—¡Cuán dichoso me siento!—balbuceó entonces Ramiro.—Decidme que apagaréis mis enojos y me amaréis de veras. ¡Ah! ¡Cuándo será que pueda llamaros mi esposa, mi Beatriz, mía! ¡toda mía!

Su aliento buscó la mejilla cándida de la doncella.

En este instante alguien nombró a Gonzalo de San Vicente y Beatriz oprimiole la mano para que le dejase escuchar. Pedro Valdivieso refería que el mismo don Felipe acababa de traer a su hijo, en nombre de Su Majestad, el nombramiento de Regidor.

Cuatro lacayos entraron en la sala con ocho candelabros encendidos y un momento después llegaba el dueño de casa con algunos señores. Doncellas y galanes se levantaron. Don Alonso llamó a su hija para que hiciese la reverencia a su pariente el señor Márquez de las Navas.

XXIX

Dos días después, Ramiro recibió de una vendedora de rosarios un favor de raso verde. Beatriz se lo enviaba. El no se atrevió a ponerlo en su gorra, como lo hacían otros galanes amartelados; pero decidió llevarlo consigo entre el jubón y la ropilla. Necesitaba, a su vez, de un intermediario seguro. Cohechar a doña Alvarez le repugnaba. Hizo llamar a Casilda.

La muchacha, bajando los ojos, escuchaba en silencio los mensajes e íbase a repetirlos sin quitar ni poner. De esta suerte llevó también una sortija de diamantes y trajo una muy señoril, con florentino sello burilado en una crisólita. Casilda fue excelente recadera, y, según andaba por todos los barrios, tomaba lenguas y destapaba secretos, aunque no lo buscase. Por ella supo Ramiro que los lacayos de Gonzalo de San Vicente hablaban a menudo con doña Alvarez; y que Pedro, el hermano menor, apenas se embriagaba en alguna taberna, poníase a gritar, dando puñetazos sobre las mesas, que así que Gonzalo llegara a casarse con la hija de don Alonso, él les daría, a uno y otro, de puñaladas, la misma noche de la boda.

Muy pronto, el día de Santa Rita y Santa Quiteria, debía Ramiro salir para Salamanca. Una vez allí, y al cabo de algunas semanas, comunicaría a su madre las disposiciones de su ánimo. Quizás al hallarse en aquella ciudad asombrosa, «pasmo del orbe», entre los vivientes dechados de piedad y sabiduría, su corazón le empujara irresistiblemente hacia la gloria espiritual de los soldados de Cristo. Pero si no era así, si su vocación no se revelaba de modo patente, estaba resuelto a tomar otra senda. Un cuantioso patrimonio, pensaba, iba a caer bien pronto en sus manos.

El corto plazo que le restaba dedicole especialmente a Beatriz. Rondaba en torno de su casa por la mañana y por la tarde. Veces veíala aparecer detrás de las vidrieras; veces, conviniéndose de antemano por intermedio de Casilda, salía de la ciudad e iba a sentarse sobre un canto, frente al lienzo de muralla que correspondía a su mansión, hasta verla asomar entre almena y almena.

La víspera de la partida Ramiro pasó más de una hora en aquel sitio, esperando que Beatriz apareciera sobre la torre. Reinaba un gran silencio. El galán no apartaba los ojos de la rugosa muralla, a cuyo pie la roca granítica, rebajada por manos inmemoriales, remeda el embate de un mar. La niña asomó, por fin; y algo blanco, un papel, un billete, comenzó a descender en el aire con vacilante ondulación. ¿Qué signos preciosos traerían para él aquellas alas mensajeras? ¿Cuál habría sido el acento escogido por su amada para poner un pedazo de su alma en la solemne despedida? Recibió el papel en el sombrero y lo abrió. Decía:

«Aun más de lo que os amo os amara si, en llegando a Salamanca, me escogieseis vos mesmo, en la tienda que llaman del Zamorano, una gallarda vihuela de lindo sonar. Quisiera viniese, luego luego, por medio de algún viajante, pues tengo harta necesidad. Dícenme que el cura de San Juan debe volver esta semana.

»Dichoso viaje, mi señor bachiller.

Beatriz.

»Hago escrebir este papel por la dueña, pues me he lisiado ayer un dedo, jugando en el huerto con los amigos.»

Doña Guiomar había puesto en movimiento a la numerosa servidumbre. Al día siguiente, de mañanita, todo estaba aparejado; y, llegada la hora, sacáronse a la calle, por la puerta principal, las acémilas cargadas, el cuartago para Ramiro y el macho rucio para el Canónigo, quien debía acompañarle hasta Castellanos de la Cañada.

Ramiro subió a despedirse de su abuelo. Don Íñigo se dejó besar la diestra como idiotizado; una nevada de ancianidad había caído de pronto sobre él, enfriando para siempre el último calor de su intelecto. Su chupado rostro estaba a trechos amarillo y a trechos moreno, como los limones que se resecan.

A su vez, doña Guiomar abrazó a su hijo esforzándose en sonreír bajo las lágrimas; y, para poder seguirle con la mirada, subió con sus doncellas a la torre del caserón.

XXX

«Hijo mío: Tardo eres ya en contestar a una madre que te quiere más que a sí. Hasta hoy, que es día de Pentecostés, no me han llegado otras nuevas que las que trajo de palabra el licenciado Carmona.»

Así comenzaba la segunda carta de doña Guiomar a su hijo.

Por fin, cierta mañana, un religioso carmelita, de regreso de Alba de Tormes, sacó ante ella, del hueco de la manga, el ansiado papel. Ramiro contaba primero su entrevista con el Rector del Colegio del Arzobispo, en cuyas propias manos había dejado todas las cartas que llevaba. Luego refería su previo ingreso a las Escuelas Menores.

«Es de maravillarse—decía—que, siendo aquí vieja costumbre atormentar a los nuevos con las más crueles invenciones, así que yo penetré en el claustro, mirando a todos muy ásperamente, la mano puesta en la guarnición de la espada y haciendo arrastrar a lo bravo la rodajilla, no hubo ninguno que osara menearse. No sé de qué suerte; pero todos conocen mi hazaña con los moriscos. Un barbudo estudiante díjome ayer que, desde que él viene a las escuelas, no tiene memoria de otro nuevo que haya escapado a los gargajos.» Luego agregaba: «¿Os acordáis, madre, de aquel capitán Antonio de Quiñones, que iba a nuestra casa? A ése le vi en Castellanos y quiso llevarme consigo a perseguir corsarios. Viendo mi resistencia, me dijo: «Mire vuesa merced que no le hizo Dios para fraile, sino para soldado. Cuidado no se equivoque, que le ha de pesar. En Cartagena le espero hasta el día de San Pedro y San Pablo.»

Era todo el contenido de la carta. Algún tiempo después llegó otra más breve, en que comunicaba tan sólo que en el Colegio del Arzobispo le exigían ahora las pruebas de limpieza de sangre. «Esto—agregaba—ha sido siempre de práctica con todos los que buscaron ingresar, y eso que están allí los mejores linajes de España. Pero ¿no bastaba, acaso, con saber mis apellidos y que soy hijo vuestro y descendiente de tan claros agüelos, para excusar toda probanza? En un principio asaltome el antojo de enviar los reposteros de mis mulas para que se enterasen de nuestros blasones. ¡Pero es fuerza acomodarse a la regla!»

Doña Guiomar le envió con un criado antiguo, en buena cabalgadura, un lacónico billete diciéndole que regresara cuanto antes, porque su abuelo se hallaba muy malo. En efecto: don Íñigo, consumido por un mal misterioso, pasaba terriblemente a mejor vida, con los labios estremecidos por incesante plegaria. Aquella triste carne, manando humores, anticipaba al sepulcro su trabajo siniestro. Una sutil fetidez se extendía por toda la casa. Las dueñas y los criados se apretaban las narices al pasar frente a la puerta del enfermo. Entretanto, doña Guiomar no se apartaba un instante de su cabecera, como si quisiese ofrecer al Señor la doble tortura física y moral que prolongaba para ella aquel cerrado aposento.

Ramiro regresó lo más pronto que pudo. Al entrar a la ciudad por la Puerta del Puente, uno de los guardas le dijo:

—Vuestra merced llega tarde. Ya se llevaron al agüelo.

Don Íñigo había sido enterrado la víspera.

Cuando el mancebo penetró en las cuadras que habitaba el anciano, pareciole, a los primeros pasos, que no podría seguir adelante, tal era la hediondez que flotaba en el confinado ambiente. El lecho estaba como lo había dejado la agonía, y la almohada con la señal de lo que ya no volvería a cavilar y a soñar sobre su blandura. Los botes de medicinas, el penado, el almirez, las tazas, las vendas, todo había quedado revuelto y confundido sobre los muebles, haciendo pensar en la ansiedad de la lucha postrera.

Entró a la librería y, al mirar los volúmenes amontonados sobre el suelo y las gafas de asta marcando la página de un infolio, para continuar otro día la lectura; al ver, colgada de un clavo, la calza amarilla, donde el anciano guardaba los pinceles con que pintaba los rótulos; y más allá, hacia un rincón, el taburete para la pierna gotosa, ennegrecido por la grasa de los ungüentos, sintió en su espíritu una profunda tristeza. Aquél era el término de todos nuestros afanes. Allí estaba, en el escurrimiento de aquel ser, esa lección, ese consejo, siempre ambiguo, que incita a la vez al goce y a la penitencia.

Cuando todo se hubo serenado y el solar cayó de nuevo en su muda monotonía, doña Guiomar llamó a solas a su hijo y le declaró, en breves palabras, el estado en que don Íñigo les dejaba el antiguo patrimonio. Estaban completamente arruinados. Se había vivido, hasta entonces, demorando el derrumbe final a fuerza de expedientes extremos, empeñando a los genoveses, uno a uno, todos los bienes, y vendiendo, por último, en montón, platería, joyas, tapices. El mayordomo flamenco, que era, según ella, la única persona que conocía en la casa el manejo del patrimonio, y que hubiera ingeniado tal vez nuevos arbitrios, acababa de marcharse para su país, a recoger una herencia. No les quedaba sino el solar, empeñado casi por entero, y algunos escudos guardados en un cofre, que pronto se agotarían. Era forzoso, pues, vender el caserón y resignarse a vivir en alguna casa modesta de los arrabales.

—De todos modos—añadió doña Guiomar—ya no precisas de muchos dineros. La santa Iglesia demanda bienes más puros; y agora pienso que puedes cursar la Teología en el mesmo seminario de esta ciudad.

Ramiro escuchó a su madre con verdadero estupor.

¡Arruinados! ¿Era posible? ¿Y todos los cuantiosos caudales que venían hasta ellos, por incontables alianzas, desde los más remotos antepasados, todas aquellas mercedes de los Reyes, todos aquellos señoríos de Segovia, todas aquellas casas y heredades en Avila y su tierra, que aparecían mentados a cada paso en sus pergaminos?

En otras circunstancias no le hubiese importado la pobreza; sabía que la falta de hacienda empujaba a las aventuras heroicas. Pero, ahora, su instinto presentía un amoroso desastre, a causa de aquellos bienes perdidos. Bajó la cabeza en silencio y, después de un instante de meditación, declaró de lleno a su madre algo que él mismo no había determinado todavía: la intención de casarse con Beatriz; y, sin que su voz se alterase, díjola también el gran delito que sería seguirla esperanzando con su falsa vocación eclesiástica.

Doña Guiomar no pestañeó siquiera; pero sus manos restregaron nerviosamente los brazos del sillón en que estaba sentada. Entonces Ramiro, doblando ante ella la rodilla, tomole con frenesí ambas manos, y mirándola fijamente en los ojos, la pidió que ayudase sus designios y que, por amor de Dios, no vendiera el solar; que pensase en la impresión que produciría en el ánimo de don Alonso y de su hija aquel acto menguado.

—Yo trataré con los ginoveses—agregó;—algo quedará que entregalles; aún restan muebles y mi daga de piedras; pero, ¡por mi honra!, no vendáis el solar, madre, ¡no vendáis, no vendáis el solar!

Ella se levantó lentamente, la mano izquierda sobre el pecho:

—Con lo que acabas de decir—repuso—mi vida en el siglo ha terminado. Eres agora el señor. Ordena, y que Su Divina Majestad te perdone.

Su expresión era extraña. El demasiado dolor la hacía sonreír. Caminó hacia la mesa. Removió la mecha del velón, la limpió, la retorció debidamente. Luego, sin pronunciar un vocablo, salió de la estancia.


SEGUNDA PARTE

I

El rey don Felipe Segundo era llamado, con razón, el Prudente.

Grandes fueron los tumultos y demasías de Aragón; sin embargo, a fines del año de 1591 todo pareció terminar en paz y concordia bajo la simulada clemencia del Monarca. Los señores rebeldes, perdido el recelo, volvían a Zaragoza y ofrecían su mesa a los oficiales del ejército castellano. Había llegado el momento de la regia venganza.

Cierta mañana, el Justicia Mayor, don Juan de Lanuza, al subir las gradas de la Catedral, hallose arrestado en nombre del Rey. Un capitán de arcabuceros le esperaba desde temprano, fingiendo examinar las estampas de una tienda de libros.

«Prenderéis a don Juan de Lanuza, y hacedle cortar luego la cabeza», tal era la orden manuscrita de Felipe Segundo.—¿Y quién me condena?—había preguntado el Justicia al oír la lectura de la sentencia.—El Rey mismo—le respondieron.—Nadie puede ser mi juez—replicó—sino Rey y reino juntos en Cortes.

Al otro día el primer magistrado de Aragón era degollado por mano de verdugo. De este modo el Rey «ajusticiaba la justicia» y desgarraba para siempre los fueros de varios siglos. Otros señores y, entre ellos, don Diego de Heredia, barón de Bárboles, y don Juan de Luna, señor de Purroy, habían de seguir igual suerte, después de soportar feroces tormentos. El duque de Villahermosa y el conde de Aranda perecieron misteriosamente en sus prisiones. Algunos rebeldes, que no gozaban del señoril derecho de morir descabezados, fueron arrastrados por las calles, en un serón de infamia, hasta el garrote.

Así quedó vengada la defensa de Antonio Pérez y roto para siempre el brío de aquel soberbio Aragón, que sólo cada tres años se dignaba arrojar en las arcas del Rey su arrogante limosna.

De igual modo los pueblos de Castilla habían sido escarmentados años antes por el Emperador, cuando el alzamiento de las Comunidades; pero todavía solía advertirse en ellos uno que otro conato levantisco, como el que hace erguir sobre las patas traseras a los rocines castrados. No ya los señores, sino que también los pecheros comenzaban a vociferar. Era premioso repetir el ejemplo. Una altanera ciudad acababa de ofrecer la ocasión.

El 21 de octubre, a la vez que el ejército real, de paso para Francia, penetraba en Aragón, aparecieron en Avila, pegadas a las puertas o paredes de la Iglesia Mayor, del templo de San Juan, de las Carnicerías Nuevas, de la casa de los Valderrábano y en otros sitios públicos de la ciudad, siete copias de aquel sedicioso pasquín que Ramiro y el Canónigo oyeron leer una tarde a don Enrique Dávila en el piso bajo del caserón.

Al día siguiente, el Corregidor don Alonso de Cárcamo despachó un correo al Escorial. La respuesta de Su Majestad fue tan sólo un negro puñado de ministros para que formasen la causa. Se esperaba un castigo leve, y los más chocarreros componían letrillas y jácaras sobre el asunto.

El día 14 de febrero de 1592 fueron publicadas las sentencias. A don Diego de Bracamonte, a don Enrique Dávila y al licenciado Daza Zimbrón se les condenaba a ser degollados. El cura de Santo Tomó Marcos López sufriría privación del sacerdocio y beneficio, confiscación de la mitad de sus bienes, diez años de galeras y destierro ad vitam; el escribano de número Antonio Díaz, azotes, diez años de galeras y el mismo destierro.

Para muchos la intervención de la Providencia era patente, y a su amparo el príncipe, extrayendo de cada ocasión un ejemplo, completaba su obra. Nada de albedríos diseminados, nada de figurerías ni arrogancias que estorbasen el poder. La unidad era el primer precepto de su Arte Real, la unidad invulnerable y absoluta, a imagen y semejanza de aquella otra unidad que gobernaba los orbes. No más voluntad que la suya, no más pensamiento que el suyo, no más fe que la que él mismo profesaba. El soberano del moderno Israel debía revestirse de las tres potencias tutelares: la ley, la espada y el efod, y ser a un tiempo el Moisés, el Josué y el Aarón de su pueblo. Todos los tronos y las sedes le servirían de escala para elevarse hasta los cielos y recibir él solo la consigna del Altísimo. Su sombra cubriría las comarcas y los mares; y las naciones le mirarían como al nuevo arcángel, armado del hierro y la llama, vencedor de Satán.

Entretanto España se consumía. La fiebre de aquel monstruoso delirio le secaba los miembros. El Rey pedía, exigía sin tregua, hidrópico de tributos; y, a veces, su mano, al escurrir la ubre enjuta de los pueblos, no sacaba sino sangre. No era posible dejar sin paga a los ejércitos y abandonar el cohecho de los príncipes y cardenales; y la bancarrota crecía, se envedijaba, se enmarañaba cual inmensa madeja de pasadilla. Las deudas tenían aliento de fiebre, la real hacienda jadeaba; cada año se gastaban los ingresos de cinco años venideros.

¿Qué expediente, qué arbitrio quedaba por ensayar? En un tiempo apañó las remesas de oro y de plata que llegaban de las Indias para particulares; mercó las hidalguías, los juros, los empleos; invitó a los clérigos a legitimar sus hijos sacrílegos mediante un puñado de reales; gravó la exportación de la lana; impuso contribución sobre el pan y sobre el vino, antes libres; se apoderó de la sal; confiscó los maestrazgos del mar; dobló el almojarifazgo, y triplicó en poco tiempo la terrible alcabala. Los pueblos desmolados se echaban a morir. Avila, Toro, Córdoba y Granada se negaron a aceptar el encabezamiento de 1576. En las naciones extrañas el solo nombre de Felipe Segundo hacía palidecer a los banqueros. Los Fugger dieron por fin un nudo a la bolsa y volvieron la espalda. Otros no sabían si continuar o romper para siempre, como el judío que ha prestado a un tahúr de luenga espada. Los genoveses, entretanto, se defendían con la usura. A partir del año 1590, el desbarajuste fue pavoroso para la hacienda del Rey. Las Cortes, corrompidas por el Monarca, habían exigido a las ciudades ocho millones de ducados.

Y la pobreza y el hambre arreciaban como flagelos de Dios. Un hechizo maléfico parecía esterilizar los terruños, parar los molinos, los tornos, los telares, descoyuntar el brazo del menestral. Muchos no sabían ya cómo ganar el sustento y salían a hurtarlo donde lo hallasen. Se vivía en la incertidumbre del bocado; el pan se hizo una presa. Las trapacerías del hambre formaron una arte honrosa y sutil, que tuvo su romancero y sus manuales, sus poetas y bachilleres. El mal atacaba más duramente a los hidalgos de patrimonio extinguido, cuya estirpe clara y antigua no les permitía infamar sus manos en los oficios. Más de uno comía del mendrugo que hurtaba su paje, y suspiraba con digna tristeza, bajo la capa, al aspirar, de paso, el sabroso calor de las pastelerías. El estudiante imitó, para vivir, los ardides perrunos. Sus piernas de lebrel eran el terror del comercio. Fue entonces el glorioso tiempo de la olla común. Los conventos se hincharon de monjes; sus porterías, de sopistas. El hospital y la cárcel fueron buscados como refugios venturosos, donde se comía regularmente y como de milagro. Millares de infelices se fraguaban pústulas sangrientas o perpetraban delitos para ser alimentados. Las calles estaban llenas de limosneros fingidos; los campos, de falsos anacoretas; los puertos, de famélicos hidalgos que venían a pedir una plaza en los galeones.

A esta angustia de las entrañas se agregaba la zozobra del ánimo, la honrosa inquietud de verse marcado por la sospecha, tan sólo, del Santo Oficio, o de atraer el castigo del poder sobrehumano del Rey. Y entretanto parecía que el mismo viento murmurase calumnias y que la delación se agazapara bajo el lecho en que se dormía, entre los pliegues de las antepuertas, en el rincón de los oratorios. Muchos, como don Alonso, recelaban de sus propios labios durante el sueño, y evitaban adormirse en los sillones, entre el paso de la servidumbre.

Toda altivez era funesta y el mismo silencio no era seguro. Ne contumax silentium, ne suspecta libertas. La idea temblaba en el cerebro, y no hubo pluma que osara estampar lo que el alma ocultaba en su cripta más honda. En cambio se hablaba con delicia de los países lejanos y de la inviolable paz de los claustros.

No faltaba, sin embargo quien amase, de veras, al Monarca, sintiendo triunfar o sufrir en él su propio orgullo fanático; la mayoría, bajo la pavorosa coerción, acababa por encomiarle.

La virilidad pareció resumirse entonces en la propia sangre atosigando las vísceras, y el antiguo valor tomó la forma del estoico desdén de todos los males. Era el encantamiento inexplicable de las tiranías. Más de uno repugnado de su propio servilismo, a una simple señal del Monarca, se hubiera abierto impasiblemente las venas, como Séneca o Petronio.

El humor español se hizo reservado y sombrío. Una verdadera peste de melancolía se propagó por todo el país como un vaho de purgatorio, inficionando las almas.

Los hidalgos vestían de luto; la madera al uso era el ébano. Jamás fue tan lúgubre el aparato de la muerte.

El espíritu se empeñó en extraer sus ideas primordiales del sepulcro mismo y de sus terribles podredumbres.

Ramiro llegó de Salamanca el domingo 16 de febrero de 1592, dos días después de publicadas las sentencias. El Canónigo fue a visitarlo y enumerole una a una las condenaciones. No pareció muy satisfecho al decirle que a don Enrique Dávila y al licenciado Daza les habían otorgado la apelación. En cuanto a don Diego, sería ajusticiado al siguiente día.

—Ya veis, hijo mío—agregó,—que vuestro abuelo se ha marchado a tiempo. Bien se dice que en una buena olla puede hacerse un mal cocido. Cuidad vos agora, hijo mío, las palabras, y teneos muy quedo, por un espacio.

—¿Y quién ha dado los nombres?—preguntó Ramiro.

—Alguno será—replicó el lectoral—que no quiso ver a España destrozada otra vez por la revuelta, como en tiempos del Emperador.

Contó en seguida, sin dar lugar a otra pregunta, que los agentes de Su Majestad habían sospechado de don Alonso, y que, durante la ausencia del caballero, entraron de rondón en su casa, revolviendo hasta la última gaveta y llevándose un gran fajo de papeles.

—¿En dónde será ajusticiado don Diego?—volvió a preguntar bruscamente Ramiro. Su mirada pensativa parecía inmovilizada por algún pensamiento dominador.

—En el Mercado Chico—replicó el Canónigo.—Ayer le fue notificada la sentencia, hoy debe haberse confesado para recibir el Santísimo Sacramento, y mañana le sacan de la Alhóndiga, a mediodía, para llevarle a degollar. Ya es cosa convenida que ningún noble ha de ir a saludalle, y que, fuera de los villanos, que siempre han sido golosos de esta clase de espectáculos, veranle sólo en la mula las gentes de ley y las Comunidades y Cofradías.

Al escuchar aquel sañudo lenguaje, Ramiro declaró con vehemencia que si los nobles avileses no iban a despedirse de Bracamonte, en aquel trance final, eran todos unos malos caballeros.

—Nadie ignora—exclamó—que el don Diego, a más de su antiguo y glorioso linaje, ha sido siempre un hombre de mucha honra, y que, sin duda, su trágico fin lo debe a la alteza de su ánimo. De mí puedo decir que he de ir en pos de él hasta el pie del cadalso, sin pensar en mi propio interés ni en la razón o sin razón de su condena.

Pronunció estas palabras con tal arrogancia, que su confesor y maestro creyó necesario arrugar el sobrecejo y levantar la cabeza antes de responderle.

—Haced lo que os plazca—le dijo;—pero cuidad que vuestra inadvertida juventud no os enderece por donde tal vez no queréis caminar. Don Diego será, como decís, harto infanzón, aun que de cepa gabacha y no española, sea dicho de paso; pero lo cierto es que ha sido agora traidor y aleve con su Rey.

—Don Diego—repuso Ramiro con el rostro demudado—es gran caballero y no pudo ser jamás aleve ni traidor como dice vuesa merced.

—Pues yo repito—replicó de mala manera el lectoral, mostrando los dientes y golpeando dos veces en la mesa con el puño—que don Diego es traidor y cobarde.

—¡Y yo digo que miente vuesa merced!—gritó Ramiro, ebrio de cólera.

El Canónigo dio un paso hacia adelante con la diestra en alto y pronta a asestar el bofetón; pero el terrible ceño de Ramiro le contuvo. Balbuceando, entonces, palabras entrecortadas, llevose ambas manos al rostro. Aquellos instantes fueron solemnes. El insulto flotaba irreparable, y parecía hacerse oír, otra y otra vez, en el silencio. El Canónigo musitaba, gemía, suspiraba, con el rostro cubierto. Por fin, bajando las manos, embozose con furia, y, después de buscar la salida como un ciego a lo largo del muro, desapareció de la cuadra, dando con el pie, hacia atrás, un terrible portazo.

Ramiro sintió que todo su maquinal apegamiento hacia aquel hombre acababa de trocarse en súbito rencor. La crispada y hostil actitud, que aún conservaba, suscitábale nuevos impulsos de odio contra su víctima.

Cuando comenzó a serenarse, dijo en voz alta, sentándose en el sillón:

—¡No he menester de él, ni de nadie!

II

Pocos días para Avila más tristes que aquel lunes, 17 de febrero de 1592. La ciudad despertó en una expectativa siniestra. El horror del suplicio inminente parecía flotar por todas partes mezclado a la niebla de la mañana.

En medio del Mercado Chico se levantaba un gran cubo negro, el cadalso; y las ráfagas del Norte sacudían contra el esqueleto de pino la bayeta patibularia. Fúnebres ministros de justicia se agitaban en derredor. A eso de las diez trajeron el bufete, los candelabros, el crucifijo. Más tarde los mozos del verdugo vinieron con el tajo y las dos negras almohadas para el reo. La llovizna caía por momentos, fina, glacial.

El tráfago de todos los días comenzaba; pero los vecinos iban y venían más graves que de costumbre, coceando la nieve de la víspera. Algunos hablaban misteriosamente al encontrarse; otros discutían en los mesones con insólita nerviosidad sin alzar demasiado la voz, pero arrufando el hocico y tomándose a veces las partes viriles con toda la mano, para dar más vigor a sus bravatas y juramentos.

Con sus puertas y ventanas sin abrir, los caserones de la nobleza tenían el aspecto de rostros patéticos y enmudecidos. Aspirábase en el aire ese espanto, ese asco de muerte judicial que anonada la razón; y una sombra de infamia envolvía a Avila entera. El más altivo de sus caballeros iba a ser ajusticiado en nombre del Rey. No hubiera sido mengua mayor arrasar las ochenta y ocho torres, que esperaban ahora, con extraña lividez, la rotura de aquella cerviz, donde parecía haberse encarnado la fiereza de la muralla.

Corrió la voz de que, a las dos de la tarde, don Diego sería sacado de la Alhóndiga. Aquel edificio correspondía como prisión a los nobles y se levantaba entre la torre del Homenaje y la del Alcázar, por la parte de afuera, frente al Mercado Grande. Cuando Ramiro llegó ante el blasonado frontis, los empleados de la justicia regia y comunal se aglomeraban y zumbaban como moscas a uno y otro lado del portalón y en torno a la fuente; mientras las cofradías y las órdenes esperaban, en larga hilera, desde la plaza del Mercado hasta más allá del convento de Santa María de Gracia. Los monjes rezaban. No se llegaba a percibir de sus rostros sino los raspados mentones, por debajo de las capillas; sus manos cruzadas por dentro de las mangas, dejaban colgar los rosarios. Todas las voces, todos los balbuceos de franciscanos, dominicos, agustinos, jerónimos, teatinos, carmelitas, se unían en un coro uniforme, que aumentaba la pavura, cual dolorosa plegaria de otro mundo. La persistente llovizna escarchaba los hábitos y parecía embeber todas las cosas en su tristeza. Algunas mujeres plañían.

Más de una hora pasó Ramiro codeandose con el vulgacho. No había sino gente baja, curiosos de la ciudad, mujeres del mercado con los brazos desnudos, muchachos arrabaleros, algunos gañanes de la dehesa, harto morisco, y una que otra ramera de manto amarillo y medias coloradas.

Por fin un portero sacó del zaguán de la Alhóndiga una mula cubierta de fúnebre gualdrapa con dos redondos agujeros ribeteados de blanco a la altura de los ojos. Se produjo un movimiento general. Tres alguaciles montaron en sus caballos.

Ramiro miraba hacia uno y otro lado por ver si hallaba algún conocido, cuando una brusca exclamación brotó de la multitud y fue a rebotar contra la inmensa muralla. Don Diego de Bracamonte acababa de aparecer en la puerta de la prisión. Caminaba a su izquierda el Guardián de los descalzos, fray Antonio de Ulloa.

Lo primero que hería la mirada era la palidez plomiza de su semblante, acentuada por la negrura del capuz que le habían echado sobre los hombros. El bigote y la barba habían encanecido del todo. Avanzaba tieso, indómito, solemne, mirando hacia las nubes y pisando con fuerza, como el que marcha entero en la honra.

Ramiro experimentó rápido calofrío, y cuando, al verle montar en la infamante cabalgadura, advirtió que sus manos estaban ligadas por negro listón y que de su pie derecho pendía una cadena, sintió que hubiera dado allí mismo la vida por libertar a aquel hombre magnífico, víctima de su rancia altivez castellana. Era el último Cid, el último reptador, llevado al suplicio por viles sayones asalariados. Cerró entonces los ojos un momento para contener su emoción, y pareciole oír de nuevo los discursos del hidalgo en la asamblea, aquellos discursos que salían de su boca como los hierros de la hornalla, chisporroteantes y temibles. Ya no volvería a perorar con el pie derecho en la tarima del brasero y el estoque bajo el sobaco. ¡Iba a morir!

El cortejo penetró en la ciudad por la puerta del Mercado Grande, tomó la calle de San Jerónimo y luego la de Andrín. Caminaban por delante las cofradías de la Caridad y la Misericordia tañendo sus plañideras campanillas. Una voz áspera y poderosa gritaba, de trecho en trecho, el pregón de la muerte.

«Esta es la justicia que manda hacer el Rey nuestro señor a ese hombre, por culpable en haberse puesto en partes públicas unos papeles desvergonzados contra Su Majestad Real. Manda muera por ello.»

Ramiro caminaba a la par del alguacil Pedro Ronco, que iba montado en su famoso rocín todo negro. Los religiosos entonaban una salmodia lúgubre que daba terror. Detrás de ellos venía Bracamonte en la mula, cual si fuera el espectro del orgullo. Su lúgubre continente hacía estallar, en las puertas y ventanas, el sollozo de las mujeres, que invocaban a Santa Catalina, a los Santos Mártires y a la Santísima Virgen. Las ropas negras de los alguaciles y corchetes despedían, con la humedad, un tufo de orines trasnochados. Doce pobres, con sendas hachas encendidas, esperaban a la puerta de San Juan, y su oración temblaba a la par de las llamas humosas que el viento doblaba y estremecía.

Una vez en la plaza, al llegar al pie del cadalso, don Diego se apeó de la mula y subió serenamente las gradas. Hincose, y pidió un libro de horas para confesarse con fray Antonio. Ramiro, colocado muy cerca, escuchó las palabras del Miserere, del Credo, de las Letanías.

Lloviznaba. La plaza estaba repleta de muchedumbre. Algunos curiosos habían logrado encaramarse a los tejados, hacia la parte del poniente. Por fin el verdugo se acercó a decir que ya era tiempo. El escribano de la comisión requirió por tres veces a Bracamonte que hiciera confesión abierta del crimen. Ramiro oyole decir que don Enrique Dávila y el licenciado Daza eran inocentes y que sólo él era culpable. El escribano exigió que lo jurase. Entonces escuchose una voz entera que repuso:

—No me sigáis predicando, que no diré más.

Seguidamente, don Diego se puso de pie y sus ojos fueron atraídos por el madero contra el cual había de ser descabezado; su rostro cobró una blancura terrible, pero se sobrepuso al instante, y, levantando la frente, miró por última vez la ciudad, el cielo, la luz preciosa de la vida. Todos creyeron que iba a pronunciar algunas palabras, y oyose vasto rumor que reclamaba silencio. Ramiro, por su parte, buscó atraer su mirada, para dirigirle un último saludo; pero aquel espíritu ya estaba lejos de la tierra y se anticipaba a la muerte.

Por fin, cual si hubiera distinguido algún signo de lo alto, don Diego encaminose a recibir la negra venda en los ojos, y, sentándose en la almohada, cogió por detrás el madero con sus propias manos, ajustó la cabeza, y alzando la barba ofreció el pescuezo al espantoso cuchillo.

Ramiro observó adrede la pálida testa muerta de súbito y que, asida de los cabellos, fue mostrada hacia los cuatro lados de la plaza, en nombre del Rey. Entonces, con gesto amplio, magnífico, para que todos le vieran, quitose la gorra, exclamando:

—¡Dios reciba tu alma, gran caballero!

Dos alguaciles escucharon la frase. Uno de ellos quiso prenderle allí mismo; pero el otro le contuvo. Ramiro se retiró.

Al pasar frente a la iglesia de San Juan, un lacayo entregole un billete lacrado. Don Diego de Valderrábano le comunicaba que, a las seis de la tarde, se reunirían en su casa varios amigos, a fin de pedir permiso al Corregidor para enterrar ellos mismos el cuerpo de Bracamonte; y en muy graves palabras le invitaba a acompañarles en la demanda.

Aquella noche algunos caballeros enlutados atravesaban la ciudad a la luz de las hachas, llevando sobre los hombros largo ataúd, que fueron a depositar en la capilla de Mosen Rubí. Valderrábano, al dejar la iglesia, apoyose en el hombro de Ramiro y lloró tiernamente.

III

Ramiro no pudo dormir en toda la noche. Lúgubres visiones le robaban el sueño, y los pormenores del suplicio se reproducían en su memoria, suscitados por la tiniebla y el silencio. Era hermoso morir con aquella valentía. Sin embargo, en caso semejante, él hubiera hablado a la muchedumbre. Inventaba entonces en su cabeza discursos extraordinarios. Pero, por debajo de su enhiesta arrogancia, su instinto rastrero hacíale meditar en el poder del Soberano, en aquel poder irresistible, absoluto, que, a la vez que dispensaba los más grandes honores, podía suprimir la existencia más bizarra con un trazo de péñola.

A la hora del alba, cuando la nueva luz comenzó a señalar las rendijas de la ventana, el amor de Beatriz se encendió como nunca en su pecho. Pensó en ella apasionadamente. Pensó con frenesí en el goce de vivir y de amar, animando junto a él la ilusión de una boca bajo la suya, de sedosa cabellera perfumada, entre sus propias holandas.

Su primer pensamiento, al levantarse, fue irle a pasear la calle a la doncella. Consideró que las personas que venían todos los días a dar el pésame por la muerte de don Íñigo le ocuparían la tarde. Era menester escapar. A la una comenzó a engalanarse. Cuando el criado le echaba por fin sobre los hombros el capotillo de negro terciopelo atrencillado, una dueña vino a decirle que Beatriz subía las escaleras, y que, no estando ataviada aún doña Guiomar, era necesario entretener a la visita.

—¡Ah! ¡cómo viene hacia mí!—exclamó Ramiro para su coleto; y dando un último toque a sus cabellos, salió de la estancia.

Sólo podía recibirla en el antiguo estrado, pues los demás habían sido desguarnidos por los usureros. Reflexionó, sin embargo, que, a pesar de su vejez y abandono, aquel salón trascendía a grandeza grave y a rancio abolengo. Levantó el cerrojo y entró.

Era una cuadra larga y angosta, diversamente alhajada según el estilo flamenco, italiano y mudéjar de los tiempos del Emperador. Desde la muerte de doña Brianda del Aguila permaneció sin abrirse, como esas salas de los cuentos orientales que encierran pavoroso misterio. Don Íñigo y su hija prefirieron, a su vez, otras estancias más fáciles de renovar. Decíase que en su recinto la Santa Junta de los Comuneros había celebrado su primera reunión clandestina; y por mucho tiempo corrió entre el vulgo la leyenda de que los espectros de los ajusticiados, se congregaban allí dentro, en las noches de luna. Por eso tal vez, nadie quiso habitar aquella casa durante un cuarto de siglo.

Los criados no ignoraban estas historias, y sus dedos habían temblado sobre los cerrojos cuando doña Guiomar ordenó que se abriesen las puertas para velar en el antiguo estrado de doña Brianda el cadáver de su padre.

Era, sin duda, extraño el aspecto de aquel recinto. Entapizaba sus muros viejo terciopelo azul, podrido en lo alto por el agua de las goteras y coriáceo, reseco hacia los bordes, como el velludo que se desprende y retuerce sobre las viejas arcas mortuorias. A uno y otro lado se veían sillas de roble incrustadas de marfil, y bargueños, bufetes, contadores, donde el trabajo de la carcoma remedaba los ojos del alcornoque. Terrosa adherencia mataba el brillo del bronce, del nácar, de la concha. ¡Muebles cuasi espectrales! Las antepuertas, los tapices y todas las colgaduras, cubiertas de telaraña, pendían con hipnótica apariencia, y el polvo aclaraba, a manera de luz, los pliegues de medio siglo. Ramiro, al entrar, oyó carreras furtivas bajo los muebles. Un taladro dejó de roer.

La barandilla, desdorada por la mano nerviosa de antiguos galanes, dividía en dos partes el estrado, y, sobre la encorchada tarima, almohadas polvorientas conservaban aún la presión de cuerpos femeninos. Un residuo ilusorio de remotos galanteos parecía perdurar a manera de viejo perfume o como un polvo de ramilletes en los cofrecillos de las ancianas.

¡Cosas fenecidas! Hubiérase dicho que aquel carcomido aparato no esperaba sino la primera brisa exterior para desvanecerse de súbito.

Seis retratos descoloridos habitaban espectralmente la estancia.

Ramiro esperaba junto a un brasero, que guardaba aún la ceniza de los últimos saraos. Oyose un rumor de chapines y un crujir de sedas en la galería, y Beatriz apareció vestida de negro y olorosa como un sahumador encendido.

Mientras Ramiro se inclinaba con donaire, la doncella dejó caer su manto hacia atrás. Doña Alvarez, que la acompañaba, quedose en la estancia vecina.

—¡Solos!—se dijo el mancebo.

Uno y otro temblaban. Una irradiación misteriosa estremecía en torno de ellos lo ignorado. La niña miró con extrañeza los muebles y las colgaduras, toda aquella vejez, toda aquella podredumbre; luego púsose a observar uno a uno los retratos. Siguiendo su mirada y sintiéndose incapaz, bajo la viva emoción, de formular algún concepto cortesano, Ramiro profirió:

—Son nuestros antepasados: los Aguilas, claros varones y mujeres, que murieron hace mucho.

Hizo una pausa y continuó:

—¡Nosotros también pasaremos como ellos, Beatriz!

Y al pronunciar esta frase hundió su mirada en los ojos de la doncella con doble y profunda expresión de sensualidad y de tristeza.

Una de las pinturas representaba un busto de mujer. Listada caperuza adherida a la frente ocultaba del todo los cabellos.

—¡Quién quisiera llevar agora una toca como ésa! ¡Antes morir!—observó la niña, agregando:—Mirad: tenía en el cuello un lunar como el mío.

Bajándose entonces la gorguera mostrole a Ramiro la terneza de su garganta. El mancebo se sintió desconcertado ante aquella blanquísima piel donde minúsculo lunar exasperaba el deseo cual voluptuosa pimienta.

De pronto, girando sobre sus corchos como en una mudanza de baile, Beatriz exclamó:

—¡Basta de muertos!—agregando con cortesana sonrisa:—Bien sé que sois de sangre muy clara y que podéis referir grandes cosas de los agüelos; pero holgárame en oíros contar las vuestras algún día.

—Tiempo queda—repuso el mancebo, sintiendo subir a sus mejillas inesperado rubor.

—Mi padre—añadió Beatriz,—siendo un mancebillo, marchose a la guerra. Esto lo digo sólo por aguijaros.

—Desde ya me obligo; pero no crea ninguno que he de padecer en la guerra más que aquí, ni que han de ser en ella más arduos los peligros, ni más duros los cautiverios, ni más propincua la muerte.

—Incomprensible os volvéis.

—Decidme—exclamó Ramiro sonriendo:—¿qué batalla habrá por el mundo más dura que mi porfía, qué adarve más áspero que vuestro corazón, qué infieles más temibles que esos vuestros ojos, mi señora?

—Muy tierno me requebráis. Quiero pensar que lo decís de vero.

Los dos callaron.

Estaban ambos vestidos de terciopelo negro atrencillado con aforros de seda, y sólo sus rostros y sus manos recogían la claridad escasa de la penumbra. Un rayo de sol, turbio de corpúsculos, entraba tras una madera entreabierta, iluminando, sobre la pared del fondo, una gran tapicería que atrajo la mirada de Beatriz.

Avanzaron hacia la luz, y subiendo a la tarima, uno y otro hicieron una mueca involuntaria. Respirábase allí rara hediondez. Ramiro comprendió. Acababa de reconocer un olor inconfundible, un olor respirado, al llegar de Salamanca, en el cuarto de don Íñigo; y toda duda quedó desvanecida al advertir sobre el suelo las gotas de cera de los hachones.

La tapicería representaba un asunto de amor. Ramiro la había descifrado días antes, con el auxilio de un padre dominico. Veíase, hacia la izquierda, a María Padilla, la favorita de don Pedro, sentada en fabuloso jardín, amarillo y azul. Un pavo real abría su fastuosa pantalla junto a un estanque. Apoyando suavemente la diestra en el hombro de la dama, el Rey de Castilla, vestido de rojo capisayo descolorido, enseñábala sobre el dedo un halcón montano con capirote de púrpura. Una ondulación, un aliento espectral parecía mover por instantes la tela.

Ramiro dijo brevemente lo que había leído en las historias sobre aquellos amores, y a él mismo le pareció que sus palabras diseminaban lúbrico perfumo. Las pupilas de Beatriz se encendieron.

Uno y otro fijaron la mirada en las dos galantes figuras, y sus retinas sólo tomaron el vivo bermellón de aquellas dos bocas intactas, que parecían retardar la voluptuosa caricia en los años.

Ramiro pensó que de un momento a otro podía llegar alguna persona, su madre misma, y romper el embeleso de un coloquio a solas, que no volvería tal vez a ofrecerse, en mucho tiempo. Preparó en su espíritu la frase decisiva. Estaba resuelto a poner su destino a los pies de aquella mujer. Dio algunos pasos hacia el muro para recobrar su entereza. Un ángulo de la tapicería estaba doblado hacia adentro; él lo cogió maquinalmente e hizo dar a la tela brusca socollada. Entonces sucedió un hecho harto extraño: envueltas en una nube de polvo, inesperadas, sorprendentes, salieron por debajo de la colgadura innumerables polillas. Era un verdadero enjambre espantado, indeciso, de maripositas grises, hechas como de tierra, que desprendían una arena finísima al volar y resplandecían por instantes, a modo de luciérnagas, en el rayo de sol.

Muchos de aquellos insectos fueron a posarse sobre los vestidos de Beatriz, adhiriéndose al jubón y a la saya y cubriendo su manto. La niña repetía el mismo ademán de repugnancia y de miedo, sin atreverse a tocarlos; mientras Ramiro, alargando sus dedos, se los quitaba, uno a uno, entre sonriente y avergonzado.

Enredadas en un rizo, dos de aquellas palomitas aleteaban sin cesar. El mancebo, al ir a cogerlas, retuvo a Beatriz pasándola el brazo por detrás de la espalda. El rayo de sol la daba de lleno en el rostro, y, en medio de toda la vejez, de la descomposición, de la muerte que le rodeaba, Ramiro vio una cosa hechicera, deliciosa, toda vida, toda juventud, toda sangre, que palpitaba bajo su ansia. Era la boca, aquella boca roja de Beatriz, que el demonio carnal la había enseñado a salivar brevemente, y a ensanchar y contraer, de inquietante manera. Ramiro cercó con su brazo el cuello de la niña oprimiéndola con dulzura. Sintió entonces el impulso frenético de poner sus labios sobre los labios de la doncella, de beber y morder en ellos el amor, la lujuria, el delirio, ¡locamente!, y la atrajo por fin hacia él con rabiosa vehemencia.

Beatriz lanzó un grito:

—¡Alvarez!

Uno y otro volvieron el rostro. La dueña contorneaba su forma ancha y sombría en el luminoso vano de la puerta, que acababa de abrirse.

—¡Las polillas! ¡Las polillas!—volvió a gritar Beatriz, sacudiéndose el manto.

Un instante después, cuando la dueña terminaba apenas de borrar en los vestidos de su señora la última señal de los insectos, un lacayo vino a decir que doña Guiomar esperaba en su aposento. Ramiro no quiso acompañar a Beatriz, un movimiento pudoroso le impulsaba a evitar en aquel momento la mirada de su madre. Inclinose, pues, con muda reverencia, y se alejó por los corredores.

Aquella tarde, aquella noche y en los días que siguieron, Ramiro recordó sin cesar el coloquio del estrado.

Parejas con la tiránica pasión, su orgullo viril crecía ilimitadamente. Ni una brizna de desconfianza brotó en su cerebro, ni una sola reflexión adversa. Sentíase más seguro que nunca. El grito de Beatriz no fue sino el clamor de su voluntad totalmente rendida. La había sentido vibrar entre sus brazos con el mismo estremecimiento de la sarracena y otras mujeres, cuando él las atraía para besarlas; y parecíale llevar aún en la mano el loco latir de aquel corazón bajo el duro azabache.

En cambio, él también quedaba herido por Beatriz, y quizá para siempre. Ya no podía concebir el resto de su vida sin el amor y la total posesión de la doncella. ¿Para qué soñar, ambicionar, afanarse, si no lograba la caricia que acababa de escapar a su ansia? ¿Qué era el mundo y sus loores sin aquella victoria? ¿Cómo soportar que otro hombre?...

Su ensueño amoroso oscilaba entre el arrobamiento y las fiebres impuras. Unas veces el alma alcanzaba de un solo rapto las beatitudes de la pasión ideal; otras, la sangre clamaba impaciente por la suprema codicia. Ora soñaba que sus labios sorbían el éxtasis en los labios de su amada, cual paradisíaco rocío; ora, que sus deseos eran las abejas temibles cayendo en enjambre sobre una fruta entreabierta.

Luego imaginaba lo que haría, cuando fuera su esposo para apartarla de la irritada sensualidad de los que hubieran sido sus galanes: La llevaría a un país muy lejano, a alguna ínsula salvaje; o se encerraría con ella en una morada que no tuviese más abertura que el ferrado portón, para no dejarla salir sino muy de mañana a la iglesia más próxima, bajo un manto amplio y espeso que la ocultara todo el rostro y sólo dejase a los demás su sombra pasajera y arrebujada. Si alguno osaba requebrarla al pasar o seguirla con descaro, ya sabría él despacharlo al otro mundo por el más listo de los correos, con una oblea harto roja en medio del pecho.

Una noche, metido en la cama, fuese quedando dormido sin apagar el candil. La llama sobredoraba sus visiones. Estaba casado con Beatriz y era capitán de corazas en alguna tierra de América. Encontraba un tesoro inmenso, cientos de vasijas sepulcrales repletas de oro. Salvaba al ejército en una terrible sorpresa. Ganaba él mismo numerosas batallas. Era hecho Virrey...

Al día siguiente un alguacil de la Santa Inquisición diole, en su propia mano, una cédula por la cual se le llamaba a testificar, por segunda vez, en el proceso de los moriscos.

IV

Llegaron días en que don Alonso Blázquez Serrano creyó sentir el acecho de las peores especies demoníacas descritas por los teólogos. Su ánima brioso y brillante se hundió, sin remedio, en las más obscuras regiones de la melancolía. Un pavor enfermizo le agitaba continuamente. Su elocuencia trocose en mutismo; su antigua arrogancia, en el más profundo convencimiento de la propia indignidad; su exaltado amor a la vida, en el desvío total de todo goce, de todo triunfo.

¿Hacia qué corredor lleno de celadas había enderezado sus pasos? ¿Qué escalera de maleficios habíase puesto a descender a la vejez? Todo se le tornaba contrario; y él mismo se comparaba al infelice Laoconte sofocado por la serpiente.

—¿Por qué, por qué? ¡oh cielos!—exclamaba a veces, dirigiendo la mirada hacia lo alto, como si protestara contra el ensañamiento de la divinidad.

Por el contrario, en los instantes de contrición, acusábase a sí mismo de graves culpas imaginarias; y rememorando las paganas orgías de otro tiempo, sus viejas patrañas de burlador, su afición a las riquezas, su desmedida vanagloria, llegaba a considerarse como un pecador empedernido, como un alma obscura y miserable manchada por toda clase de crímenes.

La adversidad había esperado para llagarle el corazón los años de senectud; y, a la par de los abrumadores quebrantos, el mismo mundo material cobraba una vida hostil en torno suyo. Hasta las cosas familiares entraban en el temeroso encantamiento: una inmóvil colgadura, un paño negro, un antiguo retrato de familia, un espejo, una daga, exhalaban a veces, para él un sentido perturbador, vahos de espanto y de demencia. Hubiérase dicho que ciertos objetos buscaban expresarle lúgubres presagios.

Hízose entonces más devoto que nunca, redobló las penitencias, inventó cilicios especiales y feroces disciplinas, sumergiose en incesante plegaria. Su espíritu, hastiado del mundo, buscaba ahora confortarse con el ensueño de la otra vida; pero allí también hallose con tremenda incertidumbre: ¡el destino de su alma, su salvación! La eternidad de los castigos infernales fue muy pronto una idea vertiginosa, que anonadaba su mente. Entretanto, Jesús y la Virgen ya no eran las claras figuras desprendidas de los cuadros de Italia, sino luengos y pálidos espectros, bañados en un sudor de purgatorio, y cuyas pupilas parecían contemplar continuamente el dolor de las ánimas condenadas.

Aquel caballero filósofo, que se había burlado siempre de los bajos temores, y para quien el riesgo diario de las aventuras había sido la mejor espuela del ánimo, humillaba ahora su frente, cargada de miedo, y temblaba de una nada, de una visión, de una sombra. El anochecer era la hora terrible. La última luz del crepúsculo, agonizando estremecida en los interiores, le sumergía en ansiedad inexplicable. A veces, imágenes de cadalsos, de quemaderos, de arcas mortuorias, aparecían en la penumbra; llamaba entonces a sus criados con brusquedad, y, mandando cerrar las ventanas, hacía encender sobre las mesas, sobre los contadores, sobre todos los muebles, numerosos candelabros, candelabros traídos de todas las estancias. Pero aun en medio de aquella deslumbradora luminaria, de aquel incendio de cera que reverberaba en su rostro, veíasele palidecer y pasarse la crispada mano por la frente, como si buscara arrancarse, a pedazos, alguna visión.

No faltaban, por cierto, razones a su dolencia. Los desengaños cortesanos fueron el comienzo de su desgracia. Don Alonso, durante la bienandanza de Antonio Pérez, había ofrecido en su honor festines y cacerías, llegando a obtener de sus labios la espontánea promesa de hacerle otorgar, en la primera ocasión, una silla en el Consejo de Italia. Luego, cuando la estruendosa caída del privado, y aun después de la fuga, el caballero avilés, fiel a sus principios de lealtad, fue quizás el único palaciego que osara defenderle. Esto bastó. Una consigna sigilosa bajó de lo alto. Se le hizo sufrir toda suerte de humillaciones, se le postergó en las ceremonias, se le vejó ante las damas, sus memoriales fueron a dar a los braseros. Algunos eclesiásticos le abordaban dulcemente y le proponían, cual si fuera por mero esparcimiento, teológicos problemas que rozaban el dogma. Estaba perdido. Aquel hijodalgo que creía no conocer el miedo conoció el terror, un terror sobrenatural, un terror por encima del coraje del hombre. Era el maleficio, el aojo del Rey.

Su varonil empaque tomó entonces un aspecto doblegado y taciturno. Su tez cobró un tinte macilento. Las antiguas cuartanas reaparecieron.

En aquella sazón, un pintor, a quien llamaban el Greco, hízole su retrato. Peregrina pintura, en la cual podía descifrarse el secreto íntimo del hombre, mejor que en su semblante verdadero, como si el artista hubiese untado el pincel en la substancia viviente del rencor, de la melancolía, del orgullo. Alta lechuguilla exornaba el rostro amarillado y patético. Se veía que el interno brasero de las pasiones extremas desecaba la carne y atosigaba y torcía los humores. El iris y la pupila, estriados de biliosas agujas, verdegueaban bajo un fluido transparente, que parecía renovarse sin cesar, como el de una mirada viva, y la boca se encogía bajo el mostacho, como si luchara por contener algún altivo denuesto. Máscara tiesa de cortesano disfrazando a medias la honra colérica, el brío estrangulado.

Al mismo tiempo un apaciguamiento místico y una luz de religiosa esperanza parecían envolver la figura y formar la atmósfera del cuadro.

Cuando don Alonso, ahitado de la corte y viendo venir la ancianidad, determinó refugiarse en su propia mansión, contando repartir los años que le restaban entre el amor de su hija y el goce tranquilo de los tesoros de curiosidad y de arte, aglomerados en las señoriles estancias, nuevos infortunios, cada vez más inesperados y violentos, vinieron a buscarle allí mismo y a poner en peligro su honra, su libertad, su linaje y hasta su último resto de dicha en la tierra.

Don Alonso amaba a Beatriz con amor ciego y tolerante de padre mundano. La educación que él la diera no había consistido sino en ceder a todos sus antojos, en seguir embobado todos los sesgos de su veleidoso espiritillo. Una caricia de aquella manita diablesca, un oportuno gimoteo, bastaban para que el ruego más descabellado le pareciese al hidalgo la más razonable exigencia. Con esta blandura corruptora creía agregar al propio afecto el de la madre ausente, a quien el nacimiento de su única hija habíala costado la vida.

Tomole maestros de danza, de canto, de vihuela; de todas las cosas que se aprenden sin dolor y ofrecen más tarde nuevos licores a la juvenil embriaguez. Espantábale someter aquella cabecita de ángel pelinegro a cualquier esfuerzo penoso. A los quince años, la niña sabía apenas deletrear. El arte de la labor le era desconocida. Su séquito de dueñas, antes la servía para mantener en torno suyo el aparato ceremonial, que para custodiar su persona; y como su padre pasaba tanto tiempo en la corte, Beatriz gobernaba el solar a su antojo, cual infanta levantisca. Sin embargo, doña Alvarez, que había aprendido su oficio en las grandes casas de Madrid, solía dirigirla, ante los extraños, severos apercibimientos, que ella escuchaba con mohín mentiroso de enfado, comprendiendo que todo aquello contribuía a presentarla como una joya delicadísima, como un ser exquisito y precioso rodeado de las más atildadas precauciones.

De esta guisa, sabiamente aleccionada, comenzó a llenar Beatriz su misión en la tierra: reír, vestir hechiceramente, hacer cada vez más ligera su danza, salpicar a cada giro del faldellín un rocío de fascinación. De alambique en alambique, llegó a ser una verdadera quintaesencia de cortesanía y de embeleso. Todo lo que era pesado o boto para el amor desapareció de su menuda persona, no quedando sino lo vivaz, lo mondo, lo agudo, lo picante, el grano concentrado de especia, el clavo de olor, capaz de perfumar a un tiempo innumerables deseos.

A pesar de su celoso cariño, don Alonso deseaba casarla temprano, con algún mancebo capaz de mantener el lustre de la sangre. Ramiro se le impuso con predilección exclusiva. Todo, en aquel descendiente de ilustres caballeros, la precoz seriedad, el porte, el discurso, le inspiraban el presentimiento de una vida llamada a las más heroicas empresas. Además, había notado que cada vez que pronunciaba su nombre delante de Beatriz, el rostro de la doncella se coloreaba al pronto de instantáneo rubor. Llevola tan sólo una vez a la corte para no poner en peligro su propósito, y trató de alejar a los hermanos San Vicente, cuya familiaridad debía inspirar a Ramiro perpetua desconfianza. Para esto ordenó a doña Alvarez que, así como Gonzalo o Pedro se presentasen de visita, estando él ausente, les hiciera decir que Beatriz no podía recibirles mientras su padre no regresara de la corte.

El segundón fue el primero en llegar. Al escuchar la consigna, pensó que fuera cosa de la servidumbre, y como venía de una taberna, quiso entrar de buen o mal grado, amenazando abrirse paso con la espada; pero los porteros, dispuestos a morir en el umbral, permanecieron inconmovibles.

Gonzalo, por su parte, tomó un camino más seguro: el soborno de doña Alvarez. Como los cuartos se trocaron en reales y los reales en doblones, la dueña se fue ablandando como correaje en el unto, y el mancebo pudo contar, en la misma alcoba de su amada, con una nueva Celestina de prodigiosos ardides.

El rumor de aquel violento desaire corrió por la ciudad y fue el origen de un odio acerbo entre las dos familias. Doña Urraca tomó a su cargo la venganza. El favor de que gozaba su marido en la corte, a más del cargo de comisario del Santo Oficio, serían armas sobradas para abatir algún día la soberbia de su pariente.

Por aquel tiempo, cierta noche de verano, don Alonso encontró sobre un bufete de su cámara un papel misterioso. Interrogó a los criados y a las dueñas. Nadie supo responder. Se le decía, sin firma alguna, que Ramiro era hijo de moro. Riose de aquella ridícula especie, y mientras despedazaba el papel, recordó la anterior invención sobre la complicidad del mancebo con los conspiradores de la morería. Los meses pasaron. Por fin, pocos días antes de la muerte de don Íñigo, volvió a recibir un billete en el cual le manifestaban que Ramiro era hijo de doña Guiomar de la Hoz y de un moro de Córdoba; y que si acudía tal día, a tal sitio y a tal hora, se le haría conocer toda la historia del nacimiento.

Don Alonso dirigiose al lugar de la cita, acompañado de un solo lacayo. Era una cuesta, poco antes de llegar a la Encarnación, donde el rumor de una fuente ablanda la aspereza del paraje. Cuando le pareció que había sido burlado, un hombre menudo y encogido salió por detrás de una encina. Era Diego Franco, el campanero de la Catedral. Gorra en mano, y acechando al hablar con sus ojos pequeños y vivos todo el contorno, repitió la historia que Medrano le había referido, en lo alto de la torre, durante una hora de beodez. Juraba por todos los santos, daba los más verosímiles indicios, y afirmaba que cuando doña Guiomar se había casado con el caballero Lope de Alcántara ya estaba preñada del moro.

Sólo entonces, relacionando con aquella narración ciertos pormenores que él había observado indiferentemente en casa de don Íñigo, concibió don Alonso la primera sospecha. Pensó en la llegada tan misteriosa del padre y la hija para no volver, nunca más, a su casa de Segovia; en el nacimiento de Ramiro en Avila a los pocos meses; en la vida claustral que llevaron durante algunos años; en la constante melancolía de doña Guiomar; en la escasa afección del anciano por su nieto; en el silencio que rodeaba la memoria de aquel Lope de Alcántara, muerto, sin embargo, tan gloriosamente por su Rey. La denuncia resultaba asaz verosímil. ¿Qué hacer? Había un medio de saberlo: preguntárselo derechamente a don Íñigo. Pero su viejo amigo estaba concluyendo.—No importa—se dijo, y, aquella misma tarde, se dirigió a la casa del moribundo.

El anciano estaba rígido en el lecho. Como se esperaba su muerte por momentos, habíanle vestido el manto todo blanco que prescribía para aquel último trance la regla de Santiago. Sostenía su cabeza el mismo cojín de cuero verde sobre el cual su esposa doña Brianda había exhalado el último suspiro.

Don Alonso pidió que les dejaran a solas. Cuando todos se retiraron, el moribundo bajó tristemente los ojos hacia el amigo. Entonces Blázquez Serrano pidiole disculpas de venir a turbar aquellos momentos de saludable meditación; pero se trataba, dijo, de un asunto harto grave y venía a exigirle el postrer homenaje a la amistad que les había ligado hasta entonces.

—Vuesa merced se va—exclamó;—pero yo quedo, y solamente la palabra de vuesa merced puede auxiliarme en esta cuita.

Luego declaró su deseo de casar a Beatriz con Ramiro, y refirió la denuncia que acababa de llegarle.

—Yo sospecho que vuestro nieto es víctima de una villana calumnia; pero en caso contrario—añadió don Alonso acercando su rostro al rostro del anciano y tomando el tratamiento familiar,—en caso contrario, vos, mi grande amigo, no permitiréis que esa desventura se extienda hasta mi casa. Por Nuestro señor Jesucristo, decidme, aquí a solas, agora que nadie nos escucha: ¿es esto verdad?

Don Íñigo parecía no haber oído un solo vocablo, como si su espíritu flotara en región demasiado lejana; pero de pronto sus grandes ojos, donde la vida se apagaba como la última penumbra en agua inmóvil y triste, comenzaron a manar, sin el menor movimiento de los párpados, un humor abundoso, un flujo de lágrimas. Poco después, entreabrió lentamente la boca, y una sola sílaba, pronunciada con fuerza, como por otro ser invisible, una sílaba que era todo un inmenso dolor, resonó en el silencio:

—¡Sí!—dijo don Íñigo.

Y fue un sí espectral, lúgubre, un largo sí de otro mundo. Ultimo aliento, última burbuja de aquel espíritu que se hundía para siempre en el mar de la eternidad.

Pocos días después aparecieron en Avila los pasquines sediciosos, y aunque don Alonso, prevenido y aconsejado por el mismo don Diego, habíase marchado la víspera a la corte, el señor de San Vicente y su esposa, en una plática de sobremesa, soplaron su nombre al doctor Pareja de Peralta, alcalde de corte enviado por el Rey. La intimidad de Blázquez Serrano con los culpables hacía verosímil la denuncia, con sólo presentarle como a uno de esos vasallos hipócritas que dan su sonrisa al monarca y el corazón a los rebeldes, y se hacen encontradizos en palacio, justamente cuando va a estallar en algún punto del reino la mina que ellos mismos ayudaron a socavar.

Una carta de su maestresala trájole la primer advertencia. Por ella supo don Alonso que, en la tarde del 21 de octubre, un hato de ministros de justicia había invadido su mansión, penetrando en todas las cuadras, revolviendo armarios y arcones, descajonando hasta el último escritorio y concluyendo por llevarse un gran fajo de papeles y un sello de amatista con las armas de Bracamonte. El y otros criados habían querido impedirlo, pero el alguacil les había amenazado con la horca, invocando el nombre de Su Majestad.

Don Alonso resolvió trasladarse a Avila, sin pérdida de tiempo, para tranquilizar a su hija y desbaratar las calumnias. La intriga estaba hábilmente urdida y, aunque los mismos papeles secuestrados comprobaban su inocencia, el sofisma procesal torturó los hechos y los vocablos. Por fin, la generosa intervención del prior de Santo Tomás vino a socorrerle al borde mismo del derrumbadero, paralizando la causa.

Sin embargo, pocos días después de la ejecución de Bracamonte, y no sin prevenir de antemano al Corregidor, marchose don Alonso para Madrid, con el propósito de pedir amparo a su amigo el Conde de Chinchón y arrojarse a los pies del soberano protestando de su inocencia.

Felipe Segundo se hallaba todavía en El Escorial, y don Alonso prosiguió su viaje con una carta del Conde. Durante el camino, reclinado en los cojines del coche, fue componiendo en su mente dramático discurso, con el cual contaba conmover el corazón del monarca. Ensayaba la mímica y la voz, trocaba un vocablo por otro, rehacía toda una frase y, lleno de confianza, cumplimentábase a sí mismo por el hallazgo de un epíteto más culto o de un hipérbaton más elegante.

Dos días tardó en hacerse conceder una audiencia. El Caballerizo Mayor le condujo.

El Rey se hallaba en la antecámara de su celda, y llenos estaban los vecinos corredores de gente togada, de frailes, de clérigos, de cortesanos. Todo un mundo vestido de ropas negras o pardas que se movía con actividad silenciosa y grave.

El sol de otoño inundaba el cuartujo monástico donde eran recibidos los embajadores. Don Alonso respiró al entrar un tufo de ungüentos medicinales. Dos anchos bufetes cargados de papeles ocupaban el fondo. En uno de ellos trabajaba Rodrigo Vásquez, en el otro un hombrecillo hirsuto y barbinegro que don Alonso no conocía. Fray Diego de Chaves, acercándose a una de las ventanas, púsose a mirar hacia el campo.