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MI amigo D. Miguel Moya me pide que escriba sobre el asunto que el epígrafe declara. Yo deseo complacerle; pero lo considero harto difícil. El asunto es tan complicado que, para tratarle bien, sería menester escribir un par de volúmenes y no un artículo breve. Mucho aumentaría la extensión del escrito si me empeñase en decir, además de lo que á mí se me ocurre, lo que se ha ocurrido á los otros desde Platón y Aristóteles hasta Hegel, Gioberti, Pictet y demás autores novísimos. Los escondo, pues, á todos y hasta procuro olvidarlos, y voy á decir aquí, sin atender á nadie, y en cifra y resumen, lo primero que acuda á mi mente, ora sea creación suya, ora sea reminiscencia de lo que he leído.
La Naturaleza, ó dígase cuanto hay de sensible y de inteligible, cuanto se ve, se columbra ó se imagina, cuanto cabe en el pensamiento humano, y este mismo pensamiento, todo atrae nuestra atención, nos solicita para que lo contemplemos, lo fijemos con orden y método en nuestra memoria, y hasta procuremos averiguar sus causas y el término, fin y propósito hacia donde se dirige y encamina. Tal parece ser el primer empleo del hombre. Llamémosle teoría. Su fruto ó resultado debe ser la verdad. Su exposición metódica es la Ciencia.
Pero el hombre no es un ser meramente pasivo y contemplativo. No está en el mundo sólo para asistir al espectáculo, gozar de él y aplaudirle, sino que, á más de ser espectador, ha de ser actor. No le basta con formar conceptos, sino que necesita realizar acciones. De aquí que además de la teoría haya la práctica. Y como nuestras acciones deben enderezarse á no perturbar el orden natural de las cosas, sino á conservarle y á mejorarle, resulta que el fin de la práctica ha de ser el bien, y el conjunto de reglas y leyes para que el bien se logre es la Moral en su más amplio sentido.
Todavía tiene el hombre otro tercer empleo no menos digno y elevado. Ora consideremos el Universo, ó sea el conjunto de todas las cosas, como substancia eterna con poder inmanente para desenvolverse y manifestarse en apariencias distintas, ora como creación de una voluntad y de una inteligencia soberanas, el hombre, por un estímulo irresistible que hay en él, y por los bríos y por la virtud que producen ese estímulo, se siente movido á mejorar y adaptar las cosas ya existentes, sacando de ellas algo nuevo, ya para su propia utilidad, ya para su propio deleite. De aquí proviene lo que en su más amplio significado debemos llamar Poesía.
Claro está que en este significado amplio, poesía es toda operación por la cual el hombre añade algo á lo natural para hacerlo más útil, más agradable ó más hermoso. Si la mente humana, si el espíritu no se incluyese como parte de la Naturaleza, bien podría decirse que toda obra del espíritu, transformando ó modificando las cosas naturales, era obra sobrenatural, ya que sobre la Naturaleza venía á ponerse.
En la anterior concepción vastísima de la poesía, que á fin de que no choque demasiado á los que les coja muy de nuevas, declararé aquí que es de Aristóteles, entran todas las artes humanas, desde la del zapatero y la del cocinero, hasta las del escultor, el músico, el pintor y el vate más inspirado.
Tenemos, pues, teoría, práctica y poesía; y como derivación de las tres facultades, ciencia, moral y arte. En estas tres esferas de actividad hay compenetración, cuando no nos elevamos á grande altura. Entonces casi se puede decir que lo útil es el fin y el punto de mira de las tres facultades que se prestan mutuo auxilio. La ciencia, por ejemplo, es útil y presta auxilio á todas las artes, y ya el conocimiento de los astros puede servir para la navegación ó la agricultura, ya el conocimiento de las propiedades químicas de los cuerpos, para preparar medicamentos, para guisar ó para curtir pieles. La moral, dentro de su más rastrero concepto, no traspasa tampoco los límites de lo útil, no aspira sino á lo conveniente; rara vez va más allá de aquello que la prudencia mundana requiere, según puede notarse en las antiguas fábulas y en los refranes. Y el arte, por último, se encierra también en lo útil ó en lo materialmente deleitable; empleándose en vestirnos, en calzarnos, en darnos habitaciones cómodas, y, en suma, en nuestro material bienestar y regalo.
Por el contrario, no bien la ciencia, la moral y el arte alcanzan cierta elevación, dejan de prestarse auxilio, se hacen independientes, ponen y buscan su fin en ellos mismos, y adquieren, digámoslo así, una inutilidad sublime. Dejan de ser serviles y son liberales. La ciencia entonces busca, y tal vez halla, la verdad, meditando desinteresadamente y tratando de descubrir los más hondos arcanos, sin el menor propósito de que el descubrimiento valga luego para nada que no sea la satisfacción misma que de poseer la verdad se origina. De igual suerte la moral elevada, si no prescinde, echa á un lado y pone como en segundo término todas las ventajas que pueda ocasionar ó causar el ejercerla, y tiene por único, ó al menos por principal objeto, la satisfacción semidivina de obrar el bien con la más completa independencia de toda mira interesada, así en esta vida como en la otra, así para el individuo como para la colectividad de cuantos son los seres humanos. Y la poesía, por último, deja ya de atender á lo útil: no teje, ni guisa, ni edifica viviendas; ni trata siquiera de moralizar ni de enseñar verdades, sino que poniendo en ella misma su fin, aunque nada deseche y se valga de todo, tanto de lo creado cuanto de lo increado, tanto de lo real cuanto de lo ideal, como elementos y materia de lo que produce, no tira á producir sino la belleza y no anhela infundir en los ánimos más que el puro y desinteresado sentimiento que nace de verla y de admirarla. Esto es lo que se llama el arte por el arte.
Ha de entenderse, con todo, que los tres separados caminos por donde va el espiritu humano no siguen en divergencia constante y separándose siempre hasta lo infinito, sino que al cabo convergen y vienen á coincidir en un centro ó foco único de perfección absoluta, donde la verdad, el bien y la belleza carecen de distinción substantiva, y son calidades, potencias y atributos de un solo sujeto. Por donde considerada la ciencia en lo sumo de su elevación, es igualmente buena y hermosa, y la moral es la misma verdad y la misma poesía, así como la poesía no puede menos de ser entonces el celestial y purísimo resplandor de la verdad y del bien absolutos. Mirada, pues, la poesía desde su punto más elevado, basta decir que es poesía para afirmar implícitamente que es verdadera y buena, así como toda alta moral y toda ciencia superior y profunda son poéticas en el mayor grado.
Las contradicciones que en lo que afirmamos pueden notarse, provienen de un error de quien las nota y en realidad no existen, estribando sólo el error en algo de incompleto ó de deficiente, que importa tener en cuenta. Supongamos que tal cual sistema filosófico, ora las mónadas y la armonía preestablecida de Leibnitz, ora el idealismo de Schelling, ora el proceso de la idea de Hegel, nos parecen poco conformes á la verdad y hasta desatinos y blasfemias, mas no por eso dejaremos de ver en ellos maravillosa poesía, así porque contienen parte de la verdad en medio de sus extravíos, como porque es tan poética y tan hermosa la verdad, que vierte torrentes de poesía y de hermosura sobre quien por las vías más encumbradas la busca aunque no la halle.
De idéntica manera toda poesía perfecta, hasta donde la perfección cabe en lo humano, es verdadera y moral, contiene verdad y bien, está en plena concordancia con la moral y con la ciencia. Y á mi ver, dicha concordancia aparecerá con tanta mayor claridad y brillantez, cuanto menor sea el propósito del poeta de sostener una tesis, de dar lecciones de moral ó de enseñar científicamente esto ó aquéllo.
Lo que verdaderamente importa para que el poeta sea buen poeta, es que sea sincero y no se empeñe en engañarnos.
Su engaño no prevalecerá ni valdrá de nada para las personas de buen gusto, las cuales no podrán aguantar su obra y la tildarán de falsa y embustera. Y por el contrario, siempre que el poeta es sincero y dice lo que siente, con sencillez y sin afectación, ó no es verdadero y legítimo poeta, ó tiene que ser bueno moralmente, resplandeciendo la bondad moral en su poesía.
Antes de que definiese Quintiliano al orador varón bueno, perito en decir, ya habían declarado los autores griegos que no era posible ser buen poeta sin ser varón bueno antes. El héroe y el santo tienen perpetua y constante voluntad de bien. El poeta sólo es menester que la tenga cuando escribe. De aquí que moralmente el poeta es muy inferior al héroe y al santo, aunque por otras prendas de su espíritu valga más que ellos.
Como quiera que sea, el primer precepto de toda arte poética debiera ser esta discreta frase de Maese Pedro: Muchacho, no te encumbres, que toda afectación es mala.
En mi sentir, tan perverso y tan insufrible es Baudelaire componiendo su letanía diabólica y otras lindezas de las Flores del Mal, como no pocos poetas, que andan por ahí presumiendo de religiosos y de moralistas, y que escriben, sin pizca de verdadero sentimiento, odas á Dios, á la virtud y á la vida monástica, ó narraciones y dramas de severa moralidad aparente, cuyos personajes no pueden menos de ser contrahechos, monstruosos, cursis, y como en la vida real no se estilan ni se estilaron nunca. En cambio, en todo poeta sincero, si es verdadero poeta, resplandece la bondad y se manifiesta en la belleza que ha creado. Y cuando se examina y analiza cuidadosamente, se nota que la belleza que admiramos está en la expresión y manifestación de la bondad, y no en los errores y en los extravíos que por otra parte puede poner el poeta en su obra y tener en sí, como los tiene todo ser humano. De aquí que admiremos á Leopardi, no por su ateísmo y desesperación pesimista, sino por su anhelo ferviente de bondad suprema, por su aspiración á lo divino, que él cree irrealizable. De aquí que admiremos en Carducci, hasta en la oda á Satanás, no el extravagante capricho de llamar Satanás al libre espíritu humano, sino el vehemente amor con que canta el poeta las conquistas de ese espíritu y sus triunfos y victorias sobre el mundo visible, para mejorar nuestra condición, ennoblecer nuestro destino y hacer más digna y más feliz la vida humana. Y de aquí, por último, que en Whittier y en Manzoni admiremos la profunda fe cristiana, la caridad viva y la consoladora esperanza con que ensalzan al ser divino, y su santa religión, que es el Lábaro, en pos del cual piensan que han de elevarse á las más radiantes esferas de bienaventuranza para los hombres, cumpliéndose así los inexcrutables designios del Altísimo y su divina voluntad, en la tierra y en el cielo.
No hay, pues, ni puede haber discrepancia, á no ser superficial, entre la moral y la estética, entre el bien y la hermosura. Lo bueno y lo hermoso coinciden al llegar á cierta altura y se confunden en uno. Y como, á mi ver, la sinceridad es requisito indispensable en toda poesía que merezca tal nombre, esta misma poesía da testimonio fehaciente del valer moral del poeta. Pongamos por caso uno de los libros más sinceros y espontáneos que se han escrito: el Quijote. El alma hermosísima de Miguel de Cervantes se retrata en este libro como en claro y limpio espejo, probando, contra todos los documentos que pudieran hallarse, producirse é interpretarse en contra, que Miguel de Cervantes era un varón bueno.
Para terminar, bajando de las elevaciones metafísicas, viniendo á lo llano y á lo pedestre y juzgando el asunto con el mero sentido común, yo me inclino á creer que es pedantería inocente la afirmación de que el teatro sea escuela de costumbres ó de que se enseñe moral en novelas, comedias, sainetes y otras obras de mero pasatiempo. Sin duda que estas obras deben ser morales. Con el pretexto de divertir, no estaría bien que un novelista ó un dramaturgo recomendase ó disculpase el robo, el asesinato y el adulterio. Pero esto no quiere decir que su obra ha de ser docente, sino que no debe ser perversa ni indecente. Harto bien se nota que los preceptos de moral aplicados al arte nada tienen de exclusivos: no implican la relación entre la moral y la estética. Son los mismos preceptos que se impone toda persona bien educada cuando va de visita, de tertulia ó de paseo. El novelista ó el dramaturgo no enseña más que el paseante ó el tertuliano. La buena educación y el decoro se les presuponen. Sólo hay una diferencia: que el que escribe suele en todos tiempos usar de mayor libertad de lenguaje que el que va de visita. De seguro que, no ahora, cuando en Inglaterra todo parece shocking, pero ni en tiempo de Shakespeare se lamentaría en la buena sociedad ninguna señorita como se lamenta Julieta diciendo:
| ...I'll to my wedding-bed; |
| ¡And death, not Romeo, take my maidenhead! |
Mil veces más crudo aún es el modo brutal con que, en la tragedia de Otelo, Yago da á Brabancio la noticia de que se ha fugado Desdémona:
—Your daughter and the Moor are now making the beast with two backs.
Y aquí termino y no digo más, porque sería prolijo é interminable decir todo cuanto el asunto sugiere.
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DÍAS ha que escribí y publiqué en la Revista Critica de Historia y Literatura un extenso artículo sobre el libro del padre Blanco García, que trata de las literaturas regionales de España y de las literaturas hispano-americanas en el siglo xix.
En tono muy cortés, pero mostrándose enojado y quejoso, el Sr. M. Murguía, en el número del 15 del corriente de La Voz de Galicia, periódico de la Coruña, ha insertado contra mí un apasionado escrito en defensa de las letras gallegas, que supone que yo menosprecio.
Me desagradan las polémicas y las rehuyo siempre que puedo. No voy, pues, á entablar polémica con el Sr. Murguía. Previamente estoy convencido de que ni yo lograré traerle á mi opinión ni él logrará llevarme á la suya. Disputando, sólo conseguiríamos fatigar al público con nuestra disputa. No puedo, sin embargo, resistir al deseo de aprovechar esta ocasión para explicar, si me bastan pocas palabras, lo que pienso sobre lenguas, dialectos, regionalismo, nacionalidades y varios otros puntos que forman el proceso de este negocio. La materia es tan vasta, que apenas podré tocarla sino de paso, ó mejor diré, al vuelo, posándome sólo en las cimas ó picos más salientes.
Contra el precepto de Horacio, empezaré ab ovo.
Todos somos unos. Todos somos hijos de Adán y hermanos por consiguiente. Pero ocurrió lo de la Torre de Babel y los hombres se dispersaron. Unos se largaron por un lado, otros se largaron por otro, y se formaron muy diversas tribus, razas ó castas. A España vinieron sucesivamente atlantes, iberos primitivos, proto-escitas, fenicios, celtas, griegos, cartagineses, romanos, godos, alanos, suevos, vándalos, judíos, árabes, sirios, persas, eslavos, berberiscos, normandos y hasta negros de más allá del Sahara. Sobre poco más ó menos, en los demás países ha sucedido lo mismo. Y es seguro que si estas mezclas de gentes, distintas y hasta contrarias, no hubieran llegado nunca á amalgamarse, adoptando las mismas leyes, sometiéndose al mismo gobierno, haciéndose solidarias de los triunfos y de los reveses, de las pérdidas y de las ganancias, y de las glorias y de las vergüenzas comunes, jamás hubiera llegado á haber lo que se llama una nación. Hubiera habido expresiones geográficas: Francia, Italia, Inglaterra y Alemania; pero no hubiera habido nación francesa, ni inglesa, ni alemana, ni italiana.
Ha habido nacionalidad y la hay, porque en un momento dichoso ha llegado á lograrse y á cogerse el fruto de un trabajo y de un cultivo de siglos y entonces la nación se ha constituído. Harto sé yo que todo lo que nace muere. Que si los individuos no son inmortales, tampoco lo son las naciones; y que España, como cualquiera otra colectividad, puede descuartizarse, desmoronarse y persistir sólo como expresión geográfica. Esperemos que esto no ocurra en muchísimos siglos. Yo no soy profeta, y aunque lo fuese, en vez de remedar á Jeremías, remedaría á los profetas alegres, ó sería el primero de ellos, si antes no los hubo.
No he de negar por esto que, si bien dentro de ciertos límites juiciosos me hechizan, me deleitan y hasta me arrancan aplausos las literaturas regionales, sobre todo cuando son cándidas, espontáneas y sencillas, todavía me asustan y me afligen cuando se convierten en tema y vienen á extralimitarse. Entonces me parecen síntomas de decadencia y ruina: entonces me parecen amenaza de disolución nacional, si bien confío siempre en la Providencia y espero que la amenaza no se cumpla, que lo ominoso ó fatídico salga fallido, que la enfermedad pase y que la nación persista sana, salva y una.
Cuando un pueblo tiene ser propio y grande, cuando su historia es gloriosa, cuando ha influido profundamente en los destinos del género humano, así por el pensamiento como por la acción, este pueblo no muere, vive, tiene siete vidas como los gatos: nadie le arranca la vida ni á tres ni á trescientos tirones. Puede perder todas sus conquistas; los continentes y las islas, por donde en los días de su mayor auge y expansión logró dilatarse, pueden dejar de ser suyos; puede hundirse el Estado que le da unidad política; y hasta puede ser invadido y dominado por el extranjero el suelo natal, la cuna misma de ese pueblo; mas no por eso el pueblo muere. Vivirá acaso, durante siglos, vida latente y obscura, pero vuelve al fin á recobrar la vida luminosa y clara. El idioma propio es el talismán donde va escrito el conjuro para lograr esta á modo de resurrección. Grecia resucitó hablando en griego. Si el pueblo griego hubiera tenido seis ó siete idiomas diferentes, jamás hubiera resucitado. Es más; si hubiera tenido seis ó siete idiomas diferentes, no dialectos ó modos, sino idiomas con pretensiones de literarios y nacionales, no hubiera extendido su cultura desde la Bactriana hasta las Galias: por todo el litoral de Asia, Africa y Europa en el Mediterráneo, y por todas sus islas. Y si el dialecto toscano no se hubiese convertido en lengua italiana, venciendo y obscureciendo á los demás dialectos que en Italia se hablaban, y que se hablaban en Estados poderosísimos, ricos y conquistadores, como lo fué, por ejemplo, Venecia, Italia no hubiera realizado jamás el sueño de Maquiavelo y de sus más eminentes patriotas y hombres políticos: no hubiera vuelto á tener la unidad que sólo tuvo bajo el rey bárbaro Teodorico.
Yo quiero suponer que en España, no sólo no hubo unidad de Estado, sino que ni unidad de nación hubo hasta fines del siglo xv. Supongo, además, ó doy por cierto, pues sobre esto no disputo, que antes no hubo verdaderamente españoles, sino portugueses, gallegos, castellanos, aragoneses y catalanes. También es evidente que hasta fines del siglo xv había en España tres lenguas literarias y nacionales. Eran estas tres lenguas la castellana, la catalana y la portuguesa ó gallega, ya que el mismo Sr. Murguía confiesa que el gallego y el portugués fueron lo mismo hasta entonces. Ni Las Cantigas del Rey Sabio, ni cuantos versos hay en los Cancioneros del rey Don Dionis, de Resende, etc., podrían atribuirse por las palabras y las frases mismas á poetas de Portugal ó de Galicia. Por el habla, por lo que dejó escrito, tan gallego es el infante Don Pedro, como es portugués Macías el enamorado. Hay más aún: esa lengua galaico-portuguesa, tal vez no fué escrita sólo por portugueses y gallegos, sino también por trovadores de toda España, que la consideraban como lengua elegante y más propia que el castellano para la poesía lírica y de la corte.
Quiso, no obstante, la suerte ó sea el orden providencial ó fatal que llevan los sucesos históricos, que el idioma de Castilla prevaleciese: que, aun antes de llegar á la unidad de que he hablado, presentase los títulos de su hegemonía y de su imperio, como son el Poema del Cid, los versos del arcipreste de Hita, Las Partidas, la Crónica general y El Conde Lucanor; y que, después de formada la unidad, corroborase su imperio con otros títulos soberanos: con el Amadis, con La Celestina, con Garcilaso y Herrera, con ambos Luises, con Cervantes, con historiadores como Mariana y con nuestro, fecundísimo y rico Romancero y con nuestro original y maravilloso teatro. Esta lengua no se limitó á presentar dichos títulos, sino que también se difundió por el mundo, llevada en triunfo bajo el amparo del estandarte de Castilla, por el inmenso continente recién descubierto, por las remotas islas del mar del Sur, y aun por las naciones de Europa, que reconocían entonces, ya que no nuestro imperio, nuestra preeminencia.
No pretenderé yo, á pesar de lo expuesto, que debieron morir y no resucitar nunca la lengua catalana y la lengua portuguesa. Portugal persistió y persiste como nación. Su historia, muy parecida á la de España, no es menos grande. Su literatura, proporcionalmente, he de conceder que es original y rica como la nuestra, y que tiene su carácter propio y sello nacional que la distingue.
De la lengua y de la literatura catalanas no se puede decir tanto ni con mucho; pero al cabo, bastante puede alegarse en pró de su resurrección ó renacimiento presente.
Pero vamos... hablando con franqueza, aunque se enojen un poquito el Sr. Murguía y otros literatos gallegos: ¿hay paridad entre el dialecto de Galicia y la lengua nacional que hablan los portugueses y que hablan además en América diez ú once millones de hombres, en una extensión de territorio casi tan grande como Europa? Si hasta el siglo xv los gallegos hablaron y escribieron como los portugueses, lo natural sería, si no quieren hablar y escribir en castellano, que escriban ahora también en portugués. Esto sería volver con fidelidad á la lengua antigua, sin que esta vuelta ó atavismo impidiese que se siguiera cultivando el dialecto, como dialecto. Sin duda en Venecia, en Milán, en Nápoles y en Sicilia, se hablan y se escriben cuatro dialectos distintos, pero con cierta modestia, reconociendo todos cuantos así escriben sin excluir v. gr. al gran poeta lírico Meli y al chistosísimo, fecundo é ingenioso dramaturgo Altavilla, que escriben en un dialecto vulgar, y que no hay más que una lengua nacional y de toda Italia, que es la lengua toscana, que ya debe llamarse italiana, así como la castellana debe llamarse española.
Pues qué, ¿no hay distintos dialectos en Alemania, en Inglaterra y en Francia? A nadie se le antoja por eso convertir en lengua nacional ninguno de estos dialectos.
Acaso se me cite el imperio austriaco; pero Austria no es nación sino conjunto de naciones. A buen seguro que los alemanes, súbditos del emperador de Austria, dejen de hablar en alemán y dejen de tener esta lengua por nacional y propia de ellos. Claro está que los polacos, aunque ya no hay Polonia, siguen hablando en polaco; los húngaros, en húngaro; los tchecos, en tcheco; los croatas en croata, y los rumanos, en rumano; ¿pero qué tiene que ver esto con lo que en España sucede? En todo caso, podría comprenderse que así como los rumanos, súbditos del emperador de Austria, hablan y escriben la misma lengua del vecino reino independiente de Rumania, así los gallegos, ciudadanos españoles, se dedicasen, por amor y patriotismo atávicos, á escribir como lengua nacional y literaria la portuguesa. Pero ni aun así se comprende; porque los rumanos de Austria son un pueblo como anexionado y sometido y unido artificialmente á otros pueblos de muy distinto origen, mientras que los gallegos, como los asturianos, forman el núcleo, y el germen, y la raíz, de donde ha brotado esta gran nación. ¿Cómo reniegan ahora de ella, al menos en apariencia, y propenden, si no á irse literariamente con los portugueses, á separarse por el habla, vehículo y expresión del pensamiento, y á formar rancho aparte, permítaseme lo vulgar en virtud de lo gráfico de la expresión?
No sé si he atinado á explicar en este lígero articulo lo que hubiera requerido larga serie de ellos para quedar bien explicado; pero, como quiera que sea, harto se entiende que yo no desdeño á los poetas y prosistas que hubo, hay y puede haber en dialecto gallego; que celebro el regionalismo filológico dentro de ciertos límites puramente provinciales; pero que deploro la exageración que puede ponernos en una lastimosa pendiente de desmoronamiento nacional ó de cierto separatismo. Ni se me diga que la tal propensión á que se hablen muchos idiomas proviene de un movimiento progresivo. Por lo común sucede lo contrario. Cuando las grandes naciones y cuando las grandes razas decaen ó se hunden, es cuando pierden el idioma común y salen hablando distintos idiomas. La Torre de Babel representa simbólicamente este lastimoso fenómeno.
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¿QUIÉN es este Juan Montalvo?—dirán no pocos de los que vayan á leerme.—Pues bien, les contestaré: Juan Montalvo fué natural de una de las Repúblicas que en la América del Sur nacieron de nuestras colonias. Él mismo se llama semibárbaro, y es de los más cultos é ilustrados escritores que ha habido en nuestros días.
No digo yo que nos esté bien adular á los hispano-americanos, suponiendo que sus poetas y sus prosistas valen más de lo que valen. ¿Pero será mejor mostrarnos con ellos severísimos críticos, empuñar la férula, esgrimir la disciplina ó la palmeta y censurarlos y castigarlos duramente? Hay cierta crítica menuda que hace mucha gracia al público envidioso, que es muy fácil de ejercer, y por cuya virtud, ó mejor diré, por cuyo vicio, puede probarse, al menos en apariencia, que Garcilaso y Fray Luis de León fueron unos plagiarios y además unos ignorantes, que no sabían sintáxis, ni prosodia, ni nada, y que tenían orejas de asno, como el rey Midas. En una palabra; con el método analítico que hoy se emplea, con cuatro chuscadas y con un poquito de mala fe, nada más llano que demostrar que el propio Homero era un mentecato.
Por otra parte, yo no comprendo qué ventaja pueda traer una censura muy feroz de los autores, aunque sean malos. En ningún oficio, menester ó profesión, se ofende menos á Dios y al prójimo y se causan menos daños á la república que escribiendo versos flojos y llenos de ripios ó prosa desmazalada y tonta. Con las producciones del espíritu suele ocurrir lo contrario que con las producciones materiales. La cizaña puede ahogar el trigo y no habrá buena cosecha si el haza no se escarda y no se limpia de mala hierba con el almocafre, mientras que, por el contrario, casi es indispensable que el espíritu humano produzca millares de cosas pequeñas y deformes, para que brote de entre ellas una que sea hermosísima y grande, predestinada por su valer á vida inmortal y gloriosa. Un mal médico mata á sus enfermos, un mal arquitecto tal vez construya edificios que se hunden con estrago espantoso, un mal zapatero nos estropea los pies, un mal sastre nos afea con sus trajes ridículos, un mal cocinero nos envenena ó nos mata de hambre, un mal político causa la miseria y el descrédito de su nación, y un mal general expone sin plan y sin objeto la vida de sus soldados y aun llega á causar el empobrecimiento, el oprobio y la ruina del Estado á quien sirve. Pero un buen señor, si tiene la manía de componer malos versos ó de escribir en prosa cualquier tontería, ¿me quieren ustedes decir qué daño hace á nadie? Con no leer lo que ha escrito, él y nosotros quedamos despachados y en paz. No hay razón para ensalzar á los escritores hispano-americanos sin justo motivo, pero menos hay razón para denigrarlos.
El Juan Montalvo, que me sugiere estas reflexiones, lo dice: los hispano-americanos son para los españoles carne de su carne y huesos de sus huesos. Todo cuanto contra ellos digamos, hasta cierto punto, nos cae encima.
Harto estoy ya de oir decir que el porvenir del mundo es de la raza anglo-sajona, la cual en América da clara muestra de que entiende de todo, de que vale para todo y de que sabe gobernarse, mientras que la raza española, ibérica, latina ó como nos convenga llamarla, ofrece muy triste espectaculo, y da, por todo el Nuevo Mundo, y claro está también que por el antiguo, lastimoso testimonio de su incapacidad y desgobierno. Sube el yankee á la cima de la montaña y el hispano-americano se queda al pie, rezagado y en situación miserable; pero no se cuenta, al decir esto, con no pocos factores, empezando por la fortuna, que no puede negarse que existe, entendiéndose por fortuna, la serie y el enlace de los casos, dispuestos y ordenados por ley providencial ó fatal, que ya se sustraen á la previsión humana, ó ya, aunque no se sustraigan, ni la más firme voluntad de los hombres, ni su más profundo saber, ni su más poderosa inteligencia desvían del camino que siguen, así como no evita el eclipse el astrónomo que le pronostica. Valga además, en defensa de nuestra raza, otra razón que nadie tildará de metafísica ni de alambicada. El yankee ha subido á la altura, porque sin asomo de piedad, y para ir más ligero, ha dejado tras de sí todo lo que le estorbaba, mientras que el hispano-americano sube con dificultad, porque va cargado con el indio, á quien considera como á su hermano y como á su igual, uniendo con él sangre, vida y destino. La empresa, pues, del hispano-americano es mil veces más árdua; ha de tardar mucho más tiempo en llevarse á cabo; pero no es imposible que se logre. Y si algún día se lograse, ¿cómo negar que sería también mil veces más humana, más generosa y más digna de alabanza?
Volvamos á Juan Montalvo y evitemos las digresiones.
Poco sé de la vida de este escritor. Ecuatoriano de nacimiento, murió en París, creo que muy joven aún. Ignoro si era de pura sangre española ó si corría mezclada por sus venas la sangre del español con la del indio. Su saber era variado, hondo y extenso; su ingenio, original y agudísimo; su modo de sentir, universal ó cosmopolita; su espíritu se había alimentado con deleite y había digerido y convertido en substancia propia la flor del pensamiento de los antiguos griegos y latinos y de los modernos ingleses, franceses y españoles. Nadie, con todo, se jactará, fundadamente, de ser más español que él por el espíritu y por su primera manifestación sensible, la palabra.
Tal vez sea, en nuestra época, un colombiano, Rufino Cuervo, quien sabe teórica y gramaticalmente más lengua española. Pero, sin duda, quien la maneja con más castiza abundancia de vocablos, frases y giros, y quien la escribe con más primor y limpieza, como quien borda rico dechado, es, á mi ver, este para nosotros extranjero y acaso semi-indio.
Su adoración, su entusiasmo por la lengua y la literatura de Castilla, corren parejas con el conocimiento que de ellas tiene, cuya extensión no pondero, pero cuya intensidad es incomparable. Nadie con más fervor ni con más tino que Montalvo elogia, en mi sentir, la lengua castellana y las obras maestras que en esta lengua se han escrito.
Montalvo tiene, como todos los americanos, latinos y no latinos, una calidad buena, si bien por su exageración peca á veces de sobrado cándida y aun llega á prestarse á la burla; la manía de imitar á los europeos, superándolos y eclipsándolos. Cuando esta cualidad va acompañada, como en Montalvo, de grandísimo respeto hacia los bien entendidos y mejor sentidos modelos, la cualidad es simpática y llega á producir obras de mérito. Lejos de poner solución de continuidad, conserva unida la civilización europea con la transplantada al Nuevo Mundo; y cuanto en el Nuevo Mundo se cria, sin dejar de ser propio de su suelo, parece como mugrón robusto ó como retoño que se nutre aún de la savia que viene de Europa, aunque en tierra virgen y más fértil reverdezca con mayor lozanía, extienda más sus ramas y haga brotar en ellas más flores y más frutos.
En las obras principales y mejores de Montalvo se advierte la mencionada cualidad. Enamorado del modelo, le imita y anhela superarle, pero respetándole y amándole siempre.
Así, en Los Siete Tratados no habrá quien no note la imitación de Miguel de Montaigne y el amor que á Montalvo inspira; y así en El espectador, se advierte que Montalvo, prendado de Addison, propende á imitarle hasta en el nombre ó título de su obra. Pero en Montalvo había tanto ser propio y un sentir y un pensar tan profundamente arraigados en el alma, que todo ello sale con ímpetu y se pone en la imitación de tal suerte, que la imitación es muy distinta de lo imitado, ya que la informa otro espíritu nuevo y muy distinto. De este modo, sin que yo pretenda igualar las producciones al compararlas, fray Luis de León imita á Horacio en La vida del campo, y compone una oda que Horacio ni siquiera entendería, si sabiendo bien el español resucitase.
Todo el anterior preámbulo y más aún necesitaría y emplearía yo, si no fuese monstruosidad convertir en preámbulo todo este artículo, que por fuerza ha de ser muy breve, para preparar á mis lectores y para impedir que se asusten, cuando, permítaseme lo vulgar de la frase, llegue el trueno gordo; la revelación del título y del asunto de la obra póstuma de Juan Montalvo: la aclaración de las palabras que me sirven de epígrafe.
Juan Montalvo encabeza su obra postuma con una elocuentísima introducción. Nada mejor pensado, ni mejor escrito, ni más entusiasta á par que juicioso, ni más esmaltado de sentencias metafísicas, estéticas y morales, puede, en mi sentir, escribirse en elogio del príncipe de nuestros ingenios, Miguel de Cervantes Saavedra, á quien coloca Montalvo entre los mayores que ha habido en el mundo, y á cuyo Quijote sólo pone por cima la Biblia y la Iliada. Y ahora llega por fin el trueno gordo. El título de la obra póstuma es el siguiente: Capítulos que se olvidaron á Cervantes. Ensayo de imitación de un libro inimitable.
Y en efecto, Juan Montalvo escribe y sus herederos ó sus admiradores y paisanos dan á la estampa, en Bezanson, en 1895, aunque el libro no ha llegado hasta ahora á nuestras manos, nada menos que sesenta capítulos añadidos al Quijote. Acaso el autor, en vida, no se hubiera atrevido á publicarlos. Acaso no pretendió nunca rivalizar con Cervantes. Acaso el extremo de su amor y de su admiración le hizo incurrir en esta á modo de locura. Nada menos parecido á Cervantes que Juan Montalvo; uno, todo espontaneidad, sencillez y alta inspiración, á menudo casi inconsciente; otro, todo reflexión, artificio y doctrina. El libro de Montalvo, no obstante, es la obra de un hombre de gran talento, del más atildado prosista que en estos últimos tiempos ha escrito en lengua castellana, y de un hombre, por último, de imaginación briosa y rica. Su libro merece ser examinado y juzgado, pero no caben en este articulo ni el examen ni el fallo. Quédense, pues, para otro día, si alguien muestra curiosidad por conocerlos.
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HARÁ ya seis meses estuvo en Madrid un anglo-americano, llamado H. C. Chatfield-Taylor. Un amigo mío me le presentó y trajo á mi casa, donde tuve el gusto de conocerle. Me pareció sujeto amable, discreto é ilustrado, y muy entusiasta de nuestro país. Pronto volvió al suyo dicho señor, escribió un libro sobre España, le imprimió en Chicago, exornándole con bor nitas estampas, y tuvo la bondad de enviarme un ejemplar, que recibí hace pocos días. Confieso que el título del libro me desagradó bastante. El libro se titula El país de la castañeta (The Land of the Castanet). Ya en el título hay una ofensa. Es como si un español escribiese un libro sobre los Estados Unidos, y sin acordarse de Washington, de Franklin, de Lincoln, de Grant, de Emerson, de Poe, de Edison, de Chaning, de Whittier y de otros muchos ilustres personajes; de sus nobles y hermosas mujeres, de sus grandes ciudades, de sus monumentos, de su riqueza, de su prosperidad, de las bellezas naturales de su territorio, de la anchura del Hudson y del Misisipí, y del salto del Niágara, recordase sólo la abundancia de cerdos que se crían y se matan en Chicago y titulase su libro El país del cerdo.
A menudo el Sr. Taylor nos acusa en su libro de orgullosos. Yo no creo que lo somos ni que lo hemos sido nunca; mas no por eso nuestra humildad ha de llegar hasta el extremo de resignarnos á creer que el objeto que más nos caracteriza y distingue de las otras naciones del mundo es la castañeta.
Hace muchos años, cuando el rey de Sajonia, que había sido partidario de D. Carlos, reconoció por reina á Isabel II, mandó á esta corte á un elegante y rico enviado extraordinario, llamado el barón Fabrice. Trajo este señor consigo á un hábil cocinero, que además era literato, y que al volver á su tierra compuso un libro de sus impresiones de viaje en España, y le tituló Puchero. Nadie entre nosotros podía ver la menor ofensa en este título. Para una persona cuyo principal oficio y arte es la cocina, el puchero no puede menos de ser la idea capital y como el centro en cuyos alrededores se agrupan las demás cosas. De la misma suerte, si el Sr. Taylor hubiera sido bailarín, la castañeta hubiera sido también, naturalmente, el núcleo de sus impresiones, la piedra angular de todo el caramillo de ideas que sobre España formase; pero como yo no creo que el señor Taylor sea bailarín de oficio, hallo raro que califique á España de país de la castañeta, por más que en España las castañetas ó castañuelas se toquen desde muy antiguo, según lo atestigua Marcial en sus versos en elogio de Teletusa, que las repiqueteaba de lo lindo al gusto de Cádiz; por más que un docto fraile inventase y escribiese una ciencia nueva titulada Crotalogía ó ciencia de las castañuelas, y por más que mi ingenioso y erudito amigo D. Francisco Asenjo Barbieri, que en paz descanse, escribiese también un curioso discurso sobre tan alegre instrumento.
Hecho ya este inevitable reparo, no he de negar que el libro del Sr. Taylor es de muy amena lectura, contiene muchas noticias, y á veces encomia hasta con entusiasmo á no pocas personas y bastantes cosas de España. Da, por ejemplo, justos y atinados elogios á varios de los más notables de nuestros políticos y literatos, como Castelar, Moret, Echegaray, Emilia Pardo Bazán, Cánovas y Sagasta. Del conjunto del libro se infiere que el Sr. Taylor desea sernos favorable; pero á pesar suyo el prisma engañoso del protestante y del yankee, al través del cual nos mira, hace que á menudo, ya nos calumnie y nos injurie involuntaria y candorosamente, ya lance sobre nosotros ó contra nosotros profecías, agüeros y juicios, á mi ver, disparatados.
Dice, por ejemplo, que nosotros, en nuestro orgullo, tenemos peor opinión de los yankees que los yankees de nosotros. Lo único que se ha hecho en España es contestar con algunas injurias, que yo encuentro de pésimo gusto, á las de un gusto mil y mil veces más depravado y ruín, que nos han dirigido y que nos dirigen de continuo senadores, diputados, escritores graves, ó que pretenden serlo, y periodistas de la Gran República. Si fuésemos á contestar á los yankees con suma igual de injurias á las que les debemos, nos pareceríamos á dos enjambres de verduleras que se ponen como hoja de perejil, con el Atlántico de por medio. Y las injurias de los escritores de los Estados Unidos contra nosotros no son de ahora, con ocasión de la guerra de Cuba, sino que vienen de muy atrás. Sólo Guillermo Draper ha dicho más ferocidades contra España y ha mostrado más profundo aborrecimiento contra nosotros que el que podrían atesorar todos los españoles juntos, si se decidiesen á denigrar, á escarnecer y á insultar á los anglo americanos.
El mismo Taylor, que pretende, que desea, que aspira de buena fe á hacer nuestra apología, ya desde el segundo renglón de su libro nos califica de indolentes y de crueles. La acusación de fanatismo y de superstición que el Sr. Taylor lanza á menudo contra nosotros casi no nos ofende, y, de puro poco razonable y fundada, nos parece chistosa. Si fuésemos á hacer la estadística de los ajusticiados, quemados y asesinados por motivos religiosos, de fijo que resultaría, á pesar de Torquemada y de todos los inquisidores, doble ó triple número que en nuestra cuenta en la cuenta de la sentimental y piadosísima raza anglo-sajona.
En lo tocante á superstición, declaro que no me explico que nos acuse de ella ningún cristiano de distinta iglesia que la católica. Libre es todo hombre de aceptar y creer por completo lo dogmático de nuestra religión, ó sólo una parte, modificándola algo ó no modificándola; pero desde el momento en que se cree una parte, no hay razón ni motivo para llamar supersticioso al que lo cree todo. Cuando dijo Sancho que no bien él y su amo se remontaron al cielo, se apeó él de Clavileño y se puso á jugar con las siete cabrillas, Don Quijote tuvo sobrada razón en decirle que no se allanaría á creer en su jugueteo con las estrellas, si Sancho no creía tampoco en nada de lo que contó que en la cueva de Montesinos le había pasado. Para un impío racionalista, tan absurdos son los retozos de Sancho con las Pléyades, como la conversación y los lances del hidalgo manchego con Montesinos, Durandarte y Belerma. ¿Por qué, para un espíritu religioso, han de ser fanáticos el doctor eximio Suarez, el glorioso Ignacio de Loyola, Melchor Cano y Domingo de Soto, y han de ser unas criaturas muy juiciosas y razonables Wiclef, Knox, Lutero y Calvino? O todos igualmente locos y fanáticos, ó todos igualmente dignos de consideración y respeto.
Otra terrible manía del Sr. Taylor es la que muestra contra las corridas de toros, á las que fué no obstante y se divirtió viéndolas. Lo que es yo, gusto tan poco de dichas corridas, que nunca voy á presenciarlas, como no he ido en los Estados Unidos á divertirme en ver á dos ciudadanos romperse á puñetazos el esternón y las quijadas para deleite de los cultos espectadores; mas no por eso diré que mientras entre los yankees se estilen tales juegos, no será posible que se civilicen y seguirán siendo bárbaros y feroces. El Sr. Taylor declara en cambio que nosotros sólo porque toleramos las corridas de toros, somos incapaces de civilización en su más alto sentido.
Diré, por último, que el Sr. Taylor, que varias veces nos acusa de crueles, es cruelísimo con el pueblo español cuando le compara á un hidalgo empobrecido y casi hambriento, que lleno de vanidad y por seguir alternando con otros hidalgos ricos, es manirroto y despilfarrado, gasta más de lo que tiene y va derecho á la más espantosa ruina. Pues qué, ¿entiende el Sr. Taylor que sea vanidad y despilfarro que procuremos conservar, aun á costa de los mayores sacrificios, una isla que nos pertenece, y donde nadie ó pocos se sublevarían si desde los Estados Unidos no los alentasen y no les enviasen armas y dinero? Cuba es nuestra propiedad legítima, y no es vanidad ni soberbia nuestro empeño en conservarla. Cuba es, además, como la prenda y el testimonio visible y monumental de que este pueblo de la castañeta fué el que descubrió el Nuevo Mundo é implantó en él las artes y la civilización de Europa.
Aunque nosotros no negamos que en comparación de los Estados Unidos somos muy pobres, todavía nos parece duro que á cada paso se nos eche en cara nuestra pobreza y la vanidad ridícula con que se supone que tratamos de disimularla. Las señoras, dice el Sr. Taylor, van á paseo en coche elegantemente vestidas de medio cuerpo arriba, y de medio cuerpo abajo muy andrajosas, cubriendo con una manta aquella miseria. Por lucirse, andar en coche y tener palco en el Real, se tratan muy mal en casa, la cual suele estar inconfortable y mal amueblada. En invierno se mueren de frío, y en todas las estaciones remedan al camaleón, alimentándose casi del aire.
El Sr. Taylor deja entrever con insistencia su recelo de que en España se come poco y mal, de modo que nosotros para agasajar á los extranjeros no los convidamos nunca á comer, limitándonos á hacerles muchas cortesías. Nos cuenta, sin embargo, contradiciéndose, que el Sr. don Emilio Castelar le dió un almuerzo suculentísimo, en el que se sirvieron diecisiete platos, sin contar los postres, que serían, probablemente, cuarenta ó cincuenta, todo ello, para que no se atragantase, remojado con los mejores vinos españoles. Pues qué ¿quería más el Sr. Taylor? También se contradice al hablar de los clubs ó casinos. En algunos pasajes de su libro afirma que no somos un pueblo clubable, y califica de mezquinos y pobres nuestros clubs, y lamenta que se sostengan por el juego. Y en contra de lo dicho, afirma en otros pasajes, por ejemplo, que el Casino de Córdoba es grandioso, y ensalza el Ateneo de Madrid, que al fin es un casino donde no se juega, encomiando su rica y selecta biblioteca, su gran salón de sesiones y sus cátedras, donde personas sabias y elocuentes enseñan diversas ciencias y facultades.
Sobre la high-life de Madrid y sobre las damas de la suprema elegancia, el Sr. Taylor está algo satírico; pero en manera alguna singularmente ofensivo, ya que los vicios y faltas que halla en la smart set madrileña le parecen menores que los de la smart set neoyorquina. Como yo en este punto tengo la manga mucho más ancha que el señor Taylor, absuelvo de casi todas sus culpas, sin imponerles la menor penitencia, tanto á las damas elegantes de Madrid, como á las de los Estados Unidos, que me parecieron guapísimas, discretas y divertidas, durante los dos años que pasé en aquella tierra. Mi indulgencia es fenomenal para con las señoras. Apenas hay rareza que yo no les perdone; hasta perdono á algunas de nuestras damas elegantes que, según observa el Sr. Taylor, aunque no sepan hablar inglés, pronuncien con acento inglés el castellano, apretando mucho los dientes, desde que pasaron una semana en Londres. Este acento inglés es ya más distinguido y más chic que la erre nasal ó gangosa que otras damas emplean á fin de parecer educadas en París de Francia.
La clase media, sigue el Sr. Taylor, es ignorante, grosera y sucia. Supone enorme distancia, un abismo, entre nuestra nobleza y el pueblo. No sé cómo ha podido notar esto en el país más democrático del mundo, que es España. El señor Taylor acusa á cada paso de ignorantes á los españoles. No se comprende cómo el poco tiempo que ha estado aquí le ha bastado para examinarnos de todas las asignaturas y darnos calabazas. Los mahometanos y los judíos, esos sí que eran sabios; pero hicimos la barbaridad de expulsarlos.
No cabe en este breve escrito contestar á las censuras del Sr. Taylor. Nos limitaremos á contraponerle las siguientes afirmaciones:
Que durante toda la Edad Media la España cristiana fué el pueblo más tolerante de toda la cristiandad:
Que cuando venían cruzados á ayudarnos en la Reconquista, era menester echarlos ó luchar contra ellos, para que no matasen ni robasen á todos los judíos y mahometanos, faltando á los pactos y á la fe jurada:
Que la sabiduría muslímica y rabínica y sus filósofos y doctores, en vez de ser perseguidos por los monarcas cristianos de España, hallaron con frecuencia en sus cortes protección y refugio contra las fanáticas persecuciones, ya de algunos califas de Córdoba, ya de los almoravides y almohades, en la época de las tremendas invasiones africanas:
Y en fin: que esa sabiduría se difundió y se dió á conocer en el resto de Europa por medio de los cristianos españoles, arzobispos, obispos y sacerdotes casi siempre, que tradujeron, comentaron y explicaron los textos arábigos y hebráicos.
Pero salgamos de las honduras en que nos hemos metido, y terminemos este artículo, que va siendo ya sobrado largo, afirmando que el libro del Sr. Taylor es muy agradable de leer, á pesar de los defectillos que hemos notado, y que, si procuramos no ser vidriosos, reconoceremos que cuanto el Sr. Taylor dice contra nosotros, proviene de prejuicios difíciles de arrancar del alma de un extranjero, pero que en el fondo el señor Taylor ó nos encomia ó procura encomiarnos, y en casi todas las páginas de su libro muestra hacia nosotros muy sincera y fervorosa simpatía.