Una animación distraída circulaba por toda la plaza, y muchos prelados y dignatarios dejaban sus asientos para ir a tomar un refrigerio o una breve colación detrás de la gradería. En las ventanas y balcones las damas dejaban caer sus velos mostrando su famosa blancura y recibiendo refrescos y frutas confitadas de mano de los galanes. Ramiro sentía a través de sus pestañas asoleado movimiento de sedas en las tribunas. Galante murmullo bajaba ahora hasta él y parecíale respirar por instantes femeninos perfumes. Oíanse risas claras y festivas. Encima de su cabeza, el caballero que les había ofrecido los taburetes hablaba a media voz con una dama. Escuchó sin quererlo:

—Decid miedo y no desvío, mi señora; que no quisiera caer cual nuevo Icaro.

La mujer replicó:

—Pues pedid al amor, y no al antojo, sus alas de verdad, que ésas nunca se derriten con llevar ellas mes mas el fuego.

—¡Ah, esa tez, esa boca!

—¡Por Dios, don Gonzalo, haceisme daño con las sortijas!

Al oír aquel nombre Ramiro se enderezó con viveza y abrió del todo los ojos para disipar con la luz el doloroso recuerdo.

El sol, inclinado hacia el poniente, reverberaba en las fachadas fronteras y hacía resplandecer en las ventanas y balcones las joyas, el azabache, la blanca piel de los guantes, los abanicos dorados.

Llegoles por fin el turno a los que habían de morir. La poderosa emoción aplacó todos los rumores.

Aquellos infelices, que antes de dos o tres horas formarían horroroso amasijo de cuerpos carbonizados, subían a la jaula y escuchaban sus sentencias, unos impasibles, otros enloquecidos por el terror y haciendo temblar en la mano la vela verde encendida.

Gulinar fue arrastrada como una muerta; el espanto la hizo abjurar de sus creencias. En cambio, Aixa, apartándose del religioso, subió los peldaños con la resolución misteriosa de los sonámbulos. Ramiro oyó sorprendido que se la condenaba como relapsa, por haber sido reconciliada, cinco años antes, en un autillo de Murcia. Del tablado, de los techos, de los balcones, de toda la plaza, miles de voces la incitaban al arrepentimiento; pero muchos, que deseaban verla quemar en el brasero sin que fuese antes estrangulada, protestaban a gritos. No fue posible arrancarla una sola palabra; y cuando el religioso que la acompañaba señaló la cruz verde cubierta por el velo sombrío, ella volvió su rostro alargando el brazo derecho con un gesto de abominación. Entonces espantoso bramido, semejante a la explosión de una mina, estalló a la vez en todo el Zocodover. Oíanse vociferaciones brutales e inmundas. Algunos campesinos se frotaban los ojos con sus amuletos gallegos de azabache o con la cruz de sus rosarios, y rezaban en voz alta. Junto a Ramiro una aldeana harto hermosa, con retintos cabellos achatados sobre la frente y las orejas cubiertas por grandes conos de plata, gritaba sin descanso: «¡A hechizar demonios! ¡A hechizar demonios!» Religiosos de todas las órdenes se ponían de pie en las graderías y levantaban las manos para acallar a la muchedumbre.

Eran ya pasadas las cuatro de la tarde cuando el Secretario del Santo Oficio entregó los relajados al Corregidor y a sus tenientes.

Los reos fueron montados sobre escuálidos jumentos, y la trágica procesión enderezó por la Calle de las Armas, camino del quemadero. El auto continuaba, pero los familiares, según la nueva costumbre, subieron en sus caballos para presenciar el suplicio. La mayor parte del populacho se precipitó como un torrente en pos de ellos. Aguirre se había retirado hacía más de una hora, y Ramiro, bajando del taburete, se confundió con la muchedumbre, avanzando luego, sin ideas, sin designios, cual trágico despojo que arrastran las olas.

Después de seguir durante algunos minutos la ribera del Tajo, el humano tropel se detuvo en un paraje llano y descubierto, al comienzo de la Vega. Ramiro, movido ahora por misterioso impulso, hendió la muchedumbre hasta llegar a la fila de alabarderos. Sus ojos vieron entonces, a pocos pasos, sobre ancho terraplén de arena y de granito, seis palos de agarrotar con sus respectivas argollas, varias pilas de leña y una enorme cruz pintada de blanco. Hasta el símbolo de la sublime caridad tomaba en aquel paraje un aspecto repelente y cruel.

Confusa aglomeración de frailes, de verdugos, de alguaciles, cubrió al instante el ancho quemadero, rodeando a los condenados.

Con muy poca emoción vio Ramiro estrangular a los arrepentidos. Algunos, al morir, dejaban caer la coroza; otros la conservaban sobre su horrible cabeza colgante.

El sol, casi oculto tras larga nube cenicienta, bañaba de dorado rubor la llanura, las colinas, las casuchas blanqueadas del vecino arrabal de Antequeruela.

La tarde era lúcida y benigna. Un olor de tierra humedecida llegaba de la Vega. A esa hora, más de una mano morisca abría las acequias para embeber los regadíos.

La figura de Aixa apareció de pronto al borde del brasero. Sus amarillas ropas de infamia cubiertas de rojos pintarrajos absorbían la lumbre del poniente y cobraban sobre ella un esplendor bárbaro y fatídico. Hubiérase dicho la sacerdotisa de algún espantoso culto de inmolación y de éxtasis pronta a arrojar su sagrado cuerpo a las llamas. Un fraile dominico la predicaba sin descanso, y ora usando del ruego, ora de la amenaza, agitaba ante sus ojos la imagen de Cristo crucifijado. Por fin, todos oyeron la áspera voz del religioso, que gritó como enloquecido:

—¡Ultima vez: decid que abjuráis de vuestras creencias diabólicas!

Aixa meneó la cabeza negativamente. Los alguaciles, los tenientes y otros religiosos le mostraron todos a un tiempo la pila de leña preparada para el suplicio. Ella volvió a menear del mismo modo la cabeza. Entonces, el dominico, asiéndola de los hombros, la empujó hacia el verdugo.

Como si aquel movimiento hubiera soltado las traíllas a la furia popular, veinte o treinta energúmenos, hombres y mujeres, rompiendo la fila de los soldados, se precipitaron sobre el brasero para despedazar a la infiel. En cambio, los que querían verla morir en las llamas prorrumpieron a un tiempo en el mismo grito de protesta:

—¡No la matéis! ¡No la matéis!

Los verdugos se armaron con rajas de leña, y Ramiro advirtió que el hierro de una alabarda acababa de alzarse todo rojo de sangre. Sin embargo, un labriego logró llegar hasta la morisca y asestarla un garrotazo en el hombro; una vieja la hincó por la espalda la hoja de una tijera atada a un carrizo; un dardo, venido quién sabe de dónde, se le clavó en el costado.

En ese momento, cuatro sayones, aprovechando de la creciente confusión, levantaron a Aixa sobre la pila de leña, y habiéndola desvestido hasta la cintura, comenzaron a ligarla contra el madero. Ella ablandaba su cuerpo y echaba los brazos atrás para facilitar el suplicio. El ocaso hizo resplandecer cual claro marfil su admirable desnudez.

Cuando las primeras llamas, casi invisibles, lamieron sus plantas, Aixa, alzando los ojos al cielo, fijó su mirada en el delgado creciente de la luna, que brillaba apenas, por encima de la ciudad, entre nubecillas de oro.

Los leños, atizados con fuelles enormes, comenzaron a chisporrotear. El humo se inflamaba por momentos, formando lenguas amarillentas y fugaces que se perdían en el espacio. Aixa no se movía. Sus largos cabellos flamearon. El refajo que habían dejado sobre sus piernas ardió bruscamente. Una horrible convulsión corrió por todo su cuerpo. Entonces, imponente columna de humo y de pavesas la envolvió de súbito, ascendiendo acelerada y terrible en la penumbra de la tarde. El fuego rugía. De pronto, una primera ráfaga nocturna, desviando hacia atrás la densa humareda, dejó ver la cabeza de Aixa colgando del madero cual espantoso fruto de pesadilla.

Ante aquella visión Ramiro experimentó en toda su carne un estremecimiento profundo e imprevista congoja le contrajo la garganta al recordar las bellezas y delicias del precioso cuerpo que el fuego acababa de destruir. Pero, una presencia misteriosa dentro de su alma sofocó al nacer ese primer movimiento de ternura, haciéndole considerar que aquel humo sombrío de la hornaza era su abominable pecado, su lascivia, su deshonra, levantándose en partículas muertas para desvanecerse, para desaparecer del todo y por siempre en la inmensidad y en los vientos.

Esforzose en experimentar inmenso desahogo; esforzose en pensar con alegría que los ojos terribles de la sarracena habían chirriado en las llamas; que su carne maldita era ahora ardiente despojo cayendo a pedazos en la hoguera; que su misterioso poder y sus hechizos diabólicos se habían hundido con su alma en la negrura de los infiernos; y sintiendo correr las lágrimas por su rostro, postrose de rodillas entre los pies de la muchedumbre, exclamando con fuerza:

—¡Oh, santa, santa Inquisición, tu justicia me redime, tu hoguera me salva!

Ya los cadáveres de los otros ajusticiados ardían en montón sobre enorme pila incendiada, mientras las gentes del pueblo remolineaban en torno con los rostros iluminados por el movedizo resplandor, y mostrándose entre las llamas los miembros humanos que el fuego retorcía y levantaba por instantes como si conservasen aún restos de vida y de sufrimiento. A veces oíase un silbo peculiar y luego una chirriante crepitación, cual si una pella de sebo cayera sobre las brasas, y Ramiro escuchaba encima de su cabeza soeces exclamaciones y carcajadas espantosas que desconcertaban su entendimiento.

Asfixiado por el trágico hedor que desprendía el humano holocausto, tuvo, por fin, que levantarse, y, envolviéndose el rostro con la capa, se alejó a toda prisa en dirección a la ciudad, hablando consigo mismo y aglomerando oraciones y jaculatorias. La sombra ennegrecía los senderos.

Hacia el ocaso, al borde del cielo humoso y sombrío, angosta faja de crepúsculo se apagaba despacio como la muriente lumbre de un horno.

IV

Desvelado por la grandiosa esperanza que acababa de encenderse en su pecho, no le fue posible dormir un instante en toda la noche. A la vez, su pensamiento arrastraba, a pesar suyo, las más importunas imágenes del pasado, comparable al río torrentoso que se enturbia con sus propias orillas.

Sentía Ramiro ansias inmensas de soledad y el horror de toda voz extraña, de todo ajeno semblante.

Pasadas las cinco de la tarde dejó la posada y dirigiose a los ásperos collados del mediodía. Al cruzar el puente de San Martín, una tapada se le interpuso en el camino y con gracioso ademán abrió y cerró súbitamente su velo, enseñándole el rostro. Fue como un relámpago. Sin embargo, Ramiro reconoció al instante los ojos de Casilda, y en vez de detenerse, terciose la capa y enderezó a toda prisa hacia la otra ribera.

Después de errar más de media hora, en la dirección del sudeste, sin alejarse del río, vio asomar una cruz entre los cantos. Era la cruz de una ermita construida al borde del abismo. Acercose; y a pesar de su profunda tribulación, la sorpresa del cuadro dejole absorto un momento, haciéndole presentir un sentido provechoso para su alma.

Frente a él, en la margen opuesta, Toledo se extendía de naciente a poniente, escalonando sobre el alto peñón sus tejados grises, sus pálidas paredes, sus torres numerosas. Liso y vertiginoso escarpamiento caía desde la ciudad hasta el fondo de la angostura, cubierto al parecer de vieja ceniza deleznable, como si el fuego de Dios hubiese pasado por allí, arrasando toda raíz y toda simiente. Ramiro pensó con religioso espanto en las cuestas del eterno castigo que los réprobos tienen que trepar con los pies y con las manos, para caer de nuevo en las ondas inflamadas, y volver a trepar y a caer sin perdón y sin tregua, indefinidamente.

Sentose sobre un peñasco.

El río se deslizaba a una hondura terrible entre rocas herrumbradas y fieras. Pareciole un río de culpas y expiaciones, como los que forja la imaginación al pensar en los infiernos. Hubiérase dicho que dolorosos espectros pasaban en procesión, allí abajo, rozando las ondas con sus colgantes velos obscuros.

Entretanto el caserío tomaba, con la hora, desolada blancura de huesos en el yermo, y toda la ciudad, mirada a distancia, a través de la vibradora penumbra, parecía una ciudad de otro mundo, una ciudad fuera de la vida y del tiempo, mística y anhelosa como los salmos.

En la parte más elevada, sobresalía el Alcázar bañado en melancólico reflejo crepuscular. Ramiro recordó con misteriosa inspiración que aquellos muros habían alojado a uno de los reyes más gloriosos de la historia, a un monarca de monarcas que acabó por arrojar el cetro y la corona para refugiarse en escondido monasterio; y, al pronto, el fantasma del Emperador Carlos Quinto apareció ante sus ojos con el rostro medio oculto por la capilla de un hábito.

¡Ah! ¡aquel sayal sobre el dueño del mundo...!

El sol se ocultó detrás de los cerros, y la ciudad tomó una coloración mustia y violácea, cual si fuera contemplada al través de transparente amatista. Algunas vidrieras que habían flameado un instante se apagaron. Ramiro dejose penetrar por el sagrado recogimiento, presintiendo un signo, una voz de lo alto. En ese instante las campanas de la ciudad rompieron a tocar las oraciones. Los tañidos concertaban a distancia un canto prolongado y conmovedor que hacía pensar en las letanías de la muerte, y hubiérase dicho que la peña que sustentaba los numerosos campanarios vibraba a su vez como la caja de un órgano. Ramiro acordose de las campanas de Avila, de las tardes de su niñez en la torre solariega y de su madre, siempre llorosa, siempre enlutada, siempre taciturna.

Rezó las avemarías. Estaba redimido, estaba purificado, pero sentía su pecho ávido y triste, como un arroyo sin agua. Quiso entrar en la ermita para verter al pie del altar su congoja profunda. Levantose. El suelo y las rocas oscilaban a su alrededor; su cuerpo, aligerado, iba a desprenderse, sin duda, de la tierra. De pronto, un fuego, una inflamada saeta, venida de lo alto, se le entró por el pecho, sumergiéndole durante algunos segundos en un estado delicioso, gozado sólo con el alma.

Luego, todo pasó. Creyó entonces que había sido trasverberado como la Madre Teresa de Jesús, y que Dios acababa de abajarse hasta él en todo su poder y misericordia, para hacerle probar un sorbo, apenas, de los goces que le esperaban cuando su alma, vencedora del mundo, se entregase por fin, con soberana pasión, a la soledad y a la penitencia.

Un instante después regresaba a la ciudad en busca de un convento donde le cambiaran las ropas de caballero por un sayal de ermitaño.

V

Vestido de áspero buriel y sosteniendo con el bordón, por encima del hombro, la humilde barjuleta que le aparejaron para el viaje las religiosas franciscanas de San Juan de la Penitencia, marchose Ramiro de Toledo, a la mañana siguiente, tomando a través de los montes la dirección del mediodía.

Llevaba todo el cabello hacia atrás, la frente sin ceño, los ojos humedecidos.

Caminó muchos días, de sol a sol, bebiendo de bruces en los arroyos y comiendo los mendrugos que le daban los labradores. Más de un compasivo caminante le ofreció llevarle en el anca de su cabalgadura; pero él sonreía santamente y marcaba en el polvo con más fuerza la huella de sus sandalias. Dormía en el corral de las ventas o al borde de los caminos, donde le tomaba la noche.

Por fin, una madrugada, después de larguísimo viaje, llegó a divisar desde lo alto de un cerro la blanca ciudad de Córdoba, bañada en el rubor húmedo y radioso del amanecer. Se hizo señalar desde allí, por una frutera que pasaba, el convento de las monjas del Carmen, y al pensar que bajo aquella cercana techumbre se hallaba su madre, sintió que los sollozos le entrecortaban el aliento.

Sin querer acercarse a la ciudad, y apartándose de los senderos, descubrió por fin, en el flanco de la montaña, una gruta escondida entre malezas y arbustos. Había en su interior una mesa hecha de ramas de alcornoque sin descorchar, un tintero de raíz de naranjo, un taburete, un azadón y varios cacharros hundidos en el lodo. De la parte más alta, colgaba un antiguo traje de caballero, y además, semejante a dos perniles ahumados, un par de botas de camino con sus espuelas.

Esa misma noche, al encender el candil que llevaba consigo, y al ir a acostarse sobre un montón de hojarasca, hacia el fondo de la gruta, hallose con el cuerpo momificado de un viejo anacoreta, que apretaba todavía entre sus manos resecas las cuentas del rosario. Ramiro dejose caer de rodillas y alzó los brazos al cielo, dando gracias a Dios por haberle puesto, a la vez, en su camino, el anhelado refugio y el ejemplo de aquella muerte.

Al otro día, por la mañana, dio sepultura al ermitaño y ordenó lo mejor que pudo el interior del obscuro escondrijo, donde había resuelto pasar todo el resto de su existencia.

Muy pronto una sublime voluptuosidad inundó su corazón. La continua plegaria, el total desprecio del mundo y, sobre todo, las arduas e ingeniosas penitencias que se impuso, le hicieron conocer el inefable orgullo de la santidad; orgullo grandioso que le dilataba el alma infinitamente, y le alzaba con sublime vuelo sobre las miserias del hombre. Se comparó a los admirables anacoretas de la Tebaida, y tuvo por seguro que en los tiempos venideros su historia sería leída en hogares y refectorios para edificación de las almas.

Las religiosas de Toledo habíanle puesto en el zurrón algunos libros de mística. Conducido por aquellas lecturas, Ramiro se propuso recorrer las tres vías espirituales descritas en los tratados, y lograr al fin la posesión de esa gloria máxima que había buscado hasta ahora por engañosos caminos.

Pero la llama de los primeros días no pudo mantenerse; ya no volvió a sentir aquellos arrobos que encendían en la cripta de su alma las lámparas de fuego de que hablaba Fray Juan de la Cruz. La noche de frío y de tinieblas cayó sobre su corazón; la lobreguez y la humedad de su guarida comenzaron a hastiarle; la lectura se le hizo insufrible.

Algunas tardes, deseando respirar libremente, salía a pasearse por la montaña hasta la noche. La brisa era siempre deliciosa y traía de los cortijos un perfume de azahares que reblandecía la voluntad y alejaba toda idea de penitencia. Sonrisas de mujeres, carmines de labios entreabiertos, maliciosos pestañeos, aparecían ante él en la penumbra rosada o bajo la sombra azul de los árboles.

Una apatía, una pereza invencible comenzó a postrar como un ensalmo sus miembros y su espíritu, hasta hacerle pasar la mayor parte del día tendido en la cama del anacoreta, ocupado en contar los hoyuelos de la roca o las gotas de agua que caían de las vertientes. Las lagartijas, las cucarachas, los ratones y muchos insectos que le eran desconocidos, acabaron por trepar sobre su cuerpo, y él, en vez de espantarlos, mantenía completa inmovilidad, a fin de observar de cerca todos sus movimientos.

Pasó semanas enteras sin rezar el rosario y sin bajar a la ciudad para oír la misa del domingo y pedir provisiones, como era su costumbre.

Cierta mañana escuchó una voz de mujer a pocos pasos de la gruta:

Cantan de Oliveros e cantan de Roldán
e non de Zurraquín, cá fue gran barragán.

Cantan de Roldán o canta de Olivero
e non de Zurraquín, cá fue gran caballero.

Era un doble estribillo que Medrano, el escudero, no se cansaba de repetir. Pareciole la voz de Casilda. ¿No sería algún engaño de los sentidos? Levantose y miró un momento hacia afuera. Una mujer, cubierta de un velo verdoso, bajaba de prisa por la cuesta; y la canción caía y se alejaba con ella graciosamente.

Otra mañana, recogiendo leña por el contorno, descubrió al pie de un árbol una espada cubierta de herrumbre. Llevola a su escondrijo y frotola fuertemente con la arena humedecida. Era un arma señoril: varios anillos de plata ceñían la negra vaina de cuero; la hoja tenía la marca de Hortuño; la guarnición era calada y fina, como una randa.

Aquel trivial incidente vino a arrancarle de su pereza. Desde entonces pasaba horas y horas acicalando la espada en sus menores intersticios; y se complacía en sacarla a la luz para hacer correr una llama de sol a lo largo de la hoja, en empuñarla y blandirla con fuerza, en hacerla resoplar en el viento.

Ya no salía nunca hacia el bosque que no la llevase consigo; y a veces, mirando hacia una y otra parte, como si alguien pudiera sorprenderle, hincaba la punta de cierto modo en el tronco de los árboles para recordar la terrible estocada con que había dado muerte a Gonzalo.

Su sangre se enardeció de nuevo, y su espíritu, inflado otra vez con el viento de la honra, volvió a soñar en los triunfos y loores de la vida y en todas las hazañas que él hubiera podido realizar por el mundo.

Hallábase una tarde del mes de Septiembre sentado sobre un alto peñasco, y meditando la idea de visitar en breve a su madre, cuando vio subir por la cuesta, sobre una mula parda, a un anciano enjuto y esbelto que agachaba la cabeza y miraba con singular atención hacia la gruta.

El hombre volvió a pasar a la mañana siguiente, mirando siempre con la misma curiosidad.

Por fin, un día en que Ramiro llegó a sentir de modo insufrible el tormento del hambre, el anciano misterioso acertó a pasar a la hora del anochecer, llevando por delante, sobre la silla, un cesto pequeño lleno de hogaza y una ristra de cebollas colgada del hombro.

Ramiro caminó hacia él, exclamando:

—¡Dadme, por Dios, una cebolla y un poco de pan!

El hombre prosiguió su camino.

Ramiro, entonces, con voz amenazadora y más fuerte, repitió:

—¡Por el amor de Dios, dadme un poco de pan!

Pero el desconocido, sujetando apenas la mula, contestó secamente:

—Mejor sería ir a ganalle con vuestros brazos. ¿Pensáis acaso que esa roñosa pereza borra crímenes y perjurios?

El se le cruzó en el camino, y asiendo con una mano el freno de la cabalgadura, levantó con la otra su crucifijo de bronce, repitiendo:

—¡Dadme, os digo, unas migajas, en nombre de Nuestro Señor Jesucristo!

Entonces, el anciano, inclinó su cuerpo hacia adelante y, por toda respuesta, escupió dos veces con bárbara osadía la santa imagen del Redentor. Ramiro exhaló un grito de espanto. Su cuerpo vacilaba combatido por dos impulsos adversos. Por fin, corriendo con ímpetu a la cueva, cogió la espada y se vino derecho hacia el hombre, con la intención de darle muerte allí mismo. Pero al levantar la punta para hundirla en aquel pecho sacrílego, una voz recia y dominante, una voz que penetró en sus entrañas, le contuvo de golpe:

—¡Ah! ¡Ramiro, Ramiro, sólo falta agora que acuchilles al hombre que te engendró!

Al pronunciar estas palabras, el caminante quitose el ancho sombrero que llevaba, a fin de descubrir su cabeza y mostrar mejor todo el rostro. Ramiro experimentó profunda conmoción. Acababa de reconocer al misterioso personaje del arrabal de Santiago, al abnegado morisco que le había salvado la vida, dejándole después, como recuerdo, la valiosa daga sarracena.

—Sí, yo te engendré en la altiva doña Guiomar—prosiguió el anciano—y tu agüelo prefirió casalla en seguida con el viejo don Lope, en odio a mi raza y a mi creencia. Luego, allá en Avila, te di la vida por segunda vez, sacándote de entre las dagas de los creyentes; y fui expulsado de Castilla como traidor. Pero tú, Ramiro, me pagaste en buena moneda cristiana, faltando a tu juramento y entregando a la Inquisición a la infelice Gulinar y a Aixa, a Aixa la jarifa, a Aixa la santa, para que fuesen arrojadas a la hoguera, después de haberte curado y regalado con tanto amor como ellas te tenían!

Las lágrimas brotaron de sus ojos, y con voz temblorosa, exclamó por fin:

—¡Ah! No quiero maldecirte, porque la maldición de un padre es siempre escuchada por Alá...; no, no me atrevo a maldecirte...!

Con estas palabras agitó su mano izquierda hacia atrás, y taloneando fuertemente la mula, dejó caer al suelo toda la hogaza, desapareciendo en seguida entre los peñascos.

Ramiro le miró partir sin llamarle, y caminando hacia la cueva, fue a sentarse en el rincón más obscuro, oprimiendo el crucifijo contra su pecho.

¿Qué había escuchado? ¿Su padre? ¡Un morisco!

Todos los enigmas de su vida acudían a su memoria: la soledad de su infancia, la dureza del abuelo para con él, la continua y llorosa melancolía de doña Guiomar, las especies tan extrañas que había suscitado su lance con los conversos, el súbito desvío de Beatriz, el denuesto de Gonzalo en la callejuela... ¡el abnegado amor de aquel hombre de otra fe, de otra raza!; y vio que todo resultaba harto comprensible a la luz de la espantosa revelación.

¿Sería verdad? ¿Sería, en efecto, hijo de moro? ¡Ah! Más valiera entonces romperse las venas y dejar que toda su sangre se derramase sobre el lodo de la ignorada caverna. Su razón cayó en espantosa vorágine. Las ideas parecían ulular y remolinear como los vientos en una noche de vendaval. No quería, no quería pensar, y se hincaba las uñas en la frente para aturdirse, agitaba los brazos en las tinieblas, resoplaba con furia como un hombre enajenado por el terror; pero la cavilación era cada vez más inexorable, más elocuente, más honda. Unas veces reía de su propia credulidad, desechando como el más grande de los absurdos las palabras del moro; otras llegaba a sentir total convencimiento, y se sorprendía de no haber concebido hasta ahora ninguna sospecha en medio de tantos indicios.

De pronto, el mismo horror de aquella incertidumbre, le yergue sobre los talones. Enciende la candileja. Un pensamiento instantáneo acaba de cruzar por su mente. Sube al escabel, descuelga los viejos vestidos y las botas que penden de lo alto de la gruta. Un bolsillo de monedas suena en los gregüescos.

Cuando hubo cambiado el sayal por aquellas ropas de otro tiempo y ceñido la espada, salió de la cueva y se puso a errar en la noche. No le quedaba ahora otra idea que huir sin descanso hacia el mar, otra esperanza que los galeones.

Soñaba en alguna región de las Indias, donde las plantas, las frutas, las aves, las estrellas, todo fuera nuevo para él y nada le recordase la tierra vieja y maligna en que había nacido, aquella tierra en que todo era adversidad, maleficio, embrujamiento. Sólo así podría escapar a la maldición que le perseguía quizá desde el vientre de la madre.

Caminó incansablemente, empujado como Ashavero, por un viento misterioso que no movía las hojas de los árboles, y que él, con todas sus fuerzas, no hubiera podido resistir.

De noche, en las ventas, al verle aparecer con el anticuado traje y la luenga barba en desorden, más de un gañán empinaba de golpe la taza de vino y se escapaba al corral haciéndose cruces.

En cambio, de día, al cruzar por los pueblos, los chiquillos se mofaban de su estampa y le arrojaban por detrás cáscaras de nueces y puñados de polvo.

Con el dinero que había encontrado en los gregüescos compró una mula para abreviar el camino y un capote para cubrirse, y de este modo, después de innumerables peripecias, llegó, por fin, a la ciudad de Cádiz, a mediados de diciembre.

El mismo día, recorriendo las calles, vio una bandera de compañía colgada de una ventana; preguntó por el capitán y le dijeron que se había marchado la víspera para Jerez. Iba a retirarse, cuando un soldado, que estaba sentado en un poyo, junto a la puerta, exclamó:

—Si vuesa mercé, seor caballero, quiere hablar con Pablo Martínez, el alférez, ahí le tiene a su derecha.

Ramiro volvió el rostro y su asombro fue inmenso al ver cruzar la calle a su antiguo paje vestido con galas de soldado.

Pablillos llegaba apenas de Flandes. En una escaramuza, cerca de Groninga, dos compañías de escopeteros españoles, sorprendidas por una carga del enemigo, volvieron la espalda para salvarse. Sólo Pablillos permaneció en su puesto sin hacer el menor ademán. Al siguiente día le hallaron en el mismo paraje, tendido boca abajo; había perdido el habla y estaba cubierto de contusiones. Esto le valió la bandera. Algunos dijeron entonces que el miedo no le había dejado menearse; otros, que se había agazapado bajo la cureña de una culebrina; pero ahora los nuevos soldados le miraban como a un héroe, y toda la población como a una gloria gaditana. Al reconocer a Ramiro, le prometió ayudarle en lo que pudiese, y cuando supo su resolución de entrar en la compañía como soldado, llevole en persona a comprar lo que hubiera menester para embarcarse. Debían zarpar para el Perú a fines de diciembre.

El día veinticuatro de aquel mes, pasadas las seis de la tarde, tres gruesos galeones dejaban la bahía, desplegando una a una sus velas numerosas, que tomaban al pronto en el crepúsculo vivo tinte de oro y de sangre.

En uno de ellos iba Ramiro asomado a la borda, y tendiendo su mirada, su imaginación y toda su alma hacia la fabulosa esperanza del horizonte.

Las tres farolas de popa se encendieron, y las naves tomaron la ruta de América.

Entretanto, allá en la ribera, hacia la punta de San Felipe, una muchacha, con los zapatos despedazados y echada de pechos sobre la última roca, miraba, sollozando, aquellas luces mortecinas, cada vez más pequeñas, cada vez más lejanas; y la marea, aislando poco a poco el escollo, jugaba con su manto verduzco, apagaba sus lamentos, se llevaba sus lágrimas, y le murmuraba al oído enorme y despiadada canción que reía con las espumas.