Title: El trovador
Author: Antonio García Gutiérrez
Annotator: Herbert Hunter Vaughan
Release date: August 12, 2009 [eBook #29677]
Language: Spanish
Other information and formats: www.gutenberg.org/ebooks/29677
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vista de Zaragoza
ZARAGOZA
POR
EDITED WITH NOTES AND VOCABULARY
BY
Yale University
D. C. HEATH & CO., PUBLISHERS
BOSTON NEW YORK CHICAGO
Copyright, 1908,
By D. C. Heath & Co.
Printed in U. S. A.
Antonio García Gutiérrez was born in Chiclina, a small town in Andalusia, July 5, 1813. His father wished him to become a doctor, but his own tendency towards poetry was so strong that he soon gave up all idea of a medical career and went to Madrid to seek his fortune. Here he wrote El Trovador, which was promptly rejected by the dramatic managers. After this disappointment he enlisted as a volunteer against the Carlists, and was in the army when his play was finally produced. Its success was instantaneous and overwhelming, and enabled the author to leave the army and give all his time to his chosen occupation. Among his other works may be cited Simón Bocanegra, Venganza Catalana, and Juan Lorenzo. These plays were not as enthusiastically received as El Trovador, and Gutiérrez regarded the public as unjust to him. In 1844 he went to Havana, and thence to Mérida de Yucatán; returning to Spain after five years' absence. He died August 26, 1884.
El Trovador is undoubtedly Gutiérrez' masterpiece. Interest in the play is quickly aroused, and well sustained by the rapidity of the action. Gutiérrez has not kept the classic unities of time and place, but he has kept the one important unity, that of action; since, although our interest may at times be divided between the protagonists of the drama and a less important character, we never lose interest in the former.
The characters, although well drawn, are not strong. Manrique is a selfish and ambitious man, who well deserves his fate. Nuño is unscrupulous and weak, but the weakest character of all is that of Leonor, who, knowing her duty, has neither strength nor will to accomplish it. Azucena is really the most interesting character in the play. From her first sad notes of "Bramando está el pueblo indómito" to her last despairing cry of "Ya estás vengada" we do not for a minute lose sight of the mortal conflict in her soul between the vengeance which she has sworn her mother and her love for Manrique.
The verse form of the drama is worthy of note. In general, scenes in which subordinates or common people appear are in prose, while those between nobles are in verse. When the action is of ordinary pitch, this verse is very simple; but when the action reaches a high pitch, the verse form becomes complicated. Examples of this are to be seen in Act III, Scene V, and Act IV, Scenes V and VI.
El Trovador was given operatic form by the great Italian composer Giuseppi Verdi, and under its Italian title, Il Trovatore, is well known throughout the world.
As great difference exists in the usage of the Spanish punctuation marks at the present day, it has been thought advisable in this edition to adopt in some cases what might be called mixed punctuation, that is, when there is a question which is also an exclamation, attention is called to the fact by the use of the interrogation point before and the exclamation point after the phrase or sentence.
The editor wishes to extend his thanks to Professor J. D. M Ford and Professor C. H. Grandgent of Harvard, Professor A. Le Duc and Mr. F. D. Schnacke of the University of Kansas, and Professor C. P. Wagner of the University of Michigan, who have rendered valuable assistance in the preparation of this edition.
H. H. V.
Ann Arbor, Sept. 14, 1907.
DRAMA CABALLERESCO EN CINCO JORNADAS EN PROSA Y VERSO
Aragón[2]—Siglo XV
EL DUELO
Zaragoza:[3] sala corta[4] en el palacio de la Aljafería[5]
Guzmán, Jimeno, y Ferrando, sentados
Jimeno. Nadie mejor que yo puede saber esa historia; como que hace muy cerca de cuarenta años que estoy al servicio de los Condes de Luna.
Ferrando. Siempre me lo han contado de diverso modo.
Guzmán. Y como se abultan tanto las cosas...
Jimeno. Yo os lo contaré tal como ello pasó por los años de 1390. El Conde don Lope de Artal vivía regularmente en Zaragoza, como que siempre estaba al lado de su Alteza. Tenía dos niños: el uno que es don Nuño, nuestro muy querido amo, y contaba entonces seis meses, poco más o menos, y el mayor, que tendría dos años, llamado don Juan. Una noche entró en la casa del Conde una de esas vagabundas, una gitana con ribetes de bruja, y sin decir una palabra se deslizó hacia la cámara donde dormía el mayorcito. Era ya bastante vieja...
Ferrando. ¿Vieja y gitana? Bruja sin duda.
Jimeno. Se sentó a su lado, y le estuvo mirando largo rato, sin apartar de él los ojos ni un instante; pero los criados la vieron y la arrojaron a palos.[6] Desde aquel día empezó a enflaquecer el niño, a llorar continuamente, y por último, a los pocos días cayó gravemente enfermo; la pícara de la bruja le había hechizado.
Guzmán. ¡Diantre!
Jimeno. Y aún su aya aseguró que en el silencio de la noche había oído varias veces que andaba alguien en su habitación, y que una legión de brujas jugaban con el niño a la pelota, sacudiéndole furiosas contra la pared.
Ferrando. ¡Qué horror! Yo me hubiera muerto de miedo.
Jimeno. Todo esto alarmó al Conde, y tomó sus medidas para pillar a la gitana; cayó efectivamente en el garlito, y al otro día[7] fue quemada públicamente, para escarmiento de viejas.
Guzmán. ¡Cuánto me alegro! ¿Y el chico?
Jimeno. Empezó a engordar inmediatamente.
Ferrando. Eso era natural.
Jimeno. Y a guiarse por mis consejos,[8] hubiera sido también tostada la hija, la hija de la hechicera.
Ferrando. ¡Pues por supuesto![9]... Dime con quién andas[10]...
Jimeno. No quisieron entenderme, y bien pronto tuvieron lugar de arrepentirse.
Guzmán. ¿Cómo!
Jimeno. Desapareció el niño, que estaba ya tan rollizo que daba gusto verle; se le buscó por todas partes, ¿y sabéis lo que se encontró? Una hoguera recién apagada en el sitio donde murió la hechicera, y el esqueleto achicharrado del niño.
Ferrando. ¡Cáspita! ¿Y no la atenacearon?
Jimeno. Buenas ganas teníamos todos de verla arder por vía de ensayo para el infierno; pero no pudimos atraparla, y sin embargo si la viese ahora...
Guzmán. ¿La conoceríais?
Jimeno. A pesar de los años que han pasado, sin duda.
Ferrando. Pero también apostaría yo cien florines a que el alma de su madre está ardiendo ahora en las parrillas de Satanás.
Guzmán. Se entiende.
Jimeno. Pues... mis dudas tengo en cuanto a eso.
Guzmán. ¿Qué decís?
Jimeno. Desde el suceso que acabo de contaros no ha dejado de haber lances diabólicos... Yo diría que el alma de la gitana tiene demasiado que hacer para irse tan pronto al infierno.
Ferrando. ¡Jum!... ¡Jum!...
Jimeno. ¿He dicho algo?
Ferrando. Preguntádmelo a mí.
Guzmán. ¿La habéis visto?
Ferrando. Más de una vez.
Guzmán. ¿A la gitana?
Ferrando. ¡No, qué disparate; no...! Al alma de la gitana; unas veces bajo la figura de un cuervo negro; de noche regularmente en búho. Ultimamente, noches pasadas, se transformó en lechuza.
Guzmán. ¡Cáspita!
Jimeno. Adelante.
Ferrando. Y se entró en mi cuarto a sorberse el aceite de mi lámpara; yo empecé a rezar un Padre nuestro en voz baja... ni por ésas;[11] apagó la luz y me empezó a mirar con unos ojos tan relucientes;[12] se me erizó el cabello; tenía un no sé qué de diabólico[13] y de infernal aquel espantoso animalejo. Ultimamente, empezó a revolotear por la alcoba... yo sentí en mi boca el frío beso de un labio inmundo; di un grito de terror exclamando: ¡Jesús! y la bruja espantada lanzó un prolongado chillido, precipitándose furiosa por la ventana.
Guzmán. ¡Me contáis cosas estupendas! Y en pago del buen rato que me habéis hecho pasar, voy a contaros otras no menos raras y curiosas, pero que tienen la ventaja de ser más recientes.
Ferrando. ¿Cómo!
Guzmán. Se entiende que nada de esto debe traslucirse, porque es una cosa que sólo a mí, a mí particularmente se me ha confiado.
Jimeno. ¿Pero de quién?
Guzmán. De otro modo me mataría el Conde.
Ferrando y Jimeno. ¡El Conde!
Guzmán. Pero todo ello no es nada, nada; travesuras de la juventud. ¿No sabéis que está perdidamente enamorado de doña Leonor de Sesé?
Guzmán. La hermana de don Guillén, de ese hidalgo orgulloso...
Ferrando. La más hermosa dama del servicio de la reina.
Guzmán. Seguro.
Ferrando. Y que está tan enamorada de aquel trovador que en tiempos de antaño[14] venía a quitarnos el sueño por la noche con su cántico sempiterno.
Guzmán. Y que viene todavía.
Jimeno. ¿Cómo! ¿Pues no dicen que está con el Conde de Urgel,[15] que en mala hora naciera, ayudándole a conquistar la corona de Aragón?
Guzmán. Pues a pesar de eso...
Ferrando. Atreverse a galantear a una de las primeras damas de su Alteza. Un hombre sin solar, digo, que sepamos.
Jimeno. No negaréis, sin embargo, que es un caballero valiente y galán.
Guzmán. Sí, eso sí... pero en cuanto a lo demás[16]... Y luego, ¿quién es él? ¿Dónde está el escudo de sus armas? Lo que me decía anoche el Conde: «Tal vez será algún noble pobretón, algún hidalgo de gotera.»
Jimeno. Pero al cuento.
Guzmán. Al cuento: ya sabéis que yo gozo de la confianza del Conde; anoche me dijo, estando los dos solos en su cuarto: «Escucha, Guzmán; quiero que me acompañes; sólo a ti me atrevo a confiar mis designios, porque siempre me has sido fiel; esta noche ha de ser fatal para mí, o he de llegar al colmo de la felicidad suprema!» Sígueme, añadió, y atravesó con paso precipitado las galerías, instruyéndome en el camino de su proyecto.
Jimeno. ¿Y qué?
Guzmán. Su intento era entrar en la habitación de Leonor, para lo cual[17] se había proporcionado una llave.
Jimeno. ¿Cómo!... ¿En palacio!... ¿Y se atrevió al fin?
Guzmán. Entró efectivamente; pero en el momento mismo, cuando lleno de amor y de esperanza se le figuraba que iba a tocar la felicidad suprema, un preludio del laúd del maldito trovador vino a sacarle de su delirio.
Ferrando. ¡Del trovador!
Guzmán. Del mismo; estaba en el jardín. Allí, dijo don Nuño con un acento terrible, allí estará también ella; y bajó furioso la escalera. La noche era oscurísima; el importuno cantor, que nunca pulsó el laúd a peor tiempo, se retiró creyendo sin duda que era mi amo algún curioso escudero; a poco rato bajó la virtuosa Leonor, y equivocando a mi señor con su amante, le condujo silenciosamente a lo más oculto del[18] jardín. Bien pronto las atrevidas palabras del Conde la hicieron conocer con quién se las había[19]... la luna, hasta entonces prudentemente encubierta con una nube espesísima, hizo brillar un instante el acero del celoso cantor delante del pecho de mi amo; poco duró el combate; la espada del Conde cayó a los pies de su rival, y un momento después ya no había un alma en todo el jardín.
Jimeno. ¿Y no os parece, como a mí, que el Conde hace muy mal en exponer así su vida? Y si llegan a saber[20] sus Altezas semejantes locuras...
Guzmán. Calle... parece que se ha levantado ya...
Jimeno. Temprano para lo que ha dormido.[21]
Ferrando. Los enamorados, dicen que no duermen.
Guzmán. Vamos allá, no nos eche de menos.[22]
Ferrando. Y hoy que estará de mala guisa.
Jimeno. Sí, vamos.
Cámara de doña Leonor en el palacio
Leonor, Jimena, y Don Guillén[23]
Guillén. Mil quejas tengo que daros,
si oírme, hermana, queréis.
Leonor. Hablar, don Guillén, podéis,
que pronta estoy a escucharos.
Si a hablar del Conde venís,
que será en vano os advierto,
y me enojaré por cierto
si en tal tema persistís.
Guillén. Poco estimáis, Leonor,
el brillo de vuestra cuna,
menospreciando al de Luna[24]
por un simple trovador.
¿Qué visteis, hermana, en él
para así tratarle impía?
¿No supera en bizarría
al más apuesto doncel?
¿A caballo, en el torneo,
no admirasteis su pujanza?
A los botes de su lanza...
Leonor. Que cayó de un bote creo.
Guillén. En fin, mi palabra di
De que suya habéis de ser,
y cumplirla he menester.
Leonor. ¿Y vos[25] disponéis de mí?
Guillén. O soy o no vuestro hermano.
Leonor. Nunca lo fuerais,[26] por Dios,
que me dio mi madre en vos,
en vez de amigo, un tirano.
Guillén. En fin, ya os dije mi intento:
ved cómo se ha de cumplir.
Leonor. No lo esperéis.
Guillén. O vivir
encerrada en un convento.
Leonor. Lo del convento más bien.
Guillén. ¿Eso tu audacia responde?
Leonor. Que nunca seré del Conde...
nunca, ¿lo oís; don Guillén?
Guillén. Yo haré que mi voluntad
se cumpla, aunque os pese a vos.
Leonor. Idos, hermano, con Dios.
Guillén. ¡Leonor!... a Dios os quedad.
Leonor y Jimena
Leonor. ¿Lo oíste? ¡Negra fortuna!
Ya ni esperanza ninguna,
ningún consuelo me resta.
Jimena. ¿Mas por qué por el de Luna
tanto empeño manifiesta?
Leonor. Esa soberbia ambición
que le ciega y le devora
es ¡triste! mi perdición.
¡Y quiere que al que me adora
arroje del corazón!
Yo al Conde no puedo amar,
le detesto con el alma;
él vino ¡ay Dios! a turbar
de mi corazón la calma
y mi dicha a emponzoñar.
¿Por qué perseguirme así?
Desde anoche le aborrezco
más y más. Yo que creí
que era Manrique... ¡Ay de mí![27]
Todavía me estremezco.
Por él me aborrece ya.
Jimena. ¿Don Manrique?
Leonor. Sí, Jimena.
Jimena. ¿De vuestro amor dudará?
Leonor. Celoso del Conde está,
y sin culpa me condena... (llora)
Jimena. ¿Siempre llorando, mi amiga?
No cesas...
Leonor. Llorando, sí;
yo para llorar nací;
mi negra estrella enemiga,
mi suerte, lo quiere así.
Despreciada, aborrecida
del que amante idolatré,
¿qué es ya para mí la vida?
Y él creyó que envilecida
vendiera a otro amor mi fe.
No, jamás,... la pompa, el oro,
guárdelos el Conde allá;
ven, trovador, y mi lloro
te dirá cómo te adoro,
y mi angustia te dirá.
Mírame aquí prosternada;
ven a calmar la inquietud
de esta mujer desdichada;
tuyo es mi amor, mi virtud...
¿Me quieres más humillada?
Jimena. ¿Qué haces, Leonor?
Leonor. Yo no sé...
alguien viene.
Jimena. ¡El es, por Dios!
¡Y dudabas de su fe!
Leonor. ¡Jimena!
Jimena. Te estorbaré...
solos os dejo a los dos.
Leonor y Manrique, rebozado
Leonor. ¡Manrique! ¿Eres tú?
Manrique. Yo, sí...
No tembléis.
Leonor. No tiemblo yo;
mas si alguno entrar te vio...
Manrique. Nadie.
Leonor. ¿Qué buscas aquí?
¿Qué buscas?... ¡Ah!... Por piedad...
Manrique. ¿Os pesa de mi venida?[28]
Leonor. No, Manrique, por mi vida.
¿Me buscáis a mí, es verdad?
Sí, sí... yo apenas pudiera
tanta ventura creer.
¿Lo ves? Lloro de placer.
Manrique. ¿Quién, perjura, te creyera!
Leonor. ¿Perjura?
Manrique. Mil veces, sí...
Mas no pienses que insensato
a obligar a un pecho ingrato,
a implorarte vine aquí.
No vengo lleno de amor
cual un tiempo...
Leonor. ¡Desdichada!
Manrique. ¿Tembláis?
Leonor. No, no tengo nada[29]...
mas temo vuestro furor.
¿Quién dijo, Manrique, quién,
que yo olvidarte pudiera
infiel, y tu amor vendiera,
tu amor, que es sólo mi bien!
¿Mis lágrimas no bastaron
a arrancar de tu razón
esa funesta ilusión?
Manrique. Harto tiempo me engañaron.
Demasiado te creí
mientras tierna me halagabas
y pérfida me engañabas.
¡Qué necio, qué necio fui!
Pero no, no impunemente
gozarás de tu traición;
yo partiré el corazón
de ese rival insolente.
¡Tus lágrimas! ¿Yo creer
pudiera, Leonor, en ellas
cuando con tiernas palabras
a otro halagabas ayer?
¡No te vi yo mismo, di!
Leonor. Sí, pero juzgué engañada
que eras tú, con voz pausada
cantar una trova oí.
Era tu voz, tu laúd;
era el canto seductor
de un amante trovador
lleno de tierna inquietud.
Turbada, perdí mi calma,
se estremeció el corazón,
y una celeste ilusión
me abrasó de amor el aúna.
Me pareció que te vía[30]
en la oscuridad profunda,
que a la luna moribunda
tu penacho descubría.
Me figuré verte allí
con melancólica frente,
suspirando tristemente
tal vez, Manrique, por mí.
No me engañaba... un temblor
me sobrecogió un instante...
era sin duda mi amante,
era ¡ay Dios! mi trovador.
Manrique. Si fuera verdad, mi vida
y mil vidas que tuviera,
ángel hermoso, te diera.
Leonor. ¿No te soy aborrecida?
Manrique. ¿Tú, Leonor? ¿Pues por quién
así en Zaragoza entrara,
por quién la muerte arrostrara
sino[31] por ti, por mi bien?
¿Aborrecerte! ¿Quién pudo
aborrecerte, Leonor?
Leonor. ¿No dudas ya de mi amor,
Manrique?
Manrique. No, ya no dudo.
Ni así pudiera vivir;
me amas, ¿es verdad? Lo creo,
porque creerte deseo
para amarte y existir.
Porque me fuera la muerte
más grata que tu desdén.
Leonor. ¡Trovador!
Manrique. No más; ya es bien
que parta.
Leonor. ¿No vuelvo a verte?
Manrique. Hoy no, más tarde será.
Leonor. ¿Tan pronto te marchas?
Manrique. Hoy;
ya se sabe que aquí estoy;
buscándome están quizá.
Leonor. Sí, vete.
Manrique. Muy pronto fiel
me verás, Leonor, mi gloria,
cuando el cielo dé victoria
a las armas del de Urgel.
Retírate... viene alguno.
Leonor. ¡Es el Conde!
Manrique. Vete.
Leonor. ¡Cielos!
Manrique. Mal os curasteis mis celos...
¿Qué busca aquí este importuno?
Manrique y Don Nuño
Nuño. ¿Qué hombre es éste?
Manrique. Guárdeos Dios
muchos años, el de Luna.
Nuño. (¡Pésia mi negra fortuna!)
Manrique. Caballero, hablo con vos;
si porque encubierto estoy...
Nuño. Si decirme algo tenéis,
descubrid...
Manrique. ¿Me conocéis? (Descubriéndose.)
Nuño. ¡Vos, Manrique!
Manrique. El mismo soy.
Nuño. ¿Cuando a la ley sois infiel
y cuando proscripto estáis,
así en palacio os entráis
partidario del de Urgel?
Manrique. ¿Debo temer, por ventura,
Conde, de vos?
Nuño. Un traidor...
Manrique. Nunca; vuestro mismo honor
de vos mismo me asegura.
Siempre fuisteis caballero.
Nuño. ¿Qué buscáis, Manrique, aquí?
Manrique. A vos, señor Conde.
Nuño. ¿A mí?
Para qué saber espero.
Manrique. ¿No lo adivináis?
Nuño. Tal vez.
Manrique. Siempre enemigos los dos
hemos sido.
Nuño. Sí, por Dios.
Manrique. Pensáislo con madurez.
Nuño. Pienso que atrevido y necio
anduvisteis en retar
a quien débeos contestar
tan sólo con el desprecio.
¿Qué hay de común en los dos?
Habláis al Conde de Luna,
hidalgo de pobre cuna.[32]
MANRIQUE. Y bueno tal como vos.
¿En fin, no admitís el duelo?
Nuño. ¿Y lo pudisteis pensar?
¿Yo hasta vos he de bajar?
Manrique. No me insultéis, vive el cielo,
que si la espada desnudo
la vil lengua os cortaré.
Nuño. ¿A mí, villano? No sé (Saca la espada.)
cómo en castigarte dudo.
Mas tú lo quieres.
Manrique. Salgamos.
Nuño. Sacad el infame acero.
Manrique. Don Nuño, fuera os espero;
cuidad que en palacio estamos.
Nuño. Cobarde, no escucho nada.
Manrique. Ved, Conde, que os engañáis...
¿Vos, vos cobarde llamáis
al que es dueño de esta espada?
Nuño. La mía... Y lo sufro, no...
Manrique. A recobrarla venid.
Nuño. No; que no sois, advertid,
caballero como yo.
Manrique. Tal vez os equivocáis.
Y habladme con más despacio
mientra estamos en palacio.
Os aguardo.
Nuño. ¿Dónde vais?
Manrique. Al campo, don Nuño, voy,
donde probaros espero
que, si vos sois caballero...
caballero también soy.
Nuño. ¿Os atrevéis?...
Manrique. Sí, venid.
Nuño. Trovador, no me insultéis
si en algo el vivir tenéis.
Manrique. Don Nuño, pronto, salid.
EL CONVENTO
Cámara de don Nuño
Don Nuño y Don Guillén
Nuño. ¿Don Guillén?
Guillén. Guárdeos el cielo.
Nuño. ¿Qué hay de nuevo en la ciudad?
Guillén. ¿Qué? ¿Aún no sabéis?
Nuño. Asentad.
Guillén. Todos lloran sin consuelo.
Nuño. ¿Cómo!
Guillén. La traición impía
que en yermo a Aragón convierte,
dio al Arzobispo la muerte.
Nuño. ¿Qué decís? ¿A don García?
Guillén. Ahora se acaba de hallar
su cadáver junto al muro,
que de la noche en lo oscuro
le debieron de matar.[33]
Murió como bueno y fiel...
Nuño. Siempre lo fue don García.
Guillén. Porque osado combatía
la pretensión del de Urgel.
Nuño. ¡Infame y cobarde acción
que he de vengar, por quién soy!
Guillén. Conde...
Nuño. Sabed que desde hoy
soy Justicia de Aragón,
y si mi poder alcanza
a los traidores, os juro
por mi honor, como el sol puro,
que han de sentir mi venganza.
Guillén. Pero dejando esto a un lado,
que importa más vuestra vida,
¿cómo os va de aquella herida?[34]
Nuño. Me siento muy mejorado.
Guillén. Ya era tiempo.
Nuño. Un año hará
que la recibí, por Cristo;
muy cerca la muerte he visto,
mas bueno me siento ya.
Guillén. La suerte al fin del trovador
os dio la venganza presto.
Nuño. No me habléis, Guillén, en esto;
habladme de Leonor,
que hace un año, más de un año,
mientras me duró mi herida,
que no me habláis, por mi vida,
de vuestra hermana, y lo extraño.
Guillén. ¡Don Nuño!...
Nuño. Desque dejó
el servicio de su Alteza,
de contemplar su belleza,
dura también me privó.
¿Consiente al fin en unir
su suerte a la suerte mía?
¿Se muestra menos impía?
Guillén. Conde, ¿qué os puedo decir?
En vano fue amenazar,
y nada alcanzó mi ruego;
esposa de Dios va luego
a postrarse ante el altar.
Nuño. ¡Encerrarse en un convento!
¿Eso prefiere más bien?
Guillén. En el de Jerusalén[35]
va a profesar al momento.
Nuño. ¡Ingrata!
Guillén. Cuando el rumor
llegó, don Nuño, a su oído
de que había sucumbido
en Velilla[36] el trovador,
desesperada, llorosa...
Nuño. ¿Y no hay medio, don Guillén?..
Guillén. Ninguno; ni ya está bien...
Nuño. ¿Decís que aún no es religiosa?
Guillén. Pero lo[37] será muy luego.
Nuño. Iré yo a verla, yo iré;
si es fuerza, la rogaré...
Guillén. Despreciará vuestro ruego.
Nuño. ¿Tan en extremo enojada
está?
Guillén. ¿No sabéis, señor,
que no hay tirano mayor
como la mujer rogada?
Nuño. Pues bien, la arrebataré
a los pies del mismo altar;[38]
si ella no me quiere amar,
yo a amarme la obligaré.
Guillén. ¡Conde!
Nuño. Sí, sí... loco estoy,
no os enojéis; ni he querido
ofender...
Guillén. Noble he nacido,
y noble, don Nuño, soy.
Nuño. Basta; ya sé, don Guillén,
que es ilustre vuestra cuna.
Guillén. Y jamás mancha ninguna
la oscurecerá.
Nuño. Está bien;
dejadme.
Guillén. ¿Quién más que yo
éste enlace estimaría?
Mas si amengua mi hidalguía,
no quiero tal dicha, no.
Nuño. Decís bien.
Guillén. Si os ofendí...
Nuño. No; dejadme... fuera están
mis criados; a Guzmán
que entre[39] diréis.
Guillén. Lo haré así.
Don Nuño, después Guzmán
Nuño. Gracias a Dios se fue ya,
que por cierto me aburría.
¡Qué vano con su hidalguía
el buen caballero está!
Si no me quiere servir
será diligencia vana:
o ha de ser mía su hermana,
o por ella he de morir.
Guzmán. ¿Señor?
Nuño. Cierra esa puerta.
Guzmán. ¿Qué tenéis que mandarme?
Nuño. Siéntate.
Guzmán. ¿En vuestra presencia, señor!
Nuño. Sí; quiero darte esta prueba más de mi aprecio; voy a encargarte de una comisión arriesgada... ¿te atreverás a hacer lo que te diga?
Guzmán. A todo estoy pronto.
Nuño. Piénsalo bien.
Guzmán. Aunque me costara la vida; podéis disponer de mí.
Nuño. Ya lo sé, Guzmán; nunca has dejado de serme fiel.
Guzmán. Y lo seré siempre.
Nuño. Yo también sabré recompensarte. Bien conoces a doña Leonor de Sesé, y sabes lo que por ella he padecido.
Guzmán. Demasiado, señor.
Nuño. Y hoy la voy a perder[40] para siempre si no me ayuda tu arrojo. Yo debía haberla olvidado; pero mi corazón, y tal vez mi orgullo, se han resentido ya en extremo... me es imposible no amarla. Cuando murió Manrique en el ataque de Velilla, creí que resignándose con su suerte, se tendría por muy dichosa en dar la mano al Conde de Luna, en llevar un apellido noble y brillante; me engañé... apenas podría creerlo; ha preferido encerrarse con su orgullo en un claustro. Hoy mismo[41] debe profesar en el convento de Jerusalén.
Guzmán. ¡Hoy mismo!
Nuño. Sí; yo no quiero que este acto se verifique.
Guzmán. ¿Cómo estorbarlo?
Nuño. ¿No comprendes?
Guzmán. Mandad.
Nuño. Yo te prometo que nada te sucederá; el Rey acaba de hacerme Justicia mayor de Aragón; de consiguiente, contra ti no se hará justicia. El pueblo está consternado con la muerte violenta que han dado los rebeldes al Arzobispo; el Rey necesita de mí y de mis vasallos en estos momentos críticos; todo nos favorece.
Guzmán. Cierto.
Nuño. ¿Cuál de mis criados te parece más a propósito para que vaya contigo?
Guzmán. Ferrando.
Nuño. Dile que te acompañe; yo también le recompensaré.
Guzmán. ¿Oís? (Tocan a la puerta.)
Nuño. Abre.
Los Mismos y Don Lope
Lope. Su Alteza os manda llamar, Conde.
Nuño. ¿Su Alteza?
Lope. Parece que está algo alborotada la ciudad con ciertas noticias que ha traído un corredor del ejército.
Nuño. ¿Pues qué hay?
Lope. Los rebeldes han entrado a saco[42] a Castellar[43] y se suena también que algunos de ellos se han introducido en Zaragoza, y que esta noche ha de haber revuelta.
Nuño. Imposible.
Lope. La ciudad está casi desierta; todos se han consternado; pero lo más particular...
Nuño. Así podrás con más facilidad... (A parte a Guzmán.)
Guzmán. Voy.
Nuño. Escucha: supongo que no encontrarás resistencia; si la hallares haz uso de la espada.
Guzmán. ¿En la misma iglesia?
Nuño. En cualquier parte.
Lope. Verdad es que en un tiempo en que se matan arzobispos...
Nuño. Me has entendido... adiós.
Don Nuño y Don Lope
Lope. Como decía, lo que más me ha admirado de todo ello, y lo que a vos sin duda también os sorprenderá, es la voz que corre de que el que acaudillaba a los rebeldes en la entrada del castillo era un difunto.
Nuño. ¡Don Lope!
Lope. ¿No adivináis quién sea?
Nuño. Yo... no conozco fantasmas.
Lope. Pues bien le conocíais, y le odiabais muy particularmente.
Nuño. ¿Quién?
Lope. El trovador.
Nuño. ¿Manrique! ¿No se encontró su cadáver en el combate de Velilla?
Lope. Así se dijo, aunque ninguno le conocía por su persona.
Nuño. ¿Si no era él!
Lope. No sería, o como más bien creo...
Nuño. ¿Qué?
Lope. Debe de haber[44] en esto algo de arte del diablo.
Nuño. ¡Silencio! ¿Os queréis burlar?
Lope. No, por mi vida.
Nuño. ¿Y está en el castillo?
Lope. No, en Zaragoza.
Nuño. ¿Aquí?
Lope. Así lo ha dicho quien le vio a la madrugada cerca de la puerta del Sol.[45]
Nuño. Y él será tal vez el caudillo de la trama...
Lope. Y es a lo menos el más osado, y por consiguiente el más a propósito.
Nuño. Pluguiera[46] a Dios que así fuese.
Lope. Nadie lo duda en la ciudad.
Nuño. ¿Decíais que me llamaba su Alteza?
Lope. Seguramente.
Nuño. Adiós, don Lope; esta noche los castigaremos si se atreven. 20
Lope. Yo lo espero...
Don Lope
Lope. Pues no las tengo yo todas conmigo[47]... y si los soldados son como el caudillo... ¡pardiez! un ejército de fantasmas, una falange espiritual.
En el fondo del teatro se verá la reja del locutorio de un convento; tres puertas, una al lado de la reja que comunica con el interior del claustro, otra a la derecha que va a la iglesia, y la otra a la izquierda, que figura ser la entrada de la calle.
Se dejan ver algunas religiosas en el locutorio; la puerta que está al lado de la reja se abre, y aparece Leonor apoyada del brazo de Jimena; las rodean algunos sacerdotes y religiosas
Leonor. ¡Jimena!
Jimena. Al fin abandonas
a tu amiga.
Leonor. Quiera[48] el cielo
hacerte a ti más feliz,
tanto como yo deseo.
Jimena. ¿Por qué obstinarte?
Leonor. Es preciso;
ya no hay en el universo
nada que me haga[49] apreciar
esta vida que aborrezco.
Aquí de Dios en las aras,
no veré, amiga, a lo menos,
a esos tiranos impíos
que causa de mi mal fueron.
Jimena. Ni una esperanza...
Leonor. Ninguna;
él murió ya.
Jimena. Tal vez luego
se borrará de tu mente
ese recuerdo funesto.
El mal, como la ventura,
todo pasa con el tiempo.
Leonor. Estoy resuelta; ya no hay
felicidad, ni la quiero,
en el mundo para mí;
sólo morir apetezco.
Acompáñame, Jimena.
Jimena. Estás temblando.
Leonor. Sí; tiemblo
porque a ofender voy a Dios
con pérfido juramento.
Jimena. ¿Qué decís?
Leonor. ¡Ay! Todavía
delante de mí le tengo,
y Dios, y el altar, y el mundo
olvido cuando le veo.
Y siempre viéndole estoy,
amante, dichoso y tierno...
mas no existe, es ilusión
que imagina mi deseo.
¡Vamos!
Jimena. ¡Leonor!
Leonor. Vamos pronto;
le olvidaré, lo prometo.
Dios me ayudará... sosténme,
que apenas tenerme puedo.
Queda la escena un momento sola; salen por la izquierda Don Manrique con el rostro cubierto con la celada, y Ruiz
Ruiz. Éste es el convento.
Manrique. Sí,
Ruiz, pero nada veo.
¿Si te engañaron?
Ruiz. No creo...
Manrique. ¿Estás cierto que era aquí?
Ruiz. Señor, muy cierto.
Manrique. Sin duda
tomó ya el velo.
Ruiz. Quizá.
Manrique. Ya esposa de Dios será,
ya el ara santa la escuda.
Ruiz. Pero...
Manrique. Déjame, Ruiz;
ya para mí no hay consuelo.
¿Por qué me dio vida el cielo
si ha de ser tan infeliz?
Ruiz. ¿Mas qué causa pudo haber
para que así consagrara
tanta hermosura en el ara?
Mucho debió padecer.
Manrique. Nuevas falsas de mi muerte
en los campos de Velilla
corrieron, cuando en Castilla
estaba yo.
Ruiz. De esa suerte...
Manrique. Persiguiéronla inhumanos
que envidiaban nuestro amor,
y ella busca al Redentor
huyendo de sus tiranos.
Si supiera que aún existo
para adorarla... No, no...
Ya olvidarte debo yo,
esposa de Jesucristo...
Ruiz. ¿Qué hacéis? Callad...
Manrique. Loco estoy...
¿Y cómo no estarlo ¡ay cielo!
si, infelice, mi consuelo
pierdo y mis delicias hoy?
No los perderé; Ruiz,
déjame.
Ruiz. ¿Qué vais a hacer?
Manrique. Pudiérala acaso ver...
con esto fuera feliz.
Ruiz. Aquí el locutorio está.
Manrique. Vete.
Ruiz. Fuera estoy.
Manrique, después Guzmán y Ferrando
Manrique. ¿Qué haré?
Turbado estoy... ¿Llamaré?
Tal vez orando estará.
Acaso en este momento
llora cuitada por mí.
Nadie viene... por aquí...
es la iglesia del convento.
Ferrando. Tarde llegamos, Guzmán.
Guzmán. ¿Quién es este hombre?
Ferrando. No sé.
(Las religiosas cantarán dentro un responso; el canto no cesará hasta un momento después de la concluida de la jornada.)
Guzmán. ¿Oyes el canto?
Ferrando. Sí, a fe.
Guzmán. En la ceremonia están.
Manrique. ¿Qué escucho?... ¡Cielos! Es ella...
(Mirando a la puerta de la iglesia.)
Allí está bañada en llanto,
junto al altar sacrosanto,
y con su dolor más bella.
Guzmán. ¿No es ésa la iglesia?
Ferrando. Vamos.
Manrique. Ya se acercan hacia aquí.
Ferrando. Espérate.
Guzmán. ¿Vienen?
Ferrando. Sí.
Manrique. No; que no me encuentre... huyamos.
(Quiere huir, pero deteniéndose de pronto se apoya vacilando en la reja del locutorio. Leonor, Jimena y el séquito salen de la iglesia y se dirigen a la puerta del claustro; pero al pasar al lado de Manrique, éste alza la visera, y Leonor, reconociéndole, cae desmayada a sus pies. Las religiosas aparecen en el locutorio llevando velas encendidas.)
Guzmán. Esta es la ocasión... valor.
Leonor. ¿Quién es aquél? Mi deseo (A Jimena)
me engaña... ¡Sí, es él!
Jimena. ¡Qué veo!
Leonor. ¡Ah! ¡Manrique!...
Guzmán, Ferrando. ¡El trovador! (Huyen.)