La vieja adivina maquinó sin duda, con sus malas artes, contra el pobre pastor en la parranda; y en adelante la Leona tuvo compaña y hubo en el rancho quien pudiese labrar con más vigor que la vieja los sembradíos del cerro.
Pero el Serapio Guantay era zamarro como el venado arisco, obstinado como el toro, astuto como el puma. Tenía en los ojos mansos la pasividad, y en el corazón y en el músculo dormida la fiereza ancestral de la raza...
Y como se alza la bestia herida, se alzó él a los cerros, para errar cantando por las cumbres la estrofa alegre, mirando siempre en el fondo el ranchito de la Leona:
La quebrada, casi seca en invierno, despliega en verano todo el lujo de su flora tropical. En días despejados el sol ardiente, blanco, violento, pone en las herbosas laderas ricos matices de fiesta.
Pero en horas de tormenta la quebrada se vuelve sombría y amenazante bajo las nubes plomizas que el huracán empuja y hace encallar en las cimas. El rayo parte las peñas metálicas como a golpes de hacha; las laderas empapadas se desbarrancan con estruendo en los cañadones; el viento retuerce y quiebra los frágiles alisos y las fornidas tipas; el oscuro cielo se desfonda en lluvia, y el agua rápida, enloquecida, elástica, socava las peñas y arrea cauce abajo piedras enormes que son para el torrente ligeras como la arena para el embate de la ola.
Y en una de esas noches espantosas en que el fragor de la tormenta sacudía las montañas, el Serapio Guantay, frente a su puesto del Remate, se puso a forcejear con un monolito que vacilaba en su quicio, carcomido por el agua.
El indio volcó la piedra. La corriente, desbordada, cambió de madre. El aluvión tapó más abajo el rancho de la bruja. Y el sol ardiente y blanco del siguiente día iluminó con resplandores de fiesta el lujo tropical del paisaje solitario y desierto.
Han transcurrido muchos años. En el lugar donde se alzaba el rancho de la bruja hay una cruz. El puesto del Remate es una ruina. Y a veces, andando en noche tormentosa por el lugar, a la cárdena luz de un relámpago, el viajero ve un hombre que, de pie sobre una peña, alza los brazos como en una pavorosa imprecación de duelo.
Dicen algunos que no es más que un árbol seco, una rugosa queñoa: para muchos, es aún el genio trágico de una venganza, el fantasma inconsolable del pastor.
Quince leguas adentro del Rosario de la Frontera, en viaje a las Mercedes, hicimos alto para almorzar en un puesto que estaba en una falda, en pleno monte, al otro lado de un arroyo, que costeaba el camino. El dueño, un gaucho de tipo morisco, nos acogió con toda clase de atenciones. Además, como la subida a la casa presenta ciertas dificultades para unos compañeros míos que venían en araña, el gaucho le gritó a su hijo, luego de hacernos pasar a la cocina:
—¡A ver, muchacho! Mostráles el camino a esos señores. ¡Y te has de sacar el sombrero!
Y mientras de pie, en el patio completamente barrido, comíamos un asado a la caucana, gozábamos del sabroso y chispeante decir de nuestro huésped. Burlábase él de la porfía de las gallinas que picoteaban las migas de pan en medio de nuestras piernas; reíase de los perros flacos y garrapatientos, que lamían ávidamente el sebo de los guardamontes recién sobados, y amenazaban quitarnos la comida de las manos.
—¡A ver, muchacho!—gritó el gaucho.—¡Agarrá pues esa lonja, pegáles una variada a los perros!
Enarboló el muchacho la lonja, volaron cacareando las gallinas al algarrobo y al techo del rancho, apartáronse rehacios los perros hasta el guardapatio, y el gaucho reanudó su pintoresca charla, sentándose en una robusta silla de tientos (tiras de cuero crudo), bajo el aro donde charlaba sin cesar el loro, excitado por el repentino bullicio de la casa.
Por el patio se arrastraba un chico inválido, tullido.
—¿Qué tiene este muchacho?—pregunté.
—Si así no más ha quedao, con media res cáida, desde un empacho.
Bajo la ramada que cubría la única puerta del rancho, envuelta en un negro rebozo, acurrucada en su catre de tientos, la abuela padecía una jaqueca implacable. Nosotros le dimos unos sellos de aspirina y al rato mejoró.
Al tiempo de irnos hubimos de discutir para que el gaucho nos aceptase paga por el caldo y el breve hospedaje. Se mostró agradecido por algunas pequeñas provisiones que le dejamos. Dijo que él no podía correspondernos de otro modo que no cobrando.
Esta generosidad del fronterizo contrasta con la tacañería de los indios de la quebrada del Toro y de los valles calchaquíes, acaso porque las exigencias de la vida agrícola y precaria de las montañas aguzan en el incásico un sentido de la economía, que el gaucho, exclusivamente pastor, mejor favorecido por el clima, no posee.
Una mañana salimos en busca de una anta que paraba, según decían, como a seis leguas de la casa. El animal había sido notado hacía poco, en los dominios del puestero ño Ventura. Este debía guiarnos monte adentro, al capataz y a mí, hasta dar con el anta, lo que no resultó tan sencillo. Me facilitaron una cabalgadura gaucha, incluso guardamontes, cuchillo y coleto; tres cosas sin las cuales no hay tampoco gaucho[3]. El guardamonte protege las piernas, el coleto el cuerpo, el cuchillo la cara del jinete, contra la maraña, espesísima y brava a veces. Además el gaucho, para correr en el monte, se cala guantes de cuero fabricados por él mismo, y un sombrero retobado de cuero por toda la copa. Para ver mejor es preciso abotonar sobre la frente el ala en la copa del sombrero; esto es chotearse el ala. Así armado, sin olvidar el barbijo, el gaucho arremete a todo galope por la selva, seguido por los perros, si tiene que repuntar hacienda o pillar un toro enmoscado.
A ño Ventura le ofrecimos un winchester de los que nosotros llevábamos; pero dijo que él no necesitaba de garabinas, y que para armas, su cuchillo y su lazo eran bastantes.
Entramos en la quebrada de los Noques por una senda que había que desbrozar en parte a cuchillo, pues sólo la frecuentaba el ganado. La senda, bajo un palio de enramadas, costeaba el arroyo, cruzándolo de trecho en trecho. El bosque permanece verde todo el año, vivificado por abundantes manantiales que sueltan desde los cerros su agua clara y rica. A medida que nos internamos en la quebrada, se presentan con mayor frecuencia grandes extensiones sombrías cubiertas de enormes helechos, tan altos como nosotros a caballo. Se percibe el olor particular del humos. Las plantas parásitas cubren todos los troncos y todas las ramas; todo lo invaden los helechos, los musgos, las enredaderas. Una quina gigante se abre paso hacia arriba, hasta dominar con su copa la sombría espesura. Un cedro ancho y rugoso oprime como un abuelo, entre sus recias rodillas, el tronco blanco y fino de un chalchal. El arrayán, generoso, difunde su grato olor. Las tipas, sociables, siempre en grupos, son las centenarias matronas del bosque. A veces, sobresalen del suelo blando, que suena a hueco, ásperos filos de roca, lobanillos geológicos, dura osamenta de la selva. Cien metros en torno, sólo se mira un entrevero de tallos verdes y de hojas, por donde se filtra intensa la luz del sol. Andábamos escuchando. Ningún rumor, ningún sonido lejano hacía suponer en el monte la presencia de animal alguno.
Si hacíamos un alto, los perros, conscientes de nuestro sigilo, habituados al acecho, husmeaban cautelosos y paraban las orejas, conteniendo el aliento.
Habíamos andado así media mañana, quebrada arriba, por las ensenadas de bosque de una y otra margen, cuando sentimos achar los perros, una cuadra delante, en un grupo de tipas. Preparé el rifle, apuré el caballo, me metí en el monte, perdí el sombrero; me picó una ortiga brava en un dedo, y al fin llegué donde ladraban los perros. ¡Era una pandilla de monos!
Me descolgué temblando del caballo, rodé por una ladera hasta una zanja enlodada, y empecé a escupir balas.
Hice más de treinta tiros sin matar nada. Entre tiro y tiro los monitos me espiaban agazapados, abrazados a los gapos, y emitían su gritillo particular de aflicción. Los vi dar saltos prodigiosos y desaparecer entre las lianas, mientras los perros se hacían pedazos en las espinas, al tratar de alcanzarlos. Era una familia de cebús fatuellus, o mono de los organistas, especie muy abundante en Anta y en todo el Chaco salteño.
Estos monitos se alimentan en invierno de una planta epífita de los grandes árboles, llamada carda por los gauchos. Contienen estas plantas agua en la base de las hojas. Hallando pues, comida y bebida en las copas de los árboles, los monos jamás bajan al suelo por su gusto. Y así, de rama en rama caminan leguas, monte adentro, sirviéndoles de puentes las intrincadas lianas que ligan las copas de los árboles.
A propósito de los monos, ño Ventura me contó lo siguiente: mientras unos peones de la estancia desmontaban un rastrojo destinado a maizal, en pleno bosque virgen, los perros descubrieron a cuatro monitos en un grupo de árboles que los hachadores dejaran aislados del monte. Ante la furia de los perros sitiadores del reducto, los pobres monitos dieron tales pruebas de espanto, que los peones se compadecieron. Venían presurosos hasta las ramas bajas desde donde, comprobada la gravedad del caso, se encaramaban chillando a las altas ramas. Los hombres, enternecidos por aquellos patéticos gestos, renunciaron a pillarlos, y pusieron en libertad a los monos, ahuyentando antes a los perros.
Después del inútil tiroteo hemos seguido el camino, rastreando el anta. Yo miraba a donde lo veía mirar a ño Ventura, y esperaba descubrir de improviso los ojos negros de una corzuela asustada, brillando con salvaje curiosidad entre las hojas; o creía ver en las cortezas recién lastimadas el rastro de algún león, y lo buscaba entre los yuyarales, donde lo sospechaba agazapado. Y observaba en ño Ventura que iba delante, la completa identificación, la compenetración, puedo decir, del gaucho y la selva. El la auscultaba cauteloso, hasta muy lejos; y cuando se paraba a escuchar, ño Ventura tenía actitudes de gato. Sus sentidos descubrían en el suelo, en las hojas, en las ramas, huellas invisibles para mí. Parado en los estribos, estirado el cuello, apoyadas las manos al borde del guardamonte, parecía balconear la espesura. Al paso del caballo, y aun a media rienda, ha adquirido el hábito del cuerpeo entre el ramaje; su cintura flexible se quiebra, su cuerpo repta, deslizándose entre las zarzas con facilidad de serpiente, sin que las piernas, naturalmente apretadas a los flancos, se muevan siquiera, porque va en el caballo encajado más que montado.
Y no hay para qué concluir este relato, si algo gráfico he contado de la selva y del gaucho. Ño Ventura, en una de esas, se apeó y se largó cerro arriba, lazo en mano, cuchillo al cinturón: pero nos fué imposible seguirle a pie. Había encontrado en un cañaveral rastros frescos del anta. Como se estuviese por entrar el sol, me volví con el capataz a la casa. Aquel día habíamos caminado diez leguas en los cerros. Ño Ventura, se presentó, a la siguiente tarde, con el cuero del anta cazada. La encontró—dijo—bañándose en un pozo del arroyo, le echó los perros, dos de los cuales murieron, ahogados. Después la enlazó y la apuñaleó. El cuero es el más fuerte que se conoce, para riendas y demás prendas de apero.
Yo deseaba conocer a ño Cruz Guíez, puestero del Campo Azul. Ayer tarde hemos ido a visitarlo a su rancho. En el patio hemos hallado al hombre, montado en un trozo de árbol, cosiéndole las mangas a su coleto. Muy cortésmente nos ha recibido; nos ha invitado a echar a pie tierra. Después ha soportado con cachaza las bromas de un amigo mío, empeñado en estimular el ingenio del gaucho.
—¿Dicen que usted ha cazado tigres por estos lugares?
—Velay, en ese algarrobo están colgadas las cabezas,—contestó Cruz, mostrándonos un montón de calaveras en que lucían magníficos colmillos.
—No creo que haya tigres por acá,—observó mi amigo.—Estas cabezas deben ser del gato de monte. Los fronterizos tienen fama de contar buenos cuentos...
Pero el gaucho respetuoso e impasible a la vez, con el absoluto dominio de sí propio y la confianza en el propio valer que infunde la vida libre, sonreía dulcemente al percatarse de la intención de las bromas, y no respondía más que a las preguntas en que podría instruir a los amigos del patrón,—hombres puebleros,—sobre las cosas del campo. Nos ha mostrado la piel del último tigre, oreada, recién sacada de las estacas. Medía más de metro y medio del hocico a la base de la cola. Después nos ha explicado ciertos detalles de una cacería.
Un día que salió a campear al cerro, había encontrado los restos de un ternero, mal tapados con tierra y palos por el tigre, que acostumbra esconder la presa. Y algunos días después, Cruz había caído en la huella del bicho, junto con dos puesteros vecinos suyos. Llevaban entre los tres como cuarenta perros, livianitos y con la guata floja. Aquí no se concibe un puestero sin perros. Cualquiera posee diez o doce, brutos la mayor parte, flacos, hambrientos, feos, pero insuperables en los trabajos del pastoreo.
Y a fuerza de rastrearlo al tigre por montes y breñales, al fin lo hallaron los perros, y cuando estuvo empacado de espaldas a un cedro enorme, ño Cruz Guíez le metió en la cabeza una bala de su garabina; una bala, de las dos que consigo llevara; y como el bicho no muriese todavía, hubo de ensartarle el otro plomo en el corazón.
—Esta es la calavera de ese;—decía ño Cruz, mostrándonos el cráneo fresco aún.—Yo le apunté al codillo, pero le pegué en la quijada, aquí. Entonces le tuve que hacer el otro tiro. Pegó un bramido fiero y se tumbó antarca, despaletándome un perrito de un manotazo. Varios perros quedaron, por confianzudos, con las tripas al aire; y otros andan por áhi, lastimados, con la gusanera. A ocasiones el tigre desloma un caschi de un zarpazo. Por esto se deja ver que es animal de mucha potencia. Cuando uno le apunta lo mira frente a frente y a la vez de errarle el tiro, no sé pues lo que le espera al cazador. Cuando brama enfurecido, en la pelotera, acosado por los perros más baqueanos, los cuzcos chicos se sueltan llorando con el rabo entre las piernas y los caballos tiritan, como si estuviesen con la tembladera.
Pero el gaucho no hace alarde de su arrojo. Narra, simplemente, su caso y os invita para que le acompañéis en la próxima batida. No sabe lo que es el miedo. Sus músculos, fuertes como el guayacán, nunca tiemblan ante el bicho, señor de la selva, salteador del ganado; y con la misma tranquilidad con que sonriendo recoge a brazadas el lazo, dispara la única bala de su carabina sobre la temible fiera.
Cruz Guíez es el prototipo del gaucho fronterizo. Alto, de contextura atlética, ingenuo rostro, negros y apacibles ojos, de movimientos fáciles como el gato del monte, y de ánimo alegre, como el cantar jubiloso de las chuñas que en la linde del bosque salvaje saludan el alba.
Serían las 11 de la noche del 13 de Febrero de 1905, (fecha memorable en los anales del crimen), cuando monté a caballo y partí de casa, rumbo a la Calderilla.
Veraneaba en la Calderilla mi amigo U... con su familia, y era yo su huésped y acompañante.
Y digo acompañante, porque no había allí otros pantalones que U... y el paraje es solitario y asaz aislado.
Recostada en la falda de una loma, la casa de U... domina la ancha playa del río Caldera. Veinte cuadras al frente, costeando la banda opuesta, corre el camino a Jujuy. Un espeso bosque de tuscas y algarrobos cubre los terrenos adyacentes al río. Cruzando el de Wierna, como quien va de Salta a la Caldera, el monte se tupe, y hay un largo trayecto deshabitado, guarida frecuente de coyas cuatreros o de malhechores.
En dos ocasiones la sala de la Calderilla ha sido asaltada, aunque, felizmente, sin resultado.
El peligro de un viaje nocturno por la región no es, pues, tan remoto; y sólo la irreflexión propia de la juventud nos vedaba temerlo.
Así, a cualquier hora, caballeros en nuestras estudiantiles jacas, entecas y flojas, pasábamos sin pizca de miedo las playas ásperas y el enmarañado monte.
Luego de atravesar aquella noche, al galope, la ciudad, me sujeté más allá de la estación, y puse el caballo al tranco. Había luna, pero un grueso y oscuro nublado encapotaba el valle de cumbre a cumbre, y sólo a ratos la blanca claridad se difundía por los campos. El ambiente pesado y húmedo amagaba lluvia.
Bien sujeto el revólver al cinturón, me requinté el chambergo para mejor ver; puse un acullico de coca y un trago de ginebra, y añadiendo acullicos a tragos y tragos a acullicos, dime a pensar en cosas indiferentes. Y avanzaba entre el clamor confuso de ranas y sapos y sabandijas, que de los charcos, y de los yuyos y de todos los vericuetos, levantan por la noche en las campiñas su obstinado, infinito vocerío.
Sin otra novedad que algunos perros bravos que me salieron al paso, quedó Vaqueros a mi espalda. En Wierna entré a comprar fósforos en el boliche de Medina.
Reanudada la marcha, y no muy lejos aún del boliche, me sorprendió el galope de un jinete que venía en sentido contrario por mi camino y que, antes de enfrentarme, se precipitó en el monte. Al otro lado del río Wierna me detuve. Un silbido agudo había hendido el aire. El ruido atronador del agua me había impedido apreciar de dónde venía el silbido.
—¿Qué será?...—me dije. Y seguí viaje, algo receloso, todo ojos y oídos.
En aquel momento la oscuridad aumentaba, así es que me costó un poco hallar el camino a la Calderilla, donde el monte es más denso. De cuando en cuando el viento traía de lejos el retumbo de una caja, o el acento salvaje de un canto indígena; y a veces, el mujido melancólico de algún toro perdido en las cañadas pasaba en alas del eco sobre el pavoroso silencio de la noche.
Hubo de hacer entretanto la ginebra su efecto, con lo que a poco me sentí valiente y despreocupado. Así es que no me asustó el bulto de un jinete plantado en medio camino, con quien casi me estrello.
El hombre debía estar dormido, porque lo hablé y no contestó, y borracho además, porque, llegándome a él cuanto pude, vi que tenía inclinado el cuerpo sobre el cogote de su cabalgadura, que era una mula. El animal se había quitado el freno, aprovechando del sueño de su amo; y le quedaba de rienda la piola del bozal enredada a unas ramas. No podía, pues, disparar, aunque lo intentó cuando me acerqué.
Dime cuenta del peligro que el pobre borracho corría, a discreción de una mula mañera, y de a caballo desenredé la piola, decidiendo llevarme al jinete a lugar seguro. La mula, impaciente al principio, concluyó por acostumbrarse al tiro, se olió con mi caballo y se me puso a la par.
El jinete marcaba con descomunales flexiones de cintura las desigualdades del camino. Clavábase de cabeza, a un lado y al otro, y en las subidas se tiraba atrás, como un muñeco, tocando el anca con el sombrero, pero mantenía las piernas apretadas a los ijares de la mula, de lo cual deduje que sería buen domador.
Sin cuidarme poco ni mucho del individuo, yo iba recitando unos versos adecuados a la hora, cuando se me ocurre pararme, para encender un cigarrillo. Observé que el borracho había perdido el sombrero y continuaba echado hacia atrás.—¡Eh, amigo!—le grité al raspar el fósforo.
¡Y entonces, a la claridad amarillenta del fósforo, vi una cara de muerto! ¡Una cara de muerto, ensangrentada, horrible! ¡Una cabellera revuelta en mechones, una boca entreabierta, unos ojos opacos!
La mula, con el fósforo, se tendió de costado y a todo correr desapareció en lo espeso del monte.
Tan grande fué mi sorpresa que me quedé clavado en el sitio. Pero la ginebra, el amor propio y el revólver me templaron la fibra, y logré rehacerme y reflexionar.
Y me acometió una sospecha terrible.—¿Habría habido aquella noche un nuevo asalto en la Calderilla? ¿Sería, quizás, el difunto, algún peón de mi amigo U...? El jinete del boliche ¿sería acaso un asesino que huía? El silbido ¿habría sido una señal de alarma, para avisar que alguien cruzaba el río?
¡En tal caso, me habían espiado y me aguardaba una muerte inminente! Y me imaginé despanzurrado, como es de uso, entre dos lazos echados de improviso, a un tiempo, desde los opuestos bordes del camino.
¡Sí! ¡Ya no me cupo duda! Desenfundé el revólver, y con el ardor de las supremas aventuras, arranqué al trote. Pronto pasé el río de la Caldera. La casa de la Calderilla se presentó a mi vista. ¡Ya oía claramente los ladridos de los perros! Pero en la casa no se veían luces, y este detalle aumentó mi ansiedad.
De repente, sentí por el camino un tropel de galopes, luego un alarido salvaje, y dos jinetes sofrenaron sus caballos frente a frente de mí, cortándome el paso.
Uno de ellos, con ademán calmoso, se tiró el poncho al hombro, sacó debajo una cosa que relumbraba y la alzó en alto.
¡Me eché al suelo en un amén, y parapetado en mi caballo, le apunté a mampuesta! Iba a amartillar mi revólver, cuando el hombre dijo con seca y aguardentosa voz:
—¡Sírvase compañero!—y me alcanzó una botella.
Exasperado, le respondí con una maldición, y montando de nuevo, llegué a la casa, donde mi amigo U... me esperaba.
Díjome que aquella noche había reinado en la casa la más completa paz.
Sin embargo, dos días después, supimos el bárbaro exterminio de la familia Quipildor, perpetrado en un ranchito de Wierna, la noche del 13. El difunto que yo encontré resultó ser don Onofre Quipildor, el jefe de la familia, que había sido amarrado a la mula por los bandidos, con el fin de sembrar el terror.
Los asesinos nunca fueron tomados. Pero es casi seguro que se trataba de una de tantas fechorías del famoso Juan Jiménez, y sus cómplices Polo y Cejador.
Fué la noche del 25 al 26 de Enero.
A través del espeso nublado, se tamizaba, en tenue resplandor grisáceo y uniforme, la luz de la luna llena. A ratos garuaba.
Excitados por el café, agobiados por la miseria y el aburrimiento, compelidos por el deseo de lo insólito, resolvimos excursionar hasta la cumbre del cerro.
La media noche sería cuando empezamos a trepar, paso a paso, por el empinado y tortuoso camino de la quebrada seca que divide al San Bernardo en dos gigantescas moles.
La mojazón de la tierra untuosa y resbaladiza dificultaba más el ascenso, ya de suyo pesado, y a nuestros zapatos la greda se adhería poniéndoles un reborde embarazoso y grotesco.
Hacia la mitad de la cuesta, desde un punto donde la pendiente se hincha en agrio declive, alzándose sobre las cañadas laterales, tenebrosas y quietas, pudimos admirar en la planicie la fantástica simetría de las luces de la ciudad, brillando en el fondo del valle cual las bujías innumerables que en el cuento oriental mostraba la muerte como prontas a extinguirse, al espíritu atribulado del agonizante.
El poeta Peñalva sudaba a mares, lo que no le impedía incurrir en rebuscadas metáforas dantescas, con aquellos sus desmesurados ojos absortos de hipnosis y aquella hirsuta melena aventada por la locura.
Kolbenheyer, jovial, alucinado, irrealista, jadeaba en la ascensión difícil, al aspirar el húmedo vaho de la tierra: el autor de El falso hijo de la Beltraneja reconstruía mentalmente los monstruos terciarios cuyos fósiles tal vez hollábamos, y que poblarían en remotos siglos el paraje.
Llegamos a una explanada donde el camino forma un recodo para ascender en mansa pendiente hasta la estatua del Redentor.
Bajo el denso nublado que tapaba todos los rumbos del horizonte, contemplábamos a nuestra derecha, allá abajo, a través del fino follaje de los cebiles, el resplandor de la ciudad adormecida. Veíamos a la izquierda la hondonada profunda que, a espaldas del San Bernardo, se extiende, boscosa y desierta, sin una sola luz de rancho, sin un rumor de vida, prolongada en inmensa melancolía crepuscular, hasta el valle de la Caldera.
Allí nos detuvimos a descansar. El silencio nocturno era imponente. El diálogo, animado al principio, había decaído hasta el soliloquio.
El poeta Peñalva permanecía de pie, al parecer abismado en la contemplación del panorama. En cierto momento vi que alzaba los brazos y hacía un extraño ademán de vuelo. Parecía un cuervo, inmóvil en la piedra sobre la cual se había detenido.
Kolbenheyer, de cara a la ciudad, acaso pensaba en la leyenda oriental, al ver apagarse, de cuando en cuando, las luces de la lejanía.
Yo me había tumbado en tierra y procuraba localizar en el cielo, a través de las nubes, la posición de la luna.
Transcurrió un tiempo largo, durante el cual no se habló palabra.
Después, me incorporé un poco; Kolbenheyer se había echado a su vez boca arriba. Peñalva seguía de pie. Su silueta inmóvil me impresionó. Me levanté, me acerqué a él. Lo llamé en voz baja. Como no respondiese, lo toqué en el hombro, pero tampoco se movió. Entonces, mirándole los ojos comprobé que estaba dormido: dormido en sueño hipnótico, las pupilas desmesuradamente abiertas.
Mi sensación fué de angustia. He aquí, me dije, las resultas de esa manía de autosugestionarse, de mi extravagante amigo.
En vano Kolbenheyer acudió en mi ayuda. Inútiles fueron los esfuerzos para despertarle.
—Bueno, está enviciado,—dijo Kolbenheyer.—Y como ni usted ni yo sabemos de hipnotismo, dejémoslo aquí hasta que despierte, pues sólo él podría despertarse. Entre tanto vámonos hasta el Cristo, a contemplar la ciudad desde esa altura. Allí tocaremos la campana; quizá con el ruido se despierte.
Accedí, y nos alejamos por el cerrado camino. Así anduvimos largo trecho, sin hablarnos.
La solemnidad de la noche se complicaba con aquel incidente, un tanto raro, un tanto cómico. Dos cuadras más allá, Kolbenheyer, cogiéndome del brazo, balbuceó:
—¿Estaría muerto?...
Aquella pregunta me impresionó vivamente, la emoción ahogó mi voz, las lágrimas me saltaron a los ojos:
—¡Imposible!—dije, aferrándome a la lógica, pero atraído por la violenta fascinación de lo sobrenatural.
Luego, movidos por el mismo impulso, arrastrados por la misma torturante duda, echamos a correr cuesta abajo, para ver al poeta.
Al llegar al sitio donde le habíamos dejado, Kolbenheyer, que iba delante, gritó:
—¡Eh, bárbaro! ¡No está! ¡No está aquí!
Las piernas se me aflojaron. Interrogué con los ojos extraviados al cebilar negro y mudo, y grité a mi vez:
—¡Peñalva, Peñalva!...
Y el eco devolvió las últimas sílabas desde el cañadón vecino: ¡alba!... ¡alba!
Y Kolbenheyer y yo, atónitos ante la piedra que momentos antes sirviera de peana a nuestro loco amigo, nos interrogamos mutuamente, desconcertados.
Habían transcurrido algunos minutos. El silencio era en aquel instante, aterrador. La hondonada abierta a nuestros pies era una sima impenetrable.
Y de pronto, de ahí cerca, de muy cerca, acaso a tres metros de nosotros, del fondo de la maraña tenebrosa y bravía, se alzó en el aire, violó el silencio, un aleteo lento, un chapoteo lúgubre; y un enorme vampiro, un monstruo absurdo como una creación de delirio, se alejó volando.
Arturo Peñalva había muerto.
En el mismo sitio le hallamos descalabrado, al pie de un cebil.
Aconsejo a las señoras mamás que no les permitan a sus hijos salir de caza los domingos por la mañana.
Cuando el niño toma la escopeta y se mete cincuenta cartuchos en el tirador, tenga por cierto la mamá que algún desastre se prepara.
Si alguna vez, lector, te sucede la desgracia de tener un niño, críalo, te lo aconsejo, entre algodones; y cuando le toque ir a la escuela, tú en persona has de acarrearlo, para evitar las malas compañías. Porque es necesario saber de una vez que todo niño es bueno, y que son las malas compañías las que lo echan a perder. A causa de ello empiezan a volverse respondones y desobedientes.
En mi niñez he sido de angelical naturaleza, hasta que en quinto grado escolar contraje amistad con el gringo Burela y el fiero Garnica, par de cachafaces que me enseñaron a hacer la rabona, y a los cuales, dado mi precoz espíritu de emulación, no tardé mucho en sobrepasar.
Con ese nobilísimo compañerismo de la infancia que se fortifica hasta el sacrificio en cuatro barrabasadas hechos de consuno, amaba yo al gringo Burela y al fiero Garnica más que a mis padres.
Mi alma inquieta y ansiosa de libertad sólo hallaba en la casa donde se desvivían por educarme, los odiosos sermones consuetudinarios, las penitencias de narices a la pared, y los coscorrones, agudos como aleznas, de mi madre. Por eso me gustaba la escuela, pues en ella al menos me era dado embromar a gusto. ¡Qué diferencia con el hogar!
Allí reinaba yo, en las camorras de los recreos, compartiendo el botín de trompos y bolillas, con esos dos amigos, bravos prosélitos, cuya compañía hubo de costarme tantas lágrimas.
Llevábanme ambos tres o cuatro años en edad, y el fiero Garnica la cabeza en estatura. En cuanto al gringo Burela, que en paz descanse, ya lo describí cuando relaté su ominoso asesinato.
El hecho es que un domingo, al alba, me escapé de casa para irme con mis dos amigos a cazar patos a la Lagunilla.
Durante los coloquios de nuestras rabonas, habíamos acariciado, desde meses atrás, esta cacería, que asumía en mi imaginación de lector de Calleja, brillantes perspectivas de aventura.
¡Qué hermoso, irse solo al campo, cuando no se conocen todavía ni los suburbios de la villa natal!
Mis camaradas me habían hablado de una vasta extensión de aguas profundas, donde bogaba un bote a vela, y a la que venían a asentarse inmensas bandadas de patos.
Era el fiero Garnica un jastial largo y desgarbado, tutado de viruelas, con una gran frente, elevada y plana como una pared. Habíase conseguido, no sé cómo, una escopeta antigua, de chispa, de un solo caño, amén de un tarro de pólvora y otro de munición gruesa. A falta de tacos de fieltro, nos servirían unos pedazos de papel secante que habíamos de mascar para cargar el arma.
En el camino, la contemplación de aquel vetusto y herrumbrado instrumento, que el fiero Garnica sostenía en el hombro con porte marcial, nos hizo prorrumpir en acaloradas manifestaciones de júbilo.
Un troncho de dulce seco, un poco de pan y otro de queso, formaban nuestro avío, que el gringo Burela sustentaba en la punta de un palo, colgado de una bolsa; esto sin olvidar la sal y los fósforos para comernos los patos asados a la caucana.
Impelidos por la acucia de la aventura, marchábamos de prisa, con el vago temor de vernos alcanzados por la policía, si en mi casa se hubiesen percatado de mi fuga y recomendado mi captura.
El fiero Garnica marchaba a vanguardia. Burela y yo mirábamos con cierto respeto la escopeta, cuyo complicado mecanismo no comprendíamos. Y en la delictuosa escapatoria del hogar, mi instinto de conservación me hacía considerar el misterioso peligro de tales pirotecnias.
Así, andando, andando, al rayo del sol, pronto estuvimos a la orilla de la laguna.
Entonces tuvo lugar la operación de cargar el arma. Burela y yo mascábamos el papel secante. Garnica echó con un cartucho la pólvora por el caño.
Habíamos alcanzado a divisar unos veinte patos. Garnica, muy nervioso, acabó de cargar de un baquetazo. Nosotros nos echamos al suelo de bruces: él avanzó al sesgo entre unos matorrales, agazapado, en un furtivo rodeo estratégico.
Al fin, anhelantes, ansiosos, le vimos enderezarse, apuntar un buen rato, y ¡pum!
¡Fué una hecatombe! La escopeta se partió en dos. La parte de la culata voló lejos, y un pedazo del caño se le clavó en la frente a Garnica. Este, con el feroz culatazo, se cayó de espaldas.
Corrimos, lo levantamos, lo palpamos. ¡No le salía sangre! ¡Tampoco le dolía nada! Al contrario, se reía, ¡y tenía clavada media vara de caño en la frente!
No había que perder tiempo. Antes que le viniese el dolor lo tumbamos de espaldas, y el gringo Burela se le subió encima y le apretó el pecho. ¡Yo me agarré del caño, le puse la rodilla en la frente, hice un esfuerzo terrible y conseguí arrancarle el hierro!
¡Jamás operación quirúrgica dió mejor resultado!
El paciente se incorporó, se pasó la mano por el agujero de la frente, ensangrentada, extendió el brazo y señaló la laguna. En el agua flotaba un tendal de patos.
Y así acabó la cacería.
Hubo que venir al pueblo por un coche. A mí me aplicaron una reprimenda. Al gringo Burela lo sobaron en su casa.
Y al inmortal fiero Garnica, pocos días después lo daban de alta en el hospital del Señor del Milagro.
Andábamos de cabalgata una tarde por las lomas de La Caldera, en el verano del 98. Hallábame enamorado de una preciosa niña, delicada y pura como una azucena. Hacía yo por entonces mis primeros ensayos poéticos, y no preciso declarar que la encantadora chica era la víctima inocente de tales ensañamientos.
Esa tarde de Enero mi amor había levantado presión, y marchábamos paso a paso, a retaguardia de la cabalgata; a la par nuestros corceles, y nuestros corazones al unísono.
Ya no recuerdo qué de cosas le dije, lo cual es una suerte para el lector, que se encontrará harto de leer declaraciones amorosas en prosa y verso.
Viajábamos de Caldera a Calderilla, y, como hubimos de salir muy temprano, contábamos con regresar antes del anochecer. La tarde estaba hermosa. El sol al ponerse teñía los cielos de anaranjados matices y desde la altura podíamos espaciar la vista hacia los remotos horizontes montañeses.
Mientras mi lengua de enamorado infatigable se desataba en melífluas expresiones del más charro gusto, bajaba mi compañera púdicamente los ojos, sin atreverse a mirarme: actitud que después he sabido que en la mujer, a veces, significa; "es usted un tonto".
No digo que la chicuela me tuviese por tal, ni mucho menos, pues su experiencia de los hombres era escasa, pero sí pienso que los requiebros la atormentaban. No hay duda que el panorama le resultaba más interesante que yo.
He dicho que la niña era delicada y pura como una azucena y añadiré que además poseía la exquisita sensibilidad de una mimosa.
Una de sus amigas iba montada en un caballo que acababa de perder por completo la cola en un accidente de carruaje, y la vista de la repugnante y fresca mutilación la aterró hasta el punto de que casi se descompuso de sólo mirarla.
El encuentro de un sapo la producía carne de gallina, y si algún áspero escarabajo venía volando a golpear torpemente su blanquísimo y pulido cuello, gritaba y zapateaba, la melindrosa, a fin de que la librasen del atrevido monstruo.
Yo montaba un caballejo que me prestara un tío mío al comenzar las vacaciones, y aunque el animal era manso y tranquilo como un cordero, esa tarde lo venía sintiendo alborotado y quisquilloso como un potro.
Me había errado algunos cabezazos a la nariz, y con el objeto de reprimir sus intempestivos bríos, y como que yo lucía mi ecuestre pericia, lo espoleaba de trecho en trecho y lo sujetaba, después, de un tirón, con lo que el animal se quedaba un rato quieto. Pero hasta que llegamos al patio de la Calderilla, donde le pegué la postrera soba y una sofrenada magna, el mancarrón no acabó de sosegarse.
Entonces nos tocó apearnos y ayudar a las niñas. Cada cual bajaba su pareja. Cambiábanse saludos de cumplido con los dueños de casa, los que en seguida nos invitaron a descansar en el corredor y a tomar algún sorbete.
Cumplida la galante tarea, me acerqué tirando los dos caballos, el de la chica y el mío,—para atarlos a un poste del guarda-patio, cuando noté que a mi caballejo le chorreaba un hilo de sangre por los labios.
Miro al suelo, busco y, ¡oh cosa tremenda! Mi caballo había perdido la lengua. Este adminículo yacía por tierra, envuelto en polvo. Le habían colocado el freno del revez, al infeliz. El freno le había cortado la lengua.
Mi pobre caballo, mudo, naturalmente, no pronunciaba ni una queja. Mas de sus grandes y lánguidos ojos manaban espesas lágrimas.
¡Oh cruel insensatez, oh ceguera del amor! ¡Y el ridículo que me esperaba si mi caballo se caía muerto! Yo lo observaba, pero él no demostraba dolor. Me quedé estupefacto, con la lengua en la mano, a la espera de un desenlace fatal; y tuve que metérmela de prisa en el bolsillo, pues en aquel momento llegó mi chica, y bajaron al patio los de la cabalgata y dieron la voz de regreso.
Nunca he podido creer en aparecidos ni en cosas del otro mundo, gracias a mi costumbre de buscar con afán, aun en los hechos irresolubles a primera vista, la natural explicación que, en rigor, todo misterio debe encerrar.
Sin embargo, en el fondo de lo inconsciente, el hombre menos supersticioso conserva en forma larvada, como patrimonio psíquico de sus antepasados, un terror instintivo por lo inexcrutable, muy difícil de vencer con la razón, cuando el caso concreto se presenta.
Y bien. Yo he sido víctima de ese terror en la ocasión que paso a referir. Pero, ante todo, haré constar que únicamente lo extraordinario del suceso pudo poner en tan ruda prueba la firmeza de mis convicciones.
El verano del año pasado volví una noche muy tarde a casa.
Me hallaba preocupado con la enfermedad de mi amigo el señor H. que tenía el apodo de Chivo Pedro. Ciertamente, aquel señor de cara morena y larga, cabellos y barbas grises, recortadas en rectángulo, con dos lobanillos en la torva frente y unas manos nudosas como palos de parra, se parecía de un modo alarmante a un chivato. Acentuaban además estos rasgos, ciertas gesticulaciones, y unos resoplidos nasales, cortos y bruscos, a modo de estornudos breves. De donde el inevitable apodo.
Aquella noche venía yo de su casa. Los médicos habían perdido la esperanza de salvarle.
Cuando cerré tras de mí la puerta de calle, con estrépito, el golpe rodó a lo lejos por el caserón vacío. Yo era su solo habitante, pues mi familia estaba en el campo.
Al pasar la puerta cancel me volví, con la impresión de que había alguien en el zaguán. Y no del todo tranquilizado, atravesé el patio silbando, y entré en mi cuarto.
Encendí la vela que estaba sobre el escritorio, me miré al espejo, me quité el sombrero, y observé cómo el espejo ahondaba la obscuridad del patio. Había en este detalle una inquietante obstinación de tinieblas y de silencio.
Me senté a escribir, de espaldas a la puerta, abierta de par en par.
No tenía sueño, y me había propuesto acabar un soneto maldito en que me engolfara la noche anterior. Pero no daba en la tecla. Las musas me abandonaban visiblemente, a mi despecho; y los ojos de la hermosa ingrata que me inspirara, bailábanme en el magín una danza macabra, junto a los ojos saltados del agonizante.
Con la estéril cabeza entre las manos, imaginé que estaba sosteniendo un zapallo.
De pronto, un inusitado aleteo me crispó los nervios. Era un murciélago que revoloteó encandilado en torno del techo, y, rociándome de paso, desapareció con un débil chillido.
La preocupación que hasta ese momento había logrado alejar de mi espíritu, empezó a dominarme de nuevo. Hubiera querido cerrar la puerta. Pero no me atreví a volverme en el sillón giratorio en que estaba sentado. Me asustaba la idea de que el sillón, falto de aceite, se pusiese a chillar.
Sentí entonces que el silencio me agobiaba, me abrumaba, me imponía su mutismo; ese mutismo extraño que nos revela a veces, en las cosas y en los objetos que nos son familiares, un aspecto insospechado y nuevo.
Con el oído absorto, auscultaba los rumores indefinidos de la noche.
Ya no pensaba en nada. Solamente oía.
Una mosca, zumbando torpemente, me pegó en la cara. Y yo escuchaba. El grito estridente de una lechuza errante sobre la casa, me puso el corazón en desórden.
Un papel arrastrado por sigiloso viento cruzó el patio, se estrelló contra una pared y se dobló con ruido desigual.
¡Algo iba a ocurrir! ¡Algo sobrenatural!
Y me suspendí casi en el aire, horripilado, cuando, en ese preciso instante, un presuroso tac, tac, tac, de tacos breves resonó en el patio y avanzó en dirección a mi cuarto.
¡Alguien había transpuesto mi puerta, y se había plantado en media habitación!
Inmediatamente, comprendí yo esto; ¡aquellos pasos no eran, no podían ser de gente!
Luego, con infinita angustia, di vuelta lentamente la cabeza, y miré: ¡un chivo negro, barbudo, diabólico, estaba allí! Inmóvil, me observaba, rumiando con espantosa impavidez.
Sonó entonces un aldabonazo en la puerta de calle. La bestia, asustada, dió cara vuelta, y, con un corcovo prodigioso, desapareció en la sombra.
Otros aldabonazos tremendos me arrancaron del estupor en que me había sumido. Y cuando abrí la puerta, me encontré con el muchacho de la panadería vecina, que venía a reclamarme el chivo de su propiedad, escapado mientras horneaban, por una tapia baja que separa la huerta de casa de la panadería.
Por la mañana, supe la muerte de Chivo Pedro, acaecida esa noche.
El invierno pasado trepaba yo casi todas las mañanas por el camino del cerro, que conduce al Redentor.
Era un excelente deporte que me endurecía las piernas, y que me brindó la ocasión de revolucionar mis nervios cierta vez.
He aquí el caso:
Una mañana iba por el camino, muy despacio, deteniéndome de trecho en trecho a respirar y a mirar el horizonte que la niebla permitía descubrir, y estaba ya en mitad del cerro, frente a la cueva del viejo Castro, cuando vi en un banco, a la izquierda, sentado un hombre.
No me extrañara el encuentro si el individuo no me habla.
—¡Hola, Dávalos!—me dijo.—¿Qué andás haciendo?
Le observé, asombrado, de hito en hito, y ¡oh, prodigio! era el gringo Burela. Pude reconocerlo a través de una capa de roña que lo enmascaraba, en complicidad con unas barbas rubias en despatarro, y una cabellera exuberante y dura como copa de churqui, que irrumpía por un agujero apical del incoloro chamberguito.
Bajo el cachete derecho, hinchado como un túmulo, rotaba lentamente un monstruoso "acullico" de coca.
Dos ojillos verdes, de párpados enrojecidos por el insomnio y el vicio, se asomaban en el fondo de aquella cara patibularia.
Era mi amigo de la infancia, mi antiguo condiscípulo, mi camarada inseparable y vecino de barrio.
Con él hice las primeras rabonas de la escuela normal. Conocía él un escondrijo al pie del cerro, adonde jamás pudo llegar el ojo alerta de Caranchito, el regente, que desde la azotea espulgaba con un telescopio las arrugas del terreno en busca de alumnos vagos.
Con él, con ese gringo Burela, que estaba ahí, habíamos apedreado a los transeuntes escondiéndonos tras el parapeto en los tejados; con él le habíamos prendido fuego a un pobre gato empapado en aguardiente; con él azotábamos a los perros, atábamos a las viejas, manto con manto, en las procesiones; nos farsábamos de los opas que trotaban por la calle, y robábamos naranjas de los boliches; y con él un día concluyeron por fin mis relaciones, previa disputa por un trompo y un ladrillazo feroz que casi me rompe la cabeza.
—Yo voy allá arriba—le contesté.—Y tú, ¿qué te hacés ahora? ¿Qué te hacés aquí? ¿Por qué tienes esa facha?
Sin cesar de masticar su acullico, me respondió en tono cínico:
—Soy socio de Vago Hermanos y Cía...
Luego me contó que él nunca había sentido ganas de trabajar, y que, sin saber cómo ni cómo no, se había vuelto borrachón y perdulario.
—No tengo casa en el pueblo—añadió.—Van dos meses que vivo aquí en el cerro. Duermo en la cueva del viejo, allí enfrente.
Hubo una pausa. Y sacando a brazadas una piola del bolsillo del pantalón:
—Estoy dispuesto a no sufrir más—me dijo, hablando con calma.—Ayer traje esta piola para ahorcarme...
Se puso de pie, vivamente excitado. Me miró de soslayo, y se sorbió un sollozo harto húmedo.
Era el mismo: petizo, brazos largos, piernas chuecas, manos sucias, uñas negras y crecidas.
—¡Cáspita!—exclamé.—¿Y porqué no te ahorcaste ayer?
—No quiero morir de noche,—contestó con melancolía.
Lanzó un suspiro, y declaró que le faltaba ánimo, aunque le sobraban deseos de acabar con sus días. Entonces, un pensamiento diabólico me rozó el cerebro, como una ala negra.
—Hombre—le dije.—Puesto que tu voluntad es morir, yo, amigo, te ayudaré, prestándote la energía ejecutiva que te falta. En efecto, no puedes hacer cosa mejor que ahorcarte. ¡Venga esa piola!
Examiné los alrededores. Me convencí de que estábamos solos.
—Ahora a buscar un árbol.
—¡Allí!—respondió la víctima, con los ojos extraviados, señalándome uno. Su acento firme ponía en evidencia su resolución mortal.
Bajamos a la quebradita, subimos por la opuesta ladera, y llegamos al pie de un cebil que se inclinaba sobre rápida pendiente.
El gringo Burela, ansiosamente, divisó por última vez el cielo azul, el cerro, el valle de Lerma; se persignó despacio y tiró el chamberguito barranca abajo.
Con semblante afligido me estiró la puerca mano, en señal de despedida y prenda de gratitud.
Le hice un nudo corredizo en el pescuezo, pasé la piola por una horqueta, me colgué de la otra punta, y el gringo Burela, como por roldana, saltó al aire.
Lanzó un silbido ronco, sacó una cuarta de lengua, se le amorató la cara, se le desorbitaron los ojos, y, tras breve pataleo, pasó de ésta a la eterna vida.
Sereno, até yo la piola al tronco y me alejé del macabro espectáculo.
El ahorcado se balanceaba dulcemente suspendido en el vacío.
Yo había cumplido un deber de amistad.