Por Don Armando Palacio Valdés{1-1}
—Aquí{1-2} donde usted me ve soy un asesino.
—¿Cómo es eso, D. Elías?—pregunté riendo, mientras le llenaba la copa de cerveza.
Don Elías es el individuo más bondadoso, más sufrido y disciplinado con que cuenta el cuerpo de Telégrafos, incapaz de declararse en huelga, aunque el director le mande cepillarle los pantalones.
—Sí, señor... hay circunstancias en la vida... llega un momento en que el hombre más pacífico...
—Á ver, á ver; cuente usted eso—dije picado de curiosidad.
—Fué en el invierno del 78.{1-3} Había quedado excedente por reforma, y me fuí á vivir á O... con una hija que allí tengo casada. Mi vida era demasiado buena: comer, pasear, dormir. Algunas veces ayudaba á mi yerno, que está empleado en el Ayuntamiento, á copiar las minutas del secretario. Cenábamos invariablemente á las ocho. Después de acostar á mi nieta, que entonces tenía tres años y hoy es una moza gallarda, rubia, metida en carnes, de esas que á usted le gustan (yo bajé los ojos modestamente y bebí un trago de cerveza), me iba á hacer la tertulia á Da. Nieves, una señora viuda que vive sola en la calle de la Perseguida, á quien debe mi yerno su empleo. Habita una casa de su propiedad, grande, antigua, de un solo piso,{2-1} con portalón obscuro y escalera de piedra. Solía ir también por allá D. Gerardo Piquero, que había sido administrador de la Aduana de Puerto Rico y estaba jubilado. Se murió hace dos años el pobre. Iba á las nueve; yo nunca llegaba hasta después de las nueve y media. En cambio, á las diez y media en punto levantaba tiendas, mientras yo acostumbraba á quedarme hasta las once ó algo más.
Cierta noche me despedí, como de costumbre, á estas horas. Doña Nieves es muy económica, y se trata á lo pobre,{2-2} aunque posee hacienda bastante para regalarse y vivir como gran señora. No ponía luz alguna para alumbrar la escalera y el portal. Cuando D. Gerardo ó yo salíamos, la criada alumbraba con el quinqué de la cocina desde lo alto. En cuanto cerrábamos la puerta del portal, cerraba ella la del piso y nos dejaba casi en tinieblas; porque la luz que entraba de la calle era escasísima.
Al dar el primer paso, sentí lo que se llama vulgarmente un cale, esto es, me metieron con un fuerte golpe el sombrero de copa hasta las narices. El miedo me paralizó, y me dejé caer contra la pared. Creí escuchar risas, y un poco repuesto del susto, me saqué el sombrero.
—¿Quién va?—dije dando á mi voz acento formidable y amenazador.
Nadie respondió. Pasaron por mi imaginación rápidamente varios supuestos. ¿Tratarían{2-3} de robarme? ¿Querrían algunos pilluelos divertirse á mi costa? ¿Sería un amigo bromista? Tomé la resolución de salir inmediatamente, porque la puerta estaba libre. Al llegar al medio del portal, me dieron un fuerte azote..... con la palma de la mano, y un grupo de cinco ó seis hombres me tapó al mismo tiempo la puerta.—¡Socorro!—grité con voz apagada, retrocediendo de nuevo hacia la pared. Los hombres comenzaron á brincar delante de mí, gesticulando de modo extravagante. Mi terror había llegado al colmo.
—¿Dónde vas á estas horas, ladrón?—dijo uno de ellos.
—Irá{3-1} á robar á algún muerto. Es el médico—dijo otro.
Entonces cruzó por mi mente la sospecha de{3-2} que estaban borrachos, y recobrándome, exclamé con fuerza:
—¡Fuera, canalla! Dejadme paso ó mato{3-3} uno.
Al mismo tiempo enarbolé el bastón de hierro que me había regalado un maestro de la fábrica de armas y que acostumbraba á llevar por las noches.
Los hombres, sin hacer caso, siguieron bailando ante mí y ejecutando los mismos gestos desatinados. Pude observar á la tenue claridad que entraba de la calle, que ponían siempre por delante uno como más fuerte ó resuelto, detrás del cual los otros se guarecían.
—¡Fuera!—volví á gritar, haciendo molinete con el bastón.
—¡Ríndete, perro!—me respondieron, sin detenerse en su baile fantástico.
Ya no me cupo duda; estaban ebrios. Por esto y porque en sus manos no brillaba arma alguna, me tranquilicé relativamente. Bajé el bastón, y procurando dar á mis palabras acento de autoridad, les dije:
—¡Vaya, vaya; poca guasa! Á ver si me dejáis paso.
—¡Ríndete, perro! ¿Vas á chupar la sangre de los muertos? ¿Vas á cortar alguna pierna? ¡Arrancarle{4-1} una oreja! ¡Sacarle un ojo! ¡Tirarle por las narices!
Tales fueron las voces que salieron del grupo en contestación á mi requisitoria. Al mismo tiempo avanzaron más hacia mí. Uno de ellos, no el que venía delante, sino otro, extendió el brazo por encima del hombro del primero y me agarró de las narices y me dió un fuerte tirón que me hizo lanzar un grito de dolor. Di un salto de través, porque mis espaldas tocaban casi á la pared, y logré apartarme un poco de ellos; y alzando el bastón, lo descargué, ciego de cólera, sobre el que venía delante. Cayó pesadamente al suelo sin decir ¡ay! Los demás huyeron.
Quedé solo y aguardé anhelante{4-2} que el herido se quejase ó se moviese. Nada; ni un gemido, ni el más leve movimiento. Entonces me vino la idea de que pude{4-3} matarlo. El bastón era realmente pesado, y yo he tenido toda la vida la manía de la gimnasia. Me apresuré, con mano temblorosa, á sacar la caja de cerillas y encendí un fósforo...
No puedo describirle lo que en aquel instante pasó por mí. Tendido en el suelo, boca arriba, yacía un hombre muerto. ¡Muerto, sí! Claramente vi pintada la muerte en su rostro pálido. El fósforo me cayó de los dedos, y quedé otra vez en tinieblas. No le vi más que un momento; pero la visión fué tan intensa, que ni un pormenor se me escapó.
Era corpulento, la barba negra y enmarañada, la nariz grande y aguileña; vestía blusa azul, pantalones de color y alpargatas; en la cabeza llevaba boina negra. Parecía un obrero de la fábrica de armas, un armero, como allí suele decirse.{5-1}
Puedo afirmarle, sin mentir, que las cosas que pensé en un segundo, allí, en la obscuridad, no tendría tiempo á pensarlas{5-2} ahora en un día entero. Vi con perfecta claridad lo que iba á suceder. La muerte de aquel hombre divulgada en seguida por la ciudad; la policía echándome mano, la consternación de mi yerno, los desmayos de mi hija, los gritos de mi nietecita; luego la cárcel, el proceso arrastrándose perezosamente al través de los meses y acaso de los años; la dificultad de probar que había sido en defensa propia; la acusación del fiscal llamándome asesino, como siempre acaece en estos casos; la defensa de mi abogado alegando mis honrados antecedentes; luego la sentencia de la Sala absolviéndome quizá... quizá condenándome á presidio.
De un salto me planté en la calle{5-3} y corrí hasta la esquina; pero allí me hice cargo de que venía sin sombrero, y me volví. Penetré de nuevo en el portal, con gran repugnancia y miedo. Encendí otro fósforo y eché una mirada oblicua á mi víctima, con la esperanza de verle alentar. Nada; allí estaba en el mismo sitio, rígido, amarillo, sin una gota de sangre en el rostro, lo cual me hizo pensar que había muerto de conmoción cerebral. Busqué el sombrero, metí por él la mano cerrada para desarrugarlo, me lo puse y salí.
Pero esta vez me guardé de correr. El instinto de conservación se había apoderado de mí por completo, y me sugirió todos los medios de evadir la justicia. Me ceñí á la pared por el lado de la sombra, y haciendo el menor{6-1} ruido con los pasos, doblé pronto la esquina de la calle de la Perseguida, entré en la de San Joaquín y caminé la vuelta de mi casa. Procuré dar á mis pasos todo el sosiego y compostura posibles. Mas he aquí que en la calle de Altavilla, cuando ya me iba serenando,{6-2} se acerca de improviso un guardia del Ayuntamiento.
—Don Elías, ¿tendrá usted la bondad de decirme?...
No oí más. El salto que di fué tan grande, que me separé algunas varas del esbirro. Luego, sin mirarle, emprendí una carrera desesperada, loca, al través de las calles. Llegué á las afueras de la ciudad y allí me detuve jadeante y sudoroso. Acudió á mí la reflexión.{6-3} ¡Qué barbaridad había hecho! Aquel guardia me conocía. Lo más probable es que viniera á preguntarme algo referente á mi yerno. Mi conducta extravagante le había llenado de asombro. Pensaría{6-4} que estaba loco; pero á la mañana siguiente, cuando se tuviese noticia del crimen, seguramente concebiría sospechas y daría parte del hecho al juez. Mi sudor se tornó frío de repente.
Caminé aterrado hacia mi casa y no tardé en llegar á ella. Al entrar se me ocurrió una idea feliz. Fuí derecho á mi cuarto, guardé el bastón de hierro en el armario y tomé otro de junco que poseía, y volví á salir. Mi hija acudió á la puerta sorprendida. Inventé una cita con un amigo en el Casino, y, efectivamente, me dirigí á paso largo hacia este sitio. Todavía se hallaban reunidos en la sala contigua al billar unos cuantos de los que formaban la tertulia de última hora. Me senté al lado de ellos, aparenté buen humor, estuve jaranero en exceso y procuré por todos los medios que se fijasen en el ligero bastoncillo que llevaba en la mano. Lo doblaba hasta convertirlo en un arco, me azotaba los pantalones, lo blandía á guisa de florete, tocaba con él en la espalda de los tertulios para preguntarles cualquier cosa, lo dejaba caer al suelo. En fin, no quedó nada que hacer.{7-1}
Cuando al fin la tertulia se deshizo y en la calle me separé de mis compañeros, estaba un poco más sosegado. Pero al llegar á casa y quedarme solo en el cuarto, se apoderó de mí una tristeza mortal. Comprendí que aquella treta no serviría más que para agravar mi situación en el caso de que las sospechas recayesen sobre mí. Me desnudé maquinalmente y permanecí sentado al borde de la cama larguísimo rato,{7-2} absorto en mis pensamientos tenebrosos. Al cabo el frío me obligó á acostarme.
No pude cerrar los ojos. Me revolqué mil veces entre las sábanas, presa de fatal desasosiego, de un terror que el silencio y la soledad hacían más cruel. Á cada instante esperaba oir aldabonazos en la puerta y los pasos de la policía en la escalera. Al amanecer, sin embargo, me rindió el sueño; mejor dicho, un pesado letargo, del cual me sacó la voz de mi hija.
—Que{7-3} ya son las diez, padre. ¡Qué ojeroso está usted! ¿Ha pasado mala noche?
—Al contrario, he dormido divinamente—me apresuré á responder.
No me fiaba ni de mi hija. Luego añadí afectando naturalidad:
—¿Ha venido ya El Eco del Comercio?
—Tráemelo.
Aguardé á que mi hija saliese,{8-1} y desdoblé el periódico con mano trémula. Recorrílo todo con ojos ansiosos sin ver nada. De pronto leí en letras gordas: El crimen de la calle de la Perseguida, y quedé helado por el terror. Me fijé un poco más.{8-2} Había sido una alucinación. Era un artículo titulado El criterio de los padres de la Provincia. Al fin, haciendo un esfuerzo supremo para serenarme, pude leer la sección de gacetillas, donde hallé una que decía:
"Suceso extraño
Los enfermeros del Hospital Provincial tienen la costumbre censurable de servirse de los alienados pacíficos que hay en aquel manicomio, para diferentes comisiones, entre ellas, la de transportar los cadáveres á la sala de autopsias. Ayer noche cuatro dementes, desempeñando este servicio, encontraron abierta la puerta del patio que da acceso al parque de San Ildefonso, y se fugaron por ella llevándose el cadáver. Inmediatamente que el señor administrador del Hospital tuvo noticia del hecho, despachó varios emisarios en su busca, pero fueron inútiles sus gestiones. Á la una de la madrugada se presentaron en el Hospital los mismos locos, pero sin el cadáver. Éste fué hallado por el sereno de la calle de la Perseguida en el portal de la señora Da. Nieves Menéndez. Rogamos al señor decano del Hospital Provincial que tome medidas para que no se repitan estos hechos escandalosos.»
Dejé caer el periódico de las manos, y fuí acometido de una risa convulsiva que degeneró en ataque de nervios.
—¿De modo que había usted matado á un muerto?
(Novela)
Por Don Armando Palacio Valdés{9-1}
Era un caballero fino, distinguido, de fisonomía ingenua y simpática. No tenía motivo para negarme á recibirle en mi habitación algunos días. El dueño de la fonda me lo presentó como un antiguo huésped á quien debía muchas atenciones. Si me negaba á compartir con él mi cuarto, se vería en la precisión de despedirle por tener toda la casa ocupada, lo cual sentía extremadamente.
—Pues si no ha de estar en Madrid más que unos cuantos días, y no tiene horas extraordinarias de acostarse y levantarse, no hay inconveniente en que V. le ponga una cama en el gabinete... Pero cuidado... ¡sin ejemplar!...
—Descuide V., señorito, no volveré á molestarle con estas embajadas. Lo hago únicamente porque D. Ramón no vaya á parar á otra casa. Crea V. que es una buena persona, un santo, y que no le incomodará poco ni mucho.
Y así fué la verdad. En los quince días que D. Ramón estuvo en Madrid no tuve razón para arrepentirme de mi condescendencia. Era el fénix de los compañeros de cuarto. Si volvía á casa más tarde que yo, entraba y se acostaba con tal cautela, que nunca me despertó; si se retiraba más temprano, me aguardaba leyendo para que pudiese acostarme sin temor de hacer ruido. Por las mañanas nunca se despertaba hasta que me oía toser ó moverme en la cama. Vivía cerca de Valencia, en una casa de campo, y sólo venía á Madrid cuando algún asunto lo exigía: en esta ocasión era para gestionar el ascenso de un hijo, registrador de la propiedad. Á pesar de que este hijo tenía la misma edad que yo, D. Ramón no pasaba de los cincuenta años, lo cual hacía presumir, como así era en efecto, que se había casado bastante joven.
Y no debía de ser feo, ni mucho menos, en aquella época. Aún ahora con su elevada estatura, la barba gris rizosa y bien cortada, los ojos animados y brillantes y el cutis sin arrugas, sería aceptado por muchas mujeres con preferencia á otros galanes sietemesinos.
Tenía, lo mismo que yo, la manía de cantar ó canturriar al tiempo de lavarse. Pero observé al cabo de pocos días que, aunque tomaba y soltaba{10-1} con indiferencia distintos trozos de ópera y zarzuela deshaciéndolos y pulverizándolos{10-2} entre resoplidos y gruñidos, el pasaje que con más ardor acometía y más á menudo, era uno de Los Puritanos: me parece que pertenecía al aria de barítono en el primer acto. Don Ramón no sabía la letra sino á medias, pero lo cantaba con el mismo entusiasmo que si la supiera. Empezaba siempre:
| Il sogno beato |
| Di pace e contento,{10-3} |
| Ti, ro, ri, ra, ri, ro, |
| Ti, ro, ri, ra, ri, ro. |
Necesitaba seguir tarareando hasta llegar á otros dos versos que decían:
| La dolce memoria |
| Di un tenero amore.{10-4} |
Sobre los cuales se apoyaba sin cesar hasta concluir el allegro.
—¡Hola! D. Ramón, le dije un día desde la cama; parece que le gusta á V. Los Puritanos.
—Muchísimo; es una de las óperas que más me gustan. Daría cualquier cosa por conocer un instrumento para poder tocarla toda. ¡Qué dulzura hay en ella! ¡Qué inspiración! Éstas son óperas y ésta es música. ¡Parece mentira que ustedes se entusiasmen con esa algarabía alemana que sólo sirve para hacer dormir!... Á mí me gustan con pasión todas las óperas de Bellini:{11-1} El Pirata, Sonámbula, Norma; pero sobre todas ellas Los Puritanos... Tengo además razones particulares para que me guste más que ninguna otra, añadió bajando la voz.
—¡Ole, ole, D. Ramón! exclamé incorporándome de un salto y poniéndome los calcetines: vengan{11-2} esas razones.
—Son tonterías de la juventud... cuestión de amores, contestó ruborizándose un poco.
—Pues cuente V. esas tonterías. Me muero por ellas: no lo puedo remediar, me gustan más esas cosas que la reforma de la ley Hipotecaria de que V. me habló ayer.
—¡Al fin poeta!{11-3}
—No soy poeta, D. Ramón; soy crítico.
—Pues me había dicho el amo que era usted poeta... De todas maneras, se lo contaré ya que V. tiene curiosidad... Verá V. como es una tontería que no merece la pena... ¡Pero vístase V., criatura, que se está helando!
El año de cincuenta y ocho vine á Madrid con una comisión del Ayuntamiento de Valencia para gestionar la rebaja de la cuota de consumos.{12-1} Tenía yo entonces... eso es, veintinueve años; y ya hacía siete cumplidos que estaba casado.{12-2} Es una barbaridad casarse tan joven. Aunque no tengo motivo para arrepentirme, no aconsejaré á nadie que lo haga. Vine á parar á esta misma casa, esto es, á la misma posada; la casa estaba entonces situada en la calle del Barquillo. En aquella época, bueno será que le advierta que me complacía en andar muy lechuguino ó sietemesino, como ustedes dicen ahora, cosa que tenía siempre escamada á mi pobre mujer. ¿Para qué te compones tanto, hombre de Dios? ¿Vas de conquista? ¡Quién sabe! contestaba riendo y dejándola un poco enojada. No es malo tener á las mujeres un si es no es celosas.
Una tarde, una hermosa tarde de invierno, de las que sólo se ven en este Madrid, salí de casa después de almorzar con el objeto de hacer algunas visitas y también para espaciarme por esas calles de Dios. Iba caminando lentamente por la de las Infantas, meditando sobre el plan de la noche ó sea el modo de pasarla más divertido, y saboreando un buen cigarro habano, cuando de pronto ¡zas! recibo un fuerte golpe en la cabeza que me hace vacilar; el flamante sombrero de copa fué rodando por un lado y el cigarro por otro. Cuando me recobré del susto, lo primero que vi á mis pies fué una enorme muñeca fresca, sonrosada y en camisa.
«Esta buena pieza es la que ha causado el destrozo», dije para mis adentros, lanzándole una mirada iracunda que la muñeca aparentó no comprender. Mas como no era de presumir que ella por su voluntad se hubiese arrojado sobre mí de aquel modo brusco é inconveniente, pues jamás había hecho daño á ninguna muñeca, creí más probable que de alguna casa me la hubieran arrojado. Alcé la cabeza vivamente.
En efecto, el reo estaba de pie en el balcón de un primer piso, suspenso, atónito, consternado. Era una niña de trece á catorce años.
Al observar la mirada de espanto y congoja que me dirigía se templó mi furor, y en vez de lanzarle un apóstrofe violento, como tenía determinado, le mandé una sonrisa galante. Puede ser que en la formación de esta sonrisa haya intervenido más ó menos directamente la belleza nada vulgar del criminal.
Recogí el sombrero, me lo puse, y volví á alzar la cabeza y á remitir otra sonrisa, acompañada esta vez de un ligero saludo. Pero mi agresor seguía inmóvil y aterrado sin darse cuenta ni poder explicarse las amables disposiciones en que su víctima se hallaba. Á todo esto la muñeca seguía en el suelo inmóvil también, pero sin mostrar en modo alguno sorpresa, pesar, terror, ni siquiera vergüenza de su situación poco decorosa. Me apresuré á levantarla, cogiéndola, si mal no recuerdo, por una pierna, y me informé minuciosamente de si había padecido alguna fractura ú otra herida grave. No tenía más que leves contusiones. Alcéla en alto y la mostré á su dueño haciéndole seña de que iba á subir para entregársela. Y sin más dilaciones entro en el portal, subo la escalera y tomo el cordón de la campanilla.... Ya está abierta la puerta. Mi lindo agresor asoma su rostro trigueño, gracioso, lleno de vida y frescura, y extiende sus manos diminutas, en las cuales deposito respetuosamente á la muñeca desmayada. Quise hablar, para dar mayor seguridad de que no era nada lo que había pasado, que la muñeca conservaba íntegros sus miembros, y yo lo mismo, y que celebraba la ocasión de conocer una niña tan hermosa y simpática, etc., etc. Nada de esto fué posible. La chica murmuró confusamente «muchas gracias», y se apresuró á cerrar la puerta, dejándome con el discurso en el cuerpo.
Salgo á la calle un poco disgustado, como cualquier otro orador en el mismo caso, y sigo mi camino, no sin volver repetidas veces la cabeza hacia el balcón. Á los treinta ó cuarenta pasos observo que está la niña asomada, y me paro y le envío una sonrisa y un saludo ceremonioso. Esta vez contesta, aunque ligeramente, pero se apresura á retirarse. ¡Cuidado que era linda aquella niña! Al llegar al extremo de la calle sentí la necesidad imperiosa de verla otra vez, y di la vuelta, no sin percibir cierta vergüenza en el fondo del corazón, pues ni mi edad, ni mi estado, me autorizaban semejantes informalidades; mucho menos tratándose de tal criaturita. Ya no estaba en el balcón.
Pues yo no me voy sin verla, me dije, y pian pianito, comencé á pasear la calle sin perder de vista la casa, con la misma frescura que un cadete de Estado Mayor. Después de todo, aquí nadie me conoce—me iba repitiendo á cada instante, á fin de comunicarme alientos para seguir paseando.—Además, yo no tengo nada que hacer ahora; y lo mismo da vagar por un lado que por otro.
Justamente, al cruzar tercera ó cuarta vez{14-1} por delante del balcón, apareció en él la gentil chiquita, que al verme hizo un movimiento de sorpresa, acompañado de una mueca encantadora, se echó á reír y se ocultó de nuevo.
¡Pero, qué necios somos los hombres{15-1} y qué inocentes cuando se trata de estos asuntos! ¿Querrá V. creer que entonces no sospeché siquiera que la niña había estado presenciando, sin perder uno solo, todos mis movimientos?
Satisfecho ya el capricho, dejé la calle de las Infantas, y me fuí á casa de un amigo. Mas al día siguiente, fuese casualidad ó{15-2} premeditación, aunque es muy probable lo último, acerté á pasar por el mismo sitio á la misma hora. Mi gentil agresor, que estaba de bruces sobre la barandilla del balcón, se puso encarnado hasta las orejas así que pudo distinguirme, y se retiró antes de que pasase{15-3} por delante de la casa. Como V. puede suponer, esto, lejos de hacerme desistir, me animó á quedarme petrificado en la esquina de la primer boca-calle, en contemplación extática. No pasaron cuatro minutos sin que viese{15-4} asomar una naricita nacarada, que se retiró al momento velozmente, volvió á asomarse á los dos minutos y volvió á retirarse, asomóse al minuto otra vez y se retiró de nuevo. Cuando se cansó de tales maniobras, se asomó por entero y me miró fijamente por un buen rato, cual si tratase de demostrar que no me tenía miedo alguno.{15-5} Entonces se generalizó por entrambas partes un fuego graneado de miradas, acompañado por lo que á mí respecta de una multitud de sonrisas, saludos y otros proyectiles mortíferos, que debieron causar notables estragos en el enemigo. Éste á la media hora, oyó sin duda en la sala el toque de «alto el fuego», y se retiró cerrando el balcón. No necesitaré decirle que, por más que me sintiese avergonzado de aquella aventura, seguí dando vueltas á la misma hora por la calle, y que el tiroteo era cada vez más intenso y animado. Á los tres ó cuatro días me decidí á arrancar una hoja de la cartera y á escribir estas palabras: Me gusta V. muchísimo. Envolví una moneda de dos cuartos en la hoja, y aprovechando la ocasión de no pasar nadie, después de hacerle seña de{16-1} que se retirase, la arrojé al balcón. Al día siguiente, cuando pasé por allí, vi caer una bolita de papel que me apresuré á recoger y desdoblar. Decía así, en una letra inglesa, crecida, hecha con mucho cuidado y el papel rayado para no torcer: Tan bien ustez me gusta á mí no crea que juego con muñecas era de mi ermanita.{16-2}
Aunque sonreí al leer el billete amoroso, no dejó de causarme sensación dulce y amable, que muy pronto hizo sitio á otra melancólica, al recordar que me estaban prohibidas para siempre tales aventuras. Aquel día mi chiquita no salió al balcón, sin duda avergonzada de su condescendencia; pero al siguiente la hallé dispuesta y aparejada al combate de miradas, señas y sonrisas, que ya no escasearon por ambas partes. Una hora ó más duraba todas las tardes este juego, hasta que se oía llamar{16-3} y se retiraba apresuradamente. Le pregunté por señas si salía de paseo, y me contestó que sí: y en efecto, un día aguardé en la calle hasta las cuatro y la vi salir en compañía de una señora, que debía de ser su mamá, y de dos hermanitos. Seguíles al Retiro, aunque á respetable distancia, porque me hubiera causado mucha vergüenza el que la mamá se enterase:{16-4} la chiquilla, con menos prudencia, volvía á cada instante la cabeza{16-5} y me dirigía sonrisas, que me tenían en continuo sobresalto. Al fin volvimos á casa en paz. Á todo esto, yo no sabía cómo se llamaba, y á fin de averiguarlo escribí la pregunta en otra hoja de la cartera: ¿Cómo se llama V.? La chica contestó en la misma letra inglesa y crecida, con el papel rayado: Me llamo Teresa no crea ustez por Dios que juego con muñecas.{17-1}
Diez ó doce días se transcurrieron de esta suerte. Teresa me parecía cada día más linda, y lo era{17-2} en efecto, porque según he averiguado en el curso de mi vida, no hay pintura, raso ni brocado que hermosee tanto á la mujer como el amor. Le pregunté repetidas veces si podía hablar con ella, y siempre me contestó que era de todo punto imposible: si la mamá llegaba á saber algo ¡adiós balcón! Empecé á sospechar que me iba enamorando{17-3} y esto me traía inquieto. No podía pensar en aquella niña sin sentir profunda melancolía, como si personificase mi juventud, mis ensueños de oro, todas mis ilusiones, que para siempre estaban separados de mí por barrera infranqueable. Al mismo tiempo me acosaban los remordimientos. ¡Cuál sería el dolor de mi pobre mujer si llegase á averiguar que su marido andaba por la corte enamorando chiquillas! Un día recibí carta suya, participándome que tenía á mi hijo menor{17-4} un poco indispuesto, y rogándome que procurase arreglar los negocios y volviese pronto á casa. La noticia me produjo el disgusto que V. puede suponer; porque siempre he delirado por mis hijos. Y como si aquello fuese castigo providencial ó por lo menos advertencia saludable, después de grave y prolongada meditación, en que me eché en cara sin piedad mi conducta infame y ridícula, canté sin rebozo el yo pecador y resolví obedecer á mi esposa inmediatamente. Para llevar á cabo este propósito, lo primero que se me ocurrió fué no acordarme más de Teresa, ni pasar siquiera por su calle, aunque fuese camino obligado: después, abreviar cuanto pudiese los asuntos. Según mis cálculos quedaría libre á los cinco ó seis días.
Ya no seguí, pues, la calle de las Infantas como acostumbraba después de almorzar, ni aun para ir á la de Valverde, donde vivían unos amigos. Por la noche, después de comer, como no había peligro de ver á Teresa, la cruzaba velozmente y sin echar una mirada á la casa.
Pasaron cuatro días; ya no me acordaba de aquella niña, ó si me acordaba era de un modo vago, como la memoria de los días risueños de la juventud. Tenía casi ultimados mis negocios{18-1} y andaba preocupado con la elección del día para marcharme. Será cosa, á más tardar, del viernes ó el sábado, me dije después de comer, encendiendo un cigarro y echándome á la calle. El ministro se había negado á rebajar la cuota del Ayuntamiento, lo cual me tenía muy disgustado. Pensando en lo que había de decir á mis colegas cuando me viese entre ellos, y en el modo mejor de explicarles la causa del fracaso, crucé la plaza del Rey y entré en la calle de las Infantas. La noche era espléndida y bastante templada. Llevaba abierto el gabán y caminaba lentamente gozando con voluptuosidad de la temperatura, del cigarro y de la seguridad de ver pronto á mi familia. Al pasar por delante de la casa de la niña me detuve y la contemplé un instante casi con indiferencia. Y seguí adelante murmurando: «¡Qué chiquilla tan mona!{18-2} ¡Lástima será que se la lleve un tunante!» Después me puse á reflexionar en lo fácil que{18-3} me hubiera sido jugar una mala pasada al alcalde y alzarme con el cargo;{18-4} pero no; hubiera sido una felonía. Por más que fuese{19-1} un poco díscolo y soberbio, al fin era amigo: tiempo me quedaba para ser alcalde. Pero cuando más embebido andaba en mis pensamientos y planes políticos, y cuando ya estaba próximo á doblar la esquina de la calle, he aquí que siento un brazo que se apoya en el mío y una voz que me dice:
—¿Va V. muy lejos?
—¡Teresa!
Los dos quedamos mudos por algunos instantes; yo contemplándola estupefacto; ella con la cabeza baja y sin abandonar mi brazo.
—¿Pero dónde va V. á estas horas?
—Me voy con V.—respondió alzando la cabeza y sonriendo como si dijese la cosa más natural del mundo.
—¿Á dónde?
—¡Qué sé yo! Donde V. quiera.
Á un mismo tiempo sentí escalofríos de placer y de miedo.
—¿Ha huido V. de su casa?
—¡Qué había de huir!{19-2}... ¡solamente se la{19-3} he jugado á Manuel, del modo más gracioso!... Verá V. cómo se ríe... Me empeñé hoy en ir á la tertulia de unas primas, que viven en la calle de Fuencarral, y papá mandó á Manuel que me acompañase. Llegamos hasta el portal y allí le dije: «Márchate, que ya no haces falta»; y me hice como que subía la escalera, pero en seguida di la vuelta sin llamar y me vine detrás de él hasta casa... ¡Cuando le vi entrar me dió una risa, que por poco me oye!{19-4}
La chiquilla se reía aún, con tanta gana y tan francamente, que me obligó á hacer lo mismo.
—¿Y V. por qué ha hecho eso?—le pregunté con la falta de delicadeza, mejor dicho, con la brutalidad de que solemos estar tan bien provistos los caballeros.{20-1}
—Por nada—repuso desprendiéndose de mi brazo repentinamente y echando á correr.
La seguí y la alcancé pronto.
—¡Qué polvorilla es V.!—le dije echándolo á broma{20-2}—¡Vaya un modo de despedirse!... Perdón si la he ofendido...
La niña, sin decir nada, volvió á tomar mi brazo. Caminamos un buen rato en silencio. Yo iba pensando ansiosamente en lo que iba á decir ó en lo que iba á hacer. Al fin, Teresa lo rompió, preguntándome resueltamente:
—¿No me dijo V. por carta que me quería?
—¡Pues ya lo creo que la quiero á V.!
—¿Entonces, por qué ha dejado de venir á verme y de pasar por la calle de día?
—Porque temía que su mamá...
—Sí, sí; porque los hombres son todos muy ingratos y cuanto más se les quiere es peor{20-3}... ¿Piensa V. que yo no lo sé?... Me ha tenido V. al balcón todas estas tardes esperándole; ¡pero que si quieres!{20-4}... Por la noche, detrás de los cristales, le veía pasar, muy serio, muy serio, sin mirar siquiera hacia mi casa... Yo decía, «¿Estará{20-5} enfadado conmigo? ¿Por qué se habrá enfadado? ¿Será porque he cerrado el balcón á las tres menos cuarto?» En fin, todo me volvía cavilar, cavilar,{20-6} sin sacar nada en limpio... Entonces dije: «Voy á darle un susto esta noche...»
—Ha sido un susto bien agradable.
—Si no llega V. á pararse delante de mi casa y á quedarse mirando á los balcones, no salgo{21-1} del portal... pero aquello me decidió.
Momento de pausa, en el cual me acudió á la mente un tropel de pensamientos que todavía me avergüenzan. Teresa volvió á mirarme fijamente.
—¿Está V. contento?
—¡Vaya!
—¿Va V. á gusto conmigo?
—Mejor que con nadie en el mundo.
—¿No le estorbo?
—Al contrario, siento un placer como usted no puede figurarse.
—¿No tiene V. nada que hacer ahora?
—Absolutamente nada.
—Entonces vamos á pasear: cuando llegue la hora, V. me lleva{21-2} á casa y mamá se figura que me trajo el criado de las primas... Pero si le estorbo ó no le gusta pasear conmigo, dígamelo V... me voy en seguida...
Yo le contesté apretándole el brazo y tirándole suavemente por la mano para encajárselo bien en el mío. Teresa continuó hablando con graciosa volubilidad.
—Parece mentira que seamos tan amigos ¿no es verdad? Yo pensé cuando le dejé caer la muñeca encima que le había matado... ¡Qué miedo tuve! ¡Si V. viera!{21-3}... Vamos á ver, ¿por qué en lugar de enfadarse se sonrió V. conmigo?
—¡Toma! porque me gustó V. mucho.
—Eso pensaba yo: debí de haberle sido{21-4} simpática, porque si no, la verdad es que tenía motivo para ponerse furioso. Todavía cuando V. subió á llevármela estaba muerta de miedo y por eso cerré tan pronto la puerta... ¡Dichosa muñeca! Me dió tal rabia que la tiré contra el suelo y la{22-1} partí un brazo.
—Pues no debe V. tratarla mal; al contrario, debe V. conservarla como un recuerdo.
—¿Sabe V. que tiene razón? Si no hubiera sido por la muñeca, no nos hubiéramos conocido... ni sería V. mi novio;... porque tengo otro...
—¿Cómo otro?
—Es decir, ya no lo tengo: lo tenía... Es un primo que está empeñado en que le he de querer á la fuerza... No vaya V. á creer que es feo... al contrario, es guapo... pero á mí no me gusta... No lo puedo remediar. Le dije que sí,{22-2} porque me dió lástima un día que se echó á llorar.
Mientras conversábamos de esta suerte íbamos caminando sosegadamente por las calles. Para evitar el encuentro con cualquier pariente ó conocido de la niña, procuré seguir las menos principales. Teresa iba cogida{22-3} á mi brazo como al de un antiguo amigo, hablando sin cesar, riendo, sacudiéndome á veces fuertemente y deteniéndose á lo mejor delante de un escaparate, para hacerme mirar cualquier chuchería. Su charla era un gorjeo dulce, insinuante, que me conmovía y refrescaba el corazón. Á impulso de ella se fué{22-4} disipando poco á poco el tropel de pensamientos pérfidos que vagaba por mi cabeza. Sin saber de qué modo, también desaparecieron todos mis temores; me figuraba que aquella niña tenía algún parentesco conmigo, y no hallaba extraordinaria y peligrosa nuestra situación como al principio. Su inocencia era un velo espeso, que nos impedía ver el riesgo que corríamos.
En poco tiempo me contó una infinidad de cosas. Era de Jerez; no hacía más que un año que estaban{23-1} en Madrid establecidos; su papá ocupaba un alto empleo; tenía dos hermanitos y una hermanita. Acerca del carácter y costumbres de cada uno de ellos se extendió considerablemente; la hermanita era muy buena niña, amable y obediente; pero los chicos insufribles; todo el día gritando, ensuciando la casa y peleándose. Su mamá le había dado jurisdicción sobre ellos hasta para castigarles, pero no quería usar de ella porque tenía miedo de que le perdiesen el cariño:{23-2} que la mamá se arreglara como pudiese.{23-3} Después habló del papá, que era muy serio, pero muy bueno; lo único que la tenía apesadumbrada era que parecía querer más á los chicos que á ellas.{23-4} La mamá, en cambio, mostraba predilección por las niñas. Habló después de las primas de la calle de Fuencarral; una era muy bonita, la otra graciosa solamente: las dos tenían novio, pero no valían{23-5} cuatro cuartos: chiquillos que todavía estudiaban en el Instituto. Tenían, además, un hermano, que era el primo que había sido su novio; éste ya era bachiller y se estaba preparando para entrar en el colegio de Artillería. De vez en cuando, en los cortos intervalos de silencio, levantaba graciosamente la cabeza, preguntándome:
—¿Va V. á gusto conmigo? ¿Le estorbo?
Y cuando me oía protestar vivamente contra semejante duda, su rostro expresivo se iluminaba de alegría y continuaba hablando.
Habíamos recorrido algunas calles. Ya puede V. imaginarse que yo iba gozando como los ángeles en el paraíso y pendiente de los labios de aquella niña, que al referirme todas las nonadas infantiles de su vida, parecía infundir en mi alma encantada la ciencia de la dicha. Sin embargo, no podía desechar cierta vaga inquietud que turbaba mi alegría. Buscando manera de pasar las horas de que disponíamos más dignamente que vagando por las calles, tropezamos al bajar la cuesta de Santo Domingo con el Teatro Real. Al instante se me ocurrió la idea de entrar. Teresa la aceptó inmediatamente, y á fin de que no reparasen en nosotros, tomamos entradas de paraíso. Se cantaba Los Puritanos, y aquél{24-1} rebosaba de gente; de suerte que nos costó algún trabajo introducirnos y escalar uno de los rincones; pero al cabo llegamos. Teresa se encontró admirablemente{24-2} y me pagaba los trabajos que había pasado para llevarla hasta allí con mil sonrisas y palabras amables. Mientras subían el telón seguimos charlando, aunque muy bajito: se había establecido entre nosotros una gran intimidad, y me abandonó una de sus manos que yo acariciaba embelesado. Cuando empezó la ópera, dejó de charlar y se puso á atender tan decididamente, que á mí me hizo sonreir el verla{24-3} con la cabecita apoyada en la pared y los ojos extáticos. Sabía música, pero había ido al teatro pocas veces; así que las melodías inspiradas de la ópera de Bellini le causaban profunda impresión, que se traducía por un leve temblor de las pupilas y los labios. Cuando llegó el sublime canto del tenor que empieza A te, oh cara,{24-4} me apretó con fuerza la mano exclamando por lo bajo:—¡Oh qué hermoso! ¡oh qué hermoso! Después me hizo explicarle lo que pasaba en la escena: halló el matrimonio del tenor y la tiple muy proporcionado, pero compadecía de veras al barítono, á quien birlaban la novia; quedó sumamente disgustada cuando al fin del acto el tenor se ve en la precisión de acompañar á la reina y dejar abandonada á su futura, y declaró resueltamente que ésta era una conducta indigna.
—Pero advierta V. que estaba obligado á hacerlo porque era su reina quien se lo pedía.
—No importa, no importa; si la quisiera bien, no hay reina que valga.{25-1} Lo primero siempre es la novia.
No me fué posible arrancarle tan extraña teoría de la cabeza. Después que bajó el telón, permanecimos en el mismo sitio y me obligó á contarle mi vida y milagros, cuántas novias había tenido, á quién había querido más, etc., etc. Ya comprenderá usted que necesité ensartar un sin fin de patrañas. Después, sin motivo alguno serio, manifestó rotundamente que todos los hombres eran ingratos. Yo me atreví á apuntar que había excepciones, pero no fué posible hacérselo reconocer.{25-2}—Usted será lo mismo que todos (anunció en tono profético y mirando á un punto del espacio); me querrá V. un poco de tiempo, y después... si te vi, no me acuerdo.{25-3}
¡Qué rato tan delicioso y tan infernal á la vez me estaba haciendo pasar aquella niña! Para llevar la conversación á otro punto,{25-4} le pregunté:
—¿Cuántos años tiene V.? Hasta ahora no me lo ha dicho.
—Tengo... tengo... mire V., yo siempre digo que tengo catorce, pero la verdad es que no tengo más que trece y dos meses... ¿y V.?
—¡Una atrocidad! No me lo pregunte usted, que me da vergüenza.
—¡Ah qué presuntuoso! ¡Si yo le he de querer lo mismo que tenga muchos que pocos!{25-5}
En seguida me propuso que nos tratásemos de tú,{26-1} pero después de aceptado{26-2} se volvió atrás ofreciéndome que yo la tratase de tú y ella siguiese con el V. No quise conformarme.
—Pues mire V., yo no puedo hablarle de tú; me da mucha vergüenza... Pero, en fin, vamos á ensayar.
Del ensayo resultó que para evitar el pronombre daba la pobrecilla infinidad de rodeos y se metía en una serie interminable de perífrasis: si se aventuraba á dirigirme un tú, lo hacía bajando la voz y pasando como sobre ascuas.
Cuando empezó el segundo acto, volvió á escuchar atentamente. Mis ojos no se apartaban casi nunca de su rostro: ella entornaba á menudo los suyos para dirigirme una sonrisa apretando al mismo tiempo mi mano. Observé, no obstante, que se había amortiguado un poco la viva expresión de su fisonomía y que iba perdiendo aquella graciosa volubilidad del principio.{26-3} Las sonrisas de sus labios se fueron haciendo tristes, y por la cándida frente pasó una ráfaga de inquietud que comunicó á su lindo rostro infantil cierta grave expresión que no tenía. Parecía que en virtud de un misterioso movimiento de su espíritu, la niña se transformaba en mujer en pocos instantes. Dejó de apretar mi mano y hasta retiró la suya: volví á cogerla disimuladamente, pero al poco tiempo la retiró de nuevo.
El segundo acto había terminado. Al bajarse el telón me hizo mirar el reloj, y viendo las once, dijo que era necesario partir en seguida, porque á las once y media, á más tardar, iba el criado á buscarla.
Salimos del teatro. La noche seguía tibia y estrellada: á la puerta aguardaba una larga fila de coches, que nos fué preciso evitar. Ya no había en las calles el movimiento de las primeras horas, pero con todo, seguimos las más solitarias. Teresa no quiso aceptar mi brazo como antes. Entonces me tocó llevar la voz cantante, y le dije al oído mil requiebros y ternezas, explicándola por menudo el amor que me había inspirado y lo que había sufrido en los días en que no pasé por su calle: recordéle todos los pormenores, hasta los más insignificantes, de nuestro conocimiento visual y epistolar, y le di cuenta de los vestidos que le había visto{27-1} y de los adornos, á fin de que comprendiese la profunda impresión que me había causado. Nada replicaba á mi discurso; seguía caminando cabizbaja y preocupada, formando su actitud notable contraste con la que tenía tres horas antes al pasar por los mismos sitios. Cuando me detuve un instante á respirar, exclamó sin mirarme:
—Hice una cosa muy mala, muy mala. ¡Dios mío, si lo supiese papá!
Traté de probarle que su papá no podía enterarse de nada, porque llegaríamos demasiado temprano.
—De todas maneras, aunque papá no se entere, hice una cosa muy mala. Usted bien lo sabe, pero no quiere decirlo. ¿No es verdad que una niña bien educada no haría lo que yo hice esta noche?... ¡ Si lo supiesen mis primas, que están deseando siempre cogerme en alguna falta!... Pero no piense V..., por Dios, que lo he hecho con mala intención... Yo soy muy aturdida... todo el mundo lo dice... pero también dicen que tengo buen fondo.
Al proferir estas palabras se le había ido anudando la voz en la garganta,{28-1} hasta que se echó á llorar perdidamente. Me costó mucho trabajo calmarla, pero al fin lo conseguí elogiando su carácter franco y sencillo y su buen corazón, y prometiendo quererla y respetarla siempre. Me hizo jurar una docena de veces que no pensaba nada malo de ella. Después de secarse las lágrimas recobró su alegría y comenzó á charlar por los codos. Me expuso en pocos instantes una infinidad de proyectos á cual más absurdos. Según ella, debía presentarme al día siguiente en casa, y pedirle al papá su mano: el papá diría que era muy niña, pero yo debía replicarle inmediatamente que no importaba nada: el papá insistiría en que era demasiado pronto, pero yo le presentaría el ejemplo de una tía, hermana de su mamá, que estaba jugando á las muñecas cuando la avisaron para ir á casarse. ¿Qué había de oponer á este poderoso argumento? Nada seguramente. Nos casaríamos, y acto continuo nos iríamos á Jerez, para que conociese á sus amigas y á sus tíos. ¡Qué susto llevarían todos al verla del brazo de un caballero, y mucho más, cuando supieran que este caballero era su marido!
Estaba tan linda, tan graciosa, que no pude menos de pedirle con vehemencia que me permitiese darle un beso. No fué posible. Ningún hombre la había besado hasta entonces; solamente su primo le había dado un beso á traición, pero le costó caro, porque le dejó caer dos vasos de limón sobre la cabeza: hasta en los juegos de prendas hacía que pusieran las manos delante,{28-2} para que no le tocasen la cara con los labios. Pero cuando estuviésemos casados, ya sería otra cosa; entonces todos los besos que se me antojaran, aunque sospechaba que no se los pediría con tanto ardor como ahora.
Estábamos próximos ya á su casa. Los carruajes de la gente que volvía de las tertulias, al cruzar á nuestro lado, apagaban la voz de Teresa y le obligaban á esforzarla un poco. Las estrellas desde el cielo nos hacían guiños, como si nos invitasen á gozar apresuradamente de aquellos momentos felices, que no habían de volver. Á lo lejos sólo se veían, como fuegos fatuos, los faroles de los serenos.
Llegamos por fin á casa. Delante de la puerta, Teresa volvió á hacerme jurar que no pensaba nada malo de ella, y que al día siguiente á las dos en punto de la tarde, me presentaría debajo de sus balcones.
—Cuidado que no faltes.
—No faltaré, preciosa.
—¿Á las dos en punto?
—Á las dos en punto.
—Llama ahora con un golpe á la puerta.
Cogí la aldaba y di un golpe fuerte. Al poco rato se oyeron los pasos del portero.
—Ahora—dijo en voz bajita y temblorosa—dame un beso y escápate de prisa.
Al mismo tiempo me presentaba su cándida y rosada mejilla. Yo la tomé entre las manos y la apliqué un beso... dos... tres... cuatro... todos los que pude hasta que oí rechinar la llave. Y me alejé á paso largo.
Dejó de hablar D. Ramón.
—¿Y después, qué sucedió?—le pregunté con vivo interés.
—Nada, que aquella noche no pude dormir de{29-1} remordimientos y al día siguiente tomé el tren para mi pueblo.
—¿Sin ver á Teresa?
Por Don Pedro Antonio de Alarcón{30-1}
No sé qué día de agosto del año 1816 llegó á las puertas de la Capitanía general de Granada cierto haraposo y grotesco gitano, de sesenta años de edad, de oficio esquilador y de apellido ó sobrenombre{30-2} Heredia, caballero en flaquísimo y destartalado burro mohino, cuyos arneses se reducían á una soga atada al pescuezo; y, echado que hubo{30-3} pie á tierra, dijo con la mayor frescura «que quería ver al Capitán general.»
Excuso añadir que semejante pretensión excitó sucesivamente la resistencia del centinela, las risas de los ordenanzas y las dudas y vacilaciones de los edecanes antes de llegar á conocimiento del Excelentísimo Sr. D. Eugenio Portocarrero, conde del Montijo,{30-4} á la sazón Capitán general del antiguo reino de Granada... Pero como aquel prócer era hombre de muy buen humor y tenía muchas noticias de Heredia, célebre por sus chistes, por sus cambalaches y por su amor á lo ajeno... con permiso del engañado dueño,{30-5} dió orden de que dejasen pasar al gitano.
Penetró éste en el despacho de Su Excelencia, dando dos pasos adelante y uno atrás, que era como andaba en las circunstancias graves, y poniéndose de rodillas exclamó:
—¡Viva María Santísima y viva su merced, que es el amo de toitico el mundo!
—Levántate; déjate de zalamerías, y dime qué se te ofrece...—respondió el Conde con aparente sequedad.
Heredia se puso también serio, y dijo con mucho desparpajo:
—Pues, señor, vengo á que se me den{31-1} los mil reales.
—¿Qué mil reales?
—Los ofrecidos hace días,{31-2} en un bando, al que{31-3} presente las señas de Parrón.
—Pues ¡qué! ¿tú lo conocías?
—No, señor.
—Entonces...
—Pero ya lo conozco.
—¡Cómo!
—Es muy sencillo. Lo{31-4} he buscado; lo he visto; traigo las señas, y pido mi ganancia.
—¿Estás seguro de que lo has visto?—exclamó el Capitán general con un interés que se sobrepuso á sus dudas.
El gitano se echó á reir, y respondió:
—¡Es claro! Su merced dirá: este gitano es como todos, y quiere engañarme.—¡No me perdone Dios si miento!—Ayer vi á Parrón.
—Pero ¿sabes tú la importancia de lo que dices? ¿Sabes que hace tres años que se persigue{31-5} á ese monstruo, á ese bandido sanguinario, que nadie conoce ni ha podido nunca ver? ¿Sabes que todos los días roba, en distintos puntos de estas sierras, á algunos pasajeros, y después los asesina, pues dice que los muertos no hablan, y que ése es el único medio de que nunca dé con él la Justicia?{31-6} ¿Sabes, en fin, que ver á Parrón es encontrarse con la muerte?
EL gitano se volvió á reir, y dijo:
—Y ¿no sabe su merced que lo que no puede hacer un gitano no hay quien lo haga sobre la tierra? ¿Conoce nadie cuándo es verdad nuestra risa ó nuestro llanto? ¿Tiene su merced noticia de alguna zorra que sepa tantas picardías como nosotros?—Repito, mi General, que, no sólo he visto á Parrón, sino que he hablado con él.
—¿Dónde?
—En el camino de Tózar.
—Dame pruebas de ello.
—Escuche su merced. Ayer mañana hizo ocho días{32-1} que caímos mi borrico y yo en poder de unos ladrones. Me maniataron muy bien, y me llevaron por unos barrancos endemoniados hasta dar con una plazoleta donde acampaban los bandidos. Una cruel sospecha me tenía desazonado.—«¿Será{32-2} esta gente de Parrón? (me decía á cada instante.) ¡Entonces no hay remedio, me matan!{32-3}..., pues ese maldito se ha empeñado en que ningunos ojos que vean su fisonomía vuelvan á ver cosa ninguna.»
Estaba yo haciendo estas reflexiones, cuando se me presentó un hombre vestido de macareno con mucho lujo, y dándome un golpecito en el hombro y sonriéndose con suma gracia, me dijo:
—Compadre, ¡yo soy Parrón!
Oir esto y caerme de espaldas, todo fué una misma cosa.
El bandido se echó á reir.
Yo me levanté desencajado, me puse de rodillas, y exclamé en todos los tonos de voz que pude inventar:
¡Bendita sea tu alma, rey de los hombres!... ¿Quién no había de conocerte{33-1} por ese porte de príncipe real que Dios te ha dado? ¡Y que haya madre que para{33-2} tales hijos! ¡Jesús!{33-3} ¡Deja que te dé un abrazo, hijo mío! ¡Que en mal hora muera{33-4} si no tenía gana de encontrarte el gitanico{33-5} para decirte la buenaventura y darte un beso en esa mano de emperador!—¡También yo soy de los tuyos! ¿Quieres que te enseñe á cambiar burros muertos por burros vivos?—¿Quieres vender como potros tus caballos viejos? ¿Quieres que le{33-6} enseñe el francés á una mula?
El Conde del Montijo no pudo contener la risa...
Luego preguntó:
—Y ¿qué respondió Parrón á todo eso? ¿Qué hizo?
—Lo mismo que su merced; reirse á todo trapo.
—¿Y tú?
—Yo, señorico, me reía también; pero me corrían por las patillas lagrimones como naranjas.
—Continúa.
En seguida me alargó la mano y me dijo:
—Compadre, es V. el único hombre de talento que ha caído en mi poder. Todos los demás tienen la maldita costumbre de procurar entristecerme, de llorar, de quejarse y de hacer otras tonterías que me ponen de mal humor. Sólo V. me ha hecho reir: y si no fuera por esas lágrimas...
—¡Qué, señor, si son{33-7} de alegría!
—Lo creo. ¡Bien sabe el demonio que es la primera vez que me he reído desde hace seis ú ocho años!—Verdad es que tampoco he llorado...
—Pero despachemos.—¡Eh, muchachos!
Decir Parrón{34-1} estas palabras y rodearme una nube de trabucos, todo fué un abrir y cerrar de ojos.
—¡Jesús me ampare!—empecé á gritar.
—¡Deteneos!{34-2} (exclamó Parrón.) No se trata de eso todavía.—Os llamo para preguntaros qué le habéis tomado á este hombre.
—Un burro en pelo.
—¿Y dinero?
—Tres duros y siete reales.
—Pues dejadnos solos.
Todos se alejaron.
—Ahora dime la buenaventura—exclamó el ladrón, tendiéndome la mano.
Yo se la cogí;{34-3} medité un momento; conocí que estaba en el caso de hablar formalmente, y le dije con todas las veras de mi alma:
—Parrón, tarde que temprano, ya me quites la vida, ya me la dejes..., ¡morirás ahorcado!
—Eso ya lo{34-4} sabía yo... (respondió el bandido con entera tranquilidad.)—Dime cuándo.
Me puse á cavilar.
Este hombre (pensé) me va á perdonar la vida; mañana llego á Granada y doy el cante; pasado mañana lo cogen... Después empezará la sumaria...
—¿Dices que{34-5} cuándo? (le respondí en alta voz.)—Pues ¡mira! va á ser el mes que entra.
Parrón se estremeció, y yo también, conociendo que el amor propio de adivino me podía salir por la tapa de los sesos.{34-6}
—Pues mira tú, gitano... (contestó Parrón muy lentamente.) Vas á quedarte en mi poder...—¡Si en todo el mes que entra no me ahorcan, te ahorco yo á ti, tan cierto como ahorcaron á mi padre!—Si muero para esa fecha, quedarás libre.
—¡Muchas gracias! (dije yo en mi interior.) ¡Me perdona... después de muerto!{35-1}