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LOS JESUITAS DE PUERTAS ADENTRO
Ó UN BARRIDO HACIA FUERA EN LA COMPAÑÍA
DE JESÚS

NO hace muchos días que, con el título que antecede y sin nombre de autor, salió á luz un libro en extremo interesante por el asunto de que trata y de agradabilísima lectura por el ingenio, la gracia, la fecunda vena satírica y el estilo castizo y magistral con que está redactado. Sin que se adviertan mucho el esfuerzo y la afectación, el libro no parece escrito en el lenguaje vulgar y corriente de ahora, sino como un autor clásico de la edad de oro de nuestra literatura hubiera podido escribirle.

Aunque no hubiesen llegado á mi noticia por diversos caminos claros indicios de quién es el autor del libro, creo que de seguro hubiera yo adivinado el nombre del autor; pero como él entró en el palenque y combate con la visera calada, yo no quiero ser ni seré quien le quite la visera y descubra su rostro y su nombre. Diré, sin embargo, que es, en mi sentir, persona apasionada, movida por quejas justas, y que deja notar en cuanto afirma cierto enojo harto motivado, que tal vez le impulsa á ir más allá de lo merecido en la reprobación y en la censura.

Como yo en este punto, remedando al historiador romano, puedo decir de los jesuítas que no los conozco nec beneficio, nec injuria, trataré aquí del libro y daré sobre él y sobre la Compañía mi opinión imparcial, movido por el aliciente que tiene para mí la materia, y exponiéndome á no agradar á nadie, ni á los jesuítas, ni al autor incógnito.

Como el primer fundamento de las acusaciones es la supuesta carencia de humildad cristiana que hay en los jesuítas, empezaré por hablar de la humildad y de la manera en que yo la entiendo.

Bueno y santo es ser humilde, no rebajar á nadie para realzarse á si propio, y reconocer nuestra condición miserable y pecadora, sobre todo cuando pensamos en Dios y en sus perfecciones infinitas, y cuando, encendidas ya en amor de Dios nuestras almas, volvemos los ojos hacia las criaturas que son obra de Dios y á quienes por amor de Él amamos, procurando, en vez de rebajarlas, poner en ellas un reflejo, un destello, un trasunto de las mencionadas perfecciones divinas. Así, por virtud de este procedimiento mental, el buen cristiano ensalza y encomia á cuantos seres le rodean y se muestra lleno de candorosa indulgencia para con todos ellos, siendo sólo severo consigo mismo y reconociendo y confesando los propios defectos, pecados y vicios. Esto, á mi ver, es la humildad cristiana. Pero si miramos el caso de otra manera y con más hondo mirar, yo creo que el cristianismo, en vez de hacernos humildes y abyectos, según no pocos impíos le acusan, eleva los espíritus y los corazones y los enorgullece, magnifica y endiosa. ¿Qué razón ni motivo tiene el buen cristiano para humillarse después de exclamar con San Agustín: gran cosa es el hombre, hecho á imagen y semejanza de Dios? Y no sólo su alma sino su cuerpo tiene mucho de digno y no poco de sagrado cuando se considera como templo del espíritu, cuando se piensa que el mismo Verbo divino, no sólo se unió á un alma humana, por inefable y sublime misterio, sino también á un cuerpo de hombre de la condición y forma de nuestro cuerpo, deificando así hasta cierto punto nuestra doble naturaleza, y dándole para término de sus aspiraciones y para blanco de sus esperanzas la misma perfección de Dios. Es extraño, aunque se comprende y se admira, que sea, con pequeñísima diferencia, el fin que propuso el demonio del orgullo á nuestros primeros padres casi idéntico al consejo ó más bien al precepto principal que nos dio Cristo en el Sermón de la Montaña. Si coméis del fruto del árbol prohibido, seréis como dioses, dijo la serpiente. Y Cristo dijo: Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre que está en el cielo.

El error, pues, está en el camino que hay que seguir para llegar á la perfección, pero no en aspirar á ella. Y ciertamente quien aspira á ser perfecto como Dios, no se comprende que pueda ser humilde, á no ser en el primer sentido arriba expresado.

Y si descendemos de las alturas teológicas y pensamos en esto de la humildad ó de la soberbia, mundanamente y en la práctica, yo no me explico tampoco cómo el muy humilde, á no ser exterior su humildad, confundiéndose con la buena crianza y con la afable dulzura, acierte á hacer cosa de provecho y á ser útil para algo. Lo primero es tener confianza en el propio valer y contar con que no han de fallecernos las fuerzas y el ánimo. El individuo ó la colectividad que acomete grandes empresas y que tiene elevados propósitos y miras, no puede menos de tener también el inevitable orgullo ó sea la creencia de que es capaz de dar cima á aquellas empresas y de realizar aquellos propósitos, claro está que contando siempre con el auxilio divino, lo cual será muy piadoso, pero, francamente y en realidad, no es humilde. La humildad existirá acaso con relación al Omnipotente, mas para todo lo que hay, y no es Dios, no entiendo yo qué humildad cabe en la firme esperanza de que Dios ha de ayudarnos á fin de que se logre y se cumpla lo que queremos.

Partiendo de las anteriores consideraciones, entiendo yo que el autor de que hablo acusa con poca razón á los jesuítas de no ser humildes, sino orgullosos. Nada más natural, en mi sentir, que creer la mejor del mundo la sociedad ó compañía á que pertenecemos. Todavía, si el acaso, si circunstancias independientes de nuestra voluntad ó si una providencial disposición nos colocase entre ésta ó entre aquella gente, podría parecer soberbia de nuestra parte el considerar como la mejor del mundo á la gente entre la cual estuviésemos colocados. Y con todo, aun así, más suele aplaudirse que vituperarse este modo de sentir y de pensar. Yo no soy español, por ejemplo, porque lo he querido, sino porque el cielo ha dispuesto que lo sea, y, sin embargo, no pocas personas celebran y muchas disculpan el elevado concepto que tengo yo de los españoles. Y si esto es así en una sociedad en donde yo no entro voluntariamente, ¿cómo ha de poder censurarse el altísimo concepto que forme cualquiera de la sociedad ó compañía en cuyas filas se alista por voluntad propia? Nadie ama sino bajo el concepto de bueno; todos buscan y procuran lo mejor; y el hombre honrado que se asocia con otros hombres, no sólo es discupable que crea, sino que debe creer que la tal asociación es la mejor del mundo, y que los fines á que se ordena y endereza son por todo extremo excelentes.

Justo es, pues, y sobre justo inevitable, que todo jesuíta, y más aún mientras mayores sean su candor y su buena fe, esté persuadido de que la Compañía de Jesús es la mejor del mundo, de que no hay virtud ni ciencia que en ella no resida y de que proceden de ella y procederán muchos bienes para el linaje humano.

No creer lo antedicho y hacerse, sin embargo, jesuíta, presupondría falta de discreción ó razones y motivos egoístas y bajos en quien tal hiciese. Alistarse en las filas del jesuitismo sin creer en su superior condición, sólo se explicaría entonces por la gana de tener una posición ó una carrera, de buscarse un modo de vivir, de ingeniarse ó de industriarse en suma. Y aun así, aun en esta bajeza, la predilección precedería á la elección, y todavía, sin elevarse sobre tan bajos motivos, ó carecería de juicio el que se hiciese jesuíta, ó consideraría que el serlo era mejor profesión ó carrera que todas las otras que hubiera podido seguir.

Por consiguiente no hay pecado, ni falta, ni defecto en la voluntad de los jesuítas cuando forman de la Compañía á que pertenecen un concepto sublime. Esto no se opone á que en dicho concepto haya error ó exageración del entendimiento.

Apartando de mi espíritu toda prevención apasionada, no considerando el asunto ni como católico, ni como sectario de ninguna otra doctrina religiosa, aceptando por un momento la más completa indiferencia en punto á religión, hablando y decidiendo en virtud de un criterio librepensador y racionalista, yo, lejos de condenar la Compañía de Jesús, me siento irresistiblemente inclinado á glorificarla y á dar por seguro que honra en extremo á España que entre nosotros naciese su fundador, cuya obra pasmosa me parece que importó muchísimo en la historía del linaje humano, haciendo de Ignacio de Loyola, no sólo el digno rival de Lulero, sino el personaje que se le sobrepone y le eclipsa. Se diría que cuando la Reforma parecía que iba á extenderse como voraz incendio por todo el mundo civilizado, y ya que no á extinguir á empequeñecer la cristiandad católica, Dios suscitó para ésta un campeón poderoso, cuyas huestes combatieron sin descanso la herejía y la vencieron á menudo en Europa, mientras que al mismo tiempo extendían la fe católica por el resto del mundo, ganando para ella más almas en países remotos y en inexploradas regiones que las que en Europa había perdido por culpa de Lutero y de los otros heresiarcas del siglo xvi.

En la Compañía hay que admirar el feliz consorcio del pensamiento y de la acción, de lo práctico y de lo especulativo. Fue un ejército conquistador, sin más armas que la palabra, que se extendió por el mundo con extraña rapidez, avasallándole y dominándole. Si contemplamos en espíritu al fundador glorioso en el momento de su muerte, nos parece á modo de un Alejandro incruento. Sus dominios se han dilatado ya sobre toda la redondez de la tierra. La Compañía tiene casas y colegios, gran poder é influjo en Castilla, en Portugal, en Alemania, en Francia y en las Indias Orientales y Occidentales. Bien puede sin vanidad ni soberbia exclamar el Padre Rivadeneyra que al mismo tiempo que Martín Lutero «quitaba la obediencia á la Iglesia Romana y hacía gente para combatirla con todas sus fuerzas, levantaba Dios á este santo capitán para que allegase soldados por todo el mundo y resistiese con obras y con palabras á la herética doctrina.»

Y no hay sólo en el P. Ignacio el espíritu conservador, sino también el de reforma y el de progreso. «Todos sus pensamientos y cuidados, dice el ya citado biógrafo, tiraban al blanco de conservar en la parte sana ó de restaurar en la caída, por sí y por los suyos, la sinceridad y limpieza de nuestra fe.» Todavía hay otra idea elevadísima, si no desconocida y seguida en otros institutos religiosos, por ninguna observada y seguida con más firmeza y perseverancia que por la Compañía de Jesús: la idea y el propósito de divulgar las ciencias, las letras y toda cultura, haciendo de ellas y del progreso humano preciosos y dignos auxiliares de la religión.

Con notable injusticia se acusa á la Compañía de que aniquila las voluntades y nivela y pone trabas á los entendimientos con los firmes y duros lazos de su obediencia ciega. No puede haber acusación menos razonable. Jamás se ha formado una sociedad con el intento de producir genios. El genio es una virtud ó un poder que tiene algo de sobrehumano, y que aparece individualmente en el espíritu de este ó aquel hombre cuando Dios ó la naturaleza así lo decretan. Y este genio, virtud ó poder, ni hay sociedad que le cree ni tampoco hay sociedad que le destruya. Es además harto arbitrario y vago el determinar ó medir la altura que ha de tener un hombre para ser genio y no ser medianía. No seré yo quien clasifique y coloque entre las medianías ó entre los genios á muchísimos Padres de la Compañía de Jesús; pero sí me atrevo á asegurar que, durante los tres siglos xvi, xvii y xviii, hasta después de su extinción bajo el pontificado de Clemente XIV, figura en ella una brillantísima serie de varones admirables por la acción, como predicadores, viajeros, mártires heróicos y exploradores atrevidos de países incógnitos y bárbaros, y una lucidísima cohorte de hombres eminentes en ciencias y en letras, descollando entre ellos muchísimos españoles, por lo cual, estando España hoy tan decaída, no goza acaso el nombre de ellos de toda la fama y el alto aplauso que merecen.

Para infundir en la mente de mis lectores un elevadísimo concepto y para entonar un himno en alabanza de la Compañía de Jesús, no he de ir yo á buscar frases y datos en libros escritos por jesuítas, ni en disertaciones é historias de católicos fervorosos y hasta fanáticos, sino que tomaré los datos y frases en un autor inglés, criado en el protestantismo y librepensador más tarde: en el famoso historiador y ensayista lord Macaulay. Harto merece ser traducido todo lo que él dice de los jesuítas y de su fundador; pero, á fin de no ser prolijo, me limitaré á traducir algunos trozos. «Ignacio de Loyola en la gran reacción católica tuvo la misma parte que Lutero en el gran movimiento del protestantismo. Pobre, obscuro, sin protector, sin recomendaciones, entró en Roma, donde hoy dos regios templos, ricos en pinturas y en mármoles y jaspes, conmemoran sus grandes servicios á la Iglesia; donde su imagen está esculpida en plata maciza; donde sus huesos, en una urna cubierta de joyas, se ven colocados ante el altar de Dios. Su actividad y su celo vencieron todas las oposiciones, y bajo su mando el orden de los jesuítas empezó á existir y creció rápidamente hasta el colmo de sus gigantescos poderes. Con qué vehemencia, con qué política, con qué exacta disciplina, con qué valor indomable, con qué abnegación, con qué olvido de los más queridos lazos de amistad y parentesco, con qué intensa y firme devoción á un fin único, con qué poco escrupulosa laxitud y versatilidad en la elección de los medios riñeron los jesuítas la batalla de su Iglesia, está escrito en cada página de los anales de Europa, durante muchas generaciones. En el Orden de Jesús se concentró la quinta esencia del espíritu católico: la historia del Orden de Jesús es la historia de la gran reacción del catolicismo. Este Orden se apoderó de todos los medios y fuerzas con que se dirige y manda el espíritu del pueblo: del pulpito, de la prensa, del confesionario y de las academias. Donde predicaba el jesuíta, la iglesia era pequeña para el auditorio. Su nombre en la primera página aseguraba la circulación de un libro. A los pies del jesuíta la juventud de la nobleza y de la clase media era guiada desde la niñez á la edad viril y desde los primeros rudimentos hasta la filosofía. La literatura y la ciencia, que parecían haberse asociado con los infieles y con los herejes, volvieron á ser las aliadas de la ortodoxía. Dominante ya en el Sur de Europa, la grande Orden se extendió pronto, conquistando y para conquistar. A despecho de Océanos y desiertos, de hambre y peste, de espías y leyes penales, de calabozos y torturas y de los más espantosos suplicios, los jesuítas penetraban, bajo cualquier disfraz, en todos los países; como maestros, como médicos y como siervos; arguyendo, instruyendo, consolando, cautivando los corazones de la juventud, animando el valor de los tímidos, presentando el Crucifijo ante los ojos del moribundo. El orbe antiguo no fué bastante extenso para la extraña actividad de los jesuítas. Ellos invadieron todas las regiones que los grandes y recientes descubrimientos marítimos habían abierto al emprendedor genio de Europa. Los jesuítas aparecían en las profundidades de las minas del Perú, en los mercados de esclavos de Africa, en las costas de las islas de las Especias y en los observatorios de la China; y hacían prosélitos y conversiones en países adonde ni la avaricia ni la curiosidad habían tentado aún á sus compatricios para que penetrasen; y predicaban y disputaban en idiomas de los que ningún otro natural de nuestro Occidente entendía palabra.»

Cuando la Reforma se levantó contra la Iglesia católica, el clero secular y regular, aun en la misma Roma, estaba corrompido y viciado y hasta lleno de descreimiento: «sólo el Orden de los jesuítas, añade nuestro historiador, pudo mostrar muchos hombres no inferiores en sinceridad, constancia, valor y austeridad de vida á los apóstoles de la Reforma». A los jesuítas, pues, á su poder persuasivo y al influjo de su palabra, se debió en gran parte la restauración y reverdecimiento en el seno de la Iglesia católica de aquel hondo sentir religioso y de aquella «extraña energía que eleva á los hombres sobre el amor del deleite y el miedo de la pena; que transforma el sacrificio en gloria y que trueca la muerte en principio de más alta y dichosa vida».

Declara asimismo Macaulay que el prodigioso cambio, que el triunfo inesperado del catolicismo sobre el protestantismo se debió en gran parte á los jesuítas y á la profunda política con que Roma supo valerse de ellos. «Cincuenta años después de la separación de Lutero, el catolicismo apenas podía sostenerse en las costas del Mediterráneo: cien años después apenas podía el protestantismo mantenerse en las orillas del Báltico. Grandes talentos y grandes virtudes se desplegaron por ambas partes en esta tremenda lucha. La victoria se declaró al fin en favor de la Iglesia romana. Al expirar el siglo xvi, la vemos triunfante y dominante en Francia, en Bélgica, en Baviera, en Bohemia, en Austria, en Polonia y en Hungría. El protestantismo en los siglos que han venido después no ha podido reconquistar lo que perdió entonces.» Y añade Macaulay: «He insistido detenidamente sobre este punto, porque creo que de las muchas causas á las que debió la Iglesia de Roma su salvación y su triunfo al terminar el siglo xvi, la causa principal fué la profunda política con que dicha iglesia se aprovechó del fanatismo de personas tales como San Ignacio y Santa Teresa.»

Es muy de notar que esto que Macaulay, con su criterio protestante ó racionalista, fanatismo, podrá ser llamado así por el brio y la intensidad con que se sintió y se pensó, pero tanto el sentimiento como el pensamiento, analizados, examinados y juzgados hasta por un hombre descreído del siglo xix, fueron, en el siglo xvi, permitánsenos las palabras, más razonables y más progresistas que cuanto Lulero, Calvino y los otros apóstoles de la reforma pensaron, sintieron y dijeron. No fué el misticismo español de entonces huraño, egoísta y meramente contemplativo, aspirando á elevarse y á unirse con Dios para aniquilarse allí confundiéndose en la esencia infinita y desvaneciéndose en un perpetuo nirvana. El amor de Dios y la aspiración á unirse con él, según mil veces lo explican nuestros místicos, fueron una preparación y habilitación de las almas para que obrasen luego, en la vida terrenal, inauditos prodigios de amor al prójimo, y para que diesen cima á casi sobrehumanas empresas. Las almas, según dichos místicos, cuando ardían en el fuego del amor divino y derretidas por la fuerza de este fuego se diría que se identificaban con Dios, eran como la espada que parece fuego en la fragua, de donde sale después con más fino temple y con superior aptitud para ejercer sus funciones. Lo místico y lo contemplativo en los jesuítas no fué el fin, sino el medio para apercibirse á la acción y cobrar fuerzas y virtud mayores con que alcanzar en ella la victoria. Y no fué la victoria en favor sólo del catolicismo, sino también para conservar ó restaurar el lazo ó principio unificante de la civilización europea, que los protestantes habían roto; para hacer que triunfase dicha civilización, amenazada por nueva barbarie, y para salvar la libertad y el valor y mérito de nuestras obras, casi negados por el fatalismo cruel y pesimista con que los protestantes denigraban y hacían odiosa á la divinidad y esclavizaban á la humana naturaleza, sacrificándola en aras de una predestinación y de una gracia, caprichosas y ciegas.

Nadie podrá acusar de jesuítico al célebre y malogrado historiador y polígrafo Oliveira Martins, y, sin embargo, en este punto que tocamos ahora, ensalza como nadie á los jesuítas, haciendo que la gloria de ellos y su triunfo en el Concilio de Trento aparezcan acaso como el mayor triunfo y como la más espléndida gloria de la civilización ibérica en el siglo xvi. «Los protestantes, dice Oliveira Martins, no excluyen las buenas obras; pero no es el mérito de ellas el que redime: es únicamente el mérito de Cristo, independiente del hombre. Esta doctrina, añade, es la condenación del hombre y de su actividad, de su voluntad, de la fuerza íntima que constituye su vida. Condenando al hombre, los protestantes condenan el mundo: transfiguran la realidad y conducen á los abismos de la esclavitud trascendente. En cambio, la doctrina de los jesuítas Salmerón y Lainez, vencedora en Trento, diviniza al mundo y al hombre, revelando y haciendo resplandecer la justicia de Dios en la fe del hombre y en sus buenas obras, cuyos méritos elevan á la gracia. El genio español, añade Oliveira Martins, fué, pues, por la boca elocuente de Lainez y de Salmerón, el defensor de la cultura humana, deteniendo á Europa en la pendiente de una predestinación fatalista.»

Debo observar que yo no cito aquí á Oliveira Martins como quien cita á un padre de la Iglesia; que en asunto tan difícil como la conciliación de la gracia y del libre albedrío, no le doy autoridad alguna; y que no hago á los jesuítas pelagianos, ó semi-pelagianos, para ponderar lo que valían. Sólo afirmo que, sin incurrir en error contra la fe, porque ni el molinismo, ni menos su mitigación por el congruismo de Suárez, fueron nunca calificados de heréticos, los jesuítas defendieron y sostuvieron la libertad del hombre, sin salir fuera del circulo de la creencia católica, y en cuestión la más oscura y difícil de la teología, y aun de todo pensar filosófico, por donde será siempro para teólogos y filósofos manantial y semillero de disputas hasta la consumación de los siglos. No quiero seguir ponderando aquí y recapitulando todo lo que en alabanza de los jesuítas puede decirse y se ha dicho hasta la extinción de la Orden en el siglo pasado. Las acusaciones lanzadas contra ellos y la multitud de enemigos acérrimos que tuvieron, primero entre los protestantes, después entre los jansenistas, y, por último, entre los librepensadores, redundan en cierto modo en elogio de los jesuítas, ya que prueban el extraordinario poder y la importancia que tenían. El mérito de ellos, no obstante, tiene que ser reconocido hasta por sus mayores contrarios, si se precian de candorosos é imparciales. Así, por ejemplo, Mosheim dice: «El candor y la imparcialidad me obligan á confesar que los adversarios de los jesuítas, al mostrar la torpeza y negrura de varias de sus máximas y opiniones, han ido más allá de lo que debían, y han exagerado las cosas para abrir más extenso campo á su celo y á su elocuencia. Fácil me sería probarlo con ejemplos sacados de las doctrinas de la probabilidad y de la restricción mental, imputadas como un crimen á los jesuítas; pero esto me apartaría demasiadodemi asunto. Observaré sólo que en la disputa se han atribuido á los jesuítas principios que sus enemigos sacan por inducción de la doctrina de ellos, sin que ellos los confiesen; que no siempre han interpretado sus términos y sus expresiones en el verdadero sentido, y que nos han presentado las consecuencias de su sistema de una manera parcial, que no está de acuerdo con la equidad exacta.»

Esta confesión de Mosheim en favor de los jesuítas los honra mucho, porque es uno de sus más declarados enemigos, y porque sin nombrarlas censura de parcialidad y de más ó menos inconsciente falsía las encomiadas Provinciales de Blas Pascal, obra que, según muchos afirman, ha hecho más daño á los jesuítas que la indignación de los soberanos y que todas las calamidades que han caído después sobre su Orden.

No he de dilatarme yo más, defendiéndola aquí. No ataca ni condena su pasado el autor incógnito del libro de que doy cuenta. Sólo añadiré, para terminar, que nadie puede pretender, ni los más fervorosos jesuítas, que la Compañía estuvo exenta de faltas y que todos sus individuos, que se contaban por miles, fueron unos santos, sin pecado y sin vicio, hasta la extinción de la Compañía en 1773.

Al caer entonces los jesuítas cayeron como los héroes de una noble tragedia, donde toda la simpatía y el aplauso fué para las víctimas, y la reprobación, en los más elevados espíritus, para los tiranos y opresores; para Pombal, para la Pompadour, para Tanucci y para el conde de Aranda. Las alabanzas de la Orden extinguida se renovaron ó surgieron entonces, derramándose sobre ella como sobre fúnebre monumento un diluvio de flores. Los más eminentes personajes de Europa, aun entre los no católicos, habían celebrado ó celebraron á los jesuítas: Enrique IV de Francia, Catalina II de Rusia, Rousseau, Diderot, Leibnitz, Lessing, Herder y mil otros.

Voltaire dice de ellos: «Tienen escritores de un mérito raro, sabios, hombres elocuentes y genios.» D'Alembert: «Los jesuítas se han empleado con éxito en todos los géneros: elocuencia, historia, antigüedades, geometría y literatura profunda y agradable. Apenas hay disciplina en que no cuenten ellos hombres de primer orden.»

Federico el Grande de Prusia, escribía á Voltaire: «Esta Orden ha dado á Francia hombres del genio más elevado.»

Después de suprimida la Compañía, los jesuítas, arrojados impíamente de todos los dominios españoles y refugiados en Italia, se esmeraron en dar clarísimo testimonio y brillantes muestras de su valer, redundando así cuanto hicieron en mayor vergüenza y descrédito de sus perseguidores y en alta honra de España, su patria.

Jamás, desde la toma de Constantinopla por los turcos y la venida á Italia de los sabios griegos, había penetrado en aquella península hueste más lucida y docta de extranjeros fugitivos. La historia científica y literaria de los ex jesuítas españoles, que por toda Italia se difundieron, carece todavía de un historiador digno. De esperar es que lo sea con el tiempo el erudito y elegante escritor D. Marcelino Menéndez y Pelayo. Entre tanto, no faltan eruditos italianos que se ocupen con amor en este asunto. Recientemente la Real Academia de Ciencias de Turín ha publicado sobre él una hermosa memoria, debida al saber y talento del doctor Victorio Cian. Al dar cuenta de esta memoria el ya citado Menéndez y Pelayo, en el número de Enero último de la Revista critica de historia y literatura, amplifica y esclarece las noticias del Doctor Cian con no pocas más que demuestran la importancia y el valer de aquellos nuestros ilustres compatriotas. Los Padres Andrés, Arteaga, Eximeno y Masdeu son elogiados por el Dr. Cian según su mérito; pero en cambio, sólo hace rápida mención de Hervás y Panduro, creador de una nueva ciencia: la filología comparativa; del Padre Juan Bautista Gener, autor de los seis primeros tomos de una enciclopedia teológica, que implica la renovación de los estudios eclesiásticos; del Padre Tomás Serrano, elegante y sabio humanista; del gramático Garcés, cuyo libro del Vigor y elegancia de la lengua castellana se lee aún con fruto; del Padre Aponte, egregio helenista, maestro del cardenal Mezzofanti; del insigne historiador de Méjico Clavijero; del naturalista chileno Molina; de Landival, cuya Rusticatio Mexicana es uno de los más curiosos poemas de la latinidad moderna, hasta por lo original y exótico del asunto, y de Márquez, tan benemérito, por sus libros, de la arqueología romana y de la historia de la arquitectura.

Aunque el Dr. Cian diga poco ó nada sobre los mencionados escritores, todavía basta con los que celebra para hacer que se forme elevadísimo concepto de los jesuítas españoles emigrados en Italia y de cuanto trabajaron y escribieron desde 1767 hasta 1814. Acrecientan la elevación de este concepto, las nobles palabras con que el Dr. Cian termina y resume su memoria: «Aquellos hombres—dice—arrojados de su patria, obligados á vivir entre las desconfianzas, las envidias, los rencores antiguos y recientes, en país extranjero, guardan celosamente el culto de la patria en su corazón, y al mismo tiempo se enlazan en afectuosa amistad con algunos de los nuestros y de los mejores, estudian y adoptan é ilustran la lengua y la literatura del país que les ha dado hospitalidad; pero cuando ven que algún italiano quiere lanzar la más leve sombra sobre el honor literario de España, se levantan con fiereza caballeresca, propia de su raza, y no temen defenderse, y pasar muchas veces de la defensa á la ofensa vigorosa y audaz... No podemos menos de sentir una admiración profunda por estos emigrados que en tan breve período de años respondieron tranquilos y altivos, con la mejor de las venganzas, á las injurias de la fortuna, á las persecuciones, á los odios de los hombres que pretendían extinguirlos; y se levantaron y se purificaron á los ojos de la historia, á nuestros propios ojos, á los ojos de aquellos mismos que creían y aspiraban á verlos aniquilados para siempre. Su producción múltiple, varia y á veces profunda y original, es un fenómeno singularísimo. En vano se buscaría en la historia de las literaturas europeas otro fenómeno semejante de colonización literaria; violenta, forzada en sus causas y en los medios con que fué realizada; espontánea, duradera y digna en sus complejas manifestaciones; útil y gloriosa para aquellos colonos, dotados de extraordinaria flexibilidad y gran virtud asimiladora; no ingloriosa para la madre patria que los desterraba; ventajosa y honorífica para la nueva patria latina que los acogía en su seno hospitalario.»

Harto reconocerá el lector por lo expuesto hasta aquí que yo soy un admirador fervoroso y sincero de la antigua Compañía de Jesús; pero esto no se opone á que yo dé crédito é importancia á las tremendas acusaciones que lanza contra la Compañía el autor anónimo, cuyo libro me induce á escribir este articulo.

No recuerdo quien dijo, tal vez fué Cervantes, que las segundas partes nunca fueron buenas; y yo confieso que me siento inclinado á aplicar el dicho á la Compañía de Jesús restaurada, desde 1814 hasta ahora.

La primera revolución francesa, con tantos horrores y tanta sangre y dando por último resultado á un déspota que sin propósito fijo, civilizador y humano, mantiene durante años la confusión y la guerra en Europa; la propensión del pensamiento filosófico hacia el pesimismo y hacia el más grosero ateísmo y la aparición ó la mayor difusión y el más hondo arraigo de espantosas doctrinas que, no sólo tiran á subvertir el organismo social, sino á arrancar de cuajo los fundamentos en que el orden actual se sostiene, han apocado acaso, con la repugnancia y el terror que inspiran, el espíritu religioso de muchos individuos é instituciones, y entre éstas la de los jesuítas sin duda. Lo cierto es que ya no son como eran antes. A mi ver, ya no pueden decir: sint ut sunt, aut non sint. Ya son otros de lo que eran. Antes, al defender la fe católica, de que se hicieron y fueron maravillosos adalides, se pusieron en el camino del progreso, á la cabeza de la humanidad, levantando el lábaro y apareciendo casi, así por el amor de la religión como por el amor de la ciencia, semejantes á la columna de fuego que guió en el desierto á los israelitas durante la noche.

Hoy, por el contrario, faltos de fe los jesuítas y engañados por el pesimismo, imaginan sin duda que la civilización ha descarrilado, que se ha extraviado, saliendo de la senda que debía seguir, y en vez de ponerse delante y servir de guía, se han puesto á la zaga y hacen todos los posibles esfuerzos porque ceje y retroceda hacia un punto absurdo y fantástico que jamás existió y con el que ellos sueñan. De aquí que todo progreso, toda elevada cultura, todo pensamiento sano de libertad y de mejoras, sea tildado por ellos de liberalismo y aborrecido de muerte. Esto es peor que carecer de un ideal, es tener un ideal falso é inasequible por ser contrario á las ideas y á las esperanzas de la porción más activa, inteligente y hábil de la novísima sociedad humana.

En esta situación, sin verdadero entusiasmo, porque reacción tan disparatada no puede inspirarle, no es extraño que los jesuítas modernos tengan todas las flaquezas y pequeñeces é incurran en cuantos vicios y pecados el autor anónimo les imputa en su iracunda y despiadada sátira.

Todo lo que el autor anónimo nos declara que hay ahora de malo en la Compañía, pudo existir y existió probablemente en ella, hasta cierto punto, desde su origen. No era posible que entre millares de hombres, formando una asociación poderosísima, no se albergasen la ambición, la codicia, el apetito de deleites y regalos y otras mundanas pasiones; pero entonces era tan elevado el propósito, era tan generoso y fecundo el pensamiento capital que informaba á la Compañía, y era tan numerosa y refulgente la falange de sus héroes, de sus santos, de sus exploradores, de sus sabios y de sus mártires, que deslumbraba con su resplandor y no dejaba ver lo vicioso y lo malo que había en la Compañía y que es tan inherente y propio y tan difícil de extirpar por completo de nuestra decaída naturaleza.

Es asimismo de recelar que el jesuitismo moderno, si bien fustiga con sobrada acritud los vicios del día, se haya dejado, sin sentirlo, inficionar por algunos de ellos, y en particular por los que afean más ahora á las clases medias y elevadas de la sociedad, con las que los jesuítas tratan y alternan frecuentemente. La afición, pues, al regalo, á la pompa, á ciertos refinamientos y elegancias y al dinero que lo proporciona todo, no deja de ser natural que se haya infiltrado en las almas de los decaídos sucesores de Francisco Javier, de Francisco de Borja, y de tantos y tantos gloriosos misioneros, confesores y mártires de la fe de Cristo.

Cuantos hechos, anécdotas y casos refiere el autor incógnito para rebajar y humillar á los jesuítas del día, tienen traza de verdaderos y dejan harto mal parados á los Padres. Referidos con notable primor de estilo, desenfado y gracia, entretienen tanto ó más que una novela picaresca. Así los dos capítulos Cuestión de cuartos y Los dineros del sacristán, nos pintan á los Padres sedientos de oro y valiéndose para adquirirle de mil medios poco decorosos; de la usura, del agio y de la adulación para con los ricos, á fin de conseguir de ellos donaciones y herencias: y nos los pintan al mismo tiempo manirrotos, despilfarrados y faltos de juicio, de buen gusto y de previsión, para gastar, ó más bien para derrochar estas poco bien adquiridas riquezas. En el capítulo El Politiqueo aparecen los Padres como facciosos, excitadores á guerra civil y tan partidarios de D. Carlos, que cantaban el Te Deum cuando ocurría algún suceso funesto para las armas de España, v. gr.: la muerte del caballeroso y heróico marqués del Duero.

Para no fatigar á los que me lean no seguiré extractando aquí el inmenso cúmulo de acusaciones que lanza contra los jesuítas el autor anónimo. Recomendaré, sin embargo, la lectura del capítulo El Mujerío, porque tiene muchísimo chiste. Sobre todo en cuanto se refiere á las relaciones espirituales de los Padres con las duquesas, marquesas y condesitas, y en la descripción que hace de la devoción elegante, del misticismo cómodo y de la religiosidad high life y á la moda.

Todo esto, no obstante, por más que sea digno de reprobación y deba ser condenado en este, en aquel ó en el otro individuo, tal vez afecte menos á la Compañía en general de lo que el autor anónimo imagina y pretende. En una asociación tan numerosa y que alcanza extraordinario influjo y crédito, es difícil, es casi imposible evitar que algunos, que tal vez muchos de los que á la asociación pertenecen, no se prevalgan de ese influjo y de ese crédito para lograr provechos y ventajas materiales. Y por otra parte, el despilfarro de esos provechos, casi siempre en cosas deleitables para la colectividad ó que satisfacen y lisonjean su orgullo, prueba que no hay grande egoísmo en el individuo que los ha logrado, é inclina á creer que la codicia jesuítica más que viciosa es poco juiciosa.

En mi sentir, pues, los capítulos de mayores culpas del libro del autor anónimo contra los jesuítas, son los dos que se titulan: De ciencia y tantidad, la mitad de la mitad.

Ni en ciencia, ni en literatura ni en artes, llegan hoy los jesuítas de España á lo que fueron en lo pasado. Quedan además muy por bajo del nivel de los escritores seglares y de los escritores del clero y de los otros institutos religiosos. La fama al menos no hace resonar mucho sus nombres ni difunde su gloria.

En este punto, sin embargo, y si hemos de dar crédito al autor anónimo y no tildar de exageración sus alabanzas, él las prodiga de tal suerte al P. Juan José Urraburu, que le coloca muy por encima de todos los filósofos, pensadores y escritores aficionados á la filosofía que ha habido en nuestra nación en el siglo presente. No he de negar yo que sean muy estimables las obras filosóficas de Balmes, del P. Zeferino González, de D. Manuel Orti y Lara, de Sanz del Rio y de la turba de sus prosélitos; pero de ninguno de ellos se podría afirmar sin exagerada benevolencia lo que el autor anónimo afirma de la obra filosófica del P. Juan José Urraburu, declarando que es notabilísima, que hace honor á España, y que debe contarse entre las mejores, si ya no es la mejor publicada en Europa, después de la restauración filosófica pregonada por León XIII. Es cierto que el autor anónimo limita luego la alabanza, considerando la obra del P. Urraburu como mera exposición de la sana filosofía escolástica. Pero aun así, la alabanza es muy grande, si la tal exposición es completa y si es la mejor que se ha hecho en Europa, comparando bien la antigua filosofía que expone, con todos los ulteriores sistemas, y sacándola ilesa de los ataques, y victoriosa y colocada por cima de todos.

Fuera de los méritos de este P. Urraburu, del que confieso ingenuamente que ni había oído hablar, poco ó nada hay que el autor anónimo celebre y estime en algo, en el movimiento intelectual de los jesuítas. Y la verdad es que ninguno de sus escritos ha alcanzado en España la popularidad y el aplauso que las obras de otros escritores pertenecientes al clero. No tienen poetas como Mosén Jacinto Verdaguer; ni ardientes y fervorosos polemistas como D. Miguel Sánchez; ni entusiastas y candorosos moralizadores, de fecunda inspiración popular, como el excelente P. Claret, harto injustamente ridiculizado por la pasión política y por la ligereza de liberales y librepensadores.

La revista El Mensajero del Corazón de Jesús, está, según el autor anónimo, muy por bajo de La Ciudad de Dios, de los Padres Agustinos. Y lo que más desgracia dicha revista ó Mensajero, siempre, según nuestro autor, son las novelas y cuentecitos que allí se insertan, «donde hierven tales osadías de ideas y tales arrojamientos de frases y de palabras, y donde se refieren lances y percances tan crudos y poco decentes y situaciones tan escandalosas, que muchos padres de familia, luego que recibían el tal Mensajero, le escondían con cuidado para que no le leyesen sus hijas».

Son más de extrañar estas libertades si se atiende, según afirma el autor anónimo, á que los Padres jesuítas de España han censurado al Cardenal Wiseman por su Fabiola y al inocentísimo Fernán Caballero por varias de sus novelas, y á que (¡apenas parece creíble!), en un gran colegio de la Compañía celebraron una muy devota procesión y quemaron muchos libros por impíos, liberales y poco decentes, entre ellos El Quijote.

El autor anónimo niega también historiadores á la moderna Compañía de Jesús en España.

En lo que toca á ciencias naturales, no tienen nada de que jactarse. No sólo, dice, «no pueden presentar una obra como la del Agustino P. Blanco sobre la flora de Filipinas, pero ni un observador de la naturaleza como el escolapio Padre Ainza».

En mi sentir, hay un punto sobre el cual no vierte bastante luz el autor anónimo, ni nos habilita, fiándonos de lo que dice, para dar una sentencia adversa ó favorable. Es este punto la virtud ó capacidad docente de los Padres de la Compañía. Sobre ello, por lo tanto, no daremos nuestra opinión, pero sí diremos que la del público en general es muy favorable á los Padres, y lo prueban la multitud de colegios que tienen, su prosperidad, y el empeño con que muchas personas, hasta opuestas al jesuitismo, liberales y librepensadoras, envían á sus hijos á los colegios de los jesuítas para que allí se eduquen. Y no puede negarse que el buen éxito de los jesuítas en este ministerio de la enseñanza de la juventud produce y puede producir los mejores efectos, aunque no sea más que despertando la emulación y excitando el celo de otros establecimientos pedagógicos, ya, por ejemplo de los Institutos oficiales y laicos, ya de otras Ordenes religiosas ó clericales congregaciones. Los Padres Augustinos, sin duda, se esmerarán más en sus enseñanzas para competir con los Padres de la Compañía y vencerlos, si pueden. Y es probable, que, contemplando la prosperidad y crédito de los jesuítas como cuerpo docente, los canónigos del Sacro Monte se hayan animado y resuelto á ampliar los estudios de su colegio, convirtiéndole en Universidad católica, donde ya se enseña la jurisprudencia y donde se aspira y se quiere enseñar (como complemento y corona de las asignaturas de teología), griego, hebreo y árabe y otras lenguas orientales, así como muchas ciencias profanas y muchas teorías y descubrimientos novísimos, á fin de ponerlos en armonía con la Religión revelada y de que valgan para su sostén y concurran á su triunfo en vez de parecer, como parecen, un ariete en manos de los incrédulos.

Concretándome ahora al examen del libro del autor anónimo, y expresando aquí sobre él mi parecer franco y sincero; diré, para concluir, aunque me acusen como han sido acusados con frecuencia los jesuítas de tener la manga muy ancha, que los pecados y vicios que saca á la vergüenza el autor anónimo, si bien sería de desear que no los hubiese, no me mueven tanto á condenar la Compañía, compuesta de seres humanos, entre los cuales no puede menos de haber bastantes pecadores, como la carencia del espíritu elevado, amplio, civilizador y progresivo que la inspiró en mejores días. Volver á informarse de este espíritu es, en mi sentir, lo que la Compañía necesita, y no las mejoras y modificaciones de sus institutos, que el autor anónimo propone, manifestando deseo de que la Iglesia las adopte y establezca.

No va por un lado el espíritu del siglo y no va por el lado opuesto el espíritu de la verdadera Religión. Ambos caminan y deben caminar unidos á fin de que la mente y el corazón de los hombres se eleven á superiores esferas. Cristo no enseñó cuanto hay que saber, sino que dejó mucho, aun en las cosas más esenciales, para que los hombres lo averiguasen y lo enseñasen con el transcurso del tiempo. El adelanto, el desenvolvimiento de la metafísica y de toda doctrina social, política y hasta ética, no está reñido con la revelación, que no fué ni pudo ser de una vez, sino que, en cierto modo y altamente aceptada, es progresiva. Las mismas palabras del Redentor lo declaran: Adhuc multa habeo vobis dicere, sed non potesti portare modo. Lo que entonces no dijo Cristo, porque no hubieran acertado á entenderle; lo que, aun después de descender sobre los apóstoles las lenguas de fuego, cuando estaban congregados en el Cenáculo, no quiere ó no puede revelar San Pablo, constituye la ulterior revelación, y presta, digámoslo así, una flexibilidad sublime á nuestro dogma religioso, que le hace capaz de contener dentro de sí, sin romperse ni quebrantarse, toda civilización futura, por grande y maravillosa que sea.

Yo entiendo, pues, que la mejor reforma que pudieran adoptar los jesuítas sería la de inspirarse en tan sublime y fundamental pensamiento que, sin salir fuera de las vías católicas y sin cobardes condescendencias y transacciones con incrédulos é infieles, hiciese posible la aspiración de Jaime Freeman Clarke al terminar su obra sobre las Diez grandes Religiones, y al proclamar la cristiana como la religión definitiva é imperecedera del humano linaje: que no se amengüe la libertad del espíritu; que no se acepte con ceguedad lo que contradiga al sentido común; que no se achique ó mutile la ciencia por miedo de que triunfe de la fe; que ningún placer inocente, que ninguna natural alegría de la vida y que nada de cuanto hay de hermoso en la literatura, en el arte, en la sociedad y en el hogar doméstico, sea sacrificado; sino que todos los hombres vengan á Jesús y hallen en Él el medio más poderoso de elevarse hasta su Eterno Padre y la revelación más cumplida de perdón, paz, esperanza y vida eterna, indispensable para el desarrollo perfecto y completísimo de nuestro ser humano.

En los jesuítas hay en nuestro tiempo una limitación y una estrechez de miras harto contrarias á las susodichas aspiraciones. Se olvidan de que la letra mata y el espíritu vivifica, y se olvidan de que el espíritu de verdad hará resplandecer toda verdad ante los ojos de los que le siguen.