Resultará un poco extraño a mis habituales lectoras que yo trate esta materia de psicología palatina. Debo sobre este punto una explicación reveladora del origen de mis conocimientos. En realidad, yo no he pisado en mi vida un palacio real ni he conocido nunca a ningún monarca ni a ninguna reina. No he estado en Europa. Desciendo de un vasco remoto que en el primer tercio del siglo pasado empezó a apoderarse de la tierra por centenares de leguas. Por diversos entronques familiares, he venido a pertenecer, al cabo de un siglo, al patriciado de mi país y a su alta sociedad. El nombre y la opulencia—más aun la opulencia—determinaron que fuese elegida de la comisión de damas para recibir y obsequiar, cuando el Centenario, a una altísima dama, nacida en alcázar. Me hice muy amiga de ella, honrándome mucho con su intimidad. Y en nuestras conversaciones, a fin de satisfacer mi curiosidad, tuvo la complacencia de hablarme frecuentemente de las cortes europeas que ella conoce tanto, de sus costumbres y hasta de sus secretos. Así, pues, este pequeño ensayo sobre reyes y reinas está hecho con el auxilio de las reminiscencias de aquellas parlas interesantísimas...

FRIVOLIDAD Y TILINGUISMO

El jueves último dí en mi casa una fiesta sin pretensiones de sarao, una pequeña reunión en obsequio de mis sobrinas, Carmen y Lucía, hijas de mi hermana mayor. Invité a las amigas de las muchachas y a varios jóvenes, pertenecientes, unas y otros, a nuestro gran mundo.

La fiesta tenía por objeto principal presentar a mis sobrinas en sociedad. Debo deciros sobre ellas algunas palabras. Carmen y Lucía son mellizas, muy lindas ambas y bastante vivaces, sobre todo Lucía, mi ahijada. Apenas cuentan 16 años. A Estefanía, mi hermana, le urgía mucho esta presentación. Yo la decía con frecuencia que me parecía pronto para lanzar a las niñas al torbellino del mundo. Hícela sobre este punto algunas reflexiones, censurando la costumbre, ya tan difundida en Buenos Aires, de presentar a las niñas en sociedad cuando apenas han salido de la infancia. Ello me parece un grave error. A esa edad ni el espíritu ni la mente tienen, no ya madurez, ni siquiera aquel grado de equilibrio elemental que se necesita para frecuentar los salones y actuar en la sociedad. Claro está que la experiencia del mundo sólo se adquiere andando en el mundo. Pero bueno es llegar a él con todas las cautelas que sugiere la razón formada; porque el mundo, al decir de un santo que tengo en gran devoción, «es un pomposo bajel sobre procelosos mares». Al día siguiente de ponerlas de largo ya se quiere lucirlas en sociedad. Pero, para entrar en los «procelosos mares» a que alude el santo, no basta llevar los vestidos de largo; se requiere que sea no menos largo el entendimiento. Para la salud misma no es conveniente experimentar las impresiones del mundo cuando apenas se ha iniciado la pubertad. Su cerebro pueril y la infantilidad de su espíritu hacen que se hallen cohibidas, llenas de cortedad, incapaces de sostener una conversación, ni siquiera de comprenderla cuando los conceptos son un poco sutiles. De ahí que las pobrecitas, a todo cuanto se les dice, respondan maquinalmente con esta insustancial muletilla: «¿Ha visto?» ¡qué cosa! ¿no? ¡Qué cosa! ¿no? ¿ha visto?...»

Como viera que todas estas razones contrariaban a mi hermana en su prisa por lucir a sus hijas, accedí al punto a sus deseos. No quería yo que ella interpretara mis observaciones como disculpa para eludir las molestias y aún las críticas a que da ocasión toda fiesta. Mi hermana deseaba que la presentación tuviera lugar en mi casa, por haber en ella amplios salones y ser el hogar tradicional de la familia, donde tuvieron lugar memorables fiestas en los antiguos tiempos de la castiza sociedad porteña. Nosotras, nuestra madre, nuestra abuela, tres generaciones femeninas, en una palabra, fueron presentadas al mundo en estos vetustos salones. Aunque la casa es mía exclusivamente, por haberla preferido en el reparto de la herencia a otros bienes de mayor valor, siempre creo que pertenece a toda la familia para estos fines de lucimiento común, para mantener el apellido y honrar a nuestra estirpe. Así, pues, estaba descontado que la presentación de Carmen y Lucía tuviera lugar en mi casa. Mis reparos se referían solamente a su corta edad. Jorge, mi marido, concluyó por acallar mis escrúpulos. «Tu hermana lo quiere; ¡déjala! Hazla el gusto. ¡Qué te vas a meter tú a reformar las costumbres!» Mi marido dice que el mundo está dirigido por la insensatez y que es inútil oponerse a este hecho evidente. Como Jorge discurre muy bien y sabe mucha filosofía, justifica su aserto con razones que por ser muy atinadas y, sobre todo, por ser suyas, a mí me parecen definitivas. Yo creo a mi marido con amor, que es la forma de credulidad más profunda.

A las once comenzaron a llegar las amigas de mis sobrinas, un grupo de muchachas presentadas en sociedad este mismo año o el anterior. Muy lindas, muy elegantes todas ellas. Notábase que su principal preocupación era su propio atavío. Poco después llegaron los jóvenes: Pedrito, Carlos, Raúl, Enrique, Evaristo, otros varios. Estos donceles merecen párrafo aparte.

Llegaban como recién salidos de la sastrería, planchados, engomados, prensados, rígidos, ¡encorsetados! La raya del pantalón, perfecta, como hecha con tiralíneas. Me han dicho que usan ahora una jareta en el talle, con cuyos cordones se obtiene esta rigidez del pantalón, como si estuvieran puestos sobre un maniquí de madera. Usan el «saco» entallado, con vuelo de miriñaque, como nuestras abuelas. Gastan calcetines de colores muy vivos; azul-añil, verde-esmeralda, rojo de aurora, prendas, en fin, propias de las bailarinas de la Opera. Llevan el pantalón remangado, y cuando están en coro con las muchachas, los colores se confunden, no distinguiéndose los sexos. Entre todos forman un arco iris. Pero lo interesante es lo externo de la cabeza de estos mozos, su peinado. Parece que es obra lenta y minuciosa el tocado de sus testas. Comienza con un lavatorio con agua de lino; luego se pasan media mañana con la toalla rodeada a la cabeza, a manera de turbante oriental, hasta que el pelo se seque. Por ultimo, comienza el peinado: esencias odoríferas, propias de una odalisca, mucho cosmético. El agua de lino apelmaza el cabello en forma compacta, convirtiéndolo en una pasta como de cemento armado, que defiende el cerebro contra la penetración de toda idea. Si se les toca con los nudillos, su cabeza suena a hueco, como un coco después de sacarle la pulpa. Todo es liso en la cabeza de estos jóvenes, por dentro y por fuera. Dícenme que es muy elegante llevar así el cabello, largo y empastado, como una peluca natural, si caben juntos los dos términos. Para terminar el tocado se ponen una espesa capa de vaselina, a fin de que brille mucho el pelo, única cosa brillante en sus cerebros. Después, cuando van de visita, dejan en los respaldos de los sillones y almohadillas la huella de sus peinados. Están poniendo perdidos los muebles de todas las casas que frecuentan.

Al poco rato se generalizaba la conversación. Pedrito, uno de los jóvenes, hablaba con una niña, refiriéndose a otra ausente. Comentaban un principio de relación entre esta señorita, llamada Pilar, y un amigo de Pedrito, relación que se había cortado apenas iniciada. La niña preguntó a Pedrito: «¿Y cómo va el «apunte» de Pilar y su amigo?»

—«Forfey»—repuso Pedrito.

Como yo no entendiera, pregunté a mi marido lo que había dicho.

—«Forfey»—me dijo Jorge—es una palabra inglesa para significar que un caballo se ha retirado de la carrera.

—¡Qué horror! ¡Vaya una manera de hablar con las niñas que tienen estos jóvenes!

En otro grupo se comentaba una gran fiesta dada últimamente. Mi sobrina Lucía preguntó:

—¿Estuvieron las de García Nájera, Clotilde y Sofía?

—No entraron en el marcador—respondió el joven Evaristo.

Aludiendo al noviazgo fracasado de otra señorita, dijo Raúl, uno de los más frívolos de mis invitados: «Esa carrera no se corre».

Se habló luego de si Clotilde era o no era elegante. «Es cache»—dijo Enriquito, que entiende mucho de modas.

Todos los fragmentos de conversación que escuché eran parecidos. Los jóvenes se expresaban por medio de vocablos hípicos para significar cualidades morales y episodios de los saraos, tertulias y reuniones. No logré oir una sola frase espiritual, un concepto agudo, una palabra verdaderamente fina y elegante. La función parlante de los mozos era puro ejercicio de la campanilla y la laringe, sin intervención del espíritu ni del cerebro, cuya masa gris está tan apelmazada, compacta y oscura como el pelo. Estos pobres mozos de nuestra «haut» desconocen los deleites que procura una mente docta, nutrida de lectura selecta, un espíritu iniciado en las altas emociones del arte y de la poesía. Para sus ojos mentales el mundo está vacío; no hay en él más que unos cuantos caballos alígeros, un sastre y un poco de agua de lino para convertir su cabeza en un ciprés.

No es suya toda la culpa. Se han educado en la blandura de nuestras riquezas improvisadas, repentinas, y son incapaces del menor esfuerzo, de la menor constancia, de la menor fatiga. Y como el ignorar no cuesta nada, poseen una necedad que está contentísima de sí misma. El menor estudio les produce neuralgias, y así renuncian los pobrecitos a la adquisición de todo tesoro intelectual, que es el tesoro de los tesoros, prefiriendo el otro, el tesoro amonedado de papá, para derrocharlo en forma dispendiosa en los clubs, en las carreras, en otras cosas peores aún, y acabar, a la postre, siendo unos desdichados. ¿Qué serán éstos mocitos cuando lleguen a viejos? Sin hábitos de trabajo, sin capacidad de adquisición, sin habilidad comercial, sin cultura universitaria ni de otro género alguno, ¿qué será de éstos viejecitos? Felizmente para ellos, pocos llegarán a octogenarios.

¡Qué diferencia con la generación anterior, la de sus padres! Estos sabían, y saben trabajar, estudiaban, se afanaban por ser algo en el mundo. Había en ellos energía, vigor, constancia, empeñoso esfuerzo. Y así, durante su juventud, lo mismo sujetaban un «rodeo» con espíritu varonil que dirigían con sencilla elegancia un cotillón. Bajo el guante blanco advertíase la vitalidad de las manos dominadoras de toros. En aquellas manos veía la mujer un firme apoyo y en aquellos corazones una inalterable y noble constancia. Pero de estos «señoritos góticos» como dicen en España, ¿qué apoyo puede esperar una mujer?

Entre las niñas que asistían a la fiesta estaba Inés, hija de mi excelente amiga Clotilde, cuya situación económica es bastante precaria. Inés ha recibido una educación esmerada y es, además, muy inteligente y muy espiritual. Yo siento por ésta interesante y bella criatura hondo afecto. Desearía hacer por ella lo que haría por una hija. Y así, en todas las fiestas que doy y en todas aquellas en que intervengo o tengo alguna influencia, hago que asista mi protegida. En una palabra: deseo casarla bien. Los jóvenes de cabeza de ciprés que asistían a la fiesta, al saber que Inés era pobre, huían de ella como de la peste. Estos tigrecitos buscan, no niñas interesantes, sino estancias y mucha plata. Inés permanecía silenciosa y cohibida entre aquella colección de mentecatos y tilingos. La llamé aparte: «Estás triste, hija mía; ¿por qué no te diviertes, por qué no conversas, tú, que eres tan espiritual y tan ingeniosa?»—«No—me respondió;—no me atrevo, ni me conviene, porque en seguida la hacen a una reputación de sabihonda, de marisabidilla, y la aislan a una más. Hay que ser superficial, frívola, y como a mí no me gusta eso, pues... me callo».—«Bien hecho—la dije,—no te aflijas, hija mía; yo te buscaré un novio digno de tí. No te aseguro que sea rico; pero sí inteligente y espiritual y culto y muy hombre, merecedor, en una palabra, de los tesoros de tu alma». Inesilla se conmovió profundamente. El agua de las lágrimas bailaba en las pupilas de sus ojos azules, en que se mezclan la vivacidad y la ternura.

Aceleré cuanto pude el fin de la fiesta. Quería librar mi casa de aquella atmósfera de majadería. Los cipreses acabaron por serme molestos. No veía la hora de verlos desfilar a la calle. Todos ellos ostentaban apellidos prestigiosos en nuestra historia política o en nuestra breve historia económica. Pero con el linaje de estos mocitos ocurre lo que dicen los franceses, refiriéndose a las patatas: «lo bueno está debajo de tierra». Mi hermana, en cambio, se hallaba encantada con la reunión y le satisfacía mucho el papel que habían hecho las niñas, sobre todo Carmencita, que es la más frívola.

Cuando logré poner punto final a la fiesta, llevé a mis sobrinas a una salita retirada y les dije: «No busquéis novio, hijas mías, entre estos tilingos que tienen la cabeza más vacía que un farol. Estos mocitos de la «haut» bonaerense no valen nada, ni valdrán nunca nada. Fijaros más bien en esos muchachos pobres que llegan del interior, de los rincones provincianos, a estudiar en las Facultades de la capital, haciendo su carrera en medio de las mayores estrecheces, librados exclusivamente a su esfuerzo propio. Esos tienen porvenir; esos serán algo, y podréis sentir el orgullo de ir colgadas del brazo de verdaderos hombres. De aquellos rincones de nuestras provincias salieron los espíritus luminosos que hicieron la patria: Sarmiento, Alberdi, Rawson, los Gallo, Vélez Sársfield, Avellaneda, etc. Llegaron pobres como las ánimas benditas, y a fuerza de estudio, de virtud, de sobriedad, se convirtieron en los directores de nuestra sociedad naciente, en los escultores de un nuevo pueblo; y luego, ya muertos, fueron, son y serán, por los siglos infinitos, los dioses penates de la patria. Fijaros en esos provincianitos pobres que estudian, que sufren y se desvelan; que antes de figurar en los salones, prefieren conquistar un puesto en las actividades intelectuales del país. En sus manos caerán un día las cosas, el mando, el poder, el prestigio, todo lo que tiene un alto y permanente valor en la vida y en la historia. Estos otros jóvenes que habéis conocido son ahora ricos en dinero, que no en ideas ni en espiritualidad; tampoco lo serán mañana en dinero, pues su vida dispendiosa y absurda lo hará volar. Junto a tales hombres la vida de una mujer inteligente es aburrida, tediosa, y su porvenir negro. Huid de ellos, huid de esas cabecitas de ciprés en que todo es oquedad, insustancia, vacua mentecatez, tilinguismo ¡huid, huid!...»

Mis sobrinas se retiraron cabizbajas y un tanto mohinas. No sé si me harán caso. Lo dudo...

INES Y LOS CIPRESES

Al día siguiente de la fiesta que dí en mi casa para presentar en sociedad a mis sobrinas, vino Inesilla, mi protegida, a visitarme y a darme las gracias por haberla invitado.

—¡Qué dices, muchacha!—exclamé—¡las gracias te las debo a tí por haber asistido y haber honrado mi casa con tu graciosísima presencia!

Y la di un apretado beso, expresión efusiva de mi hondo cariño.

—No diga usted eso, señora.

—Ya te he dicho muchas veces que no me llames señora; llámame Marianela, con absoluta confianza, como si fuera una hermana mayor. Yo comparto mi cariño entre mi marido, mi hijo y tú. Ya lo sabes.

—Yo también la quiero a usted mu...

La pobrecilla no pudo terminar. Se abrazó a mí, diciéndome con su congoja lo que no pudieron expresar sus labios.

—Vamos, vamos... siéntate. Hijita, eres sensible como una flor del aire. No se te puede decir nada. Y el caso es que yo también... Bueno, bueno, siéntate. Charlemos alegremente sobre la fiesta de ayer. Vamos a murmurar un poquito. ¿Qué te parecieron los cipreses?

—¿Por qué los llama usted cipreses?

—¿No te parece bien puesto el nombre?

—Sí, muy bien; realmente parecen cipreses: su peinado apelmazado, liso, compacto, pegadito, imita la copa de ese árbol funerario. También se parecen a él por el cuerpo rígido, atiesado, derechito. El ciprés no parece una obra de la Naturaleza, sino de la mecánica. Los demás árboles, aunque sean de la misma especie, son variados en sus formas, en la estructura de sus ramas y horcajos. Cada árbol tiene su personalidad, su aire propio, su figura individual. Los cipreses, por el contrario, son todos iguales. Visto uno, vistos todos.

—Como ellos.

—Sí, sí; pero en el orden moral... El ciprés es un árbol triste, melancólico; sugiere ideas de muerte, de tumbas, de soledad; evoca el sentimiento del vacío y de la nada.

—Oye, Inesita: mucho más aún que en lo externo, se parecen esos jóvenes en lo moral a los cipreses. Verás... El ciprés no produce nada, ni siquiera bellotas, que es el fruto de los árboles más humildes en la jerarquía vegetal. Tampoco esos mocitos de la «haut» producen cosa alguna; por lo tanto el parecido en este punto es idéntico. El ciprés es triste y melancólico; ello proviene, no del lugar en que se halla, sino de su propia forma; puesto en un parque de rosas es igualmente triste. Este carácter lamentable procede de la monotonía de sus líneas, profundamente aburridoras. Lo mismo ocurre con los cipreses humanos, atildados, recortaditos y fililis como los cipreses vegetales. Estos últimos nos producen el sentimiento del vacío y de la nada. ¿Y acaso los otros, los cipreses humanos, no producen el mismo sentimiento de la vaciedad y de la nada? El árbol simboliza la muerte: junto a él la tumba. Esos jóvenes, ayunos de espiritualidad, de cultura, de ilustración, sin inquietudes intelectuales, de voluntad desmayada, abúlicos, son, en una misma pieza, tumba y ciprés. Ya ves, pues, que en lo moral se parecen tanto o más que en su forma externa. La única diferencia consiste en que unos son cipreses plantados y los otros semovientes. Pero hablemos de otra cosa: ¿bailaste mucho?

—Todo lo que quise. Ya advertí que se preocupaba usted de mí. Una vez que me quedé sentada, por cansancio, vi que hablaba usted con Evaristo; el ciprés se dirigió en seguida hacia mí y me invitó a bailar. Yo se lo agradezco a usted...

—Estás equivocada. Fue iniciativa suya. Tú no necesitas que la dueña de casa se ocupe de tí, porque siempre estás solicitada.

—Lo dice usted por consolarme.

—Siempre tan suspicaz, hija mía. Tu precoz espíritu crítico no hace más que martirizarte. Este agradecimiento tuyo, injustificado en este caso, me recuerda un gracioso episodio que te voy a contar. Hace dos años di otra fiesta en mi casa. Invité a mi ex amiga Petrona (ya sabes que se ha enojado conmigo) y a su cuñada Pepa. Los jóvenes atendían a ésta muy poco. Ello se explica; la pobre está ya muy metida en años (pasa de los 35), y no es muy agraciada. Petrona ha hecho cuanto ha podido para casarla y... nada ¡imposible! La criatura es incolocable. Verdad es que Petrona, con esos humos aristocráticos que tiene, la ha perjudicado más que nadie. Todo le parecía poco. Y ella misma, la misma Pepa, creía que por ser hermana de un ministro, iba a calzar con un Anchorena, como dice Del Campo en el «Fausto». Ilusiones... Pues bueno: como te digo, los jóvenes no la atendían, no la sacaban a bailar. Para una dueña de casa es un martirio que una señorita planche. Hablé a unos y otros; me ayudó también Jorge, mi marido, que recurría a su hermano Raúl, cuando ya no sabíamos a quién endosársela. Así logramos que bailara casi toda la noche. Al día siguiente vino Petrona a visitarme, y como es tan ingenua y tan pintoresco su lenguaje, exclamó, dándome un abrazo: «¡Ay, Marianela, muchas gracias por haber hecho girar a la Pepa!».

Inés se ríe del dicho de Petrona, pero noto que al punto vuelve a quedarse ligeramente triste. Trato de animarla:

—¿Y qué tal la conversación de los cipreses? ¿Muy interesante, eh?...

—Mucho. Pedrito me habló de las carreras; lleva la cuenta de los minutos y segundos que emplea cada caballo en dos mil metros.

—¡Qué interesante! ¿Estarías muy divertida con tal conversación?

—Pues me divertí. Me dió por hacerme la entendida en carreras. Le hablé de las teorías de Barey, el célebre cuidador inglés, según el cual una palabra colérica aumenta el pulso de un caballo en diez pulsaciones por minuto. Luego, ya por mi cuenta, le dije que para correr sus caballos debe elegir un «jockey» que tenga voz de tenor, porque las vibraciones de este timbre son un estímulo mayor para los animales que la voz baritonal. No se dió cuenta del titeo. Por el contrario, se quedó asombrado ante mis conocimientos y me comprometió para otras dos piezas. ¡Qué galante!...

—¡Graciosísimo, muchacha, graciosísimo!—exclamé, riéndome;—ya noté que te asediaba mucho y que estaba lo más obsequioso contigo.

—Era por los caballos. Les debo el honor de dos valses con Pedrito.

—Y los otros cipreses, ¿qué te dijeron?

—Evaristo me habló también del hipódromo; criticó mucho que la pista de Palermo no tenga césped, como las pistas de París y de Londres. Aseguró, en tono desdeñoso, que aquí estamos muy atrasados en estas cosas, que son tan importantes en todo país civilizado. «Créame, señorita—agregó con gravedad imponente:—después de haber estado en Longchamps y en Epsom, en los grandes hipódromos de París y Londres, no se puede ir a Palermo. Vuelve uno lleno de polvo, hecho un asco ¡impresentable!» A Evaristo no le llaman la atención los caballos; le interesa la pista, y, sobre todo, el verde. Está deseando que se acabe la guerra para volverse a Europa, porque aquí, sin césped en la pista de Palermo, ya no puede vivir.

—Y Enriquito, ¿qué te dijo?

—¡Ay, no me hable! Es el más frívolo y el más insulso de todos.

—Sí, hijita, ese es el arquetipo del tilinguismo.

—No me habló más que de modas femeninas y de si tal muchacha es más elegante que tal otra. Cree que la moda vuelve otra vez a la época de la Pompadour. Está conforme «en principio» con la adopción de aquel traje, pero «previas» algunas reformas que me explicó con gran riqueza de detalles. Hizo la crítica de los vestidos que llevaban varias niñas el día del premio del «Jockey Club». Parece que Clotilde se presentó con un sombrero un tanto estrambótico. Me preguntó si la había visto. Y como le dijera que no, exclamó al punto: «Era un sombrero ¡digno! de verse».

—¿Y Carlitos Nuezvana, ¿estuvo muy espiritual?

—Ese me habló de modas masculinas. Estaba muy disgustado porque, debido a la guerra, no puede hacer venir sus trajes de Londres, de donde los ha traído siempre. En Buenos Aires no hay sastres: «son talabarteros». Se hallaba molestísimo con el traje de frac que le habían hecho aquí. «Vea usted este frac; el corte es imposible; las solapas no se plegan, los faldones son cortos, ¡estoy ridículo!» Le dije que el secreto de la elegancia no está en que lo que uno se pone le mejore a uno, sino en mejorar uno lo que uno se pone. Pero no entendió el sentido de esta definición de la elegancia. Entonces le dije que es el aire de la persona y no el vestido lo que la hace ser naturalmente elegante. Y le agregué que él era muy «airoso», que era todo aire, de pies a cabeza. Me dió las gracias. Por último agregó: «Estoy lo más contrariado por estos inconvenientes de la conflagración».

—Y con Ernesto, ¿cómo te fué?

—A Ernesto le da por la aristocracia. Sólo me habló de si eran o no eran conocidas las personas que asistieron a las diversas fiestas dadas este invierno. La calidad de las gentes que concurren a las reuniones constituye su preocupación. El hombre es de un aristocratismo completamente empingorotado. Parece que hubiera nacido en medio de la corte de la casa de Austria. El pobrecito es más hueco que una caña de pescar. Se me ocurrió hablarle de política, preguntándole: «¿Votó usted por los radicales?»—«¡Qué esperanza!—me respondió;—no es gente conocida...»

—¿De manera que te aburriste en grande?

—No, eso no. La tontería tiene siempre algo de divertida.

—Tienes razón, hijita. Además la tontería es tan variada como la inteligencia. Hay tontos de muchísimas clases, como hay inteligentes de muchas maneras. Pero el tonto es siempre más perfecto como tonto que el inteligente como inteligente. La Naturaleza, cuando crea un inteligente, le deja siempre alguna falla, alguna tontería. En cambio, cuando crea un tonto, la Naturaleza es maestra; lo crea completo, sin pero, perfecto, redondo. Dios te libre, hijita, de uno de éstos.

—Pues hay uno que...

—¿Te persigue? ¡No me digas! ¿Le conozco yo?

—Sí; estaba aquí anoche.

—¡Qué me dices! Cuenta, cuenta...

—Otro día. Ahora tengo que irme. Van a venir a buscarme. Ya le contaré, porque necesito su consejo. Mamá—ya la conoce usted—en siendo rico y persona conocida... Pero yo no quiero ¡no quiero! Y habrá lucha. Y tiene usted que ayudarme, porque yo no me caso con un tilingo, por mucha plata que tenga y por muy conocido que sea. ¡Eso no, eso no!...

Vinieron a buscarla y se fué. Pero quedamos en que vendrá a verme uno de estos días y me expondrá su problema. Me ha dejado llena de curiosidad y un poco intranquila.

LA FIESTA HÍPICA

Una tarde clarísima, luminosa, radiante; el cielo azul, altísimo, límpido, traslúcido. La primavera ha cubierto de verde follaje la desnuda vegetación invernal. Se oyen entre la enramada píos de amor. Todo es vitalidad, alegría, florescencia.

La muchedumbre urbana invade el hipódromo, a presenciar la gran carrera del año. La tribuna popular forma una masa compacta, densa, apretada, inmóvil casi por falta de espacio para moverse, rebullendo sobre sí misma. En el otro extremo, en la tribuna del «paddock» la clase media ofrece su nutridísimo concurso a la fiesta. En medio, entre el vasto tinglado para el pueblo y el «paddock» de los pudientes, la tribuna del Jockey, atestada igualmente de selecto público: aristocracia, alta burguesía, «sportsmen», «clubmen», «dandys», numerosos «cipreses», embajadores extranjeros que han venido a presenciar la trasmisión del mando presidencial, los cuales llevarán a sus respectivos países, tendidos a lo largo del Continente, la impresión de la brillante vida bonaerense. De retorno en Lima, Asunción, La Paz, Río, Méjico, etc., estos embajadores contarán las maravillas de nuestra rápida evolución social y económica, el refinamiento de nuestra vida, nuestros progresos sorprendentes. En los círculos sociales y políticos de sus respectivos países—un poco remisos al progreso, lentos en su desarrollo, un poco estrechos en su economía, trágicos en su política, caóticos y confusos en su total existencia—narrarán lo que vieron en Buenos Aires, dando a sus oyentes la sensación de haber contemplado en el Sur el foco civilizador del Continente, un foco en que, por virtud del progreso, de la cultura y de la riqueza colectiva, por la tolerante convivencia de todas las ideas, en sólida y arraigada paz, es ya su luz fija y segura, irradiando sobre todos los pueblos que moran en lamentable turbulencia entre el mar Caribe y el río de la Plata.

También asisten a las carreras dos miembros de nuestro flamante gobierno, en representación, según me dicen, del excelentísimo señor Presidente de la República, hombre poco dado a lo ostentatorio de los grandes festivales, sobrio en sus costumbres, un tanto cartujas. El hecho de esta representación oficial se comenta favorablemente entre los socios del Jockey, interpretándose como un puente de plata entre las tres tribunas o tinglados que dividen las clases sociales en el hipódromo. El suceso se interpreta como un indicio de que no será modificado el régimen existente, ni se producirá, como en Babel, una deplorable confusión de las gentes. La ligera intranquilidad de los «clubmen» ha desaparecido con la presencia de la representación oficial.

Un rumor sordo, de muchedumbre lejana, llega de las tribunas populares a las del Jockey: un vocerío compacto de emoción, de alegría, de ansiedad, al ver cruzar los corceles alígeros, raudos como flechas disparadas por arcos a máxima tensión.

Los gorriones, tranquilos moradores del tejaroz o alero de las tribunas, han saltado al centro del campo que circunda la pista. Estos animalitos, los más sabios de la fauna volátil, han descubierto el secreto de combinar su libertad salvaje con su integración en la sociedad humana. Son domésticos hasta donde quieren y libres sin limitación. Al poco rato, volando sobre la muchedumbre, vuelven a los aleros, solicitados por tierna prole, amor que les infunde coraje para cruzar a ras del aliento y de la gritería de cien mil personas. Allá, en el tejado, ágiles y voluptuosos, disponiendo de la casa del hombre y del cielo azul, se ríen de toda aquella muchedumbre pendiente de las patas de los caballos, inferiores a la ligereza de sus alas.

En la explanada y tribunas del Jockey daban la nota de su gracia y de su belleza numerosas damas y señoritas ataviadas con trajes primaverales, de vistosas muselinas, espumillas y otras telas ligeras. No había lujo excesivo ni ostentoso. Cierta parquedad en el adorno personal denotaba, al par de un gusto depurado, los efectos de una crisis un tanto pertinaz. El buen gusto y la economía tienen íntima relación. Al estrecharse un poco los presupuestos destinados al atavío, la mujer aguza su ingenio para suplir con el arte los adornos costosos. Y entonces está mejor, porque no consiste la elegancia en gastar mucho, sino en gastar bien. El único lujo ostentoso que se veía el domingo era el de los «cipreses». Estos pintureros y pisaverdes examinaban atentamente los trajes de las señoritas. A uno de ellos muy presumido le oí decir, refiriéndose a una niña cuya elegancia no se ajustaba a sus cánones: «¡es cache!». El pavipollo revoleó la varita y siguió al encuentro del rey de los cipreses, de Carlitos Nuezvana.

Los dos motivos de conversación general eran las carreras, sus accidentes y sorpresas, y los puestos de significación política que aún faltan por llenar. Se hablaba al mismo tiempo de «Vadarkblar» y del futuro intendente, de «Saint Emilion» y del nuevo jefe de policía, de «Sangre Azul» y del que llenará la vacante de la dirección de Correos. La carrera tras de estos puestos era, según el decir de la gente, tan competida y disputada como la que dentro de unos momentos se realizaría en la pista entre los aristócratas de la sangre hípica. En una y otra carrera había favoritos. Pero entre los corceles esta condición de favoritos dimanaba exclusivamente de su valer, demostrado en carreras anteriores, mientras que en la carrera tras de los puestos no era el valer demostrado la condición esencial para ser favoritos, sino otras circunstancias humanas, en que el mérito deriva de los codos para abrirse camino en las competencias de la política.

Las damas y señoritas ponían gran interés en las carreras, examinando el programa, las cotizaciones, los dividendos de las ya corridas, y pidiendo y dando «pálpitos» para las que iban a correrse. En un grupo, una señorita muy espiritual ofrecía un «pálpito» a un mozo, ligeramente atezado, miembro de la embajada del Brasil. «Muito obrigado—repuso éste, agregando, con el fino y galante romanticismo de su país—; pero a ese «pálpito» prefiero, hermosa señorita, el órgano con que usted palpita».—«¡Ay, qué gracioso!»—exclamó la muchacha—«¡Es una declaración en toda regla!»—añadieron a coro los del grupo, celebrando aquel rasgo espiritual.—«¡Aceptado! ¡aceptado!»—decía ella, riéndose y siguiendo la broma. El fino y gentil brasileño, dirigiéndose alternativamente a la niña y al grupo, repetía: «Obrigado, muito obrigado...».

Pasó un señor muy elegante, con traje gris, galera gris, polainas blancas, muy expresivo en sus ademanes y gestos. «¿Quién es?»—pregunté a mi marido.

—El Payo.

—¿El payo Roqué?

—El mismo que viste y calza.

—Viste y calza muy bien.

Evoqué recuerdos de mi infancia, ya un poco lejana. Con todo, el Payo estaba aún resplandeciente, conservando su ingénita gallardía y aquel garbo propio de los buenos mozos.

Cruzó el Ministro de Agricultura. Y me acordé al punto de mi ex amiga Petrona. Su marido, Eleuterio, se ha quedado sin cartera. Siento cierto remordimiento pensando en que quizá aquella malhadada croniquilla que escribí, relatando la conversación que tuvo conmigo, haya podido influir en la postergación de un hombre de los méritos agrícolas de Eleuterio.

En el «buffet», Julia Elena, como esposa del presidente del Jockey, hace los honores de la casa, con la discreción, la finura y el buen gusto en ella habituales. Los embajadores y diplomáticos besan su mano al entrar. Esta costumbre, tan arraigada en los altos círculos sociales europeos, es objeto de controversia entre el elemento argentino que circula por los pasillos. Yo no me atrevo a dar una opinión definitiva sobre este punto. Me parece, sin embargo, que no arraigará entre nosotros esta forma de rendir homenaje a la mujer.

La gran carrera va a empezar. En el marcador aparece favorito «Vadarkblar». Existe un detalle que hace subir la cotización. Su dueño ha asistido siempre a las carreras con indumentaria democrática, de saco y sombrero flexible. Hoy ha venido de jaquet y galera, con el empaque elegante de quien está seguro de concentrar las miradas. Esta «paquetería» en un hombre habitualmente sencillo y demócrata, aunque adversario de Lisandro, es objeto de abundantes comentarios. «Vadarkblar ganará»—repite todo el mundo;—el jaquet y la galera del propietario son prendas de seguridad. Corre la voz, y, en vista de estos signos infalibles, la cotización sube como la espuma. «Es una fija». Yo me fijo también en el distinguido propietario, y ante su aire de ganador, me animo con unos boletitos que le hago sacar a mi marido. Siento cierto remordimiento, pues me parece que los del Jockey jugamos con ventaja sobre los de la tribuna popular, porque ellos no han visto, como nosotros, al propietario, y les falta, por lo tanto, este «dato» seguro del jaquet y la galera, infalibles detalles de ganador que nos ofrece nuestro distinguido y simpático consocio. Pero en las carreras, como en los demás juegos, es difícil no prevalerse de cualquier circunstancia favorable, de cualquier ventaja más o menos legal. Tiendo mi vista con lástima a toda la colosal muchedumbre de la tribuna popular. ¡Pobrecitos, no saben nada! Sólo aquí, en la tribuna del Jockey, estamos en el secreto. Yo acaricio mil boletos entre la mano y el guante. «¡Vamos a ganar, Jorge, vamos a ganar!» Y haciendo una confusión lamentable entre política y carreras, añado: «¡No hay que hacerle; los radicales se lo llevan todo por delante! ¡No se puede con ellos!»

¡Ay, nuestro favorito derrotado! «Vadarkblar» sólo da que hablar como perdedor. He estrujado mis boletitos. ¡Y yo que creía tan seguro el «dato» del jaquet y la galera!...

Al salir para tomar nuestro automóvil nos cruzamos con un amigo. «¿Y... cómo les fué?»

—¡Al tacho!—responde mi marido.

Yo le aprieto el brazo y le digo: «¡Jorge, qué palabra tan inelegante!...»

LAS ANGUSTIAS DE MI PROTEGIDA

Mi protegida Inesilla—ya os he hablado varias veces de ella—vino a verme la otra tarde. Apenas entró en casa, noté en su gracioso semblante cierta turbación, un estado de inquietud y desasosiego que me alarmaron.

—¡Ay, Marianela, mi buena amiga, mi querida protectora, las cosas que a mí me pasan no le pasan a nadie!...

Y rompió a llorar sobre mi hombro en forma acongojada y angustiosa.

—¡Muchacha! ¡Me alarmas! Sosiégate, ¿Qué te pasa?...

—¡Es horrible, horrible! ¡Quisiera no haber nacido!...

—¡No digas eso, criatura! El mundo hubiera perdido la gracia de tu presencia en él. Pero cálmate, no te sofoques, no te aflijas. Siéntate y... cuenta, cuenta. ¿Qué te sucede?

—Que se me ha declarado... ¡ay de mí!...

—¿Ay de tí? ¡Ay de él, en todo caso!... Pero ¿quién?

—¡Quién ha de ser! ¡¡El rey de los «cipreses»...!!

—¡Hijita!... Me habías asustado. Creí que se trataba de alguna desgracia.

—¿Y le parece a usted poca desgracia?—dijo llorando y riendo a un tiempo, momento de transición en que mi protegida se torna verdaderamente divina.

—No creo que la declaración de un rey, ¡de un rey nada menos! sea causa de aflicción. Ninguna mujer llora ante un matrimonio morganático.

—Sí, ríase usted...

—Es un honor que haya descendido un rey hasta tus plantas.

—Gracias, gracias.

—Pero, vamos, cuenta, cuenta, hija mía, con ese graciosísimo pico que Dios te ha dado. Me tienes impaciente. ¿Cómo fue la cosa!...

—Pues verá usted. ¿Se acuerda de la conversación que tuvimos al otro día de la fiesta que dió usted para presentar en sociedad a sus sobrinas Carmen y Lucía?

Hago memoria. Ante la suspensión de mi mente, Inés agrega con verba rápida:

—¿No recuerda usted que, al irme, la dije que había un ciprés que me perseguía y que...?

—¡Sí, hijita! ¿Cómo no? Ahora caigo. Estaba trascordada. Me había olvidado, porque creí que era una broma tuya.

—Sí, sí... broma... no está mala broma. Bromazo ha resultado.

—Pero... vamos a ver: ¿Quién es el rey de los cipreses?

—¿No lo sabe usted?...

—¡Hay tantos que pueden aspirar a esa corona!... Entre los cipreses, como todos son iguales, cualquiera puede ser el rey.

—Pues es Carlitos Nuezvana.

—¡No me digas! Está bien puesto el nombre. Merece el cetro. ¿Y se te ha declarado? ¿Cuándo? ¿Dónde? Cuenta, muchacha, cuenta...

—La cosa empezó la noche de la fiesta que usted dió, dedicada a sus sobrinas. Comenzó por insinuaciones, no muy ingeniosas. Ya sabe usted que el pobrecito carece de sal en la cabeza.

—Sí, hijita; no tiene más que agua de lino y cosmético, con cuyos elementos se plancha el pelo. Por dentro y por fuera, todo es plancha. Sigue...

—Las insinuaciones fueron muy directas, por dos razones. La primera, porque sus recursos de palabra son muy pobres.

—El mozo «tilinguea» en cuanto abre la boca. Claro; no estudia, no lee, no cultiva su espíritu y...

—Y la segunda... La segunda razón es la que más me hiere. El hombre...

—El ciprés.

—Bueno. El rey de los cipreses no puso cautela ni parsimonia en sus insinuaciones, porque creía... así me pareció a mí... que me hacía un honor ofreciéndome su amor.

—Y así es, hijita; se trata del rey nada menos, de Nuezvana I...

—Como lleva un apellido tan conocido y es además tan rico, pues... claro... no se imagina que alguien pueda decirle que no, y mucho menos yo, que en apellido le puedo igualar, pero en plata...

—El apellido, hijita, vale cuando se sabe elevarlo. El que no sabe abrillantarlo, o, por lo menos, mantener su brillo, valdría más que no lo hubiera heredado. Y en cuanto a la plata, no se necesitan millones para ser feliz.

—Tenía la seguridad absoluta de que yo le aceptaría encantada. Y por eso me hablaba con un descaro frío, sin esa emoción que en tales trances produce la duda. Sus galanterías, exentas de espiritualidad, me produjeron un efecto deplorable. Bailábamos un vals, y me pareció que iba enlazada a un muñeco que le habían dado cuerda. Le miraba el pelo renegrido, hecho una pasta, como un casco de alquitrán. No se le movía un cabello, y no pude menos de pensar que su inteligencia y su espíritu eran lo mismo, inmóviles.

—Pero ¿cómo se te declaró? ¿qué te dijo?

—Después de elogiar mi elegancia (ya sabe usted que no habla más que de elegancia) me dijo que él «estaba dispuesto» a iniciar relaciones conmigo. Luego agregó que «se atrevía a suponer» que no sería rechazado. Esto lo dijo con un airecito de seguridad impertinente, en el cual adivinaba yo este pensamiento: «¡qué he de ser rechazado!...»

—Y tú... ¿qué le dijiste?

—Estuve por darle allí mismo unas calabazas más redondas y más duras que su cabeza. Pero me contuve. Me daba cierta lástima apabullarle en su doble orgullo de rico y de aristócrata. Sólo me limité a decirle: «No hay atrevimiento en su pretensión». Y agregué, con cierto retintín que él no podía pescar; «ya que usted «está dispuesto» (recalqué mucho esta frase) veré si yo me dispongo. En estos casos las disposiciones deben ser mutuas. Y aunque usted me honra mucho con su inclinación, necesito pensarlo...»

—Muy bien, hijita, muy bien dicho. ¡ Si eres más viva!... ¿Y él, qué dijo ante esa filigrana de respuesta?

—Dijo que él no lo había pensado; que...

—¡Claro! ¡qué va a pensar él!...

—Que yo le había gustado «por mi elegancia y por mi belleza» y que no necesitaba pensar más. Se me ocurrieron varias respuestas irónicas (¡qué sereno y agudo tiene una el entendimiento cuando no ama!); pero me limité a decirle: «pues yo sí, necesito pensarlo, porque es para mí asunto de capital importancia».

—¿Y cómo terminó la escena?

—Pues terminó dándome un plazo de ocho días para contestarle.

—¿Así, imperativamente, como un rey, como el rey de los cipreses?

—Así, así... El mozo tiene su arranque, a pesar de su tilinguismo y de su mentecatez. Mis discretas evasivas enardecían el espíritu del ciprés. En el resto de la noche le eludí por completo. Bailé con el cuñado de usted, con Raúl. ¡Qué diferencia!...

—¿Eh?...

—Pero mi conflicto ahora no es con Carlitos, sino con mi propia familia. Mamá lo ha sabido. Y ya la conoce usted... Claro: ella quiere mi felicidad. Y mi felicidad la ve en el apellido de Carlitos, en las estancias de Carlitos, en las casas de Carlitos, en las herencias que le van a caer a Carlitos de su abuela, de sus tías, de sus tíos, de no sé quién más... campos aquí y allá, media avenida Alvear, otro tanto en Callao y Florida, cien mil vacas, un millón de ovejas... ¡qué sé yo! Mamá ve la felicidad en los campos y en las estancias y en las casas y en las vacas y en las ovejas; en todo esto ve la felicidad, menos en el propio Carlitos, es decir, en mi unión con Carlitos. Yo no digo nada por no irritarla; me limito a monosílabos...: sí... no... qué sé yo... Mis hermanas me atosigan: «¿qué más quieres?» Mis cuñadas creen que me ha tocado la lotería. Mi hermano es amigo de Carlitos, y se le figura que tengo una suerte loca. Si papá viviera... ¡ah!... él no vería más que mi corazón, ¡pobre viejo!...; riquezas, estancias, apellido, todo estaba de sobra si mi corazón no era feliz. Era un criollo a la antigua, romántico, bravo, generoso, altivo. ¡Sabía ser pobre. ¡Ay, Marianela, la gran miseria de nuestros días es no saber ser pobres!...

La muchacha rompió a llorar: «¡Si viviera mi viejo!...»

—¡Aquí estoy yo para sustituir a tu viejo! No llores, criatura. No parece sino que se hubiera desplomado el cielo. Con decirle que no, estamos del otro lado.

—Sí, sí, eso es fácil decirlo. Pero... ¡viera usted cómo están todos en casa! Las tías de Carlitos han rodeado a mamá. No les cabe en la cabeza que su sobrino pueda ser calabaceado. Su amor propio sufriría... ¡figúrese usted!... ¡con el orgullo que tienen! Sería un campanazo en todo Buenos Aires. Además... esto es lo triste... parece que hay por medio deudas, favores, pagarés, hipotecas... ¡qué sé yo!... Y, claro, con la boda todo se arreglaba.

—¡Naturalmente! Todo, menos lo tuyo.

—Pero, ¿no debo yo sacrificarme por todos?

—No, hijita; ¡eso nunca! Todo se arregla, deudas, hipotecas, pagarés, todo: lo que no tiene arreglo posible es un matrimonio sin amor, a disgusto.

—Y mucho menos aún queriendo a otro. ¡Esto es horrible!...

Inesita volvió a arrojarse en mis brazos, llorando a lágrima viva.

—¿Cómo? ¿qué dices? ¿quieres a otro?

—¡Con toda mi alma!...

—¿Le conozco yo?

—Sí. Es pariente cercano de usted; le ve usted todos los días...

—¿Mi cuñado?... ¿Raúl?

Por toda respuesta, la muchacha me echó los brazos al cuello. No se agarran los náufragos a su leño con mayor firmeza.

—¿Pero él?...

—También él...

—Pero... vamos por partes... ¿se te ha declarado?

—Casi.

—Con «casi» no hacemos nada... ¡claridad! ¡claridad!...

—Bueno... sí... se me ha declarado.

—Y tú, ¿qué le has respondido?

Inesita casi me ahoga entre sus brazos: «¡¡Que sí!!...»

Mi alegría no tiene límites: «¡Inesita de mi vida, angelito, hermana mía, no sabes lo feliz que me haces! Con Jorge, con Jorgito, contigo, con Raúl... ¡todos juntos! ¡qué lástima que la vida no sea eterna! ¡Nuestra dicha no va a caber en el mundo: va a necesitar todos los espacios del cielo!...»

Abro el piano y toco una marcha nupcial. No sé qué nuevos sonidos arranca mi alegría a las teclas. «Con esta marcha me casé yo; con esta misma te casarás tú».

—Sí, sí, ¡ay de mí!—dice tristemente mi dulce hermanita:—antes de llegar a esa marcha, ¡buena lucha nos espera con mamá, con mis cuñadas, con las tías de Carlitos, con la abuela del rey de los cipreses!—¡y que no es orgullosa la señora!—; con los pagarés, con las hipotecas, con...

—¡Con el diablo a cuatro! Va a ser la guerra de los capuletos y montescos, agramonteses y beamonteses, federales y unitarios, una guerra civil encarnizada. Pero venceremos. Tenemos de aliado al amor, que es como tener de nuestra parte a Dios. Hay que hablar con Jorge y con Raúl esta noche misma. Hay que trazar la batalla con nuestro estado mayor. Reclamo en esta guerra el puesto de capitana. ¡Inesita, mi vida, qué feliz soy! Pero, sécate esas lágrimas; que no te vea yo llorar. ¡Firmes!...

LA INUTILIDAD DE SAN JUAN BAUTISTA

Cubierto de crudas pieles de camello sujetadas por tosca correa que, al andar de los siglos, había de llamarse cíngulo en la liturgia católica, el Bautista inició en las orillas del Jordán el sacramento a que diera su nombre inmortal: el bautismo. Seducidos por su elocuencia sencilla y conmovedora, comenzaron «a caer» a las orillas del río algunos judíos propensos a las alucinaciones, para escuchar las homilías de aquel giróvago fluvial. Bautista era un moralista espontáneo, vale decir sincero, sin sistema ético ni dogma filosófico; lo que se dice un buen hombre. Y, como tal, censuró la unión de Herodes Antipas con su cuñada y sobrina Herodías, esposa de Filipo. El tetrarca Herodes Antipas (no hay que confundirle con el otro, con su padre, el degollador de los inocentes), era hombre que no aguantaba críticas a su conducta privada, ni a sus procederes políticos, y así el austero censor, el buen Bautista, vino a dar con sus huesos en la cárcel. Herodías, por su parte, cobró al creador del bautismo un odio mortal, de mujer herida en su dignidad. Poco después Salomé, hija de Herodías y graciosísima bailarina, cautivaba el corazón de Herodes Antipas, danzando en su presencia; y seducido el magnate oligarca por tan perfecto arte coreográfico, ofreció a Salomé cuanto ella pidiera. Herodías aprovechó la coyuntura para vengarse en la forma más cruel que puede idear el rencor femenino; y sugestionando a su hija, pizpireta inconsciente, como toda bailarina, hizo que pidiera al tetrarca, en premio a sus bailes, la cabeza del pobre Bautista, que al punto le fué ofrecida en un azafate o canastillo de mimbres, y no en plato o bandeja, como se presenta en la ópera de Strauss, en medio de una confusa e inarmónica trompetería orquestal.

La intervención en un problema familiar y privado costó a Bautista la vida, trágico episodio que nos debe enseñar a ser cautos, no metiéndonos nunca en los asuntos de la casa ajena.

Pero la institución del bautismo triunfó de una manera absoluta. Tan grande y pleno fué este triunfo, que las palabras «bautizar» y «cristianar» se hicieron sinónimas. Y no hay cristiano sin bautismo. Por eso, sin duda, los exégetas llaman a Bautista el precursor, pues fué el que dió la primera norma de todo buen cristiano, por medio de esta ablución que había de limpiarnos del pecado de haber nacido.

El Estado moderno, vanidoso y absorbente, quiere tener la prioridad sobre el baptisterio, obligando a que los súbditos recién llegados al mundo sean inscriptos en sus registros antes de acercarlos a la santa pila para señalarlos con la sal y los óleos. Apenas nacemos, ya el Estado comienza a hacernos víctimas de sus coacciones autoritarias en nombre de un orden que, la verdad, no aparece por ninguna parte. Pero, aunque el Estado quiera tener esta prioridad, lo cierto es que su bautismo civil es una pobre imitación, sin gracia ni belleza, del primitivo y legítimo que Bautista inició en las orillas del Jordán, adonde buena falta haría llevar los registros, los libros y todas las cuentas del Estado. Y es que aquellos remotos judíos tenían fantasía, espíritu creador, rodeándolo todo de grave pompa e imponente solemnidad.

Una vez nacidos, sin que se nos consulte sobre un hecho tan fundamental para nosotros, nos ponen nombre en la pila bautismal y nos inscriben en el registro civil. Con este nombre, los hombres tratan y contratan. Las mujeres también tratamos y contratamos, con ciertas restricciones impuestas por los hombres, porque ellos solos han hecho las leyes. Ellos, en sus códigos, determinan cuándo las mujeres somos capaces y cuándo incapaces, habiendo resuelto que seamos menos capaces cuando estamos a su lado, ya que las casadas no pueden comprar, ni vender, ni contratar, ni comprometerse, como las solteras mayores de edad. De manera que la mujer disminuye sus aptitudes junto al hombre, se vuelve más incapaz, más tonta, suposición que, la verdad, no honra mucho a los hombres. Generalmente ocurre lo contrario; los hombres se vuelven más tontos junto a las mujeres. Los códigos, sin embargo, no lo creen así, y este error esencial de la legislación hace que los códigos sean unos libros mucho más divertidos que las novelas. Pero dejemos este punto para otra oportunidad.

Gracias al nombre que nos dan en la pila y en el registro, el mundo tiene cierta apariencia de orden. El encasillamiento bautismal establece las diferencias individuales en la vasta edición humana que hace la Naturaleza. Anotados al nacer, el resto de nuestra vida no es más que una serie de anotaciones. Nuestras relaciones con las demás personas bautizadas, con el Estado, con la Iglesia, con el registro de la propiedad, con la policía, etc., es una anotación continua. Se anota a las personas al nacer, al obligarse entre sí, al pagar los impuestos, o al no pagarlos—porque de todo hay,—al casarse, al reproducirse y al morir. Es una anotación constante, desde la cuna al sepulcro. Por último se inscribe el nombre en la losa de la tumba, con una serie de adjetivos encomiásticos que dicen, no lo que el difunto fué en vida, sino lo que debiera haber sido. Lo característico de la criatura humana, lo que la diferencia del resto de los animales, es su resistencia a la desaparición del nombre; pero, al fin, se borra, se va, retorna al reino infinito de la nada. El ensanche de ciudades y pueblos invade los cementerios; se levantan losas y monumentos; y, al fin, no queda recuerdo alguno de la humanidad soterrada o reducida a polvo. Del bisabuelo para atrás no recordamos a nadie, ni nos importa un ardite su remota existencia, salvo que los ascendientes difuntos hayan fundado aristocracia y sirvan para dorarnos, en cuyo caso guardamos sus nombres en unos pergaminos vetustos, para «darnos corte» a costa de sus cenizas heroicas o venerables, por cualquier concepto. Pero aun esto mismo se olvida; todos los nombres, en fin, acaban por yacer en el olvido, «la muerte de la muerte», que dijo un poeta muy romántico y más triste que un sauce.

Creo haber dejado establecida la importancia del bautismo, de ese santísimo sacramento nacido en las orillas del Jordan y adoptado con un éxito evidente por toda la humanidad a través de los siglos.

Ahora bien (pase el giro parlamentario): en Buenos Aires está corriendo gran peligro la institución bautismal. No es que la gente deje de bautizarse y de inscribirse en el registro civil; pero el nombre puesto por la Iglesia y por el Estado, en completo acuerdo, sufre luego una trasformación radical. Un mote familiar y cariñoso puesto en el hogar o por los amigos, sustituye al nombre civil y de pila. Entre la joven población masculina ya nadie se llama Pedro, Juan, Diego, Carlos, Enrique, Joaquín, Jaime, Jorge, Raúl, Roberto, etc.

Los nombres sustitutos son éstos: «Cucho», «Chocho», «Cacho», «Gogo», «Gogó», «Tito», «Toto», «Totó», «El chino», «Baby», «El Bebe», «Nenín», «Charlín», «El gordo», «El flaco», «Nono», «Fito», «El rubio», «El negro», «Perucho», «El gringo», «El mono», «Taco», «Cotaco», «El alemán», «El inglés», «El vasco», «El Tuerto», «Pototo», «Poroto», «Lalo», «El nene», «Peringote», «Piringo», «El gallo», «El gato». En fin... cuento de nunca acabar. Y entre las señoritas ocurre otro tanto: «Mangacha», «Mecha», «Mechita», «Cochonga», «Chucha», «Cocha», «Coca», «La gringa», «Neneite», «Nenana», «La Negra», «Fifa», «Tina», «Tinita», «Mimí», «Nini», «Nina», «Sisi», «Potota», «Chiveta», «Matesa», «La gata», «Loló», etc., etc.

Como se ve, el bautismo ha desaparecido. El sacramento no vale un sacramento, y pase lo irreverente de la expresión popular en gracia a la exactitud. Y ocurre preguntar: ¿para qué llevar a los recién nacidos a la pila bautismal e incribirlos en el registro civil, si luego hemos de llamarlos de un modo distinto de lo convenido con la Iglesia y con el Estado? Esto, francamente, no es serio. No es serio burlarse así de dos instituciones como la Iglesia y el Estado, sobre cuyos seculares cimientos reposa toda la chapitelería de la civilización. Si no gustan ya a la gente los nombres cristianos, los que figuran en el santoral, hágase un nuevo calendario con los motes familiares trascriptos. Todo es aceptable, menos bautizar a la gente de una manera y llamarla de otra, pues ello origina una confusión anárquica por la cual se viene abajo todo el casillero en que los libros parroquiales y los registros civiles han ido metiendo pacientemente la filiación de las personas.

Yo no creo que los nombres de los santos sean tan desdeñables para caer en semejante desuso y relegarlos al olvido, sustituyéndolos por apodos caprichosos. Por otra parte, tanto la Iglesia como el Estado son sumamente tolerantes y admiten cualquier nombre, a gusto del consumidor. No pocos de éstos desean para sus hijos nombres sonoros, gloriosos e inmortales, y así van algunos por el mundo cubiertos de ridículo con esta etiqueta bautismal y civil: Epaminondas Pérez, Aristóteles Rodríguez, Sócrates González. También se convierten en nombres algunos apellidos célebres. Ejemplos: Wáshington Martínez, Franklin Gutiérrez. Las instituciones civiles y eclesiásticas admiten cualquier nombre, fuera del santoral: pero, una vez bautizado con el nombre de Epaminondas, es depresivo llamarle «Poroto»; si se le ha puesto el nombre de Sócrates, resulta ridículo y ofensivo para la antigua Grecia filosófica llamarle «El mono»; y si, en fin, se le puso el nombre de Washington, o de Franklin, es inadmisible llamarle «Piringo» o «El gringo».

Hay quien sostiene que los apodos son más lógicos que los nombres. Cuando el mote alude a una condición moral, a un rasgo del carácter, a una modalidad particular del espíritu, tiene, indudablemente, una determinación más apropiada que el nombre. Es el bautismo correspondiente a la idiosincrasia del sujeto. Existe cierta lógica en esperar a que el individuo acuse su personalidad para luego aplicarle la denominación correspondiente; porque si el individuo es tímido como un conejo casero, resulta paradógico ponerle el nombre de Napoleón. Pero el bautismo no tiene por objeto calificar con precisión a los nacidos, sino absolverlos del delito de nacer—porque se delinque naciendo—y evitar que, en el caso de nacer y morir simultáneamente, frecuente desventura doble, vayamos al Limbo, mansión dedicada a los que no se han estrenado en la vida con ningún acto molesto para los demás.

El mote tiene, pues, cierta lógica cuando caracteriza al individuo. Pero los apodos transcriptos no dicen nada, no determinan las condiciones morales de las personas: son palabras sin sentido, verdaderas ñoñerías, que no pueden suplantar a los nombres bautismales, de tan rico y remoto contenido filológico.

Como se ha visto, corre entre nosotros gran peligro el sacramento instituido o iniciado en el Jordán por aquel santo varón, giróvago fluvial, que perdió la cabeza por el raro capricho de la bailarina Salomé.

SIN PRESIDENTA

La intervención de varias y bondadosas amigas ha influido de modo decisivo para que Petrona y yo hagamos las paces, después de unos meses de enojo y distanciamiento por parte de ella, pues, por lo que a mí toca, nunca dejé de considerarla como amiga; porque, dicho sea en secreto entre los doscientos mil lectores de «La Prensa», aunque Petrona padece cierto «tilinguismo» verboso, yo siempre la consideré una dama excelente, perfecta esposa y madre amantísima, no ya sólo de sus hijas, sino también de los maridos de sus hijas; lo que se dice, en fin, una buena mujer, cosa difícil, porque, según un filósofo (me lo ha dicho mi marido, que lee filosofía) la mujer es un hombre imperfecto.

Las bondadosas gentes que hacen a mis escritos la merced de sus ojos recordarán la causa del enojo de Petrona. Debióse a una malhadada croniquilla mía en que relataba las inquietudes de mi amiga ante el hermético silencio que precedió a la composición del actual ministerio. Yo dije que, según Petrona y según todo el mundo, inclusive yo misma, partícula diminuta del universo, pero con derecho opinante—que un grillo es un grillo y se le oye—el hombre señalado para la cartera de Agricultura por todo el mundo, incluídos los grillos, era Eleuterio, el marido de mi amiga, notable cultor de las ciencias agrarias y especialista, sobre todo, en el mejor aprovechamiento del maíz, que debe, según su doctrina, trasformarse en carne, sirviendo para ello de agente digestivo cierta especie de la fauna doméstica, cuyo nombre no debe estamparse en esta página dedicada a la elegancia. Y bien (pase el galicismo): mi amiga se enojó mucho, empecinada en que yo había puesto en ridículo a un hombre tan eminente y de tan sólida reputación agrícola como Eleuterio. Inútiles fueron mis excusas. Cuando una cosa no se entiende como es debido, es porque en ello interviene más la voluntad que el entendimiento. Por lo demás, cabe en lo posible que mi inexperiencia periodística, en vez de un buen servicio, se lo hiciera flaco. Pero mi intención, tratando de hacer atmósfera a la candidatura de Eleuterio, fué buena, inmejorable; y los actos no han de juzgarse por los resultados, siempre contingentes y problemáticos, sino por la intención que los guía, teniendo en cuenta que quien escribe no puede evitar las interpretaciones torcidas de la malicia humana, que siempre es mucha.

Felizmente, las paces están hechas, aunque haya costado casi tanto como concertar la paz europea. Las paces—díjelo ya otra vez—son más difíciles de concertar que la paz. Es cierto que en este caso las negociadoras han sido muy eficaces, especialmente la viuda de Esquilón, muy unida a Petrona por su común afición a la política. No menor influencia han tenido dos cartas, una para mí y otra para Petrona, dos chispeantes y graciosas epístolas de Rosalía Arregui del Moral de Pérez y Gámpora, dirigidas desde «Los Carpinchos», de donde no se mueve Rosalía, va ya para dos años, quieta junto a su pastor en la soledad de los campos, persistente en ayudarle con la gracia de su presencia a reconstruir la fortuna, alegre, feliz, y viviendo, en fin, entre corderillos, recentales y aves domésticas, con arreglo a los clásicos preceptos de las geórgicas de Virgilio.

Urgían estas explicaciones, un tanto menudas, pero necesarias, para que no crean mis lectoras, al verme otra vez amiga de Petrona, que soy una veleta tornadiza que hago y deshago amistades por simple capricho, incapaz de aquella serena constancia y ponderado equilibrio de humor que, dentro de las naturales destemplanzas de los nervios femeniles y de la extremada sensibilidad de nuestras vanidades diarias, ya señaladas por el viejo Salomón, han de ponerse en el cultivo de las relaciones y de los afectos.

Y basta de prólogo, que ninguno largo fue bueno.


Para iniciar las paces ofrecí la otra tarde un té en mi casa, principio del tratado que pensamos ratificar con una comida. Como sólo se trataba de un armisticio, celebrado con infusión de la China, no asistieron más que Petrona y la viuda de Esquilón; esta última en calidad de intermediaria para entregarnos, en medio de la infusión, a la efusión del primer abrazo reconciliatorio.

Roto el hielo y reanudada la amistad, charlamos mucho. Como antes va dicho, ambas tienen gran afición a la política, en su aspecto, claro está, femenino, pues ni ellas ni yo poseemos luces para tratar el tema a fondo, suponiendo que en el tema político haya fondo y reinen alguna vez las luces. Pero esta afición es distinta en cada una de mis amigas. La de Esquilón quedóse viuda muy temprano; es rica y no tiene hijos. Perdió el marido, el doctor Esquilón, en una provinciana trifulca electoral. Era un orador abundante, como un grifo suelto, y cuando vió que la palabra no bastaba, porque los adversarios llevaban los gauchos en silencio a las urnas, el doctor Esquilón enmudeció y echó mano de las más desaforadas violencias. Se discute aún si el tiro partió de la comisaría, o de los amigos, o de los contrarios, o de un asesino suelto, enemigo personal por esto o por aquello. Probablemente no se sabrá nunca la causa; la verdad está ya tan soterrada por tal cúmulo de versiones contradictorias e interesadas, que nunca se logrará desenterrarla. Lo único cierto es que el tiro se llevó la vida del doctor Esquilón, privando al país de una de las laringes mejor organizadas para emitir sonidos articulados que, a veces, parecían conceptos para hacer felices a los pueblos. Todo terminó con una placa de bronce heroico sobre su sepulcro, dedicada por sus amigos, con unas líneas laudatorias, resistentes a las lluvias, al sol y a la acción corrosiva del tiempo, que al fin acabará con ellas. Margarita, la viuda, quedóse sola, admirando en silencio el brío de su joven marido y su exaltado fervor político para defender, si no las ideas, unos cuantos electores con unas cuantas papeletas más o menos limpias. Con razón dice mi esposo que el sufragio universal cuesta más de lo que vale. Margarita lloró mucho. Pero, al fin, todo tiene fin, hasta las lágrimas. Joven, linda y rica, la vida, páramo a raíz de la muerte del pobre Esquilón, perdió, poco a poco, su aspecto desolado, recobrando sus muchos encantos y seducciones. Hoy Margarita se ha devuelto al mundo, con evidente deseo de vivir, y hasta ofrece un continente risueño, cierta alegría discreta, disciplinada por la viudez, que aumenta la gracia de su rostro hechicero. Hace activa vida social: viste con elegancia; usa atavíos de colores discretos; conversa con soltura y cierta abundancia, que se le pegó, sin duda, del malogrado orador; y pasa, en fin, entre las niñas, por otra más experimentada, gozando entre las matronas de aquella tierna simpatía que merecen siempre los infortunios prematuros. Resumen de todo lo dicho: es muy simpática la viuda de Esquilón.

Su gusto por la política dimana del interés que le merecen las luchas de los hombres, las competencias del talento, los anhelos de florecimiento, los empeños de amor propio, los esfuerzos por la popularidad. Las ideas políticas la interesan muy poco; apenas las distingue unas de otras. Verdad es que quizá no se distingan en nada. Lo que la apasiona es el juego de las actividades «partidistas», la maña de cada cual para triunfar, el deporte político, en una palabra. La tragedia de su marido parece que fuera un estímulo de este gusto, consecuencia, sin duda, de haber estado unida, aunque por poco tiempo, a un excelente deportista, a un luchador político.