El monarca más poderoso de la tierra, el rey taciturno y papelero, estaba sentado en una silla frailuna, con una pierna extendida sobre un taburete y el codo apoyado en una tosca mesa de roble, anotando sin cesar, con su propia mano, pilas enormes de documentos. En pie, a su izquierda, Santoyo, su ayuda de Cámara, tomaba las fojas y espolvoreaba de arenilla la reciente escritura.
Felipe Segundo debía de estar harto enfermo. Su tez había cobrado opaco blancor de yeso humedecido.
No se oía en la estancia otro murmullo que el rasguear incesante de las péñolas en el papel.
Afuera el aire resplandecía y el cielo azul brillaba como un límpido esmalte sobre la austera y rocosa campiña. Por momentos el Rey levantaba la cabeza para meditar, y la luz que entraba por los vidrios desteñía del todo sus pupilas quietas y aceradas de serpiente.
Don Alonso esperaba junto a la puerta, y, para distraer su emoción, desviaba por momentos los ojos hacia una extraña pintura suspendida del muro: loca apariencia, de zodíaco infernal, lleno de condenados y demonios.
Aquel monarca no precisaba del aparato de los tronos. Cuando llegó el momento de entregarle la esquela del Conde y doblar ante él la rodilla, don Alonso sintiose temblar de la cabeza a los pies. El Rey leyó brevemente. Luego, su boca fría, violácea y duramente crispada hacia adentro, como si mordiese ya la acre ceniza de todas las glorias del mundo, dejó escapar, moviendo levemente los labios, una voz apenas perceptible:
—Si fueseis tan leal vasallo como el Conde asegura—dijo—bien pudisteis prevenirnos de la aleve traición que se tramaba a vuestra vista.
Don Alonso quiso entonces decir lo que llevaba ordenado en su memoria; pero sus ojos se encontraron con los del Rey, y su razón, inhibida de pronto, no halló sino vocablos importunos, deshilados, inocuos:
—¡Vuesa Majestad no debe dudar... yo nunca imaginé... soy todo inocente!
El Rey le detuvo con un ceño y sus labios volvieron a moverse. Pero esta vez nadie, ni acercando el oído a su rostro, hubiera podido distinguir una sola palabra. Era como el monótono zumbido de un insecto, el mismo lenguaje incomprensible y sordo que exasperaba a los emisarios de otros soberanos.
Por último, la mano que descansaba asida a la cadena de oro del toisón, una mano de cadavérica blancura, levantose en el aire señalando la puerta; y como don Alonso vacilara, el regio ademán acentuose con un estremecimiento perentorio del índice. Toda réplica hubiera sido fatal. El caballero obedeció.
Cuando Blázquez Serrano se halló de nuevo a solas, en su coche, camino de Avila, el fuego de la honra comenzó a encenderle la sangre. Ya no quería seguir meditando en la enormidad del ultraje recibido, buscaba sólo la forma de la venganza. Pensó con admiración y con envidia en su amigo Antonio Pérez; pensó en huir como él a una corte extranjera y lanzar desde allí contra el tirano las silbadoras saetas de su rencor. De esta suerte haría eterno su nombre, y su honra vengada pondríase a la par de la grandeza del Rey. Al concebir esta idea, una puerta ilusoria abriose de pronto en su imaginación, y sus ojos vieron de nuevo la figura sobrehumana de Felipe Segundo siguiéndole con la mirada a lo largo de los caminos. Todo su brío se desplomó. Hallose anonadado, vencido, por algo irresistible, como el poder de un hechizo funesto. ¡Ahora sí que su garganta sentía la hez nauseabunda de las ambiciones palaciegas! Asaltole frenética ansia de dejar de existir para el siglo, de entregar lo que le restaba de vida al servicio de Dios, entre los cuatro muros de una celda.
Al día siguiente, al acercarse a Avila, ordenó al cochero que se llegase al convento de Santo Tomás. Quería hablar de paso con el Prior.
Era un mediodía frío y luminoso de fines de octubre. Los arrieros moriscos dormían al borde de la carretera, junto a sus botijos, echados panza arriba, como asesinados. La ciudad de las herrumbradas murallas y poderosos torreones parecía hartarse de sol. Reinaba en torno un sosiego resplandeciente y adusto. Don Alonso recordó el verso de Alighieri:
Loco e in Inferno detto Malebolge,
Tutto di pietra e di color ferrigno,
Come la cerchia che d'intorno il volge.
Entró derecho a la celda de su amigo atravesando el Patio del Silencio. Abrió la puerta con suavidad. El religioso dormitaba extendido de espaldas sobre rústica tarima; su boca, entreabierta, sonreía dichosamente. Una de sus piernas colgaba fuera del lecho, y el pantuflo, sostenido sólo por los dedos del pie, rozaba las losas. Blázquez Serrano, antes de despertarle, contemplole unos minutos con envidiosa admiración.
Una hora después salía del convento resuelto a ingresar a las órdenes.
Quiso entrar a su palacio por la puerta del corral, y subió cautelosamente las escaleras, pasando por la librería y avisando silencio a los criados que se adelantaban a recibirle.
¡Cuán hondo movimiento de fastidio produjeron ahora en su ánimo aquellos vastos salones, donde había aglomerado con obstinada pasión tanto objeto valioso, escogido y adquirido por él, en sus viajes!
¡Oh tediosas vanidades! ¡Cuánta pena inútil, cuánta ceguera, cuánta puerilidad significaban aquellas fruslerías entre el amargo realismo de la existencia! ¿Para qué tanto afán disipado en colorir y labrar marfiles y leños, en retorcer la pasta quemante del vidrio, en incrustar ataujías ante la expectativa de la muerte?
¡Y qué decir de la pompa de los estrados, del boato de las colgaduras, del aparato de las libreas!
¡Ah, tantos años sin encontrar la verdad! ¡Pero ahora, al menos, la veía ante sus ojos como escrita en letras de fuego sobre el muro: librarse cuanto antes de la pesadumbre de la riqueza, ir en pos de la quietud, de la humildad, del escondrijo espiritual, lejos de la intriga mundana, lejos de los rostros crispados por la codicia y el odio, y dirigir todas las potencias del alma hacia el supremo objetivo de la salvación! Era ya un anciano y no podía ofrecer al Señor sino un pasado de crímenes y un aparato caedizo y funesto de vanagloria.
Habíase sentado en un sillón de la librería, esperando que aderezaran su lecho.
—Aún queda remedio—se dijo de pronto, y levantose bruscamente para hacer llamar a su confesor y consultarle, sin demora, la reciente determinación de ingresar a las órdenes. Pero, al acercarse a una puerta, su oído comenzó a escuchar un acompañamiento de rabel y una voz juvenil y melodiosa. Despegó azoradamente los labios. ¡Su hija!
De estancia en estancia fuese acercando a la alcoba. La puerta mal cerrada dejaba una abertura, pero don Alonso no pudo ver sino a la dueña que, sentada sobre un almohadón, seguía el compás con la cabeza, entrecerrando los ojos. Beatriz cantaba:
Ventura quiso qu'os viese,
amor que luego os amase,
ausencia que n'os mirase
porqu'en veros no muriese:
todo lo hizo ventura,
ventura fue conosceros,
conosceros fue quereros,
quereros fue desventura.
Presentes penas mortales
causan dolor verdadero;
sus muestras hacen señales
del triste mal venidero:
la muerte siento venir,
porque ventura consiente,
qu'el grave dolor presente
descubre lo por venir.
Con el último acento de aquella vieja canción castellana, doña Alvarez exclamó:
—¡Pascua de flores, ángel de alcorza! ¡Quién fuera vuestro galán para escuchar a vuestras plantas ese blando tañer y esa voz tan regalada, que hace correr las lágrimas de puro deleite! Yo sé de uno que daría las niñas de sus ojos por sólo haberos escuchado agora, señora mía.
—¿De Ramiro dices?—preguntó la doncella.
—Callad con ese espectro de noche, verdacho como una aceituna, soberbioso y figurero como un rey de farándula, que no le quisiera yo para mí, con ser viuda y quintañona. De otro digo, rubio como un ángel y el más alindado de los galanes. ¡Ah, quién me diera vuestra doncellez para dejarle hacer su deseo!
—¿Qué nuevo presente os ha enviado el regidor? ¿Qué manto, qué sortija, qué conservas?
—¿A mí con eso? Bien sabe Dios cuán limpias están aquestas manos hidalgas de grasa corredera.
—Es gentil hombre en verdad don Gonzalo—interrumpió Beatriz poniendo su índice en la mejilla, con pensativo mirar.
Luego, atiesando graciosamente su cuerpo, exclamó:
—Yo no sé, Alvarez, lo que pasa en mi corazón. A las veces sólo quiero acordarme de Ramiro, y me siento como hechizada. ¡Ah, y qué celos me asaltan! Tengo celos no sé de quién, celos rabiosos de todos los estrados, de todas las celosías e aun de la fontana de la plazuela con sus mozas de cántaro. ¿No echaría sobre mis ropas o mis cabellos algún polvo de brujas el día aquel de las polillas?
—Bien pudo ser, pues ha sido harto aficionado a las mozas moriscas del arrabal, que han debido enseñarle, de seguro, los filtros, el aojamiento, las nóminas y todas sus tretas malditas.
—Sois una perra—como dice Leocadia.
—Buena borrasca es ella.
—Otras veces, de noche, metida en la cama, dame pavor, Alvarez, pensar en Ramiro. Paréceme que viene a matarme, que está escondido en algún rincón de mi cámara haciendo mover las colgaduras y crujir los arcones; y a la mañana siguiente huélgame oírte hablar de Gonzalo. Donoso lo es en verdad el señor regidor. Me quiere desde que yo era ansí, ansí, y qué rendido y alfeñicado. Pero mi padre dice que el linaje de los San Vicente no vale dos habas.
—Eso dirá—interrumpió la dueña;—pero yo recuerdo haber oído afirmar al señor canónigo Miguel de la Higuera, gran sabidor de abolengos, que los señores de San Vicente eran de muy antigua casa, que guerreó mucho con los moros, y vienen de una María de la Cerda, y cuentan con dos condestables de Castilla, y tienen sus armas pintadas en los sitiales de la capilla mayor de San Vicente de esta ciudad. ¿Acaso no va predicando la alteza de la casta el mesmo continente de don Gonzalo? ¿Viose nunca un mancebo más cortés, más bizarro? ¿Cuál otro más diestro en las armas, cuál otro danza y tañe como él? Narciso en lindeza, Aquiles en valentía, en música un Orfeo. Y qué recato para penar, qué constancia en el querer. A mi fe, señora, que si él no consigue hablaros una vez tan sólo, una de estas noches, mataréis con vuestro rigor al galán más gentil que jamás vieron los ojos.
—Eso no podría ser sin daño para mi honra—repuso brusca y nerviosa Beatriz.
Luego, como olvidando aquel pensamiento, prosiguió:
—Ciertamente Gonzalo es harto rendido. Cuanto más dura soy con él más parece desearme. Yo le quiero, le quiero de veras, Alvarez. En cambio Ramiro tan pronto se derrite como se enfada; hoy es arrope, mañana vinagre. Más orgulloso no lo hay. Yo no debiera pensar más en él y dar mi mano al regidor; pero ansí que cierro los ojos, le veo en mi mente con su lindo rostro tan pálido, la capa levantada por el estoque y la gran pluma negra que estila—agregó figurándola con el gesto al costado de su cabeza.—Nunca me acontece confundir sus pasos en la calle, cuando corro a la vidriera. Sus espuelas arañan las losas, tric, tric, tric, tric, y a veces la contera va dando contra el muro, tac, tac... Mi padre dice que Ramiro desciende de los linajes más antiguos y claros de Castilla.
—Tric, tric, tac, tac—remedó burlescamente la dueña.
—¡Licenciado no le quiero, pero si volviese aína de alguna guerra, con la jineta de capitán!
Don Alonso no perdió una sola palabra de aquel diálogo. Hubo un momento en que sintió el impulso de entrar en la alcoba e intervenir francamente en la plática; pero el temor de aparecer ante su hija como un hombre capaz de allegar el oído a la rendija de las puertas le contuvo.
Aquella misma tarde hizo llamar a Beatriz, y ordenándole reserva, refiriole con pulcras palabras la historia del nacimiento de Ramiro. En seguida, aludiendo a las pretensiones amorosas del mancebo, acabó por decir, con la mano en alto y la voz estremecida y solemne:
—¡Antes morir, hija mía, antes morir que mancillar nuestra clarísima sangre con sangre de moros!
Afuera, en la ciudad, torvo sosiego de siesta castellana.
La luz del mediodía arde rabiosa en los pétreos paredones, caldea los hierros, requema el musgo de los tejados.
Las calles están solitarias y mudas; pero, de tarde en tarde, la áspera voz de algún morisco, vendedor de legumbres, profana el monástico silencio, haciendo refunfuñar a más de un hidalgo adormido en la obscuridad de su alcoba.
Los gallos cantan roncos y soñolientos.
Ramiro recorre de un extremo a otro el destartalado salón.
—¿Qué ha sucedido?
El polvo señala sobre las paredes desnudas la marca vertical de los paños; y uno que otro clavo conserva aún hilachas y jirones de terciopelo turquí. Diríase que bárbaros instrusos han arrancado todos los tapices y antepuertas, con premura de saqueo, y quebrado hasta la última baldosa del piso al arrollar las alfombras y llevarse los muebles, no dejando otra cosa que una mesa florentina de ébano incrustada de marfil y una silla de roble.
La cuadra semeja un granero después de vendida la cosecha, y su olor habitual de vejez y de encierro se levanta aún más intenso de aquella desvastación.
Sin embargo, los antiguos retratos de los Aguila han sido suspendidos nuevamente de la pared.
Ramiro medita. Doble surco sombrío arruga su entrecejo. Su rostro está más enjuto, la frente más pálida, la nariz más aguileña; pero toda su persona conserva el boato de costumbre. Hermosa cadena reluce sobre sus negros vestidos de gorgorán. Espuelas de oro resuenan en sus tacones.
La fúnebre capa de catorceno ha sido plegada cuidadosamente sobre el respaldo de la silla.
Su vida remolinea ahora con súbito regolfo ante la conspiración imprevista de sus enemigos; y su voluntad parece cubrirse de espuma contra los obstáculos, a manera de bravo torrente.
¿Cómo dudar? Se ha buscado desjarretarle el brío y cubrirle de infamia. Unos, como el corregidor y los inquisidores, en castigo de haberse quitado la gorra ante la cabeza cortada de Bracamonte; otros, como San Vicente y el alférez, por la rabia de los celos; y los demás, por el envidioso temor de verle escalar los más altos honores. ¿Cómo explicar si no, la insistente acusación de complicidad con los moriscos? ¿Quién podía pensar de veras, que un hombre de su casta fuera capaz de semejante atentado contra Dios, contra el reino, contra su propia honra?
Entretanto, reconfortábase al recordar el despreciativo gesto con que había respondido a las capciosas preguntas del Tribunal. Hubiera deseado quedarse ahí, sin agregar una sola palabra, mirándoles fieramente desde lo alto de su orgullo; pero cuando el calificador Quiroga señaló con maliciosa expresión la daga sarracena que habían encontrado en la gaveta de su escritorio, fuerza fue referir toda la aventura desde el comienzo, haciendo constar la razón de su amancebamiento con Aixa, describiendo la escena de la lucha, los cuidados de las mujeres y del morisco, y explicando, en fin, el origen de aquel presente, que guardaba como una honrosa prenda de su jornada.
No pudo, sin embargo, presentar ni un solo testigo; pero, Aixa, la infiel, su propia víctima, casi enloquecida por el tormento, en vez de tomar la venganza que se le brindaba tan fácil y terrible, confirmó su relato y su inocencia, acusándole de pérfido cristiano y de mal caballero, que no había sabido respetar la palabra comprometida. Felizmente los jueces no pudieron comprender la mirada de angustiosa pasión que la sarracena le dirigió, por última vez, al ser arrastrada de nuevo a la tortura.
Vino luego la declaración del Canónigo, y no volvieron a molestarle.
Ya quedaba libre; pero ¡quién quitaría de su honra la mácula de semejante calumnia! ¡Ah, un agravio alevoso como aquél merecía, asimismo, secreta venganza! Pensó en Gonzalo, y, como si su espada fuera parte viva de su persona, pareciole sentir a lo largo del envainado acero una fruición homicida, bárbaro goce de sangre y de muerte.
Detúvose un momento, y aproximose a una de las ventanas. El cuadro invariable que había contemplado tantas veces desde la infancia se manifestaba ahora con otro sentido. La taciturna ciudad dentro del alto cerco almenado que suprimía todo horizonte; la adusta soberbia de los caserones, evocando nombres tantas veces pronunciados, con todo el entretejo de odios, de envidias, de imposturas; el andar rutinero y villano de la existencia comunal que cada minucia recordaba, y, en fin, tanta sordidez, tanta monotonía, saltáronle a los ojos haciéndole considerar la estrechura de cárcel que había bastado a su ardimiento.
Las palabras de Beatriz en el estrado le volvían a la memoria. ¡Sí, era preciso dejar alguna vez la alcándara y volar hacia la heroica cetrería! A él mismo se le alcanzaba que no era airoso ligar su nombre al de aquella descendiente de ilustres adalides sin ofrecerla, primero, alguna bandera de nave mahometana, o una corona mural ganada en los asaltos de Flandes.
¿Qué había realizado hasta ahora que mereciera inscribirse en las crónicas? ¿Qué eran sus mejores hechos sino proezas de niño? Esta reflexión hízole sonreír con ambiciosa amargura, mientras sus ojos, enrojecidos de pronto, dejaban asomar una lágrima.
Resolvió, allí mismo, marcharse a Cartagena, por ver si encontraba todavía al capitán Antonio de Quiñones, ¡Quién sabe si no topaban al poco tiempo con alguna flota turquesca!
Estaba dispuesto a errar sin descanso por el mundo, hasta llevar al cabo alguna empresa que hiciera resonar su nombre entre las gentes. Ya nada le ataba el albedrío. Ya era libre y señor; su madre había abandonado el mundo, dos meses antes, entrando al convento de San José, y acababan de enviarla, en compañía de otras novicias, a una casa de la Orden, en la ciudad de Córdoba.
Sentose ante la mesa.
El esquilón de la Catedral golpeó tres campanadas tranquilas.
—Las tres—se dijo,—y el paje no llega con la merienda.
Acordose entonces que no había podido entregarle dinero alguno, pues todo lo que restaba en su bolsa lo había invertido en el joyel de diamantes para Beatriz.
¿Cumplirían los perros genoveses la promesa de traerle los ciento cincuenta ducados?
La noche antes durmiose sin haber comido un solo bocado de pan desde la mañana; y los días anteriores, ¡si no hubieran sido el pernil y las berzas que trajo Casilda!
¡Otro día sin sustento! Ofrecería aquella nueva penitencia al Señor. El hambre era santa.
La puerta abriose de pronto, y Pablillos, vestido de viejo traje color de badana, entró de un salto en la cuadra, sosteniendo en sus brazos un cesto de mimbre repleto de alubias, nabos, cebollas, longanizas y uñas de vaca; una codorniz dejaba colgar hacia afuera su cabecita muerta.
—¿Cómo hubiste esas provisiones, muchacho?—preguntole Ramiro con sequedad, sospechando alguna trapacería.
—Guiado, señor, de las tres virtudes teologales del hambre, que son: ingenio, audacia y presteza—respondió el pícaro, remedando la gravedad de los doctores.
En ese momento, una débil aldabada en la puerta de la calle despertó los ecos del caserón.
—Son los genoveses—exclamó Ramiro.—Corre a abrilles, Pablillos. No puede ser otra gente la que llama a esta hora con tanta prudencia.
—Y mientras vuesa merced recibe a esos perros, yo pondré a guisar estos dones de nuestra redonda madre—replicó Pablillos; y se retiró por la galería columpiando la canasta encima de su cabeza.
Era hijo de una partera de Cádiz y de un famoso farsante zamorano; Ramiro le había tomado a su servicio en Salamanca. Cierto mediodía, al cruzar el largo puente del Tormes, viole sorbiendo sol, la espalda contra el pretil, los brazos en cruz y los ojos fijos en el cielo, como si esperara, cual otro San Pablo, ver bajar de las nubes, en el pico de un pájaro, el milagroso mendrugo.
La pinta era buena. Había estofa para un paje, Ramiro preguntole:
—Muchacho: ¿buscas amo?
Los ojos le rebrillaron y, quitándose la gorra, adelantose paso a paso, con el encogimiento ondulante y lloroso de los perros sin dueño.
Desde entonces, vestido de galas lacayunas, sirviole de criado, cursando él mismo en las Escuelas, pues era de aprovechada condición. Ramiro se le fue aficionando por la cínica destreza con que vencía o esquivaba las mayores dificultades, y, al despedir ahora a toda la servidumbre, quiso conservar a Pablillos, que, con el escudero y Casilda, eran los últimos puntales de su decadencia.
Oyose rumor de pasos en la galería. Alguien golpeó la puerta con los nudillos.
—Entrad—dijo Ramiro.
Y los genoveses se presentaron.
Eran dos prestamistas del antiguo barrio judío de Santa Escolástica. El uno, joven, con el cabello tuzado sobre la frente, facciones infantiles y enorme corpachón de verdugo. El otro, anciano, ojillos vinosos, nariz avarienta, y la piel del pescuezo cárdena y granulosa como el colodrillo de los pavos. El primero traía aretes de coral; el segundo, varias sortijas adornadas con las vistosas piedras que fabricaban en Venecia los margaritaios.
El viejo entregó un bolsillo de cuero henchido de monedas, diciendo:
—Su señoría puó contar. Son ciento cincuenta.
—No he menester—respondió Ramiro guardando el talego.
—Su señoría sabe—agregó el prestamista—que el último día de cueste año deberá dejar el palacio.
—Sí—respondió Ramiro secamente, y cruzó los brazos en silencio como invitando a los genoveses a que se retirasen.
El anciano escudriñaba todo el salón por ver si quedaba todavía alguna cosa olvidada, hasta que al distinguir los retratos meditó un instante y exclamó:
—Si su señoría quiere dar estas pinturas, le adelantaremos veinte ducados, y, después, si su señoría quiere habitar otro palacio se las ritornaremos por poco más.
Ramiro se puso en pie bruscamente. ¿Qué había escuchado? ¡Vender los retratos de sus mayores! La ofensiva propuesta le hizo sentir de un modo brutal toda la hondura de su caída. ¿Era posible que el solo hecho de la ruina del patrimonio diera alientos a un villano como aquél para proponer, cara a cara, a un hombre de su estirpe, semejante comercio? ¡Venir a pedirle precio por los sagrados emblemas del abolengo! ¡Ah, no! Antes mendigar por los caminos, antes devorarse los dedos que mercar, por unas viles monedas, aquellas imágenes, que él siempre conservaría, para que auspiciaran su porvenir y le recordasen, en cada ocasión, de cerca o de lejos, ejemplos de piedad y de honra.
Dijo:
—Sépase el perro usurero que harto se me alcanza hacia donde encamina su intención, y sépase también que, aunque juntara todo el oro que ha robado hasta aquí, y el que ha de robar en lo venidero, por arte de su puerca avaricia, nunca tendría con qué pagar un añico, tan sólo, de estos retratos, que valen para mí mucho más que todas las riquezas de las Indias.
Una sonrisa de orgullo apuntó por debajo de su gesto implacable, como si confiara en que el espíritu inmortal de sus antepasados acababa, de presenciar aquel movimiento, que les iba dedicado como una ofrenda. Seguidamente, señalando la puerta, ordenó a los genoveses que se alejasen.
Un instante después llegaba Pablillos con la humeante colación.
Ramiro comió con dignidad, sin dejar que su semblante tradujera el bajo deleite de las entrañas; mientras el paje, en pie, junto a la silla, relataba su reciente aventura:
A la hora en que los porteros duermen la siesta, se había dirigido a la tienda de Pedro Gil, en el Mercado Chico, diciendo que su amo, don Diego de Valderrábano, acababa de llegar de la sierra y mandaba en busca de tal y cual cosa para su plato, que cuanto antes se lo remitiesen porque venía con harta necesidad. Luego, dejando la tienda, fuese a esperar a la puerta de aquel señor, escondiendo la gorra por debajo de la ropilla y paseándose por el zaguán, como si fuera un criado de la casa. Las provisiones no tardaron en llegar, y él las recibió de mal gesto, diciendo con enfado al mozo que las traía: «Por poco más te vuelves con todo, galápago, que tenía orden de mi Señor de no lo recibir si no llegaba luego, luego.» Apenas el mozo hubo vuelto las espaldas cuando el portero habló por la mirilla. El se adelantó sin vacilar y pidiole que le excusara, pues el sol estaba tan en su fuerza que había entrado a guarecerse a la sombra y descansar un momento del pesado fardo que llevaba.
Ramiro quiso indignarse, pero el bien del sustento le ablandaba la voluntad. Sacó una moneda y diósela al paje para que pagara sin tardanza su latrocinio, ordenándole en seguida que almohazara su caballo y aparejase el arnés, las ropas y las armas para un largo viaje que tenía que emprender al siguiente día.
La cabeza contra el respaldo, los codos en los brazos del sillón y los dedos entrelazados, cerró luego los ojos para que los instantes le parecieran más veloces, mientras llegaba la respuesta de Beatriz, que debía traerle Casilda.
Viendo, ora la hechicera boca de su amada, que aparecía y desaparecía, ora un mar de olas inverosímiles, flotas a la vela, abordajes heroicos, armas y banderas extrañas, fuese quedando dormido. Un ratón salió de la cueva y otros le siguieron. El número se acrecentaba sin cesar y todos devoraban con desconfiada premura las migajas caídas en torno de la mesa. De pronto Ramiro levantó una pierna para cruzarla sobre la otra, y a un tiempo, como un solo ser, todos los roedores dispararon hacia los muros en instantánea fuga. Luego reaparecieron, se aproximaron, y cobrando confianza, rodearon por completo el asiento del joven hidalgo.
Cuando Casilda regresó, Ramiro dormía profundamente. La muchacha contemplole un buen rato, temiendo quizá despertarle. Los cabellos retintos del joven dejaban caer dos lacios mechones sudorosos sobre la frente, los párpados estaban como aureolados de misterio, y sobre la palidez mate del rostro, el labio acentuaba su carminoso brillo. Casilda llamole:
—¡Mi señor! ¡mi señor!
La recadera traía malas noticias. Había seguido el procedimiento de costumbre, haciéndose anunciar por Leocadia; pero esta vez la señora no había querido recibirla.
—¿Pero supo—preguntó Ramiro—que yo te mandaba?
La muchacha respondió con una sonrisa.
—¿Subiste a sus cuartos? ¿Os vio?
—Viome harto bien, y yo mostré, desde lejos, el billete de vuestra merced; pero mandome decir que se estaba aderezando para salir al estrado, y que no podía en ese momento ocuparse de esquelas.
—¿Eso dijo?
—Eso, señor.
—¿Y no mandaste, al menos, el billete con alguna criada?
—¿Y si vuestra merced se enfadaba, luego, conmigo?
Poniéndose en pie, el mancebo repuso:
—Enfádome agora de veros tan necia.
Los ojos de la muchacha se enrojecieron, su mano estrujaba el rojo mandil. Ramiro, en vez de ablandarse ante aquella humildad, enfureciose mayormente. Tomó de un hombro a Casilda e hízola girar con violencia, gritando:
—¡Fuera de aquí la bellaca!
Ella corrió hacia la puerta, y oyose al pronto sofocado gimoteo que se alejaba por la galería.
¿Era posible que Beatriz no hubiera querido recibir su mensaje? El orgullo hízole buscar la explicación en su propia conducta. Pero ¿qué inconstancia, qué desvío podía reprochársele? ¿No le paseaba la calle todos los días, no iba luego a esperar fuera de la ciudad, frente al torreón de su huerto? ¿No le enviaba joyas, no la componía sonetos y endechas, como el más rendido de los amantes?
De cavilación en cavilación, dejó llegar la noche sin salir de la cuadra. Dos horas después de cenar, díjole al paje:
—Puedes irte a dormir.
—¿No ha oído vuesa merced—preguntó el muchacho—algo así como un rechinar de eslabones en la estancia vecina y unos golpecillos como de huesos?
—Estarase alguno robando la argamasa del muro.
—No es bueno hacer mofa, señor, ¡que si fuera algún ánima ensabanada! ¡Yo tiemblo!
Pablillos se retiró, y Ramiro salió a la galería. La piedra, el ambiente, la tierra herbosa del patio, todo se refrigeraba en la clara noche de luna. Ramiro se apoyó en el antepecho y levantó las pupilas. Grandes nubes iluminadas viajaban en el augusto silencio.
El resplandor del astro bañaba sólo dos lados de la galería; espectral claridad que hacía pensar en apariciones. La sombra se ahondaba bajo los arcos temerosamente.
Lleno de amorosa incertidumbre, Ramiro no podía pensar sino en Beatriz, y veía su rostro sobre todo lo que miraba. Veíalo sobre el muro, o en el veto de las tinieblas; veíalo en los cielos, indeterminado y sublime, confundiendo su belleza con el hechizo de la noche. Otras veces era toda su persona revestida de blancura nupcial y vagando bajo los arcos o entre las hierbas, como una sonámbula. Ramiro hallábase embebecido. La solemne dulzura del ambiente se difundía en su alma, y su sentido creía respirar el perfume de las corolas innumerables abiertas abajo, entre las losas y desteñidas al par de los tallos por la fantástica ceniza de la luna. No se escuchaba el más leve murmullo. El sosiego era profundo, pero su espíritu no se sentía verdaderamente solo. Algo como el hálito de otra presencia llegaba hasta él desde los sitios tenebrosos.
Una hora pasó. La claridad caminaba sobre el muro frontero. Hacia la derecha otro ángulo del patio comenzó a iluminarse. Nuevo arco ornado de rosetas de piedra aparecía, y Ramiro, al mirar en aquella dirección, advirtió la forma de una mujer asomada como él hacia la noche. Era Casilda. Su seno henchíase por momentos y sus ojos brillaban demasiado, cual si estuvieran humedecidos.
Ramiro se sorprendió de su propia emoción. Aquella compañera de infancia cobraba ahora imprevista idealidad. Casilda era también una mujer, mujer bella entre todas. Fruta sazonada en el propio huerto y desdeñada a fuerza de mirarla siempre a la merced de la mano. Pensó que con un breve signo, pensó que chistándola apenas vendría hacia él, y a la primera caricia daríase mansamente como una esclava. Pensó en reyes ancianos que entregarían su corona por un instante de aquella voluptuosidad que él podía gozar allí mismo. Sí: un solo rumor del aliento, y la preciosa criatura vendría a henchir de deleite su noche solitaria.
Pero no, su corazón estaba demasiado herido, demasiado inquieto, y por eso tal vez el amor de Beatriz se levantaba ahora más tiránico, más exclusivo que nunca, como el único amor concebible.
Irguiose, y sin ser visto ni sentido por la doncella, fue a echarse solo sobre la cama, y a soñar en aquel beso que Beatriz había espantado con su grito, en aquella boca tentadora y terrible que palpitaba y mariposeaba desde entonces por delante de su alma.
A la mañana siguiente, a la hora de costumbre, Ramiro encaminose a la calle de Beatriz. Pasó y repasó muchas veces por delante del palacio. La ventana no se entreabrió siquiera.
A la tarde salió por la Puerta de San Vicente y fue a sentarse frente a la muralla. ¡La figurita diminuta que asomaba de ordinario allí arriba, sobre las almenas, con el rostro vuelto hacia él, no apareció, ni volvería a aparecer nunca más!
En los días siguientes, recorrió, sin descanso, yendo y viniendo, la calle de su amada. ¡Cuán terrible desengaño el que bajó hasta él desde las verdes celosías! No hay lenguaje más cruel para el enamorado que el de esas maderas cerradas sin piedad, y que parecen rechazar o mofarse en nombre de una mujer.
Un colérico estupor le exaltaba y le desconcertaba a la vez; ira inmensa, refrenada ante el enigma, pero pronta a caer como un peñasco sobre el culpable. Por debajo de aquel desvío de Beatriz había que buscar la nueva intriga de sus rivales. Ella era inocente y víctima de la misma impostura. ¡Quién sabe qué sospecha habrían logrado incrustarla en el corazón!
Sin embargo, no quería pensar por ahora en Gonzalo. Según su altiva costumbre, buscaba disimularse a sí mismo toda intención de venganza, de suerte que la cólera sólo estallara en el instante del infalible castigo.
Quiso la casualidad que uno de aquellos días, al pasar Ramiro bajo las ventanas de Beatriz, don Alonso llegase por la misma calle en dirección a su morada, llevado en silla de manos y rodeado de escasa servidumbre. Ramiro le saludó con franqueza, quitándose del todo la gorra. El hidalgo bajó rápidamente los ojos y respondió apenas con leve inclinación:
—¡Qué es esto, Santísima Virgen!—se dijo el mancebo.
Sintiose tentado de volver sobre sus pasos e interpelar derechamente a don Alonso. ¡Pero no!...
Llegado a su casa, y ahondando cada vez más sus cavilaciones, creyó encontrar una nueva cifra. A la misteriosa calumnia agregábase quizá la noticia verdadera de su ruina. Don Alonso habría sido informado; y quién sabe si los años, enfriándole el corazón, no le habían tornado calculador y avariento.
Sobrevínole de nuevo el asco de aquel «ruin lugar», como le llamara, en cierto instante de tedio, el mismo don Alonso. Ciudad cárcel, según él, donde la holganza enmohecía los ánimos más nobles; donde la excesiva proximidad de los mismos orgullos hacía germinar rivalidades monstruosas; donde se vivía bajo continuo espionaje, y cada rendija tenía una mirada, cada colgadura un oído, cada soplo una lengua; donde todo impulso generoso topaba con muros más agobiantes que los que retajaban el escaso recinto de la ciudad, y, donde, en fin, sólo podían librarse del desengaño y del hastío aquellos que tenían el ala asaz nervuda para tender a cada momento su vuelo hacia Dios. Ahora comprendía el abandono que iban haciendo de sus moradas tantos caballeros, para irse a vivir a la corte o a buscar fortuna y honra en Flandes, en Italia, en las Indias.
A fuerza de meditar en su propia situación, asaltole un pensamiento irresistible: probar la suerte, someter todo el oro que había recibido de los usureros al azar de un instante. Multiplicaría, tal vez, su caudal en proporciones fantásticas. Viose ya subyugando el capricho de la fortuna y asiéndola del pescuezo como a una mujer que se resiste. Llenaría su cofre y sería poderoso por algunos meses. Era todo lo que deseaba. Se creería en la ciudad que había logrado restaurar su patrimonio, y don Alonso volvería a abrirle los brazos.
El había entrado una vez, en compañía de otro mancebo, a un garito próximo a la Puerta del Puente, donde acudían a diario muy principales caballeros de la ciudad. Allí se había encontrado con don Enrique Dávila, encerrado ahora en el castillo de Turégano por la conspiración de los pasquines; con Valdivieso, con Heredia, con los hermanos Verdugo, con Antonio Muxica, y muchos otros conocidos, sin exceptuar a Gonzalo y Pedro de San Vicente. Calose su sombrero de fieltro, y, echándose a los hombros la segoviana capa, se dirigió, precedido de su paje, a la casa de juego.
La luna no había salido aún, y al bajar por la Rúa, hacia el Adaja, Ramiro contemplaba las constelaciones. ¡Quién hubiera podido leer en aquella escritura suntuosa y estremecida!
A eso de las cinco de la mañana estaba de vuelta en su aposento.
—¿Y no dijo vuesa merced alguna oración al entrar a la tablajería o al arrimarse a la mesa?—preguntole el paje, continuando la plática que traían desde el portal.
—Deja eso, Pablillos, que no es tiempo ahora de pensar en lo que hice o no hice.
—Es que yo creo que si vuesa merced... Cuando yo estaba en Salamanca y poníame a jugar con otros como yo, cada vez que recitaba cierta oración que yo me sé, les sacaba todos los cuartos.
—¿Fue ansí como llegaste a reunir tanta hacienda?
—No se burle vuesa merced, que andaba yo amancebado, en aquel tiempo, con la hembra menos guardosa del mundo.
Pablillos habíale tomado ya el sombrero y los guantes y, al quitarle la capa, exclamó como espantado:
—¿Hanle robado a vuesa merced la cadena? ¡Vive Dios!
—Fuese la soga tras el caldero, Pablillos.
—¿La jugó también vuesa merced?
—Juguela.
—¿Vuesa merced ha perdido entonces todo su caudal?
—Todo.
—¡Ah, cuánta desgracia! ¿Y cómo habré de comprar las provisiones para mañana y los días venideros?
—Eso piénsalo tú, que eres villano—exclamó Ramiro muy cerca de la cólera.
—No tan villano, señor, que es bien sabido que los Martínez fueron siempre de muy limpia sangre castellana, y que, a no ser el incendio que destruyó todo el solar de mis padres, podría yo enseñar agora a vuesa merced tamañotes pergaminos de mi hidalguía.
Luego, después de haber quitado a su amo las calzas, balbuceó con cautelosa humildad:
—Vuesa merced recordará que los ginoveses, según me ha dicho, ofrecieron veinte ducados por los retratos de sus mayores.
Ramiro estaba ya metido en el lecho, y, hurtando su rostro a la luz para dormirse, repuso como entre dientes:
—Dáselos, dáselos, Pablillos; pero que entiendan...
El resto de la frase perdiose entre las mantas.
Amargo fue el despertar del joven hidalgo. Pablillos le trajo el dinero de los genoveses, a quienes llevó los retratos con la primera lumbre del alba; pero después de referir los pormenores de la diligencia, le dijo:
—Debo comunicar también a vuesa merced, que, al cruzar la plazuela, topé con Pedro San Vicente, el segundón, quien parecía estarme esperando. Me ha declarado, con mucho misterio, que don Alonso Blázquez tiene resuelto entrar de religioso tan pronto case a la hija, e que su hermano el mayorazgo le pasea la calle a la señora Beatriz, entrada la noche, e que hace menos de una hora ha recibido un papel que no puede ser sino della, dándole una cita para hoy; pues a través de una antepuerta hale oído exhalar muchos suspiros, diciendo: «Sí, bella namorada mía. ¡Sí que he de ir! Hoy mesmo, hoy mesmo. Mal que os pese, señor Ramirillo.» Y encargome no dejara de referir esto último, palabra por palabra, a vuesa merced, por lo mucho que le importa.
—¿Quién acoge razones de un ebrio?—repuso Ramiro, desdeñosamente.
Pero no por eso dejó de experimentar súbito calofrío que le bajó hasta las plantas.
Hizo llamar a Medrano y refiriole su extraña situación, el menosprecio de Beatriz, la frialdad de don Alonso y lo que acababa de decirle su paje.
El escudero palideció de pronto y, mesándose la barba, repuso:
—Amor de niña, agua en cestilla—luego alzando la frente:—¿No será alguna treta de Franco, el campanero?
Ramiro, pensando que podía referirse al asunto de los moriscos, meneó la cabeza negativamente. Acto continuo, como hombre resuelto a desatar el nudo de modo harto breve, vistiose el coleto de ante y ciñose la espada que le diera don Rodrigo del Aguila. Luego, desnudando la hoja, oprimió con ambas manos la guarnición sobre su pecho, para rezar de aquella guisa una larga plegaria. En acabando persignose con la empuñadura, y haciendo correr a lo largo del acero indefinible mirada, envainolo otra vez en silencio.
Todo quedó convenido. Ordenó a Medrano que fuese a rondar la casa de Beatriz. Quería saber lo que pasaba, instante por instante, por si era verdad lo del billete. El por su parte iría a esperar junto a la Puerta de San Vicente, y Pablillos haría de correo.
Eran pasadas las once de la mañana cuando Ramiro y su criado dejaron la ciudad, tomando, hacia la izquierda, el camino exterior que corre, por la parte de Mediodía, al pie de los muros. El muchacho caminaba por delante con el gesto despejado y feliz, y aunque llevaba el estómago más hueco que un atambor, su instinto atisbaba cierto olorcillo de aventura que hacía para él las veces de sustento. Su amo no era hombre de muchos memoriales, y si el otro se presentaba con la música bajo las ventanas de la señora, habría de seguro una gresca digna de las calles de Salamanca. El, por su parte, creía poseer las mejores piernas del reino; y, a no ser que le cegaran de improviso haciéndole entrar la cabeza en el vientre de alguna guitarra, como le había acontecido cierta vez, riberas del Tormes, estaba seguro de su persona.
La mañana era fresca y radiosa. Pablillos sentía en su sangre hervor de vida, escozor de danza, cerril impulso de zapatear la tierra y lanzar a los vientos largos cantares agudos que rebotasen en los collados. La primavera prestaba a los trigales undoso brillo de sedas; ¡verde y plateada casulla sobre el buriel de los terruños! El sol chispeaba en la mica de las peñas, en la reja de los arados, en el agua del río, fingiendo como un chubasco de luz, a lo lejos, sobre las sierras de Villatoro. Todo parecía impregnado de claridad y de matutino frescor, hasta el tañer de las campanas, el sonido de los yunques, y el cantar de los tejedores y caldereros en el morisco arrabal de Santiago. Algunas mujeres quemaban al pie de la cuesta montones de hojarasca, y un perfume rústico, mejor que el incienso, sahumaba deliciosamente el contorno. Ramiro recordó sin quererlo sus amores con la sarracena.
Cuando hubo llegado a la Puerta de San Vicente, díjole al paje que esperara en aquel sitio, mientras él iba a situarse frente a la muralla del Norte.
Pasó el mediodía sin que Ramiro recibiese aviso alguno. A eso de las cinco de la tarde, Pablillos vino a comunicarle que don Alonso acababa de salir de su casa en una silla cubierta, y que, según les había dicho un viejo lacayo, aquel señor, después de algún tiempo, pasaba la noche en el convento de Santo Tomás.
La tarde moría. Ramiro se sentó sobre una peña, con el rostro casi oculto por el ala del fieltro. El suelo violáceo parecía ondular a sus pies bajo la vibración alucinadora de la penumbra.
De tiempo en tiempo, el joven hidalgo levantaba la cabeza y perdía la mirada en el contorno, indiferente a la magia del cielo y a las seducciones del paisaje; pero recogiendo en el alma, de un modo instintivo, la reciedumbre de aquel sitio de pasión y de sublime violencia.
El sol, antes de ocultarse, exaltó con su gloria muriente el oro del cielo. Las pupilas de Ramiro se dilataron.
Desolada melancolía bañó de pronto la imponente rudeza de la muralla. Ramiro imaginó que las torres se sucedían a espacios iguales, como los paternoster del rosario; que las almenas figuraban las avemarías, y la Catedral, con su saliente cimborio, el hueco crucifijo lleno de reliquias de santos y caballeros.
Cuando Pablillos volvió a presentarse sin ninguna noticia, su amo le manifestó que se iba a rezar a las cuevas de San Vicente, y encaminose, en efecto, a echarse a los pies de la Virgen de la Soterraña.
Al acercarse a la basílica hundió la mano en la faltriquera y extrajo el rosario de quince misterios que le había ofrecido su primer preceptor Fray Antonio de Jesús. Era un viejo rosario de Tierra Santa, cuyas cuentas, hechas de hueso de camello, habían sido ensartadas en fuerte y apretado cordón de seda blanca.
«Lleva siempre contigo esta soga de estrangular demonios», habíale dicho el franciscano al ofrecérselo.
La iglesia estaba sola y obscura. Una lámpara de plata ardía en la capilla mayor. Misterioso como nunca pareciole ahora el extraño monumento dorado y azul de los Mártires. Bajó a la cripta. La milagrosa imagen estaba rodeada de cirios ardientes. Dos mujeres, echadas de pechos en el suelo, gemían hacia un rincón, cubiertas completamente por sus mantos, haciendo pensar en dos enormes murciélagos moribundos.
Rezó con fervor los quince misterios, y cuando creyó que la sombra le permitiría caminar por las calles sin ser reconocido, se dirigió a la ciudad, entrando a ella por la puerta vecina y yendo a situarse a pocos pasos de la casa de Beatriz.
Esperó mucho tiempo.
De pronto, un bulto humano rozole y pasó. Algo después vio llegar una ronda. Un corchete venía por delante meneando hacia uno y otro lado la humosa y enrejada linterna. Aquella luz alumbraba con crudeza los semblantes de los ministros. Ramiro reconoció al alguacil Pedro Ronco por la facha imponente. Las cejas y el mostacho parecían trazados con un tizón sobre su tez color sebo. El ruido autoritario de los pies y las espadas fuese alejando.
Escuchose luego una voz:
—¡Señor! ¡Mi señor!
Era Pablillos.
Refirió que, un momento antes, un hombre enmascarado se había detenido frente a la casa de don Alonso, y que a tiempo que Medrano le mandaba con aquella noticia, apareció un nuevo enmascarado, el cual, acercándose al primero, le interpeló con dureza. Ya parecían irse a las manos, cuando acertó a pasar la ronda. Haciendo abatir las máscaras y arrimada la lumbre a los rostros, el alguacil Pedro Ronco reconoció a los dos hermanos San Vicente, ordenando con fieras amenazas al segundón que se alejara al punto, si no quería acabar en la cárcel. El mayorazgo retirose también; pero, según el escudero, no tardaría en volver al mismo sitio.
Ramiro fue a colocarse en la esquina más próxima. Encontrándose allí con Medrano, dijo a éste y al paje que le dejasen solo.
La luna debía asomar hacia el naciente, pues la muralla comenzaba a contornear por ese lado sus triangulares almenas.
Más de una hora pasó Ramiro sin apartar los ojos de la casa de Beatriz. Parecíale por momentos que el postigo de la puerta se entreabría y se cerraba. De pronto, un cuerpo de mujer asomó por la abertura. Las blancas tocas y la singular corpulencia denunciaban a doña Alvarez. Cada vez sacaba fuera mayor parte del busto, cobrando confianza. Por fin, chistó quedo, muy quedo, varias veces. Nadie respondía. El postigo cerrose.
Cuando Ramiro comenzaba a pensar que Gonzalo no volvería tal vez a presentarse aquella noche, vio llegar a lo largo de la calle, la figura de un hombre que fue a detenerse ante la casa de Beatriz, al pie de las ventanas.
Ramiro desenvainó la espada, y tomándola de la hoja por encima de la capa, adelantose, prestamente, rozando la pared más obscura. ¡Era Gonzalo! Aunque su rostro estaba cubierto por el negro tafetán, reconociole, al pronto, por la pluma blanca, sujeta a la gorra con hermoso joyel de diamantes, y la capa cenicienta que llevaba, también, noches pasadas, en la casa de juego.
Al tiempo que el joven regidor iba a golpear la puerta con los nudillos, Ramiro, corriendo hacia él, asiole el brazo en el aire. Luego, estrujándole con fuerza la máscara sobre el rostro, acabó por arrancársela con rabioso tirón. San Vicente desenvainó a su vez, y exclamando: «¡Muera!», se arrojó sobre su rival. Pero éste le esperaba ya con el acero tendido.
Gonzalo se detuvo, y blandiendo furiosamente la espada, gritó de nuevo:
—Pida perdón el alevoso.
—Vos a mí, villano, por vuestras calumnias menguadas.
—¡Muera entonces el perro morisco!—volvió a gritar San Vicente.
—Hablad más quedo, señor regidor; no sea que os preste ayuda la ronda.
—No la he menester.
—Pues busquemos, si os place, algún sitio más apartado, donde el rumor de las espadas no haga asomar a alguna dueña pensando que es el oro de vuestra bolsa.
—Vamos donde gustéis.
Los dos envainaron, y Ramiro tomó por la angosta calleja, en la dirección del Nordeste, hacia un paraje solitario dentro de los muros, que él había observado en uno de sus paseos.
Gonzalo marchaba a la izquierda, y su capa gris semejaba una tela de plata entre la incierta claridad de la noche.
Llegados que fueron ante un viejo portalón, Ramiro se detuvo y trató de violentar el cerrojo. Gonzalo ayudó con el hombro. Por fin, después de un vano forcejeo, convinieron en escalar juntos la tapia. Gonzalo apoyó su pie en el muslo de Ramiro y, cuando se hubo encaramado, tendió desde arriba la mano a su rival, ayudándose uno a otro como en los desafíos de los libros caballerescos y como lo hicieran Amadís, Rugero o Esplandián, con su valiente cortesanía.
Era una cantera abandonada. La roca, formando una sola mole en forma de colina, no había permitido levantar vivienda alguna sobre su pétreo caparacho, antiguo como el mundo. La muralla se levantaba hacia la derecha, almenada, fosca, solemne y revestida de sombras formidables.
Deteniéndose en el paraje más llano, los dos mancebos derribaron al suelo sus capas. Gonzalo arrojó también lejos de sí la rodela que llevaba colgada del cinto. El cielo, todo entoldado, de nubes transparentes, esparcía sobre la callada ciudad una lumbre misteriosa de amanecer. Hacia el naciente, nacarada aureola rodeaba la escondida perla del plenilunio.
Los aceros se cruzaron.
Gonzalo paraba los golpes con maestría, acechando el instante. Ramiro, a su vez, desplegaba una esgrima aparatosa y soldadesca, con molinetes fantásticos, y su boca, entreabierta por el ansia homicida, dejaba rebrillar la dentadura.
San Vicente, a pesar de su destreza sentíase vacilar ante aquella máscara cruel, toda confianza, toda vigor, toda coraje; y, por fin, temiendo que el corazón le flaqueara, hizo una falsa y enviole a Ramiro una punta derecha y veloz como un dardo. El arma atravesó de parte a parte el coleto por el costado, rozando la carne. Ramiro, entonces, iluminado por una centella de instinto, dio dos grandes pasos hacia adelante, para dejar aprisionada en el cuero la hoja del adversario; y tomando su propia espada, como quien alza un puñal, clavósela de golpe en medio del pecho. Luego se la hundió ferozmente, a través del justillo, toda entera, toda, toda, hasta los gavilanes.
Gonzalo exclamó:
—¡Esto es hecho!
Y, lanzando por la boca una onda negrusca, desplomose.
Sus brazos y sus piernas se sacudieron un instante; y su cabeza, sin vida, se dobló, se acostó de lado, sobre la piedra.
Al mirar extendido a sus plantas el cuerpo exánime de su rival, Ramiro elevó una oración jaculatoria a la Virgen de la Soterraña. ¡Estaba vengado! La fuente del orgullo derramaba ahora por todo su cuerpo un goce inmenso y bravío. Sintió erguirse en la brisa, como una cresta de gallo, la pluma de su sombrero, y experimentó en los talones una extraña sensación de fuerza invencible. Hubiera querido lanzar, con toda su voz, hacia la luna, el grito de guerra de sus mayores.
Asaltado por súbito pensamiento, se agachó hacia el cadáver, y desciñendo las agujetas, sacó de entre el jubón y la ensangrentada camisa un billete sin sobrescrito. Lo desplegó. La claridad era débil; pero, al mirar hacia el cielo, observó que la luna iba a pasar muy pronto tras una grieta de las nubes. Poco después sus ojos leyeron las siguientes palabras:
«Sírvase vuesa merced venir esta noche pasadas las once. Golpee primero tres veces y luego otras dos, muy quedo, en el postigo. Yo le abriré. Cruce el patio y el huerto y suba a la torre de la muralla. Mi señora irá luego a hablar con vuesa merced.
»Vuestra fiel servidora, Alvarez.»
Tomose la frente con ambas manos, ¡Era posible! ¿Sería verdad que Beatriz?... ¿No habría en todo aquello algún ardid infame de la dueña? Fácil era saberlo. Contuvo su meditación, e, instantáneamente, con nerviosa premura, cambió su negro sombrero por la gorra de Gonzalo. Arrastrando en seguida el cadáver hasta el borde de una cavidad que negreaba al pie de los muros, empujolo con el pie reciamente para que rodara hasta el fondo. Luego, recogiendo la clara capa del muerto, embozose con ella, haciendo de lo suyo un lío que apretó bajo el brazo.
Cuando se disponía a saltar de nuevo la tapia, vio asomar por detrás dos rostros obscuros. Tuvo un estremecimiento. Eran Medrano y Pablillos, que habían presenciado desde allí toda la escena. Al caer a la calle, el escudero recibiole sobre su pecho, exclamando:
—Famosa estocada, ¡voto a Cristo! Huyamos, huyamos presto, no sea que vuelva la ronda.
Ramiro ordenoles esta vez con imperio que fueran a esperarle al solar, y, dándoles la capa y el sombrero, enderezó resueltamente a la casa de Beatriz.
Llegado ante la puerta, advirtió en el suelo la mascarilla negra de Gonzalo; cogiéndola con presteza se la puso en el rostro.
Golpeó tres veces y luego otras dos con los nudillos. El paño de la capa desprendía afeminado perfume. Su espíritu comenzó a divagar. Vio y dejó de ver varias veces una almohada de Aixa engalanada con hilo de oro y piedras preciosas. Observó que los clavos de la puerta figuraban cabezas de leones. Llamó de nuevo. El exceso de emoción le embriagaba. Por fin, el cerrojo crujió levemente y el postigo entreabriose; doña Alvarez asomó la cabeza, y después de haberle observado un instante, le dijo en voz baja:
—¡Albricias, señor don Gonzalo!
Luego, abriendo del todo el postigo y sacudiendo la mano con impaciencia:
—Presto, presto—agregó;—cruce vuesa merced el patio y el huerto, y suba a la torre.
Cuando Ramiro se halló en lo alto del cubo, desde cuya plataforma había visto atardecer siendo niño, en compañía del enano, apoyó su espalda contra las almenas y se puso a esperar. Incomprensible apatía le inundaba: una inconsciencia, una vaguedad de emoción, comparables al comienzo de la embriaguez. Su razón meditaba sin comprender. La frescura de la noche hacíale sonreír.
Abajo, profundamente, los altozanos ondulaban con color fosco de acero. El convento de la Encarnación, con sus tristes paredes pálidas, adormía en la noche su sosiego santo. Tenue claridad flotaba sobre la morada de pureza y de pasión, como si sus tapias encerrasen algún milagroso huerto de lirios. Nubes bajas, resquebrajadas como témpanos, cubrían el cielo, dejando transparentar esa temerosa luz cenicienta favorable a todos los ensalmos. Los gallos cantaban por momentos, como si comenzase la aurora. Un perro latió de modo lúgubre al pie de la muralla.
De pronto, oyose en la escalera sedoso crujir de vestidos.
Ramiro se irguió.
Cubierta de un velo obscuro, una mujer acababa de aparecer sobre la torre; su mano, enguantada, abatió con gracia el embozo. La pálida tez de Beatriz resplandeció entonces con blancura de mármol, y sus lustrosos cabellos, ceñidos por un aro de oro, tomaron en la noche azulenco pavón de armadura sombría. Dos mechones se desprendieron de los demás, vibrando en el aire cual doble serpiente.
Anchos galones de plata recamaban la falda color zafiro, mientras la tela del jubón desaparecía bajo cuentas y canutillos, cota de abalorio cabrilleando sin cesar como el agua intranquila. La doncella levantó el rostro con los ojos entrecerrados, quedándose inmóvil un instante. Sus labios parecían sorber la fluida claridad que bajaba del cielo.
Ramiro se sintió como enloquecido ante aquella aparición. Todo su ser no fue sino un brusco frenesí, una llama que se estira para devorar el velo cercano. Era Beatriz la que estaba ante él, su Beatriz, su señora, divinizada por la magia de la noche y del silencio. Olvidó su sospecha; olvidó el papel de doña Alvarez y el drama reciente; olvidó como un ebrio, como un insano, que llevaba las ropas de otro hombre; olvidó la máscara que ocultaba su rostro; y pareciole que, después de un sueño desesperante, se encontraba por fin con su amada, esposo y señor, sobre la torre de encantado castillo. Caminó hacia ella y asiola con dulzura. Beatriz se resistió débilmente; ¡en su labio, humedecido, temblaba una lucecilla azul, una gota de luna!
Fue al principio un beso ideal, casi incorpóreo, tomado con el aliento, en la quietud, en la altura, sobre el sueño de la ciudad y las tierras; pero, al pronto, el indeciso contacto acabó por despertar los sentidos, y las bocas se ligaron, se apretaron fuertemente, bajo el masculino furor. Beatriz gimió sin poder esquivarse, mientras Ramiro sentía correr por su cuerpo sobrehumano deleite. ¡Al fin lograba la ansiada, la soñada caricia! ¡Era el beso de ella, el beso de Beatriz, tantas veces imaginado! Pero, de pronto, en medio de aquel loco transporte, un relámpago de razón brilló en su cerebro. La realidad acababa de herirle de súbito. Fue algo espantoso. Con la boca estremecida aún sobre el rostro de la doncella, pensó de repente que estaba con la capa y la toca del muerto; que llevaba sobre el rostro una máscara; que Beatriz creía hallarse en brazos de Gonzalo, y, en fin, ¡que aquel beso era el beso de otro, el triunfo de otro, la caricia suprema destinada a otro labio, a otro hombre!
En ese instante la niña, levantando su rostro, exclamó con pasión:
—¡Ah, Gonzalo, cuán dichosa me hacéis!
Y tendió de nuevo su boca insaciada.
Ramiro recibió de lleno el aletazo de la demencia. Todo su ser rechinó cual la hoja ígnea que el espadero sumerge de golpe en el agua. Sentía que su mente giraba en una vorágine de negrura, y escuchaba dentro de su cerebro el ladrido de las potencias tenebrosas de la venganza; no viendo sino una sola idea, una sola necesidad, una sola justicia: ¡el exterminio, la muerte!
Tomó, sin embargo, sin poder resistirlo, el nuevo beso de Beatriz, devolviendo aquella caricia con una mordedura salvaje. Ella gritó entre los dientes, y sus esfuerzos fueron tan desesperados que logró por fin desasirse. Entonces el mancebo, quitándose de golpe la máscara, rugió dos veces:
—¡Ramera! ¡Ramera!—enseñándola el rostro.
La niña no pudo modular ni una sola palabra. Su boca, entreabierta, negra de horror, dejó escapar un quejido sordo, aciago, indefinible. El echose sobre ella, arrollándola al pie del parapeto y tapándole la boca con el manto para ahogar sus gemidos. Buscó su daga, y ya iba a desenvainarla, cuando un instinto rápido le contuvo. ¡Una correa!, ¡un cordel! ¿Dónde? Algo que pudiera anudarse. Intentó locamente desprenderse el cinturón, las ligas, los tirantes de la espada, el mismo cintillo del sombrero. De pronto su mano convulsa rozó las cuentas del rosario de Fray Antonio que colgaba de la faltriquera, e inspirado por el Infierno, tomolo sin vacilar, rompiolo con los dientes junto al crucifijo, dejó caer algunas cuentas, y envolviéndolo al cuello de Beatriz, tiró con ambas manos, tiró en uno y otro sentido, hasta apretar, por fin, sobre aquella delicada garganta, un nudo terrible.
Luego descendió. Cruzó el huerto y el patio. La dueña esperaba dormida junto al postigo. El abrió sin despertarla y salió; pero cuando hubo dado algunos pasos por la callejuela, creyó escuchar, detrás de la puerta, la voz de doña Alvarez. Apresurando entonces el paso dejó caer de intento en las losas la gorra y la capa de San Vicente.
Cruza la plazuela de la Catedral, atraviesa la Rúa, llega al caserón. El escudero le espera a la puerta. Uno y otro desaparecen por el postigo.