Mas de repente sintieron un rumor que no provenía de ellos. Todos miraron al techo, y como no veían nada, se contemplaban los unos á los otros, riendo. Oíase gran murmullo de alas rozando contra la pared y chocando en el techo. Si estuvieran ciegos, habrían creído que todas las palomas de todos los palomares del universo se habían metido en la sala. Pero no veían nada, absolutamente nada.

Notaron, sí, de súbito, una cosa inexplicable y fenomenal. Todas las figurillas del Nacimiento se movieron, todas variaron de sitio sin ruido. El coche del tranvía subió á lo alto de los montes, y los Reyes se metieron de patas en el arroyo. Los pavos se colaron sin permiso dentro del Portal, y San José salió todo turbado, cual si quisiera saber el origen de tan rara confusión. Después, muchas figuras quedaron tendidas en el suelo. Si al principio las traslaciones se hicieron sin desorden, después se armó una baraúnda tal, que parecían andar por allí cien mil manos afanosas de revolverlo todo. Era un cataclismo universal en miniatura. El monte se venía abajo, faltándole sus cimientos seculares;{75-1} el riachuelo variaba de curso, y echando fuera del cauce sus espejillos, inundaba espantosamente la llanura; las casas hundían el tejado en la arena; el Portal se estremecía cual si fuera combatido de horribles vientos, y como se apagaron muchas luces, resultó nublado el sol y obscurecidas las luminarias del día y de la noche.

Entre el estupor que tal fenómeno producía, algunos pequeñuelos reían locamente y otros lloraban. Una vieja supersticiosa les dijo:

«¿No sabéis quién hace este trastorno? Hácenlo los niños muertos que están en el cielo, y á los cuales permite Padre Dios, esta noche, que vengan á jugar con los Nacimientos.»

Todo aquello tuvo fin, y se sintió otra vez el batir de alas alejándose.

Acudieron muchos de los presentes á examinar los estragos, y un señor dijo:

«Es que se ha hundido la mesa y todas las figuras se han revuelto.»

Empezaron á recoger las figuras y á ponerlas en orden. Después del minucioso recuento y de reconocer una por una todas las piezas, se echó de menos algo. Buscaron y rebuscaron, pero sin resultado. Faltaban dos figuras: la Mula y el Buey.

X

Ya cercano el día,{76-1} iban los alborotadores camino del cielo, más contentos que unas Pascuas, dando brincos por esas nubes, y eran millones de millones, todos preciosos, puros, divinos, con alas blancas y cortas que batían más rápidamente que los más veloces pájaros de la tierra. La bandada que formaban era más grande que cuanto pueden abarcar los ojos en el espacio visible, y cubría la luna y las estrellas, como cuando el firmamento se llena de nubes.

«Á prisa, á prisa, caballeritos, que va á ser de día—dijo uno,—y el Abuelo{76-2} nos va á reñir si llegamos tarde. No valen nada los Nacimientos de este año... ¡Cuando uno recuerda aquellos tiempos...!»

Celinina iba con ellos, y como por primera vez andaba en aquellas altitudes, se atolondraba un poco.

«Ven acá—le dijo uno,—dame la mano y volarás más derecha... Pero ¿qué llevas ahí?

—Esto—repuso Celinina oprimiendo contra su pecho dos groseros animales de barro.—Son pa mí, pa mí.

—Mira, chiquilla, tira esos muñecos. Bien se conoce que sales ahora de la tierra. Has de saber que aunque en el Cielo tenemos juegos eternos y siempre deliciosos, el Abuelo nos manda al mundo esta noche para que enredemos un poco en los Nacimientos. Allá arriba se divierten también esta noche, y yo creo que nos mandan abajo porque les mareamos con el gran ruido que metemos... Pero si Padre Dios nos deja bajar y andar por las casas, es á condición de que no hemos de coger nada, y tú has afanado eso.»

Celinina no se hacía cargo de estas poderosas razones, y apretando más contra su pecho los dos animales, repitió:

«Pa mí, pa mí.

—Mira, tonta—añadió el otro,—que si no haces caso, nos vas á dar un disgusto. Baja en un vuelo, y deja eso, que es de la tierra y en la tierra debe quedar. En un momento vas y vuelves, tonta. Yo te espero en esta nube.»

Al fin Celinina cedió, y bajando, entregó á la tierra su hurto.

XI

Por eso observaron que el precioso cadáver de Celinina, aquello que fué su persona visible, tenía en las manos, en vez del ramo de flores, dos animalillos de barro. Ni las mujeres que la velaron, ni el padre, ni la madre, supieron explicarse esto; pero la linda niña, tan llorada de todos, entró en la tierra apretando en sus frías manecitas la Mula y el Buey.

OBRAR BIEN... QUE DIOS ES DIOS

Por Fernán Caballero{79-1}

I

La vertu est aussi une force.
Toullote.    
La virtud es también una fuerza.

Saliendo del pueblo de Dos Hermanas en dirección á Sevilla, vense á la izquierda olivares, que se prolongan en línea recta, y que al internarse, se alzan sobre un cerro dilatado, aunque de poca altura. En la cima se halla escondido entre los olivares un antiguo castillo, que labrarían{79-2} los moros sobre aquel cerro, porque domina una extensa llanura. Hallábase no ha muchos años, y suponemos que aun hoy día se hallará, en el mismo estado en que lo tuvieron los árabes,{79-3} sin más variación que haberse convertido en molino de aceite el local que probablemente fué cuadra, en trojes lo que sería{79-4} almacén, y en estancia para los trabajadores campesinos lo que sería cuartel de las tropas. Con estas variaciones, á favor de las cuales del estado militar pasó al estado civil, esto es, de castillo se convirtió en hacienda,—adquirió legítimamente el nombre de Serrezuela, que puede fuese{79-5} el nombre de su conquistador cristiano, aunque no lo sabemos. Lo que sí sabemos,{79-6} y nos interesa más, es el nombre que le puso y conservó el pueblo extra judicialmente en los archivos de la tradición, y fué el de Castillo del Último Moro.—Hé aquí el hecho que le valió el nombre.

En la época de la expulsión de los árabes,{80-1} el caudillo que defendía el castillo nunca quiso rendirse ni capitular. Mucho tiempo se mantuvo encerrado entre sus muros de argamasa, como el león en su jaula de hierro. Todos los días se le veía{80-2} subir con sus compañeros á una de las cuatro torres que flanqueaban en sus ángulos el cuadrado castillo, para descubrir en la inmensa extensión de terreno que abarcaba su vista, si le llegaba socorro de los suyos; ¡pero en vano! El Santo Rey los había ahuyentado á todos. Hecho el reconocimiento, bajaba,—si bien marchitas las esperanzas,—inmutables, firmes y lozanos los bríos.

Poco á poco observaron los sitiadores aminorarse el número de los que le acompañaban, hasta que le vieron subir solo. Siguió impertérrito en su inspección diaria que hacía descolorido, caído de fuerzas, pero siempre entero de ánimo.

Un día no subió. Aquel día escalaron los cristianos los muros sin hallar resistencia. Al pie de la escalera de la torre encontraron armado, en pie y sin vida, al nunca rendido Último Moro.

Efectivamente, aquel castillo de argamasa aislado y obscuro, sin más comunicación con lo exterior que la puerta de entrada, flanqueado con sus cuatro torres coronadas de almenas, semejantes á pirámides de cementerios, parece un gran ataúd. Está estrechamente rodeado de olivos que le cercan apiñados, como para enterrarlo. Cual la{80-3} del navegante, nada percibe la vista del que está dentro, ó en su cercanía, sino una multitud de verdes copas de olivos,—semejantes á la multitud de verdes olas de la mar,—y el cielo sobre su cabeza. La escalera, por la que subía el moro á la plataforma de la torre, está derruida, y no prestando utilidad, no ha sido reedificada. No siendo tampoco necesario para las sencillas gentes campesinas que allí moran ninguno de los requisitos que sirven en los edificios labrados para ser cómodamente habitados, el Castillo del Último Moro permanece en el mismo ser y estado marcial, escueto y fuerte que tuvo, y es digna tumba del que lo defendió hasta su muerte.

¡Nada más triste que ese resto tan intacto de un pasado tan desvanecido! Esa eterna existencia entre extraños es triste en su inmovilidad; cual la del Judío errante en su incesante movimiento. ¿Qué sobrevive y queda de aquel hecho heroico? Una tradición en boca del pueblo, que nadie escucha, y esa gran tumba de héroes sepultada entre olivos, sobre la cual las simbólicas ramas de éstos estampan por solo epitafio: ¡Paz á los muertos!

Parecía aquella morada comunicar algo de su gravedad y silencio á la familia del capataz que la habitaba. Era éste un hombre austero; su mujer era callada, y sus hijos tímidos. Varmen, la mayor, que unía á su timidez juicio y dulzura, era bien querida en el lugar, en que, hablando de ella, sellaban su elogio con decir, según la expresión del país, que era arrimadita á la iglesia.

En una ocasión acaeció que murió el guarda del olivar á tiempo de la cogida, lo que apuró tanto más al capataz, cuanto que era á la sazón más necesario y más difícil hallar quien le reemplazara. Uno de los arreadores de la aceituna le propuso á un hombre{81-1} que dijo ser{81-2} muy propio para el oficio, y el capataz le admitió sin conocerle y sin saber sus antecedentes, en vista de la apremiante necesidad que de él tenía.

El nuevo guarda era un hombre, que, sin ser mal parecido, repelía. Su tez tostada, sus espesas patillas, su adusta y altanera mirada, le daban, al decir de los trabajadores, sombra en la cara: sus modales bruscos y sus pocas palabras alejaron de él todas las simpatías. Á poco se esparció una voz por el lugar,—una de esas voces que parecen formarse en las nubes, y que llegan á la tierra como aerólitos consistentes y compactos,—de que aquel hombre, que parecido al huracán había venido sin saberse de dónde, ni á dónde iba, andaba á salto de mata, prestado y forastero en todas partes, para burlar á la justicia que le buscaba con objeto de echarle mano.

Varmen notó con sobresalto que cuando venía el guarda al castillo á las horas de las comidas, tenía fija tenazmente sobre ella su atención. Era Varmen lo que suelen ser las que se clasifican de arrimadas á la iglesia, opuesta á que se ocupasen de ella.{82-1} Su vestir era con extremo aseado y primoroso, pero rigurosamente sencillo; la ropa que llevaba era basta, pero limpia; cuidadosamente remendada, pero sin adorno alguno: su cabello estaba siempre alisado y recogido; pero nunca adornaban flores su cabeza. Las flores de los jardines quieren las brisas de primavera para ostentarse: en las cabezas de las mujeres, quieren las alegrías, que no todas tienen, ¡ni aun en la juventud! Así es que como el agradar á los hombres no se lo pedía su vanidad, ni agradar á aquél se lo pedía su corazón,{82-2} puso todo esmero en evitar su presencia.

Una mañana estaba Varmen en el patio, lavando en una media tinaja empotrada en un poyo adherente al pozo: á su lado estaban jugando sus hermanas y los hijos del manijero. Varmen no prestaba atención ni á sus juegos ni á lo que decían: en cuanto á nosotros, no podemos pasar cerca de un grupo de niños sin detenernos para observarlos. En ellos se encuentra la gracia sin afectación ni pretensiones, que sin buscarlo, halla el agrado; gracia inocente cual ellos, y por tanto llena de encanto y de simpatía.

—Mariquilla, dijo la niña del manijero,

Cuando baja, ríe; cuando sube, llora:
¿Á que{83-1} no me lo aciertas en una hora?

—Yo no sabo{83-2} contestó la interrogada, que era la menor y más mimada de las hermanas de Varmen.

—¡Qué tonta eres! Es el carrillo.{83-3}

—Chacha, dijo Mariquilla altamente ofendida, Josefita me dice tontona.

—Vamos, no reñir,{83-4} intervino Varmen; á cantar{83-5} como los pájaros, á ver si os crecen alas.

Las chiquillas no se hicieron de rogar,{83-6} y la una cantó:

En un cuerno de la luna
He puesto á mi corazón,
Para que no se lo lleve
Un gato que es muy ladrón.

—No dice{83-7} gato, que{83-8} dice niño, observó otra mayorcita.

Gato, afirmó la cantadora; que los niños no son ladrones.

—¿Que no? Tu hermanito dichoso me robó á mí tres bellotas.

—Eso era chancilla.

—¡Caramba con las chancillas! Tiene tu hermano la gracia, lo mismo que las avispas,—por detrás, y que duele.

—Y el tuyo es más feo que el Carlanco.{84-1}

—Yo sé el cuento del Carlanco, observó otra.

—¿Quién te lo contó?

—Mi abuela, que sabe más de mil.

—Anda, Catanilla, cuéntalo.

La interpelada estuvo muy dispuesta, y todas se pusieron á escucharla con gran atención; y nosotros con ellas.

II

EL CARLANCO

(Cuento popular infantil)

Era vez y vez una cabra, muy mujer de bien: que tenía tres chivitas que había criado muy bien, y metiditas en su casa.

En una ocasión en que iba por los montes, vió a una avispa que se estaba ahogando en un arroyo; le alargó una rama, y la avispa se subió en ella y se salvó.—¡Dios te lo pague! que{84-2} has hecho una buena obra de caridad, le dijo la avispa á la cabra. Si alguna vez me necesitas, ve á aquel paredón derrumbado, que allí está mi convento. Tiene éste muchas celditas que no están enjalbegadas, porque la comunidad es muy pobre, y no tiene para comprar la cal.{84-3} Pregunta por la Madre abadesa, que ésa soy yo,{84-4} y al punto saldré, y te serviré de muy buen agrado en lo que me ocupes. Dicho lo cual, echó á volar cantando maitines.

Pocos días después les{85-1} dijo una mañana temprano la cabra á sus chivitas:—Voy al monte por una carguita de leña; vosotras encerráos, atrancad bien la puerta, y cuidado con no abrir á nadie; porque anda por aquí el Carlanco. Sólo abriréis cuando yo os diga:

¡Abrid, hijitas, abrid!
Que soy la madre que os parí.

Las chivitas, que eran muy bien mandadas, lo hicieron todo como se lo había encargado su madre.

Y cate Vd. ahí que llaman á la puerta, y que oyen una voz como la de un becerro, que dice:

¡Abrid, que soy el Carlanco!
Que montes y peñas arranco.

Las cabritas, que tenían su puerta muy bien atrancada, le respondieron desde adentro:

¡Ábrela, guapo!

Y como no pudo, se fué hecho un veneno, y prometiéndoles que se la{85-2} habían de pagar.

Á la mañana siguiente fué y se escondió, y oyó lo que la madre les dijo á las chivitas, que fué lo propio del día antes. Á la tarde se vino muy de quedito, y arremedando la voz de la cabra, se puso á decir:

¡Abrid, hijitas, abrid!
Que soy la madre que os parí.

Las chivitas, que creyeron que era su madre, fueron y abrieron la puerta; y vieron que era el mismísimo Carlanco en propia persona.

Echáronse á correr, y se subieron por una escalera de mano al sobrado y la tiraron tras sí; de manera que el Carlanco no pudo subir. Éste, enrabiado, cerró la puerta y se puso á dar vueltas por la estancia, pegando unos bufidos y dando unos resoplidos,{86-1} que á las pobres cabritas se les helaba la sangre en las venas.

Llegó en esto su madre que les dijo:

¡Abrid, hijitas, abrid!
Que soy la madre que os parí.

Ellas desde su sobrado le gritaron que no podían, porque estaba allí el Carlanco.

Entonces la cabrita soltó su carguita de leña, y como las cabras son tan ligeras, se puso más pronto que la luz en el convento de las avispas, y llamó—¿Quién es? preguntó la tornera.—Madre, soy una cabrita para servir á Vd.{86-2}—¿Una cabrita aquí, en este convento de avispas descalzas y recoletas? ¡Vaya! ni por pienso. Pasa tu camino, y Dios te ayude, dijo la tornera.—Llame Vd. á la Madre abadesa, que traigo prisa, dijo la cabrita; si no, voy por el abejaruco, que le vi al venir por acá.—La tornera se asustó con la amenaza, y avisó á la Madre abadesa, que vino, y la cabrita le contó lo que pasaba.—Voy á socorrerte, cabrita de buen corazón, le dijo, vamos á tu casa.

Cuando llegaron, se coló la avispa por el agujero de la llave, y se puso á picar al Carlanco, ya en los ojos, ya en las narices, de manera que lo desatentó, y echó á correr que echaba incendios;{86-3} y yo

Pasé por la cabreriza,
Y allí me dieron dos quesos,
Uno para mí, y el otro
Para el que escuchare aquesto.{86-4}

III

Apenas concluía la contadora su cuento, cuando entró el guarda, que sin decir palabra, se acercó á ellas, puso su escopeta á su lado, se apoyó en el pilar del pozo, y se puso á picar un cigarro. Varmen se sintió desconcertada y fatigosa con la presencia de aquel hombre que la repelía, y tuvo deseos de alejarse. Pero por un lado no tenía pretexto para hacerlo, sin faltar á esa urbanidad innata, pasada á deber{87-1} y á costumbre en el pueblo; y por otro, le urgía concluir lo que estaba haciendo.

Al cabo de un rato, y como para entrar en conversación, llamó el guarda á Mariquita; pero ésta, en lugar de acudir, se refugió al lado de su hermana, y se abrazó á sus faldas, en cuyos pliegues desapareció su diminuta persona, sin que de ella se percibiese más que su carita,{87-2} que miraba con ceño y desconfianza al que la había llamado.

—¡Esquiva! dijo el guarda; ¡eso es de casta!

Varmen permaneció callada.

—Oiga Vd., prosiguió su interlocutor: no es de ahora que noto yo que me huye Vd. la cara.

—No huyo la cara ni á Vd. ni á nadie, contestó Varmen; pero no soy amiga de dar conversación á los hombres.

—Ni yo de sembrar para no coger: ¿está Vd., Varmen?

—Pues para eso, mire Vd. antes en{87-3} la tierra que siembra; que la tierra que sirve para viña, no sirve para olivar, contestó Varmen.

—¿Vd. me desprecia á mí?

—No, señor; yo no acostumbro á bajar á nadie de su estado.

—Pues ábrame Vd. la ventana{88-1} esta noche, que tengo que{88-2} decirle.

—¿Yo? No, señor: yo no abro mi ventana.

—Á otro se la abrirá Vd.

—No, señor; ni al lucero del alba que viniese con una torta en la mano.

—Pues por eso digo, que en cambio de mi voluntad que le he dado, me da Vd. un desprecio.

—Yo no desprecio á Vd.

—¡Pero no me quiere dar oídos!

—Eso no; ni pasarse, ni llegarse.{88-3}

—Si no es hoy, mañana será; ó he de poder poco.

—Señor, exclamó azorada y ofendida Varmen. No exprima Vd. tanto la naranja que amargue el zumo;{88-4} y déjese de andar tras de aquello que no ha de alcanzar.

—¡Á carrera larga nadie escapa!, repuso el guarda, cogiendo su escopeta y alejándose.

La pobre Varmen quedó atribulada; y al domingo siguiente, cuando fué al lugar, le contó al cura, que era su confesor, lo que le había pasado con el guarda, y tenía perturbado su ánimo, hasta entonces tan sereno.

El cura, sin tener un talento sobresaliente, ni una santidad que llamase la atención, era uno de esos sacerdotes, cuyo carácter, inclinaciones, estudios, educación, ocupaciones y hábitos los hacen perfectamente aptos para el desempeño de su ministerio. Con él{88-5} estaba hacía{88-6} muchos años tan identificado el cura, que unido esto{88-7} al conocimiento individual que tenía de cuantos componían su rebaño le hacían{88-8} un pastor modelo. Hemos dicho modelo, y no ideal, porque los ideales son escasos. Por esto se haría mal en no apreciar lo que es muy bueno, sólo porque no llega al apogeo ó ideal de la perfección, en vista de que esto sólo lo hallamos, en realidad, en la vida de los entes privilegiados que han merecido el dictado de Santos, y ficticiamente, en las creaciones de los poetas, que hacen bien en presentarlo para enaltecer á la humanidad, pero que harían mal si lo presentasen para desprestigiar y deprimir á aquello que no se eleva á tanto.

—No te inquietes, ni temas, le dijo el cura, pues no tienes por qué; que «Culpa no tiene quien hace lo que debe.» Y tú{89-1} lo que debes hacer, es no dar oídos á ese hombre.

Al domingo siguiente volvió á hablarle al cura, más asustada, más acongojada aún, y le dijo que el guarda la perseguía y hostigaba con su amor, de manera que no la dejaba vivir,{89-2} y hasta había llegado á amenazarla, si se mantenía en no darle oídos.

—Sosiégate, hija, y no temas, la contestó el cura. Todas esas son tretas de que se valen los hombres para perder á las inocentes como tú. «Obra bien... ¡Que Dios es Dios!»

Al tercer domingo, la pobre joven se mostró más afligida y atemorizada que nunca; la obstinación del guarda, su vehemencia y sus amenazas, la hacían temer una desgracia si le exasperaba más con sus negativas.

«Haz lo que debas y suceda lo que suceda.» Así terminó el cura los consejos paternales que le dió, para que siguiese impávida en la senda de la virtud.

Á los pocos días, habiendo salido Varmen al olivar para buscar una gallina que se había extraviado, se presentó de repente á su vista el guarda. Varmen, asustada, se volvió presurosa{90-1} dirigiéndose hacia la hacienda.

—¿Huyes? le dijo su perseguidor. ¡Huyes de mí, porque te acusa la conciencia!

—¿La conciencia? contestó Varmen. «Culpa no tiene quien hace lo que debe.»

—¿Tú te has parado á considerar, prosiguió el guarda, lo que es, y lo que puede resultar de exasperar á fuerza de desprecios á un hombre como yo? ¿Tú sabes de lo que{90-2} soy capaz? ¿Sabes que puedo perderte?

—«Obrar bien... ¡Que Dios es Dios!» contestó Varmen, con la calma propia en el momento de las grandes crisis.

—¡Varmen! por última vez... ¿me desechas?

—Sí, contestó Varmen con la palidez del pavor en el rostro, y la firmeza del buen propósito en el acento.

—Pues sábete, ingrata, que en su vida{90-3} este á quien ofendes ha dejado hueco entre el agravio y la venganza; que eso en la sangre lo{90-4} tengo, y lo mamé con la leche que me crió.

—Y yo, con la buena enseñanza cristiana que he mamado, tengo en el alma este otro propósito: «Haz lo que debas y suceda lo que suceda.»

—¡Hola! ¡ya caigo! dijo con concentrada ira el guarda. El que te dirige es el cura. ¡Á ése, á ése, es al que{90-5} debo tus repulsas, que no he podido vencer; tus desdenes que no he podido desarmar, tu dureza que no he podido ablandar! ¡Pues él pagará por él y por ti! Mañana me voy; no volverás á verme; ¡pero por estas que me afeito, que te acordarás de mí mientras memoria tengas!

Diciendo esto, el guarda se alejó rápidamente y desapareció entre los olivos.

Á la mañana siguiente, vió entrar el cura en su casa á Varmen, la que deshecha en lágrimas le refirió lo que le había pasado.

—No te apures, hija, le dijo, cuando hubo concluido de hablar: ésos son espumarajos del coraje, que cae cuando la razón vuelve á adquirir su imperio.

—¡Padre, no le conocéis! repuso sollozando Varmen, es un desalmado. ¡No salgáis, por Dios, mañana; que os va á matar!

—Sosiégate, hija, que va mucho de hacer una amenaza á{91-1} cumplirla.

—Padre, repitió acongojada Varmen, no le conocéis; tiene echada el alma atrás,{91-2} y cumplirá la amenaza; ¡lo ha jurado!

—Pues, hija, repuso el cura, «Haga yo lo que deba, y haga Dios lo que quiera.»{91-3}

IV

Del lado opuesto del pueblo se extiende un pinar, al que se llega por un prado de roja arena, que cubre un césped{91-4} tan corto y espeso, que parece lo ha tejido la naturaleza para avergonzar á los tejedores de las más afamadas alfombras. En los parajes más bajos y húmedos en el tiempo de las lluvias, este césped se ve salpicado con tal profusión de pequeñas margaritas blancas, miniaturas de esta bella especie, que parecen ser las once mil vírgenes del paraíso de Flora. Por los parajes secos, crece cercana á la tierra una flor pequeña, que lleva el nombre de flor de la abeja, nombre bien apropiado, porque esta florecita tiene con pasmosa exactitud la forma y colores de dicho animalito. No parece sino que{92-1} bajada á descansar—si es que esa laboriosa é incansable colectora de miel busca jamás descanso,—se ha posado sobre un tallo, y ha quedado adherida al reino vejetal, por hechizo de algún maléfico gnomo. Dan impulsos de traer á aquellos parajes una colmena, para probar si la vista del hogar doméstico las hace romper el encanto que las tiene convertidas en pequeñas y mudas estatuas. Pudiérase pensar que eran{92-2} las flores que lo habían exigido de Flora para dar á las abejas este castigo, semejante al que recibió la mujer de Lot; si fuese dable atribuir á las flores deseos de venganza, ni resentimiento porque gozasen otros de la miel de su corazón. Pero no lo es; ellas que expenden con profusión y entregan al inconstante aire su perfume con loca prodigalidad,—porque saben que tienen para dar y que les quede,{92-3}—no pueden ser avaras. Es esta flor la singularidad más peregrina que hemos visto. Tiene además la de ser incultivable; todos los ensayos que se han hecho con este fin han sido infructuosos, lo que nos confirma en nuestro primer aserto de que este fenómeno es un hechizo del maligno gnomo de aquel rojo arenal.

La naturaleza, no contenta con extasiarnos con sus obras maestras, se complace á veces con admirarnos, ya con sus encantadores caprichos, ya con misterios llenos de alto sentido. ¡De cuántos modos nos llama Dios á adorarle con sus obras! ¡Oid el himno que entonan todos esos susurros, todos esos sonidos que no comprendemos, y que en diferentes tonos, ya graves, ya alegres, ya dulces, ya austeros, difunden el aire, el agua, el fuego, las plantas, todo lo que creemos inanimado. Oid atentos y os convenceréis de que dicen: «¡Venite, adoremus!»

Aquel pinar era el sitio en que indefectiblemente paseaba el cura todas las tardes.

Aquélla á la que había precedido su conversación{93-1} con Varmen, salió como de costumbre tenía.

Cuando se hubo internado en el pinar, vió de repente salir de entre la enramada el guarda que traía su escopeta, el cual, parándose á corta distancia, se la echó á la cara, clavando en él sus ardientes y amenazadores ojos.

El cura se paró igualmente; pero con ánimo tan sereno, que al mirar al que le amenazaba, su rostro sólo expresaba la más completa calma, y la más pura dignidad. Un rato se estuvieron viendo fijamente ambos, inmóviles y en silencio; lentamente se inclinó hacia tierra la dirección de la escopeta del guarda, que en seguida bajó sus ojos, y después de un momento de indecisión, dijo en honda voz,

—¡Vaya Vd. con Dios, Padre! y desapareció bruscamente en la espesura.

—¡Dios bendiga tu primer paso en la senda del bien, hijo! repuso en recia y conmovida voz el Cura, y salve tu alma, que pierdes entregándola á tus malas pasiones.

Si esta bendición llevó su fruto, se ignora; pues nunca se volvió á saber de aquel á quien fue aplicada.[P]

Footnotes to Obrar Bien ... Que Dios Es Dios:

[P] Nota. Este sucedido, tan pequeña cosa en el hecho, y tan grande en su significación, fue comunicado con la más sincera sencillez al que lo refiere, por el mismo cura que en él actúa, que lo relataba sólo para probar que el hombre no cumple tan fácilmente como lo concibe un mal propósito;{93-2} y sin hacer valer que al digno apóstol de la palabra de Dios, al firme sostenedor de las virtudes evangélicas, le respeta el hombre, por perverso que sea, si no ha renegado del bautismo que le hizo cristiano. (Fernán Caballero.)

EL TEN-CON-TEN

Por Don Antonio de Trueba{94-1}

I

En un pueblo de Castilla llamado Animalejos, erigieron los labradores una ermita á San Isidro, á poco tiempo de ser canonizado el santo labrador matritense, y aquel santuario fué adquiriendo gran fama en toda la comarca, por los favores que otorgaba el Santo á los que los pedían con verdadera fe.

Andando el tiempo, la ermita se arruinó, y en tal estado se hallaba hacia mediados del siglo presente. Los vecinos de Animalejos, poco peritos en efemérides histórico-religiosas, decían que la ermita se arruinó en el primer tercio del siglo XVI, con motivo de la guerra de las Comunidades, que tantos desastres causó en Castilla la Vieja, y aun en Castilla la Nueva; pero los vecinos de los pueblos cercanos les daban matraca llamándoles, no se sabe por qué, «los que arcabucearon al Santo»; insulto que sacaba de sus casillas á los animalejeños y daba ocasión á tremendas palizas.

Es verdad que hacía siglos no quedaba de la ermita más que un montoncillo de ruinas; pero se conservaba por tradición, así en Animalejos como en los pueblos inmediatos, la devoción al santo patrono de los labradores.

Dícese que cuando el río suena, agua lleva;{94-2} pero aquella devoción de los animalejeños á San Isidro bastaba para desmentir, si no bastara su propia y sacrílega enormidad, la acusación de haber arcabuceado á San Isidro los animalejeños.

Había en Animalejos un sujeto, llamado por mal nombre el tío Traga-santos,{95-1} y digo que era llamado así por mal nombre, porque se lo llamaban por la única razón de que buscaba en Dios y en sus elegidos el consuelo de sus tribulaciones y las ajenas.

Las ruinas de la ermita de San Isidro estaban en las afueras de Animalejos, en un cerrillo que dominaba toda la vega. No pasaba una sola vez por allí el piadoso Traga-santos sin arrodillarse sobre ellas y llorar la destrucción del templo.

El día de San Isidro el tío Traga-santos cubría de flores aquellas sagradas ruinas; colocaba sobre ellas una mesita cubierta con un blanco mantel; en este sencillo é improvisado altar ponía, entre dos velas, una tosca imagen de San Isidro hecha de barro, circunstancia que para él constituía su mayor mérito, pues se la habían llevado de Madrid, y suponía que aquel barro procedía de la tierra regada con el sudor del santo labrador, y pasaba casi todo el día rezando entre aquellas ruinas.

El sueño dorado de toda la vida de Traga-santos había sido ir á Madrid, gustar en su propio manantial el agua brotada milagrosamente al golpe del regatón de Isidro, y orar en el templo erigido al Santo en los campos que éste regó con el sudor de su frente.

Era ya viejo, y temeroso de dejar este mundo sin realizar aquel piadoso sueño, determinó al fin emprender su peregrinación á Madrid, y así lo hizo, llegando á las orillas del Manzanares víspera de la fiesta del glorioso San Isidro. La emoción que sintió al divisar materialmente los campos donde se realizó el poema, á la par sencillo, maravilloso y santo, de la vida de Isidro y su santa compañera María de la Cabeza, es para pensada, y no para referida.{96-1}

—¡Señor—decía para sí,—qué felices son los madrileños, que tienen la gloria de poder llamar compatriota suyo al bendito Isidro, y poco menos á la bendita María de la Cabeza! ¡Qué dicha la suya, pues pueden desde su propio hogar contemplar todos los días los campos donde vivieron en carne mortal los santos labradores! ¡Y con qué santo regocijo y piadoso recogimiento de espíritu discurrirán por aquellos campos, pondrán su planta donde Isidro y María pusieron la suya, y se inclinarán á cada paso á besar aquella tierra, que Isidro regó con su sudor y los ángeles santificaron con su presencia, bajando á ella para regir el arado del bendito labrador!

Pensando así, el tío Traga-santos esperó el alba del siguiente día, y así que el alba despuntó, se encaminó á los collados de San Isidro.

Antes de pasar el Manzanares, oyó hacia aquellos collados y la pradera interpuesta entre el río y ellos, confuso, interminable y atronador murmullo de la muchedumbre, y dijo, lleno de piadosa emoción:

—¡Ah, qué bien comprende el gran pueblo madrileño la incomparable dicha que goza de ser Madrid cuna de San Isidro, y sus campos teatro de los milagros del santo labrador! ¡He ahí á ese piadoso y gran pueblo orando en alta voz para glorificar al Santo y pedirle el remedio y el consuelo de los males de la patria!

El alma se le cayó á los pies al pobre Traga-santos{97-1} cuando, apenas pasó el Manzanares, se encontró con que aquel confuso y atronador murmullo de la muchedumbre congregada en torno del santuario y de la milagrosa fuente se componía, no de piadosos himnos y plegarias, sino de blasfemias, de obscenidades, de cantares profanos, y de gritos cuando menos locos é inspirados por la embriaguez. ¡Y su corazón se estremeció de espanto cuando supo que en aquellos benditos campos había que establecer todos los años, al llegar el día consagrado á glorificar al santo y sencillo labrador, que hasta cuidaba de las avecillas del cielo, un juzgado y un hospital para reprimir el crimen y proteger á sus víctimas!{97-2}

Bebió el agua milagrosa, mezclándola con las lágrimas que arrancaban á sus ojos la piedad y el dolor, y penetró en el santuario, donde pasó orando y llorando la mayor parte de la mañana.

Cuando salió á recorrer aquellos campos, hollados por la planta del santo labrador, vió que el cielo se había nublado, y oyó decir á las gentes que se le iban á mojar las polainas al Santo.

Esta frase causó honda pena á Traga-santos, porque le pareció irrespetuosa, y más{97-3} proferida en el aniversario del tránsito del bienaventurado labrador al cielo, y mucho más en boca de los compatriotas de Isidro, y muchísimo más pronunciada en el suelo santificado con la planta y los milagros de tan gran santo.

De repente empezó á llover con violencia, pero cesó la lluvia á corto rato; y ¡cuál no sería el asombro{97-4} del sencillo creyente vecino de Animalejos cuando vió que una porción de mujeres, cuyos puestos de dulces, juguetes de niños, campanillas y santos de barro y todo género de baratijas había averiado la lluvia, se encaminaban irritadas hacia la ermita, recogiendo piedras del suelo y se ponían á apedrear á una imagen de San Isidro colocada sobre el pórtico de la ermita, llenando de improperios al Santo porque, según decían, le habían llenado de cuartos el cepillo y habían quemado en su altar no sé cuántas velas para que hiciera que no lloviese,{98-1} y el Santo era tan desagradecido, que había hecho precisamente todo lo contrario!{98-2}

—¡Pero no ven ustedes qué judiada la de esa gente!—exclamó Traga-santos escandalizado, dirigiéndose á un grupo de lugareños de ambos sexos que estaban á su lado presenciando aquella sacrílega pedrea.

—Pues aguarde usted un poco—le contestó uno de los lugareños con asentimiento de los demás;—que en cuanto acaben de tirar piedras ésas, vamos á empezar nosotros.

—¿Por qué?—les preguntó Traga-santos sorprendido é indignado, tanto más, cuanto que entonces reparó que cada lugareño tenía una piedra en la mano.

—¿No ve usted qué claro se vuelve á poner el cielo? ¡Lo que es de esta hecha voló la lluvia!{98-3} ¡Y nosotros, pedazos de burros, que hemos andado diez leguas y hemos gastado un dineral en misas y luces y limosna al Santo para que lloviera, pues tenemos el campo quemado!... ¡Al fin gato de Madrid había de ser él! La culpa tiene ¡voto á bríos! el que se fía...

Traga-santos, horrorizado, no quiso oir el resto de la frase, y se apresuró á volver á la ermita para pedir al Santo, con los ojos arrasados en lágrimas, que detuviese con su intercesión la mano de Dios, sin duda levantada ya para castigar terriblemente al pueblo español por aquellos sacrilegios.....

Y al día siguiente tomó el camino de su tierra, firmemente decidido á desagraviar al santo labrador reedificando la ermita de Animalejos y fomentando en ella el culto, que esperaba fuese allí más sincero y desinteresado que el que recibía San Isidro en Madrid, en el pueblo que al parecer en tan poco tenía el ser{99-1} patria de tan gran santo.

II

Traga-santos vendió hasta los clavos de su casa para realizar su propósito de reedificar la ermita de San Isidro; y como aquello no bastase, anduvo de pueblo en pueblo pidiendo limosna para tan santa obra, por cierto con mucho fruto, particularmente en Cabezudo y Barbaruelo.

Al fin tuvo el consuelo de ver restablecido en Animalejos el santuario del bendito labrador, más grande y más hermoso que el antiguo, á juzgar por los cimientos y las ruinas que del antiguo quedaban.

Hubiera sido gran dicha para Traga-santos poder colocar en él la antigua imagen; pero esta imagen había desaparecido, y fueron vanos todos los esfuerzos que hizo para dar con ella.

Traga-santos ideó un medio muy eficaz de reemplazarla ventajosamente. Escribió á Madrid á persona de toda su confianza, encargándole que le enviase un par de sacos de la mejor arcilla que hallase en los cerros de San Isidro, y así que recibió esta bendita tierra, se fué con ella á Valladolid é hizo que le modelase un buen escultor{100-1} una buena imagen de San Isidro, que bien cocida y pintada, llevó al señor Arzobispo y éste bendijo, concediendo muchas indulgencias á los que rezasen delante de ella.

Volvió Traga-santos á Animalejos con tan preciosa imagen, y una vez colocada en la ermita con gran solemnidad, se dedicó aquel piadoso y sencillo anciano á fomentar el culto y la devoción de San Isidro.

Su santo celo no fué inútil, porque antes de un año la ermita de Animalejos era uno de los santuarios más concurridos y venerados de toda Castilla la Vieja, á lo que contribuyeron los muchos beneficios que por intercesión de San Isidro y la del mismo Traga-santos habían obtenido de Dios en tan corto tiempo los devotos.

He dicho que la intercesión de Traga-santos había mediado también en la obtención de estos beneficios, y esto necesita explicarse.

Las gentes que conocían la santidad de Traga-santos y sabían lo mucho que{100-2} San Isidro le debía, eran de parecer que la mediación de Traga-santos era poderosísima y eficaz para obtener la del Santo para con Dios.

Así, pues, los que llegaban á la ermita para solicitar algún beneficio, lo primero que hacían era dirigirse á Traga-santos diciéndole:

—Tío Traga-santos, yo necesito esto, ó lo otro, ó lo de más allá. Interceda usted con el Santo para que á su vez interceda con Dios; que estoy seguro de que ni el Santo le niega á usted nada ni al Santo le niega nada Dios.{100-3}

Traga-santos, por más que protestase no ser lo santo que{100-4} se suponía, sino por el contrario, el mayor de los pecadores, accedía á aquel ruego, y rara era la vez que su intercesión no diese maravillosos frutos.

Lo que cada vez tenía más disgustado á Traga-santos, era el profundo egoísmo y hasta la falta de sentido común con que muchos acudían á la ermita, viendo que, por ejemplo, á un mismo tiempo pedía uno que lloviese á mares y otro que la sequía achicharrase los campos.....

Traga-santos confió estos disgustos é inconvenientes al señor Cura Párroco de Animalejos, que era hombre de mucho consejo, y le pidió el suyo para salir de los apuros en que los devotos le ponían á él, á San Isidro y á Dios mismo.

—Tío Traga-santos—le dijo el Párroco,—ésas son cosas muy delicadas para hombres de tan poco entendimiento como nosotros. Lo único que haré será contarle á usted un cuento, y allá verá usted si le sirve de algo para resolver el problema que tanta guerra le da.

—Venga el cuento, señor Cura; que yo procuraré sacarle toda la miga que tenga.

—Pues, óigale usted. En un pueblo que llaman Adoracuernos, que es como debían llamar á Madrid, había corrida de toros, y uno de los toros era de muerte,{101-1} que debía darle un mozo del mismo pueblo muy aficionado al toreo. En el momento en que estaban lidiando el toro de muerte, un vecino, de muchos años y de mucho entendimiento, vió á la madre del torero arrodillada á los pies de un Santo Cristo muy milagroso que se veneraba en una calle del pueblo.

—¿Qué hace usted ahí?—preguntó á la arrodillada.

—Señor—contestó la buena mujer llorando,—¡qué quiere usted que haga sino rezar!{101-2} ¡En este instante quizá luchan á muerte mi hijo y el toro, y naturalmente, rezo para que venza mi pobre hijo!

—Mujer, no llore usted, que al fin su hijo tiene sobre el toro una gran ventaja.

—¿Y qué ventaja es ésa, señor?

—La de que la madre del toro no sabe rezar.

Traga-santos era hombre que se confundía y embrollaba cuando para entender las cosas necesitaba cavilar un poco. Así fué que se hizo un ovillo cuando se puso á cavilar para entender lo que el señor Cura Párroco le había querido decir con aquel cuento.

Como siguiesen en aumento sus disgustos, hijos de su afán por complacer á todos los devotos, y lo contrapuesto de las peticiones de éstos, volvió á consultar al señor Cura á ver si le daba algún consejo más práctico y accesible á su comprensión que el encerrado en el cuento de lo ocurrido en Adoracuernos, y el señor Cura le dijo:

—Tío Traga-santos, voy á contarle á usted otro cuento, que de seguro le saca á usted de sus apuros si sabe aprovecharle. Un buen anciano que tenía un hijo labrador y otro tratante en granos, era muy devoto de Santa Ana por cuya intercesión había logrado de Dios muchos beneficios para sus dos hijos.

Un día que el cielo amenazaba lluvia, se le presentaron sucesivamente sus dos hijos, y le dijo el labrador:

—Padre, yo vengo á pedirle á usted un favor, y es que interceda con la gloriosa Santa Ana para que alcance de su Divino Nieto que llueva de firme, porque si no llueve, se me pierde la cosecha y me arruino.

—Está muy bien, hijo—le contestó el anciano.

El tratante en granos llegó poco después y le dijo:

—Padre, ya ve usted que el cielo amenaza lluvia, y si llueve, la cosecha va á ser este año bárbara, y yo me arruino con la baja del trigo, porque tengo empleado en él todo mi capital. Con que, padre, hágame usted el favor de pedir á la gloriosa Santa Ana que interceda con Dios para que no llueva.

El anciano reunió á sus dos hijos y exclamó, dirigiéndose á ellos:

—Hijos míos, uno de vosotros me pide que interceda con la gloriosa Santa para que llueva de firme, y el otro, que interceda con la misma gran Santa para que no llueva. ¿Cómo me he de componer para complaceros á ambos, si me pedís cosas enteramente opuestas?

El labrador y el tratante en granos insistieron cada cual en su petición, y por último, se fueron diciendo cada cual:

—Padre, arrégleselas{103-1} usted como pueda, pero es indispensable que pida usted á Santa Ana lo que le he dicho.

—¿Cómo creerá usted, tío Traga-santos, que salió del paso el anciano?

—Eso es, señor Cura, lo que yo le iba á preguntar á usted.

—Pues salió yendo á la iglesia, arrodillándose delante del altar de Santa Ana y diciendo á la Santa con mucha devoción:

—Vengo á decirle á usted, santa abuelita,
que mis hijos me ponen en un potro,
pues el uno que llueva solicita,
y... que no llueva solicita el otro.
Santa abuelita, yo bien considero
que usted dirá: «Salidas de pavana
de esa naturaleza oír no quiero.»
¡Pues haga usted lo que le dé la gana!

El tío Traga-santos ya comprendió la filosofía de este otro cuentecillo, pero continuó en su vano empeño de complacer á todos los que le pedían que sirviese de medianero entre ellos y el Santo, porque no tenía cara para negar nada á nadie, y era aficionadísimo al ten-con-ten.

Cerca de Animalejos había dos pueblos que estaban siempre en guerra uno con otro, porque daba la pícara casualidad de que casi siempre eran sus intereses opuestos.

Estos dos pueblos eran Barbaruelo y Cabezudo. Los únicos molinos que había en aquella comarca estaban en jurisdicción de estos dos pueblos, que tenían en los molinos de concejo un gran recurso para levantar las cargas públicas. El río que pasaba por Barbaruelo era muy caudaloso, y el que pasaba por Cabezudo era todo lo contrario. Así sucedía que cuando la sequía era grande, Barbaruelo monopolizaba la molienda de toda, la comarca, porque Cabezudo ni aun á represadas podía moler un grano.

Después de un poco de sequía el cielo se turbó con aparato de lluvia, y contemplándole, decían los de Barbaruelo, muy inquietos:

—¿Si nos irán{104-1} á fastidiar las lluvias? Si vienen, nos doblan de medio á medio,{104-2} porque los de Cabezudo muelen ya á represas, y continuando la sequía, antes de una semana apandamos nosotros toda la molienda de veinte leguas en contorno.

Y al mismo tiempo decían los de Cabezudo, contemplando el cielo muy alegres:

—¿Qué va á{105-1} que las lluvias nos ponen las botas y jorobamos á los de Barbaruelo? Buena falta nos hacen,{105-2} porque ya hemos empezado con las pícaras represas, y los de Barbaruelo nos birlan ya la mitad de la molienda.

Barbaruelo y Cabezudo acordaron enviar cada cual una comisión á Animalejos para ver si por la intercesión del tío Traga-santos, á quien habían dado tanta limosna para reedificar la ermita, lograban de San Isidro que á su vez intercediese con Dios para que no cayera gota de agua y para que cayera á cántaros, y ambas comisiones se dirigieron casi simultáneamente á Animalejos.

Mientras esto pasaba en Barbaruelo y Cabezudo, los de Animalejos, que no sabían si alegrarse ó entristecerse contemplando el aparato de lluvia que presentaba el cielo, determinaron rogar al tío Traga-santos que solicitase, por la intercesión de San Isidro, que lloviera y no lloviera, ó lo que es lo mismo, que cayese sólo una rociada de agua, que era lo único que necesitaba el campo de Animalejos.

El tío Traga-santos fué oyendo á unos y á otros, y como no tenía cara para negar nada á nadie, y de unos y otros había recibido limosna para reedificar la ermita de San Isidro, fué diciendo á todos amén, imitando al devoto del cuento del señor Cura, pidiendo al Santo que hiciera lo que le diese la gana: creyó haber encontrado, en lo posible, aquel medio, que consistía en pedir á San Isidro que no lloviese tanto como querían los de Barbaruelo ni tan poco como querían los de Cabezudo y los de Animalejos.

Apenas el tío Traga-santos había hecho su oración al glorioso San Isidro, empezó á llover y no cesó la lluvia hasta bien entrada la noche,{106-1} en que cesó y se puso el cielo estrellado, con mucha alegría del tío Traga-santos, que dió las gracias al bendito labrador porque le había complacido á medida de su deseo.

III

Amaneció el día siguiente tan sereno y hermoso, que toda señal de nueva y próxima lluvia había desaparecido.

—¡Voto á bríos, que se ha portado el tío Traga-santos!—exclamaban los de Cabezudo.—¡Con la pícara lluvia de ayer ya han empezado á moler á más y mejor los de Barbaruelo, y con cuatro gotas que vuelvan á caer siguen moliendo todo el verano cuanto grano se les presente, y nosotros, que esperábamos ganar un dineral con toda la molienda de veinte leguas en contorno, nos vamos á fastidiar este verano!..... ¡Que vuelva, que vuelva por aquí á pedir limosna para su ermita! ¡Qué lástima de fuego en ella{106-2} y en el ingrato tío Traga-santos, que tal chasco nos ha dado! Porque, si ha llovido{106-3} ayer á mares, será porque al tío Traga-santos le untaron la mano los de Barbaruelo cuando estuvieron á verle para que pidiese á San Isidro esa condenada lluvia.

—¡Vaya un chasco que nos ha dado el tío Traga-santos!—decían los de Barbaruelo.—¡Con un canto en los hocicos nos podremos hoy dar porque{106-4} ayer no hubiese existido en el mundo semejante hombre, pues si ayer no cayeron más que cuatro gotas, de seguro se debe á manejos de ese tunante, pues el cielo estaba tan cargado, que prometía un diluvio! ¡De seguro, cuando fueron á verle los de Cabezudo le alargaron buenas amarillas para que pidiese que no lloviera, y el muy tunante pidió al Santo que lloviese sólo un poco para cubrir el expediente! ¡Antes de quince días, ni á represadas podemos moler, y este verano los de Cabezudo ganan el oro y el moro con la molienda, y á nosotros nos tiene que asar á contribuciones el Ayuntamiento para levantar las cargas del pueblo! ¡Vaya, que el tío Traga-santos está agradecido á las limosnas que le dimos para levantar la ermita! ¡Mala centella de Dios tumbe á su ermita y á él, que tan serrana partida nos ha jugado!

Y al mismo tiempo decían los de Animalejos:

—¡Como hay Dios, debemos estar agradecidos al tío Traga-santos por lo bien que se ha portado con nosotros!{107-1} Más cuenta nos hubiera tenido que el tal Traga-santos no existiera, porque ayer, si al cielo se le hubiera dejado hacer lo que quisiera,{107-2} sólo hubiera caído un chaparroncillo, que era lo que la vega necesitaba, y con meterse el tío Traga-santos á pedir que llueva ó deje de llover,{107-3} llovió á jarros y todo el trigo se ha tumbado, y con tanta humedad la roña se le va á comer antes que cuaje el grano. Milagro será que antes de caer tanta agua en nuestros campos no cayeran algunas onzas de oro en manos del tío Traga-santos, porque los de Barbaruelo vinieron á verle, y de seguro no le dejaron con las manos peladas. ¡Cuidado que el tal Traga-santos agradece lo que Animalejos ha hecho para ayudarle á levantar la ermita! ¡Y luego habrá quien{107-4} se extrañe de que el mejor día se amotine Animalejos y pegue fuego á la ermita y al ermitaño!

Estas murmuraciones llegaron á oídos del tío Traga-santos, á quien causaron el mayor sentimiento, porque en lo humano no aspiraba el piadoso viejecito á mayor gloria que la de complacer á todos por medio del ten-con-ten y de ser de todos bienquisto.

Sabedor de que la marejada que se había levantado contra él en Cabezudo y en Barbaruelo, y hasta en el mismo Animalejos, lejos de cesar, cada vez era mayor, determinó dar un manifiesto á los tres pueblos, sincerándose de las acusaciones de que era objeto, y, en efecto, redactó uno concebido en los siguientes términos:{108-1}

«¡Cabezudenses, barbaruelenses y animalejuenses! Con mucho dolor de mi corazón ha llegado á mi noticia que estáis quejosos de mí porque días pasados no llovió á gusto de todos. ¡Yo os aseguro que hice cuanto estaba de mi parte{108-2} para complacer á Cabezudo, que quería no cayese gota de agua; á Animalejos, que quería cayese sólo un chaparrón; y á Barbaruelo, que quería lloviese si Dios tenía que!{108-3} Dios lo puede hacer todo, pero á veces lo hace tan indirectamente, que parece no hacer nada ó hacer todo lo contrario de lo que se le pide. Supongamos que Cabezudo le pide que no llueva una gota, y todo con la intención de que Barbaruelo no muela un grano, y en seguida empieza á llover tanto, que el agua se lleva los molinos de Barbaruelo. En este caso, ¿no habrá hecho Dios lo que Cabezudo le pedía, aunque parezca que ha hecho todo lo contrario? Y si Cabezudo empezó á decir picardías de Dios al ver que llovía á mares, ¿no ha hecho Cabezudo una barbaridad? ¡Cabezudenses, barbaruelenses y animalejuenses, dad por bien hecho todo lo que hace Dios, pues es lo que os tiene cuenta, aunque os parezca lo contrario! De esta doctrina partí yo días pasados al pedir al glorioso San Isidro que intercediese con Dios en favor de Cabezudo, que quería no cayese gota; de Animalejos, que quería cayese sólo un chaparrón; y de Barbaruelo, que quería lloviese si Dios tenía que. El Santo escuchó mi ruego, y Dios escuchó el del Santo, porque se fundaban en el buen medio en que está la virtud, y así todos fuisteis complacidos hasta cierto punto: Cabezudo, consiguiendo que no lloviera tanto como Barbaruelo deseaba; Barbaruelo, consiguiendo que no lloviera tan poco como deseaba Cabezudo; y Animalejos, consiguiendo que no lloviera tanto ni tan poco como deseaban Cabezudo y Barbaruelo. Yo estoy satisfecho del favor que todos hemos alcanzado de Dios por la intercesión, del glorioso San Isidro y vosotros debéis también estarlo, amados cabezudenses, barbaruelenses y animalejuenses.»

Fijarse este manifiesto en los sitios públicos de Animalejos, Cabezudo y Barbaruelo, y amotinarse los tres pueblos contra el tío Traga-santos, todo fué uno, porque todos decían bramando de coraje:

—¡Ciertos son los toros! ¡El tío Traga-santos es un bribón de siete suelas, que no hace más que pastelear y meterlo todo á barato con capa de santidad y palabras de caramelo! ¡Hay que hacer con él una{109-1} que sea sonada para que no vuelva á venderse al oro de...

Este oro era para los de Barbaruelo el de Cabezudo, para los de Cabezudo el de Barbaruelo, y para los de Animalejos el de cualquiera de los dos pueblos vecinos.

El resultado de los manifiestos al público es contraproducente, ó cuando menos nulo, en estos dos principales casos: primero, cuando el manifestante no tiene razón ó el público no quiere que la tenga; y segundo, cuando el manifestante tiene malas explicaderas, ó el público tiene entendederas no mejores.

De esto último había un poco en el tío Traga-santos y en los de Cabezudo, Barbaruelo y Animalejos, y así se explica el que{110-1} el manifiesto del primero causase efecto contraproducente en los segundos.....

El tío Traga-santos, viendo que su manifiesto, lejos de hacer entrar en razón á aquellos á quienes se dirigía, los había irritado hasta el punto de que se temía de ellos alguna barbaridad, acudió al Párroco en demanda de consejo.

—Tío Traga-santos—le dijo el Párroco,—no debe usted extrañar que su manifiesto del ten-con-ten no haya producido el efecto que usted se propuso, porque ni yo mismo he podido entender lo que usted quería decir en él.

—Mire usted, señor Cura, lo que yo quería decir era que es imposible que llueva á gusto de todos, y que lo más que yo pude hacer fué pedir á San Isidro que intercediese con Dios para que lloviese como más conviniese á todos.

—Pues oiga usted, tío Traga-santos, lo que pasó en Madrid entre D. Juan Nicasio Gallego, que era un gran maestro en materia de poesía, y D. Mariano Luis de Larra,{110-2} que todavía era aprendiz. Larra compuso unos versos que le parecían muy buenos, como á todos los principiantes les parecen los suyos, y se los dió á Gallego, á quien le parecieron muy malos, como á todos los maestros les parecen los que lo son.

—Marianito—dijo el maestro,—no entiendo lo que usted ha querido decir aquí.

—Señor D. Juan—contestó el aprendiz,—lo que yo he querido decir ahí es esto, y esto, y esto.