VII

Era uno de esos días de bochorno canicular a que no escapa, con ser tan empinada y ventosa, toda aquella región de Castilla. Un aire abrasador se amodorra en las navas, y el cielo sin nubes embravece su tinte como el esmalte en el horno. La peña cruje bajo la rabia del sol, el árbol se tuesta. Aquí y allá, a lo largo de los caminos, la recua o el rebaño levantan grandes nubes de polvo, cual si fueran ejércitos.

Torvo reflejo mineral flotaba sobre el Valle de Amblés. El paisaje era aún más austero bajo aquella claridad implacable.

Comenzaba la trilla. La mies rebrillaba en las eras.

Los labriegos tenían que turnarse sin cesar para ir a beber a la sombra de los carros. Entretanto, unos alzaban el bieldo perezosamente, otros, tiesos como postes sobre las tablas trilladoras, giraban de mala guisa acuciando con rabia a las mulas y a los bueyes, y apeándose a cada momento para hacerles sonar los lomos o las quijadas con sus garrotes.

Ramiro, ahitado de lecturas religiosas, cogió las Aventuras de Silves de la Selva y fuese a esconder en un obscuro recoveco del monte que formaban tres gruesos peñascos a la sombra de una encina.

Tendido en el suelo, con la sien sobre el puño, suspendía por momentos la lectura, para sentir mejor el deleite de su escondrijo. A veces un rayo luminoso pasaba entre el follaje y hacía temblar sobre el libro una medalla de sol. Aquella sombra le sabía a la frescura barrosa que el agua conserva en las alcarrazas.

De pronto un rumor de pasos acelerados le hizo levantar la cabeza. Miró. Era Medrano corriendo por el atajo en dirección al caserío.

—¿Dónde vais?—gritole.

El escudero indicó con breve ademán que le siguiese.

Una vez en la cuadra del granero, mientras buscaba su talabarte, Medrano contó brevemente lo que pasaba. En la vecina heredad, Cerbero, el perrazo que servía de guardián en los portones, se había vuelto rabioso, mordiendo a un lacayo y escapando hacia el monte. Don Alonso se hallaba en Madrid y su hija había quedado con las dueñas, las cuales le mandaban llamar a toda prisa para que dirigiera a los gañanes en la caza del mastín. Ramiro tuvo un deslumbramiento súbito. Acordose de los caballeros donceles que en las historias descabezaban endriagos, vestiglos y fieros leones, redimiendo princesas, desbaratando encantamientos y maleficios. Al mismo tiempo el rostro de Beatriz cruzó por su imaginación.

Cuando el escudero iba a ceñirse la ancha espada de dos filos, él, sin pronunciar palabra, puso ambas manos en la empuñadura del arma, mirándole con expresión a la vez suplicante y resuelta. El antiguo soldado comprendió. Tomando entonces para sí la espada más fina, dejó la otra en poder de Ramiro. Luego, exclamando: «Vamos presto, que nos esperan», salió de la cuadra.

Llegaron a la mansión de don Alonso sin encontrar a nadie. Estaba toda cerrada como casa desierta; pero al pasar junto a la panera toparon con seis hombres armados de chuzos y horquillas.

El escudero repartió las órdenes. Cada cual treparía por un punto distinto del monte, y apenas divisase al animal daría tres fuertes voces de auxilio. A Ramiro apostole a pocos pasos de las cocinas, dándole un cuerno de caza y pidiéndole que no se moviera de aquel sitio.

Algo después, cansado de esperar, Ramiro comenzó a internarse también entre los árboles.

Muchos relatos, allá en la torre solariega, le habían hecho saber lo que era el peligro de la rabia y el pavor que esparcía por los pueblos y campiñas aquel hocico agazapado que iba sembrando el furor y la muerte. Se echaban todos los cerrojos, se recogían los gatos, los perros, los asnos, y mientras las mujeres encendían una vela a Santa Catalina y otra a Santa Quiteria, abogadas contra la rabia, los mozos salían al campo bravamente, armados de las herramientas filosas que iban hallando.

Ramiro avanzaba con rapidez saltando las peñas y los hatos de podas antiguas.

Las carrascas y los espinos no evitaban que el sol caldease con sus rayos la tierra pálida y enjuta, y un retostado perfume de cantueso, de estepa y de tomillo sahumaba el ambiente. Las flores de la retama surgían aquí y allá, entre los plomizos peñascos, haciendo brillar el oro de sus pétalos sobre el cielo de añil.

Ramiro jadeaba. El sudor bañábale el rostro.

Media hora después, una de las criadas de Beatriz veía entrar en el patio de la casa al nieto de don Íñigo trayendo en una mano una ancha espada toda roja de sangre y en la otra la cabeza del perro.

—¡Válame Dios y Santa Quiteria; ya le mataron!—exclamó la mujer.

Luego, mirando atentamente el sangriento despojo, agregó:

—¡Pobre Cerbero, y cómo me echaba las manos al pecho para lamerme en el rostro! Pero era forzoso acaballe, que can con rabia con su dueño traba. ¡Medrano ha sido el de la hazaña, de fijo!

—No fue Medrano.

—¿Y quién?

—Yo iba solo por el monte, y al pasar cabe un hato de leña, vile venir corriendo hacia mí. De una buena cuchillada hícele rodar como un bolo. Luego hachele el pescuezo.

—¡Virgen Santísima y qué barragán será cuando le crezcan las barbas!—exclamó la mujer, espantada de que aquel mancebillo hubiera dado muerte al terrible animal sin la ayuda de nadie.

Luego le pidió que le siguiera; pero Ramiro, acercándose a un portillo que abría hacia el campo, apoyó un momento la espada en el muro, y tomando el cuerno tocó tres veces con fuerza. Las tres largas notas repercutieron en los ecos de la montaña con un son legendario.

La criada fuele conduciendo por una serie de cuadras sombrías. Por fin, al llegar ante una puerta entornada, Ramiro oyó un coro de mujeres que invocaban plañideramente a Santa Quiteria y a Santa Catalina. Entraron. Un solo rayo de sol penetraba en la estancia tras una madera entreabierta. ¡Qué alarido el que estalló en la obscuridad cuando el niño alzó en el haz luminoso la sanguinolenta cabeza que goteaba sobre el tapiz! Una de las dueñas se derrumbó de espaldas, presa de brusco soponcio.

La mujer que acompañaba a Ramiro contó con alegría la proeza del mancebo. Entonces, en medio del azorado mutismo, Beatriz se adelantó sin vacilar. Una dueña la tironeaba el faldellín; pero la hija de don Alonso, mirando aquellas manos tan tempranamente enrojecidas por el coraje, desprendió un favor azul que adornaba sus rizos, y, llegándose a Ramiro, se lo anudó ella misma en las agujetas del jubón con sus temblorosas manitas, blancas como la luna.

VIII

Ramiro conoció de súbito el arrobamiento del primer amor. Su soñar sobrepujaba la vida; y aquel brusco delirio fue pronto para él la coloración, el ritmo y el perfume de todo lo creado.

Su fervor religioso y sus anhelos de gloria se acostaron entonces como lebreles a los pies de la nueva pasión. El rostro pálido de Beatriz, con sus grandes pupilas y sus luengas pestañas como llorosas, posábase ahora sobre la página de su libro de oraciones, sobre las colgaduras del lecho, sobre el mismo Crucifijo, al cual confiaba su cuita. Fantasma fatuo y caprichoso como una llama volátil, y ante el cual su corazón se fundía de ternura.

Comenzó a componer endechas y letrillas que hubieran podido servir para Nuestra Señora, y largos y conceptuosos discursos con que pensaba abordar a su amada, en la primera ocasión. Algunas noches, apagando la luz de su aposento, pasábase horas enteras asomado a la ventana. Unas veces miraba hacia el vecino jardín sumergido en tenebroso y perfumado silencio; otras levantaba el rostro y las pupilas hacia la altura. Nada exaltaba su pasión como el suntuoso misterio de los astros. Parecíale que sus luces inquietas le hablaban un lenguaje sublime que él no alcanzaba a comprender. Imaginaba entonces dejar a un tiempo esta vida con Beatriz para renacer allá, en las regiones inefables, y vagar a solas con ella, aspirando ese céfiro divino que parece estremecer las constelaciones.

Durante algunos días su cerebro llegó a desquiciarse. Su tez se puso pálida como la cera, y él mismo sorprendiose de su incesante suspirar y de aquella honda congoja de su pecho, todo dolorido de amor y de ansia.

Algunas mañanas íbase a ballestear palomas a lo largo del vallado que separaba las dos heredades. Entretanto sus ojos acechaban la casa vecina. ¡Cuán intensa fascinación cobraron entonces para él, en la frescura matinal y entre el canto de los pájaros, aquellas entornadas celosías que le hacían pensar en el sueño de su amada!

Cierta tarde, entre un claro del ramaje, vio pasar a Beatriz, que no quitaba los ojos del seto. El mancebo se mostró. La niña, hízole, entonces, disimuladamente, una señal para que siguiese más lejos y, cuando creyó haber burlado la vigilancia de las dueñas, pidiole que pasara a su jardín.

Se saludaron como en un estrado y Ramiro no acertó a balbucear uno solo de los ingeniosos conceptos que había ordenado para decirla.

Aquel juego se repitió muchas veces. Paseábanse con los dedos enlazados, hablando apenas y mirándose, de tiempo en tiempo, en los ojos, sin sonreír. La doncella le llevaba a los sitios más frondosos y ocultos. Allí la naturaleza les descubría en la mariposa, en el pájaro, en el más menudo insecto, su impura inocencia. El mágico deseo palpitaba, aleteaba, chirriaba ante ellos, en la quietud blanda y calurosa del verano.

Ramiro conservó siempre el recuerdo de ciertos instantes en que, caminando con ella por el sendero del verde laberinto, osó pasarla el brazo sobre el cuello y tomarla suavemente la garganta. En otra ocasión, Beatriz subiose a un viejo columpio y comenzó a balancearse con violencia, presa de un rapto de juventud y de dicha. Su risa numerosa, loca, inesperada, voló como un enjambre de mirlos, despertando los ecos a través de los árboles. El viento levantaba su faldellín de un modo inolvidable.

Hablábanse cada vez más trémulos y ajenos a sí mismos. Un decir fútil aventaba los pensamientos. El, envolviéndola en su orgullosa mirada, soñaba en la dicha de poseer como dueño absoluto aquella deliciosa existencia. Beatriz era para él la mies lograda y suya, a salvo de todo peligro. Sin embargo, cierto día la preguntó:

—¿Os holgara ser aína mi esposa?

Ella repuso:

—Tamañita me quedo. ¿En eso pensáis tan temprano?

Púsose entonces a canturriar, mirando hacia arriba, y mostrándose, al parecer, más dispuesta a rendir su mejilla y su boca allí mismo, que aquel loco espiritillo que palpitaba en su cabeza cual una guija de cascabel.

Dicho estado venturoso no duró para Ramiro. Como a unos tres cuartos de legua, en la dirección de Villatoro, habitaba, durante el verano, Urraca Blázquez de San Vicente, con sus dos hijos varones. El marido, Felipe de San Vicente, Comisario del Santo Oficio e individuo del Consejo de las Ordenes, pasaba la mayor parte del año en Madrid. Los dos mancebos eran el azote de aquel rincón de la sierra. Andaban siempre juntos y se aborrecían. Una o dos veces por semana venían a visitar a su prima Beatriz, llegando por los caminos como demonios a todo lo que daban sus rocines, y seguidos, de muy lejos, por un ayo que taloneaba rabiosamente la mula entre la blanca polvareda. Recogían, sobre todo el segundón, los juramentos y palabrotas de los gañanes, y andaban siempre con la boca hinchada de obscenidad y ardiendo, uno y otro, en esa urgencia carnal que ataca, de ordinario, a los donceles.

Beatriz prefería al mayor, que era rubio y hermoso; pero saboreaba desde luego la femenina fruición de esperanzarlos a la par.

Ramiro, que solía entrar ahora a la casa, topó varias veces con ellos, advirtiendo con desgarradora sorpresa que Beatriz no existía solamente para él. Notó miradas, melindres, cuchicheos, e imaginó todo lo que podría suceder en aquella familiaridad del parentesco; pero su orgullo fue más fuerte que el dolor. Mostrose tranquilo, silencioso, casi sonriente.

Una tarde de fines de agosto, el escudero vino a decirle que Gonzalo, el mayor de los hermanos, se paseaba en compañía de Beatriz bajo los árboles. Ramiro fuese a mirar por entre los setos.

Largo tiempo pasó ocupado en atisbar, por distintos parajes, el vecino jardín. De pronto, un calofrío, anterior a toda idea, le corrió por el cuerpo. Volvió a mirar. Sí, frente a él, a corta distancia, Beatriz y su primo estaban echados de espaldas sobre la hierba, a la sombra de un olmo. El mancebo había juntado su rostro al de la niña, pasándola el brazo bajo la espalda, mientras ella, deshojando un rojo clavel, un clavel rojo como la sangre, sonreía voluptuosamente.

Loco de ira, Ramiro quiso abrirse paso entre la espinosa malla; pero no pudo lograrlo, y un destemplado gemido, un gemido áspero, terrible, brotó de su pecho.

Gonzalo y Beatriz se levantaron y huyeron.

IX

Al comenzar el invierno de aquel año, la madre, ansiosa de ver a su hijo en el regazo de la Iglesia, resolvió apresurar sus estudios para enviarle, en cuanto fuera posible, al «Colegio del Arzobispo», en Salamanca.

Ramiro no había tenido hasta entonces otros maestros que la misma doña Guiomar para las primeras letras, y, más tarde, para los rudimentos de la gramática latina, un religioso franciscano del convento de San Antonio. Aquel fraile, de unos setenta y cinco años de edad, no era escaso de luces; pero, como estaba de despedida en la tierra, tomaba la tarea de la enseñanza con tolerante desdén, amodorrándose a menudo en las lecciones. Solía decir a su discípulo:

—Pregunta, pregunta, hijo mío, que no he de ser yo quien te esconda lo poco que he cosechado en los libros; pero no olvides que de nada te han de valer en Purgatorio estas migajas de ciencia que nos dejaron los sabios cristianos y gentiles.

Buscaba siempre inculcarle el desprecio del mundo, y poseía para ello, como pocos, la elocuencia del ascetismo. Cuando hablaba de las glorias terrenas y de nuestro breve paso mundanal, su discurso, lleno de monástica ironía, se instalaba en el ser, cual frígido narcótico, adormeciendo las ansias. Decíase que más de uno, al escuchar sus sermones, había corrido a un monasterio a pedir un sayal y una celda. Para él, fuera de la penitencia y la plegaria, todo era polvo y ceniza en este mundo, y nuestra prolija ambición una telaraña tejida sobre el nido de un ave que duerme.

Hacíale traducir de ordinario a Ramiro los capítulos del Kempis. De esta suerte el mancebo recogió en el fondo del alma aquellos acentos de soledad, de sublime desprecio, de voluptuosa inmolación.

En los fondos de la Catedral, después de atravesar el reducido patio donde se encienden los incensarios y se cocina el chocolate canonjil, súbese por una escalera de pino a una serie de estancias siempre obscuras. En una de ellas, de dos a cuatro de la tarde, a la luz de un velón de tres mechas, y con los pies apoyados en la tachonada tarima de un brasero, comenzó Ramiro a escuchar las lecciones del nuevo preceptor que su madre acababa de escogerle por indicación del mismo padre franciscano.

Llamábase Lorenzo Vargas Orozco y era canónigo lectoral de la Iglesia Mayor. Conocía a don Íñigo y a su hija desde una mañana en que fue llamado a presenciar, en medio del corral, la quema de los libros arábigos. Su padre había muerto heroicamente, como capitán de arcabuceros, en la guerra de Flandes. Era de aventajada estatura. Los ojos grandes y algo salientes. Los cañones de la barba, casi siempre a medio rapar, daban un tinte azul a toda la parte baja del rostro. Los demás canónigos le envidiaban, entre otras cosas, sus hermosos ademanes en el púlpito y aquella bizarría con que manejaba el manteo, aquellos sus diversos estilos de arrebozarse con él y de derribarlo de súbito, a modo de capa soldadesca, como quien va a desnudar varonilmente la espada.

Su primera lección fue un verdadero pórtico de sapiencia. De pie en medio de la estancia y señalando sobre su escritorio un apilamiento de gruesos volúmenes forrados en pergamino, prorrumpió:

—Aquí tenéis, hijo mío, guardado como en pellejos, todo el zumo de la verdad humana y divina. Mi largo peregrinar por el mundo filosófico me ha hecho concluir que todo lo que sea apartarse de esta enseñanza del «Angel de las Escuelas» equivale a descarriar el entendimiento, con harto peligro de caer de bruces en la herejía.

Ramiro meneó la cabeza afirmativamente sin comprender, y dirigiendo la mirada hacia los infolios vio que todos ellos llevaban el mismo título: Summa Theologica, en gordas letras antiguas.

—Esta obra, este monumento, este tabernáculo—prosiguió el canónigo—resume también, probado y purificado, es cierto, en el crisol de Santo Tomás, todo el saber del Estagirita; pero, a fin de formaros en la veneración de este otro filósofo admirable y defenderos contra ciertas ideas que corren como peste por las aulas, quiero leer agora, a guisa de vestibulum, un opúsculo que acabo de componer contra Pedro Pomponacio y algunos españoles que, siguiendo la singularidad de Alejandro Afrodiseo, afirman que Aristóteles sintió y escribió que el alma racional muere con el cuerpo.

Quitando primero la despabiladera que señalaba la página, tomó de encima de la mesa un cuaderno manuscrito. Luego sentose junto al velón, calose las gafas y comenzó la lectura de su apología peripatética.

Ramiro no pudo disimular su aturdimiento. Su semblante denotaba a las claras el vértigo.

—No os importe—le dijo el canónigo al terminar—si de esta primera vez no cogisteis el sentido. Mañana habrá lectura aclaratoria.

Había sido colegial trilingüe en Salamanca, estudiando después artes y teología. No había quizás en toda España otro Lectoral que conociese como él la Sagrada Escritura. Sus explicaciones del Antiguo y Nuevo Testamento, todos los lunes y viernes, atraían a la iglesia a los más doctos seglares de la ciudad y a muchos estudiosos de los conventos. ¡Y qué controversista! Ninguno de sus colegas de Cabildo podía seguirle a través de sus primos y secundos, de sus ergos y distingos. Tomaba la proposición del adversario, y en un dos por tres, con ultrajante sonrisa, se la hacía picadillo bajo aquella arte cisoria de la dialéctica que él manejaba de asombrosa manera; pero si al dejar caer su conclusión el contrincante no se declaraba vencido tornábase al pronto injurioso y mordaz, el labio se le crispaba hacia fuera, los ojos se le hinchaban de cólera, y era sabido que aquella mano, que dejaba caer la bendición desde el altar, había zamarreado del alzacuello a más de un eclesiástico.

Si bien no estaba dotado de una mirada filosófica precisa y penetrante, si no era capaz de esos aletazos del espíritu que sacuden la telaraña de la rutina, su concepto teologal tenía la solidez de un peñasco. ¿Quiénes eran los constructores de la doctrina que él profesaba? Aristóteles, los Padres de la Iglesia Latina, Santo Tomás. Pensar que algún hombre moderno pudiera enmendar a aquellos maestros sublimes era demencia. ¿Cuál había sido el credo filosófico sobre el cual España fundara su envidiada grandeza? Aquél, y no otro... Ergo! Pero él conocía demasiado el oculto propósito de las nuevas doctrinas, y en cuanto a los que combatían en España los principios de los escolásticos, los que negaban la autoridad de los antiguos maestros, las especies inteligibles, los fantasmas de la representación y hasta la inmortalidad del alma racional, no eran sino aliados del extranjero o instrumentos del Demonio.

El veía a España acechada por innumerables enemigos. Dado que no era posible vencerla en guerra franca y varonil, buscábase ahora minar aquella unidad religiosa que la hacía invulnerable introduciendo en su seno la disputa, la secta, el desorden. Herirla en su fe era enfermarle el vigor. La herejía era más temible que todos los ejércitos. La herejía era el rejalgar que, una vez en la entraña, daba al traste con la más firme entereza, y, según él, ya el tósigo estaba en parte sorbido. Valladolid era un foco de luteranos. Salamanca, un seminario de herejes. Los discípulos de Valdés y de Ramus, los secuaces de Erasmo y de Lutero eran asaz numerosos. Su antiguo condiscípulo Francisco Sánchez, el Brocense, lanzaba una sucia palabrota contra Santo Tomás, cuando se invocaba su autoridad sublime en las disputas. El Cardenal Arzobispo de Toledo, Bartolomé Carranza, luteranizaba en su Catecismo Cristiano. Había llegado, pues, ese instante supremo en que una batalla se pierde por una pausa de la voluntad. No era el caso de discutir proposiciones, sino de extirpar de cuajo las bubas aquellas y cicatrizarlas para siempre con el fuego purificador. Nada de complacencias, ni melindres. ¡La podrido a la hoguera, y amén!

¡Ah! ¡qué sería de España si llegara a verse desgarrada por una guerra de religión como las naciones del Norte! Sus enemigos no dejarían escapar la coyuntura. El francés se daría la mano con el turco, Flandes se entendería con Albión, para el caso; y todos, a un tiempo, se lanzarían sobre ella, desjarretándola por la espalda traidoramente, por medio de un levantamiento general de los numerosos moriscos de Aragón y Andalucía, que no esperaban otra cosa que una señal extranjera.

El canónigo encontraba que el Santo Oficio alargaba por demás los procesos. Era menester no perder un instante y no olvidar que la responsabilidad de España ante el Señor era mucho más grave que la de cualquier nación de la tierra, pues todo la señalaba como al pueblo elegido, como al moderno Israel. El Altísimo manifestaba su elección, no sólo en los triunfos que le acordaba, sino también en las plagas y desastres con que castigaba sus desfallecimientos. El hambre y la bancarrota que la afligían al presente, así como la pérdida de la Invencible Armada, ¿qué eran sino los azotes provocados por su tolerancia con los moriscos y los herejes? Roma era para Dios su solio en el mundo; España, su hierro, su diestra siempre armada, su ejército de arcángeles. Roma era la ciudad de Pedro, del Pontífice y del mártir. España, la hueste de aquel Santiago Apóstol que hacía cruzar al fin de las batallas su visión ecuestre y vengadora, esparciendo el pavor entre los infieles. Pero el día en que España volviese el rostro al Señor los enemigos entrarían pisoteando la sangre de sus mujeres y sus párvulos, como los soldados de Tito en Jerusalén.

Y a pesar de aquellas duras ideas, Vargas Orozco era hombre de una bondad profunda. Vivía la vida como un rancio hidalgo español, con el fondo del alma. Todo cuanto no era preciso a su modesto vivir lo derramaba en limosnas. Interesábase con sensible corazón en las más prolijas aflicciones de los demás, y, ante las desgracias de familia, que su ministerio le obligaba a presenciar de continuo, se le veía sollozar a la par de los deudos, pronunciando patéticas palabras que se grababan en la memoria de todos como tierno y docto epitafio. Pero cuando se entraba en el terreno de las grandes culpas colectivas, cuando se tocaba a los sagrados mandamientos o al dogma, su corazón se cerraba como un puño. Impregnado, desde joven, del espíritu del Antiguo Testamento, vibraba él mismo esa justicia rencorosa, inexorable, tremenda, que parece rugir como un trueno a través de los versículos. Allí millares de vidas humanas eran trituradas por Jehová para salvar un rito o expresar un precepto. Para Vargas Orozco los hombres eran comparables a vasijas de barro, las cuales no valen sino por lo que guardan, y que, una vez que se impregnan de una materia corrupta, conviene destruirlas y hacer otras nuevas.

Su espíritu de mortificación era grande y su severidad de costumbres tanto más meritoria cuanto que se veía continuamente acosado por tenaces tentaciones, que el Demonio hacía surgir con preferencia de los mismos pasajes de la Escritura, revestidas de suntuosidad y desprendiendo un olor raro y voluptuoso de Oriente.

Noche y día rondaba el Tentador en torno de su alma. A veces, en las horas de estudio, el canónigo creía percibir una ala membranosa y repugnante que aventaba las cenizas del brasero, que se chamuscaba en la llama del candil, que volteaba de un golpe el reloj de arena sobre sus escritos. Pero era, sobre todo, durante la noche, en el lecho, antes de dormirse, cuando el lectoral libraba sus combates acerbos. Un mismo súcubo, terrible de sedosidad y de hermosura, se deslizaba junto a él, bajo las mantas, haciéndole correr por sus carnes un goce diabólico, largo contacto odioso y dulcísimo que los rezos continuados no lograban desvanecer. Otras veces una mano invisible descorría colgaduras de alcobas. ¡Alguna enjoyada desnudez le esperaba a él, sólo a él, en el sosiego de la noche; sus cabellos olían como un perfume derramado y su rostro, su precioso rostro era el de alguna hija de confesión!

¡Qué batallas, qué luchas aquéllas! Mientras el espíritu clamaba de horror, la carne traidora se refocilaba en un baño de deleite. Arrojábase entonces al suelo, y descolgando las disciplinas, se castigaba con ellas hasta quedar cubierto de sangre, como el Señor en la columna. Pero apenas volvía a cerrar los ojos para dormirse, el Maldito, variando su magia, hacíale experimentar de manera poderosa, invencible, el vértigo de la soberbia. Ora le ensayaba sobre su cráneo de sacerdote la mitra demasiado estrecha o el capelo demasiado justo; ora la triple tiara pontificia, que parecía fabricada en un todo para su cabeza, única y sublime. Una aclamación de multitud universal estallaba a sus pies, y sentíase flotar, excelso y rígido, sentado en un trono resplandeciente.

Luego, abolida la voluntad durante el sueño, acudía en cuatro pies a las bocas pintadas de las sacerdotisas idólatras, que, extendidas bajo los cedros, temblaban de lujuria como panteras...

Si al llegar a la Catedral le decían que el canónigo no se había levantado aún de la siesta, Ramiro esperaba paseándose por las naves. A aquella hora la iglesia estaba casi siempre como hechizada de quietud y de silencio. El solo rumor de un escaño que removía el sacristán, provocaba un eco prolongado y enorme. Una sombra terrosa y centenaria dormía al pie de los altares, entre las columnas, sobre las lápidas.

¡Cuán dominante misterio desprendían para él los sitios obscuros de la iglesia, aquellas capillas graves, aquel ábside pardo y polvoriento donde siempre reinaba una penumbra sepulcral! Los años se amontonaban allí dentro, unos sobre otros, insensiblemente, como hojas de un infolio.

Ramiro hollaba las losas con respeto profundo, y su espíritu se henchía de una abstracta emoción de majestad y de muerte al recorrer las inscripciones de los enterramientos. Algunos guardaban personajes completamente olvidados, y decían apenas: «Don Cristóbal y su mujer», «Alonso», «Doña Bona»... Durante muchos años dichos nombres tuvieron quizás ilustre elocuencia; pero ahora eran menos aun que el hueso suelto que nuestro pie remueve en los osarios.

En cambio, sus ojos descifraban con orgullo nombres de eclesiásticos y caballeros de su propio linaje: «Sepultura del muy virtuoso Señor Don Nuño Gonzalo del Aguila, arcediano de Avila...» «Aquí yace el noble caballero Gonzalo del Aguila...» «Aquí yaze el honrrado caballero Diego del Águila, que Dios aya...»; y, al mirar el ave simbólica esculpida como una divinidad doméstica en los blasones de piedra, parecíale que una voz de otra vida le incitaba a la dominación y a los honores.

Otras veces, por el contrario, su ánimo daba un vuelco repentino, al recordar, ante aquel aniquilamiento de todos los afanes del hombre bajo una piedra roída, las palabras de su madre y del monje franciscano sobre la vanidad y la ambición. Pensaba entonces que él mismo no era sino un fuego fatuo escapado de aquellos huesos ancestrales y destinado a vagar un instante en la noche del mundo. No había, pues, cosa mejor que vestir el penitente sayal y preparar, entre cuatro paredes desnudas, la salvación eterna.

En ocasiones, cuando el tiempo alcanzaba, subía a las torres. Holgábale contemplar la ciudad y la campiña desde las ventanas del campanario, y sus ojos solían detenerse en cierta mansión, unida a los muros, hacia la parte del Norte. Cierta vez descubrió un puntillo movedizo, un cuerpecito minúsculo que atravesaba el huerto, subía los escalones del torreón, y se asomaba luego a las troneras. Era ella seguramente. El no había querido volver a la casa de don Alonso, y se había jurado olvidar a Beatriz para siempre. Con cuán victorioso despecho preguntábase entonces: ¿Cómo el alma del creyente podía correr en pos de un grano de vida como aquél, de una migaja de sensualidad efímera, y a veces emponzoñada, si Dios le ofrecía desde el cielo los goces infinitos y eternos?

Tales sentimientos comenzaban a abrirse hondo cauce en el alma de Ramiro, cuando su mismo maestro trajo la primera perturbación al abordar de lleno el tema de las tentaciones. Explicó el origen y la naturaleza del Demonio, la transformación horrible de sus formas angélicas al caer del cielo a los infiernos. Distinguió la bestialidad: omnem concubitum cum re non ejusdem speciei, de la demonialidad o copula cum Dæmone, que algunos teólogos confundían, y disertó, en fin, largamente sobre el comercio con los íncubos y súcubos de donde, aliquoties nascuntur homines.

—Y es de este modo—afirmaba—como debe nacer el Anticristo, según un gran número de doctores, y como nacieron Rómulo y Remo, según Tito Livio; Platón el filósofo, según San Jerónimo; Alejandro el Grande, según Quinto Curcio; el inglés Merlín, engendrado por un íncubo en una religiosa hija de Carlomagno; y, para decirlo todo, el maldito heresiarca que llevaba el nombre de Lutero.

Era menester mucha cautela.—La tentación—decía—palpita por doquier. Todo es arma y cebo para el Demonio.

Un día que Ramiro le llevó en obsequio una hermosísima pera, en un cestillo de mimbre, el lectoral comenzó a saborearla sin quitarle la piel. Era una pera de las que llaman calabaciles por su doble turgencia. De pronto, al hincar su mordedura en la parte más gruesa, hizo un gesto espantoso y arrojó la fruta al corredor, sacudiendo los brazos y exclamando:—¡Vade retro, vade retro! El Enemigo acababa de mostrarle en aquella poma ceñida y abultada las formas de la mujer.

Desde entonces el mancebo comenzó a vivir en una inquietud imprevista, a concebir la virtud más difícil y a experimentar en toda su carne, tranquila hasta entonces, un hormigueo de instintos que mareaba por instantes su cerebro como vapor de cubas en el lagar.

Una tarde fría de febrero, al retirarse de la lección, y después de haber oído leer a su maestro un docto comentario sobre el Cantar de los cantares, Ramiro topó con Aldonsa junto al pilar de la escalera. Ella le invitó a subir a la torre. Un instante después uno y otro escalaban los peldaños. De pronto la campanera se detuvo y arrimó la luz del farol al rostro del mancebo. Ramiro se detuvo también, y su mano temblorosa reconoció que la moderna Sulamita había puesto en libertad «los cervatillos mellizos» del cantar.

Allí se deshojó su doncellez, sobre aquellos escalones tenebrosos, donde dormía un olor sagrado de cirios y de incienso.

Al levantar los ojos para pedir perdón por su horrible pecado, hallose frente a frente con la figura del campanero, que, cinco o seis escalones más arriba, esperaba impasible, sosteniendo en la mano encendido candil. ¿Qué tiempo hacía que estaba allí? Ramiro le miró naturalmente y comenzó a descender, en la sombra, palpando los muros, sin pronunciar vocablo.

Una vez afuera caminó con nueva arrogancia. La brisa que llegaba por la calle de la Muerte y la Vida oreaba en su labio un dejo impuro y febril.

X

A los diez y siete años, merced a un precoz desarrollo, Ramiro tomó un aspecto recio y adulto. Su ceño altivo, así como sus anchas espaldas, imponían, a todo el que hablaba con él, un trato ceremonioso. Generalizaba ahora el pensamiento, buscaba el oculto sentido de cada apariencia, creía descifrar, con juvenil soberbia, los enigmas supremos.

Llevaba demasiado largo, en contra del uso, el renegrido cabello, y su tez, extremadamente pálida, como si la constante meditación le enflaqueciera la sangre, recordaba esa misteriosa blancura que la luna pone en el mármol.

El, que esperó encontrar en el canónigo un consejero de humildad, recibió de su verbo la brasa viva de la ambición. El nuevo maestro interrumpía a menudo sus lecciones para historiarle los grandes hechos de aquel ilustre linaje de los Aguila, fundado por el adalid Sancho de Estrada, venido de Asturias; y nombrábale también guerreros admirables, hijos de aquella ciudad que, aunque pequeña, representaba en España el primer seminario de honra y caballería. En todas partes los avileses se señalaban por su don de mando y su saña en la lucha. Sancho Dávila, apellidado El rayo de la guerra, servía ahora de ejemplar a los flamencos.

—¡Quién pudiera devolverme mi mocedad y darme algunos años de la vida gallarda y desembarazada del soldado!—exclamaba el canónigo.

No quería decir con esto que estuviese arrepentido de la nobilísima carrera a que le había inclinado su constelación, no, mil veces. Pensaba tan sólo que con un coleto de ante, un morrión y un acero toledano, escogiendo a su guisa las comarcas, hubiera hecho mucho más en bien de la Santa Fe Católica que dejando correr sus días atado con cordeles de calumnia y de estulticia a una poltrona canonjil. Confiole a Ramiro, sin rodeos, las sordideces y mezquindades de aquella asfixiante existencia de sacristía, y díjole el furor y la insólita crueldad con que todos sus colegas se habían ligado en contra suya cuando se trató de ofrecerle una silla episcopal.

—Los muy bellacos y alicortos—decía—barruntan que apenas el águila se encarame y pueda hender el espacio, volará muy alto, muy alto.

El anhelo impaciente de una mitra era ahora más fuerte que su virtud y el gran pecado de su alma.

Dominado por la reverente admiración que profesaba a su maestro, y habiéndole entregado desde los primeros días todo su ánimo, Ramiro miró derechamente la senda que señalaba aquella mano sacerdotal. Ya no dudó que en la carrera de las armas, siguiendo el ejemplo de sus antepasados, pudiera ser tan útil a Dios y a la Santa Iglesia como en el claustro o en el púlpito. Diose entonces a descifrar los añejos pergaminos de su familia y a leer la historia de los grandes capitanes de Roma y España. Al pronto, las representaciones de su propio porvenir se confundieron y conformaron a los grandes episodios antiguos. Alucinado por la lectura, llegaba a creerse, él mismo, el héroe de la narración. Fue sucesivamente Julio César, el Cid, el Gran Capitán, Hernán Cortés, don Juan de Austria. Al tomar en sus manos Los Comentarios, era él quien conducía las cohortes a través de las Galias; pero, en los idus de marzo, más sagaz que el dictador, atisbaba la traición de Junio Bruto y, escondiendo una espada bajo la toga, entraba a la Curia y mataba uno a uno a los conjurados. Vencía a los moros en innúmeras batallas, brindaba a la España el reino de Nápoles o el imperio de Moctezuma; y, por fin, de pie en el castillo de una nave inverosímil, destruía para siempre toda la flota del turco, en un nuevo Lepanto prodigioso, que su imaginación soñaba según las estampas.

El resultado fue que llegó a creerse elegido por Dios para continuar la tradición de las glorias inolvidables. Suprimió de su campo mental lo mediano, lo prolijo, lo paciente. Todo lo que no era súbito y heroico le dejaba impasible, sintiendo en sí mismo una confianza, una certidumbre absoluta de alcanzar de un golpe los honores más altos y de llegar a ser, en poco tiempo, uno de los primeros paladines de la Fe Católica en la tierra.

Una tarde, sentado sobre una peña en la hondonada que corre entre el Convento de la Encarnación y los muros de la ciudad, Ramiro, dejaba rodar sus pensamientos.

Aquel sitio único exaltaba su alma, haciéndole escuchar, en su ilusión, gritos de guerra, suspiros de éxtasis.

Jubilosa coloración de oro húmedo brillaba en las colinas. Había llovido hasta las tres de la tarde, y la tempestad se alejaba hacia el naciente, abriendo grandes claros de nácar etéreo. Caprichoso penacho de nubes doradas y purpúreas se alargaba por encima de la ciudad, conservando todavía el movimiento de la ráfaga que lo había retorcido. La áspera muralla reflejaba una amarillez alucinante, que parecía nacer de ella misma.

Hablábase con insistencia, en aquellos días, de una posible sublevación de todos los moriscos de España, ayudados por el turco. En algunos palacios de la ciudad se celebraban frecuentes reuniones, donde se cambiaban noticias y se discutían pareceres. La casa del señor de la Hoz era al presente, todos los miércoles y domingos, un hormiguero de eclesiásticos y grandes señores. Su campaña de la Alpujarra y su conocido encono contra los falsos conversos señaló, desde el primer momento, a don Íñigo como un jefe de asamblea. Ramiro pensaba ahora si de todo aquello no surgiría la ocasión de iniciar su renombre.

Pasaron dos menestrales. El mancebo comprendió que eran oficiales de cantería por el polvo de piedra que blanqueaba sus manos. Venían hablando de comida y de jornal:

—Yo, viendo que ninguno se meneaba, me planté como un pino ante el maestro, e le dije que, con el salario que él nos daba no alcanzábamos a llenar la olla a los nuestros, e que con la sopa de torrezno y el vil mendrugo de hogaza que de él recebíamos, se nos iba secando la enjundia.

—¿Qué os respondió?

—Respondió: malos monjes seríais vosotros, picaronazos. Sabed que haríais morir de envidia a muchos obispos.

—¿Eso dijo?

—Cabal.

—Paciencia, Martín.

Ramiro meneó la cabeza con un gesto de enfado.

Pasó un monje franciscano montado en un borrico ceniciento. Santa leticia brillaba en su rostro. Su desnuda pierna vellosa asomaba por debajo del sayal. Castigaba a su caballería con un gajo de bardaguera. Al buen fraile se le importaba una higa del aspecto de su figura...

Ramiro consideró la fuerza de aquella dicha superior que así se burlaba de todas las vanidades del hombre.

Vio llegar después una mujer vieja y espigada, la nariz corva, morena la tez, la mirada abstraída. Su negro ropaje andrajoso estremecíase en el céfiro como un libro quemado. Caminaba lentamente golpeando el suelo con el bastón. A pesar de aquel aspecto de miseria, llevaba ambos brazos ornados de brazaletes de alquimia, y un doble collar de cuentas, que imitaban la turquesa, caía sobre su pecho. Al llegar junto a Ramiro, mirole fijamente, apoyando ambas manos en el báculo. El mancebo sacó una moneda para ofrecérsela. Pero la mujer preguntole:

—¿Sois muslim o castellanuelo?

—Cristiano viejo, por la gracia de Dios—contestó Ramiro.

La mujer rehusó la limosna, y tendiendo el brazo:

—Yo vengo a desengañarvos agora, descreyentes, servidores de las ídolas—exclamó con voz agorera y fatal.—Echaréis a Agar y a su fiyo, está escribto, y con ellos irase la dicha. Ya no habrá quien vos riegue la vega, ni quien enseñoree el arado, ni quien sepa sembrar y recoger, ni quien os adobe olores finos. El torno, ¿quién sabrá manejallo? ¡Oh!, los de Islam, estáis con las manos agrillonadas; pero la sufrencia es buena ventura. ¡Sabed que el paraíso es prometido a los sufrientes y serán honrados en gradas altas y aventajadas!

Ramiro no pudo vencerse y enseñó la palma para que le predijera su destino.

—¡Tu jofor, tu jofor!—balbució la morisca.

Pero apenas hubo tomado en las suyas aquella mano delgada y enérgica, soltola de pronto.

Ramiro, al volver instintivamente la cabeza, hallose con la figura del canónigo que, de vuelta de la Encarnación, le había reconocido y se acercaba.

Chiromanciam habemus—gritó el lectoral.

Ramiro sonriose. El canónigo sacó entonces una moneda de plata y se la alargó a la mujer. La morisca tomola temblando y comenzó a alejarse lentamente. Un instante después, maestro y discípulo escuchaban el rodar de la moneda sobre los guijarros.

Entonces, de vuelta a la ciudad y en busca de la Puerta del Adaja, el canónigo compuso la siguiente oración:

—Ya ves, hijo mío, el amor que nos tiene esta raza de Ismael. He ahí una anciana miserable que prefiere seguir gimiendo, cual una loba hambrienta por los caminos, antes que aceptar nuestra limosna. Aparentan haberse convertido, y son tan moros como en Africa. Van como arrastrados de los cabellos a aprender la doctrina, y sólo el temor les hace llevar sus hijos a nuestras iglesias para recibir el bautismo. Pero, ansi que llegan a sus casas, les roen la mollera con un trozo de cacharro o el filo de un cuchillo, lavándoles en seguida prolijamente para quitalles hasta el último resto de la crisma sacramental. Luego vuelven a bautizalles a su manera, con nombres moros que llevan en secreto hasta la muerte. No comen jamás de res alguna que no haya sido degollada por manos infieles, dirigiendo la cabeza del animal hacia el Oriente, hacia la Meca, hacia el alquibla, como ellos mesmos se expresan. No beben vino ni prueban puerco, para distinguirse de nosotros, y, a puerta cerrada, observan su cuaresma y todos los ritos de su secta diabólica. Yo he visto en el fondo de sus casas, en Andalucía, baños de mármol o azulejos, donde los hombres se sumergen y perfuman como rameras, según su costumbre infiel y lasciva. Los mozos aturden las calles del arrabal con sus voceríos salvajes, y son todos dados al adufe, a la gaita, a las sonajas, a los entretenimientos lúbricos de la danza y a los paseos de fuentes y pensiles que corrompen y reblandecen el ánimo.

Hizo una pausa para mondar el pecho, y luego que hubo escupido reciamente, prosiguió:

—En los lugares públicos hacen acatamiento a la Santo Cruz, claro está; pero, cuando se hallan sin testigo ante alguna ermita o humilladero, le hacen sufrir toda clase de escarnios. Yo mismo he sorprendido en las cercanías de Talavera algo horrible. Varios de estos perros malditos habían ido por leña a un bosque del contorno. Uno de ellos, al regresar, tuvo que descargar su vientre, y habiendo hecho una cruz de dos astillas de roble, la clavó bien derecha en la inmundicia, y dejola. Yo fui el primer cristiano, sin duda, que atinó a pasar por aquel sitio. Viendo a mi amada cruz en tal estado, corrí por ella, e hincándola entre la raíz de una encina, me puse a adoralla. Consérvola aún celosamente, por la injuria que sufrió, como si fuera hecha de los huesos de un mártir de Roma.

El sol acababa de ocultarse. Los cerros del poniente recortaban escueto y pardo perfil sobre el horizonte de fuego. Maestro y discípulo llegaron hasta la esquina nordeste de la muralla y doblaron en dirección al mediodía. Abajo, hacia la derecha, entre los obscuros peñascos, el agua del Adaja despedía un resplandor de oro ígneo. Las iglesias habían concluido de tocar las oraciones, y la próxima campana de la ermita de San Segundo conservaba todavía un zumbido soñoliento.

—¿Qué hacer—continuó diciendo el canónigo—con este enemigo casero tantas veces perdonado? ¿Qué hacer con este siervo alevoso, que de día nos aborda con la sonrisa en los dientes, mientras acecha de noche nuestro sueño con la mano crispada sobre corvo puñal? Tu abuelo, Ramiro, me ha dicho, y nadie sabe como él estas cosas, que esos arrieros y trajineros moriscos que topamos por las carreteras durmiendo al sol junto a sus botijos, llevan y traen mensajes sediciosos de Aragón a Granada y de Granada a Aragón, pasando por Castilla; y no hay ya quien ignore que la conspiración cuenta con todos los moriscos del reino.

La luz se apagaba en el cielo; pero el canónigo peroraba cada vez más exaltado, como si ensayase, en la soledad del camino, la alocución solemne que intentara pronunciar en alguna asamblea.

—Algunos dicen que la expulsión de los moriscos traería la ruina de España. La avaricia moderna, señores—exclamó esta vez.—¡Ah! ya son contados aquellos clarísimos varones de antaño que preferían un grano de honra a todas las alcancías repletas del moro y del judío. Hogaño, los nobles de Aragón son los más sañudos encubridores y abogados destos perros infieles; y llena está Castilla de cristianos viejos, engolosinados con el dinero moruno, que siguen su ejemplo. Piensan que con los hijos de Mahoma se iría el lucrar y el sabroso vivir, y sus tierras se cubrirían de hierbas malignas. Aquí mesmo, en la ciudad de los Leales, de los Caballeros, de los Santos, la mayoría del Ayuntamiento está en contra de la expulsión. ¿Y qué mucho—añadió, bajando la voz y hablando casi al oído del mancebo,—si la Inquisición, la Santa Inquisición, recibe cincuenta mil sueldos al año de las aljamas aragonesas?

Dirigiéndose a personajes ilusorios, que él veía animarse, sin duda, en el teatro de su imaginativa, prosiguió:

—¿Decís que la expulsión reduciría a menos de la mitad la riqueza del reino? Tanto mejor, señores golosos. ¿Qué estado más digno y saludable para una república cristiana que la pobreza? Los bienes superfluos traen la libertad y la avaricia, del mismo modo que el agua rebalsada cría sabandijas y sapos inmundos; la lascivia triunfa y los ánimos pierden la primitiva rudeza, a la par de las espadas que se afinan como alfileres y se les recubre de terciopelo y pedrería para no amedrentar a las damas en los estrados. Livio afirma que la mucha prosperidad y abundancia de Roma, le acarrearon todos los males, y que por esta causa llegaron los romanos a los extremos del vicio. Si consultamos a Juvenal—volvió a decir,—él nos declara que no hay linaje de maldad en que los romanos no cayesen desde que abandonaron la pobreza. ¿Fue acaso opulento el pueblo de Israel, el pueblo de Dios? Si hemos de vivir con la opinión, dice nuestro Séneca, jamás seremos ricos; si con la naturaleza, jamás seremos pobres. Yo sé decir que nunca he visto emprestar a los usureros para comprar aceitunas, pan o queso. Siempre vi que el uno lo busca para caballos, el otro para galas, el otro para rameras. Vuelvan, pues, enhorabuena, aquellos siglos dorados, o siglos de bellotas, como también se les llama. Cesen este loco rodar de carrozas y estos desfiles de lacayos, ebrios de vanidad y de vino, ambas cosas hurtadas a su señor. Renazcan las antiguas virtudes severas, la mesa parva, la rica devoción, y que la mengua de las vestiduras nos haga llegar mejor a las carnes la saludable franqueza del viento.

Había terminado y escupió varias veces.

Entraron en la ciudad por la Puerta del Adaja. Las callejuelas estaban llenas de penumbra plomiza y temblorosa. Algunos bodegones encendían sus candiles y las puertas volcaban sobre la calzada mortecino resplandor anaranjado. Un viejo sentado a una ventana, con la sien pegada a la reja, miraba al cielo rezando su rosario. En otra ventana, sin luz, era una joven la que rezaba. Su rostro tomaba el tinte ceniciento de la hora y su pupila fosforescía de modo extraño.

Como sí aquella quietud le hubiera incitado a destapar el silo más hondo de su conciencia, el lectoral, que había dado por concluido su discurso, prorrumpió de nuevo, aunque en un tono menos oratorio y más dulce:

—El ánimo compasivo sólo debemos empleallo, hijo mío, en las ocasiones privadas y menudas de la vida, según lo manda la ley evangélica. Nuestro propio instinto nos ofrece una grande enseñanza cuando nos hace salvar una mosca que se ahoga en un vidrio y otras veces pone en nuestra mano retorcido lienzo y nos las hace matar a centenares sobre la mesa y el muro. Alargue aquél su limosna al pordiosero, aunque lleve en su mano un Alcorán; compadézcase éste del huérfano y la viuda, aunque sean de la secta maldita de Mahoma; ofrezca de beber al muslim sediento que pasa, o pida de su cántaro a la infiel, como Jesús a la Samaritana; nada digo, que todo esto lo enseña el mesmo Evangelio, que es ley individual y pan de cada día; pero, sonada la hora grande y justiciera, sepamos cumplir sin melindres los designios del Señor, porque hay otra ley, hijo mío—agregó levantando la mano y la voz como un antiguo profeta,—otra ley más anciana, ley de los pueblos; hay otro testamento, donde Dios mesmo, con su propia palabra, dicta la sentencia a los impíos, diciendo a Moisés: «Pondrás con mi favor el cuchillo a la garganta del Amorrheo, del Cananeo, del Pherezeo, del Hetheo, del Heveo, del Jebuseo hasta quitalles la vida»; agregando: «y no tengas con ellos misericordia», nec misereberis earum. Y así mismo, por boca del profeta Samuel, mandole decir a Saúl que destruyera a los Amalecitas, sin perdonar hombres, ni mujeres, ni niños aunque fuesen de leche, a fin de no dejar rastro ninguno de ellos ni de sus haciendas. Nosotros debemos también, como un acto expiatorio, descepar de cuajo de nuestro suelo esta planta ponzoñosa. No echemos en olvido que somos, en los modernos tiempos, el pueblo de Dios, como lo fue Israel en los antiguos. Nada debe extrañarnos que pueblos semibárbaros como Inglaterra, Alemania, Bohemia, Hungría se contaminen; pero ¿cómo habemos de tolerar nosotros, de quien Dios no aparta su confianza, al siervo idólatra y blasfemo en nuestra propia heredad? Ya sea por la expulsión sempiterna, ya por el total exterminio, si el caso lo pide, haciendo en ellos un Vesper Siciliano, antes que lo hagan ellos con nosotros, el cielo nos ordena, a las claras, rematar la obra de purificación.

—El miedo a la sangre, hijo mío—prosiguió diciendo el canónigo,—es un bajo instinto del hombre. Jehová se espanta del vicio, de la impiedad, de un solo pecado, pero no de la sangre vertida justicieramente. La sangre es el riego necesario de toda buena germinación, y el Señor la hace correr a su tiempo con la misma benignidad con que escurre los nublados sobre los surcos. Las vidas humanas no valen sino por lo que resulta de su sacrificio, como los granos de incienso. Ahora, si se quieren remedios más suaves, también los hallaremos en la Escritura.

Meditó un instante y continuó:

—Oigamos al profeta Osseas sobre la tribu idólatra de Efraim: «Dales a éstos, Señor... ¿Qué les darás a éstos? Dales vientres sin hijos y tetas enjutas.» Recapacitemos esta inspirada sentencia. Ella nos manda que lo que se ejecutó con las gentes de Efraim lo realicemos nosotros con los falsos conversos. Su Santidad, se entiende, lo permitirá, y médicos hay que saben cómo y con qué hacer con ellos y ellas este remedio; y sería un blando acabar, poco a poco.

Habló así, con tono doctrinal y apacible, sin asomo de saña. El mancebo le escuchó sorbiendo sus palabras como precioso jugo de sabiduría. Habían llegado, entretanto, a la plazuela de la Catedral. El templo levantaba su mole religiosa y guerrera en la calma cerúlea del anochecer. Un último reflejo dorado se apagaba en sus almenas.

El aire traía un tufillo de sartenes. El canónigo despidiose de Ramiro, y, al ir a penetrar en la iglesia, un lacayo le detuvo para decirle que el señor de San Vicente le mandaba llamar. La casa estaba a pocos pasos, en el barrio de San Gil.

XI

El señor Felipe de San Vicente, individuo del Consejo de las órdenes, Comisario de la Santa Inquisición y antiguo gentilhombre del Rey, recibió cordialmente al canónigo, tomándole una y otra mano en las suyas. Luego, después de haber echado los cerrojos a las puertas, preguntole con brusquedad y misterio:

—¿Podría vuesamerced, señor canónigo, indicar algún hombre seguro para una dificultosa misión en servicio de Su Majestad y del reino? Advierta vuesamerced—agregó—que debe ser de harta limpieza de sangre, de mucha religión, de mucho ardid y denuedo, y joven, cuanto posible, de suerte que sus idas y venidas puedan achacarse a un amorío, por ejemplo.

El lectoral comenzó a estrujarse el labio inferior, como si buscara arrancarse por aquel medio el nombre propio que convenía. De pronto, después de breve silencio, sus ojos se llenaron de claridad y respondió con viveza.

—Sí, tal. Ya le tengo.

—Conozco a vuesamerced, y doy, desde luego, por seguro, que habrá escogido con acierto—replicó entonces el hidalgo, acostándose, casi, en el sillón y estirando hacia el brasero sus piernas metidas en calzas de velludo pardo.

En seguida, con verbosidad soñolienta, entrecortada sólo por los ásperos esfuerzos con que descargaba de rato en rato su garganta, fuele diciendo que, según recientes averiguaciones, los moriscos preparaban un levantamiento general en todo el reino, y que era menester sorprenderles con las manos en la masa.

—Tenemos sospechas—agregó—de que en esta ciudad existe un escondite de conspiradores, donde continuamente se reciben mensajes sediciosos de Aragón y Valencia. Pero todo esto, señor canónigo, precisamos saberlo con certeza, pues la mayoría del Ayuntamiento aboga por ellos, y abundan en toda España señores de título que, por no ver sus tierras abandonadas, les tienden solapadamente la mano.

Dijo luego que la Junta de Madrid acababa de encomendarle, sin atender a su edad y a sus dolencias, aquella difícil misión, que él quería compartir con un hombre de iglesia, cuyo especial ministerio le pusiera en mejores condiciones para conocer las dotes o defectos de algún vecino de la ciudad. Con la voz cada vez más ronca y más baja, pasó luego a explicar las instrucciones que el canónigo debía transmitir a su agente. El mismo se narcotizaba con su propio discurso. Ya era imposible comprenderle. Su palabra vacilaba, se extinguía. Entonces, escupiendo, por última vez, dobló la cabeza sobre el hombro, y quedose dormido.

El lectoral no supo qué hacer. Los cerrojos estaban echados y las mechas del velón crepitaban en ese momento, amenazando apagarse. No había, tampoco, un solo libro sobre la mesa, y él había olvidado su breviario. Pensó entonces que no hay situación en la existencia que resista a un esfuerzo superior de filosofía y, olvidando la circunstancia y la hora, púsose a contemplar a aquel hombre de obscuro entendimiento que, había logrado fácilmente los altos honores, hasta ser uno de los más influyentes personajes de la comuna, tenido en gran predicamento por el Rey. Su estatura era menos que mediana, su espalda un tanto jibosa, su barba rojiza. Había en todo su rostro una tristeza cómica de bufón. Su labio inferior se alargaba hacia afuera con lúbrico y tembloroso gesto.

La estirpe de los San Vicente era antigua en la ciudad, aunque no de las más ilustres y encumbradas. Arrancaba, sin embargo, de una María de La Cerda y exornaban su árbol genealógico Juan Mercado, primer caballero de Milán, Tomás de San Vicente, llamado el Valeroso, y, sobre todo, Ruy López de Avalos, condestable de Castilla. Los caballeros de su nombre podían reposar, por remoto privilegio, en el crucero de la iglesia de Santa María del Castillo, en Madrigal, favorecida por una capellanía del Condestable. Así también, en Avila, tenían derecho a ser enterrados en la parroquia de Santo Tomé, donde existe la capilla de su linaje; en Santo Tomás el Real, dentro mismo del templo; y en los lucillos de San Vicente, en cuya iglesia estaban pintadas las armas de aquella familia sobre los asientos de la capilla mayor, según uso calificado y antiguo.

Al observar la barba de Don Felipe, aquel rojo vellón donde la luz del aceite ponía ahora toques purpúreos, el canónigo pensó en las razas antiguas venidas hasta la Iberia desde los mares tempestuosos del Norte; y cerrando, a su vez, los ojos, soñó con repugnancia en bárbaros rubios y en carnosas hembras desnudas, con cabelleras color de naranja, como señaladas, desde entonces, por un reflejo infernal.

De pronto, la puerta se sacudió con estrépito, y oyose en el corredor una voz desesperada que comenzó a gritar:

—¡A mí! ¡A mí! ¡Socorro! ¡Soy muerto!

El canónigo saltó del asiento, descorrió el cerrojo y abrió. Era un lacayo. El infeliz, con el semblante blanco como el yeso, sin soltar de sus manos una silla de montar, cubierta de terciopelo azul, fue a arrojarse a los pies de su señor.

—¿Qué sucede?—preguntó mal despierto el hidalgo.

—Es don Pedro, don Pedro que me busca para acuchillarme. ¡Agora llega, ahí está!—agregó el lacayo, señalando hacia el corredor y temblando de pies a cabeza como endemoniado.

En efecto: instantes después, entró el hijo segundo, loco de ira y la boca contraída por una mueca de exterminio. Al topar con el sacerdote levantó la mano derecha hacia atrás y la lumbre del candil hizo centellear, en el aire, su larga espada desnuda.

El Señor de San Vicente meneó de un lado a otro la cabeza, con sonrisa agria, dolorosa. Entonces el segundón acercose al lacayo y pinchole el rostro con el acero.

—¡Teneos, en nombre de Cristo!—gritó reciamente el canónigo, asiéndole el brazo.

El mancebo se contuvo y envainó la hoja de golpe, mientras el criado examinaba su propia sangre en los dedos.

—No bastaba que fuese yo el desheredado, el estorbo, el hijo maldito, sino que agora les es permitido a los criados de mi hermano hacer mofa de mí—rugió el segundón, mirando de hito en hito a su padre y recorriendo a trancos la cuadra.—Vuestra es la culpa, señor, que me habéis rebajado a la par de la servidumbre. El mayorazgo, los honores, las caricias, todo es poco para Gonzalo. Precisáis, además, cubrille de joyas, como a un santo milagroso, dalle todo lo bueno; el mejor caballo, la espada más rica, y gastar en sus galas más de lo que podéis. ¡Oste! Ha poco le disteis el medallón de los rubíes, luego vuestra daga de oro y un talabarte bordado, ¡y a mí nada, nada!, y me dejáis andar por la ciudad pobre y andrajoso como un villanejo. Para un hermano el festín, para el otro el hueso y la asadura. ¿No nos parió ¡voto a Cristo! el mesmo vientre?

Afeminando la voz de modo burlesco, continuó:

—Idos a América o a Flandes, hijo mío, o entrad más bien en la Iglesia, y os daremos nuestra capellanía de Santa María del Castillo, en Madrigal: es lo que me decís todo el año. Pero aquesto no basta. Sabéis harto bien que soy amado de Beatriz desde niño y queréis asimesmo que le deje la dama a mi hermano. Es con ese pensamiento que me dejáis podrir sobre las carnes estas ruines bayetas, para que no pueda mostrarme ante mujer alguna. Mirad esta espadeja si no parece de vil estudiante. ¡Ah!, pero ruda y basta como es, sabrá vengar el entuerto. ¡Oste! Hace un año, señor, que os pedí un arnés para el rocín, y ni esto—exclamó, haciendo sonar la uña del pulgar en los dientes.—Agora os llega este caparazón y, despreciando mi demanda, se lo mandáis a él, que ya tiene sobrados. Todavía este puerco—exclamó señalando al lacayo—me lo enseña de lejos con sorna; se lo pido para mirallo, y echa a correr dando voces.

Don Felipe seguía moviendo, de tiempo en tiempo, la cabeza, sin levantar la mirada.

—¡Ah, señor!—prosiguió el segundón—la postre no os sabrá tan dulce como esperáis, ¡No! ¡No!—gritó bruscamente, golpeando con el tacón en el suelo y dando dos alaridos que resonaron de trágica manera, semejantes a la voz de un demente. Una de sus calzas se desató, dejando desnuda su pierna muy blanca y vellosa.

Esta vez el hidalgo se atrevió a decir:

—Calmaos, hijo; es la dura ley de la nobleza: sois el segundo. En cuanto a Beatriz, vos mesmo sabéis que ama a Gonzalo desde la infancia.

El mancebo fue a ponerse casi en cuclillas delante de su padre, y cara a cara, con los ojos fulgurantes y con voz ronca, aciaga, terrible, volvió a gritar:

—¡No! ¡No!...

En ese momento entraba el hijo mayor. Su venera, su espada, el joyel de la gorra, chispeaban en la penumbra. Al moverse dejaba oír rumores de metal y de seda.

—Seguro estoy—dijo soberbio, increpando a su hermano, después de haber saludado al canónigo—que reñíais a nuestro padre.

—Así es verdad—contestó el hidalgo;—me reñía porque os enviaba ese caparazón, con que me obsequia el alcalde de Toledo.

El lacayo se adelantó a ofrecérselo. Las armas de la familia estaban bordadas, a uno y otro lado, con sedas multicolores, sobre el terciopelo turquí, y, en toda la tela, el aljófar perlaba como cuajado rocío los arabescos de plata y de oro.

Ante aquel precioso jaez, el mayorazgo olvidó un momento a las personas que le rodeaban y pareciole verlo recubriendo su caballo valenzuela. El rostro de Beatriz, tras las celosías cruzó por su espíritu. Luego, como despertando:

—Dejalde, padre, que se atosigue con su propia ponzoña—exclamó.—Peor para él si no sabe aceptar su condición.

Esta frase, lanzada con arrogante menosprecio, fue como un fustazo en las orejas de un tigre. El segundón, tendiendo en el aire sus manos crispadas por el ansia fratricida, lanzó de su boca fiero torrente de insultos y amenazas incomprensibles; mientras el mayorazgo, inmóvil y descolorido, le miraba con sonrisa convulsa, la mano derecha en la daga.

De pronto, al escándalo de las voces, doña Urraca, la mujer del hidalgo, apareció en la puerta cual brusca visión. Todos volvieron el rostro hacia ella. Un silencio glacial se produjo en la estancia. ¡Hembra grave y hermosa! Una red de perlas le aprisionaba el retinto cabello. Su tez era pálida y morena, su empaque soberbioso. Hubiérase dicho una flor de hierro.

—¿Qué pensará vuesamerced—exclamó, dirigiéndose al lectoral—de tamaña vergüenza?

Luego, encarándose con su esposo:

—Nada de esto sucediera si no fuese vuestra cobardía. Poco falta ya para que nuestros hijos se acuchillen en vuestras barbas.

El hidalgo bajaba cada vez más la cabeza, y sus manos frotaban nerviosamente los brazos del sillón.

Doña Urraca prosiguió:

—¿Qué sangre villana lleváis en esas venas, señor, que no os deja volver por la honra de vuestra casa?

Herido por aquel ultraje, el hidalgo atiesó de pronto su cuerpo.

—Ya os he dicho mil veces, señora—replicó levantando la frente y mostrando sus ojos humedecidos,—que mi sangre es tan clara y tan limpia como las mejores de España. El señor canónigo que está aquí presente, y que conoce harto bien mi abolengo, podrá atestiguallo. ¿Por ventura—agregó poniéndose en pie—es cosa de nada un linaje que viene de Sancho de San Vicente y de doña María de la Cerda, y que cuenta con dos condestables de Castilla?

Su mujer le respondió con una sonrisa, entreabriendo apenas un extremo de su boca. En seguida, y habiéndose despedido del lectoral, levantó su preciosa mano, exornada de randas, y, mirando en los ojos a los mancebos, díjoles con imperio:

—Vosotros seguidme.

Volvió las espaldas, segura de ser obedecida, y desapareció. Los dos hermanos se fueron tras ella, y durante unos segundos oyose alejarse por el corredor el golpeteo de las espuelas.

Cuando el canónigo, ansiando retirarse, preguntó a don Felipe si podía decentar, desde luego, el asunto de la pesquisa, el cuitado señor tardó un buen rato en darse cuenta de la consulta. Meneó, por fin, la cabeza afirmativamente y le dijo que ponía, del todo, en sus manos aquella delicada misión.

Al hallarse de nuevo, sin testigos, don Felipe sacó de la faltriquera un viejo rosario y, besando la cruz repetidas veces, púsose a sollozar como una mujer.