Influencia del elemento indígena en la cultura de los moros del reino de Granada, por D. Francisco Javier Simonet. ¿Shall Cuba be free? (Artículo de Clarence King, en la revista de Nueva York The Forum.)
El librito cuyo titulo va en el epígrafe contiene en pocas páginas bastantes datos y mucha doctrina; mas, no sólo por esto, sino por las ideas que sugiere y por los comentarios de que puede ser objeto, ha llamado mi atención y me ha movido á llamar también sobre él, si puedo, la atención del público.
El Sr. Simonet, autor del librito, es un arabista de reconocido mérito, de grande ilustración y catedrático en Granada de la lengua del Yemen. Ha publicado ya varios libros en que muestra su mucho saber. Uno de ellos ha sido premiado por la Real Academia Española, y otro ha sido premiado por la Real Academia de la Historia.
La obra de que nosotros vamos á hablar es menos fundamental y profunda: es una obra de divulgación. Y si bien trata de sucesos, pasados ya hace siglos, tiene, en nuestro sentir, un interés de actualidad.
En las naciones extranjeras abundan los escritores desapasionados y juiciosos, de quienes no podemos quejarnos; pero no escasean tampoco los escritores violentos, ciegos de furor, fanáticos con el fanatismo que hoy se estila, y tan acérrimos enemigos de España, que no hay crimen, maldad é infamia que no atribuyan á nuestra nación, infiriendo de ahí que la postración y decadencia en que hoy estamos es un justo castigo de Dios, y, si no cree en Dios el que de esta suerte quiere requebrarnos, una ineludible consecuencia de las leyes fatales, impuestas no se sabe por quién, que dirigen y ordenan la marcha de la humanidad á través de los siglos.
Con algunos autores tenemos cierta disculpa, ya que para ellos no hay responsabilidad ni libre albedrío. Todo ó casi todo depende del medio ambiente. Y si nosotros somos crueles, codiciosos, traicioneros, y sobre todo temerosos de Dios, que, según Buckle, es la peor de las cualidades, todo ello consiste en que en España no hay lluvias regulares sino feroces tormentas y prolongadas sequías, y además tal multitud de terremotos, que nos tienen siempre con el alma en un hilo y con el corazón en un puño y producen en nosotros la crueldad y la intolerancia religiosas.
En prueba de que no exagero y de que no pueden ser más atroces las injurias que nos dirigen algunos escritores, cuyas obras se traducen al castellano, teniendo acaso nuestro público el mal gusto de estimarlas y la candidez de creer lo que dicen, citaré al célebre catedrático de la Universidad de Nueva York, Juan Guillermo Draper, el cual, en su Historia del desenvolvimiento intelectual de Europa, asegura que España, en justo castigo de sus espantosos crímenes, está hoy convertida en un horrible esqueleto entre las naciones vivas, y añade Draper: «si este justo castigo no hubiera caído sobre España, los hombres hubieran ciertamente dicho: «no hay retribución: no hay Dios.» Por donde se ve que es un bien y no un mal el que este pobre país esté muy perdido, porque mientras peor estemos, mayores y más luminosas serán las pruebas de la existencia de Dios y de su justicia. Largo es, muy largo, el capítulo de culpas que Draper nos echa á cuestas; pero las dos culpas más enormes, son las de haber destruido por completo, ó casi por completo, dos civilizaciones; la oriental y la occidental.
La primera de estas dos acusaciones no es tan ridicula como la segunda, de que hablaremos después, mas no por eso es menos falsa.
Indudablemente, los árabes, antes del Islam, poseían cierta extraña cultura, en algunos puntos patriarcal y propia de pueblos nómadas y pastores; en otros puntos, como por ejemplo en la poesía, hasta refinada. Cuando entusiasmados por las predicaciones de su profeta, se arrojaron á conquistar el mundo, no se puede decir que fuesen bárbaros. Tal vez por no serlo y por hallarse muchos países vejados, humillados y oprimidos por razas conquistadoras y por gobiernos despóticos, les fue fácil conquistarlos. Tal vez fueron recibidos como libertadores en algunos países, ó el pueblo al menos se sometió con docilidad á su yugo, no hallándole más pesado que el que antes sufría. Así se explica, por ejemplo, que cuatro ó cinco mil muslimes conquistasen el Egipto. Así se explica que no muchos más hiciesen la conquista de España. En poco tiempo se extendió el imperio musulmán desde la India y las fronteras de la China hasta el Mediodía de Francia, salvando los Pirineos. Los árabes, sin embargo, no eran muchos, y arrastraron en su expansión, valiéndose de ellas para triunfar, á hordas bárbaras ó semi-salvajes, como los habitantes del Norte de Africa, mauritanos, bereberes, ó como queramos llamarlos. En España se llamaron y se llaman moros. Sin duda por cada árabe de los que vinieron á la conquista de España, bien se puede suponer que hubo un centenar de moros. Y esto en el principio, mientras España estuvo sometida al califato de Oriente, y también, así durante la independencia de la España musulmana del mencionado califato, como desde la fundación del de Córdoba hasta su desmembración y ruina después de la muerte de Almanzor. La multitud de reyezuelos que surgieron de la ruina del califato, cuando no eran renegados españoles, eran moros y no árabes. Y, por último, en la época de las dos primeras grandes invasiones africanas, la de los almoravides y la de los almohades, que en España prevalecieron y duraron, el elemento arábigo entró por muy poco. Los invasores y dominadores de España fueron africanos bárbaros, que no pudieron traer ni trajeron ningún principio civilizador á nuestra Península. Aquí fue donde se domesticaron y civilizaron algo, sometiéndose sin sentirlo los vencedores á la superior inteligencia y saber de los vencidos y al influjo que de esto nace.
Los árabes mismos no poseían, al extenderse por el mundo y al apoderarse de España, una civilización superior y propia. Tuvieron, sí, el mérito de no destruir la civilización de los países que ocuparon: de aceptar y de recibir en cada región algo de lo que allí se sabía, ya conservándolo para que no se olvidase ó se perdiese, ya siendo como vehículo para llevarlo de una región en otra. Esta buena cualidad, que no fue sólo tolerancia, sino curiosidad simpática y afición respetuosa al saber de los vencidos, valió de tal suerte que, durante algunos siglos, acaso hasta después de las últimas cruzadas, pudo creerse que el mundo musulmán era más culto que el mundo católico, y los espíritus superficiales pudieron esperar ó temer que el islamismo en Asia, en el norte de Africa y en España, arrebatase al cristianismo europeo la bandera del progreso y la antorcha de la cultura. Casi todo este brillo, sin embargo, y esta aparente superioridad en algunos momentos históricos, se debieron en todas partes, y más que en ninguna en España, á la civilización de los vencidos, á veces respetada, por lo cual merecen los vencedores elogio, á veces viva y retoñando y reverdeciendo siempre, sin que pudieran los vencedores arrancarla de cuajo, á pesar de los esfuerzos que hicieron, y al fin sometiéndose á ella.
En suma, no es posible descubrir en toda la cultura hispano-muslímica cosa alguna de valer que haya surgido en Arabia ó en Africa, entre alarbes y moros, y que desde allí haya venido á España. A mi ver, cuanta alabanza se quiera dar á la cultura muslímica española, es alabanza que se da á los españoles mahometanos, y no á moros ni á árabes que viniesen de fuera trayéndonos ciencias, artes ó industrias que aquí no existiesen ó que aquí no tuviesen origen.
Por lo demás, yo creo que en la prosperidad y en la grandeza de los estados ó reinos musulmanes que hubo en España, entran por mucho la ponderación y la jactancia de los historiadores. Entra también por algo la manía de no pocos críticos y pensadores modernos, de encarecer ó ensalzar demasiado cosas que, si bien son bellas ó buenas, no merecen tan ponderativos encarecimientos.
Apenas hay gran pueblo, de los que más han figurado en la historia, que no haya dejado más hermoso y brillante rastro de sí que los árabes en sus monumentos.
Se supone, y no he de negar que es suposición muy poética, que la cultura arábiga, no sé si en España sólo ó también en otros países, depende ó está ligada á una estrella que los griegos llamaron Canopo y los árabes Sohail. Esta estrella brilló, siglos ha, muy alto sobre el horizonte de España. En el día, á causa de la precisión de los equinoccios, apenas se levanta poco más de un grado sobre el horizonte de Cádiz. Cuando Sohail desaparezca de nuestro cielo, desaparecerán también y serán ruinas y escombros los monumentos del arte arábigo que en España quedan.
Esperemos que este vaticinio astronómico no se cumpla, para lo cual importa que haya restauradores artistas como el Sr. Contreras, y que nuestros ministros de Fomento no escatimen los recursos, no ya para conservar lo que aún existe, sino para restaurar lo que se halla lastimosamente medio destruido. Así, por ejemplo, yo no me contento con que la Alhambra se conserve, sino que, si de mí dependiese, haría restaurar las dos torres de las Infantas y de la Cautiva, cada una de las cuales es, ó, mejor dicho, ha sido, y puede volver á ser, una primorosa filigrana: un palacio ó casa real de la Alhambra en miniatura.
Acaso como arquitectos es como los árabes son, ó han sido, más originales. ¿Pero quién negará que su arquitectura tiene escasa majestad y solidez, y que se distingue y es digna de elogio, más que por nada, por las menudencias y prolijidades del ornato?
El edificio más grandioso que de la época muslímica queda en España es la catedral de Córdoba; la antigua mezquita de Abderraman. Pero en aquel bosque de columnas que forman las diecinueve naves ó calles, ¿hay muchas columnas que sean arábicas? ¿No ve, hasta el más profano, que todas ó casi todas, son de templos cristianos ó gentílicos, de la época romana ó de la época visigótica, arruinados y despojados por los muslimes para edificar y hermosear su templo? Este templo, á decir verdad, no me entusiasma tanto como á otros, en cuyo entusiasmo me parece advertir no poco de extravagancia. Hasta figurándome la mezquita integra, en todo su esplendor, sin templo cristiano en su centro y tal como estaba en la época de los Abderramanes, sin la pared que la limita ahora hacia el patio de los Naranjos, y dejándose ver desde él toda la longitud de las diecinueve calles, alumbradas por lámparas de plata y oro, y hasta figurándome además en todo su esplendor y belleza los primorosos mosaicos, alicatados y dibujos de la capilla del Mihrab, yo hallo, y he de confesarlo aquí, aunque se pongan las manos en la cabeza los que me lean, que me parece más hermoso, más digno, más artístico el templo cristiano que se levanta ahora en medio de la mezquita y que tantas y tantas personas lamentan el que allí se haya levantado. Para mi gusto, no ya el templo en su totalidad, sino alguno de sus pormenores, como por ejemplo, la sillería del coro, vale más que el Mihrab con todos sus arabescos y que cuantos primores, labrados con prolijidad bárbara, contiene y contuvo la mezquita en su época más brillante.
No discuto aquí si hubiera sido ó no mejor edificar en cualquiera otra parte el templo cristiano y dejar la mezquita integra y tal como estaba. Falta de sentido arqueológico y de buena critica de bellas artes puede afirmarse que hubo en esto; pero, ¿en el siglo xvi, hubiera habido en cualquiera otra nación de Europa un amor más fino á la arqueología, y un juicio más claro sobre el valer artístico é histórico de un monumento, que hubieran impedido, sobreponiéndose al sentimiento religioso, la construcción de un templo cristiano en el centro de la mezquita? Si por una parte, algo de la mezquita se destruía, ¿cómo negar por otra que hay no poco de poético y de sublime en la idea realizada de levantar en medio del más espléndido santuario del islamismo y del arte oriental otro magnífico santuario, según el gusto europeo, más adecuado al culto y glorificación del Dios trino y uno?
No negaré yo la gracia y el encanto de algunas construcciones arábigas.
Si los árabes produjeron algo original, fue en arquitectura, aunque tal vez tomasen mucho del arte bizantino y de la arquitectura de la India y de la Persia y de otras regiones que invadieron ó conquistaron.
Aun así es de notar y de deplorar la vida efímera é inconsistente de los monumentos arábigos. La estrella Sohail no se había ocultado aún bajo el horizonte de España, y ya no había en Córdoba ni huellas de los palacios de los califas; Medina-Azahara se había desvanecido; los alcázares y jardines de Almotamid en Sevilla, de Almotacín en Almería, y de otros reyezuelos elegantes y sibaríticos, se diría que se los había tragado la tierra. De ellos no queda una columna en pie; ni huella, ni rastro. Todavía en Grecia, en Sicilia y en Italia, están erguidos y casi completos monumentos del arte helénico, anteriores de seis ó siete siglos á la Era cristiana; en Egipto, en la India y en la Persia y en otras tierras del centro de Asia, subsisten pasmosas obras que dan testimonio del poder arquitectónico de pueblos que fueron grandes hace miles de años, mientras que de los árabes, sobre todo en España y de la mejor época, apenas queda nada. El mismo alcázar de Sevilla, más que moro, es mudejar, y honra más el buen gusto del caprichoso y popular tirano D. Pedro de Castilla, que la elegancia del rey poeta Almotamid, ó la magnificencia de su tremendo padre, que adornaba sus jardines y las puertas de su alcázar con las cortadas cabezas de sus enemigos.
Los encomiadores de los tiempos muslímicos en España ponderan más aún, y no menos superficialmente, el gran florecimiento y prosperidad á que la agricultura había llegado entonces. Para las irrigaciones, sobre todo, no tienen más que alabanzas. Hay quien imagina que España en tiempo de los moros era toda ella una florida, amena y fructífera huerta, que los cristianos luego hemos marchitado y destruido. Nada más falso que este aserto. Bastante digno de encomio hicieron los moros (ó, mejor dicho, los españoles musulmanes, pues no hay razón para que fuesen moros ó para que nosotros así los llamemos), á fin de cultivar, regar bien y hacer productiva la tierra, especialmente en Valencia, Alicante, Murcia y Granada; pero cuando se estudia bien este asunto, se ve que los cristianos hicieron más y mejor para el mismo fin después de la conquista, así en grandiosas y útiles obras hidráulicas, como en leyes y reglamentos para organizar sabiamente el regadío. D. Jaime I en Aragón y D. Alfonso el Sabio en Castilla, aunque no tuvieran más que este mérito, gozarían de inmortal popularidad y serían gloriosos y benditos. Pero hay más aún: los más colosales trabajos realizados para el riego, trabajos que pasman por su solidez y magnificencia, son de las épocas en que se supone á España sumergida en las tinieblas horrorosas de un brutal fanatismo; son del reinado de Felipe II, bajo cuya protección y por cuya excitación se construyeron los admirables diques y pantanos de Alicante, de Elche y de Almansa, ó son del tiempo de Carlos III, bajo cuya protección y por cuya excitación se hicieron los de Lorca.
En artes y letras es mayor desatino sostener que los moros importaran nada en nuestro país, ni influyesen, salvo un poco en la arquitectura, en el desenvolvimiento intelectual de los españoles. De escultura y pintura no hay que hablar, pues, aunque, á veces, faltando á los preceptos de su religión, esculpiesen y pintasen algo, lo por ellos pintado y esculpido fué grosero y rudo. Así lo atestiguan las esculturas y las pinturas que en la Alhambra se conservan. Poesía dramática no tuvieron nunca. Algo de poesía épica ó narrativa puede decirse qué tuvieron, si bien no tuvieron nada que, ni remotamente, pudiera compararse, no digamos ya al antiquísimo poema del Cid, pero ni á las leyendas de santos de Gonzalo de Berceo. De aquí se infiere que nuestra gran literatura nacional trilingüe, castellana, catalana y portuguesa, nació ó retoñó en estos idiomas vernáculos, de su antigua raíz y tronco cristianos y latinos: raíz y tronco firmemente plantados en nuestro suelo. Y si algo de fuera, si algo extraño vino á ayudar ó á fomentar el reverdecimiento de esta literatura, vino de Francia y de Italia, y no de la morería. Por el contrario, yo creo que debe y puede sostenerse que la pompa oriental, las galas y primores, á veces excesivos, y cierta redundancia que en nuestra poesía y en nuestra elocuencia se notan frecuentemente, y aun se censuran, son ya sobras ó defectos que de muy antiguo tuvieron los españoles, y por los cuales fueron motejados en Roma Lucano, Séneca y otros prosistas, oradores y poetas de nuestra patria.
En las poesías escritas en lengua arábiga por españoles y en España, aunque durante la dominación muslímica, no hallo difícil percibir, á través de la forma clásica tomada de la antigua poesía del Yemen y de la imitación de los verdaderos poetas árabes más famosos y celebrados, algo, y no poco, en el sentir y en el pensar, nacido en corazones y espíritus españoles, y que casi de seguro no hubiera nacido jamás en el alma de un moro de Africa ó de un beduino de Arabia. Este orientalismo es tan español y tan poco oriental, que á raíz de la última reconquista se manifiesta esplendorosamente en prosa y en verso en nuestra literatura española y nace del concepto fantástico, transfigurado y hermoso, que la mente de los vencedores crea y forma de las costumbres, usos, pasiones y cultura del pueblo á quien ha vencido. De aquí la novela caballeresca, la ficción graciosa de Ginés Pérez de Hita. Y de aquí la multitud de preciosos romances moriscos y el tinte imaginariamente oriental que engalana tantas de nuestras obras poéticas, desde los mismos romances moriscos que incluye en sus Guerras Civiles el mencionado Ginés Pérez de Hita, hasta los admirables romances de Góngora y de D. Nicolás Moratín, hasta el arabismo cordobés del duque de Rivas en El moro expósito, y hasta los esplendores y ensueños orientales del valenciano Arolas y del instintivo y popularmente iluminado poeta Zorrilla en su leyenda de Alhamar y en otras composiciones y fragmentos. Casi todo esto contiene un arabismo ú orientalismo hechicero y de color de rosa, tan creado por nosotros, que bien se puede asegurar que no hay árabe ni moro que, aunque se le tradujera en su lengua, entendiese palabra de ello.
¿Ni cómo habían de entender las quintas esencias y los refinamientos amorosos y místicos que gastan los poetas y algunos de sus héroes, y los discreteos, delicadezas y finuras de sus galanes y de sus damas?
No voy á dilucidar aquí si algunas poesías compuestas en España, aunque en lengua arábiga y por muslimes españoles, pudieron ejercer influjo en la poesía castellana; si los cristianos conocían dichas poesías arábigas; si varios romances, como el de la pérdida de Valencia, fueron traducidos ó imitados del árabe; si el arcipreste de Hita, ya en el fondo, ya en la forma, imitó cantares moriscos; y si la elegía de Abul-Beka de Ronda, en su primera parte, fué uno de los modelos que tuvo presente Jorge Manrique cuando compuso sus admirables coplas. Lo que sostengo es, que, en todo caso, fué cortísimo el influjo é insignificante la imitación. Schack, por más esfuerzos que hace, tiene que convenir en que los cristianos españoles conocieron poco la poesía arábigo-hispana y la imitaron menos, y tiene que convenir también en que esa poesía arábigo-hispana, más ó menos conocida é imitada, apenas tenía ya de arábiga sino la lengua en que estaba escrita.
Pasando ahora de las letras á la ciencia, empezaré por decir que no me incumbe estimar aquí y tasar en su valor la de los árabes; pero sí procuraré, aunque sea compendiosa y someramente, hacer tres importantes afirmaciones. Es la primera la de que España, cuando la conquista muslímica, tenía su ciencia propia, de la que dan testimonio clarísimo no pocos escritores y sabios, descollando entre todos San Isidoro de Sevilla, y que esta ciencia, á pesar de las persecuciones y tiranías de los conquistadores, continuó luciendo entre los muzárabes ó pueblo cristiano vencido, y dió altas muestras de sí en el abad Sansón, en San Eulogio y en Alvaro de Córdoba. Es la segunda que los árabes y los moros no eran sabios cuando vinieron á España, ni trajeron sabios consigo, de suerte que los sabios y la sabiduría que hubo más tarde entre ellos, no deben tenerse por arábigas sino por españolas. Tan español es Averroes como Séneca, como Luis Vives ó como Domingo de Soto. Y es la tercera que, lejos de destruir los cristianos españoles la ciencia mucha ó poca de los españoles muslimes, la protegieron, la fomentaron, se aprovecharon de ella y la difundieron por toda Europa. En este punto, más que en ningún otro, la acusación de Draper no puede menos de atribuirse á mala fe, á ligereza ó á supina ignorancia.
Otro pueblo, además de los árabes y de los moros, hubo en España durante toda la Edad Media, el cual, por su larga permanencia entre nosotros (tal vez, en parte, desde antes de la venida de los romanos), no podía ser mirado en España como forastero, sino como indígena. Era este pueblo el israelita, que valió, importó é influyó más que los muslimes en la civilización del mundo, floreciendo y mostrando tal actividad en España por su saber, que bien podemos jactarnos de ello como de una gloria. Maimónides, Ibn Gebirol, los Ben Ezrra, Jehuda-Leví de Toledo y otros muchos filósofos, doctores y poetas nos pertenecen, como por ejemplo, Mendelshon ó Enrique Heine pertenecen á Alemania.
Llamemos ahora, para acomodarnos á la manera vulgar de expresarse, ciencia arábigo-judaica á toda esta ciencia que floreció en España entre los españoles que siguieron la ley de Moisés ó la ley de Mahoma. ¿Qué fundamento hay para asegurar, como asegura Draper, que los cristianos españoles la destruyeron?
Los rabinos ilustres, los filósofos y los doctores musulmanes, arrojados de Andalucía por el fanatismo de los almohades, tuvieron franca acogida y lograron protección generosa en las cortes de los reyes de Aragón y Castilla. Así, las célebres escuelas de Lucena y de Córdoba vinieron á trasladarse á Barcelona y á Toledo. Ansiosos de difundir por el mundo esta ciencia arábigo-judaica, ya en la primera mitad del siglo xii, el arzobispo toledano D. Raimundo y sus amigos y clientes hicieron traducir, tradujeron y dieron á conocer á Francia y á otras naciones cristianas las obras y doctrinas de Al-kendi, Alfarabi, Avicena, Avicebrón y otros autores. Sin duda, Domingo Gundisalvo y Juan de Sevilla fueron los iniciadores y divulgadores primeros de la filosofía y del saber semíticos en la Europa de la Edad Media.
Ernesto Renán nos reconoce este mérito y nos concede por ello su nada sospechosa alabanza, diciendo: «La introducción de los textos árabes en los estudios occidentales divide la historia científica y filosófica de la Edad Media en dos épocas enteramente distintas, y el honor de esta tentativa, que había de tener tan decisivo influjo en la suerte de Europa, corresponde á Raimundo, arzobispo de Toledo y gran canciller de Castilla.»
Claro está que muy fácilmente y con erudición de segunda mano, tomada de varios autores españoles, entre los cuales sobresalen Menéndez y Pelayo y Amador de los Ríos, pudiera yo extenderme aquí y convertir en libro este artículo para demostrar hasta la evidencia que todo el saber arábigo-judaico de España fue propio de los españoles, y que éstos, no sólo le crearon, sino que le divulgaron por toda Europa.
El librito del Sr. Simonet, que da lugar á las consideraciones que hemos expuesto, las confirma con gran copia de erudición y con multitud de datos y de hechos, algunos de los cuales citaré en este escrito, tomándolos al azar ó prefiriéndolos por más curiosos. Muladíes ó españoles de puro origen, bien probado, ya por documentos históricos, ya por sus propios nombres de mal disimulada etimología latina ó peninsular, fueron: «Abdelmelic-ben-Hagib el Asolamí, Ali Ibn-Hazm, el célebre Ibn Thofail, el insigne botánico malagueño Ihn-Albaithar, el distinguido gramático Abdalah-Ben-Vivax, el poeta y naturalista Abú Otzman Ibn Loyon, los literatos y poetas Ibn Corral é Ibn Xalvator ó Salvador, y hasta el egriego filósofo Ibn Badja ó Pace (desfigurado el ablativo latino) á quien conocieron los filósofos escolásticos de la Edad Media con el nombre de Avenpace.» En conclusión (para terminar en este punto mi artículo, como termina el señor Simonet el libro de que trato), de los testimonios que hemos alegado se infiere que, ni al elemento arábigo, ni al berberisco, sino al indígena, se debe, en su mayor parte, el esplendor literario y artístico del califato cordobés y del antiguo reino nazarita. Y por si acaso nuestras razones parecieren poco fuertes, ó inspiradas tal vez por el sentimiento patrio, concluiremos apoyándolas en la autoridad de un crítico extranjero muy competente, del alemán Guillermo Lubke, que en su celebrado Ensayo sobre la historia del arte se expresa así: «Si el arte árabe se desarrolló en España con más perfección que en los otros países islamizados, se debe sin duda á las relaciones íntimas de moros y cristianos, en las cuales, éstos comunicaron á aquéllos algo de lo noble, amable y caballeresco que resplandece en todos los ramos de su civilización, ciencias, arte y poesía.»
Saltemos ahora de la llamada civilización oriental á la occidental, que, según Draper, también hemos destruido. Esta civilización, que Draper afirma que era superior á la civilización española del siglo xv, es la americana precolombina.
Imposible parece que se diga de buena fe tamaño disparate. ¡Qué diantre de civilización había en América antes de su descubrimiento! Por casi todas partes era completo el salvajismo. Menos en el Perú, no creo que en región alguna hubiese animales domésticos. Había en varias tribus conocimientos elementales de agricultura, pero en las demás se vivía de la pesca y de la caza, ó los hombres se comían unos á otros. Los sacrificios humanos exigían millares de víctimas. El perpetuo estado de guerra y los vicios nefandos destruían la población é impedían su aumento. En Méjico, que era el imperio más civilizado, no habían descubierto aún que con un líquido combustible y con una torcida se podían alumbrar de noche, y la pasaban á oscuras por falta de candiles. Los jeroglíficos en embrión de aztecas, yucatecos y otros pueblos del centro de América (aun dando por supuesto que los más significativos y mejor pintados no son posteriores á la venida de la gente española y no son obra de indios industriados y medio civilizados ya por nosotros), á más de ser casi ininteligibles, dejan entrever una cultura harto inferior á la de los antiguos imperios del centro de Asia más de mil años antes de Cristo. Si algo hubo de más valor en la antigua civilización americana, había decaído y se había corrompido ó degradado antes de llegar los españoles. Poco ó nada tuvimos que destruir nosotros que no fuera perverso y abominable. En cambio llevamos á América nuestra propia cultura europea y cristiana, y llevamos el café, la caña de azúcar, el caballo, la vaca, el carnero, el trigo, las frutas exquisitas de Europa y de Asia, y otras mil cosas excelentes que por allí no había.
Se nos acusa de haber procedido con crueldad y codicia y de haber sometido á duros trabajos y atormentado con atroces castigos á la población india, hasta el extremo de mermarla y aun de hacerla desaparecer en algunas regiones. No seré yo quien defienda á todos los aventureros españoles de entonces, admirables y gloriosos por su inteligencia y por sus bríos, pero que distan mucho de valer para modelos de santidad, y que tal vez, como vulgarmente se dice, eran lo peor de cada casa. Si hubieran sido aventureros ingleses, franceses ó alemanes los que á fines del siglo xv hubieran ido á América, ¿se hubieran conducido con más humanidad que los españoles? ¿Fueron más mansos y amorosos con los indios los alemanes á quienes el emperador Carlos V concedió que se estableciesen y se extendiesen por las que hoy son repúblicas de Venezuela y Colombia? ¿Se condujo más afable y dulcemente, no ya con los indios, sino con los mismos españoles establecidos en América, el enjambre de piratas, corsarios y filibusteros que en diferentes épocas fueron allí contra nosotros?
Los hombres de guerra y de aventuras en todos tiempos, y más aún en el siglo xvi, no han pecado por lo cariñosos y suaves; y en dicha época había dos corrientes de sentimientos y de ideas que endurecían más sus entrañas: el fanatismo religioso de la Edad Media persistente aún, y el renacimiento pagano, que, al traernos las elegancias y los primores, las artes y las letras de la clásica antigüedad, nos trajo también no poco de su corrupción, de sus vicios, de sus pasiones sensuales y de su sed de deleites y bienes de fortuna. Muchos de estos defectos no podían menos de tenerlos los aventureros audaces que envió España á América; pero la misma España no los tenía. ¿Pueden ser más filantrópicas que lo que son las leyes de Indias? ¿Se mostraron nunca nuestros legisladores crueles ni faltos de caridad para con los pueblos salvajes ó semi-salvajes á quienes civilizamos y cristianizamos? ¿Ha habido nunca pueblo de más católico corazón que el pueblo español? Y digo católico en el más lato sentido de la palabra, envolviendo en ella el significado que tienen hoy las palabras cosmopolitismo y humanitarismo. Fr. Bartolomé de las Casas no fué el único defensor de los indios; fué acaso el más vehemente y atrabiliario; pero antes y después de él hubo multitud de santos misioneros y de almas piadosas que defendieron y protegieron á los indios, y desde luego los consideraron iguales á ellos, y á veces superiores, cuando por su nacimiento, por la autoridad de que gozaban ó por el respeto que les tenían los de su casta, eran superiores en su tierra. No sería tan grande la tiranía y la opresión de España cuando, no sólo igualó al pueblo indio con el pueblo español, sino que dió cartas y títulos de nobleza á los indios que se distinguían ó eran ya nobles entre los suyos. Todavía, por ejemplo, es grande de España y duque, y goza de una pensión cuantiosa entre nosotros, el sucesor de Moctezuma.
Y últimamente, con motivo del centenario del descubrimiento de América, la ilustre duquesa de Alba, ha sacado del archivo de su casa y ha publicado un tomo voluminoso, donde se contienen multitud de títulos de nobleza, escudos de armas y honrosos privilegios concedidos por los monarcas españoles á muchos señores indios á raíz de la conquista.
En cuanto al pueblo, yo creo, y tengo por seguro, que se puede demostrar que en muchas de las tierras descubiertas y ocupadas por los españoles en América, los indios, en vez de perder, ganaron en ser conquistados. Aun durante la misma conquista, por mucha importancia que se dé á la superioridad de nuestra caballería, de las armas de fuego y de la pericia militar, no se comprende cómo unos pocos españoles pudieron vencer y sujetar con crueldades á grandes muchedumbres y á poderosos imperios. Esto se comprende mejor, entendido como debe entenderse: asegurando que los españoles triunfaron porque fueron allí como libertadores, y ganaron en muchas partes la voluntad y el auxilio de los indios mal contentos, los cuales lograron sacudir así la tiranía más espantosa. Es probable que en Otumba hubiese del lado de Hernán Cortés tantos indios como en el ejército contrario. Y no sin razón nos auxiliaron, porque salieron ganando en todo. «Antes, como dice Gomara, pechaban el tercio de lo que cogían y si no pagaban eran reducidos á la esclavitud ó sacrificados á los ídolos; servían como bestias de carga y no había año en que no muriesen sacrificados á millares por sus fanáticos sacerdotes». Después de la conquista, añade Gomara, «son señores de lo que tienen con tanta libertad que les daña. Pagan tan pocos tributos que viven holgando. Venden bien y mucho las obras y las manos. Nadie los fuerza á llevar cargas ni á trabajar. Viven bajo la jurisdicción de sus antiguos señores, y si éstos faltan, los indios se eligen señor nuevo y el rey de España confirma la elección. Así que, nadie piense que les quitasen los señoríos, las haciendas y la libertad, sino que Dios les hizo merced en ser de españoles, que los cristianizaron, y que los tratan y que los tienen ni más ni menos que digo. Diéronles bestias de carga para que no se carguen, y de lana para que se vistan; y de carne para que coman, ca que les faltaba. Mostráronles el uso del hierro y del candil, con que mejoran la vida. Hanles dado moneda para que sepan lo que compran y venden, lo que deben y lo que tienen. Hanles enseñado latín y ciencias, que vale más que cuanta plata y oro les tomaron. Porque con letras son verdaderamente hombres, y de la plata no se aprovechan mucho ni todos. Así que libraron bien en ser conquistados».
Yo entiendo que la cándida y sencilla apología que acabo de citar, basta para prueba de cuán benéfico fué para los indios el triunfo de España sobre ellos. Dicha sencilla y cándida apología vale más que las declamaciones pomposas. Los hechos posteriores la confirman plenamente. Desde el Norte de Méjico hasta el extremo Sur de Chile y de la República Argentina, sería fácil demostrar que en el día de hoy hay más indios que hubo nunca y son más felices, mejores y más civilizados que jamás lo fueron; que bajo el dominio de España los indios que se distinguían ó lo merecían podían ser cuanto se podía ser entonces en España; generales, arzobispos, duques, marqueses, y presidentes de tribunales; y que ahora pueden ser, y son á veces, presidentes de las Repúblicas. En los Estados Unidos tal vez habrán sido más humanos con los indios. Pero yo no he visto indios muy en auge en los Estados Unidos, ni que alguno de ellos figure entre los personajes importantes, que por su riqueza, por su posición ó por su saber, influyen ni remotamente en el gobierno de la nación. Tal vez los indios de los Estados Unidos estén acorralados como en España solemos tener toros bravos en una dehesa ó jabalíes en un coto, mientras que los indios de las tierras que España y Portugal ocuparon, ya presiden las Repúblicas como jefes supremos, ya brillan como oradores en las asambleas legislativas, ya mandan ejércitos, ya recorren como diplomáticos las cortes de Europa, ya ganan fama y aplausos escribiendo en la lengua del pueblo que los conquistó elegantes é inspiradas poesías é interesantes libros en prosa, cuyo valer y mérito somos los primeros en reconocer nosotros los españoles, no escatimándoles la alabanza, sino complaciéndonos en darla, acaso y á veces más allá de lo justo.
Las tremendas acusaciones de Draper contra España están puestas en su libro con mero intento teórico, á fin de que en su ramplona filosofía de la historia figuremos nosotros como un pueblo precito, y á fin de que, en el drama cuya acción es el desenvolvimiento de la inteligencia humana y el paso de la edad de la fe á la edad de la razón, haga España el papel más odioso. Pero en el día se renuevan y se exacerban estas acusaciones, no ya para filosofar, mas ó menos burdamente, sino para sacar muy duras consecuencias prácticas contra nosotros. En los Estados Unidos escriben hoy muchos para denigrarnos como Draper escribía, siendo lo más gracioso que todo lo que dicen contra nosotros es con el fin de ensalzar á los cubanos y de afirmar que deben ser independientes y libres. Acaso el más feroz de estos escritores anti-españoles sea un cierto Sr. Clarence King, que ha publicado en la revista The Forum un articulo titulado ¿Ha de ser Cuba libre? Un amigo mío anglo-americano me envió hace un mes dicho artículo, excitándome á que le contestase y hasta brindándome con que insertaría mi contestación en una revista de su tierra.
Las acusaciones del Sr. Clarence King, son menos razonables aún que las de Draper; pero como llevan el propósito de excitar en los Estados Unidos el odio y el desprecio contra España y de favorecer á los rebeldes de Cuba, auxiliándolos y declarándolos beligerantes, creo que algo conviene decir contestando al Sr. Clarence King, aunque la defensa que haga yo de España sea ligera, desenfadada y de broma, ya que el articulo del Sr. Clarence King no merece refutación más seria y detenida. Lo que diga yo sobre él será como remate y complemento de la impugnación que la salida de tono y los anatemas de Draper contra España me han inspirado.
Empezando ahora por contestar á la acusación que nos dirige el Sr. Clarence King de haber exterminado la población india de Cuba, que llega á suponer se elevaba á un millón de almas, diré que parece imposible que con seriedad se insinúe, ya que no se afirme, semejante disparate. Si á nosotros, fundándose en él, se nos dice: ¿Qué habéis hecho de ese millón de almas? ¿Caín, que has hecho de tu hermano?, con la misma razón podemos suponer nosotros que, en la inmensa extensión de territorio ocupado hoy por la gran república, había lo menos cuarenta millones de indios, y preguntar luego con voz fatídica: ¡Caínes! ¿qué habéis hecho de ellos?
De todos modos, á mí no parecería razonable dirigirme á los ingleses pidiéndoles cuenta de esos indios que han desaparecido. Se la pediría en todo caso á los que se han apoderado de sus bienes después de matarlos y viven hoy en el territorio que ellos tranquilamente poseían. Porque es absurdo é irracional, suponiendo que gente de casta española mató á un millón de indios para apoderarse de Cuba, simpatizar con los herederos y con los que se aprovechan aún de la matanza y del robo, y condenar por ese robo y por esa matanza á los españoles de por acá, que desde el descubrimiento y la conquista de América hasta hoy no han hecho más que predicar y legislar en favor de los indios.
Es cosa de risa citar á Hatuei, que dijo que preferiría ir al infierno á ir al cielo con los españoles, para aplaudir á los descendientes de esos españoles porque se rebelan contra otros españoles, que no sacaron el menor provecho de la muerte de Hatuei ni le hicieron el menor agravio. Todo lo que dice el Sr. Clarence King acerca de esto vendría muy á propósito si hubiese aún en Cuba descendientes de Hatuei y de sus indios que apellidasen libertad y que pugnasen por arrojar de Cuba á los españoles intrusos, lo mismo á Weyler, que á Maceo ó que á Máximo Gómez.
Otra no menos chistosa acusación del Sr. Clarence King contra nosotros se funda en la esclavitud de los negros; sosteniendo que, acostumbrados nosotros á mandar esclavos, no sabemos mandar hombres libres. No parece, al leer esto, sino que en los Estados Unidos no hubo esclavitud nunca. Dice también el articulista que España se vió forzada á dar libertad á sus negros ¿Y quién le hizo tal fuerza? España dió la libertad de grado y con gusto. Y los propietarios de los negros no se opusieron con las armas á esta libertad, si bien en Cuba era el darla más difícil, más perjudicial económicamente y más peligroso que en los Estados Unidos, aunque no fuese más que porque en Cuba la población negra era tan numerosa como la blanca. No fué, pues, en España, fué en los Estados Unidos, ó al menos en mucha parte de ellos, donde se vieron forzados á dar dicha libertad; donde tuvieron que tragarla á regañadientes, y donde al que la dió, al libertador glorioso, no faltó quien en premio le matase de un tiro.
Por lo demás, la compasión hacia los negros esclavos acaso se pudiese probar que ha sido más tardía que en nuestra raza en la raza anglo-sajona, que bastante tiempo ha sido negrera, y donde aún, en el presente siglo, se inventan teorías tan filantrópicas y consoladoras, como la de Malthus y la del Struggle for life.
No en el día en que los españoles estamos harto abatidos, sino en los momentos ó en los siglos en que preponderábamos en el mundo, se le ocurrió á ningún español, que tuviera séquito y que valiera algo, el considerarse de una raza superior á las demás razas humanas, y el despreciarlas y humillarlas. Ni cuando el Gran Capitán se enseñoreó de Italia arrojando á los franceses; ni después de Lepanto, de San Quintín y de Pavía; ni cuando en Trento prevalecieron nuestros teólogos y reformando la iglesia oponían fuerte valladar al protestantismo y trataban de conservar la virtud que informaba y que unía la civilización europea; ni cuando desde principios del siglo xv, con tenacidad admirable y con fe constante, agrandábamos experimentalmente el concepto de las cosas creadas, circunnavegando el planeta, cruzando mares incógnitos y tenebrosos y descubriendo nuevos mundos y nuevos cielos, jamás hemos menospreciado á las otras naciones ni las hemos tratado con insolente orgullo, ni las hemos insultado como en el día se nos insulta.
A la verdad, ni ahora ni nunca habrá un solo español que rebaje la gloria de Lincoln; todos ensalzaremos esa gloria, pero alguna, aunque sea menor, nos toca colectivamente, porque dimos de buena voluntad y no por fuerza libertad á los esclavos negros de Cuba; y alguna gloria también, anterior y á mi ver más clara y con algo de divino, nos toca por haber sido de nuestra raza santos varonescomo Alonso de Sandoval y Pedro Claver, que hicieron por los negros, en un siglo en que aún se ignoraba hasta el nombre de filantropía, movidos de caridad cristiana, obras maravillosas por amor de Dios y de los negros de Africa.
Supone el Sr. Clarence King que en el carácter español (ya se entiende que en el de los españoles peninsulares, pues en el de los cubanos, sobre todo si son rebeldes, ha de haber habido una transformación dichosa), supone, digo, que en nuestro carácter persiste, en combinación diabólica, la crueldad pagana de Roma, reforzada y sublimada con feroz intensidad por la Inquisición. De aquí resulta que el más blando y humano de nosotros es un Calígula-Torquemada. Y que á fin de evitar que sigamos haciendo atrocidades contra los pobrecitos é inofensivos insurrectos, los Estados Unidos tienen el deber moral de reconocer la beligerancia de dichos señores que no talan, ni incendian, ni saquean, ni cometen atrocidad alguna.
Lo de la Inquisición es una cantaleta que nos están dando los extranjeros desde hace mucho tiempo, y que nos tiene ya tan aburridos, que casi justifica que algunos españoles se pongan fuera de sí y en apariencia se vuelvan locos, aunque sean sujetos de mucha madurez y juicio. Así es que, sin duda por chiste y para lucir la agudeza de su ingenio, alguien defienda la Inquisición todavía, como por ejemplo, lo hace con mucha gracia el catedrático D. Juan Manuel Orti y Lara, el cual llega á exclamar: «¡Oh dichosas cadenas del Santo Oficio, que tan fuertemente sujetaban al monstruo de la herejía, que no le dejaban libertad alguna para impedir á los ingenios españoles el vuelo que tomaron desde las alturas de la fe por las regiones del saber y de la poesía!»
Claro está que el monstruo de la herejía, que hoy anda suelto en España sin que la Inquisición le encadene, no impide al Sr. Orti y Lara que vuele por donde se le antoje y hasta que haga la apología de la Inquisición. Pero yo no quiero ni puedo hacerla, y convendré con el señor Clarence King en que la Inquisición era una infernal maquinaria muy á propósito para atormentar y matar á la gente. En lo que no convengo con el Sr. Clarence King, sacando una consecuencia opuesta á la suya y muy favorable á los españoles, es en que nosotros, poseedores de la maquinaria susodicha, hayamos atormentado y asesinado jurídicamente á más personas que las atormentadas y asesinadas jurídicamente en no pocas naciones extranjeras, donde tal vez y sin tal vez no hubo Inquisición nunca. Jamás la Inquisición de España se regaló ajusticiando víctimas tan ilustres como Servet, Vanini y Bruno. Jamás la Inquisición de España condenó, sino que aplaudió, defendió y ensalzó á Copérnico, á Galileo y á otros sabios, á quienes en tierra donde no había Inquisición condenaban. Y en lo tocante á la muchedumbre de gente menuda, quemada, ahorcada ó muerta por otros medios á manos del fanatismo religioso, nada tienen que envidiarnos los pueblos más cultos que en el día hay en Europa. Sólo de brujos y brujas, si hemos de creer á Michelet, en Tréveris quemaron siete mil; pocos menos en Tolosa de Francia; en Ginebra quinientos en tres meses; en Wurtzburgo, ochocientos de una sola hornada, y mil quinientos en Bamberg. Convengamos en que jamás hubo en España tan espléndidas y colosales chamusquinas. Y es lo más chistoso, si yo no recuerdo mal (porque no doy ahora para comprobarlo con una Historia de los Estados Unidos que contenga el periodo colonial), que en esos Estados se quemaron y se ajusticiaron también brujos y brujas con profusión pasmosa. Por donde yo me inclino á sospechar que en toda la América, dominada por España durante los sigos xvi y xvii, no hizo la Inquisición tantas víctimas, contando judíos, mahometanos, y herejes relapsos y hechiceros de todo linaje, como las víctimas que por sólo el delito de brujería fueron sacrificadas en los Estados Unidos cuando aún eran colonias.
Otra de las razones que tiene el Sr. Clarence King para desear que Cuba no sea española, es que Cuba es un paraíso muy fecundo y que en otras manos más trabajadoras y hábiles produciría mucho más. Este argumento, no obstante, no vale nada en favor de los cubanos. Es probable, es casi seguro que si los dejásemos en libertad, Cuba no prosperaría más de lo que hoy prospera. Si prevaleciesen los negros, Cuba sería como Haití, y si prevaleciesen los blancos y mulatos, Cuba sería como es Santo Domingo. Los cubanos, que de buena fe y de corazón estén con los rebeldes, si quieren entrever y columbrar el porvenir que siga á su triunfo, bien pueden mirarse en el citado espejo. Harto lo comprenderá el señor Clarence King, coincidiendo con mi parecer; pero por cierta púdica delicadeza no deja ver el fondo de su pensamiento. El fondo de su pensamiento es que Cuba llegue á ser una estrella más en la bandera de su patria. Adiós entonces idioma, casta, sangre y linaje españoles en la Isla. En ella, al cabo de veinte ó treinta años ó de menos, no se hablaría más que inglés. Todo hombre de origen español desaparecería de la Isla más pronto que desaparecieron los indios cuando se apoderaron de la Isla los españoles.
¿Pero qué mal, qué daño, qué terribles ofensas hemos hecho los españoles de la Península á los españoles de Cuba, para que á ser unos con nosotros prefieran algo á modo de suicidio colectivo?
Nada prueba menos que el exceso de prueba. Figurémonos que el Sr. Clarence King tiene razón; que los españoles no sabemos gobernarnos; que nuestra administración es absurda y corrompida. Con esto no probará sino una cosa: que si los cubanos toman muy á pecho su desgobierno, no deben separarse de España, sino separarse de ellos mismos y ser otros de los que son, y convertirse, por ejemplo, en yankees. ¿En una nación tan democrática como es y ha sido siempre la nuestra, qué diferencia puede haber ni hubo nunca entre un español de Cuba ó un español, v. gr., de Málaga, de Loja ó de Logroño? ¿Los que alternan, en España, en el poder, con turno más ó menos pacifico, los Narváez, los Cánovas y los Sagastas, ¿no pudieron ser cubanos? ¿Qué inferioridad hemos supuesto nunca, ni por ley ni por costumbre, que exista entre un español de por acá y un español de por allá? La igualdad más perfecta entre todos los españoles de la Península y de Ultramar ha sido proclamada siempre en leyes, pragmáticas, ordenanzas y decretos. Felipe II la proclamó solemnemente con palabras citadas por el mismo Sr. Clarence King. Si esta unidad legal existió bajo un poder absoluto, lo mismo era para los peninsulares que para los cubanos, y estos últimos no podían pretender entonces ser más libres que nosotros. Pero no bien hubo en España una Constitución liberal, en 1812, la Asamblea que formó esta Constitución declaró, adoptando la elevada idea de Felipe II, que la nación española es el conjunto de todos los españoles de ambos hemisferios. Las libertades de que desde entonces debieron gozar los peninsulares las debieron gozar también los cubanos. No fué culpa nuestra que Fernando VII, el Deseado, diese al traste con todas esas libertades, no bien volvió á España en 1814. Renacieron dichas libertades en 1820, en virtud, por desgracia, de un motín militar, que puede considerarse como el pronunciamiento inicial en la larga serie de pronunciamientos que después ha habido. Y menos culpa nuestra es aún que, en 1823, así los peninsulares como los cubanos, perdiésemos de nuevo las mencionadas libertades, por obra de los cien mil hijos de San Luis, sostenidos moralmente por la Santa Alianza, ó sea por Rusia, Prusia y Austria, con el beneplácito sin duda de la libre Inglaterra.
De cuantas crueldades y tiranías y de cuantas muestras de grosero, torcido y falso celo religioso hizo y dió entonces un partido fanático por el afán de extinguir en España la civilización moderna y de retroceder á una edad de ignorancia y barbarie, que jamás existió y fué completamente soñada, más culpa que dicho partido fanático y servil tuvieron la Santa Alianza, los franceses que ejecutaron sus órdenes y casi toda Europa, abrumando con su peso al pueblo español y desatando las manos de Fernando VII para que, en premio de haber peleado por su trono, cargase á este pueblo de cadenas. Pero aun así, justo es confesar que los cubanos fueron los que menos padecieron, si es que algo padecieron, de este último absolutismo de los diez años.
Una prueba más de que no son los españoles peninsulares tan culpables de este absolutismo de los diez años, sino de que nos le impusieron las más poderosas naciones de Europa, es que desde que en 1834 hubo en España un gobierno liberal, los gobiernos de esas naciones se negaron á reconocerle, le volvieron la espalda y favorecieron al pretendiente, rey de los fanáticos y serviles. El nuevo orden de cosas no fue reconocido en España, por Prusia y Austria hasta después de la revolución de 1848, y por Rusia hasta 1857.
Y como yo no quiero condenar á nadie en más de lo justo, y menos á naciones tan ilustres como Rusia, Prusia y Austria, ni quiero tampoco injuriar al partido absolutista español, diré que alguna explicación y hasta disculpa tuvieron el odio y el terror de ellos á las modernas libertades, ya que tanto glorificaban, como el Sr. Clarence King, la primera Revolución francesa. Por pasmosos que hubiesen sido sus triunfos guerreros, no bastaban á atenuar las atrocidades de Dantón, Marat y Robespierre, y los espantos del Terror y de la guillotina; y fue lo peor que todo ello tuviese por resultado un gran genio militar sin duda, pero á la vez un déspota, que humilló y ensangrentó la Europa entera, sin que el más hábil y sutil profesor de filosofía de la historia pueda descubrir, fuera de la ambición personal, del prurito de elevar á la familia y á los amigos, y del afán del predominio de un pueblo sobre los otros, propósitos y fines altos y providenciales, parecidos á los que más ó menos conscientemente tuvieron Alejandro y César.
Será pensamiento mío, que tal vez escandalice á muchas personas, pero que ahora se me ocurre y no puedo menos de expresarle: la primera Revolución francesa, en vez de acelerar el advenimiento de la libertad verdadera y los progresos del linaje humano, vino á atajarlos, poniéndoles, como obstáculo que tienen que saltar en su curso, el miedo y la repugnancia que los desórdenes y crímenes de la Revolución inspiraron.
Como quiera que ello sea, pues sería muy largo discutirlo aquí, vuelvo á la cuestión de Cuba. Hoy que tenemos libertad, los cubanos la tienen también como nosotros. Sus senadores y sus diputados toman asiento en nuestras Cortes. Allí defienden sus intereses, allí piden reformas, allí concurren á legislar con los demás representantes del pueblo, y aun son más considerados y atendidos. Nunca, pues, la rebelión ha sido menos justificada que en el día por motivos políticos.
¿Lo será acaso por motivos económicos? Menos aún. Los cubanos no pagan tanta contribución como nosotros. Apenas pagan contribución territorial. Pagan en las aduanas. Y si algún empleado de los que van de la Península, se enriquece por allá, bien puede afirmarse que no es á costa sino con beneficio de ellos, favoreciendo el contrabando.
En lo tocante á la solicitud con que el gobierno de la metrópoli procura el fomento de la producción agrícola, de la industria y del comercio de Cuba, se llega á un extremo casi increíble. En prueba de ello, baste citar el Tratado que los señores Foster y Albacete negociaron en Madrid, siendo Presidente de la República el Sr. Arthur, y que el Sr. Cleveland, no bien entró en la Casa Blanca, retiró sin consentir que se ratificase. Si el Tratado hubiese sido ratificado, los azúcares de Cuba hubieran ido á la gran República libres ó casi libres de derechos, y de la misma manera hubieran sido recibidas en Cuba las harinas, las carnes y muchos productos de la industria anglo-americana. Inútil es ponderar la prosperidad y el auge que esto hubiera traído á la perla de las Antillas. Para lograr este fin, hubiéramos sacrificado nosotros con buen ánimo la agricultura de Castilla, cuyas harinas no hubieran podido resistir la competencia, el comercio de Santander, bastante de la industria catalana y no cortos intereses de nuestra marina mercante.
Alguna queja tengan acaso los cubanos de que, á fin de proteger la industria azucarera peninsular, se grave con demasiado derecho de introducción la azúcar de Cuba; pero el fundamento de esta queja es aparente cuando se considera el corto consumo que España puede hacer y hace de azúcar, en comparación de lo que totalmente produce la Isla, que por otra parte cuenta con más ricos, favorables y cercanos mercados.
Dice el Sr. Clarence King, que por codicia, por la riqueza que de la Isla sacamos, y por lo que esperamos sacar, nos resistimos á que sea independiente y libre. A mi ver, nada hay más falso; y creo que de los dieciocho millones que hay de españoles, sólo no pensarán como yo mil ó dos mil á lo más. Todos sabemos que en los cuatrocientos años que hace ya que poseemos á Cuba, sólo durante quince ó veinte ha habido sobrantes en las Cajas de Ultramar. En los otros trescientos ochenta y tantos años, Cuba no nos ha valido sino gastos, sacrificios y desazones. ¿Pues entonces—dirá el Sr. Clarence King—por qué España no abandona á Cuba? La pregunta equivale á la que pudiera hacerse á una buena madre, cuya hija mimada no le trajese más que gastos, si se le aconsejara que la dejase en plena libertad para que ella se ingeniase y buscase quien con más lujo la mantuviera. Conservar á Cuba no es para nosotros cosa de provecho, sino punto de honra de que España no puede prescindir.
La nación que ha descubierto, colonizado, cristianizado y civilizado á América, tiene más derecho que ninguna á ser y á llamarse americana, aun dentro de las doctrinas de Monroe, y tiene el deber sagrado é ineludible de sostener este derecho con razones y con armas, hasta donde sus fuerzas alcancen y mientras su sangre, su dinero y su crédito no se agoten.
No se comprenden los argumentos que se puedan alegar en los Estados Unidos para proclamar la beligerancia de los insurrectos cubanos y para excitar acaso á otras potencias á que también la declaren. No hubiera habido menos motivo para pedir ó declarar hace años la beligerancia del Tempranillo, del Chato de Benamejí ó de los Botijas. No se conducen mejor Máximo Gómez y su cuadrilla ni atinan con más habilidad á escabullirse de sus perseguidores. Las diferencias que hay son favorables á aquellos antiguos bandidos de la Península, porque no eran incendiarios, y porque, cuando se acogían á indulto, cumplían como caballeros y no volvían á las andadas, engañando y burlando á los que los habían indultado.
En la pasada guerra civil cubana, el conde de Valmaseda, ofendido de estas villanías con que era burlada y pagada la generosidad española, dió un bando, no he de negar que harto violento; pero esto no basta para justificar la nota dirigida por el Sr. Fish, secretario de Estado, al ministro de España en la gran república.
Esta nota es una dura reprimenda hecha en nombre de la civilización cristiana y de la humanidad, por alguien que debió de creerse, sin el menor interés, representante y Encargado de Negocios de dicha civilización y aun del linaje humano, y con autoridad para dirigirse á nosotros como á un subordinado suyo. Fueran las que fueran las faltas cometidas por el conde de Valmaseda, el Sr. Fish cometió al dirigir la nota un atentado contra la soberanía, la autonomía y el decoro de España, cuyo ministro, si su gobierno no hubiera sido tan débil y le hubiera prestado apoyo, lo menos que hubiera debido hacer es devolver la nota sin contestación, dándola por no recibida, como alguna otra nota, menos insolente y soberbia, se devolvió en Madrid á un ministro anglo-americano.
Ahora, por fortuna, si de algo han pecado el noble general Martínez Campos y los demás jefes y autoridades de España en Cuba, ha sido de lenidad, de espíritu de conciliación y de generosa confianza. Repito, pues, que no se comprenden los argumentos que pueden alegarse en los Estados Unidos para declarar la beligerancia de los insurrectos cubanos y para excitar á otras potencias á que la declaren.
Ni el gobierno español ni sus agentes han cometido ni cometerán en Cuba crueldad alguna. Aunque los foragidos que están asolando el llamado, por el Sr. Clarence King, fecundo paraíso, no merecen que las potencias cultas de Europa los amparen ó los protejan, no contra nuestra saña, sino contra nuestra justicia, yo espero que ésta se temple y mitigue con la mayor misericordia; mas no por eso acierto á explicarme que á los cabecillas rebeldes, á los principales al menos y á los que no tienen siquiera la excusa de ser cubanos y de estar cegados por un mal entendido amor á la patria, se les perdone si llegan á caer en poder de nuestros soldados. Justo y necesario será algún saludable escarmiento.
Difícil es, cuando no imposible, descubrir el motivo de queja que, en nación tan grande y generosa como los Estados Unidos, pueda haber contra España, bastante á mover á mucha parte de su ilustrada prensa periódica, al Sr. Clarence King y á una respetable comisión de senadores, á que pidan, valiéndose de mil injurias contra España, que el gobierno de la gran república declare beligerantes á los insurrectos, procure que otras potencias también los declaren, y garantice así la impunidad de todos ellos para el día en que depongan las armas, cansados de andar á salto de mata y de perpetrar toda clase de delitos. Por el contrario, España es quien puede quejarse por no pocos motivos: porque la acogida y el favor que reciben en aquel país los ingratos y rebeldes hijos de España excede sobremanera á la más franca hospitalidad, y porque bien puede recelarse que excitado por ellos el gobierno anglo-americano ha mostrado con frecuencia cierto prurito de vejarnos y lastimarnos.
Hay una, en mi sentir, detestable costumbre, fundada en torcidos principios de Derecho internacional, que prevalece en todas las naciones cultas, y no lo negamos, también en España. Hablo de la exagerada obligación en que se creen los gobiernos de proteger á sus súbditos en país extraño y de pedir, hasta con amenazas, que reciban indemnización de perjuicios que se les causen ó pérdidas que tengan.
Los gobiernos, movidos por la opinión pública, extraviada ó violenta, reclaman, tal vez sin mucha gana y por cumplir, pero reclaman, y suelen nacer de las reclamaciones, tirantez, enfriamiento de amistad y hasta conflictos. Y es lo más deplorable, que cuando la potencia que reclama es fuerte, humilla á la débil, en ocasiones la atrepella y casi siempre le saca el dinero. Y en cambio, cuando es más débil la potencia reclamante, en vez de salir airosa, es desdeñada en su reclamación, y su súbdito ofendido se queda burlado en vez de lograr ser indemnizado.
Cuando por cualquiera circunstancia se equilibran las fuerzas de las potencias reclamante y reclamada, suelen originarse hasta guerras, aunque para declararlas se busque ó se invente otro fundamento. Así, por ejemplo, si bien se rastrea y aun se escarba hasta llegar á la raíz de algunas expediciones belicosas, se verá que nacen de reclamaciones poco atendidas de particulares. Probablemente, si Francia y España no hubieran reclamado algo en balde para súbditos suyos, tal vez nunca hubieran tenido la ocurrencia de favorecer en Méjico á un partido monárquico y un tanto aristocrático y de ir allí á levantar el trono, que pagó más tarde muy caro un príncipe egregio y bondadoso. Tampoco sin reclamaciones hubiera habido guerra del Pacifico, ni bombardeo de Valparaíso y del Callao.
Cuando la nación de quien se reclama es débil, sin duda que no hay guerra, pero suele haber violencia y atropello. Así, pocos años ha (y prescindo de todo disimulo diplomático) Italia contra Colombia.
Véase, pues, con cuánta imparcialidad reconozco que apenas hay potencia, incluso España, que no adolezca de esta manía de reclamar exageradamente en favor de sus súbditos, establecidos ó de paso, en país extranjero, aunque cristiano y civilizado como aquel de que son naturales. A mi ver, sería bueno y provechoso decidir en el primer gran Congreso diplomático que haya, que esa protección del súbdito en país extranjero no la ejerza ninguna potencia cristiana y culta, sino cuando dicho súbdito vaya á vivir á un país bárbaro ó resida en él, y que, si reside en un país culto y cristiano, como el país de que procede, se someta á las leyes, usos y costumbres del país de su nueva residencia, sufra las molestias y se exponga á los peligros que allí sufren ó á que allí se exponen los demás, y reclame contra cualquier agravio ó daño, no por la vía diplomática, sino por los medios y recursos que le preste la legislación del país adonde voluntariamente ha ido.
Así se evitarían muchos males. Así se evitaría que, en ocasiones, en vez de ser una ventura que venga un extranjero, con capital ó con inteligencia ó con ambas cosas, á un país pobre y débil, sea una calamidad ó un ominoso preludio de vejámenes y sobresaltos, y así se evitaría que el extranjero que pasa de un país débil á un país fuerte sea desatendido y acuda en balde, en cualquier reclamación, á su legación, á su cónsul ó directamente á su gobierno.
Hasta hoy no se ha pensado en esta reforma del Derecho internacional, que ligeramente dejo indicada. No clamo, pues, contra la costumbre protectora. No protesto del uso, sino del abuso. Y lo que más lamento es que en los Estados Unidos se haya sutilizado y alambicado tanto el uso ó el abuso, que no reclaman sólo en favor de legítimos, castizos y nativos anglo-americanos, sino en favor de cualquier cubano rebelde que se va á la gran república huyendo de la autoridad española por delitos políticos que su nueva patria adoptiva no considera como tales. Han procedido de aquí muchas reclamaciones, que hemos satisfecho con longanimidad lastimosa, por donde los rebeldes, al ver la protección triunfante que se les otorga y la condescendencia con que España la acepta y paga, desdeñan á España y reciben alicientes y estímulos para rebelarse contra ella.
A despecho de tanta dificultad, entre las cuales, como se ve, cuentan por algo las que los Estados Unidos nos suscitan, todavía espera la mayoría de los españoles, y yo con ella, que Cuba, por ahora, no ha de ser libre, como el Sr. Clarence King ansía y propone. Esperemos que Cuba siga siendo libre, pero española, como la metrópoli desea, pero tenga por seguro el Sr. Clarence King que, si por desgracia y lo que Dios no permita, se agotasen nuestros recursos y tuviésemos que abandonar la gran Antilla, no hay español peninsular que sueñe por espíritu vengativo con que aquello se vuelva ó yankee ó merienda de negros. Por cima del patriotismo y más allá del patriotismo, vive y alienta en nosotros el amor de casta ó de raza. Ojalá, primero, que Cuba siga siendo española; pero si Cuba deja de serlo, ojalá que sea pronto, para gloria y satisfacción de la antigua madre patria, una gran república cultísima y floreciente. Entonces, Máximo Gómez, por ejemplo, á quien ahora fusilaríamos ó ahorcaríamos sin escrúpulo y para cumplir con una penosa obligación, brillaría con aplauso nuestro, á la altura de los egregios libertadores; podría ponerse al nivel de Simón Bolívar y de Jorge Washington y tener estatuas y monumentos como los que ellos tienen. Lo malo es que bien se puede apostar uno contra mil á que ese estado de florecimiento y de grandeza no llegará para Cuba, ni en muchos siglos, si prematuramente y con marcada y notoria ingratitud, lograra separarse ahora de la metrópoli. Queden, pues, tranquilos los anglo-americanos y los hispano-americanos, y no recelen, que ni á Jorge Washington ni á Simón Bolívar le suscite el cielo ó el destino un rival de gloria.