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DESDE que empezó la funesta guerra de Cuba hasta el día de hoy, en medio de los enormes disgustos y cuidados que nos afligen, algo hay que celebrar, sirviéndonos de consuelo y dándonos esperanza de un éxito dichoso.
Celebremos pues, en primer lugar, el acendrado y generoso patriotismo del pueblo español que, por una causa que no puede traernos provecho, pero en la que está interesada la honra nacional, sufre con resignación y hasta con gusto los grandes sacrificios de sangre y de dinero que se le han impuesto y que se le impondrán en lo futuro. Y celebremos además, prescindiendo de todo interés de partido, la enérgica y atinada actividad con que el general Azcárraga, ministro de la Guerra, ha logrado enviar á la grande Antilla, con extraordinaria rapidez, los hombres y los recursos que allí se requieren, para que la rebelión pueda ser sofocada.
Poco propicia ha sido hasta ahora la fortuna á nuestros generales, cuando consideramos la magnitud de los medios que la nación y su Gobierno les suministran; pero España no debe ni puede censurarlos, antes conviene que los elogie y aun los bendiga porque no desesperan de la salud de la patria.
De un general pueden exigirse valor, serenidad, autoridad y pericia en las cosas militares. Lo que no puede exigirse, no siendo lícito culpar á nadie de que le falte, es aquella inspiración maravillosa que el genio de la guerra infunde á veces en el alma de los grandes capitanes y por cuya virtud obtienen triunfos que todas las ciencias bélicas y las estrategias más profundas jamás explican. En Gonzalo de Córdoba y en Hernán Cortés, por ejemplo, hay un no sé qué de sobrenatural que nos pasma y con lo que sería delirio contar para todas las ocasiones.
En la ocasión presente y desistiendo de exigir como obligación ó como deber las inspiraciones ó los milagros del genio, nuestros generales, antes Martínez Campos y ahora Weyler, merecen aprobación y aun aplauso. Los justifica, sobre todo, la destreza del enemigo para rehuir el combate, escapar á la persecución y escabullirse y esconderse. En la gran extensión de la isla, en sus bosques y ciénagas, en lo quebrado y áspero del terreno á veces y en lo insalubre y mortífero de aquel clima para los europeos, encuentran apoyo los insurrectos, y nuestros soldados obstáculos harto difíciles de superar. Si recordamos que en la primera mitad de este siglo hubo en Andalucía foragidos como el Tempranillo, el Chato de Benamejí, el Cojo de Encinas Reales, Navarro y Caparrota, y que teniendo cada cual una cuadrilla de diez ó doce hombres á lo más, en campo raso, donde, si á veces el terreno es quebrado, no hay selvas tupidas ni lugares pantanosos, todavía burlaron las persecuciones y se sustrajeron durante largos años á las batidas que dió el poder público para cazarlos, no debemos extrañar que, á pesar de nuestro valeroso y valiente ejército, recorran la isla Antonio Maceo, Máximo Gómez y otros malhechores, con disfraz de patriotas, y que talen, incendien y saqueen sin que se haya logrado aún capturarlos é imponerles el castigo que merecen.
La disculpa del poco éxito alcanzado hasta ahora no puede tener fundamento más sólido ni más claro.
En cambio son dignos de omnímodas alabanzas, singularmente en el general Martínez Campos, el noble patriotismo y la suprema abnegación con que fué á Cuba, exponiéndose en una lucha sin gloria á la mengua ó á la pérdida de su crédito, que ya no podía ser mayor. Y no menos alabanza piden la lenidad, la dulzura y el espíritu de conciliación con que el general Martínez Campos, durante todo el tiempo que ha mandado en la isla, ha tratado á los diferentes partidos políticos que en ella hay, sin excluir á los que llenos de imperdonable ingratitud hacia la metrópoli y ciegos por ambición ó por falso y torcido amor al suelo natal, anhelan y buscan la separación de Cuba y de España.
A pesar de esta conducta circunspecta y humana del general Martínez Campos, en nada desmentida hasta el día por su sucesor el general Weyler, y á pesar de que los insurrectos no tienen residencia fija ni guarida permanente, sino que andan á salto de mata, más que como soldados como ladrones, ha ocurrido lo que á nadie sorprende, porque se preveía; pero lo que á toda persona honrada y juiciosa escandaliza y aturde. El Senado anglo-americano, después de larga discusión, en que muchos de sus más notables individuos se han desatado en groserísimas injurias contra España, ha estimulado y autorizado al presidente Cleveland para que, en el momento que considere más oportuno, declare la beligerancia de los insurrectos.
Durísimo, feroz es el ultraje que el Senado anglo-americano ha hecho á España y que la Cámara de representantes de la misma República casi por unanimidad ha confirmado luego; pero aunque los periódicos más acreditados de la Península miran con calma la ofensa que hemos recibido y recomiendan al pueblo español prudencia y sufrimiento, todavía quiero yo, valga por lo que valga y hasta donde mi voz pueda ser oída, recomendar prudencia y sufrimientos mayores.
Es innegable que en la resolución que se ha tomado y en los motivos que se han alegado para tomarla se nos ha hecho el insulto más sangriento que hacer se puede. Un sujeto cualquiera, medianamente celoso de su honra, ofendido así por otro sujeto, quedaría afrentado, humillado y escarnecido si no pidiese y buscase la venganza en un duelo á muerte. Pero ¿qué paridad hay entre lo que sucede y debe suceder cuando se trata de particulares y lo que sucede y debe suceder entre dos potencias soberanas?
Los padrinos de los particulares desafiados, cumpliendo con las leyes del honor y del duelo, no consienten que nadie riña en él con ventaja, ni uno contra cuatro, ni con mejores ni más poderosas armas éste que el otro, sino que todo lo equilibran procurando la posible igualdad de fuerzas ó de destreza y de probabilidades del triunfo. Muy bueno y deseable sería que no hubiese riñas sino paz entre los hombres; pero ya que hay riñas, es laudable y extraordinario progreso el desafío bien ordenado entre particulares. Por el contrario, la guerra entre naciones, á pesar de cuanto han ganado los usos y costumbres, y á pesar de los decantados progresos del derecho de gentes, sigue siendo casi tan desordenada y salvaje como en los tiempos antiguos, por más que esto se vele ó disimule con refinamientos hipócritas. Una nación, aislada como lo está España, con menos de la cuarta parte de habitantes que tienen los Estados Unidos y con muchísimos menos recursos pecuniarios para comprar ó fabricar los costosísimos medios de destrucción que hoy se emplean, incurriría en un heroico delirio y cometería un acto de inaudita temeridad en provocar á dichos Estados, pidiéndoles, con sobrada energía, satisfacción de una injuria, que, en mi sentir, se puede por ahora disimular sin desdoro. Obvias son las razones que tengo para aconsejar este prudente disimulo, por parte de los poderes públicos, se entiende, y quedando á salvo la lengua y la pluma de cada ciudadano español, para devolver con creces agravio por agravio y para desahogarse hasta quedar satisfecho y pagado.
Entiendo con esto que un desahogo particular, con el motivo de que vamos tratando, es disculpable, aunque á poco ó á nada conduzca: pero cualquiera manifestación colectiva en ofensa y en odio de la gran República Norteamericana sería hoy por todos estilos perjudicial y contraproducente, y nos quitaría mucha parte de la razón, de que debemos cargarnos. Veo, pues, con verdadero contento la circunspección y el juicio con que casi todos los periódicos de España aconsejan al pueblo que se abstenga de tales manifestaciones, y la prudente energía con que el Gobierno se apercibe á prevenirlas ó á reprimirlas.
Pero yo aún voy más allá en excitar al Gobierno á la longanimidad y á la paciencia. Creo que el Gobierno no debe siquiera pedir por la vía diplomática satisfacción al gobierno de Washington por las groseras injurias y calumnias que han lanzado contra España varios senadores desde el Capitolio de Washington.
Hay que tener en cuenta que en aquella gran República no suelen ser los politicians las gentes más estimadas, mejor educadas y más sensatas: que por allí no se guardan en las discusiones públicas el mismo decoro y la misma cortesía que en los Parlamentos europeos, y que en el estilo y hasta en los modales se advierte cierta selvática rudeza, por influjo acaso del medio ambiente, por cierto atavismo, no transmitido por generación como el pecado original, sino por el aire que en aquellos círculos políticos se respira. Cuando en los escaños de un Cuerpo colegislador se masca tabaco, se colocan los pies más altos que la cabeza, y cada senador se entretiene con un cuchillito y un tarugo de madera en llenar el suelo de virutas, no es de extrañar que se digan y se aplaudan las mayores ferocidades, como si oradores y oyentes estuviesen tomados del vino.
No prueba esto, ni mucho menos, que la mayoría de aquella gran nación piense y sienta como sus apasionados politicians; antes es de esperar que esa mayoría, si con quejas violentas no la solevantamos nosotros y no nos enajenamos su voluntad, proteste, al ver nuestra serenidad y nuestra cordura, contra los agravios que los senadores nos han inferido y dé con su protesta el conveniente vigor y el indispensable apoyo al presidente Sr. Cleveland, para que él proteste también sin que nosotros lo pidamos ó lo exijamos y para que no se prevalga de la insinuación y del permiso con que le excitan y facultan á reconocer la beligerancia.
Claro está que el Gobierno español debe estar prevenido para todo evento, sin que ninguno por peligroso que sea, le sorprenda ó le asuste; pero, al mismo tiempo, nos atrevemos á recomendarle placidez y calma.
Aun suponiendo al Sr. Cleveland amigo de España ó amigo al menos de la justicia, no comprendo qué nos propondríamos lograr si de oficio pidiera satisfacción nuestro Gobierno de las injurias que nos han dirigido los senadores. Inútilmente pondríamos al Sr. Cleveland en el mayor apuro, ya que él no tiene fuerza para castigar á los senadores que se han insolentado contra nosotros ni para moverlos á que se retracten y canten la palinodia. Lo más que el Presidente podría hacer, sacrificando acaso un poco de su popularidad é indisponiéndose con los senadores para estar fino y amable con nosotros, sería decir que deploraba que nos hubiesen injuriado. Tal función de desagravios es tan triste y tan incompleta que lo mejor es que no la haya. Lo mejor es que el Gobierno español no aspire á que el Sr. Cleveland declare que nos tiene algo á modo de lástima.
En suma, á pesar de las ofensas que se nos han hecho hasta ahora en el Senado, y á pesar de que yo doy por seguro que no han sido menores las que se nos han hecho en el Congreso, yo creo que el Gobierno de la nación española no debe darse por entendido, ni considerarse herido de semejantes ofensas, ni formular contra ellas en documento oficial la queja más mínima. Esta queja sería una confesión de que nos han tocado y maltratado, sería poner á la nación española al nivel de sus detractores, sería confesar que los tiros de éstos han subido muy alto y han tenido fuerza para atravesar el escudo del soberano desprecio con que España debe desdeñarlos.
España, prescindiendo de la resolución que en pos de los insultos puede venir, arrastrándonos fatalmente á una guerra sangrienta y ruinosa, y considerando sólo los insultos, conviene que los juzgue y condene con las palabras mismas del gran poeta inglés: «Tales told by idiots, full of sound and fury, signifying nothing».
En los momentos difíciles en que se halla en el día la nación española, es antipatriótico todo espíritu de oposición contra el Gobierno. Debemos desear que acierte, y para su acierto debemos coadyuvar en la medida de nuestras fuerzas, sin poner el menor estorbo y sin apelar á la censura ni mostrar disgustos sino en casos extremos. A fin de no precipitar al Gobierno á un rompimiento prematuro con los Estados Unidos, lo primero que importa comprender es que no se debe ligeramente pensar que el honor de España está ofendido y comprometido por aquello y en aquello por lo que no puede estarlo. Válganos una comparación para aclarar este concepto. Si un solo hombre se viese acometido por cuatro ó por más locos furiosos, mejor armados y con mayores medios de defensa y de ofensa, y los cuatro le insultasen, y además quisiesen con amenazas intervenir en los negocios de él y hasta disponer y apoderarse de su hacienda, el hombre así atacado lo primero que haría sería prescindir de los insultos y procurar pidiendo auxilio y por todos los medios rechazar las injustas pretensiones y exigencias de sus poderosos agresores. En último resultado, si permaneciese solo y nadie acudiese en su ayuda, lo noble y lo heroico sería combatir él solo contra los cuatro hasta vencerlos ó morir; pero también sería delirio, y vanidad y pundonor mal entendido el combatir solo y desde luego sin intentar que alguien viniese en nombre de la equidad y de la justicia á poner á raya á su enemigo y á evitar la desigual é injusta contienda con que su enemigo le amenazaba si no cedía ó se humillaba á su capricho, á su soberbia y á su codicia acaso.
Quiero significar con esto que, á mi ver, el Gobierno español, sin dirigir la menor queja al de Washington, en lenguaje tan templado y circunspecto como firme, en nota circular dirigida á las principales naciones de Europa, debe escribir una protesta contra la resolución tomada por el Senado y por el Congreso de los Estados Unidos, demostrando con razonamientos y autoridades y citas que los mencionados Cuerpos Colegisladores han infringido el derecho de gentes al declarar beligerantes á unos foragidos, han faltado á las buenas relaciones de amistad con España fomentando y favoreciendo el espíritu de rebelión de algunos cubanos, y han desconocido la autonomía y soberanía de España osando amenazarla con intervenir en sus interiores asuntos y excitándola á que se desprenda de gran parte de su territorio y de la población que hay en él, lo cual es todo suyo legítimamente desde hace cuatro siglos.
Yo no puedo creer que Francia, Inglaterra, Alemania y otras grandes potencias de Europa dejen de darnos la razón: no se pongan de nuestro lado á fin de impedir que violentamente se nos veje y se nos quiera despojar de lo que poseemos, amenazándonos con una guerra injusta y harto poco gloriosa para el que con ella nos amenaza, confiado en la descomunal superioridad de sus fuerzas en hombres y en dinero.
Durante siglos España ha demostrado su valor, y bien puede ahora, sin recelar que la acusen de pusilánime, llegar al último extremo de la prudencia y de la cordura y pedir apoyo y favor contra un enemigo reconocidamente más fuerte que ella y que trata de abusar de su fuerza. Asimismo es muy humano y muy conveniente á la civilización evitar hasta donde sea posible la efusión de sangre, los estragos, la paralización del comercio y las grandes pérdidas de riqueza que una guerra trae consigo. Nadie nos podría zaherir por esquivar esta guerra, dejando á salvo nuestra independiente soberanía y conservando, sin acudir á las armas y merced al apoyo de grandes potencias, la integridad de nuestro territorio.
Enorme desventura sería si después de dar este paso nadie nos acudiese y permaneciésemos tan aislados como estamos ahora. Para entonces es para cuando conviene tener nuestra energía como contenida y represada y hacer brioso alarde de ella con viril serenidad, arrostrando todos los peligros, confiando en Dios y en nuestro derecho, y combatiendo solos contra los Estados Unidos, aunque fuesen mil veces más poderosos de lo que son, sin desesperar del triunfo, ó sin hacerle pagar muy caro al menos.
Lo pasado ya no tiene remedio. De lo pasado no debiera hablarse si no encerrara una lección y un escarmiento para el porvenir.
Menester es confesarlo. En el aislamiento de España hay de nuestra parte no pequeña culpa. Cuantos gobiernos y cuantos partidos han estado en España en el poder, desde hace muchos años, han propendido al aislamiento, movidos por una prudencia mal entendida y por un concepto equivocado y mezquino de la importancia y del valer de la nación cuyos destinos dirigían. Deberes hay que España no puede desatender y hay aspiraciones y propósitos que el alma de la nación no puede ahogar en su centro, aunque se esfuerce por ahogarlos. Son los deberes la conservación de las Antillas y de los archipiélagos que poseemos en el Pacífico. Nuestras aspiraciones, providencial ó fatalmente impuestas por nuestra misma historia, están en que nadie sin contar con nosotros domine en Marruecos; en estrechar cada vez más nuestras relaciones con los portugueses; y en conservar, ya que los lazos políticos están rotos, la unidad de civilización, de idioma y de casta entre esta península y las que fueron sus colonias y hoy son repúblicas independientes, procurando y anhelando, con poco menos ahinco é interés que nuestra prosperidad y auge los de las repúblicas hispano-americanas, hacia las cuáles nos inclina un orgullo paternal que no quisiéramos ver abatido y burlado.
Con tales propósitos y miras, el retraimiento de España es imposible: el afán de sus gobernantes de no exponerla lanzándola en aventuras, la ha expuesto más dejándola sola. Hasta nuestro desmesurado proteccionismo ha contribuído á enajenarnos la voluntad ó á entibiar al menos el afecto que pudieran sentir por nosotros algunas potencias de primer orden. No nos ha valido para estímulo el ejemplo de otras naciones, que buscando alianzas y aventurando algo han alcanzado bienes que parecían inasequibles y como delirios de un ensueño. Así el Piamonte, vencido y ruinosamente multado, después de Novara, ha venido á lograr lo que en balde se pretendía desde hace siglos: la unidad de Italia, sólo momentáneamente lograda bajo el cetro del rey bárbaro Teodorico. Austria, para tener apoyo y alianza, se ha unido en estrecha amistad con los dos pueblos que más la han agraviado: con los italianos, que han conseguido arrebatarle el Milanesado y el Véneto, y con los prusianos, que la vencieron y la despojaron de la hegemonía en Alemania. Francia misma, desechando antiguas enemistades, busca con fina y constante solicitud la amistad de los rusos y los lisonjea y los encomia, poniendo de moda hasta las rarezas y excentricidades de sus escritores. Tal vez España sea la única nación que por el afán de no comprometerse ha esquivado toda amistad y se ha quedado sola. Si sigue así, si nadie acude á sostenerla, escarmentará al verse en tan cruel abandono.
Por fortuna, aun sin contar con alianzas que no hemos buscado y con simpatías que no hemos procurado crear ni fomentar, todavía nos queda alguna esperanza de que las grandes potencias de Europa se pongan de nuestro lado, vuelvan por nosotros y hagan respetar nuestro derecho. Sería extraño que sufriese en silencio el presuntuoso descaro con que los diputados y senadores yankees se constituyen en tribunal del humano linaje, en hierofantes de la filantropía y la cultura, reprobando y anatematizando la conducta de una nación soberana en su gobierno interior, sometiéndola á su fallo y tratando de imponerle castigos infamantes, de desmembrarla á su antojo y de despojarla de parte de sus bienes. Todavía es más odiosa y ridícula esta pretensión al notar que se apoya en la necia doctrina de Monroe. ¿Qué significa racionalmente que América ha de ser para los americanos? ¿Dónde están los americanos á quienes América en todo caso pertenece? Los que han dejado vivos los yankees están acorralados como toros bravos en una dehesa ó como jabalíes en un coto. Fuera de esto, América es y seguirá siendo, durante muchos siglos, de los europeos. La religión, la ciencia, la cultura, los idiomas en que se habla y se escribe, todo es allí de Europa. Si ha habido allí algunos historiadores ilustres, algunos poetas inspirados, y tal cual mediano pensador, en inglés, en portugués ó en español han escrito; si algo han inventado, no ha sido lo bastante, ni para torcer el rumbo, ni para acelerar el paso y aumentar el vigor y la firmeza con que la humanidad sigue su marcha progresiva elevándose á superiores esferas. Todo cuanto los yankees han pensado, inventado ó escrito, podrá ser un brillante apéndice; pero no es más que un apéndice de la civilización inglesa. Será una cola muy lucida, pero no es más que la cola. El núcleo, el foco, el centro luminoso, el primer móvil, cuanto ilumina y mueve aún á la humanidad en su camino, está en Europa y no ha pasado á América ni es de temer que pase. La antorcha del saber y de la inteligencia, la férula del magisterio, el timón de la nave, el cetro de la soberanía mental están en Europa desde hace tres mil años.
Ni los persas, ni los cartagineses, ni los árabes, ni los tártaros, ni los turcos, lograron arrebatárnoslos en sus ingentes y tremendas expansiones. Es, pues, cosa de risa el prurito de los yankees, su mal disimulado deseo de arrebatárnoslos ahora. Y si no pretenden esto, si no aspiran sino á un nuevo divorcio entre ambos hemisferios ¿qué significa la doctrina de Monroe? Todavía en las Repúblicas hispano-americanas, si la suerte les hubiera sido más favorable y si no estuvieran tan abatidas, la doctrina de Monroe tendría explicación, tendría fundamento justificado. Allí hay un elemento indígena: allí hay americanos de verdad. Hasta de la mezcla de la sangre española con la sangre india, se podría suponer que ha nacido y que se desenvolverá una raza distinta y acaso superior á la europea. ¿Pero en los Estados Unidos hay algo más que el suelo que sea americano? ¿Qué significa pues la manoseada frase «para los americanos América?» ¿Con qué razón, con qué derecho, á no ser por la fuerza cuando la tengan, tratarán los yankees de echar de América primero á España, y después á Inglaterra, á Francia, á Holanda y á Dinamarca, que son tan americanas como los yankees y han merecido y merecen más aplauso y gratitud de América, porque la han colonizado, civilizado y cristianizado, implantando en ella todo el saber, toda la virtud y todos los gérmenes de poder y de grandeza de que los yankees andan ahora tan orgullosos?
Al redactar este escrito me dejo llevar por un impulso involuntario, reconociendo lo poco que importa mi protesta y lo débil que es este alarde de patriotismo al lado de los que hacen y seguirán haciendo muchos generosos y nobles españoles, como, por ejemplo, los que residen en Méjico, y en la Península el sabio Obispo de Oviedo y el noble Marqués de Comillas. Avergonzado por ellos de mi insignificancia, he vacilado, durante algunos días, en dar á la estampa este escrito.
Igualmente me han hecho vacilar el respeto y el afecto que profeso aún á la nación anglo-americana, á pesar de las injurias de que sus representantes nos han colmado, porque yo no quisiera por ningún estilo, al devolver á dichos representantes agravio por agravio, que alguien imaginase que yo trataba de ofender á su nación aunque por ser nosotros calumniados y engañada ella por vulgares prejuicios que han difundido y difunden rastreros escritores, estuviésemos empeñados en una lucha que no tiene razón de ser. Estos rastreros escritores se han complacido en pintarnos á los ojos del vulgo de sus compatricios como una nación de fanáticos y de malvados. Casi les hacen creer que tenemos Inquisición todavía y que hemos asesinado jurídicamente, cuando la tuvimos, centenares y centenares de hombres. Se han callado muy bien, ó por mala fe ó por ignorancia, que en cualquiera de las naciones más cultas y urbanas de Europa, y sin tener Inquisición, se han cometido más crueldades, se han elevado más cadalsos, se han encendido más hogueras, y ha hecho más víctimas que en España la superstición religiosa. En Inglaterra, metrópoli de los Estados Unidos, cuentan autores ingleses sobre treinta mil brujos y brujas ajusticiados; víctimas del fanatismo han perecido allí reyes y reinas, y mártires tan gloriosos como Tomás Moro.
Lutero, Calvino y Knox sólo pedían libertad religiosa cuando estaban en minoría. En Escocia aún se quemaban brujas en el siglo pasado. Y en los mismos Estados Unidos, sólo en Salem (Massachusetts), se han cometido más atrocidades y asesinatos jurídicos, únicamente á causa de la brujería, que por causa ó pretexto de religión cometió el Santo Oficio en toda la América entonces española desde Texas y California hasta el estrecho de Magallanes.
Yo no creo que los mulatos rebeldes y los negros cimarrones de Cuba despierten profundas simpatías en el alma de los legisladores yankees, ni que les den esperanza de que, declarados ya independientes, formen una República superior á la de Haïti, y contribuyan más que nosotros al progreso y al bienestar del linaje humano y al florecimiento y auge de la agricultura, de la industria y del comercio. Para mí, pues, es evidente que no por amor de ellos, sino por odio á nosotros, ambas Asambleas de la Unión los protegen. Y este odio, que deploro, es el que yo quisiera ver disipado. Tengo por innegable que en ningún corazón español, á pesar de los ultrajes recibidos, existe tal odio. Sin él, y sólo por necesidad, iremos á la pelea, si se nos acosa: si se nos pone, como vulgarmente se dice, entre la espada y la pared. Doloroso será entonces tener que pelear contra un pueblo, en quien no podemos menos de admirar excelentes prendas y elevados impulsos, enteramente contrarios á los que le exciten á esta injusta contienda.
Lo que yo admiro más en los Estados Unidos, hasta por el candor juvenil y casi infantil del sentimiento, es su prurito de acometer portentosas y difíciles empresas y de ver si logran sobrepujar en todo á los europeos. Hay en Europa casas de siete pisos, pues los yankees las construyen de catorce; hay en Europa monumentos altísimos, pues los yankees los construyen cincuenta codos más altos; hay en Europa regios alcázares, cuya base se extiende sobre centenares de metros cuadrados, pues los yankees harán que se extiendan sobre millares de metros cuadrados sus alcázares republicanos. Todo en América ha de ser más alto y más grande que en Europa. ¿No está, por consiguiente, en contradicción con este empeño de superioridad; con el Excelsior, tan hermosamente cantado por un poeta yankee y tomado como lema y santo y seña de su nación, el querer intimidar con amenazas y fieros á una nación que se cree débil, para fomentar la rebelión de gente á quien no es posible que se estime y para atropellar legítimos derechos? El mismo Presidente Cleveland y todo el pueblo anglo-americano debieran protestar, sin que nadie abogase por nosotros, contra los arrebatos violentos y ciegos de que se han dejado llevar sus Cuerpos Colegisladores.
Hubo en los Estados Unidos, y hay aún, porque supongo que vive, un cierto coronel Ingersoll que quiso, en su especialidad, como otros compatriotas suyos, ir más allá que todos los europeos. Era su especialidad un terrible aborrecimiento á Dios y un decidido empeño de expulsarle del universo, á fin que libre del despotismo divino fuese más dichoso el humano linaje. Para esta expulsión de Dios alegaba el coronel la crueldad con que Dios castiga en el infierno á los pecadores. Decía él que si su mujer, un tío suyo ó cualquiera de sus camaradas, estuviese sufriendo las penas eternas, y él estuviese en el cielo, le diría á Dios cuatro frescas y se iría también al infierno con su gente. Pero á esto se me ocurre objetar: ¿no sería mejor y más prudente en vez de pelearse con Dios, insultarle y llamarle tirano, creer que es bueno y hasta que todo eso de las penas eternas puede ser una calumnia que le han levantado á Dios en las Edades Tenebrosas, como el coronel Ingersoll las llama? Pues aplíquese el cuento al caso presente, y en vez de querer arrojarnos de Cuba y de insultarnos por lo crueles que somos, reconózcase y confiésese que no hay tal crueldad de nuestra parte, sino exagerada blandura con los mambises depredadores é incendiarios. Esto sería lo razonable y lo justo: que el coronel Ingersoll dejase á Dios en paz en el cielo y se contentase con poner las peras á cuarto á Moisés y con demostrar que no supo tanta química y tanta geología como él sabe, y que sus compatricios nos dejasen á nosotros en paz en Cuba, reconociendo que la hemos de cuidar mejor que los insurrectos si llegan á ser independientes, aunque no acertemos á hacer de Cuba el Paraíso que harían de ella los yankees, más sabios que nosotros en artes mecánicas y mejor iluminados y obsesos por los genios del comercio y de la industria.
En suma, yo tengo cierta vaga esperanza, y pido fervorosamente al cielo que se realice, de que las grandes potencias de Europa, que forman tácita confederación para dirigir y ordenar la marcha civilizadora de nuestra especie, no contemplen con indiferencia la atroz iniquidad de que pretenden las Cámaras anglo-americanas hacernos blanco y objeto. Hasta confío aún en que la masa del pueblo de la Unión vuelva en sí, retroceda del camino por que quieren lanzarla, se llene de honrados escrúpulos, y vea y note cuanto hay de cobarde, de ruín y alevoso, en querer aprovecharse para humillarnos de nuestra verdadera ó aparente postración y de los disturbios que nos abruman. Yo no me atrevo á creer que ese pueblo, hoy en toda la lozanía, crecimiento y vigor de su mocedad, pretenda lucirse haciendo el feo papel de sacudir la coz del asno contra el león que juzga moribundo. Por todo esto, es tan posible como deseable que el conflicto que se ha promovido no acabe por estallar, con horroroso estrago, como bomba de dinamita, sino que se quiebre y se desvanezca en el aire como ténue bola de jabón y de agua.
En vista de lo que queda expuesto, apenas es creíble que Inglaterra, Francia y las demás naciones de Europa que en América tienen colonias se crucen de brazos, y sólo por la culpa de que somos débiles, ó de que consideran que somos débiles, dejen sin chistar y sin mostrar el menor enojo que los Estados Unidos nos insulten, nos vejen y nos despojen.
Pongámonos, sin embargo, en lo peor. Demos ya por seguro que nadie acude á nuestro lado y que sin freno que los contenga, los yankees persisten en sus exigencias y en su furia. Aun así, yo afirmo que debemos pasarnos de modestos, de pacíficos y de prudentes. El límite de nuestro sufrimiento debe ser el último límite. El Gobierno español, con paternal cuidado y amoroso desvelo, debe evitar cuanto sea posible los crueles sacrificios de vidas y de haciendas á que una guerra desigual nos obligue; pero llegados ya al último límite, nos conviene entender que es consejo y no precepto evangélico aquello de que: si te piden la capa da también la túnica. No, no debemos dar ni túnica ni capa; no debemos entregar á la codicia ó á la soberbia de los yankees ni un palmo de terreno en la isla de Cuba; ni debemos tampoco continuar pagándoles tributos como por virtud de injustas y arbitrarias reclamaciones de indemnización nos los han hecho pagar durante muchos años, humillándonos al pagarlos. Antes de sufrir tanto oprobio y tan honda caída, desvanecidas ya todas las esperanzas de paz honrosa, declaremos la guerra á los Estados Unidos, hagámosla con valor, y aunque nuestro triunfo definitivo parezca milagro, confiemos y creamos en que la era de los milagros no pasó todavía.
¿Quién sabe si el sacudimiento terrible que tendrá que producir esta guerra no será una crisis saludable que nos levante de la postración en que estamos y nos coloque de nuevo entré las grandes naciones del mundo? Unidos todos en un esfuerzo común, olvidaremos nuestras divisiones de partidos, nuestras rencillas políticas y nuestros desventurados regionalismos. No seremos republicanos, ni carlistas; canovistas, ni sagastinos; pero seremos ministeriales todos; y no nos jactaremos de ser aragoneses, catalanes, castellanos ó vascos, porque todos seremos españoles.
Nuestro ejército, lejos de lamentar la guerra, se alegrará de que, merced á la guerra, podrá luchar con alguien que dé la cara, que no sean foragidos que huyen y se esconden, y en cuyo vencimiento se puede alcanzar alguna gloria. Nuestros generales, por último, se alegrarán más aún, porque tendrán ocasión de mostrar lo que valen, en vez de jugar al escondite con enemigos que se ocultan y de sacrificar á sus soldados, no por exponerlos á las balas de esos enemigos y á sus celadas y sorpresas, sino por las inclemencias y las fiebres de un clima mortífero para ellos.
Aunque soy optimista, aunque no pierdo nunca la esperanza, aunque creo que ahora tienen los españoles el mismo gran ser que tuvieron á fines del siglo XV y durante todo el siglo XVI, cuando fué el apogeo de su gloria, si bien no temo la guerra, tampoco la deseo. No tienen la culpa los ciudadanos de los Estados Unidos en general de la soberbia disparatada, de la ignorancia y de la codicia de sus representantes y de sus senadores. Y yo, sin poderlo remediar, no excluyo de mi amor por el linaje humano al pueblo de los Estados Unidos, donde hubo y hay hombres y cosas que me son simpáticos: elegantes é inspirados poetas como Longfellow, Russel-Lowell y Whitier; algunos pensadores, si poco originales, discretos é ingeniosos como Emerson, imitador de Tomás Carlysle; varios historiadores, aunque poco profundos, amenos y agradables de leer, salvo cuando tratan de sus propios asuntos, porque entonces suelen ser más pesados que el plomo; varios divertidos novelistas, y sobre todo, hombres de tan aguda inventiva que ya brillan como Edison, empleando la electricidad en no pocos útiles y pasmosos artificios, ya producen la máquina de coser, que siempre que la contemplo me deja embobado. Yo admiro además la belleza, el talento y la refinada cultura de las mujeres anglo-americanas, las cuales son la más preciosa y segura garantía de que si se llevase á su práctica huraña la doctrina de Monroe y se volviese á establecer el divorcio entre el antiguo y el nuevo mundo, no volverían los habitadores del último á andar vestidos de plumas y de pieles, á sacrificar seres humanos á los ídolos y á comerse unos á otros. Yo admiro el salto del Niágara, la riqueza y prosperidad de los Estados Unidos, la magnificencia y esplendor de sus grandes ciudades, como Nueva York, Boston y Filadelfia; la facilidad y comodidad con que por allí se viaja en ferrocarril, y lo amables y hospitalarios que son los yankees con los extranjeros cuando el amor propio no los ciega y cuando no se les pone en la cabeza que los extranjeros les son muy inferiores, porque entonces suelen ser harto poco amorosos y son muy desprovistos de caridad. Díganlo si no los pobres chinos, harto duramente zurrados porque trabajan por muy corto salario. Para no cansar, lo que es yo, á pesar de los insultos que nos han inferido, celebraría en el alma que nos reconciliásemos, nos estimásemos en más, y acabásemos por querernos bien en vez de venir á las manos.
Pero si esto no es decorosamente posible ¿qué le hemos de hacer? Pecho al agua y adelante. No hay mal que por bien no venga. Casi estoy por decir que de todos modos saldremos gananciosos. Si somos vencidos, perderemos pronto á Cuba sin aburrirnos y cansarnos durante tres ó cuatro años en perseguir á nuestros enemigos trashumantes, contra los cuales, en vez de enviar soldados, debiéramos enviar perros y hurones. Y si salimos vencedores, que todo es posible con el favor del cielo, donde aún conserva y cuida Santiago su caballo blanco y sus armas, entonces se corregirán muchísimo los yankees, porque se les bajará el orgullo que es su mayor falta; y yo, aunque estoy abrumado por las enfermedades y los años, me regocijaré al contemplar á los yankees más apacibles y benignos, menos duros é insolentes con nosotros, renegando de su tontería de doctrina de Monroe, y alargándonos sin rencor y como Dios manda la mano de amigos.
Entonces cantaría yo un magnífico Te Deum allá en el fondo de mi alma, y exclamaría remedando al viejo Simeón: Nunc dimittis servum tuum Domine, secundum verbum tuum in pace, quia viderunt oculi mei salutare tuum.
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DON Rafael María Merchán es uno de los escritores de más saber y talento que hay en el día en la América española. No he de negarle yo esta alabanza, porque él sea tan descastado y tan acérrimo enemigo.
Años há, me envió un libro suyo titulado Estudios críticos. Yo le celebré en mis Cartas americanas. Después creo que tuvimos cierta polémica y que el Sr. Merchán escribió un folleto contra varias de mis afirmaciones.
Desde entonces hasta hoy, ni yo he hablado al público del Sr. Merchán, ni supongo que él ha hablado de mí; pero ni yo le he olvidado ni él me ha olvidado tampoco. Para probarlo me acaba de hacer la fineza, que le agradezco, de remitirme desde Bogotá, donde reside, la obra reciente, de 250 páginas, titulada: Cuba. Justificación de su guerra de independencia.
La obra es curiosísima y tan llena de interés en la actualidad, que bien merece se dé noticia de ella. Voy, pues, á hacerlo, si El Liberal, hospitalaria y bondadosamente, inserta mi escrito en sus páginas de tan popular y difundida lectura.
Tan enfurecido está el Sr. Merchán contra España y tan deseoso de sacudir su yugo, que con tal de que sea libre Cuba, aplaude á los que incendian sus sembrados y plantíos y arrasan sus cortijadas indefensas, lamentando sólo que no hayan podido hasta ahora incendiar también sus ciudades y convertir toda la isla en espantoso yermo. Para hacer patentes la heroicidad, el primor y la conveniencia de tamaña destrucción, aduce el Sr. Merchán multitud de ejemplos históricos, desde Sagunto y Numancia hasta la fecha. Y para dar más vigor á su apología, cita una octava de la Lamentación de Byron, de Núñez de Arce, donde el poeta aconseja á los griegos que talen é incendien y lo conviertan todo en ruinas con tal de libertarse de los turcos. Hay, sin embargo, una distinción que hacer, y de no pequeña importancia. Los griegos iban contra los turcos, gente de muy distinta raza, civilización y creencias religiosas; y los griegos, cuya historia es gloriosísima y antigua, como del pueblo iniciador de la cultura humana, creador del arte, de las letras y de las ciencias de Europa, trataban de romper las cadenas con que los humillaba otro pueblo, rudo y bárbaro, venido del Norte del Asia, y de harto menos nobles historia y origen. ¿Qué tiene que ver esto con los españoles y los cubanos, ya que los últimos, si no son españoles ó negros, no son nada? En el porvenir podrán ser todo lo que anhelen y sueñen: por el invencible amor á mi raza deseo yo que sus sueños no sean absurdos, sino que se realicen; pero lo que es ahora, ó no son nada, ó son españoles, ó son negros. Hay además otra notable diferencia, que se apoya en el dicho vulgar de que cada uno hace de su capa un sayo. Heróicos, sublimes, son el desprendimiento y el sacrificio de los que destruyen su propia hacienda, como hicieron los numantinos; pero cuando alguien destruye ó quema lo que no le pertenece ó se queda con ello sin quemarlo ni destruirlo, no tiene traza de héroe, sino de bandido.
Veamos ahora los argumentos de que se vale el Sr. Merchán y la multitud de crímenes que atribuye á los españoles peninsulares para justificar y aun glorificar á los rebeldes de Cuba y para calificar de indispensables, de nobilísimas y de santas sus fechorías.
Hablaré primero de las acusaciones más generales y vagas que lanza contra nosotros el señor Merchán, y pasaré luego á las más concretas.
Según él, todo español que va á América podrá conseguir cuanto desee, menos una cosa: tener hijos españoles. Si fuese verdadera la afirmación, que por dicha no lo es, toda la malquerencia, todo el odio y todo el desdén que supone el Sr. Merchán que los españoles peninsulares tenemos á los españoles criollos, estarían, hasta cierto punto, fundados. Don Marcelino Menéndez y Pelayo hubiera podido entonces decir sin rencor, hablando de América, en su obra titulada Ciencia española, que la ingratitud y la deslealtad son fruta propia de aquella tierra. El mismo Sr. Merchán da la prueba de tan aventurado aserto cuando asegura que no hay español que pueda engendrar en América un hijo que no reniegue de su casta y que no se rebele contra la nación á que pertenece. Por dicha el Sr. Merchán se equivoca, y también se equivocó el señor Menéndez y Pelayo, y yo lo reconozco, aunque disculpo la última equivocación, enmendada ya. El Sr. Menéndez incurrió en ella siendo muy joven é inexperto todavía.
Por parte de los españoles peninsulares no hay odio, ni desdén, ni sombra de enojo contra los hispano-americanos. Ni uno solo de los casos que aduce el Sr. Merchán tienen el menor valor.
Don Antonio de Trueba, al apellidar á Bolívar El Libertador, dice: Nombre que uso por cuenta ajena y no en manera alguna por la propia. Y yo afirmo que, sin desdén ni odio, el Sr. Trueba hizo muy bien en no llamar por su cuenta Libertador á Bolívar. Los españoles peninsulares, sin menospreciarnos ni ofendernos, podremos llamar á Bolívar gran capitán, héroe, eminente político, ilustre y valeroso personaje; en suma, todo lo que se quiera menos Libertador, porque esto sería confesar y creer lo que no creemos; que nosotros somos unos tiranos inícuos de quienes conviene libertarse.
La señora doña Soledad Acosta de Samper fué en España tan obsequiada y celebrada como ella se merece; pero, no contenta con esto, todavía se queja (en su Viaje á España) de que no pongamos por las nubes á Bolívar, y de que no nos entusiasmemos con él. Pues si Bolívar nos venció, ¿cómo quiere la señora doña Soledad que nos entusiasmemos? ¿No hay hasta crueldad en exigirnos semejante entusiasmo y abnegación tan dolorosa? Fuera de esta cruda mortificación de amor propio que el Sr. Merchán y la señora doña Soledad Acosta pretenden imponernos para probar que los amamos, yo aseguro que siempre hemos dado á los hispano-americanos las mayores pruebas de estimación y de cariño. Y esto desde los tiempos más antiguos hasta el día de hoy. Americano era Alarcón, y no hay español que no le cuente entre nuestros grandes y gloriosos poetas dramáticos; casi, y tal vez sin casi, al nivel de Lope, de Calderón y de Tirso. Americana era doña Gertrudis Gómez de Avellaneda, y figura en España como la primera de nuestras poetisas líricas desde que empezó á escribirse en lengua española hasta el día. Y la poetisa que la sigue, y que tendríamos por la primera, si la Avellaneda no hubiera nacido, es sor Juana Inés de la Cruz, también americana.
No perjudicó ni estorbó su calidad de americanos ni á Gorostiza, ni á Ventura de la Vega, ni á Rafael María Baralt, ni á José Heriberto García de Quevedo, para ser entre nosotros altamente encomiados, aplaudidos y honrados con puestos y cargos importantes. Por eminentes hombres de Estado y popularisimos caudillos han pasado en España otros varones ilustres, nacidos también en América. Valga para ejemplo el marqués del Duero.
Cuantos personajes se han distinguido en la América española por su saber, por su ingenio, ó por sus hazañas, desde que la América española se declaró independiente, han sido en España tan celebrados y queridos como en la República misma donde ellos nacieron. Así D. Andrés Bello, á quien admiramos como filólogo y como autor de Derecho internacional, y cuyos hermosos y elegantes versos nos sabemos de memoria; y así D. Rufino Cuervo, cuyo Diccionario calificamos de trabajo maravilloso. No nos duele, sino que nos encantamos y nos ufanamos en poder admirar con fundamento las poesías de ambos Caros, de Mármol, de Andrade, de Obligado, de Restrepo, de Oyuela, de Ruben Darío y de algunos otros.
El buen gusto y la justicia no consienten que nuestra admiración se difunda mucho más. Y, francamente, nos parece hasta cómica la censura dirigida contra la Antología de poetas hispano-americanos del Sr. Menéndez y Pelayo, porque no incluya en ella, desdeñándolos, á no sé cuántos poetas de primera magnitud. Imposible parece que el Sr. Menéndez y Pelayo, que es tan erudito, no tuviese la menor noticia de esos grandes poetas. Y si los conocía, es inverosímil que no insertase en su colección ninguna de sus obras, cuando ha insertado en ellas, con indulgencia pasmosa, tantísimo verso insignificante y menos que mediano. El empeño de agradar á nuestros hermanos de América y el afán de mostrar que sabe mucho, disculpan al Sr. Menéndez y Pelayo; pero, hablando con franqueza, su Antología hubiera valido más, si en vez de constar de cuatro gruesos tomos hubiera constado sólo de dos, y aun de uno: su Antología se asemeja á los libros proféticos que la Sibila de Cumas vendió á Tarquino el Antiguo. Primero eran nueve y Tarquino no los quiso comprar; luego la Sibila los redujo á seis, y Tarquino no los compró tampoco; y por último, la Sibila los redujo á tres y pidió por ellos tres veces más de lo que por los nueve había pedido. Tarquino los compró entonces. Y es de suponer que si la Sibila los hubiera reducido á uno solo, Tarquino hubiera dado por él más dinero. Mutatis mutandis lo propio puede decirse de la Antología del Sr. Menéndez y Pelayo.
En lo expuesto hasta aquí, no creo yo que haya razón suficiente para que los rebeldes de Cuba nos hagan la guerra á sangre y fuego, poniéndonos en idéntica situación en que Dionisio, tirano de Siracusa, puso á un filósofo crítico que había en su corte. Como el filósofo no gustó de los versos del tirano, éste le trató muy mal; se apiadó luego de él y le sacó del calabozo en que le tenía encerrado; le leyó, por último, otros versos suyos, y entonces dijo el filósofo: que me vuelvan á encerrar en el calabozo. Aplíquese el cuento y conste que si la guerra civil cubana, cuya terminación fervorosamente deseamos, hubiese de terminar aplaudiendo nosotros muchos versos de por allí, un involuntario é indomable espíritu crítico nos forzaría á exclamar: que nos vuelvan al calabozo; que siga la guerra; signa canant, suenen las trompetas, como dijo Augusto á Fulvia cuando le amenazó con la guerra civil, si amorosamente no se le rendía.
Basta ya por hoy. Otro día hablaré de otras razones menos disparatadas que alega el señor Merchán en favor de la guerra de Cuba.
Ciencia exacta es la estadística. Yo no lo niego. Lo único que me atreveré á decir es que siempre que de estadística se trata, acude á mi memoria este cuentecillo.
De vuelta á su lugar cierto joven estudiante, muy atiborrado de doctrina y con el entendimiento más aguzado que punta de lezna, quiso lucirse mientras almorzaba con su padre y su madre. De un par de huevos pasados por agua, que había en un plato, escondió uno con ligereza. Luego preguntó á su padre.—¿Cuántos huevos hay en el plato?—El padre contestó:—Uno. El estudiante puso en el plato el otro, que tenia en la mano, diciendo:—¿Y ahora, cuántos hay?—El padre volvió á contestar:—Dos.—Pues entonces—replicó el estudiante—dos que hay ahora y uno que había, antes, suman tres. Luego son tres huevos los que hay en el plato. El padre se maravilló mucho del saber de su hijo, se quedó atortolado y no atinó á desenredarse del sofisma. El sentido de la vista le persuadía de que allí no había más que dos huevos; pero la dialéctica especulativa y profunda le inclinaba á afirmar que había tres. La madre decidió al fin la cuestión prácticamente. Puso un huevo en el plato de su marido para que se le comiera: tomó otro huevo para ella, y dijo á su sabio vastago:—El tercero, cómetele tú.
Tercer huevo es casi siempre el superávit de los presupuestos y no corta porción de las rentas y recursos de los particulares y de los Estados.
Traigo esto al propósito de que recibamos con escepticismo prudente todos los datos estadísticos que el Sr. Merchán presenta para demostrar cuánto produce á España la isla de Cuba.
Según muchos políticos y estadistas españoles, entre los cuales cita el Sr. Merchán á D. Francisco Silvela, en un discurso que pronunció en el Congreso el 12 de Febrero del año pasado, Cuba, desde hace tiempo, es una carga para España.
Contra esto se encoleriza extraordinariamente el Sr. Merchán y siente herida su vanidad de cubano. Según él, Cuba nos produce tanto, que el día en que la perdamos, casi todos los españoles nos moriremos de hambre ó poco menos. Por interés y no por punto de honra, anhelamos, pues, conservar á Cuba. El Sr. Merchán no quiere comprender ó no comprende, que, hasta prescindiendo del interés y del punto de honra, la conservación de la grande Antilla nos importa mucho. Su pérdida no podría menos de dolernos, como duele á cualquiera que le saquen una muela picada, aunque la muela para nada le sirva. De aquí que tratemos de empastarla ó de orificarla, y procuremos resistir á los sacamuelas de los Estados Unidos, que desean su extracción y tienen ya preparado el gatillo.
Pero vamos á la estadística del Sr. Merchán.
Confiesa que, desde 1868, no vienen á España sobrantes de Ultramar. Los insurrectos de Yara, dice con júbilo, cerraron este vasto desagüe. Veamos ahora la enorme cantidad de millones que, según el Sr. Merchán, viene á España por otros conductos.
Según él y según el Sr. Dolz, á quien cita, nuestros empleados en aquellas aduanas defraudan al Tesoro, y sin duda envían á España cada año la friolera de ocho millones de pesos fuertes. Sea, digo yo: pero, como no se puede creer que los mercaderes y contrabandistas de Cuba lleven la tontería hasta el extremo de concurrir en balde y de balde á este robo, dando á los empleados lo que debieran dar al Tesoro, fuerza es afirmar que, si dan á los empleados ocho millones se quedan ellos con doce, ó siquiera con otros ocho, para que el robo sea á medias. Yo me resisto á creer que el comercio de exportación y de importación dé en Cuba para tan desaforado latrocinio. Aceptemos, no obstante, que el resguardo y los vistas ciegos envían á España los ocho millones.
En todo lo demás que pone el Sr. Merchán como rendimiento de Cuba á España, es evidente que el Sr. Merchán delira.
Cuba, dice, exporta cada año para España seis millones de pesos fuertes en frutos, que pagan por derecho de importación tanto como valen. Supone luego que estos seis millones, que salen del bolsillo de los peninsulares que quieren regalarse con frutos ultramarinos, son también tributo ó dádiva que Cuba nos envía; y suma catorce millones.
El estanco del tabaco rinde diecinueve, según manifestó recientemente el director de la Compañía Arrendataria, D. Eleuterio Delgado. Aunque no se comprende por qué, el Sr. Merchán se los aplica también á Cuba y ya tenemos que Cuba nos produce treinta y tres millones.
España manda á Cuba cada año, en mercancías, por valor de veinticinco; pero como de allí vienen seis, la balanza de comercio sólo da en nuestro favor diecinueve. Y como si todas las mercancías que enviamos á Cuba no valiesen un pito y fuesen una basura grandísima, que nosotros hiciésemos tragar y pagar por fuerza á los infelices y tiranizados cubanos, el Sr. Merchán pone también estos diecinueve millones en la cuenta de lo que Cuba nos tributa, haciéndola subir á cincuenta y dos millones de pesos anuales. Tal es la renta clara y paladina que da Cuba á España. La renta misteriosa y oculta es inmensa, según el Sr. Merchán. Los empleados, los comerciantes peninsulares, todos cuantos van de España á Cuba no se cansan jamás de enviar dinero de Cuba á España.
En su afán de ponderar lo que cuesta á Cuba el ser española, pone y suma el Sr. Merchán los sueldos principales del alto clero y de los funcionarios militares y civiles; pero no logra elevarse en esta suma por cima de doscientos mil duros. Y no se para tampoco á considerar que si Cuba llegase á ser República independiente, no había de suprimir al arzobispo, al obispo, á la clerecía, á los empleados todos, y hasta se había de quedar acéfala y sin presidente. Ya saldría á los cubanos bastante más caro que les sale ahora todo el aparato administrativo. Y esto sin meternos á vaticinar ni á recelar que en Cuba pudiera haber presidentes, como los ha habido en otros puntos de América, que han tenido para estrujar al pueblo y sacarle el jugo tanta pujanza como la prensa hidráulica más poderosa. Con todas las violencias tiránicas, con todas las ferocidades de cuantos virreyes, gobernadores y capitanes generales ha enviado España á América, desde el reinado de Felipe II hasta hoy, si pudiéramos ponerlas en un alambique y destilar la quinta esencia de ellas, créame el Sr. Merchán, no sacaríamos un espíritu equivalente al del tirano Rosas, pongo por caso.
Es el Sr. Merchán, ó aparenta ser, contrario á la anexión de Cuba á los Estados Unidos. No puede, por consiguiente, alegar, en contra de lo que él llama profecías siniestras, el florecimiento y prosperidad de Cuba si llega á ser un Estado más de la Unión. El Sr. Merchán no aspira al suicidio colectivo como raza. Espera y pretende que Cuba continúe siendo latina, que es el epíteto que gustan de darse ahora muchos hispano-americanos, para no llamarse españoles. Todos han de ser latinos, aunque no hayan pasado del quis, quæ, quod vel quid.
El odio á España del Sr. Merchán y de otros insurgentes es tan feroz y desapiadado, que más que la prosperidad y auge de Cuba, harto problemáticos si llega á ser independiente, los encanta y seduce la tremenda ruina en donde, según ellos, se hundirá España si perdemos aquella ísla. Como si fuera tan malo cuanto en la Península se produce, que nadie quisiese comprarlo sino por fuerza, entienden que, separada Cuba de España, no tendremos á quien vender. Los diecisiete y medio millones de españoles peninsulares, asegura el Sr. Merchán que estamos amenazados de miseria y de muerte si perdemos la clientela forzada de 1.200.000 blancos y 400.000 negros sus compatriotas.
Por lo visto, entra también en el plan de los insurrectos el despojar á los españoles penínsulares de las propiedades territoriales que en Cuba tienen, y hasta el expulsarlos de allí. «Toda esta población—decía en 1869 La Voz de Cuba, en artículo que el Sr. Merchán reproduce y celebra—vivirá errante y miserable en el mundo.»
Para que tal cosa no suceda, para defender á esa población, á la que tenemos obligación de defender; para conservar la integridad de nuestro territorio, para que la nación española no sea de nuevo mutilada, y no porque Cuba nos produzca todos esos millones fantásticos, deseamos conservar á Cuba, y es de esperar que la conservemos. Los diecisiete millones y medio de españoles peninsulares, salvo muy pocos, no temen perder el mercado para su industria, y perder el fomento de su comercio y de su marina mercante, si llegasen á perder la perla de las Antillas. No nos faltaría entonces sitio y gente á donde enviar nuestros productos y nuestros barcos. La pérdida de Cuba nos traería, sin duda, perturbación, mas no por la utilidad que Cuba nos trae ó nos ha traído nunca. Si atendiésemos solo á esta utilidad, apenas habría español que no estuviese deseando que nos quedásemos sin Cuba.
No tendría entonces que decir el Sr. Merchán, citando los arrogantes versos de Núñez de Arce, y dirigiéndose á Cuba:
| «Y si ser grande y respetada quieres, |
| de tí no más la salvación esperes.» |
Consejo que Cuba, ó mejor dicho, los rebeldes en armas no siguen, porque solos ni se hubieran rebelado, ni persistirían en la rebelión, que los yankees atizan, fomentan, patrocinan y pagan para echar de allí al cabo, no sólo á nosotros los españoles, sino también á todos los latinos, sin excluir al Sr. Merchán, que regresaría por corto tiempo á su patria y que tendría que volverse á Bogotá, porque en Cuba, yankeeficada, le mirarían como mueble incómodo é inútil y no le harían caso. No le valdría la adulación con que proclama la omnipotencia de los Estados Unidos.
Si quisieran apoderarse de Cuba, dice, «¿quién se opondría? ¿Inglaterra? El Leopardo puede aceptar luchas con el Águila, pero no la provoca á ellas. ¿Francia? Mientras no arregle cuentas con Alemania, evitará contiendas con otras naciones fuertes y civilizadas. ¿Alemania, Rusia? No tienen intereses coloniales en América; y Rusia, de desenvainar la espada, lo haría á favor de su antigua amiga la Unión Americana. En cuanto á una coalición de las grandes potencias, los Estados Unidos no la temen. Recuérdese cómo desbarataron la Santa Alianza con un Mensaje de Monroe».
¿Tendrá razón el Sr. Merchán y lo podrán todo los Estados Unidos? ¿Se atreverán á intervenir en Cuba y á intentar despojarnos de cuanto allí legítimamente poseemos, sin que por impotencia ó por imprevisor egoísmo se interponga en nuestro favor ninguna grande potencia europea? Entonces sí que no será á Cuba, sino á España, á quien tenga que decir el poeta, y esperemos en Dios que sea oído:
| Y si ser grande y respetada quieres, |
| de tí no más la salvación esperes. |
Algo arrepentido estoy de haber tomado por asunto de un escrito mío el libro del Sr. Merchán. Hay muchísimo que decir sobre él, y yo me canso, y, lo que es peor, temo cansar á mis lectores. Sin embargo, como ya emprendí la tarea, no quiero dejarla sin terminar, si bien procuraré ser muy conciso.
Lo más grave de que el Sr. Merchán acusa á España, es de su corrupción administrativa en Cuba. Nada hay que decir contra los datos que aduce. Todos están tomados de discursos, informes, folletos y Memorias, suscriptos por los señores Romero Robledo, Moret, marqués de la Vega de Armijo, Balaguer, Doltz, general Pando, general Salamanca y bastantes otros hombres políticos peninsulares de la primera importancia.
No quiero entrar en pormenores, porque son cansados y además harto feos. Convengo, pues, con el Sr. Merchán en que en Cuba la corrupción administrativa es deplorable: es un mal que requiere pronto y enérgico remedio. ¿Pero le hallará la rebelión, si triunfa y establece en Cuba una República independiente? Lo dudo, y no digo rotundamente lo niego, porque no me precio de profeta, porque mi optimismo no tiene limites y porque no he perdido la fe en lo sobrenatural y milagroso.
Mal hemos administrado á Cuba en el siglo presente; pero lícito es presumir que los cubanos libres la administrarían mil veces peor. Libres son y constituídas están en Repúblicas todas nuestras antiguas colonias en el continente americano. ¿Hay alguna de ellas que desde que conquistó su libertad hasta hoy haya sido mejor administrada que Cuba? Esto es lo primero que sería necesario demostrar.
Yo reconozco desde luego que el desarrollo del comercio, de la industria y de la riqueza en general, mil ingeniosas invenciones y los más fáciles medios de comunicación entre las gentes han hecho progresar y han llevado como á remolque hasta á los pueblos más atrasados. Pero estas causas debieran influir más en los pueblos libres que en pueblos como el de Cuba, que gime aún bajo el abominable yugo de España. Cuba, no obstante, apenas tenia á principios de siglo más población que 400.000 almas. Hoy pasa la población de Cuba de 1.600.000. La población, pues, está cuadruplicada, sin que á esto contribuyan, ni la abolida trata de negros, ni una gran corriente de emigración europea ó asiática. La riqueza y el bienestar han aumentado también, á pesar de las guerras civiles. No estarán, pues, tan oprimidos y miserables los cubanos, cuando así crecen y prosperan. ¿Crecen en la misma proporción en las Repúblicas hispano-americanas, las gentes, el bienestar y la riqueza?
Ya he dicho que no he de negar yo la corrupción administrativa de Cuba, para cuya prueba aduce el Sr. Merchán tanto testigo; pero tenga por cierto que, si fuese tal como él la pondera, Cuba no hubiera prosperado. La extraordinaria fecundidad de su suelo no hubiera podido prevalecer contra la rapacidad que en los peninsulares supone el Sr. Merchán. Si de los cuatro siglos que hace que poseemos á Cuba hubiéramos sacado de ella y enviado á España durante cuarenta años siquiera, á diez años por siglo, la mitad no más de lo que anualmente robamos á Cuba, ó sean veinticinco millones de pesos fuertes y esto sin contar las remesas misteriosas é infinitas que hacen los peninsulares, tendríamos que, en poco tiempo, habrían ingresado de Cuba en España nada menos que mil millones de pesos fuertes. ¿En qué Pozo Airón, en qué sumidero, en qué insondable abismo ha venido á precipitarse y á hundirse este Misisipí, este Amazonas de oro? ¿Dónde están los palacios, las soberbias quintas, los hadados jardines, el lujo sardanapálico y los sibaríticos deleites de los peninsulares que trajeron de Cuba todo ese dinero? ¿Dónde están los templos, los obeliscos y las pirámides que hemos levantado con el áureo vellocino de nuestra Colcos? Ambas Castillas están pobres y desoladas. Los palacios de los peninsulares enriquecidos en Cuba son más difíciles de hallar que los de Dulcinea. Y no hay monumento de algún valer que no se haya erigido con dinero nuestro y no cubano. Para que sea más evidente la prueba, los monumentos más nobles y grandiosos, hasta son anteriores al descubrimiento de América, y por consiguiente, de Cuba; los muros ciclópeos y las ingentes torres y arcos triunfales de Avila; las catedrales, como las de Burgos y Toledo, y los alcázares, como el de Segovia.
América no ha enriquecido, ha empobrecido y despoblado á España. España, en su gloriosa expansión, no se dilató por el mundo para saquearle y para traer á la Península los despojos ópimos, sino para difundir por doquiera su cultura, su religión, su idioma y sus artes. Si en la misma Italia, maestra de ellas, cuando en Italia dominamos, levantamos templos, castillos y palacios, erigimos monumentos y fundamos obras piadosas, hospicios y colegios, como de ello dan testimonio Napóles, Palermo, Mesina, Bolonia y otras ciudades, sin excluir á la misma Roma, ¿qué no haríamos y qué no hicimos en América, donde en resumidas cuentas no había nada, ó si había algo, respondía á un estado incompletísimo é inicial de cultura, como podría ser el del centro del Asia, tres ó cuatro siglos antes de que saliese Abraham de su patria, Ur de los caldeos?
Desengáñese el Sr. Merchán; la nación española poco ó nada ha traido de Cuba que no haya pagado con creces; nada debe á Cuba. Cuba es quien se lo debe todo á España; salvo lo que da la Naturaleza en su estado primitivo y selvático. Por eso, aunque el Sr. Merchán se enoje, tiene España razón para llamar ingratos á sus rebeldes hijos de Cuba. ¿Qué habrá quitado España para enriquecerse á Maceo, á Máximo Gómez ó á Quintín Banderas?
En cuanto á los fraudes y depredaciones de nuestros empleados, no poco hay también que objetar. Mucho crédito, por ejemplo, merece D. Eduardo Dolz; pero ¿acaso no puede equivocarse ó exagerar involuntariamente? En los últimos veinticinco años, afirma que nuestros empleados han defraudado, en las aduanas de Cuba, doscientos millones de pesos fuertes. Supongamos que es exacta la cantidad, y ya es mucho suponer. Todavía no es posible la suposición de que sean tan necios los mercaderes y contrabandistas cubanos que hayan tenido el capricho irracional de dar á los empleados los doscientos millones, en vez de darlos al Tesoro. Lo probable sería que, en este hurto hecho al Tesoro, saliesen ganando los comerciantes y contrabandistas ciento cuarenta millones y que los empleados se contentasen con sesenta y con enviarlos á España. Pero como estos sesenta millones no lucen ni parecen por aquí, yo me atrevo á presumir que son fantásticos. En España no abundan tanto los ricos que no nos sean todos conocidos y que no sepamos de dónde ha salido y cómo se ha formado el caudal de cada uno. Seguro estoy de que sigilosamente y al oído, para no delatar á nadie, sin suficientes pruebas, no nos declara, ni el más zahorí en estos asuntos, dónde están veinte millones siquiera, el tercio de los sesenta que de Cuba han de haber venido á la Península. Los doscientos millones, pues, ó no se le quitaron al Tesoro ó casi todos ellos se quedaron en Cuba.
Pretende el Sr. Merchán, apoyado en las delaciones que aquí mismo hemos hecho, que todos estos empleados que van á Cuba á defraudar la Hacienda pública, tienen, entre los más altos personajes políticos, sendos padrinos á quienes pagan tributo. Poco aprovecha á dichos padrinos riqueza tan mal adquirida. Por eso me inclino yo á creer que los más criminales han de haber recibido muy poco; y que los medianamente criminales han de haber recibido algunos cajoncillos de cigarros puros, pinas en conserva y pasta de guayaba, con ó sin tropezones. Lo cierto es que yo he conocido y conozco gran multitud de nuestros personajes políticos. Los que son ricos sabemos perfectamente de dónde procede su riqueza. Y los pobres, que forman la mayoría, contándose entre ellos no pocos que han sido ministros de Ultramar, me atrevo á sostener que no han tomado un céntimo de peseta al hacerse el reparto de los doscientos millones de pesos fuertes. A algunos, cuyos nombres pudiera citar y á quienes traté y visité hasta que murieron, fue menester venderles los libros y las ropas para poder enterrarlos.
En suma; por donde quiera que yo lo miro, no noto en España esa horrible corrupción que el Sr. Merchán nos achaca, y que en todo caso no sería igual, ni con mucho, á la que de otras grandes naciones, como Francia é Italia, nos dejan presumir escándalos recientes, y como la que de los propios Estados Unidos por mil indicios también se presume.
Yo infiero de todo, empezando por conceder que en la administración de Cuba hay desórden y despilfarro, necesitados de enmienda, ó que la corrupción no es tan enorme como se dice, ó que son cubanos interesados y poco escrupulosos los que la fomentan, más en detrimento del Tesoro de la Metrópoli que en detrimento de la prosperidad de la isla.
La rebelión, por consiguiente, no queda así justificada. Los saqueos y los incendios perpetrados por los rebeldes no remediarán nada, ni contribuirán á la prosperidad de Cuba. Y contribuirán aún mucho menos, si los Estados Unidos, según ya se prevé, nos exigen indemnización por esos saqueos y esos incendios, que sin el favor y aliento que dan á los rebeldes, no se perpetrarían, y si el Gobierno español tiene la debilidad de someterse y de pagar. Esperemos, aunque se resista y no pague, que no haya violencia ni guerra internacional. Y en todo caso, aunque esa guerra sobreviniese y aunque nos fuese adversa la fortuna, siempre sería preferible á la humillación y á la ignominia; y sobre todo, si la ignominia y la humillación resultasen inútiles y al cabo hubiese guerra, á no ser que resignadamente nos dejásemos despojar de todo.