¿Existen en la naturaleza fuerzas cuyo modo de actuar nos es totalmente desconocido, y cuyos efectos podemos, sin embargo, percibir en nosotros, o en el medio que nos rodea, en ciertas circunstancias raras, o en ciertos anormales estados psíquicos?
¿Hay, fuera del mundo material, más allá de lo que nuestra inteligencia puede someter a medida, una existencia aparte, un modo distinto, un diferente aspecto de lo real?
El que algunos animales posean sentidos cuyo funcionalismo se nos escapa, por ejemplo, las líneas laterales de los peces, parecería, desde luego, confirmar la presencia de tales fuerzas.
Por otra parte, a veces, iguales órganos, en un tipo zoológico, presentan enormes diferencias de sensibilidad, en el desempeño de una misma función. Así, mientras algunos mamíferos son sordos, o poco menos, las mulas poseen una agudeza de oído muy superior a la del caballo. Y aun es de creer que la facultad que el vulgo les atribuye, de presentir los peligros, provenga de un sexto sentido, correspondiente a un orden desconocido de la energía cósmica.
Aparte del natural temor que la noche infunde en casi todos los seres, puesto que les priva de las percepciones visuales, tan importantes en la lucha por la vida, tengo por indudable que después de la puesta del sol entran efectivamente en acción aquellas fuerzas.
Fué a la hora crepuscular cuando la mula de un amigo mío, muy mansa, no se dejó quitar el freno con el potrerizo de la finca; el cual, una hora después caía muerto en la cocina de los peones... ¿Qué vió la mula en la cara del hombre, o qué olió en él, o qué sintió?...
Desde luego, se sabe que el estado eléctrico de la atmósfera cambia del día a la noche, y que estos cambios influyen directamente sobre el mundo orgánico, y hasta modifican el funcionamiento de ciertos aparatos.
Por una flagrante contradicción entre lo que hay en mí de razonador y científico, por una parte, y de instintivo y atávico por otra, nunca he logrado, a pesar de una larga cultura intelectual, sustraerme a la influencia inquietante de la noche.
Sin creerme un cobarde, ni ser un neurótico visionario, confieso que un panteón o un bosque desierto, a media noche, pesan en mi corazón con todas las angustias del presentimiento; y esa prodigiosa bóveda celeste que no acaba nunca sobre mi cabeza, me abisma en un horror increíble al vacío infinito y negro, en el cual, siempre que estoy solo de noche, y a cielo descubierto, tengo la sensación de caer y caer vertiginosamente, boca arriba.
¡Muchas veces se me han erizado los cabellos en tales momentos! ¡Y cuántas he sentido cerca de mí la presencia, en las tinieblas, de algo que no es alguien, pero que existe, que es! ¿Acaso la condensación de esas fuerzas?... ¿Acaso el espectro de las cosas?...
¡Qué sé yo!...
Y bien. Tenéis derecho de reir, vosotros, los sanos y los equilibrados. Me llamaréis loco; pero lo que os voy a contar es tan absolutamente cierto, que a fin de convenceros de mi veracidad, habré de confesaros toda la verdad, toda la triste verdad.
Yo me había enviciado en el whisky, y la coca... y esta circunstancia explica en parte el inusitado suceso de que fuí actor.
En aquella época de mis excesos alcohólicos, una noche, muy tarde, me fuí a dormir, impresionado con la muerte de un pariente que agonizara desde medio día.
(Tengo en mi cuarto un esqueleto, propiedad del colegio nacional, en el que suelo estudiar.)
En cuanto abrí la puerta de mi cuarto, (debo hacer constar que en casa no había nadie), tuve la sensación de la presencia de ese alguien... Con gran cuidado cerré la puerta y encendí prestamente un fósforo.
Al dar un paso hacia mi cama para encender la vela que estaba en el velador, vi que el esqueleto alzaba una mano y la asentaba sobre un libro; uno de los libros que había en la mesa junto a la cual estaba colgado el esqueleto.
Encendí la vela.
Al darme cuenta de todo eso, realicé un poderoso esfuerzo de voluntad para dominar el miedo que me ahogaba; y sereno, impasible, lógico, me propuse llevar el análisis del caso hasta el último límite.
Y pensé: puesto que el esqueleto se ha movido, sepamos por qué causa se ha movido.
Abrí el libro, sobre el cual se apoyaba la mano, que era la derecha, y leí el título: "El crimen y la locura", por A. Maudsley. Conocía yo la obra. Contiene historias de criminales y su estudio patológico. El autor es inglés. Se refiere a crímenes cometidos en Inglaterra y en Francia. El esqueleto era preparado en Francia. Tenía una placa: "Jules Talric, preparador". Sabido es que las prisiones suministran a estos industriales el material....
Durante mi ausencia, ¿habría estado leyendo el esqueleto, en el libro, quizá su propia biografía? Pues según los promedios antropométricos el esqueleto había pertenecido a un asesino.
Sin embargo, mirándole de cerca, me fué imposible descubrir signo alguno de vida en sus órbitas vacías, y comprobé que la caja torácica permanecía trasparente entre las costillas.
Luego, vigilándole siempre, anduve en cuatro pies, mirando debajo de los muebles, a fin de constatar si no sería algún gato el agente del hecho inexplicable.
Formulé la hipótesis de una corriente eléctrica que, imantando de golpe las articulaciones de hierro, hubiese determinado la contracción del brazo; pero mi incompetencia en física volvía inútil la teoría.
Otra vez me enfrenté al esqueleto. Yo sentía una desesperación rabiosa por investigar y aclarar el misterio; yo sentía que me estaba trastornando poco a poco el horrible misterio; y en un acceso violento, irresistible, lancé una descomunal carcajada que resonó por la casa desmantelada y oscura; y empujándole como a un péndulo, hice oscilar al esqueleto en su perno. Y el eco de mi risotada, y el seco chocar de los huesos, llevaron al paroxismo mi exaltación nerviosa. ¡Oh!... Cuándo estéis a media noche solo en vuestro cuarto, lanzad, si podéis, una carcajada, os lo ruego.
—¡O, yo te haré confesar la verdad o me matarás!—le grité al esqueleto.
Sí. Era preciso, era urgente, apurar todos los medios de prueba, pues iba de lo contrario a enloquecerme.
Con un ardor febril lo destornillé de su pedestal, lo vestí con un pantalón y un saco, lo senté de codos a la mesa, en mi propio sillón, y le acomodé mi revólver en la mano derecha, haciéndolo apuntar a la puerta, con el gatillo alzado, y el dedo índice sobre el resorte del gatillo.
Retrocedí un paso para contemplarlo.
Pero el miedo me venció. Y entonces, agazapándome, retrocediendo, vigilándolo siempre, agarrándome a la mesa para no caer, intenté de un salto ganar la puerta. ¡El esqueleto me apuntó y sonó un tiro!...
Aquella mañana me bajaron del tejado. Me había quedado cataléptico, abrazado a una chimenea.
Don Roque Pérez es el hombre más flemático de Salta. Tiene cuarenta años. Hace veinte que está empleado en una oficina de la casa de gobierno. Es solterón, metódico, cumplidor y beato.
Su vida es simple y redundante, como el rodar monótono de los días provincianos, o bien como la marcha circular y pacífica de un macho de noria.
La historia de este hombre contiene dos etapas, separadas entre sí por un acontecimiento trascendental que dejó en su espíritu una perplejidad perdurable.
La primera etapa comprende su juventud, los diez años que pasó de dependiente en la tienda de Don Pepe Sarratea. La segunda etapa comprende su madurez, sus veinte años de empleado público.
Con una sonrisa indefinible y calmosa, mientras fuma un cigarrillo, Don Roque Pérez cuenta su caso a un grupo de oficinistas.
Cuando él era dependiente, dormía en la trastienda. El negocio de Sarratea ocupaba una vieja casuca que todavía existe en una esquina de la plaza.
El dependiente barría la vereda todas las mañanas, plumereaba los estantes, y aguardaba al patrón que se presentaba a las ocho.
Sarratea despachaba personalmente, detrás del mostrador; pero si había que bajar alguna pieza de un alto estante, colocaba la escalera y el dependiente se encaramaba por ella.
A las nueve de la noche, Sarratea despedía a sus contertulios del barrio, guardábase el dinero en el bolsillo y se marchaba a su casa. Entonces el dependiente trancaba las dos puertas de la tienda, rezaba su rosario y se metía en cama.
Una noche entre las noches, Roque Pérez, después de acostarse, dirigió la vista al techo, y vió que colgaba una cola de gato por una rotura del cañizo.
El agujero quedaba perpendicularmente sobre su cabeza, y la cola de gato apuntaba, naturalmente, a sus narices.
—¿Qué será eso?—pensó el dependiente.—¿Qué será?...
Apagó la vela y se durmió.
Varias noches después del descubrimiento, Roque Pérez volvió a mirar la cola de gato. Al cabo de una hora de contemplación, pensaba: ¿qué será esa cola?... Y se decía: mañana voy a poner la escalera para ver lo que es... Y apagaba la vela y se dormía.
Todas las mañanas, al despertar, Roque Pérez se desperezaba y miraba la cola de gato. La miraba todas las noches al acostarse. Y siempre pensaba: en uno de estos días voy a poner la escalera.
Pero Roque Pérez era indolente, con esa profunda indolencia de los pueblos palúdicos. El había tenido una idea: aquella cola de gato debía ser algo. Para saber qué era, había tiempo.
Así pasaron dos años, y pasaron cinco años, ¡y pasaron diez años!... El señor Sarratea murió de tabardillo; los herederos liquidaron el negocio; Pérez tuvo que abandonar la vieja casuca.
Salió de allí con quinientos pesos de sueldos economizados y se contrató en la tienda de enfrente.
A poco de esto, alquiló la casa de Sarratea un boticario alemán que llegara a Salta con su mujer.
Lo primero que hizo el boticario, naturalmente, fué preocuparse de la limpieza del chirivitil, para instalar su botica.
Un día el boticario entró en la trastienda, y al revisar las paredes y los techos, vió la cola de gato. El alemán llamó a su mujer y le mostró aquello. Pidieron prestada una escalera en la tienda de enfrente. Roque Pérez, en persona, trajo la escalera. El boticario, ayudado por Pérez, la afianzó sobre un cajón para que alcanzase al techo, y se trepó.
Mientras el pobre Roque sostenía la escalera, el boticario, allá arriba, asió de la cola, tiró, y cayó al suelo una moneda de oro. Tiró más, y cayeron algunos cascotes y varias monedas. Luego, metiendo el brazo en el agujero del techo, sacó un zurrón lleno de onzas de oro, y se lo arrojó a su mujer. Buscó más, y encontró otro zurrón, y cargando el pesado fardo, bajó al suelo.
—Bueno,—dijo el alemán todo sofocado, entregándole a Pérez una monedita.—Aquí tiene Vd. su propina. Y gracias por la escalera.
Ahora, Don Roque, ante la rueda de empleados, da un chupón formidable a su cigarrillo, sonríe con calma, y con las barbas llenas de humo, dice:
—Entonces fué cuando comprendí que mi destino era ser empleado público.
—Escalandrini, páseme el frasco de las arañas,—le dije al ayudante.—Vamos a separar los diferentes ejemplares en lotes adecuados.
El hombre puso el frasco en la mesa y preparó los lentes, las pinzas, el alcohol y demás cosas necesarias.
—Examinemos primero la araña negra... Veamos. Es una especie nueva para nuestro museo, y hay que clasificarla. Téngame usted el frasco a contraluz.
En vano busqué. Entre aquel locro de bichos no estaba la araña negra.
—¡Es singular!—objeté,—pues ayer mismo la estuve mirando en el fondo. ¿Habrán entrado ayer aquí los muchachos después de clase?
—¡Non signore!
—Bueno. Conviene que cuide usted mejor el gabinete... Resulta que los alumnos burlan su vigilancia y se roban los bichos.
La pérdida me contrariaba de veras. Tratábase de cierta araña del Chaco, muy rara, muy difícil de pillar. Se la debí a la gentileza de Don Tadeo Amaya, lenguaraz de una toldería de junto al Bermejo.
Algunos días después de este pequeño incidente, Escalandrini vino a buscarme a casa con el fin de entregarme unos portaobjetos del microscopio. Apenas se me acercó le sentí un tufillo inconfundible a caña. Y confirmé mis sospechas del alcoholismo del ayudante, una noche que lo encontré por una calle haciendo eses.
No hacía mucho que se habían abierto los cursos, y pensé que aún era tiempo de buscar otro ayudante. Aquel hombre me había inspirado desde el primer día una invencible repulsión; así es que me alegré cuando le descubrí su vicio. Sólo aguardaba una buena oportunidad para hacerlo saltar del Colegio.
Aunque italiano, Escalandrini tenía tipo de negro. Ostentaba una cabellera lanuda, apelmazada, y que tiraba a rubio. Tenía la tez amarillenta, los ojos pequeños y huraños, y era bajo de estatura. Era barbilampiño, jetón, dentudo, y tenía pómulos salientes y brazos muy largos para su estatura: en resumen, un aire sub-humano, sobre todo si se lo examinaba de cerca, por cierta expresión esquiva y bestial de tristeza en la mirada.
Y sin embargo, como ayudante no puedo negar que era competente y experimentado.
Había venido al Colegio Nacional, recomendado por el naturalista Timperton, y había sido auxiliar de zoología en un museo de Turín, y después miembro de una expedición entomológica en la colonia Eritrea.
Ahora bien; un día que yo señalara a la clase un tema sobre las aves, entré antes de hora en el gabinete y me puse a revisar una colección de volátiles que debía utilizar en mi conferencia. Escalandrini hallábase a la sazón ocupado en disecar, en un extremo del salón, un loro barranquero que él mismo cazara con tal objeto.
Al revisar las colecciones de los armarios noté que faltaban algunas piezas. Después advertí un excesivo desperdicio de alcohol, pues las tablas de los estantes estaban mojadas de este líquido.
—Tenga usted más cuidado, Escalandrini—, le dije al ayudante.—Derrama usted demasiado alcohol en la remuda de los botes.
Pero un detalle bien curioso me llamó la atención. En un estante, como escondida detrás de unos frascos, yacía una cabeza de crótalus, que sin duda había sido separada del tronco, no por cuchilla de cortes, ni por bisturí, sino a tirones, pues los tejidos presentábanse desgarrados.
—Yo quisiera dar cun los traviesos qui me facen un batituque dil gabinete—, gruñó Escalandrini, que se había vuelto en su silla y expiaba mis movimientos. Pero la fisonomía del individuo no acusaba la expresión correspondiente al tono con que pronunciara tales palabras; circunstancia que no dejó de impresionarme.
Quizá se había fijado más en mí que en sus propias palabras.
Luego descubrí, dispersas en las tablas, algunas gotas de estearina.
Como en el gabinete no había luz eléctrica, supuse que alguien se entraría de noche, y con vela.
No pregunté nada.
En lo sucesivo el gabinete me pareció ya mejor cuidado. Sin embargo, buscando a lente, siempre hallaba en el suelo, o en la mesa, o en los estantes, gotas de estearina que habían sido raspadas,—se conocía—, con sumo cuidado.
Entonces fué cuando empecé a concretar mis sospechas...
Y un suceso lamentable vino a precipitar el desenlace de esta intriga, a develar el misterio de un temperamento.
En el aserradero de Perutti, la tarde del 6 de Abril, un obrero se cortó la mano derecha con una sierra sin fin. Se le había enganchado la manga en el trozo que aserraba, y a pesar de los sobrehumanos esfuerzos del infeliz, el trozo le arrastró el brazo, la sierra pasó de través, y el hombre quedó manco.
Fué una espantosa confusión. Los compañeros del taller acudieron a auxiliarlo, pues se iba en sangre. Lo llevaron a la Asistencia Pública y allí le contuvieron la hemorragia.
Cuando el pobre obrero estuvo en sus cabales se acordó de su mano. Preguntó por ella. Los compañeros fueron a buscarla entre el aserrín, pero no la hallaron. La mano se había extraviado.
Poco después del accidente la mujer de un obrero había visto varios perros que olfateaban la sangre...
Tuvieron que ir a contarle al dueño de la mano la verdad:
—Parece que un perro se la ha comido...
La noche del 16 de Abril, bien madurado mi plan, me introduje con gran sigilo en el Colegio; atravesé de puntillas los largos claustros, llegué a la puerta del gabinete, y espié por el ojo de la llave...
Frente a frente de la puerta, ante la mesa de conferencias, alumbrado por un pucho de vela, Escalandrini perpetraba un horrible banquete.
De un frasco de arañas en alcohol echaba a pecho grandes tragos. En eso, sacó del bolsillo una mano muerta y empezó a devorarse el dedo mayor.
El monstruo parecía borracho. Sus ojos relampagueaban, ebrios de alcohol y de gula bestial.
Después, con una pinza, extrajo una araña pollito, y de una dentellada le cercenó el abdómen.
Escalandrini era un caso típico de regresión o salto atrás. Una vuelta a los trogloditas antropófagos.
Ribot, en su Herencia, habla de un neozelandés educado en Londres, que se comió viva a una niña de cinco años.
La fechoría que voy a confesar pesa sobre mi conciencia de un modo abrumador, y su recuerdo me es tanto más doloroso, cuanto menos preconcebida fué la conducta que en este caso observé, al dejarme arrastrar por el perverso apetito del crimen, que parece ser el estigma de mi existencia.
¿Qué conseguiría yo suplicando al lector que procure encontrarme atenuantes o justificativos en esta infamia? Nada.
Y así, desde que escapé a la acción de la justicia humana (y aun espero escapar de la divina), le saco provecho a la verdad, escribiendo mis barrabasadas, no sin escándalo, me consta, de ciertos timoratos.
Y ya me dejo de rodeos, y contaré las cosas tal cual pasaron, fielmente.
Yo estudiaba cuarto año secundario en el colegio del Carmen, de la calle Estados Unidos, de Buenos Aires.
Teníamos un profesor de inglés que se llamaba míster Moore.
Era un hombre como de sesenta años, muy alto y de porte grave.
Su rigor en el cumplimiento del deber era tal, que, en diez años de profesorado, apenas cuatro veces habia faltado a clase. Nunca hablaba sino lo estrictamente necesario, ni tuvo nunca con sus alumnos una frase de expansión o de confianza.
Míster Moore nos infundía, pues, ese respeto mezclado de lástima que inspiran la soledad y la digna reserva de las personas que sufren. Porque nosotros suponíamos que el pobre profesor sufría, y sufría en silencio, con su cara displicente de clown jubilado, toda rasurada, y bajo su levita de incierto color azul, única, perpetua, humilde y respetable.
Por lo demás, poco sabíamos de sus rarezas. No cultivaba relaciones íntimas, vivía en una pensión de la calle Rivadavia, y comía en su pieza, por librarse de la gente.
Cuanto a su enseñanza, daba buenos resultados, aunque no conmigo, que siempre merecí calabazas en inglés.
Aquel año la salud de Mr. Moore decaía visiblemente, a juzgar por la palidez progresiva de su rostro y el aire taciturno de su andar.
No hubimos de extrañarnos, pues, cuando una tarde de junio, el director nos dijo en clase que Mr. Moore acababa de morir de un síncope, al tomar el tranvía para venir al colegio.
Los alumnos de cuarto año hubimos de encargarnos de las diligencias previas al entierro. Y así, nos trasladamos a la pensión de la calle Rivadavia, donde, en su cama, encontramos al excéntrico serenamente dormido en la eternidad.
El vigilante de la esquina lo había recogido y llevado a la casa.
Seis velas sobre seis sillas en torno del catre, y un crucifijo entre las manos del difunto, cuya religión no conocíamos, bastaron para el arreglo fúnebre, y allí nos quedamos haciéndole compañía.
Pero a media noche los discípulos resolvieron pasarla en un cafetín, en lugar de guardar a Mr. Moore. Yo rechacé la invitación, y no sin agrado me quedé solo, pues la situación favorecía el maquinamiento de cierto poema que pensaba escribir.
Era la del velorio una habitación espaciosa, y tenía una puerta a un pasillo estrecho con baranda de hierro, en el piso alto, sobre el patio.
Había otras dos puertas que comunicaban con piezas contiguas, pero estaban tapadas con roperos, disposición ésta que me valió mucho, ahogando el ruido, como habrá de verse luego.
Ocupaba la cama el centro del cuarto, los pies hacia la puerta, y la cabecera contra la pared del fondo.
Junto a un ropero, a la izquierda de la cama, me instalé en un confortable sillón, al lado de la mesa de trabajo, donde yacían una Biblia y algunos libros ingleses.
Desde mi sitio, como a cinco pasos, podía yo ver, indistintamente, la cara escuálida del muerto; y al cabo de un cuarto de hora, la sugestión irresistible del cuadro, dispersando mis poéticos pensamientos, me había impuesto, en cambio, su pavoroso misterio.
¡Cuánta ignota pena, cuánta desolación, cuánto abandono, contemplé en aquella vida desgraciada que acababa de apagarse!
¡Pobre viejo! Llevábase él a la tumba, con su eterno spleen, ¡quién sabe qué nostalgias, quién sabe qué recuerdos!
Y a la luz amarilla de las velas, me pareció ver dibujarse una sonrisa de paz en aquella boca rígida que jamás había sonreído.
Hay en la llama pálida de esas velas de muerto, algo así como un afligente fervor de súplica; un intangible soplo las consume, y se agitan inquietas en el silencio como anímulas simbólicas del dolor.
Aquella era en verdad una hermosa máscara. La nariz alta sostenía, con elegancia de columnata corintia, el doble arco de la frente, abierto y noble. Los labios eran delgados, y el mentón saliente, con firme decisión de voluntad.
De pronto, un escalofrío me crispó los nervios. Los ojos de Mr. Moore se habían abierto...
¿Sería posible?...
Traté de tranquilizarme. Incorporándome con un sigilo ansioso, me acerqué de puntillas al lecho. Pero los ojos estaban cerrados.
Me expliqué. Las velas, sobre su cara brillante, jugaban con reflejos y sombras.
Volví a mi sitio, y por distraerme abrí la Biblia, procurando inútilmente leer. Con la imaginación en desorden, y el corazón al galope, ya no fuí dueño de mí mismo; ¡entonces sobrevino la crisis!
Y la incurable neurosis que padezco se desbordó en mi cerebro con imágenes descabelladas, con ideas incoherentes y estrafalarias.
En estos ataques agudos, el cerrar los ojos, o el quedarme en tinieblas, no me da resultado. Desfilan ante mis pupilas, en vertiginosa balumba, todas las furias del infierno. Rostros de mujeres, de viejos, de locos, de perros, de burros, se transforman, se sustituyen, se mezclan y se esfuman en una semioscuridad extravagante, absurda. Y la crisis sólo tiene un remedio: correr, o saltar, o gritar, ¡o matar!... hacer, en fin, algún esfuerzo muscular intenso, que despilfarre mis anormales energías de un modo súbito y violento.
Y con la mirada clavada en el muerto, exaltado, enajenado, anhelante, fronterizo de la demencia, en el paroxismo de la atención, lo vigilaba, lo acechaba, lo espiaba, con la sospecha inaguantable de que no estaba muerto, de que estaba haciéndose el muerto, de que pretendía asustarme, sorprenderme, burlarse de mí...
Y en ese instante la cosa se produjo. ¡Mr. Moore había levantado una pierna en el aire, una pierna peluda y flaca, de araña gigante; un pie descarnado, repugnante, amarillento, de largos dedos abiertos en abanico!
¡Mr. Moore se había despertado de la muerte, y Mr. Moore, por fin, rígido, escuálido, con los ojos fuera de las órbitas, mirándome impertérrito, desnudo, espantosamente desnudo, se había puesto de pie junto a la cama!
¡No pude más!
Poseído de un acceso formidable de energía, de alegría bárbara, de terror loco; ágil como un demonio, salté sobre él y le pegué una bofetada tal, que lo acosté patas arriba sobre su lecho de muerte.
Después, maquinalmente, lo acomodé en la posición primitiva; y poco a poco, al recobrar la serenidad y la razón, dime clara cuenta del peligro que corría, si, como era posible, alguien en la casa hubiese oído el ruido.
Presa de inmensa angustia, auscultaba el nocturno silencio. Pero nadie acudió.
¡Mi delito quedaba impune para siempre!
Y por la mañana, en la Chacarita, en torno a la fosa, junto a mis condiscípulos, eché como ellos mi palada de tierra sobre el cadáver de Mr. Moore, cuyo asesino no dejó traslucir ni un asomo de emoción.
Muchas veces he pensado con horror en una autopsia de la que hubiera resultado esta fórmula concisa y fatal: "Sonambulismo cataléptico acabado en la sepultura por una conmoción cerebral enorme."
Triste cosa es hallarse obligado a trabajar, y no ser como este pato del lago que estoy mirando, mientras escribo, paradito en una pata, de ocioso, calentándose al sol, al sol que es la esterlina y la estufa de los que no trabajan.
La ociosidad es la madre del pesimismo. Y hoy me siento pesimista.
¿Por qué vienen días tontos, días en que se aflojan los resortes del carácter, días en que nada, nada, nos parece digno de ser tomado en serio; días de aburrimiento, de nirvana, de desaliento, en que las menudencias que forman la diaria urdimbre de la vida nos acosan, nos hastían y nos hartan?
El noventa por ciento de nuestros actos diarios se producen bajo el imperio de la rutina, de ridículas preocupaciones, de perjuicios pueriles.
Si me junto en la plaza con algún petizo mi compañía le avinagra, y me pide que lo deje caminar por el centro para aparecer más alto.
Hay quien asiste al baile con un frac viejo de su tío, y averigua cómo está su figura. ¡Y cómo ha de estar!
—Pero si te queda muy bien,—afirma un papanatas que no se resuelve a entrar en el salón, porque se le descompuso la onda del peinado.
¿Y los preguntones?... esos abombados que interrogan sin ton ni son. Y usted les responde, ¡y de su respuesta se les dá una higa! Lo que ellos saben es preguntar, no importa qué. Y vuelven a la carga, tanto más reciamente, cuanto menos cara le ven a uno de responder.
Gentes hay que no molestan de cerca, pero que saludan perdonando la vida. Y aún os dicen: "Adiós amigo", y en el fondo os están deseando una apoplegía.
Líbrenos el demonio de los charlatanes que se creen ingeniosos y espirituales e hilvanan viejos chistes con nuevas simplezas y son testigos o héroes de todos los sucesos del pueblo y juran y se acaloran a base de macaneo. Y líbrenos de los murmuradores que todo lo denigran, como si poseyesen ellos solos el cetro de la justicia.
¿Quién no se sintió harto alguna vez de las pequeñeces, de las importunidades, de las indiscreciones de los otros, y ha deseado escapar a mil leguas de la tierra, lejos de sus congéneres?
¿Quién no ha deseado el suicidio, la grata compañía de los muertos, que son los mejores prójimos, acaso porque ya no hablan?
¡Oh si nos fuese dado morir con la facilidad con que se ingiere un vaso de vermouth!
Sin embargo, los que se matan llevan a cabo una tontería más considerable que todas las que en vida cometieron, porque al fin y al cabo algo de bueno ofrece la existencia, fuera de estos ratos de tedio. Y aún en éstos gozamos la libertad de detractarla, sentados en el parque, bajo los pinos, tomando el aperital, acariciada la frente por una brisa cordial de otoño. Y siempre será sublime la puesta del sol.
La naturaleza nos reconcilia con la vida.
Es el anochecer de un día de otoño, y de la vecina iglesia viene el son de una campanita que tañe, tañe, difundiendo en el espacio la inquietante premura de su llamada mística. Por la calle, las mujeres pasan, una que otra, hacia la iglesia: una vieja, otra vieja, otra, que va como pisando cascotes, cucurucha, toda arrebosada. ¡Dichosa vieja! Cuando se postre ante el cura, invocará, egoísta, el favor divino, confiará en la salvación. En su absoluta, supersticiosa fé, no comprendería ella la amarga duda del crucifijado, el lama sabactani. Y por este orden de ideas, he venido a parar en la tristeza.
He ido a cortar rosas al jardín. Entre el sutil encaje de las hojas, las rosas parecían meditar, abiertas las corolas, absortas bajo el firmamento. Había tristeza y reposo. La luz y el movimiento evocan la vida; el reposo es como el signo de la muerte. Cuando la brisa mueve las flores, sus leves balanceos arrullan nuestros ensueños, pero el absoluto reposo crepuscular infunde una dulce tristeza. Sobrevienen en la naturaleza y en las almas, delicados instantes así, en que parece que algo está ocurriendo, misterioso, invisible. Es cuando se han abierto ventanas que miran a lo eterno, y la tristeza que entonces vemos en las cosas y en los seres es como la fatiga, como la parada, en medio del infinito devenir.
Sobre los campos silenciosos, todos los días al cerrar la noche, la inmensidad se ahonda, la eternidad se acerca, se establece una como normalidad del prodigio. A tal hora, nadie, estando solo, podrá sentirse alegre a menos de ser un vulgar espíritu. La tristeza reside, más honda que en las almas, en la naturaleza. Es verdad que la naturaleza es toda movimiento, pero el movimiento está sujeto a las leyes del ritmo y para cada orden de movimientos rigen la suba y la baja; la máxima intensidad y el reposo relativo sucediéndose siempre. Por instantes o por siglos, la naturaleza, tal como nosotros, se aquieta y se arroba en un vasto recogimiento, como si ansiara descansar y comprenderse... Y de esta íntima necesidad, nunca colmada, de penetrar el secreto de la existencia, emana la tristeza que notamos a veces en los seres y en las cosas.
La melancolía del asno inmóvil junto a la tapia del corral; la oscura mole de las montañas, cerrando el horizonte; la serenidad de las flores; la cadencia de la campanita; no son distintas, no son ajenas a mi tristeza. Hay en todo esto el estupor de la eternidad que pasa sobre nosotros, asoladora, y siempre impenetrable y magnífica.
En la evolución de las especies, corresponde a los insectos y a los arácnidos un grado de inteligencia relativamente elevado. El comepiojos (mamboretá) que al ser molestado levanta con arrogancia sus patas manducadoras y nos mira con sus pequeños ojos escarlatas; la avispa que nos persigue, si la molestamos, para clavarnos su aguijón; la vinchuca, que se esconde con pasmosa astucia al sentirse perseguida, nos proporcionan abundantes ejemplos de actividad voluntaria y consciente.
En cuanto a las arañas, he tenido ocasión de presenciar no ha mucho un hecho que prueba una complejidad mental realmente admirable en estos artrópodos. Era una araña del género argironeta, que son las más hermosas, por los matices plateados que las adornan. La encontré una mañana en el patio de casa, entre dos hojas de cica, inmóvil, en el centro de su tela perpendicular, brillando al sol como una joya. No sabría la pobre que estaba en casa de un zoólogo, y es lástima, porque en cuanto la ví la pesqué y la encerré en un frasco de vidrio. En el ancho tapón abrí un agugero a fin de poder conservarla viva y remitírsela al Dr. Holmberg, al siguiente día. Pero cometí la chambonada de dejarla esa noche en una maceta, al aire libre. Aquella mañana, en el fondo del frasco sólo hallé la cáscara del infeliz animalejo. Mil diminutas hormigas coloradas estaban a la sazón ocupadas en devorar lo que quedaba. Y aunque la culpa del asesinato era mía, sentí contra las hormigas una cólera terrible. Me imagino los tormentos que sufriría la araña, al pensar en el inmenso número de mordiscos que recibiría de esos belicosos demonios. En fin, indignado, maté las hormigas con agua hirviendo.
Pero la noche había escondido una tragedia todavía más intensa; porque hallé un hilo de araña tendido del frasco a la pared, y en una hendidura del reboque, inmóvil, al desgraciado amante de mi gentil cautiva, como diría un literato. Era el macho. Alrededor del frasco, en la maceta, yacían cientos de hormigas, partidas en dos por sus formidables mandíbulas. No cabe duda que en el silencio nocturno, después de haberla buscado en la tela, debió de lanzar un hilo desde la pared a la maceta, y ni más ni menos que un caballero junto a la torre de su dama, libró al pié del frasco un combate heroico, viéndose al fin obligado a poner pies en polvorosa, rendido y abrumado por el número.
No conseguí apoderarme del héroe, cuyas cenizas hubiese yo conservado con respeto en aguardiente. Pero era muy pequeño, como todos los araños. Cubría sus desnudeces una fina capa de terciopelo marrón, un poco burda, en tanto que su amada luciera en vida una armadura de escamas de plata.
Era imposible interpretar de otro modo los hechos observados. Y, teniendo en cuenta las costumbres sexuales de las arañas, el caso resultaba hermosamente romántico. Se sabe que el casamiento de las arañas termina con la muerte del flamante marido. Durante el día, mientras la araña hilaba su tela, el macho la acecharía, desde su escondrijo del reboque. Así meditaba, preparando su asalto para la noche, aprovechando el reposo de su voraz amada. Esta operación se la facilitan sus ocho ojos, cuatro de los cuales son para ver de noche. Así se explica que pudiese hallar el frasco; y es que la buscaba con la tenacidad propia de los enamorados.
¿Qué diferencia existe entre este drama de arañas y los trágicos amores de cualquier pareja de novela? Una simple diferencia de grado. Aunque en ciertos sujetos, como los opas, la emotividad y la inteligencia estén menos desarrollados que en las arañas.
El sapo es el solitario del albañal. Su domicilio subsolar se abre a la calle, ante la puerta de una casa.
Los ruidos del día lo confinan en una grieta húmeda, estrecha, y ahí permanece, chato y frío, absorbiendo agua por todos los poros, asimilado a las piedras pardas.
Huye del sol. El astro voraz haría evaporar en un amén el jugo de sus pústulas, y dejaría su cuerpo seco y hueco, cual un viejo zapato arrojado al basural.
A media noche sale de su escondrijo, y atisba, sentado tranquilamente en cuclillas, las mariposas que el foco de la calle atolondra.
¡Ah, las mariposas! ¡Cómo fascinan al sapo esas miriadas de alas, revolviéndose frenéticas en el campo de luz del arco voltáico!
Y las mariposas caen en continua lluvia; y los coleópteros caen zumbando de cabeza, como si quisieran taladrar el suelo. Atento, el sapo espera.
Cuando está cierto del éxito, inicia el ataque a cortos saltitos. Se detiene. El corazón le late en la tensa membrana blanca de la garganta. Después avanza gateando ridículamente; con gran cautela se acerca al bicho, y ¡zás!
El bocado no es siempre una sedeña mariposa. A veces hay que tragar un escarabajo más áspero que un nudo de alambres. En tal caso, siente un pataleo en el esófago. Pero el muy comilón no se arredra, y se ayuda a dos manos, empujando la presa hasta el estómago.
Otras veces, por un lamentable error, atrapa el pucho encendido que un transeunte arrojó de su boquilla, ¡y hay que verlo retroceder y poner la cara fea!
Ayer fuimos al campo con el ayudante, en busca de insectos. Aunque no teníamos red, hemos perseguido algunas mariposas.
Después hemos hallado unas moscas de nueva especie, asentadas pesadamente, en gran número, en unos chañares pequeños. La hoja del chañar dá una substancia melosa que sin duda atraía las moscas. Algo más delgada que la mosca común, la nueva especie distínguese en que presenta en las alas bandas transversales blancas, sobre fondo pardo oscuro y en la cabeza un par de antenas corniformes.
Pero en el mismo tubito hemos encerrado una libélula y sus ásperas alas han destrozado a las moscas. Mañana volveremos a buscarlas. La constancia es la primera virtud del naturalista.
En el campo no hay que descuidar los pequeños detalles. A veces una hormiga que corre a esconderse bajo una mata, proporciona valiosas enseñanzas. De pronto, el ayudante se larga al suelo, de cabeza. Con el ojo pegado al tubito de cazar, examina un precioso díptero cubierto de blanco bello. Se trata de otro raro ejemplar, y el pobre bicho cae al fondo lóbrego de mi bolsillo.
En la falda del cerro, en unos matorrales cuajados de flores amarillas, descubrimos un nuevo tipo de araña verdosa, muy chica y vivaz. En seguida fué al tubo.
En esta época,—fin del otoño—la mayor parte de los insectos han muerto ya, dejando sus larvas; y los nidos de mil estilos que construyen para dormir el sueño invernal, son casi siempre obras de arte, dignas de estudio. En el suelo, en el tronco de los árboles, en los tallos, en las lajas, bajo las piedras, en los pantanos resecos, encontramos innumerables formas de capullos. A cada especie corresponde un modelo determinado y una ubicación particular. Los más fuertes están a la vista, pendientes de las ramas desnudas de los arbustos. Unos son estuches de una especie de pergamino, aglutinación de hilos de seda; otros están recubiertos de espinas que los pájaros tienen que respetar; algunos, en los tallos leñosos de los matorrales, son concreciones calcáreas, durísimas, fuertemente adheridas. Los menos protegidos imitan el color o la forma de la rama o piedra donde se pegan. Otros se enquistan en los tallos, hipertrofian los tejidos y originan agallas que al retornar la primavera se abren, dejando escapar un insecto. En todos predomina el instinto de conservación de la especie. Y de todos esos escondites, de todos esos refugios, cuando vengan las lluvias y caliente el sol, irrumpirá la vida, múltiple, bulliciosa, policroma.
El cielo estaba magnífico. Había una insensible gradación de colores, desde el armiño y el ópalo hasta el rojo de cobre bruñido. Una larga nube, cuyo borde se apoyaba en los cerros del oeste, dividía el cielo en dos con una banda oscura que se apagaba en el cenit. En un rincón del San Bernardo, poblado de cebiles, ponía la hora su tono melancólico. Reinaba en las hondonadas verdinegras de follajes maduros una quietud inmensa, y la tristeza de la tarde se atenuaba al cortarse en el cielo celeste la línea ondulante de la arboleda, tendida y crespa, como un festón de encajes.
Una mañana de marzo andaba yo con mi curso de 2º año por el parque San Martín. Los alumnos, repartidos en grupos de cinco, recorrían el terreno en busca de alimañas. Cada uno debía escribir una composición, el relato del paseo y la observación de algún bicho. Asi, en las primeras clases del año, podría el profesor juzgar del grado de observación original, individual de sus alumnos.
Marchaba yo entre un grupo de alumnos por una avenida macademizada, al fondo de la cual se ve una fuente de cemento y bronce, especie de centro de mesa, con que se adornan nuestros pobres parques de tierra adentro. Alguno dijo que no era la media calle el camino más propicio a la busca de dichos, y aprovechó la coyuntura para hacer resaltar, no sin ironía, la comodidad del profesor.
"Amigos míos—objetó éste:—no es preciso trepar al cerro para hallar bichos. No hay un centímetro cúbico en la superficie del planeta, que no presente algún fenómeno de vida, capaz de interesar al estudioso. Si yo tuviese un miscroscopio, demostraría mi aserto, analizando aquí mismo la fauna y flora de un milígramo de tierra de la calle, previamente disuelto en una gotas de agua. Esto en cuanto a la vida microscópica. Pues la vida macroscópica no es menos abundante en la avenida. Alzad la vista un poco, y mirad las turbas de mosquitos provenientes de los álamos, que se arremolinan sobre vuestras cabezas; las moscas de mil clases que zumban a ras del suelo, sobre el estiércol del aristocrático caballo que ayer tarde arrastraba el coche de una dama, y las variadas zabandijas que nadan en los charcos de la calzada, como los tiburones en el mar. Las cuestiones que suscitaría el estudio de cualquiera de estos seres son tan vastas, que su exposición exigiría el concurso de muchas ciencias.
Supongamos, que un sabio elige el mosquito del álamo. Tendrá que saber botánica si quiere explicarse la formación de las agallas, en la vagina de las hojas; química, si desea averiguar las causas de formación de las agallas; entomología especial de los dípteros, si quiere determinar la especie del insecto. El vuelo de éste, le llevará a la física mecánica; el zumbido, a la física acústica. Si quiere saber el número de vibraciones de las alas por segundo, ambas cosas concurrirán a darle la cifra; y con esto, habrá venido a parar a las matemáticas. Sin contar con que, en último análisis, todo fenómeno, es susceptible de examinarse desde el punto de vista de la cantidad; de cuya constancia resultan únicamente las leyes naturales. No hay ley sin número. No hay fenómenos que no pueda esquematizarse en números. Y así, hemos venido, un poco desordenadamente, del mosquito a las concepciones más abstractas".
Entretanto habíamos llegado a la fuente, cuyo contenido era una agua verdosa, rica en algas. Allí cazamos crustáceos, pequeñísimos, pulgas de agua y cíclopes, transparentes como cristal, en el microscopio. Algunas arañas habían tendido sus telas en las gradas de la columna que emergía del centro de la fuente.
Entre dicha columna y el borde de la fuente, descansaban en cuclillas sobre soportes de cemento, como en cuatro islas, cuatro angelitos equidistantes de bronce, que contemplaban el agua, pensando quizá en lo verde y sucia que estaba, y lamentando acaso no poder taparse las narices con sus manos metálicas.
Bogaba en el agua una galleta. Sobre la galleta estaba sentado un sapito nuevo, y alrededor, una turba de renacuajos chupaban el dulce zumo de la pequeña isla alimenticia.
En seguida noté, entre los pies de los ángeles, una multitud de sapitos nuevos. Además, en el agua, flotaban cadáveres de otros sapitos, a los cuales iban adheridos por la trucha los renacuajos.
En el agua, no había ningún sapito vivo.
Después de un rato de contemplación, el profesor ordenó silencio a sus discípulos, y, al rayo del sol, les dió una lección de biología. Los muchachos se sentaron al borde de la fuente y le escucharon con interés.
"He aquí, amigos míos—dijo—una maravillosa oportunidad de aplicar la inteligencia a la explicación de los hechos.
He aquí, que acabo, tal vez, de descubrir el porqué del paso de los peces a los anfibios, en la evolución de las especies.
Notad que esta fuente no tiene salida. Es una laguna con cuatro islas. En la laguna, algunas sapas depositaron sus huevos, de los que salieron miles de renacuajos. Unos han evolucionado más pronto que otros. Se ven aquí batracios en todos los grados de desarrollo, desde el huevo al estado adulto, y por tanto, desde que respiran por branquias hasta que respiran por pulmones.
Pero es el caso que los ya pulmonados, se han visto forzados a refugiarse, bajo pena de muerte, en las islas. Lo prueban los cadáveres de sapitos que sirven, como veis, de alimento a los renacuajos, mucho más grandes, fuertes y vivaces por ser el agua su medio apropiado dada su respiración branquial.
La batracofobia de los renacuajos es, pues, un hecho indiscutible. Y lo particular es que tal hecho explica, según creo, el origen de los anfibios. Bastaría suponer en ciertos charcos del mundo primitivo, una superabundancia enorme de una forma dada de peces, que, habiendo desalojado a otras especies, empezaron a comerse entre ellos. Establecida así la lucha, se salvaban únicamente de la carnicería los que podían ganar tierra y resistir más tiempo al nuevo ambiente, hasta que las branquias se adaptaran al aire y se convirtieran en pulmones. El hábito y la herencia fijaron el nuevo carácter específico, y el atavismo reproduciría la forma primitiva acuática. Y como la duración de las condiciones físicas del medio sería de miles de años, tendríamos repetidas las causas y los efectos en millones de generaciones sucesivas, y por lo tanto fijada una especie intermedia, entre peces y reptiles.
De los peces a los batracios, no sólo ha cambiado la respiración, sino la alimentación. Los renacuajos se alimentan por succión. Los sapos, son insectívoros. Al comenzar la existencia terrestre, no les fué muy difícil cambiar de régimen alimenticio, como lo probaría la poca variación que exige un aparato bucal chupador (renacuajo) para convertirse en captador (sapo).
Si se compara la organización de los peces superiores con la de los batracios anuros que por ahora nos ocupan, se nota que los peces son más complicados. Los batracios no derivarían, pues, de los peces superiores, sino tal vez de los branquiostomas, o de una forma intermedia entre éstos y los ciclóstomos, cuya organización es más rudimentaria.
Pronto estudiaremos la organización interna de los batracios, y, en su metamórfosis, la transformación del aparato circulatorio en correlación con el respiratorio. Entonces os haré notar cómo, la respiración cutánea, tan intensa en los batracios, y propia de organismos inferiores, ha hecho tal vez posible al conservarse el paso de la respiración branquial a la pulmonar.
Antes de terminar, amigos míos, libertemos a los sapitos, que están condenados a morir de hambre en estas islas de cemento, al pie de los ángeles indiferentes. Ayudemos así al cumplimiento de las leyes naturales. Arrojemos los sapitos entre la húmeda gramilla del parque, para que se coman las larvas corrosivas y los insectos que atacan las plantas de los jardines."
—¡Libertemos al náufrago refugiado en la galleta!—gritó un muchacho. Pero en aquel momento, cuando una mano amiga se le acercaba, el pequeño sapo saltó al agua, y un renacuajo vivaz y ventrudo se apoderó de su presa al instante.
Así hemos leído, en un charco, una hermosa página escrita hace millares de siglos por el azar de la evolución.