por qué ha dado usted tan poco movimiento al diálogo, y hace que Pepita y D. Luis, en vez de hablar como Dios manda en tales casos, pronuncien esos discursos tan metafísicos y tan indigestos?

Afortunadamente D. Luis, con todo aquello de la luna, el aire diáfano, los ruiseñores, los grillos y las estrellas, venía de buen temple. La pasión triunfa de la metafísica, y sucede lo que ustedes pueden ver leyendo á Pepita Jiménez.

Esta escena y todo lo demás que acontece hasta la conclusión de la novela (que ya no es mucho) lo premiaría yo con la inmortalidad si en mi mano la tuviera. Al ver la resignación con que D. Luis se acomoda á beber el cáliz de la amargura por los ojos de Pepita Jiménez y la filosofía positiva terrenal y tangible que de pronto le acomete, expresada por un sin fin de reflexiones y silogismos á cual más graciosos, no hay labios que no sonrían, no hay ojos que no brillen.

Dicen que el fondo de Pepita Jiménez es satánico, pero ya pueden ustedes suponer quiénes lo dicen. Es más difícil que estos críticos lleguen á entender ciertas cosas que el que un camello pase por el ojo de una aguja.

El fondo de la novela del Sr. Valera es humano, y porque es humano nos interesa. Cierto que algo tiene de Satán D. Luis de Vargas. Se desploma como él por virtud de fuerza mayor; pero Satán cae trágicamente de los cielos herido por el rayo y don Luis sólo cae de su asno. Las ansias y los arrebatos de su ardiente corazón, enderezados merced á circunstancias de su vida hacia el ideal religioso, eran indicios seguros de que aquel corazón esperaba, como la noche al día, la visión de un misterio inefable, la revelación de una mujer. Sus sueños y sus ilusiones no se disipan, porque son privilegio dichoso de la juventud; sólo cambian de rumbo y van á libar de la vida real el dulce néctar de la voluptuosidad. ¡Oh si la realidad nos arrancara siempre de la región de los sueños con mano tan delicada como á D. Luis de Vargas!

Por su forma es Pepita Jiménez la obra más perfecta de Valera y una de las más esmeradas y primorosas de la literatura española. La acción, que no puede ser más sencilla, está presentada con mucho orden y originalidad. Los caracteres trazados con más delicadeza que brío, pero vivos y correctos. Las descripciones de un colorido inimitable y exornadas por las galas de ese estilo mágico que sólo posee Valera. El diálogo un tanto oscuro y alambicado.

¡Lástima de metafísica!

III

Al ocuparme en la crítica de Las ilusiones del doctor Faustino, vuelvo á exclamar: ¡Lástima de metafísica!

No comparto, sin embargo, la especie de que esta producción constituya un gran yerro del autor, como muchas veces he oído afirmar.

Las ilusiones del doctor Faustino, aunque en orden á sus proporciones, desarrollo y aliño de la forma se encuentra muy por bajo de Pepita Jiménez, está á la misma altura, y aun por encima, considerando la trascendencia y magnitud del asunto, la verdad de los caracteres y la profunda ironía que envuelve toda la obra.

En España, donde solemos morirnos algunas veces de seriedad, no da gran resultado un estilo como el del Sr. Valera. Se supone que para que salgan bien las cosas es necesario hacerlas con la mayor gravedad posible, casi sin pestañear. Y mucho menos se comprende que el escritor descienda de esa prosa campanuda é impasible, sin olor, color ni sabor ni otros accidentes de pan y vino, á una más familiar y corriente, sin moldes forjados de antemano, donde se ríe cuando se tiene gana y se llora si hay algo que lo merece.

El que tal prosa emplee en sus escritos, créame usted, Sr. Valera, si se llama Juan no pasará de Juanito.

Acaso, y sin acaso por ser Las ilusiones del doctor Faustino una de las novelas más picantes, más sustanciosas y mejor intencionadas que se hayan producido en España y fuera de ella no ha conseguido á su salida por el mundo más que desaires y vejámenes.

Yo voy á estar más fino, aunque no tanto que me pase. Doy por leída la obra, para evitarme la molestia de narrar el argumento, y paso con la mayor frescura á decir mi opinión.

Vuelven á ser las ilusiones y los sueños de un joven el tema en que se emplea la perspicua inteligencia de Valera. Mas las ilusiones del héroe de esta novela no toman el rumbo generoso que las de D. Luis de Vargas, no salen á espaciarse por las luminosas esferas de la religión ni por los campos inmarcesibles del sacrificio, son ilusiones más caseras y no trascienden del yo bastante enrevesado del doctor Faustino.

Cualquiera ha sido joven en este mundo. Este cualquiera que escribe semblanzas literarias, lo es todavía. No es difícil tampoco tener ilusiones. Yo las tengo muy grandes de que ustedes no me suelten de la mano. Pues bien, cuando las ilusiones distan mucho de la realidad, como en este caso, surge el ridículo, que hábilmente presentado por una pluma discreta y afilada como la del Sr. Valera, sirve de provechosa lección y enseñanza saludable.

La ilusión es el mismo deseo revistiendo forma, tomando vida y apariencia de verdad en la fantasía. Por eso los hombres de imaginación son los más propensos á concebir ilusiones y á naufragar en sus pérfidas aguas. Mas como quiera que la imaginación es la facultad más amable del alma y la que imprime carácter al hombre, el doctor Faustino, con todas sus ilusiones, sueños y fantasías, si logra hacerse ridículo, no excita antipatías ni rencores. Antes me figuro que todos le miran con marcada benevolencia y hasta presumo que el autor llega á prendarse de él por la nobleza y originalidad de su espíritu. Siempre los amores traen inconvenientes, y los del Sr. Valera en esta ocasión han traído para su novela un desenlace desproporcionado y no muy bello. Con el fin de preparar el trágico remate de la obra se ve el autor en la necesidad de vulgarizar al héroe. En efecto, pierde el doctor Faustino su primera originalidad y se trasforma en un carácter endeble y pasivo cuya muerte más sorprende que conmueve. El autor deshace con harta precipitación y torpeza la delicada urdimbre del carácter del héroe. Más que desenlace parece un corte de cuentas.

En la fábula no brilla el Sr. Valera como ya tuve el descaro de manifestar, mas á mí se me advierte que es mejor que no brille. De intrigas tenebrosas, espantables y absurdas nos tienen hasta el cuello los novelistas franceses y la más enferma parte de los españoles. Y sin embargo, ¡quién diría que el Sr. Valera, tan sencillo, tan razonable y tan sobrio en sus fábulas, ha introducido en la de esta novela un elemento maravilloso que resulta melodramático! Yo bien sé por qué lo ha introducido el Sr. Valera. Es que ha oido decir á los críticos que no tiene imaginación y que no consigue dar un interés palpitante á sus novelas. Porque los críticos son de esta guisa. Se presenta un hombre blanco y le llaman pálido; se presenta un moreno y le apellidan negro. Sale á luz un novelista de mucha intriga y enredo: truena la crítica contra la intriga y califica al novelista de intrigante y mala persona. Aparece otro sensato y discreto: entonces la crítica hecha de menos la intriga y se queja amargamente de que no le interese.

Valera ha dicho: ¿queréis aventuras estupendas? Pues allá van; y nos propinó las de la inmortal amiga. Yo me permito creer, Sr. Valera, que no debe usted abandonar jamás por ninguna clase de murmuración, es decir, de crítica, el género realista del cual tan brillante muestra nos ha dado en Pepita Jiménez, porque opino como su correligionario Voltaire, que todos los géneros son buenos menos el fastidioso.

No hay en el género de usted, es verdad, motivo para soltar muchos cabos con el exclusivo objeto de amarrarlos después como Dios dé á entender, que á veces lo da á entender pésimamente, y otras ni bien ni mal, pero en cambio puede comunicarse á la novela un interés más espiritual y de mejor ley, desarrollando plásticamente un pensamiento luminoso y fecundo, interpolando descripciones como la de la Nava en el capítulo titulado El Paraíso terrenal, tan fresca, tan viva, tan primorosa y tan mágica, que puede figurar dignamente al lado de algunas del Quijote, y dibujando en fin con felicidad caracteres y tipos humanos cuyo estudio se me antoja más digno de un ingenio privilegiado como el de Valera, que la exposición desatinada de aventuras increíbles, propias para despertar miedo en los niños.

Las ilusiones del doctor Faustino es una novela de caracteres, y sobre los principales, ustedes me dispensarán si digo algunas palabras.

Yo, que al igual de todos los cándidos, cuando quiero tener malicia me paso de malicioso y suspicaz, he pensado descubrir que el doctor Faustino es el mismo Sr. Valera que viste y calza, y que todos los días vemos por ahí, gozando una tranquilidad de espíritu un tanto positivista y epicúrea, aficionado á las especulaciones y sistemas metafísicos que le interesan como pura poesía, amando y respetando la realidad, hecho, en fin, un D. Juan Fresco. El hombre da mucha vuelta con los años, y creo que para llegar á la situación de ánimo de D. Juan Fresco, es necesario haber pasado por la del doctor Faustino ó algo que se le parezca.

Este pensar mío es el que ha dado margen al cariño que profeso á la obra que voy examinando. Eso de conocer el corazón humano cuando es el corazón humano de otro, no me parece lo más fácil del mundo; mas tratándose del propio, la tarea se simplifica extraordinariamente. El Sr. Valera, que tiene su alma en su armario, la saca, la limpia el polvo, y la ofrece á nuestra vista.

Por eso me embelesan los tipos del doctor Faustino y D. Juan Fresco, porque resultan bellos y al mismo tiempo humanos.

El carácter de D. Juan Fresco, nada más que apuntado ó bosquejado en esta novela, aparece plenamente desenvuelto en el Comendador Mendoza, última producción romancesca del autor que venimos estudiando. Son innegables y patentes las afinidades que guardan entre sí el antiguo y el coetáneo retirado de Villabermeja, y de ambos caracteres tan nobles como despreocupados, repito que conceptúo propietario al Sr. Valera.

La obra no tiene, ni con mucho, la trascendencia y significación que Las ilusiones del doctor Faustino ni la originalidad de Pepita Jiménez. En cambio uno de sus tipos, el de D.ª Blanca, está trazado con más brío del que Valera acostumbra, y su acción, aunque excesivamente sencilla, es rápida é interesante.

Señor Presidente, me siento fatigado y ya no tengo más que decir sobre el Sr. Valera.

Se levanta la sesión.

D. MANUEL FERNÁNDEZ Y GONZÁLEZ.

N O sé cómo arreglarme para decir algo bueno del Sr. Fernández y González. Mucho temo no llegar á decirlo. Por más que lo intento no consigo desechar de mí cierto rencor y mala voluntad hacia su persona ó personalidad, que es lo más de moda, y como soy tan impresionable y tengo tan poco peso (cinco arrobas escasas), lo más probable es que le suelte alguna pulla de mal género, impropia por entero de mis antecedentes y de mis años.

Pero, Señor, ¡quién me habrá metido á mí á crítico!

Hubo un tiempo, sin embargo, en que yo tenía menos años que ahora, et in illo tempore, el Sr. Fernández y González me hizo perder bastante ídem. Cuando lo pienso, no puedo menos de verter lágrimas, y exclamar como Augusto:

«¡Fernández, Fernández; vuélveme mi tiempo!»

No sólo de esta abundosa fuente mana mi rencor. El Sr. Fernández con sus narraciones fantásticas, lances maravillosos y combates descomunales, ha influído de un modo muy pernicioso en mi carácter. Hace ya bastantes años, era yo lo que se llama una malva, incapaz de romper un plato adrede.

Mas hete aquí que leo los Siete Niños de Écija, donde se describe á lo vivo de qué modo siete valientes derrotan y ponen en vergonzosa fuga, en cuantas batallas libran, á siete mil carabineros; y hubieran derrotado en la misma forma á siete millones, dada su infinita bravura. Esta bravura me contagió de tal suerte, que llegué á suponerme dotado de una fuerza incontrastable y sobrenatural, y empecé á ensayar mis fuerzas y arrestos, descargando terribles puñetazos sobre las puertas de la vecindad. Á los pocos días de efectuar estos ensayos, era conocido entre los granujas del pueblo con el pintoresco mote de Brazo de hierro. Y aconteció que un día oí sonar á mis espaldas el famoso apodo acompañado de cierta risa que á mí me pareció por muchos conceptos irrespetuosa. Me vuelvo y veo á tres pilluelos muy risueños que se estaban sin quitarme ojo. Llegó la ocasión, pensé, y encomendándome al invicto Juan Palomo, cerré con el mayor coraje y ardimiento sobre aquellos canallas. Mas ¡ay! que entre nosotros debían existir las mismas relaciones que entre los antiguos aragoneses y su monarca: cada uno de ellos valía tanto como yo, y juntos mucho más que yo.

Me llevaron á casa y me pusieron sobre la frente algunos paños empapados en árnica. Jamás se lo perdonaré al Sr. Fernández y González.

Fundada, pues, mi crítica en motivos tan baladíes, es preciso convenir en que no tendrán fuerza de ninguna clase cuantas censuras dirija al Sr. Fernández y González. Convengamos en ello y meditemos un rato sobre la pequeñez de los hombres que por unos mojicones más ó menos llegan hasta rebajar las glorias de un esclarecido novelista.

Sin embargo, aunque no otra cosa, espero que se me reconozca cierto valor para arrostrar la impopularidad. El Sr. Fernández goza de gran crédito entre las clases más virtuosas de la nación. Conozco algunas amas de huéspedes que en gracia de sus interesantes novelas serían capaces de no pedirle el dinero hasta fin de mes. Y yo, escritor ventajosamente conocido en España, Francia, Inglaterra, Rusia, los Países Bajos y Carabanchel de Abajo, no vacilo en depositar en el pedestal de la estatua de la Verdad mis coronas y mis lauros.

¡Hermosa figura y ejemplo perdurable de heroísmo!

El Sr. Fernández y González no siempre escribió malas novelas. Hubo un tiempo en que las escribió buenas. Esto debía decirlo al final del artículo, bien lo comprendo, para que la última impresión fuese dulce, pero como el Sr. Fernández y González escribió las novelas buenas antes que las malas, parece natural que me atenga á su cronología. ¡Especial cronología la del Sr. Fernández! Todo en el Cosmos progresa, todo se perfecciona por virtud de la ley de la evolución pasando de lo homogéneo á lo heterogéneo[6]. Y no obstante, el Sr. Fernández y González rompe de frente con la ley de la evolución, y después de escribir novelas muy heterogéneas da á luz las homogéneas. El Condestable D. Álvaro de Luna, Men Rodríguez de Sanabria, Martín Gil, El cocinero de Su Majestad y Los Monfíes son novelas históricas en que á más de observarse con algún cuidado los requisitos del género, revela el autor cualidades excepcionales para brillar en él. No resucita por medio de un estudio atento y minucioso el mundo de la Edad Media como Walter Scott, sus costumbres, sus trajes, su fisonomía exterior; mas quizá debido á una portentosa imaginación consiga penetrar más adentro que el inmortal creador de la novela histórica, en sus sentimientos, en sus acciones y su discurso; en el mundo del espíritu.

No maneja tan bien el guardarropa feudal, ni el mobiliario de una sala gótica, ni es capaz de disponer un torneo con tanta propiedad; pero nuestros abuelos no aparecen con ese tinte suave y melancólico que inmerecidamente les concede el autor de Ivanhoe, sino con el lenguaje rudo, la sensualidad desenfrenada y la ferocidad bestial que les conviene. Los acentos ásperos que resuenan en los tiempos medios parecen vibrar puros y frescos todavía en la briosa fantasía de Fernández y González. Penetra por la coraza damasquina y la recia cota de malla, y sorprende los sentimientos de aquellos corazones tan rudos é independientes. Es más realista de la Edad Media que su maestro Walter Scott.

Aún pudiera serlo más, no lo dudo, rebajando un noventa por ciento de aventuras; mas como, después de todo, ninguno de nosotros ha vivido en la Edad Media, la narración de las maravillas acaecidas en esta Edad no nos puede irritar tanto como la de aquellas que suceden en la presente, donde no sucede ninguna.

No tengo inconveniente, pues, en admitir que los siglos medios son poéticos, y que en ellos se efectuaron todos esos lances portentosos que los novelistas nos cuentan, y otros muchos más que no nos cuentan. Mas deseo hacer constar que aunque poéticos eran unos siglos bárbaros, y que en punto á urbanidad y buena crianza, pese á Walter Scott y su escuela, el nuestro les saca mucha ventaja.

Á pesar de esto no falta quien apellida á nuestro siglo torpe y escandaloso, y se siente muy desgraciado por haber nacido en él en vez de florecer en la época del feudalismo. Hay que convenir en que la Providencia ha estado muy dura con los que así discurren poniéndoles sombrero de copa en lugar de casco. Pero una vez que no ha querido darles ese gusto, no hay más remedio que resignarse y esperar de mala manera, en cualquier oficina, á que este siglo se hunda en los abismos del tiempo. Ánimo, pues, que ya falta poco; veintidós años escasos.

Quede sentado que el Sr. Fernández y González manifestó en otro tiempo, muy lejano por desgracia, disposiciones felicísimas para la novela histórica. Pero no hay que atribuirle tampoco con afán hiperbólico aptitudes que no ha tenido jamás. Si las mostró nada comunes para el cultivo de este género, nunca dió la más leve señal de poseerlas para la novela de costumbres, social, realista ó como quiera denominarse. El género histórico es de todos los romancescos el que más semejanzas y afinidades guarda con el poema, y Fernández y González es mejor poeta que novelista. Tal vez dependerá de que el poeta se constituye y caracteriza por la fantasía, viniendo á ser el entendimiento y el estudio nada más que auxiliares de su inspiración, mientras el novelista necesita por partes iguales de una inteligencia superior y de una imaginación pintoresca. El talento de Fernández y González guarda, á mi juicio, más parentesco con el de Zorrilla que con el de ningún novelista de los que figuran ó han figurado en nuestra patria.

Mas ya que su empeño fuera escribir novelas y no versos, parecía razonable que siguiera novelando en el género histórico cada día con mayor discreción y lucimiento. El Sr. Fernández y González toda su vida profesó mucho horror á lo razonable. Así es que, en vez de continuar estudiando para corregirse y mejorarse, comenzó á echar por aquella pluma un diluvio de novelas plagadas de lances y aventuras imposibles que produjeron grandes disturbios en el ramo de modistas. De la novela histórica no quedó más que los nombres de los personajes, los cascos, las lanzas y las cimitarras. Todo lo demás, la pintura de los caracteres, la descripción de las costumbres, la verosimilitud de la fábula, naufragó en un mar de tinta.

Este afán insaciable de aventuras fué causa de su perdición. ¡Lo que es el corazón humano! como diría Pérez Escrich. Un hombre que había pasado toda su vida en el alcázar del rey tratado á cuerpo de ídem, dedicado exclusivamente á vigilar la entrada y la salida de los galanes por las puertas secretas, los suspiros de la reina y las órdenes del monarca, marcha de improviso á Sierra Morena y empieza á echar el alto á los viajeros, en compañía de Juan Palomo y Diego Corrientes.

Estos cambios bruscos é inesperados de la fortuna me conmueven sobremanera.

¡Y qué había de suceder! El Sr. Fernández, que era un caballero muy cumplido y espiritual, consiguió al principio dar cierto barniz romántico á aquellos secuestradores; mas al cabo y á su pesar tuvo que sufrir la influencia nefasta de tan grosera compañía, perdiendo las buenas formas y los refinamientos palaciegos. Descuidó ó abandonó por entero los estudios literarios, acaudalando en cambio gran copia de bellaquerías y ruindades que aspiró á presentar como admirables, redactándolas al mismo tiempo en un lenguaje que por nada en el mundo me atrevería á llamar cervantesco.

Si el Sr. Fernández y González hubiera ido á recorrer los desfiladeros y encrucijadas de Sierra Morena con el objeto de estudiar minuciosamente las costumbres de sus indígenas y ofrecérnoslas después en cuadros romancescos vivos y fieles, yo no le diría una sola palabra malsonante; allá se las arreglara con los enemigos del realismo. Pero eso de ir ni más ni menos que á buscar con su linterna por aquellas breñas almas grandes, corazones generosos, honrados padres de familia y ciudadanos íntegros, se me figura depresivo para los que habitamos en poblado. No parece sino que escandalizado el Sr. Fernández y González de nuestra corrupción, como Tácito de la de Roma, desea presentarnos en las costumbres puras ó inocentes de la bandolería algo que nos edifique y nos enderece. Pues mire usted, Sr. Fernández, convengo en que por Madrid hay muchos perdidos y que es peligroso hasta cierto punto atravesar á las tres de la tarde por delante del café Suizo; pero también hay muchos caballeros, tan fieles como el oro, que sólo le detienen á usted para pedirle fuego. No es absolutamente necesario ser ladrón en cuadrilla para tener un corazón sensible. Conozco muchas personas que, sin haber desvalijado á nadie en su vida, riegan con sus lágrimas las butacas del teatro Español cada vez que se pone en escena Ó locura ó santidad.

Repito, pues, Sr. Fernández, que el ideal de la bandolería no es suficiente para el arte. El ideal cristiano me parece más fecundo y más conforme con la naturaleza humana.

Estos trueques de ideales producen unos efectos desastrosos. Las novelas fueron bajando, bajando, y bajaron yo no sé hasta dónde. Salieron á luz por entregas, por arrobas y por metros cúbicos. El señor Fernández tenía un establecimiento en liquidación dentro de la cabeza.

Y, sin embargo, ¿qué fué de tanta invención? Destinadas estas novelas á entretener los ocios de las clases menos doctas de la sociedad, perdieron casi en absoluto el carácter de obras literarias y fueron proscritas con excomunión mayor de toda biblioteca bien nacida. El autor ya no volvió á preocuparse de la composición, del análisis de los caracteres, ni de las pasiones, ni de la verosimilitud, ni de la pureza de la lengua. Lo único á que atendió fué á sorprender, á asustar las imaginaciones femeniles, á despertar y encadenar la curiosidad, arrastrándola violentamente por sucesos increíbles y absurdos.

De este modo logró conquistar una inmensa popularidad, sobre la cual tampoco debe forjarse grandes ilusiones el Sr. Fernández y González. Tuvo y aún tiene muchos lectores, pero son de tal jaez estos lectores que no pueden fundar ninguna reputación duradera. Leen por distraerse, por matar el tiempo, y las más de las veces no se detienen á mirar el nombre del autor del libro que soportan en la mano. Si lo miran, no son capaces de tributarle admiración, á la manera que al niño jamás se le ocurre admirar al inventor del juguete con que se divierte.

Las obras literarias, ó las que tal nombre merecen, no se presentan como los arenques en grandes turbas; vienen solas después de haber madurado por más ó menos tiempo en el cerebro del artista. Aquellas que no sufren una gestación laboriosa cuando se escriben, es que ya la han sufrido en el pensamiento. Me refiero, por supuesto, á las obras de mérito permanente, capaces de resistir á las inclemencias del tiempo y de la crítica.

La entrega, que Fernández y González ha cultivado con más éxito que ningún otro en nuestra patria, es la institución más perniciosa que inventaron los hombres para tormento de las letras.

Me equivoco, hay todavía otra institución más deletérea: el tomo de á peseta. En tomos de á peseta ha exprimido el Sr. Fernández las últimas gotas de su desordenada inspiración. En vano el poder legislativo de la sociedad se afana por introducir las reformas más convenientes en todos los ramos de la administración; en vano el poder ejecutivo cumplimenta con toda fidelidad las disposiciones legales, desenvolviéndolas y aclarándolas por medio de reglamentos acertados y sabios y concienzudos preámbulos. Mientras Manini, con su biblioteca de lujo, y los traductores de Barcelona sigan conspirando contra la salud pública, no tendremos en nuestra patria ni sosiego, ni riqueza, ni vías férreas, ni administración.

Torna á la ciudad el Sr. Fernández y quiere describirnos la vida real, lo que pasa pared en medio de nosotros. No dejan de tener estas sus novelas contemporáneas cierto interés y movimiento, porque el autor, por más que se empeña, no puede prescindir completamente de su poderosa imaginativa; mas allá, por el campo, adquirió unos modales tan impolíticos y serranos, que por ningún concepto recomiendo la lectura de tales obras á las niñas de quince abriles.

Resplandece en sus últimas novelas, á más de un color verde harto subido, la ausencia absoluta de previsión artística. El autor no medita ni calcula nada de lo que constituye el fondo y la forma de una obra romancesca. Prefiere abandonarse á la corriente alborotada de la improvisación, y allá van escenas y sucesos donde quiere una fantasía delirante. ¡Yo que juzgaba á la improvisación sólo buena para decir unas cuantas redondillas después de haber comido fuerte!

La pintura exagerada y un tanto burda de la vida exterior es lo que se observa á primera y segunda vista en estas producciones. La vida del espíritu merece tanto respeto al Sr. Fernández y González que no se atreve á penetrar en ella. Tal vez el alma humana tendrá que agradecerle este respeto. Debo manifestar, no obstante, en descargo de mi conciencia, que el espíritu del hombre tiene derecho á ocupar el lugar preferente en la novela. Cuando se le condena á comer el pan negro de la emigración, como en las obras de Fernández y González, la novela se transforma en cuento de viejas.

En resolución. No es posible juzgar las producciones del Sr. Fernández y González, si exceptuamos las primeras, citadas ya en este artículo, con arreglo á los sanos principios literarios. Tales obras salen del recinto de la literatura para entrar en el más oscuro y también más lucrativo de la industria. Una vez convertido el arte en oficio, ya no se trata más que de mucho papel y mucha tinta. El que hace un cesto hace ciento, y el que escribió una novela puede escribir un cargamento de ellas.

¡Cuántos años hace que el Sr. Fernández y González está haciendo cestos sin darse punto de reposo!

Sus novelas, como las saetas del ejército de Jerjes, amenazan ya nublar el sol.

Así, que me he visto precisado á pelear á la sombra.

Conste sobre todo, Sr. Fernández, que esta crítica fué inspirada por los móviles más bajos y más ruines.

D. FRANCISCO NAVARRO VILLOSLADA

O ROCEDAMOS con método. El Sr. Villoslada, aunque novelista vivo, no es un novelista contemporáneo. Pertenece al grupo de los románticos que pasó felizmente para no volver. El romanticismo dió muerte al clasicismo: el realismo filosófico acaba de matar al romanticismo. Éste fué una gloriosa insurrección contra las formas aristocráticas y convencionales de la tradición literaria encauzada desde el renacimiento por el seguro pero estrecho álveo de la cultura clásica, un retorno á la verdad y á la belleza aprisionadas en inflexibles moldes, un himno entusiasta á la inspiración libre y sencilla de la Edad Media. En el romanticismo precisa distinguir dos momentos. Detiénense en el primero los apasionados y devotos de la Edad Media, los que no sólo demandan á estos siglos naturalidad y sencillez para la forma, sino ideales, tangibles y completos para la vida, los que aman sus creencias y sus costumbres, oponiéndolas con decisión al amaneramiento y á la tibieza de nuestros tiempos. Fueron representantes más ó menos insignes de estas tendencias, en Alemania los hermanos Schlegel, Tiek, Ruckert y Huland; en Inglaterra, Walter-Scott y Southey; en Francia Chateaubriand, Vigny, y en España el duque de Rivas y Zorrilla.

Pero esta grandiosa revolución literaria encontró en otros muy notables ingenios una representación más amplia y humana. Las altas ideas morales y metafísicas expresadas con exageración, con violencia y con exceso, vinieron á engendrar otro gran movimiento que podemos denominar romanticismo filosófico, que ilustraron, en Alemania, principalmente Schiller, Herder y Heine[7], en Inglaterra Byron, Wordsworth y Shelley, en Francia Hugo, Lamartine y Musset, y entre nosotros Espronceda.

No me cumple el ocuparme ahora en esta segunda fase del movimiento romántico, sino tan sólo decir escasas palabras sobre la primera, por ser aquella en la cual se fija y encierra el carácter del novelista que estudiamos.

Disgustados por la miseria y bajeza de nuestra época, atenta muy particularmente al desenvolvimiento y progreso de los intereses del cuerpo, desnuda casi por completo de fervor religioso, los primeros románticos, á cuyo frente debe colocarse al célebre Walter-Scott, creyeron ver en la época feudal un dechado para la nuestra. La audaz imaginación, estimulada por la distancia y el deseo, hízoles trocar la grosería en caballerosidad, la barbarie en nobleza y la sórdida ambición en altanera bravura, é iluminaron los ásperos contornos de aquella edad con los colores de una luz ideal. Así nació la novela arqueológica; no como descripción más ó menos fiel de las costumbres y sentimientos de un período histórico, sino como fantástica resurrección de una edad de oro.

No gusto de exclusiones en literatura, ni fuera tampoco prudencia desechar un género en el cual ha conseguido su renombre el más insigne de los novelistas modernos; pero sí apuntaré que la novela histórica en su misma naturaleza lleva gérmenes de falsedad y de muerte. Veámoslos.

Para pintar las costumbres de una época histórica no hay nada mejor, está averiguado, que haber vivido en ella. Todo intento de resucitar añejas costumbres tiene mucho de fantástico. Insensiblemente, sin que el artista lo perciba, y á despecho de todos sus escrúpulos y pruritos de veracidad, se introduce en la obra el acento moderno y se enseñorea de ella.

Y si esto podemos decir de las costumbres, ¿qué sucederá con los afectos y pasiones? Aquí es donde se penetra claramente la miseria de la traza y todo el artificio de que los novelistas arqueólogos se valen para deslumbrarnos momentáneamente. Cuando mencionan cualquier usanza antigua suelen poner debajo la autoridad en que se apoyan; mas yo no veo jamás ninguna prueba para sus anacronismos cuando se trata de ideas y sentimientos.

¡Cuántas veces al penetrar en una sala gótica hallé sentado al pie de la tosca chimenea, reposando el codo en uno de los brazos del sitial, la mano en la mejilla, al vecino del cuarto tercero, persona muy honrada, de continente grave y hasta cierto punto melancólico!

—¡D. Facundo, usted por aquí! ¿Cómo es eso?

—Qué quiere usted, amigo mío; fué empeño de Villoslada el ataviarme con este ridículo disfraz, aunque no estemos en Carnaval, y aquí me tiene usted escuchando, quiera que no, dejando para ello abandonada la oficina, á ese trovador errante y cargante.

Doy la vuelta para mirar al trovador y me veo con largas guedejas, muy adormecido y tristón con el laúd en la mano, á Pepito Paniagua, el novio de mi prima, estudiante de segundo año de farmacia, que pasa la vida en el portal de enfrente.

Digan ustedes ahora si no tengo motivos para dejar de creer en la autenticidad de tales guerreros y trovadores.

Pues por estas y otras razones más prolijas, considero que la novela arqueológica no es viable como género literario. Esta consideración tendría mucho mayor mérito si fuese escrita y publicada hace algunos años, lo reconozco, porque entonces hubiera sido una profecía, mientras que hoy aparece tan sólo como la explicación de un hecho. Porque es un hecho que ya no se cultiva la novela histórica ni dentro ni fuera de España.

Todas las personas de cierta categoría literaria están conformes en que las costumbres y los sentimientos que se pinten han de ser las costumbres y los sentimientos contemporáneos. Cuando queramos conocer (de un modo muy imperfecto, por supuesto) los de otra época, acudamos á las crónicas, á las Memorias auténticas, á la literatura de aquel tiempo, jamás á las novelas de los románticos.

Un género literario puede ser efímero, no obstante, mientras obtienen la inmortalidad aquellos que lo cultivan. Buena prueba de esto nos ofrece el ilustre Walter-Scott, rey y señor de la novela histórica. Su fama no se merma ni decae con los años; antes se levanta cada día con más brillo y esplendor. Porque es privilegio dichoso del arte mudar constantemente de gustos y derroteros, dejando á salvo la gloria de sus intérpretes: Walter-Scott tiene feudatarios en todas las comarcas de Europa. Le rindieron pleitohomenaje en su país Horacio Smith, James, el más fecundo de los novelistas históricos, Grattan y Banim, llamado el Walter-Scott irlandés; en Francia, Alfredo de Vigny, Víctor Hugo, Alfonso Royer, el bibliófilo Jacobo y Alejandro Dumas; en Italia, el incomparable Manzoni, Rosini, Guerrazzi y el marqués de Azeglio.

En España recibieron de él el espaldarazo y fueron armados novelistas por su mano Larra, Martínez de la Rosa, Espronceda, Escosura, Enrique Gil, García de Miranda, Fernández y González, Cánovas del Castillo y Villoslada.

No es por cierto este último, ó sea el que ahora nos ocupa, el menos notable de los que hemos apuntado. Hablemos de él un momento, si ustedes gustan.

Se presenta desde luego como discípulo franco y declarado del ilustre baronet escocés, pero no deja de manifestar al propio tiempo una tendencia, aún más pronunciada que la de su maestro, hacia la arqueología. El Sr. Villoslada considera de su deber el restituirnos las épocas históricas por entero, sin que falte ni sobre un cabello, y atento como buen hidalgo al cumplimiento de sus deberes, dispone de tal suerte el enredo de la novela, que va haciendo pasar por delante de nuestra vista en ordenada procesión todo lo más característico de aquellas remotas edades. Primero una refriega en un bosque, después un torneo, más tarde el tormento aplicado á un delincuente, la descripción del interior de un castillo, una conjuración de villanos, la entrada de un rey en una población, etc., etc. Todo esto conspira, sin disputa, á que la novela tenga mayor mérito á los ojos de anticuarios y arqueólogos, pero disminuye no poco su belleza como obra de arte. Percíbese en demasía el artificio con que van sujetas entre sí las escenas y los cuadros.

Éstos y aquéllas, no obstante, tienen mucho vigor y entonación. En cuanto al color local, ustedes dirán. Yo, por mi parte, como no he sido ni pechero ni rico hombre en aquella edad,—lo último me vendría muy bien en ésta—jamás tuve ocasión de presenciar lo que en ellos se describe y no puedo, por lo mismo, entrar en comparaciones que, después de todo, siempre son odiosas.

Mas dejemos á un lado lo del color y vengamos á la fábula. El Sr. Villoslada es español y un buen español, sabe armar un lío de todos los diablos donde quiera que pone la mano. El enredo de sus novelas es complicadísimo, vivo é interesante. Verdad que los términos entre los cuales se mueve la fábula de la novela histórica parecen obligados y de antiguo constituídos.

Una reina que se enamora de un villano, el cual resulta príncipe ó cosa por el estilo; un prisionero que por odiosas artes vive sepultado en una mazmorra largos años hasta que llega el día de su rehabilitación gloriosa; un matrimonio secreto; un relicario; un lunar en la espalda; un paje enterado de todo. El Sr. Villoslada maneja á la perfección tales palillos y mantiene en zozobra hasta el fin la atención del lector.

Por otra parte, las pasiones, singularmente el amor, no son tan nebulosas y desvaídas como en los cuadros de su ilustre maestro. Penderá tal vez de que el Sr. Villoslada, aunque en la región más alta, nació en tierra de España, país donde al amor se le toma más por lo claro.

Los caracteres no están mal trazados, por punto general, aunque algunos los considero algo progresistas para su siglo. Verbi y gracia, en Doña Urraca de Castilla, una de las mejores novelas del autor, dice un noble á un villano:

—«¡Maese Sisnando, merecías haber nacido noble!

—Conde de Lara—contestó el villano,—sois leal y agradecido; merecíais haber nacido hombre.»

Esto me recuerda á un amigo de mi niñez. Era un retirado que había servido á las órdenes de Espartero. ¡Pobre hombre! Parece que le estoy viendo, con su enorme nariz colorada, su boca cavernosa y su formidable caña de las Indias. Por espacio de quince meses me describió todas las semanas la batalla de Ramales. Admiraba mis profundos conocimientos en aritmética y estimaba en lo que valía mi carácter íntegro é independiente. Yo tenía nueve años entonces y juntos salíamos de paseo por un camino solitario hasta llegar á un sitio frondoso donde manaba una fuente. Allí me describía la batalla de Ramales, me decía lo mal que le trataba la huéspeda por una peseta diaria, que fielmente le pagaba, y cuando estaba de humor cantaba con solemne entonación: