LA GITANA
Interior de una cabaña; Azucena estará sentada cerca de una hoguera; Manrique a su lado de pie.
Manrique y Azucena
Azucena, canta. Bramando está el pueblo indómito,
de la hoguera en derredor;[50]
al ver ya cerca la víctima,
gritos lanza de furor.
Allí viene; el rostro pálido,
sus miradas de terror,
brillan de la llama trémula
al siniestro resplandor.[51]
Manrique. ¡Qué triste es esa canción!
Azucena. Tú no conoces esa historia, aunque nadie mejor que tú pudiera saberla.
Manrique. ¿Yo?...
Azucena. Te separaste tan niño[52] de mi lado ¡ingrato! Abandonaste a tu madre por seguir a un desconocido...
Manrique. A don Diego de Haro,[53] señor de Vizcaya.[54]
Azucena. Pero que no te amaba tanto como yo.
Manrique. Mi objeto era el de haceros feliz. Las montañas de Vizcaya no podían suministrar a mi ambición recursos para elevarme a la altura de mis ilusiones. Seguí a don Diego hasta Zaragoza, porque se decidió a protegerme, y yo decía para mí: «Algún día sacaré a mi madre de la miseria»; pero vos no lo habéis querido.
Azucena. No, yo soy feliz; yo no ambiciono alcázares[55] dorados; tengo bastante con mi libertad y con las montañas donde vivieron siempre nuestros padres.
Manrique. ¡Siempre!
Azucena. Pero, hijo mío, la pobreza tiene muchos inconvenientes, y tu familia los ha experimentado muy terribles.
Manrique. ¿Mi familia?
Azucena. Nada me has preguntado nunca acerca de ella.
Manrique. No me he atrevido... no sé por qué se me ha figurado que me habíais de contar alguna cosa horrible.
Azucena. ¡Tienes razón, una cosa horrible!... Yo, para recordarlo, no podría menos de estremecerme... ¿Ves esa hoguera? ¿Sabes tú lo que significa esa hoguera? Yo no puedo mirarla sin que se me despegue la carne de los huesos, y no puedo apartarla de mí, porque el frío de la noche hiela todo mi cuerpo.
Manrique. Pero, ¿por qué os habéis querido fijar en este sitio?
Azucena. Porque este sitio tiene para mí recuerdos muy profundos... desde aquí se descubren los muros de Zaragoza... éste era, éste, el sitio donde murió.
Manrique. ¿Quién, madre mía?
Azucena. Es verdad, tú no lo sabes, y sin embargo era mi madre, mi pobre madre, que nunca había hecho daño a nadie. ¡Pero dieron en decir[56] que era bruja!...
Manrique. ¿Vuestra madre?
Azucena. Sí; la acusaron de haber hecho mal de ojo[57] al hijo de un caballero, de un Conde. No hubo compasión para ella, y la condenaron a ser quemada viva.
Manrique. ¡Qué horror!... Bárbaros... ¿Y lo consumaron?
Azucena. En este mismo sitio, donde está esa hoguera.
Manrique. ¡Gran Dios!
Azucena. Yo la seguía de lejos, llorando mucho; como quien llora por una madre. Llevaba yo a mi hijo en los brazos, a ti; mi madre volvió tres veces la cabeza para mirarme bendecirme. La última vez cerca del suplicio... allí me miró haciendo un gesto espantoso, y con una voz ahogada y ronca me gritó: «¡Véngame!» Aquella palabra... no la puedo olvidar... aquella palabra se grabó en mi alma, en todos mis sentidos, y yo juré vengarla de una manera horrorosa.
Manrique. Sí, ¿y la vengasteis... es verdad? Tendría un placer en saberlo. Mil crímenes, mil muertes no eran bastantes.
Azucena. Pocos días después tuve ocasión de conseguirlo. Yo no hacía otra cosa que[58] rodear la casa del Conde que había sido causa de la muerte de aquella desgraciada... un día logré introducirme en ella y le arrebaté al niño, y dos minutos después ya estaba yo en este sitio, donde tenía preparada la hoguera.
Manrique. ¿Y tuvisteis valor?
Azucena. El inocente lloraba y parecía querer implorar mi compasión... Tal vez me acariciaba,... Dios mío, yo no tuve valor... yo también era madre... (Llorando.)
Manrique. ¿Y en fin?
Azucena. Yo no había olvidado, sin embargo, a la infeliz que me había dado el ser; pero los lamentos de aquella infeliz criatura me desarmaban, me rasgaban el corazón. Esta lucha era superior a mis fuerzas, y bien pronto se apoderó de mí una convulsión violenta... yo oía confusamente los chillidos del niño y aquel grito que me decía: «¡Véngame!» Pero de repente, y como en un sueño, se me puso delante de los ojos aquel suplicio, los soldados con sus picas, mi madre desgreñada y pálida, que con paso trémulo caminaba despacio, muy despacio, hacia la muerte, y que volvía la cara para mirarme, para decirme: «¡Véngame!» Un furor desesperado se apoderó de mí, y desatentada y frenética, tendí las manos buscando una víctima; la encontré, la así con una fuerza convulsiva, y la precipité entre las llamas. Sus gritos horrorosos ya no sirvieron sino para sacarme de aquel enajenamiento mortal... abrí los ojos, los tendí a todas partes... la hoguera consumía una víctima, y el hijo del Conde estaba allí. (Señalando a la izquierda.)
Manrique. ¡Desgraciada!
Azucena. Había quemado a mi hijo.
Manrique. ¡Vuestro hijo! ¿Pues quién soy yo, quién?... Todo lo veo.
Azucena. ¿Te he dicho que había quemado a mi hijo?... No... he querido burlarme de tu ambición... tú eres mi hijo; él del Conde, sí, él del Conde era él que abrasaban las llamas... ¿No quieres tú que yo sea tu madre?
Manrique. Perdonad.
Azucena. ¡Ingrato! ¿No te he prodigado una ternura sin límites?
Manrique. Perdonad; merezco vuestras reconvenciones. Mil veces dentro en mi corazón, os lo confieso, he deseado que no fueseis mi madre, no porque no os quiera con toda el alma, sino porque ambiciono un nombre, un nombre que me falta. Mil veces digo para mí, si yo fuese un Lanuza, un Urrea...
Azucena. ¡Un Artal![59]...
Manrique. No, un Artal, no, es apellido que detesto; primero el hijo de un confeso. Pero, a pesar de mi ambición, os amo, madre mía; no... yo no quiero sino ser vuestro hijo. ¿Qué me importa un nombre? Mi corazón es tan grande como él de un rey... ¿Qué noble ha doblado nunca mi brazo?
Azucena. Sí, sí. ¿A qué ambicionar más?
Manrique. Aún no viene. (Llegándose a la puerta.)
Azucena. Pero sin embargo, estás muy triste... ¿Te devora algún pesar secreto? ¿Sientes tú haber nacido de unos padres sí humildes? No temas, yo no diré a nadie que soy tu madre, me contentaré con decírmelo a mí propia, y en vanagloriarme interiormente. ¿Estás contento?
Los Mismos y Ruiz
Manrique. Ahí está.
Azucena. ¿Esperabas a ese hombre?
Manrique. Sí, madre.
Azucena. No temas, no me verá. (Se aparta a un lado.)
Ruiz. ¿Estáis pronto?
Manrique. ¿Eres tú, Ruiz?
Ruiz. El mismo; todo está preparado.
Manrique. Marchemos.
Azucena
Azucena. Se ha ido sin decirme nada, sin mirarme siquiera. ¡Ingrato! No parece sino que conoce mi secreta... ¡Ah! Que no sepa nunca[60]... Si yo le dijera: «Tú no eres mi hijo, tu familia lleva un nombre esclarecido, no me perteneces...» me despreciaría y me dejaría abandonada en la vejez. Estuvo en poco que no se lo descubriera[61]... ¡Ah! No, no lo sabrá nunca. ¿Por qué le perdoné la vida sino para que fuera mi hijo?
El teatro representa una celda; en el fondo, a la izquierda, habrá un reclinatorio, en el cual estará arrodillada Leonor; se ve un crucifijo pendiente de la pared delante del reclinatorio
Leonor. Ya el sacrificio que odié
mi labio trémulo y frió
consumó... perdón, Dios mío,
perdona si te ultrajé.
Llorar triste y suspirar
sólo puedo; ay, Señor, no...
tuya no debo ser yo,
recházame de tu altar.
Los votos que allí te hiciera
fueron votos de dolor,
arrancados al temor
de un alma tierna y sincera.
Cuando en el ara fatal
eterna fe te juraba
mi mente ¡ay Dios! se extasiaba
en la imagen de un mortal.
Imagen que vive en mí,
hermosa, pura y constante...
No, tu poder no es bastante
a separarla de aquí.
Perdona, Dios de bondad;
perdona, sé que te ofendo;
vibra tu rayo tremendo,
y confunde mi impiedad.
Mas no puedo en mi inquietud
arrancar del corazón
esta violenta pasión,
que es mayor que mi virtud.
Tiempos en que amor solía
calmar piadoso mi afán,
¿qué os hicisteis?[62] ¿Dónde están
vuestra gloria y mi alegría?
¿De amor el suspiro tierno
y aquel placer sin igual,
tan breve para mi mal
aunque en mi memoria eterno?
Ya pasó... mi juventud
los tiranos marchitaron,
y a mi vida prepararon
junto al altar el ataúd.
Ilusiones engañosas,
livianas como el placer,
no aumentéis mi padecer...
¡Sois por mi mal tan hermosas!
(Una voz, acompañada de un laúd, canta las siguientes estrofas después de un breve preludio, Leonor manifiesta entre tanto la mayor agitación.)
Camina orillas del Ebro
caballero lidiador,
puesta en la cuja la lanza
que mil contrarios venció.
Despierta, Leonor,
Leonor.
Buscando viene anhelante
a la prenda[63] de su amor,
a su pesar consagrada
en los altares de Dios.
Despierta, Leonor,
Leonor.
Leonor. Sueños, dejadme gozar...
no hay duda... él es... Trovador...
(Viendo entrar a Manrique.)
¿será posible?...
Manrique. ¡Leonor!
Leonor. ¡Gran Dios! Ya puedo espirar.
Manrique y Leonor
Manrique. Te encuentro al fin, Leonor.
Leonor. Huye; ¿qué has hecho?
Manrique. Vengo a salvarte, a quebrantar osado
los grillos que te oprimen, a estrecharte
en mi seno, de amor enajenado.
¿Es verdad, Leonor? Dime si es cierto
que te estrecho en mis brazos, que respiras
para colmar hermosa mi esperanza,
y que extasiada de placer me miras.
Leonor. ¡Manrique!
Manrique. Sí; tu amante que te adora
más que nunca feliz.
Leonor. ¡Calla!...
Manrique. No temas;
todo en silencio está como el sepulcro.
Leonor. ¡Ay! Ojalá que en él feliz durmiera
antes que delincuente profanara,
torpe esposa de Dios, su santo velo.
Manrique. ¡Su esposa tú!... Jamás.
Leonor. Yo desdichada,
Yo no ofendiera con mi llanto al cielo.[64]
Manrique. No, Leonor; tus votos indiscretos
no complacen a Dios; ellos le ultrajan.
¿Por qué temes? Huyamos; nadie puede
separarme de ti... ¿Tiemblas?... ¿Vacilas?
Leonor. ¡Sí; Manrique!... ¡Manrique!... Ya no puede
ser tuya esta infeliz; nunca... mi vida,
aunque llena de horror y de amargura,
ya consagrada está, y eternamente,
en las aras de un Dios omnipotente.
Peligroso mortal, no más te goces
envenenando ufano mi existencia;
demasiado sufrí, déjame al menos
que triste muera aquí con mi inocencia.
Manrique. ¡Esto aguardaba yo! ¡Cuando creía
que más que nunca enamorada y tierna
me esperabas ansiosa, así te encuentro,
sorda a mi ruego y a mis halagos fría!
¿Y tiemblas, di, de abandonar las aras
donde tu puro afecto y tu hermosura
sacrificaste a Dios...? ¡Pues qué![65]... ¿No fueras
antes conmigo que con Dios perjura?
Sí; en una noche...
Leonor. ¡Por piedad!
Manrique. ¿Te acuerdas?
En una noche plácida y tranquila...
¡Qué recuerdo, Leonor! Nunca se aparta
de aquí, del corazón; la luna hería
con moribunda luz tu frente hermosa,
y de la noche el aura silenciosa
nuestros suspiros tiernos confundía.
«Nadie cual yo te amó,» mil y mil veces
me dijiste falaz: «Nadie en el mundo
como yo puede amar»; y yo, insensato,
fiaba en tu promesa seductora,
y feliz y extasiado en tu hermosura,
con mi esperanza allí me halló la aurora.
¡Quimérica esperanza! ¡Quién diría
que la que tanto amor así juraba,
juramento y amor olvidaría!
Leonor. Ten de mí compasión; si por ti tiemblo,
por ti y por mi virtud, ¿no es harto triunfo?
Sí; yo te adoro aún; aquí, en mi pecho,
como un raudal de abrasadora llama
que mi vida consume, eternos viven
tus recuerdos de amor; aquí, y por siempre,
por siempre aquí estarán, que en vano quiero,
bañada en lloro, ante el altar postrada,
mi pasión criminal lanzar del pecho.
No encones más mi endurecida llaga;
si aún amas a Leonor, huye, te ruego;
libértame de ti.
Manrique. ¡Que huya me dices!...
¡Yo, que sé que me amas!
Leonor. No, no creas...
no puedo amarte yo... si te lo he dicho,
si perjuro mi labio te engañaba,
¿lo pudiste creer?... Yo lo decía,
pero mi corazón... te idolatraba.
Manrique. ¡Encanto celestial! Tanta ventura
puedo apenas creer.
Leonor. ¿Me compadeces?...
Manrique. Ese llanto, Leonor, no me lo ocultes;
deja que ansioso en mi delirio goce
un momento de amor; injusto he sido,
injusto para ti... vuelve tus ojos,
y mírame risueño y sin enojos.
¿Es verdad que en el mundo no hay delicia
para ti sin mi amor?
Leonor. ¿Lo dudas?...
Manrique. Vamos...
pronto huyamos de aquí.
Leonor. ¡Si ver pudieses
la lucha horrenda que mi pecho abriga!
¿Qué pretendes de mí? ¿Que infame, impura,
abandone el altar, y que te siga
amante tierna a mi deber perjura?
Mírame aquí a tus pies, aquí te imploro
que del seno me arranques de la dicha;
tus brazos son mi altar, seré tu esposa,
y tu esclava seré; pronto, un momento,
un momento pudiera descubrirnos
y te perdiera entonces.
Manrique. ¡Ángel mío!
Leonor. Huyamos, sí... ¿No ves allí en el claustro
una sombra?... ¡Gran Dios!
Manrique. No hay nadie, nadie...
fantástica ilusión.
Leonor. ¡Ven, no te alejes;
tengo un miedo! No, no... te han visto... vete...
pronto, vete por Dios... mira el abismo
bajo mis pies abierto; no pretendas
precipitarme en él.
Manrique. Leonor, respira,
respira por piedad; yo te prometo
respetar tu virtud y tu ternura.
No alienta; sus sentidos trastornados...
me abandonan sus brazos... no, yo siento
su seno palpitar... Leonor, ya es tiempo
de huir de esta mansión, pero conmigo
vendrás también. Mi amor, mis esperanzas,
tú para mí eres todo, ángel hermoso.
¿No me juraste amarme eternamente
por el Dios que gobierna el firmamento?
Ven a cumplirme, ven, tu juramento.
Calle corta;[66] a la izquierda se ve la fachada de una iglesia
Ruiz y un momento después Un Soldado
Ruiz. ¡Es mucho tardar! Me temo que esta dilación... ¡Oiga! ¿Quién va?
Soldado. ¿Ruiz?
Ruiz. El mismo. ¡Ah! ¿Eres tú? ¿Ha llegado la gente?
Soldado. Ya está cerca del muro, la puerta está guardada.
Ruiz. ¿Cómo! ¡Alguno nos ha vendido tal vez?
Soldado. El Rey ha salido esta noche de la ciudad.
Ruiz. Algo ha sabido.
Soldado. Sin duda. ¿Con cuántos hombres podemos contar dentro de la ciudad?
Ruiz. Apenas llegan a ciento.
Soldado. Bastan para atacar la puerta si nos ayudan los de fuera.
Ruiz. Dices bien.
Soldado. Vamos.
Ruiz. (¿Y don Manrique?)
Soldado. ¿Temes?
Ruiz. ¡Yo!... No; pero queda mi señor todavía en el convento.
Soldado. ¡Diablo! Ya... pero es cosa de un momento; un ataque imprevisto por la espalda y por la frente[67]... después ya no corre peligro.
Ruiz. Vamos.
Leonor y Manrique
Manrique. Alienta; en salvo estamos.
Leonor. ¡Ay!
Manrique. Ya vuelve[68]...
Leonor. ¿Dónde estoy?
Manrique. En mis brazos, Leonor. (Se oye dentro ruido lejano de armas.)
Leonor. ¿Qué rumor es ése?...
Manrique. ¡Cielos!... Tal vez...
Leonor. ¿Adonde me llevas? Suéltame por Dios... ¿no ves que te pierdes?
Manrique. ¿Qué me importa, si no te pierdo a ti?
Leonor. ¿Pero qué significa ese ruido?
Manrique. No es nada, nada.
Leonor. Ese resplandor... esas luces que se divisan a lo lejos.
Manrique. Es verdad, pero no temas, estoy a tu lado...
Leonor. ¿No oyes estruendo de armas?
Manrique. Sí, confusamente se percibe.
Leonor. ¿Si vienen en nuestra busca?
Manrique. No puede ser.
Leonor. Pero esos hombres que se acercan... he distinguido los penachos.
Manrique. No temas.
Leonor. ¿Qué van a hacer contigo? Huye, huye por Dios.
Manrique. Si fueran mis soldados...
Leonor. Vete; se acercan... ¿No lo ves? ¡Es el Conde!
Manrique. Don Nuño. ¡Es verdad...! ¡Gran Dios! ¿Y he de perderte? (Se oye tocar a rebato.)
Leonor. ¿Escuchas?
Manrique. Sí; ésta es la señal.
Dentro. Traición, traición.
Manrique. Estamos libres. (Desenvainando la espada.)
Dentro. ¡Traición!
Leonor. ¿Qué haces?
En este momento salen por la izquierda Don Nuño, Don Guillén, Don Lope y Soldados con luces, y por la derecha Ruiz y varios soldados que se colocan al lado de Don Manrique, éste defenderá a Leonor, ocultándose entre los suyos[69] y peleando con Don Guillén y Don Nuño; entre tanto no cesarán de tocar a rebato.
Manrique. Aquí, mis valientes.
Nuño. El es.
Guillén. Traidor.
Leonor. Piedad, piedad.
LA REVELACIÓN
El teatro representa un campamento con varias tiendas; algunos soldados se pasean por el fondo.
Don Nuño, Don Guillén, y Jimeno
Nuño. Bien venido, don Guillén;
ya cuidadoso esperaba
vuestra vuelta... ¿Qué habéis visto?
Guillén. Como mandasteis, al alba
salí a explorar todo el campo.
y me interné en la montaña.
Nuño. ¿No encontrasteis los rebeldes?
Guillén. Encerrados nos aguardan
en Castellar.
Nuño. ¿Nos esperan!
Guillén. A tanto llega su audacia.
Nuño. ¿Sabéis si está don Manrique?
Guillén. Don Manrique es quien los manda.
Nuño. Albricias, don Guillén, hoy
recobraréis vuestra hermana.
Guillén. No sabéis cuál lo deseo,
por lavar la torpe mancha
que esa pérfida ha estampado
en el blasón de mis armas.
Allí con su seductor...
no quiero pensarlo... ¡infamia
inaudita! Y está allí...
¿y yo no voy a arrancarla
con el corazón villano
el torpe amor que la abrasa?
Nuño. Sosegáos.
Guillén. No; no sosiega
el que así de su prosapia
ve el blasón envilecido...
Honrado nací en mi casa,
y a la tumba de mis padres
bajará mi honor sin mancha.
Nuño. Sin mancha, yo os lo prometo.
Guillén. ¡El traidor! ¡Que se escapara[70]
la noche que en Zaragoza
entre el rumor de las armas,
la arrancó del claustro!
Nuño. En vano
perseguirle procuraba;
se me ocultó entre los suyos[71]...
Guillén. Que bien pagaron su audacia.
Nuño. Que levanten esas tiendas
para ponernos en marcha
al instante... ¡Nos esperan!
¿Tienen mucha gente?
Guillén. Basta
para guardar el castillo
la que he visto... y bien armada.
Catalanes[72] son los más,
y toda gente lozana.
Nuño. No importa; de Zaragoza
hoy nos llegaron cien lanzas
y seiscientos ballesteros,
que nos hacían gran falta.[73]
No se escaparán si Dios
quiere ayudar nuestra causa.
¿Qué ruido es ése?
(Se oye dentro rumor y algazara.)
Los Mismos y Guzmán
Guzmán. ¿Señor?
Nuño. ¿Qué motiva esa algazara?
¿Qué traéis?
Guzmán. Vuestros soldados,
que por el campo rondaban,
han preso a una bruja.
Nuño. ¿Qué?
Guzmán. Sí, Señor, a una gitana.
Nuño. ¿Por qué motivo?
Guzmán. Sospechan,
al ver que de huir trataba
cuando la vieron, que venga
a espiar.
Nuño. ¿Y por qué arman
ese alboroto?[74] ¿Qué es eso?
(Mirando adentro.)
Guzmán. ¿No veis como la maltratan?
Nuño. Traédmela, y que ninguno
sea atrevido[75] a tocarla.
Los Mismos y Azucena, conducida por Soldados y con las manos atadas
Azucena. Defendedme de esos hombres
que sin compasión me matan...
defendedme...
Nuño. Nada temas;
nadie te ofende.
Azucena. ¿Qué causa
he dado para que así
me maltraten?
Guillén. ¡Desgraciada!
Nuño. ¿A dónde ibas?
Azucena. No sé...
por el mundo; una gitana
por todas partes camina,
y todo el mundo es su casa.
Nuño. ¿No estuvisteis en Aragón
nunca?
Azucena. Jamás.
Jimeno. ¡Esa cara!
Nuño. ¿Vienes de Castilla?
Azucena. No;
vengo, Señor, de Vizcaya,
que la luz primera vi
en sus áridas montañas.
Por largo tiempo he vivido
en sus crestas elevadas,
donde, pobre y miserable,
por dichosa me juzgaba.
Un hijo solo tenía,
y me dejó abandonada;
voy por el mundo a buscarle,
que no tengo otra esperanza.
¡Y le quiero tanto! El es
el consuelo de mi alma,
Señor, y el único apoyo
de mi vejez desdichada.
¡Ay! Sí... Dejadme, por Dios,
que a buscar a mi hijo vaya,
y a esos hombres tan crueles
decid que mal no me hagan.
Guzmán. Me hace sospechar, don Nuño.
Nuño. Teme, mujer, si me engañas.
Azucena. ¿Queréis que os lo jure?
Nuño. No;
mas ten cuenta que te habla
el Conde de Luna.
Azucena. ¡Vos! (Sobresaltada.)
¿Sois vos? (¡Gran Dios!)
Jimeno. ¡Esa cara!
Esa turbación...
Azucena. Dejadme...
permitidme que me vaya...
Jimeno. ¿Irte?... Don Nuño, prendedla.
Azucena. Por piedad, no... ¡Qué! ¿No bastan
los golpes de esos impíos,
que de dolor me traspasan?
Nuño. Que la suelten.
Jimeno. No, don Nuño.
Nuño. Está loca.
Jimeno. Esa gitana
es la misma que a don Juan,
vuestro hermano...
Nuño. ¿Qué oigo!
Azucena. ¡Calla!
No se lo digas, cruel,
que si lo sabe me mata.
Nuño. Atadla bien.
Azucena. Por favor,
que esas cuerdas me quebrantan
las manos... ¡Manrique, hijo,
ven a librarme!
Guillén. ¿Qué habla?
Azucena. Ven, que llevan a morir
a tu madre.
Nuño. ¡Tú, inhumana,
tú fuiste!
Azucena. No me hagáis mal,
os lo pido arrodillada...
Tened compasión de mí.
Nuño. Llevadla de aquí... Apartadla
de mi vista.
Azucena. No fui yo;
ved, don Nuño, que os engañan.
Los Mismos, menos Azucena y los Soldados
Nuño. Tomad, don Lope, cien hombres,
y a Zaragoza llevadla;
vos de ella me respondéis
con vuestra cabeza.
Guillén. ¿Marcha
el campo?
Nuño. Sí, a Castellar.
¡Es hijo de una gitana!...
¿No lo oisteis, don Guillén,
que a Manrique demandaba?
Guillén. Sí, sí...
Nuño. Pronto a Castellar,
que esta tardanza me mata...
yo os prometo no dejar
una piedra en sus murallas.
Habitación de Leonor en la torre de Castellar, con dos puertas laterales.
Leonor y Ruiz
Ruiz. ¿Qué mandarme tenéis?
Leonor. ¿Y don Manrique?
Ruiz. Aún reposando está.
(Leonor hace una seña, y se retira Ruiz.)
Leonor. Duerme tranquilo,
mientras rugiendo atroz sobre tu frente
rueda la tempestad, mientras llorosa
tu amante criminal tiembla azorada.
¿Cuál es mi suerte? ¡Oh Dios! ¿Por qué tus aras
ilusa abandoné? La paz dichosa
que allí bajo las bóvedas sombrías
feliz gozaba tu perjura esposa...
¿Esposa yo de Dios? No puedo serlo;
jamás, nunca lo fui... tengo un amante
que me adora sin fin, y yo le adoro,
que no puedo olvidar sólo un instante.
Y con eternos vínculos el crimen
a su suerte me unió... nudo funesto,
nudo de maldición que allá en su trono
enojado maldice un Dios terrible.
Leonor y Manrique
Leonor. ¡Manrique! ¿Eres tú?
Manrique. Sí, Leonor querida.
Leonor. ¿Qué tienes?
Manrique. Yo no sé...
Leonor. ¿Por qué temblando
tu mano está? ¿Qué sientes?
Manrique. Nada, nada.
Leonor. En vano me lo ocultas.
Manrique. Nada siento.
Estoy bueno... ¿Qué dices? ¿Que temblaba
mi mano?... No... ilusión... nunca he temblado.
¿Ves cómo estoy tranquilo?
Leonor. De otra suerte
me mirabas ayer... tu calma fría
es la horrorosa calma de la muerte.
¿Pero qué causa, dime, tus pesares?
Manrique. ¿Quieres que te lo diga?
Leonor. Sí, lo quiero.
Manrique. Ningún temor real; nada que pueda
hacerte a ti infeliz ni entristecerte
causa mi turbación... mi madre un día
me contó cierta historia, triste, horrible,
que no puedes saber, y desde entonces
como un espectro me persigue eterna
una imagen atroz... no lo creyeras,
y a contártelo yo,[76] te estremecieras.
Leonor. Pero...
Manrique. No temas, no; tan sólo ha sido[77]
un sueño, una ilusión, pero horrorosa...
un sudor frío aún por mi frente corre.
Soñaba yo que en silenciosa noche,
cerca de la laguna que el pie besa
del alto Castellar, contigo estaba.
Todo en calma yacía; algún gemido
melancólico y triste
sólo llegaba lúgubre a mi oído.
Trémulo como el viento, en la laguna
triste brillaba el resplandor siniestro
de amarillenta luna.
Sentado allí en su orilla y a tu lado
pulsaba yo el laúd, y en dulce trova
tu belleza y mi amor tierno cantaba,
y en triste melodía
el viento, que en las aguas murmuraba,
mi canto y tus suspiros repetía.
Mas súbito, azaroso, de las aguas
entre el turbio vapor, cruzó luciente
relámpago de luz que hirió un instante
con brillo melancólico tu frente.
Yo vi un espectro que en la opuesta orilla
como ilusión fantástica vagaba
con paso misterioso
y un quejido lanzando lastimoso
que el nocturno silencio interrumpía,
ya triste nos miraba,
ya con rostro infernal se sonreía.
De pronto el huracán cien y cien truenos
retemblando sacude,
y mil rayos cruzaron,
y el suelo y las montañas
a su estampido horrísono temblaron.
Y envuelta en humo la feroz fantasma,
huyó, los brazos hacia mí tendiendo.
«¡Véngame!» dijo, y se lanzó a las nubes;
«¡Véngame!» por los aires repitiendo.
Frío con el pavor tendí los brazos
a donde estabas tú... tú ya no estabas,
y sólo hallé a mi lado
un esqueleto, y al tocarle osado,[78]
en polvo se deshizo, que violento
llevose al punto retronando el viento.
Yo desperté azorado; mi cabeza
hecha estaba un volcán, turbios mis ojos;
mas logro verte al fin, tierna, apacible,
y tu sonrisa calma mis enojos.[79]
Leonor. ¿Y un sueño solamente
te atemoriza así?
Manrique. No; ya no tiemblo,
ya todo lo olvidé... mira, esta noche
partiremos al fin de este castillo...
no quiero estar aquí.
Leonor. Temes acaso...
Manrique. Tiemblo perderte; numerosa hueste
del rey usurpador viene a sitiarnos,
y este castillo es débil con extremo;
nada temo por mí, mas por ti temo.
Los Mismos y Ruiz
Manrique. ¿Qué me vienes a anunciar?
Ruiz. Señor, ya el Conde marchando
con la gente de su bando
se dirige a Castellar.
Todo lo lleva a cuchillo[80]
y por los montes avanza,
sin duda con la esperanza
de poner cerco al castillo.
Manrique. No osarán, que son traidores,
y es cobarde la traición.
Ruiz. Estas las noticias son
que traen nuestros corredores.
Demás, por lo que advirtieron,
añaden que esta mañana
han cogido una gitana
que venir hacia acá vieron.
Manrique. ¿Una gitana?... ¿Y quién era?
Ruiz. ¿Quién puede saberlo... pues...?
Manrique. ¡Cielos!
Ruiz. Vieja dicen que es,
con sus puntas de hechicera.[81]
Manrique. (¡Es ella!... ¿Y podré salvarla?...)
Avisa que a partir vamos...
ármense todos... (Corramos
a lo menos a vengarla.)
Leonor. ¿Qué dices?... Partir...
Manrique. Sí, sí...
¿qué te detiene?
Ruiz. Señor...
Manrique. Pronto, o teme mi furor.
Leonor. ¿Y me dejarás aquí?
Manrique y Leonor
Manrique. Un secreto, Leonor...
sé que vas a despreciarme;
ya era tiempo... esa gitana,
ésa, Leonor, es mi madre.
Leonor. ¡Tu madre!
Manrique. Llora si quieres;
maldíceme porque infame
uní tu orgullosa cuna
con mi cuna miserable.
Pero déjame que vaya
a salvarla si no es tarde;
si ha muerto, la vengaré
de su asesino cobarde.
Leonor. ¡Eso me faltaba!...
Manrique. Sí;
yo no debía engañarte
por más tiempo... Vete, vete;
soy un hombre despreciable.
Leonor. Nunca para mí.
Manrique. Eres noble,
y yo, ¿quién soy? Ya lo sabes.
Vete a encerrar con tu orgullo
bajo el techo de tus padres.
Leonor. ¡Con mi orgullo! Tú te gozas,
cruel, en atormentarme.
Ten piedad...
Manrique. Pero soy libre
y fuerte para vengarme...
Y me vengaré... ¿Lo dudas?
Leonor. Si necesitas mi sangre,
aquí la tienes.
Manrique. ¡Leonor!
¡Qué desgraciada en amarme
has sido! ¿Por qué, infeliz,
mis amores escuchaste?
¿Y no me aborreces?
Leonor. No.
Manrique. ¿Sabes que presa mi madre
espera tal vez la muerte?
¡Venganza infame y cobarde!
¿qué espero yo...?
Leonor. Ven... No vayas...
Mira, el corazón me late,
y fatídico me anuncia
tu muerte.
Manrique. ¡Llanto cobarde!
Por una madre morir,
Leonor, es muerte envidiable.
¿Quisieras tú que temblando
viera derramar su sangre,
o si salvarla pudiera
por salvarla no lidiase?
Leonor. Pues bien, iré yo contigo;
allí correré a abrazarte
entre el horror y el estruendo
del fratricido[82] combate.
Yo opondré mi pecho al hierro
que tu vida amenazare;
sí, y a falta de otro muro,
muro será mi cadáver.
Manrique. Ahora te conozco, ahora
te quiero más.
Leonor. Si tú partes,
iré contigo; la muerte
a tu lado ha de encontrarme.
Manrique. Venir tú... no; en el castillo
queda custodia bastante
para ti... ¿Escuchas? Adiós.
(Suena un clarín.)
El clarín llama al combate.
Leonor. Un momento...
Manrique. Ya no puedo
detenerme ni un instante.
Leonor
Leonor. Manrique, espera... Partió
sin escucharme... ¡Inhumano!
¿Por qué con delirio insano
mi corazón le adoró?
¿Y es éste tu amor? ¡Ay! Ven...
No burles así tu suerte,
que allí te espera la muerte,
y está en mis brazos tu bien.
Ya no escuchas el clamor
de aquella Leonor querida...
(Vuelve a sonar el clarín.)
¡Gran Dios! Protege su vida,
te lo pido por tu amor.
EL SUPLICIO
Inmediaciones de Zaragoza; a la izquierda vista de uno de los muros del palacio de la Aljafería, con una ventana cerrada con una fuerte reja.
Leonor y Ruiz
Ruiz. Ya estamos en Zaragoza
y es bien entrada la noche;
nadie conoceros puede.
Leonor. Ruiz di, ¿No es ésta la torre
de la Aljafería?
Ruiz. Sí.
Leonor. ¿Están aquí las prisiones?
Ruiz. Ahí se suelen custodiar
los que a su rey son traidores.
Leonor. ¿Trajiste lo que te dije?
Ruiz. Aquí está;
(Saca un pomo de plata, que entrega a Leonor.)
por un jarope
que no vale seis cornados[83]...
Leonor. El precio nada te importe.
Toma esa cadena tú.
Ruiz. Judío al fin.
Leonor. No te enojes.
Ruiz. Diez maravedís de plata
me llevó el Iscariote.
Leonor. Vete ya, Ruiz.
Ruiz. ¿Os quedáis
sola aquí? No, que me ahorquen
primero...
Leonor. Quiero estar sola.
Ruiz. Si os empeñáis... Buenas noches.
Leonor
Leonor. Esa es la torre; allí está,
y maldiciendo su suerte
espera triste la muerte,
que no está lejos quizá.
¡Esas murallas sombrías,
esas rejas y esas puertas,
al féretro sólo abiertas,
verán tus últimos días!
¿Por qué tan ciega le amé?
¡Infeliz! ¿Por qué, Dios mío,
con amante desvarío
mi vida le consagré?
Mi amor te perdió, mi amor...
yo mi cariño maldigo,
pero moriré contigo
con veneno abrasador.
¡Si me quisiera escuchar
el Conde!... Si yo lograra
librarte así, ¿qué importara?...
Sí; voy tu vida a salvar.
A salvarte... No te asombre
si hoy olvido mi desdén.
Una Voz, dentro. Hagan bien para hacer bien
por el alma de este hombre.[84]
Leonor. Ese lúgubre clamor...
¿O tal vez lo escuché mal?
No, no... ¡Ya la hora fatal
ha llegado, trovador!
Manrique, partamos ya,
no perdamos un instante.
Dentro. ¡Ay!
Leonor. Esa voz penetrante...
¡Si no fuera tiempo ya!
(Al querer partir se oye tocar un laúd; un momento después
canta dentro Manrique.)
Despacio viene la muerte,
que está sorda a mi clamor;
para quien morir desea
despacio viene, por Días.
¡Ay! Adiós, Leonor,
Leonor.
Leonor. ¡El es; y desea morir
cuando su vida es mi vida!
¡Si así me viera afligida
por él al cielo pedir!...
Manrique, dentro. No llores si a saber llegas
que me matan por traidor,
que el amarte es mi delito,
y en el amor no hay baldón.
¡Ay! Adiós, Leonor,
Leonor.
Leonor. ¡Que no llore yo, cruel!
No sabe cuánto le quiero.
¡Que no llore, cuando muero
en mi juventud por él!
Si a esa reja te asomaras
y a Leonor vieras aquí,
tuvieras piedad de mí
y de mi amor no dudaras.
Aquí te buscan mis ojos,
a la luz de las estrellas,
y oigo, a par de tus querellas,
el rumor de los cerrojos.
Y oigo en tu labio mi nombre
con mil suspiros también.
Una Voz, dentro. Hagan bien para hacer bien
por el alma de este hombre.
Leonor. No, no morirás; yo iré
a salvarte; del tirano
feroz la sangrienta mano
con mi llanto bañaré.
¿Temes? Leonor te responde
de su cariño y virtud.
¿Aún dudas con inquietud?
(Apura el pomo.)
Ya no puedo ser del Conde.[85]
Cámara del Conde de Luna; éste estará sentado cerca de una mesa y don Guillén a su lado de pie.
Don Nuño y Don Guillén
Nuño. ¿Visteis, don Guillén, al reo?
Guillén. Dispuesto a morir está.
Nuño. ¿Don Lope?
Guillén. Presto vendrá.
Nuño. Que al punto llegue deseo.
No quiero que se dilate
el suplicio ni un momento;
cada instante es un tormento
que mi paciencia combate.
Guillén. ¿Le avisaré?
Nuño. No, esperad...
Tardar no puede en venir.
Para ayudarle a morir
a un religioso avisad.
Y despachaos con presteza.
Guillén. ¡El hijo de una gitana!
Nuño. Cierto; diligencia es vana.
Guillén. ¿Mas no dais cuenta a su Alteza?
Nuño. ¿Para qué? Ocupado está
en la guerra de Valencia.[86]
Guillén. Si no aprueba la sentencia...
Nuño. Yo sé que la aprobará.
Para aterrar la traición
puso en mi mano la ley...
mientras aquí no esté el Rey,
yo soy el Rey de Aragón.
Mas... ¿vuestra hermana?
Guillén. Yo mismo
nada de su suerte sé;
pero encontrarla sabré
aunque la oculte el abismo.
Entonces su torpe amor
lavará con sangre impura...
Sólo así el honor se cura,
y es muy sagrado el honor.
Nuño. Ni tanto rigor es bien
emplear.
Guillén. Mi ilustre cuna...
Nuño. Si algo apreciáis al de Luna,
no la ofendáis, don Guillén.
Guillén. ¿Tenéis algo que mandar?
Nuño. Dejadme solo un instante.
Don Nuño, después Don Lope
Nuño. Leonor, al fin en tu amante
tu desdén voy a vengar.
Al fin en su sangre impura
a saciar voy mi rencor;
también yo puedo, Leonor,
gozarme de tu desventura.
Fatal tu hermosura ha sido
para mí, pero fatal
también será a mi rival,
a ese rival tan querido.
Tú lo quisiste; por él
mi ternura despreciaste...
¿Por qué, Leonor, no me amaste?
Yo no fuera tan cruel.
Ángel hermoso de amor,
yo como a un Dios te adoraba,
y tus caricias gozaba
un oscuro trovador.
Harto la suerte envidié
de un rival afortunado;
harto tiempo despreciado
su ventura contemplé.
¡Ah! Perdonarle quisiera...
no soy tan perverso yo.
Pero es mi rival... no, no...
es necesario que muera.
Lope. Vuestras órdenes, Señor,
se han cumplido; el reo espera
su sentencia.
Nuño. Y bien, que muera,
pues a su Rey fue traidor.
¿A qué aguardáis?
Lope. Si así os plugo[87]...
Nuño.. ¿No fue perjuro a la ley
y rebelde con su Rey?
Pues bien, ¿qué espera el verdugo?
Esta noche ha de morir.
Lope. ¿Esta noche? ¡Pobre mozo!
Nuño.. Junto al mismo calabozo...
¿entendéis?
Lope. No hay más decir.
Nuño.. ¿La bruja?...
Lope. Con él está
en su misma prisión.
Nuño.. Bien.
Lope. ¿Pero ha de morir?
Nuño.. También.
Lope. ¿De qué muerte morirá?
Nuño.. Como su madre,[88] en la hoguera.
Lope. ¿Por último confesó
que a vuestro hermano mató?
Maldiga Dios la hechicera.
Nuño.. Molesto, don Lope, estáis...
idos ya.
Lope. Señor, si pude
ofenderos...
Nuño. No lo dude.
Lope. Mi deber...
Nuño. Es que os vayáis.
(Hace don Lope que se va y vuelve.)
Lope. Perdonad; se me olvidaba
con la maldita hechicera.
Nuño. ¡Don Lope!
Lope. Señor, ahí fuera
una dama os aguardaba.
Nuño. ¿Y qué objeto aquí la trae?
¿Dice quién es?
Lope. Encubierta
llegó, Señor, a la puerta
que al campo de Toro cae.
Nuño. Que entre, pues; vos despejad.
Lope. El Conde, Señora, espera.
Nuño. Vos os podéis quedar fuera,
y hasta que os llame aguardad.
Don Nuño y Leonor
Leonor. ¿Me conocéis? (Descubriéndose.)
Nuño. ¡Desgraciada!
¿Qué buscáis, Leonor, aquí?
Leonor. ¿Me conocéis, Conde?
Nuño. Sí,
por mi mal, desventurada,
por mi mal te conocí.
¿A qué viniste, Leonor?
Leonor. Conde, ¿dudarlo queréis?
Nuño. ¡Todavía el trovador!...
Leonor. Sé que todo lo podéis,
y que peligra mi amor.
Duélaos, don Nuño, mi mal.
Nuño. ¿A eso vinistes, ingrata,
a implorar por un rival?
¡Por un rival! ¡Insensata!
Mal conoces al de Artal.
No; cuando en mis brazos veo
la venganza apetecida,
cuando su sangre deseo...
Imposible...
Leonor. No lo creo.
Nuño. Sí, creedlo por mi vida.
Largo tiempo también yo
aborrecido imploré
a quien mis ruegos no oyó,
y de mi afán se burló;
no pienses que lo olvidé.
Leonor. ¡Ah! Conde, Conde, piedad.
(Arrodillándose.)
Nuño. ¿La tuviste tú de mí?
Leonor. Por todo un Dios.[89]
Nuño. Apartad.
Leonor. No, no me muevo de aquí.
Nuño. Pronto, Leonor, acabad.
Leonor. Bien sabéis cuanto le amé;
mi pasión no se os esconde...
Nuño. ¡Leonor!
Leonor. ¿Qué he dicho? No sé,
no sé lo que he dicho, Conde;
¿queréis?... le aborreceré.
¡Aborrecerle! ¡Dios mío!
Y aún amaros a vos, sí,
amaros con desvarío
os prometo... ¡Amor impío,
digno de vos y de mí!
Nuño. Es tarde, es tarde, Leonor.
¿Y yo perdonar pudiera
a tu infame seductor,
al hijo de una hechicera?
Leonor. ¿No os apiada mi dolor?
Nuño. ¡Apiadarme! Más y más
me irrita, Leonor, tu lloro,
que por él vertiendo estás;
no lo negaré, aún te adoro,
mas perdonarle... jamás.
Esta noche, en el momento...
Nada de piedad.
Leonor, con ternura. ¡Cruel!
¡Cuando en amarte consiento!
Nuño. ¿Qué me importa tu tormento,
si es por él, sólo por él?
Leonor. Por él, don Nuño, es verdad;
por él con loca impiedad
el altar he profanado.
¡Y yo, insensata, le he amado
con tan ciega liviandad!
Nuño. Un hombre oscuro...
Leonor. Sí, sí...
nunca mereció mi amor.
Nuño. Un soldado, un trovador...
Leonor. Yo nunca os aborrecí.
Nuño. ¿Qué quieres de mí, Leonor?
¿Por qué mi pasión enciendes,
que ya entibiándose va?
Di que engañarme pretendes,
dime que de un Dios dependes,
y amarme no puedes ya.
Leonor. ¿Qué importa, Conde? ¿No fui
mil y mil veces perjura?
¿Qué importa, si ya vendí
de un amante la ternura,
que a Dios olvide por ti?
Nuño. ¿Me lo juras?
Leonor. Partiremos
lejos, lejos de Aragón,
do felices viviremos,
y siempre nos amaremos
con acendrada pasión.
Nuño. ¡Leonor... delicia inmortal!
Leonor. Y tú en premio a mi ternura...
Nuño. Cuanto quieres.
Leonor. ¡Oh, ventura!
Nuño. Corre, dile que el de Artal
su libertad le asegura,
pero que huya de Aragón,
que no vuelva, ¿lo has oído?
Leonor. Sí, sí...
Nuño. Dile que atrevido
no persista en su traición,
que tu amor ponga en olvido.
Leonor. Sí... lo diré... (Dios eterno,
tu nombre bendeciré!)
Nuño. Cuidad, que os observaré.
Leonor. (Ya no me aterra el infierno,
pues que su vida salvé.)
Calaboso oscuro con una ventana con reja a la izquierda y una puerta en el mismo lado; otra ventana alta en el fondo, cerrada. Debajo de la ventana, y en un escaño, estará recostada Azucena; en el lado opuesto Manrique, sentado
Manrique. ¿Dormís, madre mía?
Azucena. No... bastante lo he deseado, pero el sueño huye de mis ojos.
Manrique. ¿Tenéis frío tal vez?
Azucena. No... te he oído suspirar a menudo... ven aquí... ¿Qué tienes?[90] ¿Por qué no me confías todos tus padecimientos? ¿Por qué no los depositas en el seno de una madre? Porque yo soy tu madre, y te quiero como a mi vida.
Manrique. ¡Mis padecimientos!
Azucena. He orado por ti toda la noche; es lo único que puedo hacer ya.
Manrique. Descansad un momento.
Azucena. Yo quisiera escaparme de aquí, porque me sofoca el aire que aquí respiro... porque van a matarme. Pero tú me defenderás, tú no consentirás que te roben a tu madre.
Manrique. ¡Gran Dios!
Azucena. Pero estoy afligiéndote, ¿es verdad?
Manrique. No; decid, decid lo que queráis.
Azucena. Tú no podrás socorrerme; vendrán muchos contra ti, y tus fuerzas se agotarán; pero no temas por mí, yo estoy libre de su furor.
Manrique. ¿Vos?
Azucena. Sí; los tiranos no mandan sobre el sepulcro, ni el verdugo puede martirizar una carne que no siente. Acércate... Mira esta frente pálida; ¿no está pintada en ella la muerte?
Manrique. ¿Qué decís?
Azucena. Sí; desde esta mañana he sentido que me abandonaban las fuerzas, que mis miembros se torcían; un velo de sangre ha ofuscado más de una vez mis ojos, y un zumbido espantoso ha resonado continuamente en mis oídos... se me figuraba que oía el llamamiento a la eternidad... ¡La eternidad! Y ya voy a salir de esta vida con el alma emponzoñada...
Manrique. Por favor.
Azucena. Y van a matarme...
Manrique. ¡A mataros! ¿Y por qué? ¡Porque sois mi madre, y yo soy la causa de vuestra muerte! ¡Madre mía, perdón!
Azucena. No temas. ¿A qué llorar por mí? No, no tendrán el placer de tostarme como a mi madre; siento que mi vida se acaba por instantes,[91] pero quisiera morir pronto. ¿No es verdad que se llenarán de rabia cuando vengan a buscar una víctima y encuentren un cadáver, menos que un cadáver... un esqueleto? ¡Ja... ja... ja...! Quisiera yo verlo para gozarme de su desesperación. Cuando vean mis ojos quebrados, cuando toquen mi mano seca y fría como el mármol...
Manrique. ¡No me atormentéis, por piedad!
Azucena. ¿Oyes? ¿Oyes ese ruido? Mátame... pronto, para que no me lleven a la hoguera. ¿Sabes tú qué tormento es el fuego?
Manrique. ¿Y tendrán valor?
Azucena. Sí; lo tuvieron para mi madre; debe ser horroroso ese tormento...¡La hoguera! Y siempre la tengo delante, y siempre con sus llamas que queman, que quitan la vida con desesperados tormentos.
Manrique. No más, no más. 5
Azucena. Me acuerdo de cuando achicharraron a tu abuela; iba cubierta de harapos; sus cabellos, negros como las alas del cuervo, ocultaban casi enteramente su cara; yo, tendida en el suelo, arañando frenética mi rostro, había apartado mis ojos de aquel espectáculo, que no podía suportar; pero mi madre me llamó, y yo corrí hasta los pies del cadalso... los verdugos me rechazaron con aspereza, no me dejaron darla siquiera un beso, y la metieron en el fuego... Todavía retiembla en mi oído el acento de aquel grito desesperado que le arrancó el dolor... Debe ser horrible, precisamente horrible ese suplicio; aquel grito desentonado expresaba todos los tormentos de su cuerpo, y los verdugos se reían de sus visajes, porque la llama había quemado sus cabellos, y sus facciones contraídas, convulsas, y sus ojos desencajados, daban a su rostro una expresión infernal...¡Y esto les hacía reír!
Manrique. ¿No podéis olvidar todo eso? ¿Por qué no procuráis descansar?
Azucena. Sí; eso querría, pero...¿y la hoguera? ¿Y si durmiendo me llevan a la hoguera?
Manrique. No, no vendrán.
Azucena. ¿Me lo prometes tú?
Manrique. Os lo ofrezco, madre mía; podéis reposar un momento.
Azucena. ¡Tengo mucha necesidad de dormir! ¡He estado despierta tanto tiempo! Dormiré, y luego nos iremos; ¿qué razón hay para que no nos dejen ir? Cuando sea de día[92]... Pero aquí no se sabe cuando es de día... Aunque sea de noche, a cualquier hora, sí, porque quiero respirar; aquí me ahogo.
Manrique. (¡Qué tormento!)
Azucena. Y correremos por la montaña, y tú cantarás mientras yo estaré durmiendo, sin temor a esos verdugos ni a ése suplicio de fuego.
Manrique. Descansad.
Azucena. Voy... pero calla... calla... (Se queda dormida; un momento de silencio.)
Manrique. Duerme, duerme, madre mía,
mientras yo te guardo el sueño,
y un porvenir más risueño
durmiendo allá te sonría.
Al menos ¡ay! mientras dura
tu sueño, no acongojado
veré tu rostro bañado
con lágrimas de amargura.
Manrique, Leonor, y Azucena
Leonor. ¡Manrique!
Manrique. ¿No es ilusión!
¿Eres tú?
Leonor. Yo, sí... yo soy;
a tu lado al fin estoy,
para calmar tu aflicción.
Manrique. Sí; tú sola mi delirio
puedes, hermosa, calmar;
ven, Leonor, a consolar
amorosa mi martirio.
Leonor. No pierdas tiempo, por Dios...
Manrique. Siéntate a mi lado, ven.
¿Debes tú morir también?
Muramos juntos los dos.
Leonor. No, que en libertad estás.
Manrique. ¿En libertad!
Leonor. Sí; ya el Conde...
Manrique. ¿Don Nuño, Leonor! Responde,
responde... ¡Cielo! ¿Esto más!
¡Tú a implorar por mi perdón
del tirano a los pies fuiste!...
Quizá también le vendiste
mi amor y tu corazón.
No quiero la libertad
a tanta costa comprada.
Leonor. Tu vida...
Manrique. ¿Qué importa? Nada...
quítamela, por piedad;
clava en mi pecho un puñal
antes que verte perjura,
llena de amor y ternura,
en los brazos de un rival.
¡La vida! ¿Es algo la vida?
Un doble martirio, un yugo...
llama que venga el verdugo
con el hacha enrojecida.
Leonor. ¿Qué debí hacer? Si supieras
lo que he sufrido por ti,
no me insultaras así,
y a más me compadecieras.
Pero, huye, vete, por Dios,
y bástete ya saber
que suya, no puedo ser.
Manrique. Pues bien, partamos los dos,
mi madre también vendrá.
Leonor. Tú solamente.
Manrique. No, no.
Leonor. Pronto, vete.
Manrique. ¡Solo yo!
Leonor. Que nos observan quizá.
Manrique. ¿Qué importa? ¡Aquí moriré,
moriremos, madre mía!
Tú sola no fuiste impía
de un hijo tierno a la fe.
Leonor. ¡Manrique!
Manrique. Ya no hay amor,
en el mundo no hay virtud.
Leonor. ¿Qué te dice mi inquietud?
Manrique. Tarde conocí mi error.
Leonor. ¡Si vieras cuál se extremece
mi corazón! ¿Por qué, di,
obstinarte? Hazlo por mí,
por lo que tu amor padece.
Sí; este momento quizá...
¿No ves cuál tiemblo? Quisiera
ocultarlo si pudiera;
pero no, no es tiempo ya.
Bien sé que voy tu aflicción
a aumentar, pero ya es hora
de que sepas cuál te adora
la que acusas sin razón.
Aborréceme, es mi suerte;
maldíceme si te agrada,
mas toca mi frente helada
con el hielo de la muerte.
Tócala, y si hay en tu seno
un resto de compasión,
alivia mi corazón,
que abrasa un voraz veneno...
Manrique. ¡Un veneno!... ¿Y es verdad?
Y yo, ingrato, la ofendí
cuando muriendo por mí...
un veneno...
Leonor. Por piedad,
ven aquí, por compasión,
a consolar mi agonía.
¿No sabes que te quería
con todo mi corazón?
Manrique. Me matas.
Leonor. Manrique, aquí,
aquí me siento abrasar.
¡Ay! ¡ay! Quisiera llorar,
y no hay lágrimas en mí.
¡Ay! juventud malograda,
por tiranos perseguida!
¡Perder tan pronto una vida
para amarte consagrada!
(Se ve brillar un momento el resplandor de una luz en
la ventana de la izquierda.)
¡Mira, Manrique, esa luz...
vienen a buscarte ya;
no te apartes, ven acá,
por el que murió en la cruz!
Manrique. Que vengan... ya entregaré
mi cuello sin resistir;
lo quiero; anhelo morir...
muy pronto te seguiré.
Leonor. ¡Ay! Acércate...
Manrique. ¡Amor mío!...
Leonor. Me muero, me muero ya
sin remedio; ¿dónde está
tu mano?
Manrique. ¡Qué horrible frío!
Leonor. Para siempre... ya...
Manrique. ¡Leonor!
Leonor. ¡Adiós!... ¡adi... os!
(Espira; un momento de pausa.)
Manrique. ¡La he perdido!
¡Ese lúgubre gemido!
es el último de amor.
Silencio, silencio; ya
viene el verdugo por mí...
Allí está el cadalso, allí,
y Leonor aquí está.
Corta es la distancia, vamos,
que ya el suplicio me espera.
(Tropieza con Azucena.)
¿Quién estaba aquí? ¿Quién era?
Azucena. ¿Es hora de que partemos?
(Entre sueños.)
Manrique. A morir dispuesto estoy...
Mas no; esperad un instante;
a contemplar su semblante,
a adorarla otra vez voy.
Aquí está... Dadme el laúd;
en trova triste y llorosa,
en endecha lastimosa
os contaré su virtud.
Una corona de flores
dadme también; en su frente
será aureola luciente,
será diadema de amores.
Dadme, vereisla brillar
en su frente hermosa y pura;
mas llorad su desventura
como a mí me veis llorar.
¡Qué funesto resplandor!
¿Tan pronto vienen por mí?
El verdugo es aquél... sí;
tiene el rostro de traidor.
Los de la escena anterior, Don Nuño, Don Guillén, Don Lope y Soldados con luces
Nuño. ¿Leonor?
Manrique. ¿Quién la llama? ¿Por qué vienen a apartarla de mí? La desdichada ya a nadie puede amar. ¡Si yo pudiera ocultarla a sus ojos!
(La cubre con su ferreruelo, que tendrá al lado.)
Nuño. ¿Leonor?
Manrique. Calla... No turbes el silencio de la muerte.
Nuño. ¿Dónde está Leonor?
Manrique. ¿Dónde? Aquí estaba. ¿Venís a arrebatármela en la tumba?
Nuño. ¿Ha muerto?
Manrique. Sí... Ya ha muerto.
(Descubriendo el rostro pálido de Leonor.)
Guillén. ¿Quién? ¡Mi hermana!
Manrique. Ya no palpita el corazón; sus ojos ha cerrado la muerte despiadada. Apartad esas luces; mi amargura piadosos respetad... no me acordaba...
(A don Nuño.)
¡Sí; tú eres el verdugo! Acaso buscas una víctima... ven... ya preparada para la muerte está.
Nuño. Llevadle al punto, llevadle, digo, y su cabeza caiga.
(Varios soldados rodean a Manrique.)
Manrique. Muy pronto, sí...
Nuño. Marchad...
Manrique. ¿Qué miro! Vamos...
(Reparando en Azucena.)
No le digáis, por Dios, a la cuitada que va su hijo a morir... ¡Madre infelice, hasta la tumba, adiós...! (Al salir.)
Los Mismos, menos Manrique
Azucena, incorporándose. ¿Quién me llamaba? El era, él era. ¡Ingrato... se ha marchado sin llevarme también!
Nuño. ¡Desventurada! Conoce al fin tu suerte.
Azucena. ¡El hijo mío!
Nuño. Ven a verle morir.
Azucena. ¿Qué dices? ¡Calla! ¡Morir... morir!... No, madre,[93] yo no puedo; perdóname, lo quiero con el alma. Esperad, esperad,...
Nuño. Llevadla.
Azucena. ¡Conde!
Nuño. Que le mire espirar.
Azucena. Una palabra, un secreto terrible; haz que suspendan el suplicio un momento.[94]
Nuño. No; llevadla.
(La toma por una mano y la arrastra hasta la ventana.)
Ven, mujer infernal... goza en tu triunfo. Mira el verdugo, y en su mano el hacha que va pronto a caer...
(Se oye un golpe que figura ser él de la cuchilla.)
Azucena. ¡Ay! ¡Esa sangre!
Nuño. Alumbrad a la víctima, alumbradla.
Azucena. ¡Sí, sí... luces... él es... tu hermano, imbécil!
Nuño. ¡Mi hermano, maldición!...
(La arroja al suelo, empujándola, con furor.)
Azucena. ¡Ya estás vengada![95]
(Con un gesto de amargura, y espira.)