Como se ha cumplido para la historia del arte el "esto matará aquello", de Víctor Hugo, se ha cumplido en Salta esta otra fórmula: el progreso ha matado al opa.
Y no hablamos aquí de los opas que seguirán existiendo pese a todos los progresos, sino "del opa" como género social, del opa como factor social.
Todo ha conspirado, desde unos años a esta parte, contra los opas.
El advenimiento de las cloacas los ha emancipado de ciertos oficios de acarreo, que les era propio.
Después, un jefe de policía los ha expatriado en vagones y ha sembrado las vías, Salta afuera, con nuestros opas. Así fueron a parar, en este movimiento centrífugo de reacción colectiva: "Leche de Burra" a La Quiaca, el "Coto Zapallo" a la tumba, "Ripitipi" a Buenos Aires...
Y en nuestros días, apenas si al paso del opa Panchito, con su cara de macho alfalfero, su andar vacilante y sus inmensas alpargatas, nos asalta un recuerdo borroso de los opas de otros tiempos, de aquellos que apedreamos siendo niños. El opa de hoy es como el espectro del opa de entonces...
El opa de hoy, ha tomado carta de ciudadanía y hasta se le ha visto votar en las elecciones. Y luego, se le respeta, o quizá se le compadece; y se ha vuelto mendigo, como "Achoscha" y como Enredadera, o masitero como Panchito.
Pero antes, antes los opas eran algo muy nuestro, muy popular, muy típico, y a ellos les debemos buenos modismos, que han quedado estratificados en la memoria social. Así decimos de un tonto cualquiera; es un "Chupa-charqui". Y del que se contenta con falsas promesas: está Fulano como el opa del cura Arias, aquel opa famoso, excelente servidor, pero lunático, cuyo sabio amo, conociéndole su pasión por la ropa nueva, lo mandaba a lo del sastre a que le tomasen la medida, en cuanto lo notaba de mal talante.
El opa de las procesiones ha desaparecido. No había procesión sin su opa a la cabeza, provisto de un rebenque de carrero, espanto de muchachos y perros. Y es que no había iglesia sin opa, fiel criado del cura y auxiliar devoto de la sacristía. Quasimodo es así un tipo universal de campanero. Sólo un opa podía repicar con toda el alma, bajo la campana, sin temor de romperse las orejas.
No hay quien no haya asistido en Salta a la escena estruendosa de una misa o un sermón edificante, interrumpido por una trocatinta de azotes a los perros que asistían a la iglesia. Los aullidos repercutían por las bóvedas sagradas con sonoridad apocalíptica. Era el decoro de las cosas santas defendido a rebencazos. En cuanto un perro ultrapasaba la linde de la compostura, se le venía el opa al humo, rebenque en mano; y hubo el caso de una vieja que resultó zurrada por demasías de su pila. Y era cosa corriente en aquellos tiempos que la beata llevase su pila escondido bajo el manto.
Pero el jubileo, la apoteosis de los opas salteños tenía lugar el día del lavapiés.
En el patio de la Catedral, esa mañana, junto al pozo, el sacristán les arreglaba las barbas, cuando la tenían, les daba un traje nuevo, de piel azul, y el opa, dignificado y elevado a la categoría de apóstol, ocupaba su trono de honor al pie del altar.
En una de aquellas ceremonias, en que el opa Viborón hacía de apóstol, es fama que los muchachos le trazaban víboras en el aire, con el dedo, y el infeliz, olvidando su sagrado papel, se descolgó del entarimado, presa de inaudita cólera.
Al mirarlos pasar desarrapados, blandiendo el largo flajelo de verdugos sobre los lomos enjutos del mancarrón placero, se diría que son asesinos que se escapan y no aurigas que pasan.
Estos son los más zaparrastrosos cocheros del mundo. No pretendemos, no, que vistan de gala, ¡así quedarían!, pero que, al menos, adopten en su pescante traza de cristianos. Ora es un gigante doblado en tres, con las canillas fuera del pescante, los botines rotos, el sombrero increíble, las barbas desparramadas; el judas de La Merced, el opa Viborón de cochero. O es un mico, un mequetrefe, metido hasta la nuca bajo la capota, llevándose por delante las vacas lecheras y la chinita que corre al mensaje. Pero todos, o casi todos precisan una lavada de cara.
¿Por qué no se les exige un mínimum de compostura personal? Si el traje hace a la persona, tal vez así se los haría gente.
Aquí es útil ser medio psicólogo, hasta para tomar coche. Primero hay que semblantearlo al cochero y no meterse con los que tengan cara colorada, porque esos andan mal de la mollera y habrá que pelear a la hora del arreglo.
Sobre todo, cuando se os ocurra viajar a San Lorenzo, fijaos si vuestro cochero no está con los ojos irritados y la nariz roma, pues al fin de la fiesta, cuando volveis por los precipicios de las lomas, él estará más borracho que Baco y os sepultará en alguna zanja, con vuestros deudos queridos. Y lanzará a los vientos, levantando las piernas a la luna, en cada barquinazo, un juramento que hará ruborizar a las señoras. Habeis puesto la vida a merced de un energúmeno, y sólo Dios y la buena suerte podrán salvaros. Que no es cosa simple contratar un cochero.
Y si al salir de un baile o del teatro llueve, y hay que tomar coche, ya no será dado elegir, porque los coches del servicio nocturno están que dá grima. Subís y empieza el calvario. Si no se zafa una rueda, media cuadra más allá la jaca que os arrastra cae extenuada. Y entonces, en el silencio de la calle, sin testigos, sin misericordia, comenzará el martirio zoológico de la pobre bestia, que a cada puntapié que recibe, de su guía, en el cráneo, gime con gemido profundo, mil veces más triste que el sollozo humano. Y la gloria del baile o del festival se disipa de vuestra mente, y el cuadro de la miseria de todo lo que vive se os impone al punto.
Y cochero y verdugo son una sola y misma cosa. Verdugo vuestro, porque pagais la hora con exceso, del sudor de la frente, y verdugo de los flacos, de los inocentes, de los desgraciados caballos que caen en sus manos.
Nota.—Este artículo produjo en el gremio un efecto extraordinario. Hubieron conciliábulos y discutieron si me darían o no una paliza. Yo esperaba ansioso los resultados. Al fin publicaron una protesta que decía así, poco más o menos: "Habiéndonos reunido los conductores de carruajes a deliberar sobre el temperamento a seguir contra el insolente articulista que así nos detracta en el diario "La Provincia", hemos acordado no adoptar medidas violentas por tratarse de un loco irresponsable, cuya familia, sin embargo, nos merece consideración y respeto".
No me olvido de aquel baile que congregó tanta "gente bien" en casa del comisario.
En un rincón de la sala, zahumada por el grueso tufo de kerosene de las lámparas, un músico, traído ex-profeso de Salta, galopaba sin piedad un viejo valse, sobre el no menos viejo y desvencijado piano.
En los ángulos restantes de la sala había frágiles mesitas de felpa calva, atestadas de ramos de flores de papel, cuajadas de pintitas negras, obra evidente de las moscas.
Contra las paredes, hileras de sillas de variadas formas y tamaños, donde descansaba la numerosa concurrencia; y en el suelo, mal disimulando las asperezas del bárbaro enladrillado, retazos de alfombras descoloridas.
En el techo de cañizos, sustentados por ciclópeas tijeras, techo hondo y lóbrego, tejían en silencio las domésticas arañas. Y en las alturas adonde no llegaba la luz de abajo, algunos murciélagos absortos comentaban con chillidos a la sordina la inusitada animación de la fiesta.
La concurrencia daba vueltas flemáticamente a la sala, al compás meloso y cursi de esa musiquilla de aldea, triste y desorejada. La dueña de casa, orondamente sentada en su sofá, contemplaba con aire satisfecho el desfile de las parejas.
Era una vieja robusta y ancha como una olla de chicharrón, que sudaba a mares y se hacía viento con uno de esos monstruosos abanicos de satín negro, que más parecen alas de Satanás que abanicos. A la vieja nadie le dirigía la palabra; pocos la conocían. Pues como se trataba de un baile de suscripción y ella había cedido su casa por pura condescendencia, nadie tenía nada que ver con ella.
Bien pronto me expliqué aquella cortesía, cuando ví que una chinita escamoteaba furtivamente las botellas de cerveza compradas por la comisión organizadora.
Algunas señoritas que confundían la sencillez con la vulgaridad, lucían trajes ajados y sucios, que hubiese rechazado una sirvienta. Y tal era el entusiasmo del día, que no habían tenido tiempo de arreglarse los cabellos ni quitarse el barro de las cabalgatas.
El "¡cállese, no sea atrevido!", el "¡vean esto, por Dios!" el "pucha", el "velay", las mil ordinarieces que florecen en las vendimias, se mezclaban, ensordeciendo el aire, en una sola cháchara vulgar y aturdida.
Una chinita zaparrastrosa y mugrienta se paseaba por entre las parejas, brindando cerveza en copas tres veces sucias; y un muchacho "quiscudo" como un cepillo, luchando por no dormirse, ofrecía en una frutera caramelos chupados de antemano, a medias, quizá, por los bebés de la casa, y "tortitas de leche" partidas aritméticamente a cuchillo.
En un extremo del corredor, alumbrado por una lámpara sombreruda, en derredor de una mesa, conversaban parejas de enamorados que nunca acababan de barajar sandeces. En el otro extremo, escondidos en la penumbra, los bebedores del pueblucho hacían su agosto en complicidad con los sirvientes, mientras parecían acalorados en una disquisición acerca de las virtudes del cura.
Por todos lados iban y venían los mosqueteros abribocas, o se acumulaban junto a las puertas, estorbando el paso.
En el patio, un opa de ojos clarísimos y cara pálida y gorda, que había bebido en demasía, mascaba asnalmente un bollo, y servía de diversión a unos muchachos...
La creencia en el duende era, quizá, la más arraigada en la ciudad, hasta hace treinta años. Demonio familiar y burlesco, más molesto que terrible, la plebe, y en particular los sirvientes y criados de las viejas casas, teníanle por espantajo familiar.
Para explicarse aquella superchería, fomentada sin duda por la ignorancia, se hace preciso recordar la arquitectura de los caserones coloniales.
Casi no había casa patricia que no fuese un verdadero laberinto de cuartos, pasadizos, altillos y corredores, intrincados y oscuros. Ocupaban los fondos, el corral, el gallinero, la huerta, las pesebreras y los cuartos destinados a la gente que traía de las estancias abastos y provisiones para varios meses.
En muchas casas, se carneaban reses en el corral.
El duende merodeaba en las cocinas y despensas; escondíase en los tunales y silbaba a los que iban al corral; dormía entre las petacas de cuero crudo, en zarzos y altillos; y aun a las veces poníase a frangollar en el mortero, a media noche.
Un anciano señor, ya chocho, y además célebre por sus mentiras, solía contar a sus relaciones—en alguna tertulia íntima de barrio, cabe la estufa monumental del comedor,—los trajines y fechorías del duende.
—Una vez—decía el anciano,—determiné mudarme de casa con mi familia; pues el duende no nos dejaba en paz. Apedreaba a hurtadillas a quien quiera que entrase en la huerta, volcaba las ollas en ausencia de la cocinera, hacía pudrir el charqui y engusanaba los quesos del zarzo... Habíamos trasladado a la nueva casa muchos muebles, cuando entré una tarde en la despensa para ver lo que todavía quedaba por acarrear. En esto se me presenta el duende, cargando el mortero, y me dice, con tamaño descaro:
—¿Y a dónde nos mudamos?...
Era un hombrecillo enano y cabezudo. Provenía de algún ignorado infanticidio; o era el alma de un niño muerto a los siete años, sin bautizar.
Usaba enorme sombrero y tenía una mano de fierro y la otra de lana. Aparecíase a los malos y desobedientes, a los pendencieros y mentirosos, y les preguntaba entonces, con potente y ahuecada voz:
—¿Con qué mano quieres que te pegue?... ¿Con la de hierro?... ¿Con la de lana?...
Y al vivo que elegía la de lana, le asentaba terrible mojicón con la contraria.
El duende era compadre y amigo del gato. Nadie sabe si el par de ojazos fosforescentes que vió en la noche serían los del duende o los del gato. Que también sucedía que el duende, convertido en gato, se echaba a dormir en el rescoldo del fogón.
Apadrinaba él, solícito, las gangolinas y grescas de los tejados, que, en noches de luna, ponían en la mente de los desvelados, terrores de la otra vida.
Caminaba con pesados y resonantes pasos a deshora, en los corredores, como si un grueso pisón golpeara los ladrillos.
Había, sin embargo, un medio para librarse de él. Sabido era que su finísimo olfato no toleraba los ingratos olores. Y quien quisiera andar seguro de noche, había de llevar preparada en los bolsillos cierta porquería...
Por todo el valle de Lerma se creía en la viuda; pero es cerca de la ciudad donde he recogido la leyenda de boca de unos indígenas.
Las supersticiones tienen, como característica, esa indeterminación de las versiones anónimas. Y asumen, según el sujeto que las refiere, contornos más definidos y reales, o se diluyen y esfuman hasta no ser más que una idea fantástica o una emoción de misterio.
Ignoro si sea ésta una leyenda salteña de origen y si el decir vulgar: "salirle a alguno la viuda" se usa en otras provincias, como aquí, para denotar el contraste imprevisto con que topamos en una empresa inadecuada a nuestras fuerzas.
Pero abandonemos los circunloquios y oigamos al indio viejo que me la contó:
"Una noche tormentosa y muy oscura, cuando yo era muchacho, el patrón me mandó a La Isla, con un recado urgente para don Nicanor Vallejos.
La Isla es una finca, a legua y media de Salta, entre el río Arias y el Arenales.
Yo conocía bien el camino, que no era de coche, como ahora, sino una senda angosta que atravesaba pequeños bosques de tuscas y algarrobos, harto tupidos a trechos.
El terreno es bajo y pantanoso y en algunas partes había que ser baqueano para no hundirse en los fangales.
Aunque nunca he sido flojo para las cosas de este mundo, no me sentía entonado para las del otro aquella noche, lo confieso. Así que en mitad del viaje, y en un punto en que más cerrado estaba el monte, al caer la senda a un bajío, puse el caballo al tranco y empuñé el cuchillo, que lo llevaba en el guardamonte, colgado de la vaina.
Al acercarme a unos sauces llorones que están ahí todavía, de un costado del camino, donde principia la bajada, se me atravesó como sombra un perrazo negro...
El caballo se avispó, bufó; y se pegó una tendida que casi me larga de hocico.
Por serenarme, mordí la hoja del cuchillo, la hice "tincar"[2] en los dientes y me afirmé en el apero, tiritando... En esto, ya sentí que un bulto me saltaba a las ancas y me echaba los brazos al cuello.
El caballo, entonces, mandó un par de patadas, se estremeció enterito, y se agachó a la furia, como alma que se la lleva el diablo.
Así salvé el pantano. Y apenas gané la opuesta banda, un alarido fiero y triste como llanto de mujer rajó la noche y se apagó en el monte...
Y fuí a sujetar en casa de don Vallejos.
Tuvieron que bajarme del caballo. Me manaba, del sofocón, sangre de las narices.
Esa había sido la viuda, pues, señor... Diz que así se presenta. Que a ocasiones en forma de perro negro o de pájaro; a ocasiones es un burrito que está como pastando, al disimulo... ¡Y no bien lo ventajó el jinete, ya también se le trepó en las ancas y le echó los brazos!"
Es una leyenda del bajo pueblo que va perdiendo su cariz fantástico.
Evocad el Salta de sesenta años atrás, con su pobre y pesada arquitectura colonial; con sus tejados de alero volado a la calle; con sus enormes portales cuadrados y recios; con sus altas veredas, entre cuyas lajas desiguales brotaba el pasto del campo; con sus hondas y tortuosas calles de piedra bola.
De noche, ardía en las esquinas del centro un candil de sebo. El sereno, encargado de varias manzanas, pasaba lentamente, cantando la hora y el aspecto del tiempo.
En las casas donde había quedado alguna luz, revoloteaban encandilados, sobre los anchos patios, murciélagos errantes y siniestras lechuzas.
La vida estaba llena de incertidumbres y peligros. Las guerras civiles llevábanse mucha gente a otras provincias. Los largos y penosos viajes a Chile y al Perú, que los jóvenes de la mejor sociedad emprendían, arreando valiosas recuas de mulas y caballos, dejaban en invierno los hogares huérfanos de esparcimientos familiares.
A la terquedad del carácter español, a la intensa religiosidad de la época, a la constante zozobra de la ausencia y la espera, que hacían monótona y solemne la existencia, sumábase en los largos conticinios el horror de las iglesias, cuyos atrios y recintos servían de enterratorio a los decentes.
Sólo en aquel ambiente melancólico pudieron formarse leyendas como la de la mula ánima.
A media noche se le aparecía de repente, en el panteón de una iglesia, al mulato que volvía ebrio de alguna timbirimba o al medroso y fanático palurdo que ignoraba los peligros del sitio.
Era una mula enfrenada, que arrojaba chispas por boca y narices, y que bufaba, encabritada, sobre el suelo fofo de las sepulturas.
Era un ánima en pena. Y para librarla del purgatorio había que consumar una hazaña fabulosa: había que sacarle el freno a la mula.
Aquel endriago provenía de un pecado sacrílego, pues se lo suponía engendro del cura con su barragana.
Las beatas supersticiosas examinaban con aires de misterio, al salir de misa, al alba, los ladrillos del atrio, donde, a las veces, la mula ánima estampaba su casco de fuego.
En el veredón de la antigua Catedral, que ya no existe, veíase, hace años, una laja que tenía marcada una herradura: era el rastro de una mula ánima.
Camino de "La Soledad", pasando el "puente blanco", en la esquina de un rastrojo y al pie del cerro, está el sepulcro de la Juana Figueroa.
Es el santuario de una superchería popular, con todo el prestigio de una leyenda trágica.
Al borde de una zanja vése un humilde túmulo de adobes, que remata en una ruinosa cruz de palo.
Por sobre la verdura de los cercos míranse las torres y cúpulas de la ciudad, más allá las lomas de San Lorenzo, y en el fondo la azul lejanía de las montañas, que parecen encerrar en un perenne círculo de encanto la inmensidad del valle.
El sepulcro de la Juana Figueroa es el santuario de una devoción torcida y pecaminosa para la ortodoxia del cura; para la bastarda emotividad de la plebe, es un lugar bendito, santificado por el martirio.
Los pobres del suburbio, las muchachuelas palúdicas de los "cuartos" excéntricos, las cocineras de casas pobres, las alcahuetas supersticiosas, acuden todos los lunes a depositar como voto ante la milagrosa heroína, una vela de sebo, un medio boliviano, un corazoncito de plata.
De día y de noche, arde continuamente en el sitio un centenar de velas. Para que el viento no las apague, la devoción, prolija, resguarda las fervorosas llamas, bajo un abigarrado techo de latas de tarro.
Es una peregrinación anónima, pero obstinada y constante. Nunca se encuentra en el lugar bendito esas aglomeraciones un poco profanantes de la multitud. Cada cual a su hora, en un momento de angustia, de miseria, porta su ofrenda. Y sólo la muchedumbre de las velas patentiza la zozobra de las almas.
A veces, al atardecer, vése llegar por el "carril" de "La Soledad" alguna mujer del pueblo, demacrada y enferma, con una criatura en brazos. Camina por la tierra polvorienta arrastrando la pollera, que al andar se pliega sobre los talones con blandura de harapo.
Cuando está segura de que no la observan, se acerca al humilde túmulo, se arrodilla y ora en silencio.
Después ofrece una vela encendida y se aleja a pasos largos.
En aquellos parajes vivía, hace treinta años, un pacífico mulato carpintero, casado con una joven mulatilla, bonita y alegre. Tenían un hijo.
El hombre se marchaba temprano al pueblo, donde tenía el taller. La mujer y el pequeño lo esperaban hasta la hora de la comida.
El hombre trabajaba mucho, pero ganaba poco; apenas para vivir.
La esposa soportó bien durante el primer tiempo de casada la escasez de medios, halagada por el cariño al hijo y el amor del hombre.
Alentaban la esperanza de poder un día salir de aquel lugar sombrío, enfermizo, vecino de la "zanja del Estado" y del panteón, aislado entre un monte de algarrobos, melancólico en sus largos días y sus desolados atardeceres. Pensaban irse a vivir al pueblo. Y así, pensando, se pasaron los meses.
La mujer fué cambiando, poco a poco. En ausencia del marido frecuentaba el trato de algunas comadres y vecinas que tomaban mate a costa de la ingenua mujer del carpintero.
Varias veces, al volver del pueblo, el hombre no había encontrado a su mujer. Pero entonces habíala esperado, habíala recriminado con dulzura, para entregarse a los íntimos deleites del pobres hogar y al encanto del pequeño.
La mujer, confiada en el ascendiente que ejercía sobre su marido, nunca hizo mucho caso de sus reclamos. Y pronto las amigas la atrajeron a las borracheras del arrabal, donde la estúpida galantería del "tomo y obligo" afloja las vacilantes austeridades y da al traste con la compostura y decencia del artesano.
El carpintero jamás quiso acompañar a su mujer a tales diversiones, y la dejó ir sola, cediendo a las instancias de las amigas y a las seguridades de una fidelidad probada asaz duramente.
Y cuando el hombre vió al fin mermado aquel cariño, y cuando supo en el pueblo—él, el último,—la traición de la hembra ingrata y tornadiza, se dejó llevar a la deriva de la suerte, con la indolencia fatalista de los débiles y quiso, todavía más ciego, el caro amor que se le escapaba, aferrado a la ilusión de reconquistarlo de nuevo, todo para sí. Y fué manso, tolerante, imbécil; bueno como las tablas de fragante cedro que pulía en el taller. No dijo nada...
Pero al volver del trabajo, una tarde, una vecina le contó que su mujer había pasado el día, en su propio hogar, con otro hombre. El carpintero llegó a su casa taciturno, pero tranquilo y amable como de costumbre. La mulatilla lo recibió en sus brazos.
El hombre le propuso dar un paseo. La mujer lo siguió, y marcharon juntos, también el chiquillo, de la mano de su madre.
Fueron hasta el "puente blanco", por el camino de "La Soledad".
Se sentaron en el poyo del puente.
El hombre no hablaba. No podía tampoco, aunque quisiera. Sólo acariciaba los crespos cabellos de la mulatilla, bonita y alegre.
Empezaba a oscurecer. Era un crepúsculo de otoño, lloviznoso y gris. Levantábase al espacio el chillido inmenso, crepitante de los grillos. A largos intervalos iguales cantaba un crespín en la arboleda. Venía lenta, en el viento, la voz baja y solemne del campanón de San Francisco. Algún "ataja-camino" revoloteaba agorero en la penumbra; y bajo el arco de piedra del puente, ya ruinoso, abríase, entre las malezas, el reposo de las aguas paradas, sin vida, sin reflejos, hondura lóbrega, insalubre, hedionda...
Ante el mutismo prolongado del hombre, la muchacha estuvo un instante sorprendida; luego alarmada e inquieta.
Ella lo habló, lo interrogó, trató de explicar algo.... él, acercándose mucho, la miró en los ojos hasta el alma.
Al verle así, la mujer, por la primera vez, le temió. El la estrujó, brusco, colérico. Ella gritó. Quiso fugarse, abandonando al hijo.
Pero el hombre la alcanzó, la pilló, le ajustó las manos crispadas sobre el cuello, y la ahogó sin misericordia.
El hombre, al huir con el hijo en los brazos, oyó tras sí lamentos y gemidos. Entonces, ensañado, volvió a la carga, y empuñando un fierro hallado por ahí, le machacó la cara, le reventó el cráneo, y la tiró después sobre las aguas muertas de la zanja.
Así fué el asesinato de la Juana Figueroa.
¿Por qué venera el bajo pueblo su memoria? Porque fué—dice,—una santa mártir. Y es que el delito de adulterio no existe en la promiscuidad monstruosa de la chusma.
Hay en la vida del anciano ilustre, cuyo fallecimiento ha conmovido a la sociedad de Salta, una singular contradicción entre las íntimas tendencias espirituales que lo solicitaron, y la elevada misión pública que desempeñó.
El sacerdocio es, o al menos debe ser, una función militante.
Exige el ejercicio de las cualidades positivas del carácter; el fervor de la prédica; el espíritu de lucha, de propaganda y de polémica; el conocimiento de los hombres; el continuo trato con el mundo; la fulminación del mal y del error. Así, el tipo del sacerdote es Iñigo de Loyola.
Pero monseñor Linares fué, más que un sacerdote, un asceta, en la medida que su destino se lo permitiera; y más que un apóstol, fué un santo.
Su carácter jamás se avino con su cargo. Y, por la sola fuerza prodigiosa de la virtud, el hombre era superior al cargo.
Se impuso, quizá sin quererlo, seguramente sin ambicionarlo, a la alta estima y consideración de su grey y de su pueblo, por el ejemplo más que por la acción; por la tolerancia, más que por la represión; por el amor y la templanza más que por el mando. Su notable política resultó, así, una consecuencia de su temperamento, no una obra de su cálculo.
Y aquel justo vivió, sin duda, constantemente perplejo entre su Ideal cristiano y sus ineludibles obligaciones de gobernante.
La acción acaso sea incompatible son la santidad.
La equidad, la justicia, la virtud, no son sino eternas aspiraciones al bien absoluto. Procurad imponerlas entre los hombres como ley, y los bajos intereses de la vida os rechazarán, como a Jesús y como a Sócrates. Desde tal punto de vista, todo juez es injusto, y todo apóstol es exclusivista...
Abstenerse de fallos definitivos; rehuir a las implacables condenaciones; renunciar, por amor a la verdad, a la posibilidad de equivocarse; olvidar la perpétua contradicción entre lo real y lo ideal, atormentado por el temor de ser alguna vez injusto o inhumano; buscarse, esperar en silencio, más allá de la mezquina existencia mortal el advenimiento del Reino de Dios: he aquí el ideal del asceta, es decir, del justo, del santo, del puro cristiano.
Y en épocas de discusión, de examen, de transmutación de valores morales, este tipo superior de religioso es tanto más admirable, cuanto menos posible en la moderna sociedad.
No consultará, acaso, como pastor las necesidades materiales de su causa, ni dará a su misión el esplendor de un principado, influyente y mundano; pero será, como hombre, un alto exponente de la dignidad humana, toda vez que el Ideal marque una meta de perfección a la conducta.
El erque es una flauta travesera de caña, larga hasta de tres metros, que remata en una bocina arqueada de cola de vaca unas veces y otra en un gran cuerno.
Desde la embocadura hasta el punto en que se apoya la mano, la flauta va forrada de unos listones de suncho amarrados con hilo de lana. Así se asegura la rigidez del instrumento y se le aisla un poco del contacto para que vibre mejor. Es de industria indígena y la fabrica a su gusto el mismo que la toca.
Usan el "erque" los naturales de las quebradas y altiplanicies andinas, pastores y leñadores que salen de madrugada para los cerros, caminan el día entero por abras y breñas y a la tardecita vuelven tocando el "erque" con la majada delante y el haz de leña a la espalda.
La naturaleza sin el hombre que la puebla es cosa muerta. La poesía de la montaña no sólo radica en la grandiosidad agreste del paisaje, en la blandura lejana de las nieves, el salvaje rodar de los torrentes, o el florecimiento encantador del amancay y la berbena.
Sobre todo eso que es tan hermoso, hay algo más hermoso todavía, porque nos ayuda a interpretar y a sentir; y es el hombre: el indio, hijo de la tierra, su hechura y su trasunto y su emoción.
Podrán las gentes de sangre europea vivir cien años más en estos montes, y aun amar la tierra que conquistaron los abuelos españoles; pero el secreto vínculo del suelo con su raza, nos estará vedado hasta quien sabe cuándo: acaso para siempre.
No estamos hechos de la misma sustancia que nutre el amancay y la berbena; no conocemos el semblante de cada rincón de cielo en cada valle; las humildes hierbas de los campos no alivian nuestros males; los cóndores no vienen a saltear nuestros rebaños en las cumbres; no sabemos cómo se corta una quirusilla en un despeñadero sin que se enoje el cerro; jamás podríamos cazar una vicuña con la mano o con un simple hilo; nada nos dice de antiguo y legendario el eterno zumbar del viento en los cardones; somos intrusos en esta tierra sagrada de razas milenarias que se extinguen; la naturaleza nos es casi hostil; el indio, su primogénito, desconfía siempre del blanco metalizado y codicioso.
Una noche de luna yo comprendí todo eso. Fué en el campo.
Un indio bajó de una quebrada con su perro. Venía a vender su leñita en el caserío. Bajaba tocando el erque.
El, al toparme en su camino, se calló, pero yo le rogué que continuase.
Y a la vera de un arroyo, en la honda quebrada, mientras rielaba la luna por el azul infinito, el erque largó a los vientos su música salvaje.
Pero aquello no es precisamente una música. Es el origen de la música. Es la congoja humana ensayando en un rústico tubo el ritmo de su primer estremecimiento. Es el gemido transformándose en acorde.
Escuchándole de cerca se percibe el ¡hen!... penoso del llanto: En la embocadura de la flauta se siente sollozar al indio; en la bocina se siente la vibración profunda del sollozo. En la embocadura es aun la emoción, el alma individual del indio; en la bocina es ya el alma de una estirpe que muere.
No puede darse una música más orgánica, más expresiva, más conmovedora en su crudeza.
El indio toca de pie, con la mano izquierda sostiene la caña por la embocadura, con la derecha la mantiene de través, estirando el brazo.
Según la nota, la flauta sube o baja, o va de un lado al otro. Es una esgrima particular. Si la nota es grave, la tosca bocina se abate rasando el suelo, abarcando con mayor o menor lentitud el aire, según lo requiera la intensidad del tono. Si la nota se aguza, si va subiendo, la caña va levantándose en amplio círculo, hasta apuntar al cielo; y la nota se refuerza en sonoridad cuando se opone al curso del viento.
De esta suerte, la tierra madre y el aire fiel participan, ayudan, alientan, dan cuerpo al grito del corazón; acogen el íntimo dolor del hombre, se lo apropian y lo difunden en alas del eco por las concavidades de la montaña.
Y mientras el hombre toca, el perro se aduerme a sus pies, como arrobado en la misma tristeza del amigo.
El indio es un viejo de puro tipo incásico. Está vestido con el burdo cordillate de los telares montañeses, calzado con la ojota ligera del pastor, cubierto con el amplio sombrero blanco de ovejón del lugareño. Nada en esto es exótico. En cada detalle hay el sello de una tradición y de una raza.
Y al conjuro de esta música tan genuinamente amarga, parecen despertar en los senos desiertos de la montaña los genios tutelares de un pasado remoto y desconocido, el espectro inconsolable de los guerreros-pastores, vencidos y conquistados, que vagan por las abras al blanco y melancólico fulgor de la luna.
El Serapio Guantay era puestero de cabras en el cerro del Remate, en el fondo de la quebrada del Río Blanco. En lo alto de una meseta de aluvión cortada a pique por las crecientes, estaba el rancho, humilde y rústico, semejante a una pequeña mancha parduzca, perdida en la verdura agreste del paisaje. En aquel sitio la quebrada se encajona entre desfiladeros bordeados de queñoas y de alisos, el declive se pronuncia, y el torrente salta sobre un cauce de pedrones desiguales, pulidos por el eterno trabajo del agua.
Dos cuadras más abajo, al borde casi del talud, alzábase el ranchito de la Leona Abracaita, la vaquera, la ahijada de la adivina, vieja harpía que curaba por secreto, hacía quesos y sembraba papas en un bolsón del cerro.
Para la Candelaria, para San Juan y la Pascua, y aun si había velorios y casamientos, la bruja y su ahijada bajaban a los caseríos y negociaban sus productos. Hospedábanse en casa de alguna comadre, junto al camino por donde van las remesas de Chile. Juntábanse allí las mujeres y los barraganes y al monótono toque de la caja, se entregaban por días al holgorio del baile y de la chicha.
El Serapio Guantay era zamarro como el venado arisco que nace en las abras. Dos o tres veces al año se presentaba en la "sala", para frangollar su abasto de maíz en el molino y rendirle al patrón la cuenta de las pariciones, que se las repartían por mitad, conforme al uso de las fincas.
Huraño y taciturno, poco se daba el Serapio con sus vecinas únicas. Y para su vida frugal de pastor era bastante el avío de harina tostada, la chuspa de coca y el locro chirle que se cocinaba él mismo, avivando el rescoldo, al caer por las tardes a su rancho.
Encerraba sus cabras en el corralito de pircas, tumbábase al calor del hogar en el suelo limpio, y se dormía como tronco, hasta que lo despertaba el fulgor del amanecer.
Ninguna extraña inquietud venía a turbar su montaraz adolescencia, y no conoció más fiestas que el retozo bellaco de las cabras, el brillo del padre sol y la matinal algarabía de los pájaros.
Pero una tarde la Leona y el Serapio se toparon, como al acaso, en una mesada. La vaquera apacentaba su ganado; andaba el pastor cuidando el suyo. La vaquera iba hilando un vellón, girando en el aire la rueca. El pastor llevaba el avío a la espalda y la honda en la diestra.
El azar los puso cerca; el instinto los juntó. Y en el filo de una loma, sobre el pastizal oliente a berbena y anís, la india, más aviesa, lo inició al indio, más ingénuo, en el raro misterio que cumplen las cabras y las vacas, que trajina el polen en las patas diminutas de las abejas, que puebla el soto de inquietas y esmaltadas mariposas, y que hace cada primavera florecer el amancay blanco y la begonia escarlata entre las breñas.
Desde aquella tarde los dos indios volvieron a encontrarse siempre, y juntos divagaron por los cerros, descubriendo el encanto de los callados sitios, oyendo al eco repetir sus gritos en las altas barrancas, mirando rodar por los precipicios las gruesas galgas que aflojaban al borde, triscando a la par de los chivos en las paradas laderas, o escondiéndose a veces de algún viajero que cruzaba, allá abajo, en su mula, el áspero pedregal del torrente.
Y cuando vino el carnaval con sus jineteadas y sus zambras y su chicha de oro; cuando vino el carnaval con el boato de sus cintas multicolores y el monótono retumbo de sus cajas y la música doliente de sus largos erques, el Serapio tras la Leona bajó para el caserío.
Pero la Leona, inconstante como buena hembra nómade, se mezcló en las borracheras con otros mozos más churos y más ricos; y el miércoles de ceniza, muy al alba, lo hallaron al Serapio los peones de la finca, tendido boca abajo, borracho, a la orilla del camino.
El indio se marchó esa mañana al puerto del Remate. Se fué cantando, embrutecido, con el acerbo amargor del primer desengaño en el pecho, sonándole en las orejas todavía el compás de la caja y una copla: